Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
martes, 12 de febrero de 2019
María José Moreno triunfa en La tabernera
Antonio Gandía resolvió su parte con solvencia plena: su gran baza es un agudo sólido y de apreciable brillantez, lo que unido a un canto valiente y entregado le permitió ser muy aplaudido por un público que probablemente iba buscando más bravura que otra cosa. Como actor presenta sus limitaciones, pero parecía dirigido con minuciosidad y convenció sin problemas.
Mucho más interesante –pese a su naturaleza detestable– es el personaje de Juan de Eguía, y quizá por ello ese sólido cantante que suele ser Ángel Ódena nos dejara un poco a medio camino: pone entrega pero faltan matices. Em contrapartida, en el terreno actoral fue quizá el mejor del trío protagonista.
Voz no muy allá y canto discreto el de Ernesto Morillo para Simpson, amén de descoordinado con el foso en su “Despierta, negro”. Maravillosa Ruth González como Abel: aparte de que cantó muy bien, desde mi localidad parecía por completo el adolescente que tiene que encarnar. ¡Qué talento escénico el de esta chica! Los veteranos Pep Molina y Vicky Peña compusieron una estupenda pareja cómica, divertida y estrambótica mas sin pasarse de rosca. En esa misma línea de caricatura sin trazo grueso se mostró Ángel Ruiz a la hora de encarnar a Ripalda. El irreprochable Verdier de Abel García redondeó un elenco globalmente notable.
Me pareció irregular la labor de batuta de Óliver Díaz: arrancó con mucha sensualidad y un tratamiento depurado de las texturas, pero a partir de ahí comenzó un extraño tira y afloja en el que se alternaron momentos muy dignos en los que las hermosas melodías de Pablo Sorozábal estuvieron bien cantadas con otros más bien deslavazados, faltos de garra y de tensión interna. A menudo Díaz parecía limitar en exceso el volumen del foso para permitir que se oyera bien a los cantantes, lo que terminó dejando en segundo plano a una orquesta que no se debía limitar a a acompañar. Por otro lado, los desajustes con estos fueron unos cuantos y no estoy nada seguro de que la culpa fuese siempre de quienes estaban sobre el escenario. La Sinfónica de Sevilla tampoco sonó muy allá: se nota que estos títulos los hace con cierta desgana. El Coro sí que estuvo bastante bien.
La producción de Mario Gas me dejó muy frío. Hubo en ella profesionalidad por los cuatro costados, buen gusto y enorme respeto hacia el compositor. Nada de utilizar la dramaturgia para servir al propio ego, como tantas veces ocurre; ahí está, sin ir más lejos, ese Orfeo de Gluck de Rafael Villalobos en el Villamarta del que muchos melómanos jerezanos –soy testigo– ha echado pestes y al que ahora algunos intentan vender como un éxito que, como comprobamos durante los aplausos los que allí estuvimos, en absoluto fue.
Pero volviendo a Mario Gas, a mí me parece que por muy minucioso que fuera su trabajo, por muy sólida que fuera la dirección de todos y cada uno de los cantantes-actores, por muy vistosas que fueran secuencias como la de la tempestad, faltaron garra dramática, emoción y credibilidad en una historia que, junto con pasajes más o menos cómicos o distendidos que aportan su punto de contraste, resulta más bien escabrosa. De acuerdo con que no es necesario explicitar a la manera de un Calixto Bieito, pongamos por caso, cómo Juan de Eguía comete incesto con su hija, la usa como reclamo sexual, la agrede físicamente para guardar las apariencias y hasta manipula sus sentimientos amorosos para traficar con cocaína. Pero todo quedó demasiado convencional, demasiado suave, demasiado... ¿burgués? Claro que tampoco se puede pedir que al regista saque petróleo de dónde no hay, porque el libreto, como teatro, es teatro mediocre. Y es que lo peor de esta representación de La tabernera del puerto ha sido, precisamente, La tabernera del puerto. ¡Cómo pasa el tiempo por el género de la zarzuela! Pero eso da para muchas entradas más, y de momento no estoy dispuesto a escribirlas.
PD. La fotografía es de Julio Rodríguez. En su blog encontrarán muchas imágenes más, no menos excelentes que esta.
miércoles, 4 de enero de 2017
No tengo palabras
lunes, 6 de junio de 2016
¡Cómo está Madriz!, el mejor espectáculo de zarzuela que he visto
Responsable máximo de tan brillantísmo espectáculo ha sido el director de escena Miguel del Arco, quien ha logrado ser más respetuoso que nadie con el género de la manera más atrevida, que es reventándolo desde sus cimientos, actualizando por completo sus presupuestos dramáticos y adaptando el material musical –faltan cosas y se han añadido otras, incluyendo un número del genial Barberillo de Barbieri– hasta crear una obra nueva que transmite con una fuerza y una garra insólitas toda la potencia de los originales; potencia hoy irrecuperable a través de presupuestos más convencionales por la sencilla razón de que la zarzuela castiza solo puede leerse teniendo en cuenta un contexto social y político muy concreto, un contexto que ya no existe y que parte del público desconoce.
En cualquier caso, que nadie se piense que estamos ante una producción eminentemente política, porque a la postre lo que nos encontramos es con un rendido homenaje a Madrid, a la ciudad de Madrid y yo diría que también a España entera, realizada a través de una reflexión sobre nuestra historia, sobre nuestros grandes personajes y ridículos personajillos, sobre nuestras insuficiencias y nuestras contradicciones, para terminar dando un abrazo a esta manera de ser que, en unos aspectos para bien y en otros para mal, sigue siendo la misma que en tiempos de Chueca y Valverde, y probablemente lo seguirá siendo durante muchos años.
Cuenta Miguel del Arco con la complicidad de dos extraordinarios artistas a la hora de redondear los resultados de su propuesta escénica. Uno es el veterano Pedro Moreno, quien ofrece para la ocasión un vestuario de una riqueza e imaginación deslumbrantes. El otro es Paco León, que sencillamente borda el rol de Paco, el personaje cuyo viaje onírico al pasado madrileño se convierte en hilo conductor de la velada. Sin necesidad de histrionismos y sin ganas de convertirse en el centro de la función –a pesar de serlo–, el actor y director sevillano realiza un trabajo formidable bien ayudado por su espléndida agilidad física: diríase que es de goma. Junto a todos ellos, una larga nómina de actores profesionales realizando un gran trabajo de equipo y, lo que es aún más de aplaudir, un Coro del Teatro de la Zarzuela dispuesto a dejarse la piel siguiendo las indicaciones de una dirección escénica exigente como en el más complicado de los musicales.
Al mismo nivel escénico, es decir, al de actores profesionales y no al de cantantes metidos a actor, rindieron los solistas congregados para la ocasión. Quienes más tiempo estuvieron sobre la escena fueron dos figuras ya muy experimentadas en este género, un Luis Cansino de voz de hermosísimo timbre y mucha elegancia en el canto, y una María Rey-Joly cuyo instrumento sigue ensanchándose y prometiendo cosas muy atractivas para el futuro. Mucho más breve pero no menos interesante fue la actuación de la soprano Amparo Navarro, a quien creía no conocer hasta que este blog me ha recordado que la escuché en su tierra valenciana hace años: muchísimo ojo, porque aquí hay material de primera clase. Entre los demás hubo de todo, pero con media de alto nivel.
