martes, 29 de septiembre de 2026

Sinfonía nº 4 de Jean Sibelius: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN 29.IX.2026

A la entrada original del 6 de febrero de 2025 añado el audio de Ormandy de 1978, más las filmaciones de Rattle 2012, Blomstedt 2017 y Saraste 2025. La del maestro británico me ha parecido de singular relevancia.

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Jean Sibelius escribió su Sinfonía nº 4 entre 1910 y 1911. Le salió una verdadera obra maestra. ¿Su mejor sinfonía? Podría ser, pero no estoy seguro. ¿La más "moderna"? Tal vez. Lo que sí tengo claro es que es la más sombría de las siete. Y que el melómano necesita unas cuantas interpretaciones en sus estanterías para, mediante enfoques muy diversos, descubrir toda la riqueza que alberga en su interior. Venturosamente hay donde escoger.


1. Stokowski/Orquesta de Philadelphia (Naxos, 1932). Soberbia restauración de Mark Obert-Thorn para la primera grabación mundial de la obra, realizada en estudio veintiún años después del estreno. Don Leopoldo le pone muchas ganas al asunto, inyecta pasión y sentido de los contrastes, procura otorgar vistosidad a una partitura que para el momento pudo resultar en exceso severa, pero con tanto portamento y con algún que otro exceso sonoro –clímax del tercer movimiento– termina entregándonos una lectura demasiado “romántica” y sentimental, amén de ajena a la magia poética que demanda. Muy notable el trabajo con la orquesta, que está francamente bien. (7)

 


2. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI-Praga, 1953). El Karajan de la Philharmonia se encontraba a medio camino entre la sequedad toscaniniana de sus primeros años y el romanticismo a veces desmelenado de su etapa berlinesa. El director modela a su antojo y con mano maestra la sonoridad de la que por entonces era la mejor orquesta del mundo para recrearse en la plasticidad de su cuerda grave, decisiva en una partitura como la presente, pero no cae en hedonismos ni puede disimular la sana aspereza de los metales de la formación londinense. El fraseo es una maravilla: amplio, natural, flexible y sin puntos muertos. Todo se desarrolla con lógica, belleza y convicción sin renunciar a la tensión interna. Eso sí, ni la poesía ni la garra dramática se terminan de desarrollar: Karajan se queda en el puro sonido. La toma es monofónica y de muy buena calidad. En cuando al reprocesado en alta definición de Praga, es bueno y no opta por el falso estéreo. (8)

 

3. Ormandy/Orquesta de Philadephia (CBS, 1954). Además de conocerle personalmente y de tener la posibilidad de discutir su música con él –eso ya le otorga una autoridad incuestionable–, el maestro húngaro demostraba comprender tanto el lenguaje sonoro que necesitaba Jean Sibelius como el trasfondo anímico que ocultaban las notas. Por eso mismo ofrece una Cuarta áspera, tensa, en absoluto romantizada, cuajada de acentos lacerantes y de clímax tan ardientes como llenos de rabia. Otra cosa es que, con lo que ha llovido desde entonces, se eche de menos mayor indagación en ciertas frases –tercer movimiento– o un tempo más sosegado –cierto es que está marcado Allegro– para el Finale. La suntuosidad de la cuerda es una enorme baza para recrear esta partitura. Excelente la toma monofónica tras su reprocesado en alta definición. (8) 


4. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1965). Con respecto a su grabación con la Philharmonia, Karajan ralentiza ligeramente los tempi de los dos primeros movimientos, resta tensión interna y redondea el sonido para ofrecernos una visión eminentemente romántica, de gran vuelo lírico y serena belleza. La batuta, que sabe resultar suntuosa sin caer en lo pesante, se beneficia del empaste poderoso y rotundo de la orquesta, lo que no impide que haya algún desajuste aislado y que los metales no estén del todo finos. Ahora bien, una partitura como esta parece pedir un enfoque más atento a los conflictos: sin necesidad de llegar al desgarro, el de Salzburgo podía haber marcado mejor los picos de tensión. La reciente recuperación a 192 kHz hace sonar al registro francamente bien para su edad. En BR-Audio y en Atmos el sonido es muy redondo y confortable. (8)


5. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1966). Como esperábamos una interpretación extrovertida y vibrante, Lenny nos sorprende gratamente con una lectura muy lenta, densa y oscura que apunta a Tchaikovsky, y más concretamente en su final al de la Patética. Por desgracia, faltan una planificación más minuciosa y, sobre todo, tensión y electricidad sonoras. También un mayor vuelo poético. A destacar los clímax muy punzantes –y quizá más nerviosos de la cuenta– del tercer movimiento. La orquesta se queda algo corta, sobre todo por parte de los metales. Buen sonido en alta resolución. (8)

 

6. Maazel/Filarmónica de Viena (Decca, 1968). Tras un arranque adecuadamente dramático se desarrolla una interpretación muy fluida, de tempi animados –el Tempo largo podría estar dicho con mayor lentitud–, que en lo expresivo resulta menos escarpada y atmosférica que otras sin por ello perder intensidad. Hasta cierto punto, se podría pensar que Maazel se deja llevar por ese espíritu del “clasicismo vienés” que aporta la orquesta, con cuya complicidad alcanza un maravilloso equilibrio entre rusticidad y belleza sonora, entre oscuridad y luminosidad, entre sentido trágico y vuelo poético. El reprocesado en alta definición es espléndido y permite disfrutar plenamente de la asombrosa tímbrica de los Wiener. (9)

 


7. Barbirolli/Orquesta Hallé (EMI, 1969). El maestro londinense ofrece la interpretación hosca, severa y dramática en él esperable, aunque dada la naturaleza de la partitura no son las líneas de electricidad las que se ponen en primer plano, sino más bien la atmósfera ominosa, la concentración –tremenda– y el carácter expresivo de una tímbrica al mismo tiempo oscura y descarnada. Por supuesto, y a pesar del carácter introvertido de la obra, no hay aquí nada de otoñal ni contemplativo, sino drama áspero en toda su crudeza, hasta el punto de que ni siquiera en los momentos en los que alumbran los “rayos del sol” se intuye esperanza. Por descontado, el tratamiento de la orquesta es un trabajo de primera línea. La toma sonora no solo es menos problemática que otras de la misma integral –la fecha es algo más tardía–, sino que ha revelado muy notable tras la restauración en alta resolución: el relieve de la cuerda grave en el arranque es impresionante. (10)

 


8. Tilson Thomas/Sinfónica de Boston (DVD Ica y Medici TV, 1970). Interesantísimo documento visual –filmación excelente para la época, sonido monofónico– que nos permite ver en acción a la mismísima Sinfónica de Boston de la época de William Steinberg, así como reparar en el talento a la hora de controlar a la orquesta de un joven Tilson Thomas que pone toda la carne en el asador para ofrecer una interpretación fresca, contrastada y comunicativa. Lo consigue, aun a costa de dar una visión bastante romántica de la obra, no muy en estilo y ajena a los aspectos más “modernos" de la misma. Dicho esto, le funcionan bien los tres primeros movimientos. El cuarto me parece un enorme error conceptual: jubiloso y frívolo, incluso saltarín. ¿Inmaduro? Pues sí, pero es comprensible: Michael contaba por aquel mes de marzo veinticinco años. (7)

 

9. Berglund/Sinfónica de Bornemouth (EMI, 1975). El maestro finés ofrece una interpretación lenta y depurada que, sin renunciar al carácter siniestro de la página ni olvidar lo que tiene de inquietante, dirige desde la serenidad trascendente, atendiendo a su sensualidad, a su lirismo y a su hondura humanística. Lo consigue con un fraseo holgado, unas tensiones administradas con absoluta naturalidad, y unas texturas elegantes, sin asperezas. Se aparta en este sentido del Sibelius electrizante de otros maestros – de él mismo en el futuro–, lo que no le impide alcanzar un lirismo doliente de intensa emotividad en el tercer movimiento. Francamente buena la toma sonora, con apreciables graves si se escucha en el SACD que circula por ahí. (8)


10. Colin Davis/Sinfónica de Boston (Philips, 1976). En los años setenta el maestro británico era capaz de ofrecer interpretaciones bastante más escarpadas que en la de su etapa de madurez, pero no es el caso de esta Cuarta no solo de corte lírico y elegante, “clásica” si se quiere, sino también bastante distanciada, cuando no indiferente. Los conflictos solo parecen interesarle en el movimiento conclusivo, y ni aun así termina de atrapar. En cualquier caso, la orquesta es formidable y se encuentra muy bien trabajada. Notable sonido extraído de SACD el que he tenido la oportunidad de disfrutar. (8)

 

11. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1976). El de Salzburgo y los suyos repiten once años después. El motivo, grabar la obra en cuadrafónico. Hoy este formato se ha perdido, pero da igual: es la recreación más lograda de las de Karajan. Los tempi son ahora considerablemente más lentos, la atmósfera mucho más gótica, la negrura mucho más intensa. Por descontado que la sonoridad es igual de suntuosa –sobra algún portamento– y la expresión sigue siendo romántica, pero ahora se ve al maestro mucho más atrevido y sincero a la hora de hurgar en la expresión, particularmente en un Finale cargado de fuerza. Uno no puede dejar de pensar si Bernstein habría hecho algo parecido si hubiera alcanzado a grabar la página en sus años postreros. No hace falta decir que la orquesta es formidable, pero sí conviene apuntar la hermosísima cantabilidad del solo de violonchelo al inicio de la obra. La toma es francamente buena y suena espléndidamente en el trasvase a SACD. (10)



12. Ormandy/Orquesta de Philadephia (RCA, 1978). Ha pasado casi un cuarto de siglo desde su primer registro, pero no hay grandes novedades en el retorno de Ormandy y sus Philadelphians: cuerda suntuosa ideal para la obra, cuidadísima ejecución estilo por lo general muy certero e implicación expresiva, con plena atención a los conflictos que subyacen en los pentagramas. Dicho esto, se detectan la irregular concentración de un fraseo que podía ser más paladeado y denso, como también cierta tendencia a lo espectacular y aparatoso en el movimiento conclusivo. (8)

 

13. Ashkenazy/Orquesta Philharmonia (Decca, 1980). Respaldado por una toma sonora sensacional, el de Gorki construye una interpretación que no necesita acercarse a la incisividad y la aspereza, menos aún renunciar a la belleza sonora, a la elegancia y a la cantabilidad, para ofrecer con absoluta sinceridad y sin resquicios para la esperanza toda esa desolación poética que piden los pentagramas. Lo consigue, además, haciendo gala de una absoluta concentración, trabajando a la excelente orquesta con un portentoso sentido de los timbres y analizando los planos sonoros sin dar la sensación de rebuscamiento o mera intelectualidad. Una visión, a la postre, esencial y depurada, que pone de relieve los aspectos más abstractos y modernos de la música. (10)

 


14. Blomstedt/Sinfónica de San Francisco (Decca, 1989). Lenta (36’18’’), concentrada y hermosísima interpretación la del maestro sueco-norteamericano, más interesando por la esencialidad, por lo contemplativo y por lo espiritual que por el conflicto y la negrura, pero plenamente convencido de su enfoque y perfecto a la hora de materializarlo: resulta difícil ir más allá en naturalidad, en depuración y en belleza sonora. La toma es perfecta. (9)

 


