lunes, 12 de abril de 2021

Concierto para piano nº 2 de Rachmaninov: discografía comparada

Actualización: 12-04-2021

Realizo un nuevo comentario de la grabación de Rubinstein con Ormandy, que ha recuperado su cuadrafonía.

Actualización: 6-10-2019

He vuelto a escuchar la versión de Weissenberg/Karajan, reformando su comentario, y he añadido las de Ashkenazy/Kondrashin, Orozco/De Waart, Licad/Abbado, Ortiz/Atzmon, Hough/Litton, Lugansky/Oramo, Lazic/Kirill Petrenko, Matsuev/Temirkanov y Dong-Hyek Lim/Vedernikov. Treinta y nueve referencias en total.


Actualización: 17-04-2016.

Esta entrada se publicó por primera vez el 27 de diciembre de 2013. Además de reformar la reseña de Ashkenazy/Previn, añado ahora comentarios de las interpretaciones de Janis/Dorati, Entremont/Bernstein, Vásáry/Ahronovitch, Grimaud/López Cobos, Grimaud/Ashkenazy, Kawamura/Belohlavek y Kissin/Chung. Lamento no haber podido escuchar la mayoría de las grabaciones recomendadas por los lectores.

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La historia la conocen ustedes de sobra: Rachmaninov cayó en una tremenda depresión tras el estreno de su Primera sinfonía, pero este Concierto para piano y orquesta nº 2, compuesto entre 1900 y 1901, le sacó de la postración y le convirtió en uno de los artistas más populares y queridos del siglo XX, mal que le pese a los pedantorros comprometidos con la modernidad.

No es, con todo, la mejor obra concertante del autor ruso: creo que ese puesto se lo merecen sus muy tardías Variaciones sobre un tema de Paganini. En cualquier caso, se trata de una partitura muy bella a la que con sumo placer le he dedicado en las últimas semanas unas cuantas horas de audición que me ha permitido realizar esta pequeña comparativa. No hay la menor intención de sentar cátedra: no son más que unos apuntes para intercambiar opiniones.

Son sus movimientos: 1- Moderato; 2 – Adagio sostenuto; 3 – Allegro scherzando


Rachmaninov Conciertos piano 2 3 Naxos

1. Rachmaninov. Stokowski/Philadelphia (Naxos, 1929). El gran interés de este registro es, obviamente, escuchar al propio compositor al piano. Desde luego está magnífico, haciendo gala de una gran agilidad, naturalidad y flexibilidad en su parte. Lo curioso es que no se preocupa tanto de la vertiente melancólica como de la más extravertida de su música, como si le quisiera dar la razón a los que ven en él –muy injustamente– un creador superficial y exhibicionista. Muy meritoria la encendida y entusiasta batuta de un Stokowsky que también sabe recrearse bien en la parte lírica de la obra, si bien es cierto que algunas frases podrían estar más paladeadas y que hay algún que otro exceso y contundencia marca de la casa. La toma sonora, como es lógico, deja mucho que desear. (8)


Rachmaninov Concierto piano 2 Rubinstein Reiner

2. Rubinstein. Reiner/Chicago (RCA, 1956). Del pianista polaco hay que admirar la prodigiosa naturalidad, fluidez, transparencia y sinceridad de su trabajo, aquí no especialmente personal ni inspirado, pero sí apasionado, flexible, variado y lleno de virtuosismo, pero su conjunción con Reiner no termina de redondearse. El primer movimiento, encendido, rústico y viril, decepciona relativamente por una batuta que se precipita un tanto y que no profundiza todo lo que debe en el lado lírico y sensual de la obra. Magnífico el segundo, muy bien paladeado por la batuta pero dotado también de un punto de dramatismo y rebeldía. El Allegro scherzando tiene altibajos, pero alcanza un final de innegable grandiosidad y apasionamiento. Sonido estupendo para la época. (8) 

 
Rachmaninov Concierto piano 2 Richter Sanderling

3. Richter. Sanderling/Filarmónica de Leningrado (Praga, febrero 1959). Un director de fraseo cálido, humanístico y ajeno a excesos. Un pianista de fraseo lento y concentrado, sensibilidad honda y gran creatividad al que le interesa mucho antes la sustancia dramática –y la relación entre una nota en la siguiente, siempre llena de significado– que la belleza sonora o el mero virtuosismo. Entre dos artistas de tan grande calibre se supone que la interpretación debería ser colosal, mas no termina de ser así: en el primer movimiento el célebre tema principal suena un punto enfático, incluso hinchado, en la sección central del segundo el solista se echa a correr y en el tercero vuelve, poco antes del final, el fraseo algo hipertrofiado e insincero. (8) 
 
 
Rachmaninov Concierto piano 2 Richter Wislocki

4. Richter. Wislocki/Filarmónica de Varsovia (DG, abril 1959). Un par de meses después de su registro en vivo, Richter se metió en el estudio de grabación para dejar su grabación oficial de la obra. Las frases enfáticas de la orquesta en los movimientos extremos siguen aquí, lo que deja claro que no eran cosa de Sanderling sino del propio pianista. Desgraciadamente, Richter no consigue aquí la escalofriante introducción de la anterior ocasión, si bien en la sección rápida del Adagio sostenuto esta vez no se precipita como entonces. Por otra parte, Stanislaw Wislocki carece de la personalidad cálida y comunicativa de su colega, y la formación polaca no posee la belleza sonora de la Filarmónica de Leningrado, así que la interpretación en vivo resulta globalmente preferible. Esta de DG suena, lógicamente, mucho mejor. (7)



5. Janis. Dorati/Sinfónica de Minneapolis (Mercury, 1960). Dirección bien delineada pero seca, fría y escasamente sensual, muy ajena al estilo, al servicio de un pianista de enorme virtuosismo pero bastante cuadriculado en el fraseo que se queda en la mera brillantez en los movimientos extremos, para ofrecer entremedias un Adagio sostenuto tan bonito como insustancial. Incluso escuchada en HD-audio, la toma sonora queda por debajo de lo que el mito de Mercury Living Presence hace esperar. (6) 



6. Entremont. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1960). Hay que distinguir aquí entre el Bernstein del Adagio sostenuto, lento y concentrado, atento a paladear las melodías con delectación –aunque sin terminar de resultar todo lo emotivo que debiera–, del Bernstein de los dos movimiento extremos, extrovertido y con gancho pero al mismo tiempo de fraseo impulsivo, por no decir exhibicionista, más atento al golpe de efecto que a la planificación minuciosa y a la creatividad, además de un tanto ajeno al estilo. El joven Entremont –treinta y cuatro años– transita por senda parecida, ofreciendo más fuego que sensualidad, humanismo o poesía, y cayendo no pocas veces en la pura exhibición de agilidad pianística ajena al matiz expresivo. La orquesta no puede ocultar sus limitaciones, y la toma sonora tampoco está a la altura. (6)


Rachmaninov Concierto piano 2 Van Cliburn Reiner

7. Van Cliburn. Reiner/Chicago (RCA, 1962). El joven pianista tejano aporta incuestionable virtuosismo, un fraseo sin precipitaciones y gran sensatez expresiva. El veterano maestro húngaro, romanticismo objetivo, viril y sin devaneos, además de un fabuloso control de los medios. A ambos les falta riqueza de matices, variedad expresiva y una buena dosis de emotividad. De temperatura emocional, incluso: el gran clímax del primer movimiento sobre el tema principal le falta fuerza. El sonido en SACD es bueno sin más. (7) 



