¡Vaya fastidio! Estaba haciendo una discografía de la Sonata D. 960 de Schubert de cara al recital de Arcadi Volodos del próximo domingo y me entero esta misma tarde de que el artista ha cambiado todo el programa. Me quedo donde estoy, pues, y publico el resultado. No estará a la altura de lo que merece semejante obra maestra absoluta, pero al menos puede dar pistas de por dónde escuchar.
1. Kempff (DG, 1967). Nunca fue el mítico maestro alemán un
gran virtuoso; de hecho, aquí hay pasajes en los que se evidencia un fraseo
algo trabajoso. Tampoco fue un músico interesado por lo dramático o lo
patético, menos aún por lo desgarrado. Lo suyo eran la sensibilidad en el
toque, la elegancia y la melancolía. Por eso nos encontramos ante una
recreación serena, muy fluida y natural, francamente hermosa, pero también
parca en contrastes y poco atenta a la desolación de la página. El primer
movimiento lo aborda desde el equilibrio y la tristeza contenida, sin cargar las
tintas. Menos lento de lo habitual el segundo, muy bellamente cantado y
resuelto con apreciable lógica. Más amable y suave de la cuenta el tercero,
reservándose Kempff los contrastes y la valentía en el pedal para un cuarto de
admirable ortodoxia, pero solo eso. En definitiva, no estamos ante un viajero
que camina por un pasaje yerto camino hacia la nada, sino junto a un señor
mayor que nos cuenta sus confidencias íntimas, ya lejanas en el tiempo, junto a
una cálida chimenea. A la toma le va haciendo falta un nuevo reprocesado. (8)
2. Brendel (Philips, 1971). Interpretación apolínea en el buen sentido: muy hermosa y equilibrada, de expresividad íntima y recogida. No por ello exenta del amargor que la partitura demanda, pero sí es cierto que el pianista austriaco rechaza acentuar contrastes y se queda en una moderación que no termina de enganchar. En cualquier caso, resulta difícil no dejarse seducir ante la poesía de altos vuelos que logra en el Andante sostenuto, o por los múltiples detalles que, aquí y allá, revelan lo gran artista que es. (8)
3. Richter (Olympia, Salzburgo 1972). Richter puro de oliva –que diría Pedro González Mira– en un primer movimiento lentísimo, de largos silencios que pesan como losas, un fraseo cantable a más no poder y tan ricos como sutiles matices. El resultado es una recreación muy recogida –los siniestros trinos de la mano izquierda, perfectamente diferenciados en sus diversas apariciones, son una amenaza lejana más que un desafío inmediato– pero amarga a más no poder, tanto como lo es un segundo movimiento que mezcla desolación y humanismo como pocas veces se haya escuchado, todo ello servido con enorme belleza sonora, una enorme sutileza en la pulsación y un portentoso sentido del equilibrio. Muy lejos, eso sí, del distanciamiento expresivo de un Brendel: aquí las notas se encuentran cargadas de hondura trágica. Frente a semejantes lentitudes, el tercer movimiento lo aborda Richter con sorprendente efervescencia, incluso con un punto de distensión, aunque sin bajar la guardia en ningún momento. El cuarto está abordado con decisión, marcando bien los claroscuros sonoros y expresivos y cerrando la obra con un adecuado mensaje dramático sin dejarse llevar por el nervio ni el temperamento: el fraseo ofrece un control y una lógica impresionantes. (10)
4. Barenboim (DG, 1977). El primer acercamiento discográfico
del maestro porteño a esta partitura, aun evidenciando esa relativa falta de
afinidad con el sonido y la sensibilidad schubertianas que evidenciaba por
aquella época y conseguirá plenamente en su integral para el mismo sello, fue
ya espléndido. Cierto es que al primer movimiento le falta la mezcla de hondura
trágica y magia poética del increíble Richter, pero el Andante sostenuto, lento
y concentradísimo, es un verdadero prodigio. Imposible realizar una exposición
