Esta entrada se publicó originalmente el 19 de enero de 2011. He incorporado comentarios a las interpretaciones de Tortelier con Berglund, Khomitser con Rozhdestvensky, Müller-Schott con Kreizberg, Bertrand con Rophé, Gabetta con Maazel y, finalmente, Mork con Vasily Petrenko. En el resto he realizado retoque menores de estilo.
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Dmitri Shostakovich escribió su Concierto para violonchelo en 1959. Un momento, pues, ya de plena madurez, en el que el compositor se siente relativamente libre de las ataduras estéticas de tiempos estalinistas y alcanza una particular síntesis entre el deseo de comunicar con el público y la necesidad de manifestar ese complejo mundo interior que podría empañar el prestigio que, pese a todo, había alcanzado en la URSS. Los resultados de tal compromiso serían desiguales, pero esta op. 107 puede contarse entre las obras maestras de este período, y es sin duda uno de los espejos que mejor reflejan el alma torturada del compositor. Un espejo deforme, por supuesto, aunque el sarcasmo alucinado de raigambre expresionista –la rabia que produce en el ser humano la toma de conciencia de su propia condición se transforma en mueca descarnada– viene acompañado de un lirismo cantable y emotivo de la mejor ley que, hundiendo sus raíces en la mejor tradición rusa, nos habla de un nihilista con alma de romántico.
Entre estos dos polos, el romanticismo y el expresionismo, se van a mover las interpretaciones discográficas de la obra, entre las que obviamente sobresalen las de quien fue su dedicatario, Mstislav Rostropovich, quien la estrenó el 4 de octubre de 1959 bajo la dirección de Yevgeny Mravinsky. La partitura se divide en tres movimientos, o mejor en cuatro: Allegretto, Moderato, una larga y misteriosa cadenza que tiene entidad por sí misma y un Allegro con moto conclusivo en el que desembocan de modo frenético todas las tensiones acumuladas. Ni que decir tiene que la partitura resulta técnicamente de gran exigencia para el solista, aunque el trompa tiene a su cargo muy decisivas intervenciones. Pese a las referidas dificultades técnicas y a las complicaciones expresivas, que no son menores, la partitura ha gozado de gran fortuna discográfica.
1. Rostropovich. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (Sony, 1959). Tan solo un mes después del estreno, el propio Rostropovich realizaba la primera grabación mundial de la pieza. Lo interesante es que ya en fecha temprana, el de Baku evidencia que lo que más le interesa de esta obra, por no decir de Shostakovich en general, es su vertiente humanista, y más en concreto su lirismo doliente –emparentado en cierto modo con el de Tchaikovsky– que nos conduce hacia una conmovedora reflexión sobre el ser humano que, en manos del cellista de Baku, no encuentra lugar para la burla y el desprecio. Por eso mismo Rostropovich pasa un poco de largo ante la vertiente sarcástica de la pieza, al menos en el primer movimiento, si bien el cuarto está recreado con toda la tensión y garra dramática que merece. Ormandy sintoniza perfectamente con la visión del solista y redondea con su irreprochable labor uno de los grandes clásicos del la historia del disco, beneficiado además por un sonido admirable para la época. (9)
2. Rostropovich. Rozhdestvensky/Filarmónica de Leningrado (BBC Legends, 1960). Esta toma de aceptable sonido, realizada en Edimburgo el 9 de septiembre de 1960, refleja el modo en que Rostropovich vuelve a dar la lección de calidez y humanidad en el estreno británico de la pieza, ofreciendo un intensísimo en el clímax del segundo movimiento y gran riqueza de acentos en su larga cadenza, aunque aquí lo que interesa es comprobar cómo el joven Rozhdestvensky ya se decanta por una visión particularmente ácida de la música del compositor. Lástima que la trompa deje que desear. (9)
3. Rostropovich. Groves/Sinfónica de Londres (DVD EMI, 1961). En esta filmación televisiva en blanco y negro Rostropovich ya ha madurado su visión de la pieza, añadiendo (¿influencia de Rozhdestvensky?) una buena dosis de corrosividad en el primer movimiento y una gran rebeldía en el segundo, y extrayendo de su violonchelo un sonido aún más rico en colores y expresión. Charles Groves acierta a equilibrar perfectamente los componentes irónico y trágico de la partitura, pero ni la orquesta ni el solista de trompa están precisamente en plena forma. (9)
