miércoles, 31 de julio de 2013

Quien mucho abarca…

El veraniego Festival de Segovia lleva ya 38 ediciones a sus espaldas, pero para mí ha sido la primera vez en el evento. La noche del miércoles 24 estuve en la inauguración: el grupo de soul “The Stars from The Commintments”, un conjunto de origen irlandés surgido al hilo de la película de Alan Parker. Sobre el concierto, gratuito y al aire libre, no diré nada primero porque no tengo ni idea del género, y segundo porque no fue fácil pasarlo bien con las noticias horripilantes que llegaban del accidente en Santiago de Compostela. Si diré algo sobre la velada siguiente, que se celebró en una noche más bien fresca en el Jardín de los Zuloaga y que comenzó, de manera muy juiciosa, con un minuto de silencio por las víctimas de la tragedia ferroviaria.

Pilar Jurado Sergi Alapont

El concierto lo protagonizaban Pilar Jurado, la Orquesta Sinfónica de Castilla y León y el joven maestro Sergio Alapont. Su contenido era el mismo que el del compacto que durante cuatro días los mismos artistas habían estado grabando en Valladolid, esto es, el próximo disco de la soprano, directora y compositora madrileña que bajo el título Arias de cine recoge un ramillete de tan famosas como hermosísimas arias (¡vaya puñado de obras maestras!) bajo la excusa de su aparición más o menos puntual en alguna películas.

Y aquí está el problema principal del asunto: ya me dirán cómo puede una señora que ni posee un instrumento particularmente holgado, ni una técnica descomunal ni una gran personalidad interpretativa, cantar bien en una misma noche a Almirena, Norma, Gilda, Juliette, Wally, Lauretta, Rusalka, Maddalena de Coigny, Rosina, Musetta y Magda. No puede, sencillamente. En mi opinión a la Jurado, dejando a un lado su impresionante belleza física y sus rutilantes vestidos de diseño –lució dos en la noche segoviana–, no le falta talento canoro, pero sí sentido común para darse cuenta de sus propias limitaciones. O será que nunca ha escuchado eso de que “quien mucho abarca, poco aprieta”. Por cierto que Rossini es presunta especialidad de la diva, pero ahí fue donde menos me interesó, y no solo por su discutible manera de ornamentar de la que también hizo gala en el Rinaldo haendeliano. En Giordano, Puccini y –sobre todo– Catalani fue donde la encontré más centrada y ahí sí me gustó. En otros momentos la encontré bastante perdida.

La orquesta sonó francamente mal. De bolo veraniego no puede en absoluto hablarse, porque estas arias las habían grabado en disco en los días inmediatos. La deficiente acústica al aire libre –la Jurado utilizó micrófono, pero la orquesta no estaba amplificada– sí que pudo tener que ver con la falta de empaste. Aun así, creo haber escuchado ya muchos conciertos a cielo descubierto como para aseverar que estos señores tocaron de manera muy deficiente, no tanto en lo que a notas falsas se refiere como en la pobreza sonora y la descoordinación generalizada: el Haendel fue demencial en lo que a la cuerda se refiere.

Supongo que parte de la responsabilidad estuvo en la batuta de Alapont, un señor al que no le deben de faltar méritos a tenor de la carrera que está haciendo, pero que a mí me pareció solvente sin más en las arias, dirigidas con cierta sensibilidad por momentos, pero bastante gris e incluso menos que eso en las piezas orquestales de relleno de Haendel, Bellini, Verdi, Tchaikovsky y Rossini. La obertura del Barbero de Sevilla, deplorable: precipitada, pimpante y de crescendi inexistentes. Eso sí, el maestro de Benicàssim tuvo la sabiduría de evitar la ordinariez chimpunera que a veces hace estragos en este tipo de recitales. El público, bastante mayor y no muy abundante, aplaudió con entusiasmo al final. A mí me pareció un mal concierto.

lunes, 29 de julio de 2013

Los conciertos de Chopin por Barenboim y Nelsons: de referencia

He tenido la oportunidad de escuchar tres interpretaciones diferentes de los conciertos para piano de Chopin a cargo de Daniel Barenboim. La primera es la disponible en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín, correspondiente a octubre de 2009, con Asher Fisch dirigiendo a la formidable formación alemana. La segunda fue en directo, en el Festival de Granada de 2010, junto a su querida Staatskapelle de Berlín dirigida por Julien Salemkour. La tercera es la que se ofreció en julio de 2010 en el Festival de Piano del Ruhr, concretamente en la Philharmonie de Essen, asimismo con la Staatskapelle pero esta vez con el joven Andris Nelsons. La escuché ya hace tiempo en el disco compacto editado por Deutsche Grammophon. Ahora he hecho lo propio con el DVD (hay también Blu-ray) de Arthaus. Confirmo mi impresión inicial: esta es la mejor de las tres, y no por un Barenboim que está igual de maravilloso que en las otras ocasiones –a lo entonces escrito me remito–, sino por la labor desde el podio.

Barenboim Nelsons Chopin DVD Arthaus

Y es que la realización de Nelsons me parece no solo superior a las de Fisch y Salemkour, sino probablemente la mejor que he escuchado de estas dos obras (con permiso de Klemperer en el Primero). El maestro letón saca petróleo de la parte orquestal de ambas piezas, habitualmente –y con razón– considerada como secundaria frente al piano, ofreciendo en los dos casos una dirección intensa, dramática en su punto justo, con espacio para la ternura y el sentido del humor, además de llevada con excelente pulso, sin prisas y con apreciable cantabilidad.

Concretando un poco, en el Segundo concierto –el primero en el tiempo– resulta de admirar cómo Nelsons sabe obtener un color muy sensual de la Staatskapelle de Berlín al tiempo que domina la agógica para adecuar su fraseo a la maleabilidad del piano. En Barenboim habría que destacar los interesantísimos toques dramáticos de la sección “anhelante” del segundo movimiento, así como el sentido lúdico y risueño –pero no banal– del último.

Lógicamente, habida cuenta de su edad, el maestro no está impecable de dedos, cosa que vuelve a evidenciarse en el Concierto nº 1, en suyo primer movimiento, siempre directo y apasionado, hay algún momento en el que se echa de menos un poco más de agilidad. En cualquier caso lo importante no es eso, sino su capacidad para interpretar. Esta última alcanza una auténtica cima en el Larghetto, al que sabe dotar de un interesante sabor agridulce mientras Nelsons acompaña con admirable sensualidad. En el tercero el pianista ofrece un soberbio sentido del rubato y la batuta sabe entregar algún detalle coqueto –sin pasarse–, al tiempo que luce una adecuada rusticidad y fuego sincero, redondeando una interpretación que puede ser considerada de referencia.

El DVD ofrece dos piezas que no estaban en el compacto de DG. Por un lado está la propina de Barenboim, el Vals brillante op. 34 nº 2, que conoce en sus manos una recreación muy lenta, amarga y meditativa antes que arrebatada, de hondo sentido dramático, pero no exenta de la elegancia sensual y un punto evanescente propia del compositor; en cualquier caso, fraseada con infinidad de sutilezas expresivas propias de un pianista en extremo genial.

La otra es nada menos que la Sinfonía nº 44, fúnebre, de Joseph Haydn, página que abría el programa. Los resultados no son precisamente desdeñables: a pesar de tener delante a una orquesta relativamente grande, Nelsons se aparta de la sonoridad tradicional más o menos musculada y ofrece un Haydn especialmente ágil, incisivo y electrizante; pero en absoluto seco, ni trivial, ni menos aún pimpante, como le suele pasar a algunos historicistas, sino lleno de tensión sonora y del sentido dramático tan apropiado en esta obra. Todo ello, claro está, sin renunciar a la elegancia clásica y al vuelo lírico, y haciendo gala de un perfecto control de las dinámicas que la amplia gesticulación del maestro pone bien de relieve. Algunos podemos echar de menos la presencia de un bajo continuo, pero aun así el nivel artístico es el mismo que en Chopin: una interpretación de referencia.

sábado, 27 de julio de 2013

El Cartero sin Plácido

Cuando en este blog comenté el DVD de Il Postino ya dije que si me saqué entrada para ver la ópera del malogrado Daniel Catán en el Teatro Real lo hice movido por el interés de escuchar a Plácido Domingo. No he sido el único: aunque todas las entradas estaban vendidas para la función a la que asistí, la del sábado 20 de julio, se veían muchos huecos de personas que se habían quedado en su casa tras la caída del cartel del tenor madrileño debido a una embolia pulmonar que nos tuvo a todos –el artista está ya fuera de peligro– con el corazón en un puño. Pero yo finalmente acudí, porque ya tenía un viaje preparado por Castilla del que regresé anoche mismo (Burgos, Palencia, Valladolid y Segovia, rematando con el espectáculo de las fuentes de La Granja de San Ildefonso). No tuve tiempo de escribir en su momento, así que lo hago ahora con la memoria ya algo difusa, aunque con una idea clara: la velada operística en absoluto me disgustó, pero me aburrió un tanto.

