jueves, 2 de abril de 2026

Petrushka, de Stravinsky: discografía comparada

Llevo siglos intentando terminar esta discografía, pero no hay manera. La subo de manera provisional, sin fotos ni nada, y ya la iré completando. Lamento no estar a la altura.



1. Ansermet/L’Orchestre de la Suisse Romande (Decca, 1949). Siempre cómodo en este repertorio, el maestro suizo comprende a la perfección todos los mundos que alberga la partitura, el de la tradición rusa más o menos folclórica y el de la modernidad, el del impresionismo y el de las aristas, el de la emotividad (¡intensísima!) de unas marionetas humanizadas y el del distanciamiento sarcástico. Llena su lectura de vida y de animación, pero también de sentimientos, generando una sugestiva atmósfera de misterio cuando lo considera necesario y evidenciando un desarrolladísimo sentido del color y del matiz expresivo. Eso sí, se puede hacer mejor en lo que a claridad y, sobre todo, a depuración sonora se refiere, mientras que el tempo de algunas danzas puede resultar algo desconcertante por su relativa lentitud. Digna toma monofónica en el Victoria Hall. (8)


2. Ansermet/L’Orchestre de la Suisse Romande (Decca, 1957). Este remake estereofónico -toma algo seca, pero admirable para la época- tiene como mayor interés el de disfrutar con mayor comodidad de las importantes virtudes de la recreación de Ansermet y los suyos. También, todo hay que decirlo, apreciar con más detalles sus insuficiencias, sobre todo en lo que a la orquesta se refiere. (8)


3. Stokowski/Filarmónica de Berlín (HDTT, 1957). Interpretación muy abreviada en la que el sentido del color, de la teatralidad, de la incisividad y del humor de Stokowski resultan ideales para una obra como este, pero a la larga se terminan imponiendo sus excentricidades -reguladores en los redobles de la percusión entre cada número- y su mal gusto, precipitándose en varias de las danzas e inventándose un final de concierto.  Eso sí, un placer escucharle al frente de una orquesta como esta, con una cuerda grave tan poderosa ideal para la escena del oso. Toma sonora estereofónica desequilibrada, de aceptable calidad en alta resolución. (7)


4. Monteux/Orquesta de la Sociedad de conciertos del Conservatorio de París (Decca, 1957).
Cuarenta y seis años después del evento, el maestro que estrenó la obra nos deja su visión “históricamente informada” (¡y tanto!) de la partitura, obviamente en su edición original. Su visión, atenta a los aspectos más incisivos de la escritura pero también a la “humanidad” de los personajes -no se interesa por lo caricaturesco ni por lo sarcástico- posee interés más allá de lo arqueológico. Comienza bastante animada, incluso un tanto naif, acentuando los contrastes entre las secciones agitadas y las más introvertidas, para en el segundo cuadro hacerse más bien gótica, con interés por lo atmosférico e incluso lo siniestro. Por desgracia, para lograrlo recurre a unos tempi lentos en los que pierde de vez en cuando la tensión. Mejora cuando llega la feria, si bien la Danza de los cocheros resulta algo pesante. El problema, en cualquier caso, viene por parte de la orquesta, que carece del virtuosismo necesario y por momentos ofrece una ejecución descuidada, chapucera incluso. Ni siquiera Julius Katchen está especialmente bien en sus intervenciones. Sonido espléndido para la época. (6)

 

5. Monteux/Sinfónica de Boston (RCA, 1959). Ahora con espléndido sonido estereofónico, el maestro se pone al frente de una orquesta muy superior a la de su registro para Decca en la que hay que destacar unas adecuadas maderas de sonoridad francesa; el resto de las familias dista del virtuosismo que la formación alcanzará con Ozawa. En cualquier caso, Monteux logra ofrecer una versión mucho mejor trazada, ejecutada y clarificada –la Danza de los cocheros sigue pareciendo algo pesante-, en la que de nuevo destaca, sin renunciar a un colorido rico e incisivo, un particular olfato para generar atmósfera –aparición del titiritero, habitaciones de Petrushka y el Moro, todo el final–. Todo ello en una opción que una vez más se aleja de la “pura objetividad” para interesarse a los “sentimientos” de los personajes, de los que parece compadecerse antes que burlarse. Por lo demás, hay numerosos hallazgos teatrales aquí y allá, como también algún pasaje no del todo bien resuelto en sus tensiones. (9)



6. Stravinsky/Columbia Symphony (CBS-Sony, 1960). El autor deja claro que para esta obra -versión de 1947, por cierto- quiere tempi vivaces, timbres incisivos, vigor rítmico y una cierta agresividad sonora, como también un sentido del humor más agrio que risueño. El problema de la versión es que técnicamente deja que desear: la orquesta no está en absoluto a la altura. Tampoco Stravinsky parece muy motivado a la hora de poner matices, resultando más bien lineal e incluso machacón. La toma sonora, eso sí, ha demostrado ser espléndida para la época en el nuevo reprocesado que se ofrece en streaming de alta definición. (7)
 

7. Ancerl/Filarmónica Checa (Supraphon, 1962). Pese a la relativa calidad de la orquesta encontramos una magnífica interpretación, de admirable ritmo y sentido del color, entusiasta e idiomática, que si no suena del todo clara es en buena medida por culpa de la grabación y de la remasterización. Particularmente interesante el aire “canalla” de las melodías populares que aparecen en el primer cuadro. (8)


8. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1964). Como en su registro anterior, el maestro de origen húngaro no grabó la partitura en su integridad, sino la versión de 1911 con algunos cortes “de concierto”. Por lo demás, se trata de una espléndida lectura que, apartándose de manera obvia de lo establecido por el propio compositor en su registro, aporta cosas nuevas. Ormandy decide ir relativamente despacio, explorar atmósferas, trabajar texturas, matizar expresivamente las intervenciones solistas y buscar antes la elevación poética que la tensión dramática, el colorismo que la agresividad, sin renunciar por ello a un pulso bien sostenido ni, menos aún, al sentido de la ironía. La suntuosa sonoridad de la orquesta, admirablemente recogida por una toma muy superior a la media de la época, es una enorme baza a su favor. (9)


9. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1967). Gran acierto de John Culshaw a la hora de confiar en un joven de treinta y un años, porque por aquel entonces Mehta tenía unas ganas de hacer y de decir que luego iría perdiendo a medida que crecían su edad, su prestigio y su cuenta corriente. Pocas recreaciones fonográficas hasta la fecha se habrían escuchado tan vistosas y coloristas, tan frescas, comunicativas y llenas de vida, tan impregnadas de sentido del humor y de tan desarrollado instinto teatral. Y tan bien desmenuzadas, a pesar de que la orquesta no era ninguna maravilla. Cierto es que el conjunto desprende cierta sensación de superficialidad, de pasar de largo ante determinadas facetas expresivas, pero el maestro nos atrapa de principio a fin. Formidable la ingeniería de Decca. (9)


10. Klemperer/Orquesta New Philharmonia (Testament-Warner, 1967). EMI arguyó en su momento defectos en la ejecución para no editar este registro. Permaneció así en el limbo durante décadas hasta que Testament decidió rescatarlo en 1999. Su audición supuso para muchos un trauma: singularísima, reveladora, extremadamente discutible y genial recreación en la que, haciendo uso de unos tempi en general muy lentos pero manteniendo la tensión de manera extraordinaria, Klemperer ofrece realiza un portentoso análisis de líneas, timbres y texturas, sino que ofrece uno de los más asombrosos trabajos de disección orquestal que jamás se hayan escuchado en el repertorio sinfónico. El enfoque expresivo, por supuesto, es marca de la casa: se renuncia tanto al pathos “romántico” como a la sensualidad “impresionista” y a la crispación “expresionista” para presentarnos por una visión agria, sombría y llena de humor negro, lo que no impide el despliegue de toda suerte de matices teatrales. La toma sonora es de apreciable limpieza tímbrica, si bien tiende a poner a algunos solos en excesivo primer plano. El nuevo trasvase de Warner, por cierto, revela algún empalme no del todo afortunado. (10)


11. Ozawa/Sinfónica de Boston (RCA, 1969). Además de la depuración sonora, el refinamiento, la elegancia y la enorme sensibilidad para el timbre de las que va a hacer gala en toda su carrera, el Ozawa joven -contaba treinta y cuatro años- desprendía una vitalidad, un entusiasmo y una fuerza expresiva que iría perdiendo con el paso del tiempo. Por eso mismo es capaz de ofrecer aquí un Petrushka no solamente refinado y colorista, sino también extremadamente vivaz, fresco y brillante; puede que por momentos algo precipitado, pero de una vitalidad y un sentido del ritmo que se cala en los huesos, sin que por ello deje de atender a la atmósfera ni a las circunstancias dramáticas de las escenas íntimas. En este sentido, todo el final desde la muerte del protagonista es un prodigio de aciertos tímbricos y de variedad expresiva, sentimientos incluidos. El espléndido pianista es nada menos que Michael Tilson Thomas. Formidable el trabajo de los ingenieros de RCA. (9)


