jueves, 21 de mayo de 2026

Sinfonía nº 6 de Mahler: discografía comparada

ACTUALIZACIONES

21.V.2026

Se suben al carro Tennstedt, Bertini, Saraste y Dudamel.


19.VII.2024

Cuatro registros más: George Szell, Seiji Ozawa, Andris Nelsons/Viena y Lahav Shani.


12.VII.2022

Esta entrada se publicó inicialmente el 6 de septiembre de 2020. Añado ahora las grabaciones de Abbado/Chicago, Maazel/Viena y Boulez/Staatskapelle de Berlín. Esta última tiene para mí un cierto valor sentimental, porque poco más tarde escuché la obra en directo a los mismos intérpretes en La Scala.
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La Sexta es mi favoritas de las sinfonías de Gustav Mahler. Quizá debería especificar. La primera me gusta y me aburre a ratos hasta llegar al último movimiento, que me parece un monumental ladrillo. En la Segunda me atrapan el primer y tercer movimiento; bastante menos el resto. La Tercera me parece vacía y cursi, pese a las bellezas que contiene. Me gustan mucho Cuarta y Quinta. La Séptima me parece que va de lo genial a lo insoportable. Bastante trabajo me cuesta escuchar la Octava. La Novena me interesa muchísimo y la Décima me fascina irremisiblemente. Luego está La canción de la Tierra, claro: para mí, una de las obras maestras absolutas de toda la Historia de la Música.

Pero entre las sinfonías oficiales creo que la Sexta es la mejor de todas, aquella en la que el despliegue de medios, enorme, no es un fin en sí mismo sino una manera de conseguir unos determinados fines expresivos que, al contrario que en otras páginas del autor, resultan por completos sinceros. La "Trágica" no resulta, ciertamente, menos extrema en sonoridades y en estados anínimos, menos teatral ni menos contrastada que la mayoría de las del autor, ni deja de situarse en ese universo en el que lo culto y lo popular, lo refinado y lo vulgar, lo apolíneo y lo grotesco, la vida y la muerte se integran en un todo único e inclasificable. Pero sí que lleva todo ello a la práctica de manera mucho más convincente.

De la cuestión del orden de los movimientos internos ya los expertos mahlerianos han hablado bastante. Personalmente prefiero el orden Andante Moderato-Scherzo, pero no me parece en absoluto desacertado hacer Scherzo-Andante Moderato, que es lo que deciden maestros no precisamente desconocedores de este universo musical como Bernstein o Chailly. Este último aporta una interesantísima reflexión: si el Scherzo se coloca después del Allegro inicial, hay que hacer desde el podio un importante esfuerzo para diferenciar el carácter de ambos movimientos, lo que significa que hay que hacerlo todavía más virulento y alucinado de lo que es. Es precisamente por eso por lo que el firmante de estas líneas se decanta por la otra opción, y también porque creo que así la obra adquiere mayor lógica interna: el carácter demoníaco del Scherzo, su feroz y nihilista rabia, no sería sino consecuencia del dolor que brota a borbotones del Andante Moderato.

 

1. Horenstein/Filarmónica de Estocolmo (Unicorn, 1966). Una versión absolutamente idiomática y no exenta en absoluto de fuerza, garra y dramatismo, pero que sorprende porque la batuta se toma las cosas con calma, paladeando las melodías y desgranando con cuidado el entramado orquestal. En cualquier caso los dos primeros movimientos no llegan a ser magistrales. Sí lo es el Andante moderato, bellísimo y de desgarrador lirismo. El cuarto es impresionante, y aunque su clímax final pierde un poco de fuerza, su coda es particularmente terrorífica y abrumadora. Lástima que la orquesta se quede muy corta. (9)

 

2. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1967). Extrovertida, impetuosa y contrastada interpretación, muy alejada de lo decadente, que alcanza sus mejores momentos en un cálido y emocionante Andante moderato, pero que flaquea por un primer movimiento precipitado y con cierto tono festivo. Se echa de menos, además, un mejor análisis del entramado orquestal y mayor creatividad, así como una orquesta más segura. (7)



3. Barbirolli/Orquesta New Philharmonia (Testament, 1967). Justo un día antes de meterse en el estudio de grabación, Barbirolli y la orquesta de Klemperer ofrecieron en los Proms su particular visión de la obra. Pese a que el arranque parece anunciar todo lo contrario, los tempi son en vivo bastante menos dilatados que los del registro oficial de EMI –diferencia de dos o tres minutos en cada movimiento–, pero el concepto es el mismo, asombrándonos la manera que tiene el maestro de combinar holgura en el fraseo y una extraordinaria cantabilidad –memorable el Andante Moderato, ubicado en segundo lugar– con la tensión dramática que necesita la obra, atendiendo no solamente a las explosiones sonoras sino también, y mucho, a las atmósferas y texturas genialmente desplegadas por el compositor, siempre desde esa óptica dramática, oscura y opresiva que es de esperar en el maestro británico en este y en otros repertorios. Eso sí, las imperfecciones de ejecución propias del directo y, sobre todo, la muy discreta toma sonora –circunstancia inevitable en los Proms, al menos por aquellos años– deja este registro reservado a los mahlerianos más acérrimos y a los especialmente interesados en el arte de Sir John. (10)

 

4. Barbirolli/Orquesta New Philharmonia (EMI, agosto 1967). Ahora sí, en estudio y con una toma sonora de mucha altura para la época, Sir John logra plasmar perfectamente su concepto de la obra. Un concepto muy distinto a aquel del que hacía gala Bernstein en Nueva York tan solo unos meses atrás: frente a la espontaneidad, la frescura e incluso el goce de vivir, de escuchar y hasta de sufrir del que hacía gala Lenny en la primera –y menos madura– de sus aproximaciones discográficas, frente a aquél sensualísimo despliegue de hedonismo dionisíaco, aquí lo que nos encontramos es ante una aproximación despojada y rigurosa, sin rastro de emotividad pero cargadísima de tensión dramática ya desde un primer movimiento lento e implacable, voluntariamente alejado de la incandescencia épica, sin rastro de carácter festivo, lleno de malos presagios. El Andante moderato –ubicado por deseo expreso de Barbirolli en segundo lugar, aunque la primera edición en compacto hiciera caso omiso de esta voluntad– resulta tan intenso y lacerante como ajeno al humanismo panteísta de Bernstein. En el Scherzo se subrayan los aspectos expresionistas, sin cargar las tintas en la corrosividad y sin caer en la esquizofrenia: venir después del Andante moderato facilita las cosas en este sentido, pues no es imprescindible subrayar unos contrastes que de esta forma quedan bien marcados. El movimiento conclusivo, encendido, sin exhibicionismos y siempre bajo rigurosísimo control; implacables a más no poder, realmente escalofriantes, los redobles finales de timbal, que no dejan ni un solo ápice de esperanza. En cualquier caso, lo que más maravilla en esta lectura es el increíble trabajo de análisis orquestal que realiza el maestro: seguramente ni con Boulez se ha alcanzado grado semejante de claridad de líneas y de atención a las texturas como el que aquí realiza el maestro, siempre en perfecta complicidad con una orquesta en estado de gracia que suena en sus maderas (¡bien entrenadas por su titular Otto Klemperer!) y sus metales con una particular incisividad que, sin llegar a ser hiriente, no da lugar a concesiones ni a la belleza sonora ni a la brillantez más o menos retórica. En fin, una experiencia. La remasterización de 2020 es soberbia, pese a que evidencia el carácter algo metálico de la toma. (10)


5. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1967). El maestro de origen húngaro fue siempre un enorme intérprete de Mahler, y aquí lo deja claro en una interpretación no solo todo lo bien organizada, diseccionada y expuesta que era de esperable de la conjunción de su batuta con tan formidable orquesta, sino también llena de fuerza dramática, de sinceridad y de congoja, sumando a todo ello el adecuado componente de ironía. Una pena que el Andante moderato –en tercera posición– resulte intenso y lacerante, cierto es, pero también muy falto de ese carácter contemplativo, esa sensualidad y ese vuelo poético que también necesita. Buena toma en vivo, muy bien reprocesada en alta definición. (8)

 

6. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DG, 1968). No puede comenzar peor esta interpretación, no solo precipitada y nerviosa, sino también carente de fuerza. La sensación de amenaza y fatalismo que debe llegarnos ya en los primeros compases se ve sustituida por la histeria. Ni siquiera la naturalidad en el fraseo, la lógica constructiva que caracterizaba a ese gran director que fue Kubelik hace acto de presencia: todo el primer movimiento resulta atropellado y machacón, amén de escasamente matizado. A continuación viene el Scherzo: su carácter alucinado queda bien expuesto gracias a un soberbio tratamiento de las maderas, pero a la postre los problemas siguen siendo los mismos. Muchísimo mejor el Andante moderato: no se puede decir que resulte agónico ni visionario, pero aquí el maestro sí que puede desplegar su lirismo transparente, cálido y por completo ajeno a la afectación. En el Finale se alternan momentos francamente buenos con otros precipitados, incluso no del todo bien planificados: no se explica que al último gran clímax se llegue sin fuerza y tras él no se sienta el abismo. La orquesta, por su parte, lo pone todo en el asador, pero no puede disimular que su nivel –sobre todo el de los metales– no es en modo alguno el de hoy. Tampoco a la toma sonora, sensatamente restaurada en HD, logra ocultar sus deficiencias de origen. (7)

 

 

7. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1970). La ocasión ideal para que el maestro, totalmente en su salsa, hiciera rugir a la orquesta como nunca lo había hecho, lanzándose en plancha al caleidoscopio de ritmos y timbres propuestos por el compositor, acumulando decibelios sin el menor complejo, subrayando todas las aristas tímbricas posibles (¡virulentas a más no poder las maderas, increíbles los metales de la CSO!) y fraseando con una electricidad y una vehemencia implacables, todo ello con una furia y una ferocidad que convierten a esta obra más que nunca en una carrera al abismo. Ahora bien, que nadie se piense que esta es una interpretación lineal, plana o de trazo grueso, porque la flexibilidad en el fraseo y la riqueza de matices están garantizadas, por no hablar con la pasmosa claridad con que la batuta trata el complejísimo entramado orquestal. Tampoco anda escasa de concentración, porque aunque haya nervio en cantidad, Sir George sabe remansarse cuando debe, tanto en los pasajes líricos intercalados entre las grandes explosiones sonoras como en un Andante moderado –ubicado en tercer lugar– dicho con cantabilidad suprema e irresistible emotividad. Ni es una versión externa, porque la sinceridad de los sentimientos, arrebatadísimos, se pone por encima del deslumbrante espectáculo sonoro. Que un servidor, y probablemente la mayoría de la tribu mahleriana, nos quedemos con los logros irrepetibles de un Barbirolli o un Bernstein en esta partitura –ellos van con menos prisa, paladean mejor la música, atienden más a las atmósferas– no es menoscabo para que este registro sea un perfecto ejemplo del arte de un enorme maestro. (9)

