domingo, 14 de agosto de 2022

Beethoven, Sinfonía nº 6 "Pastoral": discografía comparada

La Sinfonía Pastoral no necesita presentación, pero quizá sí apuntar que su extraordinaria belleza solo es equiparable con la dificultades que presenta su interpretación: es tan fácil caer en lo prosaico como en lo cursi.

Las grabaciones de Daniel Barenboim y la de Giulini en la Scala, que conozco, las he dejado fuera porque quiero volver a escucharlas antes de puntuarlas. Quedarán para más adelante.



1. Mengelberg/Orquesta del Concertgebouw (Teldec, 1937). He aquí una interpretación sanguínea, vitalista, de tempi rápidos y apreciable sentido teatral, dicha con evidentes ganas de hacer música, pero a mi modo de ver parquísima en sensualidad, en humanismo y en vuelo poético –de dimensión filosófica, ni hablemos– y lastrada por esas libertades en el fraseo y esos estomagantes portamenti que son marca de la casa. A la postre, solo convencen la danza campesina y la tormenta, mientras que el Allegretto conclusivo llega a irritar por su extrema frivolidad que raya con la cursilería. Tampoco se puede decir que la depuración sonora sea precisamente la mayor posible. Suena a rayos. (3)

 

2. Toscanini/Sinfónica de la NBC (Andrómeda, 1939). Al frente de su orquesta de sonido global seco y solistas escasamente musicales, el mítico maestro italiano despliega toda la energía en él esperable con un espléndido sentido de la arquitectura, pero –como casi siempre– se muestra rígido, prosaico, desinteresado por la cantabilidad y carente por completo de ternura y humanismo. Así las cosas, no debe extrañar que lo más conseguido sea una tormenta verdaderamente electrizante, y que los dos movimientos iniciales resulten asépticos y aburridos. (4)

 

3. Schuricht/Filarmónica de Berlín (Iron Needle, 1943). El primer movimiento se desarrolla con tanta corrección como asepsia; no hay lugar para devaneos sonoros, pero tampoco para la inspiración. En el segundo el maestro intenta tomarse las cosas con calma, ralentiza de manera considerable los tempi e intenta paladear las melodías todo lo posible, pero confunde el lirismo con una languidez algo pretenciosa; además, con tanto ritenuti el resultado llega a ser un poco gangoso. Los tres movimientos restantes están llevados con una fluidez y una naturalidad admirables, pero la poesía tampoco acaba de remontar el vuelo. Decididamente, el Berlín de 1943 no estaba para pastorales. O sí, pero con Furt. (5)

 

4. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (Andrómeda, 1944). En plena caída del III Reich, Furt se decida abordar la Pastoral… a su manera, claro está. Ofrece así un primer movimiento lento, maravillosamente paladeado y teñido de una poesía humanística, pero sin toda la inspiración que debería. Esta se alcanza en el segundo, hermosísimo y de profunda impronta humanística, lleno además de detalles creativos y sutilezas en la agógica propias del maestro. Muy bien el tercero. El Furt “de guerra” llega en los dos últimos, con una tormenta particularmente feroz y terrible, y una acción de gracias rápida, vehemente, muy intensa, sin la paz luminosa y resplandeciente de otras lecturas: más bien llena de anhelo, de intensos deseos de alcanzar la felicidad. Hay desajustes y algún pasaje algo precipitado. ¿Eso importa? (9)

 

 

5. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1952). Al frente de una orquesta que –pese a algunos desajustes puntuales- está espléndida y aporta su singular belleza tímbrica, un Furt ya desnazificado ofrece una verdadera lección de cantabilidad en el fraseo –amplio, nobilísimo, en absoluto hinchado–, de plasticidad en el manejo de las familias instrumentales, de capacidad de análisis de planos, de lógica constructiva y, por descontado, de idioma beethoveniano, en una interpretación de gran aliento poético que, sin ser otoñal ni meramente contemplativa, lleva a una prodigiosa síntesis entre belleza sonora, inmediatez emotiva y hondura humanística. Sobresalen en este sentido los dos primeros movimientos, lentos y muy concentrados, por momentos sublimes –minuto cuarto del Allegro non troppo–, puro arte furtwaengleriano. El tercero acierta al acercarse más a lo rústico que a lo risueño, alcanzando momentos de enorme impulso vital. La tormenta no es la más electrizante que uno pueda escuchar: diríase que Furt se interesa más por el terrible resonar de la naturaleza que por el efecto inmediato de la lluvia y los relámpagos. El Allegretto conclusivo no recibe, curiosamente, una interpretación mística y panteísta, sino más bien extrovertida, entusiasta y radiante, por lo que se puede echar de menos ese sentido de lo transfigurado y lo trascendente que era de esperar. En resumen: referencia absoluta en los dos primeros movimientos, no tanto en el resto. El sonido es sensacional –para la época– en el streaming del último reprocesado a 192 kHz. (10)

 


6. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1957). Esta es una enorme Pastoral. Y quizá lo fue todavía más en su momento, porque el de Breslau demostró que la obra más abiertamente romántica de Beethoven puede y debe hacerse evitando conceptos trasnochados que, aunque haya quienes hablan por ahí de “polución wagneriana” –Gardiner dixit–, no son sino una herencia tardía de la estética rococó. Los paisajes beethovenianos no son una contemplación bucólica, dulce y ensoñada, como tampoco la tormenta es un teatro epatante a la manera de las tempestades barrocas. Lo que aquí tenemos no es sino un autorretrato del alma en toda regla. Klemperer lo sabe, y lo expone paladeando la música hasta el límite sin dejarse llevar por el menor sentimentalismo, delineando la arquitectura con una claridad insuperable y alcanzando el punto justo de equilibrio entre tensión y reflexión. Otra cosa es que él mismo, trece años más tarde, llegue aún más lejos en poesía y hondura en la inenarrable filmación en el Royal Festival Hall. En cualquier caso, una de las grandes recreaciones fonográficas de la partitura. Sonido no muy allá, ni siquiera en la reciente recuperación en HD. (9)

 


7. Walter/Columbia Symphony (Sony, 1958). Haciendo gala de un depurado tratamiento de las masas sonoras y fraseando con la naturalidad y el sentido cantable que le caracterizan, el maestro berlinés ofrece, a sus ochenta y un años de edad, una interpretación noble y sensual que se desinteresa tanto por los aspectos dramáticos de la partitura como por su componente filosófico. En su lugar, decide gozar de la naturaleza desde un panteísmo optimista y un punto carnal en el que priman los aspectos más gozosos de melodías, timbres y ritmos frente a otras consideraciones, sin que tampoco se le pueda acusar de trivialidad ni de narcisismo. En cualquier caso, los resultados son desiguales: estimable aun sin especial magia poética el primer movimiento, francamente bueno el segundo –siempre dentro de la línea indicada–, solvente el tercero, descafeinado el cuarto –tormenta de poca electricidad– y muy hermoso el quinto, ya que no especialmente visionario. La toma sufre de cierta distorsión, si bien el reciente reprocesado le otorga relieve e inmediatez. (7)

