martes, 17 de mayo de 2022

Sinfonía "La grande" de Schubert: discografía comparada

Hago como otras veces: cojo textos ya publicados por aquí, los combino con las notas que he ido tomando a lo largo de varios años y añado apuntes de estos últimos días para improvisar una discografía comparada. Esta creo que me ha quedado pesada, la verdad. Al menos una cosa he sacado en claro: resulta dificilísimo interpretar la Sinfonia "La Grande" de Franz Schubert Octava o Novena, como ustedes prefieran–, porque las dimensiones de la página y su peculiar síntesis expresiva entre lo épico, lo lírico y lo dramático demandan un director que sepa inyectar densidad sin caer en la pesadez, vigor rítmico ajeno al mecanicismo y la machaconería, delicadeza sin frivolidad, conflicto sin perder el equillibro clásico. También hacer falta, por cierto, una orquesta de primera: nada como este repertorio para poner en evidencia insuficiencias y limitaciones.

Luego está la cuestión filológica. ¿Hay que llevar la larga introducción con el mismo tempo que el resto del primer movimiento, como dicen los especialistas? ¿Hay que hacer un regulador en el acorde conclusivo? A mí no me pregunten. Yo me limito a decir hasta qué punto me ha gustado cada una de las versiones reseñadas.

 

1. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG, 1951). He aquí un perfecto ejemplo de la flexibilidad en la dinámica y –sobre todo– en la agógica, creando grandes juegos de tensión y distensión a partir de una concepción eminentemente orgánica del discurso musical, que caracteriza el estilo furtwaengleriano. Obviamente, la referida flexibilidad no es fruto del capricho ni va buscando el efecto de cara a la galería, sino que responde a una extrema intensidad expresiva en la que cada situación emocional encuentra una correspondencia con la narración sonora, aun a costa de tomarse todas las libertades que haga falta. Así las cosas, y siempre contando con la baza de la cuerda poderosa y musculada de la orquesta berlinesa, el resultado es una interpretación llena de fuerza, de grandeza bien entendida, en la que sobresale el sentido trágico de un segundo movimiento con clímax que acumulan verdadera rabia –tremendo aquel en el que la escritura schubertiana nos pone literalmente al borde del precipicio– y el carácter visionario que Furt sabe imprimir a un cuarto particularmente visionario. Equilibrado sonido monofónico de una toma realizada en la Jesus-Christe Kirche. (10)

 

 

2. Furtwängler/Filarmónica de Viena (Tahra, 1953). Dos años después, esta vez en vivo y con una Wiener Philharmoniker con violonchelos que son ya para derretirse, Furt repite su al mismo tiempo combativa, trágica, dionisíaca y visionaria aproximación –también muy lirica cuando debe: las referencias al Himno a la alegría del cuarto movimiento quedan más claras que nunca–, atreviéndose con una dosis aún mayor de flexibilidad y de creatividad en el discurso. Por ende, los resultados son aún más discutibles, pero no menos geniales. El precario sonido estereofónico recogido por Alfred Kunz –existe toma paralela monofónica en EMI– ofrece una considerable gama dinámica que permite apreciar que las extremas libertades que se tomaba el maestro no concernían tan solo a la agógica, sino que incluían asimismo una buena dosis de juegos con el volumen sonoro. (10)

 


3. Barbirolli/Orquesta Hallé (EMI, 1953). El reciente reprocesado en alta definición nos descubre una toma monofónica muy notable para la fecha en la que un Barbirolli aún no del todo maduro en sus maneras de hacer encuentra el punto justo entre dos extremos en los que es bastante fácil caer en esta obra, la pesadez y la ampulosidad por un lado, la ligereza y la frivolidad por otro, aunque sin terminar de ofrecer una visión del todo personal de la página. Se aprecia cierta falta de flexibilidad en esta lectura decidida y dramática, algo lineal e incluso un tanto apresurada en un segundo movimiento más rápido de la cuenta para ser un andante con moto. Tampoco consigue el maestro –pocos lo hacen, la verdad sea dicha– sacar a la luz la poesía humanística que albergan los pentagramas. Sí que ofrece buenas dosis de empuje, potencia y rusticidad bien entendida en el Scherzo, por no hablar del magnífico Allegro conclusivo que consigue Sir John. (7)

 


4. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1958). Interpretación con mucha fuerza, brío y empuje, pero fuera de estilo y considerablemente basta –apenas hay matices– ruidosa y hasta escandalosa. Ni rastro de poesía, como tampoco de conflicto dramático, ya desde un primer movimiento superficial, escandaloso y hasta brutal. El Andante resulta marcial y cuadriculado, y no alcanza fuerza en el clímax. Scherzo tan vistoso como superficial. El cuarto es el que mejor funciona dentro de estos parámetros. La toma sonora, eso sí, es sensacional para la época. (5)

 


