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domingo, 28 de enero de 2024

Butterfly con Arteta en el Villamarta: mal ella, excelente la batuta

Se preguntarán ustedes por qué, después de prometer que no iría a la Madama Butterfly que, junto con la cuarta o quinta reposición de La traviata de Paco López prevista para junio, cierra la etapa de Isamay Benavente en el Teatro Villamarta, he terminado acudiendo hoy domingo a la segunda función del título de Puccini. Respuesta fácil: a mi madre le ha surgido una importante cuestión familiar y me ha rogado que aprovechara su abono. Y yo, por mi parte, me pregunto cómo es posible que estando mentalmente agotado por la paliza de la preparación de las clases y las segundas correcciones del libro de Barenboim –les prometo que sus cuatrocientas ochenta y tantas páginas estarán en la calle antes de Semana Santa–, me disponga ahora a escribir estas líneas. Les aseguro que no es para dar por saco, aunque haya quien piense lo contrario. Más bien creo que sigue siendo necesario que haya opiniones independientes: de las dos críticas que se han publicado en la prensa local, una la escribe alguien que sabe de lo que habla y que corre riesgos comprometiéndose (aquí), pero la otra está hecha desde el desconocimiento y con el con indisimulado deseo de quedar bien (aquí). Que conste, por cierto, que no conozco a ninguno de los dos autores. Para quien no desee continuar leyendo, vaya aquí mi opinión en pocas palabras: mal Ainhoa Arteta y el tenor, bien el resto del elenco, discreta la orquesta, magnífica la batuta y buena la producción escénica. Y ahora, por partes.

De la soprano tolosana no sé a estas alturas qué pensar. En los inicios de su carrera, aquellos de la Doña Francisquita con Domingo, era un fraude: voz sin interés alguno, canto pobre y expresividad muy discutible no fueron límites a la hora de granjearle fama y reconocimiento gracias a su asiduidad en las revistas del corazón. Luego supo reinventarse, reconocer que cantaba mal y empezar de cero. La voz había perdido esmalte, pero ganó en anchura y la artista se esforzó por ser más auténtica en sus recreaciones con un repertorio que avanzaba hacia el de una lírica. Pero claro, era demasiado tarde para que ningún teatro la tomara en serio, así que tuvo que conformarse con una discreta segunda fila. Fue justo la época en la que la vimos mucho en Jerez haciendo cosas que unas veces estaban mejor y otras peor, pero que por lo general eran dignas. Más recientemente ha vuelto a la telebasura –un programa de “jóvenes talentos” tan falso como todo lo que sale en la pequeña pantalla–, y eso parece que la ha ensoberbecido de manera considerable. Su Carmen de la anterior temporada me pareció una tomadura de pelo –no creo que esta señora fuese tan tonta como para no darse cuenta de que no podía con el papel–, y esta Cio-Cio San me parece lo peor que le he escuchado. El agudo anda apurado, el grave no existe y el vibrato es ya trémolo; solo le queda un centro que, eso sí, tiene mucha carne y corre bastante bien por la sala. Cala y desafina constantemente –la sublime entrada del personaje resultó insufrible– sin que logre mantener un legato decente. Solo se pudieron salvar algunos momentos del segundo acto, particularmente en un más que notable enfrentamiento con Pinkerton: ahí un estupendo control del fiato le permitió sacar a flote una importante vena dramática.

Creo que es la primera vez que veo al madrileño Enrique Ferrer. Su currículo (aquí) es muy bueno. Pero yo lo que he escuchado aquí, o he creído escuchar, es a un tenor de voz de considerable calidad y muy adecuada para Pinkerton, que se encuentra verde en técnica y en línea de canto. No me ha gustado, lo siento muchísimo. A lo mejor ha tenido una mala noche.

Verde también Cristina del Barrio, pero en otro sentido muy distinto: es aun considerablemente joven. La voz es buena y su canto de mucha calidad. ¡Brava! Nada especial que decir sobre ese vejo conocido que es Ángel Ódena: anda ya algo mayor, pero como Sharpless es la solidez personificada. Fue quien cantó de manera más satisfactoria, y también el mejor actor de la velada. Estupendo Manuel de Diego como Goro –un alivio escucharle fuera de la insufrible línea caricaturesca que es habitual–, y bien el Gonzo de Javier Castañeda. Voz interesante –de momento solo eso– la del tenor que hizo de Yamadori. Discreto el coro femenino en el primer acto, correcto en el celebérrimo número del segundo.

Todavía no sabemos si la Filarmónica de Málaga no ha estado porque ella no quiso o porque no quiso el consistorio. La Filarmónica de La Mancha ha resultado ser una formación discreta, pero ha tenido a su frente a la, para mí, gran sorpresa de la noche: Carlos Domínguez-Nieto. Sí, aquel director al que con malas maneras y peores explicaciones mi admirado –por su labor en la sierra segureña– Daniel Broncano echó de la Orquesta de Córdoba.

