martes, 3 de noviembre de 2026

Sinfonía nº 9, del Nuevo Mundo, de Dvorák: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN - 3.XI.2026

Esta entrada se publicó por primera vez el 7 de julio de 2024. Añado las dos importantísimas interpretaciones de Lahav Shani y presento un nuevo comentario sobre la de Giulini con la Philharmonia.

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Los intérpretes tienen que realizarse aquí preguntas serias. ¿Carácter épico o dramático? ¿Rusticidad sonora u opulencia sinfónica? ¿Evocaciones paisajísticas y folclóricas o drama interior? Lo cierto es que la Sinfonía nº 9, "del Nuevo Mundo" de Antonin Dvórak es una de las más justamente célebres. Vale, lo reconozco: a mí me gustan todavía más Séptima y Octava. Sé que faltan muchas grabaciones: Toscanini, Stokowski, Barbirolli, Neumann, Prêtre, las dos primeras de Kubelik, Davis en Ámsterdam, Bernstein en Israel, Previn en Los Ángeles, Mackerras en Praga... No se me sulfuren, por favor, que la lista es infinita. Tampoco hagan mucho caso de las puntuaciones del uno al diez: no son más que números.

 


1. Erich Kleiber/Staatskapelle de Berlín (DG, 1929). El valor histórico de este testimonio resulta incuestionable. Estamos a treinta y seis años del estreno de la obra, y tan solo a veinticinco del fallecimiento del compositor. La orquesta, de poderosísima cuerda grave, guardas las esencias de la más venerable tradición prusiana. Y el director, a sus treinta y ocho años, tenía ya un enorme prestigio. Pero la versión es rara. Muy rara. Arranca con enorme lentitud, la cuerda frasea con un carácter amenazante exagerado y, como era de esperar, al llegar el Allegro Molto el maestro se echa a correr. A partir de ahí, encontramos todas las características del padre de Carlos: ataques incisivos, nervio en el fraseo, incisividad en la tímbrica y muchísimos juegos con la agógica. Con frecuencia innecesarios, a decir verdad. El resultado es una interpretación repleta de intuiciones, alguna de ellas genial –la lentitud del Trío del Scherzo resulta muy atractiva–, pero le falta unidad en el discurso, resultando con frecuencia caprichosa y poco inspirada en lo poético. Lo más satisfactorio es el movimiento conclusivo, lleno de garra y muy sincero; por desgracia sobran portamentos, y en la coda Kleiber se equivoca de manera catastrófica haciendo que las trompetas no suenen dramáticas, sino épicas. La toma de sonido es muchísimo mejor de lo esperado. (6)

 

2. Szell/Filarmónica Checa (Warner, 1937). Con excelente toma de sonido realizada en Abbey Road nos llega esta interpretación de un Szell de treinta y nueve años que se mueve por un sendero muy distinto al de Erich Kleiber. Comparte con él la vehemencia y el sentido de la rusticidad sonora, pero el maestro de origen húngaro pone orden en el discurso renunciando casi por completo a la flexibilidad del fraseo, apenas se toma libertades y se implica a fondo en lo que a lo largo de su carrera más le va a preocupar: limpieza en la exposición, claridad de planos, buen pulso en las tensiones y, ya en lo expresivo, cierta adustez dramática que a esta obra no le sienta nada mal. El problema, como tantas veces en Szell, es que esto deviene en frialdad, cuando no en rigidez y en cierta machaconería. En cualquier caso, el testimonio es interesantísimo por dejar bien claro que por aquella época ya se podía optar por interpretaciones muy diferenciadas entre sí. (6)

 


3. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1956). Esta interpretación va de menos a más. El primer movimiento resulta no ya excesivamente rápido, sino nervioso hasta rozar por momentos lo convulso. Largo trivial, dicho de pasada, sin rastro de poesía. Magnífico el Scherzo, rústico en el mejor de los sentidos, dotado de impulso rítmico y del adecuado carácter sanguíneo. Finale sincero y con fuerza, aunque en algunos pasajes mejor paladeado que en otros: necesita mayor unidad. Buen sonido monofónico. (6)

 


4. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1957). Las principales bazas de esta interpretación son la calidad de la orquesta y la capacidad de la batuta para tratarla con plasticidad, sutiles matices, atención a la claridad y una brillantez que sabe no caer en la ampulosidad o el efectismo. El problema es que Reiner, siempre brioso y electrizante, no termina de tener una idea clara de la partitura y se muestra un tanto falto de inspiración, sobre todo en un primer movimiento cuyos aspectos líricos están dichos de pasada. Muy bien el segundo, sin blanduras. El tercero sería excelente de no ser por un trío superficial. En el cuarto se alternan momentos de garra dramática con otros a los que se les podía haber sacado mayor partido. El final, que sabiamente evita lo épico, no alcanza el desgarro deseado. Sonido fabuloso para la época. (7)

 


5. Fricsay/Filarmónica de Berlín (DG Blu-ray Audio, 1959). El maestro de origen húngaro hace sonar a la Berliner Philharmoniker de una manera mucho más rocosa y escarpada que como lo hará Karajan. Renuncia además a la opulencia, mientras que la extrema flexibilidad de su fraseo frasea ofrece enorme coherencia musical –nada que ver con Erich Kleiber– y no concede espacio a extravagancias. Todo ello lo hace para ofrecer una lectura particularmente dramática, hosca y amarga, rebelde mas no épica, de rabia muy bien controlada, que se encuentra fraseada con tanta delectación como creatividad a la hora de atender al significado de cada uno de los pasajes musicales, pero no precisamente exenta de cantabilidad, emotividad y belleza. Un clásico, una referencia. El BR-audio aporta gran naturalidad a una toma espléndida para la época. (10)

 


6. Szell/Orquesta de Cleveland (Sony, 1959). Este es un Dvorák fresco, impulsivo, directo; dicho con ganas y sin rodeos, sanamente rústico y ajeno a contemplaciones otoñales. También a preciosismos sonoros, lo que no impide que la claridad sea formidable (¡qué manera de trabajar la masa orquestal!). Pero los resultados expresivos son irregulares. Así, frente a un primer movimiento tan correcto como neutro, le sigue un Largo que no es sensual ni muy emotivo, cosa impensable en el adusto maestro húngaro, pero sí concentrado, hermoso y profundo. Aunque se encuentra bien planteado, el Scherzo resulta algo soso. En el Finale Szell acierta tanto al subrayar su vertiente dramática como a la hora de planificar con rigor para no precipitarse; los hirientes gritos del metal en la conclusión de la página podrían sonar aún más angustiosos, pero a cambio la batuta nos ofrece con anterioridad algunos detalles creativos en el fraseo de los violonchelos muy interesantes por añadir desazón y anhelo a esta música. (7)

 


7. Dorati/Orquesta del Concertgebouw (Philips-Decca, 1959). Aunque ya había más que rebasado la cincuentena, Dorati se muestra como un músico algo inmaduro en una recreación muy vistosa, pero lastrada por evidentes irregularidades. El primer movimiento se encuentra bastante bien resuelto, aunque los acentos que coloca en el tema lírico resultan de un optimismo algo forzado. En el Largo sabe ver el amargor que destilan los pentagramas, no tanto su aliento poético. Mal el Scherzo: rapidísimo, nervioso y hasta espasmódico. La energía que inyecta al Finale resulta más bien aparatosa e insincera; muy discutible la coda. Eso sí, el control de la fabulosa orquesta es inapelable. Un ocho para los dos primeros movimientos, mucho menos para el resto. Toma de sonido óptima para finales de los cincuenta. (7)

 

8. Giulini/Orquesta Philharmonia (EMI, 1961). El deplorable trasvase a CD hacía parecer a la primera de las grabaciones del italiano menos extraordinaria de lo que realmente era. El SACD ofrece una mejoría muy considerable y nos permite disfrutar plenamente tanto de la soberbia ejecución por parte de la orquesta de Klemperer como la magnífica exposición de todos y cada uno de los planos sonoros que realiza una batuta cuya enorme atención por los aspectos técnicos no empaña en absoluto la naturalidad del discurso. En cualquier caso, lo importante es apreciar cómo aquí Giulini no es todavía el de su plena madurez. Hay cantabilidad y elegancia en su fraseo, qué duda cabe, pero los aspectos más rústicos y dramáticos de la partitura –repárese en el Scherzo– alcanzan una enorme relevancia al tiempo que el maestro demuestra ser por completo consciente del amargor que anida en los pentagramas. No hay espacio para paisajismos contemplativos ni, menos aún, para triunfalismos épicos. Poesía a raudales, pero ni la menor concesión de cara a la galería. Lástima que al segundo movimiento, en menor medida también al cuarto, le falten un poquito de personalidad. (9)

 

 

9. Kertész/Filarmónica de Viena (Decca, 1961). Aun teniendo a su disposición a la orquesta de sonoridad más hermosa del orbe, a la que hace sonar con sorprendente rusticidad, el malogrado director renuncia a la belleza sonora para ofrecer una interpretación que pone de relieve los aspectos trágicos y desgarrados de la obra sin realizar concesiones a la contemplación paisajística ni a la delectación melódica, y sin perder la naturalidad ni la flexibilidad en el fraseo. Por desgracia, los resultados son un tanto desiguales. Lo mejor es un primer movimiento lento y concentrado, particularmente sombrío, con una cuerda grave muy amenazante y sin rastro de los portamenti más o menos amables a los que recurren tantos directores. El Largo desprende enorme amargor, aunque su concepto no tenga nada que ver con el yerto, desolador estatismo del que hará gala años más tarde Böhm con la misma orquesta: Kertész es más vehemente e inmediato. Furioso, áspero pero no muy poético el Scherzo, dando paso a un Finale dicho de un solo trazo y lleno de garra dramática. Lástima que la toma sonora resulte más bien estridente, si bien es cierto que el SACD de Esoteric le otorga gran relieve a las frecuencias más bajas. (9)

 


10. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1962). Una introducción lenta y concentrada parece anunciar una interpretación de madurez, pero enseguida descubrimos que no lo va a ser en absoluto. En cuanto arranca el Allegro Molto nos encontramos con el típico Bernstein de los sesenta, impulsivo y vehemente que se siente como pez en el agua, recreándose –con indisimulado disfrute– en el contraste de melodías, timbres y masas sonoras con verdadero apasionamiento para intentar seducirnos por el camino más corto. Ciertamente para un oyente inexperto puede dar el pego, e incluso para uno maduro resulta refrescante un enfoque tan juvenil e iconoclasta, pero la sensación de superficialidad, de exceso de nervio e incluso de efectismo termina siendo inevitable. Sorprendentemente, el Largo está recreado con lentitud, concentración y una belleza suprema, aun sin ser el más profundo o conmovedor de los que se hayan escuchado. En el Scherzo vuelven el nerviosismo y los efectos de cara a la galería; el tema lírico Bernstein lo frasea de manera muy particular para que suene en plan étnico. En el Allegro con fuoco conclusivo Lenny oscila entre el arrebato y la solemnidad sin que a uno le quede claro a dónde va la música. Como en el resto de la interpretación, la verdad sea dicha. Muy notable sonido en SACD, aunque los “ruidos de fondo” del original queden muy en relieve. (7)

 


11. Ancerl/Filarmónica Checa (Orfeo, 1963). Ancerl ofrece una interpretación incisiva y teatral, llena de inmediatez y garra, que subraya los aspectos más radiantes del primer movimiento para, por el contrario, llenar de desazón punzante el segundo –poca cosa el corno inglés– y comprender muy bien el carácter dramático de los dos restantes, acertando particularmente en el carácter desgarrado de la coda. Por desgracia, la batuta se ve aquejada de exceso de nervio, incluso de precipitación, ofreciendo un fraseo irregular, a veces crispado, sin todo el vuelo lírico, la sensualidad y la poesía deseables, además de evidenciar cierta tosquedad sonora. En este sentido, las limitaciones de la orquesta quedan muy en evidencia en directo. Buena toma monofónica. (7)

 

12. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1963). La poderosísima personalidad del maestro queda de manifiesto en esta interpretación asombrosamente bien tocada, rigurosa en su concepto y sin concesión alguna al oyente. Adiós a la delectación melódica, a la contemplación más o menos paisajística y a la brillantez épica. La mala leche de Klemperer se impone sobre cualquier otra consideración, y los aspectos más dramáticos de la partitura adquieren singular protagonismo. No es esta una postura muy distinta a la de Kertész, pero hay diferencias importantes. El húngaro era más directo y vehemente, el de Breslau guardia las distancias. Por eso mismo no convence tanto como su colega en un primer movimiento que podía alcanzar mayor garra. En el Largo no hay rastro de sentimentalismo; tampoco lo hay de poesía, aunque la congoja interna no deja de asomarse de vez en cuando. El Scherzo es un prodigio, sin duda el mejor diseccionado de la discografía: ninguna otra batuta ni orquesta –increíbles las maderas– han alcanzado semejante capacidad de clarificar los planos sonoros, no solo en sus líneas melódicas sino también en su singularidad tímbrica (¡adiós a la belleza, viva la rusticidad bien entendida!). Todo ello, claro está, dentro de una expresión recia, severa y bien tensada, intensísima pero siempre bajo el más estricto control. Expresión que vuelve a primar en un Finale que no es exactamente “Allegro” ni “con fuoco”, pero que resulta coherente y genial. Muy bueno el reprocesado 2023 en alta definición, si bien la toma sigue siendo un poco difusa. (9)

 


13. Karajan/Filarmónica de Berlín (CMajor, 1965). Rescate con soberbia calidad de imagen –celuloide original de 35 mm– y sonido monofónico solo aceptable esta célebre filmación de Henri-Georges Clouzot realizada con una belleza plástica tan atractiva como superficial, siempre al servicio de un Karajan que posa –jersey de los caros y corte de pelo estudiadísimo– con los ojos cerrados y en el cenit de su narcisismo. Significativamente, la obsesión del cineasta francés por las composiciones geométricas y el tratamiento de la orquesta como un conjunto de soldados perfectamente ordenados anuncia las filmaciones posteriores del propio Karajan para Unitel. En lo musical, la interpretación nos muestra al maestro a medio camino entre sus aires toscaninianos de los cincuenta y el refinamiento sensual de las dos últimas décadas de su trayectoria. Así, el primer movimiento se encuentra dicho con empuje y fuerza expresiva, siempre bajo el más absoluto control, pero su empuje también resulta algo seco y contundente. El segundo está paladeado con enorme concentración y despliega una belleza suprema, pero desde un prisma antes evocador y sentimental que amargo. El tercero es impresionante, con un tratamiento del metal que no deja de recordar a Bruckner. El cuarto es el gran punto negro de esta lectura: aquí Karajan prefiere mucho antes lo épico –incluso lo triunfalista– que lo dramático y, obviando claroscuros expresivos, se echa a correr para montar un epidérmico espectáculo de cara a la galería. De propina, una interesante conversación entre Karajan y el musicólogo Joachim Kaiser sobre la huella del folclore norteamericano en esta sinfonía y lo que esta significa, aunque los subtítulos vienen solo en inglés. (7)

 


14. Kertész/Sinfónica de Londres (Decca, 1966). Cinco años después de su grabación en Viena, y contando ahora con una toma sonora más equilibrada y natural –sobre todo tras el reprocesado en alta definición–, el maestro húngaro repite y en cierto modo suaviza su radical enfoque ofreciendo un poco menos de inmediatez y mayor depuración que antes. El primer movimiento, ahora más largo por incorporar la repetición, pierde algo de garra pero sigue resultando muy sombrío. El segundo es ahora más lento, se encuentra mejor paladeado y por ende resulta más ortodoxo en su amargo lirismo; muy inquietante su sección central. El tercero ofrece una furia más controlada, aunque trompas y percusión siguen muy presentes y se vuelve a mirar con valentía a los scherzos brucknerianos. El Finale continúa apostando por la tragedia y ofrece una coda tan desgarradora como la de antes. (9)

 


15. Dorati/Orquesta New Philharmonia (Decca, 1966). Solo han pasado siete años desde su registro en Ámsterdam, pero la maduración de Dorati se hace muy evidente en una lectura que modera el carácter forzado del tema lírico del primer movimiento, corrige el enorme error de concepto en todo el Scherzo, resta aparatosidad al Finale y resuelve mucho mejor la coda. El resultado es una interpretación de gran solidez a la que, no obstante, le sobran excesos de los metales en la conclusión del movimiento inicial y alguna decisión extraña en el tercero. La orquesta le suena menos segura y muchísimo menos limpia que a Klemperer, que conseguía una claridad aplastantemente superior. A la toma le va haciendo falta un nuevo reprocesado: suena distorsionada. (8)

 


16. Kubelik/Filarmónica de Berlín (DG, 1972). Ante todo, hay que destacar el idiomatismo de la interpretación: de fuerte sabor checo, maravillosamente rústica sin rozar siquiera la tosquedad y muy alejada de “contaminaciones” brahmsianas. En lo expresivo, el maestro busca el equilibrio entre los aspectos líricos y los dramáticos de la partitura, atendiendo magníficamente a estos últimos en un acertadísimo Finale que sabe no caer en lo épico ni en lo optimista: el furioso desgarro de la coda deja las cosas bien claras. En el resto de la partitura, aun dicha con frescura y excelente trazo, la poesía no termina de brotar todo lo que debiera: necesita un poco más de sensualidad, de carácter emotivo, como también de imaginación e incluso de compromiso, siempre dentro del alto nivel esperable en el Dvorák de Kubelik y contando con el excelente rendimiento de una orquesta de gran brillantez. Lástima que la toma sonora sufra de limitaciones que ni siquiera la audición en SACD logra soslayar. (8)

 


17. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1975). Obteniendo un rendimiento espléndido de la orquesta californiana –a él corresponde haberla puesta a punto–, el aún joven maestro ofrece la lectura que en él se podía esperar en aquellos años: extrovertida, poderosa y dotada de una sana rusticidad, comunicativa y nada narcisista, de trazo global segurísimo y apreciable claridad –algún pasaje podía estar mejor desmenuzado–, que sabe ser brillante sin caer en la trivialidad ni desdeñar los aspectos dramáticos de la música. Una lástima que en el último movimiento se deje llevar por el nerviosismo y la aparatosidad, aunque la coda esté bien planteada. Espléndida la toma. (8)

 


18. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1977). Sonoridades refinadísimas y opulentas, brillantez garantizada, transparencia, empaste y sensualidad… Tanta preocupación por el envoltorio sonoro no disimula una evidente superficialidad expresiva. El segundo movimiento tiene algo de sentimentalismo, el trío del tercero es algo blando y el cuarto tiende a la ampulosidad, resultando toda su sección final estruendosa y poco convincente. Mejor, en cualquier caso, que su filmación doce años anterior. Por ahí se podía encontrar hace años una remasterización casera que recuperaba la cuadrafonía original con amplia gama dinámica. (8)

 

19. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DVD Dreamlife, 1977). Cinco años después de su grabación en Berlín para DG, el maestro nos deja una filmación en vivo con su orquesta muniquesa en la que nos ofrece una lectura ortodoxa, fluida, fraseada con pasmosa naturalidad, que sabe sonar muy sinfónica sin adquirir una sonoridad brahmsiana, atiende a todos los aspectos de la partitura y ofrece un nada forzado carácter folclórico en el segundo movimiento. Le falta algo más de garra dramática y de fuerza expresiva, al menos en el primer movimiento. Imagen muy buena para la época. (9)

 

20. Böhm/Filarmónica de Viena (CD DG, DVD y Blu-ray Medici Arts, 1978). En el momento más inspirado de su carrera, sin que se le mueva pelo y haciendo gala de esa sobriedad marmórea que le caracteriza, el de Graz nos plantea una visión extremadamente sombría y pesimista que deja de lado cualquier referencia folclórica para centrarse en la esencia del drama. El primer movimiento, en el que resuelve de manera original determinados pasajes, resulta terrible y escarpado. El celebérrimo largo suena con doliente amargura, nos conduce a un clímax sobrecogedor –a destacar el dramatismo punzante que adquiere el retorno del tema del primer movimiento– y concluye en la mayor desolación. En el Scherzo deja de lado cualquier referencia localista, resultando así mucho antes dramático que evocador; absolutamente increíble análisis del entramado orquestal. En el último movimiento olvida la retórica para manifestarse como una terrible lucha contra el destino –desde un absoluto control de la arquitectura: el fuego y la rebeldía no dan pie al menor nerviosismo– que culmina con una coda rebelde, angustiosa, contundente y terrible. El Blu-ray ofrece muy buena calidad de imagen, claramente mejorada con respecto al mediocre DVD. (10)