5. Krips/Sinfónica de Londres (Decca, 1958).
Formidable trabajo de los ingenieros de sonido para una interpretación no solo admirablemente tocada y estupendamente desmenuzada, sino también –lo que es más importante– decidida, directa, llena de vida y de comunicatividad, mas no exenta de desigualdades. Así, tras una magnífica introducción, se echa de menos una transición al Allegro ma non troppo dicha con más fuerza visionaria; este funciona globalmente bien, aunque sin mucho sentido del misterio ni del dolor oculto, mientras que el retorno al tema de la introducción no parece bien resuelto. Lo menos convincente de esta lectura es el Andante con moto, dicho con ciertas y más bien ayuno de poesía y efusividad, sobre todo en toda la sección tras el gran clímax. Los dos últimos movimientos están francamente bien, triunfando aquí el excelente control de los medios y la convicción expresiva del maestro austríaco, pero la comparación con la fuerza arrolladora de un Furtwängler –que hacía sonar la obra con más músculo, pero no menos sentido de la agilidad– deja claro que aún podía haber dado una vuelta de tuerca adicional. (8)




 
6. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1960).
Ya una introducción más bien prosaica nos pone sobre aviso de que en esta ocasión la habitual renuncia del maestro de Breslau a la sensualidad y al vuelo lírico le van a jugar una mala pasada. Efectivamente: el resto del primer movimiento funciona bien, mas sin terminar de profundizar en sus pliegues expresivos, mientras que el segundo, aun con un clímax adecuadamente dramático, decepciona de manera considerable. En el tercero, analizado de manera magistral, se podía sacar mayor partido del trío (¡qué maderas, en cualquier caso!), mientras que el cuarto es un prodigio de claridad, grandeza sin retórica y fuerza controlada. No es suficiente, como tampoco lo es la soberbia prestación de la Philharmonia: esta obra exige todavía más. Eso sí, el maestro se muestra filológico al diferenciar poco el tempo de la introducción del primer movimiento y al incluir regulador al final. La toma sí que está a la altura. (8)

 


7. Barbirolli/Orquesta Hallé (EMI, 1964). Nueve años después de su anterior registro, Sir John modera los tempi –de manera muy apreciable en el segundo movimiento, que pasa de 12’49’’ a 14’24’’-–y ofrece una recreación que no solo se encuentra bastante mejor paladeada que aquella, sino que además ofrece esa mayor personalidad que entonces se echaba en falta. Dicho esto, no termina de convencer el Andante introductorio, bien paladeado pero sin la expresión adecuada. Un poco brusca la transición al Allegro ma non troppo, ahora mucho más diferenciado en el tempo de la sección anterior. Este último sí que resulta irreprochable, soberbiamente expuesto y dicho con intensidad muy controlada; discutible la coda. Magníficos los dos primeros tercios del Andante con moto, ahora sí dichos con ese fraseo justo que permite avanzar con fluidez y agilidad sin caer en lo pimpante, al tiempo que rezuman decisión y virilidad bien entendida. Al clímax se le podría sacar mayor partido, mientras que a ese momento increíblemente bello que supone la entrada de los violonchelos tras el silencio le falta sabor amargo. A partir de ahí está bien, a secas. Impresionante, como en toda la interpretación, el análisis del entramado orquestal. No hay reparos para el Scherzo, musculado en su punto justo y con apreciable nobleza en un trío cuyas maderas está tratada con mano maestra. Y vuelve a ser espléndido el Allegro vivace conclusivo, a pesar de que el tema “Himno a la Alegría” podría quizá ser todavía más emotivo. En cualquier caso, el maestro nos atrapa de principio a fin mezclando depuración sonora, exquisito gusto, convicción y comunicatividad. (8)

 


8. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1967). Lenny se acercaba ya a los cuarenta y nueve años cuando realizó este registro, pero lo cierto es que su aproximación es de una manifiesta inmadurez. El primer movimiento, de trazo tan vibrante como escaso de refinamiento, resulta insustancial por su falta de grandeza, y termina precipitándose en la coda. El Andante alcanza un adecuado equilibrio entre carácter épico y delectación melódica, pero el decisivo clímax central resulta precipitado. Bernstein triunfa gracias a su contagiosa vitalidad en el Scherzo, mientras que en el Finale pierde las riendas y prepara un espectáculo más bien verbenero de cara a la galería. (7)

 


9. Kempe/Filarmónica de Múnich (Sony, 1968). El maestro sajón ofrece una interpretación de sonoridad muy musculosa y gran entusiasmo expresivo, pero no muy inspirada y un tanto limitada en imaginación, interesando más por la variedad en la dinámica que en la agógica y, por lo general, algo más contundente de la cuenta, decepcionando sobre todo un movimiento prosaico y un tanto machacón. El Andante se muestra decidido sin incurrir en lo marcial, pero sus pasajes líricos no solo no resultan emotivos, sino que ofrecen un muy inconveniente carácter liviano. Robusto, enérgico y muy bien diseccionado el Scherzo, aun más contundente de la cuenta en algún momento. A la postre lo mejor es el Finale, rebosante de entusiasmo pero muy bien controlado. La orquesta responde de manera satisfactoria, sin ser los metales del todo convincente. (7)