La irregular Orquesta de la Comunidad de Madrid tuvo una feliz noche bajo la batuta de José María Moreno, quien además de excelencia técnica ofreció una interpretación ágil, fluida y ligera en el mejor de los sentidos, mirando con el rabillo del ojo a Viena pero sin perder de vista la alegría, la garra y el sabor popular de estas músicas. Podía haber quizá aportado un punto más de retranca, como también de sensualidad y de carácter insinuante en algunos de los números, pero aun así su labor me pareció sobresaliente y contribuyó sobremanera al redondear los resultados artísticos de una velada que, pese a las airadas protestas de unas señoras que empezaron a increpar al escenario al comenzar el segundo acto, me hizo inmensamente feliz.
sábado, 6 de diciembre de 2014
Ismael Jordi por AFANAS
En este mundo en crisis donde cada uno va exclusivamente a lo suyo y la generosidad parece reservada a los anuncios de lotería, todavía hay gente capaz de darlo todo por quienes más lo necesitan. Por ejemplo AFANAS Jerez, la asociación que en mi ciudad lleva cincuenta años promoviendo la integración de los discapacitados intelectuales. O el tenor Ismael Jordi, que actuó ayer en un recital pensado para recaudar fondos para la entidad citada. De algunos melómanos jerezanos no se puede decir lo mismo: el Villamarta presentaba un aspecto desolador, teniendo en cuenta la bondad humana de la propuesta y la calidad artística de la misma. ¡Qué pena!
Se abrió la velada con el Ave María de Schubert y el Adestes Fideles. Sirvieron para calentar la voz y poner la nota navideña, nada más. En el Cantique de Nöel de Adam, sin embargo, Ismael Jordi empezó a demostrar por qué el repertorio francés es claramente lo suyo: el refinamiento y la elegancia íntima de su canto son ideales para la lírica del país vecino. En el Lamento de Federico de Cilea –una música que siempre me ha resultado acongojante– mi paisano tiene aún que pulir algunas frases, porque en lo técnico se quedó lejos de la perfección absoluta de su maestro Kraus; en lo expresivo, la emoción más honda brotó todo el tiempo de sus labios.
Tras un Torna a Surriento muy aplaudido por el respetable, Ismael nos hizo disfrutar de lo lindo con tres canciones de El cantor de México, el musical que –con toda justicia, circula una filmación por ahí– triunfó en el Chatelet ya hace algún tiempo; sin la espectacularidad de la orquesta, acompañado solo por el pianista jerezano José Miguel Román, ofreció recreaciones íntimas y sensuales, ricas en morbidez, en difuminados y en medias voces, todo ello sin recrearse en exceso en los alardes de fiato u otros exhibicionismos. Creo que todos nos fuimos encantados al intermedio.
La segunda parte se abrió con el “Vivi tu” de Anna Bolena, la ópera de Donizetti con que debutó en el Covent Garden este verano junto a la mismísima Joyce di Donato: la cantó con clase, estilo y distinción, pero aquí vocalmente hubo algunos escollos que empañaron los resultados.
A partir de ese momento, ya en canción y zarzuela, Ismael estuvo siempre admirable: Morucha, Adiós Granada, Bella enamorada, Tengo nostalgia de ti, El árbol del olvido, Por el humo… y No puede ser le dieron la oportunidad de lucir la belleza de su timbre, el refinamiento de su legato,la sensibilidad de sus reguladores y la entrega expresiva que, siempre dentro de un estilo más acariciador que brillante –en la antípoda, para entendernos, de un Jorge de León– caracterizan a Ismael Jordi en sus mejores noches. La de ayer viernes 5 se cerró con la inevitable Furtiva lágrima y con una entrañable actuación “flamenca” de un grupito de discapacitados que nos recordaron que todavía existen la buena voluntad y el deseo de superarse a uno mismo. Enhorabuena a todos.
viernes, 31 de octubre de 2014
De cuando Domingo dirigió en el Waldbühne a Sarah Chang
A Plácido Domingo le he escuchado dos cosas extraordinarias en su faceta de director: las Noches en los jardines de España con Barenboim al teclado (editada por Teldec y Arthaus, audio y vídeo respectivamente) y, sobre todo, la Madama Butterfly con Cristina Gallardo-Domas en el Teatro Real (sin edición comercial). En el resto de las ocasiones en que ha empuñado la batuta me ha parecido no el maestro mediocre que quienes siempre le han despreciado han intentado hacernos ver, pero sí el director meramente apañado que hace gala de corrección, sensatez y musicalidad sin muchas cosas interesantes que decir, aunque con algún importante destello de inspiración.
Es justamente lo que quedó en evidencia cuando se puso al frente de una de las más perfectas orquestas del mundo, la Filarmónica de Berlín, en el concierto anual de la formación alemana en el Waldbühne, edición del año 2001 bajo el título Noche española en la que se contó con la colaboración de la violinista Sarah Chang y la soprano Ana María Martínez. Lo vi en su momento por la tele y hace unos días visioné por fin el DVD editado hace ya años por Euroarts
Comenzó la velada al aire libre con el Fandango de Doña Francisquita: Domingo lo dirigió bien, con el carácter popular y un punto bronco que le conviene, pero podía aún haberle sacado mayor partido a esta excelente música. Más difícil era sacárselo a los Aires gitanos de Sarasate, pero aquí vino al rescate una Sarah Chang no solo perfecta virtuosa sino también artista modélica. La Marcha Española de Johann Strauss II no tuvo mucha elegancia vienesa, pero sí un sentido del humor y un garbo muy españoles. En la petenera de La Marchenera, de Moreno Torroba (“Tres horas antes del día…”), Ana María Martínez ofreció buena voz y elevada implicación expresiva, sin llegar a deslumbrar; estuvo correctamente secundada por la batuta del cantante madrileño.
En el celebérrimo Capricho español de Rimsky-Korsakov se evidenció el desencuentro entre un director que se limitaba a marcar el compás y unos solistas dispuestos a hacer música por todo lo alto: funcionó a ratos, incluso por momentos deslumbró, pero hacía falta mucha mayor implicación desde el podio. Con la romanza de Los claveles, de Serrano, la soprano puertorriqueña hizo gala de sus virtudes y de sus relativas limitaciones; me hubiera gustado un punto más emotiva, o al menos más matizada.
Mejor aquí que cuando dirigió el título de Bizet en 1992 en el Teatro de la Maestranza, Domingo sacó adelante la Fantasía sobre temas de Carmen de Sarasate poniéndose a los pies de una Sarah Chang pletórica. Sorprendentemente, Plácido destapó el tarro de las esencias en Huapango, del mexicano José Pablo Moncayo; espoleada por una batuta por fin inspirada y fogosa, la Berliner Phiharmoniker puso todo su virtuosismo al servicio de una recreación brillante en el mejor de los sentidos, llena de garra y de electricidad.
Tres propinas, empezando con Pablo Luna. La canción española de El niño judío la dijo Martínez sin mucho salero. De la Chang se esperaba algo muy brillante como despedida, pero sin embargo ofreció la Méditation de Thais con resultados para quedarse de piedra: ¡qué afinación, qué belleza sonora, qué registro grave, qué fraseo más cantable, qué concentración…! Ahí Domingo echó los restos para seguidamente limitarse hacer un poco el ganso cantando –era de esperar– en la tradicional Berliner Luft conclusiva, que con él sonó, en la orquesta, más bien tosca y vulgar.
