viernes, 30 de abril de 2021

Sinfonía nº 5 de Shostakovich: discografía comparada

Lamantándolo muchísimo, no he encontrado ninguna versión "de diez" de la Quinta sinfonía de Shostakovich. Demasiadas trampas alberga esta partitura para que salga bien, sobre todo en el Finale: hoy nadie se cree eso de “la respuesta de un compositor soviético a unas críticas justa”, pero durante mucho tiempo sí que se lo han creído. Ojalá que sirvan estas líneas, muchas de ellas aparecidas ya otros lugares de este mismo blog, para orientar a alguien en el tortuoso camino que hay que seguir para profundizar en esta obra maestra.

 


1. Stokowski/Orquesta de Philadelphia (Dutton, 1939). Solo ha transcurrido año y medio desde el estreno de la partitura. En su primera grabación occidental, el maestro británico –que ya acumulaba cincuenta y siete tacos a sus espaldas– no solo no cuenta con ningún referente para interpretar la obra, sino que tampoco ha podido escuchar la Sinfonía nº 4 –que el compositor tuvo que guardar en un cajón– y poco o nada sabe de las circunstancias personales de Shostakovich dentro de la URSS. Tiene que trabajar desde la más pura intuición, y en este sentido hay que reconocer que lo hace con bastante fortuna, porque no solo le inyecta mucha, muchísima vida y energía a los pentagramas, sino que la obra le va a sonar bastante menos “oficializada” que a quien la estrenó, Evgeni Mravinski. Ahora bien, Don Leopoldo tampoco puede disimular el trazo grueso de su batuta ni su tendencia a la vulgaridad, por lo que a la postre a lo largo de la interpretación se van a alternar momentos más que satisfactorios con otros resueltos de manera que hoy nos resulta extraña o, sencillamente, planteados de manera errónea. Sorprende especialmente la tremenda ferocidad que inyecta al segundo movimiento, rapidísimo, y hay que congratularse de que en el minuto final no se desmadre en absoluto. Bueno el trabajo de Michael J. Dutton restaurando el disco de pizarra original. (6)

 

 

2. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1959). La portada del vinilo presenta a Lenny en el podio recibiendo las felicitaciones del mismísimo Shostakovich, mientras que la contraportada reseña una larga gira por Europa y la URSS llena de triunfos. No es para menos: Bernstein no solo ofrece una lección de trabajo técnico con la orquesta –que sin ser ninguna maravilla funciona francamente bien–, sino que demuestra una magnífica comprensión del idioma del compositor, acierta a la hora de sacar a la luz la rabia dramática del primer movimiento –podía haber pasajes más concentrados–, triunfa a la hora de mezclar picardía y sarcasmo en el segundo, y se muestra tan sincero como lacerante en el tercero sin necesidad de romantizarlo. ¿El problema? El Finale, por supuesto, que Lenny se cree de principio a fin. A Stalin le hubiera encantado. La toma sonora ha resultado ser francamente buena tras la recuperación en alta definición, a despecho de la comprensión dinámica que se deriva de haber grabado a volumen más alto de la cuenta. (8) 

 

3. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (Sony, 1965). Jamás un director genial y rara vez creativo, Ormandy demostró una enorme sintonía con Dmitri Dmítrievich cada vez que se acercó a su música. Esta es una Quinta que, beneficiándose de una orquesta opulenta (¡qué cuerda grave!) totalmente entregada a su director, acierta en toda la carga al mismo tiempo amarga y rebelde que albergan los pentagramas, sin necesidad alguna de “romantizar” su lirismo –seco, punzante– y sabiendo combinar la relativa distensión del segundo movimiento con una socarronería no ya conveniente, sino necesaria. En el Finale el maestro no se toma las cosas demasiado en serio, menos mal, pero tampoco indaga en dobles lecturas: se limita a trazar la música con gran solidez, sin prisas y renunciando a cualquier efectismo, hasta desembocar en una coda neutra y ajena al carácter épico. Para lo que por entonces se sabía de esta música, todo un acierto. Toma sonora de gran naturalidad en la tímbrica, buen sentido espacial y apreciable cuerpo y relieve; lástima que se grabara a un volumen algo elevado y no posea toda la gama dinámica necesaria en una partitura que exige extremos. (8)

 

4. Previn/Sinfónica de Londres (RCA, 1965). Tardó en llegar la primera grabación en estudio en Europa occidental. Y lo hizo de la mano de un joven André Previn que estaba todavía vinculado al medio cinematográfico –el año anterior había ganado el Oscar por My Fair Lady– y que quería demostrarlo todo en el mundo clásico haciendo gala tanto de una técnica como un entusiasmo admirables. El resultado fue una interpretación no solo increíblemente bien planificada –mucho mejor, con mayor lógica y control que las de un Stokoswki o un Bernstein– y estupendamente tocada, sino que además sonaba perfecta en el estilo –nada de romantizarla a la manera de un Mravinski, ni menos aún de hacerla hollywoodiense–, con agresiva mala leche en la marcha del primer movimiento, apreciable ironía en el segundo –nada de mera distensión– y enorme intensidad en un paladeadísimo (16’01’’) y muy doliente Largo. ¿Y el Finale? Pues magnífico hasta llegar al minuto final: ahí Previn, pese al absoluto acierto expresivo de todo lo que venía delante, mete la pata creyéndose la versión oficial del asunto. Ya tendrá tiempo de plantearlo de otra manera en su siguiente grabación. (8)

 

 

5. Bernstein/Sinfónica de Londres (DVD Idéale, 1966). Nuevamente el acercamiento extrovertido, inflamado e intuitivo de Bernstein alcanza excelentes resultados en un Allegretto con empuje e ironía y, sobre todo, en un Largo lleno de pathos, rebeldía y la más sincera tensión emocional. Por desgracia el primer movimiento, admirablemente enfocado, no alcanza toda la tensión deseable, mientras que en el cuarto Bernstein se deja llevar por la emoción y no acierta a capturar la ironía de la página, por lo que termina resultando precipitado, ruidoso y excesivamente vulgar. La orquesta, tratada por la batuta del norteamericano con su consabida plasticidad, realiza una muy buena labor independientemente de algunos resbalones propios del directo, si bien dista de alcanzar el nivel de las mejores. (7)

 

6. Mravinsky/Filarmónica de Leningrado (DVD Dreamlife, 1973). Esta filmación, en color pero deficientemente planificada y con discreta toma monofónica, ofrece un extraordinario valor histórico: ver y escuchar la obra a los mismos intérpretes del estreno treinta y seis años después de aquel monumental giro en la carrera artística y en la vida de Shostakovich. A tenor del testimonio, puede comprenderse el entusiasmo no solo del público, sino también de las autoridades ante las que el compositor pudo reconciliarse. La visión de Mravinsky no puede ser más complaciente: en lugar del amargor, del carácter desolado y el nihilismo que hoy día asociamos con su música, la batuta adopta un punto de vista mucho antes épico que trágico para ofrecernos una recreación en la que el lirismo contemplativo, el consuelo, la esperanza, el humor desenfadado –aunque no exento de carácter burlón– y hasta el carácter afirmativo también tienen su lugar. Todo ello sirviéndolo con un lenguaje que mira claramente hacia el pasado romántico –espléndida para tal fin la orquesta, pese a los desafortunados metales de la coda– e inyentando una buena dosis de emotividad y convicción. Hoy día estas cosas no convencen, pero así se escribe la historia. (7)  

 

7. Previn/Sinfónica de Chicago (EMI, 1977). Nunca ha sido Previn un maestro genial ni proclive a reinterpretaciones. Lo suyo es la solidez, la objetividad y el respeto absoluto hacia lo que está escrito, pero haciéndolo desde el pleno conocimiento del idioma adecuado y con absoluto compromiso expresivo. Es el caso de esta Quinta ajena a lecturas políticas en uno u otro sentido. Música pura, increíblemente bien planificada por la batuta e inmejorablemente tocada por una orquesta a quien Sir Georg Solti había hecho alcanzar su mejor momento. Que suena a Shostakovich, no a Tchaikovsky. Que sabe ser intensa bajo el más absoluto control. Resultar sórdida en la marcha del primer movimiento y burlesca en el segundo sin necesidad de cargar las tintas. Explayarse en un Largo (15’53’’) de acongojante lirismo y en absoluto consolador. Y ofrecer enorme garra dramática en un Finale brillante como pocas veces se haya escuchado, dudosamente triunfalista (¡ahora sí comprende el significado!) pero tampoco opresivo: la ambigüedad está servida. La toma se ha conservado bien y ofrece una gama dinámica espectacular. (9)