 


21. Giulini/Sinfónica de Chicago (DG, 1978). En esta grabación Giulini sí que es ya plenamente Giulini, para lo bueno y para lo no tan bueno: el primer movimiento, ahora más depurado –y con repetición–, ha perdido la fuerza y el carácter agreste de su grabación con la Philharmonia. Pero el Largo se encuentra ahora mucho más paladeado (13’44’’ frente a los 12’33’’ de la anterior ocasión) gracias a esa asombrosa capacidad de Giulini para cantar las melodías con una maravillosa mezcla de hondura filosófica y ternura humana, siempre con un fraseo de naturalidad y flexibilidad pasmosas. El Scherzo también ha perdido parte de su garra: ahora resulta severo e inquietante, con un Trio que sustituye la extroversión de antaño por un carácter más bien naif y un punto onírico. En cualquier caso, se encuentra diseccionado de manera portentosa. El Finale sabe aunar belleza melódica y fuerza trágica sin la menor concesión a la retórica vacua a pesar de tener delante a los increíbles metales de la CSO, y lo hace –ahora sí– logrando profundizar en todos sus pliegues expresivos. La toma sonora resulta un tanto extraña y no posee toda la gama dinámica deseable; probablemente ganaría con un nuevo reprocesado. (9)


22. Muti/Orquesta New Philharmonia (EMI, 1979). En sus años de juventud, Muti fue un maestro ante todo decidido y directo, desinteresado por la belleza en sí misma y ajeno a cualquier suerte de narcisismo, que basó su arte en un vigor rítmico y en cierta rusticidad sonora que en cierta medida son deuda de Arturo Toscanini. Por desgracia, lo que le funcionaba de maravilla en Verdi no lo hace en este Dvorák en buena medida superficial, alicorto en poesía e inspiración, en el que solo merece la pena destacar algunos hallazgos melódicos en el Scherzo y las soberbias intervenciones de los primeros atriles de la orquesta que hasta poco tiempo atrás había sido de Klemperer. (7)

 


23. Kondrashin/Filarmónica de Viena (Decca, 1979). Temprana y excelente grabación digital en la que Kondrashin aborda la partitura con una frescura, naturalidad y sinceridad envidiables. No hay segundas lecturas ni una visión de poderosa personalidad, eso es cierto. Además, el equilibrio entre los aspectos líricos y los dramáticos está muy conseguido, todo está magníficamente expuesto, bien trazado y sutilmente matizado, aportando además el sabor rústico necesario a la bellísima sonoridad de la orquesta. A destacar un segundo movimiento inquietante y con desazón, aunque no particularmente sombrío, y un Finale que sabe ser épico pero caer en el triunfalismo. (9)

 

24. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (Orfeo, 1980). Otra más que notable interpretación en vivo del maestro con la orquesta bávara, esta vez en CD, en la que este vuelve a hacer gala de enorme fluidez en el desarrollo, apreciable claridad de líneas, sutileza en los matices expresivos y un gran equilibrio entre lo épico, lo lírico y lo dramático, amén de un estilo perfecto que se aparta de la tradición digamos “germánica” sin renunciar a la opulencia sinfónica. En cualquier caso, la comparación con el registro “oficial” para DG resulta inevitable. La formación bávara no posee el músculo en la cuerda ni la brillantez en los metales que tenía la formación berlinesa, y por eso pierde parte de la garra dramática que alcanzaba en aquella grabación el primer movimiento; ahora los aspectos líricos quizá estén algo mejor desarrollados. El Largo, aun siendo un poco menos lento, se encuentra maravillosamente paladeado y ofrece esa mezcla de sensualidad, nostalgia y desazón que necesita, sin forzar ninguno de los ingredientes. El Scherzo no quiere ser adusto ni dramático, pero tampoco trivial; los elementos folclóricos se encuentran integrados con naturalidad. El Finale pierde un tanto por la citada debilidad de los metales muniqueses, pero está dicho con sinceridad y acierta en una coda de adecuado regusto amargo. (9)


25. Levine/Sinfónica de Chicago (RCA, 1981). Toma sonora estridente, confusa y reverberante para una interpretación muy en la línea habitual de Levine: brillante a más no poder –no hay mejor orquesta para conseguir este objetivo que la que tiene aquí a su servicio–, de elevado sentido teatral –podríamos decir operística– e incuestionablemente entusiasta, pero también muy epidérmica, escasa de aliento poético y considerablemente aparatosa, cuando no tendente al escándalo gratuito. No hay quien se la crea. Eso sí, hemos de reconocer que no hay blanduras expresivas y sí un buen trabajo de disección orquestal. Suena regular tirando a mal. (6)

 


26. Maazel/Filarmónica de Viena (DG, 1982). El irregular maestro hace gala de su habitual brillantez, y la orquesta despliega una tímbrica inconfundiblemente bella en los chelos, pero la interpretación es bastante epidérmica. El primer movimiento está dicho de pasada y con exceso de nervio, ofreciendo algunos portamentos molestos y terminando con decibélico efectismo. Al Largo le faltan calidez y hondura espiritual. El Scherzo está bien a secas. El cuarto, aunque está dicho con ganas, cae en la tentación de una excesiva brillantez. Como además la toma sonora no es todo lo admirable que debiera, este termina siendo un disco a olvidar. (6)

 


27. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1983). La increíble calidad de la orquesta norteamericana y la capacidad de la batuta para hacerla sonar con brillantez sin caer en lo ampuloso, así como para levantar el edificio con excelente arquitectura sin menoscabo de la naturalidad del fraseo, garantizan un nivel francamente alto a lo largo de toda la interpretación, pero lo cierto es que esta resulta desequilibrada. Solti triunfa en el primer movimiento gracias a su incisividad, garra e inmediatez. El segundo, lento y muy concentrado, posee un fraseo amplio que permite respirar las frases con naturalidad y desgranar admirablemente el entramado orquestal. Posee además un enfoque punzante y por momentos rebelde, siempre ajeno a la blandura o la mera ensoñación. El Scherzo, por el contrario, resulta un tanto rutinario, y en el cuarto, antes épico que dramático, solo hacia el final las tensiones adquieren la visceralidad necesaria. (8) 

 


28. Dohnanyi/Orquesta de Cleveland (Decca, 1984). No es esta la interpretación más hermosa ni la más emotiva que pueda imaginarse, pero ciertamente puede considerarse como la fusión perfecta entre la sonoridad ideal para la obra –rústica, poderosa, de marcado sentido del ritmo y en absoluto timorata a la hora de subrayar el papel de los timbales– y el enfoque expresivo adecuado para los pentagramas –sombrío, amargo y dramático–. La orquesta responde con brillantez y la batuta la trabaja de modo admirable, permitiéndose incluso desvelar líneas instrumentales que generalmente pasan inadvertidas. La toma sonora, algo reverberante y metálica en los violines, suena espléndida en SACD. (9)

 


29. Karajan/Filarmónica de Viena (CD DG y DVD Sony, 1985). Una lectura bellísimamente sonada, excelentemente planificada y ejecutada y ajena a toda retórica y efectismo, pero falta de sustancia dramática en los dos primeros movimientos y algo tendente a lo dulce en el tercero. El cuarto es espléndido, aunque no especialmente creativo ni visionario. La evolución de la manera en que Karajan aborda esta partitura es grande desde la filmación de Cluzot veinte años anterior, pasando por la grabación para EMI de 1977. Se han perdido contundencia y electricidad, también la rabia del tercer movimiento, ganándose en flexibilidad, en refinamiento y en sensualidad; en este sentido, el cuarto movimiento –ahora mejor trazado y mucho menos escandaloso– ha mejorado muchísimo. Digamos que la visión global es ahora mucho menos temperamental y más “de anciano director”, menos tensa, paladeada con mayor delectación, más evocadora y ensoñada, más trascendida. El problema, en cualquier caso, es el de siempre: el maestro se interesa mucho antes por el espectáculo sonoro que por la sinceridad de las emociones, y si antes se volcaba en los grandes contrastes sonoros, ahora lo hace en un ultrarrefinamiento que con frecuencia cae en lo blando y lo amanerado. La orquesta, obviamente, está sensacional. Sonido muy cálido y atmosférico en el SACD de Esoteric, aunque no del todo claro. (9)

 

 

30. Celibidache/Filarmónica de Múnich (MPHIL, 1985). He aquí una interpretación lentísima, concentrada, esencial, sonada con simpar hermosura, muy contemplativa y de una hondura diríamos que filosófica, ciertamente, pero no dulce, ni amable, ni ensoñada, porque está recorrida de un permanente sentido trágico y los clímax, sin ser escarpados, alcanzan una enorme tensión. La manera de tratar la coda final, que suena mucho antes amarga que épica, demuestra hasta qué punto Celi sintoniza con el contenido expresivo de la partitura. Ahora bien, no suena a Dvorák y sí bastante –con descaro en el arranque y el final del segundo movimiento– a Anton Bruckner. Desde el punto de vista técnico, por lo demás, el anciano maestro hace una verdadera exhibición de técnica de batuta. No solo por cómo sostiene el pulso, sino también por la riqueza del color y, sobre todo, por la manera que tiene, sin perder de vista la arquitectura global y fraseando con una naturalidad y una cantabilidad portentosas, de diseccionar la polifonía hasta el más mínimo motivo: dudo mucho que haya una sola interpretación de la obra –salvo la propia suya posterior– en la que se escuchen tantas cosas. La toma, realizada en la Herkulessaal, no es en origen la mejor posible, pero en alta definición ofrece gran relieve. (10)

 

 

31. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1987). Registrada antes de asumir la titularidad de la formación holandesa, esta Nuevo Mundo parece responder no tanto a inquietudes artísticas como al deseo de la discográfica de promocionar al maestro milanés como director del gran repertorio. En este sentido, el acierto es indiscutible: todo se encuentra expuesto con una estudiadísima perfección arquitectónica, extrema depuración sonora y una musicalidad en la que no hay espacio para el nerviosismo ni el amaneramiento –ni siquiera para los portamentos más habituales– en que han caído otros grandes artistas. Además, hay amplitud lírica en el fraseo y atención a determinadas líneas que suelen pasar desapercibidas, como ciertas frases de las trompetas en el Finale. Falta lo fundamental: la idea expresiva detrás de las notas, por no decir la imprescindible mezcla de emotividad y sinceridad –la belleza también es importante, pero esa la hay a raudales– que son necesarias en toda gran interpretación. (8)

