domingo, 28 de agosto de 2022

Musikfest Berlín 2022: Klaus Mäkelä y la Concertgebouw

Hay dos maneras de valorar la Sexta sinfonía de Gustav Mahler que le acabo de ver y escuchar a Klaus Mäkelä al frente de la Orquesta del Concertgebouw, filmación en directo con que se ha inaugurado el Musikfest de Berlín de este año. Una, desde el punto de vista de lo que es realmente el director finés: un chico de veintiséis años que rebosa talento. Otra, desde lo que nos quiere vender una intensísima campaña de promoción detrás de la cual, sospecho, debe de haber bastante dinero de por medio: la mayor revelación en el mundo de la batuta desde tiempos de Furtwängler.

Si optamos por la visión desde el primer prisma, solo caben el entusiasmo absoluto y el más fuerte aplauso. Porque resulta asombroso que alguien de su edad –y por ende, sin una experiencia larga al frente de formaciones sinfónicas– sea capaz de conseguir no solo que la increíble orquesta holandesa rinda en plenitud de facultades, sino que una partitura de la complejidad técnica de la Trágica mahleriana se desarrolle con un pulso tan firme, una claridad tan meridiana, una tímbrica tan rica y –más importante aún– una expresión tan centrada: implacable y directa al grano, ha sido una lectura sin espacio para blanduras, amaneramientos ni decadentismos. Bravo, bravísimo por el joven maestro.

Ahora bien, si pensamos en esas míticas recreaciones fonográficas de la obra, las de Barbirolli con la New Philharmonia y la de Bernstein con la Filarmónica de Viena a la cabeza, la cosa cambia. A la propuesta de Mäkelä le falta personalidad, le faltan ideas y le falta una inmersión total en el mundo de contrastes –de lo sublime a lo grotesco– que propone Mahler en la que es una de sus mejores partituras. Está francamente bien el primer movimiento, pero solo eso: necesita un poco más de atmósfera, aunque al menos no cae en el carácter algo lúdico por el que apuestan otros directores. El sublime Andante moderado –colocado en segundo lugar– me ha parecido algo frío; mejor eso que destapar el tarro de la miel, claro está. Bien, sin mucha negrura ni mala leche, el Scherzo. El Finale ha estado en la línea del primero, pinchando en el clímax antes de la disolución final, a mi entender no del todo preparado. Con el tiempo Mäkelä podrá madurar su interpretación y darle una vuelta de tuerca a la planificación de tensiones para que el resultado sea menos lineal. De momento, y para explicarlo de otra manera, si esta Sexta saliera en disco sería una interpretación notable y digna de escuchar, pero mucho más interesante por el continente que por el contenido, y alejada de las grandes referencias.

En cuanto a la orquesta, resulta interesante compararla con la Filarmónica de Berlín: su nivel técnico es el mismo, es decir, el más alto posible, pero sus primeros atriles no resultan tan extraordinariamente musicales como los berlineses. Dicho esto, ¡qué maravilla la de Ámsterdam! A ver qué hace con ella su nuevo titular, obviamente Mäkelä.

Se me olvidaba: antes de Mahler se ha ofrecido el tríptico Orion de Kaija Saariaho. Como no conozco casi nada de la compositora finlandesa, solo puedo decir que me ha gustado mucho, y que el segundo movimiento me ha parecido fascinante por su sutil, imaginativa y sensualísima paleta impresionista.

Justo Romero, o el sensacionalismo periodístico

Llevo más de treinta años leyendo toda suerte de críticas y artículos periodísticos sobre música clásica. El más repugnante que he leído nunca es el que escribió el otro día Justo Romero, ya desde el título “Plácido, Barenboim, Pollini.  Momias vivientes” (aquí en la web de Gonzalo Alonso, cómo no).


No es que me haya sorprendido, dado el perfil periodístico del que firma: un trepa de cuidado que, pese a lo muchísimo que ha viajado y escuchado, sigue sin ser capaz de distinguir una buena interpretación de una mala, mientras que ha sabido conseguir varios puestos de responsabilidad a base de sensacionalismo barato, de amedrentar e insultar gravemente a los músicos desde sus columnas, de boicotear carreras –el de Ramón Tébar es el caso más reciente– y de hacer muchísima política de pasillo utilizando sus textos para el peloteo más sonrojante (lean su oportunista artículo sobre Gustavo Gimeno). Pero esta vez se ha pasado de la raya. Lo ha hecho con respecto a Plácido Domingo –que aún puede cantar con arte ciertas cosas: le falla el fiato, no así el timbre–, mucho más en lo que se refiere a Daniel Barenboim –en absoluta plenitud musical–, y alcanza el colmo en el caso de Maurizio Pollini, un señor de ochenta años que ha tenido que ser ingresado de urgencia por un problema cardíaco grave con todo el escenario salzburgués ya lleno de espectadores. Escribir que huía de pánico ante la circunstancia que tener que tocar la dificilísima Hammerklavier es de una abyección extrema. En cuanto a ética periodística, cero.

Lo más triste es que no son pocas las personas que han aplaudido intensamente el artículo en su muro de Facebook, entre ellos algunos músicos. A ellos me dirijo.

Señora Cristina Gallardo-Domas: hizo usted bien en retirarse en su momento, porque estaba claro que ya no podía seguir adelante. Plácido sí puede, por cierto.

Señora Raquel Lojendio: en cuanto aparezca un poco de trémolo en su voz pediremos amablemente su desaparición de la escena.

Señor Manuel Hernández Silva: le he admirado muchísimos años como artista y como persona comprometida. Esto último, ahora ya no. Otro día le cuento la reacción del señor Romero cuando le dije hace años, con toda la sinceridad del mundo, que usted hubiera dirigido Don Giovanni en Valencia bastante mejor de como lo hizo Zubin Mehta. A mí me hubiera encantado escucharle alguna vez en Les Arts (corrección importante AQUÍ).

Señor Miquel Ortega Pujol: maestro, ya ha estropeado con su nula técnica y pésimo gusto musical muchas veladas operísticas gracias al enchufe de Carlos Álvarez, un señor que se dedica a imponer a sus amigos de agencia –como usted y Rocío Ignacio– porque si no, él no canta. Le convendría retirarse y escuchar discos del “acabadísimo” Barenboim, a ver si se le pega algo de su talento.

En cuanto a Justo Romero, espero no tener que leerle ni verle nunca jamás. 

 

Crédito fotográfico de Pollini. De User:Dundak - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6801790

sábado, 27 de agosto de 2022

Los músicos jóvenes no admiten críticas

En los últimos meses he tenido la oportunidad de escuchar, en lo que aquí llamamos "claustros de Santo Domingo", varios recitales de artistas jóvenes en Jerez. Unos buenos o muy buenos, otros no tanto, y algunos fallidos. Pero lo cierto es que he decidido no escribir ni de unos ni de los otros. ¿Saben por qué? Porque tengo comprobado que un artista joven no acepta la más mínima crítica de alguien que no venga del ámbito musical. Ni siquiera cuando tu valoración es globalmente positiva.

El primer caso que tuve que sufrir fue el del pianista sevillano Óscar Martín. Le escuché un recital en Sanlúcar de Barrameda en 2011 y escribí la crítica aquí disponible, en la que terminaba diciendo “Total, un pianista con enorme talento pero aún por madurar según qué autores”. De inmediato recibí réplicas, crecientes en agresividad, de un tal “Miguel de Sevilla”, obviamente un íntimo amigo del artista. Algunas las pueden seguir leyendo en el blog, las peores están borradas. Fue, como expliqué en esta otra entrada, un ciberacoso en toda regla. Lo pasé mal. Puedo ahora contar que un músico amigo de ambos –muy conocido en Sevilla– me llamó en nombre del pianista para ver si le podía dar mi número para que hablásemos y aclarar la situación. Lógicamente, respondí que no: ¿se imaginan que podía hacer el acosador con mi teléfono si este llegaba a sus manos? Todo ello, claro está, si es que el individuo no era el propio Martín, cosa que aún no tengo clara.