12. Giulini/Sinfónica de Chicago (EMI, 1969).
Una pena que el maestro no grabara el ballet completo, sino solamente una selección; bueno, en realidad faltan solo el principio y el final, pero las ausencias se echan de menos. Sea como fuere, el registro merece muy especial atención porque rara vez se ha escuchado esta partitura con semejante gama de texturas y colores, con tanta poesía y con tan matizada intencionalidad expresiva. Tendiendo siempre, eso sí, hacia la humanización de los personajes, y obviando la mala baba o la violencia que otros maestros han querido poner de relieve. La anterior edición en compacto no sonaba bien. Ahora sí lo hace, pero sin que la restauración pueda soslayar los problemas de la toma original, derivados posiblemente de la acústica del Medinah Temple. (10)


13. Leinsdorf/Orquesta New Philharmonia (Decca, 1970). Son varios interrogantes los que plantea este registro. ¿Se debe la insólita clarificación de texturas que recibe aquí la versión de 1911 a una descomunal técnica de batuta, o más bien al controvertido sistema Decca Phase 4 que colocaba en primer término, de manera completamente artificial, las líneas e instrumentos que iban cobrando protagonismo? ¿Se debe lo mucho que recuerda a Klemperer tan solo a que nos encontramos ante la misma orquesta tres años después, a la permanencia de la poderosísima personalidad del maestro de Breslau, o se trata de una coincidencia espiritual con los deseos expresivos del maestro vienés, como sabemos un auténtico demonio a la hora de lidiar con los músicos para conseguir sus fines? Sea como fuere, esta es una interpretación particularmente sombría. No del todo sarcástica, desde luego no especialmente violenta, pero sí muy atmosférica y teñida por un apreciable patetismo, lo que debe confundirse con ausencia de tensión interna. Solo algunas decisiones en los tempi por parte de Leinsdorf empaña un poco los interesantísimos resultados. (9)


14. Boulez/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1971). Por mucho que el maestro no pierda su sentido de la claridad y de la arquitectura, en modo alguno puede aquí hablarse de interpretación “clarísima pero distanciada”, como manda el tópico bouleziano. Al contrario, se trata de una lectura llena de vida, animación y sentido teatral, también considerablemente imaginativa, en la que el maestro aporta un enfoque mucho antes agrio y sombrío que luminoso –un poco a la manera de Klemperer–, lo que tiene que ver con la tímbrica incisiva –sin necesidad de resultar hiriente– de la que el enorme músico francés hace gala. Lentísima y siniestra la aparición final del titiritero. Solo hay que lamentar las relativas limitaciones de la orquesta neoyorquina y del pianista Paul Jacobs. La toma es excelente; también en el SACD de Dutton, que he escuchado en estéreo. (9)


15. Dutoit/Sinfónica de Londres (DG, 1975-76). El joven Dutoit demuestra verdadera excelencia técnica en el manejo de la orquesta y un tratamiento de las texturas portentoso, sobre todo si tenemos en cuenta que el maestro suizo se decanta por la más compleja orquestación de la versión original de 1911. El problema es que su visión de la personalidad del protagonista resulta un poco bobalicona, y que su planteamiento del drama en las escenas de las habitaciones de Petrushka no solo carece de ironía, sino que se mueve dentro de cierta blandura. Las danzas de la verbena, por el contrario, se encuentran espléndidamente resueltas, aun siempre dentro de una visión antes naif que incisiva. Un lujo contar con la presencia de un Tamás Vásáry rico en matices en la parte pianística. Toma de apreciable limpieza realizada en el Henry Wood Hall. El registro se encuentra disponible en streaming dentro de un doble compacto de la serie Panorama. (8)


16. Colin Davis/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1977). Hay que admirar el prodigioso virtuosismo del que hace gala la formación holandesa bajo la batuta de un Colin Davis tan atento al trazo global como detallista, clarificador, y rico en el sentido del color. Ahora bien, y aun siendo evidente que captura sin problemas el espíritu bullicioso de la obra, hay que reconocer que en no pocos momentos se echa de menos algo más de fuerza y electricidad –en la Danza rusa, sin ir más lejos-, y que en general su visión de la obra resulta un punto más naif de la cuenta; un poco más de picardía, como también de imaginación –la cojera del moro en el vals no está bien subrayada– no le hubiera ido nada mal a esta, en cualquier caso, muy notable interpretación, estupendamente grabada por los ingenieros de Philips. (8)


17. Dohnányi/Filarmónica de Viena (Decca, 1977). Ante todo, hay que destacar el extraordinario trabajo de la batuta a la hora de tratar colores y texturas, clarificando de manera asombrosa el genial entramado orquestal stravinskiano, trabajado aquí con pinceladas finas y colores refinados, todo ello al servicio de un concepto particularmente naif de la historia que pone de relieve lo que de ternura, encanto y poesía digamos que infantil hay en la historia; nos encariñamos de sus personajes y sentimos con ellos. Quizá está ahí precisamente mi único reparo: aunque esta visión es tan perfectamente válida como la antagónica de Klemperer, un poquito más de picardía e incisividad no le hubiera venido mal. El final resulta particularmente fantasmagórico, y por ello muy atractivo. La toma sonora, sin alcanzar a las mejores de la era digital, ofrece admirable naturalidad y sabe descender al más exquisito detalle sin perder nunca la perspectiva global, es decir, sin caer en esa artificiosidad que a veces afectaba a Decca. Suena especialmente bien en el SACD japonés. (9)



18. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1979). Temprana toma digital -no muy allá- para dejar nuevo testimonio de la sintonía de un Mehta con el mundo rítmico, colorista y animado de este ballet. Se aprecia una evolución en el maestro indio, no obstante: se ha ganado en refinamiento, depuración sonora y elegancia, quizá también en sentido del misterio, mientras se pierde en vivacidad, brillantez y desparpajo. La danza de los cocheros resulta un tanto pesante, y en la secuencia del enfrentamiento final la batuta parece perder un poco de fuelle. (8)


19. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1980). Interpretación marcada por la vivacidad, la chispa y el carácter bullicioso de una batuta a veces algo más apresurada de la cuenta y no aprovechando siempre las posibilidades que le ofrece la música, pero depuradísima y precisa en la tímbrica –incisiva en su grado justo–, clara en las texturas, llena de ritmo y muy certera a la hora de diferenciar en lo expresivo a cada uno de los personajes y las situaciones que ofrece la genial partitura. Eso sí, en una línea más caricaturesca que otra cosa. Incisivo y nervioso en el mejor sentido el piano de Leslie Howard. Espléndido, muy brillante en el agudo el sonido del SACD que circula por tierras corsarias. (9)


20. Dorati/Sinfónica de Detroit (Decca, 1980). Temprana y brillante toma digital para una interpretación rápida, extrovertida y nerviosa, esto último en exceso, que sobresale por su tratamiento muy incisivo de todas las familias instrumentales y por su elevado sentido de las texturas. Eso sí, no hay mucha atmósfera y el perfil de los personajes, mucho antes que “sentimental”, resulta distanciado, lo que por lo demás queda muy stravinskiano. (9)


21. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1981). El maestro napolitano deshumaniza a las marionetas, obvia todo sentido del humor y descarta cualquier aspecto descriptivo –ni siquiera atiende a la cojera del moro en el vals– para mirar frente a frente a Le Sacre y poner de relieve lo mucho que de moderno hay en este ballet. El resultado es una recreación de sonoridad seca, incisiva en los ataques, de enorme vigor rítmico y planteada de un solo trazo sin dejar un respiro al oyente. Eso sí, evitando cualquier precipitación y clarificando en todo momento el entramado polifónico haciendo gala de un soberbio manejo de los planos sonoros y de alta capacidad para atender tanto a la globalidad como al detalle. O tal vez se trate, sencillamente, de un Petrushka cabreado. (9)


22. Bernstein/Filarmónica de Israel (DG, 1982). Logrando una formidable fusión entre las extrovertidas maneras de su etapa en Nueva York y el refinamiento de los últimos años de su carrera, el norteamericano ofrece una recreación de una vitalidad contagiosa, rebosante de ritmo y colorido, teatral a más no poder y plena de contrastes. En este sentido, y aunque su visión es mayormente lúdica y luminosa, no se encuentra desatento al lado amargo de la partitura, como tampoco se ve tentado a “romantizar” la obra ni a caer en lo naif. Anguloso e incisivo el piano de Boris Berman. Solo hay que lamentar que la orquesta, aun tocando con entusiasmo contagioso y tratada con claridad por la batuta, no sea aún de mayor nivel. Muy notable la toma. (9)