¿Conclusión? Un DVD imprescindible para amantes del violín.
domingo, 12 de octubre de 2014
El Sombrero de Frühbeck: nueva remasterización, “a peor”
Ese carácter tan hispano es muy difícil de definir con palabras, pero resulta perfectamente identificable desde el arranque (¡lleno de júbilo, salero y garbo!) de esta interpretación robusta y enérgica, más no basta, planificada con tremenda solidez y expuesta con asombrosa claridad, en la que frente a enfoques más evanescentes y refinados, diríamos que impresionistas, como pueden ser los de un Ansermet, un Ozawa o –a menor nivel artístico– un Dutoit, priman la teatralidad, la garra, el espíritu juvenil y hasta el arrebato.También rebosa de sentido del humor; de humor “rústico” y jocoso antes que amable, que es el que demanda la partitura. Y de concentración, de poesía y hasta de magia, a la que no es ajena la presencia de una Victoria de los Ángeles excelsa en el canto del cuco.
No podemos olvidar la sensacional labor de la orquesta de Klemperer, que aquí hace gala tanto de su tremenda solidez técnica y de su tímbrica particularmente incisiva en las maderas –bien subrayada por la batuta– como de una frescura, una comunicatividad y una musicalidad a la hora de ofrecer matices expresivos realmente asombrosa. En suma, una interpretación que sigue siendo referencia absoluta, a pesar de contar con las espléndidas recreaciones “a la francesa” arriba citadas, de la admirablemente stravinskiana de Boulez o de la muy poderosa de Barenboim con la Sinfónica de Chicago (la del DVD, mejor que la del CD).
Y ahora, la cuestión técnica a la que hace referencia el título de esta entrada. La audición la realicé anoche –por cierto, ya tengo la instalación adecuada para escuchar música sin excesivos sobresaltos– no en la edición oficial de EMI, sino en un reprocesado realizado por HDTT que, tras pagar 18 dólares, me he descargado en formato 24/96 y me he pasado a DVD-Video (sin imagen, claro) para conservar la alta calidad de reproducción.
Pues bien, no sé si será solo por el HD (que escucho como tal: mi amplificador me reconoce sin problemas los 96khz) o también por la remasterización, pero lo cierto es que el sonido, comparado con la edición de Great Recordings of the Century, ha ganado de manera considerable en inmediatez, claridad, cuerpo y relieve, otorgando además una presencia mucho más adecuada a las frecuencias bajas. Por desgracia, hace ahora acto de presencia una sonoridad metálica, estridente, un poco “a lata”, que acentúa la incisividad y aspereza que ya estaban presentes en la edición de EMI –y que también corresponden en parte a la interpretación, no se olvide– y que a determinadas sensibilidades puede llegar a resultar muy molesta. Creo que globalmente salimos perdiendo.
La cuestión es: ¿cuál de los dos reprocesados es más fiel a la grabación original? ¿Se les ha ido mucho la mano a los señores de HDTT dándole relieve a los agudos en la ecualización? ¿O quizá los ingenieros de EMI siguieron el proceso contrario al hacer la edición en compacto, suavizando las frecuencias altas para difuminar las estridencias y disimular el soplido de fondo? Habría que tener un vinilo original en buenas condiciones para averiguarlo, y supongo que ni aun así quedarían las cosas claras.
De momento, me quedo con la edición de Great Recordings of the Century, acoplada con La vida breve de Frühbeck y El amor brujo de Giulini, siempre con Victoria de los Ángeles. Ahora bien, la edición de HDTT viene con unas romanzas de zarzuela que en 1968 grabó para RCA, bien acompañada por la batuta de Eugenio M. Marco, una Montserrat Caballé en plenitud de facultades. En la canción española de El niño judío está verdaderamente excelsa. Lo pueden comprobar en el YouTube de más arriba y completar así la ración de españolidad bien entendida que proponemos con esta entrada.
jueves, 2 de octubre de 2014
El dúo de “La Africana” en el Villamarta
Me animé por el encargado de dar viva al personaje más carismático de la simpática página de Manuel Fernández Caballero: el barítono jiennense Luis Álvarez, a mi entender uno de los mejores intérpretes de zarzuela, por la suma de solvencia canora y enorme talento escénico, que se han visto en nuestros escenarios en los últimos lustros. Estuvo muy bien como Querubini, desde luego, pero no tan simpático y chispeante como en el vídeo filmado en el Teatro Real el 31 de diciembre de 2004 sobre la ya mítica producción escénica de José Luis Alonso.
El problema, ya lo están imaginando, ha estado en Francisco López, regista en muchos casos solvente, en ocasiones notable, a veces incluso brillante, pero soso y estirado como él solo, aquí incapaz de mover la escena con el punto de desmadre y locura que exige el libreto de Miguel Echegaray. Hubo histrionismo, sí, al menos en los personajes de Amina y Doña Serafina; pero histrionismo encorsetado, poco sincero, acomplejado incluso. Por si fuera poco, el contrastado talento de López para mover masas se puso aquí al servicio de un concepto francamente casposo: los movimientos del coro resultaban más bien ridículos, con coreografías que bordeaban la cursilería.
Plásticamente las cosas funcionaron bien en la primera parte de la obra: se notaban las estrecheces económicas, pero la escenografía resultaba digna y el vestuario estaba muy conseguido. La segunda parte, la que transcurre entre bambalinas, fue sin embargo un horror visual: difícil es ofrecer algo más rematadamente feo, amén de mal iluminado. Las bombillitas que se apagaban y encendían durante el célebre dúo de la tiple y el tenor recordaban a las que anuncian cierto tipo de locales en nuestras carreteras, mientras que la coreografía de los figurantes durante este número, preparada por la directora de una escuela local de música y danza, no superaba el nivel de una función escolar de fin de curso.
Lo más molesto vino al final: dispuesto a llevar todo lo lejos posible el carácter metalingüístico de este zarzuela, López decide que el teatro donde se está ofreciendo la función de L'Africaine no sea otro que el mismísimo Villamarta de 1929, proyectándose unas imágenes en blanco y negro del interior que a los que ya somos un poco mayorcitos nos tocaron la fibra sensible. Hasta ahí, vale. Pero luego al regista cordobés, que no tiene ni puñetera idea de cómo resolver teatralmente el muy insatisfactorio final del libreto, se le ocurre añadir una morcilla: sale un señor vestido de época diciendo que es el empresario del recientemente inaugurado Villamarta, afirma que este teatro va a ser en el futuro un brillante desfile de los más grandes nombres de la música, el flamenco y el teatro, y termina pidiéndole a Querubini que cante el celebérrimo “Brindis de Carrasquilla” de Don Gil de Alcalá: “¡Jerez! Este es el vinillo de la tierra mía, y éste es el jerez. ¡Olé ya!”. Imaginen los alaridos de entusiasmo de un respetable entregado al más absoluto delirio provinciano-onanista.
