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jueves, 2 de julio de 2026

Riccardo Muti en Granada: por debajo de lo exigible

Demasiados prolegómenos ya con las dos anteriores entradas: vamos directamente a qué me pareció al concierto de Riccardo Muti del pasado domingo 5 de junio en el Festival de Música y Danza de Granada. Aviso que durante los días previos escuché una vez y otra, en el coche o a través de los auriculares, sus grabaciones de las mismas obras de Giuseppe Verdi, Manuel de Falla y Maurice Ravel que se iban a tocar. Quería saber exactamente cómo había evolucionado el arte del director napolitano.


Arrancó el programa –francamente breve, mejor así dado el calor que se sufría en la colina de la Alhambra– con la Sinfonia de Nabucco. En ella quedó claro el nivel de la orquesta: la Orquesta Joven Luigi Cherubini es una muy correcta y digna formación de jóvenes. Nada más, nada menos. Poco que ver con el mamarracho de la Arturo Toscanini de Parma que dirigía Lorin Maazel. Dicho esto, la chavalería de Muti evidenciaba ciertas desigualdades, sobresaliendo –me lo decía un colega en el intermedio– un notable viento-madera frente a una cuerda y unos metales sin interés. Tocó bien, con ganas y mucha atención a una batuta que durante toda la velada desplegó amplia gestualidad para atender hasta el mínimo detalle, pero también hubo desajustes y una falta de transparencia que, hay que advertirlo, en parte puede deberse a la acústica del Palacio de Carlos V. Tengo que dejar constancia de un factor relevante: yo me encontraba en platea, bajo la fabulosa bóveda anular diseñada por Pedro Machuca, y en ese espacio el sonido empasta mejor pero pierde nitidez, al tiempo que resulta un tanto mate. La impresión desde el patio de butacas, a cielo descubierto, sería bien distinta.

En cuanto a la interpretación en sí misma, no fue radicalmente distinta a la excepcional que grabó el maestro en 1977. Tuvo nervio, fuerza dramática y cantabilidad. Sonó a Verdi. ¡Qué menos con Muti en el podio! Eso sí, cuarenta y nueve años no pasan en balde. Su recreación ha perdido la incisividad y la sana aspereza de corte toscaniniano de los tiempos con la Philharmonia, mientras que ha ganado en suntuosidad sinfónica. Vamos, que Muti estuvo más cerca de su muy odiado Riccardo Chailly en la recreación que le escuché hace algunas semanas en La Scala que de él mismo medio siglo atrás. Y ya que comparamos, hay que escoger: por una vez y sin que sirva de precedente, me quedo con Chailly.

Muti se dirigió al público para reivindicar Las Cuatro estaciones. Que es un error cortar este ballet cuando se lleva a escena Las vísperas sicilianas, porque de una grand opéra francesa se trata. Lleva razón. Que es la obra orquestal más importante de Verdi. También la lleva. Pero tengo mis dudas de que sea una gran música. Dudas serias. No es un coñazo como La peregrina del Don Carlos francés, pero esta media hora resulta de digestión pesada. De hecho, solo tiene sentido ofrecerla en concierto si la hace el mejor director verdiano del mundo: justo el caso.

Contamos con nada menos que tres registros a cargo de Riccardo Muti. El primero es el de 1980 con la Philharmonia: todavía con el vigor rítmico, la electricidad y ese sonido incisivo de la orquesta londinense que caracterizaba sus realizaciones verdianas de los años anteriores, pero añadiendo una dosis adecuada de flexibilidad y, sobre todo, una enorme cantabilidad melódica. En 1989 volvió a dejar su visión del ballet, esta vez dentro de la grabación de la ópera completa en el Teatro alla Scala: pierde un poco de vigor rítmico y gana algo de sensualidad, mientras que se ve lastrada por las obvias insuficiencias de la formación milanesa. Saltamos al 1 de mayo de 2025 en Bari, nada menos que con la Filarmónica de Berlín. Ahí el maestro evoluciona hacia posiciones más netamente sinfónicas, con la colaboración de una orquesta superlativa y sus maderas de auténtico lujo, tan decisivas en esta página.

¿Y en Granada? Ha pasado solo un año, pero la cosa ha evolucionado de manera significativa, justo en el mismo sentido que lo había venido haciendo. Tempi ligeramente más lentos, pérdida total de la electricidad y el carácter incisivo de tiempos londinenses, articulación mórbida, sensualidad más desarrollada… Se echa de menos el pulso rítmico de antaño, pero ahora el maestro alcanza tal grado de poesía que me quedo con esta última de sus cuatro entregas en lo que a la labor de batuta respecta. Imposible sacar más música de esta partitura, particularmente del último número, El otoño. La Orchestra Giovanile Luigi Cherubini en absoluto es capaz de ofrecer el empaste, la depuración sonora, la brillantez y –sobre todo– la agilidad de la Philharmonia y los Berliner, pero sus insuficiencias no son mayores que las de los milaneses de 1988, e incluso se debe aplaudir a las maderas en sus intervenciones en La primavera. En fin, no quiero ni imaginar qué ocurriría si Muti grabara ahora mismo esta obra con la Filarmónica de Viena: lo mismo hasta cambiábamos nuestra opinión sobre la partitura.

La segunda parte del concierto fue mucho más desigual. En 1979 Muti grabó al frente de los Philadelphians las dos suites de El sombrero de tres picos en interpretación de tempi rápidos, incisiva en el fraseo, rústica en el mejor de los sentidos, con garbo y con duende, al tiempo que alejada de la voluptuosidad y de la exploración de la atmósfera. En Granada solo hizo la Suite nº 2, y aquí es donde más claramente se ha apreciado la evolución del maestro. La recreación de Los vecinos, perdiendo algo de la garra de entonces, ha ganado muchísimo en sensualidad, en carácter curvilíneo, en delectación melódica y, a la postre, en inspiración poética, todo ello desde un prisma indisimuladamente impresionista que prosiguió en la Farruca. Magníficamente dirigida esta, arriesgadísima a la hora de plantear con extrema amplitud el accelerando que cierra la página, se vio lastrada por un corno inglés que empezó fraseando con amplitud y cantabilidad para luego venirse abajo en su dificilísima parte. No importó demasiado, porque a pocos les sale realmente bien ese remate. Lo que sí importó fue el lío que orquesta y maestro se armaron en la Jota conclusiva: falta de agilidad en el fraseo, discontinuidad en las tensiones, suciedad generalizada, tendencia al decibelio –Muti pedía matices dinámicos, la orquesta respondió a ellos con tosquedad– y una manifiesta ausencia de electricidad y brillantez.

Bolero de Ravel para terminar. Mala elección, dada la orquesta con la que se contaba. Me viene a la mente la ocasión en que Muti vino a Sevilla con la orquesta de La Scala y no se le ocurrió otra cosa que hacer los Cuadros de una exposición: a medida que se sucedían los números, fueron quedando al descubierto las insuficiencias de los primeros atriles de una formación que estaba en muy baja forma. Pus aquí lo mismo, solo que esta vez los problemas fueron en un cincuenta por ciento responsabilidad del director.

La grabación de Muti en Philadelphia de 1982 era lentísima (17’09’’) y solo se ponía interesante a partir de la entrada de los violines, aportando el maestro una carga de aspereza e incluso dramatismo que sustituía a la sensualidad propia de esta página. La de Granada ha sido mucho más ortodoxa en el tempo –aproximadamente 15:45, lamento no tener duración exacta– y en la expresión, porque aquí la batuta sí quiso modelar con carácter curvilíneo y difuminado las intervenciones solistas. La realización es lo que no salió bien, a pesar de encontrarse apoyada por un soberbio trabajo de la caja principal. Don Riccardo no logró graduar de menos a más el volumen las intervenciones solistas: a veces llegó a ocurrir lo contrario. Los primeros atriles se mostraron solventes y esforzados, solo eso. El trombón metió la pata de manera puntual, pero demasiado audible. La cuerda entró sin brillo ni emoción. La incorporación de la segunda caja resultó demasiado forzada, cosa que ya ocurrió en el Bolero que le escuché a Muti en Londres nada menos que con la Sinfónica de Chicago. El genial cambio de tonalidad que propone Ravel al final de la partitura pasó sin pena ni gloria. Aceptable interpretación, sin más.

¿Mal concierto? En absoluto. Pero sí desigual, y por debajo de la brillantez que el nombre de Riccardo Muti lleva asociado.

martes, 30 de junio de 2026

Críticos de toda la vida vs. opinantes en internet: ¿quién vigila?

Dice el veterano Rafael Ortega Basagoiti en este artículo de Scherzo que es una pena que se esté perdiendo la crítica de conciertos. La tradicional, la que se hace bien sobre papel, bien por suscripción en internet, en diarios y revistas especializadas. En él hace referencia a este otro artículo en el que plantean sugestivas preguntas en torno a esta progresiva sustitución de los “críticos de renombre” por esa presunta “democratización de la crítica” que es internet. Quién vigila. Quién filtra contenidos de, por ejemplo, un blog como este. Nadie, habría que responder. El bloguero o forero de turno escribe y luego se le hará mayor o menor caso. O ninguno.


Realmente, nadie garantiza que lo que escribamos en las redes tenga fiabilidad. Lo que ocurre es que tampoco los críticos “de toda la vida”, los “profesionales”, los que siguen la partitura en su tablet durante el concierto (¡viva el postureito fino!) y en el intermedio departen con los responsables de la organización, tampoco tienen filtro. ¿De verdad me quieren ustedes hacer creer que la mayoría de los redactores jefe ponen como prioridad la capacidad del crítico para aunar conocimientos y compromiso, léase valentía para decir las cosas? ¿No habrá quienes antepongan otros intereses más mundanos? ¿No existen acaso los que tienen en cuenta la publicidad en sus páginas, los vínculos del medio como patrono de determinada institución o incluso la necesidad de quedar bien ante los lectores? Circunstancias estas que, como todo el mundo sabe, un crítico con pocos escrúpulos puede, con total independencia de su mayor o menos nivel de conocimientos, aprovechar luego para codearse con los artistas, para hacerle un favor al amiguete con el que luego se va a cenar o incluso –esto lo he visto personalmente– para que te coloquen a tu esposa en el teatro. Con éxito.

