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lunes, 15 de diciembre de 2025

El carnaval romano, de Berlioz: discografía comparada

Ya conocen la historia: Héctor Berlioz fracasó con su ópera Benvenuto Cellini, allá por 1838, pero más tarde conocerá un gran éxito transformando el preludio del acto segundo en una pieza de concierto independiente bajo el nombre de El carnaval romano. Suele acertar la mayoría de los directores en la segunda mitad de la página, la festiva propiamente dicha. Son los cuatro minutos iniciales los que suelen causar problemas. Toda esa sección, que incluye una bellísima melodía que enunciada por el corno inglés que se encuentra directamente emparentada con su temprana cantata La muerte de Cleopatra, necesita una mezcla muy especial de sensualidad, melancolía y amargor nada fácil de destilar. Además, hay que frasear con una morbidez elegante y un poquito distanciada que deje claro que esta música perteece al repertorio francés, no al centroeuropeo.

Aquí van algunos comentarios discográficos como sugerencias para aproximarse a la obra. Hay muchísimas grabaciones, así que la muestra dista de la exhaustividad. Una vez más, rogamos al lector no se tome demasiado en serio eso de las puntuaciones del uno al diez: lo mejor es que escoja por sí mismo en alguna plataforma de streaming y luego contraste las opiniones aquí vertidas con las suyas propias.


1. De Sabata/Filarmónica de Londres (Decca, 1946). Soberbia realización del maestro italiano, quien no solo demuestra una formidable técnica a la hora de trazar tensiones, equilibrar planos y clarificar texturas –prodigioso tratamiento de las maderas–, sino que consigue también una tremenda dosis de efervescencia bien controlada y hasta inyecta particular emotividad a la primera parte: ¡qué clímax más punzante justo antes de la transición a la mitad festiva! (9)

 

2. Toscanini/Sinfónica de la NBC (RCA, 1953). De Sabata era un enorme artista, pero toda la fama se la llevó de manera injusta Arturo Toscanini. En esta página, tal y como era de esperar, el de Parma ofrece una lectura precipitada y prosaica en la parte lírica que se vuelve electrizante y algo ruidosa en la segunda mitad. Gustará a quienes entiendan esta página como eminentemete festiva. (6)


3. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1958). Las oberturas de este disco registrado en Boston ofrecen parecidas características: un enfoque bullicioso y efervescente, lleno de agilidad bien entendida sin perder de vista la depuración sonora, pero lastrado por cierta falta de concentración, de sensualidad y de vuelo poético. En la presente obra, esto significa que la introducción se desarrolla más rápida de la cuenta y carente de atmósfera corno inglés no muy allá, mientras que la segunda atrapa por completo por su chispa, agilidad y alegría, siempre ajenas a la vulgaridad y el efectismo. Muy buen sonido para la época en SACD. (8)


4. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI, 1958). Una fría perfección es lo que caracterizaba las recreaciones de Karajan durante la etapa Philharmonia, y eso justo es lo que ocurre aquí. El maestro va sin prisas, permitiendo que la música respire, paladeando las melodías y consiguiendo –ya en la segunda parte– una exquisita exposición de todos y cada uno de los recovecos sonoros de la prodigiosa escritura sinfónica de Berlioz, aprovechando a fondo el increíble virtuosismo de la orquesta sin necesidad de recrearse en él, pero todo suena en exceso estudiado, falto de la espontaneidad y frescura que esta música demanda. Sonido ya estereofónico más que aceptable en el streaming de alta resolución. (8)


5. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1958). La excelente toma estereofónica permite disfrutar a tope del virtuosismo increíble de orquesta y batuta en esta recreación soberbiamente planificada, expuesta con nervio y efervescencia bajo el más férreo control. Sobresale en ella una segunda parte vistosa en el mejor de los sentidos en la que el juego de las maderas norteamericanas es un verdadero espectáculo. ¿El problema? Justo el que era de esperar: el temperamento adusto de Szell no es el más adecuado para permitir que la delectación melódica, la efusividad y la melancolía de la sección lenta levanten el vuelo poético. (8)


6. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1959). He aquí el típico Bernstein de finales de los cincuenta, una vistosísima mezcla de brillantez, espontaneidad, frescura en la que el fuego conduce al descontrol, se desaprovechan las posibilidades líricas de la música y la depuración sonora brilla por su ausencia. La toma es estereofónica, pero necesita un nuevo reprocesado. (6)


7. Monteux/Sinfónica de Chicago (DVD Vai, 1961). Sólida y bien trazada interpretación que debería ser más sensual y voluptuosa en la primera parte, algo desvaída. Por fortuna, alcanza suficiente brillantez en la segunda. Lástima de la reducida gama dinámica de la toma. (6)


8. Szell/Sinfónica de Chicago (DVD Vai, 1961). Szell, una vez más, hace gala de su objetividad y de su alejamiento de todo lo que sea vulgaridad o amaneramiento en esta tensa y magníficamente trazada interpretación a la que le falta paladear con más tranquilidad y mayor poesía toda la primer parte. (8)


9. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1964). Muy notable lectura, equilibrada entre lo apolíneo y lo dionisíaco, cálida y natural, a la que se le puede reprochar una sensualidad algo decadente en la sección lenta. Muy bien la orquesta, aunque se podría pedir mayor virtuosismo. (8)


10. Colin Davis/Sinfónica de Londres (Philips, 1965). Una interpretación maravillosa en la que el aun joven maestro, ayudado por una orquesta de admirable virtuosismo, logra aunar cantabilidad y sensualidad por un lado con agilidad efervescencia y brillantez por otro. En cualquier caso, su enfoque es en gran medida refinado, proponiendo un carnaval antes elegante que popular –la primera parte de la segunda mitad está dicha con apreciable levedad sonora, sin que ello signifique blandura–, pero en cualquier plasmado mucha chispa y convicción. La remasterización de la serie Eloquence ofrece mucha información en los canales traseros si se escucha en Dolby Surround. (9)


11. Barbirolli/Orquesta Hallé (Warner, 1966). El maestro acierta sobre todo en la parte festiva, expuesta con brillantez y electricidad irresistibles sin que se resientan la claridad ni la naturalidad en el trazo. La introducción, sin embargo, no está del todo aprovechada, y se ve lastrada por un corno inglés no muy allá. Buen sonido en alta resolución, de agudos algo estridentes. (8)


12. Boulez/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1972). La formación neoyorquina sigue sin ser ninguna maravilla, pero el maestro francés la trata con muchísima más pulcritud que Bernstein: el fraseo posee mayor concentración, la arquitectura se encuentra más cuidada, el equilibrio entre lirismo y brillantez está más conseguido. A la postre, lo que nos encontramos es una sensata y ortodoxa recreación, bien trazada y dotada de la suficiente electricidad, que solo pierde por las insuficiencias habituales de Boulez a la hora de destilar una sensualidad aquí imprescindible. (8)


13. Frémaux/Sinfónica de Birmingham (EMI, 1974?). El comienzo de la introducción es algo apresurado y no muy sensual, mejorando luego y ofreciendo frases de enorme sensualidad y vuelo lírico. La parte dinámica sería espléndida de no ser por algunos excesos de la percusión. (8)


14. Stokoswki/National Philharmonic (Pye, 1974). A sus noventa y cuatro añitos de nada, el maestro ofrece una interpretación festiva a tope, vistosa a más no poder, pero también considerablemente tosca, bullanguera en el peor de los sentidos, mal planificada –a ratos la cuerda queda sepultada– y perturbada por unos metales sobreactuados y un punto hortera. Grabación cuadrafónica espectacular antes que natural realizada en la West Ham Central Mission. (6)


15. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1974). Interpretación muy bien sonada y mejor trazada, irreprochable en el idioma, que acierta plenamente en el punto de vivacidad, chispa y ligereza que esta música necesita en su segunda parte, pero bastante menos en toda la primera, dicha con algo de prisa y sin la sensualidad y la voluptuosidad necesarias. (8)


16. Maazel/Orquesta de Cleveland (Decca, 1976). Salvando alguna frase –las violas, en la primera sección– innecesariamente acentuada, se trata de una muy ortodoxa, sensata e inspirada interpretación en la que arquitectura, sentido del color, cantabilidad y brillantez sin exhibicionismos son admirables, convenciendo tanto en la delectación lírica de la primera parte como en el carácter festivo y popular –no hay aquí refinamientos a lo Colin Davis– de la segunda. (9)


17. Barenboim/Orquesta de París (DG, 1980). Ejerciendo de sí mismo, el de Buenos Aires ofrece una visión poderosa y poco francesa. Por eso mismo no resulta muy sensual y sí bastante intensa. Admirable comprobar cómo, pese al músculo sinfónico desplegado, las texturas se encuentran bastante bien desmenuzadas. Lástima que la toma se queda algo corta. (9)


18. Maazel/Filarmónica de Berlín (DG, 1984). Grabación en vivo algo fría, falta de cuerpo incluso, para una interpretación desconcertante: aun siempre pulcro y sin sacer los pies del plato, Maazel se muestra extrañamente aséptico en toda la primera mitad de la obra mucho más rápida que en Cleveland–, para luego ofrecer una irreprochable sección festiva en la que, sin ser precisamente el colmo del arrebato, alcanza un perfecto equilibrio entre brillantez, excelencia en la exposición y buen gusto. (8)


19. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1988). Ningún director se ha acercado, ni de lejos, a lo que el rumano hace con la sección lenta de la página. Nunca ha sonado tan increíblemente bella, tan sensual ni tan rica en acentos. Nunca se había percibido de manera tan reveladoramente melancólica la melodía del corno inglés. La parte festiva se encuentra planificada en sus tensiones de manera modélica para que la conclusión suene con la suficiente fuerza, pero hay que reconocer que la electricidad no termina de recorrer los pentagramas: el carnaval resulta menos dionisíaco y más otoñal de la cuenta. (9)


20. Levine/Filarmónica de Berlín (DG, 1991). La introducción es un tanto prosaica. El resto, un prodigio de brillantez, agilidad y electricidad, pero también de aparatosidad y hasta de mal gusto. Menos mal que está la orquesta salvando los muebles. (7)


21. Jansons/Orquesta del Concertgebouw (EMI, 1991). Quién lo diría, habida cuenta de la cantidad de interpretaciones excesivamente impersonales que nos ha ofrecido el maestro letón. Lo cierto es que aquí Jansons da la de cal y llega a ofrecernos la mejor de todas las interpretaciones de corte festivo, tan llena de entusiasmo como bien controlada, muy depurada en el trazo e interesantísima al plantear la primera mitad de manera carnal y expectante. (9)


22. Bychkov/Orquesta de París (Philips, 1993). El aún joven e inmaduro Bychkov opta por una introducción altamente ensoñada, más que sensual, escorándose en exceso hacia la dulzura. El resto está bien, pero podría haber más atención a la claridad. Tampoco es que la orquesta sea muy allá: los violines no parecen de primera. (7)


23. Mehta/Filarmónica de Londres (Teldec, 1993). Aunque la primera parte está irreprochablemente dicha, con una carnalidad muy adecuada, queda claro que es el bullicio de la segunda lo que más interesa a un Mehta festivo y vistoso a más no poder, seguramente demasiado: sobra un poquito de escándalo y se echa de menos un trabajo más minucioso con la orquesta. (8)


24. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1995). Gran experto en Berlioz, el maestro suizo ofrece una recreación de perfecto estilo y muy buena planta, equilibrada en el mejor de los sentidos, a la que le falta –suele ocurrir con Dutoit– ese grado de implicación expresiva que separa lo muy notable de lo excepcional. La grabación sí que se merece este último calificativo. (8)


25. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (RCA, 1997). Tenía que ser Sir Colin, el mayor intérprete de Berlioz en los últimos cien años, quien ofreciera la versión de referencia. Bueno, en realidad ya en 1965 se había quedado cerca, pero ahora añade algunas frases mágicas en la primera mitad (¡que tratamiento de la cuerda sajona!) y redondea una lectura que, eso sí, sigue siendo mayormente apolínea. (10)

 

26. Abbado/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 1998). En la nochevieja de 1998 Abbado ofrece una interpretación extremadamente irregular, con una primera parte dicha de prisa y corriendo, superficial y falta de emoción pese al bello canto del corno inglés, y una segunda trepidante pero magníficamente controlada, dicha con refinamiento, claridad y virtuosismo extremos, que se encuentra posiblemente insuperada en lo que a carácter bullicioso, chispa y sabor festivo puramente italiano se refiere. Toma con compresión dinámica. (8)

 

27. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2005). Abriendo el concierto del Waldbühne de ese año, el británico nos regala una interpretación ortodoxa y sensata, dicha con pinceles finos, exquisito justo y esa chispa juvenil que caracteriza a Sir Simon. Dicho esto, ni la primera parte logra destapar el tarro de las esencias poéticas ni la segunda termina de ser todo lo bulliciosa que debería. (8)


28. Van Immerseel/Anima Eterna (Zigzag, 2008). Llegaron los instrumentos originales y las pretensiones de autenticidad. La primera mitad de la página, expuesta con colorido muy historicista, se encuentra dirigida con frivolidad y sin ensoñación. En la segunda Van Immerseel procura no atropellarse y lleva las riendas bien firmes, pero le pierde el desequilibrio instrumental a favor de los metales y la percusión. (7)


29. Eschenbach/Filarmónica de Viena (Blu-ray Sony, 2014). Aunque el binomio Eschenbach-Viena garantiza calidad, lo cierto es que esta interpretación no es tan buena como podía haber sido. El arranque no tiene suficiente electricidad y la sección lírica carece de sensualidad suficiente; ni siquiera el corno inglés frasea con la musicalidad esperable. La sección rápida sí que posee considerable electricidad, si bien el trazo podría ser más refinado. Tampoco es que podamos pedir mucho más de un concierto al aire libre en el que el sonido de la amplificación es audible en la propia toma. (8)


30. Jansons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2016). Gran giro a peor con respecto a su grabación en Ámsterdam. En la sección lenta Jansons opta por la sensualidad, lo que para él parece significar suavidad expresiva e incluso blandura –en exceso tímido y ensoñado el corno inglés–, para a continuación poner el piloto automático y limitarse a confiar en la enorme calidad de la orquesta. Esta vez chispa, brillo y arrebato carnavalero brillan por su ausencia. (7)

 

jueves, 12 de junio de 2025

Berlioz por Giulini: canto y arrebato

Venga, otro disco de la caja Warner dedicada a Giulini que acaba de salir al mercado: selección orquestal de 53 minutos del Romeo y Julieta de Berlioz, grabación al frente de la Sinfónica de Chicago realizada por EMI en octubre de 1969. Me parece que es el único testimonio del maestro dirigiendo al compositor francés, y quizá el primero de sus encuentros discográficos con una CSO que en aquel momento acababa de nombrar a Solti como titular.

¿El nuevo reprocesado? Pues miren, la grabación no es particularmente buena, quizá por culpa de la pelicular acústica del Medinah Temple que por entonces se estaba utilizando para los discos, pero tras la audición he escuchado un fragmento del CD antiguo y se me han puesto los pelos de punta: ¡qué mal sonaba aquello! Se ha corregido de manera apreciable la distorsión tímbrica y se ha ganado en potencia de las frecuencias graves. Mucho mejor ahora.

