viernes, 12 de junio de 2026

Concierto para piano nº 2 de Chopin: discografía comparada

Como usted probablemente sabrá, el Concierto para piano nº 2 de Chopin fue en realidad el primero de los que escribió. Lo estrenó él mismo en marzo de 1830, cuando contaba tan solo veinte años. La bisoñez está ahí. También su escaso dominio del material orquestal. No es una obra maestra, pero sí una música bellísima en la que el piano recibe todo el protagonismo al tiempo que tiene que ser capaz de extraer toda la poesía que esconde entre las notas, de manera particular en un segundo movimiento que esconde verdadera pasión romántica en la que el anhelo y el dolor se mezclan irremisiblemente.

Como siempre, es necesario recordar que los puntos del uno al diez no tienen mayor significación: no es más que un juego. Lo relevante es descubrir qué es lo que puede descubrirnos sobre la partitura cada uno de los artistas congregados.

Son sus movimientos:

1. Maestoso
2. Larghetto
3. Allegro vivace


1. Rubinstein. Barbirolli/Sinfónica de Londres (EMI, 1931). Una auténtica experiencia viajar en el tiempo –soberbia la restauración sonora de 2020- y escuchar a un Rubinstein de cuarenta y cuatro años tocando esta obra con un fraseo de una intensidad y una flexibilidad extremas, verdadero fuego hiperromántico mezclado con esa particular elegancia que caracterizaba al arte del maestro polaco, pero no (¡ay!) sujeto al autocontrol, a la lógica de la arquitectura o a la sensatez. Ni siquiera a la musicalidad: aunque encontramos aquí y allá pasajes resueltos con la maestría que anuncian al genio, globalmente el artista fracasa al dejarse llevar por el temperamento e incurrir con frecuencia en la precipitación, en el nerviosismo e incluso en el exhibicionismo de cara a la galería. También el joven Barbirolli dista de convencer: su dirección es enérgica pero poco sensible, amén de escasamente depurada en el trazo, cuando no chapucera. (6)


2. Arrau. Jochum/Sinfónica de la RIAS de Berlín (Reference Recording, 1954). Andaba don Claudio cerca de cumplir los cincuenta y uno cuando ofreció este concierto recogido de manera discreta en toma radiofónica. Aún tendría que madurar más, darle una vuelta adicional de tuerca a las cosas, pero era ya un grandísimo chopiniano –sencillamente, nunca lo ha habido mejor que él– dotado de una técnica de esas “que no se notan”, una perfecta mezcla de apasionamiento y poesía, cantabilidad suprema y un insuperable dominio del estilo: el rubato chopiniano, la manera de jugar con la agógica en general, es de no dar crédito. Jochum dirige con exceso de empuje el primer movimiento y francamente bien en el resto. (9)


3. Ashkenazy. Gorzynski/Filarmónica Nacional de Varsovia (Decca, 1955). En la portada del vinilo original se presentaba a Ashkenazy como segundo premio de la quinta edición del Concurso Chopin. Toca de manera admirable, desde luego, y ofrece no pocos aciertos expresivos, pero interpretar, lo que se dice interpretar, lo hace de manera irregular: con prisas y escaso en poesía un primer movimiento tan solo aceptable, muy bien el segundo y francamente mal un tercero mecánico y dicho de cara a la galería. La dirección de Zdzislaw Gorzynski, buena sin más, destaca por su vehemencia. Por cierto, hay cortes en la partitura. Discreta toma en falso estéreo. (6)


4. Haskil. Markevitch/Orquesta de Conciertos Lamoureux (Philips, 1960). La orquesta toma un protagonismo que no le corresponde merced a una personalísima dirección de Igor Markevitch, por momentos genial –tremenda inmediatez dramática de la sección central del Larghetto– Zdzislaw Gorzynski, de vez en cuando violenta, incluso desencajada, electrizante siempre, pero a la postre poco adecuada al incurrir en la precipitación y no dejar que la música vuele. La pobre Clara Haskil se deja contagiar y ofrece una recreación más extrovertida que sensual en la que su fraseo, a pesar de ser elegante, cae más de una vez en lo cuadriculado. (7)



5. Ashkenazy. Zinman/Sinfónica de Londres (Decca, 1965). Segunda, y por desgracia última, oportunidad de Ashkenazy de dejar testimonio grabado en estudio de su visión de esta obra. Injusto. Está muchísimo mejor que diez años atrás, mucho más controlado, consigue un mucho más satisfactorio equilibrio entre pasión y poesía, matiza con más riqueza, pero aún no da la talla del enorme chopiniano que será más adelante. El tercer movimiento, la verdad, está dicho muy de cara a la galería. Parte de la culpa recae en la dirección de David Zinman, vistosa pero vulgarota. Toma en el Kingsway Hall menos buena de lo esperable a cargo del gran Kenneth Wilkinson. (7)



6. Rubinstein. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (RCA, 1968). Han pasado treinta y siete años desde su grabación con Barbirolli, ahí es nada. Este es otro Rubinstein, no ya distinto sino diametralmente opuesto al de antaño. Se fue el músico temperamental, arrebatado, falto de control y un tanto exhibicionista de entonces. Ahora tenemos a un maestro apolíneo, elegantísimo, señorial en el mejor de los sentidos, que sustituye la efervescencia por el equilibrio, la brillantez por la cantabilidad, el descontrol por la naturalidad, aportando además ese punto de elegancia viril que caracteriza su enorme arte. Podrán preferirse enfoques de mayores contrastes, pero el maestro hace música por los cuatro costados. Amplia y cálida, también un poco pesadota, la dirección de Eugene Ormandy. (8)



7. De Larrocha. Comissiona/Suisse Romande (Decca, 1970). Notable la pianista catalana, natural y muy flexible en un fraseo lleno de acentos sensibles, galantes pero también con salero, a veces con admirables hallazgos. Y no siempre en una línea sensual y perfumada, que es la que predomina, porque también sabe ofrecer pasión y toques dramáticos. Lástima que en el tercer movimiento haya pasajes en exceso virtuosísticos y que, en general, necesite un poco más de sabor chopiniano. Batuta enérgica, extrovertida, de gran inmediatez comunicativa pero algo tosca, con altibajos, contrastando su carácter musculado con la línea más noble y femenina de la solista. Orquesta con fagot no muy allá y metales algo pobres. La remasterización de HDTT no convence. (7)



8. Arrau. Inbal/Filarmónica de Londres (Philips, 1970). El chileno vuelve a dejar clara su absoluta sintonía con Chopin. Sabe ser lírico, elegante, íntimo y sincero a más no poder, pero encuentra también momentos para la pasión romántica perfectamente controlada. En cualquier caso, hay algún pasaje al que aún le podría sacar todavía mayor partido. Inbal dirige con energía, con ganas y con buen trazo, pero de manera algo expeditiva, algo cuadriculado y sin finura de trazo. (9) 

9. Rubinstein. Previn/Sinfónica de Londres (DVD DG y Stage+, 1975). Siete años desde el registro con Ormandy. Ochenta y ocho (¡qué barbaridad!) tiene ya Rubinstein. Toca de manera aceptable, algo mermado de dedos. La musicalidad excelsa sigue ahí, pero se nota cierta pérdida de concentración. ¿Se ha vuelto otoñal? En absoluto, aunque vamos a reconocer que al primer movimiento le faltan la tensión interna que esta música necesita. El resto, Chopin de muchísima altura. André Previn pone el colchón adecuado al maestro con tempi amplios, fraseo de gran cantabilidad, tensiones bien organizadas –mucho mejor en este sentido que Ormandy– y tanta atención a la globalidad como al detalle. La plataforma Stage+ recorta la filmación al formato 16:9. (8)



