domingo, 31 de diciembre de 2023

San Silvestre en Berlín con Petrenko y Kaufmann haciendo Wagner

Tenía muchas ganas de escucharle Richard Wagner a Kirill Petrenko, un señor al que le reconozco una técnica de batuta absolutamente descomunal, pero que no suele gustarme cuando se acerca al repertorio “no contemporáneo”. Pues bien, Wagner es lo que ha hecho esta tarde en el tradicional concierto de San Silvestre de la Filarmónica de Berlín. Jonas Kaufmann ha sido el gran reclamo comercial del evento, que se ha retransmitido en directo a través de numerosas salas de cine. Yo lo he seguido a través de la Digital Concert Hall.

Me ha gustado mucho la secuencia Obertura-Venusberg de Tannhäuser. ¿Algo hedonista? Sin duda. Ya saben: todo muy pulido, refinadísimo, voluptuoso a más no poder, de infinita riqueza tímbrica, tan contratadas como magistralmente planificadas dinámicas… La sombra de Karajan es alargada. Pero claro, esta música maravillosa y un punto narcisista parece pedir precisamente eso, así que, sin menoscabo de que otros directores se hayan aproximado con mayor garra, nervio, incisividad y sentido teatral –nadie duda que Solti fue el número uno en este título–, Petrenko ha logrado seducirme con la complicidad de una orquesta entregada al cien por cien.

Se decía que Kaufmann andaba cascado y que iba a cancelar su Siegmund. Pues no. Ha cantado, y muy bien. Entiéndaseme: la técnica de emisión de este señor nunca me ha gustado un pelo, y sigue sin gustarme, pero dentro de su línea no se puede decir que haya habido tropiezo alguno. Si acaso, ese riesgo innecesario –en general no fue valiente, hizo bien– de alargar el segundo de los Wälse, porque le condujo a desafinar por unos instantes. No le hacía falta alguna, al menos para quienes no nos interesa lo largo que tiene el fiato. Lo que sí interesa, y mucho, es como el tenor alemán es capaz de frasear con una morbidez y una cantabilidad que se alejan de las rigideces de otros tiempos –recuerdo la decepción que sentí la primera vez que escuché a Set Svanholm con Knappertsbusch– y aportan al personaje un humanismo, una fragilidad y hasta una ternura de lo más conveniente. O cómo el cantante sabe pasar de la súplica al orgullo, de esta a la rebeldía y finalmente al amor más sensual sin que resulte impostado.

A la lituana Vida Miknevičiūtė –confieso no conocerla de nada– puede que le falte un punto de temperamento, o quizá de personalidad, pero aun así ha estado estupendísima. Voz espléndida –pese a que parece una cantante ya madurita–, línea de canto sin fisuras y buena desenvoltura escénica. El que sí canceló –cantó la primera noche, la del 29– fue Georg Zeppenfeld, sustituido ayer y hoy por Tobias Kehrer. Muy bien, pero solo eso: su Hunding no metió el miedo suficiente.

¿Y Kirill? Pues en la misma línea que en la primera parte. Pero claro, el mundo del Anillo no es el mismo que el de Tannhäuser. Ni siquiera este primer acto de La Walkyria, que me parece necesita un colorido más oscuro y un carácter más bronco. A veces sobraba dulzura, como le ocurriera –siguiendo los designios de la batuta, qué duda cabe– a Bruno Delepelaire en sus solos de violonchelo durante la escena de la hidromiel. La Tetralogía no es Puccini. Dicho esto, la perfección expositiva fue casi absoluta, el trazo horizontal no conoció el menor altibajo y la belleza sonora resultó abrumadora. ¡Ya me gustaría a mí escuchar en directo cosas así todas las semanas!

Una cosa más: muy feo por parte de Kaufmann salir a saludar después de la soprano, no antes, y quedarse más tiempo que ella recibiendo aplausos cuando estos no fueron más intensos ni estuvieron más merecidos que los de su colega. Va de divo, y se nota.

