martes, 29 de septiembre de 2026

Sinfonía nº 4 de Jean Sibelius: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN 29.IX.2026

A la entrada original del 6 de febrero de 2025 añado el audio de Ormandy de 1978, más las filmaciones de Rattle 2012, Blomstedt 2017 y Saraste 2025. La del maestro británico me ha parecido de singular relevancia.

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Jean Sibelius escribió su Sinfonía nº 4 entre 1910 y 1911. Le salió una verdadera obra maestra. ¿Su mejor sinfonía? Podría ser, pero no estoy seguro. ¿La más "moderna"? Tal vez. Lo que sí tengo claro es que es la más sombría de las siete. Y que el melómano necesita unas cuantas interpretaciones en sus estanterías para, mediante enfoques muy diversos, descubrir toda la riqueza que alberga en su interior. Venturosamente hay donde escoger.


1. Stokowski/Orquesta de Philadelphia (Naxos, 1932). Soberbia restauración de Mark Obert-Thorn para la primera grabación mundial de la obra, realizada en estudio veintiún años después del estreno. Don Leopoldo le pone muchas ganas al asunto, inyecta pasión y sentido de los contrastes, procura otorgar vistosidad a una partitura que para el momento pudo resultar en exceso severa, pero con tanto portamento y con algún que otro exceso sonoro –clímax del tercer movimiento– termina entregándonos una lectura demasiado “romántica” y sentimental, amén de ajena a la magia poética que demanda. Muy notable el trabajo con la orquesta, que está francamente bien. (7)

 


2. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI-Praga, 1953). El Karajan de la Philharmonia se encontraba a medio camino entre la sequedad toscaniniana de sus primeros años y el romanticismo a veces desmelenado de su etapa berlinesa. El director modela a su antojo y con mano maestra la sonoridad de la que por entonces era la mejor orquesta del mundo para recrearse en la plasticidad de su cuerda grave, decisiva en una partitura como la presente, pero no cae en hedonismos ni puede disimular la sana aspereza de los metales de la formación londinense. El fraseo es una maravilla: amplio, natural, flexible y sin puntos muertos. Todo se desarrolla con lógica, belleza y convicción sin renunciar a la tensión interna. Eso sí, ni la poesía ni la garra dramática se terminan de desarrollar: Karajan se queda en el puro sonido. La toma es monofónica y de muy buena calidad. En cuando al reprocesado en alta definición de Praga, es bueno y no opta por el falso estéreo. (8)

 

3. Ormandy/Orquesta de Philadephia (CBS, 1954). Además de conocerle personalmente y de tener la posibilidad de discutir su música con él –eso ya le otorga una autoridad incuestionable–, el maestro húngaro demostraba comprender tanto el lenguaje sonoro que necesitaba Jean Sibelius como el trasfondo anímico que ocultaban las notas. Por eso mismo ofrece una Cuarta áspera, tensa, en absoluto romantizada, cuajada de acentos lacerantes y de clímax tan ardientes como llenos de rabia. Otra cosa es que, con lo que ha llovido desde entonces, se eche de menos mayor indagación en ciertas frases –tercer movimiento– o un tempo más sosegado –cierto es que está marcado Allegro– para el Finale. La suntuosidad de la cuerda es una enorme baza para recrear esta partitura. Excelente la toma monofónica tras su reprocesado en alta definición. (8) 


4. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1965). Con respecto a su grabación con la Philharmonia, Karajan ralentiza ligeramente los tempi de los dos primeros movimientos, resta tensión interna y redondea el sonido para ofrecernos una visión eminentemente romántica, de gran vuelo lírico y serena belleza. La batuta, que sabe resultar suntuosa sin caer en lo pesante, se beneficia del empaste poderoso y rotundo de la orquesta, lo que no impide que haya algún desajuste aislado y que los metales no estén del todo finos. Ahora bien, una partitura como esta parece pedir un enfoque más atento a los conflictos: sin necesidad de llegar al desgarro, el de Salzburgo podía haber marcado mejor los picos de tensión. La reciente recuperación a 192 kHz hace sonar al registro francamente bien para su edad. En BR-Audio y en Atmos el sonido es muy redondo y confortable. (8)


5. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1966). Como esperábamos una interpretación extrovertida y vibrante, Lenny nos sorprende gratamente con una lectura muy lenta, densa y oscura que apunta a Tchaikovsky, y más concretamente en su final al de la Patética. Por desgracia, faltan una planificación más minuciosa y, sobre todo, tensión y electricidad sonoras. También un mayor vuelo poético. A destacar los clímax muy punzantes –y quizá más nerviosos de la cuenta– del tercer movimiento. La orquesta se queda algo corta, sobre todo por parte de los metales. Buen sonido en alta resolución. (8)

 

6. Maazel/Filarmónica de Viena (Decca, 1968). Tras un arranque adecuadamente dramático se desarrolla una interpretación muy fluida, de tempi animados –el Tempo largo podría estar dicho con mayor lentitud–, que en lo expresivo resulta menos escarpada y atmosférica que otras sin por ello perder intensidad. Hasta cierto punto, se podría pensar que Maazel se deja llevar por ese espíritu del “clasicismo vienés” que aporta la orquesta, con cuya complicidad alcanza un maravilloso equilibrio entre rusticidad y belleza sonora, entre oscuridad y luminosidad, entre sentido trágico y vuelo poético. El reprocesado en alta definición es espléndido y permite disfrutar plenamente de la asombrosa tímbrica de los Wiener. (9)

 


