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sábado, 3 de octubre de 2026

Por una Huelga General

España atraviesa uno de sus momentos más cruciales de los últimos cincuenta años, como mínimo. Es el momento de comprometerse públicamente, y yo lo hago.


POR UNA VIVIENDA A PRECIO DIGNO

CONTRA EL RENTISMO (y los rentistas, que son muchísimos y a veces "de izquierdas")

CONTRA LAS POLÍTICAS DEL PP Y VOX

POR UNA HUELGA GENERAL



viernes, 24 de julio de 2026

Dedicado a Rodríguez Zapatero, la gran decepción

Ya saben, lo único que cantaba la Castafiore: el aria de las joyas de Fausto. Eas joyas que Mefistófeles dejó con toda la intención para arrastrar al infierno. Y Mefistófeles siempre se sale con la suya, por mucho que los que con él firman el pacto pongan carita de bueno.

martes, 25 de febrero de 2025

Se llama extrema derecha, estáis en ella y lo sabéis

Hay dos críticos musicales –no voy a dar pistas de su identidad, entre otras cosas porque probablemente ustedes no les conocen– con los que he tenidos problemas en los últimos días por cuestiones políticas. Uno de ellos no ha dejado de darme la vara con el presidente Pedro Sánchez, a pesar de que le he pedido repetidamente que deje el tema. El otro anda muy enfadado por la viñeta que pongo más abajo. Como profesor de Historia que soy, y creo que no mal conocedor de cómo se generan los fascismos –en el sentido más amplio del término, no en el que hace referencia al movimiento de Mussolini–, pienso seguir comprometiéndome con la causa democrática en este mundo en el que la extrema derecha avanza de manera feroz. Y eso significa, mal que le pese a algunos, utilizar los medios de comunicación que considere oportuno.

Ahora bien, no voy a escribir el largo texto que tenía pensado. Me limito a colocar la referida viñeta, que me parece magnífica, y a puntualizar tres cosas.

1) Criticar al gobierno de Pedro Sanchez no es fascismo, aunque esa afirmación la haya puesto en mi boca, de manera abiertamente manipuladora, uno de los dos críticos referidos. Criticar a este gobierno, o al que sea, es algo perfectamente legítimo en una democracia. Más aún: es necesario.

2) Decir que España vive ahora mismo una especie de dictadura, que Pedro Sánchez es un dictador y que la verdadera libertad es la de Isabel Díaz Ayuso –presidenta de la Comunidad de Madrid y amiga española de Javier Milei, para quienes me lean desde fuera– sí que es situarse en la extrema derecha; y significa, por ende, comportarse de manera no muy distinta a todas esas personas cultas, educadas, de clase media y en un tiempo democráticas que decidieron apoyar a un Mussolini o a un Hitler como "mal menor" como consecuencia del desencanto ante lo que los partidos democráticos estaban haciendo en sus respectivos países. Igualmente afirmo que decir, como se ha dicho, que la España del anterior gobierno derechista del PP era una dictadura y que la verdadera democracia estaba en Cuba o Venezuela era una mentira de las mismas dimensiones que esta otra, y que aquella colocaba a quienes la pregonaban –y siguen pregonando, aunque ahora sean pocos– en la más detestable extrema izquierda.

3) La mayoría de los políticos de este país me parecen respetables. Los de extrema derecha no me lo resultan en modo alguno. Son los homólogos españoles de Trump, Putin, Meloni o el citado Milei. No, rotundamente no me merecen el menor respeto. Ni ellos ni sus votantes, que son quienes alimentan al monstruo. Se llama "Paradoja de Popper", ¿saben?

Por supuesto, si a alguno de ustedes no les gusta lo que aquí he escrito no tiene más que no volver a abrir este blog. Nadie obliga a leerlo: son los lectores los que de manera voluntaria se pasan por aquí, por los motivos que sea. Espero que sepan comprenderme.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Constitución

Seis de diciembre, Día de la Constitución. Quizá haga falta recordar que lo que se celebra no es la Carta Magna de 1978 en sí misma, sino lo que esta representó en su momento: la llegada de la democracia tras una dictadura ultraderechista de cuatro décadas.

Dictadura encabezada por un general mediocre que, junto con otros miembros del ejército y el apoyo de fascistas, carlistas, terratenientes, oligarquías financieras y buena parte del clero, dio un golpe de estado que condujo al país a una guerra de tres años unánimemente hoy considerada como pórtico de la II Guerra Mundial; que una vez terminada la contienda, y por puro deseo de exterminar físicamente a la oposición y establecer el régimen del terror, incurrió en el genocidio sistemático de 40.000 personas, al tiempo que encarcelaba y represaliaba a muchas otras; que devolvió los privilegios a los ricos mientras mantenía a la mayor parte del país en la miseria; que con toda comodidad se mantuvo en el poder gracias al contexto de la Guerra Fría, aunque jamás nos librara de ese comunismo soviético sin duda repugnante, pero que realmente nunca tuvo más interés por nuestro país que el logístico y crematístico; que no supo aprovechar la bonanza económica de los sesenta con ese desarrollo que, con toda justicia, se ha terminado conociendo como desarrollismo, por lo parcial y desequilibrado de su extensión; que manipuló a la juventud con un inmenso aparato propagandístico para crear una ciudadanía tan cobarde como obediente, para terminar recurriendo a la más dura represión policial cuando empezaron a soplar nuevos aires ideológicos; y que en modo alguno, con su designación de Juan Carlos I como sucesor en la jefatura del estado, tuvo la intención de facilitar una transición a la democracia.

Pero en ella, en la Democracia –así con mayúsculas, por muchos defectos que tenga– estamos. Y eso precisamente es lo que celebramos hoy, a pesar de que la palabra anda hoy en boca de quienes cada día disimulan menos su añoranza del régimen de Francisco Franco. Frente a ellos, y frente a su deseo de apropiarse de lo que es de todos y para todos, podemos decir hoy con orgullo VIVA ESPAÑA.

domingo, 19 de noviembre de 2023

La música no nos hace mejores

Tuve hace unos días el atrevimiento –insano pero a la postre acertado, por revelador– de asomarme por el Twitter de cierto crítico musical que ejerce su actividad tanto a nivel local como en una prestigiosa revista especializada de tirada nacional; crítico que suele presumir, en sus textos musicales, de objetividad y sensatez. Había llenado su red social de chulescos exabruptos hacia la izquierda, como en él es habitual, pero esta vez había algo distinto. No solo es que calificara al PSOE de golpista y tal: es que había ido retwitteando, uno a uno, nombres y fotografías de ciertos diputados socialistas rotulados con un significativo "YO VENDÍ ESPAÑA". Guardo pantallazos, por cierto, de los cuales pongo aquí uno con el rostro y el nombre borrados por mí.