15. Maazel/Sinfónica de Pittsburg (Sony, 1990). Veintidós años separan esta versión en Pittsburg de la de Viena. Eso en alguien tan irregular e imprevisible como Lorin Maazel es muchísimo. De hecho, ambas solo tienen en común su considerable belleza sonora –la orquesta norteamericana está espléndida– y la perfecta exposición del entramado orquestal. Por lo demás, si aquella se decantaba por un interesantísimo punto de encuentro entre frescura y equilibrio, esta lo hace por un carácter otoñal que termina cayendo en la languidez, particularmente en un primer movimiento que en lugar de doliente suena quejumbroso. No es solo cuestión de tempi, 32’47’’ en aquella y nada menos que 39’23’’ en esta, sino de pulso interno: al maestro se le viene abajo desde el principio, salvo en un segundo movimiento muy bien llevado. La toma es sensacional. (6)


16. Berglund/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 1991). Paavo va cambiando sus maneras de hacer en Sibelius. Con tempi considerablemente más rápidos en los movimientos impares con respecto a su grabación con Bournemouth, el maestro ofrece una recreación que sigue en la misma línea esencial y trascendida que en la anterior, pero aportando esa dosis de nervio, de garra y empuje que entonces se echaba en falta. Como la orquesta está a su extraordinario nivel habitual, los resultados son espléndidos. De gran nivel la toma de origen radiofónico. ¿Lo malo? Edición limitada difícil de encontrar. (9)


17. Levine/Filarmónica de Berlín (DG, 1994). Los espíritus de Stokowski y de Karajan sobrevuelan esta interpretación abiertamente romántica que busca la opulencia, la belleza tímbrica y los grandes contrastes sonoros sin miedo a caer en excesos –son unos cuantos–, y no muy atenta a destilar la poesía que albergan los pentagramas. La orquesta es tan adecuada para esos fines, el asunto está tan bien llevado a cabo y la labor de los ingenieros del sello amarillo –en la Jesus-Christus-Kirche– resulta tan irreprochable que entre todos terminan conduciéndonos al “placer culpable”. Relájese y disfrute. (7)

 

18. Colin Davis/Sinfónica de Londres (RCA-Sony, 1994). Aunque el arranque no parece el mejor posible –violonchelo algo sollozante–, pronto se aprecia que esta va a ser una gran interpretación, superior a la de Boston dieciocho años anterior. Cierto es que los tempi son muy parecidos y el enfoque sigue siendo fundamentalmente lírico, pero ahora las tensiones se encuentran más aquilatadas y se aprecia mejor la negrura de la obra, de manera especial la del tercer movimiento. La depuración en el tratamiento de la orquesta es todavía mayor, y queda muy en evidencia gracias a una toma sensacional. (9)


 

19. Berglund/Orquesta de Cámara de Europa (Finlandia, 1995). Ahora este hombre parece otro director: mirando más hacia el futuro que hacia el pasado, Berglund clarifica texturas, tensa la arquitectura y ofrece una recreación angulosa y electrizante pero muy controlada, sin el menor exceso y sin necesidad de hacer rústico el sonido, añadiendo también una buena dosis de cantabilidad y de emoción. Impresionante, imprescindible. (9)

 

20. Colin Davis/Sinfónica de Londres (LSO, 2008). Han pasado catorce años desde la grabación anterior de los mismos intérpretes. El tempo es ahora más deliberado en el primer movimiento –se incrementa la sensación de misterio–, pero la concentración de la batuta no es menor. Quizá haya también un mayor interés por trasmitir el carácter desolado de la página, incluso de atender a la emotividad sin que por ello sea necesario “romantizar” la partitura. En cualquier caso, el enfoque sigue optando por una suerte de clasicismo intemporal en el que el equilibrio, la belleza formal y la reflexión serena se imponen por encima de otras consideraciones. La toma se realizó en vivo a un volumen muy bajo para garantizar una amplia gama dinámica. No suena tan increíblemente bien como la de RCA, eso desde luego, pero la reproducción en multicanal del SACD ofrece un relieve y un sentido de la espacialidad impresionantes. Si usted posee el equipo adecuado, esta es su opción. (9)



21. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray BP y Digital Concert Hall, 2010). Sir Simon nos ofrece una interpretación que sabe ser intensa, atmosférica y doliente, también muy hermosa, pero queriendo distanciarse tanto de la opulencia sonora como de la aspereza para alcanzar un adecuado equilibrio entre "romanticismo" y "expresionismo". Todo ello tiene mucho que ver con una orquesta ideal para la obra por el oscuro y denso sonido de su cuerda, así como con las muy acertadas intervenciones de los solistas. A destacar un tratamiento de las tensiones admirablemente resuelto, natural y flexible pero siempre de una solidez apabullante, así como la sutileza de la agógica. (9)

 

22. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). La persona que examine esta entrada con atención se sorprenderá, seguramente con razón, de que a esta filmación del Festival de Lucerna le ponga un 10 y a las dos de los mismos artistas en la Philharmonie de Berlín me quede en el 9. No me hagan mucho caso. Puede que quien a ustedes se dirige haya estado más receptivo al escuchar esta que ahora comento, o que haya influido una toma de sonido superior a las habituales en esta misma plataforma. Esto de poner puntos, qué quieren que les diga, resulta de lo más resbaladizo, por no decir engañoso. Pero bueno, la impresión ha sido que aquí Sir Simon estuvo especialmente inspirado y los berlines, en particular sus primeros atriles, dieron una lección magistral de musicalidad e implicación expresiva, por no hablar de la extrema depuración sonora de una lectura tan cuidada en el trazo global como en los detalles. Por lo certero del enfoque, de nuevo una admirable síntesis entre tradición más o menos "romántica", expresionismo y abstracción, podría ser la opción ideal para quienes escuchan por primera vez la página. La realización visual es admirable y permite poner cara a los solistas de la formación alemana, a quienes por derecho propio corresponde buena parte del éxito de esta empresa. (10)



23. Kamu/Sinfónica de Lahti (BIS, 2014). Sensacional toma para una interpretación de trazo muy fino, atenta a las microcélulas tanto como a la arquitectura global, elegante en el fraseo, que en lo expresivo se decanta por la serenidad, el equilibrio y un cierto distanciamiento expresivo que afecta a los tres primeros movimientos, notables pero algo faltos de calor humano e intensidad poética. Pincha el cuarto, tendente a lo frívolo y con alguna blandura hacia el final. (8)



24. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015).
Repetición de la jugada sin novedad reseñable. A destacar la espléndida arquitectura global, el minucioso trabajo con la gama dinámica, el preciso desarrollo de las células de tensión y el sutil tratamiento de la agógica. Impagable la orquesta, sobre todo la cuerda grave tan decisiva en el primer movimiento. (9)


25. Segerstam/Filarmónica de Turku (YouTube, 2015). Tensa e intensa la recreación del veterano maestro finlandés –setenta y un años en el momento de realizarse la filmación–, quien al frente de una orquesta notable pero no exenta de fallos se propone recordarnos que la desolación que recorre esta música –muy bien atendida por una batuta que paladea los pentagramas sin prisas– tiene que ir acompañada de una dosis suficiente de nervio, de ráfagas de electricidad y de aristas sonoras. No es su intención cargar las tintas, pero quiere que los contrastes queden bien marcados. Si que se haga presente la inspiración de los más grandes, hay no pocos detalles –“llamadas” de flauta y clarinete en el tramo final– que demuestran olfato e inspiración. (8)


26. Paavo Järvi/Orquesta de París (RCA, 2016). Järvi hijo es de los que optan por el expresionismo: la negrura de la obra no viene planteada a partir de la atmósfera, de los colores ocres ni del carácter siniestro, sino de lo tenso, lo escarpado y lo lacerante en una lectura de apreciable garra que, para alcanzar lo extraordinario, podría estar más paladeada y ofrecer mayor vuelo poético. Magnífica la orquesta, y soberbia toma en alta resolución. (8)



27. Blomstedt/Filarmónica de la Radio de Finlandia (YouTube, 2017). Curioso que ahora Blomstedt vaya menos lento que en su registro en audio para Decca: pasa de 36’18’’ a 34’21’’, y se diría que ha perdido algo de concentración. Importa poco, porque el conocimiento del estilo sigue siendo perfecto y muy grande su compromiso, aun siempre en una línea digamos “clásica” y esencial que no pretende subrayar la negrura de los pentagramas. Lo que es una pena es que la orquesta, aun comportándose francamente bien, no alcance la calidad de la de San Francisco, menos aún de la Filarmónica de Berlín con la que volverá a dejar testimonio cuatro años más tarde. (8)


28. Mäkelä/Filarmónica de Oslo (Decca, 2021). Ni romántica ni expresionista: la visión del joven director finlandés resulta ante todo esencial. Música pura, despojada, expuesta con extraordinaria depuración sonora y una belleza infinita. Otra cosa es que muchos podamos preferir acercamientos más intensos, más comprometidos, que presten mayor atención a lo que esta música –por mucho que uno quiera distanciarse– tiene de pesimista. En este sentido, desconcierta un Finale bastante animado en el que parece apreciarse una frescura juvenil, incluso un cierto júbilo optimista –sin llegar a los desmanes que hemos visto en otros directores–, que no parece coherente con lo propuesto en los movimientos anteriores. Soberbia la toma, disponible en algunas plataformas en formato Dolby Atmos. (8)


29. Blomstedt/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2021). Blomstedt continua en su enfoque esencial, no particularmente dramático, aun sin menoscabo de la fuerza del clímax del tercer movimiento ni de unos acordes finales secos e implacables. En cualquier caso, resulta en todo momento inobjetable por estilo, expresión y realización. Y aunque sigue sin alcanzar las lentitudes de San Francisco -ahora le dura 34’42’’-, añade sobre aquel registro y su filmación en Helsinki San Francisco un plus de inspiración que le viene por la sabiduría que otorgan los noventa y tres añitos de edad -al mes siguiente cumpliría los ochenta y cuatro- y el lujo absoluto de contar con una orquesta que es, sencillamente, la más idónea en todo el orbe para esta partitura. (10)


30. Rouvali/Sinfónica de Gotemburgo (Alpha, 2021). Interesantísima recreación en la que Santtu-Matias Rouvali, además de evidenciar un sólido control de los medios, se muestra comprometido y personal alcanzando un equilibrio entre estatismo y nervio, entre esencialidad y vehemencia expresiva, inyectando emoción y aportando detalles –de desigual interés: el arranque del movimiento conclusivo dista de convencer– que apuntan a una renovación de las maneras interpretativas tras el relativo “hasta aquí hemos llegado” de un Colin Davis, un Blomstedt o un Mäkelä, y también tras la visceralidad de un Paavo Järvi. Muy originales los compases finales, que le suenan más “a conclusión” que a la mayoría de los directores. Una pena que la orquesta no sea muy allá: sería formidable escucharle esta partitura con una Filarmónica de Berlín. Disfrutada en Dolby Atmos, la toma parece una de las mejores posibles. (8)


31. Mäkelä/Orquesta del Concertgebouw (Medici TV, 2022). El joven maestro repite el concepto de su registro de audio del año anterior, solo que esta vez cuenta con una orquesta de primerísima categoría cuya suntuosa cuerda supone una gran baza a su favor. El movimiento conclusivo, como ocurre con tantos otros maestros, sigue cojeando. (8)



32. Saraste/Filarmónica de Helsinki (Stage+, 2025). El enfoque anguloso y despojado de Saraste encaja de maravilla con esta página, a la que el maestro despoja de emotividad romántica pero no de tensión interna. Tampoco de angustia existencial. En el cuarto movimiento no termina de cogerle el punto a la música, pero poco a poco lo va arreglando mediante una sabia acumulación de tensiones hasta un final descorazonador. (9)

sábado, 26 de septiembre de 2026

Magnífica Segunda de Mahler por Harding en Berlín

Comenté muy de pasada que me interesó poco la Segunda sinfonía de Gustav Mahler que escuché en directo el viernes de la pasada semana a Kent Nagano con la OCNE: la encontré anémica e insustancial, exceptuando el último movimiento. La crítica oficial la ha puesto unánimemente por las nubes. Era de esperar dadas las circunstancias, pero aun así debo conceder el beneficio de la duda y escuchar la trasmisión de la sesión del domingo cuyo podcast he descargado: intentaré ofrecer una visión más ajustada, y quién sabe si tenga entonces que comerme mis palabras. Lo que de momento puedo afirmar rotundamente es que me ha entusiasmado la retrasmisión live que acaba ahora mismito de terminar en la Digital Concert Hall: Daniel Harding y la Filarmónica de Berlín.

