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Yannick triunfa con el Concierto para orquesta

Hace un rato fui incapaz de resistirme a escribir algo sobre el Tercero de Prokofiev por Yuja Wang, y ahora me ocurre exactamente lo mismo con el Concierto para orquesta de Bartók por Yannick Nézet-Séguin que acaba de lanzar Deutsche Grammophon en una caja de seis compactos dedicada a la relación entre el director canadiense y la Filarmónica de Rotterdam, cuya titularidad abandona justo ahora. Pero lo hago justo por el motivo contrario: me ha encantado.


Y lo ha hecho a pesar del relativo lastre que supone, precisamente, la formación neerlandesa: ni la cuerda tiene una sonoridad del todo compacta, ni los metales están a la altura de los de las grandísimas orquestas –Chicago y Berlín sobre todo– que nos han dejado testimonios fonográficos señeros de esta partitura. Pero Yannick la modela magníficamente, la hace respirar de la manera adecuada, encauza con absoluto acierto expresivo cada una de las intervenciones solistas y consigue una claridad insólita, todo ello al servicio de un concepto que mezcla de manera admirable frescura y mala leche, atmósfera y sentido del humor, sin necesidad de cargar las tintas pero yendo mucho más allá de la mera exhibición virtuosística.

Lo menos admirable es el primer movimiento, irreprochablemente expuesto y bien tensado, pero sin ese plus de visceralidad controlada de que hacía gala un Solti y, en general, dicho con cierta impersonalidad. Notable pero no sobresaliente, pues, excelencia que sí se alcanza en un segundo movimiento analizado con lupa pero no por ello precisamente frío: la mordacidad y la jocosidad nada inocente se ponen en primer plano. Demuestra además Yannick un olfato para las texturas soberbio, el cual cobra aún más importancia –lógico– en un tercero que sabe ser nocturnal, misterioso y sugerente, pero también terriblemente trágico, y hasta desgarrado, en su dramática sección central.

En el cuarto la retranca no se limita a las citas de Lehár y Shostakovich (¡qué intencionalidad la de los solistas!), sino que también aparece en las secciones extremas, cuyo lirismo más o menos folclórico no supone en esta interpretación un soplo de aire fresco frente a la cargada atmósfera del movimiento anterior, sino que se encuentra lleno de desazón y de intensa emotividad.

El quinto, finalmente, es un prodigio: no solo posee toda la fuerza y la jovialidad adecuada, además de un estupendo sentido del ritmo y una adecuada rusticidad sonora, sino que además se encuentra increíblemente bien analizado: juro haber escuchado aquí cosas –pasajes fugados de la sección central, sobre todo–  que se me habían pasado por alto incluso con Boulez y con Chailly, que eran hasta ahora el no va más en lo que análisis de esta partitura se refiere.

En fin, si no me creen tienen ustedes disponible el registro en la plataforma Tidal –estoy suscrito a ella, y ahí lo he escuchado–, como también en Spotify. Le recomiendo que no se lo pierdan.


Comentarios

Anónimo ha dicho que…
He comprado hace poco esos discos y la verdad es que tiene usted razón; esa versión es excelente. Otra que me ha parecido fabulosa es la 8ª de Bruckner. Le recomiendo que la escuche, a ver qué le parece a usted.
Un cordial saludo.

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