Me pregunté entonces, y me pregunto ahora, si es verdad eso de que la intolerancia se cura leyendo. Y una vez más va a ser que no. Personas cultas y sensibles hacia el arte –también hacia una de sus vertientes más sublimes, la música clásica– pueden comportarse como auténticos neonazis, algo que se está sintiendo con claridad en estos días de extrema crispación política en los que se practica la más detestable cultura del señalamiento. Porque esas fotos y esos nombres no se cuelgan en internet de manera inocente, no señor.

Cierto es que semejante dinámica la abrió en la España reciente la izquierda, el partido Podemos para concretar, en sus tristemente célebres escraches. Pero ahora parece monopolio de la derecha, alcanzando unos niveles de considerable violencia verbal y de creciente acción física. Lo explica hoy El País en este artículo: llamadas de teléfono amenazantes, insultos cuando bajas de la oficina a fumarte un cigarro, acosos en cafeterías, gente que te espera con un pasamontañas en la puerta de tu casa, pintadas en las sedes del partido, huevos en las ventanas, silicona en las cerraduras, mierda en los pomos de las puertas... Y rotura de cristales, como en la Alemania de 1938. ¿Recuerdan? De momento, el límite se ha alcanzado con una agresión física aquí cerca de donde escribo, en Sanlúcar de Barrameda para concretar, y con una concejala del PP de un pueblo de Cuenca pidiendo para el presidente Pedro Sánchez un tiro en la nuca. Irá a más, seguro, porque con el éxito –incuestionable– de las manifestaciones en contra del nuevo gobierno muchos radicales se han quitado la careta y andan envalentonados.

Miro Twitter hace un rato y compruebo que el crítico arriba referido ha borrado sus mensajes políticos. Me alegro, aunque no sé si lo ha hecho motu proprio o porque alguien de la revista en que escribe le ha dicho que no pueden mantener una columna de opinión mensual (¡vaya con su columna, dicho sea de paso!) firmada por alguien que en sus redes sociales incita a la violencia ad hominen. Sea como fuere, lo que les quiero decir sigue vigente: quizá el pobre Daniel Barenboim se equivoca al seguir reivindicando la música como instrumento de paz, porque a la vista está que se puede amar a Bach intensamente y a la vez participar de manera activa en la escalada de violencia política. Lo que yo mismo he comprobado hace unos días en este blog, sin ir más lejos.

¿Y qué se puede hacer contra todo esto? ¿Callar y mirar hacia otro lado para que a ti no te señalen, esperando que se calmen los ánimos? No: eso se hizo con los totalitarismos de los años treinta y miren lo que pasó. La única salida es denunciar. Justo lo que hizo ayer Antonio Muñoz Molina en un magistral artículo (leer aquí) en el que, haciendo referencia a la manera en que cuando le tocó hacer el servicio militar se veía venir un golpe de estado que terminó llegando aquel inolvidable 23 de febrero de 1981, finalizaba con las siguientes palabras:

"Sobre la solidez de este Gobierno y la lealtad de sus precarios aliados nadie puede hacerse muchas esperanzas. Pero quien vivió en persona una dictadura se siente ofendido cuando oye llamar tranquilamente dictadura a este tiempo que ahora vivimos. Los que llaman golpe de Estado a la formación de un Gobierno nacido de unas elecciones escrupulosamente libres y de una mayoría parlamentaria son del mismo linaje de aquellos que estuvieron a punto de devolvernos a la barbarie de la tiranía en aquellos años de mi primera juventud, cuando casi nadie pensaba que la libertad recién ganada pudiera durar mucho tiempo."

Pues eso. La violencia solo puede ser atajada pacíficamente mediante la denuncia.

viernes, 17 de noviembre de 2023

Vuelve el fascismo a España

 "La idea de turno o juego político, ha sido sustituida para siempre, por la idea de exterminio y expulsión, única salida válida frente a un enemigo que está haciendo de España un destrozo como jamás en la historia nos lo causó ninguna nación extranjera".

Radio Jerez. José María Pemán, 24 de julio de 1936.  

Ayer Pedro Sánchez (PSOE) fue elegido presidente por una mayoría absoluta que salió de las urnas: repárese en que, en España, quien gana las elecciones no es necesariamente el partido más votado, sino aquel que logra consenso suficiente para sumar votos.

Hoy, la editorial del diario derechista El Mundo (leer), dice lo siguiente:

"Superada la investidura, es crucial que ni la oposición ni la sociedad civil se abandonen a la resignación."

¿Veremos los tanques en la calle? No creo que lleguemos a eso, al menos de momento. Pero sí me parece claro que la oposición está alimentando a un monstruo que acabará por devorarla. Los precedentes históricos son claros. Y no, no son únicamente las masas sociales desarraigadas las que se dejan llevar por las emociones fuertes que plantean estos nuevos fascismos. Son también personas cultas e inteligentes las que se apuntan a eso de que se ha cometido un golpe de estado (¡formar gobierno con mayoría absoluta!) y de que "el pueblo" ha de continuar "la resistencia en la calle". Entre ellas, numerosos lectores de este blog. Por eso está cerrado: a favor de la democracia y en contra de cualquier tipo de fascismo, entre ellos el de Santiago Abascal, Isabel Díaz Ayuso e incluso un cada vez menos moderado y más siniestro Alberto Nuñez Feijóo.

lunes, 13 de noviembre de 2023

Apoyo a Sánchez, y nadie tiene por qué insultarme

Tengo 52 años. Siempre he sido de izquierdas. No lo he ocultado. Pero nunca había detectado a mi alrededor, y no hablo ya de redes sociales sino de personas de mi entorno, un grado tal de agresividad hacia mi persona por cuestiones ideológicas. Unos se muerden la lengua y me dicen que no quieren hablar de política conmigo. Otros me provocan con lo del intento de asesinato del líder ultraderechista Alejo Vidal-Quadras –al final resulta que fueron los iraníes, pero ellos ya tenían claro que eran "los rojos"–. Otros me dicen que Pedro Sánchez es un "dictador" y un "psicópata". Y luego están los que me llaman aborregado y no sé qué cosas más.

Si esto está pasando es porque se ha llegado en España a un grado de crispación que no se había conocido en toda la democracia, y que ayer llegó a un punto de no retorno con las manifestaciones multitudinarias organizadas presuntamente para protestar por la amnistía para los independentistas catalanes que se prepara de cara a la formación de gobierno, pero que en realidad eran en contra la continuación de un gobierno de izquierdas. Y eso último es justo lo que han votado las urnas, toda vez que el bloque de PP y VOX, derecha y ultraderecha respectivamente, en modo alguno sumaba.

