Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Me he tenido que levantar de la cama hora y cuarto antes de
lo que me correspondía para llegar a tiempo al trabajo. Desazones varias no me dejaban seguir durmiendo. Entre ellas, la producida por la cancelación del concierto de ayer cuarenta minutos justos
después de que empezara a sonar la música, que no fue una cancelación cualquiera. Si
se apaga la luz durante la visita de una Filarmónica de Viena o
una Concertgebouw, uno siempre puede decir que ya habrá una oportunidad antes o
después de verlas por estos lares, o quizá en Madrid. En última instancia, se
puede volar a su lugar de residencia siempre y cuando se tenga dinero suficiente. Pero con la Orquesta del Festival de Bayreuth
no es así. Sus giras son contadísimas. Sus visitas a España, poco menos que históricas:
así se calificaba, con acierto, su presencia en el Maestranza. Tardará décadas en volver, si
es que vuelve. Yo no creo que lo haga: detrás de mí había dos alemanes, juraría que venían con la orquesta, que durante el apagón repitieron varias veces la palabra “Spanien”. No resulta difícil imaginar lo que estaban diciéndose entre ellos, por muy injusto que ello fuera: los que llevamos acudiendo al Maestranza desde su apertura sabemos que esto jamás había ocurrido. ¿Y la
posibilidad de ir a Bayreuth? No. Por un lado, yo no me lo puedo permitir:
tendría que renunciar a esos tres o cuatro viajes que hago al año fuera de
nuestras fronteras para poder costearme una entrada y una estancia en la Verde
Colina. Mi sueldo es el que es, no el de esos críticos –podría decir tres nombres muy famosos– que tienen muchísimo dinero en sus respectivas cuentas corrientes. Por otro, en Bayreuth la orquesta se escucha amortiguada en su exclusivo foso.
El interés estaba en ver cómo sonaba fuera de él y apreciar de forma distinta
sus cualidades.
¿La calidad de lo escuchado? Me gustó poco o nada la
dirección de Pablo Heras Casado, que esta vez se quitó el disfraz de “Harnoncourt
radicalizado” con el que ha realizado sus más recientes discos historicistas –la Tercera de Bruckner marca un hito no solo en el mal gusto,
sino también en el carácter chapucero de una interpretación voluntariamente mal
planificada, sin claridad polifónica alguna y nulo carácter orgánico de la
arquitectura– para ponerse las vestimentas de honrado e impersonal kapellemeister
sin tener claro en qué consiste eso.
Fue el suyo un Wagner hiperlírico, refinadísimo, bastante cuidadoso y muy trabajado, que priorizó la belleza delicada
sobre cualquier otra consideración. No hubo efectismo alguno, e incluso dio la
impresión de que quiso enfrentarse a ese lamentable –por injusto y facilón– chiste
de Woody Allen según el cual si uno escucha Wagner, le entran ganas de invadir
Polonia. Por tanto, el granadino procuró que todo sonase bonito. La entrada de los dioses en
el Walhalla evitó toda grandilocuencia y se fue al extremo opuesto, la anemia:
mal, incluso muy mal, aunque esta misma secuencia se la he escuchado peor en
directo el pasado otoño al mismísimo Christian Thielemann en su globalmente
espléndido Rheingold.
Exquisito el tratamiento de timbres y texturas por parte
de aún joven maestro en la hermosísima escena en la que Siegmund encuentra la
espada, aunque aquello seguía sin parecer el Anillo: mucho ojo, que la Tetralogía
no puede sonar a Lohengrin ni a Parsifal, ni siquiera a Tristán e
Isolda. Tan correctos como insustanciales, escaso de pasión, aliento poético y fuerza
trágica los Adioses de Wotan, sin duda aceptables como los escuchamos, en
versión de concierto, pero inoperantes si se integran dentro de La Walkyria.
¿De verdad que este señor va a dirigir el ciclo en Bayreuth en 2028? “Total”, me
decía un conocido, “si en Berlín tienen como titular a alguien como Kirill
Petrenko…”. Pues eso. Los murmullos del bosque comenzaron con cualidades casi
impresionistas, y ahí se fue la luz.
Klaus Florian Vogt estuvo muchísimo menos mal de lo
esperable haciendo de Siegmund: el timbre de su voz es el que es, la línea es
la que ya sabemos, pero la voz cierre magníficamente, la línea parece muy sólida, su
legato resulta precioso y hay una clara intención en el decir. Nicholas
Brownlee me gustó bastante en sus dos intervenciones como Wotan, si bien mucho
antes por voz –lozanísima, soberbiamente manejada– que por expresión: esos Adioses
deben sonar mucho más matizados, particularmente en lo que a las dinámicas se
refiere. A mi querida Catherine Foster ni siquiera hubo oportunidad de verla
asomarse al escenario.
Pero bueno, si le pongo tantas pegas a lo escuchado del
concierto, ¿cómo es posible que me haya amargado tanto su cancelación? Creo que
se entiende: la música es sublime, las voces eran buenas y la orquesta no solo
sonaba fabulosamente bien en lo técnico, sino que es un mito al que jamás voy a
volver a escuchar. Frustración total, y fastidio adicional a los muchos que veníamos desde fuera.
Una anécdota a nivel personal: después de veinte minutos esperando
que llegara mi comanda en una terraza de la calle Almirante Lobo, me tuve que
volver a Jerez sin cenar. Por si fuera poco, justo ahora me
vienen encima graves problemas en el trabajo. Perdónenme ustedes, pero me voy a
ausentar del blog otra temporada. Hasta cuando sea.
Nueve menos cuarto. Pablo-Heras Casado dirigía los Murmullos del Bosque. Se fue la luz en el Teatro de la Maestranza, y al parecer también en el entorno inmediato. Tras una hora de espera, sin luz ni aire acondicionado, el concierto se ha cancelado. Finalmente este ha sido histórico, pero no en el sentido que se esperaba. Solo queda agradecer la paciente espera de los músicos y los esfuerzos del personal del Maestranza. ¡Qué pena! Ya diré algo sobre lo escuchado. Adelanto algo: Wagner hiperlírico, para lo bueno y para lo malo.
Prosigue Pablo Heras-Casado su gira por España al frente de la Orquesta del Festival de Bayreuth: momento ideal para ponerme, por fin, a ver el Parsifal de Richard Wagner que el maestro ha estado haciendo hasta este mismo año en la Verde Colina, en 2023 filmado y editado comercialmente por Deutsche Grammophon. Yo me he ido a por el vídeo en streaming disponible en la plataforma Stage+, con sonido Dolby Atmos –un poco recortada la dinámica– y gloriosa imagen en 4K. O sea, mejor y mucho más barato que en Blu-ray o CD.
He repasado las críticas que hay por ahí. Siempre han sido unánimes a la hora de elogiar la labor del maestro granadino. Absolutamente unánimes, tanto en lo que al registro comercial se refiere como a las siguientes ediciones que algunos especialistas han podido reseñar a partir del directo. Pero también es cierto que algunos de esos críticos que lo pusieron por las nubes son algunos de los menos fiables para quien a ustedes se dirige, y que dos amigos que también se dedican a esto de la crítica, pero que sí me resultan de confianza, me han ofrecido hoy mismo por WhatsApp opiniones muy negativas. Según uno de ellos, que presenció el asunto allí mismo en Bayreuth, el trabajo de Heras Casado fue “blando e insípido, y encima con la horrorosa producción de las gafitas virtuales con dibujos ochenteros de arcade”. El otro colega me ha dicho cosas mucho menos suaves que no es menester poner aquí.