 

 

8. Leonard Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CD Sony y DVD Kultur, 1979). Enorme prestigio alberga este registro en vivo realizado en Tokio, editado en su momento por CBS con sonido digital  y de circulación limitada en DVD –estereofónico, pero de volumen muy bajo–. Como era de esperar, Lenny nos vuelve a ofrecer una recreación juvenil y fresca, poco dada a dobles lecturas y caracterizada por su sinceridad e intensidad emocional, sobre todo por la de un Largo de dimensiones metafísicas. Los movimientos extremos, pierden un poco, pues siendo muy intensos y sin caer en la retórica no resultan lo suficientemente dramáticos y opresivos. En cualquier caso se avanza mucho sobre la filmación de Londres: esta es más refinada, posee más concentración, no se deja llevar por el arrebato y atiende mejor a la polifonía orquestal. El cuarto movimiento, dicho sin precipitaciones ni vulgaridad, mejora muchísimo. También la orquesta de Nueva York funciona mejor que la LSO. (9)

8. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1981). Esta interpretación gira en torno a un Largo lentísimo (15’40’’) y lleno de concentración; ciertamente no posee la intensidad visionaria de un Bernstein y ni el humanismo que encontraremos en un Sanderling, pero aporta una dosis incomparable de hondura, amargor y fuerza trágica, revistiendo todo ello de una subyugante belleza sonora. En contrapartida, al segundo movimiento le faltan ese punto de ironía y sarcasmo típicamente shostakoviano, incluso de sentido del humor en general; también se echa de menos sabor popular en el, por lo demás, espléndido solo de violín. Sobrio y maravillosamente planificado el movimiento inicial, dicho desde una óptima mucho antes trágica que épica. La toma es admirable. (9)


9. Kurt Sanderling/Sinfónica de la Radio de Berlín (Berlin Classics, 1982). Como ocurría en la versión de Haitink del año anterior, lo que convierte a esta lectura en una referencia es un Largo muy concentrado (15’34’’), lleno de congoja y desolación, aunque no desde el distanciamiento no poco nihilista –y muy adecuado– que que adoptaba el maestro holandés sino aportando ese humanismo, esa vuelo lírico y esa emotividad que caracterizaban al gran Kurt. Los dos primeros movimientos están francamente bien, expuestos desde una óptica más “romántica” que expresionista, pero siempre bajo la más sensata ortodoxia y una plena sinceridad. Y el finale funciona de maravilla, controladísimo en su manifiesta fogosidad y rematado en una coda en absoluto épica ni festiva: el maestro siempre supo ver qué había detrás de las notas en la música de Dmitri Dmítrievich. La toma sonora se benefició de la acústica de la Christus-Kirche y de unos ingenieros que grabaron con enorme naturalidad tímbrica e inmejorable equilibrio de planos, pero el volumen en exceso elevado produjo una muy molesta compresión dinámica que la reciente recuperación en HD no logra remediar. (9)

 

10. Rozhdestvensky/Sinfónica del Ministerio de Cultura de la URSS. (Melodiya, 1984). El maestro moscovita nos ofrece exactamente lo que en él es de esperar, una lectura intensa, dramática, áspera y rebelde, con un clímax muy antimilitarista en el primer movimiento, un elevado sarcasmo en el segundo –aunque no tanto como pudiera esperarse–, una gran rebeldía en un tercer movimiento nada contemplativo ni resignado, y una clara intención de no hacer triunfalismo en el final, machacón y mecanicista aunque no todo lo opresivo y antirretórico que pudiera ser. La orquesta se queda algo corta, y la grabación decepciona seriamente tanto en la tímbrica como en la dinámica. ¡Qué lástima! (9)

 

11. Celibidache/Filarmónica de Múnich (audio en YouTube, 1986). Este testimonio de extremadamente precario sonido no parece proceder, aun siendo estéreo, de una toma radiofónica, sino de una grabación “in-house”, es decir, grabadora en mano. Pero no parece tratarse de un fake: las maneras del Celi tardío se reconocen desde la primera a la última nota, empezando por los dilatadísimos 56’51’’ que le dura en asunto. ¡Y eso que el segundo movimiento lleva a un tiempo relativamente normal! Decisiones tan extremas no pueden sino conducir a la polémica, y de hecho entre los aplausos parecen escucharse algunos abucheos. Yo solo le pongo serios reparos a toda la introducción, tan extremadamente lenta que pierde su carácter premonitorios: creo que no es momento de meditar, sino de inquietarse ante lo que está por venir. La irrupción del piano resulta muy amenazadora y la marcha se encrespa de manera muy adecuada hasta alcanzar un clímax desgarrador; a partir de ahí vuelven las lentitudes, esta vez no tan inconvenientes. Irreprochable el allegretto, no el más sarcástico posible pero sí muy certero. El Largo se extiende nada menos que hasta los 18’45’’. El maestro aplica aquí los mismos parámetros que con los adagios brucknerianos, obteniendo similares resultados. Es decir, sublimes: nunca se ha escuchado esta música tan honda, tan sincera y tan conmovedora; tan doliente y visionaria en sus clímax (¡qué manera de planificar y de encrespar las tensiones!), al tiempo que revestida de la más digna nobleza. Y el finale, ajeno a cualquier número de cara a la galería, se encuentra portentosamente diseccionado y alcanza momentos de una elevadísima temperatura emocional sin que exista precipitación; la coda podría ser más opresiva, pero en su contexto funciona de manera muy convincente. En fin, toda una experiencia que se ve lastrada, aparte de por la toma sonora, por una orquesta fallona y de solistas limitados que se las ve y se las desea para seguir al maestro. (9)


12. Ashkenzy/Royal Philharmonic (Decca, 1987). El maestro siempre se desenvolvió con solvencia en la música del autor, pero rara vez terminó de profundizar en la expresión: aunque en conjunto se trata de una versión vistosa y bien llevada, la blandura y resignación de las partes líricas llega a resultar molesta, sobre todo en el tercer movimiento. (7) 

 

13. Svetlanov/Sinfónica Estatal de la Federación Rusa (Exton, 1992). La caída del comunismo permitió que la tecnología extranjera entrara a grabar a las grandes formaciones rusas con mucho mayor acierto que en la desdichada era anterior. En este caso fueron los japoneses los que se lucieron con una espléndida toma que recoge perfectamente a la orquesta de Svetlanov y a su particular sonido “soviético” de metales poco empastados. De alto nivel la interpretación, no exenta de irregularidades. El primer movimiento funciona bastante bien, aunque me hubiera gustado que la breve marcha fuera más lenta y esperpéntica, así como una conclusión más paladeada y negra. El segundo es sensacional, uno de los mejores que conozco en su tratamiento extremadamente sarcástico, lleno de sorna y de recochineo, del juego de madera y pizzicatos; sorprende quizá que el solo de violín no opte por la caricatura, sino que se presente como una evocación lírica que contrasta con la mordacidad que le rodea. Intenso, concentrado y doliente el Largo, como debe ser, a despecho de que alguna frase concreta podría sonar aún más rebelde. El Finale está globalmente muy bien comprendido y mejor resuelto, aunque en la coda la ambigüedad no termina de decantarse por lo opresivo y los últimos compases disten de convencer. Una lástima, porque se podía haber redondeado una gran versión. (8)

 

 

14. Solti/Filarmónica de Viena (Decca, 1993). Ese enorme director que fue Sir Georg conoció un importante declive en su inspiración en los últimos años de su trayectoria, y quizá fue por eso por lo que con Shostakovich, al que llegó bastante tarde, nunca acertó como con otros compositores. Tal circunstancia queda en evidencia en esta toma en vivo –formidable, aunque hay que poner el volumen alto– en la que el perfecto equilibrio entre el trazo global y la atención al detalle, la electricidad, el sentido teatral y la brillantez férreamente controlada que caracterizaban su arte no se vean acompañadas –mejor dicho: no se encuentren al servicio– de una expresión sincera. Da la impresión de que Sir Georg, aunque aporta frescura e incuestionable gancho comunicativo, no se entera de qué hay detrás de las notas como sí lo hicieron, desde ópticas distintas entre sí, un Previn, un Sanderling o un Haitink. En cualquier caso, es difícil resistirse ante los milagros que obran el virtuosismo de batuta y orquesta en el segundo movimiento (¡qué pizzicati!), o ante el alto voltaje de los momentos más hirientes del Largo. (8)