Permitan que primero le haga dos reproches: poco respetuoso con Puccini cortar después de Un bel dì para que se aplaudiese a la diva, y francamente desafortunada, por efectista e incluso hortera, la escena del suicidio. Porque dejando a un lado esas dos circunstancias, su labor me pareció –no exagero– la mejor que se ha escuchado hasta ahora en el foso del Villamarta, todo ello en un título particularmente difícil en el que he tenido la oportunidad de escuchar a gente tan dispar como Pedro Halffter, Plácido Domingo y Lorin Maazel. ¿Y en qué consiste semejante excelencia? No ha sido solo la capacidad para hacer sonar bien una orquesta limitada, ni de regular con minuciosidad las dinámicas, ni de trabajar las sutilísimas y geniales texturas puccinianas con claridad, ni de mantener el pulso teatral. La clave ha estado en la manera de cantar las melodías: holgura, calidez, delectación sin narcicismos, poesía de altos vuelos, aspereza cuando las circunstancias lo requieren… No exagero: le ponen a este señor una orquesta en condiciones y con este título triunfa en un teatro de primera. Otra cosa es cómo puede dirigir el repertorio sinfónico de peso, el que va de Mozart a Shostakovich. De eso no tengo ni la más pajolera idea, y solo puedo lamentar no haberle escuchado ningún concierto de su etapa cordobesa. ¡Lástima!

Producción escénica propia, estrenada en su momento por la soprano jerezana Maribel Ortega. No la vi entonces. Extrañamente, no se la encargaron a Paco López, sino a un señor de Bilbao llamado Pablo Viar. Pues miren ustedes, acierto total: con medios económicos limitadísimos ha hecho una cosa que comienza regular –tampoco el libreto ayuda mucho, la escena de la boda se las trae–, mejora poco a poco, y ya después del descanso funciona magníficamente gracias a una labor realizada con esas cositas que a tantos registas de hoy les suele faltar: sensibilidad, honestidad, respeto y conocimiento de lo que se trae entre manos. ¿Convencional? Solo a ratos. Grandes bazas a su favor fueron la luminotecnia de Eduardo Bravo –algo brusca en ocasiones, pero espléndida– y los espectaculares figurines de ese habitual de la casa que es Jesús Ruiz. La escena del amanecer con que se inicia el “tercer acto” –una pena haber tenido que cortar la música para cambiar la escenografía– fue visualmente bellísima y de enorme potencia expresiva.

En fin, una función extremadamente difícil de calificar. ¿Puede disfrutarse de esa escena sublime que es el dúo con una batuta desgranando maravillosamente la música y unos cantantes destrozándola? Yo no logré concentrarme en la partitura en ningún momento, aunque me alegré de haber ido: escuchar una globalmente espléndida dirección de Butterfly no es ninguna tontería. El público, por su parte, aclamó con abrumador, eufórico entusiasmo a la señora Arteta. ¿Este es el nivel de exigencia en una ciudad en la que el autodenominado Centro Lírico del Sur lleva veintisiete años haciendo ópera? Pues poco o nada hemos progresado.

Por cierto: mucha suerte al nuevo director del teatro. La va a necesitar.

lunes, 26 de junio de 2023

Hasta nunca, Isamay: Carmen en el Villamarta

Con la Carmen de Bizet de ayer domingo se cerraba la etapa de Isamay Bevanente al frente del Teatro Villamarta, que se marcha al Teatro de la Zarzuela madrileño. Una etapa brillante en lo que al Festival de Jerez se refiere y muy sólida en el género teatral, pero nefasta en todo lo que tiene que ver con la lírica y la música clásica, menguantes en cantidad y en calidad desde que sustituyó a su mentor Francisco López. Etapa caracterizada por una pésima gestión económica que ha dejado varios agujeros millonarios, así como por una práctica que no puedo llamar prevaricación porque no hay ninguna ley que impida contratar repetidamente a un mismo artista, pero que se parece muchísimo a ese delito: utilizar los fondos públicos para beneficiar en lo económico de manera insistente a una determinada persona por vínculos de amistad, en este caso el citado Paco López en su calidad de regista. Y todo ello, lo que es más grave, negándose a enseñar las cuentas a la alcaldía cuando estas le son requeridas. Está en la prensa y yo lo he denunciado múltiples veces desde mi blog, la última de ellas aquí. No hay mucho más que decir al respecto.

La función tenía que haber empezado a las ocho. Un rato más tarde, la directora anunciaba por megafonía que habían tenido un problema técnico con el aire acondicionado y que se iban a retrasar diez minutos. Luego pidió una prorroga adicional de quince, afirmando que los músicos no podían tocar con semejante calor y había que esperar a que la sala se enfriase. ¿No sería que alguien se había olvidado de encender el aire a tiempo, un día en que Jerez alcanzaba los 41 grados, y que los músicos de la orquesta, con toda la razón del mundo, dijeron que al foso iba a bajar Rita? Mientras esperábamos, los tentempiés del menguadísimo ambigú se acabaron y hubo que salir a comprar agua fuera. La función empezó a las 8:45 –aun así, hacía calor dentro del teatro– y terminó a las 0:45, porque se hicieron tres intermedios, todo ello sin que nadie pudiera cenar absolutamente nada.