De la versión, qué vamos a decir. Vale, de acuerdo, a la escena de la fiesta se le puede pedir un poco más de brillantez, de sentido teatral, pero tal insuficiencia la compensa la propia orquesta. Y ella misma es justo la que también ayuda en el Scherzo de la reina Mab, no del todo electrizante pero expuesto con una limpieza, una depuración sonora y un equilibrio polifónico absolutamente increíble. Por lo demás, puro Guilini. 

Y que nadie se empeñe en ver a un maestro "germanizado", porque a mi entender el fraseo orgánico de su batuta no proviene tanto de la tradición centroeuropea, como más bien de algo que no se encuentra muy distante de aquella, pero que es diferente: el canto. Esas amplias frases melódicas, esa manera de respirar, de sacar provecho expresivo del legato, de calcular las pausas para "tomar fiato", de moverse de la ensoñación al ardor más físico para luego pasar a la ternura, esa valentía a la hora de alcanzar los clímax, no son "contaminación wagneriana" la etiqueta es de Gardiner, sino pura latinidad. Cosa que no le sienta mal a Berlioz, un señor que era francés y que presentaba muchos puntos de contacto con lo centroeuropeo, pero que era capaz de escribir unas melodías de belleza suprema que solo materializan su potencial cuando hay una voz o en este caso una batuta que sepa cantar de verdad. Lo diré de otra manera: ¡qué maravillosa escena de amor, sensualísima como también profundamente arrebatada, nos entrega el maestro de Barletta!

La conclusión parece clara: compren la nueva caja de Warner y tiren las anteriores ediciones de EMI dedicadas a Giulini a la basura.

lunes, 30 de diciembre de 2024

Oksana Lyniv, Michael Barenboim y la cuerda maravillosa

Cada vez que comento un concierto de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Said, o de su hermana la OJA, tengo que repetir lo mismo: en eventos de estas características lo importante no se encuentra en las versiones que la batuta de turno hace de las obras programadas, sino en el resultado técnico conseguido después de que los chavales hayan recibido los correspondientes talleres. Si el crítico sintoniza o no con la óptica interpretativa debería importar poco o nada. Pero claro, lo de ayer domingo en el Maestranza –hoy lunes en Almería– era bastante especial y tenía mucho morbo, porque los melómanos acudíamos no solo a tomarle el pulso a nuestra más joven hornada de instrumentistas, sino también a hacernos una idea de las cualidades de Oksana Lyniv (n. 1978), directora a la que ya le pesa la etiqueta de “primera mujer que dirigió en el Festival de Bayreuth”.

Acudí desconcertado ante las dos cosas que le conocía, ambas con la Orquesta del Teatro Comunale de Bolonia del que es titular. Por un lado, una Novena de Beethoven en la que junto a un primer movimiento rígido y aséptico, negación absoluta del sentido orgánico del fraseo, ofrece un sensible Adagio molto e cantabile. Por otro, una larga suite de Parsifal preparada por Abbado francamente buena en lo expresivo y en la que deslumbra, frente a un coro muy insuficiente, el bellísimo sonido que la directora obtiene de la orquesta boloñesa. Misterio total, pues. ¿Qué nos ofrecería la señora Lyniv?

Pues comenzó con una obertura del Rey Lear de Berlioz poco interesante: fraseo no exento de elegancia y buen gusto en la expresión, pero equilibrio de planos no del todo logrado, falta de electricidad en el fraseo y escasa continuidad en el discurso. A ver, no es que lo hiciera mal: es que esta obra tan claramente de segunda necesita mucho más para funcionar (aquí discografía comparada).

En total y absoluta sintonía con un Michael Barenboim del que hablaré más abajo, Oksana Lyniv se decidió por una interpretación por completo apolínea del Concierto para violín de Mendelssohn. ¿Vale así? Desde luego: personalmente prefiero mayor equilibrio entre vuelo lírico e inflamación emocional, como también más atención a los aspectos dolientes que alberga esta música genial –sobre todo en su segundo movimiento–, pero ver esta página como un milagro de puro clasicismo tampoco es ningún ejercicio de heterodoxia, sino todo lo contrario. Otra cosa es que se caiga en el peligro de la falta de intensidad, de la excesiva ligereza o de la trivialidad. Pues bien, tanto el solista como la directora triunfaron en este sentido. Fue la de ambos una recreación exquisita, fraseada con enorme naturalidad y amplio aliento lírico, delicada en el mejor de los sentidos, tierna sin caer en lo empalagoso y dotada del imprescindible punto de chispa, picardía y luminosidad. Añadamos un milagro: obtener de una formación orquestal francamente grande un sonido tan claramente mendelssohniano, es decir, con una ligereza (¡sensacional trabajo el realizado con las maderas!) y un carácter aéreo que nunca debería confundirse con la falta de densidad en el sonido ni –menos aún– con ingravideces que rozan la cursilería. El control de los medios por parte de la batuta fue globalmente bueno, aunque hay que hacer un serio reproche: poco después del arranque, con la reexposición del tema tras la primera intervención del solista, los violines se vinieron abajo y la tensión se quebró por completo.

¿Y el violín? Quien haya escuchado sus dos increíbles, descomunales discos en solitario sabe que Michael Barenboim, a quien en el Maestranza le hemos visto crecer y madurar año tras año, posee un talento fuera de serie. Otra cosa es que el sonido de su instrumento guste más o menos según qué repertorios. En Mendelssohn la cosa está clara: resulta muy adecuado para poner de relieve la faceta más delicada del compositor. Eso es justo lo que hizo, materializándolo con una limpieza en la exposición admirable. No, no es en el repertorio más teóricamente duro donde un solista queda en evidencia, sino en clasicismo y primer romanticismo. Barenboim no solo “las dio todas”, sin que lo hizo sin aparentar –en esta obra complicadísima– esfuerzo alguno, recordando a esos pianistas que, como dice su padre, hacen que lo difícil parezca fácil. Expresivamente, quizá sea necesario insistir en ello, fue un dechado de clasicismo bien entendido, demostrando que huir del romanticismo –en la discografía comparada ya expliqué que nuestra querida María Dueñas cayó en la trampa de confundir esto con Tchaikovsky– no ha de significar asepsia expresiva. La inesperada propina de Fritz Kreisler –del autor me enteré en el intermedio, lo confieso– sí que permitió al artista desplegar tensiones y claroscuros, amén de dejar todavía más claro su portentoso virtuosismo.

Pensé que la Primera de Brahms no me iba a gustar. ¡Menudo crítico presuntuoso y lleno de prejuicios! Sí que me gustó, y no poco. Para empezar, está la cuestión del sonido orquestal: al igual que Mendelssohn sonó a Mendelssohn, Brahms sonó a Brahms, lo que equivale a sonoridad aterciopelada en la cuerda, color oscuro, empaste muy redondo y buena musculatura. Luego está el asunto del fraseo, que tiene que hacer gala de una flexibilidad particular que atienda a picos y valles de tensión, evite la violencia en los ataques –la tensión debe proceder exclusivamente de la planificación cuidadosa– y permita que las melodías vuelen sin rigidez. Y ahí está la gracia: todo esto que la directora ucraniana no hizo en el Beethoven arriba citado sí lo hizo anoche en el Brahms, que dirigió con un gesto particularmente claro y atento, evidente demostración de una solidísima técnica en la que debe de estar la clave de la importante carrera que ha venido desarrollando.