 

 

10. Böhm/Filarmónica de Viena (DVD Euroarts, 1973). Sin resultar especialmente profunda ni dramática, y desde luego nada visionaria, encontramos aquí una espléndida lectura de carácter épico en la que sobresale la bellísima sonoridad de la orquesta y el magnífico tratamiento de timbres y planos sonoros. Hay que reprochar, eso sí, que la segunda mitad del Andante se precipita un tanto y resulta algo cuadriculada, sin toda la cantabilidad deseable. Sonido estupendo pese al soplido de fondo. (8)

 

 

11. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1977). El estilo Karajan queda aquí presente con todos sus esplendores y todas sus miserias, que de ambas cosas había en el grandísimo director. El primer movimiento está francamente bien, luciéndose el maestro a la hora de modelar a una Filarmónica de Berlín en estado de gracia y ofreciendo todo el empuje y la fuerza que la página necesita sin necesidad de recurrir a los tirones de tempo furtwaenglerianos; ahora bien, en comparación con Furt, son aquí los valores épicos los que se ponen por encima de los trágicos, y la excesiva presencia y brillantez que Don Heriberto otorga a los metales dejan bien claro que no termina de creerse esta música. El Andante con moto es deplorable: rápido, frívolo, sin rastro de cantabilidad ni de poesía, dirigiéndose hacia un clímax mucho antes marcial que trágico…. Tras el salto al vacío, los violonchelos intervienen con un fraseo relamido. Sensacional el Scherzo, dicho con entusiasmo controlado y expuesto con una claridad y un virtuosismo para quitarse el sombrero. Y casi lo mismo se podría decir del movimiento conclusivo si no fuera porque de nuevo aparecen esos metales enfáticos y exhibicionistas que restan sinceridad al resultado y dejan claro que a Karajan, a veces, le interesaba mucho antes el espectáculo que buscar el drama detrás de la música. Increíble el más reciente reprocesado. (7)

 


12. Giulini/Sinfónica de Chicago (DG, 1977). Es el maestro italiano, siempre tan respetuoso con la letra, uno de los primeros en no diferenciar entre Andante y Allegro ma non troppo en el movimiento inicial, con el resultado de que la introducción resulta más rápida de lo acostumbrado y el resto parece más lento de la cuenta. En cualquier caso, Giulini se encontraba en el momento más indiscutible de su carrera, aún no dentro de su fase más genial pero sí alcanzando el perfecto punto de equilibrio entre la tensión interna y la garra dramática que parecen imprescindibles en esta partitura con esa singular mezcla de cantabilidad, nobleza y humanismo que caracterizan su arte. Memorable en este sentido el Andante, dicho con una poesía y una efusividad incomparables, por no hablar del trío del Scherzo Claro está que no se alcanza la fuerza visionaria de un Furtwängler, pero los brillantísimos metales de Chicago, muy controlados, aportan ese punto de carácter épico que a la batuta no le interesa tanto. Por lo demás, la exhibición técnica es asombrosa por las dos partes: cada nota está dicha con una perfección absoluta, y cada línea instrumental está clarificada con admirable refinamiento sin que ello suponga la menor caída en el narcisismo. La toma, espléndida para la época. (10)

 

 

13. Solti/Filarmónica de Viena (Decca, 1981). Como Klemperer, Solti va de menos a más en esta página. La introducción resulta gris y alicaída, no convenciendo nada la transición. A partir de ahí el maestro se centra para mostrarse cuanto menos correcto, muy atento al equilibrio de la construcción y a la finura de trazo, pero ajeno a la sustancia expresiva de la partitura. La “rutina de altura” continúa en el Andante, tan solvente como aséptico, mejorando un tanto en el Scherzo, con más vida pero aún necesitado de mayor imaginación y personalidad. El Finale sí que resulta magnífico, lleno de pasión y sinceridad, manteniendo al mismo tiempo la transparencia y belleza sonoras. Nada difícil esto último para la orquesta vienesa, claro está. (8)

 

 

14. Tennstedt/Filarmónica de Berlín (Testament, 1983). Con una orquesta y un director semejantes, solo se puede esperar una versión robusta, cálida y densa, centroeuropea en el mejor sentido, lo que no significa que sea pesada o ampulosa, porque la agilidad, el brío y la tensión dramática están garantizadas. Asimismo, el maestro evita la rigidez y ofrece una buena dosis de flexibilidad e imaginación, tratando siempre a la orquesta con perfecto estilo y un buen sentido de la plasticidad. Ahora bien, los dos primeros movimientos resultan en exceso premiosos y se resienten en su vertiente más lírica, aunque en el Andante haya algún detalle de enorme hermosura, como la “pausa” en la que la orquesta “toma aliento” para continuar su lucha épica. Mejor funciona el Scherzo, rápido e implacable, mucho antes enérgico que distendido, y espléndido el Finale. (8)

 

 