7. Barbirolli/Orquesta Hallé (EMI, 1969). El maestro londinense ofrece la interpretación hosca, severa y dramática en él esperable, aunque dada la naturaleza de la partitura no son las líneas de electricidad las que se ponen en primer plano, sino más bien la atmósfera ominosa, la concentración –tremenda– y el carácter expresivo de una tímbrica al mismo tiempo oscura y descarnada. Por supuesto, y a pesar del carácter introvertido de la obra, no hay aquí nada de otoñal ni contemplativo, sino drama áspero en toda su crudeza, hasta el punto de que ni siquiera en los momentos en los que alumbran los “rayos del sol” se intuye esperanza. Por descontado, el tratamiento de la orquesta es un trabajo de primera línea. La toma sonora no solo es menos problemática que otras de la misma integral –la fecha es algo más tardía–, sino que ha revelado muy notable tras la restauración en alta resolución: el relieve de la cuerda grave en el arranque es impresionante. (10)

 


8. Tilson Thomas/Sinfónica de Boston (DVD Ica y Medici TV, 1970). Interesantísimo documento visual –filmación excelente para la época, sonido monofónico– que nos permite ver en acción a la mismísima Sinfónica de Boston de la época de William Steinberg, así como reparar en el talento a la hora de controlar a la orquesta de un joven Tilson Thomas que pone toda la carne en el asador para ofrecer una interpretación fresca, contrastada y comunicativa. Lo consigue, aun a costa de dar una visión bastante romántica de la obra, no muy en estilo y ajena a los aspectos más “modernos" de la misma. Dicho esto, le funcionan bien los tres primeros movimientos. El cuarto me parece un enorme error conceptual: jubiloso y frívolo, incluso saltarín. ¿Inmaduro? Pues sí, pero es comprensible: Michael contaba por aquel mes de marzo veinticinco años. (7)

 

9. Berglund/Sinfónica de Bornemouth (EMI, 1975). El maestro finés ofrece una interpretación lenta y depurada que, sin renunciar al carácter siniestro de la página ni olvidar lo que tiene de inquietante, dirige desde la serenidad trascendente, atendiendo a su sensualidad, a su lirismo y a su hondura humanística. Lo consigue con un fraseo holgado, unas tensiones administradas con absoluta naturalidad, y unas texturas elegantes, sin asperezas. Se aparta en este sentido del Sibelius electrizante de otros maestros – de él mismo en el futuro–, lo que no le impide alcanzar un lirismo doliente de intensa emotividad en el tercer movimiento. Francamente buena la toma sonora, con apreciables graves si se escucha en el SACD que circula por ahí. (8)


10. Colin Davis/Sinfónica de Boston (Philips, 1976). En los años setenta el maestro británico era capaz de ofrecer interpretaciones bastante más escarpadas que en la de su etapa de madurez, pero no es el caso de esta Cuarta no solo de corte lírico y elegante, “clásica” si se quiere, sino también bastante distanciada, cuando no indiferente. Los conflictos solo parecen interesarle en el movimiento conclusivo, y ni aun así termina de atrapar. En cualquier caso, la orquesta es formidable y se encuentra muy bien trabajada. Notable sonido extraído de SACD el que he tenido la oportunidad de disfrutar. (8)

 

11. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1976). El de Salzburgo y los suyos repiten once años después. El motivo, grabar la obra en cuadrafónico. Hoy este formato se ha perdido, pero da igual: es la recreación más lograda de las de Karajan. Los tempi son ahora considerablemente más lentos, la atmósfera mucho más gótica, la negrura mucho más intensa. Por descontado que la sonoridad es igual de suntuosa –sobra algún portamento– y la expresión sigue siendo romántica, pero ahora se ve al maestro mucho más atrevido y sincero a la hora de hurgar en la expresión, particularmente en un Finale cargado de fuerza. Uno no puede dejar de pensar si Bernstein habría hecho algo parecido si hubiera alcanzado a grabar la página en sus años postreros. No hace falta decir que la orquesta es formidable, pero sí conviene apuntar la hermosísima cantabilidad del solo de violonchelo al inicio de la obra. La toma es francamente buena y suena espléndidamente en el trasvase a SACD. (10)



12. Ormandy/Orquesta de Philadephia (RCA, 1978). Ha pasado casi un cuarto de siglo desde su primer registro, pero no hay grandes novedades en el retorno de Ormandy y sus Philadelphians: cuerda suntuosa ideal para la obra, cuidadísima ejecución estilo por lo general muy certero e implicación expresiva, con plena atención a los conflictos que subyacen en los pentagramas. Dicho esto, se detectan la irregular concentración de un fraseo que podía ser más paladeado y denso, como también cierta tendencia a lo espectacular y aparatoso en el movimiento conclusivo. (8)

 

13. Ashkenazy/Orquesta Philharmonia (Decca, 1980). Respaldado por una toma sonora sensacional, el de Gorki construye una interpretación que no necesita acercarse a la incisividad y la aspereza, menos aún renunciar a la belleza sonora, a la elegancia y a la cantabilidad, para ofrecer con absoluta sinceridad y sin resquicios para la esperanza toda esa desolación poética que piden los pentagramas. Lo consigue, además, haciendo gala de una absoluta concentración, trabajando a la excelente orquesta con un portentoso sentido de los timbres y analizando los planos sonoros sin dar la sensación de rebuscamiento o mera intelectualidad. Una visión, a la postre, esencial y depurada, que pone de relieve los aspectos más abstractos y modernos de la música. (10)

 


14. Blomstedt/Sinfónica de San Francisco (Decca, 1989). Lenta (36’18’’), concentrada y hermosísima interpretación la del maestro sueco-norteamericano, más interesando por la esencialidad, por lo contemplativo y por lo espiritual que por el conflicto y la negrura, pero plenamente convencido de su enfoque y perfecto a la hora de materializarlo: resulta difícil ir más allá en naturalidad, en depuración y en belleza sonora. La toma es perfecta. (9)

 


