domingo, 8 de febrero de 2026

El Wagner áspero y agitado de Teodor Currentzis

Ya dije por aquí lo que opino de esa "síntesis sinfónica" conocida como El Anillo sin palabras que realizó Lorin Maazel sobre la Tetralogía de Richard Wagner: un experimento vistoso e interesante con engarces que a veces funcionan y a veces no, que con frecuencia resulta en exceso veloz en su salto de un sitio a otro las cosas se calman en el Amanecer y viaje de Sigfrido por el Rin y en la Marcha fúnebre, dada la extensión original de estas páginas, pero que en casa ofrece una hora diez minutos de sano entretenimiento mientras que en la sala de conciertos permite atender con mucho más detalle a la exquisita escritura sinfónica wagneriana y disfrutar a tope con muchos momentos que no podemos escuchar fuera de las representaciones operísticas. Creo que es por todo esto último por lo que el público del Teatro de la Maestranza saltó ayer sábado 7 de febrero de sus asientos al finalizar la interpretación a cargo de MusicAeterna y su fundador Teodor Currentzis. Fue, ante todo, el triunfo de Wagner, y también el de una orquesta que, con algunos resbalones perfectamente perdonables demostró excelente nivel técnico y notoria implicación expresiva.


Otra cosa es que se tratara de una formación rusa. Y no lo digo por sus cacareados vínculos con grandes financieros cercanos a Putin que tanto han dado que hablar mi opinión sobre el asunto prefiero guardarla, sino por la sonoridad de sus metales: bronca, áspera, poco redonda y no del todo empastada, siguiendo una tradición que se remonta, como mínimo, a la Filarmónica de Leningrado de Mravinski. No es lo ideal para Wagner, y además marcó la realización de un Currentzis no solo muy a gusto con semejante circunstancia, sino decidido a reivindicar unas maneras que se apartan del concepto que concibe el discurso vertical y horizontal como un todo orgánico en el que lo que ocurre en un momento determinado va a condicionar todo lo que viene antes y después; concepto este, el de la organicidad de la música, que precisamente alcanza su cénit en la propia escritura del Anillo del Nibelungo, y que ha condicionado el arte de la dirección de orquesta hasta el día de hoy, de Furtwängler a Barenboim pasando por Celibidache. Lógico el referido alejamiento en alguien como Currentzis, no en vano uno de los más radicales y personales representantes de lo que yo llamo kale barroka, y por ende acostumbrado a reivindicar la continua fragmentación de la línea, los contrastes extremos y la imaginación como determinantes del hecho interpretativo.

La cuestión es, ¿cómo se traduce todo esto en una partitura, el Anillo sin palabras, que precisamente lleva en su naturaleza ser una yuxtaposición de fragmentos de muy variada duración que pierden el carácter orgánico con el que estaban concebidos dentro de un inmenso conjunto de catorce horas? Pues en una interpretación extrovertida, dinámica, cargada de electricidad, sonada con voluntaria aspereza, poco interesada en los aspectos más atmosféricos de la música, y que busca la intensidad de la expresión en determinados efectos puntuales que suelen girar en torno a la búsqueda de los contrastes extremos. Contrastes que pueden darse en la gama dinámica pianísimos literalmente inaudibles, fortísimos atronadores pero también en la expresión: lo dinámico frente a lo estático, lo patético frente a lo más dulce de la cuenta. El efecto sobre el público es directo, pero a costa de una cierta dosis de impostura. Añadan a esto un desarrollado sentido teatral y un gusto indisimulado por la violencia, y adivinarán que el resultado fue de lo más irregular, desde lo maravilloso hasta lo poco convincente pasando por lo que es solo notable o lo que, resultando discutible, tiene su atractivo.


Concretando un poco, el arranque estuvo bien concebido en su originalísima y genial combinación de lo estático y lo dinámico, pero un servidor ha tenido la oportunidad de escuchárselo en directo a Christian Thielemann y no hay color. Muy notable la no menos maravillosamente escrita bajada al Nibelheim, aunque a Currentzis, dirigiendo con todo su cuerpo y haciendo gala de una gestualidad exageradísima, no le hacía falta aumentar tanto el volumen de los yunques.