 

 

15. Rostropovich/Orquesta Sinfónica Nacional de Washington (Teldec, 1994). Este es el punto "menos alto" de la que, globalmente, es la mejor integral sinfónica del autor. El de Baku se conforma con ofrecer una lectura espontánea y juvenil, de tempi ágiles, poco sarcástica y quizá algo superficial, aunque muy cálida y emocionante, como suele ocurrir con todo su Shostakovich. La orquesta se queda algo corta. (7)

 

16. Jansons/Filarmónica de Viena (EMI, 1997). El letón comparte la perspectiva “soviética” de esta obra y, armado de una sólida técnica –eso nadie se lo discute a este maestro con frecuencia rutinario– al tiempo que demuestra enormes ganas de hacer música, nos entrega una interpretación sin atmósferas opresivas, retranca ni –menos aún– dobles lecturas, pero sí espléndidamente planificada y recorrida por una vitalidad contagiosa. El primer movimiento resulta épico y un punto cinematográfico. El segundo es todo chispa y felicidad: se le escapa un tanto el tratamiento de las maderas, no siempre bien atendidas. El tercero, sin ser agónico ni nihilista, emociona intensamente. Y el cuarto arranca con júbilo y termina de manera moderadamente afirmativa. Jansons cae, por tanto, en la trampa que el compositor le puso a Stalin, pero lo hace con tan absoluta convicción y tanta comunicatividad que termina ganando la partida en esta a la postre notabilísma lectura en la que la espléndida sonoridad de la Filarmónica de Viena desempeña un papel determinante. La toma es soberbia: la tímbrica es impecable y el volumen bajo al que se realizó garantiza esa amplia gama dinámica que la partitura demanda. (8)

 

17. Sanderling/Orquesta del Concergebow (RCO, 1999). Otra vez es en el Largo donde el veterano maestro hace gala de su concentración, de su capacidad para frasear al mismo tiempo con sereno humanismo y tremenda congoja, demostrando una absoluta comprensión del transfondo trágico de la música de Shostakovich. Los dos primeros movimientos están francamente bien, no confundiendo calma inquietante con languidez en el primero ni recurriendo a una gran virulencia en el segundo –el violín del Allegretto se queda algo corto en sabor popular e ironía, como ocurría en la interpretación de Haitink con la misma orquesta–, mientras que en el Allegro non troppo conclusivo sabe ofrecer brillantez, potencia expresiva y grandeza bien entendida sin caer en la tentación del efectismo y aportando ese punto de carácter opresivo y ambigüedad que necesita la coda para convencer. Muy buena la toma sonora para ser en vivo. (9)

18. Caetani/Sinfónica de Milán Giuseppe Verdi (Arts, 2001-02). El hijo de Markevitch no solo sabe obtener un digno rendimiento de una orquesta que es claramente de segunda –flojo el violín–, sino que además parece comprender a la perfección tanto el idioma shostakoviano como los pliegues expresivos que se esconden bajo la partitura. Falta, eso sí, unpoco de mayor compromiso expresivo y de tensión sonora, así como aquilatar mejor la planificación del último movimiento. Espléndido el sonido en DVD-Audio. (7)

 

19. Gergiev/BBC Symphony (YouTube 2002). Aun reconociendo que sabe ofrecer un tercer movimiento muy emocionante y que, en general, su lectura desprende buenas dosis de frescura y extroversión, el maestro no logra disimular su tendencia a lo superficial, a lo masivo y a la tosquedad sonora. Demasiada competencia como para atender su propuesta. (7)

 

20. Kitajenko/Gürzenich-Orchester Köln (Capriccio, 2003). Notable interpretación que sobresale por un Largo concentrado y muy hermoso, ya que no particularmente desazonador. El primer movimiento está bien planteado, perdiendo por una sección final en exceso nerviosa. El segundo es espléndido, siempre que aceptemos una comicidad desenfadada y ajena a lo corrosivo. Flojea el cuarto, trazado con corrección pero ayuno de fuerza y rabia. La toma sonora, sin ser la mejor posible, ofrece gran relieve en SACD. (7)

 

21. Rostropovich/Orquesta Sinfónica de Londres (LSO Live, 2004). Nuevamente el de Bakú da la impresión de que Rostropovich no quiere ver ningún tipo de "significado oculto" en la partitura, ofreciendo una lectura en conjunto estimable pero no del todo convincente que, por otra parte, va de menos a más: empieza un tanto rutinaria y descafeinada, continúa con un Allegretto muy centrado, continúa con un Largo emocionante aunque más lírico que nihilista y culmina de manera brillante pero en absoluto retórica ni efectista.  (8) 

22. Maazel/Nueva York (DG Concerts, 2006). Impresionante y atrevida recreación la del anciano Maazel, porque alcanzar los 20’30’’ en el Moderato inicial es un verdadero riesgo. El maestro lo hace sin que decaiga la tensión, proeza que está reservada a técnicas de batuta de primerísimo orden como la suya. Pero es que además acierta al evitar una aproximación digamos “romántica” a la partitura, decantándose por un calculado distanciamiento –auténtica llama fría– que evita los excesos de retórica y de emotividad sin dejar a un lado los aspectos más inquietantes de la obra, muy especialmente en un Largo de un marcado nihilismo que el maestro sabe conducir hasta un clímax sobrecogedor. En el último movimiento no hay la menor retórica triunfalista, aunque aún se podría incidir más en su carácter ambiguo y opresivo. (9) 

 

 

23. Ozawa/Orquesta Saito Kinen (Philips, 2006). El maestro oriental realiza un trabajo de gran finura en el tratamiento de la orquesta, pero como era de esperar, su temperamento no termina de cuadrar con lo que la obra demanda. El primer movimiento, aun irreprochablemente planteado y resuelto, carece de aspereza, rabia y garra dramática. El segundo, elegantísimo y refinado, resulta una verdadera delicia, pero solo eso: necesita más sarcasmo. Al Largo, no especialmente lento pero sí muy bien cantado, le falta carácter. A la postre, y aun sin terminar de convencer, lo más personal es un Finale expuesto con lentidud y subrayando sus aspectos más maquinistas y obsesivos, apuntando con gran acierto a la tragedia interior que se esconde detrás de semejante despliegue de brillantez. La toma en vivo es espléndida y posee unos graves de verdadero impacto. (7)


24. Tilson Thomas/San Francisco (Blu-Ray San Francisco Symphony, Proms 2007). Al contrario que otros maestros que dicen una cosa sobre la partitura para luego terminar haciendo otra muy distinta a la hora de ponerla en sonidos, el norteamericano lleva a la práctica el magistral análisis que realiza en el documental al que complementa esta interpretación. Es decir, apuesta por una lectura en la que los aspectos más sombríos, amargos y opresivos de la obra quedan en primer plano y subrayan la ambigüedad que subyace en mucho de los pasajes, de manera muy particular en un Finale que demuestra ser una beligerante denuncia política cargada de negrura. Los otros tres son francamente buenos, destacando un primero cargado de poderoso dramatismo y un segundo no particularmente corrosivo ni sarcástico, pero dicho con saludable socarronería y magníficamente expuesto. En el Largo cosas aun más profundas y acongojantes se han escuchado, pero aun así Tilson Thomas, que en el documental relaciona el pasaje con la música litúrgica de la iglesia ortodoxa, logra convencer por su sabia mezcla de vuelo lírico e intensidad emocional. La orquesta funciona de maravilla y es tratada por la batuta con una claridad y una plasticidad admirables, bien recogida en Blu-ray por una toma sonora en surround auténtico que supera las limitaciones propias de la acústica del Royal Albert Hall, aunque no del todo las del origen televisivo del producto: la gama dinámica no es todo lo amplia que podía haber sido. Por cierto, yo estuve allí. (9)

 


25. Vasily Petrenko/Real Orquesta Filarmónica de Liverpool (Naxos, 2008). Gran nivel en esta interpretación lenta, pero de magnífico pulso y admirable concentración, que ofrece dos primeros movimientos muy centrados en lo expresivo que no llegan a ser del todo ácidos ni expresionistas: al "Petrenko bueno" –nada que ver con Kirill– no le gusta cargar las tintas. El Largo es doloroso y profundo, ya que no especialmente terrible, pero no quejumbroso ni blando. Magnífico el Finale, no visceral pero sí muy sincero, con un final adecuadamente opresivo, ambiguo y antirretórico. Muy bien la orquesta. (8)