15. Maazel/Sinfónica de Pittsburg (Sony, 1990). Veintidós años separan esta versión en Pittsburg de la de Viena. Eso en alguien tan irregular e imprevisible como Lorin Maazel es muchísimo. De hecho, ambas solo tienen en común su considerable belleza sonora –la orquesta norteamericana está espléndida– y la perfecta exposición del entramado orquestal. Por lo demás, si aquella se decantaba por un interesantísimo punto de encuentro entre frescura y equilibrio, esta lo hace por un carácter otoñal que termina cayendo en la languidez, particularmente en un primer movimiento que en lugar de doliente suena quejumbroso. No es solo cuestión de tempi, 32’47’’ en aquella y nada menos que 39’23’’ en esta, sino de pulso interno: al maestro se le viene abajo desde el principio, salvo en un segundo movimiento muy bien llevado. La toma es sensacional. (6)


16. Berglund/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 1991). Paavo va cambiando sus maneras de hacer en Sibelius. Con tempi considerablemente más rápidos en los movimientos impares con respecto a su grabación con Bournemouth, el maestro ofrece una recreación que sigue en la misma línea esencial y trascendida que en la anterior, pero aportando esa dosis de nervio, de garra y empuje que entonces se echaba en falta. Como la orquesta está a su extraordinario nivel habitual, los resultados son espléndidos. De gran nivel la toma de origen radiofónico. ¿Lo malo? Edición limitada difícil de encontrar. (9)


17. Levine/Filarmónica de Berlín (DG, 1994). Los espíritus de Stokowski y de Karajan sobrevuelan esta interpretación abiertamente romántica que busca la opulencia, la belleza tímbrica y los grandes contrastes sonoros sin miedo a caer en excesos –son unos cuantos–, y no muy atenta a destilar la poesía que albergan los pentagramas. La orquesta es tan adecuada para esos fines, el asunto está tan bien llevado a cabo y la labor de los ingenieros del sello amarillo –en la Jesus-Christus-Kirche– resulta tan irreprochable que entre todos terminan conduciéndonos al “placer culpable”. Relájese y disfrute. (7)

 

18. Colin Davis/Sinfónica de Londres (RCA-Sony, 1994). Aunque el arranque no parece el mejor posible –violonchelo algo sollozante–, pronto se aprecia que esta va a ser una gran interpretación, superior a la de Boston dieciocho años anterior. Cierto es que los tempi son muy parecidos y el enfoque sigue siendo fundamentalmente lírico, pero ahora las tensiones se encuentran más aquilatadas y se aprecia mejor la negrura de la obra, de manera especial la del tercer movimiento. La depuración en el tratamiento de la orquesta es todavía mayor, y queda muy en evidencia gracias a una toma sensacional. (9)


 

19. Berglund/Orquesta de Cámara de Europa (Finlandia, 1995). Ahora este hombre parece otro director: mirando más hacia el futuro que hacia el pasado, Berglund clarifica texturas, tensa la arquitectura y ofrece una recreación angulosa y electrizante pero muy controlada, sin el menor exceso y sin necesidad de hacer rústico el sonido, añadiendo también una buena dosis de cantabilidad y de emoción. Impresionante, imprescindible. (9)

 

20. Colin Davis/Sinfónica de Londres (LSO, 2008). Han pasado catorce años desde la grabación anterior de los mismos intérpretes. El tempo es ahora más deliberado en el primer movimiento –se incrementa la sensación de misterio–, pero la concentración de la batuta no es menor. Quizá haya también un mayor interés por trasmitir el carácter desolado de la página, incluso de atender a la emotividad sin que por ello sea necesario “romantizar” la partitura. En cualquier caso, el enfoque sigue optando por una suerte de clasicismo intemporal en el que el equilibrio, la belleza formal y la reflexión serena se imponen por encima de otras consideraciones. La toma se realizó en vivo a un volumen muy bajo para garantizar una amplia gama dinámica. No suena tan increíblemente bien como la de RCA, eso desde luego, pero la reproducción en multicanal del SACD ofrece un relieve y un sentido de la espacialidad impresionantes. Si usted posee el equipo adecuado, esta es su opción. (9)



21. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray BP y Digital Concert Hall, 2010). Sir Simon nos ofrece una interpretación que sabe ser intensa, atmosférica y doliente, también muy hermosa, pero queriendo distanciarse tanto de la opulencia sonora como de la aspereza para alcanzar un adecuado equilibrio entre "romanticismo" y "expresionismo". Todo ello tiene mucho que ver con una orquesta ideal para la obra por el oscuro y denso sonido de su cuerda, así como con las muy acertadas intervenciones de los solistas. A destacar un tratamiento de las tensiones admirablemente resuelto, natural y flexible pero siempre de una solidez apabullante, así como la sutileza de la agógica. (9)

 

22. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). La persona que examine esta entrada con atención se sorprenderá, seguramente con razón, de que a esta filmación del Festival de Lucerna le ponga un 10 y a las dos de los mismos artistas en la Philharmonie de Berlín me quede en el 9. No me hagan mucho caso. Puede que quien a ustedes se dirige haya estado más receptivo al escuchar esta que ahora comento, o que haya influido una toma de sonido superior a las habituales en esta misma plataforma. Esto de poner puntos, qué quieren que les diga, resulta de lo más resbaladizo, por no decir engañoso. Pero bueno, la impresión ha sido que aquí Sir Simon estuvo especialmente inspirado y los berlines, en particular sus primeros atriles, dieron una lección magistral de musicalidad e implicación expresiva, por no hablar de la extrema depuración sonora de una lectura tan cuidada en el trazo global como en los detalles. Por lo certero del enfoque, de nuevo una admirable síntesis entre tradición más o menos "romántica", expresionismo y abstracción, podría ser la opción ideal para quienes escuchan por primera vez la página. La realización visual es admirable y permite poner cara a los solistas de la formación alemana, a quienes por derecho propio corresponde buena parte del éxito de esta empresa. (10)