10. Argerich. Rostropovich/Nacional de Washington (DG, 1978). El maestro plantea una introducción más lírica que dramática, dando paso a una Argerich de fulgurante virtuosismo, pero eminentemente felina e innecesariamente agresiva. Todo parece apuntar a una colisión de temperamentos, pero lo cierto es que poco a poco ambos caracteres van convergiendo. Cuando llega el Larghetto, los dos artistas dan lo mejor de sí mismo y destilan la música con una cantabilidad y una poesía infinitas dentro del mejor estilo chopiniano. El tercer movimiento está francamente bien, pese a la consabida tendencia de la solista a dejarse llevar por el nerviosismo. La toma sonora podría ser mejor, incluso escuchada en Blu-ray Audio. (8)



11. Zimerman. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). Esta es una interpretación maravillosamente apolínea, elegantísima y de musicalidad exquisita, en la que sobresale un piano de digitación extremadamente limpia, rica pulsación, maravillosa cantabilidad y perfecta capacidad para emocionarse e incluso resultar lacerante cuando corresponde (¡qué Larghetto!) sin apartarse ni un pelo del equilibrio sonoro y expresivo por el que apuesta. Podrán preferirse interpretaciones más temperamentales y contrastadas, pero en su línea es de admirar. Giulini acompaña con enorme solidez y en perfecta sintonía expresiva con el solista, pero sin que la inspiración vuele por lo más alto. Procuren escuchar el reprocesado en alta definición. (9)



12. Pogorelich. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1983). El procedimiento del pianista es de una extrema pedantería: tiene que demostrar que él nos redescubre esta Op. 21 chopiniana, así que se dedica a cambiar todos los acentos sin ton ni son, sin la menor lógica expresiva, de tal modo que el fraseo resulta desarticulado, cuando no pretencioso o sumamente afectado –silencios eternos sin venir a cuento, pianísimos extremos solo por hacer bonito, etc.–, pero lejos de servir a la poesía que desprenden los pentagramas. Por si fuera poco, hay muchas frases en los que sustituye los excesos de imaginación por carreritas carentes de matices realizadas solo para demostrarle al personal que sus dedos son los más ágiles del planeta. Lo consigue, claro, pero a costa de que dichos pasajes suenan muy cuadriculados. Que Pogorelich toque de escándalo, que su gama dinámica sea asombrosa, que su paleta de colores parezca infinita o que haya, justo es reconocerlo, algunos momentos muy hermosos, sobre todo en el Larghetto, no justifican semejante cúmulo de despropósitos. Batuta un pelín más nerviosa de la cuenta, pero en conjunto muy fluida, vibrante, entusiasta y con admirables acentos dramáticos en el pasaje anhelante e interrogativo (¡genial Chopin!) del segundo movimiento. (6)



13. Perahia. Mehta/Filarmónica de Israel (Sony, 1989). Arranca vehemente el maestro indio, con ese músculo que tanto le gusta y un punto de contundencia. También con tendencia a un nerviosismo que le impide otorgar a la música la nobleza que necesita. Así las cosas, Perahia no termina de centrarse, y junto a un sonido muy bello, un fraseo suelto y muchos detalles de enorme clase, hay frases cuadriculadas y una cierta tendencia al virtuosismo superficial. Mejor el Larghetto, sobre todo en una sección central en la que los dos artistas despliegan vibrante garra dramática. El movimiento conclusivo comparte las virtudes e insuficiencias del primero. Grabación en vivo no muy allá. (7)




14. Pires. Previn/Royal Philharmonic (DG, 1992). Esta es la mejor Pires posible, la que hace gala de sus mejores virtudes sin caer en ninguno de sus defectos. La que sabe ofrecer un sonido de enorme belleza, asombrosa exactitud y pasmosa claridad, frasear aunando elegancia, delicadeza e imaginación –memorable cómo conjuga estos tres ingredientes en el arranque del último movimiento–, equilibrar todos los aspectos expresivos posibles de la pieza y, en definitiva, ofrecer la mejor de las lecturas posibles desde un enfoque mayormente apolíneo. Sí, apolíneo, pero sin resultar blanda, ni preciosista ni en exceso ensoñada, sino conservando un punto de sobriedad, distinción y carácter decidido, añadiendo además un suave toque de humor sofisticado –otros artistas, como Barenboim, lo prefieren más rústico y socarrón– que resulta adecuadamente salonesco en el buen sentido del término. Previn acompaña sintoniza plenamente con el enfoque de la solista, ofreciendo ricos matices poéticos y sabiendo mostrarse decidido cuando las circunstancias lo requieren. Falta por su parte un punto de mayor de intensidad y compromiso, al igual que por el de la solista algo de sentido humanista, de confesión íntima, de profundidad, que no se termina de intuir en medio de la asombrosa belleza sonora desplegada. (9)



15. Ax. Mackerras/Orchestra of The Age of the Enlightenment (Sony, 1997). En esta primera grabación con instrumentos originales el piano Érard de 1851 se revela como un instrumento formidable en manos de un Emmanuel Ax que toca divinamente, con sensibilidad y con estilo, sin que se evidencian limitaciones de ninguna clase y ofreciendo un enfoque de sensato equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisíaco sin escorarse ni hacia lo contemplativo ni hacia las carreritas de cara a la galería. A destacar particularmente su dominio de los aires de mazurca del tercer movimiento. La dirección de Mackerras es de enorme solidez y muy musical, si bien carece de la personalidad de que hará gala Haitink dos años más tarde cuando Ax vuelva a grabar la obra. Muy notable toma realizada en el Henry Wood Hall londinense. (8)



16. Argerich. Dutoit/Sinfónica de Montreal (EMI, 1998). Aun manteniendo su fraseo elástico, agresivo y contrastado, Argerich modera sus maneras y enriquece su toque para ofrecer una interpretación más plural y madura en la que, como en la ocasión anterior, lo mejor es un Larghetto de admirable poesía. Su exmarido es todo profesionalidad, rigor y sensatez, si bien el primer movimiento resulta un poco más nervioso de la cuenta y carece de la hondura que necesita. Lástima que la toma, aun muy notable si se escucha en Atmos, se enfrente a una acústica muy reverberante. (9)



17. Ax. Haitink/Filarmónica de Berlín (DVD TDK y Digital Concert Hall, 1999). Ya desde los primeros compases queda claro que este Haitink se muestra bastante más implicado de lo que suele. No es que renuncie a su proverbial objetividad ni a ese punto de distanciamiento expresivo que le caracteriza. Lo que hace es aportar mayor tensión interna, convencer a la orquesta para que toque con fuerza, garra y convicción sin necesidad de inventar nada. Menos aún de incurrir en las blanduras y preciosismo inútiles que atraparán a Zimerman tres meses más tarde cuando se atreva a dirigir la página. Puede que el enfoque de Haitink resulte un poco más severo de la cuenta, pero a la postre parece ideal para un Emanuel Ax que también busca apartarse de la imagen tradicional de un Chopin delicado para apostar por lo que esta música tiene de conflicto, al tiempo que hace gala de una pasmosa naturalidad en el fraseo y una enorme habilidad para hacer que lo difícil parezca fácil. Una pena que la acústica de la hermosísima Basílica de Santa María en Cracovia sea tan reverberante. A cambio, se nos regalan algunos hermosísimos planos del retablo de Veit Stoss. (9)



18. Zimerman/Polish Festival Orchestra (DG, 1999). Amanerada hasta lo estomagante la introducción al primer movimiento: al polaco no le falta técnica para dirigir a una orquesta, pero sí (¡qué cosas!) buen gusto. En el tercero también hay detalles orquestales, aquí y allá, que nos desconciertan por completo, porque en la parte solista Zimerman derrocha sensibilidad y vuelo poético –exquisitez extrema sin preciosismos– para dejar claro lo grandísimo pianista que es. Literalmente, Doctor Jekyll y Mister Hyde. A destacar de manera especial la manera rapsódica, muy elástica, movida por el impulso romántico, del solo central del segundo movimiento, que parece más que nunca una improvisación violinística. También es de justicia aplaudir cómo el polaco matiza las dinámicas de su instrumento, por no hablar de la belleza sonora que extrae del mismo. Diez para el piano, cinco para la dirección. La toma, realizada en Turín, no llega a ser óptima. (8)