En el arranque de La Valkyria llamó la atención el detallista tratamiento de la cuerda grave, no siempre para bien: tres segundos de silencio por querer encontrar el "ultrapianísimo imposible" termina fragmentando la música, aunque ya digo que así es justo como se ha forjado el arte de Currentzis. Refinamiento y más blandura de la cuenta en el enamoramiento de los dos hermanos. Gran vistosidad en el resto de esta primera jornada, especialmente en la celebérrima cabalgada. Lo mejor y lo peor se sucedieron en los Adioses de Wotan: increíblemente arrebatador el momento en que el dios cierra los ojos a su hija, con la orquesta desprendiendo verdadero fuego y el maestro elevándose con carácter visionario difícilmente superable, para a continuación caer en la blandura e incluso la dulzonería cuando la cuerda canta la melodía de "Der Augen leuchtendes Paar".


Espléndidos los fragmentos de los dos primeros actos de Sigfrido, destacando los Murmullos del bosque antes por su refinamiento que por su poesía y la muerte de Hagen por su carácter siniestro. Espléndidos los primeros atriles. Toda la secuencia del Amanecer y viaje por el Rin ofrecieron ortodoxia y solvencia, mucha vistosidad y también cierto carácter aparatoso. Bronca, negra y terrorífica la llamada de Hagen, que nos dejó con el corazón en un puño.

Los tres justamente célebres golpes de arco de la marcha fúnebre, aunque correctamente diferenciados entre sí por Currentzis, nunca han sonado tan breves y secos. Su recreación fue áspera, rabiosa y contundente, pero más externa que llena de grandeza humanística: recordó un tanto a Toscanini, como en general las maneras del de Atenas encuentran ciertos paralelismos con las del de Parma. MusicAeterna, eso sí, es abiertamente superior a la Sinfónica de la BBC. En toda la secuencia final el maestro buscó el decibelio. Lo encontró, pero a mí me parece que Wagner pide bastante más sutileza, un sentido más desarrollado del canto melódico y mayor ternura. Escúchese lo que Sir Georg Solti hacía en su grabación digital de 1982 con la Filarmónica de Viena si pueden disfruten el disco completo, es increíble– y comprenderán lo que les digo.

Fotos: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza

jueves, 5 de febrero de 2026

Octava de Shostakovich por Currentzis

Una última entrada sobre Teodor Currentzis antes del concierto Wagner: Octava sinfonía de Shostakovich con la Sinfónica de la SWR de Stuttgart, filmación del 20 de enero de 2023 disponible en YouTube con excelente imagen y sonido solo notable: esta genial partitura abiertamente antibelicista, tan necesaria en tiempos como los que vivimos, demanda una gama dinámica extrema que la trasmisión no logra ofrecer.

Se le suele dar estupendamente Shostakovich al maestro ateniense, y esta no la excepción. Sin embargo, al primer movimiento le cuesta un poco arrancar. Incluso más adelante las tensiones, tan extraordinariamente difíciles de trazar, no terminan de encontrarse del todo bien planificadas. La orquesta, pese a su incuestionable calidad, tampoco rinde al nivel en que lo han hecho las grandísimas que se han acercado a esta página; buenos sin más los primeros atriles, incluido un corno inglés no muy allá.

Sensacional el segundo movimiento, el que mejor le suele salir a los diferentes maestros: mordaz y visceral, tocado con muchísima intensidad por unos músicos que, pese a esas relativas limitaciones antes referidas, se dejan la piel en el asunto. El tercero no acostumbra a funcionar tan maravillosamente bien como aquí con Currentzis, uno de los pocos maestros que se acerca a la inalcanzable recreación de Solti en este Allegro non troppo. Concentrada, severa, espectral la Passacaglia, como debe ser. Tras un clímax que suena con rabia, ya que no con el volumen que debería -culpa de la toma-, el movimiento conclusivo se desarrolla con solidez de trazo, acierto pleno en la expresión y apreciable intensidad.

Ya saben lo tontorrón que me parece esto de poner puntos, pero como hay gente que lo pide, aquí van: 8 para el primer movimiento, 9'5 para segundo y tercero, 9 para el cuarto y 8,5 para el quinto. Cuando termine la discografía comparada, que está al caer, le pondré un 9 por aquello del redondeo.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Dos vídeos de Currentzis: Réquiems de Mozart y Verdi

Dos vídeos en YouTube con Teodor Currentzis y sus conjuntos de AnimaEterna, sendas misas de réquiem de Mozart y Verdi, nada menos.

