Qué sonido, por dios. Qué mano izquierda en la Marcha fúnebre de Chopin. Qué dominio del silencio. ¡Y qué atrevimiento el de ofrecer un pianismo tan radical en su ausencia de concesiones! Escribiré reseña en dos o tres días, cuando se me pase el trauma.
Ya nos queda un día menos
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
domingo, 15 de febrero de 2026
El antisanchismo del odio
Magistral artículo el que hoy publica Elvira Lindo en El País. Me ha hecho recordar lo que me ocurrió hace unos meses con un crítico musical sevillano que creía amigo mío: justo el que escribe las notas al programa de XXXXXX XXXXXXX, sin ir más lejos.
Un día, no sé muy bien por qué, empezó a mandarme WhatsApps en contra del presidente Pedro Sánchez. No eran críticas lógicas y justificadas a su gestión, que haberlas (¡justificadísimas!) bien que las puede y debe haber en un sistema democrático. Eran palabras furiosas, salidas del odio más atroz. Lo de narcisista era lo más suave que soltó. De ahí hasta criminal, pasando por dictador, psicópata y no sé cuántas cosas más.
Le recordé que yo, pese a ponerle muchos reparos y a no considerarme "sanchista", entendiendo por tal admirador acérrimo y acrítico de su figura, ni a considerarle cosas tales como referente de la izquierda mundial -porque tela de aduladores hay por ahí, ya lo creo-, aplaudo su gestión global. Pero eso él ya lo sabía. Se trataba de tocarme las narices, de atacar a los que estas personas que tan maravillosamente describe la autora de Manolito Gafotas consideran su enemigo: los que no deseamos ver en la cárcel al líder del PSOE.
Le rogué repetidamente, les aseguro que con mucha educación, que parase de mensajear. Que no era el momento ni eran las formas. No lo hizo. Le dije que las críticas estaban muy bien, pero que ese tono no era precisamente el de lo que se supone que él era, una persona de izquierdas decepcionada por Sánchez. Finalmente le solté aquello de "venceréis, pero no convenceréis". Touché. En ese instante me bloqueó el teléfono, y desde entonces me evita todo lo que puede en el Teatro de la Maestranza. Ni las buenas noches, vamos. Debe de estar feliz con lo que ha hecho: ¡un enemigo más de la democracia bloqueado por los que somos verdaderos demócratas! Y luego hay que leerle sobre lo sensible que es la música de Schubert y tal... Así está el patio.
Aquí el enlace al artículo de Elvira Lindo.
Sonata para piano nº 2 de Chopin: discografía comparada
Como esta noche Arcadi Volodos hace la obra en el Maestranza, improviso esta comparativa sin tiempo siquiera para hacer una introducción. Vamos allá.
1. Block (DG, 1960). Michel Block no logró ganar el prestigioso concurso Chopin de Varsovia en 1960, pero recibió un premio especial otorgado a voluntad del mismísimo Arthur Rubinstein. El sello dorado se aprestó a realizar allí mismo este registro que nos muestra a un pianista técnicamente admirable y muy apasionado, pero también algo nervioso en los dos primeros movimientos y sin toda la elegancia que esta música demanda. Lentísima la Marcha fúnebre, contrastando en exceso con su sección central, que suena más rápida de lo habitual y se encuentra fraseada con tendencia a lo salonesco, por no decir a lo trivial. (8)
2. Benedetti Michelangeli (Praga Digitals, 1960). Live
en el Rudolfinum Praga donde un virtuosismo descomunal no viene parejo con una
idea expresiva coherente de la obra. El primer movimiento ofrece ímpetu, pero
resulta en exceso nervioso. El segundo parece seguir la misma línea, pero todo
el Trío está dicho con delectación y verdadera exquisitez. La marcha fúnebre no
tiene nada de atmosférica ni de ominosa, resultando más bien seca, implacable,
tremendista e incluso machacona, pero de nuevo la sección central, paladeada de
manera exquisita y haciendo gala de un increíble dominio del fraseo, es de una
poesía insuperable. En el último movimiento solo parece preocuparle alcanzar la
mayor velocidad posible, dando un resultado expresivo seco y aséptico. Sonido
discreto en SACD. (7)
3. Rubinstein (RCA, 1961). Elegancia, nobleza y virilidad bien entendida son etiquetas que asociamos habitualmente al arte del gran Rubinstein. Queda bien de manifiesto no tanto en un primer movimiento planteado con adecuado espíritu anhelante, aunque sin nada especial que destacar, como en un Scherzo sensacional, lleno de empuje bien controlado, portentoso en el dominio de la dinámica y con maravillosos rubatos marca de la casa, destilando la más sublime poesía chopiniana en el hermosísimo Trío. La marcha fúnebre resulta antes solemne que ominosa o dramática; es su sección lírica central donde el maestro puede dar lo mejor de sí: sin resultar del todo acongojante, se muestra delicada en el mejor de los sentidos, ofrece incomparable belleza en la sonoridad y está paladeada por los dedos del anciano con verdadera exquisitez. Muy limpio el Presto conclusivo. (9)
4. Gilels (IDIS, 1961). Esta precaria toma en vivo realizada en Moscú nos permite acercarnos a las maneras de hacer de un pianista de similar altura a la de Rubinstein, pero muy distinto. La sonoridad del de Odessa es mucho más robusta y maciza, también más poderosa, pero en contrapartida pierde maleabilidad. Su temperamento es altamente severo y dramático. Con él no hay, pese a la enorme concentración de su fraseo, concesiones a la delectación lírica. Por eso mismo el movimiento inicial resulta mucho más ardiente en los dedos de Gilels, como también un Scherzo que sale perdiendo en el Trío con respecto a su colega. La marcha fúnebre se encuentra mucho más cargada de pathos con Giles, de enfoque apreciablemente tenso y rebelde; como era de esperar, en la sección central no vuela con toda la poesía posible, pero aun así esta recreación es toda una experiencia. Abstracto a más poder el Presto conclusivo. (9)
5. Rubinstein (YouTube, 1964). Otra
vez Rubinstein. O sea, la más maravillosa mezcla de apasionamiento, elegancia
señorial, cantabilidad, belleza sonora y poesía. Hay recreaciones más
personales, más atentas a unos aspectos de la partitura u a otros, pero pocas