Postino Teatro Real Madrid 2

La diferencia estuvo, obviamente, en la ausencia de Domingo. Vicente Ombuena le puso mucha voluntad al asunto, pero ni su voz –que, además, apenas corre por el escenario– es la adecuada para el personaje de Pablo Neruda ni su sensibilidad es precisamente la de Plácido. Solo con un monstruo de semejante categoría la poco inspirada línea vocal de Catán cobra vida: las dos “arias” del personaje evidencian su insulsa inspiración sin una personalidad como la del madrileño.

Mucho mejor el tenor Leonardo Capalbo como el cartero Mario Ruoppolo: su voz sí que corre muy bien y su línea resulta apreciablemente cálida y luminosa. De la española Sylvia Schwartz esperaba aún más, porque había leído de ella cosas muy positivas: estuvo francamente bien, pero en mi función hubo sobreagudos gritados. Mi admirada Cristina Gallardo-Domâs sigue sin ser vocalmente lo que era, pero en Madrid ha estado mejor como la esposa de Neruda que en el DVD filmado en Los Ángeles. Estupenda Nancy Fabiola Herrera, de la que aun no se me olvida su fantástica Carmen en el Villamarta. Y otro cantante que era muy habitual del teatro jerezano, el barítono Federico Gallar, hizo una buena aparición como el político Di Cosimo, aunque yo me quedaría con la intervención de Eduardo Santamaría encarnando al padre de Mario.

Sea como fuere, lo más interesante de esta música no está ni mucho menos en la escritura vocal –según Téllez derivada más de Alfano y Menotti que de Puccini–, sino en la parte de la orquesta. Hay quien ha dicho que El mar de Debussy está detrás. Estoy completamente de acuerdo, pero al volver a escuchar la ópera me ha dado la impresión de que Catán también pensaba en el Poema del Amor y del Mar de Chausson. Línea de corte impresionista, en cualquier caso, con momentos de gran belleza que fueron recreados con enorme sensualidad, exquisita sensibilidad tímbrica y pinceles muy finos por Pablo Heras-Casado. Esperaba del maestro granadino, eso sí, mayor tensión interna y cierta dosis de garra dramática. También confiaba en que hiciera sonar mejor a la Sinfónica de Madrid. Independientemente de lo dicho, me parece injusto que Mortier haya dejado de contar con él mientras sigue teniendo en nómina a gente tan irregular como Sylvain Cambreling.

La puesta en escena de Ron Daniels funciona igual de bien en directo que en el DVD: sensata, correctamente realizada y con momentos mágicos, pero con el mismo tufillo a rancio que desprenden los pentagramas. Los aplausos fueron, en general, más corteses que entusiastas por parte de un público entre el que se encontraba, cómo no, el propio Plácido Domingo, al parecer muy apenado de no haber podido cantar en su ciudad natal esta ópera encargada por él y pensada para su lucimiento. Nosotros también lo lamentamos.

jueves, 18 de julio de 2013

Entrenamiento necesario

Me prometí a mí mismo escribir en este blog sobre todos los espectáculos de música más o menos clásica que viese en directo. Y hacerlo con sinceridad, claro. Me toca ahora hacerlo de uno de esos que pueden traerme consecuencias muy molestas; ya saben, mensajes a todas horas a base de insultos por no escribir lo que los señores artistas creen que tienen derecho a que se escriba.

El concierto en cuestión fue el que ofreció ayer en el claustro de Santo Domingo de mi ciudad natal (“los claustros, decimos aquí”) la Orquesta Sinfónica Hispano-Rusa Jerez-Toliatti, descrita en el programa de mano como “una iniciativa conjunta de la Orquesta Joven de Jerez Álvarez Beigbeder, la Orquesta de Jóvenes del Volga, el Instituto de la Juventud de la Junta de Andalucía y el Aula Universitaria Hispano-Rusa de la Universidad de Cádiz”, dentro de una gira que incluye también las localidades de Sanlúcar de Barrameda, El Puerto de Santa María, Sevilla y Valverde del Camino.

2013-07-17 23.18.44

Nadie cobraba. Ni siquiera las tres batutas: Anatoly Levin, Juan García Rodríguez y José Ramón Hernández, sanluqueño y jerezano respectivamente estos dos últimos y profesores de conservatorio. El precio de las entradas se destinaba a obras de caridad. En los pesadísimos discursos preliminares (veinte minutos con cinco o seis intervenciones diferentes) se especificaron estos datos, como también los 18.000 euros puestos por la Junta de Andalucía para la residencia de los chicos en el Albergue de la Juventud. El repertorio fue largo y muy variopinto: desde Coriolano y Las Hébridas hasta La boda de Luis Alonso y el Perpetuum Mobile, pasando por cositas de Fauré, Glinka, Tchaikovsky, Saint-Saëns y Turina. Hubo abundante desfile de solistas, la mayoría de ellos rusos.

¿Resultados? Los pueden ustedes imaginar perfectamente: un grupo de chavales de conservatorio poniendo toda la carne en el asador para hacer música lo mejor que pueden, dirigidos por tres señores ocupados mucho antes –como es lógico– en hacerles sonar bien que en insuflar vida a los pentagramas. Lo siento, pero a mí no me gustaron ni la orquesta ni las interpretaciones, a despecho del buen hacer del veterano Levin y de la notable intervención del jovencísimo Nikolai Managadze en Tzigane (véase YouTube). También es de justicia destacar la manera en que García Rodríguez logró que la cuerda sonara a la manera centroeuropea en Beethoven y Mendelssohn, así como el deseo de Hernández de que las páginas de zarzuela evitasen el descontrol y la vulgaridad que en este género a veces son tristemente habituales. Y ya está.

Dicho todo esto, le doy la enhorabuena tanto a los artistas implicados como a los organizadores y a las instituciones colaboradoras. Iniciativas como estas son absolutamente deseables, y ojalá se multiplicasen: además de llenar de música nuestros veranos, que eso es lo de menos, me parece muy saludable que los chavales de nuestros conservatorios –y no solo los afortunados miembros de la OJA y de la WEDO– tengan la oportunidad de foguearse en el mundo de las orquestas sinfónicas con la tensión de tener un público por delante. Y mejor aún trabajando con batutas diferentes entre sí, con toda la riqueza que eso aporta. Repito: bravo, bravísimo, que se repita y que se multiplique esta iniciativa. Pero, por favor, que no se nos digan en las presentaciones cosas como “esta orquesta es comparable a cualquier otra del mundo” o que “tenemos a tres directores de primera fila”. Gracias.

miércoles, 17 de julio de 2013

Cuidado con el ripeado

Me he llevado mucho tiempo intentando pillar en compacto la Scheherezade de Rimsky-Korsakov en interpretación de Paul Kletzki con la Philharmonia Orchestra grabada por EMI no sé si en 1959 o 1960, por una cuestión sentimental: fue la primera versión que escuché, toda vez que cuando era pequeño era el vinilo de la edición original española, con sonido monofónico, la que sonaba en mi casa. No me ha sido posible encontrarla, pese a que me dicen que hubo por ahí una edición limitada en algún país concreto.

Kletzki Scheherezade

Al final he buscado en las descargas de MP3 de Amazon, localizando dos versiones: una de ellas en mono y la otra, en la web española, en estéreo. Me la he descargado y, efectivamente, suena estereofónicamente y evidenciando una toma sonora que en origen debió de ser portentosa, pero la decepción ha sido grande: no se trata de un trasvase desde compacto sino de un ripeado (perdón por el barbarismo) de vinilo, y encima mediocremente realizado, con distorsiones puntuales y una edición aberrante que incluye en varias ocasiones la omisión de brevísimos –apenas uno o dos segundos– pero fundamentales momentos de la partitura. Pero eso o nada, así que de momento hay que conformarse.