El arranque es urgente, vibrante, inmediato: parece claro que ahí va a pasar algo. El maestro británico no concibe el movimiento inicial como marcha fúnebre ni rememoración de los difuntos, sino como un intenso conflicto dramático ante la inevitabilidad de la muerte. No hay rebuscamientos ni grandes juegos agógicos. Tampoco pierde Harding el tiempo en decadentismos, y solo en un pasaje parece perderse un poco en la meditación evanescente, porque en general lee esta Totenfeier con garra, sentido teatral y mucha sinceridad expresiva. Me recuerda no poco a lo que hizo Solti en su grabación en Chicago. ¿Que hay portamenti irritantes? Sí, pero son los escritos por Mahler. Qué le vamos a hacer.

El Andante moderato recibe unas de las interpretaciones más alejadas de la blandura y la cursilería que recuerdo, lo que tratándose de la música de la que se trata es todo un alivio. La batuta la trata con calidez y entusiasmo, amén de con una extraordinaria depuración sonora en la que no hay cabida al preciosismo. Muy bien el Scherzo, cierto es que sin dobles lecturas. Harding no trata de ofrecer ninguna mirada personal sobre este movimiento, como tampoco sobre la sinfonía en su globalidad: lo que hace es exponer lo que dice la partitura con excelencia de trazo, claridad e intensidad expresiva. ¿Basta con eso en un repertorio que parece demandar subjetividad, elasticidad y un cierto grado de narcicismo, cuando no de vulgaridad? A mí me parece que sí, sí se hace tan increíblemente bien como lo hace el maestro de Oxford.

Tras un Urlicht con su punto de ternura y detalles decadentistas que, una vez más, salen de la pluma del autor, llega una Resurrección ciertamente modélica, sin excesos ni puntos muertos, soberbiamente trazada y de una musicalidad plena, que se beneficia de una increíble, antológica, diríase que insuperable actuación del Coro de la Radio de Berlín. La mezzo Marianne Crebassa no posee una voz opulenta ni cremosa, pero canta y expresa estupendamente. Pelín tirante, aun así espléndida, la soprano Johanna Wallroth. La orquesta, en riguroso directo y, por ende, sin ningún arreglo a posteriori, nos deslumbra con increíbles primeros atriles y una ejecución espectacular, todo ello bajo una batuta que atiende tanto al trazo global como al más minucioso de los detalles sin que parezca que está realizando una labor meramente técnica. 

En definitiva, una de las mejores interpretaciones de los últimos años. Eso sí, ha habido un fiasco técnico: la Digital Concert Hall había prometido Dolby Atmos en el directo, pero a la hora de la verdad solo ha sonado un canal. He tenido que quedarme con el estéreo de toda la vida, que tampoco está nada mal pese a la relativa compresión dinámica.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Barenboim en El Escorial (I): Schubert

Agradeciéndole a Manuel Vaca –fotógrafo oficial de la gira– las fabulosas imágenes que me ha hecho llegar, me dispongo a explicarme sobre la velada de Daniel Barenboim y la West-Eastern Divan en el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial el pasado sábado 19 de septiembre con más detalle de como lo hice en su momento: lo que escribí en este blog no eran más que las líneas que había mandado por WhatsApp a los amigos. Lo voy a hacer despacito, en tres partes y tras audiciones comparadas en casa. Creo que la ocasión lo merece: hablamos de uno de los más grandes intérpretes musicales de los últimos cien años.

Entró Daniel Barenboim muy despacito y visiblemente desmejorado. Tres días antes había cancelado en Dortmund el comienzo de esta gira importantísima que pasa nada menos que por París –éxito descomunal, me cuentan–, Ámsterdam, Hamburgo y Viena. Aun habiendo sustituido Heroica por Renana, tenía delante una jornada agotadora para alguien en su condición. Y empezó nada menos que con la Sinfonía inacabada –me convence mucho más lo de Incompleta, pero esa es otra historia– de Franz Schubert, un caballo de batalla con el que no siempre ha logrado entenderse.

Hago un repaso con ayuda de esta discografía comparada. Su primera grabación fue la de 1984 con la Filarmónica de Berlín: personalísima pero inmadura, dramática a más no poder al tiempo que desatenta a lirismo, sensualidad y elevación espiritual. Sigue la filmación de 1992 con la misma orquesta en, qué casualidad, la Basílica de San Lorenzo de El Escorial. Versión en parecida línea a la anterior, pero más flexible e inspirada, globalmente magnífica. Muy pocos días después se la escuchamos en el Teatro de la Maestranza por aquello de la Expo'92, en el que fue mi primer concierto de Barenboim.

El siguiente testimonio es una filmación de 2018 en Pekín disponible en YouTube (aquí arriba). He vuelto a escucharla hoy mismo y me ha gustado ahora más que antes: siendo cierto que es una interpretación de acongojante fuerza trágica, creo que fui injusto al decir que se quedaba corta a la hora de atender al lirismo de la partitura. Tengo que arreglar la discografía y cambiar la puntuación del 8 al 9. Al año siguiente se realiza una filmación comercial con la WEDO en el Festival de Salzburgo. También la he vuelto a escuchar, pero sigue sin convencerme del todo: el avance en el concepto está ahí, el equilibrio entre lirismo y drama ya se encuentra plenamente conseguido, pero ni la orquesta está a la altura ni la batuta consigue siempre la inspiración que la música demanda. A 2022 corresponde la filmación con la Staatskapelle de Berlín que estuvo disponible en Medici TV: no he podido repasarla.

Llegamos así al milagro con la Filarmónica de Berlín en octubre de 2025. Asistí a dos de las funciones en la Philharmonie, y luego vi la filmación de la Digital Concert Hall varias veces en casa. Ahora he vuelto a hacerlo. Tengo claro que es la interpretación que más me gusta de cuantas he escuchado, junto a la de Karl Böhm y la Filarmónica de Viena. Lentísima, de una belleza turbadora, sin la extrema fuerza dramática de otras ocasiones pero, esta vez sí, con todo ese vuelo lírico, esa cantabilidad y ese humanismo que se esconde en las notas y que pocos maestros han logrado revelar en su plenitud. Sin discusión, la orquesta tiene muchísimo que ver con el resultado. Ojo, no estoy diciendo que los Berliner pongan aquello que a Barenboim le falta: si así fuera también compensarían, pongamos por caso, las mediocridades de Kirill Petrenko. Lo que afirmo es que a ellos el maestro sí que les puede pedir pianísimos imposibles, gradaciones dinámicas depuradísimas, inflexiones extremadamente minuciosas y otras cosas que a otras formaciones, por muy buenas que sean, no conviene demandarles. Tampoco vamos a ningunear, faltaría más, la excelsa musicalidad de los primeros atriles.


Me han pasado un testimonio sonoro de lo de El Escorial. Precario, pero más que suficiente para repasar qué es lo que allí se escuchó. Empecemos por los tempi: 17'14'' el Allegro moderato, 11'43'' el Andante con moto. La interpretación de Pekín, siempre eliminando aplausos y toses entre movimientos, alcanzaba 11'42'' y 10'55''. La de Berlín, nada menos que 17'45'' y 12'49, sumando un total de 30'34''. La de El Escorial se queda en 28'57'', que no es poco. Interpretación bastante más lenta que la media, pues, sin llegar al extremo de la berlinesa. No me lo pareció así sentado en el Teatro Auditorio, quizá porque me había acostumbrado a los tempi del pasado octubre, o quizá porque Barenboim, por muy físicamente mermado que estuviera, supo mantener el pulso y dotar de continuidad al discurso. En ningún momento percibí morosidad.

Lectura por completo tradicional en la praxis, ahí no había la menor duda: sonoridad musculada, amplio legato, incisividad moderada y un altamente desarrollado sentido orgánico del discurso. Añadamos a esto ese relativo alejamiento de las densidades que el maestro anda buscando en el repertorio del clasicismo y primer romanticismo desde que modificó sus planteamientos interpretativos a principios de nuestro siglo. Este Schubert le suena a Schubert, no a Beethoven ni a Bruckner, por mucho que quiera dejar constancia de las conexiones con ambos mundos.

Dicho esto, no se alcanzó la perfección formal. Siendo la WEDO una orquesta más que notable, en esta ocasión la cuerda no ofreció en todo momento esa depuración sonora tan difícil de conseguir en esta complicadísima sinfonía, no se resolvieron con limpieza esos geniales acordes que cierran el primer movimiento, los metales no terminaron de sonar redondos, se echaron de menos algunos matices y no se ofrecieron esos mágicos pianísimos que sí hicieron acto de presencia con la Filarmónica de Berlín. ¿Razones? Quizá el maestro, parco en el gesto por cuestiones de motricidad, pudo no ser del todo efectivo en las indicaciones. Tal vez la orquesta estaba nerviosa o desconcentrada, o simplemente en esta gira no tiene una plantilla tan espléndida como en otras ocasiones. Por otra parte, parece claro que el de Buenos Aires no quiso demandar a sus músicos aquello que solo está reservado para Berliner, Wiener y compañía. 

Lo cierto es que semejantes insuficiencias a mí me parecen muy relativas. Son ellas las que impidieron que se alcanzara la magia incomparable y probablemente irrepetible de Berlín, pero a mí me parece –he escuchado la grabación corsaria tres veces– que la allí escuchada fue una magnífica versión: estilo por completo certero, pulso admirablemente sostenido, lógica en la construcción, perfecto equilibrio entre drama y elevación espiritual, canto hermosísimo, fuerza en los clímax, belleza ajena al preciosismo o la blandura –defecto muy habitual aquí–, musicalidad plena y elevadísima comunicatividad.

Releo antes de cerrar estas líneas dos de las críticas oficiales del evento y no salgo de mi asombro. Es posible que yo esté sordo, que mi indisimulado entusiasmo hacia el arte de Barenboim me haya hecho escuchar lo que no hubo y no percibir en absoluto los que otros dicen haber percibido. Sí, es posible y ustedes están en su derecho a planteárselo. Pero también cabe la posibilidad de el que desea escuchar determinadas cosas para ponerlas por encima de otras mucho más importantes, o sencillamente el que está sordo, no sea el autor de este blog.

lunes, 21 de septiembre de 2026

La más retorcida definición jamás realizada de un artista

Arturo Reverter sobre Daniel Barenboim, en este enlace de la revista Scherzo en referencia al concierto en El Escorial del pasado sábado: "dotado pianista" (sic) y "conspicuo y asentado director". 

