miércoles, 29 de abril de 2020

Dvorák de Abbado en Berlín, cosecha del 93

De unos conciertos que tuvieron lugar en la Philharmonia entre el 16 y el 19 de noviembre de 1993 procede este disco Dvórak protagonizado por Claudio Abbado y la Filarmónica de Berlín editado en su momento por Sony Classical. De él merece la pena escuchar La bruja del mediodía, poema sinfónico que recibe una sensacional recreación, teatral y contrastada, llena de fuerza expresiva –tremendo el final–, acertada en las atmósferas y muy matizada, además de beneficiada de una orquesta tratada con plasticidad asombrosa. Solo algún pasaje un punto más suave de la cuenta empaña la excepcionalidad.


No sé que obra concertante hubo de por medio, pero lo cierto es que en la segunda parte llegó la Octava sinfonía del genial compositor checo. Abbado ofrece una interpretación vitalista a más no poder, radiante de entusiasmo, poderosa y contrastada, pero en la que la búsqueda de la espectacularidad a toda costa termina desprendiendo una sensación de insinceridad que se acentúa en ciertos pasajes en los que el tratamiento de la cuerda resulta –otra vez– en exceso suave sin que la cosa vaya a mayores, y que resulta grave en dos momentos esenciales: la vuelta del scherzo tras el trío (3:42) y el regreso del tema melódico en el cuarto movimiento (5:15), en ambos casos con esos pianísimos ingrávidos marca de la casa, es decir, del muy desigual Abbado de los noventa del que este disco es buena muestra.

La toma sonora no es muy clara ni perfecta en lo tímbrico, pero al menos posee una amplísima gama dinámica –se grabó a bajo volumen– que resulta ideal para las dos obras.

martes, 28 de abril de 2020

Las más altas cimas pianísticas

En diciembre de 2019, Michael Barenboim, Kian Soltani y Daniel Barenboim ofrecieron varios conciertos en la Sala Pierre Boulez de Berlín con los Tríos de Beethoven. Fueron filmados, y ya empiezan a conocer difusión "por ahí"... Confiemos en que pronto circulen comercialmente por todas partes.


Anoche pude ver los dos primeros tríos de la op. 1, y me fui a la cama conmocionado: Michael está francamente bien y Kian realiza una magnífica labor, pero lo increíble es lo de Daniel, quien se supera a sí mismo con respecto a su antigua y ya memorable grabación para EMI, con Zukerman y Du Pré, escalando unas cimas pianísticas tal vez nunca alcanzadas.

Lo digo literalmente. Este señor se ha convertido ya, con permiso del genial Claudio Arrau, en el más grande pianista de los que hay testimonio sonoro. Cada año que pasa se muestra más rico en concepto, más creativo en los matices, más sensible y, en definitiva, más inspirado. Quedó claro en las Diabelli y en el Quinteto de Schumann de estos últimos días. Para encontrar algo similar habría que remontarse al Chopin del citado Arrau en su madurez, quizá tambien al último Debussy que grabó el maestro chileno. Y poco más. Insisto: esto es pianismo al más alto nivel que se ha escuchado nunca en cualquier repertorio. Esperamos como agua de mayo cualquier otra nueva grabación del de Buenos Aires.

PS. Este texto es una nueva versión de uno que publiqué esta mañana y que un amigo me pidió modificara.

lunes, 27 de abril de 2020

Sinfonía de Korngold: discografía comparada

Actualización 27. IV. 2020.

Esta entrada se publicó inicialmente el 15 de abril de 2010. Añado ahora un par de grabaciones más: Marc Albrecht y John Wilson.
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En 1947 Erich Wolfgang Korngold decide despedirse de la música de cine, mundo en el que nunca se había sentido del todo cómodo, para dedicarse por completo a la creación para conciertos. Fruto de este empeño es su única Sinfonía, cuya partitura completa –lleno de ilusiones– en 1952. Escrita en Fa sostenido mayor y estructurada en cuatro movimientos, el contexto artístico en que vio la luz –unos le acusaron de retrógrado, otros de en exceso avanzado– y su algo irregular inspiración –a pesar de la belleza de temas recuperados de varias de sus películas– condenaron la obra al menosprecio.