En cuando a la interpretación, creo que hace honor a su fama. Me ha recordado a la realizada con la misma orquesta poco antes bajo la batuta de Lovro von Matacic, es decir, sobria, rigurosamente trazada y ajena a preciosismos sonoros, además de recorrida por un admirable carácter dramático, pero esta vez con un maestro, el polaco Kletzki, que alcanza un grado bastante superior de inspiración y comunicatividad. El viaje de Simbad ofrece así una enorme grandeza, las aventuras del Príncipe Kalendar poseen elevado sentido narrativo y la fiesta en Bagdad resulta trepidante –no tanto como en la increíble versión de Muti– sin dejar de estar maravillosamente controlada. Un poco más de encanto y sensualidad en el tercer movimiento y esta interpretación podría considerarse como una de las referencias. El violín de Hugh Bean, por su parte, ofrece momentos muy encendidos. Dentro de unas semanas espero publicar una discografía de la obra donde hablaré de otras interpretaciones.

Ah, lo más curioso: al ser la primera vez que utilizo los servicios de descargas de Amazon, he tenido que instalar el Amazon Cloud Player, y… ¡cuál sería mi sorpresa al encontrarme en esa nube una enorme cantidad de archivos MP3 con las grabaciones que he ido comprando en formato Compact Disc en la referida tienda! Una gentileza a agradecer, porque además los archivos se pueden escuchar y descargar desde el ordenador, así como desde los smartphones (el mío es un Android) para llevarlos a cualquier parte. Pero eso sí: mucho cuidado con las descargas que compran, a ver si les venden otro ripeado…

lunes, 15 de julio de 2013

Solti y la Sonata para dos pianos y percusión de Bartók

En 1987 Sir Georg Solti rompió puntualmente su exclusiva con Decca para grabar para CBS una obra que le era muy querida y muy cercana: la genial, demoledora Sonata para dos pianos y percusión de su maestro Béla Bartók. ¡Y tan cercana, como que fue él quien, habiendo acudido como espectador al estreno de la obra en Budapest, terminó pasándole las hojas de la partitura a la esposa del compositor! Este DVD que ahora he querido traer, comprado ya hace tiempo en uno de mis viajes a Londres, nos ofrece el documental de media hora realizado por la BBC sobre las sesiones de grabación, incluyendo a continuación la filmación televisiva, sin público, de una ejecución completa en la misma sala de conciertos de Aldeburgh en que se grabó el disco.

Solti Perahia Bartok

Acompañan a un Solti de setenta y cinco años, por cierto irreprochable pianista, un Murray Perahia que ya había alcanzado la fama y una jovencísima Evelyn Glennie, obviamente aún sin el título de Dame, más el percusionista de la Philharmonia David Corkhill. Lujazo absoluto, aunque como ya se intuía por la grabación de audio es Sir Georg el que dirige con mano firme la interpretación. Y digo que se intuía porque aquí están presentes la incisividad, el fraseo anguloso de tintes expresionistas, el alto sentido dramático, la tensa concentración en los pasajes nocturnales, el marcado sabor magiar –sin confundir folclore con superficialidad– y, sobre todo, el portentoso sentido del ritmo que convirtieron al maestro en el más grande intérprete de este repertorio. El resultado es la mejor interpretación posible para una partitura descomunal no precisamente fácil de materializar en sonidos.

El documental, sobrio y bien realizado, realiza aportaciones de gran interés –por ejemplo, ver a Solti siempre pendiente de su metrónomo electrónico para ajustar lo más posible los tempi, lo que explica muchas cosas–, pero lo cierto es que apenas se profundiza en la obra propiamente dicha. Subtítulos no hay en ningún idioma.

El sonido es estereofónico. En mi receptor Denon he usado la opción “7 channels stereo”, que de manera milagrosa reparte a los músicos a mi alrededor siguiendo la misma disposición en que realmente están situados: Corkhill detrás a la izquierda, Solti delante en ese mismo lado, Perahia en el flanco opuesto y Glennie detrás a la derecha. Sin embargo, si coloco el CD original de CBS y utilizo esta distribición del sonido, los instrumentos no se reparten de semejante manera, así que parece que la mezcla no es ni mucho menos la misma. Personalmente, por el motivo antedicho, me quedo con el DVD.

Obviamente en este último no hay ni rastro de las formidables Variaciones sobre un tema de Haydn de Brahms, en versión para dos pianos, que completaban el disco: una pérdida importante. Aun así, creo que merece la pena la compra. En Amazon.es se puede adquirir a buen precio. Y si no, aquí tienen los YouTubes.

sábado, 13 de julio de 2013

Perianes y Pérez completan los conciertos de Beethoven

Ayer viernes 12 se cerró en el Teatro de la Maestranza el ciclo de los Conciertos para piano de Beethoven a cargo de Javier Perianes, Juan Luis Pérez y la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. A lo que escribí en este blog sobre la velada del miércoles me remito para las cuestiones generales sobre esta aproximación. Me limito ahora simplemente a valorar las interpretaciones escuchadas anoche sobre los numerados como primero y quinto del sordo de Bonn.


El Concierto nº 1 pertenece al mismo periodo compositivo que el nº 2, y por ende era de esperar que el pianista onobense adoptara un enfoque similar. Sin duda lo hizo, esto es, miró al pasado en lugar de al futuro y optó por el equilibrio expresivo, la luminosidad y la poesía refinada mucho antes que por los claroscuros, la tensión interna y la garra expresiva, pero a mi modo de ver evitando los excesos de delicadeza, ensoñación y preciosismo que a mi entender no funcionaron en la op. 19. Personalmente me hubiera gustado que mirase antes a Haydn que a Mozart (o mejor aún: al propio Beethoven, que es lo que hizo un tal Daniel Barenboim en 1992 en este mismo escenario al frente de la Filarmónica de Berlín), pero la opción de Perianes se mostró muy válida y estuvo realizada con enorme virtuosismo, coherencia interna y gran belleza sonora.

La ROSS (no sé si porque contó con más ensayos o porque le puso más ganas) sonó en general de manera más satisfactoria que en la velada anterior, mientras que la dirección del maestro jerezano dejó a la música respirar con holgura y propició un hermosísimo diálogo entre las maderas y el solista en el segundo movimiento, probablemente lo mejor de la interpretación.

El Quinto me gustó mucho más que el que le escuché a la misma orquesta y el mismo solista en 2009. En parte se debió a que la dirección de Juan Luis Pérez, ciertamente más primaria que matizada, emotiva o personal, me pareció mucho más centrada –por su empuje– que la blanda, aburrida y muy poco beethoveniana de Pedro Halffter. Y en parte a que el pianista de Nerva recuperó gran parte del entusiasmo, la energía, la vitalidad y el carácter rotundo que tuvo la aproximación que le vi bajo la batuta de Barenboim en 2006, solo que ahora con una flexibilidad, una elegancia y una riqueza de matices superiores a la de entonces. Es como si Perianes nos quisiera decir “con el Emperador por fin Beethoven ya es Beethoven”. A mi entender podía haber hecho lo mismo con el Cuarto, pero supongo que su objetivo final era poner de manifiesto la evolución del autor.

Espléndida interpretación, en cualquier caso, tras la que todos los asistentes en el Maestranza –que no estaba lleno: ellos se lo pierden– nos pusimos en pie para reconocer la inmensa valía del pianista onubense, independientemente de que no siempre estemos de acuerdo con sus variables y a veces desconcertantes criterios interpretativos.

Antes de comenzar el concierto también había habido aplausos largos, pero esta vez en apoyo de la Sinfónica de Sevilla tras las sinceras y emotivas palabras de Juan Luis Pérez solidarizándose con el recorte salarial que les va a regalar nuestra querida clase política. El mismo, por cierto, que ya han practicados con los que somos funcionarios. E igual de lamentable. Habrá, no obstante, quien se alegre por unos u otros recortes. No hay más que leer algunos bárbaros comentarios que se dejan por ahí…

jueves, 11 de julio de 2013

Perianes vuelve al preciosismo

Hace un par de años Javier Perianes ofreció la integral de los conciertos para piano de Beethoven en el Festival de Úbeda. No quise ir, porque el Quinto que le había escuchado en enero de 2009 con Pedro Halffter y la Sinfónica de Sevilla (comentado en este blog) me había dejado muy mal sabor de boca y no quería tener ración quíntuple de blanduras, delicadezas fuera de tiesto y otros preciosismos sonoros. Tampoco quería que se repitieran las desagradables acusaciones que con anterioridad me habían realizado algunos amigos comunes por opinar lo que opiné en esa y en alguna otra ocasión: ya se sabe que hay algunos fans parecidos a algunos militantes de partidos políticos, que si no te entusiasma todo te acusan de “traidor a la causa” al mismo tiempo que te tachan de ignorante.