Miren ustedes, lo que da sentido a un blog es la sinceridad. Su autor podrá ser más o menos ignorante, estar más o menos sordo, padecer de un número considerable de filias y fobias, pero tiene que decir lo que realmente piensa. En la prensa oficial eso no es siempre así, porque se entrometen circunstancias diversas –patrocinios, publicidad en las páginas, amistades internas– que pueden condicionar. En un blog esas cosas no valen: o dices lo que de verdad piensas o te puedes ahorrar el tiempo que dedicas a escribir. Por eso mismo me toca ahora abstraerme de cuanto he leído y me han contado y decir qué me ha parecido a mí.
Igual que no me he cortado un pelo al calificar de horrorosos algunos cuantos discos de Heras-Casado –lo pueden comprobar haciendo clic en la etiqueta al final de la entrada–, tampoco tengo problemas en decir que su trabajo en Parsifal me ha gustado. En algunos momentos más, en otros menos, pero globalmente me parece notable. Su gran virtud es la belleza sonora. De acuerdo con que la orquesta es una gloria y posee una especial familiaridad con este título, pero hay que trabajarla para que esta música genial suene con el terciopelo que tiene que sonar. Hay también fluidez, sensibilidad, transparencia y un especial cuidado con las voces. En el segundo acto la música respira, deja volar las melodías, atiende a la atmósfera. Por supuesto, todo ello enlazando de manera voluntaria con la "gran tradición" centroeuropea: ni rastro de las experiencias historicistas del maestro, que llegan ya hasta Bruckner y Dios sabe dónde terminarán. Muy bueno también el trabajo con el coro, sin duda magnífico, aunque por lo aquí escuchado el nivel no es el de los días de gloria absoluta de Wilhelm Pitz.
Los reparos. Uno, la tendencia al preciosismo sonoro, sobre todo en el primer acto. Recuerda en este sentido a Karajan, quien destilaba mucha más magia aunque también caía –no lo hace el de Granada– en la dulzonería. Dos, ausencia de esa tremenda tensión armónica –qué bien lo explicaba mi admirado Pedro González Mira– que conseguía Hans Knappertsbusch en su “primer estilo” de interpretación parsifaliana. La tensión vertical no la encuentro del todo conseguida, como tampoco la horizontal, de tal modo que esa mezcla particularísima entre sensualidad, anhelo y carácter lacerante no hace acto de presencia. Tres, hay momentos que no me gustan. Me parece pobre la primera escena de la transformación: como la batuta no planifica con suficiente sentido orgánico el juego de tensiones y distensiones, intenta subrayar el clímax a base de golpeteo. La segunda escena de la transformación, mejor resuelta, necesita un mayor carácter opresivo, y en los coros que vienen a continuación se produce un tira y afloja que desemboca en la precipitación de la secuencia en la que los caballeros exigen a Amfortas una “ultima vez”. Tampoco el final, siendo bellísimo en lo tímbrico, termina de ofrecer espiritualidad poética.
“Venga, dinos ya lo que realmente piensas de la dirección de Heras”, pensará el paciente lector. Aunque creo que más o menos queda claro que me parecen más importantes las bondades que las insuficiencias de su labor, vamos a jugar al tontorrón juego de los puntitos que tanto nos gustan a todos. Le pongo un 10 a Knappertsbusch en su “primer estilo” –registro Teldec– y a Barenboim en su filmación de 2015. Un 9 para Knappertsbusch en su “segundo estilo” –el de Philips–, para Solti y para lo que Barenboim hizo en Sevilla en 2005. Vaya un 8,5 a Barenboim en sus dos registros de finales de los ochenta y principios de los noventa, uno en audio y el otro en vídeo. 8 para Karajan en su registro digital. Misma nota para Levine en su filmación del Met. A Heras-Casado y Christian Thielemann, este tanto en Viena 2006 como en Dresde 2013, les adjudicaría una calificación oscilante entre el 7 y el 8. Ambos maestros, por cierto, comparten virtudes y defectos en este título. De gente como Horst Stein o Giuseppe Sinopoli no guardo recuerdo. ¡Anda, se me olvidaba Boulez! No conozco su grabación en directo para DG, pero sí que escuché por la radio su vuelta a Bayreuth después de muchos años. Y de aquello sí que guardo clara impresión en mi memoria: un 6, o menos aún.
Ya que estamos con los malditos puntos, seguimos con ellos para los cantantes. 9’5 para Andreas Schager. Corto y pego lo que escribí en este mismo blog con respecto a su filmación con Barenboim: “quizá no sea el Parsifal más psicológicamente matizado, pero su voz plateada es maravillosa, su técnica no posee fisuras y canta con enorme entrega. Desde Sandor Konya –con Kubelik– no se escuchaba algo así.” Ahora el tío anda cantando en Bayreuth todos los pesos pesados, alternándose de un día para otro con, según dicen, enorme éxito. Posiblemente dentro de unas décadas se le verá como uno de los mejores tenores wagnerianos que han existido.
9 para Elina Garança. La voz está algo desgastada, cosa que me importa un bledo. Sí que me importa que en la primera mitad de esa única media hora en la que canta, una auténtica barbaridad por parte de un Wagner que exige intervalos imposibles y muchísimo fuelle, se muestre algo fría. La mezzo letona se calienta tras el beso y alcanza alturas estratosféricas. Notas, las da todas, y tremendo su “Lachte”. Una pena que el director de escena haga salir tan fea a quien es una de las bellas mujeres del orbe.
8 se lleva Georg Zeppenfeld. La voz es de mucha calidad, canta con enorme propiedad y no cae en el error de hacer un Gurnemanz bobalicón. En contrapartida, no resulta del todo noble. En el primer acto aburre un poco, no dice con toda la deseable riqueza expresiva, mientras que en el tercero lo encuentro formidable. En los tiempos recientes me ha gustado más René Pape –en Sevilla le escuché ensayo general y las tres funciones–, pero ese señor anda desaparecido por alcoholismo. Lástima. Ah, Zeppenfeld es un actor sensacional: sus primeros planos son de una expresividad que pone los pelos de punta.
9 para el Amfortas que hace Derek Welton, no el más humano posible –no logro borrar de mi mente a José van Dam–, pero sí doliente sin necesidad de truculencia. 8 para Jordan Shanahan, Klingsor no especialmente demoníaco, pero sí de altura. No, no lo digo por los tacones que le toca llevar en esta regie. Al Titurel de Tobias Kheher, que me parece que lo hace bastante bien, no soy capaz de ponerle nota. ¡Vale ya de tonterías!