Se anunciaba en el foso la presencia del Ensamble Orquesta Álvarez Beigbeder, dirigido por Juan Luis Pérez. La cruda realidad: violín, violonchelo, clarinete y piano a cargo cuatro jóvenes del conservatorio local bajo la batuta meramente concertadora del maestro jerezano. Tiempo de recortes. ¿Funcionó? A mi entender no, por dos razones: la ausencia de una verdadera orquesta y, sobre todo, el deficiente nivel del violín. Su nombre lo prefiero omitir, porque entiendo que se trata de un chaval que ha intentado ofrecer lo mejor de sí mismo, pero escucharle fue para mí una experiencia muy insatisfactoria. Además, la responsabilidad no recae en él, sino en el teatro que le contrató y en el maestro que dio el visto bueno a su intervención. Siento mucho escribir esto, porque admiro profundamente a Juan Luis Pérez por su educación, inteligencia, honradez y extrema profesionalidad, pero es lo que pienso como melómano que ha pagado su entrada y tiene derecho a disfrutar de un nivel mínimo de calidad que aquí no se satisfizo.
El Coro del Teatro Villamarta me sorprendió gratamente por la notabilísima labor de sus voces femeninas, sobre todo en la primera parte de la obra, en la que ellas sonaron no solo empastadas y nada tirantes, sino también muy maleables, siempre atentas a los matices canoros. Bravo por las chicas y su director, Juan Manuel Pérez Madueño. Los caballeros, por el contrario, se mantuvieron a un nivel mediocre, y en el jerezanísimo brindis final tanto ellos como ellas montaron un guirigay. La emoción del momento, supongo.
¿Y los cantantes? El ya muy maduro Álvarez mostró limitaciones en la romanza de Penella ofrecida como propina, pero como Querubini, ya lo dije, estuvo muy bien. Me decepcionó Emilio Sánchez, un señor que generalmente ha demostrado enorme solidez y musicalidad pero al que la edad, lógicamente, empieza a pasarle factura; simpatiquísimo su acento maño. Junto a ellos, brilló la Antonelli de una total desconocida: Belén López-León. Todavía tiene que pulir determinados aspectos –sobreagudo metálico, proyección no siempre conseguida–, pero su voz es de mucha calidad, su canto musical y muy matizado, y su talento escénico enorme. Saladísima, irresistible haciendo de sevillana típica y tópica. Muy bien la Amina de Paola Ramírez, siempre en una línea desaforada que le conviene al personaje, e irreprochable la Doña Serafina de Milagros Ponti. La anécdota: en el papel del comisario apareció un señor llamado Nicolás Montoya, autor del texto que comenté en esta entrada. Saquen ustedes sus conclusiones.
sábado, 10 de mayo de 2014
María Bayo visita Úbeda
El 9 de octubre de 1996 escuché en Sevilla un recital lírico de María Bayo con obras de Canteloube, Rodrigo y Granados –acompañaba al piano una tal Tatiana Kriukova– que me marcó como melómano. El de ayer viernes 9 de abril de 2014 inaugurando el XXVI Festival de Úbeda, distó de producirme las sensaciones que me dejó aquel. Puede deberse en parte a la acústica de la iglesia del Hospital de Santiago, que crea una sensación de distanciamiento poco adecuada para la canción más o menos íntima –en aquella memorable ocasión estuve en primera fila del Maestranza–, pero las razones hay que encontrarlas sobre todo en que las cosas han cambiado. Para ella y, sobre todo, para mí.
El instrumento de la artista ya no es el mismo. No puede serlo. Entonces brillaba en todo su esplendor. Ahora el grave suena desguarnecido y el agudo no muy grato, aunque la soprano de Fitero no lo vea así y se recree a gusto en notas que a mí me suenan algo duras. ¿Esto es importante? Creo que no, porque el centro suena con el maravilloso esmalte de siempre, porque su destreza técnica sigue siendo considerable –dosifica sin problemas el fiato, administra bien los reguladores, cuida muchísimo la dicción-, y sobre todo porque no creo que el principal objetivo de un recital de canciones francesas y españolas sea hacer exhibición de frescura vocal, aunque esta tenga su importancia
La razón de que no me emocionara como entonces hay, pues, que buscarla en que yo mismo he cambiado como melómano; mis gustos se han modificado, quiero suponer que para mejor, y ahora encuentro aspectos expresivos en María Bayo que no me satisfacen: a veces me suena un tanto pizpireta, de una chispa poco natural y un punto cursi. Solo a veces, desde luego, en función de su sintonía con el repertorio que se le pone por delante y de las demandas de éste.
El programa ubetense se movió de Francia a España pasando por Cuba. Primero vinieron seis canciones de George Bizet, dicha con exquisitez, frescura y un punto de picardía, más que de sensualidad, aunque sirvieron más calentar la voz que para otra cosa, porque musicalmente no parecen valer mucho. En conjunto fue un prólogo agradable pero más bien frío. Más me gustaron las tres bonitas –solo eso– Canciones Xacobeas de Antón García Abril, donde la artista lució delicadeza, ensoñación en su punto justo y galanura en la primera y la tercera, para en la segunda (“Cantiga de amigo”) ofrecer hondos acentos dramáticos.
La calidad musical y la implicación emocional de la soprano subieron varios grados con las canciones de Ernesto Lecuona sobre versos de Juana de Ibarbourou, moviéndose la artista como pez en el agua en su belleza melódica y variedad expresiva, siempre con ese carácter un punto afectado (¡ay, ese parlato!) propio de la artista. En cualquier caso, hubo ahí grandes destellos de lo que fue aquel recital de 1996 que me emocionaron mucho. Arriba tienen un vídeo pirata de YouTube que debe de ser reciente: merece le pena disfrutarlo.
Ya pasando a la zarzuela, me interesó menos el aria de entrada de la protagonista de la Cecilia Valdés de Gonzalo Roig, cantada con enorme desparpajo pero con un punto de cursilería. Algo parecido puedo decir de las célebres carceleras de Las hijas del Zebedeo, de Chapí: ahí estuvo la Bayo bastante redicha.
El carácter pizpireto de la artista sí que le vino muy bien a la Tarántula de La tempranica, primera propina; la rápida reacción del pianista acompañante, Rubén Fernández Aguirre, y la simpatía de la soprano dejaron esta circunstancia como simpática anécdota. Se cerró la velada con una muy hermosa recreación de Se equivocó la paloma, preciosa canción de Guastavino sobre Alberti, y otra no tan convincente de Cantares, de Turina.
Dos cuestiones organizativas: el recital empezó con un cuarto de hora de retraso y se echó de menos una lupa para leer las letritas del minúsculo programa de mano. Los melómanos ubetenses, por su parte, quedaron francamente mal: el recinto estuvo lejos de llenarse, tratándose de una inauguración, de toda una María Bayo, y de entradas –las más caras, yo me saqué fila siete– a 25 euros. Nos quedamos sin público, señores
miércoles, 30 de abril de 2014
Payasos en La Zarzuela
La yuxtaposición en una sola velada de ambas creaciones ha sido, más allá de la ambientación circense de las mismas, un gran acierto por parte del Teatro de la Zarzuela, como se explica con mucho fundamento en unas notas –sin firma– incluidas en la página 10 del libreto editado para la ocasión:
“(...) la idea que une ambas obras no es tanto la condición de cómico del protagonista sino la propuesta del teatro dentro del teatro. En los dos casos, la supuesta realidad que viven los personajes se abre paso hasta la ficción que están representando para mezclarse sobre las tablas y confundir a los espectadores. En ambas obras, en la opereta y en el drama, el público que hoy puebla el patio de butacas asiste a un juego de espejos en el que realidad y ficción, sinceridad e impostura, originalidad y representación se entremezclan hasta resultar si no indistinguibles, al menos sí intercambiables”.Semejante juego de espejos es multiplicado en su complejidad por la extraordinaria propuesta escénica –producción de 2006 para el Teatro Español– realizada por Ignacio García sobre la opereta de Sorozábal, haciendo que toda la acción –no solo su arranque– transcurra dentro de un escenario circense, difuminando aún más la línea divisoria entre realidad, escena y “teatro dentro del teatro”. Todo ello realizado con perfecto dominio de los recursos teatrales y mucha inteligencia, apoyándose además en el hermoso vestuario de Pepe Corzo y en la espléndida luminotecnia de Paco Ariza. Más discutible, pero a mi entender afortunada, la decisión de sustituir el final feliz original por uno más bien triste –sirviendo además de puente hacia la obra de Leoncavallo–, así como la de eliminar la mayor parte de los diálogos para enlazar los diferentes números musicales a través de una narración a cargo del admirable actor (nominado a los Goya por la película Blancanieves) Emilio Gavira. Eso sí, me parece que en el libreto editado por el Teatro de la Zarzuela se deberían haber explicado mejor estas modificaciones.
