ACTUALIZACIÓN 26.VI.2026
Esta comparativa de la Heorica salió por primera vez el 24 de abril de 2011. Pasamos de treinta y siete registros de la genial sinfonía beethoveniana a cincuenta, pero aun así queda muy incomplete. De las cajas de discos que me gusta coleccionar he ido poniendo en la estantería algunas que no he tenido tiempo de incorporar: la primera de Walter, las de Erich Kleiber y Solti con Viena, Markevitch, Ormandy, Böhm por partida doble, la analógica de Solti en Chicago, Tilson Thomas con la English Chamber, Muti, la digital de Karajan, Blomstedt en San Francisco... Por no hablar de los Haitink, Mehta, Thielemann y Dudamel que me aguardan en la Digital Concert Hall con los berlineses. O esa tan morbosa dirigida por Rattle en el que aparecen en la orquesta Kavakos, Mäkelä y Shani. De momento, ya vale.
1. Karajan/Staatskapelle de Berlín (DG y sellos varios, 1944). Aquí están ya, a sus treinta y seis años de edad, todas las características de Karajan: el sonido opulento, el fraseo noble y elocuente pero también algo pesado, el gusto por los grandes contrastes sonoros… Todo muy de cara a la galería. El primer movimiento está bien, aunque resulte un pelín blando por momentos. En la marcha fúnebre hay más pose que otra cosa. Bien el scherzo y muy fogoso el Finale. Magnífica la orquesta, de sonido muy empastado y por completo adecuado para Beethoven. (7)
2. Furtwängler/Filarmónica de Viena (Tahra, 1944). He aquí a Furt en el cénit de su estilo: flexible, creativo, visceral y comprometido, inyectando una tensión dramática implacable y acentuando los aspectos más visionarios de la partitura, particularmente en una marcha fúnebre tan gótica como rebelde. Todo ello, eso sí, controlando los elementos de manera prodigiosa para no desequilibrar en momento alguno la arquitectura ni dejar de desplegar la imprescindible cantabilidad humanística en los momentos adecuados. Espléndida la remasterización para SACD. (10)
4. Erich Kleiber/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1950). Soberbio el primer movimiento, pura electricidad made in Kleiber pero sin dejarse llevar por la precipitación, atendiendo a la claridad y ofreciendo muy atractivas soluciones de flexibilidad agógica. La incandescencia sigue en una marcha fúnebre magníficamente planteada en la que se pueden echar de menos el carácter gótico y la rebeldía de un Furtwängler, pero que en su línea es toda una referencia, sobre todo contando con el respaldo de la maleabilidad de la formación holandesa. A partir de aquí, la cosa funciona muchísimo menos bien: en el Scherzo el maestro confunde vigor rítmico con machaconería, mientras que en el Finale se deja llevar por el temperamento y pasa por encima de muchas bellezas, atmósferas y significados que en él se esconden. No muy allá la toma. (8)
5. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1952). En comparación con su grabación en vivo con la misma orquesta ocho años anterior, Furt ofrece una recreación más lenta, no tan flexible –aunque lo siga siendo–, menos espontánea y más madura. Ha perdido inmediatez, visceralidad, rebeldía y garra dramática, pero ha ganado en grandeza, densidad, humanismo y profundidad filosófica, todo ello dentro de un enfoque al mismo tiempo gótico y filosófico que algunos confundirán con “brumas wagnerianas”. Quizá también se haya ganado ahora en belleza sonora, destacando en este sentido la maravillosa plasticidad con que trata a la cuerda vienesa. Que los metales dejen un tanto que desear –no nos engañemos, la orquesta no era en los cincuenta lo que será una década más tarde– apenas empaña una lectura que sigue siendo de obligado conocimiento. Magnífico el reciente rescate a nada menos que 192 kHz: suena mucho mejor que antes. (10)
6. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI, 1952). El Karajan de la Philharmonia fue el menos Karajan y el más Toscanini. No es que el salzburgués imitara al de Parma, ni mucho menos, pero sí que era deudor de su línea, al menos en Beethoven: vigor rítmico, sequedad en los ataques, desinterés por el carácter orgánico del fraseo y –por ende– de la flexibilidad, y un desarrollado carácter dramático, léase teatral. A todo esto, Karajan añade de su cosecha grandes contrastes dinámicos, un músculo muy centroeuropeo, mayor cantabilidad –escasita en Toscanini– y una dosis muy superior de belleza sonora. El resultado es una interpretación de enorme solidez, soberbiamente tocada y muy bien llevada, que se mueve dentro de unos parámetros expresivos la mar de sensatos pero que no termina de emocionar: suena mucho antes exterior que sincera. Me gusta más que la anterior con la Staatskapelle de Berlín, en cualquier caso. El reprocesado en alta resolución que ahora circula es bastante potable. (8)
7. Knappertsbusch/Filarmónica de Múnich (MPhil, 1953). La enorme separación de los dos acordes que abren la genial sinfonía ya nos hace arquear una ceja. En seguida la cosa se pone mucho peor: morosidad extrema, blandura en la articulación, flacidez, ausencia de contrastes... El problema no está en la enorme lentitud, sino en la ausencia de pulso. ¿Falta de técnica de batuta o inexistencia de ensayos? Porque la orquesta no solo toca como dormida, sino también sucia y sin suficiente empaste. Después de unos cuantos (¡interminables!) minutos la cosa empieza a arreglarse, las tensiones se acumulan y se alcanzan momentos notables dentro de una línea tradicional que, eso sí, tiene poco que ver con un Furtwängler o un Karajan, al tiempo que se encuentra en el extremo opuesto a un Erich Kleiber. Interesante la Marcha fúnebre, de nuevo muy alejada de los directores citados. Su enfoque es lírico y efusivo, beneficiándose de un tratamiento sensual de la cuerda y de un fraseo que posee flexibilidad y morbidez. En los dos últimos movimientos hay de todo: momentos de blandura, pasajes de apreciable tensión interna, detalles interesantísimos, excentricidades múltiples, grandeza humanística, serias discontinuidades... Lo siento, pero el conjunto no funciona. Para los amantes de las puntuaciones: 3 puntos para el primer movimiento, 7 para el segundo, 5 para los otros dos. Aceptable sonido monofónico. (5)