No hay más preguntas, señoría. 


domingo, 20 de septiembre de 2026

Barenboim en El Escorial, a vuelapluma

Ante todo, NO fue un concierto en lo que yo llamo "segundo estilo tardío" de Barenboim. Tempi "normales" y equilibro pleno entre lo dramático y lo espiritual. 

Schubert relativamente decepcionante. Solamente magnífico, de línea clásica, muy parecido al de la filmación con la misma orquesta, pero lejos del milagro reciente con la Filarmónica de Berlín. Tampoco la orquesta podía hacer las cosas increíbles de los Berliner. 

El Wagner no sé cómo fue. Estuve llorando a lágrima viva todo el tiempo. Lo que sí se es que JAMÁS he escuchado una versión superior del preludio de Tristán. Ni Furtwängler ni porras. Liebestod modélico, sin llegar a la misma altura.

Renana de Schumann en la segunda parte: valiente, palpitante, con mucho nervio. Segundo movimiento precioso, aun sin la genialidad de su tercera grabación. Primer y quinto movimientos, insuperables. Algunos desajustes en la orquesta. ¿Eso importa?

viernes, 18 de septiembre de 2026

Tomarle el pulso a Nagano: Schönberg, Brahms, Dutilleux, Schubert

Hoy es el gran día: Kent Nagano comienza oficialmente su titularidad de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Como me comentaban el otro día, el maestro californiano parecía que iba a comerse el mundo allá a finales de los ochenta y principios de los noventa, pero luego su trayectoria ha sido un poco extraña. A mi entender hay en ella un hito discográfico mayúsculo, su radicalísima y genial Sinfonía Turangalila de Messiaen comentada aquí, pero tampoco tengo muy claro qué ha estado haciendo aquí y allá. Los vídeos disponibles en YouTube nos pueden dar algunas pistas.



Empezamos por el Concierto para piano de Arnold Schönberg con la Sinfónica de la Radio de Stuttgart y su señora esposa Mari Kodama como solista, filmación de 2019. El maestro californiano apuesta por ofrecer una interpretación palpitante, contrastada, atenta a los contradictorios estados anímicos de la partitura –incluyendo el sentido del humor que pide el movimiento conclusivo–, y por ende muy humana. Lo hace armado de un soberbio tratamiento de la orquesta, que suena con toda la riqueza expresionistas que debe pero sin excederse en angulosidades ni perder el control, que es siempre firme. Kodama incide en la misma línea de humanizar la música, pero como era de esperar pone la belleza sonora en primer término: su parte nos suena así más cercana, menos agresiva, pero se pierde en riqueza conceptual.





Tercera sinfonía de Brahms con la Filarmónica Estatal de Hamburgo, año 2021. Ante todo, hay que tener en cuenta que esta filmación se realizó en plena pandemia, lo que explica no solo la ausencia de público, sino también la colocación de las maderas delante del director, rodeándole para dejar más espacio entre los músicos por motivos de salubridad. Tal vez semejante circunstancia influya en que el sonido de la formación, que desde luego no es de primera pero sí la heredera directa de la que conoció el propio compositor, resulte en algunas frases algo menos denso de lo que la música parece demandar. En cualquier caso, Nagano parece conocer el estilo, sobre todo en lo que al fraseo se refiere: amplio, cálido, flexible y elástico, con rubatos certeros y gran atención al peso expresivo de los silencios y al punto justo en que debe continuar la música. Otra cosa es la sintonía expresiva con la partitura. En mi opinión, al arranque le falta carácter, y solo a medida que avanza la sección de desarrollo la temperatura parece ser la adecuada. No hay reparos para un segundo movimiento en el que el maestro apuesta, mediando un soberbio dominio de la agógica, por la vía gótica de un Barenboim e incluso un Giulini: los aspectos al mismo tiempo más espirituales y tenebrosos de la música se ponen en primer término. En el justamente célebre Poco Allegretto se distancia de la línea efusiva y expansiva para, una vez más, encontrar sintonía con quienes ven aquí una de las más íntimas confesiones brahmsianas. Está bien que lo haga, pero no termina de cogerle el punto. Algo parecido pasa en un Finale en el que se combinan pasajes no del todo bien tensados con otros subyugantes: una vez más, lo que apuntan al amargor que se esconde entre los pentagramas. Aquí abajo la pueden escuchar.


Seguimos con el Concierto para violonchelo, Tout un monde lointain... de Henri Dutilleux. Jan Vogler. Nagano/Sinfónica de la Radio de Frankfurt en filmación de 2026 disponible en 4K. Nagano está en su salsa y ofrece un portentoso, refinadísimo y muy sugerente trabajo de timbres y texturas, algo clave en una partitura como esta, pero además trabaja las tensiones con mano maestra, destilando enorme concentración en los dos movimientos lentos y alcanzando el punto más exacto de equilibrio entre las vertientes impresionista y expresionista de la página. A nivel un poco inferior se mueve Jan Vogler, que toca de manera formidable sin terminar de inyectar intensidad expresiva a su parte. La orquesta rinde a enorme nivel.


Terminamos con la Sinfonía nº 8, La grande, de Franz Schubert, segunda parte del concierto de la 
Sinfónica de la Radio de Frankfurt. Ante todo, hay que especificar que, por mucho que Nagano haya hecho el Anillo de Wagner con instrumento originales, aquí no hay el menor acercamiento al mundo de lo “históricamente informado”: orquesta de gran tamaño y sonoridad musculada, articulación tradicional, introducción al primer movimiento bien diferenciada y ningún regulador al final, todo ello dentro de una visión que ciertamente no es gótica ni prebruckneriana, pero sí poderosa, ardiente, combativa y sanamente combativa. Otra cosa es la sintonía de la batuta con el universo de Schubert, que no llega a producirse en un primer movimiento cuya valentía hay que aplaudir, pero que no ofrece la sutileza que la música demanda. Tampoco termina el maestro de encontrar la unidad de trazo horizontal que demanda, cosa que se produce asimismo en un Andante por lo demás muy bien expuesto y en el que hay que aplaudir la belleza con que está fraseado el tema lírico. Magnífico el Scherzo, tratado con la plasticidad propia de una batuta virtuosística y sensible, y de alto nivel un Finale que tampoco es el colmo de la sutileza, pero que sabe ofrecer la garra expresiva necesaria. Portentosa la imagen en 4K y espléndida la toma de sonido, todo ello servido de manera gratuita en YouTube por la propia orquesta.


¿Conclusión? Nagano es un gran maestro, pero unas veces acierta bastante más que en otras. Como le ocurre a casi todos.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Sinfonía nº 3, "Heroica", de Beethoven: discografía comparada

ACTUALIZACIONES

16.IX.2026

Añado dos registros: Furtwängler/Viena 1947 y Furtwängler/Berlín 1957. Magnífico el primero, extremadamente genial el segundo.

 26.VI.2026

Esta comparativa de la Heorica salió por primera vez el 24 de abril de 2011. Pasamos de treinta y siete registros de la genial sinfonía beethoveniana a cincuenta, pero aun así queda muy incomplete. De las cajas de discos que me gusta coleccionar he ido poniendo en la estantería algunas que no he tenido tiempo de incorporar: la primera de Walter, las de Erich Kleiber y Solti con Viena, Markevitch, Ormandy, Böhm por partida doble, la analógica de Solti en Chicago, Tilson Thomas con la English Chamber, Muti, la digital de Karajan, Blomstedt en San Francisco... Por no hablar de los Haitink, Mehta, Thielemann y Dudamel que me aguardan en la Digital Concert Hall con los berlineses. O esa tan morbosa dirigida por Rattle en el que aparecen en la orquesta Kavakos, Mäkelä y Shani. De momento, ya vale.


 

1. Karajan/Staatskapelle de Berlín (DG y sellos varios, 1944). Aquí están ya, a sus treinta y seis años de edad, todas las características de Karajan: el sonido opulento, el fraseo noble y elocuente pero también algo pesado, el gusto por los grandes contrastes sonoros… Todo muy de cara a la galería. El primer movimiento está bien, aunque resulte un pelín blando por momentos. En la marcha fúnebre hay más pose que otra cosa. Bien el scherzo y muy fogoso el Finale. Magnífica la orquesta, de sonido muy empastado y por completo adecuado para Beethoven. (7)

 


2. Furtwängler/Filarmónica de Viena (Tahra, 1944). He aquí a Furt en el cénit de su estilo: flexible, creativo, visceral y comprometido, inyectando una tensión dramática implacable y acentuando los aspectos más visionarios de la partitura, particularmente en una marcha fúnebre tan gótica como rebelde. Todo ello, eso sí, controlando los elementos de manera prodigiosa para no desequilibrar en momento alguno la arquitectura ni dejar de desplegar la imprescindible cantabilidad humanística en los momentos adecuados. Espléndida la remasterización para SACD. (10)


3. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1947 y 1949). Recién absuelto en su proceso de desnazificación, Furtwängler es reclamado de inmediato por el sabio y astuto Walter Legge para registrar su primera Heroica en estudio. Demasiado tarde. Al menos, tarde para difundir comercialmente lo que el maestro alemán había hecho con esta partitura –y con otras– durante la guerra. Porque este ya es un Furt distinto, uno que modera de manera sensible la furia de los años de la conflagración, no necesita de una flexibilidad agógica tan extrema y avanza de manera lenta pero perceptible hacia la desmaterialización de la forma. Estamos, por tanto, ante el registro que enlaza la toma en vivo de 1944 con la que realizará en 1952 de nuevo para EMI –con otro productor– y siempre con la misma orquesta, una Filarmónica de Viena entregada al cien por cien. Se puede decir, en cierto modo, que estamos ante un borrador de la célebre grabación mencionada en último lugar, todavía necesitada de una más lograda unidad horizontal y de una resolución más depurada de algunos pasajes, pero en cualquier caso personalísima y plagada de genialidades, de manera particular en una Marcha fúnebre que vuelve la mirada con intenso dolor a todas las catástrofes vividas. Quizá también a las aún estaban por llegar. La toma no es gran cosa en lo tímbrico y se ve afectada por serios desequilibrios –trompetas en el segundo movimiento–, pero conserva una importante gama dinámica en el reciente reprocesado a 192kHz. (9)



4. Walter/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1949). En esta su segunda grabación estadounidense, el anciano Walter –setenta y dos años– alcanzó un perfecto punto de equilibrio entre pasión y control. Su recreación es incandescente y se encuentra llena de conflictos, pero la batuta no se deja llevar por el impulso del momento, no altera la naturalidad de un discurso cuya flexibilidad es sutil, como tampoco necesita recurrir a ataques incisivos ni a descargas de electricidad. Hay espacio para que la música respire, que las melodías canten, que las transiciones suenen con carácter orgánico. También para la belleza sonora, al igual que para la rusticidad bien entendida –Scherzo–. Y para el humanismo, aunque el maestro se mueva en un terreno muy diferente al de un Furtwängler. Tan solo decepciona –de manera relativa– el último movimiento: aquí sí que va algo más rápido de la cuenta, sin detenerse en las posibilidades que brinda la agógica ni en diferenciar los ambientes expresivos de las variaciones, que se suceden de manera algo lineal. Por lo demás, la orquesta suena de manera mucho mejor de lo que acostumbra, con una depuración sonora que deja testimonio de una importante labor de ensayos detrás. La toma sonora, rescatada no hace mucho en alta resolución, es un prodigio para la fecha por definición tímbrica, equilibrio de planos y gama dinámica. (8)