El Réquiem de Mozart es una filmación realizada en el Festival de Salzburgo de 2017, esto es, siete años posterior a su controvertida grabación en CD que a mí, la verdad, no solo me gusta poco sino que llega a disgustarme. En esta otra el maestro ateniense insiste en su versión descarnada, áspera, voluntariamente feísta, de un dramatismo exacerbado que parece mirar mucho antes a la retórica barroca -magnífica delineación de los pasajes fugados, por cierto- que al futuro romántico -calderones muy controlados-, y por ende ideal para los defensores de las posturas más radicales del movimiento H.I.P.

Dicho esto, y aun tratándose de una recreación muy personal, Currentzis parece haber corregido algunas excentricidades que antes conducían bien a la brutalidad gratuita, bien a la cursilería, de tal modo que el resultado es menos pretencioso y no tan difícil de aceptar. El cuarteto vocal lo conforman Anna Prohaska, Katharina Magiera, Mauro Peter y Tareq Nazmi, con resultados de mayor equilibrio que en el CD: allí la soprano Simone Kermes, vibrato cero, resultaba insoportable. La orquesta toca con considerable energía y se comporta en lo técnico, si bien los metales no pueden evitar algunas pifias. Lo mejor de todo, el coro.

Este vuelve a deslumbrarnos en el Réquiem de Verdi, una interpretación en la Basílica de San Marcos de Milán en abril de 2019. Por desgracia la calidad de la toma de sonido es deficiente, como le suele ocurrir a la mayoría de las grabaciones en vivo de esta página. ¿Y la dirección? Aquí Currentzis no puede hablarnos de renovar la tradición ni nada de eso, porque su lectura enlaza de manera abierta con una de las grandes líneas interpretativas de esta música, la que pasa por Toscanini y alcanza su máxima expresión en Solti y Muti. Ya saben: sonoridades ásperas en el buen sentido, incisividad en los ataques, enorme vigor rítmico, teatralidad desbordante y una posición antes de conflicto con la divinidad, de desafío incluso, que de búsqueda de lo espiritual.

El problema es que, frente a los maestros citados en último lugar, nuestro artista resulta más descarnado de la cuenta. También un tanto frío, sobre todo para quienes pensamos que en esta música también hay un componente de sensualidad y de humanismo que hay que poner de relieve. En cualquier caso, la realización es de altura y destaca por algunos momentos particularmente macabros en los que el maestro extrae un soberbio partido expresivo de, lo decimos por tercera vez, un coro soberbio.

Mucha atención al cuarteto, mejor que el de algunas versiones en disco de esas con directores de campanilla. Zarina Abaeva está magnífica en su dificilísima parte, por todo: voz, línea de canto y expresión. Enorme nivel asimismo el de Eve-Maud Hubeaux. Dmytro Popov puede desconcertar un poco por su emisión eslava y todo eso, pero canta con enorme solidez y, sobre todo, interpreta con mucha valentía en la línea que marca la batuta. Tareq Nazmi, también presente en Mozart, cumple con suficiencia. 

martes, 3 de febrero de 2026

¿El Anillo sin palabras? Entretenido en disco, imprescindible en directo

Veo que quedan muchas butacas libres en el Teatro de la Maestranza para escucharle a Teodor Currentzis el Anillo sin palabras de Lorin Maazel sobre la Tetralogía de Richard Wagner. Estas líneas son para animar al personal a acudir. Voy al grano.

La síntesis sinfónica realizada por el maestro franco-americano no convence como gran poema sinfónico, por múltiples razones que sería prolijo enumerar, pero uno se lo pasa bien. En este mismo blog comenté la versión en vídeo filmada en 2000 con Maazel dirigiendo a la Filarmónica de Berlín. He escuchado ahora el registro de los mismos intérpretes realizado en 1987 para el sello Telarc y llego a la misma conclusión: fragmentos que se suceden con excesiva rapidez, yuxtaposiciones a veces inteligentísimas y a veces en exceso abruptas, poco tiempo para crear atmósferas expresivas... y mucha, mucha fascinación en un recorrido de una hora diez minutos sin pausa alguna por músicas absolutamente maravillosas. Un buen rato en casa, solo eso, pero nada imprescindible por la sencilla razón de que uno puede ponerse trozos de las óperas completas y escuchar esos pasajes en su contexto correspondiente.