con mayor lógica constructiva, con una más minuciosa planificación de las
tensiones, con mayor claridad ni con un uso más sensible de las dinámicas,
planteadas con valentía sin perder el equilibrio clásico. Y no menos difícil de
superar, ya en lo expresivo, la combinación de cantabilidad, desgarro interno y
apasionamiento. Ortodoxo el Scherzo, fraseado con agilidad, frescura y sin
miedo a los claroscuros tanto sonoros como expresivos, justo como ocurre en un
Allegro ma non troppo conclusivo sutil en los matices, aunque no precisamente
exento de tensión y rotundidad en unos clímax muy encrespados. (9)
5. Arrau (Philips, 1980). Lejos de ofrecer la interpretación de corte lírico en él esperable, y aun sin renunciar a la máxima belleza sonora posible y a esa maravillosa cantabilidad que dominaba como ningún otro pianista, el chileno juega a discreción con la agógica –ya desde el rubato del mismo arranque– para ofrecer una lectura valiente y contrastada, llena de claroscuros sonoros y expresivos perfectamente integrados en el equilibrio que la partitura exige, pero dejando muy claro la desazón expresiva que marca la misma. Lo más personal e interesante viene en los dos últimos movimientos: el Scherzo no aporta vitalidad refrescante frente a los dos primeros, sino que se encuentra recreado con relativa serenidad, enorme vuelo lírico y no poco amargor, mientras que el Allegro ma non troppo que cierra la obra, de nuevo riquísimo en matices agógicos (¡qué increíble dominio del fraseo!), se encuentra marcado por la inquietud, el nervio controlado y el carácter dramático. No hay final feliz posible. (9)
6. Pollini (DG, 1987). Interpretación de muy alto nivel técnico
en la que la rebeldía resulta algo superficial, más de cara a la galería que
otra cosa, y en la que los pasajes más introspectivos no tienen toda la hondura
necesaria. El último movimiento, magníficamente realizado, no parece tener una
idea clara expresiva detrás. (7)
7. Brendel (DVD Philips, 1988). Como en su anterior grabación
en audio, una bellísima interpretación, maravillosamente cantada y
dicha con un gusto exquisito, dotada de su adecuado punto de amargor –segundo
movimiento- pero no muy interesada por los aspectos más dramáticos de la
página, que quedan un tanto desdibujados por culpa de la voluntad del pianista
austríaco de renunciar a los contrastes; en este sentido, y como era de
esperar, el primer movimiento se queda un tanto en la superficie a pesar de
estar maravillosamente hilado. Preciosa la filmación en el Great Hall del
Middle Temple de Londres. (8)
8. Lupu (Decca, 1991). Aun ofreciendo un sonido
particularmente rico, un fraseo muy flexible, apreciable imaginación a la hora
de ofrecer acentos y gran capacidad para cantar las melodías, el pianista
rumano traza una interpretación desigual que fracasa sobre todo en un primer
movimiento planteado con gran variedad de matices, una amplia gama dinámica
soberbiamente regulada y marcados claroscuros, pero incapaz de transmitir
desolación ni reflexión nihilista, como tampoco lirismo o emotividad. Ni
siquiera los trinos de la mano izquierda resultan amenazadores. Mucho mejor el
Andante sostenuto, llevado a este tempo y evitando por ende el ensimismamiento,
lo que por ventura no significa renunciar al lirismo acongojante ni a los
acentos dolientes, subrayados con valentía en las dinámicas. Muy efervescente
el Scherzo, de nuevo una demostración de imaginación y de sentido orgánico a la
hora de ir desarrollando la arquitectura, si bien resulta un poco más nervioso
de la cuenta. Problema este, el del nerviosismo, que lastra a un Allegro
conclusivo que se olvida del “ma non tropo”, aunque tampoco le vamos a regatear
a Lupu el carácter escarpado que otorga a los clímax, rematando en una coda
especialmente arrebatada. (7)
9. Staier (Teldec, 1996). Una vez acostumbrados a ella, la