 

26. Gergiev/Orquesta del Mariinski (Mariinski, 2012). Queda claro que Gergiev no solo domina el idioma shostakoviano y que conoce todos los dobleces del universo expresivo del compositor –la visión no es nada “oficialista”–, sino también que ama su música y es capaz de recrearla con enorme intensidad, logrando combinar brillantez y sentido lirismo, sarcasmo y garra dramática, siempre dentro de ese estilo vitalista, impulsivo antes que reflexivo, que caracteriza sus maneras de hacer. El problema es que en el cuarto movimiento Valerio se suelta la melena y monta el numerito decibélico que en él era de esperar. No es que no comprenda el sentido último de esta música, que sí lo comprende: es que resulta basto y vulgar como él solo. Espléndida toma en SACD multicanal. (7)

 

27. Gergiev/Orquesta del Mariinski (Blu-ray Arthaus, 2013). Esta filmación mejora, en la Sala Pleyel de París, el registro en audio del año anterior. Ahora el cuarto movimiento no es un desmadre: simplemente se queda en lo superficial sin indagar en las notas. Al primero, más que correcto, se le puede pedir una atmósfera más cargada y opresiva, así como mayor rabia en sus clímax. El segundo y el tercero están francamente bien, y Gergiev demuestra una vez que es capaz de comprometerse con esta música. Toma de enorme pureza tímbrica e inaceptable compresión dinámica. (7)

 

28. Sokhiev. Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). La sonoridad musculada y poderosísima de la orquesta, sencillamente la ideal para esta partitura (¡qué tremenda la cuerda grave “a lo Quinta de Beethoven” en el segundo movimiento, por no hablar de los metales en el cuarto!) es la gran baza de esta interpretación dirigida con enorme solvencia, aunque sin nada en particular que decir por parte de un Sokhiev que, siendo correcto y acertando con la ambigüedad del final, no sabe resultar particularmente intenso ni profundo, y que además incluye algún que otro discurtible portamento. El ocho es por la orquesta. (8)

29. Nelsons/Sinfónica de Boston (DG, 2015). La ejecución es impresionante. La planificación, portentosa. Exquisito el gusto con el que todo está dicho, tanto por la naturalidad del fraseo como por la ausencia de cualquier efectismo. Pero Nelsons se niega a ver más allá de las notas y, aunque no cae en la tentación de oficializar la partitura, tampoco está dispuesto a profundizar en su expresión. Se echan de menos atmósfera opresiva, rebeldía y desesperación, como también ese particulara retranca shostakoviana que le da sentido a su música. De este modo, el primer movimiento arranca sin verdadera congoja y, aunque está admirablemente construido hacia un clímax de enorme tensión, no desprende la rabia y la desesperación que necesita. El segundo está bien, siempre dentro de una línea más amable que socarrona, pero se podría echar mucha más imaginación a las intervenciones de las maderas. El tercero es quizá el que más convence, paladeado con amplitud y concentración aun sin dejar que la música nos hiera en los más hondo. En el cuarto Nelsons ve notas y nada más que notas: asepsia pura que dice bien poco del trasfondo verdadero de esta obra. Magnífica la toma en vivo. (7)

lunes, 26 de abril de 2021

Lahav Shani toca y dirige el Tercero de Prokofiev

Morbo a tope con este documento que acaba de subir Medici TV, filmado hace tan solo unos días, concretamente del pasado 15 de abril, a puerta cerrada y con las pertinentes medidas sanitarias. En él Lavah Shani hace el Concierto para piano nº 3 de Prokofiev junto a la Filarmónica de Rotterdam, de la que es titular desde 2018, ¡tocando y dirigiendo al mismo tiempo! Que yo sepa, nadie se había atrevido a hacer semejante barbaridad. Podría uno dejarse llevar por los prejuicios y pensar que nuestro artista iba a ser incapaz de atender a la orquesta y al piano con el mismo cuidado y atención al detalle. Y también que la juventud y contrastada fogosidad del músico israelí le iban a conducir a ofrecer una interpretación efervescente ante todo, llena de fiereza y comunicatividad, pero no del todo profunda ni interesada por los aspectos más introvertidos de esta partitura.

 

Nada de eso ocurre aquí. Por un lado, Lahav Shani no solo demuestra poseer dedos más que suficientes para dar las notas con precisión y riqueza de matices –sin llegar al nivel de un Ashkenazy, una Argerich o un Kissin–, sino también pinceles finos para diseccionar las líneas de la orquesta, gran sentido del color, capacidad para dotar de continuidad al tema con variaciones y mantener el pulso firme en todo momento, controlando muy bien las tensiones y sabiendo pasar con perfecta naturalidad de lo electrizante a lo introvertido y viceversa.

Por otro, acierta plenamente con un estilo Prokofiev cien por cien sin quedarse en la vertiente más o menos “explosiva” de la obra. Antes al contrario: aunque hay también, faltaría más, bastante de incisivo, de irónico y de fogoso en su recreación, lo que más hay que admirar es cómo bucea en el lirismo a ratos inquietante, a ratos nostálgico, siempre agridulce que caracteriza al autor. Y no solo al piano, con un toque variadísimo y pleno de flexibilidad, sino también a la hora de planificar con la orquesta y de motivar a sus primeros atriles. ¡Qué maravilla la sección central del movimiento conclusivo! Claramente, Shani sigue la senda de la que tal vez siga siendo –más por el solista que por la batuta– la mejor interpretación hasta la fecha, la de Kissin dirigido por Ashkenazy. Solo que el muchacho –treinta y dos años– se ha marcado todo un dos por uno haciendo de solista y director. ¡Bravísimo!

sábado, 24 de abril de 2021

Barenboim y Bronfman hacen Brahms con la Filarmónica de Berlín

Canceló a última hora Mikko Franck y acudió Daniel Barenboim, director honorario, a salvar a la Filarmónica de Berlín para el evento –a puerta cerrada, solo para la Digital Concert Hall– de hoy sábado 24 de abril. Se ha mantenido el Concierto para piano nº 1 de Johannes Brahms con Yefim Bronfman de la primera parte, pero el maestro confesó no tener tiempo para prepararse la Quinta de Sibelius –la dirigió hace un par de décadas– y ha subido a los atriles la Primera sinfonía del de Hamburgo, toda una especialidad de la casa.


Tras nada menos que siete registros sentándose al piano –Barbirolli, Kubelik, Mehta, Celibidache, Rattle por duplicado y Dudamel–, el de Buenos Aires nos deja por fin su visión de la op. 15 de Brahms desde el podio. Yo se la escuché en Granada hace muchos años, con Lang Lang como solista, pero apenas recuerdo nada de ella. Esta de ahora no depara ninguna sorpresa, porque es exactamente la que se podía esperar: densa, gótica y de enorme potencia expresiva, tan atenta a la vertiente dramática de la obra como a lo mucho que tiene de reflexivo, pero siempre desde una óptica más interiorizada que combativa. No tiene mucho que ver con la dirección extremadamente rabiosa que le planteó Rattle en aquel concierto en Atenas. Sorprendentemente, o quizá no tanto, a quien se asemeja Barenboim es al Dudamel de su registro con la Staatskapelle de Berlín en 2014. Es decir, una dirección madura y un punto otoñal –ya en la introducción hay algunos portamentos innecesarios–, pero siempre de un estilo perfecto y de una sinceridad aplastante. Y añadiendo una idea muy interesante: el amargor –más que la rebeldía– se impone frente a otras consideraciones, y no solo en un segundo movimiento memorable, sino también en el conclusivo: raras veces ha sonado tan poco afirmativo.

En cuanto a Bronfman, debo reconocer que me ha defraudado relativamente, porque esperaba que rozara el cielo y no lo ha hecho, sobre todo si comparamos con el vuelo poético que quien tenía a dos metros empuñando la batuta ha logrado destilar desde el teclado. En cualquier caso, no solo posee la fuerza física para enfrentarse al monstruo brahmsiano, un sonido ideal para el autor, agilidad más que suficiente y una enorme concentración en los momentos en lo que ello es necesario –todo esto ya es muchísimo–, sino que además sintoniza muy bien con el enfoque de la batuta encontrando más desolación que consuelo entre las notas.