23.Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1986). Aunque el enfoque sigue siendo antes risueño que irónico, lírico más que aristado, el maestro suizo corrige la blandura que afectaba parcialmente a su registro analógico y vuelve a desplegar su extraordinaria sensibilidad para las texturas –la versión sigue siendo la de 1911– para ofrecer una lectura ideal para deseen una recreación distendida, feliz y sin conflictos de la narración. Petrushka para todos los públicos, en la antípoda de Klemperer. Soberbio el trabajo de los ingenieros de Decca. (8)


24. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (Nimbus, 1987). Versión lenta, atmosférica, muy gótica. No es rebelde, aristada ni expresi, sino más bien triste y amarga, por momentos patética, lo que descubre muchas cosas interesantes en lo que a los personajes se refiere, pero desequilibra la balanza al no aportar la dosis de luminosidad y vitalidad que la obra necesita como contraste. Lo peor es que hay pasajes, sobre todo en los primeros minutos, que suena con muy escasa claridad, incluso confusa en los planos sonoros. Con independencia de la utilización de la versión original de 1911, tal circunstancia puede deberse a la acústica del Town Hall de Watford, como también a una toma que favorece a la cuerda en detrimento de la madera. (7)


25. Boulez/Orquesta de Cleveland (DG, 1991). Esta interpretación del maestro francés es bien distinta a la suya de Nueva York veinte años anterior. Se han perdido frescura y sentido teatral, se ha ganado en virtuosismo y depuración sonora, esto último hasta el punto de que, con la complicidad de unos ingenieros portentosos, se consigue la que probablemente sea una de las lecturas más claras de toda la discografía de esta página. Por lo demás, interesa su punto de vista ahora no tan agrio, quizá más poético, pero igualmente sombrío: reveladora toda la secuencia final. (9)



26. Salonen/Orquesta Philharmonia (Sony, 1991). No hay genialidad alguna en este registro. Tampoco particular exhibición de personalidad. Ni falta que le hace: a sus treinta y tres años, el músico finlandés ofrece una lectura de perfecta síntesis en la que hay de todo un poco, desde la brillantez hasta lo patético pasando por el sentido de la atmósfera, el sabor popular y la ironía. Los muñecos no son simplemente eso, pero tampoco se encuentran por completo humanizados: hay cierto distanciamiento. La sonoridad no es agresiva ni estridente, sin que por ello se encuentre suavizada. Insisto en se trata de una recreación muy equilibrada en todos los sentidos. Quizá resulte un pelín sosa, es posible que uno eche de menos un grado mayor de intensidad expresiva, pero el concepto resulta irreprochable y está materializado con una exposición de enorme solidez en la que la batuta obtiene un espléndido rendimiento de una formación que ya no es la de Klemperer, pero que muestra aquí una flexibilidad de lo más adecuada. Gran trabajo el de los ingenieros de Sony, particularmente a la hora de recoger las frecuencias más graves. (9)



27. Jansons/Filarmónica de Oslo (EMI, 1992). Lectura vistosa, extrovertida, juvenil, dotada de una tímbrica muy adecuadamente aristada y beneficiada de unos solistas que intervienen con mucha intención expresiva. La batuta, poco creativa o personal salvo en un vals exageradamente acentuado, realiza una muy notable labor en la que solo hay que reprochar cierto apresuramiento en toda la escena de la fiesta popular, no del todo bien paladeada ni desmenuzada. Espléndida grabación. (8)


29. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1993). Frente de una orquesta portentosa y cuajada de solistas de extraordinaria calidad, el italiano decide subrayar todos los vínculos posibles tanto con el pasado romántico como con el mundo del impresionismo, ofreciendo una lectura en la que se echan de menos acidez, ironía y un punto de electricidad, pero que a cambio resulta sensualísima en un colorido particularmente rico -no muy aristado-, fraseada con enorme cantabilidad, altamente atmosférica y muy atenta a la expresividad del personaje principal, que aparece retratado con una insólita ternura. La toma sonora se encuentra entre las mejores. (9)


29. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1993). Interpretación bastante agria: poco o nada risueña, áspera tanto en la tímbrica como en la expresión, por momentos muy violenta, amén de cargada de toda esa electricidad interna y de ese desarrolladísimo sentido teatral que caracterizaba al maestro de origen húngaro. Así las cosas, esta lectura es en muchos sentidos reveladora, pero también se queda corta a la hora de explorar otros aspectos de esta música genial, y por ello para mi gusto no termina de convencer. Alguien preguntará por qué entonces sí me quito el sombrero ante una aproximación aún más radical en lo expresivo, la de Otto Klemperer. Pues porque lo del de Breslau alcanza mayor genialidad y, además, desprende convicción en cada uno de los compases: Sir Georg, por el contrario, da la impresión de no alcanzar en todo momento la suficiente concentración, circunstancia esta que vendría a marcar los últimos años de su trayectoria interpretativa. (8)


30. Solti/Sinfónica de Londres (Andante, 1994). (8)


31. Mehta/Filarmónica de Berlín (Blu-ray TDK, 1 mayo 1995). El sentido del ritmo, la extroversión, el buen olfato teatral y el carácter bienhumorado de Mehta le sientan estupendamente a una obra como esta. Se puede pedir, eso sí, una dosis extra de depuración sonora, sobre todo en los tutti. Algún pasaje está dicho con precipitación o dicho un tanto de pasada, a veces incluso con cierta tosquedad. Espléndida la orquesta, con algún roce puntual en las trompas. No juega a favor de la interpretación una toma turbia en el Palazzo Vecchio de Florencia. (8)


32. Craft/Orquesta Philharmonia (Naxos, 1997). Interpretación luminosa, vital y llena de entusiasmo que ofrece una visión marcadamente naif de la narración, a lo que contribuye una tímbrica muy sensual -nada incisiva- y un punto impresionista, y que por ende pasa de largo ante los aspectos más corrosivos, caricaturescos o amargos de la página. Lástima que la claridad de la batuta no sea mayor y que la toma sonora resulte un punto turbia, si bien el SACD la revaloriza bastante. (8)


33. Maazel/Filarmónica de Viena (RCA, 1998). Pinceles finos y admirable sentido del color para una interpretación, que, sin estar fuera de estilo ni renunciar a incisividades, subraya los aspectos líricos de la obra –ideal para ello la sonoridad de la increíble orquesta– y se recrea antes en los aspectos puramente musicales antes que en los narrativos; diríase que es más sinfónica que teatral, y por ello no muy interesada en los aspectos psicológicos de la narración. En este sentido no funciona nada mal, y si falla en algo es en el nerviosismo con que aborda las danzas populares, que contrastan con una aparición del oso particularmente pesante. El final es casi impresionista. (8)


34. Jansons/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 2005). La gran baza se encuentra en los solistas de la orquesta, que tocan con enorme virtuosismo y agudísima intencionalidad. La batuta se muestra sincera y muy eficaz, e interesa por su atención a la atmósfera y a los aspectos “góticos” de la obra, sin cargar en cualquier caso las tintas, pero se echan de menos electricidad en la arquitectura e incisividad en el estilo. Su sentido del humor es saludable, también algo primario. En el vals otra vez la acentuación de la cojera del moro resulta en exceso forzada, y todo el final a partir de la danza de los cocheros es algo grueso en lo sonoro, con más corpulencia que claridad. En cualquier caso, nivel muy alto. (8)


35. Gergiev/Sinfónica de Londres (YouTube, 2007). Interpretación vivaz, dinámica y aparentemente apasionada, pero muy chapucera en su planificación y ejecución, pasando el maestro de largo ante la claridad del entramado orquestal y aportando pocos matices expresivos. No pierda usted el tiempo. (6)


36. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Colorido y virtuosismo a tope por parte de orquesta y batuta en esta brillantísima versión, muy en la línea de Bernstein, que se caracteriza por su vitalidad contagiosa, por su entusiasmo perfectamente controlado y, sobre todo, por la alegría, la luminosidad y la frescura que desprende, sin detrimento de atender a la parte más digamos “humana” de los personajes –algo sentimentaloide la muerte de Petrushka– y sin dejar de matizar con intencionalidad las intervenciones de cada uno de los portentosos solistas de la formación berlinesa. Ahora bien, quien busque sarcasmo, sentido de lo grotesco y atmósfera malsana, tendrá que hacerlo en otras grabaciones. (9)


37. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, 2011). Nelsons se mantiene muy lejos tanto del intelectualismo analítico como del sarcasmo expresionista de otras recreaciones para ofrecer una lectura eminentemente cálida, comunicativa y entusiasta -de nuevo revelador el gesto del maestro-, llena de colorido y enriquecida por expresivas intervenciones de los solistas de la orquesta, que sin ser ni mucho menos la más clara, la más visionaria o la más poliédrica que se pueda imaginar, engancha desde el primer momento, amén de por la sugestiva plasticidad que ofrece la formación holandesa, gracias a su sinceridad, entrega e inmediatez, recordando en este sentido a la grabación que realizó Chailly con la propia Concertgebouw, y superando a la que con ella misma realizó el maestro de Nelsons y sucesor del italiano en el podio neerlandés, Mariss Jansons. (9)


38. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Excelente oportunidad para escuchar a los Berliner en un marco distinto a su habitual Philharmonie, en este caso el Festival de Pascua de Baden-Baden: la toma resulta ser superior a la mayoría de las grabaciones de la DCH, mientras que la definición de la imagen es espléndida. Por lo demás, Sir Simon repite su interpretación rápida, incisiva y bulliciosa, gamberra y no poco atrevida -como debe ser-, dotada de enorme instinto teatral, elevado sentido de los contrastes y depuradísima exposición del entramado orquestal –versión de 1947, que es la que él siempre utiliza–. La orquesta realiza una labor increíble y los primeros atriles son de lujo, con mención especial para la flauta de Emmanuel Pahud. ¿Por qué no ponerle el diez? Creo que, para hacer justicia a esta genial partitura, hace falta un enfoque no tan luminoso y con mayor riqueza en la expresión, sin que ello signifique en modo alguno tener que llegar a la mala leche de un Klemperer. (9)


39. Roth/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2022). Bien ayudado por una orquesta de ensueño, el controvertido maestro francés realiza una tan labor globalmente notable como irregular en la que demuestra sintonizar más con unos cuadros que con otros. Bastante con el primero, solo eso: muy animado y colorista, pero también algo ligero en la sonoridad y en la expresión. Muchísimo con los dos siguientes, hasta el punto de que deben calificarse como sensacionales. Alguien me podría replicar que en toda esta secuencia "camerística" de las habitaciones de Petrushka y del Moro el virtuosismo y la musicalidad de los primeros atriles son tan importantes como la dirección. Cierto es, pero por mucho que los solistas de la Berliner Philharmoniker sean muy superiores a los de Les Siècles, su orquesta de “instrumentos originales” con las que volverá a tocar la obra poco después, la comparación deja claro que el desarrolladísimo sentido teatral de las intervenciones de unos y otros llega desde el podio. El último cuadro funciona mucho menos bien por parte del director, que se centra en la efervescencia –enorme– pero carece de flexibilidad, imaginación e inspiración poética. Vistoso y muy lineal. (8)


40. Roth/Les Siécles (Medici TV, 2022). El asunto discurre por los mismos derroteros que meses atrás en Berlín, pero la orquesta es otra. ¿Sonoridades "originales"? Pues sí, y veces el color es muy atractivo. ¿Detalles distintos? También. Pero no tengo nada claro que salgamos ganando. Por otra parte, si tenemos los testimonios fonográficos de Monteux y Stravinsky, que algo sabrían de la "idea original" esta partitura, no tengo nada claro que haya que rescatar estas sonoridades presuntamente perdidas. Hay brillantez y nervio en esta interpretación, en cualquier caso, como también desajustes y algo de barullo. (7)


41. Shani/Filarmónica de Israel (Mezzo TV, 2023). Imposible olvidar aquella grabación de Bernstein con la misma orquesta. La de Shani es muy distinta: mucho menos simpática y distendida, bastante más incisividad y mala leche. En buena medida es la del joven maestro una visión agria, aunque sin llegar a la violencia de Muti ni a la corrosividad de Klemperer. Tampoco la increíble limpieza de este último: en este sentido, Shani no termina de clarificar las texturas, e incluso en la Danza de los cocheros cae en cierto barullo. Pero hay animación, vida, intensidad, marcados contrastes, humor negro, un considerable sentido del ritmo y un tratamiento bastante adecuado del color orquestal. Las indicaciones expresivas a los primeros atriles, fundamentales para que en este ballet de Stravinsky las cosas salgan bien, resultan todas muy acertadas. Un poco menos de velocidad y mayor interés por la atmósfera en determinados momentos no le hubiese venido nada mal. Ah, formidabilísimo el piano, que no es el de la orquesta sino el sevillano Juan Pérez Floristán, que modifica por completo su toque para adecuarse con enorme acierto a las maneras stravinskianas. (8)



42. Rouvali/Orquesta Philharmonia (Signum, 2023). En esta lectura de la versión de 1947 –con un final alternativo “de concierto”– ofrece en grandes dosis toda la agilidad, el nervio y el carácter incisivo que la página necesita. Sin embargo, Santtu se toma demasiadas libertades en los tempi y en la agógica: algunas decisiones interesan y otras nos hacen levantar una ceja. Tampoco termina de convencer la expresión, que necesita un enfoque más decidido, bien hacia la calidez de las emociones, bien hacia el sarcasmo. En cualquier caso, uno termina quitándose el sombrero ante la claridad conseguida, más aún teniendo en cuenta las complicaciones de esta página de habilísimo tejido polifónico. (8)

 

43. Mäkelä/Orquesta de París (Decca, 2023). Puede deberse a la sensacional labor de los ingenieros de Decca. Puede tener que ver con la confesa costumbre por parte del maestro finlandés de hacer mucho "corta y pega" en la mesa de mezclas. Y puede encontrar su razón principal en una técnica de batuta descomunal. Sea por las razones que fuere, esta es una de las dos o tres más claras recreaciones que existen -junto con Klemperer y poco más- de la edición de 1947. Solo por eso, y por la formidable ejecución de la orquesta parisina, hay que escuchar este disco. En lo expresivo, Mäkelä ofrece vida, animación e incisividad en su punto justo bajo un prisma que es mayormente festivo, mucho antes que sarcástico o sombrío, pero sin quedarse tan solo en esa epidermis vistosa: su recreación es variada en lo expresivo, las intervenciones solistas se encuentran matizadas y el retrato es completo. Una de las referencias. (10) 


44. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2025). Triunfo absoluto de Petrenko y los suyos en una interpretación dicha no solo con el virtuosismo supremo en ellos esperable, sino también con enorme acierto expresivo. ¿Bajo qué parámetros, habría que preguntarse? Pues el de la más pura ortodoxia, lo que significativamente no coincide con el carácter sombrío y la cierta agresividad con que dirigía el propio Stravinsky. Tampoco se interesa por “humanizar” a las marionetas, ni por explorar atmósferas. La suya es una visión eminentemente alegre, llena de ritmo y color, de humor muy desenfadado, apreciable sabor folclórico y una buena dosis de carácter caricaturesco, lo que significa no prescindir de las aristas. Hay también descaro, sentido teatral y gran refinamiento tímbrico, pero sin narcisismo alguno ni perder de vista el trazo global. Las intervenciones de los primeros atriles son casi todas portentosas en la expresión, aunque merece citarse de manera especial el muy efervescente piano de una solista cuyo nombre no he podido averiguar. La reacción del respetable fue tan entusiasta que Petrenko tuvo que volver a salir a saludar una vez la orquesta había abandonado el escenario. (10)

 

martes, 31 de marzo de 2026

La camiseta de mi equipo

Como no hay manera de terminar la discografía comparada de Petrushka, dejo al menos esta foto de la camiseta que traje de Bonn y estreno hoy. Feliz Semana Santa.



sábado, 28 de marzo de 2026

Concierto para violonchelo nº 1 de Shostakovich: discografía comparada

ACTUALIZACIONES

28 de marzo de 2026

La Joven Orquesta Andaluza se dispone a interpretar esta obra, así que es buen momento de alcanzar las 30 reseñas.

8 de noviembre de 2014.


Esta entrada se publicó originalmente el 19 de enero de 2011. He incorporado comentarios a las interpretaciones de Tortelier con Berglund, Khomitser con Rozhdestvensky, Müller-Schott con Kreizberg, Bertrand con Rophé, Gabetta con Maazel y, finalmente, Mork con Vasily Petrenko. En el resto he realizado retoque menores de estilo.
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Dmitri Shostakovich escribió su Concierto para violonchelo en 1959. Un momento, pues, ya de plena madurez, en el que el compositor se siente relativamente libre de las ataduras estéticas de tiempos estalinistas y alcanza una particular síntesis entre el deseo de comunicar con el público y la necesidad de manifestar ese complejo mundo interior que podría empañar el prestigio que, pese a todo, había alcanzado en la URSS. Los resultados de tal compromiso serían desiguales, pero esta op. 107 puede contarse entre las obras maestras de este período, y es sin duda uno de los espejos que mejor reflejan el alma torturada del compositor. Un espejo deforme, por supuesto, aunque el sarcasmo alucinado de raigambre expresionista –la rabia que produce en el ser humano la toma de conciencia de su propia condición se transforma en mueca descarnada– viene acompañado de un lirismo cantable y emotivo de la mejor ley que, hundiendo sus raíces en la mejor tradición rusa, nos habla de un nihilista con alma de romántico.