De propina, un sensacional –brillantísimo y ardiente en el mejor de los sentidos– preludio del acto III de Lohengrin. ¡Feliz Año!

Mutter, Williams & Friends en Pittsburg

El pasado 12 de diciembre Anne-Sophie Mutter ofrecía un concierto benéfico para la Sinfónica de Pittsburg. Además de la formación norteamericana, la acompañaban su protégé –así le denomina la publicidad– Pablo Ferrández, Yefim Bronfman, Susanna Mälkki y John Williams, este último gran reclamo de la función. Al menos la mitad de los asistentes –no había más que mirar las caras– acudían por el mítico compositor, y seguramente otro tanto se puede decir de quienes seguimos la filmación que ayer ofreció la plataforma Stage +.

Beethoven para la primera parte. Me sorprendió gratamente lo que hizo Susanna Mälkki con la obertura de Las criaturas de Prometeo y el Triple concierto. Genialidad no hubo ninguna, pero sí muchísima sensatez y profesionalidad dentro de un enfoque marcadamente clásico –las obras piden eso, aunque se pueda hacer otra cosa– en el que primaron el equilibrio y la ligereza bien entendida por encima de los aspectos más dionisíacos. Mutter repitió e incluso mejoró –salvando algún detalle aislado de blandura– su todavía reciente recreación junto a Daniel Barenboim y Yo-Yo Ma. El violonchelista madrileño estuvo muy bien en el primer movimiento para seguidamente destapar el tarro de las esencias poéticas y, aún sin alcanzar el desgarrado ardor de Ma, en él volar por todo lo alto; soberbio su trabajo en el Rondó conclusivo. Bronfman fue quien menos me gustó: solidez a prueba de bombas, pero poca variedad en el sonido. Más pareció motivarle la propina, un maravilloso arreglo para violín, violonchelo y piano del tema de La lista de Schlinder en el que sus compañeros cantaron con estremecedora emoción.

Ovación tremenda para John Williams al comenzar la segunda parte. El público babeaba. Yo también: ahí estaba nuestro queridísimo compositor, a solo tres meses de cumplir los noventa y dos, tan locuaz con el público como siempre y aún escribiendo cosas. No había exactamente música nueva, pero sí arreglos, porque si no me confundo los de Tintín –esta vez un duelo para violín y violonchelo–, Indiana Jones y el Dial del Destino, El despertar de la fuerza, La amenaza fantasma e Indiana Jones y la última cruzada eran novedad absoluta. Solo Harry Potter y El ataque de los clones eran repetición de lo ya escuchado en grabaciones anteriores de Mutter y Williams. La alemana se lo pasó estupendísimamente con las largas y extremadamente virtuosísticas cadenzas pensadas para lucir su insuperable virtuosismo. Además, como quien no quiere la cosa, paladeó estas partituras con una mezcla de cantabilidad, belleza tímbrica y emotividad que dejó claro que ella, como todos nosotros, amamos profundamente este universo creativo.

Importó muy poco que faltara fuerza en las marchas de Raiders of the Lost Ark y Star Wars, las únicas páginas de la segunda parte en las que la violinista no estuvo. Todos terminamos muy contentos, particularmente una orquesta que, aunque sigue sin estar entre las dos o tres más grandes de EEUU –Chicago, Philadelphia, Boston y Cleveland siguen por delante–, hace gala de un considerable nivel. Como broche, un brevísimo Cumpleaños feliz sinfónico en homenaje a la Mutter, que era su cumpleaños.