tan redondas e inspiradas. Ni siquiera la suya tres años anterior llega a
semejante altura. Por lo demás, el sonido es suficiente -al parecer, la
afinación ha sido corregida con respecto a la edición comercial- y la imagen
nos permite ver al genio pasando por las notas como si aquello fuese de una
simplicidad extrema. (10)
6. Ashkenazy (Medici TV, 1972). Armado de un sonido poderosísimo y de una agilidad digital pasmosa, como también de una formidable capacidad para el matiz, Ashkenazy nos entrega una interpretación que debe de impresionar al gran público por su vehemencia, su brillantez y su desarrolladísimo sentido de los claroscuros, pero que a la postre resulta un tanto “teatrera”, exagerada, de un apasionamiento excesivamente nervioso y postizo: a veces parece que está pensando en Rachmaninov, incluso en Prokofiev, más que en Chopin. Lo mejor terminan siendo el Trío del scherzo y la sección lírica de la Marcha fúnebre, cuando el de Gorki se remansa y logra dar salida a su sensibilidad poética. El movimiento conclusivo parece más virtuosismo que otra cosa. Correcto sonido monofónico, y buena filmación de Christopher Nupen. (7)
7. Perahia (CBS, 1973). Veintiséis
años contaba el pianista neoyorkino cuando realizó en Londres este registro. Se
entiende que su aproximación sea juvenil, fresca, poco interesada por la
gravedad o por las grandes densidades, aunque por ventura no cae en el error de
la trivialidad, como tampoco en el nerviosismo. Lo suyo es ofrecer virtuosismo
con sentido, apasionamiento controlado y comunicatividad, procurando no exigir
mucho al oyente sin por ello convertir la partitura en algo salonesco. Tampoco
en una cajita de música en los pasajes más íntimos, que nuestro artista recrea –Trío
del Scherzo– con particular inspiración poética e inconfundible sabor
chopiniano. (8)
8. Barenboim (EMI, 1974). No es
el sonido del pianista porteño, carnoso y robusto, el más chopiniano posible.
Tampoco su sentido de la brillantez –para que negarlo, una parte importante de
la personalidad chopiniana– el más desarrollado. Sin embargo, en los dos
primeros movimientos convence gracias a su admirable manera de combinar
apasionamiento y control, así como por su fraseo al mismo tiempo voluptuoso,
holgado y flexible. Triunfa por completo en una Marcha fúnebre lentísima,
concentrada a más no poder, cuya atmósfera particularmente lúgubre y llena de
congoja, aunque siempre sobria, da paso a una sección central de una belleza,
una emotividad –siempre amarga, por descontado– y una belleza humanística acongojantes;
la hondura reflexiva que sabe alcanzar en las notas está al alcance solo de los
más grandes genios del piano. Únicamente se queda algo corto en el Presto
conclusivo, poco adecuado por sus terribles exigencias en lo que agilidad
digital se refiere para las limitaciones del maestro en este terreno. Lástima
que la toma no sea mejor. (9)
9. Argerich (DG, 1974). Solo un mes después del registro de Barenboim, su paisana nos deja testimonio –con más satisfactoria toma sonora, realizada en la Herkulessaal de Múnich– de su visión de la partitura. No pueden ser más diferentes. Frente a las densidades sonoras y expresivas de Barenboim, su colega nos ofrece una lectura extrovertida, llena de garra, de electricidad y apasionamiento, brillante en el mejor de los sentidos, dicha con una agilidad y una fuerza comunicativa impresionantes, como también muy sutil en la agógica cuando ello es necesario. Eso sí, resulta algo irregular en su desarrollo, y quizá un punto superficial. Los dos primeros movimientos llegan con mayor inmediatez que los de su colega, pero el nerviosismo que caracteriza al toque de la pianista termina restándoles calidez al fraseo. La Marcha fúnebre, mucho más rápida que la de Barenboim, sustituye atmósfera por rabia y rebeldía, mientras que en la sección central, aun dicha con una concentración y una belleza sonora exquisitas, se echa de menos una dosis mayor de efusividad poética. En el brevísimo movimiento conclusivo, Argerich suaviza aristas y se centra en la variedad del color, ofreciendo así una visión protoimpresionista de lo más sugerente. (8)
10. Ts’ong (CBS, 1978?). Personal
e interesante, más que otra cosa, la del pianista de Shangai desaparecido en la
pandemia. Abundantes los juegos agógicos y dinámicos los de un primer
movimiento en el que, como tantos colegas, apuesta por el nervio para caer por
el nerviosismo; por momentos, incluso en la crispación. Gran agilidad y
brillantez la del segundo movimiento, cuyo Trío no funciona. Lentísima la
sección central de una Marcha fúnebre que se extiende hasta los nada menos que
10’27’’; en ella Fou Ts’ong toma algunas decisiones arriesgadas que la hacen
sonar muy impresionante, pero quizá también algo teatrera. El Finale es, más que
nunca, una verdadera miríada de notas. (7)
11. Pogorelich (YouTube, 1980).
Morbazo enorme este documento del concurso Chopin de Varsovia en el que Ivo “el
divo” fue eliminado, provocando aquella furiosa reacción de una Argerich que
proclamó a los cuatro vientos lo de “Pogorelich es un genio”. Visto desde la
distancia, parece incuestionable que su dominio del instrumento es apabullante:
el joven artista toca con una limpieza asombrosa, delinea una perfecta
arquitectura, despliega todos los colores y sabe descender a finísimos matices.
Otra cosa es la interpretación propiamente dicha, personal y libérrima. Los dos
primeros movimientos enganchan de principio a fin por ser una alucinante
demostración de cómo se pueden conseguir la máxima tensión y una arrolladora
fuerza expresiva sin perder lo más mínimo de control, aunque por momentos da la
sensación de que la fuerza que despliega resulta un poco aparatosa, como si no
se creyera la música a fondo. La impresión va a más en una marcha fúnebre que, decididamente,
no parece sincera: apabulla, pero no emociona. El cuarto movimiento nos deja
estupefactos: milagroso conseguir semejante claridad a tal velocidad. (8)
12. Pogorelich (DG, 1981). Poco
después de su discutidísimo y a la postre altamente beneficioso fracaso en
Varsovia, el sello amarillo se apresta a grabar con el joven rebelde esta Op.