En cuanto a la escena de Pagliacci, esta sí nueva producción, poco hay que decir: encaja muy bien con la anterior, posee personalidad dentro de su ortodoxia y está admirablemente realizada, aunque cosas aún mejores se han visto (pienso ahora en la realización de Del Monaco y, sobre todo, en la película de Zeffirelli).
Los protagonistas musicales masculinos fueron Juan Jesús Rodríguez y Jorge de León, Black y Canio respectivamente. Artistas ambos que suelen gustar mucho a un determinado de público: al más tradicional, al que se recrea antes en la fuerza de la voz como fenómeno natural –en su potencia, su tímbrica, su fiato, su maleabilidad y su brillantez en los agudos– que en la musicalidad, en la atención al matiz expresivo o la capacidad para la introspección psicológica. Por ello mismo son, a mi entender, cantantes irregulares, un tanto sobrevalorados, aunque en esta velada del sábado 26 de abril –última en la que se presentaban como protagonistas tras varias semanas de actividad– me parecieron formidables: el barítono onubense por su empuje algo primario pero muy efectivo en Sorozábal, el tenor tinerfeño por la seguridad técnica –de la que no siempre hace gala–, por el arrojo, por la intensísima expresividad netamente verista que ofreció y, también, por sus esplendorosos agudos. Su “Vesti la Giubba”, a pepinazo limpio pero sin tosquedades ni excesos, nos puso a todos –calurosísima reacción del público– los pelos de punta. No creo que le vuelva a escuchar a este señor, sin duda aquí en su elemento, algo aún más extraordinario.
La en otros tiempos ubicua María José Moreno –quién la ha visto y quién la ve desde que rompió con su agente, esto es, el mismo que ahora lleva a De León– se encargó de los principales roles femeninos en ambos títulos. Vocalmente la encontré peor que hace años, quizá mejor en los agudos pero con un centro considerablemente más pobre. En cualquier caso sigue siendo una espléndida cantante, cosa que demostró no tanto en una Princesa Sofía meramente cumplidora –a decir verdad el papel tiene poquito interés– como en una Nedda muy musical, venturosamente nada pizpireta en su aria, que supo estar a la altura en los complicados giros psicológicos de todo el cuadro final de la ópera de Leoncavallo.
Los demás ofrecieron buen nivel medio. En la obra de Sorozábal brilló con luz propia el White de Rubén Amoretti, sensacional como cantante y como actor. Funcionó sin problemas Javier Galán como Dupont (el verdadero rey al que suplanta Black por amor a la princesa) y cumplieron de manera aceptable Nuria García-Arrés y José Manuel Montero. Notabilísimo el actor MIguel Palenzuela como Gregorio Zinenko. En Leoncavallo estuvo estupendo Fabián Veloz como el rencoroso Tonio (el barítono argentino se encarga también de Black en el segundo reparto). El siempre sólido Carlos Bergasa aportó su enorme profesionalidad como Silvio. Correcto David Menéndez en la bonita serenata de Arlequín.
Total, que hubiera sido una velada lírica absolutamente redonda de no ser, ay, por el batutero de turno, un tal Domenico Longo –discípulo de quien se encargó de la mayor parte de las funciones, Donato Renzetti– que, si bien es cierto que hizo sonar a la Orquesta de la Comunidad de Madrid por encima de su nivel medio habitual, se limitó a inyectar energía y decibelios a Black, el payaso para luego pasar como una apisonadora sobre la partitura de Leoncavallo: no es ya que dirigiera muy aprisa y sin la menor atención al matiz, es que la vulgaridad e incluso la grosería fueron su rasgos más señalados. Un horror que, afortunadamente, no nos impidió disfrutar de los muchísimos aciertos de esta singular propuesta. Así da gusto venir a La Zarzuela
domingo, 16 de febrero de 2014
Curro Vargas en La Zarzuela: merece la pena
sábado, 26 de octubre de 2013
La caspa vuelve a la Zarzuela
Los amores de la Inés vale muy poco, fundamentalmente porque el libreto de Emilio Dugi es horroroso, además de incluir perlas como "lo que necesita una mujer es un hombre encima de ella". Obviamente en la música del gaditano, escasa en cantidad, se aprecian una refinada orquestación y cierta vena melódica que delatan que su autor con el tiempo se convertirá en un extraordinario creador, pero su inspiración resulta escasa: se escucha con placer y se olvida inmediatamente.
La verbena de la Paloma sí que es una maravilla, pero aquí el problema fue la propuesta escénica. Dijo el señor Plaza a la prensa lo que suelen decir los registas cada vez que ofrecen una nueva producción de zarzuela: que quiere limpiar el género de tópicos. Y al final todos, o casi todos, hacen lo mismo: caer en ellos. De acuerdo con que el casticismo podía haber sido aún más casposo y arrabalero, pero el conjunto resultó rancio a más no poder, sonrojante en su sentido del humor (el guardia andaluz y el guardia catalán, la Tía Antonia pasadísima de rosca) y terriblemente mustio, carente de verdadera chispa, de picardía, de salero… Encima la escenografía –homenaje a la pintura de Amalia Avia– y la luminotecnia resultaban oscuras, tristonas, poco agraciadas, y ni siquiera el estimable vestuario del otras veces grande Pedro Moreno lograba ofrecer algo en particular.
La única aportación interesante fue fusionar la dramaturgia de las dos obras, convirtiendo a la Señá Rita en la esposa del tabernero de Los amores de la Inés –que se ofrecía en primer lugar– y haciendo que los personajes de la obra de Falla realizaran cameos más o menos importantes en la genial página de Bretón; peso destacado para personaje del tabernero Señor Lucas, encarnado por un Santos Ariño que terminó convirtiéndose, gracias a sus incuestionables tablas escénicas, en el eje de la función.
De los cantantes solo me gustaron mucho la Susana de María Rey-Joly y la cantaora (no sé si Sara Salado o María Mezcle, no se especificaba) de La verbena. Me desagradó vocalmente el Don Hilarión de Enrique Baquerizo. A Susana Cordón, protagonista de la obra de Falla, no se la oía desde mi asiento en el segundo anfiteatro. Los demás no me lograron interesar, si bien en lo escénico la mayoría demostraron ser notables actores. El Coro del Teatro de la Zarzuela y la Orquesta de la Comunidad de Madrid sonaron muchísimo menos bien que pocas semanas atrás bajo la dirección de Rafael Frühbeck de Burgos, aunque hay que reconocerle al maestro Cristóbal Soler algún que otro detalle sensible en la obra de Bretón.