En su derecho están de manifestarse. Lo que no tienen es derecho a insultarme. Y no me parece razonable contribuir a la crispación diciendo este gobierno es golpista, que estamos en una dictadura o que esto no es lo que querían las urnas. Porque no se puede mentir con el mayor descaro del mundo, por mucho que lo hiciera Donald Trump cuando aquello de "si no gano yo, es que ha habido fraude electoral", y que hoy la ultraderecha haya enarbolado a nivel mundial las consignas de Paz y Libertad.

Golpe de estado, eso sí, es lo que querían algunos –quiero pensar que una minoría muy minoritaria– de los que se manifestaron ayer. Pero golpe de verdad, con los militares en la calle respondiendo a "la voluntad popular", justo a la manera de los pronunciamientos del siglo XIX. Algunos sindicatos de la Guardia Civil ya han insinuado que se prestan a ello, al tiempo que algunos obispos han mostrado su adhesión a la causa. Y todo ello basándose, faltaría más, en los elementos irracionales del ser humano, esto es, en la emoción pura que producen adhesiones y odios. La Patria y todo eso, ya saben.

¿Que se pueden discutir muchas cosas en la acción de Pedro Sánchez? Faltaría más. No seré precisamente el último en reconocerlo (aquí la editorial de hoy de El País, que suscribo en su integridad). Pero no me avergüenzo de ser de izquierdas, de votar al PSOE ni de apoyar el pacto de gobierno. Ni voy a dejar de rogar a toda esa gente que me rodea que deje de desdeñarme, de provocarme ni de insultarme por ello, porque no soy ningún borrego, ningún autoengañado ni ningún traidor. Si lo siguen haciendo, pensaré que los auténticos partidarios de golpes y dictaduras son ellos.

jueves, 8 de junio de 2023

"¿Qué viene la derecha?" No: viene la derecha

Tras la aplastante victoria de la derecha –y la consolidación de la ultraderecha– en las recientes elecciones municipales y autonómicas españolas, el presidente Pedro Sánchez ha convocado –lo explico para quienes leen desde fuera de España– elecciones anticipadas para el 23 de julio. Nos acusan a los de izquierdas refugiarnos en el consabido eslogan “¡Que viene la derecha!”. Pero no es exacto: la derecha viene. Ya está aquí, de hecho, y solo le falta acceder a la Moncloa. Viene y lleva unas grandísimas tijeras que también van a afectar, cómo no, a la cultura en general y a la música en particular.


Un siniestro síntoma de ello es el artículo que ha publicado hoy mismo la revista Scherzo escrito por Pablo J. Vayón, crítico y periodista que lleva semanas encabezando una monumental campaña contra la Sinfónica de Sevilla junto con su compañero del Diario de Sevilla Andrés Moreno Mengíbar. La lectura del artículo es de pago (aquí), pero supongo que les puedo decir que su título es “Algunas verdades incómodas”, que en el texto ataca de manera muy dura a la plantilla de la ROSS por sus reivindicaciones laborales y que concluye de la siguiente manera:

“(...) a nosotros, los exquisitos, el hecho nos debería hacer reflexionar: ¿hasta cuándo seguiremos exigiendo que la sociedad en su conjunto pague nuestras caras aficiones?”.

O sea, la consigna demagógica por excelencia del pensamiento autodenominado liberal, que yo prefiero llamar “de derecha extrema”. Ya saben, el estado tiene que limitarse a regular el mercado y a incentivar las iniciativas emprendedoras que generen riqueza. Quien quiera cultura, que se la pague de su bolsillo. Y si esa cultura es cara, que se aguante y escuche Spotify.

En fin, es el pensamiento que se va extendiendo de manera imparable y que, si somos verdaderamente democráticos, hemos de aceptar si se impone por las urnas. Ahora bien, tenemos todo el derecho del mundo a advertir de su presencia y de sus intenciones. Las tijeras vienen a acabar con mucho de lo que se ha construido en los últimos decenios, así que váyanse preparando. Y como al señor Vayón –claramente visibilizado en su pensamiento de política cultural tras estos últimos artículos– los del gobierno que va a entrar le den un carguito, vamos a cargarnos vivos todos. O casi todos.

PD. No se admiten réplicas liberales a esta entrada. ¡Hasta ahí podríamos llegar, después de lo que están haciendo!

sábado, 15 de abril de 2023

Furia neoliberal

Dos modelos, perfectamente aplicables al mundo de la música clásica en general y, ahora que las hordas neoliberales braman con especial furia, a la Sinfónica de Sevilla en particular. Aunque no solo a ella.

 

MODELO A

Convicción de que determinados productos culturales extremadamente costosos deben, no por su capacidad para “hacer pasar el rato” sino por sus valores históricos y humanísticos, ponerse al alcance de todo el mundo mediante una sustancial intervención del Estado. ¿Cómo se consigue esto? Pues con una sólida política fiscal –recaudando más entre los que más tienen–, una administración racional de los recursos y buscando como complemento una atractiva ley de mecenazgo. Esas cosas hay que hacerlas, y hacerlas bien.

MODELO B

Convicción de que resulta injusto que entre todos haya que pagar los “gustos exquisitos” de una minoría, sean estos los que fueren, y que por ende hay que reducir al mínimo la intervención estatal. La iniciativa privada ha de llevar la voz cantante, y quien quiera cultura, que se la pague.

 

Yo defiendo abiertamente el primer modelo: los grandes bienes musicales del pasado deben ser conocidos y admirados por todo el mundo, para nuestro enriquecimiento como seres humanos y como colectivo cultural. El segundo me parece clasista y de un egoísmo revelador: si usted desea escuchar música sinfónica en directo, rásquese el bolsillo con un abono de Ibermúsica o similar; si no le es posible, confórmese con escuchar Spotify, que es gratis. Los teatros y las salas de conciertos son para las élites. ¡Qué le vamos a hacer si usted no puede costearse una butaca, ni siquiera una con visibilidad reducida, en el Teatro Real! Haber nacido rico, hombre.

La pregunta es: ¿por qué los que defienden a uñas y dientes el segundo modelo no lo reconocen abiertamente y prefieren ocultarse bajo los viejísimos mantras de “no nos lo podemos permitir”, o “la culpa es de los trabajadores, que son unos vagos”? 

 

Fotografía de Derek Gleeson. - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=15602176

miércoles, 2 de marzo de 2022

Desea lo mejor, espera lo peor...