8. Ashkenazy. Kondrashin/Filarmónica de Moscú (Decca, 1963). Aunque todavía tenga que matizar más algunas frases, alcanzar clímax de mayor tensión emocional y, en general, ofrecer un punto adicional de brillantez, cosa que hará en sus dos absolutamente referenciales grabaciones siguientes, lo cierto es que a sus veintiséis años Ashkenazy se mostraba como un perfecto intérprete de este concierto haciendo gala de tres virtudes importantísima, a saber: un virtuosismo enorme que apenas se hace notar como tal, porque está pensado únicamente en función de la música y no de la exhibición, un toque de gran variedad en dinámicas y colores, y un fraseo lleno de naturalidad que recoge a la perfección, sin melifluidades ni gestos de cara a la galería, el lirismo ensoñado, nostálgico y un punto agridulce propio del compositor. Kondrashin quizá no sea el más inspirado recreador de la página desde el podio, pero sabe lo que se trae entre manos, frasea holgadamente para que el piano respire y hace sonar a la cuerda con la voluptuosidad y la emoción que la música necesita, además de obtener un formidable rendimiento de una orquesta –tres años atrás había alcanzado su titularidad– que luce mucho más en Londres con la ingeniería de Decca que bajo los terribles micrófonos de la URSS. (9)


Rachmaninov Concierto piano 2 Wild Horenstein

9. Wild. Horenstein/Royal Philharmonic (Chesky-Chandos, 1965). La dirección de Horenstein, aunque muy poco afín con el estilo y no muy emotiva, es globalmente digna por su buen pulso y acertado sentido dramático. El problema es Wild: pulsación nítida pero más bien neutra, fraseo de monocorde, escasez de aliento poético y búsqueda exclusiva de la espectacularidad. Al final, cascadas de notas una detrás de la otra, todas iguales, concatenadas sin la menor intención expresiva. Muy buena la toma sonora, como era habitual en las producciones de Charles Gerhardt. (5)
 
 

10. Ashkenazy. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1970). El más grande pianista en Rachmaninov se encuentra con la mejor batuta para este repertorio. El primero ofrece variedad en el sonido, efervescencia controlada –hay virtuosismo a más no poder, pero con sentido expresivo– y una gran riqueza de matices que no conoce narcicismos. El segundo, un fraseo tan natural como flexible donde abundan retenciones de tiempo maravillosamente resueltas y de un enorme impacto expresivo. Entre ambos alcanzan resultados memorables, por todo: idioma, calidez, vuelo poético, melancolía en su dosis justa, claridad, riqueza tímbrica, rusticidad bien entendida, energía… La orquesta londinense está muy aprovechada y alcanza un sonido ideal para el autor, luciendo más aún en la reciente remasterización en HD, que ha hecho mejorado de manera considerable la anterior encarnación en compacto. La versión ideal. (10)


Rachmaninov Concierto piano 2 Rubinstein Ormandy

11. Rubinstein. Ormandy/Philadelphia (RCA, 1971). A sus ochenta y cuatro añitos de edad, Rubinstein nos deja su interpretación definitiva, clásica y alejada de toda afectación, avanzando con respecto a su registro con Reiner en flexibilidad, variedad y emoción. Muy distinta a la de aquel es la dirección de un Ormandy que, aunque siempre tuvo especial sintonía con Rachmaninov, en el último tramo de su carrera alcanzó una inspiración muy especial. Su fraseo sabe ser voluptuoso y otoñal, trata con enorme plasticidad a la formidable orquesta, de maderas muy carnosas, y sabe ofrecer una dosis importante de melancolía incluso en el tercer movimiento, que su batuta se toma sin ninguna prisa y desgranando muy bien las texturas orquestales. Dutton Vocalion ha recuperado en SACD la cuadrafonía original, con bastante información en los canales traseros pero, venturosamente, sin caer en el efectismo. (9) 



12. Orozco. De Waart/Royal Philharmonic (Philips, 1972). El joven Orozco fue visto fundamentalmente como un virtuoso, y en este sentido aquí deja bien claro su irreprochable técnica, pero no se puede decir que su toque sea monolítico, ni su fraseo rígido, ni escasa su implicación emocional. Antes al contrario, el pianista cordobés matiza con sensibilidad, canta las melodías con amplitud y consigue un perfecto equilibrio entre los aspectos más temperamentales de esta obra y los más introvertidos, entre garra dramática y vuelo poético, solo dejándose llevar por los más externos en determinadas secciones del movimiento conclusivo. Quizá hubiera podido profundizar más en su aproximación con una batuta más inspirada que la de De Waart, en general correcto pero escaso de fuego y de carácter viril, incluso algo anémico en algunos pasajes. La toma se ha conservado bien para la época. (8) 



13. Weissenberg. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG y CD EMI, 1973). Todo está colocado en su sitio con perfección asombrosa, las sonoridades son muy hermosas y opulentas al tiempo que refinadas, el trazo es seguro, pero la batuta, que opta por la vertiente lírica y evocadora, no parece lograr sus objetivos. A la postre el resultado es frío, aunque no le podemos regatear a Karajan un clímax final muy encendido. El pianista es todo agilidad y venturosamente no se precipita ni se deja llevar por el nerviosismo, pero su sonido no es muy variado, matiza poco y, en general, resulta más bien plano y cuadriculado. Una reciente remasterización en HD ha otorgado nueva vida a la edición en audio de EMI, en general satisfactoria pero con problemas en los tutti. (6) 



14. Vásáry. Yuri Ahronovitch/Sinfónica de Londres (DG, 1975). Excelente toma sonora –salvo en los fortísimos– para una interpretación sosegada, dicha con enorme belleza sonora y fraseada con tanta sensualidad como sentido cantable, pero en exceso centrada en los aspectos más ensoñados y contemplativos de esta música –sobre todo en el segundo movimiento, claro–, echándose de menos tanto el regusto amargo de la particular melancolía del autor como esa incisividad y esa garra dramática que también deben ser ingredientes de la misma. Una recreación, en definitiva, para escuchar a la luz de la luna dejándose embriagar por las fragancias del jardín, pero no para profundizar en la partitura. (8) 




15. Licad. Abbado/Sinfónica de Chicago (Sony, 1983). Veintiún años contaba la pianista filipina Cecile Licad cuando realizó este debut discográfico por todo lo alto sin que, por lo que hemos podido saber, su carrera fonográfica haya terminado de cuajar. Lo cierto es que ofreció una lectura notable en la que hizo gala de un toque sensible y de un fraseo efervescente, pero no por ello menos concentrado, aunque también es verdad que ofreciendo una visión en exceso lírica de la partitura y sin profundizar en sus pliegues expresivos. Abbado sintonizó con su planteamiento y supo paladear la música sin prisas, con gran delectación melódica, aunque escorándose hacia lo ensoñado y sin mostrar la suficiente sintonía con el compositor. Espléndida la orquesta, aunque no siempre trabajada con la excelencia esperable. Sorprende en este sentido que apenas se escuchen los maravillosos diseños de las flautas al final del segundo movimiento, sin que sepamos a ciencia cierta si esto se debe a las circunstancias de una toma poco lograda para la época, a pesar de su amplia gama dinámica. (7)


Rachmaninov Conciertos piano 2 4 Ashkenazy Haitink

16. Ashkenazy. Haitink/Concertgebouw (Decca, 1984). Haciendo gala de su habitual objetividad, claridad, ausencia absoluta de devaneos sonoros y buen pulso, Haitink construye una interpretación lenta y maravillosamente paladeada, muy introvertida y meditativa, pero no por ello falta de brillantez y garra cuando debe. Impresionante toda la última sección del tercer movimiento, intensa y conmovedora sin perder lo más mínimo la lentitud del pulso, y de una grandeza unida a la mayor sinceridad. Ashkenazy vuelve a mostrarse pletórico de virtuosismo y perfecto en el idioma, variado en el sonido, sensible en su punto justo, paladeando y matizando con minuciosidad y sentido. La orquesta holandesa, fabulosa en lo técnico y rebosante de musicalidad. Toma sonora a la altura de las circunstancias. Otra referencia. (10)