4. Rostropovich. Svetlanov/Sinfónica de la URSS (Russian Disc, 1966). Rostropovich se mueve en la misma admirable línea que con Groves, pero no tan seguro desde el punto de vista técnico. Al frente de una orquesta de maderas ácidas, Svetlanov ofrece la versión expresionista, obsesiva y sarcástica por excelencia, algo precipitada quizá. Lástima que la trompa solista deje mucho que desear y que la toma sonora presenta evidentes desequilibrios: los timbales en primer plano llegan a molestar. (9)5. Khomitser. Rozhdestvensky/Gran Orquesta Sinfónica de la URSS (Melodiya, 1968). Violines que cortan como cuchillos, flautas que resoplan como serpientes, timbales rotundos, una trompa descarada a más no poder… Rozhdestvensky ya tenía claro en los años sesenta (¡y se atrevió a demostrarlo en el seno de la Unión Soviética!) que la música de Shostakovich es ante todo una ácida y virulenta denuncia del lado más siniestro del ser humano en la que no hay apenas cabida para el vuelo lírico. Menos aún para el optimismo. Lo demostró, por ejemplo, con esta lectura extremadamente expresionista que pone de relieve los aspectos más grotescos, sarcásticos y alucinados de la partitura con una tensión interna y una rabia abrumadoras. Mikhail Khomister carece del humanismo de un Rostropovich –ingrediente que, por otra parte, no tendría sentido junto a un enfoque semejante–, pero frasea con una intensidad llena de convicción. El resultado es desarmante: existen lecturas más profundas y ricas de concepto que la presente, pero no tan demoledoras. (10)
6. Tortelier. Berglund/Sinfónica de Bornemouth (EMI, 1973). Protagonista de este registro es el proverbial humanismo del violonchelista francés, que canta las melodías con una belleza, sinceridad y calidez admirables para descubrirnos el lado más lírico y conmovedor de estos pentagramas, si bien es cierto que se echan en falta la visceralidad, la ironía y la garra dramática con que otros grandes de su instrumento han sabido redondear su aproximación. Un muy centrado Berglund compensa parcialmente semejante insuficiencia aportando –sobre todo en el último movimiento– una buena dosis de virulencia. (8)
7. Natalia Gutman. Sinfónica de la RTV de la URSS/Kondrashin (Live Classics, 1976). La magnífica batuta de Kondrashin marca una lectura ante todo sarcástica y corrosiva, llena de humor negro, aunque no especialmente dramática. Gutman ofrece un sonido no muy robusto, algo sollozante sin llegar a ser blando, de tal manera que se pliega muy bien a la parte más ácida la pagina mientras que en la sección central ofrece más congoja y llanto que nihilismo. La orquesta está espléndida. (9)
8. Ma. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (CBS-Sony, 1982). No sé si es esta la mejor interpretación discográfica de la obra, pero sí una de las que más me gustan, haciéndolo particularmente por su enfoque negro y dramático. Los movimientos extremos son espléndidos, aun sin llegar al colmo del sarcasmo ni de la teatralidad. Donde se llega a lo genial es en el Moderato, que alcanza las más altas cotas de profundidad, angustia y nihilismo, en una línea diferente a la más humana y tierna, por así decirlo, de un Rostropovich. En la cadenza el joven Yo-Yo Ma está particularmente sensacional por sonido, técnica y sinceridad expresiva. De nuevo irreprochable el ya anciano Ormandy al frente de su magnífica orquesta. (10)
9. Heinrich Schiff. Maxim Shostakovich/Sinfónica de la Radio Bávara (Philips, 1984). Tras la hazaña de CBS los otros grandes sellos se animaron a grabar por fin la página. Aquí la dirección orquestal es estimable, pues aunque Maxim Shostakovich entiende la música de su padre de manera un tanto descafeinada, todo está en su sitio y los parámetros expresivos son bastante correctos. El problema es Schiff, que pese a su hermoso sonido se muestra excesivamente blando en general, más nervioso de la cuenta en el primer movimiento y hasta fuera de estilo en la trascendental cadenza, que le queda lenta y aburrida. (7)