Con Ainhoa Arteta pasó exactamente lo que cualquier melómano que sepa un poquito de ópera podía imaginar: salió discretamente airosa del primer acto, hizo una mediocre canción gitana y se estrelló irremisiblemente en la escena de las cartas, que es donde se mide el valor de una Carmen. Que la soprano de Tolosa es una cantante estimable me parece claro. También que es una caradura que ha decidido ascender por el camino fácil, el de las revistas del corazón y la televisión. Y que encima tiene el valor de quejarse porque no la llaman apenas de los teatros importantes españoles. Sus limitaciones las conoce, las vocales y las expresivas. Decidirse a encarnar a la cigarrera –que requiere una voz y un temperamento muy alejados de sus parámetros– es una falta de respeto a los melómanos y a Bizet. Contratarla para ello, por otro lado, demuestra dos cosas: una ignorancia supina sobre voces y/o un rostro de cemento. A ningún gestor se le puede tomar en serio si realiza un contrato semejante. ¡Y recompensan a Benavente como directora de la Zarzuela! Manda marices.

Mediocre el Don José de Marcelo Puente, cantante plagado de defectos técnicos y artista que se movió en una línea verista por completo inadecuada para Don José. El aria de la flor fue insufrible. En cualquier caso, el peor de todos me pareció Simón Orfila, arista al que he admirado otras veces y que en esta ocasión hizo lo peor que se puede hacer: utilizar su voz gigantesca –también algo artificial– para convertir a ese torero mitad elegante y mitad chulesco que es Escamillo en un matón de barrio. Cantó con una brutalidad, una falta de matices y un mal gusto atroces.

A los tres cantantes citados los abucheé intensamente –al final, por supuesto–, porque me parece que para ganarse el sueldo hay que subirse al escenario sabiendo hacer las cosas con un poquito de dignidad. Por diferentes motivos, los tres estuvieron por debajo de eso. ¡Basta ya de aplaudir mediocridades! Hay muchísima gente por ahí con talento que no suben al escenario porque no están en la agencia adecuada, o quizá porque no se han rebajado a salir en amañadísimos concursos televisivos ni en la prensa del corazón. Por supuesto, varias personas del público me increparon de manera airada, pero yo no voy a cejar en mi derecho a la más tradicional protesta que ha existido y existe en el mundo de la lírica cuando creo que hay razones sobradas para ello.

En medio de tanta mediocridad, la Micaela Berna Perles parecía un soplo de aire fresco. Tampoco me parece que fuera para tirar cohetes: buena voz, expresividad muy limitada. Supo no caer en la trampa de lo ternurista, y eso fue un alivio. El Coro del Teatro del Villamarta empezó regular –peor ellos que ellas–, fue remontándose y triunfó por todo lo alto en el último acto –esta vez mejor los señores que las señoras–.

Pese a las condiciones térmicas, la Filarmónica de Málaga sonó bastante bien bajo la dirección de un Oliver Díaz de tempi rápidos y buen instinto teatral, aunque mucho más preocupado por los aspectos pintorescos de la página que por los dramáticos. No me convenció que optara por la versión con recitativos de Giraud.

La producción de Paco López es la tercera vez que la veo. La primera me gustó bastante. Menos la segunda: pueden leer aquí el comentario que realicé con cierto detalle. Esta tercera ha sido la que menos, quizá por la comparación con la magnífica de Calixto Bieito vista recientemente en el Maestranza: lo del Villamarta es mucho sombrero de ala ancha, mucho andalucismo rancio (“auténtico”, dice él) y mucha oscuridad visual, rasgo este que caracteriza todas sus producciones. Excelente la dirección de actores.

Por cierto, anunciada la marcha de Isamay, López anda impulsando una nueva “Plataforma pro Villamarta”. ¿No será que quiere tomar otra vez las riendas para volver a la dinámica de todos estos años, la de que él se encarga de casi todas las producciones escénicas y hace sustanciosa caja cada vez que estas salen de gira? Confío en que la nueva alcaldesa, del PP, no se lo permita. El Villamarta necesita hacer borrón y cuenta nueva por completo. Cerrar durante un breve tiempo, contratar un equipo profundamente renovado –hay gente muy valiosa en su interior, pero también personas de mediocridad apabullante– y poner una dirección tan sensata en lo económico como valiente en lo conceptual que entienda que el teatro está al servicio de todos los ciudadanos, no de los intereses un reducido grupo de artistas y agencias.

domingo, 19 de marzo de 2023

La vida breve en Sevilla: sencillamente formidable

Creo que corría en año 1991 cuando escuché La vida breve por primera vez. Fue en el Teatro de la Maestranza, en versión de concierto, bajo la dirección de Frühbeck de Burgos, con María Orán de protagonista y –si no recuerdo mal– Lucerito Tena a las castañuelas. No me gustó la obra, por mucho que viniera firmada por Manuel de Falla. Luego llegué a las grabaciones clásicas muy bien dirigida por el citado Frühbeck y por García Navarro, el uno con la excesivamente fina Victoria de los Ángeles y el otro con la más racial Teresa Berganza. Siguió sin gustarme. Así hasta que el 19 de abril de 2010 presencié el milagro en el Palau de Les Arts: Lorin Maazel, la Orquesta de la Comunidad Valenciana, Cristina Gallardo-Dômas y Giancarlo del Monaco. Otra dimensión, afortunadamente recogida en DVD y Blu-ray.