 


8. Krips/Sinfónica de Londres (Everest, 1960). El enfoque lírico y ajeno a conflictos con que Krips aborda a Beethoven en principio funciona mejor en la Sexta que en otras sinfonías, pero esto no la libra de desigualdades. De este modo, el maestro triunfa en una escena junto al arroyo cálida y sensual, dicha con delectación y la poesía contemplativa, convenciendo asimismo en un Finale no especialmente visionario, pero sí humanístico y maravillosamente cantado. Se queda un poco a medio camino en un primer movimiento dicho con amplitud y exquisito gusto, pero escaso en contrastes, parco en acentos dramáticos y, en general, no del todo poético. Defrauda muy seriamente en una danza campesina y en una tormenta de una blandura intolerables. Buena remasterización del original en 35 mm. (7)

 


9. Cluytens/Filarmónica de Berlín (EMI, 1960). Espléndida interpretación de corte tradicional, robusta debido a la orquesta pero no muy densa, de trazo espléndido y gusto irreprochable, en la que destaca un segundo movimiento contemplativo y bellísimo, paladeado con delectación sin narcisismos. Muy bien el resto, vibrante y comunicativo, ya que no personal ni creativo. (8)

 


10. Leibowitz/Royal Philharmonic (Chesky, 1961). El musicólogo y director polaco abrió nuevas vías en la interpretación beethoveniana, pero no siempre para bien. En la Pastoral logra que su enfoque animado, vitalista y alejado de la densidad no caiga en la frivolidad ni en lo pimpante, manteniendo además el pulso, fraseando con enorme naturalidad y realizando una magnífica disección de la partitura. Ahora bien, el poso humanístico y poético de la obra se le escapa por completo, sobre todo en los movimientos extremos. Extrovertida y con humor la danza campesina, muy bien la tormenta. (7)

 


11. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1963). Era de esperar en el joven Bernstein: su primer movimiento resulta muy animado y se encuentra lleno de vitalidad, de gozo y de comunicatividad, pero no alcanza la sensualidad ni el humanismo deseables. Sí se remansa Lenny en el segundo, muy bien paladeado y cuidadosamente planificado. Bien a secas danza y tormenta, cuyo carácter narrativo le viene como un guante al maestro. Enérgico, pero sin emotividad ni humanismo el quinto. Suena muy bien en el reciente rescate en alta definición, aunque unos contrabajos muy marcados quizá evidencien más intervención de la ingeniería de la cuenta. (7)

 

12. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1967). Karajan en estado puro: la sonoridad es bellísima y rotunda, como también lo es la arquitectura, pero los movimientos extremos resultan realmente flojos, por faltos de inspiración y pocos matizados. Los centrales están muy bien, pero en ellos hay más espectáculo sonoro que sinceridad. Al menos el maestro no cae en la blandura en la que incurrirá en otras ocasiones. De la filmación, lo más suave que podemos decir es que es todo un desmadre narcisista. Hay que verla. (7)

 


13. Giulini/New Philharmonia (EMI, 1968). Desde el punto de vista técnico impresiona la calidad de la ejecución, no solo por el virtuosismo de la orquesta sino también por la maravillosa disección del entramado que realiza la batuta, atendiendo a todas las voces de la polifonía, iluminándolas y equilibrándolas sin perder empaste, al tiempo que levanta una perfecta arquitectura horizontal en el que el fraseo es tan firme como natural; las tensiones están calculadísimas y se llega a los clímax, a veces paroxísticos –el final–, sin que se aparente esfuerzo alguno. En lo interpretativo nos encontramos ante una visión serena y honda, más contemplativa que filosófica –en absoluto superficial–, bella y apolínea sin renunciar a las sonoridades robustas, en la que solo se echa de menos la magia de Furt en estudio en el primer movimiento. El resto, sensacional. (10)

 

14. Klemperer/New Philharmonia (Blu-ray BBC, 1970). Idéntico instrumento (¡y qué instrumento!) para dos interpretaciones tan excepcionales como opuestas. Si dos años atrás la New Philharmonia había ofrecido con Giulini una versión apolínea, serena y maravillosamente humanística, a ras del suelo en el mejor de los sentidos, en esta filmación se deja moldear por quien todavía era su titular para ofrecer una lectura grandiosa y olímpica, de dimensiones absolutamente filosóficas, en la que a pesar del extremo rigor de la arquitectura, el absoluto control de los medios y el rechazo de todo lo temperamental, se ponen de relieve los aspectos más atormentados de la música beethoveniana. Más que contemplación panteísta de la naturaleza, lo que hay aquí es un conflicto entre el ser humano y su existencia en el que la belleza y el dolor se funden como dos caras de la misma moneda. La escena junto al arroyo, paladeadísima y beneficiada de unas maderas tan sublimes en su canto como alejadas de la dulzura superficial, alcanza en este sentido dimensiones acongojantes: del mejor Beethoven jamás escuchado. Y la danza campesina, puro sarcasmo marca de la casa. Lástima que el sonido sea monofónico. (10)

 


15. Barshai/Orquesta Sinfónica (Melodiya, 1971). Interpretación voluntariosa, más sanguínea que evocadora, por completo ajena a los devaneos sonoros, en la que el maestro ruso evita la frivolidad y los tópicos pastoriles, pero no logra soslayar la excesiva rusticidad sonora de su propuesta ni su dificultad para destilar verdadera poesía. Toma excesivamente distorsionada. (5)

 

16. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1971). Tratando con extrema depuración a una orquesta que aporta su inconfundible sonoridad plateada, el de Graz consigue la increíble cuadratura del círculo: una interpretación que resulta clásica, apolínea, equilibrada y bella a más no poder, pero al mismo tiempo llena de vitalidad, extroversión y hasta de júbilo. Al mismo tiempo despliega un extraordinario vuelo poético (¡qué escena junto al arroyo, que final más radiante y humanístico!) y destapa la caja de los truenos en una tormenta tan poderosa como controlada. Impresionante la reproducción en HD, que ofrece un cuerpo y una presencia asombrosas. (10)

 

 

17. Masur/Gewandhaus de Leipzig (Philips-Pentatone, 1973). Siempre más artesano que artista, el maestro alemán ofrece una recreación ortodoxa y sensata, muy bien sonada y por completo ajena a blanduras o amaneramientos, pero sin el suficiente vuelo poético, particularmente en un primer movimiento de puro trámite. Bastante mejor el segundo, muy noble y cálido. La danza campesina y la tormenta están bien, mientras que la acción de gracias resulta más apolínea que visionaria. Pentatone ha recuperado la cuadrafonía original, pero esta solo se nota en el cuarto movimiento; los graves suenan con buen músculo, pero la toma evidencia su edad. (7)

 