10. Lynn Harrell. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1985). Al frente de una orquesta portentosa y beneficiado por una toma de sonido sensacional, Haitink ofrece una muestra de su desigual comprensión de la música de Shostakovich, ofreciendo un primer movimiento deslavazado y sin garra, un Moderato lento, paladeado con concentración y particularmente desolado y un Allegro con moto conclusivo solvente sin más. Harrell ofrece un sonido bellísimo pero un compromiso expresivo bastante escaso, escapándosele el carácter poliédrico de la partitura y tendiendo a la blandura, aunque hay buenos momentos de lirismo en el segundo movimiento y la cadenza resulte apreciablemente misteriosa. (7)
11. Rostropovich. Ozawa/Sinfónica de Londres (Erato, 1987). Estaba cantado que con la llegada de la era digital Rostropovich tenía que volver a grabar la obra. Lo hizo con uno de sus directores favoritos, el siempre elegante y refinado Seiji Ozawa, lo que dejaba bien claro que el enfoque interpretativo iba a optar por una versión ante todo lírica y humana, de gran sinceridad y hondo calado dramático. De ahí que solista y batuta construyan un segundo movimiento profundo y desgarrador, y que se eche de menos algo más de garra y mordacidad en los movimientos extremos, sobre todo por parte del director oriental, quien por lo demás obtiene un fenomenal rendimiento de la orquesta. (9)12. Ma. Dutoit/Sinfónica de Montreal (YouTube, 1989). Impresionante testimonio, pese a la pobreza de su calidad audiovisual, en el que Yo-Yo Ma revalida su condición de intérprete máximo de esta página, siempre junto a Rostropovich pero en una línea muy distinta. De verdadero escalofrío verle chorrear sudor mientras lucha contra su violonchelo para desplegar la máxima tensión dramática y un dolor que se acerca a lo insoportable. Charles Dutoit realiza una labor espléndida, pero Montreal y su trompa no son el prodigio de Philadelphia. (9)
13. Mischa Maisky. Tilson Thomas/Sinfónica de Londres (DG, 1993). Hay que reconocer que el histrionismo de Maisky le sienta como un guante a esta obra, de la que resalta su vertiente más grotesca e histérica, pero también que su sonoridad resulta demasiado sollozante y blandengue en el segundo movimiento, que no resulta de un lirismo realmente sincero. Por fortuna tiene a su lado a un Michael Tilson Thomas que se toma las cosas muy en serio y ofrece una dirección sensacional, llena de intención y con detalles reveladores en el último movimiento. (8)
14. Truls Mork. Jansons/Filarmónica de Londres (Virgin, 1995). Interpretación irregular en la que el primer movimiento les queda un tanto nervioso a batuta y solista, mientras que el segundo, algo pesadote y sin pulso, resulta más tristón que trágico. Mejor los otros dos, sin llegar a profundizar en el contenido de la obra. En cualquier caso hay que destacar lar riqueza del sonido de Mork, pleno de armónicos y capaz de resultar tan afilado como carnoso. (7)
15. Arto Noras. Ari Rasilainen/Radio Noruega (Finlandia/Warner, 1997). Esta grabación, realizada originariamente por Finlandia y reeditada más tarde por Warner, no aporta nada en especial. La dirección es buena en los movimientos extremos, aunque con maderas deberían ser más incisivas, resultando descafeinada en el central. El cellista, que carece de una idea clara de la partitura, ofrece un sonido frágil y poco variado, aunque hermoso para un segundo movimiento que, en cualquier caso, resulta poco emotivo en el segundo. La cadenza le queda muy lenta y aburrida. (6)
16. Alexander Ivashkin. Valeri Polyanski/Sinfónica de Moscú (Ode Records/Brillant Classics, 1997). La batuta se muestra muy bien encaminada, variada en lo expresivo y convincente, aunque sin terminar de profundizar en las aristas de la obra, sobrando además algún exceso en el final. El chelista posee un sonido algo débil y ofrece una visión un tanto descafeinada de su parte, además de incurrir en algún detalle de blandura; nada nuevo, como se ve. Por parte de la orquesta se podría pedir mayor virtuosismo en las maderas. Como curiosidad, hay que señalar que el registro se realizó en el mismo recinto en que se estrenó la partitura, la gran sala del Conservatorio de Moscú. (7)