Decidí entonces no escribir sobre artistas locales. Hice mal en escribir este artículo sobre una orquesta de jóvenes, porque chavales y padres se me echaron encima de manera desaforada. Por cierto, la formación ha decidido disolverse bajo la excusa de la “animadversión recibida”; en realidad, a su director le ha salido una cosilla en Granada y no puede hacerse cargo de ella. Desde entonces he decidido callar por completo en lo que a este blog se refiere. Si me preguntan verbalmente, contesto. El otro día lo hice y no sentó nada bien lo que repliqué: que una de las artistas congregadas no tenía musicalidad alguna (callé otra circunstancia: que pagar quince euros para escuchar a alguien sin un mínimo de nivel no es de recibo). También es verdad que de otros jerezanos he podido decir cosas muy buenas: sí, en mi tierra hay talento musical. Pero nadie –repito: nadie– está dispuesto a que se valore y se compare. Todos son maravillosos, todos lo hacen estupendamente y ni uno solo se merece el más mínimo reparo.

Esto me lleva a un asunto mucho más global, y mucho más preocupante: la cada día mayor presión que recibimos los que nos dedicamos a la enseñanza para poner altas calificaciones. Presión no solo por parte de los alumnos, sino también de los padres. Diría que de ellos principalmente. Lo he vivido –lo estamos viviendo– en nuestras propias carnes: muchos ya no se conforman con un notable. O les pones el 10, o eres un mal profesional que no ha sabido atender a su niño. El asunto se ha agravado considerablemente en estos tiempos de covid: como los años de encierro nos obligaron a recortar sensiblemente los contenidos –casi anulados los últimos meses del curso del estallido de la pandemia, reducidos a la mitad los del siguiente–, ahora muchos chavales que pasaron un par de años académicos con suma facilidad creen que todo el monte es orégano, por lo que sienten una enorme frustración cuando ven que los dieces se transforman en sietes, los ochos en seis y los cincos en tres. Por lo demás, supongo que ustedes habrán leído las noticias acerca de cómo se han hinchado las notas de la selectividad en los últimos años. Inflación pandémica pura y dura. Al final todos accederán al mercado laboral con expedientes brillantísimos, y solo conseguirá colocarse el niño rico cuyo padre le pueda pagar un máster por ahí lejos.

Creo, en suma, que muchos adultos no están orientando bien a sus hijos. Siendo no ya estúpida, sino moralmente reprobable la actitud de exigencia extrema, la de hacer que los chavales se orienten hacia la consecución del máximo nivel de cualificación posible aun a costa de perder sus años de adolescencia, me parece también muy peligroso el extremo opuesto, el de hiperprotección a unos chicos que se sienten frustrados con extrema facilidad, que no quieren ser conscientes de que no todos tenemos las mismas capacidades, ni nos dedicamos a los estudios y/o aficiones con la misma intensidad, ni obtenemos los mismos resultados. Por eso mismo seguiré cumpliendo con mi deber en la enseñanza secundaria, pero en lo que a los conciertos se refiere prefiero no escribir nada. Ya se encargará la vida de poner a cada uno en su sitio.

PS. Sobre la inflación de notas en Bachillerato, puede leerse este artículo.

viernes, 26 de agosto de 2022

Séptima de Mahler con Kirill Petrenko y la Filarmónica de Berlín: otro que se estrella

Hay críticos musicales a los que les gusta llevar la contraria a la mayoría, unos por sentirse diferentes, otros simplemente por llamar la atención y/o armar jaleo. No es mi caso: me crean ustedes o no, y aunque a veces parezca que no es así, me siento muchísimo más cómodo asintiendo con lo que piensan los demás que diciendo lo contrario. Por eso mismo lo he pasado mal recibiendo muchos unlikes y mensajes con insultos ad hominen –la mayoría soeces– a raíz de mi videocomentario sobre la Patética de Kirill Petrenko. Ahora bien, si no expreso mi opinión verdadera, este blog no tendría para mí el menor sentido. No escribo para encontrar seguidores ni, menos aún, para moverme por el mundillo, sino para reflexionar sobre lo que escucho y compartir esas impresiones con otros melómanos, con la esperanza de que estas les interesen al igual que a mí me ayudan, de diferentes maneras, las cosa que escriben los otros críticos y aficionados. Por eso mismo no me interesa distorsionar, ni en un sentido ni en el otro, lo que me ha parecido la Séptima sinfonía de Gustav Mahler que acabo de escuchar a través de la Digital Concert Hall –con imagen 4K, creo que es la primera vez que se trasmite con este sistema en directo– que ha sido inauguración de la nueva temporada de la Filarmónica de Berlín.

Creo que el maestro se equivoca con el primer movimiento, como le ocurre a otros directores importantes: suena épico, pero no atmosférico ni opresivo. La primera de las músicas nocturnas la dice con fluidez, belleza y el carácter amable que le corresponde, pero no resulta muy sensual ni emotiva. Magnífico el scherzo: rápido, incisivo y expresionista, beneficiado de unas maderas que intervienen con muy acertada intencionalidad. La segunda música nocturna no me convence, pero podría ser mucho peor: bastantes cursiladas se han escuchado ahí. En el Finale, Petrenko subraya los peores defectos de esta música: lúdico y festivo a tope, sin más contemplaciones. Hay que admirar, eso sí, la increíble claridad que consigue el maestro ruso a pesar de la rapidez con que aborda el movimiento. En realidad, en toda la partitura hace gala de una técnica colosal, lo mismo que la orquesta. Pero eso no basta.

¿En conclusión? Otro director que se estrella con la Séptima mahleriana, que son muchísimos, de Solti a Abbado pasando por Boulez. Las recomendaciones son las de siempre: Klemperer, Maazel/Viena y Chailly/Radio de Berlín, además de Barenboim para los tres primeros movimientos. No hay mucho más.

jueves, 25 de agosto de 2022

Las Diabelli por Uchida

Demuestra tres cosas Mitsuko Uchida con su grabación de las Variaciones Diabelli de Beethoven. Una, que tiene una técnica colosal: además de con las aparentemente –solo eso, aparentemente– obras de Mozart que ocupan buena parte de su discografía, esta señora puede con una partitura “bestia” como esta op. 120; y no solo sin mostrar la más mínima dificultad, sino desplegando una riqueza en la pulsación, en colores y en dinámica, no inferior a la del máximo recreador de esta partitura, obviamente Daniel Barenboim.

Segunda, que es capaz de abordar estas treinta y tres variaciones diferenciando plenamente cada una de ellas, pero sabiendo al mismo tiempo plantear el ciclo como una unidad con lógica no solamente arquitectónica, sino también expresiva, comprendiendo que detrás de las notas hay muchas cosas que Beethoven nos quiere transmitir sobre el ser humano y su ciclo vital.

Tercera y más importante, que es posible abordar las Diabelli de manera muy satisfactoria sin tener que adentrarse en el ambiente atmosférico y reflexivo que nos propone el citado Barenboim, bien sea desde el prisma conflictivo, hiperdramático de su registro de 1982 o del más espiritual y humanístico de 2020 –el de 1991 se sitúa a medio camino–. Uchida no quiere caminar entre brumas, como tampoco hacer un ejercicio de espiritualidad. La gracia es que no por ello Uchida le resta a esta obra profundidad ni fuerza expresiva. No es el suyo un enfoque palpitante y vitalista como el de Igor Levit. Menos aún la aprovecha –pienso en Alfred Brendel– en una excusa para desplegar sonidos hermosos. Antes al contrario: el enfoque de nuestra artista no desdeña precisamente tensiones, claroscuros ni acentos dramáticos, tan personales como inteligentes y reveladores. A la postre, su realización resulta más “romántica” que las que hizo Barenboim durante el confinamiento, si bien es cierto que por eso mismo resulta algo unilateral: Uchida no posee la misma habilidad para trascender el clasicismo más amable y delicado que, en los aspectos puramente formales, sí es capaz de desplegar. Es lógico, por tanto, que unas variaciones funcionen mejor que otras.