18. Kubelik/Orquesta de París (DG-Pentatone, 1973). No queda claro si el maestro escogió a la orquesta porque la consideraba ideal para su concepto o más bien modeló este para adaptarse a la idiosincrasia de la formación parisina. Lo cierto es que esta es una versión que respira “sensualidad francesa” por los cuatro costados, tanto en la tímbrica como en la propia concepción del fraseo, cálido y voluptuoso a más no poder. Alcanza su cénit en el que probablemente sea el más poético y embriagador segundo movimiento de la historia del disco, cantado además con una naturalidad y una flexibilidad admirables: ¡qué magistral, insuperable dominio de la agógica demuestra Kubelik a partir de 7’56’’! ¡Qué plasticidad en el tratamiento de la cuerda! ¡Qué dominio de las masas sonoras! En comparación con semejante prodigio, al muy sensible y bien paladeado primer movimiento le falta un punto de magia poética. Irreprochable la danza campesina, poderosísima la tormenta y exultante –como debe ser– el movimiento conclusivo, tratado con una naturalidad en las tensiones y distensiones –plenos de grandeza los clímax– digna de ser escuchada. La Sala Wagram nunca ha ofrecido especial claridad, pero la remasterización cuadrafónica de Pentatone otorga un relieve y una gama dinámica asombrosas. (10)

 


19. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG Bluy-ray Audio, 1975-77). No es que esta sea, como alguna vez se ha dicho, una “Pastoral pastoril”. No es eso. No hay narcisismos ni cursilería. Es que la poesía no hace acto de presencia. Todo se encuentra meridianamente expuesto, pero la asepsia es absoluta. Solo se salvan una danza de los pastores entusiasta y una tormenta más bien exterior y algo aparatosa, pero sin duda espectacular, que se beneficia del nuevo reprocesado a 192 kHz. (6)

 


20. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD y Blu-ray audio DG, 1978). Aunque pudiera parecer mentira, Lenny es capaz de ir todavía más lejos que Böhm a la hora de hacer sonar hermosa a la formación austriaca. Incluso podría aventurarse que esta es la más bella Pastoral que se pueda escuchar en disco, tal es el grado de depuración sonora, de refinamiento (¡sin rastro de preciosismos!), de sensibilidad tímbrica y de cantabilidad a la hora de frasear la música que Bernstein alcanza. Sin embargo, el norteamericano no termina de encontrar la inspiración en esta lectura en exceso apolínea, no muy comprometida, que llega a resultar poco cálida –incluso un tanto aséptica– en el primer movimiento. El segundo no puede estar dicho con mayor elegancia, pero se queda también algo corto en efusividad. Adecuadamente impulsiva y jovial la danza campesina. Más que correcta la tormenta, aunque los timbales suenen con inesperada sequedad. Emotivo y vibrante, ya que no del todo visionario, el movimiento conclusivo. (7)

 


21. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). El de Barletta sigue siendo un enorme recreador de esta música, que traza con enorme naturalidad, perfecta lógica en las tensiones, sutileza en las dinámicas y asombrosa claridad de trazo, al tiempo que destila una poesía apolínea, elegante y plena de humanismo. Lo que ocurre es que esta vez falta el grado de infinita poesía de once años atrás, particularmente en un primer movimiento no del todo emotivo. Hermosísimo y refinado el segundo, festivo sin arrebatos el tercero, implacable y nada efectista la tormenta –muy secos los golpes de timbal– y de grandioso sentido panteísta la acción de gracias, cuyo último clímax alcanza una punzante intensidad. Muy buen sonido en el streaming en alta definición, curiosamente a un volumen más bajo que el CD; hay un punto de distorsión tímbrica en ambos. (9)

 

22. Böhm/Filarmónica de Viena (DVD NHK, 1977). El veterano maestro repite concepto, sin alcanzar los resultados de su registro en estudio. El primer movimiento posee fuerza, tensión interna, pero no tanto poesía en comparación con su grabación para DG, lo que podría explicarse por un tempo ahora mucho más rápido: 10’10’’ frente a los 12’20’’ de la ocasión referida. El segundo es excelso, aunque de nuevo hay diferencia entre las duraciones: 14’32’’ frente a los 13’59’’ de antes. La danza campesina va ahora algo más lenta, 6’16’’ frente a 5’49’’. En ella, muy hermosa, hay que destacar la excelsitud del oboe y el ímpetu dionisíaco cercano al paroxismo que alcanza en el enlace con la tormenta, la cual despliega una fuerza tremenda. En el quinto movimiento hay poca diferencia entre los tempi, 9’47’’ en lugar de 10’17’’, y aquí vuelve el maestro a resultar admirable por su mezcla de sentido de lo apolíneo y exaltación dionisíaca. (8)

 

23. Jochum/Sinfónica de Londres (EMI, 1978). El grandísimo artesano de la tradición centroeuropea nos ofrece una interpretación lenta, muy paladeada, un punto otoñal, ajena por completo a lo trivial y a lo pastoril, atenta a la claridad, que se encuentra dicha con serena y honda poesía. Pierde un poco por el primer movimiento, algo pesadote y sin suficiente brío. Muy sereno y elocuente el segundo. Bien el tercero, reposado y cantado con mucha calidez. Irreprochable la tormenta, y de nuevo muy bien el último, sereno y no muy visionario, pero fraseado con sincero humanismo. La orquesta no está en plena forma, particularmente la cuerda. Por internet circula la recuperación de la cuadrafonía original, que no convence por traer la orquesta demasiado adelante. (8)

 

24. Sanderling/Orquesta Philharmonia (EMI, 1981). Vuelve la orquesta que fue de Klemperer con una recreación lenta, muy paladeada, plácida pero no morosa, de sonoridad cálida y profunda por la gran atención a las voces intermedias y a la suavidad del legato. La visión del maestro alemán se encuentra llena de ternura; resulta dulce sin blandura, ensoñada y contemplativa a más no poder, encontrándose fraseada con hondura humanística y matizada con extraordinaria sutileza. Los dos primeros movimientos, aun en un enfoque exento de drama, son sublimes. El tercero, muy hermoso, podría tener un poco más de incisividad, aunque se encuentre en sintonía con el resto. Irreprochable la tormenta y magnífico el último, más humanístico que radiante. Lástima que la toma no sea ninguna maravilla. (9)

 

 

25. Carlos Kleiber/Ópera de Baviera (Orfeo, 1983). Único testimonio del mítico y un tanto sobrevalorado maestro dirigiendo la Pastoral, este registro de precario sonido recibió una acogida extremadamente entusiasta cuando apareció en el mercado. Algunos pensamos en su momento que no era para tanto. Mi opinión personal no ha cambiado apenas, aunque tampoco le voy a regatear sus virtudes: enorme fluidez en el trazo, elegancia, elasticidad, tensión interna y un asombroso sentido de la plasticidad de masas sonoras, timbres y texturas contrapuntísticas. Y también un entusiasmo desbordante. Justo el que recorre el Allegro ma non troppo, pero para mal: Kleiber se pasa el “non troppo” por el forro y lo que le queda es una recreación bastante frivolona, precipitada y escasa de poesía. Mejor la escena junto al arroyo, no precisamente sensual ni meditativa, pero sí hermosa y equilibrada. Trepidante, rebosante de fuerza rústica la danza campesina. La tormenta alcanza una dosis de electricidad como nunca se haya escuchado en ninguna otra versión, y ciertamente el tratamiento de la orquesta (¡qué cuerda grave!) es de escucharlo para creerlo, pero el resultado es mucho antes aparatoso que sincero, e incluso se diría que el maestro piensa antes en la teatralidad de las tempestades barrocas que en las tormentas internas del primer romanticismo. Luminoso, alegre y bastante corto de espiritualidad, de goce panteísta y de carácter visionario el movimiento conclusivo. (7)