Por lo demás, fue la suya una interpretación de corte moderado. Un amigo me decía que prefiere visiones más enérgicas y contrastadas, más abiertamente dramáticas. Pues sí, como también se pueden desear más góticas, más atentas al peso de los silencios y todavía más paladeadas en lo melódico. Pero no se puede decir que la directora hiciese un Brahms descafeinado. Simplemente, sintetizó esos elementos y los ofreció en un justo equilibrio sin caer ni en blanduras, ni en equivocadas opulencias ni en excesos orquestales. Pues sí: un Brahms clásico, justo como hizo en Mendelssohn.

He dejado la orquesta para el final. Estuvieron bien las maderas, sobre todo en la propina, el pasodoble Amparito Roca. No me gustaron los metales, por demasiado fallones. Me pareció formidable el timbalero en Brahms, rotundo y preciso sin excesos. A la chica que hizo el solo del violín en el segundo movimiento de la sinfonía, la sevillana Irene Arriaza González, deberían contratarla ya mismo en alguna orquesta española importante: ¡qué sonido, qué facilidad en el fraseo, qué musicalidad! En cuanto a la cuerda… No exagero si digo que en las muchas ocasiones en las que he escuchado tanto a esta formación como a la Orquesta Joven de Andalucía nunca había disfrutado, aun con sus errores y desajustes –inevitables en una serie de personas que nunca tocan juntas–, de una cuerda tan sedosa y empastada, tan maleable y tan bella. No le quito precisamente mérito a Oksana Lyniv, porque ahí están las maravillas que hizo con su formación boloñesa, ni tampoco al lujoso profesorado que ha impartido los cursos de la Fundación, pero si este es el nivel de nuestros jóvenes –en algún caso, jovencísimos– instrumentistas, tenemos motivos para el orgullo. Luego algunos se preguntan para qué queremos esta fundación, para qué queremos estos cursos y este profesorado o para qué queremos estos conciertos, si ya tenemos conservatorios y una Joven Orquesta de Andalucía. Pues miren ustedes: para permitir a más adolescentes de nuestra tierra que su talento en potencia salga a la luz, para garantizar la excelencia técnica futura en nuestra red de formaciones orquestales y, en definitiva, para extender todo lo que se pueda el interés por la música culta. ¿Les parece poco?


Crédito de las fotos: Luis Castilla

sábado, 28 de diciembre de 2024

El rey Lear, de Berlioz: discografía comparada

Una de las obras que interpreta Oksana Lyniv mañana domingo en Sevilla y el lunes en Almería es la obertura para El rey Lear de Hector Berlioz. No es una página no muy conocida ni grabada, me temo que con razón. Sin embargo, me lo he pasado muy bien haciendo esta comparativa, porque uno puede detectar aquí y allá elementos de otras obras mucho más célebres, desde la Sinfonía fantástica –un año anterior– hasta el Réquiem. Es Berlioz puro, para lo bueno y para lo no tan bueno. Merece la pena escucharla al menos un par de veces.


1. Colin Davis/Sinfónica de Londres (Philips, 1965). Resulta paradójico que el compositor romántico y desmelenado por excelencia encuentre a su más unánimemente reconocido intérprete en un director marcadamente clásico, apolíneo como Sir Colin. Lo cierto es que las maneras del siempre elegantísimo, cálido y noble maestro británico le sientan de maravilla a Berlioz, probablemente por un factor que suele ser pasado por alto: además de su inventiva como orquestador, el autor de la Sinfonía fantástica poseía una extraordinaria vena melódica a la que solo una batuta que paladee la música sin prisa alguna, respire con ella, posea un hermoso legato, domine el arte de las transiciones y sepa cómo jugar con la agógica puede hacer plena justicia. Alguien con más mala leche podría añadir: y que modere con un exquisito gusto los excesos berliozianos. Pues sí, vamos a reconocer eso también. De todo ello da buena cuenta esta irreprochable interpretación que, nos obstante, será ligeramente superada por él mismo con el paso de los años. (9)


2. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1995). Siempre buen intérprete de Berlioz merced a su sintonía con el repertorio francés, Dutoit ofrece una recreación muy centrada y con todo en su sitio, pero algo liviana en la larga introducción y más nerviosa de la cuenta en la sección rápida: sus 13’32’’ frente a los 15’50’’ de Sir Colin en Londres hablan claro. Muy buena la toma. (8)


3. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (RCA, 1997). Treinta y dos años después de su grabación en Londres, Sir Colin repite las maneras de aquella interpretación al mismo tiempo carnal, meditativa y ardiente, de perfecto equilibrio expresivo sin que ello vaya en menoscabo de la inmediatez comunicativa, añadiendo un plus de depuración sonora y hasta de belleza formal. Idónea, en este sentido, la prestación de la orqueta sajona. Falta la genialidad, pero habida cuenta de la escena popularidad de esta obertura no parece que vayamos a contar con algo mejor en unos pocos lustros. La toma de sonido es muy superior a la de Philips. (9)


4. Cambreling/Sinfónica de la SWR (SWR Music, 2007?). Sorpresa la que nos da el extremadamente irregular Cambreling con una interpretación fresca, comunicativa, que posee mucho nervio e inmediatez, pero también elegancia y hasta delicadeza bien entendida, todo ello desde una óptica muy atenta al sentido de “lo francés”. La orquesta se muestra en plena forma y está tratada por el maestro con el refinamiento y la claridad justas: nada de brocha gorda para salir del paso, que es lo que veremos en la lectura que comentamos a continuación. Sensacional la labor de los ingenieros de sonido. (9)


5. Janowski/Sinfónica de Pittsburg (Pentatone, 2009). Una toma de altísimo volumen permite recoger con fidelidad la amplia gama dinámica propuesta por el maestro de Varsovia, quizá excesiva en lo que a la acumulación de pes se refiere: en la introducción hay momentos que parecen muy poquita cosa, y de hecho las tensiones pierden continuidad. Por lo demás, hay energía cuando corresponde pero queda en evidencia que ni la orquesta es de primera ni la batuta planifica con el refinamiento apropiado. (7)


6. Andrew Davis/Filarmónica de Bergen (Chandos, 2012). Más artesano que artista, y bien apoyado por unos excelentes ingenieros de sonido, Sir Andrew ofrece una interpretación de buena planta, no desatenta al detalle y dicha con ciertas ganas, pero también algo falta de unidad en el trazo y un tanto escandalosa, amén de alicorta en poesía. Buena pero prescindible. (7)


7. Slatkin/Orquesta Nacional de Lyon (Naxos, 2014). Tan ardiente como Dutoit pero mucho menos elegante y sensual como Colin Davis, el maestro norteamericano firma una muy notable recreación a la que, abiertamente, le falta una buena dosis de claridad y depuración sonora –la orquesta no es ninguna maravilla– para competir en el mercado. Toma sonora buena, sin más. (7) 

domingo, 17 de septiembre de 2023

Jessye Norman con Colin Davis

Primero fue en España. Luego en Grecia. Luego, multiplicándose por cifras astronómicas, en Marruecos. Finalmente, la hecatombe en Libia. ¿Catástrofes naturales? Solo en parte. Muchos incendios son provocados. Sequías y lluvias torrenciales son manifestación de un cambio climático que se deriva de la acción antrópica. Y los efectos más terribles de los terremotos se hubieran paliado si grandes masas de población no residieran en viviendas absolutamente indignas. En medio del inmenso dolor que sufren nuestros vecinos, no sé qué sentido tiene seguir pensando en música y estas cosas. 