El estreno, realizado de manera al parecer muy deficiente por la Sinfónica de Viena bajo la dirección de Harold Byrns el 17 de octubre de 1954, quedó relegado a las ondas radiofónicas, y no fue hasta 1972, gracias el empeño del gran Rudolf Kempe, cuando la obra se interpretó frente al público. Desde entonces la partitura se ha ido incorporando paulatinamente al repertorio, pero aun hoy son escasas las grabaciones comerciales de la misma. La mayor parte de estas se recogen en la siguiente comparativa.


1. Rudolf Kempe/Filarmónica de Múnich (Varèse Sarabande, 1972). Al mismo tiempo que presentaba por primera vez la partitura en una sala de conciertos, el maestro alemán registraba esta lectura tensa, dramática y por momentos escarpada, siempre sincera y emocionante, como también muy ajena al decadentismo y la sensualidad vienesas, lo que no quiere decir que no consiga momentos de gran atmósfera y sentido del misterio. Siendo soberbios los dos primeros movimientos, el adagio podría aún ser más sensual y efusivo, e incluso alcanzar mayor vuelo lírico, aunque en contrapartida posee un carácter anhelante y dramático muy atractivo. En el final, por fortuna, Kempe no carga las tintas de lo lúdico ni apuesta por la opulencia. La toma sonora presenta una dinámica algo estrecha. (10)


2. Werner Andreas Albert/Northwestdeutsche Philharmonie (CPO, 1988). Una visión lírica, sensual y, sobre todo, misteriosa, que no termina de convencer por la relativa falta de tensión interna y de fuerza dramática, así como por cierta tendencia de la batuta a suavizar aristas y a ofrecer frases algo más dulces de la cuenta. En cualquier caso hay que reconocer aciertos como el sabor particularmente siniestro del final del primer movimiento, o el carácter inquietante del trío del scherzo. Dignísima la orquesta. (8)



3. Edward Downes/BBC Philharmonic (Chandos, 1992). El desaparecido director británico ofreció la interpretación hollywoodiense por excelencia, muy brillante y espectacular, muy bien trazada y sonada, pero un tanto superficial, carente tanto de sentido trágico como de atmósfera. Tampoco ofrece todo ese el lirismo digamos “anhelante” que la partitura alberga. Recreación más vistosa y seductora que profunda, pues. (7)



4. Franz Welser-Möst/Philadelphia Orchestra (EMI, 1995). Haber pasado a serie barata le ha dado una gran difusión a esta lectura extrovertida, vistosa, muy “cinematográfica”, dicha con energía pero también con la brocha gorda, el escaso vuelo lírico, la superficialidad y la escasa sinceridad que son habituales en el sobrevalorado director austríaco. Muy revelador en este sentido el ataque de vulgaridad en el clímax del tercer movimiento. La orquesta, por descontado, es fabulosa. (6)



5. André Previn/Sinfónica de Londres (DG, 1996). Como era de esperar tratándose del gran apóstol de la música de Korngold en la actualidad, André Previn ofrece una recreación llena de fuerza interna, claridad y colorido, logrando equilibrar en su punto justo la imprescindible dosis de brillantez y extroversión “cinematográficas” con la introversión, el vuelo lírico y ese decadentismo “vienés” que le dan a esta obra su mayor atractivo. La orquesta está aprovechadísima, tocando con un virtuosismo y una limpieza asombrosas. El tercer movimiento no es tan acongojante como el que años más tarde grabará Pedro Halffter, eso es cierto, y sus melodías no vuelan tanto, pero a cambio posee más rebeldía y fuerza dramática. Por si fuera poco, la grabación es soberbia. (10)



6. Pedro Halffter/Filarmónica de Gran Canaria (Warner, 2007). Siendo la del director madrileño una lectura ortodoxa, idiomática y con la suficiente brillantez, lo que la hace sobresalir de las demás es su carácter atmosférico, marcadamente gótico, lo que se traduce en un Adagio sobrecogedor, muy lento y muy bien paladeado, que ofrece un gran sentido de lo amoroso y de la efusividad al tiempo que nos hace respirar un irresistible aire trágico, por momentos acongojante. Los movimientos extremos están dichos con sinceridad, sin la menor retórica, pero se echa de menos algo más de nervio y garra dramática. En el segundo sorprende la tremenda lentitud del trío, especialmente denso y atmosférico. Meritoria labor de la orquesta. En conjunto, una irregular pero muy importante versión. (9)