Los responsables de la producción escénica, con Jay Scheib a su frente, se llevan un monumental abucheo al terminar. La verdad, cosas muchísimo peores se han visto. Aquí el asunto no se comprende hasta que se abren las cortinas del tercer acto: resulta que se nos está hablando de la destrucción del medio ambiente para obtener piedras raras, de ahí que el Grial fuese en el primer acto un mineral en el que Amfortas vierte su sangre que luego es –literalmente– bebida por él mismo y por los caballeros. Vamos, que la cosa va de ecologismo, como por lo visto ocurría en aquella producción de los ochenta que digiriera Levine y descubriera a Waltraud Meier. Pues vale. No quiero perder más tiempo en la escena: me ha parecido discreto el primer acto, en el que hay errores de bulto, aceptable sin más el segundo y magnífico el tercero. Sí, magnífico en toda regla: aquí sí que se produce una rima entre lo que se ve y lo que se escucha. Por cierto, que me expliquen quién es esa señora que aparece todo el tiempo y que se queda con Gurnemanz. ¿Herzeleide? En cuanto a lo de los "pokemons" que se ven con las gafitas que en Bayreuth te entregan, ni idea. Suena a gilipollez suprema.
Se preguntará usted si merece la pena conocer este Parsifal. Creo que sí: notable dirección y excelente nivel vocal. Y si se quiere “lo mejor de lo mejor” sin las limitaciones de la tecnología que sufría Kna, lo tengo clarísimo: ponga usted el vídeo de Barenboim de 2015 y apague el televisor para que no le dañe la vista el mamarracho escénico de Tcherniakov. En cuanto a Heras-Casado y su gira española, la crítica anda hasta ahora dividida. A tenor de que este Parsifal, aun con los reparos expuestos, me ha parecido un hermoso y serio trabajo, no tengo ni la menor idea de qué me voy a encontrar mañana miércoles.
Anda la Orquesta del Festival de Bayreuth de gira por España: espero escucharla este miércoles en el Teatro de la Maestranza. Creo que, pese a que hay no pocos artículos en la prensa, no se está hablando lo suficiente de un acontecimiento que resulta histórico, por razones obvias, en lo que al mundillo musical se refiere. Y también creo, pero esto ya es absolutamente subjetivo, que nadie termina de apuntar hacia lo que con bastante probabilidad va a ser lo más inolvidable del espectáculo: la soprano.
Verán ustedes, la orquesta no va a estar donde hay que escucharla, en el especialísimo foso creado específicamente para ella –yo nunca he podido hacerlo–, lo que significa que se va a enfrentar a problemas acústicos que el director de turno ha de resolver. Aún así, es una de las mejores formaciones centroeuropeas. ¿De dónde salen sus integrantes? Hasta donde yo sé, se escoge de aquí y de allá de las grandes orquestas alemanas y cada año se van sustituyendo a los músicos menos satisfactorios por otros nuevos, de tal modo que el nivel se mantiene de manera constante a gran altura. Es decir, que con independencia de escucharla fuera de su “pecera” –dicen que allí dentro queda todo muy amortiguado, en nuestros escenarios sonará con mucha mayor brillantez–, tenemos garantizada la calidad y las cualidades de una formación especializada en Wagner. Ya eso es un lujo, por lo que ninguna persona amante de la música debería dejar pasar la ocasión.
En cuanto a Pablo Heras-Casado, ideólogo de esta gira, no tengo ni idea de cómo hará los fragmentos del Anillo. Los seguidores de este blog ya saben que su carrera me parece extremadamente desigual, y que cuando dirige a formaciones de instrumentos originales me pone muy de los nervios. Esta vez tiene delante a todo lo contrario, una orquesta de la mayor solera, quizá la que más después de la Gewandhaus de Leipzig y de las dos Staatskapelles. Técnica no le falta precisamente al granadino, que atesora ya una importante experiencia wagneriana y se encargará, ahí es nada, del Anillo de Bayreuth de 2028. ¿Acertará el maestro a la hora de hacer que esta música suene como tiene que sonar, rústica e incluso cruda antes que colorista? Puede que sí, porque su batuta tiene cierta tendencia a la sequedad que en la Tetralogía puede ser ventaja antes que inconveniente. Veremos.
Del tenor Klaus Florian Vogt se ha dicho de todo. Yo le escuché en directo allá por 2010 en Madrid haciendo La ciudad muerta de Korngold, y aquí dejé reseña. Soy totalmente sincero: a mí no me gusta. Tampoco me encuentro entre quienes le detestan, porque canta muy bien en lo técnico –dicción espléndida– y está claro que sabe lo que se hace, pero es obvio que su voz suena blanquecina y su línea de canto tiende a lo melifluo. En la gira hace de tanto de Siegmund como de Siegfried, muchísima tela. No menos cierto es que en Bayreuth parecen adorarle. Morbo total, por tanto.
Nicholas Brownlee viene a hacer de Wotan. Jamás le he escuchado, pero las críticas sobre su trabajo son altamente positivas y alguien que sabe mucho de esto me dice que es de lo mejorcito que hay por ahí. Javier Pérez Senz, a mi entender uno de los más fiables críticos de Scherzo –sobre todo en lo que a voces se refiere–, le ha puesto hoy mismo por las nubes en su reseña del concierto en el Liceu (leer).
Si Senz tiene razón, podremos disfrutar de unos excepcionales Adioses de Wotan, pero por mi parte lo que espero grande, pero que muy grande, es aquello de lo que aún no he dicho nada: la Brunilda de turno. De nuevo hablo desde la subjetividad, como también procurando no exagerar lo más mínimo. Hace unos meses estuve escuchando a Catherine Foster en la capital de Alemania haciendo una de las cosas que canta en esta gira, el final del Ocaso. Entonces no pude escribir nada en este blog. Lo hago ahora: a pesar de la horrorosa –lo lamento, fue así– dirección de Iván Fischer al frente de la Orquesta de la Konzerthaus de Berlín, la soprano inglesa me llevó al borde de la lágrima. No es retórica vacía y cursi, es la verdad. Estuve a punto de llorar. Soy un "hombre blandengue" de esos que detestaba El Fary.
Sí, ya sé que no es Flagstad ni Nilsson, pero esta señora se encuentra –así en concierto, no sé haciendo la Tetralogía al completo– muy por encima de la media. La voz, no muy personal, es de mucha calidad. Posee anchura suficiente, estupendos agudos, sólidos graves y un centro muy rellenito. Maneja muy bien el fiato. Su dicción es buena pese a haber nacido en Nottingham. Y resulta expresiva, altamente expresiva, no solo en lo vocal sino también en lo escénico: yo estaba muy cerquita de ella y percibí lo mucho que se metía en su personaje. Terminé el concierto pensando que nunca más iba a escuchar una Inmolación de Brunilda así. Pues estaba equivocado: pasado mañana hay ocasión de repetir. ¿Hace falta añadir más?
La entrada original es del 4 de agosto de 2013. Añado siete interpretaciones y reformo el texto de alguna ya comentada que he vuelto a escuchar.
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La Sinfonía Clásica de Prokofiev no necesita presentación alguna, pero conviene recordar un dato: cuando la compuso entre 1916 y 1917, es decir, a los veintiséis años de edad, el artista tenía ya algunas obras de importancia en su catálogo, como la Suite Escita, y por las mismas fechas escribe otra obra de no menor inspiración, el Concierto para violín nº 1, del que ya presenté su correspondiente discografía comparada.