En fin, vayamos a lo nuestro. Hoy les quiero recomendar el disco grabado por Jessye Norman, Sir Colin Davis y la Sinfónica de Londres para Philips en 1979 con música de Hector Berlioz y Maurice Ravel. Toma sonora a volumen muy bajo, pero magnífica, que recoge de maravilla el instrumento sobrehumano de Norman, carnoso y homogéneo, ideal para estas dos páginas desde el punto de vista tímbrico: oscura, sugerente.

Les nuits d'ete recibe una admirable interpretación: ella todo estilo y compromiso, él sensualidad, depuración sonora y elegancia en plenitud de dominio de ese idioma berlioziano que él comprendió como ningún otro director. 

Más me ha gustado la soprano estadounidense en Sheherazade de Ravel: con independencia del referido instrumento, lo importante es cómo la soprano dice esta música, en el punto justo de equilibrio entre elegancia, misterio e intensidad, respetando el estilo al cien por cien pero sin dejarse llevar por languideces. Ahora bien, sí que se deja embriagar por los aromas de Oriente el maestro Colin Davis, refinadísimo y atmosférico a más no poder, pero también un tanto tímido, parco en contrastes y poco variado en la expresión. ¡Lástima!

domingo, 7 de mayo de 2023

Tourel y Bernstein hacen Ravel y Berlioz: un mal disco

Nunca entenderé qué tenía Leonard Bernstein con Jennie Tourel. ¿Era una cuestión contractual? ¿Será que no había otra cosa en Nueva York por aquellas fechas? A lo mejor es que realmente le gustaba, vayan ustedes a saber. Lo cierto es que a mí su voz me parece poco atractiva en lo tímbrico, y que tampoco la de la mezzo rusa me parece el colmo del refinamiento ni de la sutileza expresivo. 

Eso queda claro en el ciclo de canciones Shehérazade que ocupaba la cara A de este disco registrado en mayo y octubre de 1961 por CBS. Nada que ver con el estilo de Ravel: ni morbidez en el fraseo, ni legato, ni capacidad para la sutileza ni magia poética. Las notas las da, pero con eso no basta. Mucho menos mal en La muerte de Cleopatra: dentro de la expresividad que requiere la página de Berlioz se encuentra claramente más en su salsa, aunque en la franja aguda revele no pocas tiranteces y, en general, carezca de la voluptuosidad que la obra demanda.

En lo que a la batuta se refiere, los resultados se invierten. El Lenny de esta época era ante todo extrovertido, pero en su muy vistosa y animada Shehérazade  también sabe ofrecer depuración sonora. El resultado es muy interesante. En Berlioz se suelta la melena: la electricidad teatral deviene en descontrol, escasez de vuelo lírico, vulgaridad e incluso tosquedad. Un mal disco que, eso sí, suena muy decentemente tras el último reprocesado.

viernes, 2 de septiembre de 2022

Musikfest Berlín 2022: Rattle con la Sinfónica de Londres

Tiene su morbo ver a Simon Ratle en la Philharmonie de Berlín con una orquesta que no se aquella con la que tantos conciertos le hemos visto en la Digital Concert Hall, la Berliner Philharmoniker, sino con la Sinfónica de Londres. Ya le queda poco con ella –Sir Simon se va por culpa del dichoso brexit–, pero parece claro que en lo técnico la mantiene en plena forma.

Se ha abierto el concierto de hoy dentro del Musikfest con la obertura El corsario de Berlioz, en recreación particularmente bulliciosa y dicha con todo ese desparpajo, esa inmediatez expresiva y esas ganas de vivir que caracterizan a Rattle: un poco como el joven Leonard Bernstein, pero con muchísimo más control de los medios.

A continuación, el estreno alemán de una obra encargada por la orquesta: Sun Poem, de Daniel Kidane. Pareciéndome correctísima, no me ha enganchado lo más mínimo. Sí que me ha gustado la interpretación de La valse, fabulosamente expuesta y dicha con un punto adecuado de decadentismo, aunque sin explorar demasiado ni la atmósfera, ni la sensualidad ni la fuerza expresiva que anidan en esta obra maestra de Ravel: con la orquesta de la casa, Lahav Shani hizo ofreció una interpretación de absoluta referencia en el mismo escenario el pasado 31 de diciembre.

La Séptima de Sibelius que ha abierto la segunda parte se parece a la que ya le conocíamos con la Filarmónica de Berlín: sólida, musicalísima y antes extrovertida que otoñal, pero lejos de las grandes tensiones que han sabido imprimir otros directores. Por cierto, que siendo la LSO una formidable orquesta, la diferencia con la BP se deja notar.

Lo mejora llegado con la suite del Mandarín maravilloso, un prodigio de colorido, de ritmo, de sentido de la descripción y de expresividad, pero si algo hay que elogiar en la dirección de Rattle y en la respuesta de los músicos es el asombroso trabajo realizado con las texturas genialmente trazadas por Bartók. Hay que irse a Solti para encontrar algo mejor en lo que a la suite se refiere. De propina, una Pavana de Fauré muy hermosa.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Repertorio francés por Barenboim, cosecha del 81

Deutsche Grammohon se ha dignado a publicar, aunque solo en streaming, un disco de Daniel Barenboim y la Orquesta de París interpretando a Berlioz, Dukas y Saint-Säens, lanzado allá en 1981, que en CD nunca había salido tal cual, sino con las diferentes piezas repartidas aquí y allá. Ahora lo vemos con su bonita portada original y con el acoplamiento correcto, aunque a decir verdad las grabaciones son de diversa procedencia: si bien todas se registraron en el Palais de la Mutualité, su fecha de grabación oscila entre 1977 y 1980.

¿Cómo son estas versiones? Alguien pensará que más bien fogosas, como corresponde al temperamento del maestro de Buenos Aires por aquellos años; no del todo paladeadas, en exceso germanizadas en lo sonoro y carentes de ese particular sabor francés que este repertorio necesita. A mi entender, sin embargo, esto es aplicable solamente a la interpretación de la Danza macabra, que aun estando trazada con pinceles finos –y espléndidamente tocada por el violín de Michael Yordanoff– encuentro algo precipitada, ajena a esa morbidez, esa voluptuosidad y esa ensoñación que piden unos pentagramas todo lo vistosos, chispeantes e irónicos que se quiera, pero también llenos de sensualidad y de vuelo lírico.

El resto del disco me parece de todo punto admirable. El carnaval romano –grabación de 1978 no del todo conseguida– está dicho con intensidad y con músculo, ciertamente, pero la Orquesta de París suena a lo que tiene que sonar, no a Filarmónica de Berlín. Ni densidad, ni opulencia. Sí que hay gran claridad y atención al detalle. Otra cosa es que se prefiera una introducción más ensoñada, más atmosférica, más propiamente “francesa”, pero tampoco creo que Barenboim se quede corto ni en elegancia en el fraseo ni en levedad en el tratamiento de las texturas.

La obertura de Beatriz y Benedicto –de 1978– se mueve dentro de parecidos parámetros, combinando nervio con refinamiento y aportando el toque a medio camino entre lo elegante y lo risueño que pide la acción imaginada por Shakespeare. El tratamiento de la orquesta vuleve a ser de gran refinamiento.

La “Marcha húngara” de La condenación de Fausto –también 1978– no es la más brillante ni la más épica posible, pero tampoco se puede decir que sea pesada o retraída. Barenboim, simplemente, la limpia de polvo y paja, se aleja del espectáculo de cara a la galería, le resta aparatosidad y le aporta tanta elegancia como nobleza. Al mismo tiempo, realiza una minuciosísima radiografía sonora: el oyente logra escuchar todas y cada una de las líneas que están ahí escritas. ¡Qué técnica la del maestro!