No hay novedad en lo que a la Sinfonía nº 1 se refiere. Barenboim es, sencillamente, el director más grande que ha tenido en su sinfonía. Ya lo demostró en su grabación con Chicago de 1996 y revalidó su perfecta comprensión de esta música con la WEDO en Granada allá por 2006, pero cuando hizo la obra con la Filarmónica de Berlín en 2010 llegó a lo más alto. Con las dos grabaciones –audio y vídeo– de la Staatskapelle dio un paso más, no en calidad –porque ya no se puede– pero sí en exploración de las posibilidades expresivas. La que hoy ha realizado con la Filarmónica se parece a aquellas, sobre todo a la editada en compacto por DG. De nuevo el amargor, lo ominoso y lo hondamente reflexivo son los elementos que más interesan al maestro, pero no por ello deja de ofrecer –antes al contrario– ese carácter combativo que la obra necesita, ni tampoco la afirmación rotunda, llena de grandeza, que aporta el finale (¡verdaderamente incomparable, como siempre en Barenboim!) después de tantos nubarrones. La diferencia la marca la orquesta, menos cálida y más oscura que la Staatskapelle. También más musculada.

Por cierto, que a esta última no la he encontrado en plena forma: ha apreciado más de un desencuentro, gazapos varios y un sonido no del todo depurado en algunas frases de los violines. Dicho esto, hay que descubrirse ante la soberbia calidad global del conjunto y ante la musicalidad de sus primeros atriles, con mención especial para el concertino Daishin Kashimoto, el timbalero Benjamin Forster y –sobre todo– el trompa Stefan Dohr, increíble en la sinfonía.

viernes, 23 de abril de 2021

Sinfonía nº 3, "Heroica", de Beethoven: discografía comparada

Soy consciente de que esta comparativa de la Heorica ha quedado muy incompleta, pero estoy en plena vorágine de exámenes y no tengo tiempo para escuchar ni escribir nada. Quede así a la espera de completar en el futuro esta lista de treinta y siete registros de la genial sinfonía beethoveniana.


 

1. Karajan/Staatskapelle de Berlín (varios sellos, 1944). Aquí están ya, a sus treinta y seis años de edad, todas las características de Karajan: el sonido opulento, el fraseo noble y elocuente pero también algo pesado, el gusto por los grandes contrastes sonoros… Todo muy de cara a la galería. El primer movimiento está bien, aunque resulte un pelín blando por momentos. En la marcha fúnebre hay más pose que otra cosa. Bien el scherzo y muy fogoso el Finale. Magnífica la orquesta, de sonido muy empastado y por completo adecuado para Beethoven. (7)

 


2. Furtwängler/Filarmónica de Viena (Tahra, 1944). He aquí a Furt en el cénit de su estilo: flexible, creativo, visceral y comprometido, inyectando una tensión dramática implacable y acentuando los aspectos más visionarios de la partitura, particularmente en una marcha fúnebre tan gótica como rebelde. Todo ello, eso sí, controlando los elementos de manera prodigiosa para no desequilibrar en momento alguno la arquitectura ni dejar de desplegar la imprescindible cantabilidad humanística en los momentos adecuados. Espléndida la remasterización para SACD. (10)

 

3. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1952). En comparación con su grabación en vivo con la misma orquesta ocho años anterior, Furt ofrece una recreación más lenta, no tan flexible –aunque lo siga siendo–, menos espontánea y más madura. Ha perdido inmediatez, visceralidad, rebeldía y garra dramática, pero ha ganado en grandeza, densidad, humanismo y profundidad filosófica, todo ello dentro de un enfoque al mismo tiempo gótico y filosófico que algunos confundirán con “brumas wagnerianas”. Quizá también se haya ganado ahora en belleza sonora, destacando en este sentido la maravillosa plasticidad con que trata a la cuerda vienesa. Que los metales dejen un tanto que desear –no nos engañemos, la orquesta no era en los cincuenta lo que será una década más tarde– apenas empaña una lectura que sigue siendo de obligado conocimiento. Magnífico el reciente rescate a nada menos que 192 kHz: suena mucho mejor que antes. (10)

 


4. Cluytens/Filarmónica de Berlín (EMI, 1958). El maestro apuesta por una interesante tercera vía a medio camino entre el rigor toscaniniano y la flexibilidad alemana, ofreciendo así una lectura dicha de un solo trazo, directa y comunicativa, amén de espléndidamente tocada, que busca la intensidad aun procurando no ofrecer demasiado pathos ni interesándose en claroscuros. Se echa en falta, eso sí, un grado más de creatividad, de compromiso, al menos en un movimiento conclusivo no del todo trabajado. (7)

 


5. Fricsay/Filarmónica de Berlín (DG, 1958). Interpretación lenta, muy paladeada, muy bien desmenuzada –hay hallazgos sensacionales en el último movimiento– y de enfoque más bien introvertido y meditativo, en la que siempre la batuta se muestra muy controlada y no hay lugar para el arrebato. El primer movimiento, de carácter “gótico” muy atractivo, se ve lastrado por cierta discontinuidad y caídas de tensión, aunque en contrapartida alberga momentos magníficos. Meditativa y reposaba, pero en absoluto exenta de fuerza dramática, la marcha fúnebre. Scherzo fluido y natural, nada pimpante. El Finale comienza en exceso dulce y sin especial garra, pero luego va mejorando y consigue momentos de gran densidad., siempre en un enfoque más filosófico que dionisíaco. Muy amplia la gama dinámica de la grabación. (8)

 


6. Klemperer/Philharmonia Orchestra (EMI, 1959). Este es el punto más alto de todo el ciclo sinfónico beethoveniano del de Breslau, puro granito –arquitectura milimétricamente planificada, tan sólida como bien trazada en sus líneas maestras y clarificadas en su entramado polifónico– al servicio de un concepto tan severo como hondo y reflexivo en el que la fuerza, la tensión e incluso el desgarro quedan bien patentes sin que el monumental edificio se resiente lo más mínimo. Un tremendo ejercicio, pues, de equilibrio entre romanticismo y distanciamiento, entre intelecto y emoción, que si en el movimiento inicial ofrece una densidad sonora y dramática irresistible, en el segundo alcanza una fuerza visionaria como quizá ningún otro maestro haya alcanzado. En los dos últimos, ni que decir tiene, no hay lugar para la distensión ni la chispa, aunque tampoco el maestro hace gala de su sentido del humor sarcástico: el músculo y la más tensa severidad vuelven a imponerse, aunque impregnadas de una enorme grandeza filosófica y humanística. Diríase que con Klemperer, pese al amargor que preside toda su lectura, aún hay espacio para la trascendencia. Con el aún más radical Barbirolli se perderá toda esperanza. (10)

 

7. Leibowitz/Royal Philharmonic (Chesky, 1961). Apartándose de la tradición romántica y abriendo el camino –sin saberlo– la interpretaciones historicistas, Leibowitz dirige con nervio y electricidad optando por una articulación muy ágil, atenta al staccato, incisiva en los ataques y relativamente aristada en la tímbrica. Ahora bien, su deseo de no moldear la agógica hacen que el resultado termine siendo no ya plano y cuadriculado, sin pathos ni poesía, sino abiertamente machacón. Lo más flojo es la marcha fúnebre, aunque su clímax alcance una considerable rebeldía, y lo mejor es el tercer movimiento. Los metales suenan algo destemplados y la cuerda no siempre está fina. Toma sonora asombrosa. (6)


 

8. Schmidt-Isserstedt/Filarmónica de Viena (Decca, 1965). Ya un arranque falto de gas nos advierte de que algo no va a terminar de funcionar en esta interpretación. Efectivamente: el maestro frasea con nobleza y naturalidad, sin precipitarse ni resultar cuadriculado, y –por descontado– obteniendo un gran partido de la magnífica orquesta, tratada con particular elegancia. Pero la tensión se distribuye de manera irregular, de tal modo que junto a momentos poderosos hay otros sin la tensión y energía suficientes, dando como resultado una recreación en exceso apolínea, discontinua en el trazo y algo aburrida. (7)

 