Ayer sábado volví a ver semejante maravilla escénica en Sevilla, y hoy domingo se repite la propuesta. Hacer una producción realista de La vida breve sería una idea condenada al fracaso, porque la dramaturgia de la obra es deficiente. Música y libreto engarzan mal, se pierde mucho tiempo en pintoresquismos y la acción carece de unidad, de tensión y de fuerza. Giancarlo del Monaco –dicho sea de paso, el regista no se dignó en aparecer por Sevilla–, coge al toro por los cuernos y ofrece una propuesta a medio camino entre lo onírico en lo conceptual, de escenario único, en la que todas las secuencias en principio ajenas a la acción principal se convierten en parte de la alucinaciones de una protagonista condenada a permanecer en escena la mayor parte del tiempo y a interactuar escénicamente con todas esas visiones, a cual más terrorífica: a destacar al cantaor –en Valencia fue una cantaora– convertido en un cristo crucificado rodeado por nazarenos de Semana Santa, lo que llevó una o dos personas del público (¡Jesús en la cruz cantando por soleares!) del público a silbar durante los aplausos. Ni que decir tiene que en la escena no hubo falta de respeto por ninguna parte, pero a unos radicales religiosos no se les puede pedir que capten las metáforas.


Entre los múltiples aciertos puntuales de Del Monaco hay que destacar la escena de sexo explícito entre Salud y Paco, como también la manera en la que este literalmente torea a la gitana, que intenta arrastrarse hacia a él, en el momento de la despedida: sin rastro de mal gusto, pero dejando bien clara la verdadera naturaleza del interés del rastrero señorito sobre la pobre muchacha. También el enorme hallazgo de escenificar el segundo interludio con la abuela leyendo las cartas hasta que le es revelado –en el clímax dramático de la música– el destino final de su niña. La gigantesca sombra de Paco proyectada en la pared. El ventilador que va bajando más y más. O la manera en que el Tío Sarvaor amenaza a los invitados a la boda con una enorme navaja que luego será utilizada por Salud –obvio símbolo fálico– para ponerla en manos de su amado y apretarla contra su propio pecho.

 

Sensacional la luminotecnia de Luis Perdiguero, en perfecta sintonía con el rojo enfermizo de la escenografía del propio Del Monaco. Maravilloso el vestuario de Jesús Ruiz, y una preciosidad las coreografías de Nuria Castejón, que no renuncia a la danza española pura y dura pero tampoco distrae con folclorismos innecesarios. Allex Aguilera repuso bien una puesta escena de la que me veo obligado, porque es la verdad, a decir lo mismo que dije de la Jenufa de Robert Carsen: de las mejores que se han visto nunca en el Maestranza.


Musicalmente mi gran interrogante giraba en torno a Lucas Macías, un señor de un pueblo de por aquí, Valverde del Camino, al que puede considerarse sin problemas como uno de los mejores oboístas del mundo. ¿Y cómo director? Mientras escribo estas líneas repaso a Maazel. Lo siento, pero Lorin solo hay uno: Macías se queda a años luz del mítico maestro en atmósfera, refinamiento, colorido, claridad, tensión dramática y todas esas cosas. Ahora bien, el onubense no tiene nada, pero absolutamente nada que envidiar ni a Frühbeck ni a García Navarro, lo que equivale a decir que fue la suya –en general: hubo algún detalle en la celebérrima Danza que no me pareció del todo bien resuelto– una muy buena dirección. Revelador resulta que la Sinfónica de Sevilla –que se acaba de poner en huelga, por cierto–, sonara muchísimo mejor que en la reciente Jenufa. Claro está que Falla no presenta las terroríficas exigencias de Janácek, pero la orquesta parecía literalmente otra. ¡Este es el nivel que la ROSS necesita! Si yo fuera el director del Maestranza, contrataba ya mismo a Macías para un par de títulos de las próximas temporadas. 


Ainhoa Arteta me parece una cantante sobrevalorada por muchísimos e infravalorada (¡también!) por muchísimos. Es comprensible, porque desde hace muchos años esta señora, con todo el derecho del mundo, ha decidido ganar dinero a base de vender su vida privada a la prensa del corazón y salir en programas de la tele de dudoso gusto. Reciente tuvimos el espectáculo aquí cerca de Jerez, en el Castillo de San Marcos, en el que los invitados a la boda tenían que dejar sus móviles en la puerta para no estropear la exclusiva firmada con una revista… para una boda que, como se descubrió a posteriori, nunca se celebró porque los contrayentes decidieron en el último momento no firmar. A la soprano navarra, en definitiva, le gusta mucho el dinero, y eso le ha pasado factura: es enorme la lista de melómanos que leen su nombre y arquean las cejas. Por eso mismo no les resulta fácil reconocer que, detrás del personaje rosa, hay una buena cantante y una buena actriz. Cada vez mejor, deberíamos añadir. El instrumento hace tiempo que perdió el esmalte, pero ha ganado en holgura por abajo y aún no se ve afectado por un vibrado excesivo. La técnica es mucho más sólida, la línea es ortodoxa y la sensibilidad expresiva apreciable: sin ser el colmo de la intensidad, es decir, sin explotar a fondo los matices canoros, la de Tolosa compone una Salud musicalmente merecedora de la estima y del aplauso. Mejor aún en lo actoral: sometida por la regie al tercer grado –tiene que estar casi todo el tiempo en el escenario sometida a exigencias extremas–, supo aportar un punto considerable de inestabilidad mental sin caer –dificilísimo aquí– en lo ridículo. Sin ser un animal escénico –sí lo era la Gallardo-Dômas–, realizó un trabajo irreprochable. ¡Brava!