8. Walter/Sinfónica de Columbia (CBS, 1958). Cuando Walter se trasladó a la costa californiana y empezó a grabar en estéreo, poniéndose al frente de una formación regularcilla que mezclaba a la Filarmónica de Los Ángeles con los músicos de las orquestas de Hollywood, su estilo cambió de manera sustancial. Esta Heroica se parece poco a la de nueve años atrás. Los tempi son más amplios, la articulación mucho menos incisiva, el legato más marcado. El fuego da paso a la cantabilidad, a la ternura incluso, pero no siempre para bien. De hecho, el primer movimiento le sale ahora menos bien: no solo suena otoñal, sino que a veces roza la blandura. Ofrece, eso sí, interesantísimos juegos agógicos que demuestran el olfato del veterano maestro a la hora de jugar con grandes arcos de tensión. La marcha fúnebre no es gótica ni rebelde; más bien serena, reflexiva y con su punto de espiritualidad, lo que no impide que los clímax dramáticos se encuentran muy bien resueltos. Irreprochable el Scherzo, y bastante más conseguido que antes el Finale. La toma ha ganado mucho en calidad tras el nuevo reprocesado: procuren escucharla en alta resolución. (8)
9. Cluytens/Filarmónica de Berlín (EMI, 1958). El maestro apuesta por una interesante tercera vía a medio camino entre el rigor toscaniniano y la flexibilidad alemana, ofreciendo así una lectura dicha de un solo trazo, directa y comunicativa, amén de espléndidamente tocada, que busca la intensidad aun procurando no ofrecer demasiado pathos ni interesándose en claroscuros. Se echa en falta, eso sí, un grado más de creatividad, de compromiso, al menos en un movimiento conclusivo no del todo trabajado. (7)
10. Fricsay/Filarmónica de Berlín (DG, 1958). Interpretación lenta, muy paladeada, muy bien desmenuzada –hay hallazgos sensacionales en el último movimiento– y de enfoque más bien introvertido y meditativo, en la que siempre la batuta se muestra muy controlada y no hay lugar para el arrebato. El primer movimiento, de carácter “gótico” muy atractivo, se ve lastrado por cierta discontinuidad y caídas de tensión, aunque en contrapartida alberga momentos magníficos. Meditativa y reposaba, pero en absoluto exenta de fuerza dramática, la marcha fúnebre. Scherzo fluido y natural, nada pimpante. El Finale comienza en exceso dulce y sin especial garra, pero luego va mejorando y consigue momentos de gran densidad., siempre en un enfoque más filosófico que dionisíaco. Muy amplia la gama dinámica de la grabación. (8)
11. Klemperer/Philharmonia Orchestra (EMI, 1959). Este es el punto más alto de todo el ciclo sinfónico beethoveniano del de Breslau, puro granito –arquitectura milimétricamente planificada, tan sólida como bien trazada en sus líneas maestras y clarificadas en su entramado polifónico– al servicio de un concepto tan severo como hondo y reflexivo en el que la fuerza, la tensión e incluso el desgarro quedan bien patentes sin que el monumental edificio se resiente lo más mínimo. Un tremendo ejercicio, pues, de equilibrio entre romanticismo y distanciamiento, entre intelecto y emoción, que si en el movimiento inicial ofrece una densidad sonora y dramática irresistible, en el segundo alcanza una fuerza visionaria como quizá ningún otro maestro haya alcanzado. En los dos últimos, ni que decir tiene, no hay lugar para la distensión ni la chispa, aunque tampoco el maestro hace gala de su sentido del humor sarcástico: el músculo y la más tensa severidad vuelven a imponerse, impregnadas de una enorme grandeza filosófica y humanística. Diríase que con Klemperer, pese al amargor que preside toda su lectura, aún hay espacio para la trascendencia. Con el aún más radical Barbirolli se perderá toda esperanza. El reprocesado de 2023 ofrece un sonido asombroso. (10)
12. Leibowitz/Royal Philharmonic (Chesky, 1961). Apartándose de la tradición romántica y abriendo el camino –sin saberlo– la interpretaciones historicistas, Leibowitz dirige con nervio y electricidad optando por una articulación muy ágil, atenta al staccato, incisiva en los ataques y relativamente aristada en la tímbrica. Ahora bien, su deseo de no moldear la agógica hacen que el resultado termine siendo no ya plano y cuadriculado, sin pathos ni poesía, sino abiertamente machacón. Lo más flojo es la marcha fúnebre, aunque su clímax alcance una considerable rebeldía, y lo mejor es el tercer movimiento. Los metales suenan algo destemplados y la cuerda no siempre está fina. Toma sonora asombrosa. (6)
13. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1962). Aunque las maneras son parecidas a las de su registro con la Philharmonia diez años anterior, el cambio de orquesta le permite ser a Karajan más el mismo. O quizá, sencillamente, ir modelando el que todos conocemos, porque su personalidad tiene mucho que ver con la de los propios Berliner Philharmoniker. El vigor rítmico sigue ahí, pero ahora el maestrissimo tiene mayores oportunidades de gustarse a sí mismo, de ofrecer mayores contrastes entre suntuosidad y refinamiento, de añadir amabilidad, de dejarse llevar por un preciosismo en determinadas frases… De aburguesar a Beethoven, en definitiva. La calidad de la toma en el Blu-ray audio resulta una gratísima sorpresa. (7)
