sábado, 21 de marzo de 2020

Octava sinfonía de Beethoven: discografía comparada

Actualización 21-III-2020

Esta entrada se publicó originalmente el 26 de julio de 2012.

Ahora se incorporan las grabaciones de Walter'42, Schuricht, Bernstein/Nueva York, Barshai, Kubelik, Karajan'75, Rattle/Berlín y Nelsons. Asimismo, he vuelto a escuchar las de Furtwängler, Fricsay, Walter'58, Klemperer'70, Kubelik, Bernstein'78 y Brüggen'11, escribiendo comentarios más o menos renovados de todas ellas. A la de Fricsay le rebajo la puntuación del 10 al 9, y a la de Furt le subo del 8 al 9.

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Beethoven escribió su Octava Sinfonía entre 1811 y 1812, en la misma época que la mucho más musculosa y dionisíaca Séptima. No obstante, el presunto retorno al Clasicismo del que tanto se ha hablado no es ni mucho menos tal, sino más bien una mirada al mismo tiempo tierna e irónica sobre ese pasado sinfónico al que el propio compositor le había abierto unas perspectivas completamente nuevas. De ahí que interpretar esta partitura con la dosis adecuada de potencia, energía y tensión dramática -sin pasarse: elegancia y vuelo lírico tienen también que hacer acto de presencia- resulte necesario para hacerle plena justicia.

Son sus movimientos:
  1. Allegro vivace e con brio.
  2. Allegretto scherzando.
  3. Tempo di Menuetto.
  4. Allegro vivace.


1. Pfitzner/Filarmónica de Berlín (DG-Naxos, 1933). Todo un placer descubrir que en fecha relativamente temprana en la evolución del sonido grabado el autor de Palestrina sea capaz de ofrecer una admirable lectura presidida por la calidez y la cantabilidad, más que por la fogosidad o el carácter visionario. Hans Pfitzner, que se toma las cosas sin prisas pero sin perder el pulso, maneja además a la orquesta con enorme plasticidad y se muestra muy creativo en el dominio de la agógica, desmenuzando bien el entramado orquestal y aportando la suficiente dosis tanto de encanto como de fuerza expresiva. Suena muy bien para la época, por lo que resulta incomprensible que Deutsche Grammophon no se haya dignado a pasar esta joya a CD. Menos mal que tenemos la edición de Naxos. (9)



2. Mengelberg/Concertgebouw (Teldec, 1938). El de Mengelberg es un mito decididamente a revisar. El primer movimiento de esta Octava dista de convencer, no ya porque no tenga todo el nervio deseable, sino porque cada vez que aparece el tema lírico el tempo se ralentiza, como veremos en Karajan poco después, y además lo hace con un fraseo que roza la blandura. Mejor el Allegretto scherzando, que ofrece un adecuado sentido del humor. En el tercero sobresale la enorme sensualidad del trío. El cuarto posee poca garra y tensión interna, pero a cambio despliega un vuelo lírico asombroso, estropeado -eso sí- por los portamenti marca de la casa. La orquesta no es ni mucho menos la de hoy. El sonido no está muy distorsionado, pero la gama dinámica es muy pobre. (6)



3. Toscanini/NBC (Andrómeda, 1939). Resulta lógico que en una partitura como la presente uno quede enganchado de la incisividad, de la precisión y de la enorme carga de electricidad controlada que caracterizan el arte toscaniniano, pero a la postre su rechazo a la flexibilidad agógica, su habitual sequedad y su carencia tanto de vuelo lírico como de cualquier clase de chispa, encanto o sentido del humor, terminan convirtiendo esta lectura en un tan vistoso como superficial y aburrido ejercicio de virtuosismo metronómico. Aunque bien pensado, lo del metrónomo puede resultar en esta ocasión muy oportuno. (7)



4. Walter/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1942). En pleno conflicto bélico, un Bruno Walter que ya arrastraba sesenta y cinco años a sus espaldas se decide a demostrar que los alemanes no tienen el monopolio de la interpretación beethoveniana y ofrece una interpretación de magnífica ortodoxia que se inicia con un primer movimiento con garra y dicho de un solo trazo, continúa con un segundo que sabe aunar gracia y empuje, prosigue con un tercero en el que sobresale un trío amplio y de gran calidez, y finaliza con un Allegro vivace que no quiere ser trepidante ante todo, para decidirse a explorar el potencial lírico de la página sin perder energía interna. La toma sonora resulta francamente satisfactoria para la fecha en que fue realizada. (8)