 


32. Kubelik/Filarmónica Checa (Denon, 1991). La caída del régimen comunista propició el retorno del maestro a Praga y a su querida Filarmónica Checa. Pero el que volvió fue un Kubelik demasiado mayor, a sus sesenta y siete años ya retirado de la dirección de orquesta lo había hecho en 1985- y bastante mermado en lo que a concentración se refiere. Ello queda tristemente en evidencia en esta interpretación irreprochable en su planteamiento –amargo el final, como debe ser–, dicha con la frescura y la comunicatividad que siempre caracterizaron su arte directorial, pero carente de la belleza, de la emotividad y de la fuerza expresiva de sus recreaciones anteriores. Buena parte de la culpa, en cualquier caso, la tuvo una orquesta en la que solo cabe destacar la valentía del timbalero en sus intervenciones, poco más: deja bastante que desear. También lo hace una toma sonora muy por debajo de la media de la época. (7)

 

 

33. Celibidache/Filarmónica de Múnich (DVD Euroarts, 1991). El rumano repite e incluso mejora su personalísimo, discutible y genial acercamiento a la obra ofreciendo una lectura lentísima -a veces resulta difícil seguir los tempi-, poética a más no poder, meramente contemplativa sino también llena de dolor, pero en absoluto lastimosa ni blanda, ante la que hay que descubrirse por la asombrosa plasticidad del tratamiento orquestal. Curiosamente, no siempre es más lenta que la anterior con la misma orquesta: el primer movimiento pasa de 10’48’’ a 11’15’’, pero en el segundo los 16'43'' serán 16'30''. Personalmente me quedo con la de Karl Böhm, pero esta es una de las obvias referencias fonográficas. (10)

 


34. Ozawa/Filarmónica de Viena (Philips, 1991). Notabilísima interpretación en la que el oriental nos sorprende demostrando ser algo más que un maestro capaz de ofrecer refinamiento, elegancia y depuración sonora en grado superlativo, luminosa cantabilidad y un tratamiento tímbrico lleno de sensibilidad. Aquí hay también carácter dramático cuando corresponde, pasajes muy escarpados, cierto atrevimiento –poderosas intervenciones de los timbales–, e incluso un cierto sentido de la rusticidad por completo pertinente. Dicho esto, hay ligeros reparos. En general, se detecta una cierta tendencia a lo paisajístico que, por ventura, no llega a rozar la trivialidad. El Largo no es el más hondo ni doliente posible, y su clímax dramático –algo hinchado– no parece resuelto con convicción. Y hay algún momento –por ejemplo, el arranque del Trío del Scherzo– algo más suave de la cuenta. La soberbia intervención de la orquesta, recogida de manera admirable por los ingenieros de Philips, hace ganar la partida. (8)

 


35. Giulini/Orquesta del Concertgebouw (Sony, 1992). Esta tercera y última grabación del maestro italiano recorre la misma distancia que había entre las dos anteriores. Y lo hace en la misma dirección: perder sabor rústico, empuje y garra dramática para ganar en humanismo, cantabilidad y depuración sonora. Se trata, por tanto, de una interpretación esencial, desmaterializada y trascendida, mucho antes meditativa que épica, paladeada con infinita delectación –el Largo se extiende hasta los 15’26’’, acercándose a Celibidache–, fraseada con una calidez fuera de lo común y cantada con toda la italianidad esperable, aunque dicha también con una densidad emparentada con lo centroeuropeo. En este sentido, la portentosa Orquesta del Concertgebouw resulta, con su proverbial maleabilidad, el instrumento idóneo para sonar con ese empaste sensual propio de un Giulini atento a las voces intermedias y poro interesado por la rusticidad, de tal modo que hace sonar a esta música más cerca de Brahms que del propio Dvorák. Por todo lo expuesto, parece claro se trata de una realización discutible no precisamente en lo técnico, pero sí en lo estilístico y en lo expresivo, más aún cuando entre los minutos 7 y 8 del último movimiento asoma una ensoñación excesivamente relajada que roza la blandura. En cualquier caso, esta es la visión última de un profundo humanista que al final de su vida quiso superar los conflictos –que no negarlos, ni dejarlos a un lado: esta no es una interpretación naif– haciendo que belleza sonora y hondura expresiva alcancen la perfecta fusión para expresar su amor infinito por el ser humano y sus circunstancias. (9)

 


36. Levine/Staatskapelle de Dresde (DG, 1994). Solo un enorme despiste artístico por parte del sello amarillo y mucho dinero de por medio –ya se conoce la fuerza de los ricachones de Nueva York– explican que ese notable director de ópera y enorme petardo sinfónico que fue Jimmy Levine grabara tantísimo y con tan grandes orquestas. Aquí, la venerable formación sajona es sometida al tercer grado por una batuta todavía más norteamericana, en el peor de los sentidos posible, que en su registro de Chicago. El movimiento inicial resulta cuadriculado y machacón: exageradísimas las intervenciones de metales y percusión, muy en la línea del maestro. Frío y aburrido el Largo, que globalmente sería aceptable – pulso sostenido, ausencia de blanduras– si no fuera por los exabruptos del clímax dramático. Bien a secas el Scherzo, dotado de dinamismo y una sana rusticidad. Ruidoso y hortera el Finale. La sensualidad y el vuelo poético brillan por su ausencia a lo largo de toda la interpretación, lo mismo que la finura de trazo. La toma podría ser mejor. (4)

 


37. Maag/Orquesta de la Suiza Italiana (Silverline DVD, 1996). El venerable e infravalorado maestro italiano nos ofrecía en esta filmación televisiva una interpretación muy personal, lenta y atenta a desmenuzar el entramado orquestal –especial atención a las maderas–, que en lo expresivo resulta sobria e introvertida pero llena de fuerza, decantándose claramente por el lado más trágico de la partitura. Lástima que la orquesta fuera de segunda. (8)

 


38. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1997). Esta interpretación, aun ajena a los preciosismos y amaneramientos que caracterizaban a Abbado por aquella etapa, responde más o menos a lo que se esperaba: imponente opulencia sonora, contrastes dinámicos extremos, más suavidad de la conveniente en los pianísimos, escaso sentido de la rusticidad y poca sinceridad expresiva. Todo está magníficamente realizado, eso por descontado, y el Scherzo no puede calificarse sino como magnífico, pero el conjunto es muchísimo más vistoso que emotivo. La toma tampoco es ninguna maravilla. (8)

 

39. Harnoncourt/Orquesta del Concertgebouw (Teldec, 1999). Es fácil compartir el concepto de Harnoncourt, dejarse de contemplaciones paisajística y desinteresarse por la belleza sonora en sí misma para resaltar los aspectos más ásperos de esta música. Otra cosa es el cómo lleva dicha idea a la práctica. Así, después de una introducción algo pálida, desarrolla un primer movimiento encrespado, pero también un tanto frívolo cada vez que suena el celebérrimo tema lírico, amén de volcado en unos contrastes que ni el Karajan más desatado. En el Largo el maestro reduce el vibrato y subraya lo que de anhelante tiene esta música, pero sin mezclarla con esa dulzura que también necesita para que el resultado nos hiera el corazón; el resultado, más que obtener esa llama fría de Karl Bohm, es distante. Rústico y malhumorado el Scherzo, lo que está muy bien. El nervio y la incisividad con que Harnoncourt aborda el Finale garantizan el aplauso de cara a la galería, pero el melómano más curtido puede cansarse un poco de tanta violencia gratuita y echar de menos la grandeza trágica de otras interpretaciones. Magnífico sonido en las plataformas de streaming que ofrecen alta definición. (7)

 


40. Colin Davis/Sinfónica de Londres (LSO Live, 1999). Sir Colin ofrece la interpretación esperable de en su última etapa: apolínea en el mejor de los sentidos, equilibrada en lo sonoro y en lo expresivo, muy bien paladeada –lenta pero sin perder el pulso– y memorable tanto por la nobleza de su fraseo –legato para derretirse– como por la manera que tiene de ofrecer la mayor sinceridad dentro de una visión de la partitura que, eso sí, resulta más lírica, evocadora y otoñal –en absoluto blanda– que desgarrada, lo que no impide que haya pasajes de muy dolientes en un Largo desgranado con infinita poesía. Lo menos conseguido es la coda, equivocada por apuntar hacia un carácter épico, incluso optimista, aquí improcedente: todos los grandes recreadores de la página han optado por un más o menos hiriente desgarro trágico. Por lo demás, la orquesta londinense se encuentra en óptima forma y está trabajada con una plasticidad extraordinaria y enorme atención a la hora de delinear los planos sonoros. Muy buen sonido en SACD. (9)

 


41. Abbado/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts, 2002). La levedad y los portamenti de la introducción nos hacen presagiar una interpretación con todos los narcicismos propios del Abbado de la última etapa de su carrera. Venturosamente no es así: la batuta nos termina ofreciendo una interpretación sensata, ortodoxa y musical, sin amaneramientos ni efectos de cara a la galería, además de muy fluida en su discurso y –por descontado– maravillosamente tocada. Ahora bien, globalmente el resultado es superficial, cuando no frío, porque no existe una idea expresiva clara detrás de esta técnicamente portentosa realización: el primer movimiento es notable sin más, el segundo emociona poco, el tercero resulta vistoso antes que electrizante y tiende a lo lúdico –más que a lo poético– en el Trío, mientras que en el cuarto, venturosamente, Abbado se anima y ofrece una interpretación entregada –ya que no particularmente dramática– que se desarrolla de modo convincente hasta culminar en una coda muy bien planteada en lo expresivo. (8)

 


42. Alsop/Sinfónica de Baltimore (Naxos Blu-Ray Audio, 2007). La directora norteamericana nos ofrece una interpretación eminentemente juvenil: rápida –no precipitada–, impulsiva, fresca, luminosa, de gran espontaneidad, muy bien trazada y de gran fuerza comunicativa, que apuesta por los aspectos épicos sin menoscabo de que la coda final suene altamente dramática. En contrapartida, no termina de atender a los numerosos pliegues expresivos que la obra alberga en sus pentagramas. Dicho de otra manera: vistosa, pero un tanto superficial y sin toda la poesía deseable. Soberbia la calidad sonora en BR-Audio, aunque la toma sonora deje a los metales algo en lejanía. (7)

 