15. Marriner/Academy of Saint Martin-in-the-Fields (Philips, 1984). Lo más flojo de esta soberbiamente tocada versión es el primer movimiento: precipitado, mal construido en las transiciones y sin grandeza. El segundo es muy digno, pero en una línea mucho más apolínea y equilibrada que dramática y doliente. El Scherzo es francamente bueno, mientras que el Finale se queda en lo correcto, resultando animado pero sin mucha grandeza interior, y en conjunto un tanto rutinario. (7)

 

 

16. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Sony, 1985). Una introducción muy lenta y paladeada y una transición de impresionante planificación conducen a una lectura sanguínea y vital, pero perfectamente controlada, en la que todo está expuesto con una plasticidad y claridad asombrosas, además de con una flexibilidad sutil que no altera las líneas maestras de la partitura. El primer movimiento lo plantea Barenboim con espíritu adecuadamente épico, aportando asimismo un muy sugestivo sentido del misterio. El Andante, de una claridad asombrosa, resulta creativo a más no poder y ofrece multitud de detalles reveladores, alcanzando además un clímax rebelde e hiriente como pocos, mas sin atentar contra la arquitectura. El Scherzo conjuga fuerza, rusticidad y una enorme elegancia y cantabilidad, pasando a un Finale que sabe ser vibrante sin caer, como otros maestros, en lo retórico o descontrolado. ¡Y qué decir de la orquesta! Sus solistas son todos sensacionales, musicalísimos, descollando una trompa de matrícula de honor. (10)

 


17. Mehta/Filamónica de Viena (Orfeo, 1985). El maestro indio pasa de largo ante los aspectos líricos de la página y apuesta por una lectura ante todo vigorosa, enérgica y de carácter épico, sonada con mucha robustez pero también con tendencia a la saturación en los tutti: el trazo es poco fino y, en general, los matices expresivos se encuentran ausentes. Así las cosas, los dos primeros movimientos resultan superficiales, incluso un tanto machacones, mientras que los otros dos –muy bien el trío– salen mucho mejor parados, aunque a la postre son más vistosos que otra cosa. Ni siquiera la orquesta termina de sonar a ella misma, aunque hay que aplaudir que Mehta realiza un buen tratamiento del entramado de las maderas. (7)

 

 

18. Harnoncourt/Sinfónica de la SWF de Baden-Baden (DVD DG, 1986?). Lo que aquí se ve es una pedante película de Norbert Beilharz que solo incluye algunos planos de Harnoncourt, y nada de la orquesta, sobre imágenes presuntamente poéticas que conducen al aburrimiento. Musicalmente, el berlinés ofrece una interpretación muy aburrida, rígida y lineal, volcada hacia lo marcial y hacia lo machacón, que alcanza su punto más bajo en un Andante mecánico, carente de lirismo, de cantabilidad, de ternura, aparatoso y vulgar en sus momentos más dramáticos. Lo mejor es el tercero, conectando muy bien Harnoncourt con la rusticidad de los landler –ilustrado musicalmente con bailes, para que quede clara la relación–. Por lo demás, un rollo. (5)

 

 

19. Muti/Filarmónica de Viena (EMI, 1986). Aunque el enfoque es excelente, vigoroso pero muy atento al equilibrio y la transparencia, los dos primeros movimientos del napolitano no ofrecen toda la poesía y la magia que debieran. Magníficos, llenos de energía, los dos últimos movimientos, aunque el cuarto, vigorosísimo, ofrezca alguna frase algo enfática. (8)

 

 

20. Bernstein/Radio Bávara (DVD Medici Arts, 1987). Solo hay que lamentar que la obsesión de Bernstein por la belleza sonora le lleve a frasear determinados pasajes líricos con una blandura excesiva, como ocurre en la misma introducción, pero también en los movimientos segundo y tercero. Por lo demás, nos encontramos ante una admirable muestra de convicción y de técnica de batuta en una lectura luminosa y ágil, nada pesada o enfática, que logra un admirable equilibro entre extroversión y vuelo lírico. Eso sí, no se pueden esperar densidad y dramatismo en el segundo movimiento, lo que por otra parte resulta coherente con el resto de la propuesta. El sonido es un tanto cavernoso. (8)

 

 

21. Abbado/Chamber Orchestra of Europe (DG, 1987). Desconcertante interpretación de un Abbado a medio camino entre el fuego y la veracidad de sus primeros años y el blandengue amaneramiento de la segunda mitad de su carrera: junto a pasajes cargados de energía bien controlada y, eso por descontado, expuestos son virtuosismo supremo, encontramos sonoridades ingrávidas en la cuerda, pianísimos imposibles y numerosas frases tendentes en exceso suaves, por no decir relamidas, particularmente en un fallido segundo movimiento que, eso sí, al menos no cae en lo marcial ni en lo pimpante. A destacar la atención a determinadas cuestiones filológicas, que no logran disimular la irregularidad de los resultados. (7)

 

 