19. Lang Lang. Mehta/Filarmónica de Viena (DG, 2008). Por fin, primera –y de momento– única oportunidad para escuchar a la Filarmónica de Viena en esta página. Se presenta como formación ideal para esta obra bajo la batuta de un Mehta antes gran artesano que artista, pero capaz de ofrecer una dirección muy ágil y fluida, también con el músculo sonoro y una dosis suficiente de intensidad dramática, amén de grandes dosis de belleza sonora. Esta última preside la actuación de un Lang Lang de extraordinario virtuosismo, inmejorable limpieza y asombrosa capacidad para matizar en colorido y fraseo. ¿Su visión? Clásica y equilibrada, ajena a grandes conflictos emocionales, pero siempre de una musicalidad fuera de lo común. A destacar la delicadeza bien entendida que consigue en un segundo movimiento que demuestra un pleno conocimiento del idioma musical de Chopin, así como la combinación de elegancia, espíritu galante y sentido del humor –amable antes que socarrón– en el tercero. Toma algo reverberante: la Musikverein no suena realmente así. (9)

20. Barenboim. Fisch/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2009). Barenboim espera hasta casi cumplir los sesenta y siete años, ya sin los dedos en estado óptimo, para dejar testimonio de su acercamiento a los conciertos de Chopin. Su sonido es denso, rico en armónicos, muy sensual, al tiempo que su fraseo se aleja de la ligereza efervescente de otros pianistas para optar por la nobleza y el carácter reflexivo, siempre buscando el carácter orgánico del discurso frente a la brillantez del arrebato puntual. Todo hay que decirlo: el de Buenos Aires no ha sido nunca campeón de la agilidad digital, y aquí hay algún momento emborronado que no es de recibo. Ni que decir tiene que roza el cielo en un segundo movimiento que se aleja del tópico del Chopin quebradizo y frágil para ofrecernos en su lugar una intimidad teñida de cálido contenido humanista en el que sobrecogen sus trinos de asombrosa naturalidad y la manera de calcular el peso de los silencios. Escúchese, por ejemplo, cómo “pone” la nota que cierra el Larghetto, dando paso a un Allegro vivace en el que también ofrece algunos momentos de sublime poesía, además de un acertado sentido del humor rústico. La batuta la toma Asher Fish. Arranca un tanto desvaído, sin fuerza, pero poco a poco se centra y logra sostener un más que correcto primer movimiento que suena corpulento, amplio y ajeno al nerviosismo. Los otros dos están muy bien, dentro de una propuesta algo plana y sin aportaciones de relevancia. Levanta el nivel orquestal la sonoridad suntuosa de la formación alemana y la asombrosa musicalidad de sus solistas. (8)



21. Nebolsin. Wit/Filarmónica de Varsovia (Blu-ray Audio Naxos, 2009). Dirección no imaginativa ni personal, pero sí bien trazada, dicha con exquisito gusto en una línea particularmente lírica y sensual, mucho antes que escarpada. Toda ella al servicio de un pianista apolíneo, de toque transparente y sensible, que frasea con naturalidad y sutiles matices, aunque sin toda la variedad, el sentido de los contrastes y la tensión interna que se podrían desear. (8)



22. Kissin. Wit/Filarmónica de Varsovia (Blu-ray Accentus, 2010). Parece imposible tocar mejor esta música, tal es el virtuosismo extremo de un Kissin no solo ágil, limpio y exacto como nadie, sino también dueño de un sonido de asombrosa gama dinámica, de un fraseo tan firme como pródigo en acentos y de un admirable dominio de la agógica. Expresivamente se muestra siempre musical y alcanza un equilibrio diríamos que perfecto entre los aspectos más líricos e íntimos de esta música con aquellos que demandan brillantez, extroversión y –sección “interrogativa” del segundo movimiento– garra dramática. Ahora bien, da la impresión de Kissin no termina de comulgar con la esencia última de esta música, de que le falta un último punto de emotividad, mezcla de sensualidad y de congoja sincera, que otros pianistas han sabido encontrar en una página todavía juvenil, pero ya dotada de un carácter de confesión personal. La dirección de Wit, sin desdeñar la potencia expresiva en algunos pasajes, es ante todo noble, amplia y elocuente, atendiendo a la cantabilidad y tratando a la orquesta polaca, irreprochable, siempre con pinceles finos y mucha sensibilidad. (9)

23. Barenboim. Nelsons/Staatskapelle Berlín (DVD Arthaus y CD DG, 2010). Los dedos del maestro van a peor, y en el tercer movimiento hay algún pasaje más problemático de la cuenta. Lo que sigue en plenitud es la cabeza: concentración absoluta, insuperable naturalidad en el fraseo y –de manera particular– en el rubato chopiniano, elegancia sin rastro de flema y sensualidad en el toque caracterizan una interpretación que logra el milagro de aunar los aspectos “masculinos” y “femeninos” de la partitura al tiempo que pone de relieve toda la desazón que alberga el núcleo del Larghetto. En cualquier caso, quien eleva esta grabación a lo más alto es un Andris Nelsons que entiende la obra con la misma riqueza conceptual que el solista, y materializa la idea haciendo gala de una cantabilidad y una belleza sonora para derretirse sin olvidarse, en modo alguno, del pulso, la tensión dramática y el sentido de los contrastes, fraseando con una flexibilidad de la mejor ley y obteniendo de la orquesta el más adecuado sonido posible. Es su batuta la que convierte a esta grabación en la que quizá sea la mejor de todas, por ser la única con pianismo de altura que cuenta con una dirección superlativa. (10)



24. Olejniczak. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (DVD Glossa, 2010). Piano Érard de 1849, de sonido mate en los agudos, pero cálido y agradable, en manos de un artista centrado y musical que resulta algo plano, poco poético en el primer movimiento, para luego convencer con un sensible Larghetto y ofrecer un muy digno Allegro Vivace. La dirección tiene como virtud ofrecer sentido dramático y no dar pie a ningún tipo de amaneramiento, pero necesita una dosis muy superior de sensualidad y de poesía, como también de imaginación. Los instrumentos originales aportan una tímbrica muy diferente a lo acostumbrado y permiten relevar detalles nuevos en la orquestación, quizá más aquí que con el más tradicional Mackerras. La toma sonora en principio es de enorme calidad en 5.1, pero uno de los micrófonos roza con algo y se escuchan continuos “golpes”. (7)


25. Sermet. Heras-Casado/Nacional Danesa (YouTube, 2010). Antes de iniciar su tremenda caída cuesta abajo y sin frenos, el maestro granadino ofrecía aquí una dirección lenta y concentrada, robusta en lo sonoro, totalmente alejada del preciosismo o la delicadeza mal entendida, cuyo enfoque tenso y dramático resultaba particularmente atractivo. Destacando en lo expresivo la sección central del segundo movimiento, es de justicia aplaudir igualmente la claridad de texturas conseguida. El pianista turco Hüseyin Sermet se mostraba igualmente tenso, muy sobrio, alejado de la rutina y de lo mecánico, desmenuzando la partitura con sosiego, desplegando una enorme cantabilidad y, sobre todo, haciendo gala de una gran fuerza interior. A destacar su manera de enfrentarse al primer movimiento con decisión y al segundo con un dolor interno y una palpitación fuera de lo común. De manera coherente con el resto de la interpretación, el tercero resulta poco lúdico sin por ello dejar de ofrecer decisión y belleza. (9)



26. Cho. Noseda/Sinfónica de Londres (DG, 2016). El pianismo de Seong-Jin Cho no se caracteriza por su efusividad ni por su humanismo. Menos aún por bucear en los aspectos más inquietantes de la música. Lo suyo es la belleza apolínea, elegante, refinada en el mejor de los sentidos, pero no por ello insulsa ni trivial. Como además pone su portentoso virtuosismo al servicio de la expresión –no hay ni una frase mecánica, ni carreritas de cara a la galería– su recreación del primero de los dos conciertos que escribiera el polaco, sin ser la más conmovedora, se disfruta plenamente, sobre todo cuando se trata de descubrir aquí y allá detalles exquisitos de perfecto estilo chopiniano. Noseda dirige bien, con decisión pero sin precipitaciones, dejando que la música respire, si bien le falta un punto adicional de personalidad, como también de sal y pimienta. Sonido no del todo bueno. (8)