También es necesario advertir que esta Primera Sinfonía resulta particularmente difícil de interpretar. Por un lado, hay que hacerlo con toda la depuración sonora, elegancia y equilibrio que precisa el repertorio propiamente clásico al que el título y las intenciones hacen alusión. Por otro, es necesario capturar el espíritu propio de Prokofiev, esto es, su particular sentido del humor y, no menos importante, su latente lirismo melancólico. Quedarse en el simple juego estético neoclasicista resulta por ello tan equivocado como acentuar los aspectos trepidantes más de cara a la galería, que es la trampa en la que caen unos cuantos maestros en busca del aplauso fácil. Por no hablar de los muchos que frasean con rigidez, de modo cuadriculado y sin encanto ninguno. A mi entender, son muy pocos los directores que aciertan plenamente en esta obra y sacan a la luz la enorme genialidad de su inspiración. A mi entender, solo dos: Giulini y Celibidache.
Antes de pasar a la comparativa –conviene recordar que eso de puntuar del uno al diez resulta tan pueril como injusto en un terreno como el de la crítica estética, pero sirve para aclarar las ideas–, interesa puntualizar un detalle que se aprecia en numerosos registros: los ingenieros de sonido tienden a excederse con la reberberación, quizá por un equivocado deseo de "hinchar" sinfónicamente una partitura que en realidad está pensada para una orquesta de tamaño mediano.
Son sus movimientos:
Allegro
Larghetto
Gavotta: Non troppo allegro
Finale: Molto vivace
1. Koussevitzky/Sinfónica de Boston (RCA, 1947). Que la orquesta norteamericana alcanzó un gran nivel con el mítico director ruso queda fuera de toda duda: parece mentira que –en general– sea capaz de seguir sus tempi desquiciados en esta, digámoslo abiertamente, precipitada y nada elegante interpretación que resulta deleznable en los dos primeros movimientos, mecánicos, machacones y muy insensibles. Los otros dos, siempre dentro de una línea trepidante ante todo, alcanzan un más digno nivel. (4)
2. Celibidache/Filarmónica de Berlín (EMI, 1948). Resulta pasmoso que con tan solo treinta y cinco años, y al frente de la orquesta cuyo podio compartía entonces nada menos que con Furtwängler –estamos en las fechas de la gira juntos, aunque oficialmente el titular era el rumano–, Celi fuera capaz de acertar plenamente no solo en el estilo sino también en el contenido expresivo de la obra, derrochando encanto, vuelo lírico –lentísimo el Larghetto–, carácter espiritoso y un enorme sentido del humor sin caer en ninguna de las trampas interpretativas que acechan en la partitura, y todo ello además haciendo gala de una encomiable claridad. Muchos años más tarde el maestro ofrecerá una dosis aún mayor de refinamiento e imaginación, limando además algunos “excesos juveniles” evidentes en el primer movimiento, pero esta interpretación es ya formidable. Lástima que se encuentre descatalogada. (9)
3. Toscanini/Sinfónica de la NBC (audio YouTube, 1951). Este registro en vivo, colgado en la red por algún aficionado, es complementario del realizado poco antes en estudio por los mismos intérpretes. Independientemente de la mediocre calidad de la orquesta y de los evidentes desajustes, el maestro italiano dirige con insensibilidad y machaconería, aprisa y corriendo, con escasa elegancia y ninguna cantabilidad. Solo su olfato para la ironía agria y un bien trazado cuarto movimiento redimen parcialmente este cúmulo de horrores. (5)
4. Markevitch/Philharmonia (Testament, 1951-52). Interpretación muy vitalista y espiritosa, poco dada a la evocación melancólica, pero en cualquier caso sin precipitarse y desde luego muy alejada de lo pimpante o trivial. Lo más discutible es el Larghetto, incisivo y anguloso en los pizzicatti y el tratamiento de las maderas, pero no muy emotivo. Sensacional el Finale. A veces se echa de menos claridad en las maderas, quizá por la grabación, realizada originalmente por EMI. (8)
5. Fricsay/RIAS de Berlín (DG, 1954). Buen enfoque, entusiasta y con sentido del humor, sin precipitaciones y con un apreciable vuelo lírico en el segundo movimiento, para una realización un tanto tosca, sin mucha claridad y algo chapucera por parte de la orquesta. El final es un tanto bruto. Prescindible. (7)
6. Malko/Orquesta Philharmonia (EMI, 1955). Notable interpretación de trazo sólido y seguro, ajena a los devaneos sonoros, clara en los planos y muy centrada en lo expresivo, a la que le faltan compromiso e inspiración para alcanzar el equilibrio entre lirismo e ironía que la obra necesita: no se comprende que algunos críticos la hayan considerado de referencia. Muy bien la orquesta, pese a algún desajuste. Sonido estéreo espléndido para la época. (8)
7. Ancerl/Filarmónica Checa (Supraphon, 1956). Conviene revisar las mitificadas interpretaciones del maestro checo: aquí aborda la obra con evidente energía, sano desenfado y apropiada efervescencia pero su pulso es tan precipitado, su planificación tan pobre, su cantabilidad tan escasa y su elegancia tan inexistente que el resultado es muy mediocre. La orquesta no ayuda precisamente. La reverberación de la toma parece añadida por la muy discutible remasterización del original estereofónico. (5)
8. Kurtz/Philarmonia (EMI, 1957). La falta de matices por parte de la batuta es evidente, echándose de menos una buena dosis de imaginación para ofrecer la chispa, el sarcasmo y el lirismo necesarios, pero la seriedad del maestro ruso, su buena planificación, su entusiasmo y su rechazo al devaneo sonoro le hacen, junto a la excelencia de la orquesta, ganar la partida. (7)
9. Rozhdestvensky/Gran Orquesta Sinfónica de la RTV de la URSS (Melodiya, 1966). El primer movimiento resulta un verdadero horror, pero no porque el maestro, tantas veces admirable en este repertorio, quiera ver la obra desde el punto de vista del Prokofiev más aristado y agresivo, sino por basto, machacón y precipitado. El segundo y el tercero, algo sosos, se muestran mucho más centrados en lo expresivo y están bien dichos. El cuarto vuelve a ser una locomotora sin frenos, aunque aquí la vitalidad y el buen dominio del lenguaje que muestra Rozhdestvensky son un tanto a su favor. El sonido es deficiente: quizá pudiera mejorar con un nuevo reprocesado. (5)
10. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1968). Al frente de una orquesta no muy allá pero haciendo gala de su proverbial comunicatividad y entusiasmo, el maestro norteamericano ofrece una recreación que engancha desde el primer momento por extravertida, animada y espontánea, dotada además de un risueño –más que sarcástico– sentido del humor. Es problema es que pero también resulta algo tosca, poco elegante, escasamente lírica y desde luego no muy “clásica”. (8)
11. Svetlanov/Sinfónica del Estado de la URSS (BBC Legends, 1968). Nada en especial aporta esta toma en vivo, por cierto demasiado precaria como para enjuiciar correctamente el equilibrio de planos sonoros en un primer movimiento que, por lo demás, parece muy bien llevado. El segundo, correctísimo y un tanto insulso. En el tercero sobresalen el tratamiento sarcástico de la madera y algunos rubati de interés. Desdichadamente los aciertos parciales de esta interpretación se echan a perder en el cuarto, rapidísimo e insensible. (6)