17. Denis Shapovalov. Rostropovich/Sinfónica de Londres (MP3 Andante, 2002). Como era de esperar, la batuta de Rostropovich se centra en los aspectos líricos y dolientes de la partitura, en la que subraya toda su humanidad, consiguiendo además extraordinarios hallazgos fantasmagóricos e inquietantes en el segundo movimiento, si bien se queda corto en garra, sarcasmo e incisividad. El solista se muestra muy centrado y ajeno a devaneos, pero necesita un sonido más corpulento, rico y capaz de transmitir la variedad de estados anímicos que propone la obra. Este registro estuvo disponible en la sala de audición on-line del desaparecido sello Andante. Dado que se trata del único testimonio disponible que tenemos del dedicatario empuñando la batuta, consignamos aquí esta grabación a la espera de que un día vuelva a estar disponible en algún formato. (7)
18. Han-Na Chang. Pappano/Sinfónica de Londres (EMI, 2005). Batuta y solista deciden alejarse de la histeria, el histrionismo, el desgarro y el sollozo, adoptando una postura distanciada que intenta poner de relieve los valores más puramente musicales de la obra, exponiéndolos con virtuosismo técnico y admirable musicalidad. Quizá el resultado puede ser algo frío, o al menos poco conmovedor, pero la opción es coherente. Soberbio, lleno de tensión, sin resultar especialmente incisivo, el último movimiento. (9)19. Müller-Schott. Kreizberg/Sinfónica de la Radio Bávara (Orfeo, 2005). Con la colaboración de la más importante orquesta de su ciudad, la formidable de la Bayerischen Rundfunks, el violonchelista muniqués pone el bellísimo sonido de su violonchelo –con punta más que cálido o robusto– al servicio de una recreación que, aun carente del punto de humanismo de un Rostropovich o de la concentrada negrura de un Yo-Yo Ma, convence por la intensidad y la sinceridad con que se navega por todas las situaciones expresivas que propone la partitura, siempre con amplio aliento lírico y sin dejar espacio para devaneos sonoros. La dirección del malogrado Yakob Kreizberg es algo primaria, pero muy decidida, de pulso bien sostenido y por completo certera en la expresión. Espléndida la toma sonora. (9)
20. Harrel. Maazel/Filarmónica de Nueva York (DG Concerts, 2006). Decididamente, Lynn Harrel no está hecho para esta obra. Cierto es que ofrece un sonido muy hermoso y una gran cantabilidad, pero de nuevo se queda muy corto en lo expresivo y tiende a la blandura: el chelo aquí tiene que reír y llorar al mismo tiempo, ofrecer sarcasmo y rebeldía a partes iguales y hacer gala de una teatralidad de primera magnitud. El veterano Maazel, en una de sus escasas incursiones en la música de Shostakovich, ofrece una lectura de buen pulso y excelente arquitectura, pero esta partitura parece necesitar una aproximación mucho más visceral, más intensa y contrastada. Lo mejor por su parte, y también de la del solista, es el último movimiento. Formidables la orquesta y su solista de trompa. La grabación no está pasada a disco compacto, pero su descarga la comercializa Deutsche Grammophon a través de Internet. (7)21. Weilerstein. Eschenbach/Orquesta de Philadelphia (Descargas de la orquesta, 2006). Por tercera vez la soberbia formación norteamericana vuelve a demostrar su interés por la partitura, y esta vez lo hace con ese maestro siempre sólido, honesto y eficaz que es Christoph Eschenbach, quien aquí nos ofrece una lectura sin especial personalidad, pero soberanamente expuesta y en general –algo más ligero de la cuenta el arranque del Moderato– muy centrada en lo expresivo. Todo lo contrario que la otras veces grande Alisa Weilerstein, extremadamente creativa pero sin una idea clara detrás de tantas aportaciones, e incluso muy fuera de tiesto en un segundo movimiento excesivamente lírico y con tendencia a la blandura y el lloriqueo. Su sonido, eso sí, es hermosísimo, y su virtuosismo inapelable. El registro se puede encontrar fácilmente en los servicios de streaming. (7)