35. Lo hace en la Herkulessaal de Múnich, justo en el mismo sitio donde la registró
Argerich, con una soberbia toma analógica que nos permite calibrar mucho mejor
que en testimonio televisivo ese sonido poderosísimo y macizo de un Pogorelich que
se decide a recortar las notas –las corcheas de la mano derecha, especifican
las notas de Gregor Willmes– en un primer movimiento que sigue siendo arrollador,
como también percibir en su justa medida la increíble planificación de las
dinámicas en la Marcha fúnebre o volver a caer rendidos de admiración por la
increíblemente minuciosa digitación del Presto conclusivo. Parafraseo a Pedro
González Mira: podrá no convencer, pero este señor toca demasiado bien como
para ignorar su trabajo. Hay que escucharlo. (8)
13. Ashkenazy (Decca, 1981). El
maestro ralentiza el tempo con respecto a la filmación con Nupen –pasa de
23’35’’ a 24’57’’– y ofrece ahora una Marcha fúnebre mucho más paladeada –de
8’02’’ se extiende hasta los 9’02’’– en cuya sección central consigue, por fin,
demostrar hasta qué punto puede sintonizar con el agridulce lirismo chopiniano.
Lo malo es que, a la postre, el problema sigue siendo el mismo: excesivo
nerviosismo y agresividad innecesaria, sobre todo en el segundo movimiento. La
toma, lógicamente, es muy superior. (8)
14. Pollini (DG, 1984). El
italiano ha pasado con justa fama por ser uno de los pianistas de digitación
más limpia de cuantos se han escuchado. Es cierto, y precisamente uno de los
grandes atractivos de esta grabación es percibir con total nitidez todo lo que
está escrito en la partitura, incluyendo los geniales garabatos del último
movimiento. Pero es que, además, en lugar de ese excesivo distanciamiento que
tantas veces encontramos en sus interpretaciones, hay aquí una perfecta
planificación de las tensiones armónicas y melódicas, valentía en los
contrastes sonoros, intensidad bajo el más absoluto control y mucha, mucha
convicción expresiva. Falta ese grado de sensualidad y de poesía íntima al que
el italiano siempre ajeno, como también un punto de espontaneidad que otorgaría
excepcionalidad a un registro en buena medida cerebral, pero aun así los
resultados son impresionantes. (9)
15. Uchida (Philips, 1987). Vehemente
y algo nerviosa –aunque sus tempi no se precipitan en absoluto– se muestra la
pianista oriental en dos primeros movimientos de la partitura, sin ofrecer una
especial riqueza en los matices ni de encontrar sintonía con el sonido y el
fraseo chopinianos; tal vez no sea casualidad que este sea su único disco
dedicado al polaco. Mejor el Trío del Scherzo y, sobre todo, la sección lírica
de la marcha fúnebre, en la que, aunque de nuevo sin terminar de encontrar el
estilo, sí que le es posible desplegar esa elegancia y ese lirismo apolíneo en
que suele brillar. Distanciado, incisivo y muy “moderno” el movimiento
conclusivo. (8)
16. Gavrilov (DG, 1991). La técnica de Gavrilov –no solo en lo que a dedos se refiere– es impresionante, pero la óptica expresiva no termina de convencer. Los dos primeros movimientos resultan en exceso angulosos, mientras que la Marcha fúnebre, increíblemente bien planificada en dinámicas y tensiones, no suena del todo atmosférica ni visionaria, como tampoco lo suficientemente emotiva en su bellísimamente tocada sección central. Al brevísimo Presto, dicho con insólita limpieza y subrayando aristas, le otorga un aire especialmente caleidoscópico que subraya su insultante modernidad. Soberbia la toma. (8)
17. Kissin (RCA, 1999). Desplegando un sonido y color riquísimos, ofreciendo una capacidad de matización infinita pero siempre sutil y evidenciando una concentración admirable, Kissin nos ofrece una absolutamente genial interpretación en la que se decide a subrayar el carácter visionario y alucinado de la página. El primer movimiento, en este sentido, ofrece es de una pasión tempestuosa sin perder –como le ocurre a otros– el control de la arquitectura. Decidido el segundo. Irrepetible el tercero, creativo a más no poder, terrorífico en las sonoridades, planteado con abrumadora y calculadísima tensión; emotividad, ternura y vuelo lírico infinitos en la sección central. El cuarto resulta más moderno que nunca. (10)
18. Grimaud (DG, 2004). Grimaud lo tiene todo: pulsación nítida a más no poder, sonido hermosísimo capaz de ir desde las más exquisitas sutilezas al fortísimo más atronador, fraseo extraordinariamente natural y cantable –aunque siempre tenso, sin laxitudes–, control soberbio de agógica y dinámica (¡qué increíble arranque el del cuarto movimiento!), enorme imaginación a la hora de aportar matices… En lo expresivo, su lectura sabe ser al mismo tiempo lírica y dramática, bella e intensa, delicada y valiente, conmovedora e intemporal. Cierto es que a la marcha fúnebre se le podría dar –en las tres secciones– una última vuelta de tuerca, pero globalmente el resultado es excepcional y se beneficia de una toma de verdadero lujo. (10)
19. Olejniczak (Narodowy, 2007). Janusz Olejniczak toca muy bien, extrayendo además ricos colores y una muy amplia gama dinámica del Erard de 1849, pero en los dos primeros movimientos, interpretados con un encomiable espíritu tempestuoso, el fraseo se ve lastrado en más de un momento por un exceso de nervio. Nada de eso ocurre en la Marcha fúnebre, concentrada y de asombrosa belleza lírica, más que dramática. En el breve Presto el instrumento ofrece unas texturas fascinantes. (8)
20. Barenboim (Blu-ray Accentus y CD DG, 2010). Haciendo
gala de un sonido cálido y musculado, de un toque poderoso mas no exento de los
más sutiles matices y de unos trinos asombrosos –nada mecánicos, llenos de
significado–, el de Buenos Aires ofrece una interpretación ortodoxa pero nada
salonesca, viril en el mejor de los sentidos, muy rotunda y valiente en el
segundo movimiento, sobria y llena de dignidad antes que desgarrada en la
marcha fúnebre. Lo más interesante es que, en lugar de subrayar los aspectos