 

26. Sanderling/Sinfónica de la WDR (Hänssler, 1984). Con unos tempi más o menos similares –salvo en el último movimiento, apreciablemente más dilatado– pero obteniendo un grado aún superior de inspiración, Sanderling repite y mejora su serena y humanística interpretación con la Philharmonia para redondear una de las mejores Pastorales de la historia del disco: el tema de la acción de gracias de los pastores quizá nunca haya sonado tan bello. La toma sonora es más satisfactoria que la anterior. Imprescindible. (10)


27. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1988). Era de esperar. Nos encontramos ante una lectura de soberbia planificación y ejecución, admirable claridad, de pulso sostenido, ajena por completo a la blandura y muy entusiasta, pero a Solti se le escapa el contenido poético que esconden las notas, sobre todo en los movimientos extremos. El segundo está bien a secas, mientras que tercero y cuarto, dentro de una línea con nervio y electricidad, son irreprochables. (7)

 

28. Harnoncourt/Orquesta de Cámara de Europa (DVD Warner, 1990). Independientemente de la voluntad por renovar la praxis interpretativa haciendo uso de una articulación y de un equilibrio de planos ajenos a la tradición, el maestro nos ofrece una lectura maravillosamente explicada en la que se agradece su sentido teatral y el alejamiento de la cursilería y de la blandura, pero en la que hay que reprochar su ausencia de espiritualidad y sentido humanista. El primer movimiento resulta algo distanciado, el segundo bastante frío. Muy interesante la marcada rusticidad del tercero. Electrizante el cuarto, siempre en la línea seca e incisiva de Harnoncourt. Bien la acción de gracias, sin profundizar en su lirismo y efusividad. (7)

 

29. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1990). El holandés usó los instrumentos originales de manera admirable en el repertorio clásico, pero aquí pinchó seriamente: su dirección es enérgica y vitalista, nada contemplativa ni blandengue en general, pero el primer movimiento cae por momentos en lo frívolo y lo pimpante, mientras que segundo y quinto resultan superficiales. Tercero y cuarto poseen, por el contrario, una sana rusticidad, con una sección dancística muy enérgica. No es suficiente. La toma sonora es plana: carece por completo de graves. (6)

 


30. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (DG, 1992). Frente a una espléndida orquesta de instrumentos originales y siempre con los medios bajo control, la batuta dirige con tanto entusiasmo como escasa cantabilidad y atención al matiz. Así las cosas, y aun no llegándose a perder el pulso, el resultado es más bien monocorde y frío. Lo he dicho otras veces: Toscanini con sonoridad historicista. (5)

 


31. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (Philips, 1992). El siempre noble y comedido Sir Colin nos entrega una lectura clásica, elegante pero también entusiasta, dotada de una adecuada robustez y particularmente cálida, sobresaliendo unos movimientos extremos bastante por encima de la media. Al tercero le falta un poco de chispa, mientras que la tormenta resulta más atmosférica que electrizante. (8)

 


32. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1993). He aquí una interpretación abierta a polémica: muy lenta, de legato sensualísimo, frases largas dichas con extrema cantabilidad, un refinado sentido del color y gran atención a las voces intermedias, pero todo ello desde un punto de vista excesivamente pacífico, esencial y desmaterializado, sin los conflictos sonoros y expresivos típicamente beethovenianos, y con más de un momento que se acerca a la blandura. Aun así, son bellísimos y embriagadores –dentro de esta línea– los dos primeros movimientos. El tercero puede llegar a irritar, no ya por la falta de espíritu rústico y de danza, sino por su excesiva suavidad. La tormenta, atmosférica antes que tremenda, está muy bien desmenuzada. El último se abre y cierra con relajación metafísica extrema, al tiempo que alcanza en su interior altas y muy emotivas cotas extáticas. (8)

 


33. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 2000). Un Abbado en modo Karajan, pero Karajan del malo, nos ofrece una inaguantable lectura llena de sonoridades leves y difuminadas, amaneramientos y brutales contrastes dinámicos, cuya escasa poesía y evidente superficialidad apenas se ve compensada con lo encendido de determinados momentos. La tormenta es más espectacular que otra cosa. (3)

 

34. Abbado/Filarmónica de Berlín (Euroarts DVD, 2001). El maestro ordenó retirar del mercado su integral de 2000 para sustituirla por los audios de las filmaciones realizadas al año siguiente. Mejoró poco la cosa, a decir verdad. El primer movimiento, dicho de un solo trazo, resulta tan correcto como aséptico. Segundo leve, ingrávido, amanerado y frívolo: un horror. Tercero y cuarto oscilan entre la cursilería y el estruendo, siempre en busca del efectismo más básico. El Finale se muestra encendido, pero otra vez vuelven las sonoridades gráciles y amaneradas. (4)

 


35. Rattle/Filarmónica de Viena (EMI, 2002). El enfoque pseudohistoricista y la nueva edición de la partitura hacen que esta Pastoral suene diferente a muchas otras, pero Rattle no sintoniza con el contenido poético en ningún momento. Cae además en numerosos detalles de blandura o cursilería, sobre todo en la escena junto al arroyo. El primer movimiento resulta frío, mientras que la tormenta se queda en el espectáculo. (6)

 

36. Mackerras/Orquesta de Cámara Escocesa (Hyperion, 2006). Los tempi son rápidos, la batuta se muestra ágil y obtiene una enorme claridad, mientras que la aplicación de algunas prácticas historicistas revela cosas nuevas. Por desgracia, los dos primeros movimientos resultan muy superficiales, asépticos y aburridos. Excelente la danza campesina, planteado con desparpajo y un admirable colorido. Bien la tormenta, algo excesiva en la percusión. El Finale se queda en lo correcto, sin más. (6)

 

37. Herreweghe/Royal Flemish Philharmonic (Pentatone, 2009). El maestro belga se suma a la "tercera vía" abierta por Harnoncourt –instrumentos modernos pero criterios "históricamente informados" con una lectura ágil y muy fluida, transparente de líneas y fraseada con atención al matiz. Por completo perdida en lo expresivo, eso sí. El primer movimiento resulta precipitado, pimpante y frívolo, cuando no cursi; ni rastro de poesía. El segundo empieza entre algodones, con una ensoñación en exceso dulce, aunque al menos luego deriva a la simple corrección. Solvente la danza campesina, ya que no muy rústica ni animada. La tormenta es excelente, espectacular y bien trabajada en la dinámica. El quinto se desarrolla con naturalidad, mas sin suficiente poesía. La toma sonora es de gran naturalidad. (4)