5. Karajan/Filarmónica de Viena (EMI, 1946). Aunque en el primer movimiento, expuesto sin repeticiones, no convence la ralentización cada vez que aparece el tema lírico (el “B” de la forma sonata), el conjunto es espléndido por su empuje, su vigor y su enfoque abiertamente dramático. El maestro hace seguidamente un Allegretto scherzando rígido, marcial y con empuje, pero con escaso encanto. Menuetto en la misma línea, aunque su trío sí despliega vuelo lírico y sensualidad. Finale de nuevo enérgico, robusto y muy dramático, pero en exceso marcial y escaso de naturalidad pese a que a partir de la mitad el tempo se ralentiza como si se buscase el vuelo lírico. En fin, un interesante ejemplo de las particulares maneras del joven Karajan en el que, en cualquier caso, ya aparece la tendencia del artista a extremar las dinámicas. (7)



6. Furtwängler/Filarmónica de Estocolmo (EMI, 1948). La última restauración sonora de este originalmente precario registro en vivo –Furt nunca llegó a grabar la obra en estudio– nos permite comprobar lo cómodo que se siente el maestro en los dos movimientos extremos, que plantea con el espíritu combativo que en él es de esperar y por momentos con un ardor considerable, al tiempo que hace gala de esa flexibilidad e imaginación en el fraseo que caracterizan su arte directorial. El segundo le queda un tanto soso, mientras que el tercero lo plantea con pesadez y solemnidad excesivas, lo que no le impide frasear el trío con calidez. La orquesta es más bien discreta. (9)



7. Fricsay/ Filarmónica de Berlín (DG, 1957?). Aprovechando a fondo la maravillosa sonoridad, oscura y cálida, de la formación berlinesa, Fricsay logra aunar músculo y agilidad para ofrecernos una lectura trepidante -pero controlada en todo momento- y comunicativa a más no poder, dicha de un solo trazo y atenta tanto a los guiños de la partitura como a su fuerza visionaria. Bien es verdad que los matices no son tan abundantes como deberían, que algún pasaje está desaprovechado y que el Trío no resulta del todo sugerente, pero me parece claro que se trata de una lectura a reivindicar. Buen sonido monofónico. (9)




8. Schuricht/Orquesta de la Sociedad de Conciertos del Conservatorio (EMI, 1957): el maestro prusiano aborda la página desde una óptica enérgica y decidida, en absoluto apolínea, trabajando las masas orquestales con mano muy segura y con pulso firme, quizá demasiado: se echan de menos flexibilidad, sentido orgánico del fraseo e imaginación. Así las cosas, lo más convincente es un primer movimiento lleno de fuerza y convicción, flojeando muy seriamente un tercero en exceso machacón en el que al menos se salva el Trío. La recuperación japonesa en SACD ofrece un sonido monofónico muy decente. (7)



9. Walter/Sinfónica de Columbia (Sony, 1958). El ya octogenario maestro vuelve a la carga con una aproximación no muy distinta a la primera que realizó en estudio, clásica en el mejor de los sentidos, muy bella pero también muy emocionante y comunicativa, quizá ahora dotada de mayor depuración sonora –trazo flexible, transiciones muy cuidadas– y más madura en lo expresivo, en la que hay que destacar el mordaz tratamiento de las maderas en el Allegretto scherzando y, sobre todo, la sensualísima poesía de un Trío que contrasta con la seriedad con que está planteado el Menuetto y ofrece interesantes detalles creativos. Pincha un tanto el movimiento conclusivo, amplio y magníficamente desmenuzado, pero también algo pesado y sin toda la tensión interna deseable, aunque no por ello carente de fuerza dramática. La reciente restauración en HD nos descubre una toma de apreciable limpieza. (8) 



10. Cluytens/Filarmónica de Berlín (EMI, 1960). Aunque el maestro flamenco ofrece una admirable claridad de líneas y aporta una incuestionable elegancia, al tiempo que la orquesta de Karajan responde con su sonoridad robusta y portentoso virtuosismo, esta lectura –grabada en un lapso muy amplio de tiempo– fracasa relativamente por carecer del impulso vitalista y del carácter trepidante que, en mayor o menor medida, la obra necesita. En este sentido, el primero movimiento se desarrolla con alarmante flacidez, mientras que el cuarto solo convence por su capacidad para atender a los pasajes más líricos. Lo mejor es el Menuetto, con un trío fraseado con amplitud y cantabilidad. (7)



