martes, 7 de enero de 2020

Concierto de la OJA y la Fundación Barenboim-Said en Sevilla con Heras-Casado

Estuve el pasado sábado 4 en Sevilla escuchando un concierto ofrecido conjuntamente por la Orquesta Joven de Andalucía y la Academia de estudios orquestales de la Fundación Barenboim-Said. Este evento suponía a su vez el muy tardío debut en el Teatro de la Maestranza de Pablo Heras-Casado, un director que las primeras veces que le escuché despertó en mí un enorme entusiasmo y que, desde un tiempo a esta parte, me ha venido defraudando de manera muy considerable, independientemente de que siga albergando un talento descomunal: ahí está ese Sombrero de tres picos que, aun discutible en demasiados aspectos y lastrado por severas irregularidades, resulta de conocimiento imprescindible por la cantidad de cosas nuevas que nos dice acerca de la partitura falliana. El programa sevillano, por su parte, era de enorme popularidad: suite de El cascanueces de Tchaikovsky y Sinfonía nº 1 de Mahler. Sobre las dos partituras he dejado recientemente en este blog sendas discografías comparadas.


Un concierto como este no es fácil de comentar. Habitualmente uno va a ver “qué hace el director”, cómo interpreta las obras que tiene sobre el atril. Pero en esta ocasión de lo que se trata es de ver cómo funcionan técnicamente los jóvenes músicos congregados, y por ende la principal labor de la batuta no es ofrecer su versión, sino hacerles sonar bien. De hecho, lo más probable es que la mayor parte de los esfuerzos del maestro se enfoquen hacia esto último, y que no tenga mucho tiempo, ni tampoco los medios adecuados, para decir algo interesante con las partituras. Solo cuando no hay que estar pendiente de cuestiones técnicas básicas puede dedicarse uno a interpretar. ¿Es casualidad, por tanto, que en el programa del pasado sábado las partes que funcionaron mejor en lo expresivo fueran las tocadas de manera más satisfactorias, y que a su vez las que conocieron una ejecución más deficiente fueran las más mediocremente interpretadas? Me parece a mí que no.

Precisamente lo más flojo de la velada fue una “Obertura miniatura” deshilachada, mal construida, en la que los violines llegaron a tocar cada uno por su lado y rozaron la cacofonía. El empaste mejoró en los siguientes números de la suite de El cascanueces, pero el maestro, quizá por tener que dedicarse a las cuestiones básicas arriba referidas, se mostró más bien soso y rutinario. Hay que reconocer, en cualquier caso, que no hubo frivolidades ni cursilerías, y que en la “Danza árabe” fue capaz de ir relativamente rápido marcado sin caer en la levedad. Punto y aparte fue el “Vals de las flores”: con una cuerda (¡ahora sí!) irreprochablemente empastada y trabajada con admirable plasticidad, Heras-Casado desplegó esa particular mezcla de voluptuosidad, elegancia y entusiasmo que esta maravillosa música necesita. Aquí sí hubo gran orquesta y gran maestro. Y una espléndida arpista.


Buena interpretación de la Sinfonía nº 1 de Gustav Mahler la que se ofreció en la segunda parte de la velada. Y quizá más sensata en lo expresivo que las que en este mismo teatro le escuchamos hace ya algunos lustros a Abbado con la Filarmónica de Viena y a Sinopoli con la Philharmonia, fría y amanerada la primera, histérica la segunda de ellas. En cualquier caso, se trató también de una versión irregular y sin una idea expresiva clara detrás: no nos terminamos de enterar qué clase de Mahler es la que pretende hacer el maestro granadino. El primer movimiento lo planteó desde la más absoluta ortodoxia, con sensatez e irreprochable musicalidad, destilando el misterio adecuado en toda la introducción, cantando bien la melodía de “Ging heut’ margen übers Feld” y sabiendo ser festivo en los momentos más exultantes. Mucho menos convincente el Scherzo, enérgico pero en exceso rápido y cuadriculado, sin la holgura y la flexibilidad adecuadas; sí que funcionó el trío, con su punto prescindible -aunque habitual- de portamentos y de suavidades, pero dicho con encanto. Se agradeció que la marcha fúnebre estuviera desgranada sin prisas, con atención al misterio, ya que no con especial ironía ni sentido de lo popular. Desdichadamente, al llegar al lied Heras-Casado cayó en la trampa de la blandura en la que incurren demasiados directores. Qué música más bonita y tal.

Lo mejor de todo el concierto fue el cuarto movimiento, de nuevo en una feliz y lógica conjunción entre lo puramente técnico y lo expresivo. Me decía un amigo que esto parecía lo más ensayado, y tal vez tuviera razón. Porque la orquesta, que en resto del Mahler realizó una labor digna en la que apenas hubo que reprochar algún que otro desajuste o inseguridad, parecía aquí transfigurada y supo dar lo mejor de sí bajo las órdenes de una batuta que interpretó esta habitualmente soporífera página con gran convicción expresiva, trazando con enorme seguridad la arquitectura, sorteando el escollo de la ensoñación en la primera sección lírica -que tampoco fue muy emotiva- y conduciendo las tensiones hacia un final brillante, más dramático que grandioso, diríase incluso que visceral, y por ende pleno de sinceridad: justo lo que esta música más bien insincera necesita. El triunfo entre el público fue grande y merecido.

Hay un par de cosas más que me gustaría decir sobre el concierto, pero no tienen que ver con la música propiamente dicha. Quizá las escriba más adelante. Ah, las fotografías las he tomado del Facebook de la Fundación.

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