22. Harnoncourt/Orquesta del Concertgebouw (Teldec, 1992). El fraseo recortado de la trompa en la introducción deja bien claro que Harnoncourt renuncia al “misterio” y la “espiritualidad” presuntamente incorporados por la tradición “romántica” para ofrecer una lectura sanguínea y combativa en la que los elementos épicos y dramáticos de la partitura se ponen en primer plano. Ahora bien, lo hace sin enriquecer dicho enfoque atendiendo a los muchos otros componentes de la música de Schubert y optando por un fraseo más bien rígido y marcial que hace quedarse en la superficie al primer movimiento y naufragar sin remedio al segundo, en exceso nervioso y carente de humanismo. Mejora el Scherzo por su rusticidad bien entendida, y triunfa el cuarto por su despliegue de fuego y garra sin menoscabo del cuidado en la planificación, aunque es que le ponga mucha demasiada imaginación al asunto. Orquesta espléndida, con articulación y equilibrio de planos “históricamente informados”. Toma sonora no del todo conseguida. (7) 


23. Giulini/Sinfónica de la Radio Bávara (Sony, 1993). Siguiendo la misma decisión filológica en el primer movimiento –todo él dicho al mismo tempo– e incluyendo esta vez un regulador en el acorde final de la partitura, el maestro italiano pone en evidencia que los dieciséis años desde su grabación para DG no han pasado en balde. De esta forma, esta nueva lectura, grabada en directo sin especial acierto en la Herkulesaal de Múnich, pierde un poco de la tensión dramática y la brillantez –los metales de la orquesta Bávara no son ni muchísimo menos los de Chicago– de antaño para profundizar todavía más en la vertiente lírica, sensual y emotiva de la página, cantando las melodías (¡y qué importante es el canto en la música schubertiana!) como ningún otro director lo ha hecho, en este sentido, lo mejor es quizá un Andante con moto no especialmente lacerante ni rebelde, pero sí profundo y hermosísimo, lleno de frases de gran ternura y de magistrales juegos con la agógica que de muestran tanto la enorme técnica como la asombrosa sensibilidad de Giulini. Lo menos interesante es el Scherzo, al que le falta un punto de fuerza y rusticidad, si bien el trio es admirable. En los movimientos extremos pueden echarse de menos el carácter visionario y dramático de otras interpretaciones, pero esta convence plenamente por su sinceridad y ausencia de retórica, su admirable construcción global, su asombrosa cantidad de matices, su poderosa fuerza interior y su profundo sentido humanístico. (10)

 

 

24. Colin Davis/Staatskapelle Dresden (RCA, 1996). Es difícil imaginar un fraseo más cálido y natural, una arquitectura más sólida, un equilibrio más perfecto entre lirismo y fuerza dramática, un más desarrollado sentido del color y una ejecución más hermosamente sonada sin la menor tentación de narcisismo. El único reparo, además de una transición poco lograda en el primer movimiento, es que la visión del director es más épica que trágica, particularmente en el segundo movimiento, que resulta algo pimpante y no todo lo visionario que debería ser. En cualquier caso, las virtudes de la interpretación terminan ganando la partida. (9)

 

25. Maazel/Sinfónica de la Radio Bávara (BR, 2001). Interpretación llena de fuerza y entusiasmo, épica y dionisíaca, en general muy bien resuelta en lo técnico –no convence la transición en el primer movimiento– pero que resulta más vistosa que profunda, y en la que se echa de menos mayor vuelo lírico. El clímax del Andante suena más poderoso que desgarrado, pues en conjunto la versión es más espectacular que otra cosa. Magnífico el Finale. (8)

 

 

26. Harnoncourt/Filarmónica de Berlín (BP, 2006). Las cosas han cambiado no de manera sustancial, pero sí lo suficiente como para poder hablar de una muy interesante fusión entre las maneras harnoncourtianas y la tradición de la Filarmónica de Berlín. Ya desde el arranque se aprecia el giro: mientras la trompa de Ámsterdam fraseaba de manera recortada –en la introducción y también en sus tan fascinantes como decisivas intervenciones "en la lejanía" a lo largo del movimiento–, la de Berlín difumina las notas finales de cada frase a la manera tradicional, con maravillosos resultados expresivos. Lla articulación sigue siendo incisiva, el vibrato se modera y los metales adquieren un peso especial, pero todo ello se hace con menor rigor que en la interpretación holandesa. Lo más importante es que Harnoncourt pierde rigidez y gana de manera considerable en flexibilidad, en atención a la belleza del canto, en sentido del misterio... Incluso desde el punto de vista técnico el maestro también parece haber mejorado: ahora se escuchan mejor las voces intermedias de la cuerda. Lástima que el final del movimiento, enérgico a más no poder, resulte en exceso marcial y pierda grandeza. El Andante con moto es ahora menos insatisfactorio: el fraseo nervioso y digamos "saltarín" de la cuerda se ha moderado, las frases líricas están dichas con apreciable sensualidad y el gran clímax suena ahora mucho más lógico y natural, menos forzado. Hay sensibilidades a las que les molestará el fraseo sin vibrato de los violonchelos justo después del mismo, pero en cualquier caso hay voluntad por cantar la música. El Scherzo es puro fuego controlado y rusticidad bien entendida, beneficiándose de una orquesta gloriosa e implicadísima cuya cuerda musculada le sienta la mar de bien a la página. Y el Finale –esta vez sin repetición– sería portentoso si no fuera por alguna contundencia en los timbales no ya excesiva, sino decididamente hortera que nos recuerda, lástima, que nos encontramos ante uno de los directores más interesados por la provocación que se hayan conocido. (8)