27. Wang. Tilson Thomas/Sinfónica de San Francisco (YouTube, 2016). Sorprende que la orquesta no esté del todo fina en la introducción. Luego el maestro la ajusta y realiza una notable prestación, pero lo cierto es que la batuta no termina de sintonizar con la obra: hay solvencia y buen gusto, pero la poesía no levanta el vuelo. Aceptable respaldo, en cualquier caso, para que Yuja despliegue su pianismo efervescente, ágil y fluido, lleno de picardía y en todo momento hermosísimo. Eso sí, aunque no se puede decir que caiga en lo mecánico, sí que se nota cierta tendencia a la superficial, o al menos a llegar al público por la vía más fácil: esta partitura esconde más música de la que ella obtiene. (8)



28. Cho. Noseda/Orquesta Joven de la Unión Europea (Stage+, 2018). Lo mismo de antes, pero esta vez la orquesta no es tan espléndida y Noseda incorpora en la introducción algunos detalles que convencen poco. Magnífico Cho en los “interrogantes” del segundo movimiento, aunque también hay que elogiar especialmente la flexibilidad y belleza de un fraseo que sabe ser brillante sin dejarse llevar por el numerito de cara a la galería. (8)


29. Lisiecki/Orquesta de Cámara de Noruega (Stage+, 2022). Una formación de tamaño camerístico –y esta es excelente– se revela como ideal para la Op. 21 de Chopin. Al menos, para conseguir los fines expresivos que el joven artista canadiense Jan Lisiecki se busca tocando y dirigiendo al mismo tiempo: ofrecer un Chopin juvenil e impulsivo, contrastado y con un cierto grado de agitación, aunque no por ello exento de finura e intimismo. Como si Schumann se pasase por aquí. El resultado, expuesto con gran limpieza en la parte orquestal y con enorme capacidad para regular el sonido desde el piano, es interesantísimo por lo renovador de la propuesta. (9)

jueves, 11 de junio de 2026

Falla con Dudamel, Perianes y Pasión Vega: "un vero fiascone"

Me alegré muchísimo cuando tuve noticia, por la nota de prensa publicada en numerosos medios, de que iba salir este disco dedicado a la música de Manuel de Falla a cargo de Gustavo Dudamel y la Sinfónica Simón Bolívar, con las participaciones a priori lujosas de Pasión Vega y Javier Perianes. La espera ha desembocado para mí en una tremenda decepción. Puede que mi opinión cambie con el tiempo, porque nos encontramos ante interpretaciones que se apartan bastante de aquello de lo que estamos acostumbrados, pero me parece que lo correcto es decirles a ustedes sin tapujos lo que en una primera audición me ha parecido. 

La verdad, sí que me ha gustado la labor del maestro venezolano de El amor brujo, que se presenta en su versión definitiva como ballet. La de toda la vida, vamos. Dudamel extrae toda esa sensualidad en la que es especialista y, de paso, descubre algunos detalles nuevos, aunque no en todos los números la inspiración vuela por igual. La que no me ha gustado es Pasión Vega, precisamente por la falta de lo que su nombre artístico: pasión. Es curioso que un servidor suele imaginarse la acción de esta pantomima en el barrio de la Viña de Cádiz, justo donde reside esta reputada especialista en canción española nacida en Madrid que se siente malagueña y gaditana, pero cuando abre la boca parece de Valladolid, dicho sea con todos los respetos hacia la histórica ciudad castellana.

Mucho ojo, Ana María Alías Vega canta bien y con mucha elegancia, con independencia de que mida algunas notas como le da la real gana. El problema es que la encuentro ajena al espíritu de la obra. Espíritu que no tiene por qué ser necesariamente el de una cantaora, ni el de una cantaora granadina, pero sí el de una joven de alma popular desgarrada por los males del amor. En las campanas del amanecer se queda corta, cortísima en grandeza. Mi favorita en esta parte es la chipionera Rocío Jurado, muy por encima de cualquier otra. Lástima de la mediocre dirección de López Cobos en su registro discográfico. Si ustedes quieren, pueden comparar a continuación.


Rara, rarísima la dirección de Dudamel de Noches en los jardines de España. Empieza destilando una sensualidad impresionista ante la que es imposible resistirse, pero luego empieza un desconcertante tira y afloja marcado por las prisas, la falta de unidad en el discurso y una incisividad que raya en lo desencajado, cuando no en lo violento. Añadan a esto un manifiesto deseo de subrayar aquí y allá determinadas líneas que suelen pasarse por alto aun a costa de desequilibrar los planos. ¿Y Perianes? Mi impresión –quede claro que no he intercambiado una sola palabra con él acerca de este disco– es que el de Nerva se siente incómodo y hace lo que le dicen, correr hasta que salten las chispas sin detenerse en otras consideraciones. Su toque es limpísimo, los acentos magistrales están ahí, pero como le aprecio muchísimo en lo humano y le tengo por uno de los mejores pianistas del mundo, voy a ser sincero: no me ha gustado.

Suite nº 2 de El sombrero de tres picos para terminar: me han hecho disfrutar mucho los dos primeros números, el tercero me ha disgustado seriamente por parte de Dudamel. La toma no le ayuda, menos aún a Pasión Vega: el ingeniero le ha metido el micrófono en la garganta y luego ha añadido una reverberación difícil de soportar.

miércoles, 10 de junio de 2026

Barenboim en El Escorial: entradas a la venta

O así se anuncia. Al principio me sonó un poco raruno, luego lo confirmó la web de la West-Eastern Divan Orchestra y, finalmente, se han puesto a la venta (¡a precio baratísimo!) las entradas del evento, que ustedes pueden comprar en este enlace: Daniel Barenboim ofrecerá un concierto en el Auditorio de El Escorial el sábado 19 de septiembre con un programa integrado por la Inacabada de Schubert, Preludio y Liebestod de Tristán e Isolda de Wagner y la Heroica de Beethoven.

¿Hace falta que les diga cómo pueden ser estas interpretaciones? Pues lentísimas, muy pesadas para los aficionados a la praxis "históricamente informadas" y por completo sensacionales, para quienes amamos las maneras que el de Buenos Aires lleva practicando desde la pandemia. Concretamente, la Heroica que le disfruté en Bremen y la Inacabada de Berlín me parecen las mejores que he escuchado nunca en vivo o en disco. Y sí, superiores a las que el propio Barenboim hacía antes, por increíble que parezca en el caso del Beethoven.

Por descontado, está por ver si la enfermedad permite al maestro efectuar esta gira de conciertos que incluye Philharmonie de París, Concertgebouw de Ámsterdam, Musikverein de Viena y Elbphilharmonie de Hamburgo, pero por si acaso ya he sacado entrada y reservado hostal. Hay otra gira antes, en agosto y con Yo-Yo Ma, pero asistir a algún concierto de esa sale extremadamente caro. En fin, tome nota quien proceda, porque se está dando muy poca publicidad al asunto escurialense.

domingo, 7 de junio de 2026

Concierto para violín nº 1 de Prokofiev: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN, 7.VI.2025

La entrada es del 7 de mayo de 2013 y la actualizo ahora con una buena cantidad de interpretaciones adicionales, entre ellas una que me ha parecido de referencia: Kashimoto, Rattle y Filarmónica de Berlín

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Sergei Prokofiev estrenó su Primer concierto para violín en 1923, pero lo había escrito unos cuantos años antes, entre 1916 y 1917, cuando contaba veintiséis. Es contemporáneo, pues, de la Sinfonía Clásica, posterior a la Suite Escita y algo anterior a El amor de las tres naranjas y el Tercer concierto para piano, por citar las obras maestras más cercanas en el tiempo.