5. Erich Kleiber/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1950). Soberbio el primer movimiento, pura electricidad made in Kleiber pero sin dejarse llevar por la precipitación, atendiendo a la claridad y ofreciendo muy atractivas soluciones de flexibilidad agógica. La incandescencia sigue en una marcha fúnebre magníficamente planteada en la que se pueden echar de menos el carácter gótico y la rebeldía de un Furtwängler, pero que en su línea es toda una referencia, sobre todo contando con el respaldo de la maleabilidad de la formación holandesa. A partir de aquí, la cosa funciona muchísimo menos bien: en el Scherzo el maestro confunde vigor rítmico con machaconería, mientras que en el Finale se deja llevar por el temperamento y pasa por encima de muchas bellezas, atmósferas y significados que en él se esconden. No muy allá la toma. (8)

6. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1952). Esta es la versión definitiva de la “Heroica en estudio” de Furt. En comparación con su grabación en vivo con la misma orquesta ocho años anterior, nuestro artista ofrece una recreación más lenta, no tan flexible -aunque lo siga siendo-, menos espontánea y más madura, que ha perdido inmediatez, visceralidad, rebeldía y garra dramática, al tiempo que ha ganado en grandeza, densidad, humanismo y profundidad filosófica, todo ello dentro de un enfoque al mismo tiempo gótico y filosófico que algunos mendrugos confundirán con “brumas wagnerianas”. Quizá también se haya ganado ahora en belleza sonora, destacando en este sentido la maravillosa plasticidad con que trata a la cuerda vienesa. Que los metales dejen un tanto que desear –no nos engañemos, la orquesta no era en los cincuenta lo que será una década más tarde– apenas empaña una lectura que sigue siendo de obligado conocimiento. Magnífico el reciente rescate a nada menos que 192 kHz: suena mucho mejor que antes. (10)


7. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (Tahra/Audite, 1952). No han pasado ni dos semanas desde su grabación en estudio en Viena. El maestro viaja a una Berlín ocupada para poner al frente de una Filarmónica que se ha refugiado en un antiguo cine Arte Decó, el Titania Palast. Y ocurre el milagro. Sin que pueda hablarse, bajo ningún concepto, de arrebatos propios del directo, porque el discurso no puede resultar más equilibrado en lo formal, más clásico en el sentido amplio del término, Furt ofrece una lectura distinta que avanza, eso sí, en la misma dirección en que lo había venido haciendo su visión de la Heroica. Los tempi se ralentizan en todos los movimientos, particularmente en una Marcha Fúnebre que, frente a los 17’22’’ de Viena, alcanza unos históricos 18’54’’: la que le escuché a Barenboim en Bremen duró algunos segundos más, justo como Celibidache si descontamos de su registro el espacio entre movimientos. Los silencios, larguísimos y de enorme peso expresivo. El fraseo alcanza la plenitud de la concepción orgánica del discurso, pero muy lejos de la elasticidad de años atrás. El pathos intensísimo, pero sin llegar al desgarro emocional y alcanzando un equilibrio milagroso con la belleza de la forma, a despecho de algunos ataques no del todo limpios que son marca de la casa. Lo más importante, en cualquier caso, es la indagación en los aspectos más espirituales de la música, algo tan difícil de explicar desde el punto de vista formal como fácil de percibir por cualquiera que tenga un poco de sensibilidad. ¿Heroica trascendida? Eso mismo. Venturosamente, el rescate en alta definición realizado por Audite a partir de las cintas de la RIAS está a la altura de las circunstancias. (10)



8. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI, 1952). El Karajan de la Philharmonia fue el menos Karajan y el más Toscanini. No es que el salzburgués imitara al de Parma, ni mucho menos, pero sí que era deudor de su línea, al menos en Beethoven: vigor rítmico, sequedad en los ataques, desinterés por el carácter orgánico del fraseo y –por ende– de la flexibilidad, y un desarrollado carácter dramático, léase teatral. A todo esto, Karajan añade de su cosecha grandes contrastes dinámicos, un músculo muy centroeuropeo, mayor cantabilidad –escasita en Toscanini– y una dosis muy superior de belleza sonora. El resultado es una interpretación de enorme solidez, soberbiamente tocada y muy bien llevada, que se mueve dentro de unos parámetros expresivos la mar de sensatos pero que no termina de emocionar: suena mucho antes exterior que sincera. Me gusta más que la anterior con la Staatskapelle de Berlín, en cualquier caso. El reprocesado en alta resolución que ahora circula es bastante potable. (8)


8. Knappertsbusch/Filarmónica de Múnich (MPhil, 1953). La enorme separación de los dos acordes que abren la genial sinfonía ya nos hace arquear una ceja. En seguida la cosa se pone mucho peor: morosidad extrema, blandura en la articulación, flacidez, ausencia de contrastes... El problema no está en la enorme lentitud, sino en la ausencia de pulso. ¿Falta de técnica de batuta o inexistencia de ensayos? Porque la orquesta no solo toca como dormida, sino también sucia y sin suficiente empaste. Después de unos cuantos (¡interminables!) minutos la cosa empieza a arreglarse, las tensiones se acumulan y se alcanzan momentos notables dentro de una línea tradicional que, eso sí, tiene poco que ver con un Furtwängler o un Karajan, al tiempo que se encuentra en el extremo opuesto a un Erich Kleiber. Interesante la Marcha fúnebre, de nuevo muy alejada de los directores citados. Su enfoque es lírico y efusivo, beneficiándose de un tratamiento sensual de la cuerda y de un fraseo que posee flexibilidad y morbidez. En los dos últimos movimientos hay de todo: momentos de blandura, pasajes de apreciable tensión interna, detalles interesantísimos, excentricidades múltiples, grandeza humanística, serias discontinuidades... Lo siento, pero el conjunto no funciona. Para los amantes de las puntuaciones: 3 puntos para el primer movimiento, 7 para el segundo, 5 para los otros dos. Aceptable sonido monofónico. (5)



10. Walter/Sinfónica de Columbia (CBS, 1958). Cuando Walter se trasladó a la costa californiana y empezó a grabar en estéreo, poniéndose al frente de una formación regularcilla que mezclaba a la Filarmónica de Los Ángeles con los músicos de las orquestas de Hollywood, su estilo cambió de manera sustancial. Esta Heroica se parece poco a la de nueve años atrás. Los tempi son más amplios, la articulación mucho menos incisiva, el legato más marcado. El fuego da paso a la cantabilidad, a la ternura incluso, pero no siempre para bien. De hecho, el primer movimiento le sale ahora menos bien: no solo suena otoñal, sino que a veces roza la blandura. Ofrece, eso sí, interesantísimos juegos agógicos que demuestran el olfato del veterano maestro a la hora de jugar con grandes arcos de tensión. La marcha fúnebre no es gótica ni rebelde; más bien serena, reflexiva y con su punto de espiritualidad, lo que no impide que los clímax dramáticos se encuentran muy bien resueltos. Irreprochable el Scherzo, y bastante más conseguido que antes el Finale. La toma ha ganado mucho en calidad tras el nuevo reprocesado: procuren escucharla en alta resolución. (8)



11. Cluytens/Filarmónica de Berlín (EMI, 1958). El maestro apuesta por una interesante tercera vía a medio camino entre el rigor toscaniniano y la flexibilidad alemana, ofreciendo así una lectura dicha de un solo trazo, directa y comunicativa, amén de espléndidamente tocada, que busca la intensidad aun procurando no ofrecer demasiado pathos ni interesándose en claroscuros. Se echa en falta, eso sí, un grado más de creatividad, de compromiso, al menos en un movimiento conclusivo no del todo trabajado. (7)

 


12. Fricsay/Filarmónica de Berlín (DG, 1958). Interpretación lenta, muy paladeada, muy bien desmenuzada –hay hallazgos sensacionales en el último movimiento– y de enfoque más bien introvertido y meditativo, en la que siempre la batuta se muestra muy controlada y no hay lugar para el arrebato. El primer movimiento, de carácter “gótico” muy atractivo, se ve lastrado por cierta discontinuidad y caídas de tensión, aunque en contrapartida alberga momentos magníficos. Meditativa y reposaba, pero en absoluto exenta de fuerza dramática, la marcha fúnebre. Scherzo fluido y natural, nada pimpante. El Finale comienza en exceso dulce y sin especial garra, pero luego va mejorando y consigue momentos de gran densidad., siempre en un enfoque más filosófico que dionisíaco. Muy amplia la gama dinámica de la grabación. (8)

 


13. Klemperer/Philharmonia Orchestra (EMI, 1959). Este es el punto más alto de todo el ciclo sinfónico beethoveniano del de Breslau, puro granito –arquitectura milimétricamente planificada, tan sólida como bien trazada en sus líneas maestras y clarificadas en su entramado polifónico– al servicio de un concepto tan severo como hondo y reflexivo en el que la fuerza, la tensión e incluso el desgarro quedan bien patentes sin que el monumental edificio se resiente lo más mínimo. Un tremendo ejercicio, pues, de equilibrio entre romanticismo y distanciamiento, entre intelecto y emoción, que si en el movimiento inicial ofrece una densidad sonora y dramática irresistible, en el segundo alcanza una fuerza visionaria como quizá ningún otro maestro haya alcanzado. En los dos últimos, ni que decir tiene, no hay lugar para la distensión ni la chispa, aunque tampoco el maestro hace gala de su sentido del humor sarcástico: el músculo y la más tensa severidad vuelven a imponerse, impregnadas de una enorme grandeza filosófica y humanística. Diríase que con Klemperer, pese al amargor que preside toda su lectura, aún hay espacio para la trascendencia. Con el aún más radical Barbirolli se perderá toda esperanza. El reprocesado de 2023 ofrece un sonido asombroso. (10)

 

14. Leibowitz/Royal Philharmonic (Chesky, 1961). Apartándose de la tradición romántica y abriendo el camino –sin saberlo– la interpretaciones historicistas, Leibowitz dirige con nervio y electricidad optando por una articulación muy ágil, atenta al staccato, incisiva en los ataques y relativamente aristada en la tímbrica. Ahora bien, su deseo de no moldear la agógica hacen que el resultado termine siendo no ya plano y cuadriculado, sin pathos ni poesía, sino abiertamente machacón. Lo más flojo es la marcha fúnebre, aunque su clímax alcance una considerable rebeldía, y lo mejor es el tercer movimiento. Los metales suenan algo destemplados y la cuerda no siempre está fina. Toma sonora asombrosa. (6)



15. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1962). Aunque las maneras son parecidas a las de su registro con la Philharmonia diez años anterior, el cambio de orquesta le permite ser a Karajan más el mismo. O quizá, sencillamente, ir modelando el que todos conocemos, porque su personalidad tiene mucho que ver con la de los propios Berliner Philharmoniker. El vigor rítmico sigue ahí, pero ahora el maestrissimo tiene mayores oportunidades de gustarse a sí mismo, de ofrecer mayores contrastes entre suntuosidad y refinamiento, de añadir amabilidad, de dejarse llevar por un preciosismo en determinadas frases… De aburguesar a Beethoven, en definitiva. La calidad de la toma en el Blu-ray audio resulta una gratísima sorpresa. (7)


16. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1964). Un Beethoven dionisíaco, impulsivo, que busca recrearse en el ritmo y en los grandes contrastes sonoros, más espectacular que hermoso o refinado, planificado en función de momentos llenos de impulsos antes que por el estudio minucioso de las tensiones, por ende bastante epidérmico, y carente del humanismo y la reflexión que la música necesita, pero de tan enorme comunicatividad que es difícil resistirse a él. Muy notable sonido en alta resolución. (7)