Viene esto a cuento porque, de las cuatro críticas “oficiales” que he podido leer del concierto de Riccardo Muti en el Festival de Música y Danza de Granada, solo dos me han parecido realmente profesionales. Es posible que ambas se pasen de rosca a la hora de poner mal a la orquesta que se trajo el maestro Muti, porque al fin y al cabo era una formación de chavales y los que allí acudíamos sabíamos lo que nos podíamos encontrar, pero son respetuosos no solo con los músicos, sino también con los lectores. Se mojan. Pero las otras dos solo de manera muy solapada insinúan las insuficiencias de la Orquesta Joven Luigi Cherubini, trasmitiendo una imagen de triunfo artístico que en absoluto fue tal. Y no me vengan con la subjetividad de la crítica. Subjetivo es si te gusta o no el concepto interpretativo del artista de turno. Pero los desajustes son los desajustes, las pifias son las pifias. En el concierto del pasado domingo 28 en el Carlos V las hubo. No es subjetividad, no es percepción. A quienes somos más duros de oído se nos pueden pasar por alto determinados problemas de afinación, estridencias, puntuales ausencias de empaste y cosas así, pero a nadie se le escapan ni la mera discreción del nivel medio ni, menos aún, los “gambazos” sonados. Hace un montón de años vino Karajan a Madrid con sus Berliner Philharmoniker. En el Bolero de Ravel pasaron cosas terribles con el trombón: aquello fue un escándalo por tratarse de quienes se trataba, e incluso hay quien afirma que el maestro tomó represalias contra el instrumentista. Pues bueno, en el Carlos V pasó lo mismo y ciertos críticos se lo callan. El concierto fue buenísimo, y punto. Y claro, cuando el medio es de muy elevado prestigio y los lectores tenemos que pagar suscripción para leer, el asunto es más grave: se nos está dando gato por liebre. Se nos engaña.

Lo que más me ha llamado la atención es que ninguno de los cuatro críticos hace apenas referencia, salvando algunas pinceladas puntuales, al “estilo” de la interpretación, a la postura expresiva de Riccardo Muti frente a la partitura. Se fijan en lo cuantitativo, en cuánto de bien sonó aquello –bastante bien para dos de ellos, poco para los otros dos–, pero no en lo cualitativo, en cómo estuvo sonado. A mi modo de ver, y esto sí que es plenamente subjetivo, allí nos encontramos a un Riccardo Muti muy distinto del de otros tiempos. A ver si hablo de ello en la siguiente entrada.

¿Quiero decir con todo esto que los que escribimos en la red somos mejores que “los de toda la vida”? Bajo ningún concepto: una afirmación así sería una falacia monumental. En todas partes hay de todo. Lo que sí quiero dejar claro que, si a los críticos que nos movemos en blogs o foros de internet no nos vigila nadie, a los otros tampoco. ¡Y hay por ahí quienes escriben cada cosa!

lunes, 29 de junio de 2026

El Festival de Granada prohíbe los tapones de las botellas (o cómo el personal de sala trata al público como delincuente en potencia)

No visitaba el Festival de Música y Danza de Granada desde 2021. Sencillamente, ni los últimos años de Antonio Moral ni los primeros de Paolo Pinamonti me han resultado lo suficientemente atractivos para meterme las ocho horas de carretera –ida y vuelta– y realizar la inversión. Este año tampoco tenía pensado ir, pero como me estaba obligado a tomar abundantes fotos del conjunto monumental de la Alhambra y el Generalife en algún momento del verano, compré una entrada que milagrosamente salió a la venta a última hora para el concierto de ayer domingo 29 de Riccardo Muti con su Orquesta Joven Luigi Cherubini. Y regresé con sabor amargo, por desagradables experiencias con el personal de sala.

 

Justo cuando empezaban a salir los chavales de la orquesta, quise tomar una foto para que mis amigos conocieran la problemática visibilidad desde mi butaca en platea. Dos segundos tardó una señorita en acercarse y decirme, con cierta agresividad, que no se podían tomar fotos, que tenían órdenes muy estrictas. Soy de los que se molestan cuando la gente hace eso durante el concierto, pero cuando la orquesta no ha hecho más que comenzar a distribuirse por el escenario, no sé qué daño se hace. Justo cuando Muti ya estaba acercándose al podio, desde otro ángulo muy distinto del Palacio de Carlos V se escucha a un señor pegar un berrido: “¡Que está prohibido hacer fotos!”. Vaya, resulta que eso no es perturbar el concierto. Ya puestos a controlar a los asistentes, le podían haber dicho algo al famoso crítico que, según me dijo un amigo sentado cerca de él, se llevó todo el tiempo siguiendo la partitura con su tablet, pero con ese no se atreven. Claro que tampoco a ese señor le sirvió de mucho, a tenor de lo que ha escrito en su crítica: no se enteró de nada. O sí se enteró, pero ladinamente calló muchas cosas: en el concierto hubo de todo, incluyendo numerosas pifias en la orquesta y cosas mal resueltas por parte de Muti. Ya se sabe que si uno quiere codearse con los artistas y la dirección, tiene que ponerlo todo de muy bien para arriba.

Llega el intermedio. Como antes del concierto me clavaron cinco euros por una limonada, hice cola en la máquina de refrescos para comprar un Aquarius. Fui a bebérmelo entre la zona de aseos y la del ambigú. Otra señorita, esta bastante más simpática –no es ironía– se acerca con una exigencia que me dejó muerto: “Caballero, deme usted el tapón de la botella. Está prohibido tener una botella con tapón en un concierto”. La verdad, nunca me había encontrado con mayor ridiculez. Bastante serio, le dije que nos estaban haciendo la visita bastante incómoda. “Lo comprendo y lo siento, pero la ley dice que una botella con tapón puede convertirse en un arma arrojadiza”. Completamente perplejo le dije que sí, que había acudido esa noche a tirarle la botella al maestro Muti. Le di el tapón, dejé la botella ya vacía en una papelera y me fui a la explanada del concierto, ya justo al lado de la entrada. Ni que decir tiene que allí estaba todo el mundo con su correspondiente botella de agua, tapón incluido.

Comienza la segunda parte. Como auténticos sabuesos, el personal de sala se lanzó a los pasillos controlando que no hubiese nadie osando capturar una imagen. Creo que muchos nos sentimos vigilados e incómodos. Fin del concierto, en el que no hubo propinas. Muchas personas –yo no, por descontado–sacaron el móvil para llevarse el recuerdo. Lógico y natural en un concierto veraniego. Y propaganda gratuita para el evento si luego lo suben a las redes, dicho sea de paso. Aquí lo ven de otra manera, y los encargados del asunto saltaron a impedirlo llamando la atención al personal hasta que ya hubo tantos con el móvil en la mano que lo dejaron por imposible.

Termina la velada. Me acerco a un caballero de la orquesta bien vestido y le enseño el libro escrito por Riccardo Muti, a ver si era posible conseguir un autógrafo. Con una gran sonrisa, me indica la puerta tras la cual estaba el maestro. Cuando llego me encuentro con uno de los miembros del personal de sala que aparentaba menos cordialidad. Lo di por imposible, pero aun así me acerqué con mucha timidez, le mostré el libro y le pregunté lo mismo. “No” fue la respuesta. No fue un "no" cualquiera. Fue seco, cortante. Despreciativo incluso. Podía haber sido un “ya me gustaría, lo siento mucho” con una pequeña sonrisa, o al menos “este año tenemos órdenes muy estrictas de no dejar pasar a nadie”. Me volví con el rabo entre las piernas, porque estoy convencido de que el maestro Muti hubiera firmado de buena gana. Lugo me enteré que a cierto crítico sí que le dejaron pasar a departir con el maestro. Ya saben, no es lo mismo un "gran experto" que puede hacer publicidad en un medio importante que la chusma mitómana a la que pertenecemos la mayoría. Al ganado hay que controlarlo.

En fin, creo que los que pagamos por la butaca, y por ende sostenemos el festival, nos merecemos un poco de empatía. Sentirnos como público de verdad, no como personas a quienes se nos está haciendo un favor y a las que hay que vigilar constantemente porque hacemos fechorías por defecto. He visitado ya las suficientes salas de conciertos de Europa como para poder asegurar que nunca en los treinta y siete años que llevo acudiendo a estos eventos, ni siquiera en los lugares más siesos que conozco –mejor no mencionarlos– me he encontrado a un personal de sala tan impertinente. Se dice que los granadinos tienen “mala follá” (antipatía). Un amigo que es de allí me asegura que es verdad y que lo sufre cada día. Ignoro si esa es la explicación. Es posible que el responsable de todo esto sea un Paolo Pinamonti que ha querido establecer una especia de estado policial en su nuevo reino. No sabría decirlo con seguridad. Lo que sí sé es que, salvo que vuelva Barenboim o aparezcan un Furtwängler o un Klemperer, no volveré por allí en unos cuantos años. Les recomiendo a ustedes que tampoco se tomen mucho interés en hacerlo: la acústica es mala, se pasa mucho calor y te tratan como si fueras un delincuente.

viernes, 30 de agosto de 2024

Cuando Chailly y La Scala visitaron Granada

El mayor acierto de Antonio Moral al frente del Festival de Granada no fue el de traer a grandes estrellas –cosa altamente meritoria–, sino meter una parte de los conciertos en plataformas de streaming con imágenes tales como Arte, Mezzo, Medici TV o Stage +. Ya saben: tal y como han evolucionado las cosas, lo que no está en esas plataformas no existe. La publicidad es inmejorable, y además permite al aficionado que no pudo o no quiso ir saber que pasó allí.

En su momento me quedé con las ganas de escuchar a Riccardo Chailly al frente de la Filarmónica de La Scala con un programa precioso que me gusta de manera muy, pero que muy especial: Séptima de Prokofiev y Sexta de Tchaikovsky. Ahora he podido conocer los resultados de ese concierto del 23 de junio de 2023 gracias a la filmación todavía disponible, siempre bajo suscripción, en el canal Arte.

