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lunes, 24 de abril de 2023

Las Labèque más canallas

Otro disco comprado de segunda mano que me ha hecho disfrutar un montón: las hermanas Katia y Marielle Labèque interpretando West Side Story de Leonard Bernstein, primero un arreglo de sus danzas sinfónicas para dos pianos y percusión, después ocho canciones solo para los dos pianos. Los arreglos fueron realizados ex profeso para este registro, a petición de las dos hermanas, por el mismísimo Irwin Kostal, que fue uno de los dos orquestadores de la partitura original. Al parecer, Lenny dio su aprobación al resultado, que se grabó en París en noviembre de 1988.

 

Los percusionistas Jean-Pierre Drouet, Sylvio Gualdo y Trikol Gurtu son estupendos, mientras que las Labèque se encuentran en su salsa: muchísimo ritmo, vitalidad contagiosa, frescura y comunicatividad, pero también cantabilidad, enorme atención al matiz, y depuración sonora extrema. Todavía algo más: sentido de lo "canalla". ¡Con decirles que sus recreaciones de "Blues" y "Cool" son mejores que las dirigidas por el propio Bernstein! No se lo pierdan.

 


viernes, 15 de abril de 2016

Monográfico Philip Glass en la Nacional: más de lo mismo

Carta blanca a Philip Glass en la Orquesta Nacional de España, arrancando con el programa que pude escuchar en Madrid el pasado domingo por la mañana. The Light, Concierto para dos pianos y orquesta y Sinfonía nº 8, obras todas ellas del compositor norteamericano, integraban el programa. Confieso que acudí bastante más interesado en la presencia de las hermanas Katia y Marielle Labèque que en las partituras propiamente dichas. Se subió al podio el maestro Dennis Russel Davies, favorito del autor y desde luego ideal para la ocasión: ofreció interpretaciones formidables e hizo sonar a la orquesta como en sus mejores días. Pero la calidad del programa, a mi entender, resultó desigual.


Escrita en 1987, mismo año de su Concierto para violín, el poema sinfónico The Light es puro Glass en el sentido de que no hay intención alguna de bucear en diferentes atmósferas expresivas a la manera de una obra más o menos tradicional: su interés se centra exclusivamente en generar sugerentes texturas sonoras a partir de la repetición una y otra vez, sutiles variaciones mediante, de unas determinadas células melódicas y rítmicas. Dado que el propio planteamiento de la obra implica la necesidad de desarrollarse durante un extenso periodo de tiempo, hemos de reconocer que lo que ante unos oídos más o menos tradicionales puede parecer excesiva divagación, no es en realidad sino el propio espacio temporal que la partitura demanda para desarrollarse. Bien, se puede aceptar o no. En el caso de entrar en el juego y de ofrecer nuestra complicidad –y nuestra paciencia–, lo cierto es que esta partitura llega a enganchar, lo que no impide que uno termine preguntándose si tras esta atractiva superficie de diseños geométricos hay algo que convierta a esta experiencia en algo más que un adictivo juego caleidoscópico.


Estreno en España del Concierto para dos pianos, precisamente encargo de la OCNE junto con la Filarmónica de Los Ángeles, la Orquesta de París, la Sinfónica de Gotemburgo y la Filarmónica Borusan de Estambul. A mi entender han (hemos) malgastado el dinero: un ladrillo considerable. Da igual que en esta partitura Glass, superadas todas las etiquetas y asumiendo plenamente su condición de postmoderno, se pliegue hasta cierto punto a los conceptos clásicos de la composición y ofrezca intenciones digamos "expresivas". El problema, sencillamente, es que la inspiración no aflora ni aun contando con la baza de las Labèque, tan sensacionales aquí como siempre; de propina, las dos hermanas ofrecieron otra pieza del autor que tampoco me terminó de motivar.