12. Abbado/Sinfónica de Londres (Decca, 1969). A sus treinta y seis años lleno de talento y demostrando unas tremendas ganas de hacer música, Abbado defrauda de manera considerable en un primer movimiento tan vitalista y entusiasta como cuadriculado y poco elegante, por no decir machacón, amén de poco interesado por desmenuzar la partitura. Mucho mejor el segundo, paladeado con adecuada cantabilidad y dicho sin prisas, y sin duda espléndido el tercero, con unas maderas filigrana pura que destilan toda la ironía que la música necesita. Al cuarto, magníficamente expuesto, le faltan vitalidad y atención a sus posibilidades expresivas, pero es de agradecer que el maestro no caiga en el atropellamiento y el efectismo de su posterior registro para DG. (7)
13. Masur/Filarmónica de Dresde (Berlin Classics, 1969?). Un desastre el primer movimiento: precipitado, insensible, carente por completo de elegancia, y expuesto con una vulgaridad talo que las maderas ni se oyen. Sí lo hacen en un segundo que, aun lejos de destilar poesía, al menos posee un muy adecuado toque de picardía. Muy bien el tercero, y muy correctamente planteado y expuesto el último. La toma se ha conservado mejor de lo esperable. (6)
14. Martinon/Nacional de la ORTF (Vox, 1971). No está claro si el maestro falla al entender a Prokofiev como un compositor eminentemente trepidante o al interpretar el clasicismo con excesivo hincapié en lo frívolo, lo grácil y lo risueño, pero lo cierto es que esta interpretación, no muy bien tocada y un tanto confusa, esto último en buena medida debido a la reverberante acústica de la sala, resulta tan vistosa como en exceso extravertida y tópica, cuando no –terrible el primer movimiento– precipitada, insensible y machacona. (5)
15. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (RCA, 1972). Una pena desperdiciar tan soberbia orquesta en una interpretación de concepto frívolo y pimpante, dicha además con demasiadas prisas, no mucho encanto y escasa atención al matiz expresivo. Solo se salva el último movimiento, muy animado y pletórico de virtuosismo. La toma sonora tampoco es muy allá. (6)
16. Marriner/Academy of Stm Martin in The Fields (Decca, 1972?). Queda claro que Sir Neville y sus chicos interpretan el neoclasicismo de Prokofiev igual que lo hacen con el clasicismo propiamente dicho, es decir, de manera aérea, distendida y luminosa, fraseando con ligereza, agilidad e incuestionable naturalidad, aportando además esa distinción típicamente británica, pero pasando por completo de largo ante todo lo que sean claroscuros expresivos. A veces, incluso (¡qué Gavotta más rutinaria!) de los matices propiamente dichos. El resultado es una interpretación tan placentera como inofensiva. La toma de sonido, distorsionada y un tanto reverberante, no está a la altura. (7)
17. Weller/Sinfónica de Londres (Decca, 1974). No hay en esta algo primaria y un tanto deslavazada realización particular elegancia, ni encanto, ni refinamiento, ni poesía ni sentido del humor, pero al menos está realizada con ganas –muy bien el primer movimiento, algo alicaído el segundo–, es comunicativa y se escucha con placer. En la integral de Weller hay cosas bastante peores. (7)
18. Ashkenazy/ Sinfónica de Londres (Decca, 1974). Solo un mes más tarde de su grabación con Weller, la London Symphony repite la obra para el mismo sello y en la misma sala de grabación, el desaparecido Kingsway Hall, pero los resultados tampoco son para tirar cohetes: primer movimiento precipitado y de trazo muy grueso –apenas se escuchan las maderas–, segundo más lento e igual de alicaído que antes, tercero sin apenas encanto y cuarto, menos mal, animado y trepidante sin desatender la claridad. (7)
19. Celibidache/Orquesta de la Suiza Italiana (YouTube, 1975). Impagable testimonio, en color pero con importantes limitaciones en el audio, de un Celibidache demostrando a los sesenta y tres años ser capaz de sacar petróleo de una orquesta muy medianita para bordar una recreación que mejora la antigua suya en Berlín y anuncia la por completo genial de la Filarmónica de Múnich. Curiosamente, aquella estará expuesta con mayor finura y sensualidad, pero hay algún detalle excepcional aquí que no se repetirá. Quien quiera tener clara la diferencia entre tocar e interpretar, que vea este vídeo: se puede tocar bastante mejor, pero difícilmente interpretar la partitura con más estilo, mejor mezcla de elegancia, picardía y salero o mayor número de ideas lúcidas –que no caprichos– en torno a la agógica y la dinámica al servicio de una partitura en la que se cree firmemente. (9)
20. Giulini/Sinfónica de Chicago (DG, 1976). Ante todo, y pese a que los violines en algún pasaje no suenan con el portentoso empaste en ellos habitual, es esta una interpretación tocada de maravilla por una orquesta cuyos solistas, además, son extremadamente musicales; y es una interpretación dirigida con una asombrosa claridad, realmente inigualada en toda la historia del disco, haciendo Giulini se escuchen con singular nitidez todas y cada una de las líneas instrumentales, siempre con gran atención a las voces intermedias y logrando un perfecto equilibrio polifónico. Ahora bien, lo más importante es que a todo esto se añade que el maestro italiano logra ofrecer una versión muy “clásica” (sobria, equilibrada, elegante, ajena al efectismo, sin pathos excesivo y alejada del arrebato) que saca todo lo que la partitura tiene de lirismo y de evocación, pero presentando al mismo tiempo todo el trasfondo de ironía y mala leche que alberga la partitura, siempre dentro –no podía ser de otra forma tratándose de Giulini– de un humanismo que rechaza el excesivo sarcasmo. El único reparo, muy relativo, es que el segundo movimiento, llevado con más rapidez de la esperada después de un primero en el que las cosas se toman con calma, no ofrece toda la elevación poética que conseguirá más tarde un Celibidache. La toma sonora, como todo lo que grabó DG en Chicago por aquellas fechas, es soberbia. Versión de referencia. (10)
21. Kosler/Filarmónica Checa (Supraphon, 1976). Artesanía de primera la de un Zdenek Kosler que acierta en la expresión, evita toda vulgaridad y trabaja con pinceles finos alcanzando un acertado punto de equilibrio expresivo entre las diferentes facetas de la partitura. A destacar el trabajo con el entramado interno de las maderas en los movimientos extremos, realmente notables. Antes irónico que efusivo el Larghetto, correcta sin más la Gavotta. La toma de sonido es muy poquita cosa. (7)
22. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1977). De las realizadas con la Sinfónica de Londres en los años setenta esta lectura, bajo la dirección de su titular, es con diferencia la mejor. Lo es por el evidente entusiasmo de Previn, su riqueza expresiva y su perfecto idioma, sino también por el acierto a la hora de equilibrar jovialidad, elegancia e ironía en su punto justo. Es eso lo que significa la objetividad que asociamos con su batuta: atender a todo lo que está ahí sin voluntad de poner unos aspectos por encima de otros ni de ofrecer una mirada personal. Ortodoxia en estado puro, para lo bueno y para lo menos bueno. Por lo demás, hay que descubrirse ante una técnica que le permite desarrollar una arquitectura de pulso perfecto: rara vez hay en él languideces o precipitaciones, y en esta obra tan peliaguda en ese sentido tampoco se da el caso. Qué decir, finalmente, de su capacidad para aclarar las texturas sin que el resultado parezca presidido por el análisis: el cuarto movimiento es una maravilla en este sentido. El viejo reprocesado de 1986 que circula por nuestros lares deja mucho que desear: bastante mejor el del SACD. Intente encontrarlo por en aguas sarracenas. (9)
