El de Barbara Bonney lo registró Teldec en Berlín en abril de 1994. Instrumento ligero y luminoso, alejadísimo del color que acostumbramos a asociar a un repertorio que nos empeñamos en ver sombrío. No tiene por qué ser así. El timbre de la norteamericana es hermosísimo y posee un precioso esmalte. La emisión es por lo general de enorme limpieza –alguna veladura hay cuando canta a media voz–, la dicción resulta especialmente inteligible, la articulación es nítida y, con una excepción a la que referiré en un momento, no se aprecian desigualdades en la tesitura. ¿La expresión? Elegantísima y deliciosa, con su punto de inocencia y también su toque de picardía, aunque con el problema que ya le conocemos a esta señora: tendencia a quedarse en la superficie y acercarse a lo cursi. Venturosamente es lista y escoge un ramillete de canciones que, aun incluyendo algunos de los “grandes éxitos” del compositor, resultan adecuadas para sus maneras. El error está en El pastor en la roca, donde se queda corta tanto por arriba como por abajo. Lo hace bien el clarinete de Sharon Kam, por no hablar del piano del espléndido Geoffrey Parsons.
De Ely Ameling he escogido un recital grabado junto a Dalton Baldwin en 1973 para Philips, recientemente reprocesado en alta definición. La tesitura de su instrumento no es muy diferente de la de Bonney. Cambia el timbre, con menos luz y bastante más crema. Es decir, no tan atractivo para el gran público pero más agradable para quienes gozamos con la acariciadora intimidad del lied. Su dicción no es tan nítida, posiblemente porque busca limar las consonantes para conseguir un legato más amplio. Lo consigue, con maravillosos resultados. El control de la respiración es también excelente, lo que le permite planificar las frases con enorme cantabilidad. Ahora bien, aun resultando musicalísima siempre, su variedad expresiva no es la mayor posible, quizá por lo dicho antes: el instrumento es el que es.
Y claro, quién puede competir con el apabullante instrumento de Jessye Norman. En el recital junto a Phillip Moll registrado por Philips en Londres en abril de 1984 estaba todavía en plenitud. Tiene esa particular y maravillosa pátina de las cantantes de raza negra, como también un volumen apabullante, un agudo tan poderoso como bien timbrado, un centro carnosísimo y un grave de enorme poder. Una dramática en toda regla. Impresiona, cierto, pero ¿es adecuado para el carácter íntimo que exige Schubert? En teoría no, en la práctica sí, toda vez que esta señora posee una técnica soberana que le permite regular la voz hasta el infinito. No solo eso: su capacidad para cambiar el color es para quedarse pasmado, logrando increíbles efectos escénicos cuando le toca diferenciar personajes en un mismo lied. Obviamente, cuando en Omnipotencia, D. 852 le toca ponerse bíblica, saca las trompetas de Jericó y derriba todo lo que tiene que derribar.
Total, que tengo clarísimo a quién elegiría si tuviera que escoger. Lo bueno es que nadie me obliga a hacerlo, así que me quedo con las tres. Shubert es demasiado grande como para que solo tengamos una visión de su obra.



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