En cualquier caso, no es esto excusa, para pasar por alto este registro, que en la plataforma Tidal se encuentra disponible con sensacional sonido Dolby Atmos. Por cierto, ya podrían Decca y DG editar todos sus lanzamientos estelares en un Blu-ray Audio con este sistema, no solo unos pocos.

PD. Esta reseña formará parte de una discografía comparada que espero terminar algún día.

martes, 23 de agosto de 2022

Cómo practicar el sensacionalismo musical

Dado que el asunto está de plena actualidad, vamos a intentar ofrecer algunos consejos para sobresalir en el amarillismo del periodismo musical.

1) Escoger un titular muy llamativo que, en lugar de sintetizar el contenido global del artículo, destaque algún elemento secundario, incluso anecdótico, que llame poderosamente la atención. No se trata de que te lean los melómanos que suelen estar atentos a la crítica musical, sino un público lo más amplio posible, no del todo conocedor, que se crea fácilmente tus trolas.

2) Tomar como objetivo a artistas famosos, sean excelsos, discretos o mediocres. Lo que el lector quiere ver es cómo se le da caña a gente muy conocida. De esta manera pasaremos por críticos y/o periodistas musicales valientes y comprometidos con la realidad. También podemos optar por lo contrario, elogiar desmesuradamente a ese artista amiguete nuestro que es de nivel mediano, pero que –faltaría más– demuestra con su labor artesanal mucha más profesionalidad, honradez y capacidad de servicio a la música que el divo más o menos mediático. Da igual que este último sea capaz de hacer genialidades al alcance de solo unos pocos: el bueno es el otro.

3) Exagerar la realidad llevándola a los extremos, a ser posible enfrentando opuestos: lo malo muy malo, lo bueno muy bueno. Hay que demostrar la pasión propia y, al mismo tiempo, polarizar al lector para que en lugar de analizar las cosas desde diferentes puntos de vista se deje llevar por las cuatro consignas que le queremos transmitir. Fíjate en algún político populista –en España los tenemos de sobra– y comprenderás lo que hay que hacer.

4) Incluir una cantidad interesante de argumentos razonables y de verdades como puños, pero lo suficientemente mezcladas con las medias verdades, las exageraciones o las mentiras completas que nos interese transmitir. Al lector le ha de resultar imposible discernir lo uno de lo otro.

5) Incorporar en el texto algunos elementos de erudición –no confundir con sabiduría: son dos cosas distintas– para demostrar “que se sabe de lo que se habla”, y salpimentarlo con alguna gracieta más o menos ingeniosa.

6) Pasearse por los camerinos tras el concierto buscando una cena con los artistas. Si logras difundir tu imagen de “crítico peligroso” te será fácil obtener una invitación. Da igual que el artista y tú sepáis que no sois amigos de verdad, porque el beneficio de la relación es mutuo: él o ella alejará el posible palo que le puedas pegar, incluso podría conseguir de tu parte críticas extremadamente laudatorias, mientras que tú obtendrás cotilleos valiosísimos que podrás utilizar en textos futuros. Con mucha suerte, si ese músico asciende a un cargo artístico o de gestión, podrás pillar notas al programa, conferencias o tu oscuro objeto del deseo: una responsabilidad como programador, incluso un sueldo a cargo del erario público.

7) Si consigues esto último, debes moderar seriamente tu actividad como crítico, porque ahora desearás programar a muchos de esos artistas de los que tú mismo te has burlado repetidamente. Pero mucho ojo: no lo dejes del todo. Hay que mantener cierta actividad y un núcleo básico de contactos. Cuando finalice tu contrato tendrás que retomar tu dinámica inicial para afrontar un nuevo ciclo. El segundo, el tercero o el que sea. Las posibilidades son infinitas. Y si no, al menos obtendrás entradas gratis para el Festival de Salzburgo.

domingo, 21 de agosto de 2022

Ashkenazy y los Preludios de Rachmaninov

Más Vladimir Ashkenazy en Dolby Atmos:los Diez preludios op. 23 y los Trece preludios op. 32 de Sergei Rachmaninov, además del célebre op. 3 nº 2, en grabaciones realizadas por Decca entre 1974 y 1975. Suenan escandalosamente bien, con un poquito de soplido (¿qué más da?) pero con una naturalidad, una calidez y un cuerpo admirables, desplegando graves poderosos sin necesidad de resultar abrumadores.


De las interpretaciones, poco hay que decir que no sepamos todos ya: estilo perfecto, pulsación riquísima –acordes llenos, ricos en armónicos–, fraseo plenamente natural, tensiones calculadas con enorme lógica, expresividad sin arrebatos ni excesos, también sin narcicismos o caídas en lo contemplativo, y siempre una enorme riqueza conceptual que demuestra la plena compresión de todos los aspectos del universo del compositor.

Por poner un reparo, el op. 23 nº 5, “a la marcha”, parece más rápido de la cuenta. Tampoco podemos olvidar que a señores como Gavrilov y Lugansky también se les ha escuchado cosas impresionantes en estas páginas. En cualquier caso, audición absolutamente imprescindible.

sábado, 20 de agosto de 2022

Los Estudios de Chopin por Ashkenazy, recuperados

Decca acaba de lanzar una macrocaja con todas las grabaciones en solitario de Vladimir Ashkenazy, cinco de las cuales –tres dedicadas a Chopin, dos a Rachmaninov– vienen en un Blu-ray con nueva remasterización en alta definición. Estas se encuentran ya en las plataformas habituales, incluyendo el formato Dolby Atmos si procede. He escuchado los Ètudes de Frédéric Chopin op. 10 y op. 25, registrados respectivamente en el London Opera Centre 1971 y en el Kingsway Hall en 1972. Me han parecido una maravilla. ¿El secreto?

Primero, una técnica no diré que colosal, pero sí más que suficiente para que todo parezca tocado con una facilidad extraordinaria. Segundo, un sonido cálido y muy rico en inflexiones, sin la limpieza extrema de un Pollini pero bastante más carnoso y variado. Tercero, un estilo perfecto que consigue el más adecuado equilibrio entre apasionamiento y delicadeza, sin caer en ninguno de los dos extremos, pero también sin merma de los referidos componentes y añadiendo una elegancia viril que recuerda antes al Chopin de Rubinstein que al de Arrau. Cuarto y más importante, la sinceridad de las emociones. Todo fluye con una naturalidad, una inmediatez y una comunicatividad pasmosas. Cierto es que Lang Lang resulta más fulgurante en la op. 25, pero el de Gorgi no le va a la zaga al oriental en lo que a inspiración poética se refiere. De superficialidad o de mecanicismo, ni rastro.

¿Algún número en particular a destacar? A mí me ha emocionado mucho el op. 10 nº 6, pero creo que me quedo con la fuerza arrebatadora del “Revolucionario” y con el apasionamiento romántico del “Viento invernal” y del último de la segunda serie. Por decir algo.

viernes, 19 de agosto de 2022

Barenboim y Lang Lang en Salzburgo: acabadísimos, ¿verdad?

Ha habido algún crítico musical que hace tiempo daba por acabada la carrera de Lang Lang y, más recientemente, la de Daniel Barenboim. El programa de aires españoles que ambos artistas y la West-Eastern Divan han ofrecido el pasado 11 de agosto –he podido ver la filmación– dejan claro que semejantes afirmaciones no eran más que sensacionalismo periodístico, el mismo con el que esos cronistas elogian sin mesura a los artistas con los que –me consta de buena tinta– se van a cenar después de los conciertos.