Ahora bien, en directo el evento me parece de asistencia obligatoria. Y aquí el motivo resulta no menos claro: nunca -repito: nunca- se pueden escuchar sobre el escenario, fuera del foso, con la orquesta luciendo en todo su esplendor, pasajes tan geniales como el arranque del Oro del Rin, el descenso al Nibelheim -incluyendo los martillazos de los pobres nibelungos-, la forja de la espada, la muerte de Fafner o la llamada de Hagen. Sí que hay ciertas posibilidades de escuchar el primer acto de Walkiria, el amanecer con el viaje de Sigfrido, la marcha fúnebre e incluso la inmolación de Brunilda, pero no el resto. Ya, ya sé que esta música fue concebida por Wagner para ser escuchada en su célebre foso "amortiguado" de Bayreuth, pero la escritura orquestal alcanza tan alto grado de genialidad que se merece la posibilidad de percibirla sacada de contexto y luciendo la potencia, el relieve y la brillantez que ofrecen un auditorio sinfónico. 

En Sevilla yo me lo pasé estupendamente cuando escuché esta realización allá por 1992 al propio Maazel con la Sinfónica de Pittsburg. Que la partitura vuelva al Maestranza convierte la asistencia en obligatoria para los que no estuvieron en aquella ocasión. Otra cosa es lo que haga con ella el imprevisible Currentzis: de momento, el triunfo ayer en Barcelona parece que fue rotundo.

lunes, 2 de febrero de 2026

Currentzis dirige Berg y Mahler

Al hilo de su breve gira por España, dos filmaciones más de Teodor Currentzis y la Sinfónica de la SWR de Stuttgart incluyendo sendas obras maestras de Alban Berg y Gustav Mahler: el Concierto para violín del primero y el Adagio de la Décima sinfonía del segundo. 

Como era de esperar, al maestro ateniense se le da bien una música como la de Berg: en lo doliente es donde se encuentra más a gusto. Ni que decir tiene que no romantiza la música, pero tampoco la quiere ver desde la abstracción. Su visión es intensa e inmediata, aunque me ha dado la impresión de que podría paladear la obra con más expansión lírica y un trabajo más clarificador de las texturas. La toma de sonido, por cierto, no ayuda en este sentido. Lo que sí me ha deslumbrado es lo de la señora Vilde Frang. Haya ya unos cuantos años Anne Sophie-Mutter intentó conjugar la máxima belleza sonora y la cantabilidad en el fraseo con la garra que pide la partitura. No le salió. A la violinista noruega sí. Los ingenieros de la SWR la tratan de manera más adecuada que a la orquesta y de esta forma podemos disfrutar al máximo ante una de las mejores recreaciones que se recuerdan de la parte violinística. Zukerman y Boulez siguen reinando, pero esta interpretación hay que escucharla.

Dos maneras existen de abordar el Adagio de la Décima. Una, verlo como un típico adagio malheriano y hacerlo contemplativo, decadente, un adiós a la vida con todas las consecuencias. Así lo hizo Sinopoli en su lentísima recreación. La otra es verlo como lo que es, el primer movimiento de una sinfonía que iba a ser muy larga, y por ende subrayar la serie de conflictos, angustias y contradicciones que luego se van a ir analizando en los cuatro movimientos restantes. Esta es la opción de Currentzis, por descontado, quien adopta un tempo más bien rápido, marca contrastes y acentúa todo lo posible las aristas tímbricas sin dejar apenas espacio para la melancolía. Se pierden cosas y se gana en otras, pues. A pesar de lo radical del planteamiento, o quizá precisamente por ello, también le conviene a usted hacer un hueco para la audición.

domingo, 1 de febrero de 2026

Magnífico War Requiem por Currentzis

Vuelve a visitarnos Teodor Currentzis, un artista de inmenso talento al tiempo que uno de los más irregulares directores de orquesta que hayan existido. Yo diría que al mismo nivel que un Lorin Maazel, que ya sabemos que podía moverse entre la genialidad absoluta y el extremo opuesto pasando por una amplia gama de posibilidades. Tiene gracia que precisamente traiga en los atriles de su orquesta musicaEterna una obra de Maazel. Arreglada por el franco-americano, al menos: El anillo sin palabras, síntesis sinfónica sobre la Tetralogía de Richard Wagner que un servidor pudo escuchar en el Teatro de la Maestranza con Maazel himself en el podio.