Paco es uno de los papeles más ingratos jamás escritos para un tenor. Por eso hay que agradecer a Alejandro Roy que se atreviera con él, y que además lo hiciera estupendamente. Carreras tenía una voz y una línea mucho más hermosa, resultaba considerablemente más y seductor y –por ello– hipócrita, pero Roy encaja a las mil maravillas con la propuesta de Del Monaco. María Luisa Corbacho repetía el papel de la abuela que ya hizo en Valencia: ahora me ha gustado bastante menos, por engolada. Impresionante Rubén Amoretti como el Tío Sarvaor –creo recordar haberle escuchado cosas estupendas a este señor en La Zarzuela–, y muy buen nivel en el resto, sobresaliendo el sensacional Manuel –el hermano de Carmela– de Gerardo Bullón. Formidable el Coro del Teatro de la Maestranza.

Por cierto, la Cavalleria rusticana que se hizo en Valencia a continuación del título de Falla me gustó muy poco, tanto por Del Monaco como por Maazel: mucho mejor presentada La Vida breve así en solitario. Ahí, si están suscritos a Medici TV, aquí tienen la filmación valenciana.

PD. Las fotografías son las oficiales de Guillermo Mendo, que agradecemos al Maestranza.


lunes, 28 de mayo de 2018

Adriana Lecouvreur en el Maestranza

Coinciden en el tiempo dos rotundos aciertos programadores: Die Soldaten en el Teatro Real y esta Adriana Lecouvreur en el Maestranza que ahora comento a partir de la función del pasado domingo 27. Nada tienen que ver estas dos obras entre sí, claro está, pero la presencia de ambas resulta todo un acontecimiento. Si con la ausencia de la primera tienen mucho que ver tanto el rechazo del público conservador como la extrema dificultad a la hora de tocarla y de cantarla, la de la segunda resulta más difícil de explicar: música muy fácil de escuchar, bastante convencional en determinados aspectos, perfecta para el lucimiento de los divos y, junto a momentos que pasan sin pena ni gloria, poseedora de algunos pasajes de elevadísima inspiración poética. ¿Faltan quizá esas divas de otros tiempos capaces de capturar la atención del respetable solo por el magnetismo de su voz y/o presencia escénica?

Lo cierto es que el Maestranza ha tenido la suerte de contar con una muy digna, esforzada y solvente Ainhoa Arteta, ahora ya una lírica plena que ha dejado de lado las vacilaciones técnicas de otros tiempos y, además, ha mejorado como actriz. Es verdad que el timbre ha perdido brillo y que, como artista, la soprano de Tolosa sigue sin resultar particularmente poética ni emotiva, pero se ha notado mucho su empeño en que las cosas salieran lo mejor posible: ahí había un importante trabajo a la hora de colocar la voz, de administrar inteligentemente el fiato, de usar los reguladores –algunos magníficos– y de atender a los matices expresivos. La voz corrió perfectamente por la sala, el fraseo ofreció apreciable cantabilidad, la morbidez se hizo presente cuando era necesario y, por ventura, no hubo noñerías ni languideces expresivas. Algo prosaica en “Io son la umile ancella”, Arteta demostró plena madurez en “Poveri fiori” y consiguió un éxito merecido y unánime entre el público del Maestranza.

A Teodor Ilincai lo había escuchado aquí mismo en el Maestranza cantando el Alfredo de La Traviata. En Adriana Lecouvreur me ha gustado más porque su voz y su estilo resultan mucho más adecuadas para el personaje. Y es que el rumano es el típico tenor de “pepinazos” en el agudo: la emisión a veces se muestra sofocada, pero la voz se libera en un agudo poderoso, pletórico de squillo y beneficiado de un extenso fiato, lo que unido a un temperamento ardiente y atrevido le permite brillar en momentos como el “aria de batalla” del acto III y hacer que le perdonemos su desinterés por los pliegues expresivos.

Luis Cansino fue muy aplaudido gracias a una voz muy poderosa y bien manejada, a una apreciable entrega expresiva y a su voluntad a la hora de suplir una dirección de actores más bien pobretona; dicho esto, a mí me parece que ese bombón que es el personaje de Michonnet se presta a más matices. Espléndida Ksenia Dudkikova, que cantó estupendamente y supo sacar estupendo partido de su relativamente breve pero decisiva presencia: supo hacer de enamorada celosa e incluso de bruja vengativa sin sacar los pies del plato, es decir, sin montar el numerito arrabalero. Es además una señora guapa, lo que no viene nada mal a la hora de comprender por qué Maurizio sigue hasta cierto punto enganchado a ella.