 

 

27. Muti/Filarmónica de Berlín (DVD Medici Arts, 2009). Esta es otra de esas interpretaciones que va de menos a más. Lo hace dentro de un notabilísimo nivel medio garantizado por una batuta de enfoque certero, viril y afirmativo, pero también de enorme cantabilidad, capaz de tratar con asombrosa claridad, equilibrio, sentido del color y plasticidad a una orquesta musicalísima, cálida, flexible y suntuosa. Muy bien el primer movimiento, con una introducción no muy diferenciada en el tempo; le falta un último punto de inspiración. El Andante destaca por su maravilloso lirismo, echándose de menos el poso amargo de que percibe entre líneas, mientras que la sección dramática central no es todo lo visionaria que debiera. Vigoroso, rústico y algo más rápido de la cuenta el Scherzo, no del todo paladeado. Soberbio el Finale, entusiasta y magníficamente trazado; en él sabe Muti como evitar lo mecánico, aunque en la conclusión cae en la trampa de lo enfático. (8)

 

 

28. Abbado/Orchestra Mozart (DG, 2011). Veinticuatro años después de su primera grabación se hace muy evidente la evolución a peor del maestro milanés. Por descontado que el trazo sigue siendo fluido y que la belleza puramente formal se encuentra garantizada, pero ahora no solo la tendencia a lo aéreo, a lo melifluo y a lo suavón se ha hecho más evidente (¡maldita obsesión por los pianísimos inaudibles!), sino que la garra y el nervio de la anterior recreación se ven sustituidas por la mera inercia, por no decir que por la flacidez y la falta de fuelle. Solo en la conclusión del cuarto movimiento la cosa se anima un poco, pero ya es demasiado tarde: durante la hora anterior el aburrimiento se ha convertido en protagonista. Por lo demás, los nombres lujosos –Wolfgang Christ, Jacques Zoon– que brillan entre los atriles no logran disimular que la formación italiana es bastante menos buena que la Chamber Orchestra of Europe. No hay regulador final, y las peculiaridades del scherzo de su antigua grabación no se hacen presentes. (6)

 

lunes, 16 de mayo de 2022

Mi equipo

Pues ya ven, nada especial: un equipo de gama media muy digno, del que estoy contento pese a que dista de la excelencia. Es el que me puedo permitir por mi sueldo y por las circunstancias de mi vivienda, en la que cuento, para mí solito –vivo con mi madre–, con un salón con planta en forma de L de tamaño discreto.

Mi receptor actual es un Denon AVRX2500H, comprado en 2020. Este centraliza todo, incluyendo el Chromecast y el Fire TV de Amazon. Suena de manera muy aceptable y sirve para recibir algunas plataformas de streaming, entre ellas Tidal. Para escuchar Qobuz en alta resolución necesito un programa llamado BubbleUPnP en mi móvil; Chromecast ofrece la resolución HD "castrada" a 48 kHz, así que no me vale. Me gustaría tener un receptor de más calidad, pero el precio se dispara de manera muy considerable.

El reproductor multiformato es un Reavon UBR-X200. Lee SACD y los desaparecidos DVD-Audio. La imagen que obtiene de un Blu-ray es escandalosamente buena. El gran reparo es que cuando metes un pendrive o un disco de archivos de música en formato de datos –FLAC, por ejemplo– deja un gap –una pausa– entre corte y corte. Para lo que me ha costado, ese problema no debería existir.


El televisor es un Samsung UHD 2020 de 50'', por descontado que con 4K y HDR. Los altavoces laterales, central, Atmos y subwoofer son Klipsc; estoy francamente contento con ellos. Los antiguos frontales, unos JBL, los tengo como traseros.

Mi gran deseo es aislar acústicamente la sala para poner la música a volumen suficiente por la noche –vivo en un bloque, con vecinos por todas partes– y para evitar las molestísimas reverberaciones de los cristales. Irme a un unifamiliar para conseguir espacio y aislamiento ni me lo planteo: esta es mi vivienda de toda la vida, posee unas vistas extraordinarias (¡qué alivio durante el aislamiento de la pandemia!) y me siento como en ninguna otra parte.

Ah, estoy abonado a la mayoría de las plataformas: Filmin, Netflix, HBO, Disney, Amazon Prime, Digital Concert Hall, Medici TV... Al melómano y cinéfilo le recomiendo especialmente la primera y la última de las citadas.