Pero hete aquí que el pianista onubense lanza un disco con sonatas Beethoven, grabado en diciembre de 2011, absolutamente magistral. La primera audición ya me dejó anonadado, pero quise realizar múltiples comparaciones para estar seguro de lo que decía. El resultado, que dejé escrito por aquí, no dejaba lugar a dudas: Javier no solo ha alcanzado una técnica descomunal, sino que ofrece una madurez artística asombrosa en un repertorio particularmente peliagudo, presentando unas ideas personales que sintonizan de maravilla con el universo del genio de Bonn: nada de hedonismo aquí, solo búsqueda de la esencia expresiva. Desde luego, del mejor Beethoven pianístico que se puede escuchar hoy a nivel mundial, y muy por encima de algunos grandes y sobrevalorados nombres del pasado. Por eso mismo me ilusioné cuando se anunció que volvería a la Sinfónica de Sevilla para, bajo la dirección del maestro jerezano Juan Luis Pérez, ofrecer la integral en julio de este año a lo largo de dos veladas: la de ayer miércoles 10 y la de mañana viernes 12. Allí estuve. ¡Y vaya chasco!

Nada más comenzar el concierto nº 2 –tras una introducción vacilante de las cuerdas, con un vibrato corto que no esperaba en Juan Luis–, retornó el Perianes que yo pensé definitivamente desterrado. ¿Agilidad digital? Irreprochable, con una gran transparencia en absoluto reñida con el uso del pedal. ¿Sonido? Increíblemente hermoso, de una asombrosa variedad de colores y muy maleable en el volumen. ¿Fraseo? Amplio, cantable a más no poder, lleno de oxígeno, ricamente acentuado sin perder de vista nunca la arquitectura global, y desde luego alejadísimo de la rigidez mecanográfica de algunos pianistas famosos (pienso ahora en el lamentable Rubinstein de 1947 haciendo el Cuarto del que hablé en mi discografía). Pero todo ello al servicio de un concepto que no dudo que en esta todavía dieciochesca op. 19 pueda ser válido, pero que a mí no me hace ninguna gracia: mirar atrás y optar por la delicadeza, la galantería y el preciosismo rococós, relajando las tensiones y limando las aristas que anuncian al Beethoven futuro, en lo que es una clara –aunque no sé si voluntaria– renuncia de Perianes a la influencia de Daniel Barenboim perceptible en el disco editado por Harmonia Mundi.

En realidad, la aproximación de Javier a este concierto nº 2 me recordó un tanto a lo que hizo hace años Alicia de Larrocha con esta obra (véase la discografía), solo que con una dosis mayor de narcisismo sonoro que la pianista catalana y, desde luego, con un acompañamiento mucho más pedestre que el de Riccardo Chailly: mi paisano Juan Luis Pérez apenas supo inyectar vida a una desganada Sinfónica de Sevilla y dirigió de manera lineal, sin apenas matices, aunque al menos dejando respirar a la música con amplio vuelo lírico y más atento a los aspectos dramáticos de la partitura que el pianista.

La sintonía de solista y director fue mucho mayor en el Concierto nº 3. No solo eso: Perianes quiso subrayar las diferencias que hay entre esta partitura y la que se acababa de escuchar y optó, sin renunciar a su enfoque clasicista ni a su voluntad de seducir al público desplegando todos sus increíbles recursos técnicos, por hacer justicia a los aspectos expresivos de la obra. Dicho de otra manera: aquí la sinceridad fue mucho mayor, no se cayó en la trampa de la ligereza mal entendida y la belleza sonora, ofrecida de nuevo en altísimo grado, no fue perseguida como fin en sí misma, sino que llegó como consecuencia del contenido de la obra. Los resultados fueron –en la parte pianística, en la orquestal hubo mera corrección– excepcionales, particularmente en el increíble Largo beethoveniano: la prodigiosa concentración del pianista andaluz obró aquí milagros. Los otros dos estuvieron llenos de vida y comunicatividad.

Tras el intermedio vino nada menos que el Cuarto concierto: Beethoven ya maduro, pues, con una componente de teatralidad digamos operística, de tensión interna y de densidad tanto sonora como expresiva que no se debe soslayar. Juan Luis Pérez le puso buena voluntad al asunto. Perianes también, pero se quedó un poco a medias: convenció por completo en el genial segundo movimiento, pero su aproximación resultó en exceso apolínea en el resto de la obra, no muy tensa y más interesada por el vuelo lírico que por los claroscuros. Todo ello, conviene insistir, armado de las enormes virtudes arriba señaladas: la interpretación estuvo fabulosamente ejecutaba y fue hermosísima desde el punto de vista formal, solo que –a mi entender, claro– se mantuvo parcialmente ajena al drama interno que recorre la música beethoveniana.

Cuando Barenboim le dirigió el Emperador en Marbella, Barenboim dijo en una entrevista que, al contrario que muchos jóvenes pianistas, Perianes tiene ya el equipaje: solo le faltaba la maleta. Yo me atrevería ahora a señalar que el artista onubense posee ahora la mejor maleta posible. El problema es que no sabe con qué equipaje quedarse.

martes, 9 de julio de 2013

En Sicilia, también

Aprovechando una oferta estupenda de Ryanair y respirando hondo para que no me pasara nada por volar con esta compañía –al final la cosa fue medianamente bien–, este año he sustituido mi habitual estancia a principios de julio en el Festival de Granada por cuatro noches en Palermo. Maravillosos los templos griegos, alucinante el arte sículo-normando y un descubrimiento el abundantísimo barroco siciliano. Inolvidable la casatta (bizcocho, mazapán, fruta confitada). Cutres, extremadamente cutres los museos, los medios de transporte, las tiendas y no digamos gran parte del casco urbano. Y un riesgo grave para la supervivencia atreverse a cruzar la calle, incluso por los pasos de peatones.

2013-07-04 17.10.52-1

Pero si traigo aquí este viaje no es para que aprecien mi cada día más amplio perímetro frente al Tempo de la Concordia en Agrigento (lo siento, no he podido resistir la tentación), sino para ofrecerles estas fotografías tomadas en el Teatro Politeama de la capital de la isla, que son buen testimonio de que en todas partes hay orquestas en peligro: en este caso, la Orquesta Sinfónica Siciliana.


 Los carteles que ahí pueden ver y conciertos gratuitos en el exterior del edificio son sus medios de hacerse notar. Les deseo lo mejor, aunque supongo que en Italia en general y en Sicilia en concreto hacer falta una tremenda dosis de regeneración política para que las cosas funcionen como es debido, lo que no quita que en España también andemos apañados…






2013-07-03 19.08.57

domingo, 7 de julio de 2013

El Domingo y Pablo Neruda

Me saqué entrada para Il Postino sin haber escuchado la obra: la presencia de mi admirado Plácido Domingo, al que me temo no le queda ya demasiada vida vocal, me justifica acudir al Teatro Real desde Jerez el próximo 20 de julio. Pero ahora he podido finalmente escuchar esta ópera con música y libreto del recientemente fallecido compositor mexicano Daniel Catán (1949-2011), encargada precisamente por Domingo para la Ópera de Los Ángeles, en el DVD editado por Sony Classical a partir de las filmaciones realizadas, bajo la dirección técnica de Brian Large y con sonido surround auténtico, en octubre de 2010. He quedado moderadamente satisfecho.


La gracia de esta ópera es que está completamente fuera de su tiempo. Está escrita por un mexicano en el siglo XXI, pero podría pertenecer perfectamente a algún italiano cien años anterior, con su marcado melodismo, sus texturas orquestales de ribetes impresionistas y su interés pleno por el “bien sonar”. Música “para todos los públicos”, en definitiva, sin apenas pliegues inquietantes, marcadamente conservadora, que se escucha con tanta facilidad como se olvida, pero que produce innegable placer durante las dos horas y media que dura, siempre y cuando no ande uno con prejuicios trasnochados sobre la necesidad de “compromiso estético”: tan nefasto resulta el desprecio a esta línea retro por parte de algunos, como el rechazo a los lenguajes bastante más avanzados por parte de los melómanos que no han sabido pasar de Puccini.