La misma intencionalidad expresiva existe en la obra que ocupaba la segunda mitad del programa, la Sinfonía nº 8; al menos, parece haberla en los dos últimos de sus tres movimientos, porque el primero –que se extiende a lo largo de casi veinte minutos– parece una mera repetición de la fórmula de The Light. Para David Rodríguez Cerdán, autor de las notas al programa, nos encontramos ante "una efusiva celebración del sinfonismo absoluto y también de la propia vida"; el mismo experto afirma que "no es solamente hasta la fecha la mejor sinfonía de Glass, sino que descuella también como una de las obras maestras de su catálogo". Yo no sabría decirles, la verdad, porque mi ignorancia sobre el referido catálogo es grande. Solo puedo apuntar que a ratos me interesó y a ratos me aburrió. Como la mayoría de las obras de Glass que escucho.

lunes, 22 de febrero de 2016

Labèque: Piano Fantasy

Termino el recorrido por el álbum Piano Fantasy de las hermanas Labèque. De música francesa, aparte del maravilloso disco dedicado a Bizet, Fauré y Ravel del que escribí hace unos días, se incluye su excepcional Concierto para dos pianos de Francis Poulenc en abril de 1989 junto a Seiji Ozawa y la excepcional Sinfónica de Boston. El maestro oriental realiza una labor formidable, no solo porque su batuta curvilínea, sensual y elegante, de refinado colorido, resulta la ideal para el repertorio francés, sino porque además ofrece enorme concentración en los pasajes más introvertidos de la página y –eso ya es más sorprendente en él– una buena dosis de electricidad en los extrovertidos.


Por su parte, Katia y Marielle despliegan una gama expresiva de enorme riqueza, desde el desenfadado cabaretero de no pocos pasajes hasta la magia onírica de otros, pasando por la coquetería, la delicadeza e incluso el sentido de lo ominoso. La misma variedad en la expresión, aun siempre presidida por una sutil y refinada poesía de sabor netamente francés, ofrecen las dos hermanas ya a solas en Capriccio d’apres Le Bal masqué, Élégie y L’Embarquement pour Cythere del mismo autor, como también en Scaramouche de Milhaud, en cuya Brazileira conclusiva se sienten, con su ritmo de samba, como pez en el agua. Problemas de espacio han dejado fuera la breve pero atractiva Sonata para piano a cuatro manos de Poulenc que venía en el disco original.

Bajo el título ¡España!, en febrero de 1993 grabaron un disco con obras de Manuel de Falla, Ernesto Lecuona, Isaac Albéniz y un señor de Osuna –pero residente en Francia– llamado Manuel Infante, cuyas Danses andalouses son la única pieza original para dos pianos de las incluidas; el resto, obviamente, son arreglos y transcripciones. Aquí las dos hermanas despliegan un sentido del ritmo, un salero, un garbo y un duende de tal calibre que la audición resulta en muchos momentos arrebatadora, pero… Pues sí, aquí hay un pero: tal es el grado de incandescencia que nuestras artistas, adoptando una postura algo tópica sobre lo español –desparpajo y carácter festivo por encima de otras consideraciones–, no terminan de paladear algunos pasajes o, sencillamente, desaprovechan las posibilidades expresivas que encierran.


The Tchaikovsky album se grabó en mayo de 1994, y es quizá lo menos interesante de la caja: a decir verdad, piezas como el Capricho italiano o la Marcha eslava demuestran su insustancialidad cuando pierden su orquestación, incluso recibiendo interpretaciones tan irreprochables como estas de las Labèque. Se disfrutan bastante más las selecciones de El lago de los cisnes y La bella durmiente, aunque lo mejor viene con la arrebatadora Fantasía en la menor de Scriabin, dicha con puro fuego visionario.