Prokofiev por Mitropoulos

En 1956 –o quizá un año más tarde, las fuentes son contradictorias– Dmitri Mitropoulos grabó una selección de las dos suites del Romeo y Julieta de Prokofiev al frente de la que todavía era su Filarmónica de Nueva York. 44 minutos en total, que se grabaron con sonido estereofónico. El trasvase a compacto que circulaba por ahí dejaba mucho que desear, pero el pasado viernes las plataformas habituales nos ofrecían el nuevo reprocesado que se incluye en la gran caja que Sony ha dedicado al mítico director. Ahora sí, la recreación se puede disfrutar de manera muy satisfactoria para tratarse de un registro de aquellos, años; en mi caso, lo he podido hacer a través de Qobuz en una resolución de 192 kHz.

¿Y cómo es la interpretación? No es depurada en lo sonoro –la orquesta se queda corta–, no especialmente matizada, ni lo suficientemente concentrada en determinados momentos clave –comienzo de la escena del balcón–. Fracasa incluso –no lo recordaba así, la verdad– en Montescos y Capuletos. Pero lo cierto es que el maestro ateniense nos desarma gracias a un perfecto conocimiento del idioma –ideales la carnosidad de las maderas y la incisividad del metal–, a un desarrollado sentido de la ironía y, sobre todo, al modo en que aborda a tumba abierta, con absoluto compromiso expresivo, las dos grandes escenas de amor de la genial partitura. Fray Lorenzo y la muerta de Romeo también son sobresalientes. Merece la pena volver a este registro.

domingo, 15 de mayo de 2022

Representación gráfica de lo que me importa Eurovisión

 


Buitres carroñeros

Me parece maravilloso que los periodistas y/o críticos musicales rindan homenaje a un artista desaparecido con los obituarios que les parezcan oportunos. Me resulta comprensible que algunos de ellos quieran presumir de la presunta amistad que mantuvieron con la persona fallecida, aunque ello haga que muchos nos preguntemos hasta qué punto las críticas hiperbólicas que fueron publicándose a lo largo de los años estuvieron marcadas por la existencia de la susodicha relación, o incluso si fueron escritas en ese tono precisamente para alcanzar esa deseada amistad.


Pero lo que resulta de todo punto repugnante es que se saquen a la luz pública las circunstancias pormenorizadas de la decrepitud y de los tormentos físicos y psicológicos sufridos durante la enfermedad. Esas son cosas que deben reservarse para la más estricta intimidad familiar. Lo peor de todo está en La Razón –así, con mayúsculas– por la que se hace, pues solo caben dos posibilidades: bien para evidenciar la cercanía que se tenía con la persona que se nos ha ido –dejando bien claro lo importantísimo que es uno–, bien para crear morbo y conseguir más lectores. Tal vez sea por las dos cosas al mismo tiempo. ¿Es posible caer más bajo?

sábado, 14 de mayo de 2022

Berganza: no llegué a tiempo

Vi dos veces a Teresa Berganza sobre la escena. La primera fue en la Carmen del Teatro de la Maestranza durante la Expo '92. Fue triste, porque desde mi asiento en el paraíso no se la escuchaba. Las críticas fiables que llegaban de las funciones inmediatamente anteriores en el Teatro de la Zarzuela confirmaban mi apreciación, pero ella se defendió con una desafortunadísima carta abierta acusando a los "fans histéricos" (sic) y a no sé cuántas circunstancias más. No estaba dispuesta a reconocer que sus días de gloria habían acabado.

Años más tarde la tuvimos aquí en el Villamarta. Me aseguré de colocarme cerca del escenario y disfruté mucho de su arte, que no de su voz, en un repertorio a base de Monteverdi y compañía bajo la dirección de Álvaro Marías. Ya está. Luego siguió ofreciendo recitales que recibían críticas extremadamente laudatorias por parte de los críticos que la noche del evento se había ido a cenar con ella, pero para mí estaba claro que las cosas no podían ser como antes. Nunca pude escuchar "de verdad" a esa gran, grandísima artista que fue Teresa Berganza. Descanse en paz.

jueves, 12 de mayo de 2022

Siete grabaciones del Concierto para violín n.º 2 de Bartók

Ni puntuaciones del uno al diez ni rábanos. Estas siete versiones del Concierto para violín n.º 2 de Belá Bartók son todas maravillosas, y las traigo aquí para animarles a ustedes a que se acerquen a esta obra maestra, que conociera su estreno allá por marzo de 1939. Meses más tarde, el mundo evocado por el compositor empezaría a desaparecer para siempre.

 


1. Menuhin. Furtwängler/Orquesta Philharmonia (EMI, 1953). Aunque la dirección es magnífica por su calidez, su plasticidad, su fraseo flexible y su sinceridad emocional, encontrando Furt el equilibrio perfecto entre lirismo, garra dramática y sabor folclórico, lo que deslumbra es un violín incandescente a más no poder, lleno de humanismo y muy lírico cuando debe, pero sobre todo intenso y punzante, que llega a ser altamente desgarrado en los momentos más extrovertidos del segundo movimiento. La reciente restauración sonora en alta definición hace que la toma sonora resulte aceptable, pero no puede evitar que la orquesta quede relegada frente al solista.