La gran víctima de este conflicto bélico es el pueblo ucraniano. Pero no la única. Hoy quiero acordarme de la población rusa. Dentro de ella, sobre eso parece no haber duda (¿verdad, Gergiev?), hay quienes son partidarios del militarismo expansionista, pero también millones de personas que no hacen sino pagar las consecuencias de las acciones de Vladimir Putin y de la élite financiera que apoya su dictadura. 


Está escrito en la historia de Rusia. Ya lo dijo Mel Brooks en la letra de la canción Hope for the Best, Expect de Worst, de aquella película llamada El misterio de las doce sillas que protagonizaran Frank Langella y un inolvidable Ron Moody. Allá por 1970 no había manera de adivinar el futuro, pero sí de intuirlo. La nación de Tolstói está condenada a sufrir a un canalla tras otro. Por cierto, ya se darán cuenta de la música no se debe precisamente del director de la cinta, aunque tampoco sea –eso también lo saben ustedes– de Johannes Brahms.



domingo, 27 de febrero de 2022

Netrebko, Gergiev, Putin, Dudamel...

Finalmente Anna Netrebko, putiniana de toda la vida, nos ha sorprendido a todos con una declaración (leer aquí) oponiéndose a la guerra. Pero la diva rusa añade, en clarísima referencia a su mentor Valery Gergiev, que “no se puede forzar a ningún artista, ni a ninguna figura pública, a dar a conocer sus opiniones políticas ni a denunciar a su patria”. Te equivocas, querida Anita. Hay algunas ocasiones, afortunadamente muy pocas, en que sí se puede. Es justo lo que ocurre cuando un país invade a otro violando la legalidad internacional e inicia un conflicto que va a causar muerte y destrucción a gran escala, además de infinito sufrimiento –represión, pérdida de hogares, deportaciones– a muchísimas personas inocentes. Y no digamos cuando el líder de los invasores amenaza a quienes pretendan ayudar a sus víctimas con iniciar una guerra nuclear.

El posicionamiento público ya resulta por completo irrenunciable, oh gran diva del Mariinski, cuando en tu carrera ha sido fundamental el apoyo económico y logístico del criminal en cuestión y tú has aireado siempre a los cuatro vientos tu apoyo a la política de ese señor.


Por otra parte, la ideología política no es necesariamente algo privado. No tiene que ver con si eres del Madrid o del Barça, de León de Aranoa o de Almodóvar, de la cerveza Alhambra o de la Cruzcampo. Ideología política es tu postura ante cómo debe funcionar las relaciones entre los seres humanos y las sociedades que estos conforman. Cuando está muriendo mucha gente por la avaricia de unos pocos, cuando el sufrimiento va a ir a más y cuando se vislumbra la posibilidad real de que iniciemos la mayor conflagración que jamás se haya conocido, si quien se ha posicionado muchas veces a favor del agresor no lo hace ahora, está dando a entender que apoya lo que está haciendo. Por eso mismo ninguno de nosotros puede consentir, señora Netrebko, que ese mal director y mala persona que es Valery Gergiev acuda a Occidente a ser aplaudido. Porque él mismo ha escogido ser cómplice del genocidio.

Afortunadamente, muchos de los artistas importantes en el campo de la clásica sí han tomado partido declarado. También rusos, como Kirill Petrenko o Alexander Melnikov. Y Gustavo Dudamel, tan vinculado en otros tiempos a un régimen que, bochornosamente –aunque no inesperadamente–, se ha puesto a favor de Vladimir Putin. La Segunda sinfonía de Mahler que dirigió anoche la dedicaron, él y la Filarmónica de Berlín, a los fallecidos en la contienda. Quiero volver a verla cuando la pongan en 4K, porque la transmisión de la Digital Concert Hall estuvo plagada de clics, pero adelanto que el último movimiento no solo me pareció superior a los cuatro anteriores, sino también uno de los mejores (¿el mejor?) que yo haya escuchado.

PD. La foto está tomada de aquí.

viernes, 25 de febrero de 2022

Con Ucrania

Sí, ya sé que el compositor es ruso. Y que por aquellas fechas a este territorio se le conocía como “Pequeña Rusia”. Pero esta preciosa obrita, con su homenaje al folclore local, me parece una buena manera de mostrar mi solidaridad a una nación, la de Ucrania, que está siendo pisoteada por un gobierno repugnante desde cualquier punto de vista.

 
Traigo esta Sinfonía n.º 2 de Tchaikovsky, Ucraniana, en interpretación de Yevgueni Svetlánov y la Orquesta Sinfónica de la Federación de Rusia registrada en junio de 1993. Personalísima y tal vez genial, aunque no poco discutible en lo que al segundo movimiento se refiere: increíblemente lento, revelador desde el primer hasta el último compás, creativo a más no poder –recuerda a las maneras de Celibidache–, muy alejado del carácter algo frívolo con que suele sonar, pero por momentos algo más suave de la cuenta. El resto es menos heterodoxo, y aunque se puedan preferir enfoques más rústicos, de mayor nervio e incisividad, es difícil no rendirse ante el fraseo cálido, elocuente, lleno de nobleza al tiempo que de pathos, de densidad y de fuerza trágica, por no hablar de la plasticidad en el tratamiento de la cuerda –soberbia, no así los metales– y de la portentosa disección de todas y cada una de las líneas del entramado sinfónico.

Desde aquí, mi solidaridad con el pueblo ucraniano y con cualquier otro que sea agredido violando la legalidad internacional.

domingo, 23 de enero de 2022

¿Volverá Pemán al Villamarta?

El líder del Partido Popular en Jerez de la Frontera ha solicitado al consistorio que se vuelva a colocar en el Villamarta el busto de José María Pemán (1897-1981) que durante el reciente periodo en que los populares gobernaron en la ciudad fue colocado en el hall del referido teatro.

Me parece oportuno traer aquí las palabras pronunciadas por el escritor gaditano el 24 de junio de 1936 en Radio Jerez (el subrayado es mío):

“La Guerra con su luz de fusilería nos ha abierto los ojos a todos. La idea del turno político ha sido sustituida para siempre por la idea del exterminio y expulsión, única válida frente a un enemigo que está haciendo en España un destrozo como jamás en la Historia nos causó ninguna nación invasora”.

¿Hacen falta añadir algo? Ah, sí: también piden que le pongan un busto a Manuel Alejandro.

sábado, 11 de diciembre de 2021

La libertad de Ayuso, la libertad de la Iglesia y la conspiración judeo-masónica

Ayer me decía un amigo que la tercera dosis no es más que parte de la agenda de Soros para el 2030. Ya saben, el nuevo orden mundial: destruir la civilización cristiana, acabar con el matrimonio natural, extender la ideología de género y todo eso. Que detrás de todo ello están Satanás, la masonería y el comunismo. Y que no piensa vacunarse.