11. Monteux/Sinfónica de Chicago (DVD Vai, 1961). Si el primer movimiento tuviese un poco más de agilidad y elegancia nos encontraríamos ante una versión irreprochable por su certero enfoque, que mira al futuro sin perder de vista el pasado, y por su espléndida ejecución. Por desgracia no es así, aunque en contrapartida debemos destacar un magnífico Menuetto. El sonido de esta retransmisión televisiva deja mucho que desear, pero siempre resulta interesante ver al mítico y por esas fechas ya muy anciano Monteux en acción. (8)



12. Leibowitz/Royal Philharmonic (Chesky, 1961). Un Beethoven muy ágil, con electricidad, admirablemente planificado y diseccionado, muy alejado de brumas y densidades germánicas, pero desde luego dotado de fuerza, tensión interna y garra dramática, aunque se echa de menos una dosis mayor de delectación melódica, sensualidad y sentido humanístico. El primer movimiento es sensacional, con las tensiones maravillosamente estudiadas. Allegretto scherzando lleno de virtuosismo y con mucho humor, mirando a Haydn pero con el “descaro” beethoveniano. El Menuetto resulta un punto precipitado, pudiéndosele sacar más partido al trío. El cuarto deslumbra por su virtuosismo impresionante, aunque parece más un ejercicio de técnica que otra cosa, siendo necesario paladear mejor los pasajes melódicos. El productor Charles Gerhardt y el ingeniero K. E. Wilkinson garantizan un sonido espléndido. (9)



13. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1963). Lenny tiene bien claro el carácter combativo y sanguíneo de esta partitura –nada de retorno al clasicismo–, y lleva el concepto a la práctica haciendo gala de esa irresistible mezcla de frescura y comunicatividad que caracterizan su arte directorial, añadiendo un control de los medios que por aquellas fechas no era siempre habitual en el inflamable director norteamericano. Pero los resultados, aunque enganchen de principio a fin, distan de ser convincentes. Faltan elegancia –hay incluso más de una brusquedad inapropiada–, refinamiento, sensualidad, depuración sonora… Falta la Filarmónica de Viena. Tampoco la toma sonora, ni siquiera en la reciente recuperación a 192 KHz, es ninguna maravilla, aunque está por ver si las insuficiencias del gran crescendo del primer movimiento se deben a una gama dinámica recortada o más bien a la inmadurez de la batuta. (7)




14. Keilberth/Sinfónica de la Radio Bávara (Orfeo, 1967). A poco menos de un año de su fallecimiento prematuro dirigiendo Tristán, Keilberth ofrecía en la Herkulessaal de Múnich una interpretación que deja por completo de lado lo de la “broma clásica” para llenarse de de músculo, de tensión interna, de vitalidad y de entusiasmo. Sin olvidarse en modo alguno del sentido del humor, pero aportando un importantísimo componente combativo y dramático, sobre todo en el cuarto movimiento, como si quisiera mirar frente a frente a la Séptima Sinfonía, no en balde escrita por las mismas fechas y página que cerraba el concierto. Todo ello, por descontado, con una sonoridad puramente beethoveniana, una planificación resuelta de manera admirable y una comunicatividad e inmediatez irresistibles. La toma sonora está a la altura de la época. (10)



15. Jochum/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1969). Recreación excepcional en todos los sentidos, perfecta en su enfoque que mira al pasado y al futuro por igual. La planificación es pasmosa, clarísima, férrea pero sin la menor rigidez, perfecta en las tensiones y distensiones, ágil y vibrante siempre, en absoluto descontrolada pero tampoco pimpante. Las sonoridades son musculosas, muy beethovenianas, pero sin asomo de pesadez y recogiendo a la perfección el brío y el sentido del humor haydinianos. El primer movimiento sabe no ser pesado ni rocoso, alcanzando un clímax acongojante. El segundo está lleno de encanto al tiempo que se mantiene ajeno a la trivialidad, sin caer en lo mecánico. El Menuetto aúna la chispa con el carácter combativo de los metales y el músculo de la cuerda grave, sin renunciar en el trío a una poesía maravillosa, llena de cantabilidad y humanismo. Cuarto vibrante, rotundo, pero siempre fluido, animado y perfectamente desmenuzado. Orquesta fantástica. Una grabación excelente para la época redondea la que sigue siendo interpretación de referencia. (10)