15. Schmidt-Isserstedt/Filarmónica de Viena (Decca, 1965). Ya un arranque falto de gas nos advierte de que algo no va a terminar de funcionar en esta interpretación. Efectivamente: el maestro frasea con nobleza y naturalidad, sin precipitarse ni resultar cuadriculado, y –por descontado– obteniendo un gran partido de la magnífica orquesta, tratada con particular elegancia. Pero la tensión se distribuye de manera irregular, de tal modo que junto a momentos poderosos hay otros sin la tensión y energía suficientes, dando como resultado una recreación en exceso apolínea, discontinua en el trazo y algo aburrida. (7)
16. Barbirolli/Sinfónica de la BBC (Warner, 1967). Esta es la Heroica más negra de la historia del disco. Lenta, a veces lentísima, pero de una tensión abrumadora. Gótica a más no poder. Plagada de ataques ásperos e incisivos por parte de unas maderas no precisamente sensuales. Fraseada con una cantabilidad cargada de amargura, particularmente en las frases líricas del primer movimiento. Portentosamente planificada hacia clímax de fuerza indescriptible (increíble crescendo a partir de 15’03’’ en el primer movimiento, por no hablar de los momentos más rebeldes del segundo, especialmente el de 7’10’’). Trabajada con una plasticidad asombrosa a la hora de moldear a la cuerda (solo un ejemplo: de infarto la melodía a partir de 1’18’’ de la marcha fúnebre) o de equilibrar planos sonoros. Todo ello sin rastro de ese humanismo, esa ternura y esa humanidad de otros maestros. Aquí no hay concesiones. menos aún que con Klemperer: el sonido de Sir John es mucho menos granítico, menos masivo, más áspero, mucho menos entroncado con la "gran tradición germánica". Por otra parte: mientras el de Breslau cargaba de sesuda hondura filosófica a su recreación, y por ende se mantenía a cierta distancia del sufrimiento que destilan los pentagramas, aquí solo hay espacio para el dolor. La Sinfónica de la BBC se encuentra a distancia de las grandísimas orquestas que han grabado esta página, pero aún así realiza una formidable labor bajo una batuta que la trata con mano maestra. Cuestiones expresivas aparte, ¡qué técnica la de Barbirolli! Escuchen el cuarto movimiento: ni un solo director lo ha desmenuzado con tan increíble claridad. Y probablemente nadie ha cantado con mayor inspiración el tema de Las criaturas de Prometeo, ni lo ha integrado con mayor coherencia en un todo que, aun manteniendo la más depurada elegancia en la exposición, desprende tremenda potencia sonora y expresiva. En alta resolución suena de escándalo. (10)
17. Kubelik/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1967). Una recreación impresionante que, no siendo especialmente desgarrada ni visionaria, seduce y emociona por la naturalidad con la que fluye, por la comunicatividad de la batuta, por la flexibilidad del fraseo y por la plasticidad con la que está manejada la orquesta, cuyo sonido oscuro paradójicamente le sienta muy bien al terciopelo habitual en Kubelik. Todo ello adoptado un punto de vista humanístico y lírico que sabe alcanzar dramatismo en la marcha fúnebre y también el adecuado carácter dionisíaco y festivo en el último movimiento. (9)
18. Barshai/Orquesta Sinfónica (Melodiya, 1969). Aquí se ponen en primera línea el ímpetu rítmico, la incisividad y la electricidad de las líneas melódicas, admirablemente clarificadas, así como un sentido combativo que renuncia a la frivolidad, mientras que se ven relegadas la sensualidad, la emotividad lírica y el sentido humanístico. En general la versión tiene empuje, perfecto control y el adecuado carácter combativo y escarpado, pero le faltan la emotividad y la dimensión humanística necesarias para ofrecer una visión realmente completa; resulta demasiado unilateral, poco comunicativa y algo desangelada, sobre todo en los dos primeros movimientos. El tercero está muy bien y el cuarto está admirablemente planificados, terminando en una coda muy briosa. La orquesta funciona relativamente bien, con algunas debilidades en los metales, y suena con una atractiva aspereza. (6)
19. Klemperer/New Philharmonia (Blu-ray BBC, 1970). Después de muchas décadas moviéndose en los terrenos de la “gran tradición”, Herr Klemperer fue modelando su novedoso y personalísimo estilo a lo largo de la segunda mitad de los cincuenta. Con él ascendió al Olimpo durante la primera mitad de los sesenta, pero a partir de ahí fue radicalizando tanto sus señas de identidad que los resultados empezaron a moverse dentro de esa finísima línea que separa lo absolutamente genial de lo en exceso unilateral. Es justo lo que le pasó en su ciclo Beethoven en directo de 1970: el concepto del de estudio en estéreo es el mismo, pero las lentitudes se hicieron aún mayores, el fraseo más tenso en lo armónico, las sonoridades más graníticas –sin merma de la claridad, siempre enorme–, el carácter todavía más hosco. No es fácil entrar en el juego, y lo que un día a los que somos sus rendidos admiradores nos parece maravilloso, al siguiente no nos lo resulta tanto. Es lo que me ha pasado a fecha del 23 de junio de 2026: he vuelto a este vídeo y me ha costado trabajo llegar hasta el final. De acuerdo, la marcha fúnebre es descomunal, las últimas variaciones del cuarto movimiento alcanzan una fuerza que solo escuchándola puede creerse, pero en esta música hay más cosas, muchas más de las que Klemperer ve en ella. Con las mismas lentitudes, Daniel Barenboim fue capaz de decirlas en aquella recreación que le escuché en Bremen el pasado verano. En cualquier caso, una interpretación descomunal, con independencia de que la orquesta nos sorprenda con algunos pequeños desajustes aquí y allá que hoy no comete, por ejemplo, una Filarmónica de Berlín. El Blu-ray es carísimo, pero se ve y se oye de manera aceptable. El YouTube es un horror. Usted verá si le merece la pena la compra. (10)
20. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1971). No hay sorpresas aquí: el maestro hace de sí mismo. Magnífico su primer movimiento:intenso, portentosamente sonado y muy tenso. El segundo, soberbiamente sonado y trazado, resulta superficial, deplegando más brillantez y rotundidad que pathos. El tercero y el cuarto son cálidos y comunicativos, quedándose un tanto en la superficie. Impresionante la sonoridad de la orquesta y la seguridad del trazo de la batuta. En cuanto a la filmación, el narcisismo de este señor no conocía sentido de ridículo. (7)
21. Kempe/Filarmónica de Munich (EMI, 1972). El tantas veces infravalorado maestro sajón, por lo general espléndido en este repertorio, nos ofrece una lectura de perfecto equilibrio entre nobleza, lirismo y garra dramática, maravillosamente paladeada y sutilmente acentuada, con un segundo movimiento más emotivo que desgarrado y un cuarto que, sin llegar a lo visionario, despliega grandeza sin retórica ni pesadez alguna. (9)
22. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG Bluy-ray Audio, 1975-77). Más de lo mismo. Aun de enfoque antes épico que dramático, el primer movimiento resulta admirable por su empuje bien controlado, por la portentosa plasticidad con que están tratadas las masas sonoras –empaste perfecto, robustez sin excesos, densidad sin merma de la claridad–, por su brillantez bien entendida y, sobre todo, por la convicción que desprende. Menos bien funciona la marcha fúnebre, sensualísima en la sonoridad e increíblemente bella en su canto, pero poco o nada rebelde en sus clímax, menos aún visionaria: más bien pacífica y resignada, cuando no erróneamente opulenta. El Scherzo está dicha con una perfecta mezcla de músculo y elegancia, aun sin resultar del todo electrizante. Y toda la primera mitad del Finale resulta luminosa, jovial y optimista a más no poder para luego decantarse por la grandilocuencia glorificadora, sin rastro de la tragedia anterior ni de pliegues expresivos: a Napoleón le hubiera encantado. Excelente sonido en Blu-ray audio. (7)
23. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD y Blu-ray audio DG, 1978). Aunque el idioma es irreprochable y la orquesta está trabajada con mano maestra, la lectura resulta algo deslavazada. El primer movimiento alcanza momentos de mucha fuerza, pero no destila la necesaria desazón en los pasajes líricos; da incluso la impresión de que la planificación es algo tosca. La marcha fúnebre, más introvertida que rebelde, parece algo escasa de fuelle, incluso más tristona que doliente, aunque es imposible no dejarse seducir por la redondez y belleza de las trompas en los momentos más encrespados. Flojísimo el scherzo, soso y desganado. Por fin en el cuarto, aun con altibajos, Bernstein hace gala del entusiasmo en él esperable. ¡Y qué bellísimo canto de las maderas! Impresionante la toma en Blu-ray audio. (7)
24. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1978). Aunque la elegancia, la naturalidad y la claridad sean asombrosas –revelador juego de maderas en el primer movimiento–, parte de la interpretación se ve lastrada por una extraña blandura, sobre todo en el primer tema del primer movimiento y, sorprendentemente, en un scherzo dicho con elegancia y con la misma admirable depuración sonora de la que el maestro italiano hace gala a lo largo de toda la obra, pero escaso de fuerza y vitalidad. La marcha fúnebre comienza algo tristona, pero luego adquiere la suficiente elocuencia poética. Obviamente Giulini no pretende ofrecer una lectura rebelde o escarpada de esta música, sino más bien esa mezcla de dolor, reflexión y sentido humanístico, revestida siempre de la más exquisita belleza formal y contenida en todo momento por un desarrolladísimo sentido de la mesura digamos “clásica”, que caracteriza su personalidad interpretativa. El último movimiento, expuesto perfecta lógica y admirable transparencia, vuelve a ser antes apolíneo que dionisíaco y llega a resultar un punto distanciado, lo que no le impide al maestro alcanzar verdadera excelsitud lírica en la variación nº 9 (¡escuchen desde 6’47’’!) y luego alcanzar enorme grandeza en la nº 10, cuya atmósfera digamos “gótica” (desde 11’23’’) también se encuentra admirablemente conseguida. La coda está llena de fuerza sin necesidad de ceder al arrebato. Lo que sí entusiasma es la toma sonora, ya espléndida en origen y ahora impresionante en formato de alta resolución. (8)
25. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1987). Es muy dudoso que la sonoridad de esta interpretación sea verdaderamente beethoveniana tomando como referencia la tradición centroeuropea –y no digamos a la escuela historicista–, como también lo es que el rumano sintonice con el contenido expresivo de la partitura. Por momentos su recreación suena sin la garra dramática y la electricidad necesarias, en exceso suave, incluso –arranque de los movimientos impares, alguna de las variaciones del cuarto– un punto blanda. Sin embargo, es difícil sustraerse de su fraseo flexible, natural y efusivo, de su hermosísimo legato, de su cálido empaste en el que todas las voces como principal bondad de su apuesta, de la profunda reflexión humanística que alberga una marcha fúnebre nada rebelde, pero de singular hondura. (8)
26. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1987). Esta fue en su momento una importantísima interpretación, porque con ella el maestro holandés demostró que se podía renovar profundamente la sonoridad de esta música sin que, al contrario de lo que había ocurrido con las propuestas historicistas más pioneras, se perdiese la esencia expresiva de Beethoven. De este modo, Brüggen supo ofrecer con instrumentos originales una magníficamente planteada interpretación, sobria, dramática y por completo ajena a la retórica vacua, puesta en sonidos con una rusticidad de lo más atractiva que decía bastantes cosas nuevas. Eso sí, nunca ha sido precisamente Brüggen un intérprete cálido ni rico en la expresión: cierta sosería expresiva termina lastrando los resultados. (8)