 

 

2. Perlman. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1973). Una lástima que el nuevo reprocesado realizado por Warner no haya sido capaz de solucionar los problemas de la toma, con amplia gama dinámica pero turbia y distorsionada, porque la interpretación es portentosa, tanto por un violín pletórico de agilidad, riquísimo en el sonido –siempre afilado, pero con carne– y expresivo a más no poder, como por una batuta que subraya con atrevimiento las asperezas de la escritura al tiempo que despliega lirismo sensual, cantabilidad en el fraseo y sutileza tímbrica, además de mostrar un estimulante sentido de lo popular e inyectar frescura y convicción a los resultados. 

 

 

3. Kyung-Wha Chung. Solti/Filarmónica de Londres (Decca, 1976). La interpretación se encuentra marcada por la personalidad de Sir George y por su plena afinidad a Bartók. Así, el veterano maestro ofrece una buena dosis de electricidad, de incisividad y de rusticidad bien entendida, de garra y de sentido teatral, haciendo rugir a la orquesta londinense –magnífica– todo lo que sea necesario, pero se muestra asimismo capaz de remansarse para destilar un lirismo de altos vuelos y delicioso aroma folclórico. También sabe desplegar texturas de enorme sutileza tímbrica, incluyendo veladuras fascinantes y auténtica magia sonora, por no hablar de la perfección absoluta con que recrea el ambiente nocturnal del segundo movimiento. La joven Chung está formidable, no ya por la enorme belleza y homogeneidad de su sonido sino también, y sobre todo, por su espléndida manera de aunar poesía con tensión dramática, aunque en cualquier caso su enfoque es mayormente lírico, en perfecto contraste con la batuta teatral y masculina de Solti. La toma es magnífica para la época. 

 

 

4. Zukerman. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1979). Espléndida recreación en la que sobresale un violín que se mueve por la obra con pasmosa naturalidad, sin evidenciar esfuerzo alguno, y que sabe ofrecer lirismo cálido y noble al tiempo que se encrespa para resultar altamente dramático cuando debe, todo ello sin olvidarse de los imprescindibles acentos magiares. Zubin Mehta, aun sin especial garra, desgrana la obra con enorme delectación y exquisita sensibilidad para el timbre, sobre todo en el nocturnal y mágico segundo movimiento, sin que por ello deje de ofrecer esas sonoridades vigorosas, esas ráfagas de brillantez y ese sentido del ritmo que caracterizan el arte del maestro indio. Este testimonio, que no había salido en su momento en CD, ha sido recientemente recuperado en alta definición y se localiza en las plataformas habituales.

 

 

5. Kyung-Wha Chung. Rattle/Birmingham (EMI, 1990). Vuelve la Chung a asombrarnos por la variedad de su sonido, así como su capacidad para aportar una dosis de lirismo y delicadeza muy femenina. En esta ocasión le acompaña un Rattle extrovertido, animado y con momentos de áspera rebeldía en el primer movimiento, pero también concentrado y sutil en el juego tímbrico del segundo; sin problemas en la ironía del tercero. Quizá globalmente no se llegue a la altura de la interpretación de la misma solista con Solti, pero esta se disfruta de principio a fin.

 

 

6. Shaham. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1998). Lírica y hermosísima recreación en la que un Shahan pletórico de virtuosismo canta las melodías con tanta poesía, calidez y humanismo como fuerza expresiva, tensando la música cuando es necesario y soberbiamente respaldado por un Boulez al que tampoco le interesa marcar aristas, sino dejar a la música que respire su sanísimo sabor folclórico al tiempo que –como no podía ser menos, tratándose de quien se trata– cada una de las líneas de la escritura orquestal queda maravillosamente clarificada. Un prodigio, recogido de manera admirable por la toma sonora. 

 

 

7. Faust. Harding/Sinfónica de la Radio Sueca (Harmonia Mundi, 2012). Defrauda un tanto el Allegro ma non troppo inicial. En él la solista hace gala de un sonido quizá excesivamente lírico, modelado hasta las más extraordinarias sutilezas, y deslumbrante en lo que a agilidad se refiere, pero sin la suficiente carne; tampoco su enfoque termina de ofrecer toda la garra que la música demanda. El segundo movimiento sí que es magnífico, desplegando Faust un canto muy emotivo bien respaldado por una batuta atenta, clarificadora, refinada en el tratamiento de las veladuras tímbricas, que frasea con holgura y cantabilidad. No menos espléndido el tercero, dicho con garra, mucho empuje –de nuevo pasmoso el virtuosismo del violín– y un apropiado perfume folclórico, aunque no dejando desatendidos, antes al contrario, los pasajes más misteriosos y evocadores del mismo. La coda ofrece grandeza, potencia y una buena cantidad de aristas bien subrayadas desde el podio.

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