El público rió a gusto, aplaudió con entusiasmo y salió encantado. Si hay gente a la que le agrada que el género se ofrezca de la siguiente forma, está claro que hay que responder a la demanda. Pero yo espero, después de haber aguantado durante años cosas así en el Teatro Villamarta, no tener que sufrir otra vez representaciones de zarzuela como esta. Lo dicho: me equivoqué al escoger. Rotundamente.
lunes, 23 de septiembre de 2013
Frühbeck vuelve a La Zarzuela: Albéniz y La Tempranica
El primer contacto que tuve en mi vida con la música de Isaac Albéniz fue gracias a la orquestación que de la genial Suite Española realizó, y dirigió frente a la New Philharmonia Orchestra, un joven Rafael Frühbeck de Burgos a finales de los sesenta; un arreglo, por cierto, a medio camino entre el topicazo de la época de los “Festivales de España” y el “Decca Full Stereo” que pretendía deslumbrar al oyente con castañuelas por un lado y campanitas por el otro. Mi padre tenía un ejemplar de la edición realizada para nuestro país por Discolibro, y desde muy pequeño quedé enganchado tanto por el contenido musical, todo lo hortera que se quiera pero de enorme vistosidad, como por la portada con una hermosísima foto nocturna del Patio de los Arrayanes.
Comprenderán ustedes, pues, que me hiciera mucha ilusión escuchar ayer domingo esta obra –no completa: faltaron Cataluña, Cádiz y Cuba– al mismísimo Frühbeck que, a sus ochenta años recién cumplidos, volvía después de dos décadas al madrileño Teatro de la Zarzuela. Dirigió de pie –usó una banqueta en la segunda parte del programa– y sin partitura. Lo hizo con la enorme sabiduría de años y años llevando por todo el mundo con orgullo estos arreglos salidos de su mano. La Orquesta de la Comunidad de Madrid sonó además bastante mejor de lo que suele, quizá también lo hiciera el Coro del Teatro de la Zarzuela, y hubo además una espléndida intervención de la flautista en “Granada”. Lo mejor, tanto por la labor del maestro como por el propio Albéniz, la impresionante “Asturias”. El público, integrado fundamentalmente por abonados de elevadísima media de edad, aplaudió entre cada una de las piezas mientras exclamaba en alto “qué bonito”. Y a mí cayéndoseme la baba, qué quieren que les diga. Si les interesa, en Spotify pueden escuchar las mismas cinco piezas con la Philadelphia Orchestra y el propio Frühbeck.
Salvando la bellísima romanza “Sierras de Granada” y, claro está, el zapateado de la tarántula, hasta hace unos días un servidor no había conocido completa La Tempranica, zarzuela en un acto que el sevillano Gerónimo Giménez estrenó en 1900 precisamente en el teatro de la calle Jovellanos a la que ha vuelto este fin de semana. La escuché en la grabación protagonizada por María Bayo y Víctor Pablo Pérez, no en la antigua de Frühbeck; la interpretación me gustó bastante, hasta el punto de perdonarle al director burgalés sus horrorosas Bodas de Fígaro en el Real, y en cuanto a la partitura del sevillano me ha parecido de una enorme inspiración dentro del inevitable deslavazamiento dramático que es propio de este género. Eso sí, muy chocante el homenaje al Freischütz weberiano en el coro de cazadores inicial.
Notable, no excepcional, la interpretación en versión de concierto –ligeramente recortada: eché de menos el vals– ofrecida en La Zarzuela. Lo fue tanto por la labor de Frühbeck, cuidadoso a más no poder, concentrado y muy musical a pesar de andar falto de un último grado de compromiso expresivo, como por la actuación de María José Montiel, voz de pura crema para un canto sensual y altamente emotivo. Que la madrileña se mostrara más segura en el agudo que en el grave cuando tendría que haber ocurrido lo contrario tratándose de un papel escrito para soprano –la Montiel es mezzo– parece lo de menos cuando se ofrece tanto arte. Carlos Bergasa estuvo muy correcto como Don Luis, y Juan Manuel Cifuentes tuvo una buena intervención en la subyugante nana.
Los cantantes fueron ubicados tras la orquesta, delante del coro. Estando yo en la fila tres del patio, no tenía la menor visibilidad de las voces. Aprovechando que los aplausos de la tarántula iban a ser largos, pegué una carrera y me fui a la última fila, prácticamente vacía, donde pude seguir el concierto con normalidad. Por eso mismo, por haber estado durante los primeros diez minutos en la referida ubicación, no puedo decir si el no escuchar apenas a Virginia Wagner durante el célebre zapateado se debió a insuficiencias de la soprano bonaerense o más bien a la deficiente proyección de las voces en las primeras filas derivada de tan discutible decisión. En cualquier caso, muy mal por parte del teatro no avisar a los clientes que esas localidades tenían visibilidad NULA sobre los cantantes: me hubiera sacado una entrada más arriba y, además de ahorrar algo de dinero, hubiera mejorado considerablemente en acústica y visibilidad.
Y ya puestos a poner pegas: está muy bien que el programa de mano, que se vendía a tres euros, incluyese los textos cantados y se editase en cartulina rígida con gran calidad, pero no hubiera costado añadir a las notas de Enrique Mejías García sobre La Tempranica algunas líneas referentes la Suite española de la primera parte. Qué manera de ningunear a un compositor de la talla de Albéniz, tratándolo como a un simple telonero.
lunes, 17 de diciembre de 2012
El juramento, de Gaztambide, en la Zarzuela
Partitura, en cualquier caso, escrita con técnica y buen gusto, con mucho salero en más de un momento, deudora del mundo donizettiano sin que se note el pastiche y de apreciable e incluso muy alta inspiración en alguno de sus números. Huelgan las comparaciones con lo que por la misma época hacían unos señores llamado Giuseppe Verdi y Richard Wagner, claro está, pero desde luego esta página del compositor navarro me parece muy superior a otras soporíferas recuperaciones que he tenido que soportar en directo, como el Quijote de Manuel García o los Amantes de Teruel de Bretón, por mucho que se irriten las personas implicadas más o menos directamente en su exhumación. En esta zarzuela grande (de ópera cómica a la española se la califica muy acertadamente en el programa de mano) hay cierto nivel, y desde luego Pinamonti ha acertado al recuperarla doce años después que que volviera al Teatro de la Zarzuela, porque fuimos muchos los que no pudimos verla en su momento.
Excelencia de la interpretación musical y escénica, decía. Sobre todo de esta última, debería añadir, porque la producción de Emilio Sagi -que conoce así su primera reposición- es de lo mejor que le he visto al desigual regista asturiano: inteligente, creativa al tiempo que respetuosa, ajena por completo a la caspa, resuelta con mucha chispa, magníficamente llevada y trabajada muy a fondo con un conjunto de cantantes que, con sus más y sus menos, rindieron muy bien a nivel teatral. Se beneficia además de una sencilla y agradable escenografía de Gerardo Trotti, de una cuidada iluminación de Eduardo Bravo y de unos soberbios figurines del fallecido Jesús del Pozo. Teatralmente, un disfrute total.