 

8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1975-77). No creo que tenga nada que ver con las desigualdades de esta interpretación el hecho de estar grabada en dos años distintos, sino más bien con la personalidad artística de Karajan y su falta de sintonía con la música de Mahler. Ya el arranque nos pone en alerta: suena a banda sonora del Hollywood clásico. Efectivamente, el Allegro inicial resulta bajo la batuta del de Salzburgo, ante todo brillante y épico, por momentos luminoso e incluso triunfalista, también más rápido de la cuenta, en contraste con momentos líricos paladeados con esa placidez algo complaciente que tanto le gustaba al maestro. Pero de angustia y sentido de lo opresivo, nada de nada. El Scherzo se encuentra magníficamente tratado en sus aspectos más expresionistas, con virulencia e incisividad sin necesidad de caer y pintorescos de la página. El Andante moderato, siempre que se acepte un enfoque apolíneo, es espléndido: dicho con el tempo justo, enorme cantabilidad y subyugante belleza sonora, pero sin rastro del narcisismo, el amaneramiento o la languidez contemplativa que con semejante director podíamos esperar. El Finale es desconcertante a más no poder. Arranca sin suficiente fuerza, concluye sin negrura –aunque el “golpetazo” final es tremendo– y hacia el minuto 22 ofrece un clima épico de una brillantez exhibicionista completamente equivocada que recuerda al cuarto movimiento de la Primera sinfonía del autor; pero por medio hay tantos momentos de empuje, de tensión dramática, tratados con tal sentido del color y de las texturas, con pinceles tan exactos y capaces de toda clase de refinamientos bien entendidos, que uno no puede más que descubrirse ante el tremendo espectáculo sonoro propuesto por Karajan. (7)

 

9. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1976). Nueve años después de su grabación en Nueva York, Lenny repite al frente de una orquesta muy superior –y mahleriana al cien por cien– el mismo concepto. Es decir, un primer movimiento en exceso rápido –tanto como la otra vez: el resto de los movimientos se los toma con más calma– y con un punto festivo que no le conviene, pero globalmente una interpretación llena de extroversión y goce dionisíaco, apasionadísima, extremadamente sincera y comunicativa a más no poder, irresistible en el ritmo, riquísima en el colorido, capaz de ofrecer los contrastes expresivos extremos que pide la partitura sin caer en la esquizofrenia ni en el amaneramiento, atenta tanto al pasado romántico como al futuro expresionista, dicha de un solo trazo… Todo un huracán de emociones que alcanza su culmen en un memorable Andante moderato –en tercer lugar–, para después ofrecer un movimiento conclusivo que es puro fuego y no deja un momento de respiro: en su siguiente grabación con la misma orquesta lo dirá con mayor amplitud sin perder garra. En cualquier caso, lo que interesa es la posibilidad de ver a Bernstein en la que es una de las actuaciones escénicas –soberbia filmación en celuloide de Humphrey Burton– más memorables de su carrera. Ver cómo usa todo su cuerpo para explicar la obra –tremendo verle canturreando, al borde de la lágrima, en el Andante Moderato– es toda una experiencia. Por eso mismo, y aun viéndose lastrada por una toma sonora que no está a la altura, considero esta versión como la más recomendable para quien se acerque por vez primera a esta prodigiosa creación mahleriana. (9)



10. Kondrashin/Filarmónica de Leningrado (Melodyia, 1978). Lectura muy personal, viril y épica, ajena por completo a lo decadente, pero algo superficial y no muy dramática. El primer movimiento es rápido e implacable, pero se le puede sacar bastante más partido. El scherzo resulta caprichoso en los tempi, en general precipitadísimos, y además carece de sarcasmo. El Andante moderato es emocionante, sin que termine de olerse la tragedia. El cuarto está bastante bien, pero los clímax no son todo lo desgarradores que debieran. La orquesta es espléndida, y la toma bastante mejor de lo esperable. (7) 


11. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1979-80). Este es el Abbado de los buenos tiempos, lejos de las ligerezas, ingravideces y blanduras que lastrarán sus posteriores acercamientos a la partitura. Cierto es que su enfoque no posee especial carácter dramático ni apuesta por la visceralidad, pero la implacable tensión dramática que inyecta –siempre bajo un estricto autocontrol, nada de precipitaciones–, la convicción expresiva que desprende su batuta y el asombroso virtuosismo con que trabaja a la fabulosa orquesta –tremendo el Scherzo, colocado en segundo lugar– terminan ganando la partida. Gran sonido en el formato Dolby Atmos que ofrecen algunas plataformas. (9)

 

12. Maazel/Filarmónica de Viena (Sony, 1982). Era una “deuda histórica” que la Wiener Phiharmoniker grabara, más allá de los contados registros aquí y allá con diversos directores, un ciclo completo de las sinfonías de Mahler. Lo hizo con un Lorin Maazel convertido en titular de la Ópera de Viena. Los ingenieros del sello CBS no estuvieron del todo a la altura de las circunstancias, al menos en esta Sexta de magnífica ortodoxia, dramática sin necesidad de cargar las tintas, riquísima en la tímbrica, elegante y muy vienesa cuando debe –trío del Scherzo–, de gran intensidad en los clímax del Andante moderato, y negra a más no poder en la conclusión. Ya tendrá tiempo el maestro, en su ancianidad, de ofrecer lecturas más personales y abrumadoras. (9)


13. Tennstedt/Filarmónica de Londres (EMI, 1983). Los primeros minutos no solo atrapan: entusiasman. Es un placer escuchar un Mahler así, directo e implacable, por completo ajeno a preciosismos, chirriante en la sonoridad y con el dramatismo en los huesos. Por desgracia, poco a poco van quedando al descubierto algunas insuficiencias. El maestro atiende mucho más a la globalidad que al detalle, no realiza un análisis de texturas minucioso y en su fraseo se muestra en exceso inflexible, poco natural e incluso precipitado. Gusta mucho, en cualquier caso, lo expresionista del enfoque. Este se mantiene en el Scherzo, sin que el movimiento acabe de funcionar: sobran prisas y machaconería, faltan transiciones más cuidadas, se necesita un mayor contraste expresivo. De manera coherente con lo hasta ahora planteado, el Andante moderato no resulta particularmente bello, ni contemplativo ni sensual, ofreciendo a cambio una apreciable intensidad y picos muy lacerantes. Vuelta al expresionismo radical en el Finale, pero esta vez con un trazo más natural, sin atosigamientos y con altísimo voltaje dramático. La orquesta pone toda la carne expresiva en el asador, pero –vamos a reconocerlo– se queda bastante corta. Podría ser mejor la toma, quizá una de las últimas realizadas en el desaparecido Kingsway Hall londinense. (8)



14. Bertini/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 1984). Admirable siempre el Mahler de Gary Bertini: sensato, moderado en el mejor de los sentidos, directo al grano, por completo ajeno a excesos y blanduras, pleno de musicalidad y muy bien realizado. Todas estas características pueden percibirse en el movimiento inicial, modélico en este sentido aunque alejado del carácter visionario de las más grandes realizaciones. Viene a continuación el Scherzo, con el cual el maestro israelí no busca el contraste haciéndolo alucinado y expresionista. Más bien va lento, explora atmósferas, potencia las secciones poéticas y, de paso, aprovecha para realizar una disección magistral del tejido sinfónico. Hermosísimo, muy lírico y en buena medida panteísta, mucho antes que agónico, el Andante moderado. Muy bien el Finale, solo eso: al clímax ante de la sección conclusiva se le podría sacar mayor partido, como también a la disolución. Muy bien la orquesta, atendiendo el maestro de la manera particular a las posibilidades expresivas de la tímbrica. (9)


15. Sinopoli/Philharmonia (DG, 1986). Armado de un refinadísimo sentido del color y de un fraseo efervescente que en principio podría resultar muy atractivo, el maestro veneciano ofrece una interpretación desconcertante y extremadamente irregular en la que parece empeñado en ser más original que nadie. Una retención de tiempo por aquí, un regulador por allá, unas trompetas –entiendo que de manera voluntaria– gritonas e incluso destempladas, contrastes y expresivos extremos… Su apuesta por un Mahler esquizofrénico tiene validez, pero Bernstein lo hacía –por los mismos años– con muchísima más sinceridad, coherencia y fuerza expresiva. Con Sinopoli la discontinuidad es patente, sobre todo en un fallido primer movimiento. El Scherzo engancha a ratos, mientras que el Andante moderato –en tercer lugar– está llevado a tempo de Adagio (¡casi veinte minutos) y alterna pasajes de una cantabilidad y belleza conmovedoras con otros más bien lánguidos y narcisistas. Al final, y pese a su discutibilísimo arranque –violines amanerados seguidos de percusión desmadrada– el que sale mejor parado es el cuarto movimiento, sugestivo en su aristada tímbrica y dicho con refrescante comunicatividad; la lentísima coda se encuentra muy bien desmenuzada y resulta de lo más inquietante. Toma sonora portentosa. (7)


16. Bernstein/Filarmónica de Viena (DG, 1988). A sus setenta años de edad, un prematuramente envejecido Bernstein –solo le quedaban dos más por vivir– ofrece su más madura, coherente y redonda interpretación, una salvajada de emociones extremas en la que, frente a una increíble Filarmónica de Viena que pasa en segundos de las más angulosas aristas a la mayor dulzura y belleza sonora, da una verdadera lección de batuta –por todo: planificación horizontal y vertical, sentido del color y de los contrastes, dominio de las dinámicas, estudio de las transiciones– para explicarnos la partitura desde su visión eminentemente dionisíaca, hedonista en el mejor de los sentidos, visceral a más no poder, capaz de transfigurar lo que de vulgar, grotesco, sentimental o terrorífico hay en esta música con una sinceridad extrema y una comunicatividad y un apasionamiento irresistibles. A destacar, con respecto a sus recreaciones anteriores, un primer movimiento no tan festivo, más claramente feroz, aun sin renunciar al júbilo en su sección final. El Scherzo es ahora particularmente imaginativo y personal, regodeándose en las múltiples posibilidades del mismo aun mirando con descaro hacia el universo expresionista. El Andante moderato convence un poco menos que antes por comenzar de manera quizá excesivamente extática y autocomplaciente, si bien las tensiones se acumulan hacia un clímax lleno de grandeza. El Finale es lo más impresionante por su fuerza bien controlada hasta llegar a un tercer golpe de martillo –Lenny daba tres– implacable y a una coda lentísima y nigérrima. En fin, esta Sexta y la Quinta del año anterior son quizá los más grandes testimonios mahlerianos que dejó el maestro, lo que equivale a decir dos de los más grandes discos Mahler que existen. (10)


17. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1989). Un Mahler no personal, pero sí de admirable ortodoxia, brillante siempre, decadente solo en su punto justo y dicho con apreciable garra dramática, en la que solo se echa de menos una dosis mayor de visceralidad e inmediatez en los dos primeros movimientos (Allegro energico-Scherzo), quizá porque el milanés decide tomarse las cosas con cierta calma para desmenuzar todo lo posible el entramado orquestal, que gracias tanto a su batuta como a la asombrosa prestación de la Orquesta del Concertgebouw, suena con gran claridad, riquísimo colorido y la adecuada incisividad, esto último sin descuidar en modo alguno la tersura y la sensualidad imprescindibles. El Andante moderato es impresionante, emotivo a más no poder sin lugar a narcisismos, mientras que el Finale resulta, sin necesidad de cargar las tintas, verdaderamente demoledor. Modélica toma de sonido. (9)

 

18. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1992). Fracasa el maestro oriental en el primer movimiento, deslavazado y sin garra por mucho que se encuentre expuesto con toda la depuración sonora y sensibilidad tímbrica en él esperables. Tampoco en el Scherzo hay mucho interés por el sarcasmo ni la atmósfera opresiva. Muy hermoso el Andante moderato. Solo eso. El Finale posee unidad y buen trazo, pero al llegar al clímax que da paso a la disolución conclusiva la tensión se viene abajo. Buena toma en vivo. (7)


19. Boulez/Filarmónica de Viena (DG, 1994). El genial compositor francés nos sorprende relativamente con una interpretación que no solo se encuentra dentro de ese estilo sobrio y directo que le caracteriza, sino que también ofrece una apreciable intensidad expresiva –siempre bajo riguroso control, eso sí– que no relacionamos tanto con sus maneras. En cualquier caso, la lectura va de menos a más, quedándose algo corta en un Allegro enérgico impecable como estudio de ritmos, armonías y colores, pero no del todo implacable y no muy opresivo. Mejor el Scherzo, expresionista sin necesidad de forzar las cosas, amén de admirablemente diseccionado. En el Andante moderato viene el Boulez más insólito, el de la emotividad e incluso el vuelo poético, si bien muy ajeno a trasfondos filosóficos. Magnífico el cuarto, arrebatado sin llegar al desmelene, apartado de cualquier suerte de efectismo o de amaneramiento, trazado con decisión y muy directo al grano. Eso sí, la orquesta no le suena tan bella, suntuosa y brillante como con Bernstein, e incluso en algún momento aislado los violines llegan a decepcionar. La grabación no es todo lo buena que podía haber sido. (9)


20. Jansons/Sinfónica de Londres (LSO, 2002). El primer movimiento es tan correcto como rutinario e impersonal, echándose de menos garra y tensión interna. Sigue el Andante moderato, frío a pesar de que la batuta intenta aparentar pasión en el clímax, aunque al menos no es blando ni relamido. Al Scherzo le pasa lo mismo que el primero. El movimiento final es magnífico, atento a la claridad orquestal y sin efectismos, aunque pierde un poco de gas en la conclusión: los últimos compases deberían ser más cataclísmicos y siniestros. ¿Qué es lo que vieron tantas orquestas de primera en el bueno de Mariss Jansons? (7)

 

21. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 2004). Esta personal Sexta es un revelador muestrario de las admirables virtudes y los grandes defectos del Mahler de Abbado en la última etapa del maestro. El primer movimiento deslumbra por su asombrosa riqueza de colorido, su claridad, y su carácter comunicativo, pero se echan de menos densidad y carga trágica. La orquesta, aun tratándose de la que se trata, suena bastante menos densa de lo que suele debido a esa tendencia del maestro a aligerar tanto en lo sonoro como en lo expresivo, cosa que queda mucho más en evidencia en el arranque del Andante moderato, ingrávido, suavón y falto de carácter, aunque más adelante la temperatura se va caldeando y uno no puede resistirse a la gran cantabilidad con el que el maestro frasea las melodías: como recreación eminentemente apolínea del sublime movimiento puede valer, pero hubiera sido preferible sustituir el extremo refinamiento formal por una mayor intensidad expresiva. El Scherzo ofrece las mejores oportunidades de deslumbrar con una técnica de batuta portentosa, particularmente en lo que al sentido de las texturas se refiere. Lo mejor es el movimiento conclusivo, poderoso e implacable, además toda una exhibición de control sobre la orquesta, si bien su enfoque es antes combativo que nihilista: menos propensión a la aparatosidad y un sentido más desarrollado de la atmósfera fúnebre se hubieran bienvenido. La toma sonora impresiona en SACD por sus tremendos graves, pero hay que poner el volumen bien alto. (8)

 

22. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Channel Classics, 2005). El maestro de Budapest, siempre sólido pero rara vez interesante, nos ofrece una lectura rápida, intensa y muy bien encaminada, ajena a efectismos y a lo decadente, dentro de una óptica que no termina de convencer por resultar antes épica que dramática o fatalista, pero en cualquier caso bien resuelta. Pierde un tanto por la calidad de la orquesta, por cierta precipitación y por su tendencia a emborronarse. (7)

 


23. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Euroarts, 2006). Abbado repite su interpretación berlinesa con una orquesta, la de Lucerna, que por esas fechas no era tan buena como lo es hoy, y quizá acentuando los defectos de entonces. Particularmente discutible el enfoque excesivamente jubiloso del final del primer movimiento, y muy molestos los amaneramientos del trío del Scherzo. A olvidar. (7)


24. Haitink/Sinfónica de Chicago (CSO, 2007). El veterano maestro, lejos de epatar con recursos fáciles de tan superficial como insincero apasionamiento, planifica la arquitectura de tensiones con minuciosidad para que el discurso sea mucho más unitario, efectivo e implacable. Está además muy atento a la gama de matices dinámicos, desde el más inaudible pianísimo hasta el forte más atronador, pasando por una amplísima gama intermedia perfectamente estudiada. Y organiza con sabiduría los diferentes planos orquestales no sólo para garantizar la claridad en una obra de tan denso tejido, sino para también obtener unas texturas ricas y sugerentes que pongan de relieve el riquísimo sentido del color de la partitura. Las intervenciones solistas están matizadas con cuidado y acertada intención expresiva. Puntualizando un poco, los dos primeros movimentos resultan en exceso distantes e impersonales. Hay que admirar cómo se plantea el Andante Moderato, ni agónico ni ensoñado, sino con un punto de serenidad agridulce, más no blanda, llena de belleza trascendida. Y el Finale abruma por su enorme carga dramática. (9)

 

25. Gergiev/Sinfónica de Londres (LSO, 2007). Una recreación tan vistosa y extrovertida como superficial, vulgar y hasta hortera. La batuta se precipita con frecuencia, no diferencia las dinámicas, no ofrece matices expresivos y resulta teatral en el peor de los sentidos. Todo suena muy alto de volumen y muy arrebatado, pero en realidad no hay tensión interna ni fuerza dramática, sino acumulación de masa orquestal y decibelios sin sentido de la arquitectura, del fraseo ni del color. Sólo se salva el Andante moderato, aquí en segundo lugar, que al menos se queda en lo rutinario e impersonal. La orquesta está desaprovechada, y por momentos suena regular. (4)

 

26. Haitink/Sinfónica de Chicago (YouTube, 2008). Como en su registro en CD un año anterior, los dos primeros son de una arquitectura inmejorable y permanecen completamente ajenos al efectismo, pero resultan excesivamente distanciados. El tercero, siempre manteniendo una línea objetiva, es sin embargo muy emocionante, alcanzando un vuelo lírico realmente insólito para semejante enfoque, mientras que el Finale, sin ser especialmente visceral, está lleno de garra, dramatismo y tensión. Salvando algún percance propio del directo, la ejecución es portentosa. (9)

 

27. Boulez/Staatskapelle de Berlín (DG, 2009). Este registro solo se puede localizar en dos cajas grandes del sello amarillo, la dedicada a la formación alemana y la enorme con todos los registros que con él realizada el maestro francés. Boulez plantea el primer movimiento de manera decidida y directa, antes épica que trágica, deslumbrando con un estudio tímbrico ejemplar y un sentido del ritmo implacable, pero con espacio para la flexibilidad y el vuelo melódico. El Scherzo es un prodigio por el tratamiento de líneas, colores y texturas, aportando toda la incisividad que necesita sin necesidad de recurrir a la violencia ni a la esquizofrenia. En el Andante moderato, apreciablemente más rápido que en su versión en Viena, no se permite a sí mismo bajar la guardia: es hermoso e intenso, pero no hay espacio para la emotividad poética. En el Finale se aprecian irregularidades, aunque de nuevo el dominio técnico de Boulez se impone y disfrutamos de un espectáculo sonoro que, lejos de resultar superficial, se encuentra cargado de sustancia dramática. La toma, en vivo, podría ser aún mejor. (9)


28. Maazel/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray RCO, 2010). Armado de una técnica de batuta colosal que le permite ralentizar de manera considerable los tempi sin que la tensión se venga abajo, el anciano maestro deja a un lado el expresionismo para ofrecer una visión digamos que clásica, equilibrada, poco visceral, pero no por ello precisamente falta de comunicatividad ni de compromiso expresivo, porque toda la riqueza anímica propuesta por el compositor se encuentra aquí amalgamada en un universo sonoro perfectamente delineado tanto en la globalidad como en los detalles, y dicho con una belleza sonora que, siendo extraordinaria, no se cerca en ningún momento a la melifluidad o el preciosismo, ni deja de dar su espacio correspondiente a lo incisivo o a lo feísta. En cualquier caso, frente a una primera mitad en la que se puede echar de menos el nervio de otras aproximaciones, hay que destacar un Andante moderato –en tercer lugar– que alcanza un impresionante equilibrio entre elegancia, concentración e intensidad expresiva, y un Finale que, antes que cataclísmico, resulta particularmente sombrío y desprende un regusto muy amargo. (10)


29. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2011). Difícil ponerle alguna pega a esta soberbia interpretación: planificación perfecta tanto en la arquitectura global como en el detalle, tremendo dominio del ritmo, riqueza de color que se diría infinita –siempre con su punto de adecuada incisividad–, brillantez bien entendida… Y ganas, muchísimas ganas. Esta es una lectura incandescente, llena de verdad, de entusiasmo, de comunicatividad, pero sin que el ardor llegue al nerviosismo –todo está controlado al milímetro–, trabajando todo el espectro orquestal con trazo fino y sin deseos de epatar al personal por la vía rápida, como hacen otros directores famosos. Todo ello con una perfecta comprensión de la música del compositor, ofreciendo tragedia en grandes dosis, ciertamente, también sentido épico, pero atendiendo asimismo a su particular humor grotesco, a su aliento vital, a lo que de luminoso y de amor por la vida tiene también esta partitura, y al enorme vuelo lírico de un Andante moderato –aquí en segundo lugar– emocionante a más no poder y solo con una pizca del decadentismo que necesita: de melifluidad, de narcisismo y de caídas en lo otoñal no hay ni rastro ni en este movimiento ni en el resto de la interpretación, que consigue un perfecto equilibrio entre todas las facetas del universo mahleriano con la absoluta complicidad de una orquesta en estado de gracia en la que cada una de las intervenciones solistas son una verdadera lección de virtuosismo y acierto expresivo. Solo hay que lamentar que la toma no llegue a recoger toda la gama dinámica que la obra demanda. (10)

 

30. Pappano/Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia (EMI, 2011). Lo que distingue a esta interpretación es algo que quizá tenga que ver con la trayectoria del maestro como director de foso: su desarrolladísimo sentido de la cantabilidad, entendida ésta no solo como delectación melódica, sino también como una mezcla de sensualidad, vuelo lírico y apasionamiento. ¿Mahler va a la ópera? Algo así. A la ópera italiana, para concretar: Obviamente es en un Andante moderato –colocado en tercer lugar– dicho con gran vuelo poético, aunque poco agónico y no todo lo intenso que podía haber sido, donde esta circunstancia queda más en evidencia, pero no sólo en él. El maestro está atento a todos esos momentos de la partitura donde puede recrearse en la fuerza de la melodía, y lo hace sin caer en esos preciosismos ni esas ingravideces con que lo hacen otros directores. Muchos pasajes suenan casi nuevos. Hay otras virtudes importantes, como puede ser la atención a la atmósfera en el primer movimiento o el sentido del color de las maderas en el segundo, cuyo final está matizado en lo expresivo de manera original y muy acertada. Pero hay también dos graves limitaciones. Una es la discontinuidad del discurso: el primer movimiento está dicho con considerable –háganse una idea: 24'33 frente a los ya de por sí más bien lentos 21'20 de Barbirolli–, y aunque eso le permite explorar mejor los referidos recovecos góticos, la arquitectura se ve lastrada por cierta discontinuidad. En el resto de la interpretación, también tendente a la lentitud, las cosas funcionan mejor en ese sentido, pero ahí salta el otro problema: las limitaciones de una orquesta que en el último movimiento se las ve y las desea para estar a la altura. En él tampoco Pappano está muy inspirado: comienza con algunos efectismos y finaliza sin la suficiente garra dramática, intentando entremedias inyectar la frescura y el fuego que usualmente le caracterizan, pero sin terminar de dar unidad a la página. Toma en vivo no muy allá, con abundantes toses. (8)

 

31. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (DVD Accentus, 2012). El maestro vuelve a acertar al abordar a Mahler en el punto exacto entre el decadentismo y el expresionismo, sin renunciar a los extremos, pero también sin necesidad de caer en devaneos sonoros, aportando además una gran vitalidad, extroversión bien entendida y, sobre todo, un colorido increíblemente rico que apunta hacia la Segunda Escuela de Viena. Ahora bien, hay cambios que evidencian las nuevas maneras de hacer, en general a peor, del director milanés. Al imprimir mayor velocidad al movimiento inicial obtiene la inmediatez y garra que en la grabación de Ámsterdam no conseguía, pero a cambio pierde algo de carácter opresivo y no le da tiempo a diseccionar como antes el entramado orquestal. El Andante moderato, colocado esta vez en segundo lugar, está dicho con apreciable belleza sonora, pero no resulta tan intenso y sincero. El Scherzo es ahora muchísimo más rápido, adquiriendo un carácter demoníaco muy apropiado pero resultando más nervioso de la cuenta; la enorme flexibilidad de los tempi aporta un punto adicional de locura, pero le hace perder unidad. El director justifica tales decisiones en función del orden de los movimientos: al colocarlo en tercer lugar, hay que independizar sus tempi de los del primer movimiento y darle, a su vez, un carácter de danza macabra. En el Finale se alternan momentos extraordinarios con otros dichos de cara a la galería, como si Chailly buscase epatar con la opulencia sonora antes que con una minuciosa planificación de las tensiones, que aquí conocen serios altibajos. Incluso a veces la orquesta, espléndida sin llegar al nivel de la del Concertgebouw, suena con menos densidad de la apropiada, lo que es sin duda deseo de una batuta que en los últimos años anda en pos de la ligereza sin saber muy bien por qué. Imagen y sonido absolutamente sensacionales. (8)


32. Harding/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). El maestro británico ofrece un magnífico primer movimiento, ofrecido con decisión, de un solo trazo y sin el menor devaneo, siempre con un tratamiento claro e incisivo de los colores orquestales. El Andante moderato está francamente bien, sobre todo por estar dicho con amplio vuelo lírico carente por completo de blandura o melifluidad, si bien aquí se echa de menos un plus de emotividad de intensidad dramática. El Scherzo es soberbio, grotesco sin cargar las tintas en sus aspectos demoníacos, virulento sin acentuar su carácter expresionista y con algunos detalles personales que cuentan con la complicidad de unas soberbias maderas que saben intervenir con la adecuada retranca. El Finale es irregular. El tema lírico con que se abre, que aparece varias veces después, está tratado con un punto de blandura que llega a disgustar: debería ser más intenso y lacerante. Luego se echa en falta una atmósfera fúnebre más densa, más cargada de malos presagios, aunque el tratamiento tímbrico que la batuta realiza de estos pasajes es refinadísimo y subraya las conexiones con la II Escuela de Viena, particularmente con Anton Webern; cuando hay que poner la orquesta en la quinta marcha Harding vuelve a demostrar un pleno dominio de los medios y hace saltar chispas en una Filarmónica de Berlín que está gloriosa: los solos del final son los de unos verdaderos portentos de la música. Lástima que la toma sonora no ofrezca toda la gama dinámica y el relieve posibles. (9)


33. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Esta lectura me ha gustado bastante menos que la de los mismos intérpretes siete años anterior. La orquesta toca de manera superlativa y el maestro la maneja con una extraordinaria plasticidad, muy especialmente en lo que al tratamiento de las texturas se refiere. También sabe levantar la arquitectura con suficiente unidad y sin que haya caídas de tensión –cosa bien difícil en una partitura como esta–, y ciertamente frasea la obra con riqueza de matices y atención al detalle, sin espacio para la rutina. Mis reparos llegan más bien desde el punto de vista expresivo. Porque esta Trágica mahleriana no es, precisamente, del todo trágica. Además, Rattle parece mirar antes al pasado romántico que a la Segunda Escuela de Viena, opción esta última que es la que a mí más me gusta y me parece que subraya de manera más adecuada los valores visionarios de esta música. Así, las secuencias dramáticas del primer movimiento están bien planteadas, resultando los pasajes líricos entre ellas algo más suaves de la cuenta: al maestro le gusta recrearse en la belleza sonora. El Andante Moderato se encuentra cantado con amplitud, calidez y emotivo humanismo, pero la visión de la batuta resulta mucho antes consoladora que doliente. El Scherzo me parece un error: en lugar de optar por la virulencia expresionista, Sir Simon busca una tímbrica más bien sensual –así lo hace a lo largo de toda la interpretación– y se recrea sin complejos en los aires de lander. Que en el tratamiento de las maderas plantee un humor claramente socarrón, que no ambiguo ni siniestro, sirve de poco. El Finale es quizá lo más logrado, porque aquí no hay problema conceptual alguno y la conjunción de la enorme técnica del maestro con la excelsitud de la que en ese momento era todavía su orquesta hace milagros. (8)

 


34. Currentzis/MusicAeterna (Sony, 2018). Esta es una lectura intensa, rabiosa y visceral, marcadamente expresionista y de acentuados efectos teatrales, en la que se subrayan los aspectos más angulosos y no se deja espacio a las languideces, ni a la blandura lírica ni a esos insoportables portamentos con que a veces se trufa esta música. El maestro griego traza el discurso de manera decidida, renunciando a preciosismos pero no con ello al detalle; porque equilibra bien los planos sonoros, despliega un colorido de enorme riqueza y da instrucciones para llenar de significado las intervenciones solistas. Le pongo un 9 al Allegro energico inicial: decidido y vehemente dentro de un enfoque que acierta al ser más trágico que épico. Se puede estar en desacuerdo en cómo están aprovechados algunos pasajes o en cómo se resuelven determinadas transiciones, pero el resultado es espléndido. Un 9'5 para el Scherzo que viene a continuación. Como apuntaba Chailly, ubicarlo en segundo lugar obliga a la batuta a marcar diferencias con el movimiento precedente, lo que solo se puede conseguir llevándolo con rapidez y subrayando sus aspectos virulentos, que es justo lo que hace un Currentzis como pez en el agua cuando se trata de combinar lo grotesco con lo angustioso y lo nihilista; impresionantes los solistas en sus onomatopéyicas y mordaces intervenciones, y un acierto dejar de lado los aspectos pintorescos y distendidos del landler. Un 8'5 para el sublime Andante moderato, al que se le podría pedir más sensualidad y una poesía aún más elevada, pero que acierta al olvidarse de hedonismos sonoros para intensificar la lacerante, no poco nihilista emoción que desprende. Y un 8 para el Finale, volcánico y lleno de rabia, pero a mi entender no del todo sincero, incluso un poco más ruidoso de la cuenta: aquí Currentzis no se muestra solo teatral, sino también  teatrero. ¿Un 9 como nota final? Lo dejo en un 8: los músicos de la orquesta tocan como si le fuera la vida en ello, pero no pueden competir –la sección de metales no es la de Chicago precisamente– con los de las grandísimas formaciones que han registrado esta página. La toma ofrece claridad, cuerpo y relieve, mas no toda la gama dinámica posible; además adolece de cierto tinte metálico, que parece consecuencia de haber sufrido una ecualización en busca de mayor brillantez. (8)