más visionarios de esta música, se interesa por los paralelismos con Beethoven,
tanto en la sonoridad como en su hondo sentido trágico y filosófico. Sublime la
sección central del tercer movimiento y la enorme naturalidad, más “atmosférica”
que abstracta, del intrigante Presto conclusivo. La toma ofrece surround
auténtico y, por ende, recoge de maravilla la acústica de la sala, como también
los ricos armónicos del piano. (9)
21. Cho (DG, 2015). Es verdad eso de que hoy se toca mejor que nunca. El nivel del concurso Chopin lo deja claro: el flamante ganador de la edición de 2015, un Seong-Jin Cho de veintiún años, posee una técnica fuera de serie. Por todo, desde la belleza del sonido y su capacidad para modelarlo hasta el dominio de las dinámicas, pasando por limpieza digital, sentido del rubato y, muy particularmente, una regulación de la gama dinámica –no hablo de fortísimo y pianísimos, sino de todo lo que hay por medio– como pocas veces se haya escuchado. ¿Interpretación? De altura, pero irregular. Lo que menos convence es el primer movimiento: la agilidad y la efervescencia se ponen por delante de la elegancia, la nobleza y el carácter majestuoso que la música también necesita. Formidable el segundo, no solo porque la partitura encaja mejor con el temperamento electrizante del pianista surcoreano, sino también porque este se muestra más interesado por la evocación poética. Marcha fúnebre elegante más que densa, matizada con un sentido del “balanceo” muy atractivo; su sección lírica central vuelve a dar la oportunidad de que el joven artista demuestra su sintonía con el lirismo chopiniano. Soberbio el Presto conclusivo. Hay filmación paralela en YouTube con soberbia calidad de imagen. (8)
22. Perianes (Harmonia Mundi, 2021). Vale, de acuerdo con que una toma sonora sensacional, justo como la que luce este registro, puede hacer que una interpretación parezca mejor de lo que es, pero yo le escuché esta sonata a Javier pocos meses antes de la que la grabara y ya me dejó anonadado. Así que no, lo que hacen los ingenieros es que luzca en su esplendor una técnica pianística absolutamente descomunal, no ya en dedos sino en control del sonido, en capacidad para planificar, en respiración de los grandes arcos melódicos… Todo esto al servicio de una idea expresiva al mismo tiempo ortodoxa y valiente: respeto absoluto al estilo pero intentando conseguir al mismo tiempo el más alto grado de elegancia, equilibrio y belleza sonora sin que la pasión se resienta. Cuadratura del círculo. En este sentido, el primer movimiento es una lección magistral de cómo se puede jugar no ya con el rubato chopiniano, que también, sino con toda la agógica y la dinámica para matizar e incluso fragmentar aún más un discurso que ya de por sí es bastante quebradizo dando como resultado justo lo contrario, una interpretación que otorga absoluta lógica arquitectónica y expresiva a la página. En el Scherzo el de Nerva no se deja llevar por el temperamento; al contrario, permite que la música respire y se eleve con infinita poesía que sabe ser señorial, también íntima y evocadora, al tiempo que aclara las texturas de manera asombrosa merced a una prístina digitación. De antología la Marcha fúnebre: honda, atmosférica, reflexiva, pero en absoluto compungida o lastimera. El breve movimiento conclusivo me hubiera gustado más visionario. Perianes parece preferirlo ambiguo, también un punto sensual. Importa poco. Hay que decirlo, porque es verdad: versión de referencia junto con la de Kissin. (10)
sábado, 14 de febrero de 2026
Sonata D. 894 de Schubert por Volodos, año 2000
Mañana domingo Arcadi Volodos interpreta la Sonata nº 18, D. 894 de Franz Schubert en el Teatro de la Maestranza. Por eso acabo de ver una filmación de esta obra por el mismo pianista disponible en YouTube que se realizó allá por enero de 2000, y que he querido comparar con el registro en audio de Daniel Barenboim. Varias cositas.
Una. Rabia, rabia enorme por la circunstancia de que el corpus pianista de Schubert fuera relegado durante muchísimo tiempo. Vale, no es el de Beethoven. No es absolutamente genial y una de las mayores revoluciones de la historia de la música. El de Schubert tan solo es hermosísimo y poético a más no poder, se encuentra lleno de humanidad -ternura, felicidad, amor, dolor, rebeldía, miseria-, derrocha inventiva, nos habla en voz baja de tú a tú tocándonos en lo más íntimo, emociona profundamente y al mismo tiempo nos conduce a las más profundas reflexiones. Solo eso. Pero claro, aunque no sea música fácil de tocar, tampoco ofrece una escritura con la vistosidad de otros repertorios ni permite al intérprete-virtuoso de tradición decimonónica exhibir sus habilidades: aquí tienes que estar al servicio de la música, no al contrario. Si no, nada tienes que hacer.
Segundo. Menudo sonido el de Arcadi Volodos. Pura tradición rusa: repárese en que su maestro fue el ya mítico catedrático de Madrid, Dimitri Bashkirov. No es el más adecuado para Schubert, que necesita una sensualidad y morbidez especiales, pero tal es la técnica del artista que responde a la perfección a todas las demandas de la partitura.
Tercero. No estoy de acuerdo con que el pianista ruso, nacionalizado en francés y residente en España -algo nos habrá visto-, fuera al principio uno más de tantos virtuosos vacíos de contenido y volcados en el repertorio más espectacular para luego convertirse en un poeta de lo íntimo. Esta filmación es de 2000 y ya están ahí -primer movimiento- la lentitud, la espiritualidad, la desmaterialización que le hemos conocido en sus sublimes discos dedicados a Mompou y Brahms. También la concentración en el fraseo, el control de los medios y, sobre todo, el deseo de no convertir a Schubert en un compositor eminentemente amable, de un clasicismo mal entendido en el que todo tiene que sonar suave y melodioso: aquí Volodos aporta también una amplia gama de tensiones y contrastes. Me parece que, simplemente, ahora graba cosas que no llevaba al disco antes.