23. Solti/Sinfónica de Chicago (Blu-Ray Cmajor, 1977). Posterior solo año y medio a la descomunal recreación de Giulini con la misma orquesta, resulta asombroso el modo en que la formación norteamericana es capaz de poner su enorme virtuosismo –increíbles las maderas– al servicio de una lectura no ya muy distinta sino conceptualmente opuesta, aunque no menos defendible en su planteamiento que la anterior: frente a la cantabilidad, el humanismo, la sensualidad y el humor más bien soterrado del italiano, la extroversión, la incisividad, la picardía, la inmediatez y la frescura irresistibles del maestro húngaro, quien tampoco se queda precisamente corto a la hora construir el edificio de tensiones y de clarificar texturas al tiempo que sabe ser elegante a su manera, esto es, sin abandonar la virilidad y el carácter decidido que le caracterizan. Falta, eso sí, un sabor más evidente a Prokofiev, así como una dosis mayor de creatividad y compromiso expresivo, sobre todo en los movimientos centrales. (9)
24. Maazel/Nacional de Francia (Sony, 1981). Interpretación vitalista y luminosa, dicha con la incisividad apropiada y con una buena dosis de sal y pimienta que resulta muy bienvenida, sobre todo en el último movimiento, pero no del todo clara ni elegante, además de escasa en sensualidad y vuelo lírico en el segundo movimiento. La orquesta evidencia algunas limitaciones. (7)
25. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1981). El maestro salzburgués cae en las dos grandes trampas que acechan a esta interpretación: tener delante a la Filarmónica de Berlín y llamarse Herbert von Karajan. La primera le lleva a recrearse en una cuerda musculosa y de superficie muy pulida para olvidarse del entramado de las maderas. La segunda, a adoptar un enfoque frívolo, hedonista, por momentos pimpante y hasta con detalles de coquetería fuera de tiesto, amén que muy ajeno al sentido del humor propio de Prokofiev. El resultado es trivial y aburrido. La toma sonora podría ser mejor. (6)
26. Abbado/Orquesta de Cámara de Europa (YouTube, 1981). Las deficiencias sonoras de este vídeo son tan graves que solo se puede recomendar a quienes estamos interesados en conocer la evolución de un Claudio Abbado que aquí a principios de los ochenta se encontraba justo en el cénit de inspiración dentro de su “primer estilo” y todavía apenas evidenciaba el gran cambio a peor. En cualquier caso, parece claro que el maestro nunca terminó de sintonizar con esta obra: la interpretación se encuentra a medio camino entre la antigua suya para Decca de 1969 y la que hará con esta misma formidable orquesta de jóvenes para DG en 1986, posiblemente sea un poco mejor que esas dos, porque se liman algunos errores de la primera y no se llega a la trivialidad de la última, pero las desigualdades están ahí. Hay nervio, incisividad y desparpajo, incluyendo –maderas de la Gavota– su punto de picardía; también precipitación y más de un exceso en los timbales. Lo dicho, solo para quienes quieran profundizar en el arte del maestro milanés. (8)
27. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1982). Una toma sonora extraña, en absoluto a la altura de lo que hacía Decca en estas fechas, perjudica seriamente a una de las menos afortunadas interpretaciones de Solti en los albores del sonido digital. Su primer movimiento resulta precipitado, vulgar y sin gracia ninguna. Segundo tan correcto como insulso. Tercero bien llevado, sin resultar particularmente irónico. Cuarto espléndido, ágil y con desparpajo, con una orquesta y una batuta que exhiben todo su virtuosismo: demasiado tarde. Muy preferible su filmación de 1977. (7)
28. Neeme Jarvi/Nacional Escocesa (Chandos, 1985?). No es precisamente el estonio un director fino, cosa que aquí queda bien clara en el grosero clímax del Larghetto y en la no muy depurada disección del entramado orquestal –la reverberante toma tampoco ayuda–, pero su entusiasmo se hace evidente en esta interpretación luminosa y extrovertida, que no naif, ni pimpante ni atropellada, como le suele ocurrir a otros directores, sino con una buena dosis de sal y pimienta, es decir, de esa picardía y sentido irónico tan adecuados en esta partitura. (8)
29. Previn /Filarmónica de Los Ángeles (Philips, 1986). Lógicamente mejor grabada que su recreación con la London Symphony, esta nueva grabación de Previn vuelve a dar en la diana en lo que a transparencia e idioma se refiere, ganando quizá ahora un punto de agilidad pero pinchando en el segundo movimiento, cuya sección central resulta en exceso rápida y está tratada de modo pimpante. (8)
30. Abbado/Orquesta de Cámara de Europa (DG, 1986). Aunque la cosa ya se venía venir en su filmación cinco años anterior con esta orquesta, aquí quedan más en evidencia esas nuevas maneras con que el milanés empieza a entender la música en general y el clasicismo en particular: una mezcla de coquetería, refinamiento mal entendido y levedad sonora que se harán presente en sus tristes años de madurez. El primer movimiento le sale mejor que en su antigia versión de Londres, ganando en elegancia y picardía al tiempo que pierde la molestia contundencia de la ocasión anterior; eso sí, sobra el efectismo de los timbalazos, más aún habida cuenta de la reverberante acústica de la Konzerthaus. El segundo está ahora dicho con prisas (3’46’’) y tiende a esas maneras aéreas y frívolas antes referidas. Muy animado y con buenos detalles, pero en exceso pimpante el tercero: de nuevo salimos perdiendo. Y muy de cara a la galería el cuarto, convertido en una vertiginosa carrera para que la orquesta haga gala de virtuosismo y entusiasmo sin detenerse a paladear la música como es debido, ni a analizarla ni a mezclar la mucha electricidad desplegada con elegancia ni cn verdadero espíritu clásico. Pura fachada de un Abbado que, decididamente, ha iniciado su declive artístico. (7)
31. Rostropovich (Erato, 1986-87). Interesado como siempre en la vertiente más lírica y humana del compositor, Rostropovich ralentiza los tempi, sustituye la luminosidad por el pathos y pone de relieve la cantabilidad melódica de la partitura con un fraseo muy natural, amplio y elegante, que se aleja del carácter trepidante de otros directores para aportar un toque de serenidad y carácter contemplativo, un punto otoñal quizá, y un tanto melancólico en un Larghetto lentísimo y algo pesante. La Gavota está llena de encanto, y el Finale está dicho con fluidez sin precipitarse lo más mínimo. Falta, en cualquier caso, una arquitectura más aquilatada en el primer movimiento, y en general da la sensación de que se necesita un grado mayor de depuración sonora, lo que en parte puede deberse a una orquesta que no es de primera, como también a una toma de reverberación excesiva. Con todo, se escuchan algunos detalles inhabituales, como las pinceladas de la trompeta en el segundo movimiento. (8)