7. Marc Albrecht/Filarmónica de Estrasburgo (Pentatone, 2010). El talentoso maestro alemán ofrece una interpretación llena de vida, de animación y de sentido teatral, por momentos altamente descriptiva, aunque no del todo sensual oniatmosférica. Digamos que gana en inmediatez y comunicatividad lo que pierde en vuelo poético. En cualquier caso se encuentra muy bien paladeada –los tempi no son rápidos ni hay rastro de nerviosismo–, la planificación de las tensiones es irreprochable y la orquesta está francamente bien trabajada: lejos de la vulgaridad de un Welser-Möst o de la superficialidad de un Downes, por tanto. La toma es especialmente buena, sobre todo si se la escucha en SACD multicanal: los altavoces traseros recogen una apreciable y conveniente reverberación. (9)


8. Wilson/Sinfonia of London (Chandos, 2019). John Wilson ha realizado una soberbia labor recuperando el sonido de los musicales de Hollywood de los años cuarenta y cincuenta, pero como director de repertorio “de concierto” parece dejar bastante que desear, a tenor de esta interpretación no muy intensa, ni paladeada, ni comprometida, que pasa de largo ante las bellezas de la partitura y que, comprensiblemente, mira en exceso hacia el mundo del cinematógrafo aligerando y frivolizando la página, cuyo gran clímax dramático del tercer movimiento –como le ocurría a Welser-Möst– suena hinchado para luego pasar a un Finale en exceso lúdico. Tampoco la toma, realizada en alta definición a bajo volumen, es todo lo buena que debería. (7)


La cosa está clara: la interpretación más recomendable en su conjunto, atendiendo tanto a la calidad interpretativa como al sonido, es la de André Previn. La de Kempe hará disfrutar muchísimo quien logre encontrar (¡cuidado con los abusos en internet!) un ejemplar a un precio razonable: yo pillé el mío hace pocos meses personándome en Rosebud (enlace). Y la de Pedro Halffter, pese a sus relativas desigualdades, me parece casi imprescindible para profundizar en la partitura.

domingo, 26 de abril de 2020

Quinta de Mahler por Horenstein: una referencia

Ayer escuché este registro para incorporarlo a la discografía comparada que estoy terminando. Pero quedé tan conmocionado que quiero dejar ya unos apuntes. Corría el año 1961. La Quinta de Mahler no era todavía una pieza del gran repertorio y apenas se había asomado al mundo discográfico. El señor Jascha Horenstein le coge la orquesta a Karajan, se va al Festival de Edimburgo y levanta una interpretación que no solo es que fuera excelente para la época. Es que, recuperada hace poco por los chicos del sello Pristine Classical, puede situarse como una de las más grandes de las que tenemos testimonio fonográfico, y desde luego como un modelo del Mahler que se debería volver a hacer. Porque muy poco después llegó Bernstein y abrió una nueva línea que él se creyó a pies juntillas y materializó como nadie (¡increíble, sobrenatural su grabación digital con la Filarmónica de Viena!), pero que dio pie a que otros directores convirtieran esta música en un monumento a la vulgaridad, la dulzonería, o montaran el numerito de cara a la galería. Y cuando llegó Muerte en Venecia, no digamos la que se lio.


¿Y cómo es este Mahler? Ya lo están ustedes imaginando: negro, intenso y expresionista a más no poder, nada rápido en los tempi, muy flexible cuando ello es necesario para conseguir determinados fines expresivos, pero siempre sujeto por riendas firmes y, eso por descontado, por completo ajeno a preciosismos, amaneramientos, blanduras o éxtasis místicos. Los dos primeros movimientos renuncian a lo quejumbroso para poner directamente el dedo en la llaga. El gran Scherzo central no anda escaso de chispa ni de sentido del humor, pero posee una gran visceralidad, rusticidad sonora bien entendida y cierto carácter rugiente; a la postre, lo demoníaco termina imponiéndose. El Adagietto no es contemplativo bajo la batuta de Horenstein, sino doliente y encendido. Y el Finale está llevado por un tremendo impulso vital en el que resulta difícil distinguir qué es júbilo y qué risa desesperada. La coda está llevada con lentitud y evidencia la renuncia a todo efectismo, pero no por ello el público deja de lanzarse a aplaudir con enorme entusiasmo.