Durante años he aguantado su ideología nacionalcatólica por cariño. Pero estando enfermo y muy dolorido por el maldito bicho decir esto me ha parecido una falta de consideración hacia mí. No, no puedo escuchar estas cosas en medio de la enfermedad; particularmente que afirme que la tercera dosis es un fraude, cuando esta ha salvado la vida de mi querida madre. Así que he decidido cortar la amistad. Y le he recordado que cuando lleguen los suyos al poder y le den a él, muy bien situado en los círculos intelectuales de mi localidad, el mismo cargo que le dieron en su momento a su queridísimo José María Pemán –depurar al profesorado por su ideología–, no se olvide de ponerme el primero en la lista, cosa que hará con agrado: muchas veces él, indisimulado y rendido admirador de Francisco Franco, me ha dicho que adoctrino a los alumnos.


No crean que el asunto es broma. Hay mucha, muchísima gente a la que le gustaría verme perder el empleo. El crítico Pablo J. Vayón sin duda sería uno de ellos: sus diatribas conmigo hace años en este blog dejan bien clara su ideología extrema, auténtica posverdad de Trump-Ayuso, así como su profunda aversión hacia mi persona y mi pensamiento. Otro sería el lector Nemo, que me dijo literalmente algo así como que yo no debería impartir clases para no manipular a los niños.

Voy a hablarles claro. El actual gobierno de España me gusta regular. Detesto profundamente el comunismo, estoy en contra de los separatismos nacionalista y me repugna Bildu. Pero ahora mismo España, pese a todo, es un país democrático y con libertad. Auténtica libertad. Lo que he leído a Vayón de que nos gobierna la extrema izquierda populista es una mentira tan risible como lo son sus críticas musicales "históricamente informadas" en Diario de Sevilla.

En cuanto a lo de la inexistencia de libertad religiosa en España, es otro embuste mucho más inmenso aún: ¿de verdad alguien se cree eso en un país en el que se celebran oficialmente todas las grandes fiestas católicas, donde cientos de miles de niños reciben catequesis en las escuelas públicas (encubierta como religión, pero es catequesis) con profesores contratados a dedo por la Iglesia pagados por el estado, y en el que esa misma iglesia recibe anualmente una subvención millonaria?

En lo que se refiere a las medidas coercitivas por parte de las autoridades en esta crisis sanitaria, no son sino las imprescindibles para que la gente no haga más barbaridades que ponen gravemente en riesgo la salud de los demás. La "libertad" de Díaz Ayuso y del resto de la ultraderecha es justo lo contrario de lo que en teoría expresa la palabra. Porque lo que reivindican es la desinhibición del estado para que impere la ley del más fuerte. A nadie se le ocurriría decir que multar a un coche que va a doscientos por hora, mientas no le haga daño a ninguna persona, es ir en contra de la libertad, ¿verdad? Pues ahora resulta que obligar a vacunarse siendo sanitario, a llevar pasaporte covid, a cerrar las discotecas a partir de cierta hora o a llevar mascarillas en interiores es coartar esa sacrosanta libertad. Que cada uno se las apañe como pueda. Total, los viejos ya han vivido bastante… En el fondo es puro neoliberalismo aplicado no solo a la economía, sino también a la vida y la muerte.


Al mismo tiempo, ¿en qué coarta la libertad religiosa el que se permita casarse a las personas del mismo sexo, o el que se facilite a esas poquísimas personas que han nacido en un cuerpo que no es el suyo realizar el ajuste necesario? Son medidas en aras de que puedan conseguir cierta felicidad seres humanos que, precisamente, serían del todo infelices si quienes ustedes ya saben consiguieran esa "libertad religiosa" que no consiste sino en imponer su doctrina ultracatólica al resto de la población. De nuevo mucha, muchísima caradura llamar libertad a lo que es justo lo contrario, y que encima lo hagan los nostálgicos del régimen que durante largas décadas asfixió a los españoles bajo una única moral, una única manera de pensar y un único poder. Que por cierto fueron dos: ejército e Iglesia. Esa misma que por un lado se hace la ofendidita mientras que por el otro pone el cazo para seguir cobrando.

Ah, bueno, sobre los que niegan (¡literalmente!) que en España se maltrata fisicamente a las mujeres, más les valdría estar en la cárcel. Son muchas las almas inocentes que han muerto por eso que –con toda justicia– se llama violencia machista como para que algunos neonazis de mierda sigan escribiendo en las redes cosas semejantes.

No he hubiera molestado en escribir todo esto si no fuera porque no se trata de circunstancias que afectan solo a España. Miren lo que está pasando en el resto de Europa. Miren Hungría y miren Polonia. Pero también miren a la basura de antivacunas de Austria e incluso de Alemania, país al que pese a seguir luciendo una democracia en buena medida modélica, los presuntamente atrasados portugueses y españoles le podemos dar mil lecciones en lo que a la gestión de las vacunas y a la responsabilidad de los habitantes en el día a día de la pandemia se refiere.

Vivimos malos tiempos y vendrán mucho peores. Sinceramente, no sé si lo mejor sería que el bicho se me llevara para no tener que verlos.

PS. Geniales, como siempre, los de la revista Mongolia. ¡Suscríbanse!

sábado, 4 de septiembre de 2021

Manuel Alejandro, cursi y nacional-católico

Manuel Alejandro es el nombre artístico de un señor llamado Manuel Álvarez-Beigbeder Pérez, hijo del compositor local Germán Álvarez Beigbeder, que nació aquí en Jerez de la Frontera allá por 1933. Últimamente andan realizándole homenajes, en el último de los cuales tuvieron la ocasión de participar mis queridos Ismael Jordi y Mariola Cantarero. Triste noticia esta última para mí, porque por una vez coincido con Arturo Reverter –se lo leí en El Arte del canto– a la hora de calificar como cursis las numerosísimas páginas compuestas para Raphael, Rocío Jurado y muchas otras estrellas de la canción, algunas tan célebres como “Yo soy aquel”, “Se nos rompió el amor” y “Como yo te amo”. Ah, sí: para Plácido Domingo y Julio Iglesias escribió ese mamarracho de “Soñadores de España” con motivo de la Expo ’92. Tanto su señora esposa como su hermano José María (= David, el autor de “Amores a solas”, esa canción en la que la Jurado se masturbaba en la playa entre gemidos de placer) son sus habituales compinches.


Pero hete aquí que ayer se publica esta noticia en la que el ínclito compositor, que debe de estar forrado de millones pero se empeña en seguir dando la vara, presenta esta letra para el Himno de España que no tiene desperdicio:

Bella España,
nacimos de tu savia,
de tu resplandor,
nacimos de tu luz.