En la partitura, pese a su brevedad –poco más de veinte minutos– se combinan de manera portentosa todas las características expresivas de un compositor aun muy joven, pero ya plenamente maduro en personalidad: por un lado un lirismo a medio camino entre lo onírico y lo melancólico, por otro una escritura escarpada, tensa y llena de aristas que nos hablan del fuerte sentido trágico que se esconde en el fondo de su música. Todo ello galvanizado por un irónico e inconfundible sentido del humor a veces jovial, a veces cargado de un sarcasmo que se convierte –acercándose así a Shostakovich– en máscara que pretende ocultar el dolor.

Permítanme confesarles algo personal: esta una de las creaciones del autor de Pedro y el lobo favoritas para quien suscribe. El problema es que no soy capaz de contarles con palabras qué es lo mucho que me dice esta música. Me limitaré a enumerar sus movimientos:
  1. Andantino
  2. Scherzo: Vivacissimo
  3. Moderato - Andante

 

Prokofiev concierto violin 1 Szigeti Beecham

1. Szigeti. Beecham/Filarmónica de Londres (Naxos, 1935). Esta grabación es impagable, pues fue el mítico violinista húngaro quien, tras el fracaso del estreno inicial en París, consiguió que la partitura fuera aclamada en Europa y los Estados Unidos en compañía de Frizt Reiner, aunque aquí le secunda un Beecham que a ratos paladea muy bien la música –no coge carrerilla en el Scherzo–, a ratos –final del primer movimiento, clímax del tercero– desarrolla las tensiones con desinterés y vulgaridad . En cuanto al propio Szigeti, si hacemos caso omiso de algunas notorias vacilaciones y de la abundancia de portamenti tan propia de la época, realiza una aproximación eminentemente incisiva, quizá intentando acentuar los aspectos más modernos de la pieza, aunque no deja de resultar incandescente –más que propiamente “romántico”- en los pasajes más líricos. Bastante extraña, en cualquier caso, la manera de dejar a un lado el legato al arrancar el tercer movimiento. La restauración sonora realizada por Naxos es excelente. (7)


Prokofiev concierto violin 1 Oistrakh Kubelik

2. David Oistrakh. Kubelik/Sinfónica de Praga (Andante, 1947). A sus treinta y nueve años, el gran violinista ruso hace una verdadera exhibición de medios técnicos e interpreta con esa intensidad viril y sincera que le caracteriza, pero en este primer testimonio de su acercamiento a la obra –tiene cinco más– todavía no ha alcanzado el suficiente grado de profundización en la misma. En parte la responsabilidad puede caer en un Kubelik tan lírico y apolíneo como suele, pero en exceso apresurado y falto de concentración. La toma sonora es muy precaria. (7)


Prokofiev concierto violin 1 Milstein Icon

3. Milstein. Golschmann/Sinfónica de St. Louis (EMI, enero 1954). No menos extraordinario violinista que su compatriota y contemporáneo Oistrakh, Milstein representaba un violinismo distinto, menos ardiente, dramático y escarpado, más lírico y sutil, más volcado hacia lo reflexivo, lo que no le impide ofrecer en esta bellísima recreación un clímax particularmente encrespado en el tercer movimiento. El director acompaña sintonizando por completo en esta línea y ofreciendo adecuada concentración en los momentos más evocadores, pero sin especial personalidad y pasando de largo ante los numerosos claroscuros de la página. (8)
 
 
Prokofiev concierto violin 1 Oistrakh Matacic

4. David Oistrakh. Von Matacic/Sinfónica de Londres (EMI, noviembre 1954). Bien secundado por una London Symphony en plena forma pero no tanto por una toma de sonido monofónica que deja en segundo plano a la orquesta y no permite apreciar el juego de texturas, el director croata dirige con emoción y propiedad estilística aunque acertando mucho más en los dos primeros movimientos que en el tercero, más bien lineal y apresurado, lo que limita seriamente al intensísimo, viril y asombrosamente virtuosístico Oistrakh a la hora de cantar las melodías. (8)



Prokofiev concierto violin 1 Stern Mitropoulos

5. Stern. Mitropoulos/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1958). Lástima que la grabación sea monofónica, porque la interpretación de Stern, en perfecta sintonía con el director griego, es de una intensidad e incandescencia verdaderamente abrasadora, descubriéndonos, sin quedarse en modo alguno en el tópico de lo aristado, el lado más apasionado y dramático de esta música. Más adelante muchos artistas, incluido él mismo, enriquecerán este enfoque con una mayor atención a los aspectos líricos, evanescentes y ensoñados, pero esta interpretación no deja de ser admirable. (9)



6. Ricci. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1958). El comienzo algo sollozante por parte del violín no resulta precisamente prometedor, pero poco a poco el solista se va centrando y, en compañía de una batuta solvente sin más, ofrece una muy digna recreación grabada por los ingenieros de Decca con un estéreo muy claro, aunque con distorsiones tímbricas. En cualquier caso, se pueden hacer las cosas mucho mejor en lo que a depuración sonora, variedad expresiva e imaginación se refiere. (7)



7. Milstein. Giulini/Orquesta Philharmonia (EMI, 1962). El violinista de Odessa repite su hermosísima y exquisita –más no por ello parca en dramatismo– aproximación, y lo hace en perfecta sintonía con un Giulini que frasea con la cantabilidad altamente emotiva que le caracteriza y con una concentración pasmosa (¡qué final el del primer movimiento!), pero también atentísimo a clarificar texturas, a planificar tensiones y a hacer que la soberbia orquesta londinense suene con el colorido –incisivo, coloreado en las maderas– adecuado para Prokofiev. Dicho de otra manera: ofreciendo lirismo a raudales, pero sin el error de “romantizar” la página ni de limar aristas. El resultado es admirable y anuncia el sendero que el futuro seguirán, con mayor éxito aún, Mutter y Rostropovich. (9)



8. Stern. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1963). Aunque solo han pasado cinco años desde su registro con Mitropoulos, Stern adopta ahora un enfoque va a ser menos incandescente, al tiempo que más atento al lirismo melancólico que también albergan los pentagramas. Aporta incluso un toque de ternura muy interesante en el primer movimiento, si bien es en el tercero en el que alcanza el mayor grado de inspiración poética. Ormandy dirige con enorme sensatez y sin tomarse las cosas con prisa, pero resulta más eficaz que otra cosa. (8)



9. Friedman. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (RCA-Sony, 1964). El maestro vienés fue un gran intérprete de Prokofiev, pero aunque su solvencia técnica y dominio del idioma son incuestionables, no parece sintonizar mucho con el espíritu de la obra; incluso ni siquiera parece muy atento al matiz. Erick Friedman cumple con enorme corrección sin emocionar apenas. La orquesta, ideal. La toma sonora podría ser bastante mejor. (7)



10. Igor Oistrakh. Rozhdestvensky/Gran Orquesta Sinfónica de la Radio de Moscú (Melodiya-Denon). El hijo de David sigue los pasos de su padre con una lectura tan encendida como controlada que opta abiertamente por las aristas y, sin dejar de ofrecer la adecuada cantabilidad, se interesa poco por la ensoñación lírica. La batuta acompaña con propiedad estilística y buen pulso, pero sin sacar el suficiente partido poético a la obra, sobre todo en los finales de los movimientos extremos. Cuando más adelante le dirija la obra a Perlman, hará uso de unos tempi más dilatados y alcanzará un grado mayor de inspiración. (8)


Prokofiev concierto violin 1 Oistrakh Sanderling

11. David Oistrakh. Sanderling/Sinfónica de Berlín (Harmonia Mundi, 1971). Por fin Oistrakh padre cuenta con un acompañamiento lo suficientemente paladeado, el de un Sanderling que no obstante aun podría darle una vuelta tuerca más a la obra, pero por desgracia en esta ocasión es el propio violinista, algo limitado por la edad en cuanto a virtuosismo, el que no alcanza toda la altura esperable desde el punto de vista emocional. La toma sonora es buena para la época y a pesar de ser de origen radiofónico. (8)


