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jueves, 26 de enero de 2023

La Tosca de Mehta con Price y Domingo

Vuelta a la Tosca de Giacomo Puccini que grabó Zubin Mehta entre julio y agosto de 1972 para RCA al frente de la New Philharmonia con un elenco encabezado por Leontyne Price, Plácido Domingo y Sherill Milnes. Esta vez lo he hecho no en la vieja y deficiente remasterización que conocíamos desde siempre, sino en la nueva a 96 kHz disponible en Qobuz. Tres ideas rápidas.

Primera: sigue sonando mal o, al menos, por debajo de la media de la época. Parece que ahí hay poco que hacer.

Segunda: el maestro de Bombay, a sus treinta y seis años, estuvo hizo gala de un absoluto control de los medios a su disposición y, sobre todo, de un desbordante sentido teatral, pero también supo ofrecer un Puccini distinto al que estamos acostumbrado en discos. Por eso mismo habrá quien prefiera el exquisito refinamiento de un Colin Davis o el increíble sentido del color y de las texturas de un Sinopoli, incluso la opulencia –por momentos excesiva– de un Karajan, por citar ejemplos significativos, pero resulta difícil resistirse ante la propuesta visceral, a tumba abierta de un Zubin Mehta que se olvida de cualquier preciosismo para decantarse por la rusticidad bien entendida, incluso por la aspereza, resaltando los aspectos menos complacientes de esta música y mirando directo al drama. Eso sí, sin olvidarse de la más amplio y mediterráneo sentido del canto cuando ello corresponde. La orquesta, que se estaba despidiendo por entonces de Otto Klemperer, es la ideal para el planteamiento sonoro del maestro.

Tercera: los protagonistas están francamente bien, formando un equipo equilibrado y de enorme altura. La Price va de menos a más, no termina de atender a la vertiente amorosa del personaje, pero tras un Visi d’arte cantado de manera tan canónica como intensa, pone toda la carne en el asador. Me resulta imposible compartir lo que escriben Fernando Fraga y Enrique Pérez Adrián en Los mejores discos de ópera: “las frases de Price en la escena del asesinato de Scarpia son tan horrorosas que no puede explicarse como no haya reparado en ellas un productor de la experiencia y la talla de Richard Mohr”. Domingo está en su mejor momento vocal, quizá no en el de sus mayores sutilezas expresivas, mientras que Milnes compone un Scarpia de enorme solidez.

Creo que la mayoría de los melómanos estamos de acuerdo: una de las versiones de referencia.

jueves, 28 de marzo de 2019

Mehta hizo el Trovatore de referencia

Son muchos los aficionados que afirman que el Trovatore de referencia es el que grabó allá por 1969 un Zubin Mehta de treinta y tres años de edad al frente de la New Philharmonia Orchestra en el Walthamstow Town Hall para el sello RCA. He vuelto al registro –esta vez en una copia HD– después de mucho tiempo sin escucharlo: sigo compartiendo esa opinión. No es la del maestro indio una dirección genial y personalísima a la manera de la muy gótica, densa y sensual que registró Giulini en su ancianidad. No: Mehta ofrece un Verdi-Verdi, de sonoridades rústicas en el mejor de los sentidos –enorme protagonismo de las maderas–, fraseo incisivo, tensión electrizante y altísimo voltaje teatral, lo que no le impide ralentizar los tempi y frasear con concentración y vuelo lírico las arias más poéticas. La formación que aún era de Klemperer responde con pasmoso virtuosismo a los dictados de la batuta.


Si esta interpretación es una referencia absoluta no se debe únicamente, claro está, al soberbio trabajo de Mehta. Por una vez se cumple eso de que hay cuatro cantantes de primera. Diré más: el rol fundamental, el que más canta y el que contiene una de las músicas más gloriosas de todo Verdi –me refiero a la secuencia que forman D’amor sull’ ali rosee y el Miserere– recibe una recreación inenarrable por parte de Leontyne Price. Sí, ya sé que su dicción deja que desear y que se queda algo corta en el grave, pero la soprano norteamericana ofrece una Leonora increíblemente atractiva que se beneficia de un timbre carnal y de una fuerza expresiva que otorgan especial sensualidad y erotismo a su personaje. No solo eso: posee un agudo con verdadero squillo, resuelve sin problemas las agilidades de corte belcantista y maneja con verdadera maestría el fiato para ofrecer unas frases de vuelo lírico conmovedor. En cualquier caso, lo que más deslumbra es la intensísima y por momentos desgarradora intensidad emocional que despliega desde la primera hasta la última nota. De libro.

A nivel no precisamente inferior se mueve Fiorenza Cossotto, una Azucena cantada con asombrosa perfección, de línea tan bella como depurada en lo sonoro, que en lo expresivo sabe ofrecer sutilísimos matices psicológicos y mantenerse por completo ajena a truculencias. Ni una concesión de cara a la galería: solo canto del más exquisito posible.

¿Qué decir de Plácido Domingo? Quizá no ofrezca todavía los matices ni la sensualidad de esa grabación con Giulini antes citada, pero aquí sí ofrece esa frescura y ese ímpetu juvenil que se echará de menos más tarde. De acuerdo con que la cabaletta no es memorable, pero en el aria roza el cielo verdiano. Grande Plácido.

Sherill Milnes, siempre un intérprete algo monolítico, está aquí en su mejor momento vocal y canta con una perfecta mezcla de arrojo, sensibilidad y convicción. Elisabeth Bainbridge hace una estupenda Inés y Bonaldo Giaiotti hace un Ferrando portentoso. El Ambrosian Opera Chorus de John MacCarthy deja bien claro que por aquella época era el mejor coro del mundo.

La toma sonora adolece de una severa compresión dinámica y de una tímbrica no muy depurada –parece que antes sonaba peor aún: no he podido comprobarlo–, pero ello no debería echar para atrás a quien no conozca este registro, obligatorio para todo el que ame la música de Giuseppe Verdi.

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