Empecemos por las duraciones, ordenando de menos a más, desde la vertiginosa media hora de Gardiner hasta los dilatadísimos 40 minutos del maestro rumano que ustedes ya saben.
Gardiner/LSO 30:18
Szell/Cleveland 32:11
Kubelik/Berlín 33:08
Barenboim/Staatskapelle Teldec 33:44 (tercer movimiento 5:36, quinto 5:57).
Barenboim/Staatskapelle DG 33:32 (tercer movimiento 4:37, quinto 6:13).
Karajan/Berlín 35:23
Barenboim/Chicago 35:32 (tercer movimiento 6:48 quinto 6:13).
Barenboim/WEDO El Escorial 36:30 (tercer movimiento, 5:30, quinto 6:43). La duración total es aproximada, habiendo tenido que quitar a ojo unos treinta segundos de pausas y aplausos entre movimientos.
Klemperer/Philharmonia 38:51
Celibidache/Múnich 40:14
Las tres grabaciones oficiales de Barenboim son de tempi que podemos calificar como moderados, si bien hay que señalar que en la de 2021 con la Staatskapelle de Berlín para Deutsche Grammophon hace considerablemente más rápido el tercer movimiento que en las anteriores. En El Escorial vuelve más o menos a las duraciones de su primer registro, el de la Sinfónica de Chicago, si bien el último movimiento se desgrana ahora a mayor lentitud.
Creo que en la comparativa discográfica de 38 versiones de la Renana no expliqué bien que Barenboim cambia en su tercera grabación el concepto con respecto a las dos primeras, Chicago 1977 y Berlín 2003. No de manera radical, pero sí apreciable: aquellas eran más rotunda y opulentas, más densas y en cierto modo más brahmsianas, mientras que en la de 2021 busca –y consigue– mayor agilidad, también más ligereza bien entendida, al tiempo que flexibiliza el trazo y concede mayor espacio a la efusividad lírica frente al conflicto dramático. Mayor clasicismo, más equilibrio o quizá un Schumann que suena de manera más acertada a Schumann, siempre sin perder lo mucho que este autor tiene de extrovertido y efervescente. Pues bien, pese a volver a los tempi de antaño, la versión de El Escorial ha seguido las ideas de la grabación más reciente, la del sello amarillo en Berlín, que como dije es la que más me gusta de todas las escuchadas.
¿Y la realización escurialense? Ahí es donde algunos críticos se han ensañado. A nadie puedo ocultar mi profunda admiración por el arte de Barenboim, y por ende que mi objetividad puede ser puesta en entredicho, pero habría que poner las cartas sobre la mesa y decir que cabe la posibilidad de que los señores de la prensa –entraron gratis, yo pagué mi entrada– vinieran con ideas preconcebida. El asunto es simple: Barenboim tiene párkinson, se le ve con mala pinta, se mueve fatal y canceló dos días atrás, así que el concierto –en caso de celebrarse– será un rosario de desajustes y desencuentros, solo saldrá bien Tristán por aquello de ser especialidad de la casa, y si existe director será alguien desde dentro de la orquesta. Se sabía que era eso lo que se iba a escribir, y se escribió.
Escuchada una vez más la grabación in-house, debo reconocer que los problemas están ahí. Los que percibí en su momento y también algunos otros. Pero en absoluto me parece una interpretación pobremente tocada, menos aún mediocre o insuficiente. Y desde luego, suena a Barenboim cien por cien. Interpretación altamente comunicativa, ágil sin por ello perder la sonoridad de la “gran tradición”, flexible en el trazo dentro de la sensatez y de perfecto equilibro expresivo entre las diferentes facetas de esta maravillosamente contradictoria sinfonía.
El primer movimiento me parece un prodigio de fuerza, luz y tensión bien conducida. ¿Quién dijo aquello del Barenboim otoñal y letárgico? Ni por asomo. La orquesta sonó compacta y hubo atención al equilibrio de planos, si bien este no estuvo siempre del todo conseguido: la polifonía es complicadísima y por momentos unas voces tapaban a las otras. Eso en el disco no ocurría, aunque también es verdad que este cuenta con un sonido multicanal que permite reconocer mucho mejor las diferentes líneas del tejido. ¿Culpa de la orquestación schumanniana? La verdad es que a la mayoría de los directores les pasa, pero no a todos. Aún no sé qué pensar sobre el asunto.