Bella España,
bendita tierra amada,
arte, fe y razón,
grandeza y plenitud
.

Nobles banderas,
más una común,
como esta hermosa lengua
que nos hermanó.

Juntos honremos
tu gloria y tu cruz,
gritando
¡Bella España!
desde el corazón.

Encima, tiene el atrevimiento de tomar contacto con el gobierno para ver si cuela. El asunto me preocupa doblemente. Primero, porque la letra es de tal cursilería y pretenciosidad que uno no puede sino preguntarse dónde ha dejado la gente el buen gusto. Segundo, por la letra. ¿Han prestado atención? La fe como signo identificativo de la nación. Reivindicación de la lengua castellana.  Alusión a la “cruz”, aunque sea como contraposición a la “gloria”. Y una alusión a la “grandeza y plenitud” que no deja de enlazar con esa España “Una, Grande y Libre” del dictador genocida Francisco Franco Bahamonde. No hace falta ser un lince para darse cuenta que presentar algo tan abiertamente nacional-católico en 2021 tiene no poco que ver con los tiempos que estamos viviendo y con el avance imparable de la ultraderecha de VOX.

Decididamente, corren malos tiempos para la lírica. Y para España.

lunes, 4 de enero de 2021

Damnatio memoriae contra Plácido Domingo: la izquierda censora ataca de nuevo

Aviso previo: esta entrada puede ofender gravemente al lector. Queda usted advertido.

 

Lo de las listas elaboradas por revistas de música clásica es un verdadero despiporre. Ayer caí en la tentación de escribir sobre la de los treinta mejores (¿?) discos del año según Scherzo, y hoy no me queda más remedio que decir algo sobre la de “las cien personalidades más influyentes de la música clásica” según las firmas de Platea Magazine.

Agárrense. Anne-Sophie Mutter en el número uno. Bueno. Barenboim el dos. Vale. El tres, pásmense, es Igor Levit. Y el cuatro es nada menos que Kirill Petrenko, del que se afirma que “representa uno de los fenómenos, seguramente, más revolucionarios que ha vivido la clásica desde hace décadas, precisamente porque escapa a las convenciones y a las etiquetas”, todo ello “desde la humildad, poniendo la música por delante de todo lo demás”. Basta tener un poquito de sensibilidad y de conocimiento de la historia del arte directorial para darse cuenta de que lo que ha hecho el maestro ruso, armado de una técnica de batuta –justo es reconocerlo– a todas luces excepcional, es dinamitar el legado de la era Rattle y hacer que la orquesta retroceda dos décadas; es decir, a la nefasta titularidad de Claudio Abbado, a la búsqueda de sonoridades suaves e ingrávidas, contrastes dinámicos extremos e injustificados y, sobre todo, a la expresión descafeinada e insípida, cuando no teatrera y falta de sinceridad, en la que interesa seducir de la manera más facilona posible al oyente sin que este tenga que realizar mucho esfuerzo mental. Ya se sabe, los fortísimos significan garra dramática, los pianísimos casi inaudibles delicadeza y la cursilería, extrema sensibilidad.

Seguimos explorando la lista. Los puestos cinco y seis los ocupan Netrebko y Bartoli, respectivamente. El horrible Gergiev está en el doce. Para encontrar a Nelsons hay que bajar hasta el dieciséis. Rattle anda en el veintidós. Alfonso Aijón aparece en el treinta y cuatro. Jordi Savall anda por el cuarenta y uno, Calixto Bieito por el cincuenta y Javier Perianes por el cincuenta y dos, para que se hagan una idea. El enorme Kissin ha sido situado en el setenta y cuatro, dos peldaños después de Ainhoa Arteta (!). El cien es Francisco Moya, director de IBS Classical.

¿Quién es el gran ausente? Plácido Domingo. Todos sabemos por qué. No seré yo quien le exima de enorme culpabilidad moral –otra cosa es el delito– en una presunta conducta que el tenor madrileño ha mantenido durante décadas. Pero una damnatio memoriae me parece una decisión no ya ridícula, sino abiertamente execrable, trátese del Met de Nueva York, del Centro de Perfeccionamiento de Les Arts o de Platea Magazine. ¿Quizá tengamos que borrar del mapa a todos los “tocatetas” del pasado musical, a los Klemperer, Solti y Maazel, por poner algunos presuntos casos que están en mente de todos? Y como se ha hablado no hace mucho del “ogro en el podio” Barenboim, ¿descatalogamos los discos de los presuntos maltratadores Toscanini, Walter, Reiner o Leinsdorf? Ya que estamos, podríamos poner en la lista a esos hijos de puta que fueron Wagner, Puccini o Janácek. Y por qué no, también a Cellini, Caravaggio y Alonso Cano. ¿Y a Picasso? Ah, no, que ese era de izquierdas.

Porque de política estamos hablando, señoras y señores. De política mal entendida. De una izquierda que se comporta como la peor derecha: aquella mojigata y represora, la que desde su atalaya de supuesta superioridad moral se cree con derecho a ningunear, borrar del mapa o perseguir a todos aquellos que no se ajustan a sus inamovibles parámetros ideológicos. Esos personajes de tiempos no tan lejanos –en realidad, nada lejanos: siguen ahí– hablaban en nombre de Dios y de las irrefutables verdades de la religión auténtica. Los de ahora, desde las no menos incuestionables verdades de la (mal) denominada ideología de género y otras patrañas. Antes había que decir pompis y colita, acto marital y muchacho rarito. ¡Había que mostrar buena educación! Ahora toca el todos y todas, diversidad afectiva y persona con capacidades diferentes. No vaya a ser que alguno/alguna/algune se ofenda.

Quienes de ustedes me hayan seguido de vez en cuando saben que soy de izquierdas. Sin complejos. Pero es precisamente por eso, porque creo firmemente en valores tales como la tolerancia, la diversidad –cultural, sexual, religiosa y de lo que haga falta–, el diálogo y –no menos importante– la sátira como medio para la denuncia, por lo que este giro hacia posturas radicales tomado desde la propia izquierda es un error monumental que ataca directamente a los valores que se pretende representar, y que al mismo tiempo no hace sino avivar el fuego de la extrema derecha. Lean ustedes para profundizar en la cuestión El síndrome Woody Allen (ed. Debate, 2020) de Edu Galán, justamente uno de los pesos pesados de una revista, Mongolia, revista que acaba de ser apuñalada por presuntas ofensas (¡ay, los ofendiditos de allí y de acá!) por un señor tan detestable como el torero José Ortega Cano.