Prokofiev concierto violin 1 Chung Previn

12. Chung. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1975). André Previn grabó mucho Prokofiev en los años setenta al frente de la orquesta de la que era titular, con resultados quizá no geniales pero siempre magníficos gracias a su perfecto dominio del idioma, a la gran claridad y riqueza tímbrica de su batuta y, desde luego, a la sinceridad expresiva de sus recreaciones. Es el caso de esta op. 19 de perfecto equilibrio entre los aspectos líricos, irónicos, dramáticos y fantasmagóricos, dicha además con pulso firme –el tercer movimiento resulta quizá algo apresurado– y un admirable sentido de las texturas. No podía tener aquí mejor acompañante que Kyung-Wha Chung, a sus veintisiete años no solo un prodigio de virtuosismo, sino también una artista de enorme madurez que ofrece una enorme intensidad emocional y una impresionante variedad expresiva, desde la muy femenina delicadeza del comienzo hasta los clímax más desgarradores de los movimientos extremos, pasando por la incisividad del segundo. (9)


Prokofiev concierto violin 1 Rozhdestvensky Perlman

13. Perlman. Rozhdestvensky/Sinfónica de la BBC (EMI, 1980). Ya más maduro como director en su breve etapa londinense, el maestro ruso alcanza una perfecta sintonía con Perlman para, decantándose por las aristas, ofrecer una lectura presidida por la tensión y por el alejamiento de la efusión “romántica”. Los momentos líricos no están precisamente descuidados, pero en ellos se opta más por la evanescencia fantasmagórica –excelente el estudio de texturas– que por la nostalgia. (9)



14. Perlman. Rozhdestvensky/Sinfónica de la BBC (DVD Medici Arts, 1980). Como su versión paralela en compacto, nos encontramos ante una interpretación antes incisiva que evocadora, pero no por ello desequilibrada en lo expresivo, en la que el violín siempre afilado de Perlman sabe encauzar su intenso ardor con un portentoso control de los medios y, sobre todo en el tercer movimiento, cantar las melodías como pocos lo han hecho, mientras que la batuta domina el idioma y controla de modo admirable el arco de tensiones. La toma sonora, monofónica, es bastante inferior a la del CD. (9)


Prokofiev concierto violin 1 Stern Mehta

15. Stern. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1982). Un comienzo vacilante y de dudosa afinación nos hace temer lo peor habida cuenta de la avanzada edad del solista, pero lo cierto es que la cosa no va a mayores y Stern vuelve a realizar una muy sincera e intensa aproximación a la partitura dentro de la misma línea lírica que ofreció junto a Ormandy dieciocho años atrás. Mehta evidencia su conocida sintonía con el autor y, quizá por buscar la mayor aproximación posible al planteamiento expresivo del solista, atiende antes a los aspectos oníricos de la obra que a los más rítmicos y extrovertidos: al segundo movimiento le podría sacar más jugo. En el tercero, por el contrario, utiliza todo su virtuosismo de batuta para ofrecer sugestivas veladuras y flexibilizar las tensiones de manera admirable, ofreciendo así el mejor respaldo al Stern, que vuelve a alcanza allí su momento de mayor inspiración. La toma sonora, espléndida. (9)


Prokofiev concierto violin 1 Mintz Abbado

16. Mintz. Abbado/Sinfónica Chicago (DG, 1983). Lectura presidida por el insuperable virtuosismo de solista, orquesta y batuta, capaces de desplegar una infinita gama de colores y matices y de trazar la arquitectura con absoluta perfección; se oyen, incluso, líneas instrumentales que generalmente pasan desapercibidas. El estilo es irreprochable y la interpretación tiene garra, aun faltando un punto adicional de calidez y emotividad, quizá porque los intérpretes, no del todo en sintonía con el contenido expresivo de la obra, prefieren apartarse del “romanticismo” para mirarla con cierto distanciamiento un tanto naif que ve hermosas evocaciones feéricas donde para otros intérpretes hay dolorosa nostalgia, y disonancias más o menos gamberras donde aflora el puro drama. (9)


Prokofiev concierto violin 1 Zimmermann Maazel

17. Zimmermann. Maazel/Filarmónica de Berlín (EMI, 1987). El maestro franco-americano ofrece, como era de esperar, una dirección muy idiomática, acertada en el fraseo, en el colorido y en la mordacidad, además de magníficamente planificada en su construcción horizontal. Todo ello, además, extrayendo un gran partido a la orquesta de la que por entonces esperaba convertirse en titular, aunque algo perjudicada por una toma sonora que no es muy allá. Notable realización, en todo caso, que no se ve acompañada por un violinista irreprochable en lo técnico y ajeno a cualquier veleidad expresiva, pero frio como un témpano. (7)



Prokofiev concierto violin 1 Sitkovetsky Davis

18. Sitkovetsky. Colin Davis/Sinfónica de Londres (Virgin, 1988). Sorprende encontrarse al maestro británico en este repertorio. Cierto es que a su batuta le falta estilo, sobre todo en el tratamiento de las maderas y en el sarcasmo propio del autor, pero a la postre su enorme musicalidad le hace sacar la obra adelante y conseguir junto al magnífico solista notabilísimos momentos líricos y un acongojante clímax en el último movimiento. (9)


Prokofiev concierto violin 1 Mutter Rostropovich

19. Mutter. Rostropovich/Sinfónica Nacional de Washington (Erato, 1988). Un tremolo en la cuerda tenso y claro; un violín cálido, humano, que canta su lamento con belleza extrema… El comienzo ya deja claro que nos vamos a encontrar ante una lectura intensa, sincera y no poco reveladora en la que los dos artistas sintonizan a la perfección en lo expresivo para poner de relieve, sin caer en la blandura, los aspectos más líricos, más humanísticos si se quiere, de una obra que tiene mucho de acongojante confesión personal. Cierto es que Rostropovich carece de la capacidad para matizar y para obtener texturas de un Abbado, quizá también de su incisividad, pero ofrece una enorme emotividad, matiza con tanta sabiduría como dominio del estilo –admirable el fagot en el arranque del Moderato– y planifica con enorme naturalidad la arquitectura hacia unos clímax mucho antes sinceros que vistosos en los que la Mutter sabe ser apasionada sin perder su apolínea elegancia. Particularmente asombrosa la doliente rebeldía que los dos artistas alcanzan en el clímax final para desembocar en una coda desgranada con particular lentitud y un regusto acertadamente amargo y desolado, mucho antes que feérico. Lástima que la toma no sea mejor. (10)



20. Repin. Svetlanov/Sinfónica Estatal de la Federación Rusa (Stage+, 1991). Aún no había cumplido los veinte cuando Vladimir Rempin dejó este testimonio filmado en Frankfurt. Impresiona la tensión con la que aborda una introducción bien paladeada, pero pronto se deja llevar por la emoción y se echa a correr. No falla ni una nota, el resultado es técnicamente deslumbrante, y ciertamente la fogosidad y convicción con las que toca no deja de atraparnos, pero la sensación global es de superficialidad, de quedarse en el envoltorio de la música, sobre todo en un movimiento conclusivo muy apresurado. Svetlanov intenta seguirle haciendo gala de muy bien conocimiento del estilo. Solo eso. (7)



Prokofiev concierto violin 1 Bell Dutoit

21. Bell. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1992). Adecuado idioma, buen pulso e irreprochable gusto son las virtudes que exhibe el director suizo frente a una página con la que, a pesar de lo dicho, no logra conectar del todo en lo expresivo; faltan garra, compromiso y calor humano. Tampoco convence el violinista norteamericano, distanciado y algo tendente a los portamenti en las secciones líricas, al tiempo que resulta descafeinado en las más extrovertidas. El resultado es una interpretación que se queda a mitad de camino. (7)