16. Klemperer/New Philharmonia (Blu-ray Fundación Otto Klemperer/BBC, 1970). De olímpico suele calificarse el Beethoven de Klemperer. También de granítico. Ambos calificativos pueden aplicarse a esta Octava que nada tiene (¡faltaría más con el de Breslau!) de encanto, de chispa o de alegría, como tampoco de ardor dionisíaco o de frenesí “romántico”. Sí de humor sarcástico, eso desde luego, en un singularísimo planteamiento en el que saca a la luz los aspectos más modernos de la escritura beethoveniana realizando un lúcido análisis de todo el espectro sonoro y planteando un rigurosísimo juego de tensiones arquitectónicas. En cualquier caso, su visión no está exenta de poesía: asombroso el partido que obtiene del Trío del tercer movimiento, en el que trompas y clarinete dialogan de manera sublime. Lo más discutible, un cuarto movimiento más lento de la cuenta y probablemente ajeno al espíritu de la página, aunque con las mismas virtudes que el resto de la interpretación. El reciente trasvase a Blu-ray –carísimo, pero merece la pena tener esta integral filmada en el Royal Festival Hall– mejora de manera sustancial la calidad de la copia que aún circula en YouTube. (9)



17. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1972). Interpretación intensísima, llena de fuerza y vigor, entusiasta a más no poder, que pierde un poco por la tendencia del maestro a la marcialidad y –como vimos que ocurría ya décadas atrás– a buscar los grandes contrastes sonoros. La orquesta suena empastadísima, pero extrañamente los dibujos de las maderas no están siempre bien clarificados. (8)
 


18. Giulini/Sinfónica de Londres (EMI, 1972). El problema de esta interpretación admirablemente expuesta, dicha con exquisito gusto, cantada con ese humanismo tan propio en Giulini y desmenuzada con verdadera mano maestra, es su enfoque excesivamente apolíneo. Tanta elegancia, por momento de una suavidad excesiva, necesita ser enriquecida con una dosis mucho mayor de claroscuros sonoros y expresivos, de tensión sonora y de extroversión para terminar de convencer. En cualquier caso, un gran Beethoven en su línea. (8)



19. Kempe/Filarmónica de Munich (EMI, 1972). Lo más característico de esta admirablemente tocada y diseccionada interpretación es la manera en que Kempe otorga a la partitura una naturalidad, una elegancia, una cantabilidad y un vuelo lírico de la mayor altura –impresionante el trío– sin caer en un equivocado clasicismo, en una amabilidad que estaría fuera de tiesto o en la asepsia expresiva, pues el músculo, la tensión dramática y la energía beethovenianas están aquí por completo presentes, independientemente de que se hayan escuchado interpretaciones más incisivas y trepidantes. (9)





20. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1972). Interpretación marmórea en el mejor de los sentidos: se encuentra construida con una planificación milimétrica sin lugar para la improvisación, pero trazada de tal modo que resulta tan lógica como natural; está sonada con una belleza que sin conocer preciosismo o superficialidad alguna, resulta abiertamente insuperable; y posee, finalmente, una elegancia distinguida –en absoluto fría– y un sentido del humor tan inteligente como eficaz. Se pueden preferir enfoques más inmediatos, electrizantes y teatrales, también más desenfadados, pero la coherencia interna es total y los resultados terminan enganchando. Lástima que la toma sonora sea un tanto extraña. (9)



21. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1973). El maestro de Budapest convence con su visión decidida, fresca directa, expuesta con un nervio tan intenso como controlado, sonada con músculo sin renunciar –algo solo posible con una orquesta y una técnica de batuta de primera– a la mayor agilidad en el fraseo, apartada del mecanicismo y meridianamente clarificada. Dicho esto, Solti se muestra todavía en exceso deudor de la herencia toscaniniana, se recrea en exceso en el ímpetu rítmico y no consigue extraer toda la poesía que alberga la partitura. Habrá que esperar pocos años para que lo haga. Magnífica la toma. (8) 