Visto lo visto o escuchado lo escuchado, creo que hice bien en quedarme en casa. Porque fue un buen concierto, pero un tanto irregular por parte de Chailly y lastrado por una orquesta que deja mucho que desear. Usted la habrá escuchado en no pocos de sus registros recientes para Decca: ahí está bien, porque se puede repetir y escoger las mejores tomas. En un directo sin edición, la cosa cambia. No es solo que haya notas falsas, desajustes y tal: es que el sonido es pobre, particularmente el de unos violines que desgranan las melodías con escaso empaste y excesiva acidez. Dicho esto, nada que ver con el monumental fiasco que le escuchamos a los milaneses con Riccardo Muti en Sevilla en enero de 1997, con unos Cuadros de una exposición que estuvieron francamente mal tocados. El nivel ha subido desde entonces.

Riccardo Chailly estuvo irregular, como dije antes. En el primer movimiento de la sinfonía postrera de Prokofiev demuestra no solo un muy buen dominio del idioma –y ser capaz de transmitírselo a la orquesta–, sino también un pleno acierto expresivo: en esta música lo tchaikovskiano es fundamental, y en este sentido el maestro canta las melodías de maravillas, pero también hay que marcar aristas, acentuar contrastes y atender a lo más inquietante de la música. Su batuta lo hace. También logra captar la ironía de un segundo movimiento que sabe ofrecer su punto de ironía para que no resulte excesivamente naif, con independencia de que otros maestros hayan acentuado el grado de "locura desesperada" que también anida entre las notas. Las prisas le pueden en un tercero pobremente paladeado a cuyo espíritu permanece ajeno, mientras que en Finale comienza bien, tropieza con la marcha central y no capta el pesimismo de la conclusión; que acepte añadir el postizo final feliz que Prokofiev se vio obligado a añadir –y hoy casi nadie hace– corrobora que Chailly no se entera de qué va el asunto.

La Patética globalmente sale mejor, aunque en el primer movimiento hay de todo: secciones muy correctas, caídas en lo sentimentaloide, admirables expansiones melódicas, más nervio que grandeza opresiva... Falta unidad. Mucho mejor el segundo, cantado con belleza sin blandura y –esto es clave– anhelante en el Trío. Correctísima la marcha, muy bien expuesta y con empuje. Solo eso. Y magnífico, sensacional el Finale. ¡Qué admirable mezcla de belleza y dolor, qué sapientísima administración de las tensiones, qué manera de transfigurar a la discreta cuerda milanesa, qué sinceridad expresiva! Ahí apareció por fin, aunque fuera en la última parte del concierto, ese grandísimo maestro que fue un día Riccardo Chailly.

miércoles, 31 de julio de 2024

Un acercamiento a Tarmo Peltokoski (y IV): el concierto de Granada

Pues sí, ya podemos ver en la plataforma Stage + (¡háganme caso, suscríbanse!) el concierto de Tarmo Peltokoski y la Orquesta del Capitolio de Toulouse que clausuraba el Festival de Granada coincidiendo con la final de la Eurocopa. Ya saben, el de la pantalla con el partido dentro del Carlos V para satisfacer un asunto "de interés nacional". El que terminó a la una y cuarto de la madrugada por culpa del fútbol. Pero de eso ya he hablado aquí lo suficiente, así que vamos a la música.

De la primera obra del programa, preludio de Los maestros cantores de Wagner, ya había una toma radiofónica con la misma orquesta, que comenté aquí mismo. Esta vez no he encontrado excesiva ligereza en el tratamiento sonoro, pero sí una importante cantidad de peculiaridades en los metales que, más que revelar voces nuevas, desequilibraban la polifonía. Lo que ocurre es que me resulta imposible de determinar si hubo problemas de empaste, responsabilidad por tanto de la batuta y sus músicos, o se trata de un efecto provocado por una desafortunada colocación de los micrófonos: la toma, cortita en gama dinámica, no es ninguna maravilla. Por lo demás, sigue faltando idioma wagneriano en general, mientras que el maestro continúa acertando plenamente en la sección cómica: aquí sí que hay que admirar la polifonía de las maderas, como también la acertada expresión de estas.

De los sublimes Cuatro últimos lieder de Richard Strauss también comenté aquí una grabación, esta vez con la Sinfónica de la Radio de Berlín. Me gustó mucho por su frescura e inmediatez, aportando una visión mucho menos otoñal de lo acostumbrado. La filmación de Granada me ha interesado muchísimo menos: no sé si será cosa mía, pero las dos primeras canciones me han parecido más bien asépticas, rutinarias y ajenas al estilo. Mejor las otras dos, particularmente una concentrada y muy bella sección final de Im Abendrot. Técnicamente hubo sus más y sus menos: queda claro que la orquesta tolosana es muy buena, pero a distancia de las más grandes. Se debe elogiar al concertino, como también reprochar la escasa depuración de los violines en las peculiares irisaciones que deben ofrecer en el inicio de September.

Muy bien la soprano Elsa Dreisig, sobre todo gracias a una voz que, aun sin ser particularmente ancha –más bien todo lo contrario–, no nos hace sufrir con los cambios de color en el grave en los que incurren la mayoría de las artistas que se acercan a esta música. También hay que admirar la crema del timbre, la nitidez de la dicción, el control del fiato y el sutil –ya que no muy imaginativo en acentos– uso de los reguladores. Expresivamente fue de menos a más, sin llegar nunca a defraudar, pero también quedándose a distancia de lo que con estas canciones hizo quienes ustedes ya saben y algunas otras.

Sinfonía nº 9 de Anton Bruckner en la segunda parte. Ya solo por abordar semejante monumento comenzando pasadas las doce hay que aplaudir a orquesta y director. ¡Qué culpa tendrán ellos del fútbol! Los franceses tocaron francamente bien, y su director les hizo sonar con empaste, equilibrio de planos y –salvando algunas líneas del Trío del Scherzo– admirable claridad. Y ahí quedó la cosa, porque estilística y expresivamente fue una versión mediocre. Ni la sonoridad ni el fraseo fueron brucknerianos. La manera de ligar las notas, de plantear arcos melódicos, de planificar tensiones –hubo momentos acelerados y violentos sin suficiente preparación–, de construir los crescendos, de ofrecer esa mezcla de sensualidad agónica, fuerza dramática y espiritualidad que demanda la música... Nada de nada. Al menos eso me ha parecido a mí: se trata de mi sinfonía favorita y me he aburrido mucho.

En fin, ¿hay algún problema en que un señor de veinticuatro años se muestre incapaz de ofrecer una Novena de Brucker aceptable? No, ninguno: ya es bastante con que a su edad haga sonar bien a la orquesta. Sí que es un problema, o más bien una tomadura de pelo, que su agente, su sello discográfico, el Festival de Granada y las orquestas con las que trabaja nos lo quieran vender como un grandísimo director, porque todavía dista de serlo. Eso sí, ambición y prepotencia –le he escuchado una entrevista que no me ha hecho ninguna gracia, el lenguaje no verbal le delata– le sobran. Tanto como las prisas por ser alguien importante.

lunes, 29 de julio de 2024

Lo que Antonio Moral calló sobre la final de la Eurocopa

Pues sí, Antonio Moral no solo hay logrado que casi ningún medio –felizmente, no puede controlar a todos los críticos y periodistas– ocultara el abucheo que le metió el cabreado público del Festival de Granada por aquello de poner una pantalla de fútbol en el Carlos V y retrasar el concierto de clausura una hora, sino que había mantenido oculto el coste que para las arcas del festival supuso el asunto. ¡Y lo que hubiera supuesto de haberse prolongado la cosa con prórrogas y penaltis! Lo pueden leer aquí: enlace a Mundo Clásico.

Y aún seguimos sin que se nos den explicaciones convincentes de por qué este señor abandona la dirección del festival. En fin...

martes, 16 de julio de 2024

Los autores de las notas del Festival de Granada

El asunto tiene su miga. Vamos a ello, concierto a concierto (me limito a la música clásica, danza y demás queda fuera).


Kirill Petrenko: Luis Suñén.

Accademia del Piacere: Juan Ramón Lara. 

Jordi Savall: Pablo J. Vayón.

Eschenbach. Luis Suñén

Trío Arbós: Stefano Russomanno

Benjamín Alard con Israel Galván: Pablo J. Vayón

Bernard Foccroulle: Pablo Cepeda

Queyras: Enrique Martínez Miura

Orquesta Ciudad de Granada: Justo Romero

Orquesta Freixenet con Schiff: Pablo J. Vayón

Benjamín Alard: Pablo Cepeda

Seong-Jin Cho: Ana García Urcola

Cuarteto Quiroga: Bernardo García-Bernalt Alonso

Filarmónica de Viena: Justo Romero

Schumann Quartett: Stefano Russomanno

Ciclo Schubert de Paul Lewis (4 conciertos, con notas individuales de cada uno publicadas en un mismo programa): Rafael Ortega Basagoiti

Pedro Luengo: Pablo Cepeda

OCNE: Arturo Reverter

Cuarteto Gerhard: Stefano Russomanno

Mäkelä I: Justo Romero

Mario Brunello:  Enrique Martínez Miura

Mäkelä II: Justo Romero

Ana María Valderrama: notas cedidas por la Fundación Juan March.

Raquel Lojendio: notas cedidas por la Fundación Juan March.

Schiff: Arturo Reverter

Konstantin Krimmel: Luis Gago

Yago Mahúgo: sin programa.

Argerich y Dutoit: Justo Romero

Libert-Quartet: Martín Llade

Kantarow: Arturo Reverter

SIGMA Project: Sánchez Verdú (obviamente, es el compositor).

Edith Peña y Alexei Volodin: Ana García Urcola

Andrés Cea: Pablo Cepeda

Nosferatu: Sánchez Verdú (compositor).

Vasily Petrenko: Luis Suñén

Cosmos Quartet: Luis Gago

Cuarteto Staatskapelle con Leonskaja: Arturo Reverter

Academia Barroca del Festival: Bernardo García-Bernalt Alonso

Peltokoski: Luis Suñén


En definitiva, la vieja y la nueva guardia de Scherzo, la revista fundada por el director saliente del festival granadino, Antonio Moral. Vamos ahora a por el ranking de las plumas más prolíficas:


Justo Romero: 5 notas al programa (incluyendo las más jugosas: Filarmónica de Viena, Mäkelä, Argerich...)

