Estaba cantado que este Sueño de una noche de Verano de Benjamin Britten que presentó ayer jueves el Teatro de la Maestranza iba a ser sensacional. La producción escénica del gran Laurent Pelly llegaba con excelentes críticas, y con la parte teatral resuelta con enorme altura ya el resultad global tenía que ser muy disfrutable. Lo que ocurre es que pensábamos que lo musical se quedaría en lo solvente sin más, cuando a la hora de la verdad este apartado también ha funcionado de maravilla.
Responsable principal de semejante triunfo fue un señor para mi desconocido que se llama Corrado Rovaris, de origen italiano y actual director musical de la Ópera de Philadelphia. ¡Menudo trabajo de foso! No solo trató con enorme depuración sonora -la orquestación es camerística, por lo que cualquier desliz queda muy en evidencia- a una Sinfónica de Sevilla transfigurada, hasta el punto de que bajo su batuta parecía otra. Lo importante es que al mismo tiempo consiguió excelentes resultados expresivos en una partitura que corre el grave riesgo de resultar sosa. No fue el caso: hubo dinamismo, chispa, desparpajo y comicidad, como también muchísima concentración, carácter onírico y -sobre todo- elevación poética. Los primeros atriles de la citada ROSS, entregadísimos, fueron perfectos cómplices del maestro, siendo de justicia señalar la stravinskiana trompeta de Fabio Brum, asociada al personaje de Puck. ¡Y qué decir de la Escolanía de los Palacios! Salvando un final del segundo acto en el que hubo problemas de afinación, las jovencísimas criaturas ofrecieron una actuación sobresaliente pese a la longitud extrema de su parte. Su directora Aurora Galán fue una de las grandes triunfadoras de la noche, con toda justicia. Creo que las madres también salieron orgullosas.
Nivel vocal medio-alto de apreciable equilibrio, lo que en una partitura "coral" como la presente resulta imprescindible. Lo menos bueno fue el Oberon de Xavier Sabata, refinado en el canto pero con poquita voz y tendencia a lo melifluo. Lo mejor, una formidable Tytania de Rocío Pérez, instrumento de fuste y línea de enorme solidez: su rol es el más "operístico" de todos, y brilló haciendo gala de una amplia gama de recursos canoros en su decisiva "aria". Muy bien las dos parejas de amantes: Michael Porter como Lysander -sustituyendo a David Portillo, que cantará las dos siguientes funciones-, Heather Lowe como Herminia, Joan-Martín-Royo como Demetrius y Aoife Miskelly como Helena. Sin fisuras el grupito de artesanos encargados del teatrillo final. Fue muy aplaudido el sevillano Juan Sancho, aunque con toda lógica el triunfo fue de David Ireland, un Botton muy bien cantado pese a una emisión seriamente perjudicada por la cabeza de burro. Sin problemas los duques, Tomislav Lavoie y Sian Griffiths.
Laurent Pelly propone un espacio oscuro sin apenas escenografía: estrellas, espejos y poco más. Como escribe en las notas del programa de mano, sugerir es mejor que mostrar. Cierto es, pero hay que sugerir bien, y él lo hace con una sensibilidad estética exquisita. Lo que se ve es hermosísimo, amén de imaginativo en el mejor de los sentidos. La atención los tres planos que ya estaba en Shakespeare -con otras tantas maneras de hablar perfectamente diferenciadas- y después pasa a Britten -tres sonoridades orquestales- encuentra su correlato también en la parte escénica. Se añaden, además, varias reflexiones metalinguïsticas sobre la que ya estaba en el original shakesperiano: el teatro de ópera como bosque de los sueños, como espacio de la libertad, como lugar en el que las pasiones se desatan y lo más improbable puede ocurrir.
En cualquier caso, lo mejor de todo fue la dirección de actores, cuidadísima hasta el más mínimo detalle, plagada de detalles que enriquecen situaciones y personajes, divertidísima cuando debe y llena de animación, pero no por ello proclive al mareo gratuito: el ajuste con la música es absoluto. ¡Menuda lección de cómo combinar creatividad y respeto frente a tantos registas empeñados en luchar contra la partitura por aquello de poner en primer término sus obsesiones o de llamar la atención. Sí, estoy pensando en el sevillano Rafael Villalobos, quien también debería aprender de Pelly y de su asistente Luc Birraux a la hora de obtener una respuesta escénica de los cantantes; todos, absolutamente todos los aquí congregados, se comportaron como actores profesionales, particularmete un David Ireland de desprejuiciada y necesaria ordinariez. Mención especial, especialísima, para la actriz Charlotte Dumartheray,que como Puck no tuvo que cantar pero si volar cabeza abajo y realizar toda clase de diabluras. La expresividad de su mímica es de absoluta excepcionalidad y contribuyó muchísimo a redondear una de las mejores funciones de ópera en el Maestranza de los últimos años. El público salió cansado -son tres horas-, pero visiblemente feliz de la representación.
Por cierto, el recital de Arcadi Volodos promete ser glorioso y se han vendido pocas entradas. ¿Qué demonios está pasando?
Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza




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