32. Orpheus Chamber Orchestra (DG, 1987). Lejos del pathos que van a exhibir un Rostropovich o un Ozawa, pero sin caer tampoco en la tentación de lo frívolo o lo pimpante, los Orpheus ofrecen una interpretación obviamente de sonoridad camerística, dicha con tempi rápidos pero sin la menor precipitación, increíblemente bien tocada y de una claridad pasmosa, que en lo expresivo resulta ágil, luminosa y radiante de entusiasmo, risueña antes que irónica –Gavotta–, poética cuando debe y siempre de un enorme encanto. Por si fuera poco, la toma sonora es fabulosa. (9)
33. Kitajenko/Filarmónico-Sinfónica de Moscú (Melodiya, 1987). Un primer movimiento precipitado, vulgar y sin el menor encanto hace presagiar lo peor. Por fortuna el Larghetto se encuentra notablemente paladeado, la Gavotta está muy bien planteada –irreprochable el tratamiento de las maderas– y el Finale se desarrolla con enorme corrección. Lo que es imperdonable es que la toma, presuntamente digital, ponga a las maderas en primer plano para relegar a la cuerda, sea en exceso reverberante y presente una molesta distorsión tímbrica. Cuesta trabajo escucharla. (6)
34. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Blu-ray Euroarts, febrero 1988). Sin alcanzar el grado de perfección técnica, limpieza, distinción y sentido de lo apolíneo del registro de Giulini con la Sinfónica de Chicago, Celibidache ofrece en esta filmación “de estudio”, sin público, acompañada de unos maravillosos ensayos en los que el maestro rumano despliega todo su histrionismo facial, una recreación antológica en la que, además de desmenuzar de maravilla todo el entramado orquestal y desplegar el riquísimo sentido del color que en él es habitual, se ponen de relieve como nunca los aspectos más irónicos y socarrones de la obra –portentoso el tratamiento de las maderas– ofreciendo mucha retranca, pero sin excederse en la acidez y sin merma alguna de la elegancia consustancial a la obra ni del vuelo poético que debe alcanzar –y aquí lo hace como pocas veces– el segundo movimiento. La lentitud de los tempi no debe echar atrás para nadie, porque la arquitectura está delineada sin fisuras. A destacar, por añadir algo entre tantas maravillas, los prodigiosos rubati en la Gavotta y la alucinante manera en la que esta se va acercando a la conclusión. Solo una pega: en los clímax del primer movimiento no se escucha del todo bien el entramado de las maderas. El sonido es un estéreo de buena calidad. (10)
35. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 26 de marzo de 1988). Repetición de la jugada, esta vez en vivo. Al ser solo audio, se pierde uno el espectáculo de ver a Celi dirigiendo. En cualquier caso, excepcional. (10)
36. Karajan/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Sony/CMajor, Digital Concert Hall y Stage +, 1988). Justo antes de deslumbrar junto a Kissin en el Primero de Tchaikovsky, Karajan ofreció la noche de fin de año una interpretación animada y con empuje, pero no muy clara, algo espesa y amazacotada, con un segundo movimiento frívolo y pimpante. En cualquier caso, mejor que su registro de estudio. (7)
37. Ozawa/Filarmónica de Berlín (DG, 1989). Tal vez influido por su amigo Rostropovich, el director oriental ofrece una lectura singular y muy discutible, pero no poco fascinante, en la que sirviéndose de una orquesta grande de robusta cuerda grave, valiéndose de unos tempi francamente lentos sin que el pulso se le venga abajo y haciendo gala del desarrollado sentido del color, la enorme elegancia y esa peculiar sensualidad digamos “oriental” que caracterizan su batuta, se pone de relieve la vertiente más lírica y melancólica de esta música, como si se quisiera tender un puente hacia la última sinfonía del autor. No hay aquí, por tanto, nada de la espontaneidad, del descaro y del carácter trepidante que normalmente asociamos a esta obra, pero la lectura resulta coherente y está maravillosamente realizada: pocas veces se habrá escuchado tan bien tocada por parte de una orquesta y tan admirablemente desmenuzada por parte de un director. (9)
38. Zedda/Orquesta de Cámara de Lausana (Virgin, 1989). Han adivinado: el referente de esta interpretación es Rossini. Y lo es para bien, sobre todo en un primer movimiento ágil y espiritoso en el buen sentido, chispeante pero no superficial, en el que además el maestro italiano se permite prestar atención a las líneas de la trompeta que generalmente pasan desapercibidas. La inclinación lírica también se percibe en un Larghetto cantado con delectación, aunque de pulso irregular. Muy bien salpimentada la Gavotta y algo falta de electricidad pero en absoluto precipitado (¡menos mal!) el Finale, elegante y maravillosamente desmenuzado. En conjunto, una interpretación en la línea de Giulini, sin llegar a su excelsa altura. (9)
39. Barshai/Philharmonia (Collins-Alto, 1989). Al frente de una orquesta no en su mejor momento recogida por una toma de volumen bajísimo y un punto difusa, el mítico Barshai ofrece una recreación irreprochable en el estilo, con todo en su sitio, dicha con cierta convicción y buen gusto, pero no del todo clara, no muy bien tensada y, globalmente, un tanto sosa e inexpresiva. Prescindible. (7)
40. Muti/Orquesta de Philadelphia (Philips, 1990). Interpretación muy briosa e irónica que solo flaquea por el primer movimiento, basto y algo precipitado. También es verdad que el tercero podía tener más sentido del humor. Pero el Larghetto está lleno de poesía y el Finale resulta verdaderamente sensacional, en parte gracias a unas maderas deslumbrantes.En realidad, toda la orquesta está para quitarse el sombrero, independientemente de que resulte demasiado grande. (9)
41. Tilson Thomas/ Sinfónica de Londres (Sony, 1991). Aunque se trata de una lectura más idiomática que la media, sobre todo por el tratamiento de las maderas, lo cierto es que el maestro norteamericano navega con el piloto automático puesto y apenas el buen trazo del primer movimiento y algún logrado rubato en la Gavotta logran hacernos despertar en medio de la rutina y la indiferencia expresiva que terminan imponiéndose. La toma sonora es algo turbia. (6)
42. Levine/Sinfónica de Chicago (DG, 1992). Con una batuta tan pedestre como la de Levine se podía temer lo peor, pero lo cierto es que el mal gusto del maestro solo se evidencia en un primer movimiento sin duda vitalista y con espléndido sentido del humor, pero también precipitado, machacón y carente de toda elegancia. El resto, sorprendentemente, está dicho con excelente línea, buen gusto y un espléndido equilibrio entre frescura y control, a lo que no es ajeno el enorme virtuosismo de una Sinfónica de Chicago en el mejor momento de su trayectoria. De hecho, a la postre es una interpretación superior a la que su titular Sir Georg Solti grabó con ella en estudio para Decca diez años atrás. La toma de sonido, también de manera inesperada, es igualmente mucho más satisfactoria. (8)
43. Simonov/Royal Philharmonic Orchestra (RPO, 1996). El maestro ruso parece querer enfrentarse con la tradición de lo trepidante y, tomándose las cosas con calma, desarrolla una interpretación equilibrada, elegante y cuidadosa, ágil más no pimpante, y desde luego antes lírica que irónica, aunque paradójicamente funciona mejor en los movimientos extremos que en los centrales, algo desvaídos. Los ingenieros de sonido hicieron un buen trabajo, aunque con el defecto tan habitual en esta obra: excederse en la reverberación. (7)