El arranque de Le delúge –El diluvio, de Saint-Säens–, poderosísimo y dramático, nos trae al Barenboim más genial posible. Luego el maestro continúa más anhelante –incluso doliente– que sensual o contemplativo, pero no por ello carece de ese particular tratamiento mórbido de una cuerda que le suena maravillosamente empastada; muy afilado violín de Alain Moglia.

La “Bacanal” de Sansón y Dalila comienza con un oboe muy anguloso. Prosigue dramática, briosa y con mucha garra, sin por ello dejar de encontrarse admirablemente construida y diseccionada. Habrá quien desee mayor delectación melódica y sensualidad en la sección central, que a Barenboim le suena más anhelante que ensoñada; imposible aquí no acordarse de la inmensa recreación de Bernard Herrmann, ¡aún no en CD! El final de este registro parisino resulta arrebatado y brillante a más no poder, aunque siempre bajo el más férreo control de una batuta que, se diga lo que se diga, ya había alcanzado la madurez.

Tras la ya comentada Danza macabra, el disco se cerraba con El aprendiz de brujo –registro de 1977–. Una lectura personalísima la de Barenboim, basada en una lentitud no exenta de una extraordinaria fuerza, en una absoluta claridad orquestal y en un desarrollado sentido dramático que le hace ser sombría mucho antes que divertida. No es que no haya sentido del humor: es que este es más bien macabro. Solo una versión supera a esta en claridad, en atmósfera y en mala baba: una vez más, Bernard Herrmann.

Se me olvidaba: las tres páginas de Saint-Säens, todas ellas registradas en 1980, las pueden encontrar en soberbio audio de alta resolución acopladas a la Sinfonía con órgano. Si recurren al streaming, escúchenlas ahí y no en este acoplamiento.

lunes, 30 de noviembre de 2020

Barenboim, Pahud y la Filarmónica de Berlín, a puerta cerrada

El pasado sábado 28 de noviembre pude seguir en directo, a través de la Digital Concert Hall, el concierto ofrecido a puerta cerrada por la Filarmónica de Berlín bajo la dirección de Daniel Barenboim. Sinfonía fantástica como plato fuerte. Para la primera parte estaba previsto el Concierto para orquesta de Lutoslawski, del que el de Buenos Aires había ofrecido una impresionante recreación junto a la WEDO que ha quedado fuera del Blu-ray editado por CMajor de aquel evento (Schubert y Tchaikovsky con Argerich). En su lugar, han aparecido dos obras interesantísimas: el Divertimento para flauta y pequeña orquesta de Ferrucio Busoni (1920) y el Concierto para flauta de Jacques Ibert (1932). El solista, Emmanuel Pahud.

 
Comenzó la velada con la página de Ibert. Como ya demostrara en su grabación junto a David Zinman, Pahud es el intérprete ideal para la obra, preferible incluso al enorme James Galway. Haciendo gala de un pasmoso dominio técnico de todas las posibilidades de su instrumento y ofreciendo aquí y allá infinitos detalles llenos de sensibilidad, el francés destila la más exquisita poesía en un Andante en el que Barenboim, ya pleno en ese dominio de “lo francés” a lo que era tan ajeno allá por los años setenta y ochenta, hace cantar a la orquesta con efusividad embriagadora. Puede que a los movimientos extremos les falte, por parte de la batuta, un punto de incisividad en el tratamiento de las texturas, pero su musicalidad y la de los primeros atriles de la fabulosa orquesta terminan redondeando una versión de referencia.

El muy atractivo neoclasicismo de Busoni queda plenamente de manifiesto en una interpretación tan excelsa como la que recibe Ibert. Pahud se cree esta música de principio a fin y la interpreta con tanta convicción como intensidad, mientras que Barenboim, lejos de considerar la obra lo que dice su título, un mero divertimento, se esfuerza por destacar lo que de poderoso, tanto en lo sonoro como en lo expresivo, tiene la partitura. Ideal la Filarmónica de Berlín para materializar semejante planteamiento.

Quinta grabación comercial –el streaming de pago, no lo olviden, es hoy por hoy edición comercial– de la página más famosa de Berlioz a cargo de Daniel Barenboim, después de las que hizo con la Orquesta de París (1978), la propia Filarmónica de Berlín (1984), la Sinfónica de Chicago (1995) y la WEDO (2009), de las que hablé en una discografía comparada. Esta nueva lectura está muy en la línea de su registro con la orquesta multicultural, pero ahora con una formación aplastantemente superior –los del Divan se quedaban cortos, vamos a reconocerlo–. De este modo, el de Buenos Aires ofrece una lectura que, comparada con las citadas en primer lugar, pone bien de manifiesto su evolución como intérprete. Y eso queda ya claro, tras una mágica introducción, en un primer movimiento cálido más que electrizante, erótico antes que febril, muy alejado del arrebato y del descontrol para apostar por el “clasicismo” que también anida en estos pentagramas. Incluso para aportar una buena dosis de espiritualidad, mezclada con la adecuada “carnalidad”, que resulta muy conveniente. ¿Estará el maestro mirando hacia Parsifal?

El vals nunca fue el fuerte del nuestro artista; sigue sin serlo, aunque Barenboim lo desgrana con incuestionable cantabilidad. Sí que se encuentra en su salsa en la escena campestre, no ya la mejor de las suyas, sino una de las más sublimes que yo haya escuchado. En ella, más aún que en el resto de la interpretación, se pone en primer plano su concepción del fraseo como un todo orgánico, tan flexible como sutil en las transiciones, lejos del arrebato pero capaz de llegar, con absoluta lógica, a clímax extraordinariamente encendidos.

En la marcha al cadalso hay una voluntaria renuncia a la espectacularidad; diríase que el maestro no solo no quiere que los metales desequilibren la soberbia escritura polifónica del compositor, sino que desea hablarnos de un poeta que camina con dignidad y nobleza hacia el patíbulo. Yo prefiero una visión más alucinada del movimiento, pero entiendo que también se puede hacer así.

Tampoco en el aquelarre el director se desmelena; más bien apuesta por una atmósfera de marcado goticismo y por trabajar muy cuidadosamente las texturas, al tiempo que alcanza un irreprochable punto intermedio entre lo terrorífico y el cachondeo. Lo curioso es que esta vez, con la complicidad absoluta de unos músicos capaces de hacer lo que sea (¡qué increíble, incomparable conjunto de maderas!), está dispuesto a decir cosas distintas en esta música architrillada. Efectivamente, se escuchan cosas nuevas aquí. Sensatas, interesantes y reveladoras de la actitud de un señor, Daniel Barenboim, que dista de vivir de las rentas.

sábado, 25 de abril de 2020

Réquiem de Berlioz por Barenboim

¡Menuda versión se marcaron ayer Daniel Barenboim y varios miembros de la Staatskapelle de Berlín del sublime Quinteto con piano de Schumann! Estará unos días en YouTube y después se quedará en Medici TV, así que si ustedes no están suscritos a esa plataforma, corran para no perdérselo. Pero no es de eso de lo que yo quería escribir ahora, sino de una versión del Réquiem de Hector Berlioz que hasta ahora no había escuchado, la que grabó el maestro de Buenos Aires al frente de la Orquesta de París en junio y julio de 1979 en la Maisón de la Mutualité de la capital francesa para Deutsche Grammophon. Plácido Domingo era el tenor. El registro ha llegado a mis estanterías gracias a una caja llamada The Art of Daniel Barenboim que me ha permitido rellenar algunos huecos que me faltaban en la discografía del maestro, y que como está baratísima en Amazon (¡37 euros 16 discos!) les recomiendo a ustedes que se compren sin dudar.