 

17. Schmidt-Isserstedt/Filarmónica de Viena (Decca, 1965). Ya un arranque falto de gas nos advierte de que algo no va a terminar de funcionar en esta interpretación. Efectivamente: el maestro frasea con nobleza y naturalidad, sin precipitarse ni resultar cuadriculado, y –por descontado– obteniendo un gran partido de la magnífica orquesta, tratada con particular elegancia. Pero la tensión se distribuye de manera irregular, de tal modo que junto a momentos poderosos hay otros sin la tensión y energía suficientes, dando como resultado una recreación en exceso apolínea, discontinua en el trazo y algo aburrida. (7)

 


18. Barbirolli/Sinfónica de la BBC (Warner, 1967). Esta es la Heroica más negra de la historia del disco. Lenta, a veces lentísima, pero de una tensión abrumadora. Gótica a más no poder. Plagada de ataques ásperos e incisivos por parte de unas maderas no precisamente sensuales. Fraseada con una cantabilidad cargada de amargura, particularmente en las frases líricas del primer movimiento. Portentosamente planificada hacia clímax de fuerza indescriptible (increíble crescendo a partir de 15’03’’ en el primer movimiento, por no hablar de los momentos más rebeldes del segundo, especialmente el de 7’10’’). Trabajada con una plasticidad asombrosa a la hora de moldear a la cuerda (solo un ejemplo: de infarto la melodía a partir de 1’18’’ de la Marcha fúnebre) o de equilibrar planos sonoros. Todo ello sin rastro de ese humanismo, esa ternura y esa humanidad de otros maestros. Aquí no hay concesiones. menos aún que con Klemperer: el sonido de Sir John es mucho menos granítico, menos masivo, más áspero, mucho menos entroncado con la "gran tradición germánica". Por otra parte: mientras el de Breslau cargaba de sesuda hondura filosófica a su recreación, y por ende se mantenía a cierta distancia del sufrimiento que destilan los pentagramas, aquí solo hay espacio para el dolor. La Sinfónica de la BBC se encuentra a distancia de las grandísimas orquestas que han grabado esta página, pero aún así realiza una formidable labor bajo una batuta que la trata con mano maestra. Cuestiones expresivas aparte, ¡qué técnica la de Barbirolli! Escuchen el cuarto movimiento: ni un solo director lo ha desmenuzado con tan increíble claridad. Y probablemente nadie ha cantado con mayor inspiración el tema de Las criaturas de Prometeo, ni lo ha integrado con mayor coherencia en un todo que, aun manteniendo la más depurada elegancia en la exposición, desprende tremenda potencia sonora y expresiva. En alta resolución suena de escándalo. (10)

 


19. Kubelik/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1967). Una recreación impresionante que, no siendo especialmente desgarrada ni visionaria, seduce y emociona por la naturalidad con la que fluye, por la comunicatividad de la batuta, por la flexibilidad del fraseo y por la plasticidad con la que está manejada la orquesta, cuyo sonido oscuro paradójicamente le sienta muy bien al terciopelo habitual en Kubelik. Todo ello adoptado un punto de vista humanístico y lírico que sabe alcanzar dramatismo en la marcha fúnebre y también el adecuado carácter dionisíaco y festivo en el último movimiento. (9)

 


20. Barshai/Orquesta Sinfónica (Melodiya, 1969). Aquí se ponen en primera línea el ímpetu rítmico, la incisividad y la electricidad de las líneas melódicas, admirablemente clarificadas, así como un sentido combativo que renuncia a la frivolidad, mientras que se ven relegadas la sensualidad, la emotividad lírica y el sentido humanístico. En general la versión tiene empuje, perfecto control y el adecuado carácter combativo y escarpado, pero le faltan la emotividad y la dimensión humanística necesarias para ofrecer una visión realmente completa; resulta demasiado unilateral, poco comunicativa y algo desangelada, sobre todo en los dos primeros movimientos. El tercero está muy bien y el cuarto está admirablemente planificados, terminando en una coda muy briosa. La orquesta funciona relativamente bien, con algunas debilidades en los metales, y suena con una atractiva aspereza. (6)

 

21. Klemperer/New Philharmonia (Blu-ray BBC, 1970). Después de muchas décadas moviéndose en los terrenos de la “gran tradición”, Herr Klemperer fue modelando su novedoso y personalísimo estilo a lo largo de la segunda mitad de los cincuenta. Con él ascendió al Olimpo durante la primera mitad de los sesenta, pero a partir de ahí fue radicalizando tanto sus señas de identidad que los resultados empezaron a moverse dentro de esa finísima línea que separa lo absolutamente genial de lo en exceso unilateral. Es justo lo que le pasó en su ciclo Beethoven en directo de 1970: el concepto del de estudio en estéreo es el mismo, pero las lentitudes se hicieron aún mayores, el fraseo más tenso en lo armónico, las sonoridades más graníticas –sin merma de la claridad, siempre enorme–, el carácter todavía más hosco. No es fácil entrar en el juego, y lo que un día a los que somos sus rendidos admiradores nos parece maravilloso, al siguiente no nos lo resulta tanto. Es lo que me ha pasado a fecha del 23 de junio de 2026: he vuelto a este vídeo y me ha costado trabajo llegar hasta el final. De acuerdo, la marcha fúnebre es descomunal, las últimas variaciones del cuarto movimiento alcanzan una fuerza que solo escuchándola puede creerse, pero en esta música hay más cosas, muchas más de las que Klemperer ve en ella. Con las mismas lentitudes, Daniel Barenboim fue capaz de decirlas en aquella recreación que le escuché en Bremen el pasado verano. En cualquier caso, una interpretación descomunal, con independencia de que la orquesta nos sorprenda con algunos pequeños desajustes aquí y allá que hoy no comete, por ejemplo, una Filarmónica de Berlín. El Blu-ray es carísimo, pero se ve y se oye de manera aceptable. El YouTube es un horror. Usted verá si le merece la pena la compra. (10)

 

22. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1971). No hay sorpresas aquí: el maestro hace de sí mismo. Magnífico su primer movimiento:intenso, portentosamente sonado y muy tenso. El segundo, soberbiamente sonado y trazado, resulta superficial, deplegando más brillantez y rotundidad que pathos. El tercero y el cuarto son cálidos y comunicativos, quedándose un tanto en la superficie. Impresionante la sonoridad de la orquesta y la seguridad del trazo de la batuta. En cuanto a la filmación, el narcisismo de este señor no conocía sentido de ridículo. (7)

 


23. Kempe/Filarmónica de Munich (EMI, 1972). El tantas veces infravalorado maestro sajón, por lo general espléndido en este repertorio, nos ofrece una lectura de perfecto equilibrio entre nobleza, lirismo y garra dramática, maravillosamente paladeada y sutilmente acentuada, con un segundo movimiento más emotivo que desgarrado y un cuarto que, sin llegar a lo visionario, despliega grandeza sin retórica ni pesadez alguna. (9)

 

24. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG Bluy-ray Audio, 1975-77). Más de lo mismo. Aun de enfoque antes épico que dramático, el primer movimiento resulta admirable por su empuje bien controlado, por la portentosa plasticidad con que están tratadas las masas sonoras –empaste perfecto, robustez sin excesos, densidad sin merma de la claridad–, por su brillantez bien entendida y, sobre todo, por la convicción que desprende. Menos bien funciona la marcha fúnebre, sensualísima en la sonoridad e increíblemente bella en su canto, pero poco o nada rebelde en sus clímax, menos aún visionaria: más bien pacífica y resignada, cuando no erróneamente opulenta. El Scherzo está dicha con una perfecta mezcla de músculo y elegancia, aun sin resultar del todo electrizante. Y toda la primera mitad del Finale resulta luminosa, jovial y optimista a más no poder para luego decantarse por la grandilocuencia glorificadora, sin rastro de la tragedia anterior ni de pliegues expresivos: a Napoleón le hubiera encantado. Excelente sonido en Blu-ray audio. (7)

 

 

25. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD y Blu-ray audio DG, 1978). Aunque el idioma es irreprochable y la orquesta está trabajada con mano maestra, la lectura resulta algo deslavazada. El primer movimiento alcanza momentos de mucha fuerza, pero no destila la necesaria desazón en los pasajes líricos; da incluso la impresión de que la planificación es algo tosca. La marcha fúnebre, más introvertida que rebelde, parece algo escasa de fuelle, incluso más tristona que doliente, aunque es imposible no dejarse seducir por la redondez y belleza de las trompas en los momentos más encrespados. Flojísimo el scherzo, soso y desganado. Por fin en el cuarto, aun con altibajos, Bernstein hace gala del entusiasmo en él esperable. ¡Y qué bellísimo canto de las maderas! Impresionante la toma en Blu-ray audio. (7) 

 


26. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1978). Aunque la elegancia, la naturalidad y la claridad sean asombrosas –revelador juego de maderas en el primer movimiento–, parte de la interpretación se ve lastrada por una extraña blandura, sobre todo en el primer tema del primer movimiento y, sorprendentemente, en un scherzo dicho con elegancia y con la misma admirable depuración sonora de la que el maestro italiano hace gala a lo largo de toda la obra, pero escaso de fuerza y vitalidad. La marcha fúnebre comienza algo tristona, pero luego adquiere la suficiente elocuencia poética. Obviamente Giulini no pretende ofrecer una lectura rebelde o escarpada de esta música, sino más bien esa mezcla de dolor, reflexión y sentido humanístico, revestida siempre de la más exquisita belleza formal y contenida en todo momento por un desarrolladísimo sentido de la mesura digamos “clásica”, que caracteriza su personalidad interpretativa. El último movimiento, expuesto perfecta lógica y admirable transparencia, vuelve a ser antes apolíneo que dionisíaco y llega a resultar un punto distanciado, lo que no le impide al maestro alcanzar verdadera excelsitud lírica en la variación nº 9 (¡escuchen desde 6’47’’!) y luego alcanzar enorme grandeza en la nº 10, cuya atmósfera digamos “gótica” (desde 11’23’’) también se encuentra admirablemente conseguida. La coda está llena de fuerza sin necesidad de ceder al arrebato. Lo que sí entusiasma es la toma sonora, ya espléndida en origen y ahora impresionante en formato de alta resolución. (8)

 

27. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1987). Es muy dudoso que la sonoridad de esta interpretación sea verdaderamente beethoveniana tomando como referencia la tradición centroeuropea –y no digamos a la escuela historicista–, como también lo es que el rumano sintonice con el contenido expresivo de la partitura. Por momentos su recreación suena sin la garra dramática y la electricidad necesarias, en exceso suave, incluso –arranque de los movimientos impares, alguna de las variaciones del cuarto– un punto blanda. Sin embargo, es difícil sustraerse de su fraseo flexible, natural y efusivo, de su hermosísimo legato, de su cálido empaste en el que todas las voces como principal bondad de su apuesta, de la profunda reflexión humanística que alberga una Marcha fúnebre nada rebelde, pero de singular hondura. (8)

 

28. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1987). Esta fue en su momento una importantísima interpretación, porque con ella el maestro holandés demostró que se podía renovar profundamente la sonoridad de esta música sin que, al contrario de lo que había ocurrido con las propuestas historicistas más pioneras, se perdiese la esencia expresiva de Beethoven. De este modo, Brüggen supo ofrecer con instrumentos originales una magníficamente planteada interpretación, sobria, dramática y por completo ajena a la retórica vacua, puesta en sonidos con una rusticidad de lo más atractiva que decía bastantes cosas nuevas. Eso sí, nunca ha sido precisamente Brüggen un intérprete cálido ni rico en la expresión: cierta sosería expresiva termina lastrando los resultados. (8)