22. Barshai/Orquesta Sinfónica (Melodiya, 1975). Última de las grabaciones realizadas en su cuasi-integral a la que solo le faltó la Sinfonía Coral, en esta Octava Barshai se mostró menos rústico y combativo que en el las otras partituras, más atento también al equilibro de planos sonoros, y desde luego muy preocupado por diseccionar minuciosamente todas las líneas de la partitura. Pero lo cierto es que, tras un primer movimiento con mucho brío pero poco matizado en las dinámicas –el gran crescendo central prácticamente no existe–, no consigue esa particular mezcla de sentido del humor, elegancia, cantabilidad y humanismo que necesita este universo sonoro. En la poderosa extroversión del Allegro vivace conclusivo vuelve a sentirse más a gusto, pero el conjunto no termina de funcionar. (7) 



23. Kubelik/Orquesta de Cleveland (DG-Pentatone, 1975). Ya desde un comienzo verdaderamente enérgico, lleno de brío, queda claro que Kubelik va a apostar por una visión mucho menos apolínea que la de la Séptima del mismo ciclo, y que tampoco está muy dispuesto a ver aquí un “retorno al clasicismo”. Pero eso no le impide precisamente hacer gala de esa naturalidad en el planteamiento de las tensiones, esa fluidez en el fraseo y esa transparente cantabilidad que caracterizan su arte, como tampoco ofrecer un segundo movimiento que es todo finura con un punto de picardía. En cualquier caso, lo que llama la atención en esta lectura es la portentosa planificación de las dinámicas y la excepcional atención al entramado orquestal, por no hablar de la formidable ejecución por parte de la formación norteamericana, todo músculo pero capaz también de las mayores sutilezas. El sonido en SACD ofrece una gama dinámica y un relieve formidables. (9)



24. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG Bluy-ray Audio, 1975-77). El primer movimiento es magnífico, por su soberbiamente delineada arquitectura y por su carácter gozoso, sin excluir el adecuado carácter combativo y tempestuoso del genial clímax escrito por el de Bonn. Los movimientos intermedios están francamente bien, a falta de un punto más de sal y pimienta en el segundo y de encanto en el tercero. Pero el cuarto es un descalabro: no solo precipitado sino también rígido y cuadriculado, incluso machacón. Eso sí, hay tremendos contrastes dinámicos y músculo a tope, como le gustaba al maestro. La calidad sonora es increíble en el reciente trasvase a Blu-ray audio. (8)



25. Solti/Filarmónica de Viena (Vienna Philharmonic Records, 1977). Han pasado solo cuatro años, pero las cosas han cambiado desde su registro en Chicago. Y no es solo cosa de la orquesta, una Wiener Philharmoniker en su mejor momento. Es cosa de un Solti que evolucionó de manera considerable a lo largo de los setenta. Esta interpretación sigue los pasos de la anterior, pero ha ganado en elegancia, en cantabilidad en el fraseo, en sensualidad tímbrica –aquí sí, se trata claramente de la orquesta– y hasta en chispa y picardía. ¿Vienesas? Podría ser, pero lo cierto es que Solti repetirá e incluso mejorará el milagro en su siguiente grabación, ya digital y de nuevo en Chicago. La toma es buena, pero no ofrece el relieve ni la gama dinámica de la anterior de Decca. (9)



26. Jochum/Sinfónica de Londres (EMI, 1978). Nos encontramos sin duda ante una lectura noble, elocuente, de fraseo cálido, elegancia sin amaneramiento, arquitectura irreprochable y enorme claridad, en la que la orquesta suena muy beethoveniana, con músculo, pero sin asomo de pesadez. Por desgracia Jochum no se muestra tan tenso y vibrante como en su versión para Philips, para por el contrario decantarse, haciendo uso de unos tempi más dilatados, por el equilibrio apolíneo, o incluso por cierto tono otoñal, lo que aumenta la dosis de cantabilidad y lirismo pero hace perder electricidad y garra dramática. En la red podía localizarse hace años una remasterización que recuperaba la cuadrafonía original; el resultado era extraño, pero incrementaba la claridad. (9)



27. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD y Blu-Ray Audio DG, 1978). El contacto con la orquesta austríaca le permite a Lenny enriquecer su concepto y alcanzar un admirable equilibrio entre la sonoridad apolínea de esta y el enfoque dionisíaco, decidido y entusiasta de su batuta, Pero lo cierto es que los resultados, siendo netamente superiores, tampoco alcanzan la excelencia. El primer movimiento, enérgico, también resulta algo cuadriculado. Al humor del Allegretto scherzando le falta ironía. El tercero vuelve a ser un tanto rígido, aunque es excelente el trío, que sí ofrece la flexibilidad necesaria; para derretirse el canto de las maderas. En el Finale hay que admirar la extraordinaria disección de las diferentes líneas, así como la atención a la graduación de dinámicas y la energía magníficamente controlada que emana. Sonido muy bueno, pero no espectacular en el Blu-ray Audio.
(8)