Siendo la música de Catán muy agradable, flojea un tanto el libreto, probablemente porque la película El cartero (y Pablo Neruda) en que al parecer está inspirada, que desconozco, no ofrece la suficientes posibilidades dramáticas para desarrollar una trama operística. En cualquier caso la emotividad que desprende sabe ser agridulce sin caer en lo lacrimógeno. El final, con la muerte en flashback del joven cartero durante un mitin obrero, está muy bien resuelto, aunque no conceda protagonismo a un Plácido/Neruda convertido, lógicamente, en rey de la función. Por cierto, que no deja de resultar sorprendente que una persona de ideología tan conservadora como el tenor madrileño sienta semejante apego por una obra de muy obvias simpatías por la izquierda y por un personaje en su momento por completo vinculado al comunismo.



Interpretativamente Domingo se encuentra en su salsa, porque la partitura se escribió para él y con sus actuales posibilidades vocales en mente. Está estupendo, y más que solvente como actor. Brilla junto a él el tenor norteamericano, de origen siciliano, Charles Castronovo, emotivo y comprometido. Cumple sin problemas Amanda Squitieri como Beatrice Russo, el objeto de los desvelos amorosos del protagonista (que es cartero, ojo, no el poeta). Entre el resto del elenco se encuentran nada menos que Cristina Gallardo-Domâs, Nancy Fabiola Herrera y Vladimir Chernov, este último desenvolviéndose perfectamente en el idioma del libreto, que no es otro que el castellano: opción poco “realista” cuando en realidad tenía que haber sido el italiano, pero adecuado para incorporar los versos reales de Neruda en el texto.

La batuta de Grant Gershon parece francamente notable, aunque es posible que en Madrid Pablo Heras-Casado, si arriesga mucho en lo expresivo, puede extraer un punto más de tensión dramática a una partitura que, la verdad, tampoco da especial juego dentro de su agradable simplicidad. La puesta en escena de Ron Daniels, sensata y bien realizada. Lo dicho: para todos los públicos.

martes, 2 de julio de 2013

Concierto para piano nº 2 de Beethoven: discografía comparada

En teoría Beethoven tiene cinco conciertos para piano, pero en realidad son siete si incluimos tanto la transcripción del Concierto para violín como ese curioso Concierto cero del que solo se conserva la parte del solista (no hace mucho se ha ofrecido una muy interesante reconstrucción a cargo de Roland Brautigam). Para liar aún más la cosa, la obra de la que vamos a presentar una discografía comparada, el Concierto para piano nº 2 en Si bemol mayor, op, 19, es en realidad el primero de la lista oficial de cinco.

La secuenciación cronológica correcta sería la siguiente: vendría primero el Concierto 0, escrito en 1784 cuando tenía tan solo trece años, en 1795 estrenaría el nº 2 –su gestación había sido compleja, y aún tendría que cambiar el movimiento conclusivo final por otro–, y solo más tarde llega el nº 1, que data de entre 1796 y 1797. La obra que nos ocupa, pues, se encuentra claramente en una etapa juvenil, de tanteo, por completo dentro de los cánones del clasicismo y bajo la influencia de los estudios con el genial Haydn que por entonces el joven artista realizaba, pero anunciando ya en muchos aspectos el desarrollo ulterior del compositor.

Entre los dos mundos, pues, pueden oscilar las interpretaciones de la obra. Serán más indiscutibles las que miren a la tradición del mundo clásico y más arriesgadas las que lo hagan hacia el futuro, pero estas últimas son la que pondrán mejor de relieve la verdadera personalidad beethoveniana. Lo difícil, lógicamente, es sintetizar los dos aspectos alcanzando la mayor riqueza conceptual posible, cosa que en la pequeña selección discográfica que aquí se presenta solo consigue, a mi modo de ver, un tal Daniel Barenboim.

Son sus movimientos:
  • I. Allegro con brio
  • II. Adagio
  • III. Rondo. Molto allegro


Beethoven concierto piano 2 Schnabel Dobrowen

1. Schnabel. Dobrowen/Philharmonia (EMI-Testament, 1946). El pianista austriaco ya era un verdadero mito cuando a sus sesenta y cuatro años se metió en su odiado estudio de grabación de Abbey Road para volver a ponerse a las órdenes de Walter Legge –con quien ya había grabado todas las sonatas y conciertos del de Bonn– y dejar de nuevo constancia, magníficamente respaldado por la Philharmonia Orchestra recién creada por el citado productor, de su visión de la partitura. El resultado fue, por parte del pianista, una interpretación ardiente, viril, sincera y muy comunicativa, en absoluto exhibicionista, en la que no solo exhibe un sonido irreprochablemente beethoveniano (¡nada de mirar al pasado!), sino que demuestra además dominar el universo expresivo del compositor. Desdichadamente su ardiente temperamento no está del todo controlado, y en los movimientos impares las prisas terminan haciendo mella; quizá en parte sea culpa de un Issay Dobrowen que dirige con energía e indudable fuerza expresiva, pero también de manera más bien tosca y expeditiva. El Adagio sí es admirable por parte de ambos. La restauración sonora por parte de Testament, excelente. (8)


Beethoven concierto piano 2 Gould Bernstein

2. Gould. Bernstein/Sinfónica de Columbia (Sony, 1957). El joven e iconoclasta pianista canadiense estaba ya empeñado, aunque fuera a costa del propio Beethoven, en romper con la tradición. Junto a él, un Bernstein que acababa de estrenar West Side Story pero que en lo que a dirección de orquesta se refiere no había encontrado todavía –faltaba el contacto con Viena– esa misma tradición. Los dos, cargados de talento pero mucho antes atentos a la comunicatividad que a la reflexión. Así las cosas, en el primer movimiento la batuta se desborda con tal vehemencia que, pese al atractivo carácter lacerante que imprime a algunas frases, termina cayendo en la precipitación y en el nerviosismo, todo ello sin acercarse lo más mínimo al estilo beethoveniano. Gould, por su parte, hace primar el ímpetu rítmico con su habitual sonido recortado, clavecinístico, entregado a la exhibición de agilidad digital sin permitirse apenas matices en el fraseo. En el Adagio Bernstein se controla, logrando frasear con profundidad y marcados acentos dramáticos, mientras que el solista demuestra que se pueden ofrecer riquísimas sugerencias tímbricas y expresivas aun sin permitirse la menor concesión al legato ni a la maleabilidad de la agógica, pero también sin caer –como sí que le ocurría en el Allegro con brio– en lo mecánico y cuadriculado. En el tercer movimiento los dos artistas de nuevo pierden los papeles, aunque con resultados no tan mediocres como al principio. El sonido es monofónico, pero de buena calidad. (6)


Beethoven concierto piano 2 Arrau Galliera

3. Arrau. Galliera/Philharmonia (EMI, 1958). Lo que más asombra de esta grabación, por cierto estereofónica y muy notable para la época, es la magnífica labor de un maestro no muy conocido, pero que aquí muestra una enorme sintonía con Beethoven tanto en el sonido, plenamente conseguido con la ayuda de la portentosa orquesta de Klemperer, como en una expresión que se muestra siempre cálida, honda, plena de cantabilidad y siempre certera, si bien al Rondó conclusivo le podría poner un poco más de empuje y electricidad. El enorme Arrau, aun no del todo creativo por no haber llegado aún a su plena madurez, está maravilloso por la naturalidad de su fraseo, la belleza y variedad de su sonido, la alta sensibilidad para el matiz expresivo y el hondo humanismo que desprende su aproximación, desde luego mucho antes lírica y apolínea –en el buen sentido– que dramática. Solo se puede reprochar cierta tendencia al virtuosismo en la cadenza del primer movimiento, si bien en contrapartida el tercero es toda una demostración de cómo se puede ser coqueto, delicado y risueño sin caer en lo trivial ni en lo amanerado. (9)


Beethoven concierto piano 2 Backhaus Schmidt-Isserstedt

4. Backhaus. Schmidt-Isserstedt/Filarmónica de Viena (Decca, 1959). Tanto la dirección como el pianista abordan esta obra desde el clasicismo, pero mientras el primero lo lleva a cabo sin olvidar la tensión sonora y la sinceridad expresivas, e incluso ofreciendo claros acentos dramáticos, el segundo hace gala de un sonido en exceso alado y volátil, una frivolidad por completo inadecuada y una coquetería fuera de lugar, además de ser incapaz de frasear con poesía. Hay mitos que, desde luego, conviene revisar. (6)