Rafael Ortega Basagoiti: 4

Arturo Reverter: 4

Luis Suñén: 4

Pablo J. Vayón: 3

Stefano Russomanno: 3


Añadamos a esto que cuatro nombres de la lista (Romero, Ortega, Reverter y Vayón) han escrito varias críticas de los conciertos del Festival. Y reparemos en lo que yo mismo escribí en un comentario a la entrada anterior en referencia a la revista Scherzo:

"A mí me ha llamado una cosa la atención. La mayoría de las críticas del Festival de Granada las estaba escribiendo José Manuel Ruiz Martínez, que al parecer es un profesor universitario de allí. Algunas otras las escribieron Rafael Ortega, Arturo Reverter e Ismael Cabral. Justo Romero ya estaba cubriendo el festival para Beckmesser.com (sí, una web personal de esas que miran por encima del hombro los autodenominados "críticos de primera", o sea, los que escriben sobre papel). Pues bien, Ruiz Martínez publicó en Scherzo su valiente artículo en contra de la decisión de convertir el concierto de clausura en evento futbolero el día 12 de junio, y resulta que las tres críticas siguientes las escribe Justo Romero, que pasa así de cubrir para Beckmesser a hacerlo en Scherzo. ¿La mano de Moral? Yo diría que sí."

Queda clarísimo, pues, quién ha cortado aquí el bacalao. Y no menos claros quedan los porqués de algunos peloteos desmedidos.

lunes, 15 de julio de 2024

El Carlos V más triste: la música agacha la cabeza ante el fútbol (pero Antonio Moral fue abucheado)

La desoladora foto habla por sola. Me la manda un amigo muy melómano desde Granada con el comentario "Patético, es lo mejor que se puede decir".  Y continúa de esta manera:

"Esa foto está hecha sobre el minuto 15 de la segunda parte del partido, poco antes de las diez y media. Lógicamente empezó a llegar bastante gente desde esa hora hasta el concierto. Pero había más gente fuera esperando que dentro. Y la mayoría indignada y cabreada. 

Para colmo, y por si no hubiésemos tenido que esperar poco, cuando a las once y pico iba a comenzar el concierto, a Antonio del Moral no se le ocurrió otra cosa que subir al escenario, coger el micrófono y soltar un rollo para 'agradecer' la movida de la final de fútbol. El caso es que en el pecado lleva la penitencia, y se llevó un tremendo abucheo de regalo de despedida".

Aunque poco más tenía que añadir a lo que escribí el viernes aquí mismo, les copio a ustedes unos comentarios que le he escrito a otro amigo, no menos melómano que el anterior, a raíz de una entrada de su blog, la cual pueden ustedes leer aquí.

"Creo que Antonio Moral hizo una mediocre labor en el Teatro Real, pero que tanto en el CNDM como en Granada ha realizado un gran trabajo, y que por ello se merece grandes elogios. Ahora bien, una cosa es eso y otra muy distinta el peloteo estomagante que algunas firmas se traen con él. Estoy seguro que tanto una parte como la otra son conscientes del ridículo, pero es justo así como se consiguen entradas, notas al programa, viajes pagados y carguitos. Hay personas muy expertas en todo ello, porque viven de eso. La verdad es que si Moral se retira para siempre yo no le voy a echar de menos. No por él, sino por la corte de alimañas que le rodea.

Ah, la crítica publicada del concierto de anoche en Scherzo produce arcadas. ¡Y encima resulta que la pantalla se puso DENTRO del Carlos V, no fuera! Dicho de otra manera, si se hubiese pasado a prórrogas y penaltis, todo el público (interesado por el fútbol, no interesado o directamente incapacitado para soportarlo) se hubiera tenido que tragar durante un periodo importante de tiempo (entre quince minutos y tres cuartos de hora) el partido y todo lo que le rodea. Así, por los santos cojones de la organización. La expresión "falta de respeto" se queda corta.

Cierto que al final el partido no se alargó, pero que el tercer movimiento del Bruckner (puse un rato la radio) empezara a las 0:45 (la sinfonia terminaría a la 1:10, vaya tela) indica el concierto debió de comenzar bastante después de las 23:00, y que por ende TODO EL MUNDO que llegara con un cierto tiempo a la Alhambra y quiso tomar asiento se tuvo que tragar por la fuerza goles, locutores desmadrados, griteríos de entusiasmo y exaltación patriótica. ¡Qué espanto!".

PS. Veremos si algún medio especializado se atreve a confesar que Moral fue abucheado. Ese señor tiene muchísimo poder y no pocas firmas depende de sus encargos.

viernes, 12 de julio de 2024

Más sobre lo del Festival de Granada y el fútbol: ¿quién ha sido?

No lo esperaba, porque el máximo responsable de la decisión, no otro que Antonio Moral, fue en su momento el fundador de la revista y está recibiendo toda clase de elogios por la colección de grandes artistas que han desfilado por la Alhambra, pero lo cierto es que lo ha hecho: Scherzo ha publicado, echándole un par, un artículo de opinión criticando duramente que se retrase una hora –más posibles prórrogas– el concierto de clausura del Festival de Granada para no coincidir con el final de la Eurocopa y que, por si fuera poco, se instale una pantalla gigante el el Carlos V "para que aquellos que tengan su entrada para el concierto puedan seguir en directo el partido" (sic: leer comunicado oficial).

 

El artículo lo firma José Manuel Ruiz Martínez (leer), y en él se explican las cosas mejor y con más prolijidad que como yo lo hice ayer aquí. Lo que no sabemos es si del director saliente ha partido la idea, y ahí quería yo llegar: tan monumental es la catetada, tan grande debe de ser el pitorreo a nivel internacional, tan mancillado queda el prestigio que el Festival ha ido cosechando en esta edición, que debe hacerse público el nombre del individuo que ha tenido la ocurrencia. Si ha sido Moral –responsable último, pero no necesariamente ideólogo–, que dé la cara. Si ha sido algún personajillo del Ayuntamiento o –lo más probable– de la Junta de Andalucía del Partido Popular, de esos que desfilaron en la entrega de la Medalla de Oro a Argerich para que quedara claro quién mandaba ahí, que salga y que lo diga. Que pida perdón a los músicos y a los melómanos perjudicados. Y que, como a los Wagner, Strauss y Bruckner no se les puede decir ya nada, le rece una novena a Santa Isabel Schwarzkopf por hacer que los Cuatro últimos lieder agachen la cabeza ante la cosa futbolera. 

Por lo demás, no quiero ni imaginar a esos melómanos que no aman el balompié entrando en el Carlos V a horas intempestivas, quizá viéndose obligado a aguardar en sus asientos mientras el asunto se alarga con tandas de prórroga y penaltis, teniendo que aguantar los comentarios de los locutores televisivos a todo volumen, sobresaltados por esas exclamaciones de emoción colectiva que a muchos nos resultan insoportables, para luego escuchar –que es a lo que han venido y para lo que han pagado– músicas tan introvertidas, delicadas y sublimes, tan necesitadas de concentración extrema, como los citados lieder de Richard Strauss o la Novena de Anton Bruckner. ¡Y qué decir de la filmación televisiva, que va a pasar a Mezzo y a Stage +! Porque si gana España, ya verán ustedes qué equipo de técnicos de sonido le pone filtros a las explosiones de petardos y cohetes que van a llegar, como mínimo, hasta In Abendrot. Aunque eso, ciertamente, ya no es responsabilidad del festival.

En cualquier caso, lo dicho: una monumental catetada. Que el responsable dé un paso adelante, por favor.

jueves, 11 de julio de 2024

Bochorno en Granada: Bruckner de medianoche por culpa del fútbol

Leo la noticia atónito (aquí): como España jugará la final de la Copa de Europa el próximo domingo, el Festival de Granada no solo colocará una pantalla gigante en el Carlos V para que el personal pueda seguir la cosa balompédica, sino que retrasará una hora el arranque del concierto de la Orquesta del Capitolio de Toulouse y Tarmo Peltokoski. Es decir, el preludio de Maestros cantores comenzará a las once de la noche, la soprano cantará aquello de "In dämmrigen Grüften..." sobre las once y cuarto y la Sinfonía nº 9 de Anton Bruckner se escuchará entre la medianoche y la una de la madrugada. Todo ello si no hay prórroga, claro: si se llega a los penaltis, el concierto podría terminar cerca de las dos.

No sé si la decisión parte de Antonio Moral –director saliente del Festival– o de la Junta de Andalucía del PP –la cosa patriótica y tal–, pero me parece una tremebunda falta de respeto a la música, a los músicos (¡una orquesta europea tocando Bruckner pasada la medianoche!) y a los muchísimos melómanos a los que el fútbol nos importa un rábano, un pimiento o un higo, escojan ustedes el producto hortofrutícola que les parezca más descriptivo.

En fin, no sé si el populismo irá a más y se repartirán banderitas rojigualdas en el caso de que "la roja" –estupidísimo y políticamente manipulador nombre, dicho sea de paso– consigue ser vencedora, pero lo cierto es que esta es una de las razones que me ha hecho desistir de mi idea inicial de acudir al concierto –aún hay entradas de sobra– que clausura el Festival. La otra es el disco Mozart de Peltokoski, que me está haciendo dudar seriamente del buen gusto de este muchacho. En otro momento hablaré de él.