17. Ortiz. Atzmon/Royal Philharmonic (Decca, 1986). Una introducción apresurada y lineal hace pensar que no va a sintonizar con el espíritu de la obra, pero lo cierto es que la pianista brasileña va a mostrar no solo pleno virtuosismo a la hora de abordar la página, sino también sensatez expresiva y apreciable sensibilidad, ofreciendo a la postre una recreación bastante correcta, incluso notable en un Adagio sostenuto que también conoce los mejores momentos de Moshe Atzmon, atento a paladear las melodías con amplitud y sensualidad. En el primer movimiento termina perdiendo el norte con ciertas rigideces, contundencias y hasta trompeterías, mientras que en el tercero cae en cierta languidez, para luego recuperarse y llegar a un final brillante y encendido. (7)

 
Rachmaninov Concierto piano 2 Kissin Gergiev

18. Kissin. Gergiev/Sinfónica de Londres (RCA, 1988). A sus diecisiete años Kissin está sensacional, arrebatador pero muy controlado al mismo tiempo, exhibiendo un sonido riquísimo de amplia gama dinámica, una enorme claridad y una gran atención a los matices sin caer en amaneramientos. Gergiev se encuentra en su salsa en los momentos más extrovertidos, dichos con garra y sonido apropiado, pero se pierde en los más íntimos, cayendo con frecuencia en lo blando, en la timidez expresiva e incluso en la ñoñería. ¡Qué oportunidad perdida! (7) 
 
 
Rachmaninov Concierto piano 2 Gavrilov Ashkenazy

19. Gavrilov. Ashkenazy/Royal Philharmonic (EMI, 1989). El artista que mejor ha interpretado la obra desde el teclado se encuentra todavía por estas fechas –poco después comenzaría un largo declive– en su gran momento como director, y al empuñar aquí la batuta ofrece una recreación vehemente, apasionada, perfecta en estilo y rica en detalles de elevada inspiración, aunque también algo precipitada por momentos. Quien desconcierta es el pianista, dueño de un toque riquísimo y pletórico de virtuosismo, pero considerablemente desigual en la concentración, alternando pasajes maravillosamente paladeados con otros interesado en hacer alarde de la agilidad digital y dichos por completo de pasada. La toma sonora del CD –existe una filmación comercializada en su día y ahora disponible en YouTube– dista de convencer para la fecha pese a estar realizada contando con la excelente acústica de la Gran Sala del Conservatorio de Moscú. (8)
 
 
Rachmaninov Concierto piano 2 Bronfman Salonen

20. Bronfman. Salonen/Philharmonia (Sony, 1990). Ciertamente el maestro nórdico hace honor a su fama de artista analítico y objetivo con una interpretación de magnífico trazo, admirablemente desmenuzada, sometida a un riguroso control de la forma y por completo ajena a efectismos, amaneramientos y cualquier suerte de devaneo sonoro, pero no puede considerarse que su realización resulte fría ni distanciada. De hecho Salonen se toma las cosas con calma, paladea con singular nobleza las melodías y sabe ofrecer una serena calidez poética un Adagio sostenuto esencial y contenido, sin dejar de ofrecer en los movimientos extremos, ya que no especial garra dramática, una irreprochable construcción de las tensiones. Bronfman, de toque ágil e incisivo, se muestra sobrado de virtuosismo y sabe atender a todas las facetas expresivas de la partitura, solo en contados momentos dejándose llevar por el mero mecanicismo con que algunas frases de la partitura suelen tentar al solista. (9)



21. Grimaud. López Cobos/Royal Philharmonic (Denon, 1992). Una Grimaud de tan solo veintidós años hace gala de un sonido muy bello –más que musculado o poderoso–, una enorme agilidad y un asombroso dominio de la gama dinámica para ofrecer una interpretación apolínea ante todo, fluida y equilibrada, de admirable cantabilidad y delicado lirismo, aunque no por ello exenta de garra. En cualquier caso, le falta aún una vuelta de tuerca en lo expresivo, y le sobra la tendencia a lo cuadriculado en la sección virtuosística del segundo movimiento. La dirección de López Cobos es cuidadosa y de apreciable belleza, antes que atmosférica o apasionada, y sabe ofrecer brillantez bien entendida en el movimiento conclusivo. No muy lograda la toma, a pesar de estar realizada en Abbey Road. (8) 

 
Rachmaninov Conciertos piano 2 Thibaudet Ashkenazy

22. Thibaudet. Ashkenazy/Cleveland (Decca, 1993). Técnicamente la interpretación resulta inobjetable. Ashkenazy controla de maravilla a la fabulosa orquesta, haciéndola sonar además en el punto justo de equilibrio entre lo rocoso y lo sensual que necesita Rachmaninov, mientras que Thibaudet, de sonido afilado pero poderoso, ejecuta las cascadas de notas con una limpieza fuera de lo común. Interpretativamente el asunto es harina de otro costal, porque los dos artistas, aun desenvolviéndose de maravilla en el estilo –faltaría más en el caso del de Gorki–, evidencian una extraña irregularidad en la concentración y escaso interés por los matices expresivos. El primer movimiento comienza con irreprochable corrección pero de desarrolla de manera un tanto lineal hasta llegar a un clímax central adecuadamente poderoso para a partir de ahí ofrecer –sobre todo en la orquesta– una calidez en el fraseo y una emotividad absolutamente acongojantes. El Adagio sostenuto está desgranado con esa peculiar mezcla de delicadeza y nostalgia que necesita, pero incomprensiblemente en la sección rápida central el pianista se echa a correr para realizar una exhibición del más vacuo virtuosismo. Flojo, finalmente, el Allegro scherzando, con una batuta que desaprovecha por completo las posibilidades melódicas del tema principal en su primera aparición y un pianista de nuevo obsesionado por dejar clara su agilidad. La apoteosis final sí alcanza mucha garra dramática, pero no puede evitar el agridulce sabor de boca. Magnífica la toma. (7)


Rachmaninov Conciertos piano 2 3 Ogawa Hughes

23. Ogawa. Owain Arwel Hughes/Sinfónica de Malmö (BIS, 1997). La gran virtud de esta interpretación en la amplitud de sus tempi y la manera en la que, amparándose en ellos, se frasea con naturalidad y vuelo lírico, dejando a la música respirar y no cayendo en la menor precipitación. Ahora bien, mientras la pianista oriental se mueve muy bien dentro de este concepto haciendo gala de un fraseo muy bello y sensible, ya que no de un sonido del todo adecuado para el compositor ni de un temperamento con toda la garra dramática que debiera, el maestro galés no logra tensar la arquitectura ni inyectar teatralidad, ni elocuencia ni variedad expresiva a las intervenciones de una orquesta que tampoco es muy allá: a la postre la arquitectura se le viene abajo. Soberbia la ingeniería de sonido. (7)



24. Volodos. Chailly/Concertgebouw (YouTube, Proms 1997). De los BBC Proms nos llega una interpretación pletórica de virtuosismo, de entusiasmo y de brillantez, a la que le falta un punto más de emoción y de idioma para ser excepcional, así como algo más de poesía en los pasajes en los que el solista se deja llevar por los fuegos artificiales. Como sale gratis, merece la pena conocerla. (8)
 