En el foso estaba Miguel Ángel Gómez Martínez, un músico con fama -probablemente merecida- de poseer una técnica soberbia y de ser más aburrido que una ostra. En esta ocasión no evidenció lo segundo, pero sí lo primero: sacó un rendimiento admirable de los discretos cuerpos estables del teatro y -poseyendo buena experiencia en el mundo belcantista- cuidó muy bien a los cantantes. Además, trazó la interpretación con fluidez, naturalidad y exquisito gusto, e incluso en no pocos momentos supo inyectar las dosis de chispa y agilidad necesarias. El coro femenino, eso sí, debería haber cuidado más la dicción.
Del doble elenco congregado para las numerosas funciones, mezclado sin que haya claramente primer y segundo reparto, me tocó quizá la más satisfactoria combinación. Solo flojeó seriamente el barítono Gabriel Bermúdez, antes en el plano vocal que en el escénico, como el protagonista de la función, ese Marqués que, habiendo jurado al rey Felipe V dejarse morir en el campo de batalla como castigo por haber matado a un rival amoroso en duelo, se casa con una joven de origen plebeyo para convertirla en viuda rica y, de este modo, lograr que consientan el matrimonio entre ésta y su mejor amigo. La heroína en cuestión estuvo encarnada por Sabina Puértolas, de la que considero necesario repetir lo que escribí hace años cuando le escuché en La hija del regimiento en el Villamarta:
"Es una soprano ligera de instrumento no grande ni especialmente bello -algo metálico- que conoce sus mejores momentos en los pasajes líricos, exhibiendo una extraordinaria capacidad para el canto ligado y ofreciendo algunos reguladores sensibles. Sabe además ofrecer la dosis justa de extroversión y picardía a su Marie sin caer ni mucho menos en la ñoñería, desenvolviéndose al mismo tiempo con mucha soltura en escena. Pero tiene dos graves problemas en el bel canto: unas agilidades sólo discretas y, sobre todo, una zona aguda tan estridente que llega a resultar insoportable. Si logra resolver estas limitaciones puede realizar una estupenda carrera."Bueno, pues lo dicho entonces sigue vigente con la importante salvedad de que las agilidades están mejor resueltas y los sobreagudos resultan más brillantes; hay que seguirla, pues. El tercero en discordia -que al final no logra casarse con la chica, porque el matrimonio "de conveniencia" termina enamorándose de verdad- corrió a cargo de David Menéndez, ya presente en la recuperación de 2000, que recibió merecidamente los aplausos más cálidos de la velada (por cierto, elevadísima la media de edad del público) tras recrear con enorme sensibilidad su hermosa romanza del segundo acto, sin duda lo más inpirado de la partitura. Aquí les dejo el YouTube de la anterior ocasión,
Algo más histérica de la cuenta en lo teatral pero en todo caso divertida estuvo María Rey-Joly como la Baronesa, resolviendo de manera satisfactoria las numerosas agilidades que corresponden a su muy belcantista parte. Manuel de Diego -único tenor en este título protagonizado por voces masculinas graves- estuvo bien como el criado Sebastián, y algo parecido se puede decir del Peralta de Javier Galán, que se benefició de una voz muy sonora; irreprochables ambos a nivel teatral. La guinda la puso el Conde del veteranísimo Luis Álvarez, un nombre propio de la zarzuela de las últimas décadas que aún canta de manera solvente -su parte musical es muy breve- y sabe actuar de manera divertidísima sin excederse lo más mínimo.
Total, que aun gustándome Macbeth mucho más que El Juramento, al final me lo pasé mejor con Gaztambide. Cosas de la interprertación.
martes, 3 de mayo de 2011
Luisa Fernanda por Olmos y Soler
La nueva producción preparada por Luis Olmos (ya lo he dicho alguna otra vez: qué lamentable tendencia la de ciertos gestores a este lado y al otro de los Pirineos la de autocontratarse en su faceta de director escénico) me pareció correcta y funcional, realizada con sensatez, sin caer en el tópico, pero lastrada por una escenografía basada exclusivamente en proyecciones de escaso valor plástico. La dirección de actores, por desgracia, fue un tanto descuidada. En los diálogos, bastante menos recortados que en la producción de Sagi para el Real -donde se redujeron a la mínima expresión-, se optó por eliminar el verso en buena medida, lo que resta acartonamiento al libreto pero resulta muy discutible desde una óptica ortodoxa. El vestuario le ha quedado a Pedro Moreno menos inspirado que en otras ocasiones. Vamos, una producción no mala pero sí bastante por debajo de lo deseable.
Esperaba poco -a tenor de lo que se ha escrito por ahí- de la dirección del nuevo titular de la Zarzuela, Cristóbal Soler, pero lo cierto es que a mí no me ha parecido lamentable. Su dirección fue briosa, animada y alegre, por momentos algo pimpante, al tiempo que no muy fina ni atenta al detalle, además de no muy bien coordinada entre foso y escena. En cualquier caso tendré que escuchar más veces al joven maestro valenciano para tener clara su valía. La orquesta y el coro estuvieron regular: no hay más cera que la que arde.Me ha hecho feliz volver a ver en escena, tras la Vida breve valenciana (enlace), a mi admirada Cristina Gallardo-Domâs. De ella se dijo que había estado muy mal vocalmente en las primeras funciones. En la que yo vi desde luego no fue así, aunque debo reconocer que el arte musical de la soprano -y no mezzo- chilena solo emocionó en aquello de "cállate, corazón", y que su gestualidad es mucho más apropiada para el melodrama italiano que para la zarzuela castiza. El que no tuvo salvación posible fue José Manuel Zapata, incómodo, afalsatedo y poco atento al matiz expresivo. ¿Qué le pasa a este chico? Correctísima María Rey-Joly como la Duquesa Carolina, buena cantante que no parece superar su relativa sosería. En cuanto a Juan Jesús Rodríguez (otro andaluz: si el tenor era granadino el barítono venía de tierra onubense), confirmo mi opinión de que se trata de un artista con una voz de primera pero un tanto primario en lo expresivo, aunque ahora debo añadir que en los diálogos estuvo sensacional, muy por encima de sus compañeros de reparto. Él y el adecuadamente histriónico Aníbal de Julián Ortega se encargaron de subir de manera considerable el nivel teatral de esta -insisto- correcta, digna y aceptable representación.
martes, 23 de noviembre de 2010
Plácido Domingo hace zarzuela en Valencia... y no se le oye
Pero aún quedaba lo peor: Jesús López Cobos. Yo ya sabía por dónde iban a ir los tiros, pues el maestro zamorano ya había dirigido (es un decir) a Plácido Domingo una gala casi idéntica a esta en agosto de 2007, y hace tan solo unos días pude ver el DVD correspondiente. Pero en Valencia lo ha hecho de manera aún más mediocre, es decir, con su habitual sosería, sin chispa, sin estilo, con una total falta de tensión interna, cuadriculado y ajeno a los matices expresivos, pero añadiendo además una buena dosis de cursilería marca de la casa: hacer que el vibrante preludio de El tambor de granaderos resultara repipi y que la Orquesta de la Generalitat sonara con la mojigatería de una banda de ursulinas ya es difícil, ya. El Bateo fue pura rutina, la Danza del fuego no tuvo nada de lo que su nombre indica, y en el intermedio de La boda de Luis Alonso casi eché de menos el chin-pun de Maese Furcio o la gris corrección de García Asesino. Con eso se lo digo todo. La orquesta, con unas trompetas algo despistadas y, eso sí, una concertino excelsa, iba a su aire. Normal. Encima Doña Helga Schmidt se habrá gastado una pasta en traer al de Toro, que no es precisamente un director barato. Espero que, ahora que Mortier no le deja saquear el erario público a quien ha mantenido en la más absoluta mediocridad musical al Teatro Real entre 2003 y 2010, López Cobos no haya encontrado en Les Arts el nuevo lugar donde hacer su agosto.