Formidable la pareja de secundarios encarnada por el bajo David Lagares y el tenor Josep Fadó, Príncipe de Bouillon y Abate de Chazeuil respectivamente. Muy bueno asimismo el nivel de los comprimarios, mientras que al Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza no lo encontré en su mejor momento: las señoras se mostraron tirantes en el agudo.

Bastante más irregular en el repertorio decimonónico, Pedro Halffter se mueve como pez en el agua en músicas de orquestación exuberante, aroma embriagador y un punto de decadentismo que le permiten hacer gala de sus puntos fuertes empuñando la batuta: empaste aterciopelado, sensualidad, voluptuosidad, plena atención a la creación de atmósferas y un desarrollado sentido del lirismo melancólico. Adriana Lecouvreur parece pensada para él. Y fue la suya, sin la menor duda, una globalmente muy buena dirección, aunque no exenta de irregularidades: el primer acto resultó un tanto monocorde, poco variado en la expresión y parco en el color, mejoró el segundo, funcionó a la perfección el tercero –francamente bien dirigido el ballet– y se elevó con la más inspirada poesía en un cuarto por completo memorable. Y gran acierto pedir que no empezaran a bajar el telón hasta después de que sonara la última nota, porque así pudimos disfrutar plenamente del exquisito final pensado por Francesco Cilea.

La Sinfónica de Sevilla me preocupa un tanto. ¿Son figuraciones mías, o se nota para mal cierto “efecto Axelrod”? Mediocres las intervenciones del violín solista: me asegura mi amigo Juan José Roldán que también lo fueron en la primera función. No estoy seguro de quién era el músico responsable. Si Halffter le permitió repetir después del presunto desaguisado del primer día, parece claro que el maestro madrileño es, en cierto modo, responsable de los resultados. Me dio mucha pena que salieran así las cosas.

La puesta en escena venía del San Carlo de Nápoles. Me habían hablado mal de ella y quizá por eso, porque venía preparado para algo mediocre, me pareció globalmente aceptable. Lorenzo Mariani realiza una propuesta tradicional y sensata, al servicio de la música y no del ego del regista, con todo en su sitio aunque también sin nada en particular que decir. La trepidante primera parte del acto inicial no está bien resuelta, pero a partir de ahí todo de desarrolla con intachable solvencia. No hay excesos ni salidas de tono. El ballet ofrece una coreografía interesante y está resuelto con corrección. Escenografía, vestuario y luminotecnia, discretos sin más. El final, siendo muy efectista, me parece que funciona bastante bien. En definitiva, una puesta en escena de esas “que no molestan” y que no perjudicó la más que notable calidad musical que tuvo la velada. Recomendabilidad total para aquellos que todavía no se hayan decidido a acudir.

jueves, 25 de abril de 2013

Don Giovanni en el Real: buen teatro, mala ópera

He aprovechado un puente laboral para venir a Madrid, donde acabo de presenciar la última de las funciones del vapuleado Don Giovanni que se ha venido ofreciendo en el Teatro Real, en la producción escénica de Dmitri Tcherniakov ya filmada, y supongo que en breve comercializada, en el Festival de Aix-en-Provence. Seré breve.

Dirección de actores magnífica. Vistosa escenografía. Sugerente iluminación. Sólido diseño de los personajes. Buen ritmo escénico, pese a las continuas caídas de telón. Ideas imaginativas resueltas de manera admirable. Momentos de gran emoción. Gran teatro, en definitiva. Pero teatro al servicio de una idea escénica que no solo no tiene nada que ver con lo imaginado por Da Ponte, sino que no guarda relación alguna con la genial partitura de Mozart, en la que hay una serie de códigos melódicos, armónicos, orquestales y estructurales que narran una historia muy concreta. ¿Se enriquecen mutuamente esa historia y la otra muy distinta que nos cuenta el regista ruso? No. ¿El choque entre ambas y las subsiguientes contradicciones revela cosas nuevas, o al menos aporta ideas intelectualmente estimulantes? Tampoco. Por eso me ha parecido una mala puesta en escena de Don Giovanni, amén de un monumento a la soberbia de ese señor con enorme talento llamado Dmitri Tcherniakov. Que la acción transcurra en la Sevilla del XVIII o en la mansión de una familia rica y pija de la actualidad es lo de menos.


Alejo Pérez en el foso. Dirección liviana, delicada, alejada de densidades sonoras e intelectuales, elegante y por momentos muy sensible, pero carente de tensión interna, y no digamos de pathos. De este modo, funcionó muy bien en momentos como las dos arias de Zerlina, dichas con gran cantabilidad, resultó aseada en las escenas más o menos dinámicas y se quedó cortísima en las dramáticas. La escena final de la estatua (aquí un actor contratado por los personajes para matar de un susto, literalmente, a Don Giovanni) estuvo rematadamente mal dirigida. En la Sinfónica de Madrid sobresalieron las maderas y se quedaron cortos la cuerda y los metales. Muy correcto continuo a base de fortepiano.