25. Grimaud. Ashkenazy/Philharminia (Teldec, 2000). Han pasado ocho años desde su primera grabación y, aun siendo el enfoque de nuevo lírico y apolíneo ante todo, la pianista francesa ha madurado su lectura y ahora ofrece mayores dosis de apasionamiento, más atención a los matices –sigue habiendo alguna frase un punto mecánica– y, en general, mayor sensibilidad. Claro que lo que marca la gran diferencia es la dirección de un Ashkenazy que conoce como pocos el lenguaje del compositor y, haciendo ahora gala de mayor concentración que cuando dirigía a Gavrilov y a Thibaudet, se lanza en plancha a poner de relieve los aspectos más emotivos de la obra, atendiendo de forma especial a la atmósfera, a la melancolía y a la voluptuosidad bien entendida, ofreciendo además detalles de gran elegancia y sutileza. Entre los dos artistas ofrecen momentos verdaderamente mágicos, como el final del primer movimiento, y consiguen el que quizá sea el Adagio sostenuto más hermoso de todas las grabaciones comentadas. Se podrán preferir enfoques más dramáticos y escarpados, pero como interpretación lírica esta es la número uno. (10)  


Rachmaninov Conciertos piano 1 2 Zimerman Ozawa

26. Zimerman. Ozawa/Boston (DG, 2000). Increíble de virtuosismo por su claridad digital, riqueza sonora y variedad del sonido, el pianista polaco ofrece una recreación intensa y sentida, pero no muy dada al vuelo lírico, ni al exceso de melancolía ni a los arrebatos románticos, sino manteniendo siempre ese punto de “intelectualidad” que caracteriza su arte. El maestro oriental acompaña con muchísima claridad y gran refinamiento. A ambos se les habría de pedir un punto más de garra, así como de idioma, para que la interpretación fuera genial. La toma sonora no termina de convencer: pone en muy primer plano al piano. (9)
 
 
Rachmaninov Conciertos piano 2 3 Scherbakov Yablonsky

27. Scherbakov. Yablonsky/Snfónica del Estado Ruso (Naxos, 2002). Aunque el interés del sello Naxos al grabar este disco era mostrar las posibilidades del SACD y el DVD-Audio (no lo consiguió del todo: la naturalidad de la reproducción es grande pero la toma original no especialmente memorable), lo cierto es que nos encontramos ante una interpretación de muy buen nivel a cargo de un pianista que frasea con sensibilidad, sin la menor rigidez, acompañado de una batuta que hace sonar con gran belleza a la orquesta –magnífica la cuerda– y desgrana la partitura con apreciable aliento lírico. Para terminar de convencer sería necesario un enfoque menos ensoñado, con más garra dramática, un toque más variado al piano y, en general, una dosis mayor de imaginación y compromiso expresivo. (8) 

 
Rachmaninov Concierto piano 2 Lang Lang Gergiev

28. Lang Lang. Gergiev/Mariinsky (DG, 2004). Tras una introducción lentísima y genial, Lan Lang empieza a vacilar entre momentos muy logrados y otros en los que se precipita en el más insustancial virtuosismo. Y es que el pianista oriental tiene una vena exhibicionista que de vez en cuando sale a flote llegando a ponerse por encima de su incuestionable talento: este es el caso. No ayuda precisamente la batuta (¡oh, no, otra vez él!) de Valery Gergiev, en exceso robusta, gruesa y vulgar. En suma, una interpretación vistosa pero deslavazada e insincera. A olvidar. (6)



29. Hough. Litton/Sinfónica de Dallas (Hyperion, 2004). La extrema rapidez con la que el pianista aborda los acordes iniciales, en exceso nerviosa y ajena al misterio, hace temer lo peor de esta interpretación a la postre no mala, pero sí bastante irregular, particularmente en un primer movimiento con muy buenos momentos tanto por parte de la batuta como por la del solista, pero carente de unidad. Mucho mejor el Adagio sostenuto, expuesto con concentración y sensibilidad, quizá también con cierta tendencia a lo frágil y, en el caso del solista, dejándose llevar por la tentación del mecanicismo en los pasajes más virtuosísticos. Algo parecido le pasa a Hough en el Allegro scherzando, al tiempo que a Litton se le escapan portamenti de todo punto innecesarios volviendo a confundir ensoñación con blandura, lo que en cualquier caso no le impide ofrecer inflamación y voluptuosidad cuando corresponde. El SACD multicanal recoge bien la acústica de la sala –y los ruidos del público– en esta toma en vivo. (7)
 
 
Rachmaninov Conciertos piano 1 2 Andsnes Pappano

30. Leif Ove Andsnes. Pappano/Filarmónica de Berlín (EMI, 2005). Pappano procura acentuar contrastes, haciendo que las partes extrovertidas suenen especialmente juveniles e impetuosas y que las introvertidas lo hagan con lirismo especialmente delicado. Por fortuna logra no caer ni en la brutalidad ni en la blandura, respectivamente, si bien el resultado es más vistoso que profundo. El pianista ofrece virtuosismo sobrado y una apreciable objetividad, aunque le falta un punto de imaginación y emotividad. Registro notable pero innecesario. (8) 



31. Lugansky. Oramo/Ciudad de Birmingham (Warner, 2005). Dotado de un sonido anguloso y bien perfilado, alejado de lo suave y de lo difuminado sin que falten variedad en el color ni en la dinámica, y haciendo gala de una enorme agilidad por completo ajena al nerviosismo y de una claridad pasmosa, el pianista ruso ofrece una interpretación intensa y comprometida, muy viril y plena de comunicatividad, que se interesa ante todo por los aspectos más visionarios de esta música no tanto por lo que tiene de voluptuoso y ensoñado, lo que tampoco le impide ofrecer momentos líricos de gran concentración. A menor nivel expresivo se mueve un Sakari Oramo notable concentrador e interprete muy centrado, pero en exceso parco a la hora de desplegar esa particular efusividad que esta página necesita; en cualquier caso, paladea la música sin la menor precipitación y sabe ofrecer momentos de incuestionable grandeza y aliento épico. (8)




32. Grimaud. Abbado/Lucerna (DVD DG, 2008). Batuta y solista coinciden en huir de la ampulosidad, el decadentismo y la retórica para ofrecer una lectura sobria, elegante y analítica, de enorme transparencia, muy fluida, en la que en cualquier caso la enorme poesía y concentración de la pianista, que consigue un bellísimo pero nada almibarado Adagio sostenuto, se pone por encima de una batuta más preocupada por el refinamiento y la levedad del sonido que por la calidez expresiva. (9) 




33. Dejan Lazic. Kirill Petrenko/Filarmónica de Londres (Channel Classics, 2008). A sus treinta y seis años y aún sin haber llegado a la titularidad del foso de Baviera, el maestro ruso evidenciaba ya importantes virtudes y graves limitaciones en el repertorio sinfónico. Entre las primeras, una gran técnica y una apreciable capacidad para cantar las melodías, cosas que aquí hace con enorme delectación en un Adagio sostenuto sensual y ensoñado a más no poder, cuya belleza subyuga desde el primer al último compás siempre y cuando se acepte un enfoque meramente contemplativo de la página. Entre las segundas, una tendencia a la levedad tanto sonora como expresiva que resulta inconveniente en los movimientos extremos, sobre todo cuando se incurre –a Petrenko le pasa en varios momentos– en una blandura manifiesta. Por si fuera poco, el celebrado retorno “marcial” del gran tema del primer movimiento resulta hinchado y artificioso, dejando bien claro que el maestro no se cree esta música. Deján Lazic se encuentra en perfecta sintonía con el enfoque hiperlírico de la batuta, y por ende no se muestra muy variado en lo expresivo, pero aquí hay que descubrirse ante un toque muy sensible y un fraseo poético, rico en matices, que en general evita el mecanicismo y busca la poesía escondida entre las notas. La toma, en vivo, no es la mejor posible. (7)