43. Nelsons/Sinfónica de la Radio Bávara (DVD CMajor y CD BR, 2010). Una interpretación comprometida, vehemente y muy comunicativa, dicha con una mirada sombría –nada de tópicos paisajistas o folclóricos–, volcada mucho antes en el drama interior que en preciosismos de cara a la galería, desarrollada con ideas propias y magníficamente puesta en sonidos por una batuta plena de virtuosismo y por una orquesta –con el granadino Ramón Ortega al oboe– de enorme calidad a la que el maestro hace sonar con rusticidad adecuada. Hay, en cualquier caso, algunos altibajos: a veces la flexibilidad de la agógica y los contrastes sonoros no permite redondear el trazo global, y no siempre la concentración acompaña al fraseo, al menos en un Scherzo atractivo por su ferocidad y carácter visionario, pero en exceso nervioso. El Largo, por el contrario, se encuentra maravillosamente paladeado, y su amargor se encuentra subrayado por relevadores matices dinámicos. En el Finale me han molestado algunos detalles, pero el desarrollo es muy apasionado y la coda está dicha con apreciable desgarro. (8)

 

44. Harding/Orquesta de Cámara Mahler (YouTube, 2012). Interpretación vistosa, comunicativa y de excelente pulso: en modo alguno se aburre uno escuchándola. La sonoridad es la correcta, sin pretensiones historicistas –conociendo al maestro británico se podía haber esperado algo así– y haciendo sonar a la orquesta con la densidad suficiente, lo que no le impide que en el fraseo primen la agilidad y el impulso rítmico frente a los valores melódicos. Desde el punto de vista expresivo Harding parece centrado, aun siempre en una óptica antes extrovertida que lírica o sensual. El movimiento inicial, dicho con vehemencia admirablemente controlada, ofrece el adecuado carácter épico y combativo; sobran los portamenti del celebérrimo tema lírico, que me irritan sobremanera. El Largo está francamente bien: desolado y con regusto amargo. El Scherzo funciona de manera muy satisfactoria, aunque su Trío resulta en exceso “paisajístico”. En el cuarto hay fuego y brillantez en grandes dosis, esto último quizá demasiado: me da la impresión de que Harding, que no duda en destacar determinadas líneas de las trompetas, descuida los valores más poéticos de la página. (8)

 


45. Belohlávek /Filarmónica Checa (Decca, 2013). Sonoridad rústica, incluso un punto seca, desde luego nada romántica –portamentos cero– para una recreación que se aleja de los tópicos folcloristas al tiempo que reemplaza la frecuente óptica épica para decantarse, haciendo uso de unos tempi lentos que le permiten al maestro checo diseccionar de maravilla la partitura, por una visión sombría, de honda concentración y marcado carácter patético, que culmina en un final de punzante carácter trágico. En el lado negativo, cierta falta de impulso rítmico y de electricidad que produce puntuales interrupciones del discurso. En cualquier caso, una enorme interpretación. Lástima que la toma sonora no sea todo lo excepcional que podía haber sido. (8)

 

46. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2017). El maestro venezolano corrige gran parte de los errores de su mediocre recreación en el Vaticano diez años anterior y ofrece una estimable lectura de corte lírico, en absoluto interesada por los aspectos más escarpados de esta música, natural en el fraseo y flexible en el trazo, en la que la soberbia orquesta se muestra maravillosamente maleable bajo su batuta y ofrece grandes dosis de belleza. Desdichadamente, los resultados no están exentos de desigualdades. El primer movimiento estaría muy bien si no fuera porque cada vez que llega el celebérrimo tema lírico Dudamel se pone blando, ralentiza el tempo en exceso y ofrece un portamento insoportable. Sensual, evocador y hermosísimo el Largo, aunque carente del amargor que debe desprender y, nuevamente, revestido de inconveniente blandura en los retornos del primer movimiento. Irreprochable el Scherzo, magníficamente delineado y cantado, siempre lejos de la visión demoníaca de otros directores. De gran altura el Finale, comunicativo y dicho con entusiasmo, aunque de nuevo algún detalle por allí y alguna frase por allá confirman que el maestro confunde lirismo con suavidad excesiva. (8)

 


47. Nelsons/Orquesta del Gewandhaus de Leipzig (CMajor, 2017). El maestro insiste, acertadamente, en una visión sombría y dramática de la partitura, en este caso con una orquesta no tan buena como la de la Radio Bávara pero mejorando los resultados de su grabación siete años anterior, sobre todo por un Scherzo menos nervioso y más equilibrado, pese a alguna frase un poco más suave de la cuenta en el Trío. El primer movimiento está dicho con decisión y reviste un carácter escarpado de la más conveniente –gran valentía la de los timbales, que adquieren justa relevancia a lo largo de toda la interpretación–, aunque en el tema lírico tiende un poco hacia la dulzura. Soberbio el Largo, lento y lleno de amargor, con silencios que pesan como losas y sin dejar espacio para la esperanza. El Finale, con algunos detalles en exceso personales y de trazo quizá sin toda la unidad posible, no desatiende los aspectos épicos, pero pone en primer plano el conflicto –sin concesiones al oyente–, hasta dejarnos con el corazón en un puño. En definitiva, una interpretación que busca hurgar en las heridas y que no terminará de convencer a quienes busquen paisajes y felicidad. La imagen alcanza una calidad sensacional, lo mismo que el audio: escuchando la pista multicanal, queda claro que no existe una sola interpretación tan bien grabada como esta, muy por encima de cualquier compact disc. (9)

 


48. Dudamel/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 2020). Controlando al máximo su “temperamento latino”, el de Venezuela nos ofrece una Nuevo Mundo que logra ser cálida y hermosa como pocas. Más resignada y tierna que amarga en el melancólico Largo, no vamos a negarlo, pero expuesta con mano maestra y con muy apreciable sensibilidad. Lástima que una vez más Dudamel llega a meter seriamente la pata en la exposición del celebérrimo tema lírico del primer movimiento, de un rebuscamiento y una cursilería insufribles. Si a esto sumamos que el Trío del Scherzo resulta algo más suave de la cuenta, comprenderemos que esta lectura globalmente no será del gusto de algunos melómanos. De mí mismo, sin ir más lejos. (8)

 


49. Mäkelä/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, 2022, actualmente no disponible). En enero de 2022 se realizó esta filmación, a puerta cerrada y con algunas mascarillas, con la clara intención de promocionar a un director que contaba solo veintiséis años. La propia orquesta la ofreció gratuitamente –soberbia calidad de imagen y sonido– para que comprobásemos hasta qué punto es grande el talento de Mäkelä. Efectivamente, su control de los medios es apabullante, las ideas son sensatas y dirige con convicción expresiva. Si nos ponemos a comparar, ya surgen algunos reparos. El Allegro molto es irreprochable en su equilibrio entre lirismo y drama, si bien a que los portamentos que son habituales sobran aquí tanto como en otras recreaciones. Tan hermoso en lo sonoro como inexpresivo el Largo: como ocurre en algunos movimientos de su ciclo Sibelius, la música no se siente. En exceso nervioso el Scherzo, magnífico su Trío. Y espléndido el Finale: donde tantos directores se sueltan la melena, el finlandés se muestra la mar de centrado y sabe ofrecer garra sin numerito de cara a la galería. A la coda, lástima, le podría haber sacado mayor partido. (8)



50. Shani/Filarmónica de Rotterdam (Warner, 2025). Como en su momento propusieron –siguiendo maneras bien distintas entre ellos– Istvan Kertész y Karl Böhn, el joven Lahav Shani decide olvidarse del lirismo contemplativo de la sensualidad y hasta de la ternura que en buena medida han hecho célebre a esta partitura, para en su lugar poner el dedo en la llaga y hurgar en ella. Con todas sus consecuencias, entre ellas lo unilateral del resultado. Interpretación altamente dramática, en cualquier caso, con frecuencia rebelde, llena de dolor y sonada con una aspereza digamos que eslava de lo más conveniente, pero no por ello descuidada en lo que a belleza formal se refiere: la planificación es modélica en todo momento, de manera muy particular en un Scherzo que probablemente nunca haya sido tan bien diseccionado. Casi lo mismo se puede decir del Finale. El resultado es una especie de "Furtwängler de guerra", pero sin libertades en la agógica, con muchísimo mayor autocontrol y dosis muy superiores de refinamiento sonoro. Difícil concretar por movimientos. Decidido y directo al grano el primero, sin rastro de portamenti. Desolado, sin asomo de blandura el segundo, aunque hay que reconocer que recreaciones mucho más poéticas se han escuchado. El tercero no necesita ser protobruckneriano como los de Kertész, pero por ahí van los tiros; el Trío es el único momento en el que Shani baja la guardia y nos deja gozar de la música, aunque no deje de aportar algún detalle inquietante. El cuarto conoce la interpretación más rabiosa, implacable y dramática de la historia del disco. La más sincera. La que por fin hace justicia al drama que se ha venido intuyendo en los tres movimientos anteriores. Diría que nos encontramos ante un hito de la interpretación si no fuera porque cinco meses el maestro israelí tendría la ocasión de repetir la experiencia con una orquesta superior a esta tan bien trabaja de Rotterdam. (9)


51. Shani/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2026). Igual de genial. Igual de discutible. Sin duda reveladora. La diferencia de esta recreación con la del audio en Rotterdam viene por parte de los berlineses: no es solo que la sonoridad global sea más hermosa, potente y robusta, sino que además los primeros atriles, solistas de enorme categoría todos ellos, aportan una musicalidad fuera de serie. Por lo demás, el trabajo técnico de la batuta vuelve a ser de impresión: difícilmente se encontrará una versión más clara y mejor tocada de los dos últimos movimientos. En fin, mi versión favorita junto con la de Böhm/Viena y las de Celibidache/Múnich. (10)

Troppo caldo

No sé cuántas veces ya he escrito acerca de las temperaturas disparatadamente altas que afectan a muchos teatro y auditorios europeos. El pasado domingo 1 de noviembre he vuelto a pagar las consecuencias, esta vez en el Auditorium di Milano Fondazione Cariplo sede de la Sinfónica de Milán. De acuerdo en que me encontraba agotado después el vuelo a Malpensa y de mi breve visita a tierras suizas. De acuerdo también en que las cuatro de la tarde no es precisamente buena hora para concentrarse en La canción de la Tierra: ¿a quién se le ocurre programar a esta hora el concierto? Aun así, fue el calor dentro del patio de butacas lo que me las hizo pasar canutas durante la interpretación de la obra maestra de Gustav Mahler. Me había quitado el jersey, pero ahora entiendo que debería haber acudido al baño a prescindir asimismo de la camiseta interior. Tenía asiento en primera fila, así que en cuanto se encendieron los foco aquello fue un infierno. Solo pude disfrutar del primer número: en el resto, tuve que luchar continuamente contra el sopor. 