Lo dicho, soplan fuertes vientos de censura y represión que nos llegan desde los dos lados, izquierda y derecha. La ridícula lista de Platea Magazine elaborada por –va siendo hora de nombrar a los perpetradores– Gonzalo Lahoz y Alejandro Martínez, no es sino una evidencia más del fenómeno.

domingo, 20 de diciembre de 2020

No es momento para conciertos

Acabo de mostrar mi desaprobación a un amigo que me invitaba a un concierto de órgano que él organiza. Lo siento, pero no es momento para conciertos. Ni para teatro. Ni para cine. Ni para reuniones familiares. Ni para lamentar la ausencia de cabalgatas, desfiles procesionales o ferias. Es momento para la prudencia y para el dolor. Porque hay por ahí, por si alguien no se acuerda, decenas de miles de muertos.

Me asombra la hipocresía de quienes allá por junio, cuando la epidemia estaba casi controlada –en mi tierra el número de contagios era igual a cero– se escandalizaban porque alguien no se pusiera una mascarilla en un momento determinado, y ahora que estamos en la cresta de la segunda ola salen a donde les da la real gana arguyendo que el peligro está bajo control. Falso. El riesgo es ahora –siempre me refiero a España, claro está– muchísimo mayor que lo era este verano. Infinitamente mayor. La única diferencia es que nuestras autoridades han claudicado bochornosamente ante el dios Economía, y también ante ese dios menor pero decisivo que es el colectivo de los votantes. Ya se sabe, si se aprietan las tuercas se acusa al gobierno de represor, de dictatorial y de maltratador de la economía. En nuestro país, incluso, la ultraderecha inculpa al ejecutivo de estimular ese maltrato para poder transformarnos en una suerte de “nueva Venezuela”.

Siendo este un fenómeno general europeo –aunque no solamente: ahí están los casos terroríficos de los EE. UU. de Trump y del Brasil de Bolsonaro–, en España está muy claro que tanto PSOE/Podemos –en el gobierno– como el PP y determinados partidos nacionalistas –en las autonomías– van a ser responsables de muchas, muchísimas muertes: las que están por venir en enero y febrero, cuando se noten los efectos de las imprudencias que se van a cometer estas navidades. Junto a ellos hay un responsable adicional, la ultraderecha de VOX, ese partido que clama “contra la cultura de la muerte” a raíz de la legislación sobre el aborto y la eutanasia al tiempo que afirma que no hace falta ningún tipo de restricción, sino tan solo sentido común. ¡Cuando el sentido común es, precisamente, el menos común de los sentidos!

Yo, como muchos miles de españoles, arriesgo mi vida diariamente durante esta pandemia. Voy a trabajar. Puedo decir, con cierto orgullo, que no ha habido ni un solo caso de contagio en mi instituto. Las pocas personas infectadas se han contagiado fuera. Ya saben que lavarse las manos no es en absoluto suficiente: el virus se trasmite hablando. Como su principal enemigo son las corrientes de aire, tenemos las ventanas abiertas de par en par a todas horas. Por ello estamos sufriendo un frío y humedad extremadamente desagradables. Tampoco nos está importando dar clases en el gimnasio –bueno, a mi garganta sí– para que haya más espacio entre los alumnos. Intentamos minimizar el riesgo. Aun así, si los gobiernos considerasen adecuado cerrar los centros educativos y someternos a todos los funcionarios a un ERTE –ya sé que es imposible, ente otras cosas porque los padres no tendrían dónde dejar a sus hijos– me resignaría por un bien común, que no es otro que el de salvar muchísimas vidas. No saldría por ahí con una pancarta de "la escuela es segura". Porque el riesgo de cualquier actividad en interiores en absoluto es cero. Y el virus no es precisamente una gripe.

Deseo conciertos, cines, compras y disfrute gastronómico tanto como la mayoría de los españoles. Pero este invierno no toca. Esa postura de que “los conciertos son seguros”, “los cines son seguros”, “los restaurantes son seguros” me parece de un egoísmo muy irresponsable. Son seguros en la misma medida en que lo son los nuestros centros educativos: aunque si todos guardamos las medidas de seguridad el peligro se reduce de manera considerable, el virus se va a seguir extendiendo. No vale que la cultura le eche la culpa a la hostelería, la hostelería a la botellona y la botellona a las misas dominicales. Porque, por alguna vía de la que nadie quiere responsabilizarse, el virus se sigue multiplicando.

Estamos mucho peor –repito, mucho peor– que hace unos meses. Los expertos –que saben más que los cuñados– anuncian ya la tercera ola, que se alzará cuando el frío invernal nos haga cerrar puertas y ventanas. Y hasta que no nos pongan las dos dosis de la vacuna, van a pasar bastantes semanas.

Lo siento, pero hasta que la situación se estabilice de manera considerable –me conformo con los niveles de julio y agosto– solo toca paseos y conversaciones en terraza bien aireada. De todo lo demás hay que prescindir. También de los conciertos.

jueves, 20 de agosto de 2020

Sobre patrias y banderas

Esta mañana he tenido una conversación con un amigo en la que este en un momento dado, para criticar a determinada persona, me apostillaba sobre que “además, independentista”. A raíz de la réplica que realicé he decidido escribir estas líneas. Porque me parece necesario dados los tiempos que corren, y también porque –quién sabe si estoy en mis últimos meses de vida– cada vez le pongo menos reparos a decir las cosas tal y como las siento. No, ya no le tengo miedo a comentarios como el que una vez me hizo un (ex) compañero de trabajo acusándome de “no amar a la patria” por no sentir en mi fuero interno ascos hacia el independentismo catalán.

 

Miren ustedes, eso del amor a la patria, a la bandera, a sus símbolos y a toda la parafernalia que la rodea no es en absoluto un deber. En todo caso, fue una necesidad en otros tiempos, aquellos en los que era necesario articular ideológicamente e inyectar emocionalmente una serie de valores que sirviesen para que la colectividad no solo actuase de manera decidida y compacta a la hora de defender las fronteras del propio territorio, sino también a las de invadir el espacio ajeno sin otra justificación que la de la grandeza de la nación propia. Lo que implica, por si alguien no se había dado cuenta, que los jóvenes y no tan jóvenes habrían de garantizar la plena disponibilidad de sus personas y de sus vidas para defender o dar lustre a esa patria a la que supuestamente se debían.

También fue ese sometimiento incondicional a la bandera un recurso imprescindible para que los individuos no replicasen a la hora de someterse la oligarquía de turno, ni se atreviesen a poner en duda el sistema económico, social y político establecido. Obedecer es muchas veces difícil. Pero si esa obediencia se transforma en la sumisión que viene dada por el amor, por la creencia irracional –ajena a la crítica a partir de análisis racionales– en una serie de “verdades reveladas” que no pueden discutirse, porque presuntamente vienen dadas a partir del nacimiento y la pertenencia a un determinado colectivo, entonces el mantenimiento de un determinado orden –mejor o peor– y el impulso de las empresas bélicas –necesarias o no– resulta mucho más sencillo.