Los cantantes hicieron todos una realmente impresionante labor escénica que debió de fatigarles de manera muy considerable. Entiéndase por tanto que lo que a continuación voy a escribir se refiere a unos señores que tuvieron que cantar altamente condicionados por duras exigencias escénicas, a veces en posturas tan incómodas como antimusicales.

El disoluto fue Russel Braun: bajo mínimos. Bastante bien Kyle Ketelsen como Leporello; ya lo estaba en la filmación del Covent Garden con Mackerras, donde por cierto llevaba una peluca que le hacía parecer el feo de los Hermanos Calatrava. Muy digno el Masetto de David Bizic. Sonoro más que otra cosa el Comendador de Anatoli Kotscherga, ridículamente amplificado en sus dos apariciones “fantasmagóricas”.
Paul Groves merece párrafo aparte. En la filmación del Met de hace años (con Terfel y Fleming) ya evidenciaba tanto su buena línea mozartiana como un técnica mejorable. En Madrid ha hecho un “Dalla sua pace” afalsetada pero sensual y de exquisito gusto, más un “Il mio tesoro” con agilidades de vergüenza ajena. Me dio mucha pena verle salir de los camerinos cabizbajo y sin saludar a nadie. Por lo visto en otras funciones fue duramente abucheado.

Las chicas. Pues digna la Elvira de Ainhoa Arteta, no del todo bien cantada pero bastante emotiva (sí, a mí también me ha costado creerlo) y con detalles de gran clase. Seriamente deteriorada Christine Schäfer, una señora a la que adoro por su Lulu pero que aquí no ha dado en absoluto la talla; mejor el agudo que el grave, por cierto.

Y curioso el caso de Mojca Erdmann, que precisamente ha hecho Lulu con Barenboim: esta chica ha grabado Zerlina para DG (con Nézet-Séguin) y lo ha filmado en el Met (con Luisi), y en ambos casos está más pizpireta de la cuenta. Pues bueno, en Madrid no lo ha estado, y además ha cantado bien. Otra cosa es que su voz no parezca para tirar cohetes.


Aplausos, poquitos. Abucheos solo aislados: nada que ver con la función que escuché por la radio. Hubo abundante público rancio, estiradísimo en las butacas y en los pasillos, que parecía más enfadado por no ver las calles de Sevilla y la estatua del Comendador que por otra cosa. Lo mejor de la noche, la conferencia de José Luis Téllez. Lo demás, a olvidar.

jueves, 24 de mayo de 2012

Plácido revisita Cyrano en Madrid: de lo mediocre a lo sublime

Lo digo sin rodeos: si viajé al Teatro Real para escuchar una ópera tan desequilibrada como esta de Franco Alfano -el primer acto no vale un pimiento-, fue exclusivamente por escuchar a Domingo en el rol titular. Por eso mismo sentí una enorme decepción cuando, al comenzar la función del pasado sábado 19 de mayo, se nos anunciaba por megafonía la indisposición del tenor madrileño. Escucho ahora la retransmisión radiofónica -la misma velada, de la que además alguien ha colocado fragmentos en YouTube- y puedo confirmar que Plácido realizó una labor mediocre, al menos durante la primera hora, con voz reservona -a veces ni se le oía-, incomodo en el grave, cortísimo en el fiato y, por ende, incapaz de frasear con el lirismo adecuado. Incluso hubo sonoridades no precisamente bellas inhabituales en el cantante. Lo que nunca sabré es hasta qué punto estas limitaciones se debían al resfriado (el aire acondicionado, se nos dijo) o más bien a su edad, que muchos pensamos que debe rondar ya los setenta y cinco, toda vez que en la filmación del Cyrano de Valencia de 2007 (editada por Naxos) ya se evidenciaban algunas de ellas.


En cualquier caso, lo que parecía claro es que la estrella se estaba reservando. Y así fue. En la escena del balcón ya empezó a aparecer -entre diversos problemas- el Domingo de siempre, cálido y comunicativo a más no poder, con su timbre reconocible e intacto. En el acto final, que me parece una música hermosísima y desde luego aplastantemente superior a toda la que la precede, el tenor madrileño nos ofreció -pese a alguna vacilación puntual censurable solo para los beckmessers de turno, que ven los árboles pero jamás el bosque- una verdadera lección de ópera con mayúsculas, es decir, de canto hermoso, apasionado y -esto es fundamental- con significado; es decir, de canto que tiene en cuenta lo que se dice, lo que está ocurriendo en la escena, que no se limita a ser una mera sucesión de notas más o menos bien dadas. ¿Hay hoy en el panorama operístico un solo cantante que sepa morirse como Plácido, con su increíble combinación de belleza, emotividad y sinceridad? Para mí, aun con sus cada día más evidentes limitaciones, sigue siendo el más grande de los que están en activo. Solo por esos veinte minutos ya mereció la pena el viaje.