Rapsodia española de Ravel para empezar. El maestro ofrece una muy paladeada recreación (18’54’’, nada que ver con los 16’02’’ de su registro con la Sinfónica de Chicago) en la que se suman de manera magistral, como en ninguna otra de sus recreaciones anteriores, la atmósfera cargada y la negrura con que suele abordar la página y ese sentido expresivo del color, esa sensualidad y ese idioma raveliano que solo ha conseguido en los últimos años. Siendo excelsa la inspiración de la batuta, la lectura pierde un poco por la sonoridad global de la orquesta, en absoluto comparable a la Filarmónica de Berlín, si bien sus primeros atriles realizan una labor no menos matizada y certera en la expresión que la de sus colegas.

Sigue Noches en los jardines de España, de Manuel de Falla. No me gusta como arranca Barenboim: no solo en exceso rápido y desatento a la atmósfera, sino también lineal, escasamente matizado. Al poco se centra y ofrece un primer movimiento más que correcto, expuesto con claridad e irreprochable gusto. Solo eso, hasta alcanzar un clímax incandescente y lleno de grandeza. A partir de ahí todo cambia a mejor: segundo y tercer movimiento son pródigos en embrujo y duende. También en idioma y en concentración: toda la sección final es mágica.

Lang Lang puede que haya perdido un poco de la extrema limpieza digital que exhibía hasta hace algunos años, pero toca francamente bien y se muestra no diré que excelso, pero sí bastante centrado en el estilo. Como Barenboim, pasa un poco de largo ante el primer movimiento para en los dos restantes ofrecer una recreación de altura con no pocos pasajes inspiradísimos y detalles de enorme clase, personales sin dejar de ser convincentes. De propina, y enlazando con el resto del programa, Claro de luna de Debussy: interpretación de sonoridad leve y perlada, ensoñadísima, preciosista… Seduce, mas a mí no me termina de convencer: creo que Lang Lang peca de postureo.

La segunda parte de abre con la Iberia de Debussy. Poco que ver con la interpretación que le escuché en Viena al frente de la Staatskapelle de Berlín, por cierto que en el mismo concierto –comentado aquí– en que se grabó la Fantasía para piano y orquesta con la Argerich editada por DG. Se diría que el maestro ha vivido desde entonces un proceso de “celibidachización” por la lentitud adoptada, por el desarrolladísimo sentido del color y por la claridad de las texturas, si no fuera porque el registro al frente de la Orquesta de París realizado en 1981 ya estaban las semillas de lo que ha hecho en Salzburgo. En cualquier caso, las cosas se han radicalizado, y no solo en los tempi (21’53’’, 25’40’’ ahora). Qué imaginación tan desbordante la del argentino. Qué sutileza para el matiz. Qué inteligencia a la hora de explorar los aspectos más inquietantes de la música y no quedarse en el tópico folclorista. Qué manera de sacar provecho de la tímbrica. Qué habilidad a la hora de hacer que los primeros atriles coloreen sus intervenciones y se atrevan de la manera más descarada posible con las onomatopeyas. Y sobre todo, ¡qué disección más increíble realiza de cada una de las líneas del entramado orquestal! No recuerdo ni una sola interpretación en la que se escuchen tantas y tantas cosas como en la presente. Y pocas tan memorables como esta.

Bolero para finalizar, en una recreación que se parece a la que los mismos intérpretes ofrecieron en el Teatro Colón en 2014 (Euroarts y Peral Music), algo menos rápida (14’02’’ entonces, 14’20 ahora), pero igual de fresca, de espontánea, vibrante y comunicativa. Cierto es que –una vez más– la orquesta no ofrece la perfección técnica de las más grandes, pero todos los primeros atriles son dignos de elogio. Por parte del maestro, la entrada de los violines está ahora mejor resuelta y la gradación dinámica resulta del todo punto irreprochable. Se comprende el apoteósico éxito entre el público del festival. Lo dicho, artistas acabados. Acabadísimos.

PD. La foto es del Facebook de la orquesta.

domingo, 14 de agosto de 2022

Beethoven, Sinfonía nº 6 "Pastoral": discografía comparada

La Sinfonía Pastoral no necesita presentación, pero quizá sí apuntar que su extraordinaria belleza solo es equiparable con la dificultades que presenta su interpretación: es tan fácil caer en lo prosaico como en lo cursi.

Las grabaciones de Daniel Barenboim y la de Giulini en la Scala, que conozco, las he dejado fuera porque quiero volver a escucharlas antes de puntuarlas. Quedarán para más adelante.



1. Mengelberg/Orquesta del Concertgebouw (Teldec, 1937). He aquí una interpretación sanguínea, vitalista, de tempi rápidos y apreciable sentido teatral, dicha con evidentes ganas de hacer música, pero a mi modo de ver parquísima en sensualidad, en humanismo y en vuelo poético –de dimensión filosófica, ni hablemos– y lastrada por esas libertades en el fraseo y esos estomagantes portamenti que son marca de la casa. A la postre, solo convencen la danza campesina y la tormenta, mientras que el Allegretto conclusivo llega a irritar por su extrema frivolidad que raya con la cursilería. Tampoco se puede decir que la depuración sonora sea precisamente la mayor posible. Suena a rayos. (3)

 

2. Toscanini/Sinfónica de la NBC (Andrómeda, 1939). Al frente de su orquesta de sonido global seco y solistas escasamente musicales, el mítico maestro italiano despliega toda la energía en él esperable con un espléndido sentido de la arquitectura, pero –como casi siempre– se muestra rígido, prosaico, desinteresado por la cantabilidad y carente por completo de ternura y humanismo. Así las cosas, no debe extrañar que lo más conseguido sea una tormenta verdaderamente electrizante, y que los dos movimientos iniciales resulten asépticos y aburridos. (4)

 

3. Schuricht/Filarmónica de Berlín (Iron Needle, 1943). El primer movimiento se desarrolla con tanta corrección como asepsia; no hay lugar para devaneos sonoros, pero tampoco para la inspiración. En el segundo el maestro intenta tomarse las cosas con calma, ralentiza de manera considerable los tempi e intenta paladear las melodías todo lo posible, pero confunde el lirismo con una languidez algo pretenciosa; además, con tanto ritenuti el resultado llega a ser un poco gangoso. Los tres movimientos restantes están llevados con una fluidez y una naturalidad admirables, pero la poesía tampoco acaba de remontar el vuelo. Decididamente, el Berlín de 1943 no estaba para pastorales. O sí, pero con Furt. (5)

 

4. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (Andrómeda, 1944). En plena caída del III Reich, Furt se decida abordar la Pastoral… a su manera, claro está. Ofrece así un primer movimiento lento, maravillosamente paladeado y teñido de una poesía humanística, pero sin toda la inspiración que debería. Esta se alcanza en el segundo, hermosísimo y de profunda impronta humanística, lleno además de detalles creativos y sutilezas en la agógica propias del maestro. Muy bien el tercero. El Furt “de guerra” llega en los dos últimos, con una tormenta particularmente feroz y terrible, y una acción de gracias rápida, vehemente, muy intensa, sin la paz luminosa y resplandeciente de otras lecturas: más bien llena de anhelo, de intensos deseos de alcanzar la felicidad. Hay desajustes y algún pasaje algo precipitado. ¿Eso importa? (9)

 

 

5. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1952). Al frente de una orquesta que –pese a algunos desajustes puntuales- está espléndida y aporta su singular belleza tímbrica, un Furt ya desnazificado ofrece una verdadera lección de cantabilidad en el fraseo –amplio, nobilísimo, en absoluto hinchado–, de plasticidad en el manejo de las familias instrumentales, de capacidad de análisis de planos, de lógica constructiva y, por descontado, de idioma beethoveniano, en una interpretación de gran aliento poético que, sin ser otoñal ni meramente contemplativa, lleva a una prodigiosa síntesis entre belleza sonora, inmediatez emotiva y hondura humanística. Sobresalen en este sentido los dos primeros movimientos, lentos y muy concentrados, por momentos sublimes –minuto cuarto del Allegro non troppo–, puro arte furtwaengleriano. El tercero acierta al acercarse más a lo rústico que a lo risueño, alcanzando momentos de enorme impulso vital. La tormenta no es la más electrizante que uno pueda escuchar: diríase que Furt se interesa más por el terrible resonar de la naturaleza que por el efecto inmediato de la lluvia y los relámpagos. El Allegretto conclusivo no recibe, curiosamente, una interpretación mística y panteísta, sino más bien extrovertida, entusiasta y radiante, por lo que se puede echar de menos ese sentido de lo transfigurado y lo trascendente que era de esperar. En resumen: referencia absoluta en los dos primeros movimientos, no tanto en el resto. El sonido es sensacional –para la época– en el streaming del último reprocesado a 192 kHz. (10)