sábado, 30 de diciembre de 2023

Vasily Petrenko con la Barenboim-Said: excelente, con reparos

He caído en la tentación de leer críticas del concierto que ayer ofreció la Orquesta de la Fundación Barenboim-Said –hoy sábado repiten en el Infanta Leonor de Jaén– en el Teatro de la Maestranza. Muy mal hecho por mi parte, porque condiciona. Y porque me obliga a empezar como no hubiera querido: alarmándome por la circunstancia de que se amplíe el número de firmas que caigan en esa barbaridad de “este dinero es pura propaganda y se debería destinar a…” (pongan ustedes ahí lo que quieran). Encima, intentando –una vez más– crear enfrentamientos artificiales entre esta formación y otras andaluzas. Que si la OJA, que si la ROSS... Demagogia pura y dura, y precisamente por eso muy peligrosa: nada más directo que esta para conseguir el asentimiento por parte del lector mentalmente perezoso. ¿Por qué lo llaman sinergias cuando quieren decir recortes? Todo ello en un contexto en el que algunos de nuestros chicos de la prensa apuestan por recortar o disolver plantillas orquestales, le hacen la cama a Marc Soustrot y hasta empiezan a hacer publicidad a quien les gustaría que le sucediera… Terrorífico.

En fin, a lo que vamos. Un acierto haber contado con Vasily Petrenko, quizá el director más talentoso que ha frecuentado últimamente las formaciones españolas. Yo le escuché en Londres al frente de la Philharmonia y me encantó. De su ciclo Shostakovich en Naxos también he dado cuenta en este blog: hay cosas muy flojas, otras de enorme solidez y algunas que son formidables. En Rachmaninov es estupendo. Y estuvo francamente bien al frente de la mismísima Filarmónica de Berlín, ocasión en la que tuvo la oportunidad de colaborar con un Michael Barenboim que ayer estuvo presente en el teatro sevillano. ¿Ven ustedes cómo Andalucía se beneficia de semejantes contactos? Por si hiciera falta otra prueba, repárese en que entre el profesorado de los chavales han estado Joaquín Riquelme –el simpático murciano que es viola en la Berliner Philharmoniker, Nabil Shehata –que de la WEDO pasó igualmente a la orquesta de Rattle–, Ramón Ortega y Pablo Barragán.

A estos y a otros excelentes maestros –Suisse Romande, Tonhalle de Zurich, Staatskapelle de Berlín, Concertgebouw, etc.– se debe en buena medida el muy rendimiento de estos chicos –y chicas, no se me enfaden les inclusives–, pero hay que subrayar la importancia no menor de otras dos circunstancias: la calidad de la formación recibida en los conservatorios andaluces y, más importante todavía, la mezcla de talento y esfuerzo de cada uno de los chavales congregados para la ocasión.

El concierto. Lo he repetido muchas veces: en casos como este lo importante es no cómo interpretaron, sino cómo tocaron, pero es inevitable que el melómano de turno lleve en su cabeza mil versiones de Scheherazade (aquí discografía) y otras mil de Romeo y Julieta de Prokofiev, y que por ende comience a realizar comparaciones. Vamos a por ello.

Nivel medio alto y sostenido en la suite sinfónica de Rimsky Korsakov. Petrenko ofreció una interpretación de solidísima ortodoxia dentro de una línea “rusa”, léase más cercana a Reiner o Markevitch que a Ozawa o Karajan, lo que significa que faltaron la opulencia, la sensualidad y el refinamiento de aproximaciones “occidentalizadas” para potenciar, por el contrario, la tensión dramática, el impulso rítmico e incluso la sanísima aspereza que a esta música le conviene. Toda la página alcanzó un elevado nivel de inspiración expresiva, salvo –siempre para mi gusto, claro está– el arranque del tercer movimiento y todo el final tras el naufragio de Simbad: eché de menos magia poética.

Muy a destacar la calidad de la planificación por parte de la batuta, tanto a nivel horizontal como vertical. En este último sentido, empaste y clarificación de planos fueron casi siempre muy notables. Es por ello por lo que la orquesta sonó muy bien, aunque el mérito de las intervenciones solistas fue más el de los propios chavales. Hubo alguna pifia, ciertamente, pero solventaron con mucho acierto una partitura la mar de exigente. Una pena que no se nos hiciera saber el nombre de la concertino, una chica que tocó de manera altamente satisfactoria y que, además, supo interpretar expresivamente los estados de ánimo de la protagonista. Su sonido violinísistico probablemente no sea el ideal para hacer Sibelius, pongamos por caso, pero sí para la delicadeza que exige esta parte.