El segundo movimiento de 2021 me parece absolutamente genial. Este del pasado septiembre, a pesar de que aquí sí hubo algún gazapo en las trompas y momentos de confusión generalizada, me ha entusiasmado casi tanto como aquel desde el punto de vista expresivo.
El primer movimiento me parece un prodigio de fuerza, luz y tensión bien conducida. ¿Quién dijo aquello del Barenboim otoñal y letárgico? Ni por asomo. La orquesta sonó compacta y hubo atención al equilibrio de planos, si bien este no estuvo siempre del todo conseguido: la polifonía es complicadísima y por momentos unas voces tapaban a las otras. Eso en el disco no ocurría, aunque también es verdad que este cuenta con un sonido multicanal que permite reconocer mucho mejor las diferentes líneas del tejido. ¿Culpa de la orquestación schumanniana? La verdad es que a la mayoría de los directores les pasa, pero no a todos. Aún no sé qué pensar sobre el asunto.
El segundo movimiento de 2021 me parece absolutamente genial. Este del pasado septiembre, a pesar de que aquí sí hubo algún gazapo en las trompas y momentos de confusión generalizada, me ha entusiasmado casi tanto como aquel desde el punto de vista expresivo.
Me debo detener en la crítica de Pablo L. Rodríguez en El País: “El scherzo perdió el espíritu de ländler y resultó impreciso en sus ritardandos”. Cierto, hubo imprecisiones que empeñaron un poco el resultado. Y también es verdad que perdió el espíritu de ländler, pero justamente eso es lo que me parece un total acierto. Mo me gustan los directores que interpretan este movimiento como danza. Lo adecuado me parece justo lo contrario, desdibujar el ritmo buscando la máxima flexibilidad, que es lo que Barenboim volvió a hacer en El Escorial. El balanceo del viaje por el Rin, ya saben. La rigidez le sienta mal a esta página.
Si al citado crítico el movimiento intermedio le pareció acartonado (sic), él sabrá. A mí me ha gustado más en otras ocasiones, pero creo que el maestro supo evitar ese gran peligro que la blandura. En fin, mejor dejar de hacer referencia a esa crítica (lectura aquí) que no solo no comparto en su sentido global, sino que me parece abiertamente malintencionada, amén de despistada: una vez más, ver los defectos de ejecución por encima de la transmisión de las ideas expresivas. Los árboles y no el bosque.
El paseo por la Catedral de Colonia siempre ha sido para Barenboim más meditación lacerante que imponencia y rotundidad, y así lo sigue siendo, aunque algún acento se lo he escuchado más dramático en otras ocasiones. Si se prefiere algo masivo a lo Karajan, pues perfecto. En el Finale, arriesgado por la relativa lentitud, volvieron imperfecciones y se percibieron problemas para otorgar unidad al discurso, que empezó con laxitud creo que voluntaria para luego ir acumulando fuerza, pero aun así me pareció una recreación de muy apreciable comunicatividad y perfecto estilo.
Si al citado crítico el movimiento intermedio le pareció acartonado (sic), él sabrá. A mí me ha gustado más en otras ocasiones, pero creo que el maestro supo evitar ese gran peligro que la blandura. En fin, mejor dejar de hacer referencia a esa crítica (lectura aquí) que no solo no comparto en su sentido global, sino que me parece abiertamente malintencionada, amén de despistada: una vez más, ver los defectos de ejecución por encima de la transmisión de las ideas expresivas. Los árboles y no el bosque.
El paseo por la Catedral de Colonia siempre ha sido para Barenboim más meditación lacerante que imponencia y rotundidad, y así lo sigue siendo, aunque algún acento se lo he escuchado más dramático en otras ocasiones. Si se prefiere algo masivo a lo Karajan, pues perfecto. En el Finale, arriesgado por la relativa lentitud, volvieron imperfecciones y se percibieron problemas para otorgar unidad al discurso, que empezó con laxitud creo que voluntaria para luego ir acumulando fuerza, pero aun así me pareció una recreación de muy apreciable comunicatividad y perfecto estilo.
Miren ustedes, en un mundo en el que se aclama a un artista del calibre de Kirill Petrenko, de técnica insuperable pero expresividad fría cuando no banal, y se reciben con entusiasmo destrozos históricamente informados por el mero hecho de atacar la tradición, un concierto como el de Barenboim y los suyos, con todos sus desajustes –menores que los de unas cuantas orquestas españolas, por cierto–, no es solo un acontecimiento de enorme valor artístico: es un gesto de rebeldía. Que nos dure muchos años.
Imagen: Facebook oficial del Teatro Auditorio de El Escorial.

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