sonoridad del fortepiano Johann Fritz de 1825 resulta muy interesante, porque
aporta colores y texturas por completo nuevos, llenos de sugerencias, aunque se
pierda homogeneidad con respecto a un piano moderno y en más de un momento
quede uno desconcertado. En cualquier caso, Staier tiene clarísimo su concepto
de un Schubert que sabe aunar elegancia y cantabilidad con una buena dosis de
amargor, de sentido dramático y de valentía a la hora de plantear los
contrastes sonoros y expresivos. En el primer movimiento los acordes de la mano
izquierda suenan particularmente siniestros, y por ende más contrastados que
nunca con el registro agudo en pianísimo, que suena en este instrumento onírico
e irreal. El segundo recrea de manera admirable el amargor de la música. El
Scherzo sabe ahondar en tensiones y amargores varios, alejándose de cualquier
trivialidad, mientras que el último ofrece pasajes dramáticos muy valientes sin
caer en el nerviosismo. Seguramente se podría pedir un toque más rico, variado
e imaginativo, aunque en cualquier caso Staier no es nada lineal y sabe matizar
agógica y dinámica. (9)
10. Uchida (Philips, 1997). Recuerda la japonesa a Richter en
el primer movimiento. No ya por la lentitud –que no llega a ser tan extrema,
claro está–, sino por la renuncia a los claroscuros, a los acentos apasionados,
la las grandes tensiones, para ofrecernos una lectura recogida, de equilibrio
rigurosamente clásico y enorme hondura emocional. La diferencia viene dada por
una menor dosis de negrura y una superior de belleza sonora: Uchida se decide
por lo apolíneo con todas sus consecuencias, y triunfa en su apuesta. El
segundo sí que se encuentra repleto de amargor, de desolación existencia
incluso, aunque de nuevo revestido de la más maravillosa tímbrica, el fraseo
más natural, la magia sonora más subyugante. Todo cambia –realmente parece
seguir a Richter– en un Scherzo muy vitalista, contrastado, que logra
equilibrar su efervescencia gracias a ese sentido del clasicismo antes aludido.
Al movimiento conclusivo, expuesto con apasionamiento bajo perfecto control y
una depuración digital exquisita, le vendría bien un poco más de reposo. (9)
11. Uchida (YouTube, septiembre 1997). Repetición de la jugada
unos meses más tarde de su registro en audio. Suena regular y no se ve del todo
bien, pero se ve. (10)
12. Kissin (RCA, 2003). La increíble magia del arranque, en el que la música parece salir de la nada, ya nos anuncia un primer movimiento genial en el que sutilísimos matices agógicos y –sobre todo– magistrales juegos con la gama dinámica, articulan un desarrollo orgánico, flexible y de aplastante lógica arquitectónica en el que toda la amargura de la página se pone en primer plano sin que se pierdan en ningún momento el equilibrio, la belleza y esa cantabilidad maravillosa que es tan esencial en Schubert, todo ello haciendo gala el pianista de un toque de increíble riqueza y de un dominio de la mano izquierda (¡tremendos los trinos!) difícilmente igualable. Pero todavía más asombroso es el Andante sostenuto, paladeado con extrema lentitud y concentración, riquísimo en acentos, negro y doliente como ningún otro. El Scherzo lo lleva Kissin con gran ligereza en el fraseo y la sonoridad, pero no en la expresión, llena de adecuados claroscuros; no se detiene mucho en lo que puede aportar el Trío. El Allegro ma non troppo sorprende en principio por una rapidez excesiva, pero al final el artista termina convenciendo gracias a la mezcla de ansiedad nerviosa y carácter tempestuoso del que impregna a la página, llena de acentos valientes que certifican un final en absoluto luminoso para la obra. (10)
13. Barenboim (DG, 2013-14). Tratándose del Barenboim de última
–o penúltima– época, se podría prever un primer movimiento lento, gótico y
siniestro, pero lo cierto es que el de Buenos Aires ofrece una recreación