23. Kamu/Sinfónica de Lahti (BIS, 2014). Sensacional toma para una interpretación de trazo muy fino, atenta a las microcélulas tanto como a la arquitectura global, elegante en el fraseo, que en lo expresivo se decanta por la serenidad, el equilibrio y un cierto distanciamiento expresivo que afecta a los tres primeros movimientos, notables pero algo faltos de calor humano e intensidad poética. Pincha el cuarto, tendente a lo frívolo y con alguna blandura hacia el final. (8)



24. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015).
Repetición de la jugada sin novedad reseñable. A destacar la espléndida arquitectura global, el minucioso trabajo con la gama dinámica, el preciso desarrollo de las células de tensión y el sutil tratamiento de la agógica. Impagable la orquesta, sobre todo la cuerda grave tan decisiva en el primer movimiento. (9)


25. Segerstam/Filarmónica de Turku (YouTube, 2015). Tensa e intensa la recreación del veterano maestro finlandés –setenta y un años en el momento de realizarse la filmación–, quien al frente de una orquesta notable pero no exenta de fallos se propone recordarnos que la desolación que recorre esta música –muy bien atendida por una batuta que paladea los pentagramas sin prisas– tiene que ir acompañada de una dosis suficiente de nervio, de ráfagas de electricidad y de aristas sonoras. No es su intención cargar las tintas, pero quiere que los contrastes queden bien marcados. Si que se haga presente la inspiración de los más grandes, hay no pocos detalles –“llamadas” de flauta y clarinete en el tramo final– que demuestran olfato e inspiración. (8)


26. Paavo Järvi/Orquesta de París (RCA, 2016). Järvi hijo es de los que optan por el expresionismo: la negrura de la obra no viene planteada a partir de la atmósfera, de los colores ocres ni del carácter siniestro, sino de lo tenso, lo escarpado y lo lacerante en una lectura de apreciable garra que, para alcanzar lo extraordinario, podría estar más paladeada y ofrecer mayor vuelo poético. Magnífica la orquesta, y soberbia toma en alta resolución. (8)



27. Blomstedt/Filarmónica de la Radio de Finlandia (YouTube, 2017). Curioso que ahora Blomstedt vaya menos lento que en su registro en audio para Decca: pasa de 36’18’’ a 34’21’’, y se diría que ha perdido algo de concentración. Importa poco, porque el conocimiento del estilo sigue siendo perfecto y muy grande su compromiso, aun siempre en una línea digamos “clásica” y esencial que no pretende subrayar la negrura de los pentagramas. Lo que es una pena es que la orquesta, aun comportándose francamente bien, no alcance la calidad de la de San Francisco, menos aún de la Filarmónica de Berlín con la que volverá a dejar testimonio cuatro años más tarde. (8)


28. Mäkelä/Filarmónica de Oslo (Decca, 2021). Ni romántica ni expresionista: la visión del joven director finlandés resulta ante todo esencial. Música pura, despojada, expuesta con extraordinaria depuración sonora y una belleza infinita. Otra cosa es que muchos podamos preferir acercamientos más intensos, más comprometidos, que presten mayor atención a lo que esta música –por mucho que uno quiera distanciarse– tiene de pesimista. En este sentido, desconcierta un Finale bastante animado en el que parece apreciarse una frescura juvenil, incluso un cierto júbilo optimista –sin llegar a los desmanes que hemos visto en otros directores–, que no parece coherente con lo propuesto en los movimientos anteriores. Soberbia la toma, disponible en algunas plataformas en formato Dolby Atmos. (8)


29. Blomstedt/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2021). Blomstedt continua en su enfoque esencial, no particularmente dramático, aun sin menoscabo de la fuerza del clímax del tercer movimiento ni de unos acordes finales secos e implacables. En cualquier caso, resulta en todo momento inobjetable por estilo, expresión y realización. Y aunque sigue sin alcanzar las lentitudes de San Francisco -ahora le dura 34’42’’-, añade sobre aquel registro y su filmación en Helsinki San Francisco un plus de inspiración que le viene por la sabiduría que otorgan los noventa y tres añitos de edad -al mes siguiente cumpliría los ochenta y cuatro- y el lujo absoluto de contar con una orquesta que es, sencillamente, la más idónea en todo el orbe para esta partitura. (10)


30. Rouvali/Sinfónica de Gotemburgo (Alpha, 2021). Interesantísima recreación en la que Santtu-Matias Rouvali, además de evidenciar un sólido control de los medios, se muestra comprometido y personal alcanzando un equilibrio entre estatismo y nervio, entre esencialidad y vehemencia expresiva, inyectando emoción y aportando detalles –de desigual interés: el arranque del movimiento conclusivo dista de convencer– que apuntan a una renovación de las maneras interpretativas tras el relativo “hasta aquí hemos llegado” de un Colin Davis, un Blomstedt o un Mäkelä, y también tras la visceralidad de un Paavo Järvi. Muy originales los compases finales, que le suenan más “a conclusión” que a la mayoría de los directores. Una pena que la orquesta no sea muy allá: sería formidable escucharle esta partitura con una Filarmónica de Berlín. Disfrutada en Dolby Atmos, la toma parece una de las mejores posibles. (8)


31. Mäkelä/Orquesta del Concertgebouw (Medici TV, 2022). El joven maestro repite el concepto de su registro de audio del año anterior, solo que esta vez cuenta con una orquesta de primerísima categoría cuya suntuosa cuerda supone una gran baza a su favor. El movimiento conclusivo, como ocurre con tantos otros maestros, sigue cojeando. (8)



32. Saraste/Filarmónica de Helsinki (Stage+, 2025). El enfoque anguloso y despojado de Saraste encaja de maravilla con esta página, a la que el maestro despoja de emotividad romántica pero no de tensión interna. Tampoco de angustia existencial. En el cuarto movimiento no termina de cogerle el punto a la música, pero poco a poco lo va arreglando mediante una sabia acumulación de tensiones hasta un final descorazonador. (9)

lunes, 28 de septiembre de 2026

Preludio y Liebestod de Tristán e Isolda, de Richard Wagner: discografía comparada

Publiqué una primera entrega de esta entrada hace tres días. Ha sido un monumental fracaso: número de lectores muy inferior al que suele ser habitual en la mayoría de las entradas de este blog. ¿Qué ocurre? ¿Wagner interesa menos? En fin, ahí van algunas versiones más. Todavía llegarán algunas más.




1. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG-Warner, 1930). Alemania de Weimar, adentrándose en una brutal crisis económica que terminaría llevando a los nazis al poder. Furt a los 44. Testimonios de la misma época evidencian que era un director aún por madurar en plenitud, pero su comprensión de Tristán es ya enorme. Podemos levantar una ceja con los portamenti del preludio –acongojante descarga la de su clímax, por cierto– o con un innecesario “arrebato” emocional” en la Liebestod, pero la palpitante incandescencia que emana su realización, hermosísima y muy depurada en lo técnico, nos pone el corazón en un puño. Asombroso el trabajo de restauración sonora realizado por Art & Son Studio. (9)


 

2. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (EMI, 1938). Estamos en medio del Tercer Reich, pero aun no había comenzado la conflagración que iba a dejar tanta huella en el arte de Furt. Este ya alcanza la perfección en esta música, eliminando el tirón de tempo de ocho años atrás y moderando la velocidad para permitir exponer de manera más efusiva los aspectos sensuales de los pentagramas. En definitiva, una perfecta unión entre carne y espíritu hecha música. De nuevo aplausos para Art & Son. (10)



3. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (Audite, 1942). Plena Segunda Guerra Mundial. Furtwängler se queda en el Reich, presuntamente para mantener la sagrada llama del arte alemán en un mundo que se hacía añicos. O quizá es que, aunque en absoluto fuera nazi, se sentía muy cómodo bajo la etiqueta de director favorito de Adolf Hitler: durante un tiempo le trataron bien y, de paso, lograba mantener a raya a al jovenzuelo Karajan, que había caído en desgracia ante el monstruo. Sea como fuere, lo que aquí se escucha no es una interpretación del “Furt de guerra”, de esas arrebatadísimas, a veces descontroladas, pero a menudo geniales por culpa de un inocultable desgarro interior. Lo que tenemos es una interpretación estática y amarga, de manera en especial en un Preludio marcado por la desazón hasta alcanzar un clímax lacerante a más no poder. La Liebestod suena más espontánea a incandescente, si bien la sección conclusiva se la ha escuchado más inspirada al maestro. Por lo demás, hay algunos sonados fallos en la ejecución que, en medio de semejante despliegue de arte verdadero, solo debería importar a los críticos tipo Beckmesser. La toma, realizada en directo en la antigua Philharmonie, suena bastante bien en el reprocesado en alta definición realizado por Audite. (9)



4. Furtwängler/Filarmónica de Estocolmo (TIM, 1942). Dos semanas más tarde tenemos a Furt en la Konserthaus de Estocolmo. No es una interpretación radicalmente distinta, claro está, pero sí es considerablemente más lenta –de 17’42 pasamos a 18’16’’– y parece apreciarse –la transcripción que he manejado suena mal– una dosis muy superior de sensualidad en las secciones más recogidas: la frase lírica de los violonchelos tras la introducción mezcla de tal forma dulzura y amargor que habrá que esperar al Barenboim tardío para escuchar algo así. De hecho, todo el Preludio parece basarse entre un contraste extremo entre misticismo y carnalidad como pocas veces se ha alcanzado. La Liebestod resulta de nuevo más arrebatada que el Preludio, por momentos cercana a un descontrol que no llega a perjudicar a la excelsitud del resultado global. ¿Importa la aspereza de los metales suecos? A mi entender, esta es la mejor interpretación de las de Furtwängler. (10)



5. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1952). Una cuerda suntuosa es una de las bazas más potentes a la hora de hacer sonar esta música. La de Philadelphia lo era. Lo sigue siendo, pero en los cuarenta y cincuenta posiblemente no tenía rival a ninguno de los dos lados del océano. Ormandy, que por aquel entonces acababa de cumplir los 52, saca extraordinario provecho de ella en una peculiar edición de la partitura que, después del Preludio, ofrece una desafortunada mezcla de la Liebesnacht y la Liebestod. No le sale bien: en el primero el desarrollo no posee la suficiente lógica, amén de que se echa de menos el sabor amargo que esta música necesita, mientras que en el pastiche que viene después el desenfoque estilístico se hace más patente por la tendencia a lo preciosista y el decadentismo: la cosa le suena un tanto a Richard Strauss. En cualquier caso, hay entusiasmo y la limpieza en la ejecución queda garantizada. Buen sonido monofónico. (6)

 

6. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG, 1954). Grabación en vivo –toses audibles– en el Titania Palast del Furtwängler tardío. Ya saben, el de las lentitudes: 17’51’’ no es poco, aunque en Estocolmo llegase a los 18’16’’. No es esta, en cualquier caso, tan sensual como aquella, ni tan doliente como la de Berlín en 1942. Tampoco alcanza la intensidad anterior a la guerra. Sencillamente, y aquí el tópico es cierto, nos encontramos ante una interpretación de síntesis, esencial y desmaterializada. Menos carne, más espíritu. Quizá también mayor belleza, todo ello puesto en sonidos con una enorme concentración interior y con el más desarrollado sentido del discurso como transición continua que el maestro alcanzara en esta pieza. (9)



7. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1957). Por aquellos años Karajan mantenía las formas al ponerse al frente de la Philharmonia, pero como nuevo titular de los Berliner Philharmoniker no tardó en soltarse la melena: los 13’11’’ que le dura el Preludio parecen una broma de mal gusto. La interpretación nace ya hundida e intenta navegar en todas las direcciones sin saber muy bien a dónde va. Al maestro solo le interesa ofrecer sonoridades masivas, rotundas y suntuosas, bellísimas sin duda, pero que se quedan en el mero sonido. Las tensiones no avanzan, el drama no existe y la morosidad se termina convirtiendo en una tortura. La toma es monofónica y no está a la altura de lo que otros sellos hacían por la misma época. (6)



8. Nilsson. Knappertsbusch/Filarmónica de Viena (Decca, 1959). Hay direcciones más extáticas, visionarias y apasionadas; también mejor clarificadas en el tejido orquestal y más sabiamente construidas. Sin embargo, parece no las hay más amorosas y tiernas –en el mejor de los sentidos, nada hay de blandura– que ésta de un Knappertsbusch que frasea con naturalidad pasmosa –suena antes espontánea que calculada– y suma su propio terciopelo al de los Wiener (¡qué violonchelos!) para seducirnos con una carnalidad ante la que resulta imposible resistirse. Para la historia queda el tratamiento orquestal tras el último clímax de la Liebestod. Birgit Nilsson, vocalmente suntuosa pero recogida más bien en la distancia, parece aquí menos fría que en su mucho más difundido registro de la ópera completa con Karl Böhm. La grabación está realizada a un volumen muy bajo, lo que permite una amplia gama dinámica. (9)



9. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1959). Ahora en estéreo y con la edición normal de la partitura (¡menos mal que el experimento quedó atrás!), el maestro de Budapest ofrece una recreación bastante más satisfactoria que la de siete años antes. Cierto es que sigue lejos de acertar con el carácter expresivo de la partitura, pero ahora el estilo es más certero, el decadentismo se modera sensiblemente, el trazo posee mayor unidad y se consigue un más satisfactorio equilibrio entre el fondo y la forma. Digna de escuchar. (7)



10. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1962). Nada que ver con lo que hacía su paisano Ormandy también en EEUU por parecidas fechas. Szell no se interesa por la belleza sonora –aun siendo esta apreciable–, por la suntuosidad ni por preciosismos. Su trazo es decidido y ajeno a vericuetos, su arquitectura de perfecta lógica, su análisis altamente riguroso, su expresividad sobria. Esto último en demasía, como era de prever: el Preludio es un témpano de hielo, y no de los ardientes. Mucho mejor la Liebestod, que sí alcanza la temperatura emocional deseable. A la toma le vendría bien un nuevo reprocesado: da la impresión de ser notable en origen y encontrarse velada. (7-9)



11. Kubelik/Filarmónica de Berlín (DG, 1963). El maestro checo nos sorprende con un Preludio muy lento (12'27) y concentrado, dicho con la lógica constructiva que caracteriza a su Wagner pero, extrañamente, evidenciando al mismo tiempo alguna frase parsimoniosa. En lo expresivo también resulta singular porque, al tiempo que se aleja de la vehemencia, ofrece una curiosa mezcla de pesimismo y dulzura. La Liebestod, de gran depuración sonora y muy paladeada (7’39’’), resulta estática antes que extática, pero en cualquier caso está dicha con singlar belleza y desde una distante serenidad contemplativa. Algo así como un Wagner “de anciano director”, sin en realidad serlo. (8)

 

12. Nilsson. Böhm/Festival de Bayreuth (DG, 1966). En esta celebérrima grabación de la ópera completa el Preludio es sensacional, puro ardor controlado. Su introducción resulta particularmente concentrada. A continuación nos acongoja al ascender al primer clímax y en el resto de la página, atendiendo de manera especial al contraste entre lo amoroso y lo amargo, logra no perder incandescencia ni cálculo en la planificación. Todo ello, por descontado, haciendo gala el maestro de un estilo perfecto y gran belleza sonora, aunque es cierto que la toma de sonido, ni siquiera en el Blu-ray Audio, permite disfrutar plenamente de la sensualidad orquestal. En la Liebestod la Nilsson está suntuosa en lo vocal, pero más bien ajena a los aspectos amorosos del personaje, mientras que a Böhm, poco trascendente aquí, se le va la mano en el apasionamiento y resulta –cosas del directo– un poco desconcentrado, así hasta llegar a un clímax algo aparatoso. (9-8)


 

13. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1967). Sorpresa, o quizá no tanto. Porque este es el Lenny de la etapa neoyorquina, cierto, pero el maestro ya había pasado por su primera experiencia en Viena. Es el Bernstein maduro, pues. Nada de arrebatos temperamentales y descuido manifiesto de la depuración sonora. Interpretación lentísima –11’55’’ el Preludio, 19’05’’ en total– pero muy bien llevada, de perfecto pulso interno, suficiente naturalidad constructiva y mucho cuidado en el juego de tensiones; también interesa por no dejarse llevar por el preciosismo y por encontrarse dotada de apreciable intensidad. ¿Qué hubiese pasado con los Wiener a su disposición? (9)