Cuarto. Me gusta todavía más la versión de Barenboim. Se suena más claramente a Schubert, cosa que, dicho sea de paso, no le ocurría al de Buenos Aires allá por los años setenta, todavía muy enganchado a Beethoven. Ahora bien, esta filmación de Volodos tiene ya la friolera de 26 años. Tengo la sospecha de que mañana podrá subir ese último escalón de lo notable a lo excepcional que aquí le falta. Y también de que no planteará el final tan jubiloso y animado, tan excesivamente juvenil; que se tomará las cosas con más calma, que dejará espacio para la efusividad y los matices poéticos. Ya les contaré el lunes.
viernes, 13 de febrero de 2026
Sensacional Midsummer de Britten en el Maestranza
Estaba cantado que este Sueño de una noche de Verano de Benjamin Britten que presentó ayer jueves el Teatro de la Maestranza iba a ser sensacional. La producción escénica del gran Laurent Pelly llegaba con excelentes críticas, y con la parte teatral resuelta con enorme altura ya el resultad global tenía que ser muy disfrutable. Lo que ocurre es que pensábamos que lo musical se quedaría en lo solvente sin más, cuando a la hora de la verdad este apartado también ha funcionado de maravilla.
Responsable principal de semejante triunfo fue un señor para mi desconocido que se llama Corrado Rovaris, de origen italiano y actual director musical de la Ópera de Philadelphia. ¡Menudo trabajo de foso! No solo trató con enorme depuración sonora -la orquestación es camerística, por lo que cualquier desliz queda muy en evidencia- a una Sinfónica de Sevilla transfigurada, hasta el punto de que bajo su batuta parecía otra. Lo importante es que al mismo tiempo consiguió excelentes resultados expresivos en una partitura que corre el grave riesgo de resultar sosa. No fue el caso: hubo dinamismo, chispa, desparpajo y comicidad, como también muchísima concentración, carácter onírico y -sobre todo- elevación poética. Los primeros atriles de la citada ROSS, entregadísimos, fueron perfectos cómplices del maestro, siendo de justicia señalar la stravinskiana trompeta de Fabio Brum, asociada al personaje de Puck. ¡Y qué decir de la Escolanía de los Palacios! Salvando un final del segundo acto en el que hubo problemas de afinación, las jovencísimas criaturas ofrecieron una actuación sobresaliente pese a la longitud extrema de su parte. Su directora Aurora Galán fue una de las grandes triunfadoras de la noche, con toda justicia. Creo que las madres también salieron orgullosas.
Nivel vocal medio-alto de apreciable equilibrio, lo que en una partitura "coral" como la presente resulta imprescindible. Lo menos bueno fue el Oberon de Xavier Sabata, refinado en el canto pero con poquita voz y tendencia a lo melifluo. Lo mejor, una formidable Tytania de Rocío Pérez, instrumento de fuste y línea de enorme solidez: su rol es el más "operístico" de todos, y brilló haciendo gala de una amplia gama de recursos canoros en su decisiva "aria". Muy bien las dos parejas de amantes: Michael Porter como Lysander -sustituyendo a David Portillo, que cantará las dos siguientes funciones-, Heather Lowe como Herminia, Joan-Martín-Royo como Demetrius y Aoife Miskelly como Helena. Sin fisuras el grupito de artesanos encargados del teatrillo final. Fue muy aplaudido el sevillano Juan Sancho, aunque con toda lógica el triunfo fue de David Ireland, un Botton muy bien cantado pese a una emisión seriamente perjudicada por la cabeza de burro. Sin problemas los duques, Tomislav Lavoie y Sian Griffiths.
Laurent Pelly propone un espacio oscuro sin apenas escenografía: estrellas, espejos y poco más. Como escribe en las notas del programa de mano, sugerir es mejor que mostrar. Cierto es, pero hay que sugerir bien, y él lo hace con una sensibilidad estética exquisita. Lo que se ve es hermosísimo, amén de imaginativo en el mejor de los sentidos. La atención los tres planos que ya estaba en Shakespeare -con otras tantas maneras de hablar perfectamente diferenciadas- y después pasa a Britten -tres sonoridades orquestales- encuentra su correlato también en la parte escénica. Se añaden, además, varias reflexiones metalinguïsticas sobre la que ya estaba en el original shakesperiano: el teatro de ópera como bosque de los sueños, como espacio de la libertad, como lugar en el que las pasiones se desatan y lo más improbable puede ocurrir.
En cualquier caso, lo mejor de todo fue la dirección de actores, cuidadísima hasta el más mínimo detalle, plagada de detalles que enriquecen situaciones y personajes, divertidísima cuando debe y llena de animación, pero no por ello proclive al mareo gratuito: el ajuste con la música es absoluto. ¡Menuda lección de cómo combinar creatividad y respeto frente a tantos registas empeñados en luchar contra la partitura por aquello de poner en primer término sus obsesiones o de llamar la atención. Sí, estoy pensando en el sevillano Rafael Villalobos, quien también debería aprender de Pelly y de su asistente Luc Birraux a la hora de obtener una respuesta escénica de los cantantes; todos, absolutamente todos los aquí congregados, se comportaron como actores profesionales, particularmete un David Ireland de desprejuiciada y necesaria ordinariez. Mención especial, especialísima, para la actriz Charlotte Dumartheray,que como Puck no tuvo que cantar pero si volar cabeza abajo y realizar toda clase de diabluras. La expresividad de su mímica es de absoluta excepcionalidad y contribuyó muchísimo a redondear una de las mejores funciones de ópera en el Maestranza de los últimos años. El público salió cansado -son tres horas-, pero visiblemente feliz de la representación.
Por cierto, el recital de Arcadi Volodos promete ser glorioso y se han vendido pocas entradas. ¿Qué demonios está pasando?
Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza
miércoles, 11 de febrero de 2026
Sonata para piano D. 960 de Franz Schubert: discografía comparada
¡Vaya fastidio! Estaba haciendo una discografía de la Sonata D. 960 de Schubert de cara al recital de Arcadi Volodos del próximo domingo y me entero esta misma tarde de que el artista ha cambiado todo el programa. Me quedo donde estoy, pues, y publico el resultado. No estará a la altura de lo que merece semejante obra maestra absoluta, pero al menos puede dar pistas de por dónde escuchar.