Fe de errores. En un principio escribí que el comienzo del concierto se retrasaba media hora. No es cierto: lo hace en una hora, porque inicialmente estaba previsto para las 22:00. Eso sí, la nueva hora oficial es la que dije, las 23:00... más las posibles prórrogas.

martes, 30 de enero de 2018

Sobre el Festival de Granada

Pablo Heras-Casado acaba de presentar la próxima edición del Festival de Granada. ¿Voy preparándome para comprar las entradas? Un repaso a vuelapluma por las citas más importantes.
  • Don Pablo se autoprograma en la inauguración: Debussy con Les siécles, es decir, con instrumentos originales. Al día siguiente, la misma formación pero con su titular François-Xavier Roth: Debussy, Franck y Saint-Saëns. ¡Viva la cuerda de tripa! Yo paso.
  • Un recital de Aimard y otro de la Petibon: el Debussy del primero no me gusta, pero a la soprano me encantaría verla. Claro que en día laborable, imposible.
  • Dos conciertos de Gergiev y sus chicos: aunque los programas rusos me encantan (salvo la Duodécima de Shostakovich), la orquesta es malilla y a Valerio lo sigo considerando uno de los peores directores del mundo. El mismo fin de semana, los hermanos Zapico: tengo las Cuatro estaciones "made in Zapico" como uno de los más horrendos discos que haya escuchado en mi vida. O sea, una conjunción espantosa. Les juro que me mantendré muy lejos de Granada en esas fechas.
  • Pierre Hantaï: estupendo, pero es un lunes.
  • Último fin de semana: Heras-Casado vuelve a autoprogramarse con la orquesta local, ofreciendo un programa de Haydn, Mozart y un estreno de Sánchez Verdú que dura ocho minutos para el que se trae a Beczała. Bueno. Asimismo viene La Reverdie (¡bravo!), mientras que la Philharmonia cierra con Salonen y un repertorio disparatado para el director finlandés: Beethoven y Wagner. Un concierto de música medieval no me justifica el desplazamiento.
¿Conclusiones? ¡Qué bien! ¡No tendré que gastar dinero en Granada este verano!

jueves, 6 de julio de 2017

Rattle y la London Symphony en Granada (y II): Berlioz, Sibelius, Brahms

Abriendo el segundo concierto en el Festival de Granada –del primero hablé en la entrada anterior–, Rattle y la London Symphony ofrecieron El carnaval romano de Berlioz, en interpretación ortodoxa y sensata, dicha con pinceles finos, exquisito gusto y esa chispa juvenil que caracteriza a Sir Simon. Magnífica, sin duda, aunque es cierto que ni en la segunda parte terminó de ser todo lo bulliciosa que podría haber sido ni, sobre todo, en la primera logró destapar el tarro de las esencias poéticas que tan maravillosamente supo destilar Sir Colin Davis con la misma orquesta en su memorable grabación de 1965. Magnífico el solo de corno inglés.

Me gustó mucho cómo dirigió Rattle el Concierto para violín de Sibelius, más que en los dos registros suyos que comenté en la discografía comparada. Fue la suya una dirección magníficamente sonada, de planificación impecable, poderosa cuando tenía que serlo y dotada de gran vuelo lírico. Y acertó estilísticamente en ese punto intermedio que la obra marca en la trayectoria del compositor, es decir, entre las deudas con el romanticismo y lo que iba a ser su estilo maduro. La orquesta rindió de manera soberbia, sin excesiva opulencia pero tampoco con la necesidad de marcar asperezas.


Janine Jansen era a priori una solista de lujo. El pasado lunes 3 de julio no tuvo su mejor noche en lo técnico: aparte de un ataque por completo gafado casi al final del primer movimiento, hubo vacilaciones e inseguridades varias. La violinista miraba de vez en cuando a Rattle como pidiendo disculpas, y éste le replicaba con infinita comprensión. Lógico: se trata de un concierto casi "intocable", y les aseguro que tengo una grabación radiofónica de la mismísima Anne-Sophie Mutter donde la violinista alemana desafina cosa mala. Miren, a mí estas cosas no me importan mucho, como tampoco valoro especialmente que el sonido de Jansen sea de una belleza increíble (¡qué registro grave, cielo santo!) y que, pese a los reparos expuestos, sorteara la mayoría de los terribles escollos técnicos de la obra de manera más que satisfactoria. Lo que más me interesa es eso que se llama interpretación.

Y aquí debo reconocer que la Jansen me dio una muy agradable sorpresa, porque ya le había escuchado la página en directo, con Mariss Jansons y la Orquesta del Concertgebouw en Murcia, allá por 2010, y no me había convencido. Escribí entonces que la holandesa "ofreció un sonido de gran belleza y un virtuosismo a prueba de bombas, pero su visión de la obra fue meramente contemplativa, muy tímida en el aspecto expresivo y, por ende, bastante superficial". Esta vez me ha gustado mucho más. Quizá haya influido que en aquella ocasión mi asiento estaba lejos del escenario y el violín de Jansen, no muy poderoso, quedaba un tanto en segundo plano; en el Carlos V estuve en fila 3 y pude escucharlo mucho mejor. O quizá es que un servidor acudiera a Granada ya preparado a lo que iba a ser el enfoque de la artista: efectivamente, mucho antes lírico que dramático. Pero también creo que los años no pasan en balde, y que la bellísima artista ha madurado su concepto, ha profundizado en las notas y ha sabido inyectar una mayor dosis de sinceridad y energía a su aproximación. Lo mejor del concierto estuvo en la propina: acompañada de algunos primeros atriles de la LSO, Jansen ofreció una Nana de Federico García Lorca para derramar lágrimas. Salí al intermedio acongojado.

"Por su carácter sencillo y luminoso, la obra ha sido conocida a menudo como la Pastoral de Brahms", afirma en sus notas al programa Pablo J. Vayón sobre la Segunda sinfonía del hamburgués. Los dos temas de la forma sonata del primer movimiento, afirma, "tienen un aire de serena cantabilidad, el segundo en exquisito ritmo de vals". El Allegro grazioso "es una danza ligera y de aire popular (...) que no pierde en ningún momento ni la elegancia ni la compostura clásica", concluyendo el autor que "la Sinfonía en re mayor es puro Brahms, un Brahms lírico y hasta juguetón".


Quien comparta semejantes valoraciones expresivas no tendrá duda a la hora de calificar la interpretación de Rattle como insuperable. Pero yo no las comparto. En absoluto. Queda claro que no estamos aquí en el terreno abiertamente trágico de las dos siguientes sinfonías brahmsianas, y el carácter afirmativo del último movimiento de la op. 37 parece fuera de duda; tampoco se puede negar que en la partitura existan elementos lúdicos y un socarrón sentido del humor. Pero mí me parece que lo que singulariza a Brahms es una muy particular mezcla de ternura, reflexión humanística, amargor y desgarro emocional, y que todo eso está por completo presente en esta partitura, al menos en sus dos primeros movimientos.

De los dos temas de la forma sonata del Allegro non troppo, el primero resulta no poco agitado, mientras que el segundo –melodía tan parecida a la celebérrima canción de cuna del mismo autor– posee un fortísimo sabor agridulce que se clava en el corazón como un verdadero puñal cuando recibe una interpretación de verdadera altura: si conocen lo de Giulini/Viena –uno de los más grandes discos sinfónicos que jamás he escuchado– saben bien de qué les estoy hablando. Todo el desarrollo del movimiento es, asimismo, una contraposición entre amor y dolor, entre vuelo lírico y dramatismo escarpado, alcanzando sus clímax una fuerza desgarradora. Además de la grabación antes citada, escuchen por ejemplo a Bernard Haitink con la propia London Symphony, como estoy haciendo yo ahora mismo. Rattle parece no ver nada de esto: se limita a ofrecer una traducción de enorme belleza formal sin fondo trágico, además de carente de ese particular sonido brahmsiano que solo unos pocos directores vivos (Haitink, Barenboim y Nelsons, quizá también Muti) son capaces de ofrecer hoy.

A mi modo de ver, un dolor intenso, por momentos intensísimo y con elevados picos de tensión, debe recorrer el Adagio non troppo de principio a fin. El maestro de Liverpool fraseó sus melodías con cantabilidad suprema (¡portentosa la cuerda de la LSO, mejor aún que el día anterior!) pero suavizando aristas tanto sonoras como expresivas, sin hurgar en el trasfondo de los pentagramas. En Granada, afortunadamente, no cayó en la tentación de ofrecer las sonoridades relamidas de las que hizo gala con la Filarmónica de Berlín en su filmación de 2016, disponible en la Digital Concert Hall. A partir de ahí, Rattle se encontró muchísimo más en su elemento expresivo, inyectando a los dos últimos movimientos una buena dosis de ese empuje, de esa frescura y de ese sentido del humor –antes risueño que jocoso– que caracterizan a su batuta, mas sin dejar de desplegar el músculo y el carácter dionisíaco que ambos necesitan. El aplauso del respetable fue grande.

De propina, ya cerca de la una de la madrugada, la Danza eslava nº 7 de Dvorák. Me pareció un prodigio de ritmo y chispa por parte del maestro y los miembros de una LSO entregadísima y venciendo el cansancio –había cola de músicos en la máquina del café durante el intermedio–, pero aquí la deficiente acústica de la planta baja del palacio diseñado por Pedro Machuca se hizo más evidente que en el resto de la noche: el desequilibrio de planos se hizo molesto. Ah, hubo firma de autógrafos por parte de una muy paciente, amable y educada Janine Jansen. Yo me compré su Prokofiev.

PD. Las fotos las he tomado del Facebook oficial de la LSO.

miércoles, 5 de julio de 2017

Rattle y la London Symphony en Granada (I): Sexta de Mahler

Dos conciertos de Sir Simon Rattle y la London Symphony Orchestra en el Palacio de Carlos V de Granada, dentro de la edición nº 66 del Festival de Música y Danza. Tengo muchas cosas que decir, así que en esta entrada me limito al primero de ellos: Sexta sinfonía de Mahler la noche del domingo 2 de julio.

Para empezar, ¿cómo anda la orquesta de la que pronto Sir Simon se va a convertir en nuevo titular? Muy bien, gracias. Pero no es la Filarmónica de Berlín. La LSO puede presumir de ser la mejor orquesta británica, y sin duda se puede contar entre las diez mejores de Europa, pero no posee la altura de las tres más grandes, obviamente Concertgebow, Filarmónica de Viena y la citada formación berlinesa. No me refiero a tanto a una cuestión técnica como a la personalidad del sonido global y, sobre todo, a la musicalidad de sus solistas. Tengo la sensación de que la época del mediocre Gergiev ha dejado a sus miembros un poco descolocados, trabajando por inercia más que otra cosa; y también me da en la nariz de que con Rattle eso se va a arreglar pronto, de que el enorme entusiasmo de las ideas musicales y extramusicales del de Liverpool va a hacer que todos den lo mejor de sí mismos.