La argentina Virginia Tola no me convenció, pero hay que dejar muy claro en su descargo que el que desde el mezzoforte para abajo no se la oyera fue posiblemente culpa de Santiago Calatrava. Lo que sí se escuchó no valía gran cosa: una voz de no escasa calidad pero infrautilizada, excesiva en vibraciones, poco matizada y lastrada por una dicción absolutamente ininiteligible. Al menos la soprano argentina le puso al asunto ganas, buen gusto y un cierto salero, particularmente en las carcerelas de Las hijas del Zebedeo. Por cierto que otras músicas se las podía haber ahorrado, porque valían bien poco y no logró lucirse demasiado en ellas.
¿Y Plácido? Pues muy bien, pero relativamente decepcionante. Me explico. La voz, milagrosamente, sigue sin perder la belleza de su timbre (¡a semejante edad!). La dicción es irreprochable. El estilo, inmenso. La comunicatividad, irresistible, llena de emoción y sinceridad en cada una de las sílabas, poniendo siempre el acento justo en el sitio exacto. Y la inteligencia proverbial, dosificando con sabiduría los recursos para ofrecer, ya que no una exhibición de facultades canoras, sí una lección de eso tan indefinible, pero con Plácido tan evidente, que se llama musicalidad. Por descontado, a años luz de sus imitadores, así como de algunos barítonos que lucen instrumento mucho antes que expresión. Que las partituras estuvieran bajadas o subidas de tono, sinceramente, creo que importa poco en semejante contexto.
Lo que ocurre, para qué negarlo, es que al madrileño se le veía cansado. Precisamente por la dosificación de recursos antes citada, no cometió el error de su Siegmund valenciano (donde empezó pletórico para perder fiato progresivamente) y se mantuvo muy prudente en la primera parte de la gala. Quizá demasiado. Plácido nos entregó, quiero insistir en ello, mucho más arte que lo que ofrecen habitualmente otros cantantes con mejores condiciones vocales, pero tampoco vamos a ocultar que el mero placer físico de escuchar una voz utilizada con valentía y arrojo es parte integrante del disfrute lírico. Como además en lo alto de la sala se le escuchaba fatal y el de la batuta dirigió todo el tiempo con alarmante frialdad (una excepción: el “Adiós, dijiste” de Maravilla), la sensación fue que estaba todo funcionando a medio gas. La segunda parte me pareció globalmente mejor, pero al final se confirmó el agotamiento de Domingo: tras un estupendo dúo de El gato montés (arriba les he dejado un vídeo de la página por los mismos cantantes), y pese a que había revuelo de partituras en los atriles y entró furtivamente un clarinete, el tenor hizo claras indicaciones al maestro de que las propinas habían terminado. En Salzburgo ofreció el “No puede ser”. En Valencia no pudo ser. En fin.
viernes, 11 de julio de 2008
José Bros, un modelo
Bros nunca ha tenido un instrumento privilegiado; en realidad el suyo es más bien insignificante. Pero este señor ha sabido, tomando conciencia de sus limitaciones canoras, escoger un repertorio apto para su voz y acorde con su sensibilidad y, sobre todo, trabajar muy duramente para mejorar su técnica. Nunca ha estado conforme consigo mismo y ha insistido cada día para superarse, siempre planificando la carrera con una prudencia y un tacto encomiables, corriendo sólo los riesgos precisos y prefiriendo convencer al público poco a poco con los éxitos precisos y necesarios antes que lanzarse a la aventura de cantar lo que le hubiera conducido rápidamente al estrellato.
El resultado: una técnica soberbia en manos de un artista que frasea con un gusto exquisito y que canta lo que debe cantar. Sin duda, y dejando a un lado el caso muy distinto de Domingo, José Bros es el número uno de los cantantes españoles de la actualidad, y una de las más grandes voces del bel canto a nivel mundial. La semana pasada estuvo estupendo en Sevilla en La tabernera del puerto. Y esta misma noche ha triunfado por todo lo alto en su recital de zarzuela clausurando el curso de la universidad hispalense. Con todo merecimiento: Bros es un modelo de cómo el buen gusto, la inteligencia, la modestia, el afán de superación y el trabajo duro pueden conducir a un artista a lo más alto.
martes, 24 de junio de 2008
Noche Chueca en Madrid
El morbo del asunto estaba en ver qué hacía Andrés Lima con todo esto. Por fortuna, nada escandaloso ni disparatado pero sí muy personal y creativo. Su propuesta es ortodoxa y por completo respetuosa con los libretos, pero aportando numerosos matices sobre personajes y situaciones y moviendo con enorme maestría a solistas, coro y figurantes, aportando por la espectacularidad bien entendida y por un implacable ritmo narrativo. Es verdad que el recurso del “teatro dentro del teatro” está más que visto, pero hecho con talento y con justificación no molesta en absoluto. Lo único que se le puede reprochar es cierta tendencia al grito y a lo arrabalero de todo punto innecesaria. Fantásticas las coreografías de Javier Latorre, que ayudaron lo suyo al éxito de la propuesta.
La Orquesta de la Comunidad de Madrid sigue siendo mediocre, pero Miguel Roa (menos mal que no me tocó Remartinez) dirigió con su habitual chispa y desparpajo. El coro lo hizo bastante bien. Y el nivel canoro fue homogéneo y estimable, con la sola excepción del flojísimo Wamba de Eric Serra, con la voz muy atrás y discretito como actor. ¡Qué lástima que ese día no cantara Luis Álvarez, que lo hace muchísimo mejor! Fantástico como siempre Enrique R. del Portal, que no pudo estar en la Francisquita jerezana del mes pasado por culpa precisamente de estos ensayos. Me resultó especialmente emocionante volver a ver en escena a mi admirado Luis Varela, que sabe sacar petróleo de las piedras: el suyo fue un papel cortito pero logró hacerlo muy divertido. Total, que me lo pasé de maravilla, aunque mejor aún sería el Makropulos del día siguiente.
sábado, 31 de mayo de 2008
Doña Francisquita en Jerez
A Juan Luis Pérez le metieron en la Orquesta Manuel de Falla muchos músicos con escasa formación y el resultado fue muy pobre. Sólo pudo intentar mantener el control, porque de matices, vuelo lírico, chispa y esas cosas, no logró hacer nada de nada con semejantes mimbres por delante. El coro estuvo bien.
A pesar de las referidas limitaciones, una buena función con la que he disfrutado bastante de este título, una de las pocas zarzuelas que me entusiasma. Ahora me toca escribir la crítica para Filomúsica, aunque no sé cuándo se publicará, porque el último número lleva ya bastante retraso.
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