Pero vamos al Berlioz: creo que esta es la dirección que más me gusta de cuantas conozco. Contra todo pronóstico, porque conociendo cómo hacía las cosas el de Buenos Aires por aquella época, podría pensarse que su recreación iba a acentuar los aspectos dramáticos de esta irregular y desequilibrada página, que no son los más importantes, para descuidar lo mucho que tiene de misticismo, de sensualidad y de magia poética. Pues no, nada de eso: Barenboim no solo frasea con una concentración milagrosa, sino que destila una acongojante mezcla de voluptuosidad terrena, reflexión humanística y elevación espiritual como quizá ningún otro director lo haya logrado. Y lo hace, además, modelando a la Orquesta de Paris con una morbidez y una plasticidad netamente francesas que, a decir verdad, en aquellos tiempos de su titularidad no terminada de dominar.


Estupendo el Coro de la Orquesta de París. Plácido Domingo evidencia tiranteces en el agudo, pero su bellísima voz se encuentra en su mejor momento, el canto es de la calidez acostumbrada en el tenor madrileño y su fervor religioso parece incuestionable: ¡ni rastro del distanciamiento algo envarado con que otros cantantes abordan esta parte!

El inconveniente, como no podía ser menos en esta obra, es la toma sonora: admirable desde el punto de vista tímbrico, se encuentra poco lograda en lo que al equilibrio de planos se refiere, y anda muy holgada en gama dinámica. ¡Lástima! Así las cosas, y dado que ni Colin Davis ni Leonard Bernstein tampoco tuvieron mucha suerte con la ingeniería, quizá la grabación más recomendable en cuanto a equilibrio entre calidad interpretativa y toma sonora sea la que grabó André Previn con la Sinfónica de Londres en 1980. Pero si pueden escuchen esta de Barenboim, porque merece mucho la pena.

domingo, 14 de octubre de 2018

El Cellini de Terry Gillian

Intentemos devolverle un poco el pulso a este blog con un Blu-ray que me ha entusiasmado: Benvenuto Cellini de Berlioz, filmación de mayo de 2015 en la ópera de Holanda en la célebre puesta en escena de Terry Gillian.


Reconozco que soy admirador de la obra del norteamericano que fue integrante de los Monthy Python. Independientemente de su manifiesta irregularidad como cineasta, aquí no se trata solo de que su universo creativo sea perfectamente reconocible. Es que, además, su propuesta sabe combinar la creatividad, la espectacularidad y un desbordante sentido del humor con el respeto a la dramaturgia original: aunque la acción se traslade al siglo XIX, Gillian no decide hacer lo que ciertos miserables registas actuales, montar el numerito, sino poner su talento al servicio de la historia que quiere contar Berlioz. Y esa es exactamente la que se narra. Definiendo maravillosamente a todos y cada uno de los personajes, y distinguiendo muy bien entre la primera mitad de la obra y la segunda: festiva a tope la escena del carnaval –la de la música del Carnaval Romano– y considerablemente más íntima e inquietante la segunda. Puede que sobre algún gag en el primer cuadro y que ciertos movimientos distraigan algo más de la cuenta, pero globalmente el trabajo es sensacional. No solo en concepto, sino también en lo que a la dirección de actores se refiere: todos actúan de manera extraordinaria, muy en especial ese enorme actor-cantante que es Laurent Naouri.

Este realiza una muy buena labor canora encarnando al malo de la función, el escultor Fieramosca, pero quien se lleva el gato al agua es la soprano Mariangela Sicilia como Teresa. Más irregular el protagonista, John Osborn, a todas luces entregado y estimable pero no siempre desenvuelto en lo técnico. Y bueno sin más el nivel medio de los secundarios.

Al frente de la Filarmónica de Rotterdam, Sir Mark Elder acierta en los aspectos más líricos y sensuales de la irregular –por momentos, increíblemente bella– música de Berlioz, y bastante menos en los trepidantes. Calidad de imagen y sonido estupenda en el blu-ray editado por Naxos. ¡Lástima que no haya subtítulos en castellano!


lunes, 17 de julio de 2017

La condenación de Fausto de Solti en los Proms, ahora en Blu-ray

Ya he vuelto de Inglaterra. Se supone que ahora debería decir algo sobre el resto de los espectáculos musicales que he presenciado, a saber, la Turandot del Covent Garden y tres conciertos en los Proms, pero como todos ellos han sido registrados en audio o vídeo, iré escribiendo tranquilamente a lo largo de este verano a medida que los vaya repasando en sus respectivas grabaciones. Ahora prefiero dejar unas breves notas sobre un Blu-ray que he visto esta misma tarde, por pura casualidad perteneciente también a los Proms, concretamente a los de 1989: La condenación de Fausto por Sir Georg Solti, la Sinfónica de Chicago y el coro de la formación norteamericana, aquí reforzado por el de la Catedral de Westminster.



Mi interés ha sido ante todo técnico, porque este producto corresponde a una serie que acaba de lanzar Arthaus en la que se recuperan filmaciones televisivas con audio de altísima resolución: no viene con los 48 kHz habituales en un Blu-ray estándar de vídeo, ni tampoco con los 98 kHz de un Blu-ray pure audio, sino que alcanza nada menos que los 192 kHz. En principio, un verdadero lujo. ¿Y a la hora de la verdad?

Como me estaba temiendo, por muy fantástico que sea el formato no se pueden superar las limitaciones del original, lo que en este caso concreto significa que el disfrute del espectacular despliegue sonoro diseñado por Berlioz se vea constreñido por una gama dinámica estrecha –los fortísimos quedan "aplastados"–, como también por una definición tímbrica no del todo depurada y por un apreciable soplido de fondo. Dicho esto, es de suponer una mejoría muy considerable con respecto al correspondiente DVD del propio sello Arthaus, que yo no llegué a conocer en su momento porque lo que vi fue un VHS grabado de la tele. Y cuando se sube el volumen –obviamente haciendo uso del mando a distancia– en los momentos más espectaculares, se pueden disfrutar de unos graves muy apreciables con los que seguramente tienen que ver los referidos 192 kHz. Explicado de otra manera: lo que aquí se ofrece es lo que en su momento se filmó, ni más ni menos, con todas las insuficiencias del original, pero también con la máxima calidad que el mismo puede llegar a ofrecer. Y hay subtítulos en castellano.

¿La interpretación? Portentosa. La batuta de Solti ofrece brío, electricidad y brillantez a raudales; el maestro despliega un sentido teatral que aleja a esta partitura de lo oratorial para acercarla más que nunca a lo operístico; y hace gala de un virtuosismo que, en conjunción con las posibilidades de los conjuntos de Chicago, uno no puede sino quedarse con la boca abierta. Pero además Sir George paladea tanto los momentos líricos como los espirituales con una concentración, una naturalidad en el fraseo, una sensualidad y una elevación poética difícilmente superables, lo que permite que su aproximación, amén de soberbia en lo técnico, sea redonda en lo expresivo. Olvídense del Solti de la caja de los truenos: además de espectacularidad, aquí hay trazo finísimo y lirismo de la mejor ley.

El tenor neozelandés Keith Lewis no ofrece la voz más bella ni la línea vocal más voluptuosa para su parte, pero canta con buena técnica e impecable gusto. José van Dam, obviamente, compone un Mefistófeles insuperable: canto perfecto y fraseo intencionadísimo, lleno de ironía y distinción. Anne Sofie von Otter está todavía en un gran momento vocal y, con su instrumento lírico de color muy claro, ofrece una Marguerite antes inocente que sensual; delicadísima y tierna, pero sin asomo de narcisismo. Y estupendo el Brander de Peter Rose.