Entre estos dos polos, el romanticismo y el expresionismo, se van a mover las interpretaciones discográficas de la obra, entre las que obviamente sobresalen las de quien fue su dedicatario, Mstislav Rostropovich, quien la estrenó el 4 de octubre de 1959 bajo la dirección de Yevgeny Mravinsky. La partitura se divide en tres movimientos, o mejor en cuatro: Allegretto, Moderato, una larga y misteriosa cadenza que tiene entidad por sí misma y un Allegro con moto conclusivo en el que desembocan de modo frenético todas las tensiones acumuladas. Ni que decir tiene que la partitura resulta técnicamente de gran exigencia para el solista, aunque el trompa tiene a su cargo muy decisivas intervenciones. Pese a las referidas dificultades técnicas y a las complicaciones expresivas, que no son menores, la partitura ha gozado de gran fortuna discográfica.



1. Rostropovich. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (Sony, 1959). Tan solo un mes después del estreno, el propio Rostropovich realizaba la primera grabación mundial de la pieza. Lo interesante es que ya en fecha temprana, el de Baku evidencia que lo que más le interesa de esta obra, por no decir de Shostakovich en general, es su vertiente humanista, y más en concreto su lirismo doliente –emparentado en cierto modo con el de Tchaikovsky– que nos conduce hacia una conmovedora reflexión sobre el ser humano que, en manos del cellista de Baku, no encuentra lugar para la burla y el desprecio. Por eso mismo Rostropovich pasa un poco de largo ante la vertiente sarcástica de la pieza, al menos en el primer movimiento, si bien el cuarto está recreado con toda la tensión y garra dramática que merece. Ormandy sintoniza perfectamente con la visión del solista y redondea con su irreprochable labor uno de los grandes clásicos del la historia del disco, beneficiado además por un sonido admirable para la época. (9)


2. Rostropovich. Rozhdestvensky/Filarmónica de Leningrado (BBC Legends, 1960). Esta toma de aceptable sonido, realizada en Edimburgo el 9 de septiembre de 1960, refleja el modo en que Rostropovich vuelve a dar la lección de calidez y humanidad en el estreno británico de la pieza, ofreciendo un intensísimo en el clímax del segundo movimiento y gran riqueza de acentos en su larga cadenza, aunque aquí lo que interesa es comprobar cómo el joven Rozhdestvensky ya se decanta por una visión particularmente ácida de la música del compositor. Lástima que la trompa deje que desear. (9)


3. Rostropovich. Groves/Sinfónica de Londres (DVD EMI, 1961). En esta filmación televisiva en blanco y negro Rostropovich ya ha madurado su visión de la pieza, añadiendo (¿influencia de Rozhdestvensky?) una buena dosis de corrosividad en el primer movimiento y una gran rebeldía en el segundo, y extrayendo de su violonchelo un sonido aún más rico en colores y expresión. Charles Groves acierta a equilibrar perfectamente los componentes irónico y trágico de la partitura, pero ni la orquesta ni el solista de trompa están precisamente en plena forma. (9)


4. Rostropovich. Svetlanov/Sinfónica de la URSS (Russian Disc, 1966). Rostropovich se mueve en la misma admirable línea que con Groves, pero no tan seguro desde el punto de vista técnico. Al frente de una orquesta de maderas ácidas, Svetlanov ofrece la versión expresionista, obsesiva y sarcástica por excelencia, algo precipitada quizá. Lástima que la trompa solista deje mucho que desear y que la toma sonora presenta evidentes desequilibrios: los timbales en primer plano llegan a molestar. (9)


  
5. Khomitser. Rozhdestvensky/Gran Orquesta Sinfónica de la URSS (Melodiya, 1968). Violines que cortan como cuchillos, flautas que resoplan como serpientes, timbales rotundos, una trompa descarada a más no poder… Rozhdestvensky ya tenía claro en los años sesenta (¡y se atrevió a demostrarlo en el seno de la Unión Soviética!) que la música de Shostakovich es ante todo una ácida y virulenta denuncia del lado más siniestro del ser humano en la que no hay apenas cabida para el vuelo lírico. Menos aún para el optimismo. Lo demostró, por ejemplo, con esta lectura extremadamente expresionista que pone de relieve los aspectos más grotescos, sarcásticos y alucinados de la partitura con una tensión interna y una rabia abrumadoras. Mikhail Khomister carece del humanismo de un Rostropovich –ingrediente que, por otra parte, no tendría sentido junto a un enfoque semejante–, pero frasea con una intensidad llena de convicción. El resultado es desarmante: existen lecturas más profundas y ricas de concepto que la presente, pero no tan demoledoras. (10)



6. Tortelier. Berglund/Sinfónica de Bornemouth (EMI, 1973). Protagonista de este registro es el proverbial humanismo del violonchelista francés, que canta las melodías con una belleza, sinceridad y calidez admirables para descubrirnos el lado más lírico y conmovedor de estos pentagramas, si bien es cierto que se echan en falta la visceralidad, la ironía y la garra dramática con que otros grandes de su instrumento han sabido redondear su aproximación. Un muy centrado Berglund compensa parcialmente semejante insuficiencia aportando –sobre todo en el último movimiento– una buena dosis de virulencia. (8)


7. Natalia Gutman. Sinfónica de la RTV de la URSS/Kondrashin (Live Classics, 1976). La magnífica batuta de Kondrashin marca una lectura ante todo sarcástica y corrosiva, llena de humor negro, aunque no especialmente dramática. Gutman ofrece un sonido no muy robusto, algo sollozante sin llegar a ser blando, de tal manera que se pliega muy bien a la parte más ácida la pagina mientras que en la sección central ofrece más congoja y llanto que nihilismo. La orquesta está espléndida. (9)


8. Ma. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (CBS-Sony, 1982). No sé si es esta la mejor interpretación discográfica de la obra, pero sí una de las que más me gustan, haciéndolo particularmente por su enfoque negro y dramático. Los movimientos extremos son espléndidos, aun sin llegar al colmo del sarcasmo ni de la teatralidad. Donde se llega a lo genial es en el Moderato, que alcanza las más altas cotas de profundidad, angustia y nihilismo, en una línea diferente a la más humana y tierna, por así decirlo, de un Rostropovich. En la cadenza el joven Yo-Yo Ma está particularmente sensacional por sonido, técnica y sinceridad expresiva. De nuevo irreprochable el ya anciano Ormandy al frente de su magnífica orquesta. (10)


9. Heinrich Schiff. Maxim Shostakovich/Sinfónica de la Radio Bávara (Philips, 1984). Tras la hazaña de CBS los otros grandes sellos se animaron a grabar por fin la página. Aquí la dirección orquestal es estimable, pues aunque Maxim Shostakovich entiende la música de su padre de manera un tanto descafeinada, todo está en su sitio y los parámetros expresivos son bastante correctos. El problema es Schiff, que pese a su hermoso sonido se muestra excesivamente blando en general, más nervioso de la cuenta en el primer movimiento y hasta fuera de estilo en la trascendental cadenza, que le queda lenta y aburrida. (7)


10. Lynn Harrell. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1985). Al frente de una orquesta portentosa y beneficiado por una toma de sonido sensacional, Haitink ofrece una muestra de su desigual comprensión de la música de Shostakovich, ofreciendo un primer movimiento deslavazado y sin garra, un Moderato lento, paladeado con concentración y particularmente desolado y un Allegro con moto conclusivo solvente sin más. Harrell ofrece un sonido bellísimo pero un compromiso expresivo bastante escaso, escapándosele el carácter poliédrico de la partitura y tendiendo a la blandura, aunque hay buenos momentos de lirismo en el segundo movimiento y la cadenza resulte apreciablemente misteriosa. (7)


11. Rostropovich. Ozawa/Sinfónica de Londres (Erato, 1987). Estaba cantado que con la llegada de la era digital Rostropovich tenía que volver a grabar la obra. Lo hizo con uno de sus directores favoritos, el siempre elegante y refinado Seiji Ozawa, lo que dejaba bien claro que el enfoque interpretativo iba a optar por una versión ante todo lírica y humana, de gran sinceridad y hondo calado dramático. De ahí que solista y batuta construyan un segundo movimiento profundo y desgarrador, y que se eche de menos algo más de garra y mordacidad en los movimientos extremos, sobre todo por parte del director oriental, quien por lo demás obtiene un fenomenal rendimiento de la orquesta. (9)



12. Ma. Dutoit/Sinfónica de Montreal (YouTube, 1989). Impresionante testimonio, pese a la pobreza de su calidad audiovisual, en el que Yo-Yo Ma revalida su condición de intérprete máximo de esta página, siempre junto a Rostropovich pero en una línea muy distinta. De verdadero escalofrío verle chorrear sudor mientras lucha contra su violonchelo para desplegar la máxima tensión dramática y un dolor que se acerca a lo insoportable. Charles Dutoit realiza una labor espléndida, pero Montreal y su trompa no son el prodigio de Philadelphia. (9)