 


6. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1957). Esta es una enorme Pastoral. Y quizá lo fue todavía más en su momento, porque el de Breslau demostró que la obra más abiertamente romántica de Beethoven puede y debe hacerse evitando conceptos trasnochados que, aunque haya quienes hablan por ahí de “polución wagneriana” –Gardiner dixit–, no son sino una herencia tardía de la estética rococó. Los paisajes beethovenianos no son una contemplación bucólica, dulce y ensoñada, como tampoco la tormenta es un teatro epatante a la manera de las tempestades barrocas. Lo que aquí tenemos no es sino un autorretrato del alma en toda regla. Klemperer lo sabe, y lo expone paladeando la música hasta el límite sin dejarse llevar por el menor sentimentalismo, delineando la arquitectura con una claridad insuperable y alcanzando el punto justo de equilibrio entre tensión y reflexión. Otra cosa es que él mismo, trece años más tarde, llegue aún más lejos en poesía y hondura en la inenarrable filmación en el Royal Festival Hall. En cualquier caso, una de las grandes recreaciones fonográficas de la partitura. Sonido no muy allá, ni siquiera en la reciente recuperación en HD. (9)

 


7. Walter/Columbia Symphony (Sony, 1958). Haciendo gala de un depurado tratamiento de las masas sonoras y fraseando con la naturalidad y el sentido cantable que le caracterizan, el maestro berlinés ofrece, a sus ochenta y un años de edad, una interpretación noble y sensual que se desinteresa tanto por los aspectos dramáticos de la partitura como por su componente filosófico. En su lugar, decide gozar de la naturaleza desde un panteísmo optimista y un punto carnal en el que priman los aspectos más gozosos de melodías, timbres y ritmos frente a otras consideraciones, sin que tampoco se le pueda acusar de trivialidad ni de narcisismo. En cualquier caso, los resultados son desiguales: estimable aun sin especial magia poética el primer movimiento, francamente bueno el segundo –siempre dentro de la línea indicada–, solvente el tercero, descafeinado el cuarto –tormenta de poca electricidad– y muy hermoso el quinto, ya que no especialmente visionario. La toma sufre de cierta distorsión, si bien el reciente reprocesado le otorga relieve e inmediatez. (7)

 


8. Krips/Sinfónica de Londres (Everest, 1960). El enfoque lírico y ajeno a conflictos con que Krips aborda a Beethoven en principio funciona mejor en la Sexta que en otras sinfonías, pero esto no la libra de desigualdades. De este modo, el maestro triunfa en una escena junto al arroyo cálida y sensual, dicha con delectación y la poesía contemplativa, convenciendo asimismo en un Finale no especialmente visionario, pero sí humanístico y maravillosamente cantado. Se queda un poco a medio camino en un primer movimiento dicho con amplitud y exquisito gusto, pero escaso en contrastes, parco en acentos dramáticos y, en general, no del todo poético. Defrauda muy seriamente en una danza campesina y en una tormenta de una blandura intolerables. Buena remasterización del original en 35 mm. (7)

 


9. Cluytens/Filarmónica de Berlín (EMI, 1960). Espléndida interpretación de corte tradicional, robusta debido a la orquesta pero no muy densa, de trazo espléndido y gusto irreprochable, en la que destaca un segundo movimiento contemplativo y bellísimo, paladeado con delectación sin narcisismos. Muy bien el resto, vibrante y comunicativo, ya que no personal ni creativo. (8)

 


10. Leibowitz/Royal Philharmonic (Chesky, 1961). El musicólogo y director polaco abrió nuevas vías en la interpretación beethoveniana, pero no siempre para bien. En la Pastoral logra que su enfoque animado, vitalista y alejado de la densidad no caiga en la frivolidad ni en lo pimpante, manteniendo además el pulso, fraseando con enorme naturalidad y realizando una magnífica disección de la partitura. Ahora bien, el poso humanístico y poético de la obra se le escapa por completo, sobre todo en los movimientos extremos. Extrovertida y con humor la danza campesina, muy bien la tormenta. (7)

 


11. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1963). Era de esperar en el joven Bernstein: su primer movimiento resulta muy animado y se encuentra lleno de vitalidad, de gozo y de comunicatividad, pero no alcanza la sensualidad ni el humanismo deseables. Sí se remansa Lenny en el segundo, muy bien paladeado y cuidadosamente planificado. Bien a secas danza y tormenta, cuyo carácter narrativo le viene como un guante al maestro. Enérgico, pero sin emotividad ni humanismo el quinto. Suena muy bien en el reciente rescate en alta definición, aunque unos contrabajos muy marcados quizá evidencien más intervención de la ingeniería de la cuenta. (7)

 

12. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1967). Karajan en estado puro: la sonoridad es bellísima y rotunda, como también lo es la arquitectura, pero los movimientos extremos resultan realmente flojos, por faltos de inspiración y pocos matizados. Los centrales están muy bien, pero en ellos hay más espectáculo sonoro que sinceridad. Al menos el maestro no cae en la blandura en la que incurrirá en otras ocasiones. De la filmación, lo más suave que podemos decir es que es todo un desmadre narcisista. Hay que verla. (7)

 


13. Giulini/New Philharmonia (EMI, 1968). Desde el punto de vista técnico impresiona la calidad de la ejecución, no solo por el virtuosismo de la orquesta sino también por la maravillosa disección del entramado que realiza la batuta, atendiendo a todas las voces de la polifonía, iluminándolas y equilibrándolas sin perder empaste, al tiempo que levanta una perfecta arquitectura horizontal en el que el fraseo es tan firme como natural; las tensiones están calculadísimas y se llega a los clímax, a veces paroxísticos –el final–, sin que se aparente esfuerzo alguno. En lo interpretativo nos encontramos ante una visión serena y honda, más contemplativa que filosófica –en absoluto superficial–, bella y apolínea sin renunciar a las sonoridades robustas, en la que solo se echa de menos la magia de Furt en estudio en el primer movimiento. El resto, sensacional. (10)

 

14. Klemperer/New Philharmonia (Blu-ray BBC, 1970). Idéntico instrumento (¡y qué instrumento!) para dos interpretaciones tan excepcionales como opuestas. Si dos años atrás la New Philharmonia había ofrecido con Giulini una versión apolínea, serena y maravillosamente humanística, a ras del suelo en el mejor de los sentidos, en esta filmación se deja moldear por quien todavía era su titular para ofrecer una lectura grandiosa y olímpica, de dimensiones absolutamente filosóficas, en la que a pesar del extremo rigor de la arquitectura, el absoluto control de los medios y el rechazo de todo lo temperamental, se ponen de relieve los aspectos más atormentados de la música beethoveniana. Más que contemplación panteísta de la naturaleza, lo que hay aquí es un conflicto entre el ser humano y su existencia en el que la belleza y el dolor se funden como dos caras de la misma moneda. La escena junto al arroyo, paladeadísima y beneficiada de unas maderas tan sublimes en su canto como alejadas de la dulzura superficial, alcanza en este sentido dimensiones acongojantes: del mejor Beethoven jamás escuchado. Y la danza campesina, puro sarcasmo marca de la casa. Lástima que el sonido sea monofónico. (10)

 


15. Barshai/Orquesta Sinfónica (Melodiya, 1971). Interpretación voluntariosa, más sanguínea que evocadora, por completo ajena a los devaneos sonoros, en la que el maestro ruso evita la frivolidad y los tópicos pastoriles, pero no logra soslayar la excesiva rusticidad sonora de su propuesta ni su dificultad para destilar verdadera poesía. Toma excesivamente distorsionada. (5)

