miércoles, 15 de julio de 2020

Argerich y Capuçon en Granada: divergencia y convergencia

Martha Argerich es una artista de una personalidad arrolladora a la que suele, a mi entender de manera por completo acertada, calificarse como felina. Su fraseo es elástico, ágil y elegante como el movimiento de un guepardo, capaz de tanto de acelerarse como de frenar en seco en menos de un segundo y con absoluto control. Sus ataques son fieros e incisivos, a veces de singular violencia, pero siempre calculados con precisión. Hay mucho, muchísimo de nervio y de garra en sus maneras de hacer, sin que ello le impida alcanzar una enorme concentración cuando es necesario. Y su manera de abordar la música tiene algo de animal en el mejor de los sentidos, primando el instinto y la frescura sobre otras consideraciones.

A todo esto, y ya desde el punto de vista exclusivamente pianístico, hay que sumar un sonido carnoso y también un punto percutivo que la hace ideal para algunos repertorios, empezando por un Bartók o un Prokofiev, al tiempo que resulta discutible para otros. Como también lo es su tendencia a dejarse llevar por el mecanicismo en los momentos más brillantes de la música. Mecanicismo que, venturosamente, no incurre en esa sequedad en el toque de otros artistas empeñados en la limpieza digital a toda costa –pienso ahora en Yuja Wang–, porque el de Argerich es de singular riqueza y amante de los claroscuros, pero que sí la lleva en ocasiones a no matizar nota a nota como es debido.

Con semejantes mimbres, no es fácil que esta señora encaje con quien tiene al lado. Cuando lo hace junto al no ya felino, sino abiertamente gatuno Gidon Kremer, los dos se retroalimentan en sus defectos: la indigestión está asegurada. Como también cuando toca con Mischa Maisky, pero por la razón justamente contraria: ¿qué hace una fiera como tú con un blando como este? En otros casos se produce un interesante intercambio expresivo. Con Barenboim, por ejemplo: no se parecen gran cosa, pero al menos coinciden en el temperamento “romántico” y él le deja a ella hacer, e incluso acepta sus condiciones (¡cualquiera le lleva la contraria!) para bien de los dos. Algo parecido le ocurre con Renaud Capuçon, violinista de sonido hermosísimo, rico en armónicos, precioso legato y apreciable calidez en el fraseo, si bien de un temperamento apolíneo y cierto distanciamiento expresivo que en principio le alejan de las maneras de hacer de Argerich. Ello quedó de bien manifiesto en el recital que ambos ofrecieron el pasado lunes 13 ante el enmascarillado y nada tosedor –no por respeto, sospecho, sino por miedo que ser señalado como posible portador del coronavirus– que llenaba el aforo, reducido para la ocasión, del Palacio de Carlos V en Granada.


Empezó la velada con la Sonata para violín y piano nº 8 de Beethoven. Fue semejante a la de 2011 en YouTube que comenté en la entrada anterior: interpretación fresca y atractiva, soberbiamente tocada y muy rica en sus contrastes tanto sonoros como expresivos, pero lejos de la hondura y del equilibrio llamémosle “clásico” de otros intérpretes. Muy bien recibida por el público, en cualquier caso: tanta efervescencia no tiene más remedio que levantar muchos aplausos.

La Sonata para violín y piano nº 2 de Prokofiev voló muy alto. Argerich está aquí en su salsa, tanto por sonido como por temperamento, y captó muy bien el sarcasmo y la potencia del autor –tremendos los acordes de la mano izquierda–, pero lo más interesante es que su compañero aportó un lirismo ideal para esta obra en concreto, tan neoclásica ella y pensada en origen para un instrumento sin los filos ni los componentes irónicos del violín. Por cierto, que hace años se la escuchamos en Jerez en su versión original a la flauta de Emmanuel Pahud con el piano de Stephen Kovacevich, precisamente exmarido de Argerich. En Granada la combinación fue perfecta, memorable el resultado.

Sonata para violín y piano de César Franck para terminar. Es decir, una de las obras más maravillosas de toda la historia de la música de cámara. Y una de las más difíciles de interpretar: ¿cuántas grabaciones redondas conocen ustedes? Pues eso. Argerich la había grabado varias veces. He vuelto a escuchar la que creo que es la última, con Perlman: una lectura distinta, muy discutible, por poner en primer plano los aspectos más tormentosos de la partitura. No podía ser menos con el violín afiladísimo y siempre incandescente de Itzhak. Capuçon es el otro extremo: suave en el timbre, contemplativo en el temperamento, mucho más “francés”, pero por eso mismo también algo más hedonista de la cuenta. Como en su filmación de hace algunos días, también comentada en la entrada anterior, él se quedó corto en el primer movimiento y destiló elevada poesía en el tercero; ella mandó en el segundo y en un cuarto (¡qué sublime música!) en el que los respectivos temperamentos convergieron en perfecta simbiosis. A la postre, una más que notable interpretación.

Último movimiento de la Kreuzter de propina: temperamento a tope y largos aplausos. Creo que todos salimos muy contentos, empezando por los propios artistas.

PD: la foto la he tomado del Facebook oficial de Renaud Capuçon.

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