“Selección de movimientos” del genial ballet de Prokofiev para la segunda mitad, decía el programa. En realidad, lo que hizo Petrenko fue ofrecer la Suite nº 2 completa para luego extraer Máscaras, La muerte de Teobaldo y no recuerdo si alguna cosa más de la Suite nº 1. No me hizo la menor gracia este orden, la verdad. Interpretativamente hubo cosas buenísimas y otras no tanto, justo como ocurría en el registro del ballet completo que el maestro ruso tiene con la Filarmónica de Oslo. Máscaras y Danza (el nº 4 de la segunda suite) me parecieron dirigidas muy de pasada. Muy bien Montescos y Capuletos –solo eso–, muy notable La muerte de Romeo –algún detalle inteligentísimo, igual que en el disco– y excelente sin reparos La muerte de Teobaldo. Para encontrar algo mejor en esta última pieza –en lo interpretativo, no en lo que a ejecución se refiere– hay que irse a las más grandes recreaciones; por ejemplo, Claudio Abbado y Sergiu Celibidache, ambos con la Sinfónica de Londres, o Riccardo Muti

Dicho esto, en la orquesta hubo muchos desajustes. Demasiados. La responsabilidad es tanto de la orquesta como de su director. ¡Y también del público! ¿Acaso es posible mantener la concentración, y por ende la precisión, soportando una cantidad de toses tan grande como la que ayer en el Maestranza boicoteó toda la segunda parte del concierto? En contrapartida, hay que destacar las numerosas intervenciones solistas de calidad que hubo en una partitura extremadamente exigente –más que la de Rimsky-, intervenciones que no solo acertaron en lo técnico, sino también en lo estilístico. Sí, las maderas andaluzas sonaron a Prokofiev. No es fácil.

Muchos aplausos y ninguna propina. Un amigo se cabreó por ello. Yo creo que, después del horroroso recital de ruidos maestrantes, hicieron bien en no darla.

viernes, 22 de diciembre de 2023

Barenboim vuelve a las andadas

No pensaba sacar a este blog del stand by durante un tiempo. Lo hago de manera excepcional porque esta tarde Daniel Barenboim, después de no pocos meses sin apenas actividad musical, ha vuelto a las andadas. Lo ha hecho en la mejor compañía, Martha Argerich y la Filarmónica de Berlín, más sus amados Beethoven y Brahms en los atriles. ¿Cómo está el de Buenos Aires? En lo físico, muy desmejorado. En lo artístico, el de siempre. Mejor dicho: el de los últimos años. 

Sin novedad el Concierto para piano nº 2 –ya saben, primero en el tiempo– de Ludwig van Beethoven, muy parecido al que Barenboim y Argerich ofrecieron junto a la WEDO en 2015. Lo que escribí en este blog sigue vigente –he repasado varias veces el audio disponible en Peral Music–, así que aquí va el enlace y me limito a resumir: el encuentro entre el Beethoven noble y profundo de él con el efervescente, nervioso e incisivo de ella se salda con la victoria de Doña Marta. Ella es quien lleva la voz cantante, pero también la culpable de que el último movimiento no termine de convencer pese a que Barenboim y la orquesta lo interpretan con una jovialidad y un entusiasmo fuera de lo común. Magnífico el movimiento inicial, y hermosísimo un Adagio en el que la pianista sabe remansarse y destilar matices de admirable poesía, aunque no sea bajo el concepto de Barenboim. Este, en cualquier caso, le soltó un enorme "bravo" nada más apagarse el último acorde. Aplausos muy largos, caras de alegría y ninguna propina.