 

16. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1971). Tratando con extrema depuración a una orquesta que aporta su inconfundible sonoridad plateada, el de Graz consigue la increíble cuadratura del círculo: una interpretación que resulta clásica, apolínea, equilibrada y bella a más no poder, pero al mismo tiempo llena de vitalidad, extroversión y hasta de júbilo. Al mismo tiempo despliega un extraordinario vuelo poético (¡qué escena junto al arroyo, que final más radiante y humanístico!) y destapa la caja de los truenos en una tormenta tan poderosa como controlada. Impresionante la reproducción en HD, que ofrece un cuerpo y una presencia asombrosas. (10)

 

 

17. Masur/Gewandhaus de Leipzig (Philips-Pentatone, 1973). Siempre más artesano que artista, el maestro alemán ofrece una recreación ortodoxa y sensata, muy bien sonada y por completo ajena a blanduras o amaneramientos, pero sin el suficiente vuelo poético, particularmente en un primer movimiento de puro trámite. Bastante mejor el segundo, muy noble y cálido. La danza campesina y la tormenta están bien, mientras que la acción de gracias resulta más apolínea que visionaria. Pentatone ha recuperado la cuadrafonía original, pero esta solo se nota en el cuarto movimiento; los graves suenan con buen músculo, pero la toma evidencia su edad. (7)

 


18. Kubelik/Orquesta de París (DG-Pentatone, 1973). No queda claro si el maestro escogió a la orquesta porque la consideraba ideal para su concepto o más bien modeló este para adaptarse a la idiosincrasia de la formación parisina. Lo cierto es que esta es una versión que respira “sensualidad francesa” por los cuatro costados, tanto en la tímbrica como en la propia concepción del fraseo, cálido y voluptuoso a más no poder. Alcanza su cénit en el que probablemente sea el más poético y embriagador segundo movimiento de la historia del disco, cantado además con una naturalidad y una flexibilidad admirables: ¡qué magistral, insuperable dominio de la agógica demuestra Kubelik a partir de 7’56’’! ¡Qué plasticidad en el tratamiento de la cuerda! ¡Qué dominio de las masas sonoras! En comparación con semejante prodigio, al muy sensible y bien paladeado primer movimiento le falta un punto de magia poética. Irreprochable la danza campesina, poderosísima la tormenta y exultante –como debe ser– el movimiento conclusivo, tratado con una naturalidad en las tensiones y distensiones –plenos de grandeza los clímax– digna de ser escuchada. La Sala Wagram nunca ha ofrecido especial claridad, pero la remasterización cuadrafónica de Pentatone otorga un relieve y una gama dinámica asombrosas. (10)

 


19. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG Bluy-ray Audio, 1975-77). No es que esta sea, como alguna vez se ha dicho, una “Pastoral pastoril”. No es eso. No hay narcisismos ni cursilería. Es que la poesía no hace acto de presencia. Todo se encuentra meridianamente expuesto, pero la asepsia es absoluta. Solo se salvan una danza de los pastores entusiasta y una tormenta más bien exterior y algo aparatosa, pero sin duda espectacular, que se beneficia del nuevo reprocesado a 192 kHz. (6)

 


20. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD y Blu-ray audio DG, 1978). Aunque pudiera parecer mentira, Lenny es capaz de ir todavía más lejos que Böhm a la hora de hacer sonar hermosa a la formación austriaca. Incluso podría aventurarse que esta es la más bella Pastoral que se pueda escuchar en disco, tal es el grado de depuración sonora, de refinamiento (¡sin rastro de preciosismos!), de sensibilidad tímbrica y de cantabilidad a la hora de frasear la música que Bernstein alcanza. Sin embargo, el norteamericano no termina de encontrar la inspiración en esta lectura en exceso apolínea, no muy comprometida, que llega a resultar poco cálida –incluso un tanto aséptica– en el primer movimiento. El segundo no puede estar dicho con mayor elegancia, pero se queda también algo corto en efusividad. Adecuadamente impulsiva y jovial la danza campesina. Más que correcta la tormenta, aunque los timbales suenen con inesperada sequedad. Emotivo y vibrante, ya que no del todo visionario, el movimiento conclusivo. (7)

 


21. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). El de Barletta sigue siendo un enorme recreador de esta música, que traza con enorme naturalidad, perfecta lógica en las tensiones, sutileza en las dinámicas y asombrosa claridad de trazo, al tiempo que destila una poesía apolínea, elegante y plena de humanismo. Lo que ocurre es que esta vez falta el grado de infinita poesía de once años atrás, particularmente en un primer movimiento no del todo emotivo. Hermosísimo y refinado el segundo, festivo sin arrebatos el tercero, implacable y nada efectista la tormenta –muy secos los golpes de timbal– y de grandioso sentido panteísta la acción de gracias, cuyo último clímax alcanza una punzante intensidad. Muy buen sonido en el streaming en alta definición, curiosamente a un volumen más bajo que el CD; hay un punto de distorsión tímbrica en ambos. (9)

 

22. Böhm/Filarmónica de Viena (DVD NHK, 1977). El veterano maestro repite concepto, sin alcanzar los resultados de su registro en estudio. El primer movimiento posee fuerza, tensión interna, pero no tanto poesía en comparación con su grabación para DG, lo que podría explicarse por un tempo ahora mucho más rápido: 10’10’’ frente a los 12’20’’ de la ocasión referida. El segundo es excelso, aunque de nuevo hay diferencia entre las duraciones: 14’32’’ frente a los 13’59’’ de antes. La danza campesina va ahora algo más lenta, 6’16’’ frente a 5’49’’. En ella, muy hermosa, hay que destacar la excelsitud del oboe y el ímpetu dionisíaco cercano al paroxismo que alcanza en el enlace con la tormenta, la cual despliega una fuerza tremenda. En el quinto movimiento hay poca diferencia entre los tempi, 9’47’’ en lugar de 10’17’’, y aquí vuelve el maestro a resultar admirable por su mezcla de sentido de lo apolíneo y exaltación dionisíaca. (8)

 

23. Jochum/Sinfónica de Londres (EMI, 1978). El grandísimo artesano de la tradición centroeuropea nos ofrece una interpretación lenta, muy paladeada, un punto otoñal, ajena por completo a lo trivial y a lo pastoril, atenta a la claridad, que se encuentra dicha con serena y honda poesía. Pierde un poco por el primer movimiento, algo pesadote y sin suficiente brío. Muy sereno y elocuente el segundo. Bien el tercero, reposado y cantado con mucha calidez. Irreprochable la tormenta, y de nuevo muy bien el último, sereno y no muy visionario, pero fraseado con sincero humanismo. La orquesta no está en plena forma, particularmente la cuerda. Por internet circula la recuperación de la cuadrafonía original, que no convence por traer la orquesta demasiado adelante. (8)

 

24. Sanderling/Orquesta Philharmonia (EMI, 1981). Vuelve la orquesta que fue de Klemperer con una recreación lenta, muy paladeada, plácida pero no morosa, de sonoridad cálida y profunda por la gran atención a las voces intermedias y a la suavidad del legato. La visión del maestro alemán se encuentra llena de ternura; resulta dulce sin blandura, ensoñada y contemplativa a más no poder, encontrándose fraseada con hondura humanística y matizada con extraordinaria sutileza. Los dos primeros movimientos, aun en un enfoque exento de drama, son sublimes. El tercero, muy hermoso, podría tener un poco más de incisividad, aunque se encuentre en sintonía con el resto. Irreprochable la tormenta y magnífico el último, más humanístico que radiante. Lástima que la toma no sea ninguna maravilla. (9)

 

 

