miércoles, 4 de diciembre de 2019

Barenboim, Argerich y la WEDO 2015

Con motivo del vigésimo aniversario de la Orquesta del West-Eastern Divan, Medici TV saca a la luz algunas filmaciones de la orquesta fundada por Daniel Barenboim que habían circulado poco hasta ahora. Entre ellas, la de un concierto que se ofreció junto a Marta Argerich en el Teatro Colón de Buenos Aires en 2015 integrado por obras de Beethoven y Tchaikovsky.

Fascinante el Concierto para piano nº 2 del de Bonn, porque nos permite comprobar como, una vez más, el mayor intérprete beethoveniano de los últimos cien años no solo no logra llevar a su terreno a la señora Argerich, sino que en cierto modo se amolda a las personalísimas maneras de hacer de su admirada colega. Al menos es lo que ocurre en un primer movimiento que, sin ser muy distinto al que le conocíamos de ocasiones anteriores, parece sonar ahora más nervioso e inquieto, dotado de una desazón ocurre en toda la introducción orquestal de lo más atractiva. El resultado es un Allegro con brio que suena menos noble y reflexivo, más dionisíaco, pero no por ello precisamente gozoso sino más bien agitado, altamente dramático, sin que eso signifique la pérdida del control ni por parte del director ni de la solista, extraordinaria en todos los sentidos.


En el Adagio es Barenboim quien parece marcar la dirección. Él siempre rozó aquí el cielo, y aunque esta vez quizá no paladee la música con la poesía increíble que otras veces le hemos escuchado, despliega ese humanismo, esa cantabilidad y ese equilibro entre vuelo lírico y reflexión que solo los más grandes son capaces de destilar. Ni que decir tiene que maneja con enorme plasticidad a la WEDO y la hace respirar (¡qué maderas!) de manera por completo beethoveniana. ¿Y la Argerich? Pues aquí serena su natural carácter felino y, luciendo ese sonido "duro" pero moldeable al cien por cien que la caracteriza y un fraseo riquísimo en acentos, hace música con intensidad y sinceridad proverbiales. En el arranque del tercer movimiento, ahí sí, se le va la mano y cae un tanto en el virtuosismo mecánico, pero en seguida su piano y la batuta sintonizan plenamente y, con un Barenboim muy atento a la jocosidad un punto rústica de la página, se alcanzan unos resultados llenos de efervescencia. En homenaje a Pía Sebastiani, los dos artistas ofrecen a continuación una sublime interpretación a dos pianos de Bailecito, de Carlos Guastavino: aroma porteño servido de la más excelsa manera posible.

Sinfonía nº 4 de Tchaikovsky en la segunda parte. Ninguna novedad conceptual ofrece aquí el maestro frente a sus testimonios anteriores, aunque quizá sea en esta ocasión cuando sus aportaciones ofrezcan una síntesis más redonda y equilibrada hasta redondear una interpretación quizá no genial, pero a todas luces modélica. En este sentido, el primer movimiento es toda una lección de desarrollo orgánico en la arquitectura y de cómo planificar tensiones para alcanzar clímax de enorme fuerza sin recurrir a efectismos. El segundo, una vez más con Barenboim mucho antes incandescente que ensoñado, está dicho con enorme sensualidad y una plasticidad enorme en el tratamiento de la cuerda. Un prodigio la regulación dinámica de los pizzicatos en el tercero, irónico más que distendido, por no hablar de la claridad de las maderas en un trío que suena mordaz y bastante ruso. Y qué decir del Finale, de nuevo especialidad de la casa: imposible ofrecer una más lograda convergencia entre arrebato y control. La orquesta funciona estupendamente poniendo lo mejor de sí misma, aunque Barenboim hace un poco de trampa y se trae de refuerzo al mismísimo Mathieu Dufour, por entonces flautista de Chicago y ahora en la Filarmónica de Berlín.


Como primera propina llega el Vals triste de Sibelius, uno más de los muchos extraordinarios testimonios de Barenboim interpretando esta música; ciertamente lo hace no de la manera más siniestra posible, ni de la más alucinada en el clímax, pero logrando mezclar voluptuosidad, anhelo y amargor con perfecto control de los medios y enorme concentración.

La sorpresa viene en el segundo bis. Barenboim anuncia que la obertura de Ruslán y Ludmila de Glinka la va a dirigir quien ha sido su asistente en estos conciertos, un chico al que augura un futuro prometedor: Lahav Shani. El maestro no regatea en elogios hacia el joven israelí y hace a todo el público del Teatro Colón decir en alto su nombre: Lá-hav-Sha-ni. La interpretación es sensacional, arrebatadora pero muy bien cantada, así que la velada termina por todo lo alto, con el respetable entusiasmado y la Argerich aplaudiendo con satisfacción entre bambalinas.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Adiós a Jansons

Finalmente hemos perdido a Mariss Jansons. Más de dos décadas se ha llevado luchando contra sus problemas de corazón, demostrando una enorme fortaleza de la que ha sabido servirse para seguir dedicándose a lo que más le gustaba, hacer música, en todo momento con las más grandes orquestas y los más reputados solistas. Desde siempre los testimonios dejaron constancia de que se trataba de una gran persona, o al menos de un artista educado, afectuoso y muy alejado del prototipo del "maestro iracundo" que tan ridículo prestigio parece seguir teniendo para algunas mentes. No, nada tiene que ver el chillarle mucho a los músicos y tener arrebatos de cólera con la excelencia artística. Aunque habría que recordar también que la amabilidad, aunque contribuye a crear un buen clima de entendimiento, tampoco garantiza grandes resultados.

En este sentido, y sin cuestionar una técnica de batuta a todas luces excelsa, discrepo abiertamente con los que han visto en él a un enorme artista. En su obituario para El País, Pablo L. Rodríguez afirma que "Su secreto artístico residía en una personal aleación de la influencia rusa de Yevgueni Mravinski y alemana de Herbert von Karajan, para quienes trabajó como asistente". Permítanme que, en mi ignorancia, no reconozca en modo alguno el influjo de estos dos maestros de tan poderosa personalidad. También dice que "su huella en el mundo sinfónico ha sido inmensa". Tampoco lo veo: una cosa es haber dirigido muchísimo y otra muy distinta haber dejado huella.


Sencillamente, porque Jansons no ha tenido ninguna huella que dejar. Si por algo se distinguía la batuta del letón es por su carácter neutro, por su apatía intelectual, por ver en las notas sonidos y nada más que sonidos. Alguien dirá que eso mismo es lo que hacía el gran Bernard Haitink, uno de sus antecesores en la Concertgebouw. Pues sí, pero con la diferencia de que el holandés, aun siempre objetivo y negándose a aportar una mirada personal, procuraba comprometerse a fondo en lo expresivo. A mí me parece que Jansons no lo hacía así. O al menos, que lo hacía solo en contadas ocasiones, con partituras con las que parecía tener una conexión muy especial.

Una de ellas fue la Sinfonía litúrgica de Arthur Honegger, una soberbia, escalofriante música que grabó con excelentes resultados para EMI en 1993 al frente de su Filarmónica de Oslo y que repitió en 2004 frente a la citada Concertgebouw. La propia orquesta editó el resultado en un SACD sobre el que ya dije algo por aquí. Hoy he descubierto que hay vídeo disponible en YouTube. Lo he visto y he vuelto a quedar conmocionado. Y no solo por la temperatura que alcanzan las partes más escarpadas y terroríficas de la obra, sino también por la profundísima belleza de sus secciones líricas. Este es, sin duda, el Mariss Jansons que quiero recordar. Descanse en paz.