Pero hubo más. Ainhoa Arteta -sustituyendo a Sondra Radvanovsky- hizo un buen trabajo. Su voz, sin haber sido nunca gran cosa, se conserva bien y ha adquirido características más interesantes. La técnica ha mejorado de manera sustancial pese a sus lagunas. Y la artista, pues ya se sabe: algo gris, sin mucha personalidad pero en esta ocasión con buen gusto, irreprochable estilo y una buena dosis de sensualidad que le visto estupendamente a su Roxane. Lo que no me pareció bien es que -sospecho que por órdenes de la diva- se parase la música al final de su “aria” del tercer acto para recibir aplausos, algo que en esta ópera no pega en absoluto. Michael Fabiano se limitó a cumplir como Christian. Más me interesó Ángel Ódena, irregular pero con momentos excelentes encarnando a De Guiche.


La dirección de Pedro Halffter no fue redonda, pero sí de saldo muy positivo, porque lo que menos bien dirigió fue lo peor de la partitura -sus momentos pretendidamente briosos-, y lo que le salió mejor fue su vertiente lírica, en la que el director madrileño hizo gala de su capacidad para ofrecer un fraseo mórbido, exquisitas texturas y un admirable sentido atmosférico. En el último acto estuvo excelso, y globalmente su labor se puede considerar superior a la de los directores de las correspondientes filmaciones con Alagna y Domingo: Marco Guidarini y Patrick Fournillier. La Sinfónica de Madrid realizó un buen trabajo, aunque encontré a los violines un tanto ácidos. El coro estuvo bien, gustándome esta vez más ellas que ellos.

La producción escénica de Petrika Ionesco era de las tradicionales en el mal sentido: abundante cartón piedra y muchísima gente por el escenario haciendo toda clase de tonterías. Muy espectacular, pues, sobre todo en el homenaje al teatro barroco realizado en el primer acto, pero bastante confusa, anticuada en la gestualidad y resuelta de manera muy mediocre en momentos tan cruciales como la escena del balcón. La iluminación era francamente pobre.

Total, que aunque en conjunto esta propuesta resulte preferible a la de David Alagna en el DVD editado por DG, la producción improvisada por Michal Znaniecki en el Palau de Les Arts me parece, sin ser una maravilla, bastante más lograda. Como allí la Radvanovsky está espléndida y Plácido mejor de voz, la recomendación queda hecha para quienes no pudieron estar en Madrid asistiendo al lentísimo ocaso de una de las mayores figuras del canto del siglo XX, dicho sea con permiso de quien falleció el pasado viernes: el grandísimo, genial y definitivamente eterno Dietrich Fischer-Dieskau.

viernes, 19 de junio de 2009

Romeo Villazón, Julieta Arteta

Gounod: Romeo y Julieta.
Ainhoa Arteta, Rolando Villazón, Carlos Marín, Stephano Palatchi, José Ruiz, Alfonso Echeverría, Alexandra Rivas, Soraya Chaves.
Coro de la Asociación Asturiana de Amigos de la Ópera. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Reynald Giovaninetti, director.
RTVE Música CD 651593
DDD
***Romeo_Julieta_Villazon_Arteta

He aquí un muy estimable live operístico Made in Spain, tomado en Oviedo el pasado enero. Paradójicamente, quien menos bien está es su razón de ser: la presencia de la muy comercial Ainhoa Arteta. Con un instrumento que ha ganado cuerpo y calidez al tiempo que perdido esmalte y homogeneidad, se muestra técnicamente insegura y tan escasamente creativa como suele, si bien ofrece momentos mucho más que dignos, curiosamente los más dramáticos.

El joven mexicano Rolando Villazón puede y debe mejorar su técnica, pero canta con tal arrojo y efusividad -nada que ver con el tópico de lo francés- que no ha de extrañar que Barenboim le haya escogido para ser el Alfredo de su primera Traviata. La decisiva intervención de magníficos secundarios como Alexandra Rivas, Carlos Marín y, sobre todo, Stephano Palatchi, redondea a la alza el nivel canoro.

Quien termina galvanizando el resultado es el veterano Reynald Giovaninetti. Al frente de una buena orquesta y un coro menos que discreto, se queda algo corto de brillantez en los conjuntos -flojo el primer acto-, pero sabe ser dramático sin resultar cargante y obtiene momentos de arrebatador lirismo en los números más inspirados de esta deslavazada partitura.
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Artículo publicado en el número de diciembre de 2002 de la revista Ritmo.

PS. Este Romeo, grabado con deplorable toma de sonido por los ingenieros de RTVE Música en el Teatro Campoamor de Oviedo los días 15, 17 y 19 de enero de 2002, fue el primer registro comercial de Rolando Villazón. Conocía entonces su estreno la mediocre producción del título de Gounod realizada por el Villamarta, que hasta doce meses después no llegaría al teatro de Jerez (enlace).

Por aquél entonces Villazón no era famoso. El equipo jerezano participante en las funciones ovetenses venía hablando maravillas de él, pero su participación en el Villamarta quedaba descartada: el joven tenor ya tenia todas las fechas ocupadas en teatros de categoría. En 2004 llega el recital de arias italianas con Marcello Viotti en el sello Virgin que le da fama internacional. El resto es historia.

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