27. Dohnányi/Orquesta de Cleveland (Telarc, 1988). Nos encontramos aquí ante una interpretación realizada de un solo trazo, sin altibajos ni puntos muertos, sincera, muy musical y estupendamente tocada, que se caracteriza por su fuerza, impulso y entusiasmo bien controlados, en la que sobresale la tensión dramática de la marcha fúnebre. Faltan, no obstante, ideas que aporten claroscuros al resto de los movimientos, un tanto unilaterales en su brío y su luminosidad, no del todo paladeados y un tanto rígidos, pese a que aparecen en algunos momentos matices que demuestran que el maestro sería capaz de ofrecer ideas inteligentes si hubiera trabajado a fondo la partitura. Toma algo turbia. (8)
28. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1989). No es este el más feliz testimonio de quien fue un inmenso beethoveniano. Primer movimiento decidido, enérgico, con mucha garra; también algo cuadriculado, poco flexible, incluso epidérmico. El segundo está llevado con muy buen pulso, pero falta el trasfondo humanista y de nuevo se echan de menos imaginación y flexibilidad. Tercero vibrante, algo expeditivo el Trío. El cuarto, vistoso y encendido, resulta epidérmico en el peor de los sentidos: pocos matices y escasa hondura. Las dinámicas tienden al forte y se encuentran poco matizadas, aunque a nivel técnico sea difícil superar en virtuosismo a los chicagoers. (7)
29. Harnoncourt/Orquesta de Cámara de Europa (Teldec, 1990). El ciclo beethoveniano de Harnoncourt fue atrevido en sus planteamientos –mezcla de instrumentos antiguos y modernos, renovador equilibrio de planos sonoros, expresión altamente dramática– y abrió una nueva vía interpretativa, pero los resultados fueron muy irregulares. Esta Heroica flojeó de manera considerable: aunque la velocidad de los tempi impide que decaiga la tensión y la incisividad harnoncourtiana resulte muy atractiva, la rutina se impone muy por encima de determinados ataques de violencia y la interpretación, poco matizada en lo expresivo e insincera, se termina haciendo muy aburrida. En cualquier caso, mejor los dos últimos movimientos que los primeros, francamente mediocres. (6)
30. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (Philips, 1991). Hay nobleza, flexibilidad y naturalidad en el fraseo, así como una enorme elegancia y una renuncia a cualquier efectismo dentro de una visión clásica, muy equilibrada, algo otoñal, ajena al arrebato y siempre comunicativa, beneficiada por una orquesta de hermosísimo sonido, pero Sir Colin no termina de calar en el significado de la sinfonía. Al primer movimiento le falta tensión dramática. El segundo resulta algo tristón y apagado. El tercero sí está muy bien. Al cuarto, siendo notable, no termina de darle unidad. (8)
31. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (DG, 1993). El británico lo tuvo siempre claro: hacer el Beethoven de Toscanini con instrumentos originales: rapidez en los tempi, rigidez, sequedad, gran tensión dramática y absoluto desinterés por los aspectos "góticos" de la página. Se queda en la epidermis de la obra, claro está, pero la versión está tan bien realizada –salvando los apuros de las trompas– y despliega tanta energía que termina enganchando. (7)
32. Savall/Le Concert des Nations (Auvidis-Alia Vox, 1994). Aunque el disco no fue lanzado hasta 1997, la toma corresponde a enero de 1994, un momento en el que el Beethoven “históricamente informado” estaba tomando forma. Las sesiones tuvieron lugar, según cuenta el propio Savall, durante una larga madrugada del mes de enero: a las siete de la mañana estaban grabando el segundo movimiento. Dice el maestro que, pese a tener tras de sí una gira de conciertos, la página sonó con “esa energía profunda que hay que buscar cuando la carne y el cuerpo ya casi no tienen reservas. Hasta entonces nunca habíamos interpretado esa marcha fúnebre de modo tan dramático y tan emotivo”. No vamos a negarle al de Igualada lo de la energía: en su recreación la hay a raudales. Tampoco vamos a regatear la sabiduría que desprenden sus notas y la justificación para usar instrumentos originales y una articulación por completo diferenciada de la tradición. Hoy eso ya no asusta a nadie. Ahora bien, precisamente con esa misma perspectiva que nos da el tiempo, lo que aquí encontramos no aporta nada frente a la propuesta de Gardiner grabada el año anterior. Tampoco se despega mucho del ciclo Harnoncourt que, con instrumentos modernos, se estaba realizando por las mismas fechas: seguimiento de las muy discutibles indicaciones metronómicas de Beethoven –velocidad de vértigo–, sequedad en los ataques, rigidez en el fraseo, cuerda sepultada por el viento, percusión desmadrada –lamentables las intervenciones del genial Pedro Estevan– y una dosis de agresividad innecesaria que no solo no pone de relieve los aspectos más visionarios de este música, sino que los fulmina por completo. Los dos primeros movimientos pueden enganchar por su electricidad, pero la carga dramática y el humanismo brillan por su ausencia. El tercero ofrece una sanísima rusticidad, mientras que el cuarto me parece un desastre. No está nada claro que la remasterización de Alia Vox suene mejor. (5)