La toma de sonido es muy precaria, a pesar de la concienzuda restauración realizada por Pristine. A esta se le puede discutir el relieve artificial que se le ha concedido a las frecuencias graves, si bien es verdad que sin ellas no se puede entender el sonido propio de la Berliner Philharmoniker. Dejemos a un lado estas consideraciones: audición imprescindible para quienes aman la obra. Junto con Barbirolli y Bernstein, versión de referencia.

sábado, 25 de abril de 2020

Réquiem de Berlioz por Barenboim

¡Menuda versión se marcaron ayer Daniel Barenboim y varios miembros de la Staatskapelle de Berlín del sublime Quinteto con piano de Schumann! Estará unos días en YouTube y después se quedará en Medici TV, así que si ustedes no están suscritos a esa plataforma, corran para no perdérselo. Pero no es de eso de lo que yo quería escribir ahora, sino de una versión del Réquiem de Hector Berlioz que hasta ahora no había escuchado, la que grabó el maestro de Buenos Aires al frente de la Orquesta de París en junio y julio de 1979 en la Maisón de la Mutualité de la capital francesa para Deutsche Grammophon. Plácido Domingo era el tenor. El registro ha llegado a mis estanterías gracias a una caja llamada The Art of Daniel Barenboim que me ha permitido rellenar algunos huecos que me faltaban en la discografía del maestro, y que como está baratísima en Amazon (¡37 euros 16 discos!) les recomiendo a ustedes que se compren sin dudar.


Pero vamos al Berlioz: creo que esta es la dirección que más me gusta de cuantas conozco. Contra todo pronóstico, porque conociendo cómo hacía las cosas el de Buenos Aires por aquella época, podría pensarse que su recreación iba a acentuar los aspectos dramáticos de esta irregular y desequilibrada página, que no son los más importantes, para descuidar lo mucho que tiene de misticismo, de sensualidad y de magia poética. Pues no, nada de eso: Barenboim no solo frasea con una concentración milagrosa, sino que destila una acongojante mezcla de voluptuosidad terrena, reflexión humanística y elevación espiritual como quizá ningún otro director lo haya logrado. Y lo hace, además, modelando a la Orquesta de Paris con una morbidez y una plasticidad netamente francesas que, a decir verdad, en aquellos tiempos de su titularidad no terminada de dominar.


Estupendo el Coro de la Orquesta de París. Plácido Domingo evidencia tiranteces en el agudo, pero su bellísima voz se encuentra en su mejor momento, el canto es de la calidez acostumbrada en el tenor madrileño y su fervor religioso parece incuestionable: ¡ni rastro del distanciamiento algo envarado con que otros cantantes abordan esta parte!

El inconveniente, como no podía ser menos en esta obra, es la toma sonora: admirable desde el punto de vista tímbrico, se encuentra poco lograda en lo que al equilibrio de planos se refiere, y anda muy holgada en gama dinámica. ¡Lástima! Así las cosas, y dado que ni Colin Davis ni Leonard Bernstein tampoco tuvieron mucha suerte con la ingeniería, quizá la grabación más recomendable en cuanto a equilibrio entre calidad interpretativa y toma sonora sea la que grabó André Previn con la Sinfónica de Londres en 1980. Pero si pueden escuchen esta de Barenboim, porque merece mucho la pena.

jueves, 23 de abril de 2020

Ravel por Boulez en Berlín: un Bolero de referencia

Este disco no me era precisamente desconocido, pero ahora he tenido la oportunidad de escucharlo en Super Audio CD. Mi madre la oca en versión ballet, Una barca en el océano, Alborada del gracioso, Rapsodia española y Bolero son las páginas de Maurice Ravel seleccionadas por Pierre Boulez y Deutsche Grammophon para este registro con la Berliner Philharmoniker realizado en marzo de 1993 –yo estaba entonces terminando la carrera, cómo pasa el tiempo– en la Jesus-Christus-Kirche de Berlín. El resultado fue increíble en lo que a la tecnología se refiere, y si en compacto normal no cabía sino descubrirse ante la labor de los ingenieros de sonido, en este nuevo formato nos quedamos con la boca abierta. Y no, no hay instrumentos "por detrás": en los canales traseros únicamente se recoge la reverberación. Otra cosa hay que decir en lo que a las interpretaciones se refiere, porque entre ellas hay de todo.


Ya en Mi madre la oca se hacen evidentes las virtudes de este Ravel: perfecta arquitectura, asombrosa depuración sonora, claridad absoluta, elegancia sin el menor asomo de amaneramiento, alejamiento de lo decadente y logro de esa particular elegancia indolente típicamente francesa. Ahora bien, asimismo quedan en evidencia las habituales limitaciones de Boulez en este repertorio. Hay escasa animación y muy poco sentido teatral. Los timbres se encuentran difuminados en su punto justo, pero ofrecen escasa variedad y son parcos en sensualidad. Y la poesía no termina de levantar el vuelo.