A la postre, recomiendo vivamente este producto, que he podido comprar en JPC por 10 euros más gastos de envío. No lo duden: disfruten de una enorme interpretación de una música maravillosa.

jueves, 6 de julio de 2017

Rattle y la London Symphony en Granada (y II): Berlioz, Sibelius, Brahms

Abriendo el segundo concierto en el Festival de Granada –del primero hablé en la entrada anterior–, Rattle y la London Symphony ofrecieron El carnaval romano de Berlioz, en interpretación ortodoxa y sensata, dicha con pinceles finos, exquisito gusto y esa chispa juvenil que caracteriza a Sir Simon. Magnífica, sin duda, aunque es cierto que ni en la segunda parte terminó de ser todo lo bulliciosa que podría haber sido ni, sobre todo, en la primera logró destapar el tarro de las esencias poéticas que tan maravillosamente supo destilar Sir Colin Davis con la misma orquesta en su memorable grabación de 1965. Magnífico el solo de corno inglés.

Me gustó mucho cómo dirigió Rattle el Concierto para violín de Sibelius, más que en los dos registros suyos que comenté en la discografía comparada. Fue la suya una dirección magníficamente sonada, de planificación impecable, poderosa cuando tenía que serlo y dotada de gran vuelo lírico. Y acertó estilísticamente en ese punto intermedio que la obra marca en la trayectoria del compositor, es decir, entre las deudas con el romanticismo y lo que iba a ser su estilo maduro. La orquesta rindió de manera soberbia, sin excesiva opulencia pero tampoco con la necesidad de marcar asperezas.


Janine Jansen era a priori una solista de lujo. El pasado lunes 3 de julio no tuvo su mejor noche en lo técnico: aparte de un ataque por completo gafado casi al final del primer movimiento, hubo vacilaciones e inseguridades varias. La violinista miraba de vez en cuando a Rattle como pidiendo disculpas, y éste le replicaba con infinita comprensión. Lógico: se trata de un concierto casi "intocable", y les aseguro que tengo una grabación radiofónica de la mismísima Anne-Sophie Mutter donde la violinista alemana desafina cosa mala. Miren, a mí estas cosas no me importan mucho, como tampoco valoro especialmente que el sonido de Jansen sea de una belleza increíble (¡qué registro grave, cielo santo!) y que, pese a los reparos expuestos, sorteara la mayoría de los terribles escollos técnicos de la obra de manera más que satisfactoria. Lo que más me interesa es eso que se llama interpretación.

Y aquí debo reconocer que la Jansen me dio una muy agradable sorpresa, porque ya le había escuchado la página en directo, con Mariss Jansons y la Orquesta del Concertgebouw en Murcia, allá por 2010, y no me había convencido. Escribí entonces que la holandesa "ofreció un sonido de gran belleza y un virtuosismo a prueba de bombas, pero su visión de la obra fue meramente contemplativa, muy tímida en el aspecto expresivo y, por ende, bastante superficial". Esta vez me ha gustado mucho más. Quizá haya influido que en aquella ocasión mi asiento estaba lejos del escenario y el violín de Jansen, no muy poderoso, quedaba un tanto en segundo plano; en el Carlos V estuve en fila 3 y pude escucharlo mucho mejor. O quizá es que un servidor acudiera a Granada ya preparado a lo que iba a ser el enfoque de la artista: efectivamente, mucho antes lírico que dramático. Pero también creo que los años no pasan en balde, y que la bellísima artista ha madurado su concepto, ha profundizado en las notas y ha sabido inyectar una mayor dosis de sinceridad y energía a su aproximación. Lo mejor del concierto estuvo en la propina: acompañada de algunos primeros atriles de la LSO, Jansen ofreció una Nana de Federico García Lorca para derramar lágrimas. Salí al intermedio acongojado.

"Por su carácter sencillo y luminoso, la obra ha sido conocida a menudo como la Pastoral de Brahms", afirma en sus notas al programa Pablo J. Vayón sobre la Segunda sinfonía del hamburgués. Los dos temas de la forma sonata del primer movimiento, afirma, "tienen un aire de serena cantabilidad, el segundo en exquisito ritmo de vals". El Allegro grazioso "es una danza ligera y de aire popular (...) que no pierde en ningún momento ni la elegancia ni la compostura clásica", concluyendo el autor que "la Sinfonía en re mayor es puro Brahms, un Brahms lírico y hasta juguetón".


Quien comparta semejantes valoraciones expresivas no tendrá duda a la hora de calificar la interpretación de Rattle como insuperable. Pero yo no las comparto. En absoluto. Queda claro que no estamos aquí en el terreno abiertamente trágico de las dos siguientes sinfonías brahmsianas, y el carácter afirmativo del último movimiento de la op. 37 parece fuera de duda; tampoco se puede negar que en la partitura existan elementos lúdicos y un socarrón sentido del humor. Pero mí me parece que lo que singulariza a Brahms es una muy particular mezcla de ternura, reflexión humanística, amargor y desgarro emocional, y que todo eso está por completo presente en esta partitura, al menos en sus dos primeros movimientos.

De los dos temas de la forma sonata del Allegro non troppo, el primero resulta no poco agitado, mientras que el segundo –melodía tan parecida a la celebérrima canción de cuna del mismo autor– posee un fortísimo sabor agridulce que se clava en el corazón como un verdadero puñal cuando recibe una interpretación de verdadera altura: si conocen lo de Giulini/Viena –uno de los más grandes discos sinfónicos que jamás he escuchado– saben bien de qué les estoy hablando. Todo el desarrollo del movimiento es, asimismo, una contraposición entre amor y dolor, entre vuelo lírico y dramatismo escarpado, alcanzando sus clímax una fuerza desgarradora. Además de la grabación antes citada, escuchen por ejemplo a Bernard Haitink con la propia London Symphony, como estoy haciendo yo ahora mismo. Rattle parece no ver nada de esto: se limita a ofrecer una traducción de enorme belleza formal sin fondo trágico, además de carente de ese particular sonido brahmsiano que solo unos pocos directores vivos (Haitink, Barenboim y Nelsons, quizá también Muti) son capaces de ofrecer hoy.

A mi modo de ver, un dolor intenso, por momentos intensísimo y con elevados picos de tensión, debe recorrer el Adagio non troppo de principio a fin. El maestro de Liverpool fraseó sus melodías con cantabilidad suprema (¡portentosa la cuerda de la LSO, mejor aún que el día anterior!) pero suavizando aristas tanto sonoras como expresivas, sin hurgar en el trasfondo de los pentagramas. En Granada, afortunadamente, no cayó en la tentación de ofrecer las sonoridades relamidas de las que hizo gala con la Filarmónica de Berlín en su filmación de 2016, disponible en la Digital Concert Hall. A partir de ahí, Rattle se encontró muchísimo más en su elemento expresivo, inyectando a los dos últimos movimientos una buena dosis de ese empuje, de esa frescura y de ese sentido del humor –antes risueño que jocoso– que caracterizan a su batuta, mas sin dejar de desplegar el músculo y el carácter dionisíaco que ambos necesitan. El aplauso del respetable fue grande.

De propina, ya cerca de la una de la madrugada, la Danza eslava nº 7 de Dvorák. Me pareció un prodigio de ritmo y chispa por parte del maestro y los miembros de una LSO entregadísima y venciendo el cansancio –había cola de músicos en la máquina del café durante el intermedio–, pero aquí la deficiente acústica de la planta baja del palacio diseñado por Pedro Machuca se hizo más evidente que en el resto de la noche: el desequilibrio de planos se hizo molesto. Ah, hubo firma de autógrafos por parte de una muy paciente, amable y educada Janine Jansen. Yo me compré su Prokofiev.

PD. Las fotos las he tomado del Facebook oficial de la LSO.

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