33. Barenboim/Filarmónica de Berlín (DVD TDK y Blu-ray Euroarts, Versalles, 1997). En el primero de sus registros de la obra el de Buenos Aires hace gala, como no podía ser menos, de un irreprochable lenguaje beethoveniano y de una perfecta sintonía con el contenido expresivo de la partitura, a la que aborda con decisión, sentido dramático y no poco amargor. Saca excelente partido del sonido robusto de la orquesta –impagable la cuerda grave– y de la musicalidad de sus solistas, sabiendo al mismo tiempo mantener el pulso, el equilibrio polifónico y un fraseo siempre flexible y natural. La cuestión es que esta lectura un tanto adusta será enriquecida en sus acercamientos posteriores no solo con un grado superior de inmediatez y tensión sonora, sobre todo en una marcha fúnebre que él mismo sabrá llevar al borde del abismo, sino también con mayores dosis de calidez, lirismo e incluso sentido del humor, lo que no impide que el último movimiento de esta interpretación versallesca sea ya formidable. La imagen el BR ha ganado considerablemente en definición con respecto al DVD, pero los colores parecen un punto saturados. (9)
34. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Teldec, 1999). Ahora sí, todo es extraordinario: desde el idioma de la batuta hasta la ejecución de la orquesta, pasando por el análisis de texturas y colores, la arquitectura global, la efusividad del fraseo y la imaginación aplicada en la agógica, siempre dentro de un enfoque rebelde y dramático en el que, pese a todo, no hay descontrol alguno sin pérdida de la belleza sonora. Impresionante la toma si se la escucha en alta definición. (10)
35. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (YouTube, Japón, 2002). Como su grabación para Philips, resulta admirable el planteamiento, sobrio, dramático y rebelde del maestro holandés, capaz de encresparse en la marcha fúnebre y de resultar entusiasta y dionisíaca en el cuarto movimiento, siendo magnífico también el tercero por su empuje y rusticidad bien entendida. Eso sí, de nuevo se echan de menos algo de vuelo lírico y emotividad, sobre todo en el primer movimiento. La coda final resulta atropellada. (8)
36. Rattle/Filarmónica de Viena (EMI, 2002). Lectura pseudohistoricista de tímbrica afilada e incisiva, tempi premiosos y gran agilidad que destaca por su extrovertido primer movimiento, trazado con ímpetu y gancho. La marcha fúnebre carece de atmósfera y poso dramático, buscando epatar con los decibelios y con la teatralidad, pero sin resultar sincera. Ágil y muy dinámico el scherzo, pero también un tanto frío, incluso demasiado calculado. En el último movimiento hay claras aportaciones historicistas, entre ellas alguna sonoridad estridente que no viene mal, pero de nuevo el problema es la superficialidad de la batuta, que puede llamar la atención con su brillo pero a la que le falta poesía, imaginación y sinceridad. (6)
37. Paavo Järvi/Deutsche Kammerphilharmonie Bremen (RCA, 2005). En esta integral sinfónica el hijo de Neeme se apuntó al mismo tiempo tanto a la nueva edición Bärenreiter de Jonathan del Mar, lo que está muy bien, como a la tercera vía interpretativa abierta por Harnoncourt, lo que puede no serlo tanto. No se trata de que mezclar instrumentos modernos y antiguos al tiempo que se renueva la articulación bajo parámetros “históricamente informados” sea malo en sí mismo. Es que hay que saber exactamente qué idea expresiva se busca con ello. Y claro, entre que es uno de los pioneros en esta senda y que Paavo nunca ha sido un director particularmente fino ni inspirado, el resultado es una interpretación muy cuadriculada, violenta y seca, endiablada en sus tempi, ajena a cualquier suerte de sensualidad, que parece deber más a Toscanini que al citado Harnoncourt y en la que lo mecánico sustituye a la verdadera vida interna. Los oídos se cansan muy pronto de tantas descargas gratuitas de adrenalina, de tan exagerados claroscuros y de contrastes tan poco sutiles. Vistosidad hay, pero el pálpito interno, la emoción y la belleza brillan por su ausencia. Por si fuera poco, el sonido en SACD deja que desear. Un fiasco. (5)
38. Antonini/Kammeorchester Basel (Sony, 2006). Radicalizando los planteamientos de Harnoncourt, el maestro italiano propone, como Paavo Järvi pero más a lo bestia, una interpretación enérgica y toscamente planificada, parca en cantabilidad, basada casi exclusivamente en tempi muy rápidos y en contrastes dinámicos efectistas: pura brocha gorda, nada de minuciosidad en la planificación. Los matices expresivos brillan por su ausencia. La orquesta no es mala, si bien la cuerda suena demasiado canija y los metales no se muestran siempre seguros. Al menos la claridad no se ve empañada y se ofrece una interesante incisividad. Lo mejor, un dinámico tercer movimiento, con unas trompas adecuadamente rústicas, destacando asimismo la entusiasta coda del finale. El resto es muy plano y aburre. (4)
39. Tilson Thomas/San Francisco (DVD Keeping the Score, 2006). Gran fiasco: el documental adjunto es magnífico, pero la interpretación deja mucho que desear. La arquitectura es buena, como también la seguridad del trazo, la claridad y el virtuosismo, y desde luego la batuta se mantiene ajena a la pesadez, a la retórica y al efectismo, pero el trasfondo humanístico no aparece, e incluso en el último movimiento se cae en cierta frivolidad. Además, quizá por influencia de la escuela historicista, la sonoridad es un punto ingrávida. Tampoco los primeros atriles resultan muy musicales. (5)
40. Herreweghe/Royal Flemish (Pentatone, 2007). Otras veces deplorable en Beethoven, el maestro flamenco logra aquí una interpretación magníficamente sonada y entusiasta que sabe asimilar de las aportaciones historicistas sin caer en la sequedad ni la incisividad de otros directores. Ahora bien, se echa de menos esa comunión espiritual tan difícil de conseguir con el contenido expresivo de la obra, sobre todo en un segundo movimiento carente de pathos y en un final vistoso pero rutinario, sin personalidad ni creatividad. (7)
41. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Decca, 2009). Ayudado por una orquesta en excelente forma, el milanés decide renunciar a la tradición centroeuropea, y más concretamente a la flexibilidad en el manejo de la agógica y al peso concedido a los silencios, para ofrecer una lectura mucho más rápida que lo acostumbrado, enérgica, llena de electricidad, vibrante, aunque no por ello tosca ni precisamente escasa de claridad y virtuosismo. El problema es el que resultado se antoja muy precipitado, parco en vuelo lírico, en cantabilidad y en emotividad, también en sentido del humor –cuarto movimiento–, mientras que los aspectos trágicos de la partitura –marcha fúnebre– resultan todo lo vistosos que se quiera, pero superficiales, insinceros y de cara a la galería. (6)
42. Barenboim/WEDO (Decca, 2011). Estuve allí, en la Philharmonie de Colonia. Me pareció la mejor interpretación que había escuchado hasta la fecha. No sé si sigo opinando lo mismo, pero rotundamente afirmo que ninguna otra lectura fonográfica me parece más perfecta aún que esta. ¿Y cómo es eso posible? Por lo equilibrado del planteamiento: se podrán preferir versiones más vibrantes y teatrales, también más filosóficas, o más nihilistas –véanse las reseñas correspondientes más arriba–, pero es difícil alcanzar una más admirable fusión entre los aspectos dramáticos, escarpados y visionarios de la página, que eran los más atendidos en los anteriores acercamientos del propio maestro, y los que tienen que ver con el lirismo, la elegancia, la sensualidad y hasta la luminosidad; es decir, entre lo dionisíaco y lo apolíneo. Todo ello lo expone Barenboim con pasmosa naturalidad, con belleza grande pero en absoluto narcisista, con una particular flexibilidad e imaginación en el tratamiento de la agógica, con un perfecto control del discurso y en perfecta complicidad con una orquesta que, sin ser de primera, ofrece un sonido beethoveniano ideal para la obra. Modélica la toma (10)
43. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (The Grand Tour-Glossa, 2011). El holandés vuelve a acertar al aunar la sonoridad completamente historicista de su magnífica orquesta con un planteamiento expresivo tradicional, sin caer en liviandades, en agresividades innecesarias, en rigideces y en otras señas propias de una mala interpretación de los planteamientos filológicos. Por desgracia, no solo no logra inyectar la calidez y el vuelo lírico que debe a los pentagramas, sino que tampoco logra tensar la arquitectura con la solidez debida. El primer movimiento sería magnífico si no fuera por determinados altibajos que rompen la continuidad del discurso; al segundo le faltan densidad y fuerza visionaria; el tercero está bastante bien y en cuarto las variaciones están tratadas con éxito desigual, siendo de apreciar el sentido del humor un tanto socarrón del director. (7)
44. Barenboim/WEDO (DVD Decca Proms 2012). Con respecto a su registro en audio del año anterior, esta lectura resulta más apolínea y contemplativa, y por ello mismo algo menos tensa en algunos pasajes. Pero esto no impide que los clímax alcancen una fuerza abrumadora, que la sección final de la marcha fúnebre alcance una magia insuperable y que, en conjunto, se trate de una grandísima lectura que sabe conciliar belleza sonora, humanismo y garra dramática sin necesidad de adoptar la adustez de un Klemperer, ni de jugar con la agógica como lo hacía un Furtwaengler. Increíble la riqueza de matices tan sutiles como expresivos, la cantabilidad del fraseo –natural, hermosísimo– y la sonoridad puramente beethoveniana que Barenboim extrae de la orquesta. Por cierto, enorme el granadino Ramón Ortega, oboe principal de la Sinfónica de la Radio de Baviera, en sus numerosas y muy decisivas intervenciones. A él se debe en no poca medida el éxito de esta interpretación que finaliza con una coda muy fogosa. (10)
45. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Accentus, 2013). Esta es una recreación que irritará a los admiradores del Beethoven denso, visionario, al mismo tiempo visceral y filosófico, que va desde Furtwaengler hasta Barenboim, pero que también puede poner de los nervios a los que le gustan la rusticidad, el nervio y el férreo impulso rítmico de los Gardiner, Harnoncourt y compañía. Es verdad que de la escuela historicista el milanés adopta un vibrato reducidísimo y un claro interés por aligerar texturas, pero ahí acaban los parecidos. Porque lo que caracteriza esta Heroica es la extrema suavidad tanto sonora como expresiva pretendida (¡y plenamente conseguida, que para eso poseía una técnica de batuta portentosa!) por el veterano maestro. De poco sirve que las sonoridades destilen una belleza incomparable, que el fraseo sea amplio y cantable, que las líneas discurran con tanta fluidez como cantabilidad, que los planos sonoros estén perfectamente delimitados y que las dinámicas alcancen un asombroso grado de matización: el empeño en que todo resulte delicado, aéreo, acariciador de los oídos, domesticado, bonito en el peor sentido del adjetivo, termina generando una versión superficial, insulsa, aburrida y rayana con la cursilería. Eso sí, la toma sonora en DTS HD-Master Audio posiblemente sea la mejor que jamás haya recibido esta obra. (4)
46. Rattle/Filarmónica de Berlín (BR Audio, 2015). Sir Simon se empeña en aunar tradición y renovación sin tener nada claro qué es lo que pretende conseguir, ni en lo sonoro ni en lo expresivo. De esta forma, el músculo de la formación berlinesa se escora constantemente hacia sonoridades ligeras, ingrávidas y por momentos relamidas que recuerdan al peor Abbado, mientras que todo el pathos de la música se pierde por el camino a pesar de que la batuta intenta inyectar fluidez y dinamismo en el fraseo. No debe de extrañar que el segundo movimiento sea el peor parado, aunque sí que el tercero sea igual de malo: lejos de dejarse llevar por la sana rusticidad, el resultado es de una flacidez y una sosería que echan para atrás. El Finale es lo menos malo: aquí al menos hay una chispa y un carácter bullicioso que subrayan lo que esta música tiene que ver con el pasado, que por cierto es mucho menos importante que lo que plantea de cara al futuro. Eso al maestro parece importarle poco. Magnífico sonido en BR Audio multicanal. (6)