 
Rachmaninov Concierto piano 2 Wang Abbado

34. Yuja Wang. Abbado/Mahler Chamber Orchestra (DG, 2010). En este registro en vivo el director italiano vuelve a ofrecer una dirección tan vistosa y eficaz como superficial y obsesionada por esas texturas leves, refinadas y muy pulidas que tanto gustan al maestro. Muy por debajo de la Grimaud la pianista oriental: agilísima, objetiva y sin narcisismos, pero cuadriculada, aséptica y tendente al mero virtuosismo. (6)



35. Kawamura. Belohlavek/Filarmónica Checa (RCA, 2013). Ya desde los acordes iniciales del piano, particularmente decididos y amenazantes, queda bien claro que esta no va a ser una interpretación rutinaria. Efectivamente, solista y director coinciden en alejarse del Rachmaninov sensual, evocador y ensoñado –estamos aquí en las antípodas de Vásáry con Ahronovitch, para entendernos– y ofrecer una visión ante todo encendida e impetuosa, de pasiones de altos vuelos, por momentos muy escarpada, a veces rotunda, y de una vehemencia que, por fortuna, no hace caer a ninguno de los dos en el mecanicismo ni en lo cuadriculado. Antes el contrario, la joven pianista japonesa –de sonido poderoso, algo percutivo– y el maduro maestro checo frasean de manera flexible e imaginativa, ofreciendo numerosos detalles personales que, todo sea dicho, no siempre acaban de convencer. De hecho, aunque globalmente la lectura engancha, el vuelo poético no termina de surgir, en parte por lo unilateral del enfoque, en parte porque probablemente ninguno de los artistas termina de sintonizar con el universo sonoro y expresivo de Rachmaninov. La toma sonora, realizada en vivo, es muy buena, y escuchada en HD audio ofrece gran relieve a los contrabajos –aquí a la izquierda–, pero se echa de menos espacio en la sala: todo suena en exceso apegotonado. (8) 




36. Matsuev. Temirkanov/Filarmónica de San Petersburgo (Blu-ray Euroarts, 2013). Hay que admirar la dirección del veterano maestro ruso, sensualísima en sonoridad (¡qué empaste el de la cuerda de San Petersburgo!) y en fraseo, magníficamente paladeada, pero en absoluto rezagada en lo decadente, sino también llena de fuerza, de expresividad y de convicción, a despecho de algún pasaje –algo lineal el arranque del tercer movimiento– que podría estar más aprovechado. El problema es Matsuev, dueño no solo de una impresionante agilidad digital sino también de un enorme control de los colores y dinámicas del piano, pero insulso en lo expresivo –apenas hay algunos detalles de emotividad en el tercer movimiento– y tendente al puro mecanicismo en los pasajes más virtuosísticos, algunos de los cuales –sección central del segundo movimiento, coda conclusiva– suenan como mecanografía pura. El público, encantado. Toma sonora solo en estéreo –nada de multicanal– con fuerte compresión dinámica. (7)




37. Kissin. Chung/Filarmónica de Radio Francia (YouTube, 2014). A tenor de lo que le estamos escuchando en los últimos años, Kissin parece haber entrado en una fase en la que le preocupa más el análisis objetivo de la partitura que la intensidad emocional. Efectivamente, este Segundo está todo lo increíblemente bien tocado que en él se puede esperar, con un sonido tan poderoso como bien controlado en la dinámica, y se encuentra clarificado en todas sus líneas de una manera difícilmente superable por cualquier otro pianista, pero ese fuego, esa imaginación, ese compromiso interpretativo de antaño parecen hoy en cierto modo atenuados. La dirección de Myung-Whun Chung, curvilínea y rica en el color, se escora claramente hacia lo sensual y lo ensoñado, ofreciendo un Adagio sostenuto muy bello pero quedándose falto de fuego en los movimientos extremos, hasta llegar a incurrir –tema lírico del Allegro scherzando– en una blandura bastante molesta. (8)



38. Trifonov. Nézet-Séguin/Orquesta de Filadelfia (DG, 2018). El pianista ofrece una interpretación apolínea, clásica en el mejor de los sentidos, de una impresionante depuración sonora, de apabullante claridad –la lentitud de los tempi ayuda– y muy bien planificada en sus tensiones, pero también algo más distante de la cuenta, en exceso alejada del arrebato y la pasión. El maestro canadiense se amolda al concepto y refrena de manera considerable el ímpetu de su batuta, pero lo hace sabiendo ser voluptuoso, sensual y emotivo desde un absoluto control de los medios a su disposición. Muy notable, pero no excepcional la toma. (8)



39. Dong-Hyek Lim. Vedernikov/Sinfónica de la BBC (EMI, 2018). Sin ser en absoluto mala, esta interpretación se queda a mitad de camino. El pianista coreano Dong-Hyek Lim da las notas sin problemas, evita lo cuadriculado y es sensible a los acentos, pero no parece capaz de destilar toda la poesía que piden las notas, e incluso por momentos resulta algo bruto. El director pone entusiasmo y frasea con una voluptousidad adecuada para Rachmaninov sin mostrarse del todo interesado por diseccionar la partitura –el trazo no es fino– y evidenciando blanduras en el tratamiento de los violonchelos. Ni quiera la toma es todo lo excelente que debería: aunque ofrece una enorme naturalidad tímbrica, al estar realizada a un volumen muy alto resulta amazacotada y pierde gama dinámica. (6)

domingo, 11 de abril de 2021

Sobre Vértigo de Hitchcock y Tristán de Wagner

Ayer volví a ver Vertigo. Esta vez mejor que nunca: televisor de 50’’ y Blu-ray 4K. Por descontado, la copia parte de la restauración –discutible en más de un aspecto, aunque a la postre satisfactoria– realizada en 1996 por James C. Katz y Robert A. Harris. Lo que ocurre es que ahora se ve y suena mejor que nunca. ¡Con gran diferencia! He apreciado más, muchísimas más cosas en esta ocasión, aunque mi opinión sobre la cinta no ha cambiado: esta no solo es la obra maestra de Alfred Hitchcock y la mejor película jamás filmada –consideración esta ya ampliamente consensuada entre los especialistas–, sino también una de las cumbres de la creación artística de toda la cultura occidental. Mérito no solo del director británico, sino también del soberbio equipo que trabajó bajo sus órdenes, desde un James Stewart implicadísimo hasta el fascinante Saul Bass de los créditos, pasando por la diseñadora de vestuario Edith Head y, cómo no, el compositor Bernard Herrmann.

Se ha escrito muchísimo sobre esta creación y sus infinitas capas de significaciones. No voy a insistir sobre ello: el interesado puede acceder con relativa facilidad a la bibliografía. Pero sí me gustaría, a manera de homenaje, apuntar un posible paralelismo con Tristán e Isolda de Richard Wagner. No por aquello del amor y la muerte –eso es tan obvio que no merece la pena insistir–, ni por las lejanas resonancias tristanescas de la partitura de Herrmann –más bien habría que apuntar hacia el Schönberg de Noche transfigurada y Pelleas–, sino precisamente por aquello que da título a la película: el vértigo. La inestabilidad. La soledad ante el precipicio.