Mejor Una barca en el océano. Pese a la –relativa, solo relativa– frialdad del director, el trabajo de disección de texturas, análisis de planos sonoros y de matización de dinámicas es tan portentoso, y el virtuosismo de la orquesta berlinesa tan extraordinario, que el resultado termina siendo fascinante. Aunque no podamos olvidar interpretaciones menos estáticas y con un carácter dramático mucho más acentuado –increíble Muti–, posiblemente con ningún otro director se hayan escuchado tantas cosas.

Muy floja la Alborada del gracioso. Se agradece el alejamiento del tópico folclorista en una lectura magníficamente expuesta, impresionante en el análisis de texturas, pero en exceso distanciada, sin misterio alguno en la sección central y demasiado parca en sensualidad. Faltan idioma y mayor creatividad. En cuando a la Rapsodia española, copio lo que en su momento escribí en una discografía comparada:
"Al frente de una orquesta sensacional, superior sin duda a la Orquesta de Cleveland de los sesenta, Boulez no repite su grabación anterior sino que, aun siempre desde su proverbiales objetividad y distanciamiento, aporta parámetros nuevos. En este caso, unos tempi considerablemente más lentos (sobre todo en la Habanera: 3’27 frente a los 2’42’’ de entonces) que permiten una claridad analítica todavía mayor, hasta el punto de revelarse detalles que apenas podemos percibir en otras interpretaciones, pero también hacen que el resultado sea algo parsimonioso y se pierdan vitalidad e inmediatez. A la postre, aquí sí se puede hablar de la frialdad del músico francés."

Y llegamos al Bolero. Boulez repite y mejora su acercamiento previo con la Filarmónica de Nueva York uniendo su insuperable talento para planificar –como mera construcción, esta lectura es perfecta– con el virtuosismo formidable de los músicos berlineses, que no serán los más idiomáticos posibles, pero se entregan al cien por cien. Como además el acercamiento del músico francés posee más frescura, más animación y mucha más emoción (¡sí, emoción en Boulez!) que en el resto del disco, los resultados son excepcionales. Más aún: una interpretación de referencia.

martes, 21 de abril de 2020

La Misa en si menor por Karajan: más católica que nunca

El artículo que Ángel Carrascosa ha publicado en su blog sobre las grabaciones de la Misa en si menor de Bach y la divergencia de opiniones sobre las puntuaciones por él otorgadas –ya expuse allí que no estoy de acuerdo con parte de las mismas, sobre todo en lo que se refiere a las "históricamente informadas– me ha empujado a escuchar una que hacía tiempo quería conocer: la que registró entre 1973 y 1974 Herbert von Karajan junto a la Filarmónica de Berlín en la Philharmonie de la capital alemana para Deutsche Grammophon.Y ha resultado ser más o menos como la imaginaba.


Siendo obra de un devotísimo luterano, la Misa en si menor es por naturaleza una obra católica. Karajan, fiel seguidor de la Iglesia Romana, la hace más católica que nunca en una recreación digna de la más suntuosa ceremonia en San Pedro: solemne, imponente, brillante a más no poder, sensualísima y no poco voluptuosa, pero sobre todo rotundamente afirmativa. Aquí no hay dudas en la fe ni angustias existenciales. Menos aún desafío a la divinidad (¡Klemperer!). Como tampoco hay rastro de la reflexiva, desnuda y humanística fe del protestantismo. Los pasajes más extrovertidos se imponen por su fuerza retórica, los más íntimos se escoran hacia cierto sentimentalismo no exento de seductora belleza.

Luego se podrá discutir sobre la sonoridad en exceso musculada de la formidable orquesta; o sobre el tamaño excesivo e inconveniente de los Wiener Singverein; o de la espléndida labor de Gundula Janowitz y Christa Ludwig frente a la solidez de Karl Ridderbusch o a la mera discreción de Robert Kerns. Pero lo cierto es que Karajan tiene las ideas muy claras y materializa su concepto con la mano maestra que en él es de esperar.

Andris Nelsons redondea con la Octava el más recomendable ciclo de sinfonías de Mahler (o quizás no)

Deutsche Grammophon publica hoy en formato CD el ciclo de sinfonías de Gustav Mahler que Andris Nelsons ha ido realizando con la Filarmóni...