22. Gabetta. Maazel/Filarmónica de Múnich (Sony, 2011). Siendo el antepenúltimo disco grabado por Lorin Maazel en su extensa carrera –y único realizado al frente de la orquesta de la que apenas pudo disfrutar la titularidad–, el maestro norteamericano nos ofrece aquí la típica lectura “deconstructiva” de anciano director, muy lenta y portentosamente diseccionada, abstracta y esencial, antes espiritual y meditativa que incandescente, dicha desde más allá del bien y del mal… El problema es que con semejante lentitud el edificio sonoro se le viene por completo abajo, y aunque Maazel acierta por completo a la hora de hacer sonar incisiva a la madera, de desplegar atmósferas siniestras y de bañar la interpretación el adecuado carácter agrio, la continuidad del discurso se pierde y uno termina aburriéndose. Sol Gabetta, de sonido hermosísimo y técnica llena de recursos, no posee el temperamento adecuado para la obra, pero al menos se nuestra centrada en los movimientos extremos; en el Moderato se preocupa más de la belleza sonora que de la expresión, resultando un punto blanda, y en la larguísima cadenza divaga en lo expresivo sin saber a dónde va. Impresionante la toma sonora. (7)
23. Bertrand. Rophé/Orquesta Nacional de la BBC de Gales (Harmonia Mundi, 2012). Sorprendentemente buena la dirección de Pascal Rophé, muy centrado tanto en el estilo como en la expresión; la orquesta le suena de manera formidable, además de muy transparente y con el colorido apropiado. El problema es la solista. Emmanuel Bertrand: luce un sonido muy hermoso, rico en el registro grave y –por descontado– pleno de virtuosismo, pero tiende a la blandura, incluso a lo lacrimógeno, en el segundo movimiento. La cadenza resulta en sus manos más misteriosa que tensa o desgarrada. En el resto muy bien, pero solo eso. Formidable la toma. (7)
24. Mork. Vasily Petrenko/Filarmónica de Oslo (Ondine, 2013). Dieciocho años después de su grabación con Jansons, Truls Mork vuelve a dejar constancia de su visión de la obra, esta vez secundado por un Petrenko con el que sintoniza plenamente a la hora de ofrecer un primer movimiento incisivo, apremiante y nervioso, quizá en exceso, para luego pasar a un segundo cuyo carácter espectral queda muy bien reflejado. En la cadenza Mork da buena cuenta de la variedad de acentos que es capaz de extraer de su violonchelo, mientras que en el final batuta y solista se decantan por la virulencia de corte expresionista. Soberbia la ingeniería. (9)
25. Isserlis. Currentzis/The Mahler Chamber Orchestra (DVD Euroarts, 2013). En plena sintonía con un Currentzis siempre dispuesto a ofrecer la cara más negra y nihilista de Dimitri Shostakovich (¡que ya es decir!), el violonchelista londinense ofrece una recreación áspera y sórdida, incluso feísta, en la que el humor negro del autor revela más que nunca ser una terrible mueca expresionista de rabia y dolor, aunque controlando siempre el fraseo sin necesidad de caer en histerismos. Se pueden preferir enfoques más humanistas (Rostropovich) u otros que sepan fundir negrura y vuelo lírico (Yo-Yo Ma), como también se pueden censurar ciertas languideces del solista sobre el minuto 14, pero el resultado es de una coherencia total. Los solistas de la portentosa orquesta, bien aleccionados por el maestro griego –comprometido, virulento-, se encargan de cargar aún más las tintas en una recreación que termina resultando particularmente alucinada. (9)
26. Isserlis. Paavo Järvi/Sinfónica de la Radio de Frankfurt (Hyperion, 2013). Tal vez espoleado por un Isserlis que venía de la filmación junto a Currenztis realizada tan solo unos meses antes, el casi siempre eficaz pero raramente inspirado Paavo Järvi se muestra aquí por completo comprometido con la partitura y ofrece una recreación magníficamente trazada –salvando algún pasaje en exceso acelerado del último movimiento-, de muy apreciable claridad, rica y adecuadamente incisiva en el colorido y atenta a poner el dedo en la llaga subrayando los aspectos más expresionistas de la escritura. El solista vuelve a mostrarse ideal para poner de igualmente relieve el carácter alucinado de la obra, muy particularmente esa mezcla de sarcasmo, rebeldía y desesperación que caracteriza los dos movimientos extremos, pero en el segundo vuelve a sorprender desagradablemente con la muy sustancial reducción del vibrato en algunas de las frases, quizá pretendiendo abundar en el carácter desolado de la misma, pero consiguiendo más bien una expresividad algo lánguida que no le conviene. Magnífico sonido en alta resolución. (8)