Ustedes ya saben lo que hace Wagner en la citada partitura. Arranca atentando directamente contra la estabilidad armónica y solo resuelve las tensiones al terminar la liebestod, después de cuatro horas sin permitirnos sujeción alguna. De un lado para otro sin saber dónde ponemos los pies, qué podemos esperar a continuación y a dónde nos dirigimos, aunque anhelando la resolución. Los manieristas italianos nunca pudieron imaginar que sus juegos con los cromatismos se llevarían hasta semejantes consecuencias.

Pues bien, hasta cierto punto Vértigo –castellanizo poniendo tilde, aunque en España la película se llamó De entre los muertos– se puede interpretar de semejante manera. El brevísimo prólogo de la persecución en los tejados de San Francisco es el "acorde de Tristán" –anhelo insatisfecho– que conduce a un policía al abismo y deja a nuestro protagonista Scottie colgando. Ni siquiera vemos su rescate: al igual que en la ópera nos quedamos ahí, sin resolver las tensiones. El protagonista va a deambular a lo largo de la narración afectado por la acrofobia. No solo por lo que se nos dice y lo que le pasa al personaje, claro está, sino también por cómo está narrada la historia visualmente. En este sentido –así lo afirman los profesionales del análisis cinematográfico–, Hitchcock es un perfecto manierista. Un creador que, dominando los códigos del lenguaje que maneja, va a subvertir esos mismos códigos con la intención de inquietar, sorprender y atrapar al receptor –espectador en este caso– que conoce esos mismos códigos y, por ende, mantiene una serie de expectativas iniciales contra las que se va a atentar.

¿Cuándo supera Scottie su acrofobia? En el terrible plano final de la película, asomándose ya sin miedo por el vano del campanario: como en Tristán, la muerte es ese acorde final que viene a devolvernos la estabilidad. Bien es verdad que entre las resoluciones de Wagner y Hitchcock hay una diferencia esencial, la feliz transfiguración del primero frente al profundo nihilismo del segundo, pero parece claro que los dos genios llegan a soluciones paralelas cuando se plantean cuestiones similares. 


Estaría bien hablar de otras cosas. De la fotografía difuminada, por ejemplo, que podría relacionarse con el tratamiento sensual y en cierto modo “protoimpresionista” de algunos pasajes tristanescos. O quizá del juego de espejos –hasta ayer inadvertido para mí, lo confieso– que nos llevaría hacia Velázquez y su Venus: el deseo atado a lo que no es más que el turbio reflejo de una ficción. Pero vale ya por hoy. Solo quería decir que esta película ha de verse una vez y otra. Leyendo, reflexionando y analizando desde todos los puntos de vista posibles. Hay quien afirma que Vértigo nos dice cosas diferentes según el momento de la vida en que nos encontremos. Les animo a comprobarlo.

sábado, 10 de abril de 2021

Nuevo disco de Heras-Casado: Eötvös y Stravinsky

Tras algunos presuntos bodrios dedicados a Beethoven –digo presuntos porque no he escuchado más que fragmentos: mis oídos no han podido resistir más que algunos minutos de cada uno–, Pablo Heras-Casado se pone al frente de una Orquesta de París en su mejor momento para interpretar la primera grabación mundial del Concierto Alhambra de Peter Eötvös y de nada menos que La consagración de la primavera de Igor Stravinsky. El registro lo realizaron con enorme acierto los ingenieros de Teldex en septiembre de 2019, meses antes de que comenzara la pandemia.

Este Concierto para violín nº 3 del compositor húngaro fue encargo del propio Heras-Casado cuando este estaba al frente del Festival de Granada. Dicho de otra manera: lo hemos pagado con dinero público. Lo estrenó el propio maestro granadino –cobrando por su labor de batuta al margen de su salario como gestor, supongo– y luego lo ha llevado al disco para alabanza y gloria de su nombre artístico –y de su cuenta corriente–. Todo queda en casa. Solista y dedicataria, Isabelle Faust.


He repasado lo que se dijo de la obra en el momento de su estreno, allá por julio de 2019. Mi evidente ignorancia y no menos manifiesta falta de sensibilidad me impide comprender lo que el experto musicólogo Pablo L. Rodríguez quiere decir cuando escribe (aquí) que “la obra también delata cierta actitud panteísta. Eötvös establece empatía con seres y objetos que cobran vida en sus pentagramas y que consiguen trasladarnos a un mundo aparentemente diferente en cada nueva composición”. Yo solo alcanzo a vislumbrar de se trata de una página escrita con manifiesto dominio de los recursos, a veces sutilísimo en lo que a combinaciones tímbricas se refiere, e interesante en el contraste que se establece entre la evocación más o menos onírica y el despliegue de electricidad orquestal. Interesar, lo que se dice interesar, me ha interesado a medias: pese a que no dura más de veinticinco minutos, solo a ratos me resulta sugerente. ¿Interpretación? La releche. Isabelle Faust, cuando quiere, es todas una fuera de serie, y Heras-casado dirige como si le fuera la vida en ello. Eso sí, no me he molestado en comparar con la que yo ya conocía: la que ofrecieron ese mismo septiembre de 2019 -fecha del disco- la Faust y la Filarmónica de Berlín con Eötvös en persona a la batuta.

¿Y la Consagración de la primavera? No me ha convencido. El problema de esta versión, realizada con técnica incuestionable y muy bien puesta en sonidos por una orquesta en estado de gracia, es su falta de unidad. De coherencia en el concepto (¿”romántico” o “cerebral”?), de continuidad en las tensiones, de focalización del interés en el conjunto o en el detalle, de profundización en el análisis del tejido sinfónico, incluso de inspiración. El resultado es un conjunto de momentos aislados, mal hilvanados entre sí, en el que se suceden la implicación y la desgana, la garra dramática y la flacidez, la revelación de línea o colores interesantísimos y la rutina, todo ello sazonado por tremendos aciertos y pasajes mal resueltos. A olvidar.

miércoles, 7 de abril de 2021

La ópera sigue contagiando

A veces los casos se ocultan con la mayor desvergüenza, incluso cuando ha llegado a haber algún fallecimiento de por medio (enlace). A veces son negados por los teatros tras salir a la luz, pero acaban siendo confirmados por las autoridades sanitarias. Es lo que ha ocurrido en el Teatro Real de Madrid, donde se ha reonocido que hay un "brote controlado" y se verificado que los contagiados no pillaron el coronavirus "por ahí", sino en los ensayos de Peter Grimes. Ahí tienen las noticias en dos medios bien diferentes entre sí:

El País  -  El Mundo

Y es que digan lo que digan, disimulen como disimulen, la ópera sigue contagiando. Aunque claro, como hay tantísimos extranjeros que vienen a Madrid "a sus teatros, a sus auditorios y a sus museos" (EJEM), no podemos dejar de ofrecer toda esa actividad cultural que en Europa no ha habido más remedio que ralentizar. Mientras tanto, la cuarta ola crece de manera implacable en nuestro país.

Las mejores versiones de las sinfonías de Shostakovich

A petición de un amigo, aquí va mi quiniela sobre los registros en audio y en vídeo de las sinfonías de Dmitri Shostakovich. Una quiniela como cualquier otra, claro está, aunque no oculto mi especial afinidad a este autor ni la buena cantidad de discos que he escuchado. Por cierto, las sinfonías nº 2, 3 y 12 me parecen ladrillos monumentales, mientras que a las nº 4, 8 y 15 las considero enormes obras maestras.


Sinfonía nº 1. Rozhdestvensky/Ministerio de Cultura, Bernstein/Chicago, Celibidache/Múnich y Currentzis/Mahler Chamber. Aquí presenté una discografía comparada.

Sinfonía nº 2. Haitink/Filarmónica de Londres y Vasily Petrenko/Liverpool.