1. Kempff (DG, 1967). Nunca fue el mítico maestro alemán un
gran virtuoso; de hecho, aquí hay pasajes en los que se evidencia un fraseo
algo trabajoso. Tampoco fue un músico interesado por lo dramático o lo
patético, menos aún por lo desgarrado. Lo suyo eran la sensibilidad en el
toque, la elegancia y la melancolía. Por eso nos encontramos ante una
recreación serena, muy fluida y natural, francamente hermosa, pero también
parca en contrastes y poco atenta a la desolación de la página. El primer
movimiento lo aborda desde el equilibrio y la tristeza contenida, sin cargar las
tintas. Menos lento de lo habitual el segundo, muy bellamente cantado y
resuelto con apreciable lógica. Más amable y suave de la cuenta el tercero,
reservándose Kempff los contrastes y la valentía en el pedal para un cuarto de
admirable ortodoxia, pero solo eso. En definitiva, no estamos ante un viajero
que camina por un pasaje yerto camino hacia la nada, sino junto a un señor
mayor que nos cuenta sus confidencias íntimas, ya lejanas en el tiempo, junto a
una cálida chimenea. A la toma le va haciendo falta un nuevo reprocesado. (8)
2. Brendel (Philips, 1971). Interpretación apolínea en el buen sentido: muy hermosa y equilibrada, de expresividad íntima y recogida. No por ello exenta del amargor que la partitura demanda, pero sí es cierto que el pianista austriaco rechaza acentuar contrastes y se queda en una moderación que no termina de enganchar. En cualquier caso, resulta difícil no dejarse seducir ante la poesía de altos vuelos que logra en el Andante sostenuto, o por los múltiples detalles que, aquí y allá, revelan lo gran artista que es. (8)
3. Richter (Olympia, Salzburgo 1972). Richter puro de oliva –que diría Pedro González Mira– en un primer movimiento lentísimo, de largos silencios que pesan como losas, un fraseo cantable a más no poder y tan ricos como sutiles matices. El resultado es una recreación muy recogida –los siniestros trinos de la mano izquierda, perfectamente diferenciados en sus diversas apariciones, son una amenaza lejana más que un desafío inmediato– pero amarga a más no poder, tanto como lo es un segundo movimiento que mezcla desolación y humanismo como pocas veces se haya escuchado, todo ello servido con enorme belleza sonora, una enorme sutileza en la pulsación y un portentoso sentido del equilibrio. Muy lejos, eso sí, del distanciamiento expresivo de un Brendel: aquí las notas se encuentran cargadas de hondura trágica. Frente a semejantes lentitudes, el tercer movimiento lo aborda Richter con sorprendente efervescencia, incluso con un punto de distensión, aunque sin bajar la guardia en ningún momento. El cuarto está abordado con decisión, marcando bien los claroscuros sonoros y expresivos y cerrando la obra con un adecuado mensaje dramático sin dejarse llevar por el nervio ni el temperamento: el fraseo ofrece un control y una lógica impresionantes. (10)
4. Barenboim (DG, 1977). El primer acercamiento discográfico
del maestro porteño a esta partitura, aun evidenciando esa relativa falta de
afinidad con el sonido y la sensibilidad schubertianas que evidenciaba por
aquella época y conseguirá plenamente en su integral para el mismo sello, fue
ya espléndido. Cierto es que al primer movimiento le falta la mezcla de hondura
trágica y magia poética del increíble Richter, pero el Andante sostenuto, lento
y concentradísimo, es un verdadero prodigio. Imposible realizar una exposición
con mayor lógica constructiva, con una más minuciosa planificación de las
tensiones, con mayor claridad ni con un uso más sensible de las dinámicas,
planteadas con valentía sin perder el equilibrio clásico. Y no menos difícil de
superar, ya en lo expresivo, la combinación de cantabilidad, desgarro interno y
apasionamiento. Ortodoxo el Scherzo, fraseado con agilidad, frescura y sin
miedo a los claroscuros tanto sonoros como expresivos, justo como ocurre en un
Allegro ma non troppo conclusivo sutil en los matices, aunque no precisamente
exento de tensión y rotundidad en unos clímax muy encrespados. (9)
5. Arrau (Philips, 1980). Lejos de ofrecer la interpretación de corte lírico en él esperable, y aun sin renunciar a la máxima belleza sonora posible y a esa maravillosa cantabilidad que dominaba como ningún otro pianista, el chileno juega a discreción con la agógica –ya desde el rubato del mismo arranque– para ofrecer una lectura valiente y contrastada, llena de claroscuros sonoros y expresivos perfectamente integrados en el equilibrio que la partitura exige, pero dejando muy claro la desazón expresiva que marca la misma. Lo más personal e interesante viene en los dos últimos movimientos: el Scherzo no aporta vitalidad refrescante frente a los dos primeros, sino que se encuentra recreado con relativa serenidad, enorme vuelo lírico y no poco amargor, mientras que el Allegro ma non troppo que cierra la obra, de nuevo riquísimo en matices agógicos (¡qué increíble dominio del fraseo!), se encuentra marcado por la inquietud, el nervio controlado y el carácter dramático. No hay final feliz posible. (9)
6. Pollini (DG, 1987). Interpretación de muy alto nivel técnico
en la que la rebeldía resulta algo superficial, más de cara a la galería que
otra cosa, y en la que los pasajes más introspectivos no tienen toda la hondura
necesaria. El último movimiento, magníficamente realizado, no parece tener una
idea clara expresiva detrás. (7)
7. Brendel (DVD Philips, 1988). Como en su anterior grabación
en audio, una bellísima interpretación, maravillosamente cantada y
dicha con un gusto exquisito, dotada de su adecuado punto de amargor –segundo
movimiento- pero no muy interesada por los aspectos más dramáticos de la
página, que quedan un tanto desdibujados por culpa de la voluntad del pianista
austríaco de renunciar a los contrastes; en este sentido, y como era de
esperar, el primer movimiento se queda un tanto en la superficie a pesar de
estar maravillosamente hilado. Preciosa la filmación en el Great Hall del
Middle Temple de Londres. (8)
8. Lupu (Decca, 1991). Aun ofreciendo un sonido
particularmente rico, un fraseo muy flexible, apreciable imaginación a la hora
de ofrecer acentos y gran capacidad para cantar las melodías, el pianista
rumano traza una interpretación desigual que fracasa sobre todo en un primer
movimiento planteado con gran variedad de matices, una amplia gama dinámica