 

35. Kiril Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2020). Pocas lecturas podrán escucharse tan increíblemente bien expuestas como la presente. Y ello tiene que ver tanto con el nivel de una Berliner Philharmoniker en el mejor momento de su historia como con la soberbia técnica de batuta de un señor que se conecta a la perfección con la orquesta y se entrega al cien por cien para obtener lo mejor de la misma. A nivel técnico, insisto. Porque en el plano expresivo me ha parecido un bodrio. Ya desde los compases iniciales queda claro que "ahí pasa algo": en lugar de sonar amenazadores, resultan más bien frívolos. Y no solo por la considerable rapidez de los tempi que Petrenko adopta a lo largo de toda la partitura, sino también, y sobre todo, por su deseo de restar contenido trágico. El primer movimiento resulta bajo su batuta soleado, jovial e incluso risueño, cuando no abiertamente festivo. Tanta brillantez puede enganchar, pero se queda en la superficie. Petrenko se decide por ubicar el Andante Moderato en segundo lugar. Y triunfa a la hora de hacer que la página suena ligera, transparente y bonita. Nada de pathos, de emotividad, de ese peculiar sentido panteísta y agónico que albergan estos magistrales pentagramas. La cosa mejora en el Scherzo: virulento, feroz, implacable en la rítmica, hiriente en los timbres, acertadísimo en las intervenciones de los solistas. El sentido de lo grotesco y de lo vulgar, esencial en la música mahleriana, está perfectamente captado. También es verdad que resulta demasiado rápido: Petrenko atosiga más por el tempo que por la tensión interna. Y se escora hacia lo ligerito, por no decir lo repipi, cada vez que se le presenta la oportunidad. En el movimiento conclusivo (¡por fin!) sí que se apuesta por lo ominoso y por lo dramático. El virtuosismo de la batuta obra prodigios, pero falta sinceridad. Se sienten los decibelios, no la rabia. Impactan los contrastes sonoros, mas no se genera la atmósfera ominosa y enrarecida que esta música necesita. Todo resulta agitado a más no poder, cuando debería ante todo ser inquietante, agónico y siniestro. También hay alguna frase en los violines de una blandenguería extrema, por no hablar de los excesos de un timbalero que se lo pasa en grande. (6)


36. Nelsons/Filarmónica de Viena (Stage +, 2020). Esta filmación, procedente del Festival de Salzburgo, va de menos a más y termina siendo –con diferencia– la mejor de las tres que ya tiene Andris Nelsons. El movimiento inicial se desarrolla sin nada en particular que destacar, siempre dentro de un alto nivel tanto técnico como expresivo: claridad en la exposición, desarrollo completamente lógico de las tensiones, ausencia tanto de blanduras como de efectismos y plena atención a los remansos líricos son las bazas que le permiten ganar la partida. Lo que ocurre, ustedes ya lo saben, es que no hay mahleriano que no tenga en la cabeza la visceral, tremenda locura que en su momento se montó Bernstein con la misma orquesta. Nelsons decide seguir –quizá sea la mejor opción– poniendo el Scherzo en segundo lugar: todo muy bien, sin necesidad de cargar la tinta en virulencias expresionistas, también sin deseos de resultar implacable, prefiriendo resaltar la excelencia de la escritura que escarbar en psicologismos. Está bien. Llega el crucial Andante moderato, y el maestro destapa el tarro de las esencias: hermosa, cálida y muy lírica interpretación que decide no hablarnos de angustias existenciales, pero tampoco cae en el tremendo error de convertir la sublime página en una sucesión de blanduras para hacer bonito. Lo contemplativo, así de bien hecho, puede convencer tanto como lo agónico. ¿Y el Finale? Nelsons ha reservado para él toda su energía y, aquí sí, ofrece una recreación tan arrolladora como controlada: claridad y atención son cruciales, pero la tensión y el sentido dramático se convierten en protagonistas de la función. La orquesta da lo mejor de sí y los resultados son excelsos. (9)


37. Saraste/Filarmónica de Oslo (YouTube, 2022). El primer movimiento es bueno: todo en su sitio, claridad suficiente y pulso bien sostenido, pero sin esa tensión interna y esa virulencia sonora que la música necesita. Eso sí, ni rastro de blanduras, preciosismos ni amaneramientos. Saraste coloca el Scherzo en segundo lugar. Le sale bien, solo eso: poco demoníaco y algo rutinario, aunque siempre dentro de un notable nivel de exposición. El sublime Andante moderato le queda frío. No sé si la intención es la de apartarse del Mahler pegajoso y en éxtasis de otros directores, o quizá simplemente intenta mirar al futuro antes que al pasado romántico, pero lo cierto es que tanto distanciamiento no es conveniente. Por fortuna, funciona muy bien el gran clímax del movimiento, no diré emotivo pero sí bien construido y de apreciable intensidad sonora, en el mejor de los sentidos. El nivel sube considerablemente en el Finale, magnífico todo él: ahí la intensidad dramática, el sentido trágico y la desesperación de esta música salen a flote sin que el maestro pierda las riendas. Todo calculado, pero manteniendo la frescura y la sinceridad que la música demanda, amén de obteniendo un soberbio rendimiento de una orquesta que no es de primera. Por cierto, hay tercer golpe de martillo. (8)

38. Shani/Filarmónica de Rotterdam (Medici TV, febrero 2024). Prescindiendo de partitura y sacando un muy buen provecho de una orquesta que dista de poseer las cualidades tímbricas y el virtuosismo de las más grandes, aunque con primeros atriles de admirable musicalidad, el aún joven maestro israelí –treinta y cinco años– deja a un lado ingravideces, amaneramientos y decadentismos para ofrecer una recreación directa, decidida y abiertamente dramática, cargada de electricidad y no precisamente exenta de esa virulencia tanto sonora como expresiva que la música demanda. Sobre, eso sí, cierta linealidad en un discurso que podría ser más rico e imaginativo, también más personal, y se echa de menos una dosis superior de esa sensualidad, esa calidez humanística e incluso esa termina que son imprescindibles a manera de contraste, particularmente en un Adagio que comienza algo dubitativo –única veleidad de la interpretación– y luego ofrece mucha vehemencia, pero escaso vuelo poético. La toma es formidable, superior a la media de las filmaciones en lo que a cuerpo sonoro y gama dinámica se refiere. (8)


39. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2024). Paradojas: aunque en líneas generales el Mahler de Dudamel se muestra deudor del de Bernstein, en la Sexta la interpretación del venezolano resulta más claramente romántica, mientras que el norteamericano, en su última y genial grabación de la página, miraba también hacia la Segunda Escuela de Viena para ofrecer una visión más poliédrica y atenta a la modernidad de la escritura. Coinciden, en cualquier caso, en la flexibilidad del fraseo, la incandescencia y el "calor humano" de la batuta, así como en su indisimulado hedonismo. Ofrece de esta forma el maestro un primer movimiento muy atractivo y de gran comunicatividad, con independencia de que nos desconcierten ciertas libertades agógicas –algunas muy sutiles, otras no tanto– y su tendencia a leer los pasajes líricos desde un cierto ternurismo, idea que consigue transmitir a la perfección a los soberbios, increíbles primeros atriles de la formación alemana. En el Scherzo juega a los contrastes, si bien parecen interesarle más los aspectos bucólicos de la página que los demoníacos. Como todo parecía apuntar, en el Andante moderato se decanta por la sensualidad y el lirismo panteísta. A mí no me acaba de entusiasmar esta opción, pero reconozco que resulta difícil resistirse ante el maravilloso sentido de lo cantable con que frasea la batuta, por no hablar de la ductilidad de una cuerda de ensueño. Felizmente, Gustavo se deja de devaneos en un Finale soberbiamente trazado en el que puede lucir de manera especial su dominio técnico de la orquesta. (8)

miércoles, 20 de mayo de 2026

Escuchar (sin ver) Nabucco en La Scala

Saqué la entrada que pude, una localidad de palco sin visibilidad a precio considerable. Pensé que iba a ocurrir como en muchos asientos del Teatro Real, que estando de pie todo el tiempo podría ver algo, pero no: solo haciendo terribles contorsiones pude enterarme muy ligeramente de la producción se ambientaba en el siglo XIX y de que la Netre sigue estando muy guapa. Experiencia a medias, por tanto, e incluso menos que a medias, porque ni siquiera pude seguir el ritual de los aplausos. Dicho esto, se trataba de Nabucco en La Scala, justo el mismo sitio donde se estrenó esta primera obra maestra de Giuseppe Verdi allá por 1842. No me arrepiento de haberme gastado el dinero. En la entrada, quiero decir, porque el viaje lo hice para ver arte, no por la música.

Me considero incapaz de decir casi nada sobre el elenco all-stars congregado. Luca Salci me pareció un Nabucco bastante solvente. Anna Netrebko me gustó muchísimo, pese a que en la cabaletta el maestro tuviera que ralentizar el tempo para que la diva rusa pudiera con ella. Francesco Meli fue un maravilloso Ismaele de la más sagrada tradición italiana. Me pasó un poco inadvertida Veronica Simeoni, Fenena oficial de los últimos tiempos. Por cierto, que a la pobre la pusieron calva en esta producción. Michele Pertusi hizo un insuficiente Zaccaria: este gran cantante debería jubilarse ya. Se le aplaudió por mera cortesía y con un poco de pena.

De lo que sí puedo decir algo es de la dirección de Riccardo Chailly, lo mejor que le he escuchado últimamente al desigual maestro milanés. ¿Cómo fue su Verdi? Pues miren ustedes, esta vez se dejó de experimentos con gaseosa y se olvidó de veleidades "históricamente informadas", lo que de paso significaba romper con la línea de interpretación verdiana que va de Toscanini a Muti y que prioriza la electricidad, el vigor rítmico y una cierta sonoridad "a banda" en el foso. Que sí, que esta es admirable y a mí mismo me gusta una barbaridad, pero Chailly se fue por otro camino. Algunos despistados dirán que hizo un Verdi germánico, por aquello de los tempi amplios y tal. Para nada. Hizo un Verdi latino, mediterráneo, maravillosamente italiano, lo que significa sensualidad, calor humano, mucha luz y, sobre todo, delectación melódica. La palabreja, aunque no exista, es cantabilidad.