28. Sanderling/Philharmonia (EMI, 1981). Recreación amplia que se aleja de lo juvenil y lo trepidante para adoptar un enfoque maduro al tiempo que sereno, pero lleno de fuerza interior y desarrollada con una lógica constructiva aplastante, amén de diseccionada de modo difícilmente superable y admirable por su rico sentido de la tímbrica. Primer movimiento nada jubiloso, sino más bien noble y con un adecuado equilibrio entre lo épico y lo dramático, perfecto en su acumulación de tensiones. El segundo se desarrolla con un sentido del humor más bien irónico y distanciado, en absoluto frívolo. El Menuetto puede parecer más pesado de la cuenta, desarrollándose con amplitud y hondura poética. Cuarto en la misma línea que el primero, poderoso y con retranca, sin arrebato ni trepidación pero lleno de fuerza. En conjunto recuerda un tanto a Klemperer, curiosamente. (9)



29. Norrington/London Classical Players (EMI, 1986). El colorido del enfoque historicista resulta muy atractivo, y por una vez hay que agradecer al británico la corrección del enfoque estilístico y expresivo, así como el buen pulso y la ausencia de blanduras, amaneramientos o caídas en lo pimpante. El problema es que Sir Roger es un director más bien gris, por lo que el resultado es un tanto cuadriculado, escaso de matices, y por ello superficial y algo aburrido. Además, debería haber trabajado las dinámicas y planificado mejor las tensiones. (7)



30. Abbado/Filarmónica de Viena (DG, 1987). Tras un irreprochable primer movimiento, poderoso y elegante al mismo tiempo, el milanés apunta ya claramente por dónde van a ir los tiros de su evolución como director en los años noventa con un Allegretto scherzando trivial, insulso, de sonoridades ingrávidas y hasta relamidas, en el que parece estar más obsesionado por lucir su enorme técnica que en dar en el clavo con las intenciones expresivas del compositor. Los otros dos movimientos son más que correctos, pero en más de una frase asoman de nuevo los amaneramientos, al tiempo que la obsesión por ofrecer enormes contrastes sonoros –impagable la orquesta vienesa en esta toma en vivo– hacen planear la sombra de Karajan más de lo que a Abbado le gustaría reconocer. (7)



31. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1988). Aun sin alcanzar la inspiración y el carácter visionario de un Fricsay o un Jochum, Solti ofrece una recreación que, dentro de una línea ortodoxa, resulta modélica por la manera en que se conjugan la naturalidad, la fluidez y la cantabilidad imprescindibles para obtener la hondura beethoveniana, por un lado, y el carácter luminoso, incisivo y trepidante asociados tanto con esta partitura en concreto como con el carácter habitual en Solti, por otro. Todo ello ofreciendo, como no podía ser menos, una respuesta orquestal portentosa, un admirable equilibrio de planos y un fraseo alejado –gran tentación en esta obra– de cualquier tipo de mecanicismo. Impresionante la construcción de tensiones en el primer movimiento, tan difícil de conseguir. Espléndida la toma sonora. (10)



32. Dohnányi/Cleveland (Telarc, 1988). Intensa, decidida y entusiasta recreación en la que, además de la enorme calidad de la orquesta, se pone de relieve la solidez del trazo, la musicalidad y la comunicatividad del maestro alemán, a quien no obstante se le podría pedir un enfoque más plural, con más pliegues expresivos, así como una mayor flexibilidad y más variedad de ideas personales; en el tercer movimiento hay algunas, pero éstas no terminan de convencer. Ingeniería sonora algo turbia. (8)



33. Hogwood/Academy of Ancient Music (Decca, 1989). En esta otra temprana apuesta historicista, no poco deslavazada, se agradece muchísimo que el enfoque sea mucho antes extrovertido, dramático y aristado que grácil o amable, pero el fraseo resulta tan rígido como atropellado y el conjunto termina resultando muy superficial. Por si fuera poco hay numerosas caídas en el mal gusto y el efectismo. (5)


34. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1989). Extrovertida, tensa y poderosa lectura que intenta subrayar los aspectos más modernos y combativos de la página, pero que resulta algo tosca y de violencia algo gratuita, y que no termina de atender a los aspectos más elegantes y lúdicos de la pieza, que los tiene. En cualquier caso, interesante demostración de que los instrumentos originales no sólo son perfectamente válidos para esta música, sino que además ofrecen una sonoridad atractiva. (7)



35. Harnoncourt/Orquesta de Cámara de Europa (DVD Warner, 1990). Provocador por antonomasia, pionero a la hora de mezclar instrumentos antiguos y modernos en la interpretación de este repertorio, el maestro berlinés no se muestra en esta ocasión tan ajeno como suele al espíritu de la música beethoeviana y ofrece, por el contrario, una magnífica y muy personal recreación, de sonoridades rústicas y agresivas, muy tensa en su planteamiento, que además se encuentra dotada de un nada inocente sentido del humor. Sobra algo de violencia gratuita, al tiempo que es de comprender que en el fraseo seco e incisivo que caracterizan a este director no sea del gusto de todos los paladares. (9)



36. Giulini/Filarmónica de La Scala (Sony, 1992). Una pena: aunque la cantabilidad, la efusividad, la belleza sonora y la atención a todas las líneas orquestales están garantizadas, la excesiva suavidad con que Giulini aborda esta partitura termina lastrándola un tanto, sobre todo en los movimientos extremos, necesitados de un enfoque más incisivo y vivaz. (8)



37. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (DG, 1992). No hay sorpresas en el "históricamente informado" y muy toscaniniano Beethoven del británico: los tres primeros movimientos están bien, aunque se echa en falta una mayor variedad expresiva y sobran rigidez y contundencia, mientras que el cuarto fracasa claramente por su precipitación y machaconería. Riccardo Chailly, ya sin instrumentos originales, tomará más adelante el testigo de esta línea y llevará al extremo semejantes planteamientos. (6)



38. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (Philips, 1993). He aquí un caso parecido al de Giulini. El fraseo es noble, cálido y muy natural, la musicalidad resulta evidente y la arquitectura está magníficamente expuesta, todo con la ayuda de una orquesta de gran sensualidad tímbrica. Por desgracia el enfoque es demasiado otoñal, al menos en los movimientos extremos, que suenan sin el nervio y la tensión dramática que deberían, incluso por momentos algo blandos. Los centrales están muy bien, nada rígidos, particularmente el tercero, con un trío admirablemente desmenuzado y fraseado con gran calidez. (8)



39. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1995). Discutible que esto suene a Beethoven. O a Mozart, o a Schubert, o a quien sea. Discutible también la enorme cantidad de libertades que se toma la batuta a la hora de frasear y acentuar. Y la lentitud de los tempi que la alejan tanto del carácter trepidante con que la abordan muchos directores como de la frivolidad que le inyectan otros. Pero lo cierto es que esta personalísima recreación, densa y clara al mismo tiempo, digamos que abstracta en lo que a “contenido” se refiere pero no por ella exenta de nobleza, tensión, luminosidad, grandeza o sentido del humor –el segundo movimiento, que pocas veces se habrá escuchado con semejante encanto, recuerda a lo que hace Celi con la Sinfonía Clásica de Prokofiev–, resulta atractiva de principio a fin y arroja muchas nuevas luces sobre la partitura. (9)



40. Barenboim/Filarmónica de Berlín (DVD TDK, 1998). En el más temprano testimonio fonográfico que tenemos de su acercamiento a la obra, el de Buenos Aires ofrece una lectura musculosa, densa, amplia y enérgica, pero siempre muy controlada, admirablemente planificada y sutilmente matizada con un fraseo flexible, cálido y elocuente. Eso sí, hay más dramatismo, conflicto y tensión que chispa o encanto, por lo que el enfoque puede no convencer. (9)



41. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Teldec, 1999). El maestro repite su lectura musculosa, llena de vida, de fuerza y de garra dramática, muy dionisíaca, que mira más al futuro que al pasado, y de nuevo carece de la elegancia, la chispa y la gracia que se supone debe tener esta partitura. El problema de la presente grabación, en cualquier caso, es que Barenboim extrema sus planteamientos y ofrece unos movimientos impares demasiado robustos y enérgicos, por momentos desbocados, particularmente el conclusivo, mientras que los pares resultan algo más nerviosos de la cuenta. En fin, un experimento radical que aborda esta sinfonía como si fuera la Séptima. (8)