decidida, de una pieza, magníficamente cantada y –eso por descontado– muy
atenta a los aspectos dramáticos de la pieza, si bien más desde una óptica
rebelde que desde la reflexión nihilista. El segundo está tratado con todo el
amargor que se merece, ofreciendo siempre el maestro –como a lo largo de toda
la interpretación– detalles de gran sutileza en el fraseo. En los dos
movimientos restantes Barenboim atiende plenamente su carácter ágil y animado
sin confundir esto con trivialidad ni descuidar acentos y contrastes que
revelen el trasfondo dramático, pero lo cierto es que no resulta especialmente
personal ni acaba de profundizar –Trío del Scherzo– en todas las posibilidades
que esta música ofrece con la inspiración deseable de un músico de su
genialidad. Excelente sonido en alta resolución. (9)
14. Benjamin Moser (Avi Music, 2014). El joven pianista
norteamericano apuesta por una interpretación de gran belleza melódica en la
que decide no cargar las tintas en los aspectos más negros, pero sin quedarse
tampoco en el distanciamiento ni la superficialidad. En este sentido, los
acordes de la mano izquierda en el primer movimiento no suenan terroríficos ni
amenazadores, sino como unos inquietantes truenos lejanos, mientras que un
fraseo reposado y de apreciable naturalidad desgrana la música desde una óptica
que sabe alcanzar el equilibrio entre carácter apolíneo y amargor interno. Algo
parecido se puede decir del segundo movimiento, de profunda tristeza sin ser
nihilista ni conducir a la congoja. En los dos restantes nuestro artista busca
el contraste con los anteriores optando por cierta efervescencia, aportando
energía, vitalidad e incluso –en el último– un tanto de nerviosismo, mas sin
perder de vista el carácter global de la sonata. Excelente sonido en el
streaming de alta resolución. (8)
15. Leonskaja (eaSonus y Warner, 2015). La excelsa pianista
Georgiana –un modelo de honestidad artística: jamás el sonido por sí mismo,
únicamente en función de la expresión– grabó dos veces el ciclo Schubert, una
para Teldec y otra para eaSonus. Los dos han sido editados en serie barata por
Warner. No sé cómo estará la del primero, pero esta interpretación de la D 960
que comento me es la que más me gusta de las que conozco. Su primer movimiento
parece una síntesis perfecta, por su intensidad y portentosa materialización,
entre todos los enfoques posibles: la negrura de su maestro Richter, la
nostalgia de Kempff, la mágica y honda serenidad de Uchida, el sentido orgánico
de Kissin… incluso el ímpetu teatral y combativo que veremos en Javier
Perianes, a quien incluso supera en valentía (¡qué tremendos acordes se marca
esta señora!) y rabia. El segundo es puro apasionamiento, pero apasionamiento
concentrado y de perfecto equilibrio clásico. Ágil, contrastado y con sutiles
matices el tercero, pasando así a un cuarto en el que, sin perder precisamente
ímpetu no sentido de los claroscuros, acierta por completo a no ir tan rápido
como la mayoría de sus colegas y a mantener la densidad del sonido pianístico,
tan macizo –imposible no pensar en Richter– como flexible. La magistral labor
de los ingenieros termina de convertir a este registro en referencial. (10)
16. Zimerman (DG, 2016). En las notas de la carpetilla Zimerman
hace referencia a las cualidades acústicas del auditorio japonés en que se
realizó –rodeados de nieve– la grabación, así como al uso por parte de los
ingenieros del sello amarillo de la tecnología de 32 bits. Se nota:
técnicamente, el registro es gloria bendita. También habla de las
modificaciones realizadas por él mismo en el teclado para lograr un sonido más
ligero y recortado que se aproxime mejor que un piano moderno “normal” a la
idea sonora que tenía Schubert, en una especie de “quiero ser medianamente historicista,
pero sin usar un instrumento de la época” por parte del pianista polaco.