Dicho esto, se puede puntualizar un poco. En ambos conciertos estuve en la fila tres del patio de butacas –no hubo manera de conseguir una entrada arriba, que es donde mejor se escucha– y noté cierta falta de empaste en los violines, circunstancia que podría deberse a la acústica desde mi posición: tengo previsto escucharles la semana que viene en el Barbican Hall en mucho mejor ubicación, así que ya les contaré si la impresión se confirma o desaparece. Ciertamente hubo algún despiste en uno de los pasajes más tempestuosos del primer movimiento de la sinfonía mahleriana entre los primeros violines, entiendo que por completo disculpable. Y confieso que el serbio Gordan Nikolitch, según mi apreciado José Antonio Cantón (leer crítica) uno de los mejores concertinos del mundo, no me pareció nada del otro jueves. Sí me gustaron mucho los violonchelos, de muy hermoso sonido, como también los contrabajos. La madera me pareció francamente buena. Y por completo sensacional el metal, con algunos solistas increíbles: trompa y tuba son para ponerles un monumento. Aun con los reparos expuestos, escuchar una orquesta así en directo supone un verdadero lujo para el oído.

Sexta de Mahler. A ver, hace poco puse por las nubes la interpretación del mismo director con la Filarmónica de Berlín. Esta me ha gustado un poco menos. Solo un poco. En parte por la, como digo, no tan increíble calidad de la orquesta. Y en parte porque en los últimos días he vuelto a escuchar interpretaciones o escuchado por primera vez algunas otras versiones discográficas. Y con todas ellas en mente puedo valorar con mejor perspectiva el acercamiento del maestro británico, irregular mahleriano que en este repertorio a veces fracasa –Segunda–, a veces se queda a mitad de camino –Quinta– y a veces triunfa, como es el caso de la obra que nos ocupa. Cierto es que Rattle raramente se interesa por el lado más dramático de la música, pero con esta obra parece tener una especial sintonía: trazo finísimo –imposible olvidar el bodrio de esta misma orquesta con Gerviev–, nada de ingravideces ni de amaneramientos, explosiones sonoras tan espectaculares como controladas y una enorme dosis de frescura y comunicatividad distinguen su acercamiento.

Así las cosas, Rattle ofreció un primer movimiento magnífico. No muy atmosférico ni ominoso, pero sí adecuadamente épico, sabiendo no confundir a este carácter con lo jubiloso –error de varios directores, entre ellos el mismísimo Bernstein en la más antigua de sus grabaciones– y dotándolo de un enorme sentido de la continuidad. El Andante moderato –en segunda posición– estuvo cantado y sonado con gran belleza; otra cosa es que a mí me gusten visiones más agónicas que líricas, y lo que hiciera Rattle fuera decantarse más bien por lo segundo. Por otra parte, su gran clímax me pareció más nervioso que intenso, vehemente más no muy visionario. Muy notable el Scherzo, poco personal y quizá no tan enérgico como el de Berlín –que estoy volviendo a escuchar mientras escribo estas líneas–, pero sí muy atento a la variedad expresiva que encierra. Además, estuvo impecablemente desmenuzado: el virtuosismo de las maderas de la LSO quedó bien en evidencia.

Lo mejor de la interpretación, en cualquier caso, vino con ese genial último movimiento que marca una de las cimas de toda la creación sinfónica universal. Aquí el maestro supo hacer gala de vehemencia, de empuje y de garra dramática bajo un perfecto control de los medios –su técnica de batuta es colosal–, sin caer en precipitaciones y haciendo gala de riquísimas e incisivas texturas bien remachadas por esos dos golpes de martillo que ningún subwoofer del mundo es capaz de reproducir. Únicamente, por poner una pega, me hubiera gustado un clímax final –ése donde iría el tercer golpe de martillo– un poco más tremendo, y una coda aún más ominosa. ¿Del uno al diez? Un nueve para esta interpretación. O sea, algo muy difícil de presenciar en directo. Éxito colosal.

Se me olvidaba: aunque para la acústica sea un problema, ¡qué gustazo tener a Rattle a solo unos metros y disfrutar de su bellísima, entusiasta y comunicativa gestualidad!

lunes, 18 de marzo de 2013

Mediocre Festival de Granada

Guardé silencio cuando Diego Martínez, un señor al que conozco de pasada desde hace años y del que aprecio mucho su labor en el Festival de Úbeda, fue nombrado director del Festival de Granada en medio de la polémica: su designación se anunciaba desde meses antes que se pusiera en marcha el mecanismo del famoso “código de buenas prácticas”, circunstancia que fue duramente denunciada por el tenor granadino José Manuel Zapata. Las buenas relaciones de Martínez con el Partido Popular explicarían su elección según se deduce de lo que, desde antes del nombramiento, publicó el diario Ideal. Si quieren pueden leer la respuesta que dio en un videochat organizado por el mismo medio cuando le preguntaron por el asunto.

He esperado, teniendo en mente su mediocre proyecto de hace pocos años para el Auditorio de El Escorial, a que saliese la programación diseñada por él en persona (la del año anterior era del director saliente) para el evento granadino. Pues bien, ya ha salido en la web oficial. Quitando el nuevo proyecto de Jordi Savall, la presencia de Ute Lemper (con un precioso espectáculo que ya se vio en su momento en Jerez y más tarde en Sevilla), Ton Koompan tocando el órgano y alguna cosa más, me ha parecido más bien gris. Tanto, que por primera vez en muchos años voy a faltar a mi cita anual al Festival. Un Festival, como denunció Zapata, que ahora se encuentra en manos de un partido político muy concreto. Eso sí, apuesto a que hay algunos medios de comunicación que le van a comer a Martínez en la mano. Y si no, al tiempo.

miércoles, 11 de julio de 2012

Pablo Heras-Casado se trae Friburgo a Granada

He esperado unos días a ver si Radio Clásica se animaba a subir el podcast de la transmisión que debe de haber realizado en directo -allí estaban los micrófonos y el locutor- del concierto con el que el granadino Pablo Heras-Casado se traía al Festival de Música y Danza de su ciudad natal a una de las formaciones con las que más ha trabajado, la magnífica Orquesta Barroca de Friburgo. En vano: no sé si lo ofrecerán más adelante o es que Harmonia Mundi, para quien se grababa paralelamente el programa en el vecino Auditorio Manuel de Falla, ha puesto algún tipo de impedimento. La verdad es que me hubiera gustado repasar lo que allí se escuchó, porque la acústica del Palacio de Carlos V le sienta bastante mal a las cuerdas de tripa. En fin, haré memoria sobre la velada.

El programa se abría con tres fragmentos de esa obra maestra absoluta que es la música incidental escrita por Felix Mendelssohn para El sueño de una noche de verano: sin llegar a la excelsitud de Previn con la Sinfónica de Londres (registro que acaba de reeditar EMI a precio muy barato: ¡no se lo pierdan!) ni menos aún a la de Klemperer, el joven maestro andaluz ofreció una recreación de alto nivel en la que supo ofrecer la ligereza y el carácter alado que demanda esta música sin dejarse llevar por la excesiva ingravidez, la trivialidad o la sosería con que parte de la peña historicista o semi-historicista interpreta este repertorio: virtuosístico y entusiasta le sonó el Scherzo, con adecuado carácter anhelante el Intermezzo y lleno de concentrada poesía el Notturno. Los instrumentos originales resultaron estupendos con una batuta así a su frente (lo de la batuta es un decir: Heras-Casado no usó este elemento ni tuvo partitura delante).

Menos me gustó la Tercera Sinfonía de Schubert, toda vez que habiéndole escuchado una Quinta magníficamente tradicional (enlace), no esperaba encontrarme -aquí sí, por desgracia- contagio de la liviandad historicista. O no tan historicista: ¿han escuchado los horrores que ofrecía Carlos Kleiber con esta partitura? Pues eso. El granadino ofreció un magnífico movimiento conclusivo, pero en el resto de la obra no me terminó de enganchar como sí lo hace, también con instrumentos originales, Frans Brüggen en su magnífica grabación para Philips.

Así las cosas, podía temerse que Heras-Casado tropezara con la Cuarta Sinfonía, una de las páginas más difíciles de interpretar del repertorio romántico: ¿cómo hacer que obra de semejante equilibrio y belleza formal suene todo lo acongojante que debe? Pues el maestro lo consiguió de principio a fin optando por cierta densidad sonora y un importante pathos expresivo, pero sin traicionar a los parámetros propios del historicismo, y en cualquier caso bien apoyado por una orquesta que, aun con algunos tropiezos propios del directo, se comprometió plenamente con la propuesta de su director. Ni que decir tiene que si otro artista hubiera hecho esto mismo con una orquesta “moderna”, los pedantorros que desdeñan las maneras tradicionales y aplauden -con impostado entusiasmo- los instrumentos originales como única opción verdadera para este repertorio, hubieran hablado de pesadez centroeuropea, contaminación wagneriana, aburrimiento y cosas así. Menos mal que tenemos a maestros como Heras-Casado para ir acabando con estas actitudes.

lunes, 9 de julio de 2012

Las Huelgas en Los Jerónimos (Van Nevel visita Granada)

La misma jornada en que asistí por la noche al primero de los dos conciertos de Charles Dutoit (enlace), procuré llegar temprano a Granada para el recital gratuito que, con un programa de una hora exacta de duración consagrado a la polifonía flamenca e hispana del Renacimiento tardío, ofrecía en el hermosísimo Monasterio de San Jerónimo el Huelgas Ensemble bajo la dirección de su eterno titular Paul Van Nevel. Hice bien: la cola era tan considerable como suele en los mejores espectáculos que se ofrecen en este recinto, y con una hora de espera conseguí al menos situarme en mitad de la nave. Había mucha, muchísima gente, venturosamente de edad más bien temprana, y hubo quienes se tuvieron que quedar en la calle. ¿Quién dijo que no interesaba esta música?

He esperado a escuchar la grabación de Radio Clásica –me la he pasado a compacto, con su carátula y todo- para escribir estas líneas. Confirmo lo que ya imaginaba: en casa se disfruta más desde el punto de vista estrictamente musical, porque  en directo la acústica juega en contra, si bien nuestro salón doméstico muy poco puede rivalizar con la iglesia de la misma época –en realidad, algo anterior- de la música a la que daba cabida. En cualquier caso, confirmo también que se trató de un magnífico concierto.