Sinfonía nº 3. Rozhdestvensky/Ministerio de Cultura y Rostropovich/Sinfónica de Londres.

Sinfonía nº 4. Rozhdestvensky/Ministerio de Cultura y Nézet-Séguin/Festival de Lucerna (o, en su defecto, con Rotérdam).

Sinfonía nº 5. No conozco ninguna que me convenza por completo. La cosa estaría entre Rozhdestvensky/Ministerio de Cultura y Tilson Thomas/San Francisco.

Sinfonía nº 6. Rostropovich/Washington y Nelsons/Boston.

Sinfonía nº 7. Bernstein/Chicago, por supuesto.

Sinfonía nº 8. Bien difícil escoger. Quizá Previn/Sinfónica de Londres 1973,  o la clásica de Mravinsky.

Sinfonía nº 9.  Rozhdestvensky/Ministerio de Cultura y Michael Sanderling/Filarmónica de Dresde.

Sinfonía nº 10.  Previn/Sinfónica de Londres y Karajan/Berlín digital.

Sinfonía nº 11.  Rostropovich/Washingtony Rostropovich/Sinfónica de Londres.

Sinfonía nº 12.  Rozhdestvensky/Philharmonia y Rozhdestvensky/Ministerio de Cultura.

Sinfonía nº 13.  Rozhdestvensky/Ministerio de Cultura o Muti/Chicago.

Sinfonía nº 14. Rostropovich/Filarmónica de Moscú.

Sinfonía nº 15. Sanderling/Cleveland o Sanderling/Filarmónica de Berlín.

 

Por descontado, hay muchas más grandes versiones de estas páginas. Yo me he limitado a las que me parecen "de nueve y medio o diez", para entendernos.

Dicho esto, no se pierdan el chollo Rostropovich (21 euros) en Amazon. La de Rozhdestvensky suena tan mal, que este es el ciclo a poner en la estentaría en caso de querer uno solo.

martes, 6 de abril de 2021

Concierto de la Orquesta Joven de Andalucía en el Villamarta, con Constantini y Ioannides

Siempre escribo lo mismo cuando me toca referirme a los conciertos de la Joven Orquesta de Andalucía: que lo más importante no es si las versiones le gusten más o menos al crítico de turno, sino que los chavales tengan la oportunidad de enfrentarse a la experiencia de un concierto sinfónico con público y bajo una batuta lo suficientemente experimentada. Y que lo hagan de manera satisfactoria, es decir, tocando bien. En este sentido, puedo afirmar sin lugar a dudas que la OJA se encuentra –me refiero a los últimos tres o cuatro años– en el mejor momento de su trayectoria, y que hay motivos suficientes para que estudiantes y profesores se encuentren satisfechos. Otra cosa es que se pueda y se deba aspirar a más: si la cuerda sonó de todo punto admirable en el concierto del pasado domingo 4 de abril en el Teatro Villamarta, hubo serias desigualdades en los vientos, mientras que algunos desajustes significativos y más de un “accidente” –sí, ya sé que estos chicos no se ven precisamente todas las semanas y que no se les puede exigir lo mismo que a una orquesta con temporada estable– evidenciaron que no podemos dormirnos en los laureles, que hay que seguir aspirando a la excelencia. Dicho esto, el melómano que paga su entrada –yo mismo: en el Villamarta me desahuciaron como crítico hace muchos años– lo que quiere es escuchar buena música en buenas interpretaciones, y por ende también tiene derecho a expresar su opinión. Así que ahí va la mía.

 

Lo que más me gustó fue el estreno mundial del Concierto para bandoneón y orquesta escrito en homenaje a Astor Piazzola por el peruano residente en España Claudio Constantini (n. 1983), a la sazón solista del mismo. Las cartas estaban desde el principio sobre la mesa: no se trataba de experimentar con nuevos lenguajes ni de ofrecer densidades intelectuales o expresivas, sino de deleitar al público con una música por inteligible que supiera aunar la brillantez y el sentido del ritmo con una expresión sincera, salida del corazón sin quedarse en un superficial juego de sonidos. Lo consiguió nuestro artista, quizá no tanto en el movimiento inicial como en un segundo de apreciable sensualidad y en un tercero que incluía pinceladas muy sombrías e inquietantes. Su soberbio virtuosismo tocando el bandoneón le ayudó en el empeño, como también lo hizo una orquesta entregadísima y una directora que supo llenar de vida, estilo y comunicatividad a la música: Sarah Ioannides. Oblivion de Piazzolla sirvió de maravillosa propina –cambió de orden en el programa: estaba prevista al principio– a esta larga sección inicial de la primera parte.

Siguió la Rhapsody in Blue de George Gershwin, con Constantini esta vez al piano. A decir verdad, me gustó mucho más la reducción para piano solo que el maestro ofrecía en su disco América, interesantísima por centrarse en los valores melódicos de la pieza sin dejarse llevar, como la mayoría de los pianistas que no vienen del mundo clásico, por el despliegue de nervio e incisividad rítmica. La del Villamarta, que fue muy distinta a la hora de resolver numerosos pasajes, me pareció lineal durante los primeros minutos, como si el solista, aún nervioso por su merecido éxito tras el estreno, no hubiese alcanzado la concentración necesaria. Poco a poco fueron apareciendo matices, e incluso aportaciones muy creativas, pero el ausnto no terminó de funcionar. La dirección de Sarah Ioannides fue extremadamente irregular, alcanzando su mejor momento en un “nocturno” paladeado con excelso lirismo por una cuerda que bajo su batuta supo sonar con empaste y voluptuosidad, para luego irse dejando llevar por el mero espectáculo y ofrecer en el minuto final un catálogo de machaconería y mal gusto. Los jóvenes instrumentistas hicieron un enorme, maravilloso esfuerzo por sonar verdaderamente jazzísticos; hubo mucho riesgo, y por ello mismo más de una metedura de pata, pero prefiero esto al confort de conformarse con sonar fuera de estilo.

Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvórak en la segunda parte. A la mayor parte del público le encantó. A mí no. El primer movimiento me pareció muy sensatamente planteado –dramático, sin equivocados pintoresquismos– y resuelto con mera corrección. El segundo podía haber sido maravilloso, porque estuvo muy bien paladeado y contó con un corno inglés formidable. Pero en el decisivo clímax central –hay que plantear las tensiones con concentración y de manera progresiva, permitiendo que se escuchen todos los temas que se combinan– Sarah Ioannides se mostró como una batuta vulgar y hasta chapucera. Digno el scherzo, muy en la línea del primero. En el Finale la directora empezó con una brillantez de cara a la galería muy molesta; luego fue hilvanando las diferentes secciones de manera desigual y concluyó sin dejarse llevar (¡menos mal!) por la vulgaridad festiva, pero sin haber mostrado una idea clara y coherente de lo que hay detrás de la partitura. Lo siento mucho, pero en esta obra capital hay que exigir bastante más. 

PS. La foto es de Adasat Barroso. 

domingo, 4 de abril de 2021

Gresuin engulle, Antoni devora

Concierto de la Orquesta Joven de Andalucía esta tarde de domingo en el Villlamarta. Una voz en off anuncia cambios en el orden del programa. El anónimo locutor avisa que la primera parte la cierra la Rhapsody in Blue, "compositor: George Gresuin" (sic). Corre un rumor en la sala. En la segunda parte, avisa a continuación, se ha de interpretar la Sinfonía del Nuevo Mundo, "compositor: Antoni Devora" (sic). Aquí ya las risas se extienden por el patio de butaca. No sé si a alguien de la dirección de un teatro que se reabrió en 1996 y que ha hecho de la música clásica su pilar central se le ha caído la cara de vergüenza. Por mi parte, he quedado preocupadísimo: estos compositores debían de comer una barbaridad.