 

No se pueden ustedes imaginar la pena que me dio. Tenía muchísima ilusión puesta en este evento, segunda oportunidad en mi vida –la primera fue con Waltraud Meier en Valencia– de escuchar en directo esta página que adoro, y me quedé con las ganas. Solo cuando salí al aire libre y me sopló viento fresco en la cara empecé a vivir de nuevo. Por si fuera poco, me perdí una interpretación de altura. Lo menos bueno fue el trabajo de Tanja Ariane Baumgartner: voz oscura y adecuada, canto canónico y buen gusto, pero expresividad parca en sensualidad, en humanismo e incluso en matices. Más que notable el tenor Norbert Ernst, instrumento idóneo y canto muy sólido, sin apenas rastro de las habituales tiranteces, a lo que hay que sumar una expresión cálida y valiente. En cualquier caso, el gran triunfador fue el joven maestro –treinta y un años– Emmanuel Tjeknavorian. Lo de triunfo, literal: pocas veces he visto a público y orquesta aclamar con semejante entusiasmo a la batuta en un simple concierto de abono. Se ve que andan contentísimos con su titular. Morfeo me molestó muchísimo, pero no lo suficiente como para dejar de percibir que aquella dirección, aun lejos de lo genial, estuvo claramente por encima de la media tanto en el trabajo técnico como en la expresión. ¡Bravísimo por él!

En fin, próxima vez que escuche un concierto en Europa iré ligerísimo de ropa. Al final, la parte positiva del viaje que he realizado estos tres días libres la han puesto la belleza de Varese, Lugano y Como, por un lado, y de Pavía por otro. Permitan que les recomiende de manera especial esta última ciudad.

jueves, 29 de octubre de 2026

Sinfonía nº 5 de Jean Sibelius: discografía comparada

Esta entrada conoció su última remodelación el 21 de mayo de 2024. Aún no estoy satisfecho, pero he incluido las grabaciones de Levine y Paavo Järvi en Hong Kong, además de ofrecer un nuevo comentario de la de Karajan en EMI, recientemente pasada a CD.

Una vez más, recordar que las puntuaciones del uno al diez no tienen importancia. Lo interesante es ver cuáles son las maneras en que puede abordarse esta música, cuáles son las intenciones del maestro de turno y si las cosas funcionan o no. ¿Un solo director? Me quedo con tres: Barbirolli, Bernstein y Berglund. El maravilloso clasicismo de Sir Colin Davis es una gran opción, pero no me parece tan imprescindible.


1. Ormandy/Orquesta de Philadephia (CBS, 1954). Con un instrumento no solo suntuoso, sino también ideal para esta música, y haciendo gala de un apreciable dominio de la agógica –flexible, no siempre convincente–, el maestro demuestra su conocimiento y amor hacia la partitura con una recreación que se aleja del mero lirismo paisajista –carnosas, sensuales maderas en el segundo movimiento– para atender como es debido a las asperezas, las tensiones y las cargas de electricidad que la Quinta demanda. Eso sí, en el movimiento intermedio hay apresuramientos que restan valor al resultado, justo como ocurre en un Finale que podría estar mejor construido y no verse tan lastrado por el nerviosismo. Excelente la toma monofónica. (7)
 


 
2. Barbirolli/Orquesta Hallé (EMI, 1957). Aun tendrá que alcanzar un grado mayor de inspiración determinados pasajes, y desde luego trabajar más a fondo con una orquesta que evidencia limitaciones –aun así, increíble cómo manera las texturas–, pero Sir John ya ofrece aquí una magnífica lectura en su característica línea seca, tensa, obsesiva y expresionista, electrizante mucho antes que paisajística o ensoñada, alcanzando una auténtica cima en un tercer movimiento lento, poderoso, soberbiamente construido y con instantes de mágica inspiración. Sonido estéreo que en alta definición suena muy digno para la época, pese a las inevitables distorsiones. (9)


 
 
3. Karajan/Filarmónica de Berlín (Sony, 1957). Esta toma de origen radiofónico deja en evidencia que la Berliner Philharmoniker, como en tiempos de Furtwängler, distaba de ofrecer en director la seguridad y redondez que habitualmente asociamos con ella. Efectivamente, los estudiadísimos registros de estudios para DG serán “otra cosa”. Por otra parte, interesa ver lo que aquí hace un Karajan aún por madurar, o al menos por encontrarse a sí mismo. La deuda toscaniniana aún está ahí. Los tempi son más bien rápidos, demasiado en un Andante mosso bastante trivial, las sonoridades tienden a la aspereza y la sequedad en los ataques se hacen presentes, aunque también está ahí esa tendencia a los grandes contrastes dinámicos y ese cuidado en el empaste de la cuerda que caracterizarán al Karajan posterior. La poesía brilla por su ausencia: el público disfrutaría del espectáculo, pero se emocionaría poco. El sonido, monofónico, es digno pero muy interior a las buenas tomas estéreo de la época. (7)



4. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI, 1960).
El maestro vuelve a dejar testimonio de su temprana visión de la obra, tan distinta de la que ofrecerá años después, pero esta vez con la perfección que ofrece el estudio y con la superlativa participación de la Philharmonia, más adecuada que la berlinesa para plasmar este concepto seco y espartano, sin mostrar todavía esa tendencia tanto a la dulzura como al exceso, por mucho que los contrastes dinámicos sean grandes y la brillantez esté asegurada. Por otra parte, ahora sí consigue la unidad en el trazo, con empuje y atención a la claridad; cae quizá en cierto exceso de nerviosismo en la sección central del segundo movimiento, pero ofrece a cambio considerable decisión en todo el final, hasta el punto de que los acordes finales suenan muy poco separados entre sí, para lo que estamos acostumbrados. Buen sonido si se escucha en SACD. (8)



5. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1961).
La dirección del aún relativamente joven Bernstein es extrovertida y muy comunicativa, también muy volcada en los contrastes sonoros, siempre dentro de un perfecto estilo al que contribuye el sonido rústico de la orquesta. Quizá en exceso: los metales suenan no solo broncos, sino también algo pobretones. Por otra parte, le falta algo de control de la arquitectura, más impulsiva que planificada, así como un mejor análisis de planos sonoros. Pincha en este sentido el primer movimiento, más nervioso de la cuenta. En el segundo destaca el excelente tratamiento de la cuerda. En el Finale el maestro paladea los pasajes claves con enorme concentración, pero otorgándoles asimismo un carácter algo hinchado, incluso retórico e insincero, lo que a su vez conduce a que a la arquitectura le falte unidad de trazo. Lo hará muchísimo mejor en el futuro. (7)



6. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1965).
Tan solo cinco años después. de su grabación con la Philharmonia, Karajan es ya el que todos conocemos, ofreciéndonos así un concepto “romántico” tanto en sonido como en expresión dentro de una idea en buena medida contemplativa y sensual de esta música. Así las cosas, esta nueva recreación es bien distinta a aquella: más hermosa, pero también más ampulosa e hinchada, y con cierta tendencia a la dulzura. Ciertamente impactan la robustez y la belleza del sonido, como también la capacidad para generar texturas densas y opresivas, así como la claridad del entramado orquestal, pero el maestro cae en lo ampuloso y pesante, e incluso en algún momento del primer movimiento tiene alguna frase demasiado “amable”. Sonido redondo, cálido y confortable en BR-Audio. (8)



7. Barbirolli/Orquesta Hallé (EMI, 1966).
El maestro británico madura definitivamente su acercamiento a la obra ofreciendo una genial recreación, expresionista y muy tensa, pero asimismo llena de control, consiguiendo una arquitectura de tensiones perfecta y una asombrosa disección del entramado orquestal en el que cada línea melódica se encuentra matizada con enorme acierto. En el primer movimiento, inquietante y lleno de malos presagios, hay que destacar como ni siquiera en esos instantes más delicados –hacia el minuto seis– en el que muchos directores se desinflan, Barbirolli deja de mantener la tensión interna. En el segundo, apartándose por completo de lo bucólico y optando por mantener un fraseo en marcado stacatto, tampoco baja la guardia: los acentos lacerantes de la cuerda producen escalofríos. Lleno de fuerza pero nada retórico ni hinchado el final, que acaba en acordes secos e implacables a más no poder. La toma sonora resulta áspera incluso tras la restauración en alta definición. (10)


 
8. Bernstein/Sinfónica de Londres (DVD ica Classics, 1966).
Lenny se deja llevar por la presencia del público y ofrece, siempre con ese espectacular manejo de las masas sonoras que le caracteriza y dejando bien clara su tendencia a disfrutar del sonido por sí mismo, una recreación ante todo directa, vibrante, impulsiva, dicha de un solo trazo, cargada de fuerza, que alcanza clímax poderosos a más no poder sin dejar por ello de ofrecer la adecuada delectación melódica en los pasajes líricos, pero también algo epidérmica, más impulsiva que meditada, y por ello carente todavía de esa concentración interior, de esa naturalidad en el fraseo y de ese refinamiento en el tratamiento de los diferentes planos sonoros de los que hará gala en su increíble recreación veinticuatro años posterior con la Filarmónica de Viena, no obstante anunciada aquí en un Finale de enorme grandeza. La toma sonora dista muchísimo de convencer, aunque la realización televisiva de Humphrey Burton, en blanco y negro, está por encima de la media de la época. (8)



9. Maazel/Filarmonica de Viena (Decca, 1966).
El trasvase a alta definición de la formidable toma realizada por los ingenieros del sello británico nos permite disfrutar plenamente del soberbio trabajo de clarificación de planos realizado por un Maazel a punto de cumplir los treinta y seis años y ya dueño de una técnica de primerísimo nivel con la que logra, al mismo tiempo, hacer zona a la Filarmónica de Viena de manera rústica y escarpada, dentro de una propuesta expresiva fresca, afilada, recorrida por electricidad y nervio interno, indisimulada en su búsqueda de brillantez, pero en absoluto grandilocuente ni pesada. Se queda corta en lo que a calor, efusividad y vuelo poético se refiere, sobre todo en un movimiento central dicho un tanto de pasada. En contrapartida, la acumulación de tensiones hacia el clímax final resulta impactante. (9)