 


38. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Decca, 2009). La calidad de la ejecución y la claridad en la exposición son indiscutibles, pero la renuncia del milanés a cualquier pathos romántico y su opción por la velocidad de los tempi y la ligereza en las texturas le conducen a una recreación precipitada, trivial y muy aséptica. Todo suena igual, indistinto, sin poesía. Impresiona la tormenta, sí, electrizante y efectista: el enorme talento del milanés tenía que asomar por alguna parte. (5)

 


39. Mehta/Filarmónica de Israel (Helicon, 2009). El maestro indio da buena cuenta tanto de su espléndida técnica como de su gran conocimiento del lenguaje del sinfonismo centroeuropeo con una lectura ortodoxa y solvente, sonada con la densidad adecuada, trazada de manera muy fluida –no hay asomo de pesadez–, dicha con musicalidad y adecuado sentido teatral –muy buena la tormenta–. Pero también evidencia su talante rutinario en la escasez de variedad expresiva, en la poca creatividad para los matices, en la parquedad de poesía de los dos primeros movimientos y, sobre todo, en un Finale en el que el sublime tema beethoveniano es fraseado con lamentable vulgaridad. (7)

 

40. Perlman/Filarmónica de Israel (Blu-ray Euroarts, 2010). Gratísima sorpresa esta Pastoral que, aun no siendo muy creativa y pinchando una tormenta escasa en electricidad, está dicha no solo con buen pulso, sino también con una importante dosis de poesía, de sensualidad y hasta de ternura bien entendida, siempre bajo una óptima más lírica que visionaria que, por lo demás, resulta perfectamente aceptable en una obra como ésta. Lástima que la orquesta, no muy allá en ninguna de sus secciones –flojito el clarinete en la escena junto al arroyo–, no sea mejor. Sonido exclusivamente estereofónico. (8) 

 

41. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Channel Classics, 2010). Ante todo, hay que reprochar la decisión –justificada en la carpetilla por motivos expresivos difíciles de compartir– de hacer que la primera aparición del tema del último movimiento la toque únicamente el concertino. Por lo demás, se trata de una lectura rápida, briosa y entusiasta, pero más bien parca en matices e inspiración poética. El primer movimiento se encuentra muy bien trazado, sin que la dimensión panteísta llegue a percibirse. El segundo es solvente, llamando la atención el esfuerzo de las maderas por resultar onomatopéyicas en la parte final. Muy fogosa la fiesta campesina, pero apagada y rutinaria la tormenta. Buena sin más la acción de gracias. La toma sonora deja que desear. (6)

 


42. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (Glossa, 2011). La gran ventaja de este registro frente al antiguo de los mismos artistas para Philips es la toma sonora, ahora con todo el relieve que se necesita para apreciar la plasticidad con que el maestro holandés maneja a su espléndida orquesta. Interpretativamente los movimientos que más siguen convenciendo son la danza de los pastores, ahora más natural y sin los agresivos tirones de tempo de antaño en la sección que imita a la zanfoña, y la muy bien realizada tormenta. Los demás se desarrollan con fluidez y concentración, pero las dificultades del maestro holandés para ofrecer poesía se vuelven a poner en evidencia. Tampoco la delgadez de la cuerda y su falta de vibrato parecen lo más adecuado para esta partitura. (7)

 

43. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts, 1 mayo 2013). Sir Simon sigue intentando, sin éxito, llegar a un punto de encuentro entre la tradición y la renovación interpretativa bajo un prisma expresivo en el que lo pastoral se confunde con lo pastoril, la felicidad con lo naif y la poesía con la excesiva delicadeza, evidenciándose una total falta de sintonía con el universo beethoveniano. Así las cosas, el primer movimiento está desarrollado con una fluidez y una depuración sonora extraordinarias, sin que la emoción verdadera se sienta en momento alguno. El segundo continúa en la misma línea y llega a irritar por las numerosas caídas en pianísimos ingrávidos y diversos detalles de cursilería. El tercero funciona bastante bien, aunque el sentido del humor de que hace gala el maestro resulte –era de esperar– risueño y un tanto “bien educado” antes que rústico. En la tormenta la batuta sabe sacar provecho de la musculada cuerda berlinesa, aunque cosas mucho más electrizantes se hayan escuchado, mientras que la acción de gracias sabe ser bella y luminosa pese a –de nuevo– algunos detalles más preciosistas de la cuenta. (6)

 


44. Nelsons/Filarmónica de Viena (DG, 2017). El maestro se desinteresa por reflexiones filosóficas más o menos panteístas y, lejos de abordar la partitura como una metáfora agridulce de conflictos internos y crisis existenciales, se lanza en plancha a ofrecer una lectura eminentemente hedonista y dionisíaca en la que el pleno goce sensual de masas sonoras, timbres y melodías se ponen por encima de cualquier otra consideración. La naturaleza es aquí fuente de la mayor plenitud y la más intensa felicidad, nada más y nada menos que eso. Todo ello está dicho con suprema belleza sonora, cantabilidad extrema, perfecta planificación de las tensiones –intensísimo el clímax casi al final del primer movimiento–, un enorme sentido del ritmo –nada difícil pensar en el tercer movimiento en una danza de carnosos y mofletudos pastores rubenianos– y refinamiento sin amaneramiento, si obviamos los pequeños pero molestos rubatos en la tormenta, lo menos conseguido –no por esos detalles, sino por el exceso de precipitación y la falta de carácter ominoso– de esta luminosísima lectura. (9)

 

 

45. Forck/Akademie für Alte Musik Berlín (Harmonia Mundi, 2019). Apasionante viaje al pasado el que se nos propone haciéndonos escuchar la Le Portrait musical de la Nature ou Grande Simphonie de Justin Heinrich Knecht antes de la Pastoral: los precedentes con que contaba Beethoven quedan bien claros, como también su singularidad y genialidad. Las de Beethoven claro. En lo interpretativo también se mira al pasado con una recreación arriesgada –que no agresiva– en la sonoridad, que probablemente es aquella en la que pensó el compositor, pero los músicos de la Akademie –sin director: Bernhard Forck aparece como konzermeister– se muestran sensatos y, con la excepción de unos molestos portamentos en el arranque de la tormenta, ofrecen una lectura sensata, hermosa y equilibrada, tocada con limpieza extrema y recogida maravillosamente por los ingenieros de Teldex. La emoción quedará para mejor ocasión. (7)

 

 