Es también Currenztis un tío raro. Muy raro. Y fascinante. Le entrevisté hace muchos años en un piso que tenía alquilado en Madrid cuando dirigía -de manera admirable- el Macbeth verdiano. Habla bajo, transmite relajación y genera un clima de confianza. Tanto, que me atreví a confesarle lo poco que me gustaba su celebérrimo Réquiem de Mozart. Por su parte, el ateniense me dijo que sufría mucho, muchísimo. Creo que no era postureo. Hay una relación proporcional entre grado de dolor que albergan las partituras e implicación expresiva del maestro. Otra cosa son los resultados, claro. Lo que conozco de su Shostakovich, por ejemplo, se mueve entre lo magnífico y la referencia absoluta -Décimocuarta sinfonía-. Por eso mismo sospechaba que una página como el War Requiem de Benjamin Britten le tenía que venir muy bien. Efectivamente.

La filmación es del 7 de junio de 2024 y la ha subido a YouTube la propia Orquesta Sinfónica de la Radio de Stuttgart. No hay excentricidad alguna en su recreación. Tampoco especial creatividad. No descubre nada nuevo. Currentzis deja a la música hablar, y lo hace con total sensatez aportando un notable estudio de tensiones y mucha sinceridad expresiva. No siempre alcanza la mayor inspiración, pero el nivel medio es francamente alto y a veces llega a excepcionalidad. El trabajo con la notable formación alemana es bastante bueno, aunque me ha gustado todavía más el que realiza con los muy diversos coros congregados: me ha recordado a aquella maravillosa producción de The Indian Queen de Purcell que le vimos en el Teatro Real. Una pena que la toma de sonido, siendo muy buena, no ofrezca la gama dinámica extrema que la partitura demanda. 

Matthias Goerne tiene la voz ya gastada, pero no precisamente ("I knew you in this dark") su enorme sabiduría en el decir. Junto a él nos deslumbra el tenor Allan Clayton: voz hermosísima, perfecto estilo british, línea de canto sin fisuras y emotividad sin amaneramientos. Nada menos que Irina Lungu es la soprano: se podía esperar que se quedaría corta en una parte que demanda cierto peso vocal, pero a la postre está espléndida. 

En fin, la mejor en vídeo que conozco es también la mejor de todas, la de Pappano en Salzburgo, pero resulta difícil de encontrar. Esta que ahora comento queda solo un paso por detrás, a la altura de Nelsons y Rattle, y por encima del gélido Gardiner. Una cosa más: a Currentzis se le derraman las lágrimas en los últimos compases de la obra. Me pasó a mí cuando descubrí la obra, en directo y con Rostropovich. Y este último me dijo en la firma de autógrafos que le había ocurrido exactamente lo mismo. ¿Qué tendrá esta partitura?

Lahav Shani llega a lo más alto

Creo que fui uno de los primeros que en España escribió poniendo por las nubes a Lahav Shani. Ya me interesó en una primera entrada de junio de 2019, y ya en la tercera, publicada el mismo mes, llegué a decir "que podríamos encontrarnos, quizá, ante uno de los más grandes directores del siglo XXI". Han pasado seis años y medio. La interrogación la convierto en definitiva afirmación después de haber escuchado, vía streaming, el concierto ofrecido al frente de la Filarmónica de Berlín el pasado fin de semana, mientras yo estaba en Colonia. Mi padre -ochenta y ocho años recién cumplidos, por cierto- me había contado por teléfono que era una auténtica maravilla, y luego Ángel Carrascosa lo puso por las nubes en su blog. Yo no me quedo precisamente atrás en la valoración del evento.


Nunca me había gustado tantísimo esa breve maravilla que es La pregunta sin respuesta de Charles Ives, aunque solo la mitad del mérito es del joven maestro israelí: a él se debe el grado de intensidad creciente de las réplicas de las maderas, que estará en la partitura pero jamás había escuchado tan bien definido. La otra mitad corresponde a los artistas excepcionales que están detrás de esas maderas, a la trompeta y a toda la increíble cuerda berlinesa.

A tal cuerda, tal concertino principal. El japonés Daishin Kashimoto se atreve con el acongojante Concierto para violín nº 1 de Shostakovich y alcanza resultados excepcionales. Globalmente le supera el inmenso David Oistrakh, y quizá también lo haga Vengerov -ver discografía comparada-, pero tanto en lo técnico (¡qué tremenda la Cadenza del tercer movimiento!) como en la expresivo se encuentra a la misma altura que otros grandes que han abordado la página. La dirección de Shani, trazada con enorme solidez y de excepcional depuración técnica, me ha recordado a la que Barenboim le hizo al citado Vengerov en ese audio aún disponible en YouTube: tensa, antes dramática que atmosférica y de apreciable mordacidad. En perfecta sintonía el uno con el otro, Kashimoto y Shani nos entregan un primer movimiento muy notable -solo eso- y un segundo magnífico para luego pasar a una Passacaglia y un Finale de absoluta referencia. No es poco.