Beethoven concierto piano 2 Kempff Leitner

5. Kempff. Leitner/Filarmónica de Berlín (DG, 1962). Armado de un sonido de gran belleza y de un fraseo flexible y lleno de sutilezas, el pianista alemán –que toca su propia cadenza– ofrece una visión eminentemente delicada y exquisita de su parte, aérea en muchos momentos y llena de coquetería bien entendida. Semejante aproximación puede ser válida habida cuenta de la temprana fecha de la obra, pero a la postre resulta en exceso frágil, delicada y exenta de tensiones para lo que parece demandar la ya relativamente definida personalidad beethoeviana. La Filarmónica de Berlín y la no particularmente inspirada pero sí muy sensata y centrada dirección de Leitner sí que aportan músculo y claroscuros a la interpretación. (7)


Beethoven concierto piano 2 Barenboim Klemperer

6. Barenboim. Klemperer/New Philharmonia (EMI, 1967). Como era de esperar, el personalísimo maestro de Breslau borra todas las referencias al mundo del pasado, y por tanto lo mucho que en esta partitura hay de galantería, sensualidad y carácter más o menos risueño, para crear un mundo de sonoridades graníticas y terribles claroscuros, en el que tras un Allegro con brio en exceso circunspecto nos estremece con un Adagio lleno de pathos y poderosísima tensión dramática que, renunciando al humanismo contemplativo pero no a la hondura reflexiva, extrae de los pentagramas un insólito amargor. El joven Barenboim, de sonido ideal para Beethoven y pleno de musicalidad, se pliega por completo a estos parámetros ofreciendo tan solo una parte de la enorme riqueza de matices expresivos que extraerá de la misma partitura en el futuro, aunque aportando en el movimiento final una dosis de coquetería bien entendida. Filtrada, eso sí, por el socarrón sentido del humor del octogenario maestro, que es el que aquí marca las pautas. (10)


Beethoven concierto piano Gilels Szell

7. Gilels. Szell/Orquesta de Cleveland (EMI, 1968). Todo en esta interpretación está increíblemente bien sonado, trazado con arquitectura delineada al detalle, dicho sin precipitación alguna pero con pulso firme, y siempre fraseado con naturalidad e irreprochable gusto. Además, con sonoridad y estilo expresivo netamente beethoveniano, sin lugar para la mirada al pasado galante y con atención plena a los claroscuros de la página. A pesar de todo ello, hay algo que no termina de funcionar, al menos en los movimientos extremos: tal vez contagiado de la austeridad espartana de un Szell al que no se le mueve un pelo, ese gran intérprete del de Bonn que fue Emil Gilels se muestra extrañamente distanciado, incluso descomprometido, ajeno a matices y sin apenas variedad expresiva. Menos mal que el segundo, aun dentro de esta misma línea marcadamente objetiva, sí está dicho con concentración y hondura. (7)


Beethoven concierto piano 2 Weissenberg Karajan

8. Weissenberg. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1977). Nos encontramos aquí con una dirección muy propia de Karajan: bellísimamente sonada, rotunda y poderosa, desde luego brillante y comunicativa, pero también algo superficial, tendente a buscar los contrastes de grandes masas sonoras y la delicadeza antes que la emoción o la reflexión. En cualquier caso, una labor de alto nivel, cosa que no se puede decir de un pianista que no solo carece de línea y sonido beethovenianos, sino que además matiza poco y tiende a quedarse en el mero despliegue de sonoridades aéreas y delicadas dentro de una visión excesivamente distanciada, ajena a conflictos, como si quisiese ver la obra desde el prisma de un clasicismo mal entendido. Que su agilidad sea incuestionable y sus trinos de una enorme limpieza sirve de bien poco. En suma, una interpretación superficial y un tanto aburrida, aunque el tercer movimiento no funciona del todo mal gracias al empuje de la batuta. Hace tiempo circuló por la red un reprocesado casero que recuperaba la toma sonora cuadrafónica original, aportando felizmente más naturalidad que espectacularidad. (7)


Beethoven concierto piano 2 Lupu Mehta

9. Lupu. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1979). Una dirección viril, ágil, entusiasta, con nervio, pero también atenta a la belleza sonora y a la claridad, respalda a la perfección a un solista musical e imaginativo –magnífica la cadenza propia– que sabe sintetizar a la perfección lodos los ingredientes de la obra, ofreciendo elegancia, chispa y encanto, pero también acentos incisivos y sentido dramático, alcanzando así el equilibrio entre los aspectos de esta música vinculados al pasado y aquellos que miran al futuro. Hay interpretaciones con más sentido trágico (Klemperer), serena calidez (Arrau) y profundidad reflexiva (Barenboim), pero los resultados son inobjetables. La toma sonora es ya digital. (9)


Beethoven concierto piano 2 Barenboim Berlin EMI

10. Barenboim/Filarmónica de Berlín (EMI, 1985). Aquí Barenboim ya logra ser él mismo y, habiendo alcanzado la madurez como beethoveniano, ofrece una excepcional lectura en la que por encima de todo destaca un segundo movimiento absolutamente sublime tanto en el piano como en la dirección del propio artista, lleno de emotividad y profundidad, con unos silencios cargados de significado. El Allegro con brio no tiene toda la chispa e incisividad deseables, pero alcanza un estupendo equilibrio entre lo clásico y lo romántico que no deja de subrayar los aspectos más modernos de la partitura, sobre todo en el tratamiento del piano. El Molto Allegro conclusivo no es genial, pero sí espléndido. (10) 
 
 
Beethoven concierto piano 2 de Larrocha Chailly

11. De Larrocha. Chailly/Sinfónica de la Radio de Berlín (Decca, 1986). Aunque resulte un tópico decirlo, lo cierto es que Alicia ofrece una versión marcadamente “femenina”, elegante, coqueta y delicada en el mejor de los sentidos, sin asomo de amaneramiento, y desde luego llena de humanidad, de ternura y de la más exquisita belleza sonora. Pero también, por eso mismo, un tanto escasa de esos claroscuros, esa densidad dramática y esa fuerza poderosa que va a caracterizar al Beethoven posterior: la pianista española prefiere más bien mirar a Mozart. Y a un Mozart sin la suficiente dosis de sal y pimienta, todo hay que decirlo. El joven y aun sensato Riccardo Chailly le pone a la interpretación el músculo y la tensión que le faltan a la solista, aun siempre dentro de un acercamiento mayormente apolíneo, luminoso y de refrescante naturalidad. La toma sonora, portentosa. (8)
 
 
Beethoven concierto piano 2 Lubin Hogwood

12. Lubin. Hogwood/Academy of Ancient Music (Decca, 1987?). Chris nunca ha sido un gran director del repertorio posterior al Barroco, menos aún de Beethoven, un autor al que grabó –él mismo lo confesó en alguna entrevista– por petición de la casa discográfica. Todo esto se nota dirección más bien frívola y superficial –y eso que intenta mantener la concentración en el segundo movimiento–, lastrada además por una orquesta que por aquellas fechas era bastante discreta. Steven Lubin intenta mantener el tipo, pero el fortepiano de 1795 que utiliza tiene muchas limitaciones expresivas, como también sonoras: la orquesta se ve muy reducida para intentar mantener el equilibrio. Todo un fiasco, pues, esta primera intentona historicista. (4)
 


13. Zimerman/Filarmónica de Viena (DVD y CD DG, 1991). Leonard Lernstein falleció antes de que pudieran completar la integral y el pianista polaco tuvo que tomar las riendas de la orquesta en los dos primeros conciertos. Lo cierto es que el virtuosismo nada mecánico del pianista y la belleza sonora de la orquesta –que canta maravillosamente–garantizan unos resultados muy notables, pero el enfoque, decididamente clasicista, le otorga demasiada importancia a los aspectos más coquetos y hasta frívolos de la pieza y resulta algo tímida en lo expresivo, lo que no impide que se ofrezca un emocionante Adagio. Mejor la dirección que el piano, curiosamente, pese a la insuperable técnica de Zimerman. (8) 
 