46. Savall/Le Concert des Nations (Alia Vox, 2020). El de Igualada se atreve a ofrecer la interpretación de sonoridad más radicalmente historicista de las escuchadas hasta la fecha. Horrorizará a los melómanos más tradicionales, pero escuchada con los oídos bien abiertos y limpios de las telarañas de los prejuicios lo que sale a la luz es una recreación intensa y muy bien trazada, renovada en la tímbrica y reveladora de líneas que habitualmente pasan desapercibidas, fresca en la expresión y ajena a las blanduras y los amaneramientos de otros intérpretes tanto tradicionales como “históricamente informados”. Dicho esto, todos sabemos que ni Savall ni su orquesta poseen una técnica de primera, y que tampoco puede un artista en su primera aproximación a un universo tan complejo como el beethoveniano ofrecer la sensibilidad y la riqueza de matices que la partitura demanda: ni la poesía termina de brotar, ni la tormenta –cosa curiosa, estando nuestro artista acostumbrado a las orages barrocas– alcanza la fuerza deseable. Tampoco la dimensión panteísta de esta música genial queda bien reflejada. La toma es magnífica. (7)

47. Nézet-Séguin/Orquesta de Cámara de Europa (DG, 2021). Escuchada en Dolby Atmos, esta es la Pastoral que mejor suena de todas. Lástima que la aproximación del maestro canadiense deje mucho que desear: parte del planteamiento de Harnoncourt, le resta sequedad y le añade una búsqueda de sonoridades leves que en el segundo movimiento llega a irritar. No así en el resto de la obra, simplemente aséptica hasta decir basta. Si se quiere escuchar una Pastoral distinta, mucho mejor acudir a Savall: allí hay vida e ideas, aunque la realización no sea tan pulcra como la presente. (5)

miércoles, 10 de agosto de 2022

Alfonso X, ¿mala influencia?

Escribo esta entrada en calidad de historiador del arte –de segunda o tercera fila, eso ya lo he dicho en otra ocasión– que desde allá por 1993 lleva interesándose por el medioevo andaluz, particularmente por sus manifestaciones artísticas.


He tenido la desgracia de toparme hoy con uno de los artículos más deleznables que he leído recientemente (aquí). Tristeza doble, porque lo firma mi examigo Juan José Roldán Valdés. No tengo más remedio que contestar: me lo piden las muchísimas horas que he dedicado, con mayor o menor fortuna, a la figura de Alfonso X el Sabio y todo cuanto le rodea.

Dice el autor de la reseña:

“(…) acaba de inaugurarse en la emblemática Torre de Don Fadrique un mapping celebrando el paso del monarca por la capital andaluza y la relevancia que tuvo para la ciudad, traducido siempre en aciertos, sin mencionar jamás la influencia que para mal tienen este tipo de personajes que generalmente vitoreamos sin someter al análisis riguroso y certero que merecen. Los milagros de la Virgen sirvieron, a veces en tono jocoso e incluso casi cómico, para perpetuar el sometimiento del pueblo a través de la fe y el dogma, independientemente del valor artístico musical que su traducción en cantigas pueda haber mantenido a lo largo de los siglos.”

Primero. Alfonso X de Castilla ha sido sometido a muchísimos análisis "rigurosos y certeros". Unos más que otros, pero se cuentan por cientos. La bibliografía es extensísima: repárese en la que incluye el catálogo de la reciente exposición celebrada en Toledo, o en la de hace algunos años en Murcia, o bien en las que se incluyen en las monografías de Joseph O’Callaghan o Manuel González Jiménez. La valoración de su reinado no está exenta de puntos de vista muy distintos entre sí, e incluso de polémicas, pero nadie que escriba con un mínimo de conocimiento puede ignorar la ingente bibliografía que Don Alonso ha suscitado.

Segundo. Todos esos historiadores han señalado repetidamente errores, fracasos y actuaciones muy negativas del monarca. Hasta la saciedad. De hecho, en siglos pasados su labor solo fue bien valorada en el plano cultural, y no ha sido sino hasta fechas relativamente recientes cuando se ha empezado a ver que en otros campos de su gobierno hubo también aspectos altamente positivos. No voy a entrar en todo ello: basta con acudir a una librería o bucear por internet en busca de la bibliografía rigurosa, que –debo insistir– es ingente en cantidad.

Tercero. Independientemente de sus desaciertos y fracasos, la figura de Don Alonso fue extremadamente beneficiosa para Sevilla. Tal vez la que más, a lo largo de toda su historia. Al convertirla en capital del reino –ejerce de tal la ciudad en la que reside el monarca, y fue allí donde más tiempo vivió nuestro personaje–, la antigua Hispalis se convirtió en uno de los mayores centros culturales de toda Europa. Justamente, el encabezado por un monarca que en lo que se refiere al interés por las artes no tuvo parangón alguno –no lo digo yo, lo dicen los que verdaderamente saben– en todo el medioevo. Y no solo por las artes "cristianas", sino también por toda la cultura grecolatina, la islámica y la hebrea. ¿Hace falta insistir en cómo asume, aprovecha y renueva el fenómeno que conocemos como Escuela de Traductores de Toledo?

Cuarto. Los milagros recopilados por orden del monarca tienen muy diversa procedencia –a veces ni siquiera eran marianos en origen–, las Cantigas tuvieron un uso privado y, desde luego, no sirvieron “para perpetuar el sometimiento del pueblo a través de la fe y el dogma”. No comprendo cómo se puede escribir una barrabasada semejante. O sí: quizá se han visto demasiadas películas (¡cuándo daño ha hecho El nombre de la rosa!) y se ha leído poco o nada sobre lo que fue la Edad Media.

En fin, aquí el enlace sobre un texto que escribí en Ritmo sobre las Cantigas –ya desactualizado, qué le vamos a hacer–, otro más reciente y una conferencia que impartí el pasado octubre sobre ellas. No serán gran cosa, pero pueden ayudar a combatir la sarta de tópicos y disparates que se han escrito en un medio antaño prestigioso como fue El Correo de Andalucía.


 

Daphnis et Chloé de Ravel, ballet completo: discografía comparada

Estrenado bajo la dirección de Pierre Monteux en 1912, el ballet Daphnis et Chloé permanece no solo como la obra maestra de Maurice Ravel, sino también como una de las más hermosas creaciones sinfónicas de todos los tiempos. Desdichadamente, la necesidad de contar con un coro ha conducido a que las suites orquestales se escuchen y graben muchísimo más que la versión completa, que es la que nos ocupa en la siguiente discografía comparada. Eso sí, no se pierdan la toma radiofónica de las dos referidas suites a cargo de Celibidache y la Filarmónica de Múnich: es aún mejor que las versiones que aquí se llevan el diez.