Creo haberlo escrito alguna vez: el asunto consiste en frasear justo como cantaba Carlo Bergonzi. Y eso es justo lo que hizo Chailly. También ofreció sentido teatral, contrastes y todo eso, pero la plasticidad del tratamiento de la orquesta, la flexibilidad en el discurso horizontal, la lógica en el engarce de los diferentes números y el vuelo melódico se pusieron en primera fila. Durante buena parte del espectáculo entorné los ojos y me dejé llevar por la gloria bendita que salía del foso. Y por el descomunal trabajo del coro, que no se me olvide: en muchísima mejor forma que hace pocas décadas, las señoras y los señores del Coro del Teatro alla Scala firmaron una de las mejores recreaciones de Va, pensiero que un servidor haya escuchado. No la más dramática o patriótica, desde luego, pero sí la más plena de musicalidad. ¡Qué manera tuvo Chailly de bordar la conclusión!

En fin, como la función del 26 se retrasmitirá por La Scala TV, pagaré para ver cómo fue visualmente aquello. Y si no, esperaré a que haya edición comercial oficial, porque se ha anunciado que las cuatro primeras funciones conocen filmación. Por cierto, la fotografía la tomé cuando los señores que tenía delante me hicieron el favor de echarse a un lado a tal efecto. ¡Ojalá hubiera visto así de bien durante el espectáculo!

lunes, 18 de mayo de 2026

Claus Peter Flor en Milano

Aun sin conocer mucho de su discografía, tengo la sensación de que Claus Peter Flor (Leipzig, 1953) es uno de los directores más infravalorados de las últimas décadas. Las cosas que grabó para RCA, incluyendo un modélico ciclo Mendelssohn, se mueven dentro de una muy alta calidad, y lo que le he escuchado de tiempos más recientes también se mueve en un considerable nivel. Por desgracia, es muy raro encontrarle trabajando con orquestas de primera fila. Entre las europeas, tiene vínculos importantes con la Sinfónica de Milán, y precisamente poniéndose al frente de ella –en sustitución de Eschenbach– tuve la oportunidad de verle por primera vez en directo el pasado viernes 15 de mayo. Brevísimas líneas para comentar la velada.

Concierto para piano nº 5 de Beethoven en la primera parte. Dirección ortodoxa, sensata y convincente. Sin particular inspiración ni personalidad, pero muy bien. De kapellmeister de altura, por decirlo de otra manera. El joven Tom Borrow se encargó de la parte solista. En general tocó correctamente, y lo hizo con buen gusto y moderada inspiración, solo eso. Solvencia sin más: disfruté en mayor medida de la batuta que del piano. 

Sinfonía nº 4 de Anton Bruckner en la segunda parte. Me pareció relativamente flojo el segundo movimiento, con todo en su sitio pero sin la poesía ni la efusividad necesarias. El resto estuvo francamente bien, de nuevo a lo kapellmeister: pura tradición germánica en manos de un maestro con notable técnica, pleno de sensatez y muy musical. Logró levantar el edificio con suficiente continuidad –reparos solo en algún momento del desarrollo del movimiento conclusivo, de transiciones en exceso nerviosas– y mucha naturalidad en el fraseo, además de con perfecto equilibrio entre las familias. Tratamiento de la masa orquestal irreprochable en el estilo y muy hermoso en su sonido. La formación milanesa lo dio todo. Notable interpretación y pleno disfrute, pues, a pesar del calor insoportable que hacía en el auditorio.

Por cierto, mi entrada estaba en posición centrada de primera fila y no se beneficiaba de una buena acústica, pero al haber decidido el maestro colocar los violines en posición antifonal, pude percibir mejor que nunca determinados diseños que ponen en evidencia el portentoso, genial y altamente imaginativo diseño polifónico tejido por Anton Bruckner, a quien tengo desde hace muchísimos años como uno de mis compositores favoritos. Lo seguirá siendo.

domingo, 17 de mayo de 2026

De luto

Ha fallecido una de mis sopranos favoritas de todos los tiempos, Felicity Lott, aunque hoy he tenido la oportunidad de presentar mis respetos a otra persona ilustre del mundo de la lírica. Por cierto, Bérgamo es una ciudad increíblemente bella. 

jueves, 14 de mayo de 2026

Concierto para piano nº 5, "Emperador", de Beethoven: discografía comparada

Aprovecho el festivo que conseguimos en Jerez gracias a una cosa llamada Feria del Caballo -auténtico monumento al ruido ensordecedor- para marchar a Italia. Como espero escuchar a Claus Peter Flor dirigiendo el Concierto para piano nº 5 de Beethoven, he escuchado o repasado algunas interpretaciones de esta espléndida creación (¡aunque no tanto como el Cuarto, verdadera obra maestra!) que me permiten publicar una pequeña discografía comparada.

No está bien hecha, la verdad. Me centro en Barenboim y en Ashkenazy, cuando hay pianistas importantes como Backhaus, Serkin, Rubinstein o Arrau que grabaron varias veces la obra pero aparecen en la lista poco o nada. Tendrá toda la razón quien realice reproches, pero también es verdad que tiene considerable interés seguir a un mismo artista y ver cómo cambia su visión de una partitura con el paso del tiempo. Por otra parte, ni siquiera he podido incluir la totalidad de los registros de los dos citados. La discografía es ingente, y para terminar de estropear las cosas he decidido no subir algunos comentarios que se me han quedado anticuados (Gilels/Szell, Lubin/Hogwood). En fin, que me conformo con sugerir algunas pistas para ir adentrándose en este Concierto Emperador.

Ni que decir tiene que, como siempre, he reutilizado textos ya publicados con anterioridad, y que eso de las puntuaciones no se lo tienen ustedes que tomar demasiado en serio.



1. Schnabel. Galliera/Orquesta Philharmonia (EMI-Testament, 1947). Un año después de grabar el Segundo con Dobrowen y la misma formidable orquesta –que ya sonaba ya como tal: repárese en las maderas–, el mítico pianista austríaco vuelve a evidenciar su sintonía con Beethoven con una recreación adecuadamente viril y enérgica, rotunda cuando debe, pero también muy cantable y humanística en el fraseo. Por desgracia, como ocurría en la anterior ocasión, convence por completo en el segundo movimiento pero deja un sabor agridulce en los movimientos extremos, sobre todo en el primero: son demasiadas las frases dichas de manera un tanto superficial, sin concentración y ajenas a los matices. No ayuda la dirección de Galliera, en todo momento gran músico y evidenciando entusiasmo, pero carente de esa particular nobleza humanística que la partitura necesita. Buen sonido en Testament. (7)




2. Fischer. Furtwängler/Orquesta Philharmonia (EMI, 1951). Esta producción en estudio de Walter Legge, y por tanto con muy buen sonido para la época, nos trae a dos enormes artistas en un momento en el que no terminan de dar lo mejor de sí mismo. Por descontado, el nivel es muy alto: los dos saben perfectamente quién es Beethoven y coinciden a la hora de ofrecer una interpretación dionisíaca de la partitura. La formación londinense, por su parte, ofrece un nivel de ejecución impensable en directo por parte de las mejores orquestas de aquellos años. Sin embargo, Fürtwangler no aparece aquí todo lo concentrado que debería: en los movimientos extremos casi parece que nos encontramos ante el Furt de los años “de guerra”, tal es el ímpetu que los anima, mientras que el Adagio meno mosso –o sea, más lento que Adagio propiamente dicho– dista de estar paladeado con la serenidad y el vuelo poético que demanda. Edwin Fischer, estupendo de dedos, hace música de verdad y le pone muchas ganas al asunto, pero no ofrece la riqueza de matices que nos presentarán otros más adelante; incluso en algunos momentos –coda del movimiento conclusivo– se decanta por lo mecánico. Qué cosas. (8) 

 


3. Arrau. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1957). Por estas fechas ya Klemperer era el que todos conocemos: severísimo, granítico al tiempo que lleno de fuerza, desinteresado por la belleza sonora y volcado en el estudio de las grandes tensiones generadas por el enfrentamiento de bloques sonoros, por la armonía y el contrapunto. Pero también es verdad que su Beethoven aún estaba por alcanzar su más alto grado de genialidad en lo que se refiere no solo a la expresión, sino también en depuración sonora y –por qué no decirlo– en lentitudes al borde del precipicio. En este sentido, la presente recreación podría considerarse como una especia de borrador de la de estudio diez años posterior con Barenboim, si no fuera porque hay un aspecto que la diferencia de ella: una cierta frescura e inmediatez “del vivo” que nos retratan a un Beethoven más cercano, más humano incluso, que aquel del que estamos acostumbrados con el maestro de Breslau. En cuanto al solista, prefiero a este Arrau de 54 años que al Barenboim de 25. En parte se trata de una cuestión de madurez, pero no solo es eso. Es que don Claudio puede permitirse plantarle cara a Herr Klemperer e ir por libre, que es exactamente que hace ofreciendo un Beethoven que no es solo dramático, intenso y señorial, sino también profundamente humanístico, sensual y cantable, y por ello más dialogante con la orquesta y rico en significaciones. El joven Barenboim, aun rebosando talento, se limitará a seguir a pies juntillas los designios de Klemperer y a funcionar, en cierto modo, como una parte más del gran engranaje manejado por la batuta. Una pena que la toma, correcta para tratarse de un live, sea monofónica. (9)



4. Barenboim. Klemperer/New Philharmonia (EMI, 1967). Aquí el de Breslau ofrece ya una dirección por completo genial: rocosa, de arquitectura perfecta, llena de fuerza, pero dicha con naturalidad y una asombrosa grandeza espiritual. Lo mejor, un primer movimiento verdaderamente imperial, rotundo, poderosísimo más no por ello “romántico”, sino más bien del más marmóreo y severo neoclasicismo. Como lección de técnica de batuta, insuperable. ¡Qué manera de trabajar bloques sonoros! ¡Qué claridad! Y qué maderas las de la Philharmonia, dicho sea de paso. El segundo no es muy efusivo ni cantable; más bien doliente y de una concentración asombrosa. Opción discutible por unilateral, pero coherente con planteamiento de Klemperer. El tercero quiere ser épico. Quiere y lo consigue, siempre bajo los singulares parámetros del maestro de Breslau y, por ende, descartando todo “entusiasmo romántico” y manteniendo la arquitectura bajo un perfecto control; el encanto y la sensualidad quedan descartados. ¿Y Barenboim? Estupendo de dedos, denso en el sonido, concentrado en el fraseo, severo y reflexivo en la expresión, siempre en perfecta sinfonía con la batuta, pero sin la riqueza de matices, la flexibilidad ni la variedad expresiva de sus grabaciones posteriores. En definitiva, un piano “solo” magnífico y una dirección sensacional, única, quizá la mejor de todas. Soberbio reprocesado de 2023, que devuelve los graves a la toma y, por ende, los armónicos del sonido del piano. Aun así, hay distorsión tímbrica. (10)