13. Mischa Maisky. Tilson Thomas/Sinfónica de Londres (DG, 1993). Hay que reconocer que el histrionismo de Maisky le sienta como un guante a esta obra, de la que resalta su vertiente más grotesca e histérica, pero también que su sonoridad resulta demasiado sollozante y blandengue en el segundo movimiento, que no resulta de un lirismo realmente sincero. Por fortuna tiene a su lado a un Michael Tilson Thomas que se toma las cosas muy en serio y ofrece una dirección sensacional, llena de intención y con detalles reveladores en el último movimiento. (8)


14. Truls Mork. Jansons/Filarmónica de Londres (Virgin, 1995). Interpretación irregular en la que el primer movimiento les queda un tanto nervioso a batuta y solista, mientras que el segundo, algo pesadote y sin pulso, resulta más tristón que trágico. Mejor los otros dos, sin llegar a profundizar en el contenido de la obra. En cualquier caso hay que destacar lar riqueza del sonido de Mork, pleno de armónicos y capaz de resultar tan afilado como carnoso. (7)


15. Arto Noras. Ari Rasilainen/Radio Noruega (Finlandia/Warner, 1997). Esta grabación, realizada originariamente por Finlandia y reeditada más tarde por Warner, no aporta nada en especial. La dirección es buena en los movimientos extremos, aunque con maderas deberían ser más incisivas, resultando descafeinada en el central. El cellista, que carece de una idea clara de la partitura, ofrece un sonido frágil y poco variado, aunque hermoso para un segundo movimiento que, en cualquier caso, resulta poco emotivo en el segundo. La cadenza le queda muy lenta y aburrida. (6)


16. Alexander Ivashkin. Valeri Polyanski/Sinfónica de Moscú (Ode Records/Brillant Classics, 1997). La batuta se muestra muy bien encaminada, variada en lo expresivo y convincente, aunque sin terminar de profundizar en las aristas de la obra, sobrando además algún exceso en el final. El chelista posee un sonido algo débil y ofrece una visión un tanto descafeinada de su parte, además de incurrir en algún detalle de blandura; nada nuevo, como se ve. Por parte de la orquesta se podría pedir mayor virtuosismo en las maderas. Como curiosidad, hay que señalar que el registro se realizó en el mismo recinto en que se estrenó la partitura, la gran sala del Conservatorio de Moscú. (7)


17. Denis Shapovalov. Rostropovich/Sinfónica de Londres (MP3 Andante, 2002). Como era de esperar, la batuta de Rostropovich se centra en los aspectos líricos y dolientes de la partitura, en la que subraya toda su humanidad, consiguiendo además extraordinarios hallazgos fantasmagóricos e inquietantes en el segundo movimiento, si bien se queda corto en garra, sarcasmo e incisividad. El solista se muestra muy centrado y ajeno a devaneos, pero necesita un sonido más corpulento, rico y capaz de transmitir la variedad de estados anímicos que propone la obra. Este registro estuvo disponible en la sala de audición on-line del desaparecido sello Andante. Dado que se trata del único testimonio disponible que tenemos del dedicatario empuñando la batuta, consignamos aquí esta grabación a la espera de que un día vuelva a estar disponible en algún formato. (7)


18. Han-Na Chang. Pappano/Sinfónica de Londres (EMI, 2005). Batuta y solista deciden alejarse de la histeria, el histrionismo, el desgarro y el sollozo, adoptando una postura distanciada que intenta poner de relieve los valores más puramente musicales de la obra, exponiéndolos con virtuosismo técnico y admirable musicalidad. Quizá el resultado puede ser algo frío, o al menos poco conmovedor, pero la opción es coherente. Soberbio, lleno de tensión, sin resultar especialmente incisivo, el último movimiento. (9)



19. Müller-Schott. Kreizberg/Sinfónica de la Radio Bávara (Orfeo, 2005). Con la colaboración de la más importante orquesta de su ciudad, la formidable de la Bayerischen Rundfunks, el violonchelista muniqués pone el bellísimo sonido de su violonchelo –con punta más que cálido o robusto– al servicio de una recreación que, aun carente del punto de humanismo de un Rostropovich o de la concentrada negrura de un Yo-Yo Ma, convence por la intensidad y la sinceridad con que se navega por todas las situaciones expresivas que propone la partitura, siempre con amplio aliento lírico y sin dejar espacio para devaneos sonoros. La dirección del malogrado Yakob Kreizberg es algo primaria, pero muy decidida, de pulso bien sostenido y por completo certera en la expresión. Espléndida la toma sonora. (9)


20. Harrel. Maazel/Filarmónica de Nueva York (DG Concerts, 2006). Decididamente, Lynn Harrel no está hecho para esta obra. Cierto es que ofrece un sonido muy hermoso y una gran cantabilidad, pero de nuevo se queda muy corto en lo expresivo y tiende a la blandura: el chelo aquí tiene que reír y llorar al mismo tiempo, ofrecer sarcasmo y rebeldía a partes iguales y hacer gala de una teatralidad de primera magnitud. El veterano Maazel, en una de sus escasas incursiones en la música de Shostakovich, ofrece una lectura de buen pulso y excelente arquitectura, pero esta partitura parece necesitar una aproximación mucho más visceral, más intensa y contrastada. Lo mejor por su parte, y también de la del solista, es el último movimiento. Formidables la orquesta y su solista de trompa. La grabación no está pasada a disco compacto, pero su descarga la comercializa Deutsche Grammophon a través de Internet. (7)



21. Weilerstein. Eschenbach/Orquesta de Philadelphia (Descargas de la orquesta, 2006). Por tercera vez la soberbia formación norteamericana vuelve a demostrar su interés por la partitura, y esta vez lo hace con ese maestro siempre sólido, honesto y eficaz que es Christoph Eschenbach, quien aquí nos ofrece una lectura sin especial personalidad, pero soberanamente expuesta y en general –algo más ligero de la cuenta el arranque del Moderato– muy centrada en lo expresivo. Todo lo contrario que la otras veces grande Alisa Weilerstein, extremadamente creativa pero sin una idea clara detrás de tantas aportaciones, e incluso muy fuera de tiesto en un segundo movimiento excesivamente lírico y con tendencia a la blandura y el lloriqueo. Su sonido, eso sí, es hermosísimo, y su virtuosismo inapelable. El registro se puede encontrar fácilmente en los servicios de streaming. (7)




22. Gabetta. Maazel/Filarmónica de Múnich (Sony, 2011). Siendo el antepenúltimo disco grabado por Lorin Maazel en su extensa carrera –y único realizado al frente de la orquesta de la que apenas pudo disfrutar la titularidad–, el maestro norteamericano nos ofrece aquí la típica lectura “deconstructiva” de anciano director, muy lenta y portentosamente diseccionada, abstracta y esencial, antes espiritual y meditativa que incandescente, dicha desde más allá del bien y del mal… El problema es que con semejante lentitud el edificio sonoro se le viene por completo abajo, y aunque Maazel acierta por completo a la hora de hacer sonar incisiva a la madera, de desplegar atmósferas siniestras y de bañar la interpretación el adecuado carácter agrio, la continuidad del discurso se pierde y uno termina aburriéndose. Sol Gabetta, de sonido hermosísimo y técnica llena de recursos, no posee el temperamento adecuado para la obra, pero al menos se nuestra centrada en los movimientos extremos; en el Moderato se preocupa más de la belleza sonora que de la expresión, resultando un punto blanda, y en la larguísima cadenza divaga en lo expresivo sin saber a dónde va. Impresionante la toma sonora. (7)



23. Bertrand. Rophé/Orquesta Nacional de la BBC de Gales (Harmonia Mundi, 2012). Sorprendentemente buena la dirección de Pascal Rophé, muy centrado tanto en el estilo como en la expresión; la orquesta le suena de manera formidable, además de muy transparente y con el colorido apropiado. El problema es la solista. Emmanuel Bertrand: luce un sonido muy hermoso, rico en el registro grave y –por descontado– pleno de virtuosismo, pero tiende a la blandura, incluso a lo lacrimógeno, en el segundo movimiento. La cadenza resulta en sus manos más misteriosa que tensa o desgarrada. En el resto muy bien, pero solo eso. Formidable la toma. (7)



24. Mork. Vasily Petrenko/Filarmónica de Oslo (Ondine, 2013). Dieciocho años después de su grabación con Jansons, Truls Mork vuelve a dejar constancia de su visión de la obra, esta vez secundado por un Petrenko con el que sintoniza plenamente a la hora de ofrecer un primer movimiento incisivo, apremiante y nervioso, quizá en exceso, para luego pasar a un segundo cuyo carácter espectral queda muy bien reflejado. En la cadenza Mork da buena cuenta de la variedad de acentos que es capaz de extraer de su violonchelo, mientras que en el final batuta y solista se decantan por la virulencia de corte expresionista. Soberbia la ingeniería. (9)


