Creo que fui uno de los primeros que en España escribió poniendo por las nubes a Lahav Shani. Ya me interesó en una primera entrada de junio de 2019, y ya en la tercera, publicada el mismo mes, llegué a decir "que podríamos encontrarnos, quizá, ante uno de los más grandes directores del siglo XXI". Han pasado seis años y medio. La interrogación la convierto en definitiva afirmación después de haber escuchado, vía streaming, el concierto ofrecido al frente de la Filarmónica de Berlín el pasado fin de semana, mientras yo estaba en Colonia. Mi padre -ochenta y ocho años recién cumplidos, por cierto- me había contado por teléfono que era una auténtica maravilla, y luego Ángel Carrascosa lo puso por las nubes en su blog. Yo no me quedo precisamente atrás en la valoración del evento.
Nunca me había gustado tantísimo esa breve maravilla que es La pregunta sin respuesta de Charles Ives, aunque solo la mitad del mérito es del joven maestro israelí: a él se debe el grado de intensidad creciente de las réplicas de las maderas, que estará en la partitura pero jamás había escuchado tan bien definido. La otra mitad corresponde a los artistas excepcionales que están detrás de esas maderas, a la trompeta y a toda la increíble cuerda berlinesa.
A tal cuerda, tal concertino principal. El japonés Daishin Kashimoto se atreve con el acongojante Concierto para violín nº 1 de Shostakovich y alcanza resultados excepcionales. Globalmente le supera el inmenso David Oistrakh, y quizá también lo haga Vengerov -ver discografía comparada-, pero tanto en lo técnico (¡qué tremenda la Cadenza del tercer movimiento!) como en la expresivo se encuentra a la misma altura que otros grandes que han abordado la página. La dirección de Shani, trazada con enorme solidez y de excepcional depuración técnica, me ha recordado a la que Barenboim le hizo al citado Vengerov en ese audio aún disponible en YouTube: tensa, antes dramática que atmosférica y de apreciable mordacidad. En perfecta sintonía el uno con el otro, Kashimoto y Shani nos entregan un primer movimiento muy notable -solo eso- y un segundo magnífico para luego pasar a una Passacaglia y un Finale de absoluta referencia. No es poco.
Nivel todavía superior en la Sinfonía nº 9 de Antonin Dvorák. Sí, han leído bien. En breve: no es la-mejor-versión-que-existe, pero sí que se ha convertido en mi favorita de cuantas he escuchado. Cuestión personal, claro: Lahan Shani hace con esta partitura lo que a mí me más me gusta, es decir, olvidarse del lirismo contemplativo, incluso de la sensualidad y de la ternura, para poner el dedo en la llaga y hurgar en ella. Interpretación altamente dramática, con frecuencia rebelde, llena de dolor y sonada con una aspereza digamos que eslava de lo más conveniente, pero no por ello descuidada -todo lo contrario- en lo que a belleza formal se refiere. De hecho, el dominio de los medios es tan absoluto que pocas interpretaciones se han escuchado tan soberbiamente planificadas con la presente.
El resultado es una especie de "Furtwängler de guerra", pero sin libertades en la agógica, con muchísimo mayor autocontrol y dosis muy superiores de refinamiento sonoro. Sí, ya sé que no se conserva ninguna grabación del mítico maestro alemán -la que hay es un fake como la copa de un pino-, pero quizá logre hacerme entender si les digo que esta recreación de Shani es algo así como una radicalización, con mayor técnica e imaginación de por medio, de las dos que nos dejó Istvan Kertész. No se parecen a las excepcionales de Celibidache en Múnich, y resulta muy distinta a la de Giulini en Chicago, otra de las más grandes. Mi favorita hasta ahora era la de Böhm con la Filarmónica de Viena. Ambas comparten la negrura del enfoque, pero la resolución de la idea es por completo dispar.
Concretar por movimientos es difícil. Decidido, directo al grano el primero, sin rastro de portamenti. Desolado, sin asomo de blandura el segundo. El tercero no necesita ser protobruckneriano como los de Kertész, pero por ahí van los tiros; el Trío es el único momento en el que Shani baja la guardia y nos deja gozar de la música, aunque no deje de aportar algún detalle inquietante.
¿Y el Finale? Voy a decir lo que jamás se debe decir, porque es una tontería: me parece muy, pero que muy superior al de todas las versiones en disco o vídeo que un servidor haya escuchado, que hasta el día de hoy son cincuenta -aquí discografía comparada-. La más rabiosa, implacable y dramática. La más sincera. La que por fin hace justicia al drama que se ha venido intuyendo en los tres movimientos anteriores. Y, mucha atención, la más increíblemente bien diseccionada de todas. Nunca se había percibido con semejante transparencia el entramado orquestal. Quizá tampoco se había tocado así de bien. ¡Qué técnica la de la orquesta y de la batuta! Bueno, esto último es un decir, porque el maestro dirigió con los brazos.
Pregunta inevitable: ¿es Lahav Shani superior a Klaus Mäkelä? David Hurwitz ha llegado a compararle a este último con un muñeco Ken de la Barbie: entiendo que la intensísima campaña de promoción, que aquí en España ha estado capitaneada por el aún poderoso Antonio Moral, llega a producir rechazo, y que debe de haber mucho dinero detrás del joven maestro, pero considero que el finlandés se encuentra lleno de talento. Ahí está su referencial Pájaro de fuego con la Orquesta de París, o esa soberbia Sinfonía alpina también en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín. Dicho esto, a Mäkelä se le han escuchado demasiadas cosas que solo están medianamente bien -la Nuevo Mundo, sin ir más lejos-, mientras que Shani parece ofrecer mayor regularidad y, sobre todo, un punto de vista interpretativo más interesante: la intensidad en la expresión por encima de cualquier otra circunstancia. El de Tel Aviv ha llegado ya a lo más alto en partituras de especial dificultad expresiva. Mäkelä, aun con técnica de batuta en absoluto inferior, aún no. Apuesto por Shani.

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