 

 

1. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1955). Con estéreo asombroso para la época nos llega una interpretación ante todo teatral, contrastada y vivaz, muy narrativa y de excelente pulso, de notable sentido del color y buena prestación de la orquesta norteamericana –hay más de una pifia evidente en los metales–, con la que el maestro realiza una admirable radiografía sonora. Se le puede pedir un poco más de misterio y sensualidad en determinados pasajes, como también de intensidad en los clímax amorosos. El New England Conservatory Choir no es gran cosa. (8)

 


2. Monteux/Sinfónica de Londres (Decca, 1959). Lo que singulariza a esta extravertida y luminosa -más que brumosa- versión es su vitalidad y su desarrolladísimo sentido teatral y narrativo. ¿Fue así el estreno? En todo caso, la lectura podría ser algo más pausada, detenerse algo más en las texturas y ofrecer un fraseo más cálido y sensual. (8)

 


3. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1961). El joven Bernstein ofrece exactamente la interpretación que en él podíamos esperar: rápida en los tempi, eminentemente descriptiva, animada de principio a fin, contrastada y muy vistosa en lo sonoro, comunicativa a más no poder y por momentos muy fogosa. Pero también, como estaba igualmente previsto, muy ajena al estilo, excesivamente temperamental, en algún momento dicha de pasada y tosca en más de una ocasión, aparte de no muy bien tocada por una orquesta que aún tendría que mejorar. Tampoco se encuentra dicha con especial sutileza por el Schola Cantorum Choir. (7)

 


4. Cluytens/Sociedad de Conciertos del Conservatorio (EMI, 1962). Una toma sonora cuyas insuficiencias ni siquiera ha logrado solucionar el rescate en HD va en contra de una realización de gran altura cuyas principales bazas son la sonoridad “puramente francesa” de la orquesta y la sintonía de la batuta con las tradiciones interpretativas de este repertorio, ofreciendo una recreación sensual y refinada a la que le falta quizá un último grado de variedad expresiva, de sentido teatral y de acentos dramáticos. (8)

 


5. Ansermet/Orqueta de la Suisse Romande (Decca, 1965).
A unos meses de cumplir los ochenta y dos añitos, el maestro suizo registra –con excelente toma– una interpretación ideal en el estilo y de enorme vuelo poético en la que consigue la verdadera cuadratura del círculo: que la sonoridad sea todo lo brumosa, sensual y difuminada que exige la ortodoxia impresionista y que, al mismo tiempo, se escuche todo. Absolutamente todo: la secuencia del amanecer, solo superada por Celibidache con la Filarmónica de Múnich, resulta literalmente un milagro. El fraseo es muy curvilíneo, flexible y holgado, la música está recreada sin prisa alguna –predomina el misterio frente a la teatralidad– y la orquesta suena con unas maderas “a la antigua”, de plena tradición francesa, que resulta de lo más adecuada. Solo falta un poco más de nervio y de carácter visionario en la danza final para conseguir la interpretación perfecta. (9)

 


6. Martinon/Orquesta de París (EMI, 1974). La perfección en el estilo identifica esta interpretación que alcanza el punto justo de equilibrio entre evanescencia, sensualidad y sentido de lo narrativo, se encuentra dicha con elegancia “clásica” de la mejor ley, despliega un colorido pastel de suaves difuminados y sabe ser altamente poética sin caer en el hedonismo. Un poco más de virtuosismo por parte de la orquesta –en general espléndida, amén de muy apropiada– y de claridad por parte de la batuta, un punto más de magia poética y una danza final más intensa hubieran elevado esta lectura a la categoría de lo excepcional. Sobra algo de escándalo en los tutti, sobre todo por parte del coro. Escuchada otra vez, resulta algo parca en magia poética, y algo. La nueva remasterización HD –en origen era cuadrafónica– otorga cuerpo a la toma, pero sigue sin solucionar los problemas de origen. (8)

 

 

7. Maazel/Orquesta de Cleveland (Decca, 1974). El maestro norteamericano hace gala de su proverbial técnica de batuta desplegando sentido del color, claridad y brillantez, pero lo cierto es que solo a ratos termina de conectar con la poesía que desprenden los pentagramas. No solo eso: hay pasajes de fraseo en erróneamente enfático, otros se encuentran dichos más bien de pasada y hay excesiva contundencia en los clímax. Tanto capricho y exhibicionismo de dudoso gusto terminan lastrando los resultados de una lectura que podría haber sido muy notable, en buena medida por la respuesta de la Orquesta de Cleveland y de su coro. (7)

 


8. Ozawa/Sinfónica de Boston (DG, 1974). El maestro oriental posee a manos llenas ese refinamiento, esa delicadeza, ese sentido del color pastel, ese fraseo curvilíneo y esa sensualidad características de Ravel. pero tales virtudes están aquí presentes de manera irregular: hay momentos que Ozawa paladea con enorme concentración y otros lastrados por un exceso de nervio en los que, extrañamente, incurre en el escándalo gratuito de cara a la galería. Tampoco la magia sonora y la elevación poética se hacen presente todo lo que debería. Asimismo, hay que apuntar que las texturas no están trabajadas con toda la claridad de análisis deseable, aunque aquí parte de la culpa puede radicar en el equipo de grabación, más atento a la sonoridad global que al detalle. Y eso que la toma no es en absoluto mala: tiene presencia, posee unos agudos formidables y hace gala de una gama dinámica impresionante. Formidable el Tanglewood Festival Chorus. (8)

 


9. Boulez/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1975). Fiel a su conocido modus operandi, el maestro francés se aleja todo lo posible de brumas, sensualidades y voluptuosidades expresionistas. Pero no por ello incurre en la frialdad que, no sin cierta justificación, muchas veces se le atribuye. Antes al contrario, esta es una lectura vitalista y teatral, rápida en los tempi –sin caer en el nerviosismo–, incisiva en la tímbrica y, eso por descontado, soberbiamente planificada. Faltan magia sonora y perfume poético, pero eso no parecen ser los aspectos que más interesan a Boulez. (8)

 


 10. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1980).
Esta grabación posee un comprensible prestigio: el idioma resulta irreprochable, es colorido riquísimo, la sensualidad decadente la justa y el equilibrio entre lo narrativo y lo contemplativo resulta perfecto. Dicho esto, la batuta no se muestra todo lo concentrada que debiera –sin llegar a ser nerviosa–, lo que se traduce en una cierta falta de magia sonora. Además, sobra alguna caída en el estruendo y el efectismo. Magnífico el coro de la propia orquesta. (8)

 


11. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1981). La plenitud del estilo impresionista en una lectura mucho antes contemplativa que narrativa: cálida y sensual a más no poder, exquisita en el color, refinadísima en las texturas, sonada con levedad bien entendida y paladeada con exquisito gusto. Solo le falta para ser perfecta la magia poética de un Celibidache –inalcanzable por ningún otro director– y –como a otros grandes maestros– un poco más de tensión y carácter visionario en la danza final. Muy bien el coro de la orquesta. La grabación, siendo buena, dista de estar a la altura de las mejores de la época. (9)


12. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1988). Un arranque verdaderamente mágico por su mezcla de levedad, concentración y vuelo poético nos pone sobre aviso de la sensacional técnica de un Abbado dispuesto a realizar verdaderas filigranas con la partitura. Cierto es que no disimula la tendencia que ya entonces evidenciaba hacia la búsqueda de los máximos contrastes sonoros, a perderse en preciosismos o a enfatizar en exceso determinados clímax, pero lo cierto es que son tan grandes la frescura de su acercamiento, su sentido de la narración, la riqueza de colores y texturas, la animación de su batuta y el refinamiento con que trata a las masas orquestales y corales –excelente el LSO Chorus–, que el milanés termina ganando la partida. Una pena que la toma deje que desear, si bien es cierto que recoge toda la tremenda amplitud dinámica en que se recrea Abbado. (9)  


13. Haitink/Sinfónica de Boston (Philips, 1989). Admirablemente cultivada en la sensibilidad hacia lo francés por Munch y Ozawa, la dúctil, sensual y refinada Boston Symphony –menos brillante y más europea que el resto de las formaciones estadounidenses– se muestra como el instrumento ideal para esta partitura bajo la batuta atentísima de un Bernard Haitink que la trata con extrema depuración sonora, levedad en su punto justo y una asombrosa plasticidad a la hora de trabajar timbres y texturas. No solo eso: mucho más inspirado que sus dos predecesores, por estar más atento al misterio, a la sensualidad y a la atmósfera que destilan los pentagramas, el maestro holandés desgrana una interpretación de exquisito gusto en la que la sugerencia se pone por delante de lo narrativo y, siempre desde una óptica eminentemente apolínea, se destila una poesía de altísimo vuelo. El Tanglewood Festival Chorus vuelve a estar formidable. Una toma de lujo convierte a esta grabación de una de las más recomendables. (10)

 


14. Boulez/Filarmónica de Berlín (DG, 1994). Planificando con asombrosa minuciosidad y transparencia en grado superlativo, el maestro francés insiste en su visión rápida –más de la cuenta en algún momento– y muy animada, poco brumosa, antes cercana al neoclasicismo que al impresionismo. La orquesta, obviamente, es muy superior a la Filarmónica de Nueva York, mientras que el Coro de la Radio de Berlín realiza un impresionante trabajo. La toma, realizada en la Jesus-Christus-Kirche, es de muy notable calidad, especialmente por su amplia gama dinámica y el buen equilibrio con el coro. (8)

 


15. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1995). En los años en los que alcanzó la cima de su inspiración –al salir de Ámsterdam empezó a desvariar–, el maestro milanés ofreció la que a día de hoy sigue siendo versión perfecta, dotada de una claridad extrema, una ejecución impecable, un desarrollado sentido del color, una emoción a flor de piel y el punto justo de “neblina” impresionista. No hace falta decir más. La gama dinámica de la grabación es espectacular. (10)

 


16. Haitink/Sinfónica de Chicago (CSO, 2007). El maestro holandés vuelve a realizar un espléndido acercamiento a la partitura, esta vez con menos brumas y mayor dinamismo, pero también evidenciando una concentración bastante menor (pasamos de 57’46’’ a 53’18’’), particularmente en los diez primeros minutos, y sin destilar la magia poética de antaño. Sea como fuere, el tratamiento de la orquesta no es menor depurado que entonces y las fuerzas de Chicago no son precisamente menos admirables que las espléndidas de Boston. La toma sonora, en vivo, ofrece graves más imponentes, pero no alcanza el equilibrio de la anterior. (8)

 


17. Gergiev/Sinfónica de Londres (LSO, 2009). Sorprende el habitualmente mediocre maestro ruso con una dirección enormemente voluntariosa, paladeada sin prisas –cuidando de no perder el pulso–, expuesta con admirable sensibilidad para el color y las texturas, muy atenta a las brumas, a la sensualidad y al misterio –notable Amanecer–, más contemplativa que teatral, y desde luego muy bien tocada por una LSO que ya tenía una excelente trayectoria discográfica con esta partitura. ¿El problema? En no pocos de los clímax Gergiev hace gala de su proverbial efectismo, vulgaridad y mal gusto. Irreprochable sonido en SACD multicanal. (8)

 

18. Nézet-Séguin/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). El canadiense demuestra no solo su perfecto dominio de colores y texturas, sino también una perfecta comprensión del idioma raveliano con esta interpretación que sabe ser al mismo tiempo extrovertida y lírica, teatral y refinada, no particularmente sensual pero tampoco brumosa en exceso, y en cualquier caso dicha con evidente entusiasmo sin menoscabo de un perfecto control de los medios a su disposición. Sobran, eso sí, algunos detalles en exceso decadentes, y se echa en falta un plus de creatividad, circunstancias que son compensadas con los solos llenos de musicalidad de los profesores de la orquesta. Espléndido el Coro de la Radio de Berlín, dirigido por Michael Gläser. (9)

 

19. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2016). Adoptando unos tempi más bien rapiditos y haciendo gala de una gran capacidad para hacer que la opulenta Filarmónica de Berlín suene con la transparencia y la ligereza apropiadas, Sir Simon construye una interpretación ágil, fluida y de un muy elevado sentido teatral, antes narrativa (¡maravillosamente narrativa!) que atmosférica o extática, y por ella no muy atenta a las brumas impresionistas y sin toda la inspiración poética posible. En cualquier caso, el trazo es refinado, el trabajo con las texturas irreprochable y la comunicatividad muy elevada. Formidable el trabajo del Rundfunkchor Berlin, esta vez bajo la dirección de Gijs Leenaars. (9)

 


20. Roth/Les Siècles (Harmonia Mundi, 2016). ¿A qué viene un Daphnis “históricamente informado” cuando tenemos una grabación de espléndido sonido bajo la dirección de quien empuñó la batuta en el estreno? Vale, de acuerdo: los instrumentos eran distintos. Y hay que reconocer que su sonoridad resulta fascinante, más por ofrecer algo distinto a lo que estamos acostumbrados que por resultar preferibles, cosa que no tengo nada clara. Sensacional el coro. En cuanto a la dirección, es el trabajo que hasta ahora más ha gustado del muy sobrevalorado François-Xavier Roth: hay control y refinamiento dentro de una línea marcadamente impresionista que opta por lo aéreo antes que por lo denso. Lejos, en cualquier caso, de la poesía que obtienen los grandes directores de la página. Y sobra más detalle decadente.  Soberbia la toma. (8)

 

21. Gimeno/Filarmónica de Luxemburgo (Pentatone, 2017). El maestro valenciano se mueve como pez en el agua desplegando lo que más le gusta, levedad sonora, sensualidad y una elegancia indolente que le sientan de maravilla a esta partitura. Siempre y cuando no se pasen de la raya, claro está: a veces Gimeno lo hace a la hora de sonar aéreo o dulce. En la Danza guerrera se pasa al extremo opuesto: una cosa es reflejarla brutalidad de los malos de la función y otra distinta es hacer el bruto. En cualquier casi su afinidad con la partitura es grande, y su dominio técnico incuestionable pese a que la toma, de gran riqueza en los graves, resulta algo turbia y empaña la claridad de la batuta. (8)

Beethoven, Sinfonía nº 6 "Pastoral": discografía comparada

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