Queda George Gershwin, de quien se incluyen dos versiones de la Rhapsody in Blue, una para dos pianos solos –temprano registro de 1980– y otra con orquesta. En la primera de ellas hay que destacar el prodigioso de sentido del ritmo y del swing que tienen las Labèque, por no hablar de su capacidad para el matiz o del logro de inyectar nervio sin caer –como les pasa a muchos músicos de jazz cuando se acercan a este repertorio– en el nerviosismo; en la segunda se superan a sí mismas todavía con mayor creatividad y garra. Acompañan la Cleveland Orchestra y un Riccardo Chailly –grabación de 1985– que, sin ser muy personal ni creativo, dirige de manera irreprochable. No menos extraordinaria es la lectura del Concierto en fa –versión dos pianos solos–, demostrando nuestras artistas una singular capacidad para extraer sonoridades orquestales de los instrumentos.

Muy en resumen: una caja de seis compactos que merece muchísimo la pena.

sábado, 20 de febrero de 2016

Danzas húngaras y eslavas por las Labèque

Prometí escribir –ya lo hice de las páginas “infantiles” de Bizet, Fauré y Ravel– sobre el resto de la cajita de seis compactos dedicada a las Labèque bajo el título Piano Fantasy. Lo hago en dos partes, empezando por las Danzas húngaras de Brahms y las Danzas eslavas de Dvorák, grabaciones de 1981 y 1990 respectivamente. Pues bien, las dos colecciones me parecen un prodigio de sentido del ritmo, de la melodía, de la chispa y de la frescura, también de la rusticidad popular, pero siempre aplicando una gran dosis de técnica –agilidad, sincronización, volúmenes, colores–, de imaginación y de flexibilidad, dentro del más exquisito gusto y del mejor servicio a la partitura.

 
Por concretar un poco, en Brahms podríamos subrayar la manera en que las hermanas logran imitar el sonido del címbalo en algunas de las danzas. Y en Dvorák podríamos destacar cómo hacen volar las melodías, ofrecen lirismo a raudales, indagan en los aspectos más sensuales e introvertidos de estas páginas y destilan las mayores esencias poéticas, particularmente en danzas como la op. 72 nº 2 o la op. 72 nº 8. Total, una maravilla de principio a fin. Otro día les hablo del resto de la caja.

jueves, 18 de febrero de 2016

Imprescindible Ravel por las Labèque

Soy gran admirador de las hermanas Katia y Marielle Labèque desde la primera vez que las escuché en directo, allá a principios de los noventa en el Festival Internacional de Santander, pero hasta ahora no he tenido –gracias a una caja editada por Philips adquirida a muy buen precio– la oportunidad de acercarme de manera sistemática a su discografía. Y en ese recorrido he llegado a un disco que me ha parecido tan  fundamental que no me resisto a escribir unas breves líneas para recomendarlo calurosamente: Jeux d’enfats de Bizet, Dolly de Fauré y Ma Mère l’Oye de Ravel, en grabaciones realizadas en Londres en diciembre de 1985, cuando las hermanas eran todavía unas jovencitas. Pero unas jovencitas con un talento inmenso.


En las obras de Bizet y Fauré nuestras artistas demuestran poseer el estilo perfecto para este repertorio, alcanzando el punto justo –tan difícil de obtener– de morbidez y sensualidad, lo que en unión con una enorme sutileza en el fraseo, amplia variedad expresiva y gusto exquisito da como resultado unas interpretaciones colosales. Pero es el Ravel lo que me ha vuelto loco: un prodigio de sensibilidad, poesía, sensualidad e imaginación donde asombran la manera de mantener la concentración a pesar de la la lentitud –tremenda en el primer número–, la flexibilidad del fraseo, la sutileza de los matices poéticos –asombroso el final de Bella y Bestia– y, sobre todo, la increíble variedad del sonido con la que consiguen reproducir una paleta de colores orquestales tan amplia que no se echa en absoluto de menos la portentosa orquestación que realizó el propio autor.

Más adelante iré escribiendo sobre el resto del contenido de esta caja.

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