9. Barbirolli/Sinfónica de la BBC (Warner, 1967). Esta es la Heroica más negra de la historia del disco. Lenta, a veces lentísima, pero de una fuerza abrumadora. Gótica a más no poder. Plagada de ataques ásperos e incisivos por parte de unas maderas no precisamente sensuales. Fraseada con una cantabilidad cargada de amargura, particularmente en las frases líricas del primer movimiento. Portentosamente planificada hacia unos clímax de fuerza abrumadora, indescriptible (increíble crescendo a partir de 15’03’’ en el primer movimiento, por no hablar de los momentos más rebeldes del segundo, especialmente el de 7’10’’). Trabajada con una plasticidad asombrosa a la hora de moldear a la cuerda (solo un ejemplo: de infarto la melodía a partir de 1’18’’ de la marcha fúnebre) o de equilibrar planos sonoros. Todo ello sin rastro de ese humanismo, esa ternura y esa humanidad de otros grandes maestros. Aquí no hay concesiones. menos aún que con Klemperer: el sonido de Sir John es mucho menos granítico, menos masivo, más áspero, mucho menos entroncado con la "gran tradición germánica". Por otra parte: mientras el de Breslau cargaba de sesuda hondura filosófica a su recreación, y por ende se mantenía a cierta distancia del sufrimiento que destilan los pentagramas, aquí solo hay espacio para el dolor. La Sinfónica de la BBC se encuentra a distancia de las grandísimas orquestas que han grabado esta página, pero que aún así realiza una formidable labor bajo una batuta que la trata con mano maestra. Cuestiones expresivas aparte, ¡qué técnica la de Barbirolli! Escuchen el cuarto movimiento: ni un solo director, Klemperer incluido, lo ha desmenuzado con tan increíble claridad. Y probablemente nadie ha cantado con mayor inspiración el tema sacado de Las criaturas de Prometeo, ni lo ha integrado con mayor coherencia en un todo que, aun manteniendo la más depurada elegancia en la exposición, desprende tremenda potencia sonora y expresiva. En HD suena de escándalo. (10)

 


10. Kubelik/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1967). Una recreación impresionante que, no siendo especialmente desgarrada ni visionaria, seduce y emociona por la naturalidad con la que fluye, por la comunicatividad de la batuta, por la flexibilidad del fraseo y por la plasticidad con la que está manejada la orquesta, cuyo sonido oscuro paradójicamente le sienta muy bien al terciopelo habitual en Kubelik. Todo ello adoptado un punto de vista humanístico y lírico que sabe alcanzar dramatismo en la marcha fúnebre y también el adecuado carácter dionisíaco y festivo en el último movimiento. (9)

 


11. Barshai/Orquesta Sinfónica (Melodiya, 1969). Aquí se ponen en primera línea el ímpetu rítmico, la incisividad y la electricidad de las líneas melódicas, admirablemente clarificadas, así como un sentido combativo que renuncia a la frivolidad, mientras que se ven relegadas la sensualidad, la emotividad lírica y el sentido humanístico. En general la versión tiene empuje, perfecto control y el adecuado carácter combativo y escarpado, pero le faltan claramente la emotividad y la dimensión humanística necesarias para ofrecer una visión realmente completa; resulta demasiado unilateral, poco comunicativa y algo desangelada, sobre todo en los dos primeros movimientos. El tercero está muy bien y el cuarto está admirablemente planificados, terminando en una coda muy briosa. La orquesta funciona relativamente bien, con algunas debilidades en los metales, y suena con una atractiva aspereza. (6)

 

12. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1971). No hay sorpresas aquí: el maestro hace de sí mismo. Magnífico su primer movimiento:intenso, portentosamente sonado y muy tenso. El segundo, soberbiamente sonado y trazado, resulta superficial, deplegando más brillantez y rotundidad que pathos. El tercero y el cuarto son cálidos y comunicativos, quedándose un tanto en la superficie. Impresionante la sonoridad de la orquesta y la seguridad del trazo de la batuta. En cuanto a la filmación, el narcisismo de este señor no conocía sentido de ridículo. (7)

 


13. Kempe/Filarmónica de Munich (EMI, 1972). El tantas veces infravalorado maestro sajón, por lo general espléndido en este repertorio, nos ofrece una lectura de perfecto equilibrio entre nobleza, lirismo y garra dramática, maravillosamente paladeada y sutilmente acentuada, con un segundo movimiento más emotivo que desgarrado y un cuarto que, sin llegar a lo visionario, despliega grandeza sin retórica ni pesadez alguna. (9)

 

14. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG Bluy-ray Audio, 1975-77). Más de lo mismo. Aun de enfoque antes épico que dramático, el primer movimiento resulta admirable por su empuje bien controlado, por la portentosa plasticidad con que están tratadas las masas sonoras –empaste perfecto, robustez sin excesos, densidad sin merma de la claridad–, por su brillantez bien entendida y, sobre todo, por la convicción que desprende. Menos bien funciona la marcha fúnebre, sensualísima en la sonoridad e increíblemente bella en su canto, pero poco o nada rebelde en sus clímax, menos aún visionaria: más bien pacífica y resignada, cuando no erróneamente opulenta. El scherzo está dicha con una perfecta mezcla de músculo y elegancia, aun sin resultar del todo electrizante. Y toda la primera mitad del Finale resulta luminosa, jovial y optimista a más no poder para luego decantarse por la grandilocuencia glorificadora, sin rastro de la tragedia anterior ni de pliegues expresivos: a Napoleón le hubiera encantado. Excelente sonido en Blu-ray audio. (7)

 

 

15. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD y Blu-ray audio DG, 1978). Aunque el idioma es irreprochable y la orquesta está trabajada con mano maestra, la lectura resulta algo deslavazada. El primer movimiento alcanza momentos de mucha fuerza, pero no destila la necesaria desazón en los pasajes líricos; da incluso la impresión de que la planificación es algo tosca. La marcha fúnebre, más introvertida que rebelde, parece algo escasa de fuelle, incluso más tristona que doliente, aunque es imposible no dejarse seducir por la redondez y belleza de las trompas en los momentos más encrespados. Flojísimo el scherzo, soso y desganado. Por fin en el cuarto, aun con altibajos, Bernstein hace gala del entusiasmo en él esperable. ¡Y qué bellísimo canto de las maderas! Impresionante la toma en Blu-ray audio. (7) 

 


16. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1978). Aunque la elegancia, la naturalidad y la claridad sean asombrosas –revelador juego de maderas en el primer movimiento–, parte de la interpretación se ve lastrada por una extraña blandura, sobre todo en el primer tema del primer movimiento y, sorprendentemente, en un scherzo dicho con elegancia y con la misma admirable depuración sonora de la que el maestro italiano hace gala a lo largo de toda la obra, pero escaso de fuerza y vitalidad. La marcha fúnebre comienza algo tristona, pero luego adquiere la suficiente elocuencia poética. Obviamente Giulini no pretende ofrecer una lectura rebelde o escarpada de esta música, sino más bien esa mezcla de dolor, reflexión y sentido humanístico, revestida siempre de la más exquisita belleza formal y contenida en todo momento por un desarrolladísimo sentido de la mesura digamos “clásica”, que caracteriza su personalidad interpretativa. El último movimiento, expuesto perfecta lógica y admirable transparencia, vuelve a ser antes apolíneo que dionisíaco y llega a resultar un punto distanciado, lo que no le impide al maestro alcanzar verdadera excelsitud lírica en la variación nº 9 (¡escuchen desde 6’47’’!) y luego alcanzar enorme grandeza en la nº 10, cuya atmósfera digamos “gótica” (desde 11’23’’) también se encuentra admirablemente conseguida. La coda está llena de fuerza sin necesidad de ceder al arrebato. Lo que sí entusiasma es la toma sonora, ya espléndida en origen y ahora impresionante en formato HD. (8)

 

17. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1987). Es muy dudoso que la sonoridad de esta interpretación sea verdaderamente beethoveniana tomando como referencia la tradición centroeuropea –y no digamos a la escuela historicista–, como también lo es que el maestro rumano sintonice con el contenido expresivo de la partitura. Por momentos su recreación suena sin la garra dramática y la electricidad necesarias, en exceso suave, incluso –arranque de los movimientos impares, alguna de las variaciones del cuarto– un punto blanda. Sin embargo, es difícil sustraerse de su fraseo flexible, natural y efusivo, de su hermosísimo legato, de su cálido empaste en el que todas las voces como principal bondad de su apuesta, de la profunda reflexión humanística que alberga una marcha fúnebre nada rebelde, pero de singular hondura. (8)

 

18. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1987). Esta fue en su momento una importantísima interpretación, porque con ella el maestro holandés demostró que se podía renovar profundamente la sonoridad de esta música sin que, al contrario de lo que habia ocurrido con las propuestas historicistas más pioneras, se perdiese la esencia expresiva de Beethoven. De este modo, Brüggen supo ofrecer con instrumentos originales una magníficamente planteada interpretación, sobria, dramática y por completo ajena a la retórica vacua, puesta en sonidos con una rusticidad de lo más atractiva que decía bastantes cosas nuevas. Eso sí, nunca ha sido precisamente Brüggen un intérprete cálido ni especialmente rico en la expresión: cierta sosería expresiva termina lastrando los resultados. (8)