44. Muti/Filarmónica de Viena (VPO, 2000). Globalmente esta lectura es algo superior a la del propio Muti en Philips, pues aunque la orquesta vienesa no tiene la perfección de la de Filadelfia, e incluso muestra unos violines no siempre empastados, tiene unas dimensiones y una sonoridad mucho más adecuadas para esta obra: menos robusta y más transparente. El primer movimiento está mejor dirigido, resultando menos precipitado y conservando su mismo sentido del humor, aunque no vendría mal una mayor atención a la polifonía de las maderas. El segundo es quizá un punto menos poético. Al tercero sigue pudiéndosele sacar más partido, y el cuarto vuelve a ser admirable. (8)
45. Gergiev/ Filarmónica de Viena (DVD TDK, 2000). Al poco de interpretar la partitura con Muti, la orquesta vienesa sigue mostrándose espléndida para esta partitura, pero la dirección de Gergiev, sin duda encendida y dotada de un acertado sentido del humor, resulta gruesa y vulgar en comparación con la del napolitano. Su Allegro inicial está bien, sin ser precisamente refinado; el Larghetto resulta más nervioso de la cuenta, en absoluto elegante y muy basto en el clímax; la Gavotta funciona sin problemas, con unas maderas que suenan con la incisividad y carnosidad apropiadas para el autor; en el Finale Gergiev se aprovecha del virtuosismo de los vieneses y se echa a correr sin preocuparse de matices y otras zarandajas. La toma sonora no es todo lo buena que podría haber sido, aunque al menos ofrece surround auténtico por los canales traseros. (6)
46. Gergiev/Sinfónica de Londres (Philips, 2004). De nuevo Gergiev ofrece una versión muy encendida y animada, con mucho sentido del humor y de adecuado remanso lírico en el segundo movimiento, pero también de trazo grueso y un punto vulgar. Lo peor es el último movimiento, algo atropellado. Los ingenieros de sonido tampoco estuvieron finos. (6)
47. Alexandre Rabinovitch-Barakovsky/Orquesta Sinfónica de Flandes(DVD Arthaus, 2005). Como telonera de uno de esos espectáculos Argerich and Friends, en este caso en el Festival de La Roque d’Anthéron, se ofreció una Sinfonía Clásica precipitada, convulsa, descuadrada, histérica incluso, con caprichos innecesarios en la Gavotta, a cargo de un director muy del gusto de la pianista y de una orquesta normalita incapaz de seguir las velocidades impuestas por la batuta. Solo se salva el segundo movimiento. El resto, un horror. (4)
48. Kitajenko/Gürzenich-Orchester Köln (Capriccio, 2005-07). El maestro ruso, ya veterano, se saca la espina de su lectura para Melodiya con esta otra recreación no solo muchísimo mejor grabada –suena de escándalo–, sino también considerablemente mejor planteada. Aquí el primer movimiento, ya sin precipitaciones, esquiva toda vulgaridad y ofrece toda la elegancia, la finura bien entendida y el equilibrio clásico que demanda. El resto es francamente notable, por el buen dominio del idioma, lo acertado del planteamiento expresivo y la excelente factura con la que este se encuentra plasmado en lo sonoro, agradeciéndose especialmente la buena disección del entramado orquestal y la cantabilidad del fraseo, sobre todo en un Larghetto que se deja de trivialidades para explorar el lado más melancólico de esta música. Solo falta una vuelta de tuerca más tanto en el manejo de las tensiones como en la sal y la pimienta para alcanzar la excepcionalidad: a la postre, esta lectura resulta un punto sosa. (8)
49. Gergiev/Orquesta del Mariinsky (Stage+, 2012). Otra vez Gergiev, ahora más personal que en anteriores ocasiones, pero sin salir de la mediocridad. El primer movimiento lo plantea con agógica caprichosa, la tensión se viene abajo y adorna el asunto con gangosos portamentos. En el segundo, dirigido con corrección pese a algún detalle discutible, el problema está en una orquesta cuya cuerda deja bastante que desear. Mejor las maderas, decisivas en un tercero bien diseccionado por parte del maestro y muy certero en la expresión. El cuarto funciona de manera satisfactoria, pese a estar dicho un tanto de pasada. Magnífica la filmación, realizada nada menos que en el Conservatorio de Moscú. (6)
50. Litton/Filarmónica de Bergen (BIS, 2015). El ciclo de Andrew Litton tiene cosas más que notables, pero esta Sinfonía clásica, que va de menos mas más, resulta globalmente floja. El primer movimiento es pura rutina: todo suena en su sitio sin mucha preocupación por la claridad, no digamos ya de la expresión. El segundo se encuentra bien paladeado, solo eso. En el tercero hay interesantes juegos agógicos, y en el Finale la lectura despega con una irreprochable interpretación dicha muy en su punto justo. Espléndida la toma. (7)
51. Iván Fischer/Orquesta de la Konzerthaus de Berlín (Digital Concert Hall, 2016). Un placer escuchar a la antigua Sinfónica –ahora rebautizada como “de la Konzerthaus”– en la sede de la Filarmónica y apreciar con estupenda acústica la considerable calidad de todas sus secciones y el estupendo trabajo técnico que con ella venía realizando su entonces titular Iván Fischer. En cuanto al Prokofiev ofrecido en este concierto especial para refugiados, se trata de una interpretación risueña y con salero, sonada con cierta tendencia a la levedad y fraseada con mucha elasticidad, globalmente muy inspirada y no exenta de personalidad. Curvilíneo el primer movimiento, atrevido en la agógica el segundo, juguetón con los rubatos el tercero y dinámico en el mejor de los sentidos el cuarto. (8)
52. Sokhiev/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Se nota que Tugan Sokhiev no solo ama esta música: la respeta. Su lectura, lejos de buscar la inmediatez o de refugiarse en recursos fáciles como la efervescencia o los excesos, apuesta por un clasicismo elegante, de apreciable vuelo melódico, no muy incisivo y un punto distanciado. Desde este planteamiento funciona muy bien el Allegro inicial, aunque es cierto que –le ocurre a demasiados directores– en los tutti no se escuchan siempre bien las maderas. Amplio y elegante un Larghetto en el que se deja a la música respirar y a la cuerda lucir belleza sin concesiones al hedonismo, si bien la poesía no acaba de brotar. Gavotta muy rubateada, no siempre con naturalidad y con esa fluidez que la partitura demanda, pero ofreciendo en contrapartida una pasmosa labor por parte de la orquesta. Y ella es la principal responsable del éxito de un Finale que Sokhiev lleva con enorme sensatez y buen gusto. Formidable la ingeniería audiovisual. (8)
53. Mallwitz/Orquesta de la Konzerthaus de Berlín (Stage+, 2023). Arrancando la titularidad de la antigua Sinfónica de Berlín, la directora alemana se decide a ofrecer una interpretación ágil, incisiva y también un tanto nerviosa. Lógico, por tanto, que lo que mejor le salga sea el Finale. En el resto, la falta de sintonía con la obra es evidente: el primer movimiento resulta parco en sentido clásico del equilibrio y de la elegancia, el segundo carece de vuelo poético y el tercero resulta en exceso saltarín. La filmación con su antecesor en el podio, por lo demás, sonaba más depurada en lo técnico: están parece poco trabajada, amén de escasita en matices. Formidable la filmación en 4K. (7)