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Empezó el programa con sendos motetes de dos ilustres desconocidos de la segunda mitad del Quinientos, Françios Galler y Balduin Hoyoul, en los que el portentoso Huelgas Ensemble ya pudo hacer gala de su perfecta afinación y solidísimo empaste. Vino a continuación el Agnus Dei de la Missa “In exitu Israel” del ya tardío Diego de Pontac, música sin duda muy bella pero que, como la anterior, no hizo saltar del asiento. Cosa que sí consiguió, porque con este señor ya son palabras mayores, Clemens non Papa con su motete Fremuit spiritu Jesus, al que Van Nevel supo aportar una elevada tensión interna sin perder nunca de vista el equilibrio y la espiritualidad serena del Renacimiento.

De Diego Barea  escuchamos un motete que sirvió como ejemplo del modelo a doble coro del siglo XVII, pero a quien esto suscribe le interesó mucho más el Heu me Domine de Vicente Lusitano, de arriesgadísimos cromatismos. Entre medias, el espléndido Vox in Roma de Gialles de Wert permitió confirmar a Van Nevel y sus colegas como auténticos maestros de lo que podríamos denominar “tercera vía” interpretativa de semejante repertorio, conjugando la brillantez de los grupos británicos con la sensualidad de los mediterráneos –perdonen ustedes los tópicos-, y aportando un sonido prieto y carnoso muy especial.

Como gran traca final llegaron tres de las Lamentationes Secundi Diei de Orlando di Lasso, soberbia música servida en interpretaciones que supieron aunar belleza formal y contenida comunicatividad, redondeando –importaron pocos ligerísimos desajustes entre los cantantes y la irrupción de dos teléfonos móviles- un concierto de primera magnitud. Al final, conseguí que el amable Van Nevel me firmara la caja A Secret Labyrinth (recopilación de quince compactos editados en su momento por Sony Classical) que ustedes pueden encontrar a precio de ganga en Amazon.es. Huelga la recomendación, nunca mejor dicho.

viernes, 6 de julio de 2012

De cuando me venció Morfeo en los Arrayanes

Muchos años me ha llevado materializar mi ilusión de asistir a un concierto en el Patio de los Arrayanes. Tenía por fin entrada, en este 61 Festival de Granada, para escuchar en el Palacio de Yusuf I nada menos que a la viola excepcional de Tabea Zimmermann. Desdichadamente, por complejas circunstancias que ahora no hacen al caso, llegué la noche del martes 3 de julio extremadamente cansado a la Alhambra. Tanto, que no solo perdí la concentración para escuchar música, sino que además no tuve más remedio que cerrar los ojos en más de una ocasión en medio de terribles esfuerzos para mantenerme despierto. No disfruté en absoluto, claro está, y eso que mi asiento tenía buena visibilidad, que la climatología acompañaba y que la acústica -me llevé toda una sorpresa- resultó ser excelente. Sea como fuere, intentaré dejar unos apuntes de lo que intuí pudo ser el recital.

Tabea Zimmermann Festival Granada

Creo que fueron muy convincentes las Märchenbilder o Imágenes de cuentos de Robert Schumann, pues tanto Tabea Zimerrmann como su notable acompañante Silke Avenhaus acertaron en ese dificilísimo punto de equilibrio entre ligereza sonora y densidad dramática que exige el compositor; lo hicieron, además, derrochando belleza y sensibilidad a raudales. La Sonata op. 11 nº 4 de Paul Hindemith estuvo interpretada con la apropiada mezcla de equilibrio neoclásico y tensión interna, pero aquí la música -que servidor no conocía- me interesó poca cosa. Posiblemente mi apatía fuera fruto del cansancio, aunque también debo reconocer que las únicas obras que me entusiasman del autor son las Metamorfosis Sinfónicas y la Sinfonía Matías el pintor.

La transcripción de las Siete canciones de juventud de Alban Berg resultaron cuanto menos peculiares, porque al perder la fascinante orquestación original la atención se concentraba, por una vez, en la línea melódica inicialmente pensada para la voz. El resultado, un Berg más lírico y menos expresionista que nunca. Las interpretaciones, beneficiadas por el sonido carnoso de la violista alemana, parecían apuntar en esa misma dirección, pero aquí no me atrevo a decir más porque mis fuerzas estaban en su peor momento. No, no llegué a quedarme dormido.

Mucho más despejado tras el intermedio, sí que pude atender sin problemas a las breves piezas para viola sola de György Kurtág que se interpretaron, entre ellas …una flor para Tabea…, dedicada a la inmensa artista. Me gustaron mucho en su sugestiva mezcla de folclore y modernidad a través de pinceladas ora largas y sensuales, ora espontáneas y agresivas, admirablemente recreadas por quien domina los más recónditos colores de su instrumento.

Obviamente el plato fuerte estaba en la transcripción de una de las obras maestras absolutas de la literatura de cámara, la Sonata en La mayor para violín y piano de César Franck. Fue la de Zimmermann y Avenhaus una interpretación de asombrosa belleza formal, impregnada de una delicadeza por completo ajena al amaneramiento, una sensualidad nada narcisista y una emotividad contemplativa de altísimo vuelo poético. Para muchos, ideal. No para mí: esta página esconde una carga dramática sobre la que las dos artistas quisieron pasar de largo. Las dos propinas, que no pude reconocer, prolongaron el embriagador perfume destilado en esta noche veraniega sin mucha intención de aportar algo de variedad expresiva.

Dutoit y la RPO en Granada, a la francesa

No encontré tiempo durante mi estancia en Granada para escribir sobre los espectáculos que presencié en el 61 Festival de Música y Danza. Lo hago ahora, de manera desordenada, comenzando por los que ofreció la Royal Philharmonic Orchestra con su titular Charles Duoit al frente: programas en torno a Debussy y el Impresionismo en general, con Tchaikovsky como invitado especial un tanto forzado. Desde el punto de vista técnico fueron algo decepcionantes. ¿Bolo veraniego? No creo, pues los problemas no estuvieron solo en los desajustes, sino también en la pobreza de los solos y en la falta de un sonido global de calidad. Mi impresión fue que la formación británica, que desde la época de Beecham hasta hoy mismo ha estado siempre por detrás de las cuatro grandes londinenses (Sinfónica, Filarmónica y Philharmonia), se encuentra en un momento poco feliz de su trayectoria. Por descontado que su visita al Carlos V se agradece, pero esperábamos otra cosa.

Como ya expusimos al hablar de su Debussy discográfico (enlace), el maestro suizo aborda este repertorio potenciando los ingredientes “puramente franceses” que lo integran, una opción que puede no ser la que más nos guste pero sí la que resulta más inatacable. En Granada las circunstancias discurrieron por el mismo camino, pero hay que hacer matices. El Preludio a la siesta de un fauno que abrió la velada del sábado 30 de junio parecía ser muy hermoso, pero quien esto suscribe no lo pudo disfrutar por culpa de un fotógrafo –el oficial del festival, creo- que machacó repetidamente los pasajes más en piano para disgusto de los melómanos de economía ajustada que habíamos sacado las baratas entradas del extremo izquierdo de la galería superior. Un cero a la organización en este sentido, y que conste que no es el primer año que sufrimos semejante molestia.

CONCIERTO DE LA ROYAL PHILHARMONIC ORCHESTRA DIRIGIDA POR CHARLES DUTOIT EN EL PALACIO DE CARLOS V. FOTO ALFREDO AGUILAR

La versión de La mer no me pareció tan lograda como la del disco, y quizá tampoco como alguna otra muy reciente del propio Dutoit que he conocido vía radiofónica. Quizá yo me encontraba aún desconcentrado por culpa del fotógrafo de marras. O quizá –bueno, eso seguro- es que la acústica del Carlos V no es precisamente la más adecuada para las sutilezas tímbricas de Debussy. Pero también me daba la impresión de que el maestro no se había currado las cosas como debía haberlo hecho: determinadas líneas instrumentales apenas se escuchaban. Buena recreación, en cualquier caso.

Buena Quinta de Tchaikovsky en la segunda parte del concierto del sábado: irreprochablemente trazada, dicha con apreciable control de la arquitectura, ajena a arrebatos y excesos, como también a la melifluidad a pesar de que el enfoque fue mayormente sentimental, para mi gusto en exceso. Lo que ocurre es que los que hemos tenido la enorme suerte de escucharle esta partitura a Celibidache en directo sabemos que es posible alcanzar resultados aplastantemente superiores a los de esta honesta, solvente y profesional pero poco inspirada realización de Dutoit.

Al día siguiente el triunfo de la selección española en no sé qué cosa futbolera parecía que iba a producir los mismos trastornos que la victoria en el Mundial causó en el Bruckner de Barenboim hace dos años. Por fortuna, los cohetes en esta ocasión fueron moderados y se pudo disfrutar de una extraordinaria recreación de Mi madre la oca, no solo bellísimamente sonada sino también dicha con muy sincera poesía, amén de perfecta en el estilo; creo que solo a Giulini le he escuchado interpretaciones abiertamente superiores. El nivel bajó de manera considerable con la Suite nº 2 de El sombrero de tres picos, música dicha desde la misma óptica francesa de la interesante grabación discográfica del propio Dutoit (la opción es tan válida como hacerlo mirando a Stravinsky, que de todo hay en esta maravilloso ballet), pero sin la vivacidad ni la frescura del registro de Decca, y viéndose además lastrada por una evidente falta de inspiración y hasta cierta desgana. La del corno inglés se inventó su solo de la farruca. No es de recibo hacer un Falla así en Granada, la verdad.

Dutoit volvió a dejar clara su sintonía con Ravel con una soberbia interpretación de La valse, quizá no tan referencial como su registro de 1981-perfecto gracia a su equilibrio entre brillantez, elegancia, decadentismo, sarcasmo y carácter siniestro- pero en cualquier caso fascinante en su tratamiento de las texturas, admirablemente matizada y de contagiosa comunicatividad. La única pega fue la acústica del palacio construido por Pedro Machuca, de nuevo problemática para el Impresionismo.