Nivel todavía superior en la Sinfonía nº 9 de Antonin Dvorák. Sí, han leído bien. En breve: no es la-mejor-versión-que-existe, pero sí que se ha convertido en mi favorita de cuantas he escuchado. Cuestión personal, claro: Lahan Shani hace con esta partitura lo que a mí me más me gusta, es decir, olvidarse del lirismo contemplativo, incluso de la sensualidad y de la ternura, para poner el dedo en la llaga y hurgar en ella. Interpretación altamente dramática, con frecuencia rebelde, llena de dolor y sonada con una aspereza digamos que eslava de lo más conveniente, pero no por ello descuidada -todo lo contrario- en lo que a belleza formal se refiere. De hecho, el dominio de los medios es tan absoluto que pocas interpretaciones se han escuchado tan soberbiamente planificadas con la presente.

El resultado es una especie de "Furtwängler de guerra", pero sin libertades en la agógica, con muchísimo mayor autocontrol y dosis muy superiores de refinamiento sonoro. Sí, ya sé que no se conserva ninguna grabación del mítico maestro alemán -la que hay es un fake como la copa de un pino-, pero quizá logre hacerme entender si les digo que esta recreación de Shani es algo así como una radicalización, con mayor técnica e imaginación de por medio, de las dos que nos dejó Istvan Kertész. No se parecen a las excepcionales de Celibidache en Múnich, y resulta muy distinta a la de Giulini en Chicago, otra de las más grandes. Mi favorita hasta ahora era la de Böhm con la Filarmónica de Viena. Ambas comparten la negrura del enfoque, pero la resolución de la idea es por completo dispar.

Concretar por movimientos es difícil. Decidido, directo al grano el primero, sin rastro de portamenti. Desolado, sin asomo de blandura el segundo. El tercero no necesita ser protobruckneriano como los de Kertész, pero por ahí van los tiros; el Trío es el único momento en el que Shani baja la guardia y nos deja gozar de la música, aunque no deje de aportar algún detalle inquietante.

¿Y el Finale? Voy a decir lo que jamás se debe decir, porque es una tontería: me parece muy, pero que muy superior al de todas las versiones en disco o vídeo que un servidor haya escuchado, que hasta el día de hoy son cincuenta -aquí discografía comparada-. La más rabiosa, implacable y dramática. La más sincera. La que por fin hace justicia al drama que se ha venido intuyendo en los tres movimientos anteriores. Y, mucha atención, la más increíblemente bien diseccionada de todas. Nunca se había percibido con semejante transparencia el entramado orquestal. Quizá tampoco se había tocado así de bien. ¡Qué técnica la de la orquesta y de la batuta! Bueno, esto último es un decir, porque el maestro dirigió con los brazos.

Pregunta inevitable: ¿es Lahav Shani superior a Klaus Mäkelä? David Hurwitz ha llegado a compararle a este último con un muñeco Ken de la Barbie: entiendo que la intensísima campaña de promoción, que aquí en España ha estado capitaneada por el aún poderoso Antonio Moral, llega a producir rechazo, y que debe de haber mucho dinero detrás del joven maestro, pero considero que el finlandés se encuentra lleno de talento. Ahí está su referencial Pájaro de fuego con la Orquesta de París, o esa soberbia Sinfonía alpina también en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín. Dicho esto, a Mäkelä se le han escuchado demasiadas cosas que solo están medianamente bien -la Nuevo Mundo, sin ir más lejos-, mientras que Shani parece ofrecer mayor regularidad y, sobre todo, un punto de vista interpretativo más interesante: la intensidad en la expresión por encima de cualquier otra circunstancia. El de Tel Aviv ha llegado ya a lo más alto en partituras de especial dificultad expresiva. Mäkelä, aun con técnica de batuta en absoluto inferior, aún no. Apuesto por Shani.

El Wagner áspero y agitado de Teodor Currentzis

Ya dije por aquí lo que opino de esa "síntesis sinfónica" conocida como El Anillo sin palabras que realizó Lorin Maazel sobre la...