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lunes, 12 de julio de 2021

Primera (y última) visita a Nápoles

He estado una semana en Italia. Primero en Apulia: Barletta, Trani, Bitonto y Trani. Esa zona me gustó muchísimo, especialmente por la espectacular arquitectura medieval que alberga. Luego pasé a Nápoles. La ciudad ha resultado ser todo lo personalísima y fascinante que siempre se ha dicho. Está repleta de arte, y me he emocionado muchísimo viendo cosas como las ruinas de Pompeya o el Museo Arqueológico Nacional. A nivel cultural, antropológico y todo eso engancha por completo. De la gastronomía no me olvido. Ahora bien, creo que no voy a volver allí. Me han desagradado profundamente el ruido ensordecedor, la contaminación asfixiante y la terrible peligrosidad de un tráfico no ya caótico y saturado, sino también extremadamente agresivo. Y me ha dado profundo asco la acumulación de suciedad en todos y cada uno de los rincones de un casco histórico degradado en extremo en el que, claramente, la especulación y cosas mucho peores que la especulación –ustedes ya saben de lo que estoy hablando– han hecho un daño irreparable. ¿Hay que conocer Nápoles? Incuestionablemente, esa experiencia hay que vivirla. Pero yo con una vez he tenido suficiente.


Pude escuchar un concierto, el que la Orquesta y Coro del Teatro de San Carlos ofrecieron el miércoles 7 de julio en la Plaza del Plebiscito –la más grande de la ciudad, con el Palacio Real de fondo– bajo la dirección de quien desde 2016 es su titular, Juraj Valčuha. El precio era relativamente caro –no había muchísimas plazas, por las rigurosas medidas sanitarias que dejaban una enorme cantidad de asientos libres– y la acústica dejaba que desear: si los micrófonos casi siempre son indeseables, en esta ocasión destrozaban tanto la gama dinámica como el equilibro de planos al potenciar a unos instrumentos frente a otros. Pero fue una velada agradable.


Primero Khachaturian y la suite nº 2 de Spartacus. No es una música que me entusiasme, pero el célebre paso a dos que la abre alberga una considerable belleza melódica. El maestro eslovaco dirigió bastante bien, sin dejarse tentar por el empalago y evitando subrayar trompeteríos varios.

El plato fuerte era una obra que adoro desde que era pequeño: Alexander Nevsky. Valčuha parecía comprender las maneras de Prokofiev y supo ofrecer una correcta interpretación, no particularmente atmosférica pero sí dotada de la suficiente fuerza teatral , trazada sin altibajos y expuesta con cierta atención al detalle. El coro, bajo la dirección de Josè Luis Basso, no cantó precisamente en las mejores circunstancias posibles –de nuevo la cuestión sanitaria–, y por ello se le pueden perdonar insuficiencias varias y algún desajuste muy considerable. La batuta, por cierto, le sometió a calderones de lo más exigentes. Lo mejor de la noche vino por parte de la mezzo, una formidable y muy operística Ekaterina Semenchuck a la que le recuerdo espléndidas Leonora y Lady Macbeth en Valencia ya hace años. 

Ah, el domingo 11 pude finalmente realizar la visita guiada al interior del teatro: el más hermoso que he visto en mi vida. Si van por allí, no dejen de visitarlo.

domingo, 9 de mayo de 2021

Ormandy recuperado: Bartók, Khachaturian, Kabalevsky

Sony Music saca una enorme caja de nada menos que 120 compactos con la discografía de Eugene Ormandy y su Philadelphia Orchestra para Columbia con sonido monoaural, en su mayor parte hasta ahora inédita en formato digital. Las plataformas habituales ya han puesto una gran cantidad de estos discos en streaming –Qobuz lo ha hecho a 96kHz–. Los aficionados que no somos muy mayores tenemos por fin acceso a una enorme cantidad de registros de los que hasta ahora ni habíamos oído hablar. Llega el momento de preguntarnos: ¿cómo es posible que un director que no era personal ni creativo, que tenía pocas cosas verdaderamente interesantes que decir, grabara y vendiera tantísimo? Creo que la respuesta es simple: ninguna orquesta norteamericana de los años cuarenta y cincuenta podía competir con la de Filadelfia, que solo encontró serios rivales en Cleveland y Chicago, la cual hasta la era Solti no se convertirá en la número uno indiscutible. El resto, Boston incluida, estaba muy por debajo. Y claro, en un momento en el que en el disco se valoraba por encima de todo escuchar con la mayor perfección técnica posible partituras que en directo sonaban con toda clase de pifias y desajustes, Ormandy y sus muchachos eran los reyes de la función en el territorio norteamericano. Ni siquiera en Europa había muchas formaciones de semejante nivel: Berlín y Viena tenían un personalísimo sonido, pero no alcanzaba tanto virtuosismo, y solo con la Philharmonia podía hablarse de perfección absoluta.

Dicho esto, tampoco es que el maestro fuera ningún mediocre. Cualquier partitura la interpretaba al menos con un mínimo de solvencia y profesionalidad, amén de con bastante más musicalidad que su antecesor Stokowski, mucho más brillante pero lastrado por un mal gusto considerable. Y a veces alcanzaba un nivel muy alto, sobre todo en el repertorio que más amaba. Es el caso de su compatriota Bela Bartók, cuyo Concierto para orquesta registrado el 14 de febrero de 1954 –posteriormente haría dos grabaciones más– he escuchado gracias a Qobuz. Me ha parecido una interpretación globalmente notable, aunque con importantes irregularidades.

La densidad, potencia y densidad del “Sonido de Filadelfia” –la cuerda es portentosa, en los metales hay algún problema– es la gran baza de un primer movimiento muy bien planteado. El segundo, por el contrario, es un fiasco: avanza con pesadez, las tensiones se vienen abajo y carece de frescura. El nivel vuelve a subir en el tercero, dicho con un impresionante sentido de la atmósfera y verdadera elevación poética; impresionante el tratamiento de las maderas. Muy bien el cuarto –un punto estridente, más que jocoso–, y auténtico fulgor orquestal en un Finale fogoso hasta acercarse a la precipitación.


En cualquier caso, para encontrar al Ormandy realmente grande hay que irse a repertorios vistosos y coloristas por encima de otras consideraciones. Es el caso de este otro disco, registrado en abril de 1956, con selecciones de Gayanéh de Khachaturian y Los comediantes de Kabalevsky: puro comunismo vintage. La primera es un prodigio de ritmo, brillantez y –no en menor medida– sensualidad más o menos orientalizante, amén de un incuestionable dominio de la materia prima orquestal que tiene a su disposición. En la segunda Ormandy añade a todo ello una buena dosis de desenfado, frescura y sentido del humor, con resultados absolutamente irresistibles: es difícil interpretar esta música muy menor de manera todavía más satisfactoria. ¡Qué lastima que la toma, aun francamente buena, no fuera ya estereofónica!

La canción de la Tierra, de Gustav Mahler: discografía comparada

Tenía muchas ganas de presentar una comparativa de la obra maestra absoluta de Gustav Mahler , un compositor que parece interesar bastante a...