25. Isserlis. Currentzis/The Mahler Chamber Orchestra (DVD Euroarts, 2013). En plena sintonía con un Currentzis siempre dispuesto a ofrecer la cara más negra y nihilista de Dimitri Shostakovich (¡que ya es decir!), el violonchelista londinense ofrece una recreación áspera y sórdida, incluso feísta, en la que el humor negro del autor revela más que nunca ser una terrible mueca expresionista de rabia y dolor, aunque controlando siempre el fraseo sin necesidad de caer en histerismos. Se pueden preferir enfoques más humanistas (Rostropovich) u otros que sepan fundir negrura y vuelo lírico (Yo-Yo Ma), como también se pueden censurar ciertas languideces del solista sobre el minuto 14, pero el resultado es de una coherencia total. Los solistas de la portentosa orquesta, bien aleccionados por el maestro griego –comprometido, virulento-, se encargan de cargar aún más las tintas en una recreación que termina resultando particularmente alucinada. (9)

 

26. Isserlis. Paavo Järvi/Sinfónica de la Radio de Frankfurt (Hyperion, 2013). Tal vez espoleado por un Isserlis que venía de la filmación junto a Currenztis realizada tan solo unos meses antes, el casi siempre eficaz pero raramente inspirado Paavo Järvi se muestra aquí por completo comprometido con la partitura y ofrece una recreación magníficamente trazada –salvando algún pasaje en exceso acelerado del último movimiento-, de muy apreciable claridad, rica y adecuadamente incisiva en el colorido y atenta a poner el dedo en la llaga subrayando los aspectos más expresionistas de la escritura. El solista vuelve a mostrarse ideal para poner de igualmente relieve el carácter alucinado de la obra, muy particularmente esa mezcla de sarcasmo, rebeldía y desesperación que caracteriza los dos movimientos extremos, pero en el segundo vuelve a sorprender desagradablemente con la muy sustancial reducción del vibrato en algunas de las frases, quizá pretendiendo abundar en el carácter desolado de la misma, pero consiguiendo más bien una expresividad algo lánguida que no le conviene. Magnífico sonido en alta resolución. (8)


27. Weilerstein. Heras-Casado/Sinfónica de la Radio Bávara (Decca, 2015). Nueve años después de su toma en vivo con Eschenbach, la violonchelista estadounidense mejora de manera sustancial su acercamiento a la partitura y, de nuevo con un sonido que es de los más hermosos jamás escuchados en su instrumento, mostrándose ahora más centrada, con las ideas expresivas más claras y más ajustadas al peculiar universo shostakoviano, pero sin terminar aún de implicarse en esta música. Ni en la locura y el frenesí de los movimientos extremos ni, menos aún, en el humanismo amargo del segundo, lo que no le impide alcanzar en este último un clímax de considerable intensidad expresiva; en la Cadenza está impresionante. Por su parte, Pablo Heras-Casado dirige con propiedad estilística, trazo cuidadoso y notable intensidad dramática, pero tampoco profundiza todo lo posible –otros directores han dicho más cosas aquí– y en el primer movimiento, extrañamente, se deja llevar por el nerviosismo y la precipitación. Magnífica la toma. (8)


28. Gautier Capuçon. Salonen/Orquesta de París (Medici TV, 2021). No terminan de convencer ninguno de los dos artistas en el Allegretto inicial, muy bien puesto en sonido pero sin ese punto de incisividad, ironía y carácter alucinado que necesita. Interesantísimo el Moderato: lento, muy atmosférico, nihilista y desmaterializado, parece apuntar hacia el Shostakovich más maduro, todo ello desplegando Capuçon un muy hermoso sonido y haciendo gala de una cantabilidad fuera de serie. Honda la Cadenza, pasando finalmente a un Allegro con moto en el que solista y batuta, aun renunciando a cargar las tintas, se deciden a alcanzar el grado suficiente de virulencia. (8)



29. Kanneh-Mason. Grazinyte-Tyla/Sinfónica de la Ciudad de Birmingham (Decca, 2017). Gratísima sorpresa esta interpretación, sobre todo por lo que a la directora lituana se refiere. No solo trabaja con admirable depuración sonora a la formación de la que es titular, frasea con enorme concentración y desmenuza de maravilla el entramado orquestal -le ayudan los ingenieros de Decca, sino que enlaza plenamente con la expresión de la obra (¡qué tremenda socarronería la de las maderas!) sin necesidad de subrayar su vertiente más expresionista ni de renunciar a su vertiente lírica. Esta es justamente la que más le interesaba al jovencísimo Sheku Kanneh-Mason -dieciocho años- en su debut discográfico, en el que hacía gala de un sonido francamente hermoso y, sobre todo, de una maravillosa cantabilidad en las grandes frases merced a un impresionante control del arco. En tensión dramática y en histrionismo se queda algo corto para lo que demanda una obra como la presente. La orquesta y su trompa rinden a altísimo nivel. Soberbio sonido en Atmos. (9)


30. Ma. Nelsons/Sinfónica de Boston (DG, 2023). Sesenta y ocho años cumplía el violonchelista de origen chino en el momento de la grabación, y eso se nota. Su sonido, aun increíblemente bello, es ahora menos firme, no tan seguro, y por ende no tan capaz de ofrecer determinadas frases con la tensión de antaño. Ahora bien, sigue siendo el violonchelista que mejor ha interpretado esta Op. 107: aunque determinados solistas han profundizado más en un aspecto u otro de la partitura, empezando por un Rostropovich de cantabilidad sin igual en el Moderato, Yo-Yo Ma integra como nadie las diferentes facetas de esta música, que va de lo lírico a lo payasesco lanzándose a un histrionismo que no hace sino disimular una angustia existencial difícilmente soportable. Ya saben, en Shostakovich lo bufonesco deviene en danza macabra para asumir nuestro ineludible destino final. Ma lo consigue sin necesidad de hurgar demasiado en la llaga, manteniendo cierta dignidad –no quiere que la locura le atrape– y no descuidando la belleza sonora, sin que esta implique "romantizar la música". ¿Preferible, pese a lo expuesto en último lugar, volver a la versión con Ormandy? No, porque aunque la del maestro de origen húngaro era ya espléndida, la dirección de Nelsons es quizá la que más me convence de cuantas he escuchado, realizando el por entonces titular de la Boston Symphony una labor redonda y muy en la línea de su solista: atención a todos los aspectos expresivos sin necesidad de forzar las cosas, es decir, sin volcarse en lo virulento. Increíble la orquesta, muy en particular unas maderas a las que el maestro hace sonar con todo el sarcasmo propio del compositor. (10)

jueves, 26 de marzo de 2026

Michael Barenboim y Elena Bashkirova: el oasis en medio del FeMÁS

El recital ofrecido por Michael Barenboim y Elena Bashkirova en la Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza el pasado domingo 22 fue un verdadero oasis en medio del Festival de Música Antigua de Sevilla. No por el repertorio, Schubert y Schumann en este caso, sino por las maneras interpretativas. Frente a las sonoridades ásperas e ingrávidas, la cuerda sin vibrar, el fraseo entrecortado, las dinámicas cortadas a hachazo limpio y los grandes golpes de efecto en que se han convertido algunas -muchas- de las interpretaciones "históricamente informadas" que ya campan a sus anchas en el terreno del clasicismo y primer romanticismo al que pertenecen los autores arriba referidos, madre e hijo ofrecieron tradición pura y dura: generosa vibración en violín y viola -Barenboim hizo uso de los dos instrumentos-, enorme amplitud melódica, cuidadosa regulación de las dinámicas -pedal moderado, sin por ello resultar timorato- y comprensión de líneas horizontales como un todo orgánico en el que a lo picos de tensión -pienso en el primer movimiento de la Sonatine- hay que llegar a través de una minuciosa planificación de las transiciones, no mediante claroscuros violentos que pertenecen a la estética barroca. Es decir, hicieron justo lo idóneo para que a los de la kale barroca se le hiciesen pesadotas estas interpretaciones, como también para que saliésemos muy satisfechos aquellos que hemos preferido mantenernos al margen del FeMÀS. ¿Para qué demonios acudir a aquello que sabemos que no nos va a gustar? 

Intentaré detallar un poco: han pasado ya muchos días desde el evento, pero puedo escribir sobre anotaciones realizadas justo después de la audición. Se abría el programa con la Sonatina para violín y piano op. 137 de Franz Schubert. En la discografía comparada que presenté en la anterior entrada escribí lo siguiente sobre el registro que los mismos artistas realizaron en 2008.

"El por entonces joven Michael Barenboim -veinticuatro años- arranca desconcertándonos con sus portamentos, pero pronto queda claro que su recreación va más allá de la de otros colegas: es quien mejor plasma en esta obra los contrastes entre dulzura y amargor, entre amplitud melódica e incisividad, descubriéndonos acentos lacerantes incluso en el Trío del Menuetto sin por ello perder elegancia. Su señora madre, más afín aquí a Schubert que Barenboim senior, garantiza concentración en el fraseo, nobleza, sensibilidad en el toque -magistral el arranque- y mucho equilibrio clásico."