47. Emelyanychev/Nizhny Novgorod Soloists Chamber Orchestra (Aparté, 2017). En principio, el planteamiento de este Beethoven es muy similar al de Harnoncourt: orquesta reducida de instrumentos modernos, pero con trompas y trompetas naturales, un equilibrio de planos que favorece a vientos y percusión frente a la cuerda, y una articulación “históricamente informada” de gran incisividad en la que interesa mucho antes el vigor rítmico que el legato o la delectación melódica. Pero Emelyanychev se limita a correr todo lo posible inyectando fuerza, vigor y mucha electricidad sin detenerse en otras consideraciones. No es solo que las melodías no estén cantadas con holgura ni delectación; que no haya humanismo ni hondura; que no se aprecie ese lirismo agridulce que esta música necesita. Lo grave es que el imponente mural beethoveniano está pintado con brocha gorda. La exposición es de una vulgaridad aplastante. El tratamiento orquestal es opaco, incluso confuso en los fortísimos. El tratamiento agógico y dinámico, de una tosquedad que echa para atrás. Las tensiones no avanzan con sentido orgánico: cuando hay que alcanzar un clímax, se limita indicar sus músicos que toquen lo más fuerte posible. Las transiciones están descuidadas. Los silencios no tienen peso. Los matices son escasos, aunque para aparentar expresividad el director coloca forzados acentos “cortesía H.I.P.”. Los timbales sobreactúan a discreción, las trompas rajan que da gusto. En fin, los dos primeros movimientos de la obra me parecen recreados de manera deplorable. Reconozco, sin embargo, haber disfrutado relativamente del tercero: la frescura y el descaro con que el maestro lo aborda llegan a enganchar, pese a los “problemillas” de las trompas. Y el Finale no sería del todo malo si no fuera porque Emelyanychev se reserva lo más horripilante para él: cuando el tema es cantado por los primeros atriles de la cuerda (a partir de 0:46), estos se ponen en plan “historicismo pleno” y emiten un sonido idéntico al de una camada de gatos exigiendo su desayuno. (2)
48. Nelsons/Filarmónica de Viena (DG, 2019). La interpretación se encuentra no solo todo lo maravillosamente tocada como es de esperar de una orquesta de semejante categoría, sino también admirablemente construida por parte de una batuta que sabe frasear con naturalidad y holgura manteniéndose ajeno a precipitaciones, planificar de manera irreprochable la línea de tensiones y distensiones, regular los planos sonoros, resolver las transiciones y ofrecer un perfecto equilibrio entre transparencia y músculo sonoro al tiempo que despliega una sensualidad tímbrica para derretirse. Pero la óptica apolínea de Nelsons aquí no funciona, ya desde un primer movimiento que, aun no faltando empuje ni ganas de comunicar, se queda bastante corto en lo que a carga dramática se refiere. Y la cosa ya va a mayores en una marcha fúnebre muy hermosa, llena de nobleza y de sentido humanista, mas por completo ajena tanto a la negrura y la congoja que a todas luces necesita como a los claroscuros dramáticos, a las tensiones extremas y, también, a un sentido de la rusticidad sonora aquí muy conveniente. Los dos movimientos postreros resultan irreprochables siempre que se acepte el enfoque “clásico” y nada agónico del maestro: la luz y la felicidad terminan despejando cualquier tiniebla. (7)
49. Nézet-Séguin/Orquesta de Cámara de Europa (DG y Stage +, 2021). Utilizando exactamente su misma orquesta, el maestro canadiense sigue el planteamiento de Harnoncourt: instrumentos modernos al que se añaden algunos “de época”, tempi rápidos, articulación historicista, ataques incisivos, rigidez metronómica y renuncia voluntaria al concepto de fraseo como transición, siempre dentro de un concepto altamente teatral pero carente de pathos. Paavo Järvi y Giovanni Antonini hicieron lo mismo añadiendo mayores contrastes, mucha electricidad y no pocos excesos. Nézet-Séguin se muestra mucho más moderado que ello, por eso mismo más sensato, pero también bastante más frío, hasta el punto de que su labor casi se limita a ejercer de guardia de tráfico. Su gran mérito radica en la depuración sonora y la claridad extrema, pero no es suficiente, hasta el punto de que el último movimiento es, por su mal gusto, de los que invitan al abucheo. En cualquier caso, si usted se empeña en conocer los resultados lo mejor es acudir a la versión en vídeo: suena y se ve de maravilla. (5)
50. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Medici TV, 2022). Esta última filmación del de Buenos Aires, aun manteniendo un alto grado de potencia dramática, es la más hermosa, cálida y “humanística” de cuantas le he escuchado. También la más abierta a reconocer la faceta clásica del sordo de Bonn, lo que viene dado no solo por la sonoridad global y por el fraseo, sino por una buena cantidad de acentos, matices y decisiones nuevas que revelan (¡a estas alturas de la película!) nuevas cosas sobre semejante obra maestra. Fabulosa la orquesta, modelada dentro de la más hermosa sonoridad europea –mucho más cerca de la otra Staatskapelle que de la Berliner Philharmoniker– y beneficiada de unos solistas de lujo, entre los que destaca cierto oboe justamente aclamado por el público: Cristina Gómez Godoy. (10)


















