22. Zimmermann. Maazel/Filarmónica de la Scala (YouTube, 1992). Este testimonio de muy precaria calidad audiovisual interesará ante todo a los violinistas, porque tanto la cámara como la toma se centran en Frank Peter. En él podemos apreciar la firmeza asombrosa de su sonido, la seguridad absoluta de su mano izquierda y la tensión interna que imprime al fraseo. Sin embargo, y por muchos portamentos que meta a lo largo de toda la introducción, no se puede decir que emocione tanto como sus colegas, entre otras cosas porque Maazel no le deja explayarse n un tercer movimiento que dirige de manera muy apresurada. A destacar, en cualquier caso, el tremendo sarcasmo que son capaces de extraer del segundo movimiento. (7)



23. Lin. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (Sony, 1992). No se puede decir que a su dirección le falte tensión interna, como tampoco que sea fría, pero lo cierto es que el por entonces aún relativamente joven Salonen –treinta y cuatro años– no se muestra del todo afín a la expresión: todo está en su sitio, las complejas texturas están muy bien tratadas, pero la poesía no termina de brotar. Quizá por eso Cho-Liang Lin se quede, no es poco, en lo notabilísimo, siendo de subrayar la pasmosa naturalidad con que aborda su parte. Toca con tal capacidad técnica, con tal limpieza, con semejante lógica a la hora de planificar, con tanta ausencia de afectación, que no parece que esté abordando una página de dificultad extrema. Lo mejor es el segundo movimiento, espléndido por parte de los dos artistas. La toma resulta un poco espesa, lástima. (8)


Prokofiev concierto violin 1 Vengerov Rostropovich

24. Vengerov. Rostropovich/Sinfónica de Londres (Teldec, 1994). Al frente de una orquesta de mayor calidad que la de Washington y con una toma sonora más acorde con las circunstancias, Rostropovich repite y por momentos mejora –los tempi son algo más deliberados– su lectura anterior haciendo gala de una enorme sensibilidad lírica; se pueden preferir enfoques más incisivos y brillante, pero su comunión espiritual con la obra es máxima. Vengerov, armado de un virtuosismo extremo que seguramente nadie ha igualado en esta partitura, se encuentra en permanente estado de éxtasis en una actuación volcánica y arrolladora, aristada cuando debe pero de una cantabilidad acongojante, en la que los clímax alcanzan una poderosísima fuerza expresiva. Impresionante. (10)

 
Prokofiev concierto violin 1 Shaham Previn

25. Shaham. Previn/Sinfónica de Londres (DG, 1995). Veinte años después, Previn y la LSO vuelven juntos a la obra con un acercamiento igualmente idiomático y de irreprochable equilibrio, aunque quizá algo más distanciado en lo expresivo que entonces y, desde luego, sin la emotividad que la orquesta lució un año antes con Rostropovich. Shaham, de sonido muy hermoso, más lírico que desgarrado aunque en cualquier caso muy comprometido, destaca ante todo por la impresionante cantabilidad de su fraseo. La toma sonora es excepcional. (8)
 
 
Prokofiev concierto violin 1 Dutoit Josefowicz

26. Josefowicz. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1999). Solo siete años después de su registro con Joshua Bell, orquesta y director repiten su acercamiento mejorando un tanto el último movimiento, ahora más paladeado y más satisfactoriamente trazado hacia su disolución final. En cualquier caso, incuestionable ortodoxia que contrasta de manera extrema con la tremenda heterodoxia de una Josefowicz virtuosística a más no poder, en todo momento creativa, que confunde el lirismo con el amaneramiento (¡esos dichosos portamenti!) y aborda lo dramático haciendo sonar a su violín como un cuchillo recién afilado. El resultado es una interpretación que bascula entre lo insoportable y lo fascinante. Inclasificable, en suma. (7)


Prokofiev concierto violin 1 Gringolts Jarvi

27. Gringolts. Neeme Järvi/Sinfónica de Gotemburgo (DG, 2004). En esta grabación realizada durante su fugaz estrellato en el sello amarillo, el violinista de San Petersburgo mostró un virtuosismo indiscutible, pero al centrarse la batuta en los aspectos más incisivos y grotescos de la partitura, se quedaron a un lado los líricos. Así las cosas, consiguen entre ambos un magnífico segundo movimiento, mientras ofrecen un tercero que no es ni sugestivo ni emocionante. (8)

 
Prokofiev concierto violin 1 Fischer Kreizberg

28. Fischer. Kreizberg/Orquesta Nacional de Rusia (Pentatone, 2004). Lejos de ofrecer una interpretación tópicamente femenina, la violinista alemana despliega hirientes aristas a lo largo de la obra (¡tremendo el Scherzo!) sin problema alguno de virtuosismo, si bien no termina de sintonizar con la vertiente más emotiva y melancólica de la obra. La dirección de Kreizberg, antes profesional que inspirada, resulta irreprochable en el estilo pero un tanto primaria, sobre todo en un tercer movimiento en el que las texturas deberían estar mejor trabajadas. (8)
 
 
Prokofiev concierto violin 1 Chang Rattle

29. Chang. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2005). Aunque la violinista es de Philadelphia, su ascendencia coreana nos hace pensar inmediatamente en Kyung-Wha Chung, con quien casualmente comparte no solo un virtuosismo asombroso, sino también su manera de ver la obra, esto es, potenciando los aspectos más líricos y digamos “femeninos” de la página, pero sabiendo también resultar sumamente encendida y hasta encrespada en los clímax. Rattle potencia esta misma visión –muy bien paladeados los finales de los movimientos extremos–, pero su empeño por ser personal jugando con los tempi –la solista también aprovecha para ofrecer novedades– y su escasa sintonía con la sonoridad propia del autor hacen que su dirección carezca de la suficiente unidad de trazo y resulte más virtuosística que emotiva. Venturosamente, años más tarde nos ofrecerá una dirección de referencia. (8)
 


30. Repin. Gergiev/Sinfónica de Londres (YouTube, 2007). Merece la pena detenerse a ver este testimonio por la asombrosa exhibición de un Repin que exhibe un sonido tenso y afilado, pero que no deja de ser bello, al servicio de un temperamento que vuelve a resultar de lo más incandescente. Por desgracia le acompaña un Gergiev que, aunque dirige con gran sentido del color, cae en la vulgaridad en el segundo movimiento y pasa de largo ante la vertiente lírica de la pieza. (7)
 
 
Prokofiev concierto violin 1 Frang Sondergard

31. Vilde Frang. Sondergard/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 2009). La violinista noruega parece caminar, en esta interpretación incluida en su debut discográfico, por un sendero parecido a la de su colega Julia Fischer, afilando su violín y deslumbrando con un virtuosismo de admirable agilidad, pero sin terminar de ofrecer la dosis de calidez y emotividad que también esta obra demanda. La dirección de Thomas Sondergard se muestra centrada y muy eficiente, pero no del todo atenta a la polifonía orquestal y, en conjunto, más vistosa que emocionante. (7)



32. Batiashvili. Iván Fischer/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). Aunque sepa resultar adecuadamente aristada en el segundo movimiento, la violinista georgiana –hermosísimo sonido, legato admirable– nos ofrece una interpretación netamente feérica, de ensoñado y bellísimo vuelo lírico, pero un tanto carente de la congoja y el desgarro interno que son motivo de la melancolía; solo en el estremecedor clímax antes de la coda Batiashvili parece alcanzar una incandescencia sincera. Iván Fischer dirige un tanto ajeno al estilo y sin preocuparse mucho de los matices, pero al menos resulta cuidadoso y sintoniza a la perfección con la propuesta lírica de la solista. (8)

 