soberbiamente regulada y marcados claroscuros, pero incapaz de transmitir
desolación ni reflexión nihilista, como tampoco lirismo o emotividad. Ni
siquiera los trinos de la mano izquierda resultan amenazadores. Mucho mejor el
Andante sostenuto, llevado a este tempo y evitando por ende el ensimismamiento,
lo que por ventura no significa renunciar al lirismo acongojante ni a los
acentos dolientes, subrayados con valentía en las dinámicas. Muy efervescente
el Scherzo, de nuevo una demostración de imaginación y de sentido orgánico a la
hora de ir desarrollando la arquitectura, si bien resulta un poco más nervioso
de la cuenta. Problema este, el del nerviosismo, que lastra a un Allegro
conclusivo que se olvida del “ma non tropo”, aunque tampoco le vamos a regatear
a Lupu el carácter escarpado que otorga a los clímax, rematando en una coda
especialmente arrebatada. (7)
9. Staier (Teldec, 1996). Una vez acostumbrados a ella, la
sonoridad del fortepiano Johann Fritz de 1825 resulta muy interesante, porque
aporta colores y texturas por completo nuevos, llenos de sugerencias, aunque se
pierda homogeneidad con respecto a un piano moderno y en más de un momento
quede uno desconcertado. En cualquier caso, Staier tiene clarísimo su concepto
de un Schubert que sabe aunar elegancia y cantabilidad con una buena dosis de
amargor, de sentido dramático y de valentía a la hora de plantear los
contrastes sonoros y expresivos. En el primer movimiento los acordes de la mano
izquierda suenan particularmente siniestros, y por ende más contrastados que
nunca con el registro agudo en pianísimo, que suena en este instrumento onírico
e irreal. El segundo recrea de manera admirable el amargor de la música. El
Scherzo sabe ahondar en tensiones y amargores varios, alejándose de cualquier
trivialidad, mientras que el último ofrece pasajes dramáticos muy valientes sin
caer en el nerviosismo. Seguramente se podría pedir un toque más rico, variado
e imaginativo, aunque en cualquier caso Staier no es nada lineal y sabe matizar
agógica y dinámica. (9)
10. Uchida (Philips, 1997). Recuerda la japonesa a Richter en
el primer movimiento. No ya por la lentitud –que no llega a ser tan extrema,
claro está–, sino por la renuncia a los claroscuros, a los acentos apasionados,
la las grandes tensiones, para ofrecernos una lectura recogida, de equilibrio
rigurosamente clásico y enorme hondura emocional. La diferencia viene dada por
una menor dosis de negrura y una superior de belleza sonora: Uchida se decide
por lo apolíneo con todas sus consecuencias, y triunfa en su apuesta. El
segundo sí que se encuentra repleto de amargor, de desolación existencia
incluso, aunque de nuevo revestido de la más maravillosa tímbrica, el fraseo
más natural, la magia sonora más subyugante. Todo cambia –realmente parece
seguir a Richter– en un Scherzo muy vitalista, contrastado, que logra
equilibrar su efervescencia gracias a ese sentido del clasicismo antes aludido.
Al movimiento conclusivo, expuesto con apasionamiento bajo perfecto control y
una depuración digital exquisita, le vendría bien un poco más de reposo. (9)
11. Uchida (YouTube, septiembre 1997). Repetición de la jugada
unos meses más tarde de su registro en audio. Suena regular y no se ve del todo
bien, pero se ve. (10)
12. Kissin (RCA, 2003). La increíble magia del arranque, en el que la música parece salir de la nada, ya nos anuncia un primer movimiento genial en el que sutilísimos matices agógicos y –sobre todo– magistrales juegos con la gama dinámica, articulan un desarrollo orgánico, flexible y de aplastante lógica arquitectónica en el que toda la amargura de la página se pone en primer plano sin que se pierdan en ningún momento el equilibrio, la belleza y esa cantabilidad maravillosa que es tan esencial en Schubert, todo ello haciendo gala el pianista de un toque de increíble riqueza y de un dominio de la mano izquierda (¡tremendos los trinos!) difícilmente igualable. Pero todavía más asombroso es el Andante sostenuto, paladeado con extrema lentitud y concentración, riquísimo en acentos, negro y doliente como ningún otro. El Scherzo lo lleva Kissin con gran ligereza en el fraseo y la sonoridad, pero no en la expresión, llena de adecuados claroscuros; no se detiene mucho en lo que puede aportar el Trío. El Allegro ma non troppo sorprende en principio por una rapidez excesiva, pero al final el artista termina convenciendo gracias a la mezcla de ansiedad nerviosa y carácter tempestuoso del que impregna a la página, llena de acentos valientes que certifican un final en absoluto luminoso para la obra. (10)
13. Barenboim (DG, 2013-14). Tratándose del Barenboim de última
–o penúltima– época, se podría prever un primer movimiento lento, gótico y
siniestro, pero lo cierto es que el de Buenos Aires ofrece una recreación
decidida, de una pieza, magníficamente cantada y –eso por descontado– muy
atenta a los aspectos dramáticos de la pieza, si bien más desde una óptica
rebelde que desde la reflexión nihilista. El segundo está tratado con todo el
amargor que se merece, ofreciendo siempre el maestro –como a lo largo de toda
la interpretación– detalles de gran sutileza en el fraseo. En los dos
movimientos restantes Barenboim atiende plenamente su carácter ágil y animado
sin confundir esto con trivialidad ni descuidar acentos y contrastes que
revelen el trasfondo dramático, pero lo cierto es que no resulta especialmente
personal ni acaba de profundizar –Trío del Scherzo– en todas las posibilidades
que esta música ofrece con la inspiración deseable de un músico de su
genialidad. Excelente sonido en alta resolución. (9)
14. Benjamin Moser (Avi Music, 2014). El joven pianista
norteamericano apuesta por una interpretación de gran belleza melódica en la
que decide no cargar las tintas en los aspectos más negros, pero sin quedarse
tampoco en el distanciamiento ni la superficialidad. En este sentido, los
acordes de la mano izquierda en el primer movimiento no suenan terroríficos ni
amenazadores, sino como unos inquietantes truenos lejanos, mientras que un
fraseo reposado y de apreciable naturalidad desgrana la música desde una óptica
que sabe alcanzar el equilibrio entre carácter apolíneo y amargor interno. Algo
parecido se puede decir del segundo movimiento, de profunda tristeza sin ser