29. Dohnányi/Orquesta de Cleveland (Telarc, 1988). Nos encontramos aquí ante una interpretación realizada de un solo trazo, sin altibajos ni puntos muertos, sincera, muy musical y estupendamente tocada, que se caracteriza por su fuerza, impulso y entusiasmo bien controlados, en la que sobresale la tensión dramática de la marcha fúnebre. Faltan, no obstante, ideas que aporten claroscuros al resto de los movimientos, un tanto unilaterales en su brío y su luminosidad, no del todo paladeados y un tanto rígidos, pese a que aparecen en algunos momentos matices que demuestran que el maestro sería capaz de ofrecer ideas inteligentes si hubiera trabajado a fondo la partitura. Toma algo turbia. (8)

 

30. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1989). No es este el más feliz testimonio de quien fue un inmenso beethoveniano. Primer movimiento decidido, enérgico, con mucha garra; también algo cuadriculado, poco flexible, incluso epidérmico. El segundo está llevado con muy buen pulso, pero falta el trasfondo humanista y de nuevo se echan de menos imaginación y flexibilidad. Tercero vibrante, algo expeditivo el Trío. El cuarto, vistoso y encendido, resulta epidérmico en el peor de los sentidos: pocos matices y escasa hondura. Las dinámicas tienden al forte y se encuentran poco matizadas, aunque a nivel técnico sea difícil superar en virtuosismo a los chicagoers. (7)

 

31. Harnoncourt/Orquesta de Cámara de Europa (Teldec, 1990). El ciclo beethoveniano de Harnoncourt fue atrevido en sus planteamientos –mezcla de instrumentos antiguos y modernos, renovador equilibrio de planos sonoros, expresión altamente dramática– y abrió una nueva vía interpretativa, pero los resultados fueron muy irregulares. Esta Heroica flojeó de manera considerable: aunque la velocidad de los tempi impide que decaiga la tensión y la incisividad harnoncourtiana resulte muy atractiva, la rutina se impone muy por encima de determinados ataques de violencia y la interpretación, poco matizada en lo expresivo e insincera, se termina haciendo aburrida. En cualquier caso, mejor los dos últimos movimientos que los primeros, francamente mediocres. (6)



32. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (Philips, 1991). Hay nobleza, flexibilidad y naturalidad en el fraseo, así como una enorme elegancia y una renuncia a cualquier efectismo dentro de una visión clásica, muy equilibrada, algo otoñal, ajena al arrebato y siempre comunicativa, beneficiada por una orquesta de hermosísimo sonido, pero Sir Colin no cala en el significado de la sinfonía. Al primer movimiento le falta tensión dramática. El segundo resulta algo tristón y apagado. El tercero sí está muy bien. Al cuarto, siendo notable, no termina de concederle unidad. (8)

 


33. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (DG, 1993). El británico lo tuvo siempre claro: hacer el Beethoven de Toscanini con instrumentos originales: rapidez en los tempi,  rigidez, sequedad, gran tensión dramática y absoluto desinterés por los aspectos "góticos" de la página. Se queda en la epidermis de la obra, claro está, pero la versión está tan bien realizada –salvando los apuros de las trompas– y despliega tanta energía que termina enganchando. (7)

34. Savall/Le Concert des Nations (Auvidis-Alia Vox, 1994). Aunque el disco no fue lanzado hasta 1997, la toma corresponde a enero de 1994, un momento en el que el Beethoven “históricamente informado” estaba tomando forma. Las sesiones tuvieron lugar, según cuenta el propio Savall, durante una larga madrugada del mes de enero: a las siete de la mañana estaban grabando el segundo movimiento. Dice el maestro que, pese a tener tras de sí una gira de conciertos, la página sonó con “esa energía profunda que hay que buscar cuando la carne y el cuerpo ya casi no tienen reservas. Hasta entonces nunca habíamos interpretado esa marcha fúnebre de modo tan dramático y tan emotivo”. No vamos a negarle al de Igualada lo de la energía: en su recreación la hay a raudales. Tampoco vamos a regatear la sabiduría que desprenden sus notas y la justificación para usar instrumentos originales y una articulación por completo diferenciada de la tradición. Hoy eso ya no asusta a nadie. Ahora bien, precisamente con esa misma perspectiva que nos da el tiempo, lo que aquí encontramos no aporta nada frente a la propuesta de Gardiner grabada el año anterior. Tampoco se despega mucho del ciclo Harnoncourt que, con instrumentos modernos, se estaba realizando por las mismas fechas: seguimiento de las muy discutibles indicaciones metronómicas de Beethoven –velocidad de vértigo–, sequedad en los ataques, rigidez en el fraseo, cuerda sepultada por el viento, percusión desmadrada –lamentables las intervenciones del genial Pedro Estevan– y una dosis de agresividad innecesaria que no solo no pone de relieve los aspectos más visionarios de este música, sino que los fulmina por completo. Los dos primeros movimientos pueden enganchar por su electricidad, pero la carga dramática y el humanismo brillan por su ausencia. El tercero ofrece una sanísima rusticidad, mientras que el cuarto me parece un desastre. No está nada claro que la remasterización de Alia Vox suene mejor. (5)

 

35. Barenboim/Filarmónica de Berlín (DVD TDK y Blu-ray Euroarts, Versalles, 1997). En el primero de sus registros de la obra el de Buenos Aires hace gala, como no podía ser menos, de un irreprochable lenguaje beethoveniano y de una perfecta sintonía con el contenido expresivo de la partitura, a la que aborda con decisión, sentido dramático y no poco amargor. Saca excelente partido del sonido robusto de la orquesta –impagable la cuerda grave– y de la musicalidad de sus solistas, sabiendo al mismo tiempo mantener el pulso, el equilibrio polifónico y un fraseo siempre flexible y natural. La cuestión es que esta lectura un tanto adusta será enriquecida en sus acercamientos posteriores no solo con un grado superior de inmediatez y tensión sonora, sobre todo en una marcha fúnebre que él mismo sabrá llevar al borde del abismo, sino también con mayores dosis de calidez, lirismo e incluso sentido del humor, lo que no impide que el último movimiento de esta interpretación versallesca sea ya formidable. La imagen el BR ha ganado considerablemente en definición con respecto al DVD, pero los colores parecen saturados. (9)

 

 

36. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Teldec, 1999). Ahora sí, todo es extraordinario: desde el idioma de la batuta hasta la ejecución de la orquesta, pasando por el análisis de texturas y colores, la arquitectura global, la efusividad del fraseo y la imaginación aplicada en la agógica, siempre dentro de un enfoque rebelde y dramático en el que, pese a todo, no hay descontrol alguno sin pérdida de la belleza sonora. Impresionante la toma si se la escucha en alta definición. (10)


37. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (YouTube, Japón, 2002). Como su grabación para Philips, resulta admirable el planteamiento, sobrio, dramático y rebelde del maestro holandés, capaz de encresparse en la marcha fúnebre y de resultar entusiasta y dionisíaca en el cuarto movimiento, siendo magnífico también el tercero por su empuje y rusticidad bien entendida. Eso sí, de nuevo se echan de menos algo de vuelo lírico y emotividad, sobre todo en el primer movimiento. La coda final resulta atropellada. (8)

 


38. Rattle/Filarmónica de Viena (EMI, 2002). Lectura pseudohistoricista de tímbrica afilada e incisiva, tempi premiosos y gran agilidad que destaca por su extrovertido primer movimiento, trazado con ímpetu y gancho. La marcha fúnebre carece de atmósfera y poso dramático; busca epatar con los decibelios y con la teatralidad, pero sin resultar sincera. Ágil y muy dinámico el scherzo, como también un tanto frío, incluso demasiado calculado. En el último movimiento hay claras aportaciones historicistas, entre ellas alguna sonoridad estridente que no viene mal, mas de nuevo el problema es la superficialidad de la batuta: aunque puede llamar la atención con su brillo, le faltan poesía, imaginación y sinceridad. (6)



39. Paavo Järvi/Deutsche Kammerphilharmonie Bremen (RCA, 2005). En esta integral sinfónica el hijo de Neeme se apuntó al mismo tiempo tanto a la nueva edición Bärenreiter de Jonathan del Mar, lo que está muy bien, como a la tercera vía interpretativa abierta por Harnoncourt, lo que puede no serlo tanto. No se trata de que mezclar instrumentos modernos y antiguos al tiempo que se renueva la articulación bajo parámetros “históricamente informados” sea malo en sí mismo. Es que hay que saber exactamente qué idea expresiva se busca con ello. Y claro, entre que es uno de los pioneros en esta senda y que Paavo nunca ha sido un director particularmente fino ni inspirado, el resultado es una interpretación muy cuadriculada, violenta y seca, endiablada en sus tempi, ajena a cualquier suerte de sensualidad, que parece deber más a Toscanini que al citado Harnoncourt y en la que lo mecánico sustituye a la verdadera vida interna. Los oídos se cansan muy pronto de tantas descargas gratuitas de adrenalina, de tan exagerados claroscuros y de contrastes tan poco sutiles. Vistosidad hay, pero el pálpito interno, la emoción y la belleza brillan por su ausencia. Por si fuera poco, el sonido en SACD deja que desear. Un fiasco. (5)


40. Antonini/Kammeorchester Basel (Sony, 2006). Radicalizando los planteamientos de Harnoncourt, el maestro italiano propone, como Paavo Järvi pero más a lo bestia, una interpretación enérgica y toscamente planificada, parca en cantabilidad, basada casi exclusivamente en tempi muy rápidos y en contrastes dinámicos efectistas: pura brocha gorda, nada de minuciosidad en la planificación. Los matices expresivos brillan por su ausencia. La orquesta no es mala, si bien la cuerda suena demasiado canija y los metales no se muestran siempre seguros. Al menos la claridad no se ve empañada y se ofrece una interesante incisividad. Lo mejor, un dinámico tercer movimiento, con unas trompas adecuadamente rústicas, destacando asimismo la entusiasta coda del finale. El resto es muy plano y aburre. (4)



41. Tilson Thomas/San Francisco (DVD Keeping the Score, 2006). Gran fiasco: el documental adjunto es magnífico, pero la interpretación deja mucho que desear. La arquitectura es buena, como también la seguridad del trazo, la claridad y el virtuosismo, y desde luego la batuta se mantiene ajena a la pesadez, a la retórica y al efectismo, pero el trasfondo humanístico no aparece, e incluso en el último movimiento se cae en cierta frivolidad. Además, quizá por influencia de la escuela historicista, la sonoridad es un punto ingrávida. Tampoco los primeros atriles resultan muy musicales. (5)

 


42. Herreweghe/Royal Flemish (Pentatone, 2007). Otras veces deplorable en Beethoven, el maestro flamenco logra aquí una interpretación magníficamente sonada y entusiasta que sabe asimilar de las aportaciones historicistas sin caer en la sequedad ni la incisividad de otros directores. Ahora bien, se echa de menos esa comunión espiritual tan difícil de conseguir con el contenido expresivo de la obra, sobre todo en un segundo movimiento carente de pathos y en un final vistoso pero rutinario, sin personalidad ni creatividad. (7)

 


43. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Decca, 2009). Ayudado por una orquesta en excelente forma, el milanés decide renunciar a la tradición centroeuropea, y más concretamente a la flexibilidad en el manejo de la agógica y al peso concedido a los silencios, para ofrecer una lectura mucho más rápida que lo acostumbrado, enérgica, llena de electricidad, vibrante, aunque no por ello tosca ni precisamente escasa de claridad y virtuosismo. El problema es el que resultado se antoja muy precipitado, parco en vuelo lírico, en cantabilidad y en emotividad, también en sentido del humor –cuarto movimiento–, mientras que los aspectos trágicos de la partitura –marcha fúnebre– resultan todo lo vistosos que se quiera, pero superficiales, insinceros y de cara a la galería. (6)

 

44. Barenboim/WEDO (Decca, 2011). Estuve allí, en la Philharmonie de Colonia. Me pareció la mejor interpretación que había escuchado hasta la fecha. No sé si sigo opinando lo mismo, pero rotundamente afirmo que ninguna otra lectura fonográfica me parece más perfecta aún que esta. ¿Y cómo es eso posible? Por lo equilibrado del planteamiento: se podrán preferir versiones más vibrantes y teatrales, también más filosóficas, o más nihilistas –véanse las reseñas correspondientes más arriba–, pero es difícil alcanzar una más admirable fusión entre los aspectos dramáticos, escarpados y visionarios de la página, que eran los más atendidos en los anteriores acercamientos del propio maestro, y los que tienen que ver con el lirismo, la elegancia, la sensualidad y hasta la luminosidad; es decir, entre lo dionisíaco y lo apolíneo. Todo ello lo expone Barenboim con pasmosa naturalidad, con belleza grande pero en absoluto narcisista, con una particular flexibilidad e imaginación en el tratamiento de la agógica, con un perfecto control del discurso y en perfecta complicidad con una orquesta que, sin ser de primera, ofrece un sonido beethoveniano ideal para la obra. Modélica la toma. (10)

 

45. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (The Grand Tour-Glossa, 2011). El holandés vuelve a acertar al aunar la sonoridad completamente historicista de su magnífica orquesta con un planteamiento expresivo tradicional, sin caer en liviandades, en agresividades innecesarias, en rigideces y en otras señas propias de una mala interpretación de los planteamientos filológicos. Por desgracia, no solo no logra inyectar la calidez y el vuelo lírico que debe a los pentagramas, sino que tampoco logra tensar la arquitectura con la solidez debida. El primer movimiento sería magnífico si no fuera por determinados altibajos que rompen la continuidad del discurso; al segundo le faltan densidad y fuerza visionaria; el tercero está bastante bien y en cuarto las variaciones están tratadas con éxito desigual, siendo de apreciar el sentido del humor un tanto socarrón del director. (7)

 

46. Barenboim/WEDO (DVD Decca Proms 2012). Con respecto a su registro en audio del año anterior, esta lectura resulta más apolínea y contemplativa, y por ello mismo algo menos tensa en algunos pasajes. Pero esto no impide que los clímax alcancen una fuerza abrumadora, que la sección final de la marcha fúnebre alcance una magia insuperable y que, en conjunto, se trate de una grandísima lectura que sabe conciliar belleza sonora, humanismo y garra dramática sin necesidad de adoptar la adustez de un Klemperer, ni de jugar con la agógica como lo hacía un Furtwängler. Increíble la riqueza de matices tan sutiles como expresivos, la cantabilidad del fraseo –natural, hermosísimo– y la sonoridad puramente beethoveniana que Barenboim extrae de la orquesta. Por cierto, enorme el granadino Ramón Ortega, oboe principal de la Sinfónica de la Radio de Baviera, en sus numerosas y muy decisivas intervenciones. A él se debe en no poca medida el éxito de esta interpretación que finaliza con una coda muy fogosa. (10)

 


47. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Accentus, 2013). Esta es una recreación que irritará a los admiradores del Beethoven denso, visionario, al mismo tiempo visceral y filosófico, que va desde Furtwaengler hasta Barenboim, pero que también puede poner de los nervios a los que le gustan la rusticidad, el nervio y el férreo impulso rítmico de los Gardiner, Harnoncourt y compañía. Es verdad que de la escuela historicista el milanés adopta un vibrato reducidísimo y un claro interés por aligerar texturas, pero ahí acaban los parecidos. Porque lo que caracteriza esta Heroica es la extrema suavidad tanto sonora como expresiva pretendida (¡y plenamente conseguida, que para eso poseía una técnica de batuta portentosa!) por el veterano maestro. De poco sirve que las sonoridades destilen una belleza incomparable, que el fraseo sea amplio y cantable, que las líneas discurran con tanta fluidez como cantabilidad, que los planos sonoros estén perfectamente delimitados y que las dinámicas alcancen un asombroso grado de matización: el empeño en que todo resulte delicado, aéreo, acariciador de los oídos, domesticado, bonito en el peor sentido del adjetivo, termina generando una versión superficial, insulsa, aburrida y rayana con la cursilería. Eso sí, la toma sonora en DTS HD-Master Audio posiblemente sea la mejor que jamás haya recibido esta obra. (4)



48. Rattle/Filarmónica de Berlín (BR Audio, 2015). Sir Simon se empeña en aunar tradición y renovación sin tener nada claro qué es lo que pretende conseguir, ni en lo sonoro ni en lo expresivo. De esta forma, el músculo de la formación berlinesa se escora constantemente hacia sonoridades ligeras, ingrávidas y por momentos relamidas que recuerdan al peor Abbado, mientras que todo el pathos de la música se pierde por el camino a pesar de que la batuta intenta inyectar fluidez y dinamismo en el fraseo. No debe de extrañar que el segundo movimiento sea el peor parado, aunque sí que el tercero sea igual de malo: lejos de dejarse llevar por la sana rusticidad, el resultado es de una flacidez y una sosería que echan para atrás. El Finale es lo menos malo: aquí al menos hay una chispa y un carácter bullicioso que subrayan lo que esta música tiene que ver con el pasado, que por cierto es mucho menos importante que lo que plantea de cara al futuro. Eso al maestro parece importarle poco. Magnífico sonido en BR-Audio multicanal. (6)

 

49. Emelyanychev/Nizhny Novgorod Soloists Chamber Orchestra (Aparté, 2017). En principio, el planteamiento de este Beethoven es muy similar al de Harnoncourt: orquesta reducida de instrumentos modernos, pero con trompas y trompetas naturales, un equilibrio de planos que favorece a vientos y percusión frente a la cuerda, y una articulación “históricamente informada” de gran incisividad en la que interesa mucho antes el vigor rítmico que el legato o la delectación melódica. Pero Emelyanychev se limita a correr todo lo posible inyectando fuerza, vigor y mucha electricidad sin detenerse en otras consideraciones. No es solo que las melodías no estén cantadas con holgura ni delectación; que no haya humanismo ni hondura; que no se aprecie ese lirismo agridulce que esta música necesita. Lo grave es que el imponente mural beethoveniano está pintado con brocha gorda. La exposición es de una vulgaridad aplastante. El tratamiento orquestal es opaco, incluso confuso en los fortísimos. El tratamiento agógico y dinámico, de una tosquedad que echa para atrás. Las tensiones no avanzan con sentido orgánico: cuando hay que alcanzar un clímax, se limita indicar sus músicos que toquen lo más fuerte posible. Las transiciones están descuidadas. Los silencios no tienen peso. Los matices son escasos, aunque para aparentar expresividad el director coloca forzados acentos “cortesía H.I.P.”. Los timbales sobreactúan a discreción, las trompas rajan que da gusto. En fin, los dos primeros movimientos de la obra me parecen recreados de manera deplorable. Reconozco, sin embargo, haber disfrutado relativamente del tercero: la frescura y el descaro con que el maestro lo aborda llegan a enganchar, pese a los “problemillas” de las trompas. Y el Finale no sería del todo malo si no fuera porque Emelyanychev se reserva lo más horripilante para él: cuando el tema es cantado por los primeros atriles de la cuerda (a partir de 0:46), estos se ponen en plan “historicismo pleno” y emiten un sonido idéntico al de una camada de gatos exigiendo su desayuno. (2)

 


50. Nelsons/Filarmónica de Viena (DG, 2019). La interpretación se encuentra no solo todo lo maravillosamente tocada como es de esperar de una orquesta de semejante categoría, sino también admirablemente construida por parte de una batuta que sabe frasear con naturalidad y holgura manteniéndose ajeno a precipitaciones, planificar de manera irreprochable la línea de tensiones y distensiones, regular los planos sonoros, resolver las transiciones y ofrecer un perfecto equilibrio entre transparencia y músculo sonoro al tiempo que despliega una sensualidad tímbrica para derretirse. Pero la óptica apolínea de Nelsons aquí no funciona, ya desde un primer movimiento que, aun no faltando empuje ni ganas de comunicar, se queda bastante corto en lo que a carga dramática se refiere. Y la cosa ya va a mayores en una marcha fúnebre muy hermosa, llena de nobleza y de sentido humanista, mas por completo ajena tanto a la negrura y la congoja que a todas luces necesita como a los claroscuros dramáticos, a las tensiones extremas y, también, a un sentido de la rusticidad sonora aquí muy conveniente. Los dos movimientos postreros resultan irreprochables siempre que se acepte el enfoque “clásico” y nada agónico del maestro: la luz y la felicidad terminan despejando cualquier tiniebla. (7)



51. Nézet-Séguin/Orquesta de Cámara de Europa (DG y Stage +, 2021). Utilizando exactamente su misma orquesta, el maestro canadiense sigue el planteamiento de Harnoncourt: instrumentos modernos al que se añaden algunos “de época”, tempi rápidos, articulación historicista, ataques incisivos, rigidez metronómica y renuncia voluntaria al concepto de fraseo como transición, siempre dentro de un concepto altamente teatral pero carente de pathos. Paavo Järvi y Giovanni Antonini hicieron lo mismo añadiendo mayores contrastes, mucha electricidad y no pocos excesos. Nézet-Séguin se muestra mucho más moderado que ello, por eso mismo más sensato, pero también bastante más frío, hasta el punto de que su labor casi se limita a ejercer de guardia de tráfico. Su gran mérito radica en la depuración sonora y la claridad extrema, pero no es suficiente, hasta el punto de que el último movimiento es, por su mal gusto, de los que invitan al abucheo. En cualquier caso, si usted se empeña en conocer los resultados lo mejor es acudir a la versión en vídeo: suena y se ve de maravilla. (5)


52. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Medici TV, 2022). Esta última filmación del de Buenos Aires, aun manteniendo un alto grado de potencia dramática, es la más hermosa, cálida y “humanística” de cuantas le he escuchado. También la más abierta a reconocer la faceta clásica del sordo de Bonn, lo que viene dado no solo por la sonoridad global y por el fraseo, sino por una buena cantidad de acentos, matices y decisiones que revelan (¡a estas alturas de la película!) nuevas cosas sobre semejante obra maestra. Fabulosa la orquesta, modelada dentro de la más hermosa sonoridad europea –mucho más cerca de la otra Staatskapelle que de la Berliner Philharmoniker– y beneficiada de unos solistas de lujo, entre los que destaca cierto oboe justamente aclamado por el público: Cristina Gómez Godoy. (10)

¿Se dirige ahora a Beethoven peor que nunca?

Hasta ayer por la noche hubiese contestado con un rotundo no. Desde esta mañana no lo tengo tan claro. Acudí al trabajo escuchando en el coc...