¿Implica este razonamiento que resulta ridículo identificarse con los valores de nuestra colectividad, desear lo mejor para quienes nos rodean o defender nuestras fronteras en caso de necesidad? En absoluto. Lo que sí quiero decir es que nadie tiene sentirse obligado por el mero hecho de su nacimiento, ni menos aún tiene que conducir a despreciar a quienes sientan de manera diversa, para ser un “verdadero patriota”. Para quien esto firma, lo importante no es amar a ese concepto llamado “patria”, sino desear y procurar la felicidad para lo demás seres humanos con los que comparte espacio y, por ende, organización social y política. Ello implica reconocer la pluralidad –cualquier pluralidad: política, sexual, religiosa, folclórica o lo que haga falta– y ser tolerante con ella dentro de esos límites razonables que no permitan que el exceso de tolerancia conduzca a justamente lo contrario.

Por todo ello, no siento ni reconozco ninguna patria andaluza, ni patria española ni patria catalana, al mismo tiempo que me siento plenamente andaluz y plenamente español, estoy por completo satisfecho de serlo –no cambiaría por mi nacionalidad por ninguna otra– y comprendo que una persona que se haya criado en el País Vasco o en Cataluña ame una presunta patria llamada Euskadi o Catalunya y piense –creo que muy erróneamente– que otra nación llamada España les tenga invadidos y sometidos desde hace tiempo. Y pareciéndome negativo el fenómeno de desarticulación del actual estado español, jamás creeré que el odio visceral a quienes impulsan este proceso centrífugo sea una buena forma de paliarlo. Todo lo contrario: si amásemos a los demás seres humanos –en sus peculiaridades, en sus grandezas y en sus miserias– muy por encima de las banderas que supuestamente nos representan, se acabarían esos problemas nacionalistas de aquí, de allí y de mucho más allá que tantísimos males han traído y seguirán trayendo.

 

PD. En la foto, de hace ya algunos años, estoy tomando cerveza y salchicha en Múnich, una de mis "patrias" preferidas. A mucha honra.

lunes, 8 de junio de 2020

De izquierdas

Yo no soy "antifa", en tanto que reniego del uso de la violencia para defender las ideas.



Pero soy antifascista, porque detesto el culto al líder, la sumisión del individuo ante "la patria", la defensa de "lo propio" frente a la alteridad y la reivindicación de los valores primarios, sean estos individuales o colectivos, como manera de refugiarse en el gregarismo y pensar lo menos posible.

Soy antirracista, porque apelar a presuntas superioridades de unas razas sobre otras no es sino una manera de justificar el más repugnante egoísmo del ser humano y el deseo de ponernos por encima de quienes no son sino nuestros iguales.

Soy antinacionalista, porque me enerva el uso que se suele hacer de las banderas. De cualquier bandera. Y porque sintiéndome plenamente español y plenamente andaluz, también me encuentro identificado con valores que asociamos a otros lugares del mundo. Porque tengo derecho a admirar a Cataluña, a adorar a Inglaterra y a Alemania, o a sentirme como en casa en Italia. Y porque nacer aquí o allí no es más que una casualidad y no te obliga a comportarte de una manera o de otra, a sentir tales cosas ni a tener que amar unos colores determinados.

Soy feminista, porque aun considerando muy desacertadas algunas actitudes puritanas que el movimiento feminista está evidenciando (¡ese lenguaje inclusivo, esa censura de cuentos infantiles!), a lo largo y ancho del planeta son habituales la discriminación, el abuso y la explotación de las mujeres por el simple hecho de su sexo. También en España. Y porque nos encontramos ante una injusticia secular que los seres humanos del siglo XXI no nos podemos permitir.

Soy progay, como decía Rocío Jurado, porque cada uno está en su derecho de amar a quien quiera y tener relaciones con quien le aperezca oportuno mientras no haga daño a nadie. A no a avergonzarse de ello, a no a tener que ocultarlo, a no sentirse mal visto por quienes se incomodan ante algo que su ignorancia no les permite comprender, que la tradición les impide apreciar o que su fuero interior les hace temer.

Soy antiabortista, porque creo que la vida humana es el valor más importante, porque no se puede jugar con ella, y porque ponerse un condón es hoy día barato y fácil, lo que no quita que esté de acuerdo con el recurso al aborto bajo circunstancias determinadas.

Soy laicista, porque considero que la religión en la actualidad debe limitarse a la esfera de lo privado y nadie tiene derecho a inmiscuirse en los comportamientos de los demás apelando a conceptos que, a lo largo de la historia, han sido fruto de las circunstancias del ser humano, no de revelaciones supraterrenales. Y porque el pasado y el presente han demostrado que las teocracias conducen al odio, a la discriminación y al desprecio del otro.

Soy moderadamente animalista, porque creo que quien es capaz de hacer sufrir a los animales solo por placer no puede querer realmente a los otros seres humanos, y que una sociedad que permite ese mismo abuso de los animales sin necesidad alguna no puede ser generosa y solidaria en otros aspectos.

Soy defensor del medio ambiente, porque cada vez que jodemos a la naturaleza nos estamos jodiendo a nosotros mismos, y porque lo hacemos pensando antes en el confort propio antes que en lo que le legamos a las generaciones venideras.

Soy partidario de medidas moderadas de intervencionismo económico y de medidas nada moderadas de redistribución de la riqueza, porque generalmente quienes se han enriquecido de manera desmesurada lo han hecho a costa del abuso hacia los demás; porque las grandes fortunas tienen más que suficiente para permitirse un extremadamente cómodo tren de vida; porque la mera acumulación de capital no genera riqueza en el sistema capitalista; y porque, en ese mismo sistema, es necesario que toda la masa de la sociedad consuma para garantizar el trabajo, la estabilidad de la producción y la generación de riqueza, como también lo es para mantener una estabilidad social que nos permita conservar y ampliar los derechos, las libertades y las garantías que las generaciones que nos anteceden han ido ganando para nosotros.

Por todo lo dicho soy de izquierdas. Por todas esas creencias lucharé activamente, y espero seguir haciéndolo por mucho tiempo. Y por todas ellas seguiré reivindicando el sentido del humor, la sátira y la “incorrección política” como medio de enfrentarnos a la realidad.

Y por eso estoy suscrito a Mongolia.

La canción de la Tierra, de Gustav Mahler: discografía comparada

Tenía muchas ganas de presentar una comparativa de la obra maestra absoluta de Gustav Mahler , un compositor que parece interesar bastante a...