También se nota en el resultado, claro, aunque puede que no a todo el mundo
agrade. A mí sí que lo hace, y tampoco seré yo quien ponga reparos a la
increíble manera de tocar de este señor, que logra deslumbrarnos por limpieza,
capacidad para regular del sonido y sensibilidad para los más sutiles matices.
Otra cosa es la interpretación propiamente dicha, un tanto desigual dentro de
su altísimo nivel de ejecución. Solo notable el primer movimiento, hermosísimo
y muy bien cantado, pero sin todos esos toques expresivos que permiten
diferenciar las diferentes secciones de tan dilatada página que sí le hemos
escuchado a otros artistas. Magnífico el Andante: insisto en que habrá a quien
no guste su manera de recortar determinadas notas, pero aquí nuestro artista logra
extraer el dolor que anida en la música son por ello desatender la exquisitez
en la exposición. Espléndido, muy bello y con algún detalle personal muy
interesante el Scherzo. Para mí el problema llega con el Allegro conclusivo, no
tanto por la velocidad como por la severa continuidad de un discurso que
Zimerman pretende ágil y contrastado, pero que no termina de mostrarse sincero.
(8)
17. Perianes (Harmonia Mundi, 2016). Sorprende que un pianista
usualmente apolíneo –en el mejor de los sentidos– como el de Nerva se vaya aquí
al lado opuesto para ofrecernos una recreación altamente dramática, teatral y
contrastada, en la que el “viaje de invierno” que proponen las notas no se ve
desde la cálida distancia de la vejez –Kempff– ni desde la metafísica –Richter–,
sino desde el aquí y el ahora. Aunque le quedasen semanas para fallecer,
Schubert era aún una persona joven cuando escribió esta música. Hay ansiedad,
rebeldía y combate. Lo interesante es que Perianes consigue proyectar todo eso
evitando los grandes peligros que tal aproximación supone: el nerviosismo,
falta de elegancia, desatención a la belleza sonora y, por descontado, ausencia
de equilibrio clásico. Esos ingredientes sí que se encuentran presentes en la
versión de Javier, tocada con pasmoso virtuosismo, fraseada con agilidad y
matizadísima en lo que a las dinámicas se refiere. Aunque le falta una dosis
aún mayor de efusividad poética propiamente schubertiana –quizá también una
mayor diferenciación de los trinos del primer movimiento– para alcanzar la
excepcionalidad, su realización se en encuentra muy cerca de las más grandes. La
toma –realizada en Granada– es espléndida, aunque la cercanía de los micrófonos
puede molestar. (9)
18. Pires (Stage+, 2023). Aunque generalmente no se haya mostrado la pianista lisboeta amante de densidades ni de negruras expresivas, tampoco no se le puede reprochar a su aproximación de trivial, amable o domesticada: además de ofrecer una sonoridad increíblemente hermosa y un fraseo natural, sensatamente flexible y pleno de cantabilidad, esta señora sabe marcar contrastes y poner acentos. De hecho, su Molto moderato le sale estupendamente por todas las virtudes antedichas, incluyendo no solo esa dosis de belleza que caracteriza su arte sino también gran valentía en la mano izquierda, sabiduría a la hora de diferenciar en lo sonoro y lo expresivo las diferentes apariciones de los “nubarrones” y una admirable mezcla de concentración y ansiedad. En Andante sostenuto no alcanza semejante inspiración, aunque sabe ofrecer el amargor necesario sin perder el carácter apolíneo que la música también demanda. Espléndido el Scherzo, dotado de impulso bien controlado, de claroscuros y de vida interior. Lo menos bueno es el movimiento conclusivo: aquí Pires no logra concentrarse lo suficiente, cayendo en unas ocasiones en el nerviosismo para en otras bordear –solo eso– cierta frivolidad. En cualquier caso, pianismo de mucha altura. La imagen 4K es de calidad y recoge con mucha belleza el peculiar espectáculo en el que se integró esta representación. (9)



