5. Ashkenazy. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1972). Le viene muy bien el carácter sanguíneo, poderoso y vitalista del Emperador al temperamento de un Solti que sabe ofrecer al mismo tiempo impulso y control, perfección en el trazo global y depuración sonora extrema en los detalles. Y también en un Ashkenazy joven y dispuesto derrochar virtuosismo y entusiasmo, ya que no madurez ni especial atención a los matices. Los dos se quedan algo cortos en esa nobleza tan particular en Beethoven, pero triunfan sin problemas en un movimiento conclusivo que atrapa de principio a fin. La soberana excelencia de la orquesta redondea al alza el nivel de una fresca y muy disfrutable interpretación, que además se beneficia de una espléndida toma recuperada con excelentes resultados en alta definición. (9)



6. Rubinstein. Barenboim/Filarmónica de Londres (RCA, 1975). “Aristocrático” y “señorial” son dos adjetivos que habitualmente asociamos al arte de Arthur Rubinstein y que perfectamente podemos aplicar a este Emperador dicho con virilidad, elegancia, apropiado empuje en los movimientos extremos y cantabilidad por completo alejada de lo melifluo y lo narcisista en el central. Sin embargo el artista, que para los escandalosos ochenta y ocho años que tiene toca asombrosamente bien, no ofrece toda la variedad sonora y expresiva deseable en una figura de su categoría, e incluso no logra conferir –en absoluto por falta de técnica, sino por su manera algo entrecortada de abordar determinadas frases– la naturalidad y fluidez apropiadas a su discurso. Tampoco Barenboim da lo mejor de sí: muy influido por Klemperer en su manera de abordar esta obra –incluso en el tratamiento de las maderas–, ofrece una adustez y una rotundidad que casan bien con el concepto del pianista, pero todavía muy lejos de la variedad de concepto que alcanzará en años sucesivos dirigiéndose a sí mismo. En cualquier caso, notable interpretación que en su movimiento central, trágico y profundo, sí que alcanza la estatura que es de esperar en estos dos enormes artistas. Buen sonido cuadrafónico recuperado por Dutton. (8)



7. Weissenberg. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1977). Dirección muy propia de Karajan: bellísimamente sonada, rotunda y poderosa, desde luego brillante y comunicativa, pero también algo superficial, tendente a buscar los contrastes de grandes masas sonoras y la delicadeza antes que la emoción o la reflexión. En cualquier caso, una labor de alto nivel, cosa que no se puede decir de un pianista que no solo carece de línea y sonido beethovenianos y adopta una visión excesivamente ajena a conflictos, sino que además resulta escasamente matizada e incluso tendente a quedarse en un cuadriculado despliegue de virtuosismo. Que su agilidad sea incuestionable y sus trinos de una enorme limpieza sirve de bien poco. (7)



8. De Larrocha. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1978). Alicia contaba 55 años cuando realizó este registro. Mehta andaba por los 42. Entre ambos ofrecen una interpretación increíblemente bien tocada, musicalísima, contrastada en grado suficiente y, sobre todo plena de naturalidad, pero no exenta de desigualdades. A medio camino se queda el Allegro inicial, en el que el maestro de Bombay no frasea con la nobleza que la música pide y la pianista barcelonesa, pletórica de virtuosismo, tampoco termina de sacarle provecho a la música: otros colegas han ido más allá en lo que a matices se refiere. Maravilloso el Adagio, cierto es que más lírico de la cuenta pero dotado de la genial mezcla de belleza y humanismo que anida en la partitura beethoveniana. Irreprochable el movimiento conclusivo, en el que Alicia sabe no quedarse en lo mecánico y la batuta aprovecha para recrearse en el músculo que tanto le gusta sin renunciar al espíritu vienés que denota la formación del maestro. Formidable labor la de los ingenieros de Decca. (8)


 

9. Pollini. Böhm/Filarmónica de Viena (DVD DG y Stage+, 1978). Siempre fue grande el Beethoven de Böhm con los Wiener: apolíneo en el mejor de los sentidos, labrado en el más exquisito mármol pentélico –poco que ver con el granito de Klemperer–, elegante y distanciado en el mejor de los sentidos, pero lleno de fuerza y fraseado con una poderosísima concentración interior, amén de depuradísimo en el tratamiento de planos sonoros. Habrá quien prefiera aproximaciones más dionisíacas y humanas, pero en su línea los resultados son formidables. ¿Y Pollini? Como era de esperar, pulsación extremadamente limpia, aunque no muy variada. Fraseo tan elegante como parco en matices. Abstracción en el enfoque: aquí solo hay notas, una detrás de la otra. Para lo bueno y para lo menos bueno. En cualquier caso, encaja bien con el enfoque de la batuta y se aprecia una tensión interna que el pianista perderá con el tiempo. Diez para Böhm y la orquesta, ocho para Pollini. (9)



10. Lupu. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1979). Desde el inicio queda claro que este va a ser un Beethoven poderoso y con empuje, sobresaliendo el sonido muy musculado de la orquesta y la efervescencia de un piano que suena bullicioso pero con carne, directo en la expresión sin por ello olvidar sutilezas. Por eso mismo, a Mehta se le puede pedir una aproximación que no solo esté atenta al trazo global –extraordinario–, sino también a la riqueza de matices y a la variedad expresiva de un solista que se mueve a gran altura, particularmente en un sAdagio en el que demuestra su capacidad para cantar melodías mezclando sensualidad y reflexión humanística; menos bien en el primer movimiento, en el que podría sacar mayor partido a algunas frases, mientras que en el tercero se muestra todo lo sanguíneo y vitalista que debe. (8)


 

11. Benedetti Michelangeli. Giulini/Sinfónica de Viena (DG, 1979). Registrado para la televisión y luego editado comercialmente en audio por Deutsche Grammophon, este es un Emperador que puede fácilmente calificarse con la etiqueta de señorial: viril, refinado y elegantísimo, distinguido sin afectación alguna, equilibrado en todos los sentidos. Aunque también, precisamente por esto último, necesitado de un punto más de implicación emocional, de contrastes tanto sonoros como expresivos, de pathos en definitiva, para que esta música termine de ofrecer todo lo que puede dar de sí, sobre todo por parte de un pianista ante el que, en cualquier caso, solo cabe descubrirse por lo depuradísimo de su toque y lo concentrado de su fraseo. En cuanto a Giulini, siempre desde la misma óptica apolínea que el solista, derrocha nobleza en los movimientos extremos para destilar en el Adagio esa cantabilidad, esa magia sonora y esa poesía de altos vuelos solo al alcance de los más grandes. El vídeo en YouTube deja mucho que desear en calidad audiovisual, pero es gratis. Si pueden, escuchen la restauración a 192 hKz que circula por ahí. (9)



12. Ashkenazy. Mehta/Filarmónica de Viena (Decca, 1983). Si ya en su grabación con Alicia se percibía el pedigrí vienés del acercamiento de Zubin Mehta, aquí lo hace con mucha más intensidad. En parte, lógicamente, porque tiene delante a los mismísimos Wiener Philharmoniker, pero también porque su acercamiento ahora es menos sanguíneo y vitalista, más apolíneo, de manera especial en un tercer movimiento que puede decepcionar a algunas sensibilidades. Las virtudes de Ashkenazy son muchas, desde la riqueza del sonido hasta la naturalidad del fraseo pasando por la inigualable limpieza digital, pero su acercamiento se ha modificado sustancialmente desde los tiempos con Solti, y no para bien: si el primer movimiento, no el más matizado posible, posee suficiente empuje y se beneficia de una estudiadísima gradación dinámica del sonido, el segundo resulta más liviano de la cuenta y en el tercero se echan de menos tensión dramática y contrastes. Demasiado suave: parece claro que el de Bombay entiende mejor el “espíritu vienés” que el de Gorki. (8)



13. Barenboim. Filarmónica de Berlín (EMI, 1985). Librado ya del corsé tan genial como constrictor de Klemperer, el de Buenos Aires puede ser mucho más él mismo en esta recreación en la que su piano vuela con más libertad y fluidez, mayor belleza, más riqueza de matices y superior variedad expresiva. También ocurre así, en parte, porque su técnica se ha desarrollado de manera apreciable –dieciocho años no pasan en balde–, aunque aún tendrán que hacer su aparición esos increíbles trinos marca de la casa en su madurez plena. La dirección propia, con respecto a la que le hizo a Rubinstein, también parece haberse librado de la tremenda sombra klemperiana. No están aquí el pathos, la grandeza olímpica ni el carácter visionario del de Breslau –inalcanzable en el primer movimiento–, pero a cambio Barenboim ofrece una lectura muy cálida y humana, mucho más apegada a lo terrenal sin por ello ceder lo más mínimo a lo trivial; dirección que dialoga con el piano de tú a tú y ofrece un perfecto equilibrio entre lo apolíneo y dionisíaco que solo se rompe en un tercer movimiento maravillosamente sanguíneo. La toma sonora podría ser mejor para la época. (10)



14. Ashkenazy/Orquesta de Cleveland (Decca, 1986). Solo pasan tres años desde su grabación con Mehta, y el de Gorki ya está repitiendo. Quizá no hace mal: corrige algunas veleidades de aquella recreación -aunque sigue habiendo algún pasaje en exceso preciosista, sobre todo en el tercer movimiento- y ofrece, en lo que al piano se refiere, una lectura más equilibrada, quizá también más sabiamente matizada, dentro de una línea interpretativa que quiere priorizar elegancia y belleza sonora. Tomando las riendas de la orquesta, deja bien claro que su visión definitiva se aleja de lo heroico, de lo sanguíneo y dionisíaco, para ofrecer una visión apolínea en la que no hay demasiado espacio para conflictos y sí para la ensoñación. Quizá no sea lo preferible, pero hay que reconocer que la visión es válida y se encuentra muy bien realizada. El productor Andrew Cornall y el ingeniero Simon Eadon merecen mención especial: ¡qué toma más cálida, natural y equilibrada! (8)