nihilista ni conducir a la congoja. En los dos restantes nuestro artista busca
el contraste con los anteriores optando por cierta efervescencia, aportando
energía, vitalidad e incluso –en el último– un tanto de nerviosismo, mas sin
perder de vista el carácter global de la sonata. Excelente sonido en el
streaming de alta resolución. (8)
15. Leonskaja (eaSonus y Warner, 2015). La excelsa pianista
Georgiana –un modelo de honestidad artística: jamás el sonido por sí mismo,
únicamente en función de la expresión– grabó dos veces el ciclo Schubert, una
para Teldec y otra para eaSonus. Los dos han sido editados en serie barata por
Warner. No sé cómo estará la del primero, pero esta interpretación de la D 960
que comento me es la que más me gusta de las que conozco. Su primer movimiento
parece una síntesis perfecta, por su intensidad y portentosa materialización,
entre todos los enfoques posibles: la negrura de su maestro Richter, la
nostalgia de Kempff, la mágica y honda serenidad de Uchida, el sentido orgánico
de Kissin… incluso el ímpetu teatral y combativo que veremos en Javier
Perianes, a quien incluso supera en valentía (¡qué tremendos acordes se marca
esta señora!) y rabia. El segundo es puro apasionamiento, pero apasionamiento
concentrado y de perfecto equilibrio clásico. Ágil, contrastado y con sutiles
matices el tercero, pasando así a un cuarto en el que, sin perder precisamente
ímpetu no sentido de los claroscuros, acierta por completo a no ir tan rápido
como la mayoría de sus colegas y a mantener la densidad del sonido pianístico,
tan macizo –imposible no pensar en Richter– como flexible. La magistral labor
de los ingenieros termina de convertir a este registro en referencial. (10)
16. Zimerman (DG, 2016). En las notas de la carpetilla Zimerman
hace referencia a las cualidades acústicas del auditorio japonés en que se
realizó –rodeados de nieve– la grabación, así como al uso por parte de los
ingenieros del sello amarillo de la tecnología de 32 bits. Se nota:
técnicamente, el registro es gloria bendita. También habla de las
modificaciones realizadas por él mismo en el teclado para lograr un sonido más
ligero y recortado que se aproxime mejor que un piano moderno “normal” a la
idea sonora que tenía Schubert, en una especie de “quiero ser medianamente historicista,
pero sin usar un instrumento de la época” por parte del pianista polaco.
También se nota en el resultado, claro, aunque puede que no a todo el mundo
agrade. A mí sí que lo hace, y tampoco seré yo quien ponga reparos a la
increíble manera de tocar de este señor, que logra deslumbrarnos por limpieza,
capacidad para regular del sonido y sensibilidad para los más sutiles matices.
Otra cosa es la interpretación propiamente dicha, un tanto desigual dentro de
su altísimo nivel de ejecución. Solo notable el primer movimiento, hermosísimo
y muy bien cantado, pero sin todos esos toques expresivos que permiten
diferenciar las diferentes secciones de tan dilatada página que sí le hemos
escuchado a otros artistas. Magnífico el Andante: insisto en que habrá a quien
no guste su manera de recortar determinadas notas, pero aquí nuestro artista logra
extraer el dolor que anida en la música son por ello desatender la exquisitez
en la exposición. Espléndido, muy bello y con algún detalle personal muy
interesante el Scherzo. Para mí el problema llega con el Allegro conclusivo, no
tanto por la velocidad como por la severa continuidad de un discurso que
Zimerman pretende ágil y contrastado, pero que no termina de mostrarse sincero.
(8)
17. Perianes (Harmonia Mundi, 2016). Sorprende que un pianista
usualmente apolíneo –en el mejor de los sentidos– como el de Nerva se vaya aquí
al lado opuesto para ofrecernos una recreación altamente dramática, teatral y
contrastada, en la que el “viaje de invierno” que proponen las notas no se ve
desde la cálida distancia de la vejez –Kempff– ni desde la metafísica –Richter–,
sino desde el aquí y el ahora. Aunque le quedasen semanas para fallecer,
Schubert era aún una persona joven cuando escribió esta música. Hay ansiedad,
rebeldía y combate. Lo interesante es que Perianes consigue proyectar todo eso
evitando los grandes peligros que tal aproximación supone: el nerviosismo,
falta de elegancia, desatención a la belleza sonora y, por descontado, ausencia
de equilibrio clásico. Esos ingredientes sí que se encuentran presentes en la
versión de Javier, tocada con pasmoso virtuosismo, fraseada con agilidad y
matizadísima en lo que a las dinámicas se refiere. Aunque le falta una dosis
aún mayor de efusividad poética propiamente schubertiana –quizá también una
mayor diferenciación de los trinos del primer movimiento– para alcanzar la
excepcionalidad, su realización se en encuentra muy cerca de las más grandes. La
toma –realizada en Granada– es espléndida, aunque la cercanía de los micrófonos
puede molestar. (9)
18. Pires (Stage+, 2023). Aunque generalmente no se haya mostrado la pianista lisboeta amante de densidades ni de negruras expresivas, tampoco no se le puede reprochar a su aproximación de trivial, amable o domesticada: además de ofrecer una sonoridad increíblemente hermosa y un fraseo natural, sensatamente flexible y pleno de cantabilidad, esta señora sabe marcar contrastes y poner acentos. De hecho, su Molto moderato le sale estupendamente por todas las virtudes antedichas, incluyendo no solo esa dosis de belleza que caracteriza su arte sino también gran valentía en la mano izquierda, sabiduría a la hora de diferenciar en lo sonoro y lo expresivo las diferentes apariciones de los “nubarrones” y una admirable mezcla de concentración y ansiedad. En Andante sostenuto no alcanza semejante inspiración, aunque sabe ofrecer el amargor necesario sin perder el carácter apolíneo que la música también demanda. Espléndido el Scherzo, dotado de impulso bien controlado, de claroscuros y de vida interior. Lo menos bueno es el movimiento conclusivo: aquí Pires no logra concentrarse lo suficiente, cayendo en unas ocasiones en el nerviosismo para en otras bordear –solo eso– cierta frivolidad. En cualquier caso, pianismo de mucha altura. La imagen 4K es de calidad y recoge con mucha belleza el peculiar espectáculo en el que se integró esta representación. (9)
domingo, 8 de febrero de 2026
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