10. Barbirolli/Orquesta Hallé (Testament, 1968).
Una vez más, el típico Sibelius de Barbirolli: áspero, dramático, tenso y electrizante, nada romántico. En esta ocasión se le puede reprochar un excesivo nerviosismo en algunos pasajes, limitación que compensa con algunos hallazgos extraordinarios. (9)



11. Celibidache/Sinfónica de la Radio Sueca (DG, 1971).
A pesar de lo admirable de una arquitectura de tensiones construida sobre unos tempi muy lentos, de echan de menos algo más de belleza y efusividad lírica. El final, grandioso pero sin un ápice de retórica, es un verdadero triunfo. (8)



12. Berglund/Sinfónica de Bournemouth (EMI, 1973).
Cuarenta y cuatro años tenía el director finlandés cuando realizó el primero de sus cinco acercamientos fonográficos a la página. Demostró en él amor por esta música, un plausible acercamiento a medio camino entre lo romántico y lo expresionista y un gran cuidado formal a la hora de ir desgranando la música, sin prisas ni nerviosismo, pero no logró trazar correctamente la arquitectura: las líneas de tensión avanzan con dificultad y a veces se bordea el aburrimiento. Tampoco su lectura es del todo poética ni hace gala de una particular creatividad. Lo mejor, un Finale con muy buenos momentos. (7)




13. Colin Davis/Sinfónica de Boston (Philips, 1975).
Como EMI y Decca ya tenía en Europa sus respectivas integrales de Sibelius, los holandeses se ponen al día echando mano de la orquesta de Ozawa, cuyas suntuosas cuerdas y maderas -metales a menor altura- son recogidas por una toma sensacional para la fecha, y de un maestro que muestra un evidente interés hacia esta música, aunque aún por madurar. Por eso mismo, al tiempo que hemos de aplaudir el suntuoso modelado sinfónico que obtiene su batuta, la generalmente muy notable delineación del tejido polifónico, la inmediatez expresiva del acercamiento y el exquisito gusto que lo preside –ni rastro de excesos ni de caídas en lo contemplativo–, hemos de percatarnos de la discontinuidad de un primer movimiento en que cuenta con momentos excelentes, cierta falta de poesía en el Andante y una relativa falta de grandeza en un Finale que comienza de manera bulliciosa pero no termina de calar a fondo en la música. Desde un prisma de menores conflictos dramáticos y mayor depuración sonora, Sir Colin profundizará en el futuro de manera considerable en esta música que amará como pocas. (8)



14. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1976).
Karajan en la cima del dominio técnico de la batuta. También en la del narcisismo. Hubo mucho desmadre en lo que en los años setenta grabó para EMI, particularmente en lo que a la gama dinámica se refiere: el reciente SACD, que renuncia a la cuadrafonía original, recoge semejante circunstancia a la perfección. También nos permite deleitarnos con la bellísima, suntuosa sonoridad que extrae de los Berliner en esta interpretación en la misma línea densa, masiva y retórica de su interpretación para DG, aunque sin semejante grado de pesantez y ampulosidad. Aun así, demasiadas frases suenan en exceso parsimoniosas, cuando no hinchadas, mientras que en el segundo movimiento sigue siendo preferible un grado menor de dulzura. (8)



15. Ashkenazy/Orquesta Philharmonia (Decca, 1980).
Aunque estos no eran sus primeros pasos discográficos como director, Ashkenazy demostró en su ciclo Sibelius no solo un gran talento para manejar tensiones y masas sonoras, sino también un apreciable olfato para interpretar al autor finés en el punto justo de equilibrio entre postromanticismo y modernidad. Lo dicho queda bien claro en esta Quinta austera, dramática, un tanto enrarecida, en modo alguno sentimental o contemplativa, pero no áspera ni particularmente escarpada, como tampoco ajena a la amplitud melódica ni a la belleza sonora. Le ayudan una orquesta aún en espléndida forma y una toma sonora de gran calidad realizada en un Kingsway Hall al que ya le quedaba poco tiempo de vida como estudio de grabación. (9)



16. Rattle/Orquesta Philharmonia (EMI, 1981).
Al frente de una orquesta excepcional a la que su batuta modela con pinceles finos, claridad y atención al detalle, el joven Rattle acierta con el lenguaje aportando el punto justo de equilibrio entre tradición y modernidad, sin resultar romántico o hinchado, pero tampoco necesitado de ser particularmente escarpado o electrizante. Su fraseo es natural y posee el carácter nervioso en el buen sentido que demanda esta música, mientras que la tímbrica ofrece el punto adecuado de incisividad. Eso sí, el desarrollo de las tensiones no está del todo conseguido, al menos en un primer movimiento en el que juega tan arriesgadamente con los pianísimos hasta el punto de que la continuidad está a punto de venirse abajo. En el segundo se echa de menos la efusividad poética que proponen los pentagramas. Lo mejor, un tercer movimiento brillante y con garra pero sin retórica, dicho además con un punto amargo muy adecuado, aunque tampoco posea la grandeza y el carácter visionario que ofrecen los grandes directores de la página. (8)



17. Berglund/Filarmónica de Helsinki (Warner, 1986).
Trece años después de su primera aproximación, Berglund repite su acercamiento ortodoxo y sensato, de fraseo cálido y ajeno al nerviosismo, pero ahora con las tensiones mejor delineadas y dando la impresión de realizar un más detallado desmenuzamiento del entramado sinfónico, circunstancia a lo que no es ajena una toma sonora superior a la de entonces. En cualquier caso, se siguen echando de menos electricidad y garra dramática. (8)



18. Bernstein/Filarmónica de Viena (CD DG y Blu-ray CMajor, 1987).
Sin palabras. Lenny alcanza aquí una de las cimas de su carrera como director ofreciéndonos una recreación lentísima, pero de enorme tensión interna; suntuosa y bellísima en la sonoridad sin caer en ese narcisismo que tanto tentaba a su batuta; romántica y de acongojante efusividad lírica en un planteamiento alejado del expresionismo, mas no por ello ajena a conflictos y contrastes. Dotada, en cualquier caso, de una convicción apabullante y de una emotividad conmovedora. Como lección de técnica, no tiene precio. Uno se queda mudo de asombro ante una arquitectura perfectamente estudiada su planificación de tensiones, permitiendo que el carácter orgánico de la música se desarrolle con total naturalidad. Todo ello obteniendo una plasticidad enorme de una orquesta a la que él sabía hacer sonar con más belleza que nadie, y haciendo gala de un fraseo tan sutil como flexible, lleno de cantabilidad y de humanismo. Tras un final grandioso a más no poder, pero en esta ocasión sin caer en los excesos de ocasiones anteriores, el maestro logra una merecidísima ovación del público que llenaba la Konzerthaus vienesa. Una pena que la espléndida filmación de Humphrey Burton haya sido recortada a formato 16:9 en su trasvase a Blu-ray. Compra imprescindible, en cualquier caso: se incluye sonido DTS-HD MA 5.1. No se conformen con el CD, porque ver a Lenny en acción no tiene precio. (10)



19. Celibidache/Filarmónica de Múnich (MPhli, 1988).
Feliz recuperación con espléndido sonido –algunas plataformas lo ofrecen incluso en Dolby Atmos– que nos permite conocer cómo abordaba Celi este repertorio en su época más personal, más genial y –por qué no decirlo– más discutible. El resultado, alejadísimo de la incisividad y la visceralidad expresionistas de un Barbirolli, pero también apartado de los grandes contrastes sonoros de directores más románticos”, recuerda a su Bruckner: tempi muy lentos, fraseo mórbido y de amplio aliento lírico, claridad extrema y, sobre todo, una calculadísima planificación de las tensiones en la que cada frase no es sino el resultado de la anterior, siempre partiendo de un concepto plenamente orgánico del edificio musical que si en el de San Florián se venía en cierto modo constreñido por un diseño heredero del mundo clásico, en Sibelius adquiere todo su sentido. La música fluye como en un manantial y discurre como ella quiere, al maestro le corresponde que lo haga con plena naturalidad y sin interrupciones. Todo ello al servicio de una idea expresiva que, de nuevo como en Bruckner, combina de manera asombrosa la reflexión humanística, la desazón más amarga y la plenitud espiritual. Por lo demás, mucha belleza sonora y una buena dosis de ternura, esto último quizá en exceso: el final del segundo movimiento resulta más dulce de la cuenta. (9)



20. Colin Davis/Sinfónica de Londres (RCA-Sony, 1992).
Aun sin tratarse exactamente de una versión "romántica", el maestro británico renuncia a la electricidad y a la aspereza sonoras para plantear una lectura eminentemente natural, fluida, en el que el discurso avanza con pulso firme sin que apenas se perciban los sutiles matices que construyen las tensiones y exhibiendo una gran belleza sonora, jamás relamida o narcisista. Admirables la poesía del arranque y el grandioso final, al que se llega con una naturalidad y lógica pasmosas sin forzar nunca la arquitectura ni caer en la retórica. Interpretación esencial, abstracta, hasta cierto punto distanciada, pero sin caer en la asepsia que atrapará a otros maestros que sigan esta misma línea. (9)



21. Levine/Filarmónica de Berlín (DG, 1992). La óptica del maestro norteamericano acostumbraba a ser siempre la misma: gran sentido teatral y sensibilidad más bien primaria, por no decir mucho espectáculo y poca sustancia. Por eso es lógico que, aun sin el portentoso sentido del refinamiento y de la sensualidad que caracterizaban al salzburgués, Levine recuerde al Karajan más desmelenado buscando los mayores contrastes dinámicos posibles, recreándose en la suntuosidad de la cuerda de los Berliner y forzando a los metales -ellos se dejan, les va el rollo exhibicionista- para ofrecer la máxima opulencia, brillantez y rotundidad posible. En fin, un cúmulo de excesos que en directo podrían conducir al verdadero delirio entre el respetable, pero que en casa no cuelan: el dramatismo del primer movimiento resulta artificioso, en el segundo se echa de menos efusividad poética y en el tercero, pese al atractivo nerviosismo de su tratamiento, le sobra retórica vacua. La increíble realización de la orquesta se encuentra recogida de maravilla por los ingenieros de sonido. (7)