25. Carlos Kleiber/Ópera de Baviera (Orfeo, 1983). Único testimonio del mítico y un tanto sobrevalorado maestro dirigiendo la Pastoral, este registro de precario sonido recibió una acogida extremadamente entusiasta cuando apareció en el mercado. Algunos pensamos en su momento que no era para tanto. Mi opinión personal no ha cambiado apenas, aunque tampoco le voy a regatear sus virtudes: enorme fluidez en el trazo, elegancia, elasticidad, tensión interna y un asombroso sentido de la plasticidad de masas sonoras, timbres y texturas contrapuntísticas. Y también un entusiasmo desbordante. Justo el que recorre el Allegro ma non troppo, pero para mal: Kleiber se pasa el “non troppo” por el forro y lo que le queda es una recreación bastante frivolona, precipitada y escasa de poesía. Mejor la escena junto al arroyo, no precisamente sensual ni meditativa, pero sí hermosa y equilibrada. Trepidante, rebosante de fuerza rústica la danza campesina. La tormenta alcanza una dosis de electricidad como nunca se haya escuchado en ninguna otra versión, y ciertamente el tratamiento de la orquesta (¡qué cuerda grave!) es de escucharlo para creerlo, pero el resultado es mucho antes aparatoso que sincero, e incluso se diría que el maestro piensa antes en la teatralidad de las tempestades barrocas que en las tormentas internas del primer romanticismo. Luminoso, alegre y bastante corto de espiritualidad, de goce panteísta y de carácter visionario el movimiento conclusivo. (7)

 

26. Sanderling/Sinfónica de la WDR (Hänssler, 1984). Con unos tempi más o menos similares –salvo en el último movimiento, apreciablemente más dilatado– pero obteniendo un grado aún superior de inspiración, Sanderling repite y mejora su serena y humanística interpretación con la Philharmonia para redondear una de las mejores Pastorales de la historia del disco: el tema de la acción de gracias de los pastores quizá nunca haya sonado tan bello. La toma sonora es más satisfactoria que la anterior. Imprescindible. (10)


27. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1988). Era de esperar. Nos encontramos ante una lectura de soberbia planificación y ejecución, admirable claridad, de pulso sostenido, ajena por completo a la blandura y muy entusiasta, pero a Solti se le escapa el contenido poético que esconden las notas, sobre todo en los movimientos extremos. El segundo está bien a secas, mientras que tercero y cuarto, dentro de una línea con nervio y electricidad, son irreprochables. (7)

 

28. Harnoncourt/Orquesta de Cámara de Europa (DVD Warner, 1990). Independientemente de la voluntad por renovar la praxis interpretativa haciendo uso de una articulación y de un equilibrio de planos ajenos a la tradición, el maestro nos ofrece una lectura maravillosamente explicada en la que se agradece su sentido teatral y el alejamiento de la cursilería y de la blandura, pero en la que hay que reprochar su ausencia de espiritualidad y sentido humanista. El primer movimiento resulta algo distanciado, el segundo bastante frío. Muy interesante la marcada rusticidad del tercero. Electrizante el cuarto, siempre en la línea seca e incisiva de Harnoncourt. Bien la acción de gracias, sin profundizar en su lirismo y efusividad. (7)

 

29. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1990). El holandés usó los instrumentos originales de manera admirable en el repertorio clásico, pero aquí pinchó seriamente: su dirección es enérgica y vitalista, nada contemplativa ni blandengue en general, pero el primer movimiento cae por momentos en lo frívolo y lo pimpante, mientras que segundo y quinto resultan superficiales. Tercero y cuarto poseen, por el contrario, una sana rusticidad, con una sección dancística muy enérgica. No es suficiente. La toma sonora es plana: carece por completo de graves. (6)

 


30. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (DG, 1992). Frente a una espléndida orquesta de instrumentos originales y siempre con los medios bajo control, la batuta dirige con tanto entusiasmo como escasa cantabilidad y atención al matiz. Así las cosas, y aun no llegándose a perder el pulso, el resultado es más bien monocorde y frío. Lo he dicho otras veces: Toscanini con sonoridad historicista. (5)

 


31. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (Philips, 1992). El siempre noble y comedido Sir Colin nos entrega una lectura clásica, elegante pero también entusiasta, dotada de una adecuada robustez y particularmente cálida, sobresaliendo unos movimientos extremos bastante por encima de la media. Al tercero le falta un poco de chispa, mientras que la tormenta resulta más atmosférica que electrizante. (8)

 


32. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1993). He aquí una interpretación abierta a polémica: muy lenta, de legato sensualísimo, frases largas dichas con extrema cantabilidad, un refinado sentido del color y gran atención a las voces intermedias, pero todo ello desde un punto de vista excesivamente pacífico, esencial y desmaterializado, sin los conflictos sonoros y expresivos típicamente beethovenianos, y con más de un momento que se acerca a la blandura. Aun así, son bellísimos y embriagadores –dentro de esta línea– los dos primeros movimientos. El tercero puede llegar a irritar, no ya por la falta de espíritu rústico y de danza, sino por su excesiva suavidad. La tormenta, atmosférica antes que tremenda, está muy bien desmenuzada. El último se abre y cierra con relajación metafísica extrema, al tiempo que alcanza en su interior altas y muy emotivas cotas extáticas. (8)

 


33. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 2000). Un Abbado en modo Karajan, pero Karajan del malo, nos ofrece una inaguantable lectura llena de sonoridades leves y difuminadas, amaneramientos y brutales contrastes dinámicos, cuya escasa poesía y evidente superficialidad apenas se ve compensada con lo encendido de determinados momentos. La tormenta es más espectacular que otra cosa. (3)

 

34. Abbado/Filarmónica de Berlín (Euroarts DVD, 2001). El maestro ordenó retirar del mercado su integral de 2000 para sustituirla por los audios de las filmaciones realizadas al año siguiente. Mejoró poco la cosa, a decir verdad. El primer movimiento, dicho de un solo trazo, resulta tan correcto como aséptico. Segundo leve, ingrávido, amanerado y frívolo: un horror. Tercero y cuarto oscilan entre la cursilería y el estruendo, siempre en busca del efectismo más básico. El Finale se muestra encendido, pero otra vez vuelven las sonoridades gráciles y amaneradas. (4)

 


35. Rattle/Filarmónica de Viena (EMI, 2002). El enfoque pseudohistoricista y la nueva edición de la partitura hacen que esta Pastoral suene diferente a muchas otras, pero Rattle no sintoniza con el contenido poético en ningún momento. Cae además en numerosos detalles de blandura o cursilería, sobre todo en la escena junto al arroyo. El primer movimiento resulta frío, mientras que la tormenta se queda en el espectáculo. (6)

 

36. Mackerras/Orquesta de Cámara Escocesa (Hyperion, 2006). Los tempi son rápidos, la batuta se muestra ágil y obtiene una enorme claridad, mientras que la aplicación de algunas prácticas historicistas revela cosas nuevas. Por desgracia, los dos primeros movimientos resultan muy superficiales, asépticos y aburridos. Excelente la danza campesina, planteado con desparpajo y un admirable colorido. Bien la tormenta, algo excesiva en la percusión. El Finale se queda en lo correcto, sin más. (6)

 

37. Herreweghe/Royal Flemish Philharmonic (Pentatone, 2009). El maestro belga se suma a la "tercera vía" abierta por Harnoncourt –instrumentos modernos pero criterios "históricamente informados" con una lectura ágil y muy fluida, transparente de líneas y fraseada con atención al matiz. Por completo perdida en lo expresivo, eso sí. El primer movimiento resulta precipitado, pimpante y frívolo, cuando no cursi; ni rastro de poesía. El segundo empieza entre algodones, con una ensoñación en exceso dulce, aunque al menos luego deriva a la simple corrección. Solvente la danza campesina, ya que no muy rústica ni animada. La tormenta es excelente, espectacular y bien trabajada en la dinámica. El quinto se desarrolla con naturalidad, mas sin suficiente poesía. La toma sonora es de gran naturalidad. (4)

 


38. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Decca, 2009). La calidad de la ejecución y la claridad en la exposición son indiscutibles, pero la renuncia del milanés a cualquier pathos romántico y su opción por la velocidad de los tempi y la ligereza en las texturas le conducen a una recreación precipitada, trivial y muy aséptica. Todo suena igual, indistinto, sin poesía. Impresiona la tormenta, sí, electrizante y efectista: el enorme talento del milanés tenía que asomar por alguna parte. (5)

 


39. Mehta/Filarmónica de Israel (Helicon, 2009). El maestro indio da buena cuenta tanto de su espléndida técnica como de su gran conocimiento del lenguaje del sinfonismo centroeuropeo con una lectura ortodoxa y solvente, sonada con la densidad adecuada, trazada de manera muy fluida –no hay asomo de pesadez–, dicha con musicalidad y adecuado sentido teatral –muy buena la tormenta–. Pero también evidencia su talante rutinario en la escasez de variedad expresiva, en la poca creatividad para los matices, en la parquedad de poesía de los dos primeros movimientos y, sobre todo, en un Finale en el que el sublime tema beethoveniano es fraseado con lamentable vulgaridad. (7)

 

40. Perlman/Filarmónica de Israel (Blu-ray Euroarts, 2010). Gratísima sorpresa esta Pastoral que, aun no siendo muy creativa y pinchando una tormenta escasa en electricidad, está dicha no solo con buen pulso, sino también con una importante dosis de poesía, de sensualidad y hasta de ternura bien entendida, siempre bajo una óptima más lírica que visionaria que, por lo demás, resulta perfectamente aceptable en una obra como ésta. Lástima que la orquesta, no muy allá en ninguna de sus secciones –flojito el clarinete en la escena junto al arroyo–, no sea mejor. Sonido exclusivamente estereofónico. (8) 

 

41. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Channel Classics, 2010). Ante todo, hay que reprochar la decisión –justificada en la carpetilla por motivos expresivos difíciles de compartir– de hacer que la primera aparición del tema del último movimiento la toque únicamente el concertino. Por lo demás, se trata de una lectura rápida, briosa y entusiasta, pero más bien parca en matices e inspiración poética. El primer movimiento se encuentra muy bien trazado, sin que la dimensión panteísta llegue a percibirse. El segundo es solvente, llamando la atención el esfuerzo de las maderas por resultar onomatopéyicas en la parte final. Muy fogosa la fiesta campesina, pero apagada y rutinaria la tormenta. Buena sin más la acción de gracias. La toma sonora deja que desear. (6)

 


42. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (Glossa, 2011). La gran ventaja de este registro frente al antiguo de los mismos artistas para Philips es la toma sonora, ahora con todo el relieve que se necesita para apreciar la plasticidad con que el maestro holandés maneja a su espléndida orquesta. Interpretativamente los movimientos que más siguen convenciendo son la danza de los pastores, ahora más natural y sin los agresivos tirones de tempo de antaño en la sección que imita a la zanfoña, y la muy bien realizada tormenta. Los demás se desarrollan con fluidez y concentración, pero las dificultades del maestro holandés para ofrecer poesía se vuelven a poner en evidencia. Tampoco la delgadez de la cuerda y su falta de vibrato parecen lo más adecuado para esta partitura. (7)

 

43. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts, 1 mayo 2013). Sir Simon sigue intentando, sin éxito, llegar a un punto de encuentro entre la tradición y la renovación interpretativa bajo un prisma expresivo en el que lo pastoral se confunde con lo pastoril, la felicidad con lo naif y la poesía con la excesiva delicadeza, evidenciándose una total falta de sintonía con el universo beethoveniano. Así las cosas, el primer movimiento está desarrollado con una fluidez y una depuración sonora extraordinarias, sin que la emoción verdadera se sienta en momento alguno. El segundo continúa en la misma línea y llega a irritar por las numerosas caídas en pianísimos ingrávidos y diversos detalles de cursilería. El tercero funciona bastante bien, aunque el sentido del humor de que hace gala el maestro resulte –era de esperar– risueño y un tanto “bien educado” antes que rústico. En la tormenta la batuta sabe sacar provecho de la musculada cuerda berlinesa, aunque cosas mucho más electrizantes se hayan escuchado, mientras que la acción de gracias sabe ser bella y luminosa pese a –de nuevo– algunos detalles más preciosistas de la cuenta. (6)

 


44. Nelsons/Filarmónica de Viena (DG, 2017). El maestro se desinteresa por reflexiones filosóficas más o menos panteístas y, lejos de abordar la partitura como una metáfora agridulce de conflictos internos y crisis existenciales, se lanza en plancha a ofrecer una lectura eminentemente hedonista y dionisíaca en la que el pleno goce sensual de masas sonoras, timbres y melodías se ponen por encima de cualquier otra consideración. La naturaleza es aquí fuente de la mayor plenitud y la más intensa felicidad, nada más y nada menos que eso. Todo ello está dicho con suprema belleza sonora, cantabilidad extrema, perfecta planificación de las tensiones –intensísimo el clímax casi al final del primer movimiento–, un enorme sentido del ritmo –nada difícil pensar en el tercer movimiento en una danza de carnosos y mofletudos pastores rubenianos– y refinamiento sin amaneramiento, si obviamos los pequeños pero molestos rubatos en la tormenta, lo menos conseguido –no por esos detalles, sino por el exceso de precipitación y la falta de carácter ominoso– de esta luminosísima lectura. (9)

 

 

45. Forck/Akademie für Alte Musik Berlín (Harmonia Mundi, 2019). Apasionante viaje al pasado el que se nos propone haciéndonos escuchar la Le Portrait musical de la Nature ou Grande Simphonie de Justin Heinrich Knecht antes de la Pastoral: los precedentes con que contaba Beethoven quedan bien claros, como también su singularidad y genialidad. Las de Beethoven claro. En lo interpretativo también se mira al pasado con una recreación arriesgada –que no agresiva– en la sonoridad, que probablemente es aquella en la que pensó el compositor, pero los músicos de la Akademie –sin director: Bernhard Forck aparece como konzermeister– se muestran sensatos y, con la excepción de unos molestos portamentos en el arranque de la tormenta, ofrecen una lectura sensata, hermosa y equilibrada, tocada con limpieza extrema y recogida maravillosamente por los ingenieros de Teldex. La emoción quedará para mejor ocasión. (7)

 

 

46. Savall/Le Concert des Nations (Alia Vox, 2020). El de Igualada se atreve a ofrecer la interpretación de sonoridad más radicalmente historicista de las escuchadas hasta la fecha. Horrorizará a los melómanos más tradicionales, pero escuchada con los oídos bien abiertos y limpios de las telarañas de los prejuicios lo que sale a la luz es una recreación intensa y muy bien trazada, renovada en la tímbrica y reveladora de líneas que habitualmente pasan desapercibidas, fresca en la expresión y ajena a las blanduras y los amaneramientos de otros intérpretes tanto tradicionales como “históricamente informados”. Dicho esto, todos sabemos que ni Savall ni su orquesta poseen una técnica de primera, y que tampoco puede un artista en su primera aproximación a un universo tan complejo como el beethoveniano ofrecer la sensibilidad y la riqueza de matices que la partitura demanda: ni la poesía termina de brotar, ni la tormenta –cosa curiosa, estando nuestro artista acostumbrado a las orages barrocas– alcanza la fuerza deseable. Tampoco la dimensión panteísta de esta música genial queda bien reflejada. La toma es magnífica. (7)

47. Nézet-Séguin/Orquesta de Cámara de Europa (DG, 2021). Escuchada en Dolby Atmos, esta es la Pastoral que mejor suena de todas. Lástima que la aproximación del maestro canadiense deje mucho que desear: parte del planteamiento de Harnoncourt, le resta sequedad y le añade una búsqueda de sonoridades leves que en el segundo movimiento llega a irritar. No así en el resto de la obra, simplemente aséptica hasta decir basta. Si se quiere escuchar una Pastoral distinta, mucho mejor acudir a Savall: allí hay vida e ideas, aunque la realización no sea tan pulcra como la presente. (5)

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