 
Beethoven concierto piano 2 Immerseel Weil

14. Van Immerseel. Weil/Tafelmusik (Sony, 1995). El equilibrio expresivo, la sensatez y el buen gusto presiden esta interpretación de perfecta ortodoxia historicista, obviamente obligada por la orquesta de instrumentos originales y el fortepiano a mirar hacia el pasado, independientemente de que en la cadenza propia Van Immerseel intente –sin mucho éxito– abrir una ventana hacia el Beethoven maduro. El problema es que ni él ni Bruno Weil son músicos realmente interesantes, y mientras entre ambos logran ofrecer un buen Allegro con brio, en el Adagio resultan por completo anodinos y en el Rondo sucumben al mero mecanicismo. La espléndida toma sonora no nos libera del tedio. (6)
 
 
Beethoven concierto piano 2 Pletnev Abbado

15. Pletnev. Abbado/Filarmónica de Berlín (DVD TDK, 2000). Aunque las sinfonías de Beethoven que por aquellas fechas hacía Abbado con esta misma orquesta oscilaban entre lo rutinario, lo vulgar y lo impresentable, lo cierto es que en este Segundo concierto, quizá por la temprana fecha de la partitura, el maestro consigue unos resultados mucho más aceptables, una muy bella y equilibrada –aunque también un punto insulsa– interpretación realizada desde la óptica de un clasicismo amable. Pletnev se limita a mecanografiar la partitura sin matizar en lo expresivo, salvo para aportar algunos detalles de coquetería que sintonizan bien con la posición de la batuta. Un distendido movimiento movimiento final es lo más aprovechable de esta interpretación que se ofreció dentro del ya tradicional Concierto Europeo del 1 de mayo de la formación berlinesa en el año 2000. En la segunda parte vendría una Novena sinfonía realmente bochornosa. (7)
 
 
Beethoven concierto piano 2 Aimard Harnoncourt

16. Aimard. Harnoncourt/Chamber Orchestra of Europe (Teldec, 2001). Muy alejado del clasicismo más o menos distendido de por ejemplo el citado Abbado, el maestro berlinés ofrece un Beethoven seco, dramático, de alto sentido teatral, lleno de claroscuros y con una sonoridad relativamente áspera e incisiva –se ha moderado con respecto a su integral sinfónica– que arroja nuevas luces sobre esta partitura. Por desgracia, y como era de esperar, Harnoncourt se mantiene ajeno a la cantabilidad, el humanismo y la efusividad propias del mundo beethoeviano, y eso que se para a paladear el Adagio con apreciable delectación. Pierre-Laurent Aimard realiza una labor imaginativa, arriesgada y personal, por instantes mirando al pasado digamos que rococó con detalles bastante clavecinísticos, por momentos avanzando hacia el futuro, pero lo hace con un fraseo poco fluido, entrecortado por “hallazgos” sin duda sorprendentes pero no siempre satisfactorios desde el punto de vista de la lógica musical: hay más mecanicismo trufado de ocurrencias que flexibilidad verdadera, esto es, con naturalidad en las transiciones, realizada con sutileza y marcada por las necesidades expresivas. Lejos del desencuentro, Harnoncourt le apoya con sus aportaciones tan propias, por lo demás, de su habitual discurso iconoclasta. La toma sonora es magnífica. (7)
 
 

17. Kissin. Colin Davis/Sinfónica de Londres (EMI, 2007). Como era de esperar, Sir Colin ofrece en esta su tercera grabación (antes están Kovacevich y Arrau) una lectura cálida y equilibrada, completamente ajena a tensiones y conflictos, pero llena de serena y elocuente poesía. Junto a él, un piano creativo y rico en matices, no del todo profundo pero más interesado por los claroscuros que la batuta. Lo menos convincente es el último movimiento, rápido y no todo lo paladeado que debería, aunque no llegue a resultar en absoluto mecánico. Desde el punto de vista técnico, eso sí, Kissin se muestra insuperable. (9)
 


18. Barenboim/Staatskapelle Berlin (DVD y Blu-Ray Euroarts, y CD Decca, 2007). Todo es aquí descomunal, pues Barenboim atiente a todos los posibles aspectos de la partitura en una recreación poderosa y potente, pero también vistosa y chispeante, llena de energía, lirismo, profundidad e imaginación. Si hubiera que destacar algo sería, como en su anterior grabación en solitario, un Adagio inalcanzable, paladeado con una hondura y un humanismo realmente sublimes, fraseado con una enorme cantabilidad por la orquesta –espléndida, de empaste por completo beethoveniano– y muy ricamente matizado desde un piano sutil y emotivo al tiempo que repleto de interrogantes hacia el final del movimiento. A destacar, como siempre en el Beethoven pianístico del de Buenos Aires, la enorme naturalidad de los trinos. El Blu-ray suena y se ve de maravilla, pero quien no se pueda gastar el dinero siempre puede acudir a los baratísimos CDs editados por Decca. En cualquier caso la interpretación hay que escucharla, porque es sin duda la referencia. (10) 
 
 
Beethoven concierto piano 2 Cristifori

19. Arthur Schoonderwoerd. Cristofori Ensemble (Alpha, 2008). He aquí una lectura radicalmente historicista que apuesta por una plantilla de cámara con la que el fortepiano, por fin, parece llevarse bien. El planteamiento expresivo no tiene más remedio que plegarse a estas características, resultando interesante cómo los aspectos más rococós de esta música contrastan con los más visionarios y poniéndose de manifiesto más que nunca la manera en la que Beethoven se enfrenta con la tradición. La sonoridad es muy distinta a lo que estamos acostumbrados, ofreciendo nuevos y desconcertantes colores que unas veces convencen y otras no: a los alérgicos a los instrumentos originales esta lectura puede poner seriamente en riesgo su salud. Desde luego el fortepiano –una copia de un Anton Walter de 1800– evidencia importantes limitaciones, pero el solista le saca un buen partido derrochando musicalidad y buen gusto, sobre todo en un magnífico segundo movimiento que sabe ofrece tanto vuelo lírico como acentos dramáticos. El tercero es muy clavecinístico, lo que no resulta lo ideal pero descubre cosas nuevas. (8) 
 
 
Beethoven concierto piano 2 Brautigam Parrott

20. Brautigam. Parrot/Sinfónica de Norrköping (BIS, 2008). No se le puede negar morbo a este acercamiento: dos intérpretes de amplia experiencia historicista usando un Steinway y una orquesta convencional pero haciéndolos sonar como si tuvieran delante fortepiano y cuerdas de tripa, con todo lo que ello implica no solo desde el punto de vista técnico, sino también desde el expresivo. El resultado es atractivo desde el punto de vista meramente sonoro, y la dirección de Andrew Parrot ofrece empuje, vitalidad y alto sentido de los claroscuros en un acercamiento que mira más al Beethoven maduro que al juvenil, aunque le falte una buena dosis de cantabilidad, efusividad lírica y humanismo para terminar de convencer. El problema, en cualquier caso, está en un Brautigam en exceso vehemente, por momentos atropellado, que sin caer realmente en lo mecánico –su dinámica, aun voluntariamente recortada, no es ajena a los contrastes– toca sin dejar a las frases respirar, dejándose llevar por el nervio y sin pararse a pensar en el significado expresivo de las notas. El resultado aburre. (6)
 
 
Beethoven concierto piano 2 Lewis Belohlávek

21. Lewis. Belohlávek/Sinfónica de la BBC (Harmonia Mundi, 2009). Independientemente de que enganche bastante más el entusiasmo y empuje de la batuta que el toque poco variado en lo sonoro y un tanto inexpresivo del pianista, lo cierto es que los dos artistas coinciden en interpretar esta partitura desde la óptica de un clasicismo extrovertido, ágil y efervescente, mayormente luminoso y con sentido del humor, como si quisieran subrayar los lazos que unen esta música con el universo de Haydn. El resultado es atractivo y nos ofrece una imagen renovadora de esta música, pero la falta de pathos, de claroscuros y de contrastes expresivos terminan haciéndola un tanto superficial, sobre todo en un Adagio hermoso pero en absoluto emotivo. (7)
 
 