15. Zimerman. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD y CD DG, 1989). Tan dionisíaco como suele, pero con el pleno control de los medios que le otorga su absoluta madurez interpretativa y en perfecto equilibrio con la belleza tímbrica de la incomparable formación austriaca, Bernstein sabe ofrecer una recreación todo lo sanguínea y comunicativa que debe ser, muy atenta a lo que la música alberga de encanto, de sensualidad y hasta de carácter lúdico, pero también de una extrema depuración sonora, enorme concentración y maravillosa cantabilidad. ¡Qué manera de levantar el vuelo poético en el Adagio! No encontramos la hondura filosófica de otros intérpretes, tampoco un universo de tensiones y claroscuros, pero sí que se nos ofrece frescura, belleza, comunicatividad y una capacidad de seducción como pocas veces se haya escuchado. Clasicismo puro el de este Bernstein tardío, con el equilibrio, la elegancia y el control en primerísimo término; pero no del levantado en mármol sino con carne, y dejando que la sangre por las venas. Junto a él se encuentra un Zimerman mayormente apolíneo, de sonido y estilo no del todo beethovenianos, sin la garra y el sentido humanístico de un Barenboim, pero de un toque tan increíblemente limpio, una capacidad tan grande para el matiz, una lógica tan meridiana para el fraseo, una valentía tan admirable para los contrastes y una musicalidad tan fuera de toda duda que no podemos sino quitarnos el sombrero. El sonido es admirable en el CD, no tanto en la filmación. (9)


 

16. Pollini. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1993). Quince años después de su registro con Karl Böhm, el pianista italiano repite virtudes e insuficiencia. Quizá ofrezca aún mayor limpieza, pero también resulta un poco más cuadriculado. Habrá quienes se fijen ante todo en la exquisitez en la exposición, mientras que otros lo harán en la escasa comunicatividad de su lectura. Abbado, por su parte, sigue el modelo Karajan buscando la mayor opulencia sonora posible, grandes contrastes y mucho refinamiento, aportando al mismo tiempo molestos detalles de preciosismo que son marca de la casa. A la postre, entre los dos artistas ofrecen un Adagio tan sensual y bello como insulso, vacío de contenido, y dos movimientos extremos que funcionan con apreciable vistosidad sin indagar mucho en los pliegues de la música. Toma en vivo algo difusa. (7)



17. Barenboim. Abbado/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts y Digital Concert Hall, 1994). Está aquí mejor Abbado que unos meses atrás con Pollini, hasta el punto de que uno de los pocos logros realmente indiscutibles de Abbado en el terreno beethoveniano es este Emperador vibrante, extrovertido, entusiasta y muy comunicativo, sonado agilidad como también con adecuado músculo, en el que la sinceridad de las emociones a flor de piel se pone por delante de esa obsesión por el sonido que ya por aquellas fechas era habitual en el maestro milanés. ¿Influencia de Barenboim? En su momento pensé que sí, ahora no lo creo: si cuando le tocaba actuar con ese ciclón llamado Argerich no se dejaba “contaminar” en absoluto pro la artista, tampoco tendría por qué hacerlo en este primero de mayo en Meiningen. Simplemente, en esta ocasión se encuentra más motivado. También lo parece un Barenboim aquí particularmente electrizante y encendido, pero no por ello menos natural, imaginativo y humanístico en su fraseo. Eso sí, se deja llevar un tanto por el directo y por momentos no alcanza la misma inspiración que en 1985 dirigiendo él mismo a la orquesta. Un nueve para los dos artistas, pues. (9)



18. Barenboim/Staatskapelle Berlin (DVD y Blu-Ray Euroarts, CD Decca 2007). Segundo y definitivo registro de Barenboim tocando y dirigiendo al mismo tiempo. De nuevo una interpretación ejemplar en el estilo y de elevadísima inspiración, pero no conforme con eso, el maestro se decide a plantearnos nuevas reflexiones sobre la partitura. De esta manera, el primer movimiento no resulta especialmente rebelde o encrespado, ofreciendo a cambio un asombroso vuelo poético. El segundo suena más amargo e inquietante de lo acostumbrado y, tras una transición de infarto, un final (¡aquí sí!) todo lo poderoso que se espera, rematando en una coda especialmente dionisíaca. La ejecución pianística puede que no sea impecable, pero posee un sonido beethoveniano a más no poder, es riquísima en el color, muy variada en acentos y está siempre totalmente llena de sentido humanístico. Impresionante la orquesta, tanto en su sonoridad global, bellísima, cálida y perfecta para el compositor, como en las musicalísimas intervenciones de los solistas. Sensacional el sonido en el Blu-ray multicanal, aunque a algunos melómanos puede que no les guste cómo está distribuido el surround. Para mi gusto, versión de referencia. (10)



19. Kissin. Colin Davis/Sinfónica de Londres (EMI, 2007). La dirección es amplia, clásica, muy hermosa, sincera, poderosa cuando debe, de enorme cantabilidad y, en suma, de admirable equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisiaco. Kissin toca increíblemente bien y matiza hasta el infinito descubriendo mil detalles nuevos con una creatividad pasmosa, pero sin caer nunca en la excentricidad. El tono general, por lo demás, sabe atender, como la dirección, tanto a lo lírico como a lo dramático, aunque falte un ultimísimo grado de profundización filosófica en la obra. Hay que escucharla. (9)



20. Uchida. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Dirección sensata, musical y muy comunicativa, desde luego en una línea más soleada que con claroscuros, pero un tanto ajena a las densidades expresivas propias del universo beethoveniano. Incluso también a las puramente sonoras, a pesar de contar con la orquesta más adecuada para este repertorio. Uchida toca con la limpieza y naturalidad que en ella son habituales, por completo ajena a lo mecánico o a lo superficial, pero en esta ocasión resulta extrañamente distanciada, excesivamente apolínea y por momentos inexpresiva. (7) 

 


21. Bronfman. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray Cmajor, 2011). La dirección de Nelsons es vitalista, teatral y de una fogosidad magníficamente controlada, apostando por la vertiente más épica de la obra sin desatender –aunque tampoco profundizando especialmente– en sus aspectos más filosóficos. Bronfman hace gala de un sonido poderoso y de un temperamento encendido que casa muy bien con el enfoque de la batuta, pero le falta una vuelta de tuerca a la hora de matizar el fraseo: resultando un tanto seco y lineal. La orquesta, absolutamente sensacional, hace subir puntos a esta en cualquier caso espléndida interpretación. (8)



22. Yundi Li. Harding/Filarmónica de Berlín (DG, 2014). El de Oxford se aleja de sus anteriores intentos por fusionar tradición e historicismo en Beethoven y ofrece una interpretación ortodoxa y sensata que, aun intentando evitar la ampulosidad y la pesadez, aprovecha plenamente el músculo de la orquesta y no tiene miedo de generar “claroscuros germánicos”. El problema es que no domina el idioma. Tampoco sintoniza con la página, que le resulta vistosa pero un tanto superficial. En cualquier caso, el problema de la interpretación es un solista de insuperable agilidad y asombrosa capacidad para regular la dinámica del sonido, pero considerablemente aséptico, cuando no rutinario e incluso mecánico, y por completo incapaz de destilar poesía. Lo menos fallido por parte de los dos artistas, el tercer movimiento. Toma sonora en alta definición con relieve, pero también de excesivos graves. (7)



23. Barenboim. Jansons/Sinfónica de la Radio de Baviera (YouTube, 2017). El de Buenos Aires demuestra sigue siendo, con diferencia, el pianista que más ha profundizado en esta música. Ahora lo hace con su propio piano, de bellísima y particularmente adecuada sonoridad, para ofrecer una interpretación que no le sale tan bien en algunos pasajes y que mejora, aunque pareciera imposible, algunos otros: tal es su capacidad para crear, para decir cosas nuevas. Y eso incluye un cambio de concepto en el Rondo conclusivo, ahora menos sanguíneo, más clásico y elegante. La verdad es que en él se echa de menos una dosis adicional de tensión interna, cosa que también se puede decir de un Mariss Jansons que, en cualquier caso, a lo largo de toda la obra se muestra muy centrado, sensato y música. Espléndida la orquesta, si bien no posee la belleza tímbrica de la Staatskapelle de Berlín ni se encuentra tan buen trabajada como esta. Por cierto, formidable calidad de imagen con que ha subido la filmación la propia ARD. (9)



24. Bezuidenhout. Heras-Casado/Orquesta Barroca de Friburgo (Harmonia Mundi, 2017). En sus notas de la carpetilla, Kristian Bezuidenhout afirma que para la ocasión se han corregido numerosos errores de la tradición que desfiguraban las intenciones originales del compositor; y también que solo haciendo uso de instrumentos y maneras HIP se puede hacer plena justicia a esta música. Pero a la hora de la verdad lo que este señor hace con Beethoven no es justicia, sino todo un ajusticiamiento. Siendo cierto que el instrumento utilizado, una copia de un Conrad Graf de 1824, tiene unas determinadas propiedades a las que un oído "tradicional" le cuesta acostumbrarse, y que puede hablarse de limitaciones –serias limitaciones– con respecto a un piano moderno, no es menos verdad que resultan responsabilidad del solista el toque escaso en variedad, el fraseo rígido, las carreras mecanográficas, los trinos cursis y las frivolidades varias que se nos ofrece Bezuidenhout. Algo parecido se puede decir de Pablo Heras-Casado, La aspereza en la sonoridad no me resulta desagradable; de hecho, me parece interesante. Y creo del todo conveniente que se potencien los aspectos "combativos" de la música beethoveniana, que es lo que intenta hacer en este Emperador. Pero me parece lamentable que con frecuencia el maestro se precipite, que el fraseo sea enjuto, que su teatralidad resulte exagerada y que ponga la violencia por encima de cualquier otra consideración expresiva. Por no hablar del modo en que el timbalero sobreactúa, siempre en primer plano y emborronando el equilibrio polifónico. La orquesta, eso sí, es espléndida, y el maestro obtiene un gran rendimiento de sus maderas. (3)



25. Zimerman. Rattle/Sinfónica de Londres (DG y Stage+, 2020). Esta vez Rattle se empeña en ofrecer un Beethoven moderadamente influido por la praxis historicista, pero sin tener muy claro qué metas expresivas quiere conseguir con ello. El asunto no le funciona, al menos en un primer movimiento de introducción desvaída, falto de unidad en el trazo y con demasiadas frases aéreas. El resto está bastante mejor, y no se puede negar que le pone ganas al asunto, pero las incoherencias terminan haciéndose patentes. El que está espléndido es Zimerman, muy en la línea de treinta y tres años atrás con Bernstein: apolíneo, un tanto risueño y ajeno a grandes conflictos dramáticos. Recomiendo la filmación en Stage+ por delante del CD: la filmación es espléndida y hay sonido Dolby Atmos. (8)

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