22. Berglund/Orquesta de Cámara de Europa (Finlandia, 1996).
Tan diferente es esta lectura a las suyas anteriores que parece que nos encontramos ante otro director. No es cuestión de tempi –más rápido en el primer movimiento, lo contrario en los otros dos–, ni de la formación utilizada. Es el concepto: articulación mucho más marcada, sonoridad más incisiva, mayor protagonismo de la tensión armónica frente a la nobleza del fraseo, mucho mayor relieve de las maderas y de sus células repetitivas que van generando tensión. En resumen, mirada decidida hacia los aspectos más modernos de la escritura de Sibelius. Lo que no entiendo muy bien es la ralentización “espiritual” o “mística” en el minuto seis del movimiento conclusivo, que parece contradecir –quizá desee precisamente eso, el contraste– el planteamiento anterior. (9)



23. Berglund/Orquesta de Cámara de Europa (Medici TV, 1998). Repetición de la jugada, esta vez con imágenes. Importa poco que la filmación no esté a la altura de la tecnología actual, o que la orquesta cometa algún gazapo propio del directo: es un placer ver, además de escuchar, una propuesta tan estimulante, tan llena de nervio como ajena al nerviosismo, tan incisiva sin merma de la belleza sonora, tan sincera y comunicativa dentro de una visión muy apartada del romanticismo por el que apuestan otros directores. Ideal para un primer acercamiento a la página. (9)



24. Berglund/Filarmónica de Londres (LPO, 2003). A sus setenta y cuatro años, el maestro finlandés nos deja su quinto y último documento que nos permite apreciar cómo evoluciona su visión de la página. También el mejor, o al menos el más conseguido dentro del atractivísimo enfoque tardío: un Sibelius anguloso, obsesivo e inquietante a más no poder, poco interesado por la voluptuosidad sinfónica y más bien volcado clarificar cada una de las líneas de la polifonía y subrayar las tensiones que su entrecruzamiento provocan. Muy en la línea de un Barbirolli, pero restando un punto de aspereza y carácter escarpado. A destacar de manera especial la doliente intensidad del clímax final, alcanzando unas cotas de amargor que dejan el corazón en un puño. La orquesta, tratada con depuración sonora admirable, se encuentra muy bien recogida por la toma pese a proceder de un concierto realizado en el complicado Royal Festival Hall. En algunas plataformas de streaming se puede escuchar en alta resolución. (10)


 
25. Colin Davis/Sinfónica de Londres (LSO, 2003). Sir Colin y su orquesta repiten la jugada, esta vez en directo y con una toma no tan buena como en la ocasión anterior. Importa poco, porque los resultados son, como mínimo, igual de admirables. Su interpretación respira naturalidad, fluidez y elegancia, se despliega una enorme suntuosidad sonora sin acercarse en modo alguno a la opulencia, las masas se encuentran tratadas con enorme plasticidad y las tensiones, aun sin encontrarse en primer plano, sostienen la lectura desde el primer al último compás. Puro clasicismo. (10)



26. Salonen/Orquesta del Festival de Verbier (DVD Medici Arts, 2007).
Anguloso, aristado y algo distante, como era de esperar, el notabilísimo primer movimiento. En los otros dos la cosa cambia: el otras veces cerebral Salonen se muestra caprichoso en la agógica, por momentos algo dulzón y más bien insincero en lo expresivo, sobre todo en un tercer movimiento en el que –ralentizando hasta el límite numerosos pasajes– juega a ser Celibidache. La gama dinámica está muy comprimida. (7)



27. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall y Blu-ray, 2010).
Recordando bastante a la que hizo con la Philharmonia, el británico ofrece una interpretación equilibrada entre lo romántico y lo moderno, dicha sin retórica vacua alguna, trazada con pinceles finos, pero no muy poética, falta de sensualidad, grandeza y carácter visionario, y con una grave discontinuidad en las tensiones del primer movimiento. La gran ventaja es la orquesta, suntuosa, con una cuerda grave de lo más conveniente y con solistas de musicalidad excelsa. (8)



28. Dausgaard/Sinfónica Nacional Danesa (Blu-ray CMajor, 2011?).
Interpretación muy aseada y solvente, mucho antes lírica que dramática, expuesta de manera impecable y dicha con un gusto exquisito por un director que sabe lo que se hace y una orquesta que responde con un estupendo nivel, pero a la que le falta una muy buena dosis de tensión interna y fuerza expresiva para convencer. Todo suena un tanto neutro, incluso plano, mientras que los aspectos más visionarios de esta música quedan relegados. Imagen y sonido, extraordinarios. (7)

29. Vänskä/Orquesta de Minnesota (BIS, 2011). Nada que objetar ante el enfoque de la interpretación, lírico y contemplativo antes que basado en los grandes conflictos de líneas y bloques sonoros. Es posible hacer esta música así, aunque no sea la manera en la que la modernidad de los pentagramas se ponga mejor de manifiesto. El problema está en la discontinuidad del discurso, en los innecesarios tirones de tempo y en las caídas en la laxitud. También en un trabajo de texturas que, sin ser en modo alguno de trazo grueso, no logra clarificar del todo bien los planos ni “explicar” el tejido sinfónico al oyente. Y no parece que sea cosa de la toma, magnífica escuchándola en alta definición, ni tampoco de una orquesta que, con sus obvias limitaciones, se comporta bastante bien. Aburre. (7)



30. Paavo Järvi/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2013).
El enfoque del director estonio atrapa desde el arranque por su inmediatez, electricidad y carácter escarpado, pero conforme avanza la interpretación uno repara en que el exceso de nervio se lleva por delante la grandeza –fin del primer movimiento– y esa particular mezcla de sensualidad, lirismo contemplativo y desazón –segundo– que anida en los pentagramas. El tercer movimiento es lo más conseguido en esta interpretación vistosa y con gancho, pero algo superficial. (8)



31. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015).
Beneficiándose sobremanera de la maravillosa sonoridad de la orquesta, trabajada en todo momento con pinceles finos, el maestro británico vuelve a ofrecer una interpretación certera en su enfoque: esencial y despojado de aditamentos, distante del romanticismo y sin voluntad de resultar expresionista, optando más bien por una especia de clasicismo apolíneo y ajeno a la retórica. Ofrece así una lectura muy equilibrada en lo expresivo y perfectamente depurada en lo sonoro, pero también algo falta de tensión sonora, de sensualidad y, sobre todo, de emotividad lírica. Se echa de menos, a la postre, implicación emocional. (8)




32. Paavo Järvi/Orquesta de París (RCA, 2015).
El maestro estonio repite una aproximación que parece querer seguir la senda de Berglund a la hora de apartarse de voluptuosidades más o menos “románticas” para subrayar las angulosidades de la escritura. Lo hace con buena caligrafía y apreciable convicción, pero sin llegar a semejante altura: ni delinea el tejido orquestal con semejante perfección ni alcanza su intensidad expresiva. Incurre, además, en cierta aparatosidad inconveniente, sobre todo en las conclusiones de los movimientos extremos. Magnífica la toma si se escucha en formato de alta definición. (8)




33. Mäkelä/Filarmónica de Oslo (Decca, 2021).
Veinticinco años contaba el director finlandés cuando realizó este registro, soberbiamente grabado y beneficiado del formato Dolby Atmos en algunas plataformas de streaming. Apostó claramente por un Sibelius "clásico": equilibrio expresivo, elegancia y belleza sonora por encima de otras consideraciones. ¿Resulta válido este enfoque? Colin Davis y la Sinfónica de Londres demostraron que sí, que lo es plenamente. El problema es que Mäkelä no solo pule en exceso las asperezas, se desinteresa por las células de electricidad que recorren esta música y rehúye los grandes conflictos dramáticos, sino que también resulta en exceso laxo –en el minuto seis del primer movimiento se le cae la tensión, como le suele pasar a Rattle– y no transmite la fuerza emotiva que anida en esta música. Así las cosas, triunfa en el movimiento central y se queda a medio camino en los otros dos. Espléndida la orquesta, eso sí, tratada con una plasticidad digna de admiración. (8)



34. Salonen/Sinfónica de San Francisco (SFS, 2022)
. Esta vez Salonen no apuesta por las angulosidades en el primer movimiento, sino que se apuesta por un distanciado y sereno clasicismo que, en cierto modo, se emparenta con el de su joven compatriota Mäkelä. En el segundo desconciertan los marcados contrastes en los tempi, que no terminan de encontrar una justificación expresiva; la parsimonia con que frasea la última sección puede llegar a irritar. En el Finale, como en su registro de Verbier, vuelve a “hacerse el Celibidache” estirando la música todo lo posible: consigue que el edificio no se venga abajo, pero no alcanza la sinceridad ni la magia poética del rumano. Por descontado, el trabajo con la orquesta es de muy alta calidad. Se disfruta de manera especial en Dolby Atmos: violines primeros y violonchelos suenan a los lados del oyente, circunstancia que a algunos resultará artificioso, pero que a mi entender mejora la claridad. (8)

 

35. Paavo Järvi/Filarmónica de Hong Kong (YouTube, 2023). Insiste Paavo en su tratamiento anguloso y escarpado, poco “romántico”, desinteresado por la sensualidad de esta música y bastante más atento a electricidad que lo recorre. Quizá esta vez los resultados sean un poco mejores que en las dos ocasiones anteriores, volviendo a destacar un tercer movimiento lleno de fuerza, pero a la postre no llega a la misma altura que otros maestros que han recorrido esta misma senda. Espléndida la orquesta, como lo es también la calidad audiovisual de la realización. (8)



36. Franck/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2023). Alguien podría argüir que lo que pretende Mikko Franck es seguir el sendero que se aparta tanto de las opulencia y apasionamiento de las interpretaciones más o menos románticas como de las descargas de electricidad de las que miran hacia lo expresionista para optar, en su lugar, por un sereno y distanciado clasicismo. Podría ser, pero a mí lo que me parece es que el maestro finlandés multiplica las insuficiencias que adoptando este mismo prisma evidenciaron Rattle y –sobre todo– Mäkelä al mostrarse incapaz de inyectar a su lectura un mínimo de tensión interna: por mucho que la exposición resulte pulquérrima, la portentosa arquitectura diseñada por Sibelius se viene abajo. Como la batuta tampoco parece capaz de destilar la suficiente emotividad en el movimiento central, el resultado es una de las direcciones menos logradas que he escuchado de esta sinfonía. La orquesta, aun impecable, parece tocar con cierta indiferencia. Imagen 4K y sonido Dolby Atmos. (6)

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