33. Steinbacher. Vasily Petrenko/Orquesta Nacional de Rusia (Pentatone, 2012). Aunque los portamentos del arranque hagan imaginar que la violinista bávara va a ofrecer una interpretación blanda y con miras al romanticismo, lo cierto es que su aproximación, realizada haciendo gala de un sonido de primera magnitud –terso, con carne, de afinación admirable y enorme homogeneidad– y de un fraseo concentradísimo donde no hay lugar al nerviosismo ni a la precipitación, va a resultar de un lirismo tan elegante como sobrio. También distante, y por ende poco emotivo. Sí que se preocupa por los aspectos angulosos de esta música –detalles aristados en el algo excéntricos en el primer movimiento, fraseo reivindicando el staccato, frases muy afiladas en el segundo movimiento, clímax muy dolientes en el tercero–. Lo hace sin necesidad de cargar las tintas, pero lo cierto es que la calidez poética y esa peculiar nostalgia que desprende la partitura no termina de brotar. Quizá en buena medida ello se deba a la dirección de un Vasily Petrenko lento y analítico, perfecto conocedor del idioma, que planifica enorme rigor, subraya los colores con intenciones expresivas y trabaja las texturas oníricas con particular sentido de lo fantasmagórico, pero tampoco termina de sintonizar con el trasfondo de la obra. A la postre, una interpretación admirablemente tocada que pone de relieve los aspectos más sombríos de la partitura, mas sin atender a toda la variedad expresiva que ésta encierra. La toma soberbia del SACD multicanal se beneficia de la célebre acústica de la Gran Sala del Conservatorio de Moscú. (8)



34. Kashimoto. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2013). Sir Simon firma la mejor dirección de la partitura. Opta por unos tempi tendentes a la lentitud y, mostrando una soberbia técnica a la hora de mantener el pulso, construir tensiones, equilibrar planos y planificar transiciones, nos entrega una lectura de enorme lógica en su discurso, transparente como ninguna otra, muy hermosa desde el punto de vista formal, que alcanza la fusión perfecta entre lirismo delicado, virulencia y emotividad de corte digamos que romántica. Daishin Kashimoto, “solamente” primer violín de la orquesta, arranca con una concentración, hondura e intensidad que ya quisieran la mayoría de los solistas famosos. A partir de ahí, nos deja boquiabiertos haciendo gala de un sonido pleno y de insólita firmeza, de limpieza absoluta en las diabluras que le exige Prokofiev y, sobre todo, de una enorme capacidad para emocionar. Se han escuchado recreaciones más imaginativas, pero Kashimoto no necesita ofrecer novedades: se limita a hacer increíblemente bien lo que dice la partitura para ofrecernos una incuestionabilísima referencia. (10)


35. Hahn. Pablo/Sinfónica de la RTVE (YouTube, 2013). En este su primer testimonio videográfico la formidable violinista norteamericana evidencia falta de sintonía con la obra; lo hace particularmente en un primer movimiento cuya introducción aborde de manera anodina y en el que su punto de vista resulta en exceso lírico. Su sonido hermosísimo sonido es capaz de adelgazarse de manera increíble y ofrecer interesantísimas cualidades oníricas, pero con ello no basta. Mejor un Scherzo afiladísimo y un Finale en el que el violín es verdadero viento frío en la espalda. Víctor Pablo Pérez no ayuda: su dominio del idioma de Prokofiev es incuestionable, trabaja con cuidado las texturas y en el segundo movimiento saca a relucir un elevado sentido del ritmo, pero dirige con apresuramiento y sin profundizar en las esencias expresivas de la página, que bajo su batuta suena tan vistosa como superficial. La orquesta está francamente bien. (7)



36. Batiashvili. Nézet-Séguin/Orquesta de Cámara de Europa (DG, 2015). Lo onírico, lo lírico y lo dramático, en esquizofrénica unión muy característica de Prokofiev, saben ser atendidos por la violinista georgiana en una lectura de extraordinaria belleza en la forma, fraseo tan natural como cantable y, no menos importante, considerable intensidad dramática. De esta forma, lo afilado del sonido violinístico –riquísimo en colores– y la tensión lacerante, a veces –desarrollo del primer movimiento– de una angustia y una agitación en verdad irresistibles, ponen de relieve los aspectos más combativos de la página, aunque también es verdad que echándose de menos un grado todavía superior de calidez, sensualidad y vuelo lírico. Nézet-Séguin hace gala de sentido del ritmo, transparencia, colorido tan variado como incisivo, amplia gama de acentos y una gran intensidad en la expresión, acertando al subrayar el lado más anguloso, combativo y dramático de esta música repleta de dolor, pero no tanto cuando parece negarle sus raíces románticas. Su lectura resulta, además, en exceso rápida y nerviosa en el tercer movimiento: su gran clímax (a partir de 6:05), al no encontrarse lo suficientemente preparado, no termina de descargar fuerza trágica. Eso sí, el trabajo de texturas y colores es asombroso: repárese en un segundo movimiento llevado sin prisas y sin deseo de convertirlo en una mera exhibición de virtuosismo, sino otorgándole un carácter siniestro muy necesario, o también en la fantasmagórica sección final. La toma, absolutamente soberbia en CD y en streaming de alta definición, ayuda a la claridad orquestal, escuchándose muchos detalles que generalmente pasan desapercibidos. (9)



37. Hahn. Franck/Filarmónica de la Radio de Francia (DG, 2019). Seis años transcurren desde su filmación madrileña. Quizá sea que ha madurado la página, quizá que la dirección de Mikko Franck es bastante superior a la de Víctor Páblo y le permite respirar mejor las melodías, pero lo cierto es que Hilary Hahn, de sonido hermosísimo y capaz de adelgazarse hasta el infinito, ofrece una recreación admirable dentro de una, eso sí, visión eminentemente onírica, quizá surrealista y no exenta de malos presagios, de esta página muy plural en significaciones. De la dirección, siempre sensata y cuidadosa, interesa el planteamiento agógico de un tercer movimiento al que se le saca muy buen partido. (9)

 

38. Jansen. Mäkelä/Filarmónica de Oslo (Decca, 2023). Una toma a mi entender poco conseguida me impide valorar con justicia la labor del joven maestro noruego, que parece ser en origen bastante clara y bien tensada. También más atenta a las angulosidades de la música que a lo que debe a la tradición romántica, y no del todo metida en el idioma de Prokofiev. Sí que es fácil valorar a Janine Jansen, porque los ingenieros la ponen muy en primer plano: sonido hermosísimo y virtuosismo supremo para una recreación que, en consonancia con la batuta, subraya lo que de alucinado hay en esta página –impresionante segundo movimiento– y apuesta por la vehemencia controlada, al tiempo que juega con un lirismo atractivo y aporta numerosos detalles no del todo convincentes, incluso rebuscados. En cualquier caso, mejor escucharla (¡y verla, que es un espectáculo!) con Rattle. (8)



39. Jansen. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2025). Janine Jansen arranca a media voz y con enorme delicadeza, pero en seguida vuelve a apostar por una interpretación particularmente aristada, rabiosa por momentos, con frecuencia áspera, en la que multitud de detalles personales, unos más convincentes que otros, demuestran no solo imaginación, sino también compromiso con una partitura con la que desea hurgarnos en las entrañas. No llega a conmovernos tanto como otros colegas, pero aun así su clímax del movimiento conclusivo alcanza una tensión abrumadora. Sir Simon baja un peldaño en inspiración con respecto a su lectura doce años anterior con Kashimoto, pero en cualquier caso ofrece una recreación de enorme altura por perfección técnica y comprensión de la obra. Portentosa la trasmisión en Dolby Atmos, en la que por primera vez escucho con claridad toses en los canales traseros. ¿Están ahora grabando en auténtica pentafonía? (9)



40. Jansen. Salonen/Sinfónica de la Radio de Suecia (YouTube, 2025). Esta es la grabación más reciente a la que he tenido acceso, diciembre de 2025. Janine Jansen insiste en su visión personalísima y llena de rabia, con frecuencia excesiva. Tanto, que a los pocos minutos se le rompe una cuerda y tiene que volver a empezar. En cualquier caso, merece la pena ver el espectáculo. Aun profesional a más no poder, Salonen vuelve a quedarse un poco a medio camino. (8)

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