14. Markevitch/Nacional de la ORTF (DVD EMI, 1968). ¿Qué hace un señor como usted en un sitio como este? ¿Patinar en lo estilístico? ¿Dejarse llevar por el temperamento en una música que necesita una manera muy especial de paladear cada frase e ir engarzándolas con lógica constructiva? Un par de minutos bastan para quitarnos tan estúpidos prejuicios de la cabeza: las maderas son incisivas y amargas, los silencios posee mucho peso específico, el tempo es pausado, amplio el legato… Don Igor construye una soberbia interpretación que suena a Wagner y siente a Wagner, que ciertamente alcanza especial temperatura en los clímax –no podía ser menos con semejante maestro–, pero que se encuentra dicha con enorme concentración y siempre bajo el más riguroso control de un cerebro que sabía no quedarse en lo apasionado. Falta ese punto de sensualidad que nunca fue especialidad del maestro de Kiev, pero esto no le impide ofrecernos una Liebestod maravillosamente paladeada y llena de equilibrio. La orquesta, pese a las evidentes limitaciones y las estridencias en los tutti, responde de maravilla a lo que la batuta pide. Aceptable filmación en blanco y negro de pobre sonido monofónico. (9)



15. Bernstein/Sinfónica de Boston (YouTube, 1972). Con respecto a su registro en audio seis años anterior, el maestro añade lentitud –12’25’’ el Preludio, 20’26’’ sumando la Liebestod–, parsimonia y un punto de narcicismo a esta personal, hermosísima, no poco hedonista y en buena medida reveladora interpretación en la que, cómo no, lo que se ve es tan valioso como lo que se escucha: la gestualidad del guapo Bernstein no solo es hermosa de contemplar, sino también explicativa de lo que está sonando. Una pena que la toma de sonido se vea afectada por la compresión dinámica. (9)



16. Boulez/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1973). Otra sorpresa neoyorquina. El sucesor de Bernstein fue un muy despistado intérprete de Parsifal y la Tetralogía, pero aquí se muestra no solo rigoroso y analítico, como en él es siempre de esperar, sino también sensato, centrado y con clara voluntad de resultar emotivo. El problema es que la intensidad procura conseguirla basándose en un calculadísimo y admirable estudio de las aceleraciones y desaceleraciones en el tempo, cuando en esta música existen otros factores formales que también son determinantes. En cualquier caso, notable realización y muy buen trabajo con una orquesta a la que le suena mejor que a Lenny. (8)

 

17. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1974). Esto ya empieza a ser otra cosa. La lentitud y el narcicismo siguen ahí, moderándose un tanto: los 13’11’’ del Preludio se transforman en 12’39’’, si bien la Liebestod se alarga un poco más que antes. La música avanza con más lógica, se aprecia mayor intensidad en el fraseo (¡qué violonchelos!) y se consigue un más adecuado equilibrio entre forma y expresión. En cualquier caso, el problema de fondo es el mismo: aunque todo suena bellísimo, refinado y suntuoso a más no poder, el maestro se interesa en exceso por la belleza sonora en sí misma y el resultado es artificioso, cuando no insincero. La toma, en origen cuadrafónica, se realizó a volumen muy bajo para recoger esa gama dinámica extrema que tanto gustaba a Karajan: tengan cuidado con los vecinos. (7)



18. Solti/Sinfónica de Chicago (DVD Decca y Stage+, 1976). Segunda mitad de los setenta y primera de los ochenta fueron los años en el que Sir Georg alcanzó la excelsitud como director sinfónico, toda vez que el sentido teatral, el fraseo incisivo, el vigor del trazo global y la intensidad expresivas de las que siempre hizo gala en el campo operístico se vieron por fin plenamente acompañadas de una tan sutil como efectiva flexibilidad en el fraseo, un mayor sentido del canto y, sobre todo, una enorme concentración interior que no cedía ante el impulso de la pasión, ni siquiera en directo. Es el caso de este testimonio en el que Solti logra un especial equilibrio entre fuego y control, alcanzando clímax de contrastada intensidad y aportando al mismo tiempo un apreciable sentido de la atmósfera, de lo siniestro incluso, como también de la meditación. El resultado, una interpretación tan dramática como bien medida que pone de relieve los aspectos más dolientes de la música. La sensualidad espiritual hay que buscarla en otro lugar. El vídeo no procede de celuloide, como hacía Unitel en Europa por las mismas fechas, sino que se trata de una realización televisiva de suficiente calidad para aquellos años. El sonido deja que desear: la comprensión dinámica no es buena para esta música. (8)


 

19. Solti/ Sinfónica de Chicago (Decca, 1977). Ahora sí, la admirable labor de ese enorme ingeniero que fue Kenneth Wilkinson nos permite disfrutar plenamente tanto de la belleza, empaste y brillantez de los chicagoers como de la inspiración de un Solti que, como el año anterior, no nos muestra su faceta más ardiente y teatral, sino que busca, tomándose las cosas con calma (19’12’’), el perfecto equilibrio entre extroversión e introversión, entre pasión y lirismo reflexivo, al tiempo que se interesa por los aspectos más amargos de la página sin necesidad de cargar las tintas. Diríase incluso que alcanza ahora un grado superior de concentración e inspiración, todo ello –faltaría más– servido con una planificación tan rigurosa como natural y evitando la tentación de recrearse en las posibilidades de una orquesta empastadísima –nada de potenciar los metales– que podía ofrecer lo que por aquel entonces estaba al alcance de pocas. (9)



20. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1980). Esta recreación es muy distinta a la suya de Bayreuth, no solo por dejar claro que es una interpretación más de concierto que de representación de la ópera en vivo, sino también porque es ya de anciano director. En este sentido, en el preludio se ha perdido la desazón que alcanzaba el primer clímax, como también el ardor perfectamente controlado de entonces, pero se ha ganado en depuración sonora, en espiritualidad y en trascendencia, como también en cantabilidad y en vuelo lírico: ¡qué fraseo tan hermoso e irresistible el de los violonchelos de la Filarmónica de Viena! La Liebestod, que en Bayreuth no resultaba del todo convincente por su relativo nerviosismo e incluso por su aparatosidad en el gran clímax, es ahora muy preferible por su concentración y equilibrio. Toma sonora sensacional.
 