22. Uchida. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Lejos de ofrecer la interpretación delicada y exquisita que hubiéramos imaginado, la pianista oriental nos entrega una lectura efervescente, bulliciosa, llena de nervio controlado, de aires clavecinísticos bien entendidos –nada hay aquí de mecánico o precipitado– e impregnada de un sentido del humor de carácter rústico y viril –antes que coqueto o amable– que le sienta muy bien a la partitura, todo ello sin descuidar los interrogantes y acentos dramáticos del Adagio. Rattle, muy en su salsa cuando se trata de ofrecer jovialidad y desenfado, sintoniza perfectamente esta línea y ofrece una dirección haydiniana dicha de maravilla por una orquesta no por reducida para la ocasión menos formidable. En suma, una interpretación en la misma línea que la de Lewis y Belohlávek, pero bastante más conseguida. (9)

lunes, 1 de julio de 2013

Rigoletto en el Maestranza: a la antigua usanza

Pude asistir –después de un muy molesto viaje en coche desde la sierra de Segura que terminó con la intervención de la grúa por avería– a la última de las ocho funciones que el Teatro de la Maestranza ha ofrecido de Rigoletto. Segundo reparto: Nucci, Pratt, Albelo. Mucho público foráneo que venía a escuchar al barítono boloñés. Ambiente de fans predispuestos a montar una fiesta. ¡Y bien que la hubo! El resultado fue una función en la que hubo insuficiencias más o menos claras en cada uno de los artistas congregados, pero que funcionó exactamente como cabía esperar y que nos hizo disfrutar de lo lindo a la mayoría de los que allí nos encontrábamos, entre otras cosas porque sabíamos bien a lo que íbamos.

Fue una función de ópera “a la antigua usanza” en el sentido más manido del término, con todo lo que ello implica: la música como vehículo de lucimiento para los cantantes, empeñados mucho antes en realizar proezas canoras –las que cada uno puede– que en poner su técnica al servicio de la historia que se está desarrollando, acompañados todos ellos por un foso convertido en colchón y dentro de una propuesta escénica pensada para deslumbrar visualmente al público menos cultivado, pero sin una verdadera idea teatral detrás. Y todo ello con un divo, en este caso Leo Nucci, dispuesto a dejarse querer sabiendo desde el primer momento que es el rey de la función. Vamos, una velada operística de esas en las que se disfruta de manera digamos “primaria”, dejando a un lado la reflexión y permitiéndose uno gozar del espectáculo en el sentido más estricto del término. Si se consigue entrar en el juego, se lo pasa uno en grande, incluso aunque no se sea fan de la estrella de turno.


Es el caso: a mí jamás me ha entusiasmado Leo Nucci, ni en disco ni en vivo. En Sevilla le pude ver hace ya años el Fígaro del Barbero y, precisamente, Rigoletto, y me aburrió de manera soberana. ¿Sigue siendo el mismo? Desde luego su canto es igual de monocorde, siempre en forte y sin el menor matiz canoro (¡ni un puñetero regulador!). La voz está ahora peor, lógicamente, aunque conserva un volumen muy considerable y un fiato sorprendente que le permite realizar unos cuantos alardes. Pero, a pesar de lo dicho, resulta ahora más convincente, por momentos muy emocionante, sobre todo en el segundo acto: su “Cortigiani”, rudezas y vulgaridades incluidas, estuvo dicho con la convicción de una figura que lleva toda su vida haciendo ópera y se mete en la piel del personaje al ciento veinte por cien. Incluso su sobreactuación escénica, que funciona regular en los primeros planos de una filmación, resulta eficaz vista desde el patio de butacas. Como además dejó la prudencia a un lado y decidió exhibir lo que le queda de voz, que no es poco para su edad, el impacto estuvo garantizado. Por supuesto que se bisó la “Vendetta”, por cierto bastante mejor que la horrenda que ofreció en 2009 en Madrid. Montó además el numerito de pedir aplausos –en medio de la función– para sus compañeros, para la batuta y para los solistas de la orquesta. El público, delirando.

La australiana Jessica Pratt, de voz no grande pero maravillosamente timbrada y con cuerpo suficiente, me deslumbró por su asombroso dominio de trinos y reguladores, que utiliza con claro afán exhibicionista (“Caro nome” de antología) pero sin caer en el cursi narcisimo de, por poner un ejemplo vistoso, una Gruberova. Solo en el tercer acto se quedó un tanto corta tanto en voz como en expresión, aunque siempre dentro de un buen nivel. Su buen gusto cantando parece indiscutible, a la espera de ir adquiriendo una mayor personalidad.

Al tinerfeño Celso Albelo es la primera vez que le escucho. Me lo esperaba más claramente belcantista: el bloguero Atticus (uno de los más de veinte aficionados que habían venido desde Valencia) me comentaba en el intermedio que le recordaba muchísimo a Alfredo Kraus, pero el recuerdo que yo tengo del Duca que ofreció el gran maestro en el mismo Maestranza en 1991 no es exactamente ese. Su discípulo matiza mucho menos –su técnica también resulta muy inferior– y está por completo alejado del carácter aristocrático que Kraus imprimía al personaje, pero por eso mismo resulta más “echado pa’lante”, más fresco e inmediato, y quizá en mejor sintonía con el personaje. La primera escena la resolvió con corrección (alguien que estuvo en todas sus funciones me confirmó que esa noche obtuvo ahí mejores resultados); funcionó muy bien en el dúo y en “Parmi veder le lagrime” hizo una maravillosa exhibición de canto ligado. Me gustó menos en la cabaletta, dudosamente rematada, cosa que compensó con un brillantísimo final de “La donna è mobile”, por lo demás cantada con cierta tosquedad. Muy digno en el cuarteto, y en conjunto notable encarnación del antipático personaje.

Mi admirada María José Montiel derrochó clase, pero no fue su noche. Mejor dicho, Maddalena no es su personaje: la mezzo madrileña resulta demasiado lírica. Por cierto, vaya piernas más espectaculares que tiene esta señora. Sí que es perfecta la voz –impresionante– de Dmitri Ulyanov para Sparafucile, mejor aquí que en su reciente Banquo en el Real. Muy bien el Monterone de Miguel Ángel Arias, y buen nivel en los comprimarios.


La dirección musical de Pedro Halffter se quedó a medio camino, pero desde luego resultó aplastantemente superior a algunos mamarrachos que en el mismo Maestranza hemos escuchado en Verdi, como el Trovatore de Maurizio Arena o el Macbeth de Daniel Lipton. De hecho, en cuanto concepto fue todo lo contrario: si los batuteros citados fueron deprisa y corriendo, siempre con rigidez marcial, sin dejar a la música (¡y a los cantantes!) respirar, metiendo además decibelios a discreción y aplicando el concepto de "ópera italiana igual a chimpún”, el madrileño moderó las dinámicas –a mi entender en exceso–, fraseó con amplitud melódica, fue flexible en el discurso e hizo uso de pinceles finos a la hora de tratar la sonoridad de la orquesta. El problema es que abordó la partitura más como una sinfonía que como ópera, por lo que se perdió algo tan importante en Verdi como es la capacidad para narrar, el sentido dramático, la teatralidad.

Así las cosas, Halffter resultó algo plano y mortecino en el primer acto, ofreció un segundo plausible y convenció por completo en el tercero gracias a su habitual sentido de la atmósfera –muy conseguida la tormenta– y a su cuidadoso tratamiento de colores y texturas, por momentos de fuerte carga sensual; logró así poner en evidencia la maravillosa imaginación de la escritura orquestal verdiana, sobre todo en un dúo final desgranado con calma y gran cantabilidad.

La producción escénica venía del Teatro Regio de Parma y se debía en origen a Stefano Vizioli. Yo ya la conocía por el DVD recientemente editado, precisamente con Nucci de protagonista. Su concepto se resume fácilmente: despliegue de hilos de oro en la corte ducal, mucho cartón piedra para el resto, dirección de actores pobretona, resoluciones poco imaginativas y escasez de auténtica vida teatral. No, no creo que el verdadero respeto a la obra sea precisamente esto, hacerla en plan función escolar de fin de curso. Pero también es verdad que, con las pedanterías que continuamente tenemos que soportar a algunos registas que pretender dejar su huella por encima de cualquier otra consideración, se agradece una propuesta así, sensata y respetuosa con las convenciones del melodrama. O al menos, muy en sintonía con el tipo de espectáculo “a la antigua” que se ofrecía.

Yo disfruté mucho de la función, para qué les voy a engañar. Y el teatro casi se viene abajo con la respuesta del público.

Mario Venzago completa a Schubert

Convence por completo Mario Venzago cuando argumenta en la carpetilla que la Sinfonía D. 759 de Franz Schubert no se encuentra inacabada, ...