 

La Sinfonía nº 3 de Brahms ha sido la versión corregida y aumentada de las dos –una en audio y otra en vídeo– que el maestro porteño hizo no hace mucho con la Staatskapelle de Berlín, que a su vez eran el fruto maduro de aquel lejano borrador con la Sinfónica de Chicago. Es decir, versión hipergótica, amarga y profunda, lacerante sin que el enorme desgarro interno conduzca a la extroversión dramática, atentísima al peso de los silencios y ejemplar en su testimonio de la manera en que Barenboim comprende la dirección de orquesta como arte de la transición. ¿Diferencias? Ninguna en lo conceptual, unas cuantas en lo formal. Esta de hoy viernes 22 de diciembre le ha durado dos minutos más que la del disco de DG. La riqueza de matices, por increíble que parezca, ha sido superior. El equilibrio de planos sonoros conoce algunos reveladores cambios. Y la inspiración poética es más elevada.

A destacar cómo el celebérrimo Poco Allegretto arranca ahora con un sugestivo rubato y alcanza, cosa que aún no lograba con la Staatskapelle, una inspiración tan grande como el de Giulini con la Filarmónica de Viena, aunque desde una visión menos amorosa y más inquietante que la del italiano. Sublime la trompa de Stefan Dohr –creo que era él, aunque ya no esté en plantilla–, y el mismo calificativo se puede otorgar a los demás solistas de la formación berlinesa. Lástima que en el Finale, en cuya introducción Barenboim saca un partido extraordinario de la sonoridad grave de la madera –más que en el disco–, haya un momento en el que parezca perderse el pulso, porque globalmente es difícil alcanzar un grado tan superlativo de comunión espiritual con esta música.

Me incomoda terminar como algunos lectores malignos esperan que lo haga. Pero tengo que hacerlo, porque es la verdad: esta es la Tercera de Brahms que más me gusta de cuantas he escuchado. ¿Más que la citada de Giulini? Sí, todavía más. Si por desventura este fuera el cierre de la carrera de Barenboim, ¡menudo broche de oro!

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Constitución

Seis de diciembre, Día de la Constitución. Quizá haga falta recordar que lo que se celebra no es la Carta Magna de 1978 en sí misma, sino lo que esta representó en su momento: la llegada de la democracia tras una dictadura ultraderechista de cuatro décadas.

Dictadura encabezada por un general mediocre que, junto con otros miembros del ejército y el apoyo de fascistas, carlistas, terratenientes, oligarquías financieras y buena parte del clero, dio un golpe de estado que condujo al país a una guerra de tres años unánimemente hoy considerada como pórtico de la II Guerra Mundial; que una vez terminada la contienda, y por puro deseo de exterminar físicamente a la oposición y establecer el régimen del terror, incurrió en el genocidio sistemático de 40.000 personas, al tiempo que encarcelaba y represaliaba a muchas otras; que devolvió los privilegios a los ricos mientras mantenía a la mayor parte del país en la miseria; que con toda comodidad se mantuvo en el poder gracias al contexto de la Guerra Fría, aunque jamás nos librara de ese comunismo soviético sin duda repugnante, pero que realmente nunca tuvo más interés por nuestro país que el logístico y crematístico; que no supo aprovechar la bonanza económica de los sesenta con ese desarrollo que, con toda justicia, se ha terminado conociendo como desarrollismo, por lo parcial y desequilibrado de su extensión; que manipuló a la juventud con un inmenso aparato propagandístico para crear una ciudadanía tan cobarde como obediente, para terminar recurriendo a la más dura represión policial cuando empezaron a soplar nuevos aires ideológicos; y que en modo alguno, con su designación de Juan Carlos I como sucesor en la jefatura del estado, tuvo la intención de facilitar una transición a la democracia.

Pero en ella, en la Democracia –así con mayúsculas, por muchos defectos que tenga– estamos. Y eso precisamente es lo que celebramos hoy, a pesar de que la palabra anda hoy en boca de quienes cada día disimulan menos su añoranza del régimen de Francisco Franco. Frente a ellos, y frente a su deseo de apropiarse de lo que es de todos y para todos, podemos decir hoy con orgullo VIVA ESPAÑA.

El nivel de la crítica de Granada

Faltarán, por descontado, varias críticas por salir, pero aquí tengo las que entiendo como "oficiales" que los dos diarios granadi...