21. Barenboim/Orquesta de París (DG, 1982). En paralelo a su experiencia con la ópera completa en Bayreuth, el aún joven artista dejaba este maravilloso testimonio de su plena sintonía con una partitura que él ha interpretado como pocos directores lo han hecho: aun poniéndose al frente de una orquesta a priori poco idiomática, consigue una recreación que suena plenamente a Wagner y que está fraseada con ese carácter orgánico que la música demanda, prestando muy especial atención al legato –sensualísimo aun evitando lo excesivamente dulce– y al peso de los silencios. Dicho esto, la excelsitud solo se alcanza en un Preludio perfectamente construido en el que la concentración se pone por delante de lo visionario. La Liebestod, concebida de manera antes estática que ardiente, comienza de manera admirable pero luego no termina de avanzar con plena lógica –hay incluso cierto descontrol– hasta llegar a un clímax en el que la percusión resulta excesiva. De todas formas, la emoción que desprende la batuta termina atrapándonos. (9-8)



22. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1983). A la tercera va la vencida. De los 12’39’’ del Preludio en el registro de 1974 pasamos a 12’21’’, y de los 8’08 de la Liebestod nos quedamos en 7’16’’. Esto ya es más razonable. No solo eso: sin dejar de ser él mismo, Karajan se muestra aquí más inspirado. Verdad es que el maestro confía demasiado en los efectos puntuales de la masa sinfónica, que tiende un poco a lo melifluo y que a la postre sigue resultando en exceso parsimonioso, lo que le hace perder en carácter visionario y emoción, pero ahora la emotividad es mucho más intensa, la arquitectura encuentra mayor lógica –el Preludio se concibe como un enorme crescendo hasta el minuto nueve– y la magia sonora de la batuta, diríase que aún mayor que antes, se pone al servicio de la partitura, no al revés. Apabullante, y también emocionante, el clímax de la Liebestod. Pero aún el de Salzburgo tendrá que decir una última palabra al respecto, y lo hará precisamente en su ciudad natal. (8)



23. Norman. Karajan/Filarmónica de Viena (DG, 1987). Arranca Karajan algo cabizbajo y tristón, más que verdaderamente amargo. Parece que la parsimonia le puede, pero poco a poco vamos descubriendo que no solo es esta la menos lenta (11’59’’) y más satisfactoria recreación del Preludio, sino también qué es lo que le faltaba sus grabaciones anteriores: Viena. Faltaba Viena. Su elegancia en el fraseo, su tímbrica planeada, sus sensualísimos violonchelos, su sonoridad mucho menos masiva, más ligera que la de Berlín. El anciano maestro siempre se mostró más inspirado con los Wiener que con los Berliner, y en esta que fue una de sus últimas grabaciones –Festival de Salzburgo– consiguió servir a la partitura al mismo tiempo que a sí mismo: no es la interpretación más desgarrada posible, pero esta vez el maestro resulta por completo convincente. Claro que el auténtico milagro llega en la Liebestod: aunque su instrumento sea opulento y luzca un maravilloso esmalte, Jessye Norman no ofrece una Isolda mayestática a la manera de la divina Flagstad, sino que nos muestra a una mujer tan frágil como apasionada gracias a una sutilísima matización en un fraseo de libro. Karajan se rinde a sus pies y, trabajando las texturas orquestales con increíble minuciosidad y toda la magia que era capaz de desplegar, ofrece una muerte de amor concentradísima, increíblemente bella, de enorme elevación espiritual y una serenidad que tiene mucho de trascendente y poco de melifluo. Si hubiese que hacer un disco con “los mejores momentos de Herbert von Karajan”, esta Liebestod tendría que formar parte de él. (9-10)



24. Ozawa/Filarmónica de Berlín (Philips, 1989). Auténtico derroche de elegancia, tersura y sensualidad sonoras –soberbio tratamiento de planos, por no hablar del sentido del color– para una recreación bastante ajena tanto al estilo como a la expresión de la música. La tendencia al lirismo blando del maestro termina pasando factura. (7)



25. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Teldec, 1993). Un año antes de su registro en estudio de la ópera completa, el de Buenos Aires ofrece, con la inestimable ayuda de una orquesta en estado de gracia –pocas veces se habrá tocado esta música con semejante perfección– una interesantísima aportación que no se decanta por lo dramático ni lo agónico, sino por lo amoroso. Y es que, aun siempre dentro de la más estricta ortodoxia en la sonoridad y en el fraseo –soberano dominio del peso de los silencios–, y haciendo gala de una perfecta lógica en la construcción de tensiones y distensiones, Barenboim se aparta de la incandescencia y el desasosiego de otras recreaciones suyas para apostar por una lectura sosegada, introvertida incluso, en la que la sensualidad y la ternura se ponen por encima de otras consideraciones. Puede resultar, por eso mismo, menos emotiva de lo esperado, pero arroja nuevas luces sobre esta música genial: escúchese el arranque de la Liebestod. La toma nunca me terminó de convencer, pero haciendo uso de auriculares me parece menos insatisfactoria. (9)



26. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 2000). Los primeros compases ya ofrecen la señal de alerta: cuerda mórbida y maderas sin incisividad alguna para exponer con intolerable blandura el “acorde de Tristán”. A partir de ahí, refinamiento mal entendido, preciosismo y falta de carácter que pretende hacer bonita una música que debe desgarrar las entrañas. El clímax, resulta extremadamente atractivo por la suntuosidad de la orquesta berlinesa y la técnica de un maestro que sabía muy bien cómo planificar las cosas, pero durante el resto del Preludio no puede uno dejar de acordarse del árbol genealógico del señor Abbado. Mucho mejor la Liebestod: aquí sí que se aprecia sinceridad por parte del maestro y la opulencia sonora sí que se encuentra a disposición de una idea expresiva, no al revés. (6-8)

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