27. Weilerstein. Heras-Casado/Sinfónica de la Radio Bávara (Decca, 2015). Nueve años después de su toma en vivo con Eschenbach, la violonchelista estadounidense mejora de manera sustancial su acercamiento a la partitura y, de nuevo con un sonido que es de los más hermosos jamás escuchados en su instrumento, mostrándose ahora más centrada, con las ideas expresivas más claras y más ajustadas al peculiar universo shostakoviano, pero sin terminar aún de implicarse en esta música. Ni en la locura y el frenesí de los movimientos extremos ni, menos aún, en el humanismo amargo del segundo, lo que no le impide alcanzar en este último un clímax de considerable intensidad expresiva; en la Cadenza está impresionante. Por su parte, Pablo Heras-Casado dirige con propiedad estilística, trazo cuidadoso y notable intensidad dramática, pero tampoco profundiza todo lo posible –otros directores han dicho más cosas aquí– y en el primer movimiento, extrañamente, se deja llevar por el nerviosismo y la precipitación. Magnífica la toma. (8)
28. Gautier Capuçon. Salonen/Orquesta de París (Medici TV, 2021). No terminan de convencer ninguno de los dos artistas en el Allegretto inicial, muy bien puesto en sonido pero sin ese punto de incisividad, ironía y carácter alucinado que necesita. Interesantísimo el Moderato: lento, muy atmosférico, nihilista y desmaterializado, parece apuntar hacia el Shostakovich más maduro, todo ello desplegando Capuçon un muy hermoso sonido y haciendo gala de una cantabilidad fuera de serie. Honda la Cadenza, pasando finalmente a un Allegro con moto en el que solista y batuta, aun renunciando a cargar las tintas, se deciden a alcanzar el grado suficiente de virulencia. (8)
29. Kanneh-Mason. Grazinyte-Tyla/Sinfónica de la Ciudad de Birmingham (Decca, 2017). Gratísima sorpresa esta interpretación, sobre todo por lo que a la directora lituana se refiere. No solo trabaja con admirable depuración sonora a la formación de la que es titular, frasea con enorme concentración y desmenuza de maravilla el entramado orquestal -le ayudan los ingenieros de Decca, sino que enlaza plenamente con la expresión de la obra (¡qué tremenda socarronería la de las maderas!) sin necesidad de subrayar su vertiente más expresionista ni de renunciar a su vertiente lírica. Esta es justamente la que más le interesaba al jovencísimo Sheku Kanneh-Mason -dieciocho años- en su debut discográfico, en el que hacía gala de un sonido francamente hermoso y, sobre todo, de una maravillosa cantabilidad en las grandes frases merced a un impresionante control del arco. En tensión dramática y en histrionismo se queda algo corto para lo que demanda una obra como la presente. La orquesta y su trompa rinden a altísimo nivel. Soberbio sonido en Atmos. (9)
30. Ma. Nelsons/Sinfónica de Boston (DG, 2023). Sesenta y ocho años cumplía el violonchelista de origen chino en el momento de la grabación, y eso se nota. Su sonido, aun increíblemente bello, es ahora menos firme, no tan seguro, y por ende no tan capaz de ofrecer determinadas frases con la tensión de antaño. Ahora bien, sigue siendo el violonchelista que mejor ha interpretado esta Op. 107: aunque determinados solistas han profundizado más en un aspecto u otro de la partitura, empezando por un Rostropovich de cantabilidad sin igual en el Moderato, Yo-Yo Ma integra como nadie las diferentes facetas de esta música, que va de lo lírico a lo payasesco lanzándose a un histrionismo que no hace sino disimular una angustia existencial difícilmente soportable. Ya saben, en Shostakovich lo bufonesco deviene en danza macabra para asumir nuestro ineludible destino final. Ma lo consigue sin necesidad de hurgar demasiado en la llaga, manteniendo cierta dignidad –no quiere que la locura le atrape– y no descuidando la belleza sonora, sin que esta implique "romantizar la música". ¿Preferible, pese a lo expuesto en último lugar, volver a la versión con Ormandy? No, porque aunque la del maestro de origen húngaro era ya espléndida, la dirección de Nelsons es quizá la que más me convence de cuantas he escuchado, realizando el por entonces titular de la Boston Symphony una labor redonda y muy en la línea de su solista: atención a todos los aspectos expresivos sin necesidad de forzar las cosas, es decir, sin volcarse en lo virulento. Increíble la orquesta, muy en particular unas maderas a las que el maestro hace sonar con todo el sarcasmo propio del compositor. (10)













