Fuentes de Roma y Pinos de Roma para cerrar –no hubo propinas- la velada del domingo 1 de julio. No hubo sorpresas, pues se nos ofrecieron recreaciones de solidísima ortodoxia estilística –mirando al Impresionismo- y muy tradicionales en el enfoque –más paisajístico que inquietante-, dichas con absoluta convicción e irreprochable gusto por parte de la batuta -muy inspirada en el Gianicolo- y tocadas de manera algo decepcionante por una orquesta cuyas trompas deberían haberse preparado más los fulgores imperiales de la Vía Apia. Resultados muy notables, en cualquier caso, pero aquí de nuevo hay que establecer comparaciones: lo que hicieron el año pasado en Valencia George Prêtre y la Orquesta de la Comunidad Valenciana en Les Arts fue aplastantemente superior (enlace), se mire por donde se mire. Claro que eso a lo mejor no lo sabía la mayor parte del público del Carlos V, que aplaudió a rabiar.

domingo, 17 de julio de 2011

Barenboim concluye el ciclo Bruckner en Granada

Daniel Barenboim y su Staatskapelle de Berlín han finalizado sus ocho años de actividad en el Festival de Granada cerrando el ciclo de las sinfonías de Bruckner en sendos conciertos ofrecidos el sábado 9 (Primera, Segunda) y el domingo 10 de julio (Tercera) en el Palacio de Carlos V. Habida cuenta de los resultados globales de esta integral, así como de las filmaciones de las sinfonías Cuarta a Novena que han circulado por televisión, me reafirmo en que el Bruckner del de Buenos Aires ha cambiado en lo conceptual: ahora no hay tanta tensión, visceralidad y carácter visionario, al tiempo que se ha ganado en vuelo lírico y sensualidad. ¿Un enfoque más maduro? Puede ser. De lo que estoy convencido es de que esta visión gustará mucho más a los amantes de un Bruckner ortodoxo que el de antes, que fue interesantísimo en su momento pero que -hay que reconocerlo- resultaba un tanto unidireccional. Asimismo hay que destacar como el trazo se ha flexibilizado, ofreciendo matices expresivos tan sutiles como inteligentes sin perder de vista la arquitectura global. En cualquier caso, las tres sinfonías no funcionaron igual de bien en esta cita de 2011.

La Primera Sinfonía le duró 47 minutos, lo mismo que su grabación con la Sinfónica de Chicago de 1980, que era espléndida, pero tres menos que la de la Filarmónica de Berlín de 1996, con la que Barenboim rozó el cielo. ¿Anduvo en Granada desconcentrado? Un poco, particularmente en el cuarto movimiento, que sufrió evidentes caídas de tensión y necesitó mayor unidad. Tampoco la orquesta anduvo muy final, y no tanto por los gazapos puntuales como por su sonoridad vacilante. En cualquier caso fue una muy buena interpretación, equilibrada –mucho antes que virulenta- en el primer movimiento, de una atractiva mezcla entre espiritualidad y desazón en el segundo, sorprendente por el carácter ominoso del trío el tercero y, pese a los reparos antes apuntados, brillante sin la menor pesadez el cuarto. No todos los días se escucha un Bruckner así.

Si la Primera no dejó un agridulce sabor de boca, la Segunda Sinfonía me pareció la mejor que jamás he escuchado, registro de Giulini (Testament, 1974) incluido, pese a ser bastante más rápida que su último y soberbio registro (Teldec, 1997, siguiendo la edición de William Carragan). Sencillamente, no puedo concebir una más fascinante unión entre garra dramática, vuelo poético y hondura filosófica. El primer movimiento, en el que las maderas –no siempre afinadas- lucieron un sonido particularmente carnoso, respiró con naturalidad pasmosa en sus numerosos silencios. Increíble el segundo, cálido y elocuente a más no poder, trabajando con atención la polifonía para obtener una hermosísima sonoridad que poco a poco fue dando paso a una tensión tan soterrada como inquietante. En el el tercero, flexible y creativo, sobresalió la increíble belleza del trío, que fue quizá lo que menos bien le salió a Barenboim en sus dos grabaciones oficiales. El cuarto comenzó con una enorme fuerza y resultó un modelo de lógica constructiva, solo alcanzable por maestros con una técnica suprema (¡algunos siguen dudando de Barenboim como director!) y una absoluta convicción en la escritura bruckneriana. Un final tan elocuente como ajeno a la retórica puso fin a una interpretación muy difícilmente superable.

La Tercera, siendo magnífica, no alcanzó la altura de la Segunda del día anterior ni de la referencial interpretación con la Filarmónica de Berlín (Teldec, 1995), aunque sí la de su anterior grabación en Chicago (DG, 1980), siempre dentro –no me canso de repetirlo- de un enfoque distinto del de antaño. Hubo, ciertamente, mucho nervio y garra dramática en el primer movimiento, pero si ahora destaca por algo es por la naturalidad de su desarrollo. El segundo comenzó algo desconcentrado, centrándose poco a poco para ofrecer, a través de riquísimas sutilezas de la agógica, una interpretación más anhelante que extática, lo que no puede ser del gusto de todos. Estuvo muy bien el scherzo, particularmente por un trío rústico, flexible y distendido, sin la rigidez de su grabación en Chicago. Y sensacional el movimiento conclusivo, de nuevo una lección de cómo planificar tensiones y distensiones, de cómo cantar las melodías y de cómo extraer de la orquesta, adecuadísima, el necesario sonido organístico. Por cierto, ¡qué increíbles pianísimos!

Completando la calurosa velada del domingo, Barenboim nos ofreció en la primera parte del programa el Concierto para piano nº 27 de Mozart, último –aunque no el más inspirado- de su autor. Hubo importantes desencuentros con la orquesta que evidenciaron una probable falta de ensayos, pero en cualquier caso se trató de una enorme interpretación: bellísima, flexible, trasparente, equilibrada, elegante y apolínea a más no poder, muy delicada, pero en absoluto sosa, ingrávida o cursi, como tampoco ajena a la tensión interna ni a los imprescindibles tintes amargos que debe tener (Karl Böhm dixit) toda interpretación mozartiana. ¡Cuánto tendrían que aprender todos esos intérpretes, historicistas y no historicistas, que pretender convertir la creación del salzburgués en una cajita de música! Increíble la propina shubertiana ofrecida como encore.

jueves, 7 de julio de 2011

Eschenbach hace Mahler en Granada: Resurrección sin arrebatos

La Segunda Sinfonía de Mahler que ofreció el pasado lunes 4 de julio Christoph Eschenbach en el granadino Palacio de Carlos V al frente de la Orquesta del Festival de Schleswig-Holstein anduvo por los mismos derroteros de su filmación en París de la que hablé en este blog (enlace). Es decir, fue magnífica pero muy personal, y desde luego no del gusto de todos los paladares, independientemente de que el éxito entre el público fuera atronador. Para empezar, se trató de una interpretación más bien lenta -ochenta y tres minutos-, bien paladeada y maravillosamente desmenuzada, cuya concentración exigió por parte del oyente un esfuerzo similar. No hubo escándalo gratuito, ni efectos de cara a la galería, ni tampoco sonoridades grávidas ni amaneradas, lo que resultó muy de agradecer con la que está cayendo en el mundo mahleriano, pero tampoco hizo su aparición esa flexibilidad que da paso al arrebato espontáneo en interpretaciones en la línea de un Bernstein: con Eschenbach todo se desarrolló con rigurosidad cartesiana, aunque desde luego sin caer en lo cuadriculado ni en lo rutinario. En cualquier caso lo más significativo fue el halo de espiritualidad con que el veterano maestro alemán recreó la página, que parecía ver la partitura mucho antes desde el “más allá” que desde el “más acá”. Por esto mismo, quizá, no todos los movimientos convencieron de la misma forma.

El Allegro maestoso inicial, en este sentido, pudo resultar poco desgarrador para algunas sensibilidades, aunque en contrapartida alcanzó un insólito vuelo poético; por otra parte Eschenbach corrigió algunos detalles que en París le quedaron algo amaneradillos y construyó la arquitectura de manera implacable. Magnífico el Andante moderato, donde logró el milagro de paladear las notas con la mayor cantabilidad y ternura sin pasarse con el azúcar ni frasear de modo pimpante. El tercer movimiento no me terminó de convencer: me hubiera gustado una mayor implicación emocional, bien sea con una mayor dosis de frescura o, por el contrario, optando por el humor negro. Interesantísimo el cuarto, muy lento y mirando claramente hacia el Adagietto de la Quinta sinfonía. Lo mejor, en cualquier caso, llegó con la Resurrección propiamente dicha, que comenzó muy controlada -tal vez en exceso- y fue acumulando tensiones hasta culminar en un final al mismo tiempo sereno, trascendido y majestuoso; a destacar los dos crescendos de la percusión que anteceden a la marcha, lentísimo y tremebundo el primero de ellos. Bien la soprano Simona Saturová y mejor aún la mezzo Lioba Braun, aunque al estar colocadas en la galería alta diseñada por Pedro Machuca es posible que el público del patio de butacas (yo estaba arriba, como casi siempre) no escuchara bien sus voces.

Es de justicia subrayar la formidable labor -perdonables gazapos al margen- de la nutrida formación que Eschenbach tenía delante. Desde luego, la Schleswig-Holstein de ahora es mejor que la que escuché en 1992 con Maazel (olvidable Novena de Beethoven en Sevilla), lo que demuestra que las orquestas juveniles han mejorado sensiblemente el nivel en estos años. Por descontado, si estos chicos tocasen bajo la denominación “West-Eastern Divan Orchestra”, algún listillo se aprestaría a llamarlos “niños” y a calificarlos de “orquesta de bolos”. Para terminar, mi felicitación tanto al Coro Lübeck del Festival de Schleswig-Holstein como al de la Orquesta Ciudad de Granada: si este nivel es el habitual en la formación andaluza, motivos tienen para sentirse orgullosos.

La canción de la Tierra, de Gustav Mahler: discografía comparada

Tenía muchas ganas de presentar una comparativa de la obra maestra absoluta de Gustav Mahler , un compositor que parece interesar bastante a...