Dieciocho años más tarde, Michael Barenboim continúa proponiendo intensidad dramática -el arranque resulta particularmente desgarrado-, pero no llega a desplegar toda la sensualidad posible, circunstancia que tiene que ver con un sonido violinístico más áspero y afilado de la cuenta: Schubert necesita mayor belleza sonora. El número de portamentos, por otra parte, resulta aún mayor que antes, lo que para mi gusto resulta inconveniente. Sensatísima y plena de musicalidad Bashkirova.

Muy interesante la manera de abordar la Sonata nº1 para violín y piano de Robert Schumann, en la que los dos artistas, sin dejar de mostrarse muy intensos, decidieron dejar a un lado parte de la agitación y el nerviosismo que asociamos con este autor para potenciar calidez, nobleza en el fraseo e incluso densidad sonora. Se puede decir de otra manera: aquí Schumann fue más Eusebius que Florestán. Un Eusebius, eso sí, marcado por un desgarro interior revestido de elegancia digamos que clásica, enlazando en este sentido con la música de Schubert. 

Arranca Michael Barenboim las Märchenbilder o Imágenes de cuentos de hadas de Robert Schumann con un portamento que a mí no me hace mucha gracia, pero que ciertamente puede poner en situación de la atmósfera de la obra. Pronto comprobamos que el sonido de su viola es mucho más interesante que el de su violín: un punto aviolinado -cosa inevitable, pensemos en el grandísimo Zukerman-, pero muy hermoso y homogéneo. El artista hizo gala de enorme virtuosismo cuando corresponde -Rasch-, como también de esa ligereza propia del compositor, si bien la nobleza, la ternura infantil e incluso la dulzura bien entendida -inolvidable canción de cuna final- presidieron una interpretación que se benefició sobremanera de la naturalidad en el fraseo de la Bashkirova.

La Sonata Arpeggione de Schubert fue, lógicamente, interpretada a la viola. Queda bien así: en YouTube tienen una estupenda versión con Tabea Zimmermann y Javier Perianes. De nuevo Michael Barenboim se pasó con los dichosos portamenti, pero aun así fue una lectura notabilísima cuya principal baza fue la cantabilidad extrema del fraseo, de manera particular en un Adagio de enorme inspiración. Sin particular personalidad ni especial riqueza de matices -eché de menos algo más de imaginación, incluso de valentía- Elena Bashkirova derrochó musicalidad, calidez y estilo, amén de una concentración imprescindible para que el violín fraseara de manera holgada. Admirabilísima campeona de la música de cámara, la hija del gran Bashkirov hizo mucho más que acompañar: marcó el sendero de un concierto que, como me decía mi acompañante a la salida, había sido de nivel internacional. Pues eso.

Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza.


sábado, 21 de marzo de 2026

Sonatina para violín y piano nº 2 de Franz Schubert: discografía comparada

Este domingo 22 de marzo Michael Barenboim y Elena Bashkirova interpretan en el Teatro de la Maestranza, junto a otras cosas en las que se cuenta la Sonata Arpeggione, la Sonatina para violín y piano op. 137 nº 2 de Franz Schubert. ¿Obra menor? Decorativa, segurísimo que no: los dramáticos intervalos del arranque ya dejan claro que esta es una música para sentir y pensar. Hay belleza y hay emoción. Sacando el tiempo de donde no lo tengo, he realizado una pequeña comparativa que incluye una recreación de los mismos artistas que ofrecen la página en Sevilla.


1. Henryk Szeryng, Ingrid Haebler (Philips, 1974). Desde el mismo arranque, pleno de cantabilidad y muy concentrado al tiempo que soberanamente conducido hacia los primeros picos de tensión dramática, queda clara la soberana inspiración que los dos artistas van a desplegar a lo largo de un movimiento inicial que sabe conjugar las mejores esencias formales del clasicismo con la hondura expresiva. No sale igual de bien el Andante: posee ese carácter lacerante que la música demanda, pero aquí el fraseo no resulta tan concentrado ni emana la tierna sensualidad que pide Schubert. Un severo Menuetto da paso a un delicioso y hermosísimo Allegro moderato conclusivo. Lástima que la toma no haga justicia al timbre del violinista. (9)


2. Jaap Schöder, Christopher Hogwood (Decca, 1980?). En esta tempranísima interpretación historicista no hay escándalo alguno. Los instrumentos son adecuados -a mí me gusta el sonido del fortepiano Georg Haschka 1825 en esta obra-. Los tempi son amplios, de los que permiten a la música respirar. La articulación se muestra sensata, ajena a asperezas e incisividades, como también a cursilerías o trivialidades. Hay una clara voluntad por parte de los dos artistas de ponerse al servicio de la música. El problema no está en el planteamiento, pues, sino en algo muy distinto: la falta de tensión interna y continuidad en el discurso, la flojera generalizada, amén de la sosería de un planteamiento expresivo que confunde lo apolíneo con la insipidez y la falta de contrastes. Un fiasco, pese a la irreprochable toma analógica. (6)


3. Pinchas Zukerman, Marc Neikrug (YouTube, 1984). He aquí justo lo que les faltaba a Schöder y Hogwood: tensión dramática. La hay a raudales, pero no por ello se puede decir que se trate de una versión romántica, ni nada parecido. Es clásica, maravillosamente clásica y equilibrada, hermosa a más no poder, pero también intensa, dotada de vida interior, de claroscuros en su punto justo, de sentido dramático. De inspiración, en definitiva, al menos en lo que se refiere a un Zukerman en la cima artística de su larga carrera. Neikrug acompaña con sensatez y musicalidad, solo eso, aunque muestra una excepcional compenetración con el violín a la hora de jugar con la agógica en un cuarto movimiento memorable. Lástima que la calidad audiovisual -la toma se vuelve estéreo solo en los últimos segundos, qué cosas- deje bastante que desear. (10)


4. Isaac Stern, Daniel Barenboim (Sony, 1987). Los dos artistas coinciden en ofrecer un fraseo natural, ajeno a nerviosismos y muy cantable, pero por lo demás se produce una extraña disociación. Isaac Stern, que no posee el sonido más carnoso ni seguro posible -se muestra vacilante y no del todo afinado- apuesta por el carácter apolíneo de la música, haciéndolo con exquisito gusto -pese a pequeños portamentos que restan más que aportan- y mucha elegancia, pero quedándose corto en tensión interna y sentido de los contrastes. Daniel Barenboim, aun todavía lejos de evidenciar la sintonía con Schubert que alcanzaría décadas más tarde, se muestra más rico en concepto al atender de manera más clara a la tensiones, contrastes y variedad expresiva, mostrándose más intenso en la expresión sin merma por ello de la belleza sonora, amén de ofrecer esa seguridad y esa firmeza que se echa de menos en su compañero. Él es, sin duda, el que lleva las riendas en esta desequilibrada interpretación. (8)


5. Michael Barenboim, Elena Bashkirova (Avi, junio 2008). El por entonces joven Michael Barenboim -veinticuatro años- arranca desconcertándonos con sus portamentos, pero pronto queda claro que su recreación va más allá de la de otros colegas: es quien mejor plasma en esta obra los contrastes entre dulzura y amargor, entre amplitud melódica e incisividad, descubriéndonos acentos lacerantes incluso en el Trío del Menuetto sin por ello perder elegancia. Su señora madre, más afín aquí a Schubert que Barenboim senior, garantiza concentración en el fraseo, nobleza, sensibilidad en el toque -magistral el arranque- y mucho equilibrio clásico. Estupenda la toma en vivo. (9)


6. Julia Fischer, Martin Helmchen. (Pentatone, 2009). Bellísima interpretación de corte marcadamente apolíneo, pero no por ello falta de tensión interna ni de carácter, en la que junto a un violín de maravillosa afinación y fraseo muy cantable sobresale un piano de enorme efusividad poética, matizadísimo, muy rico en acentos y de enorme sensibilidad, ya que no particularmente contrastado: Barenboim alcanzaba mayor vehemencia sin perder el control, pero Martin Helmchen se muestra más afín con el universo schubertiano. Los movimientos pares son memorables, de manera especial el segundo. Los otros dos, no tanto. Sensacional la toma. (9)


7. Mihaela Martin, Elena Bashkirova (Avi, 2019). Curioso que Bashkirova realice su grabación de estudio no con su hijo, sino con una compañera de este en el Cuarteto Michelangelo: Mihaela Martin no se muestra tan extremo como Barenboim hijo, no es partidaria de hurgar tanto en la llaga y, por ende, no profundiza de la misma manera en la partitura, pero aventaja a su colega en firmeza del sonido, cantabilidad y efusividad lírica sin por ello perder de vista tensiones ni contrastes. Firma así, junto a la espléndida pianista, una interpretación modélica que, además, se encuentra grabada de manera formidable. (9)

Petrushka, de Stravinsky: discografía comparada

Llevo siglos intentando terminar esta discografía, pero no hay manera. La subo de manera provisional, sin fotos ni nada, y ya la iré complet...