 


19. Dohnányi/Orquesta de Cleveland (Telarc, 1988). Nos encontramos aquí ante una interpretación realizada de un solo trazo, sin altibajos ni puntos muertos, sincera, muy musical y estupendamente tocada, que se caracteriza por su fuerza, impulso y entusiasmo bien controlados, en la que sobresale la tensión dramática de la marcha fúnebre. Faltan, no obstante, ideas que aporten claroscuros al resto de los movimientos, un tanto unilaterales en su brío y su luminosidad, no del todo paladeados y un tanto rígidos, pese a que aparecen en algunos momentos matices que demuestran que el maestro sería capaz de ofrecer ideas inteligentes si hubiera trabajado a fondo la partitura. Toma sonora algo turbia. (8)

 

20. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1989). No es este el más feliz testimonio de quien fue un inmenso beethoveniano. Primer movimiento decidido, enérgico, con mucha garra, pero un tanto cuadriculado, poco flexible, algo epidérmico. El segundo está llevado con muy buen pulso, pero falta el trasfondo humanista y de nuevo se echan de menos imaginación y flexibilidad. Tercero vibrante aunque algo expeditivo, al menos en el trío. El cuarto, vistoso y encendido, resulta epidérmico en el peor de los sentidos: pocos matices y escasa hondura. Las dinámicas tienden al forte y se encuentran poco matizadas, aunque a nivel técnico sea difícil superar en virtuosismo a los chicagoers. (7)

 

21. Harnoncourt/Orquesta de Cámara de Europa (Teldec, 1990-91). El ciclo beethoveniano de Harnoncourt fue atrevido en sus planteamientos –mezcla de instrumentos antiguos y modernos, renovador equilibrio de planos sonoros, expresión altamente dramática– y abrió una nueva vía interpretativa, pero los resultados fueron muy irregulares. Esta Heorica flojeó de manera considerable: aunque la velocidad de los tempi impide que decaiga la tensión y la incisividad harnoncourtiana resulte muy atractiva, la rutina se impone muy por encima de determinados ataques de violencia y la interpretación, plana, poco matizada en lo expresivo e insincera, se termina haciendo muy aburrida. En cualquier caso, mejor los dos últimos movimientos que los primeros, francamente mediocres. (6)

 


22. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (Philips, 1991). Hay nobleza, flexibilidad y naturalidad en el fraseo, así como una enorme elegancia y una renuncia a cualquier efectismo dentro de una visión clásica, muy equilibrada, algo otoñal, ajena al arrebato y siempre comunicativa, beneficiada por una orquesta de hermosísimo sonido, pero Sir Colin  no termina de calar en el significado de la sinfonía. Al primer movimiento le falta tensión dramática. El segundo resulta algo tristón y apagado. El tercero sí está muy bien. Al cuarto, siendo notable, no termina de darle unidad. (8)

 


23. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (DG, 1993). El británico lo tuvo siempre claro: hacr el Beethoven de Toscanini con instrumentos originales: rapidez en los tempi,  rigidez, sequedad, gran tensión dramática y absoluto desinterés por los aspectos "góticos" de la página. Se queda en la epidermis de la obra, claro está, pero la versión está tan bien realizada –salvando los apuros de las trompas– y despliega tanta energía que termina enganchando. (7)

 

24. Barenboim/Filarmónica de Berlín (DVD TDK y Blu-ray Euroarts, Versalles, 1997). En el primero de sus registros de la obra el de Buenos Aires hace gala, como no podía ser menos, de un irreprochable lenguaje beethoveniano y de una perfecta sintonía con el contenido expresivo de la partitura, a la que aborda con decisión, sentido dramático y no poco amargor. Saca excelente partido del sonido robusto de la orquesta –impagable la cuerda grave– y de la musicalidad de sus solistas, sabiendo al mismo tiempo mantener el pulso, el equilibrio polifónico y un fraseo siempre flexible y natural. La cuestión es que esta lectura un tanto adusta será enriquecida en sus acercamientos posteriores no solo con un grado superior de inmediatez y tensión sonora, sobre todo en una marcha fúnebre que él mismo sabrá llevar al borde del abismo, sino también con mayores dosis de calidez, lirismo e incluso sentido del humor, lo que no impide que el último movimiento de esta interpretación versallesca sea ya formidable. La imagen el BR ha ganado considerablemente en definición con respecto al DVD, pero los colores parecen un punto saturados. (9)

 

 

25. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Teldec, 1999). Ahora sí, todo es extraordinario: desde el idioma de la batuta hasta la ejecución de la orquesta, pasando por el análisis de texturas y colores, la arquitectura global, la efusividad del fraseo y la imaginación aplicada en la agógica, siempre dentro de un enfoque rebelde y dramático en el que, pese a todo, no hay descontrol alguno sin pérdida de la belleza sonora. Impresionante la toma si se la escucha en alta definición. (10)

 

26. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (YouTube, Japón, 2002). Como su grabación para Philips, rresulta admirable el planteamiento, sobrio, dramático y rebelde del maestro holandés, capaz de encresparse en la marcha fúnebre y de resultar entusiasta y dionisíaca en el cuarto movimiento, siendo magnífico también el tercero por su empuje y rusticidad bien entendida. Eso sí, de nuevo se echan de menos algo de vuelo lírico y emotividad, sobre todo en el primer movimiento. La coda final resulta atropellada. (8)

 


27. Rattle/Filarmónica de Viena (EMI, 2002). Lectura pseudohistoricista de tímbrica afilada e incisiva, tempi premiosos y gran agilidad que destaca por su extrovertido primer movimiento, trazado con ímpetu y gancho. La marcha fúnebre carece de atmósfera y poso dramático, buscando epatar con los decibelios y con la teatralidad, pero sin resultar sincera. Ágil y muy dinámico el scherzo, pero también un tanto frío, incluso demasiado calculado. En el último movimiento hay claras aportaciones historicistas, entre ellas alguna sonoridad estridente que no viene mal, pero de nuevo el problema es la superficialidad de la batuta, que puede llamar la atención con su brillo pero a la que le falta poesía, imaginación y sinceridad. (6)

 


28. Antonini/Kammeorchester Basel (Sony, 2006). Radicalizando los planteamientos de Harnoncourt, pero sin poseer el modo alguno el talento de este, el maestro italiano propone una interpretación enérgica y toscamente planificada, parca en cantabilidad, basada casi exclusivamente en tempi muy rápidos y en efectistas –pura brocha gorda, nada de minusiosidad en la planificación– contrastes dinámicos. Los matices expresivos brillan por su ausencia. La orquesta no es mala, pero la cuerda suena demasiado canija y los metales no se muestran siempre seguros. Al menos la claridad no se ve empañada y se ofrece una interesante incisividad. Lo mejor, un dinámico tercer movimiento, con unas trompas adecuadamente rústicas, destacando asimismo la entusiasta coda del finale. El resto es muy plano y aburre. (4)

 


29. Tilson Thomas/San Francisco (DVD Keeping the Score, 2006). Gran fiasco: el documental adjunto es magnífico, pero la interpretación deja mucho que desear. La arquitectura es buena, como también la seguridad del trazo, la claridad y el virtuosismo, y desde luego la batuta se mantiene ajena a la pesadez, a la retórica y al efectismo, pero el trasfondo humanístico no aparece, e incluso en el último movimiento se cae en cierta frivolidad. Además, quizá por influencia de la escuela historicista, la sonoridad es un punto ingrávida. Tampoco los primeros atriles resultan muy musicales. (5)

 


30. Herreweghe/Royal Flemish (Pentatone, 2007). Otras veces deplorable en Beethoven, el maestro flamenco logra ofrecer una interpretación magníficamente sonada y entusiasta que sabe asimilar de las aportaciones historicistas sin caer en la sequedad ni la incisividad de otros directores. Ahora bien, se echa de menos esa comunión espiritual tan difícil de conseguir con el contenido expresivo de la obra, sobre todo en un segundo movimiento carente de pathos y en un final vistoso pero rutinario, sin personalidad ni creatividad. (7)

 


31. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Decca, 2009). Ayudado por una orquesta en excelente forma, el milanés decide renunciar a la tradición centroeuropea, y más concretamente a la flexibilidad en el manejo de la agógica y al peso concedido a los silencios, para ofrecer una lectura mucho más rápida que lo acostumbrado, enérgica, llena de electricidad, vibrante, aunque no por ello tosca ni precisamente escasa de claridad y virtuosismo. El problema es el que resultado se antoja muy precipitado, parco en vuelo lírico, en cantabilidad y en emotividad, también en sentido del humor –cuarto movimiento–, mientras que los aspectos trágicos de la partitura –marcha fúnebre– resultan todo lo vistosos que se quiera, pero superficiales, insinceros y de cara a la galería. (6)

 

32. Barenboim/WEDO (Decca, 2011). Yo estuve allí, en la Philharmonie de Colonia. Me pareció la mejor interpretación que yo había escuchado hasta la fecha. No sé si sigo opinando lo mismo, pero rotundamente afirmo que ninguna otra lectura fonográfica me parece más perfecta aún que esta. ¿Y cómo es eso posible? Por lo equilibrado del planteamiento: se podrán preferir versiones más vibrantes y teatrales, tambien más filosóficas, o más nihilistas –véanse las reseñas correspondientes más arriba–, pero es difícil alcanzar una más admirable fusión entre los aspectos dramáticos, escarpados y visionarios de la página, que eran los más atendidos en los anteriores acercamientos del propio maestro, y los que tienen que ver con el lirismo, la elegancia, la sensualidad y hasta la luminosidad, es decir, entre lo dionisíaco y lo apolíneo. Todo ello lo expone Barenboim con una pasmosa naturalidad, con belleza grande pero en absoluto narcisista, con una particular flexibilidad e imaginación en el tratamiento de la agógica, con un perfecto control del discurso y en perfecta complicidad con una orquesta que, sin ser de primera, ofrece un sonido beethoveniano ideal para la obra. Modélica la toma (10)

 

33. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (The Grand Tour-Glossa, 2011). El holandés vuelve a acertar al aunar la sonoridad completamente historicista de su magnífica orquesta con un planteamiento expresivo completamente tradicional, sin caer en liviandades, en agresividades innecesarias, en rigideces y en otras señas propias de una mala interpretación de los planteamientos filológicos. Por desgracia, no solo no logra inyectar la calidez y el vuelo lírico que debe a los pentagramas, sino que tampoco logra tensar la arquitectura con la solidez debida. El primer movimiento sería magnífico si no fuera por determinados altibajos que rompen la continuidad del discurso; al segundo le faltan densidad y fuerza visionaria; el tercero está bastante bien y en cuarto las variaciones están tratadas con éxito desigual, siendo de apreciar el sentido del humor un tanto socarrón del director. (7)

 

34. Barenboim/WEDO (DVD Decca Proms 2012). Con respecto a su registro en audio del año anterior, esta lectura resulta más apolínea y contemplativa, y por ello mismo algo menos tensa en algunos pasajes. Pero esto no impide que los clímax alcancen una fuerza abrumadora, que la sección final de la marcha fúnebre alcance una magia insuperable y que, en conjunto, se trate de una grandísima lectura que sabe conciliar belleza sonora, humanismo y garra dramática sin necesidad de adoptar la adustez de un Klemperer, ni de jugar con la agógica como lo hacía un Furtwaengler. Increíble la riqueza de matices tan sutiles como expresivos, la cantabilidad del fraseo –natural, hermosísimo– y la sonoridad puramente beethoveniana que Barenboim extrae de la orquesta. Por cierto, enorme el granadino Ramón Ortega, oboe principal de la Sinfónica de la Radio de Baviera, en sus numerosas y muy decisivas intervenciones. A él se debe en no poca medida el éxito de esta interpretación que finaliza con una coda muy fogosa. (10)

 


35. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Accentus, 2013). Esta es una recreación que irritará a los admiradores del Beethoven denso, visionario, al mismo tiempo visceral y filosófico, que va desde Furtwaengler hasta Barenboim, pero que también puede poner de los nervios a los que le gustan la rusticidad, el nervio y el férreo impulso rítmico de los Gardiner, Harnoncourt y compañía. Es verdad que de la escuela historicista el milanés adopta un vibrato reducidísimo y un claro interés por aligerar texturas, pero ahí acaban los parecidos. Porque lo que caracteriza esta Heroica es la extrema suavidad tanto sonora como expresiva pretendida (¡y plenamente conseguida, que para eso poseía una técnica de batuta portentosa!) por el veterano maestro. De poco sirve que las sonoridades sean de una belleza incomparable, que el fraseo sea amplio y cantable, que las líneas discurran con tanta fluidez como cantabilidad, que los planos sonoros estén perfectamente delimitados y que las dinámicas alcancen un asombroso grado de matización: el empeño en que todo resulte delicado, aéreo, acariciador de los oídos, domesticado, bonito en el peor sentido del adjetivo, termina generando una versión superficial, insulsa, aburrida y rayana con la cursilería. Eso sí, la toma sonora en DTS HD-Master Audio posiblemente sea la mejor que jamás haya recibido esta obra. (4)

 


36. Emelyanychev/Nizhny Novgorod Soloists Chamber Orchestra (Aparté, 2017). En principio, el planteamiento de este Beethoven es muy similar al de Harnoncourt: orquesta reducida de instrumentos modernos, pero con trompas y trompetas naturales, un equilibrio de planos que favorece a vientos y percusión frente a la cuerda, y una articulación “históricamente informada” de gran incisividad en la que interesa mucho antes el vigor rítmico que el legato o la delectación melódica. Pero Emelyanychev se limita a correr todo lo posible inyectando fuerza, vigor y mucha electricidad sin detenerse en otras consideraciones. No es solo que las melodías no estén cantadas con holgura ni delectación; que no haya humanismo ni hondura reflexiva; que no se aprecie ese lirismo agridulce que esta música necesita. Lo grave es que el imponente mural beethoveniano está pintado con brocha gorda. La exposición es de una vulgaridad aplastante. El tratamiento orquestal es opaco, incluso confuso en los fortísimos. El tratamiento agógico y dinámico, de una tosquedad que echa para atrás. Las tensiones no avanzan con sentido orgánico: cuando hay que alcanzar un clímax, se limita indicar sus músicos que toquen lo más fuerte posible. Las transiciones están descuidadas. Los silencios no tienen peso. Los matices son escasos, aunque para aparentar expresividad el director coloca aquí y allá acentos “cortesía H.I.P.” que resultan forzados. Los timbales sobreactúan a discreción, mientras que las trompas rajan que da gusto. En fin, los dos primeros movimientos de la obra me parecen recreados de manera deplorable. Reconozco, sin embargo, haber disfrutado relativamente del tercero: la frescura y el descaro con que el maestro lo aborda llegan a enganchar, pese a los “problemillas” de las trompas. Y el cuarto no sería del todo malo si no fuera porque Emelyanychev se reserva lo más horripilante para él: cuando el tema es cantado por los primeros atriles de la cuerda (a partir de 0:46), estos se ponen en plan “historicismo pleno” y emiten un sonido idéntico al de una camada de gatos exigiendo su desayuno. Puro maullido. (2)

 


37. Nelsons/Filarmónica de Viena (DG, 2019). La interpretación se encuentra no solo todo lo maravillosamente tocada como es de esperar de una orquesta de semejante categoría, sino también admirablemente construida por parte de una batuta que sabe frasear con naturalidad y holgura manteniéndose ajeno a precipitaciones, planificar de manera irreprochable la línea de tensiones y distensiones, regular los planos sonoros, resolver las transiciones y ofrecer un perfecto equilibrio entre transparencia y músculo sonoro al tiempo que despliega una sensualidad tímbrica para derretirse. Pero la óptica apolínea de Nelsons aquí no funciona, ya desde un primer movimiento que, aun no faltando empuje ni ganas de comunicar, se queda bastante corto en lo que a carga dramática se refiere. Y la cosa ya va a mayores en una marcha fúnebre muy hermosa, llena de nobleza y de sentido humanista, mas por completo ajena tanto a la negrura y la congoja que a todas luces necesita como a los claroscuros dramáticos, a las tensiones extremas y, también, a un sentido de la rusticidad sonora aquí muy conveniente. Los dos movimientos postreros resultan irreprochables siempre que se acepte el enfoque “clásico” y nada agónico del maestro: la luz y la felicidad terminan despejando cualquier tiniebla. (7)

 

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