 

PD. En la próxima entrada, que no sé cuando podré escribir, les diré qué me pareció el concierto propiamente dicho. Ya les adelanto que lo que más me gustó fue el estreno mundial del Concierto para bandoneón y orquesta del joven artista peruano Claudio Constantini, mientras que la labor de la directora Sarah Ioannides me pareció de lo más irregular.

sábado, 3 de abril de 2021

Pergolesi con Muti para el Sábado Santo

Tenía previsto publicar hoy Sábado Santo una comparativa sobre el Stabat Mater de Pergolesi, pero no me ha sido posible por falta de tiempo. En cualquier caso, como sigue siendo un día idóneo para escuchar esta obra maestra, les dejo las líneas escritas sobre la recreación que ofrecieron Riccardo Muti y la Filarmonica della Scala en 1997 dentro de la Santuario della Beata Vergine dei Miracoli de Saronno –Lombardía, no Nápoles– editada por EMI en DVD, y ahora mismo disponible en YouTube.


Filmar dentro de una iglesia deja todas las cartas sobre la mesa. Esta es una interpretación eminentemente religiosa, serena y reflexiva, ajena a la extroversión y los contrastes expresivos, muy honda y marcada por el pathos. Y eso lo materializa Muti obviando todos los avances del movimiento historicista, optando por tempi lentos y una articulación más pesada de la cuenta que dan como resultado una interpretación que algunos calificarían como romántica, aunque yo encuadraría más bien en una especie de “clasicismo decimonónico”. Más cerca de Abbado con la LSO que de Dutoit, por tanto, pero sin la desgana del primero ni la frialdad del segundo: el maestro napolitano sí que se implica en la expresión y es capaz de resultar comunicativo sin renunciar al estricto ambiente piadoso.

Gran baza a su favor es contar con unas magníficas Barbara Frittoli y Anna Caterina Antonacci, que empastan de maravilla y cantan con una perfecta mezcla de congoja y sensualidad en los labios sin hacer hacer la más mínima concesión a la teatralidad. Hoy día se ha avanzado muchísimo en la praxis interpretativa, pero yo no renunciaría a disfrutar de tan honda belleza.

viernes, 2 de abril de 2021

Tinieblas napolitanas: gran disco de Leonardo Leo por Rousset

Permítanme recomendarles para este Viernes Santo por la tarde un Oficio de Tinieblas diferente: el de Leonardo Leo (1694-1744). Este disco, editado por Decca en 2002, es uno de los muchos que me ha regalado un amigo. Lo escuché ayer y lo disfruté una barbaridad, pese a no ser este un repertorio de mi especial interés.

 

Precisamente porque nada sé de este mundo, solo puedo decir que todas estas músicas, escritas al final de su trayectoria por Leonardo Leo para la Capilla Real de Nápoles de quien luego sería nuestro Carlos III, me han parecido no solo muy inspiradas, sino también la mar de interesantes desde el punto de vista estilístico. La razón la expone la especialista Giovanna Ferrara en la carpetilla (traduzco lo mejor que puedo, detectando desajustes entre el original en italiano y el texto inglés):

“Una característica básica de la música religiosa y de iglesia de la escuela napolitana en el siglo XVIII es la convivencia del stile antico y el stile moderno, esto es, de la polifonía en el sentido más amplio del término, la preservación de un enfoque riguroso al contrapunto a capella en una mano, y las nuevas ideas de armonía y monodia y del estilo de cantata en el otro”.

Aunque el texto no quede del todo claro, la audición deja el asunto a la luz, muy particularmente en el Misereris omnium, Domine con que arranca el disco. El resto tiene más de “moderno” que de “antiguo”, pero está lleno de bellezas, empezando por el Salve Regina y terminando por las Lamentaciones de Jeremías que me han llevado a la audición por estas fechas. Aunque un reparo sí que voy a poner: me suena esta música demasiado “profana” para lo que debería ser. Pero claro, eso ya se lo dijeron el pobre de Pergolesi… Mejor no me hagan caso.

Ah, el irregular Christophe Rousset está en su salsa –órgano positivo y clave–, sus cuatro instrumentistas funcionan muy bien y entre los solistas vocales hay dos presencias de verdadero lujo que hacen subir altísimo el nivel interpretativo: Sandrine Piau y Hilary Summers. Lo dicho, ideal para esta tarde.

jueves, 1 de abril de 2021

Quo vadis, obra maestra de Miklós Rósza

Jueves Santo sin procesiones. Hasta no hace mucho se acostumbraba por estas fechas a ver películas como Quo Vadis? Y yo he vuelto a una de mis bandas sonoras favoritas: la compuesta entre 1950 y 1951 por el húngaro Miklós Rózsa para el filme de Mervyn LeRoy. Por descontado, no me he oído a por la grabación original, sino por la selección de más de cuarenta minutos registrada con excelente toma sonora –ingeniería de Stan Goodall en el Kingsway Hall– en la segunda mitad de los setenta por el sello Decca en la que el propio compositor dirigía con técnica e inspiración impresionantes mucho mejor que dos décadas atrás– a una formidabilísima Royal Philharmonic Orchestra y al Saltarello Choir.

Muchos dirán que esto suena en exceso a “película de romanos”. Permítanme parafrasear a André Previn cuando hablaba de Korngold: son las películas de romanos las que suenan a Rózsa, no al revés. ¿Y a qué suena Rózsa? Pues a lo que tiene que sonar: a la prolongación lógica y natural de Bela Bartók y Zoltán Kodály. Es fácil pensar en el Psalmus Hungaricus al escuchar el primero corte del disco, o en el Mandarín maravilloso al escuchar las síncopas de la escena de la persecución. Hay que reconocer que no posee nuestro artista la calidad de sus predecesores, eso desde luego, y que no tuvo más remedio que intentar sintonizar con la sensibilidad musical –más bien simplista, por decirlo de algún modo– de esos cientos de miles de personas que iban a ver la película de la MGM, pero creo que mantuvo en todas sus composiciones un alto nivel de calidad y, en el caso concreto de esta partitura, una portentosa inspiración.

Hay aquí música religiosa muy bella. También secuencias descriptivas y unas cuantas piezas diegéticas -danzas, marchas- que funcionan bastante bien dentro de su carácter un tanto naif, aquí sí “hollywoodiense” en el más común de los sentidos. También secuencias atmosféricas –crucifixión de Pedro, muertes de Popea y Nerón– extraordinariamente sugestivas. Y hay, sobre todo, dos temas de amor excelsos: el voluptuoso de Marco y Ligia y el más bien agónico de Petronio y Eunice. Creo sigue siendo hoy una de las obras maestras de Miklós Rózsa.

¿Qué hay que hacer para escuchar este disco? En las plataformas está “oculto” haciéndose pasar por el disco de 1951: si ven que el tercer track se llama “Fertility Dance”, este es el de Decca que comento. Mi recomendación, no obstante, es que se compren el doble CD del sello Dutton, que trae también Ben-Hur y se encuentra reprocesado por el propio Michael J. Dutton.

PS. De acuerdo con que Peter Ustinov estuvo pasadísimo de rosca como Nerón, pero ¿y lo visionario que se mostró anunciando con esta recreación a Donald Trump?

Concierto para piano nº 2 de Rachmaninov: discografía comparada

Actualización: 12-04-2021 Realizo un nuevo comentario de la grabación de Rubinstein con Ormandy, que ha recuperado su cuadrafonía. Actualiza...