42. Abbado/Filarmónica de Berlín (DVD 2001). Aunque el planteamiento es correcto, atendiendo mucho a la elegancia pero también a la tensión sonora y a la energía, y añadiendo además un fino sentido del humor, el italiano no termina de matizar en lo expresivo y se vuelca ante todo en los grandes contrastes sonoros, adelgazando y puliendo el sonido hasta límites que bordean la cursilería y luego haciendo estallar robustas explosiones sonoras. El resultado de esta filmación realizada en Roma es estimable pero insincero. (7)



43. Rattle/Filarmónica de Viena (EMI, 2002). Haciendo uso –como Zinman y Abbado– de la edición Jonathan del Mar, otorgando gran protagonismo a vientos y percusión y moderando sensiblemente tanto el peso como el vibrato la cuerda de la mismísima Filarmónica de Viena, el maestro británico ofrece una Octava vibrante e impetuosa en la que parece querer sintetizar la agilidad de Leibowitz, con la rusticidad y el carácter combativo de un Brüggen o un Harnoncourt con la tradición centroeuropea, pero sin interesarse por los aspectos más densos y cantables de esta música –para entenderlos, los más presuntamente “wagnerianos”– y añadiendo un salpimentado sentido del humor muy propio de Rattle que pretende lanzar un puente a Haydn. El resultado es muy atractivo, aunque el tratamiento pseudo-historicista de la articulación le juega alguna mala pasada –hay alguna caída de tensión hacia el final del primer movimiento, minuto ocho– y todo el conjunto se resienta de un exceso de nerviosismo en el fraseo. (8)



44. Paavo Järvi/Deutsche Kammerphilharmonie (RCA, 2004). Otro que se apunta tanto a la espléndida edición de Jonathan del Mar como a la combinación de instrumentos antiguos con modernos, a la incisividad en la articulación y al nuevo equilibrio de planos sonoros –metales, percusión– que proponía Harnoncourt. Lo que ocurre es que, frente al acierto relativo de Rattle, el hijo de Neeme decide prescindir de toda chispa y sentido del humor para ofrecer una recreación dramática, de elevado temperamento pero también hosca y no poco cuadriculada. Su electricidad resulta en exceso agresiva, el fraseo se precipita, todo suena cuadriculado y la música no respira. El contraste entre una cuerda delgada y una percusión que actúa con brutalidad gratuita también termina hastiando, y uno queda con la sensación de haber realizado un recorrido en la montaña rusa: pura adrenalina sin trasfondo alguno. Impresiona, pero la emoción no aparece por ningún lado. Lo menos malo es el segundo movimiento: resulta simplemente soso, sin chispa ni encanto, pero no disparatado. Formidable la orquesta, eso sí, tratada con claridad digna de admiración. El sonido en SACD es menos extraordinario de lo que cabía de esperar. Existe una filmación disponible en YouTube con los mismos artistas, que debe de ser la que circula en DVD. (6)



45. Mackerras/Royal Scottish (Hyperion, 2006). Recogiendo numerosos elementos de la renovación historicista pero sin renunciar a los instrumentos tradicionales ni adoptando la excesiva ingravidez sonora de otros colegas, el octogenario maestro australiano propone una visión ágil, luminosa e incisiva, en la que junto a la garra y el carácter trepidante que esta música debe alcanzar hay también algo del carácter risueño, la galantería y el sentido del humor de finales del dieciocho. Ahora bien, y a despecho de la excelencia técnica de la realización, el excesivo nerviosismo –por momento el fraseo es algo pimpante– y el desinterés por otros aspectos de la partitura provocan que los resultados, aunque llenos de vida y color, terminen siendo algo superficiales. (8)



46. Herreweghe/Royal Flemish (Pentathone, 2006). El enfoque expresivo del belga es muy sensato, pues atiende tanto a la elegancia y la chispa como a los elementos más dionisíacos de la página. El trazo en general es bueno, como también lo es la claridad, echándose de menos imaginación y un mayor compromiso expresivo. El trabajo con la orquesta –instrumentos modernos con algunos de época– es desigual, marcado siempre por el deseo de huir de la densidad, pero también por el deseo de epatar con los contrastes dinámicos; el protagonismo va para percusión y metal, con algún que otro exceso, la cuerda resulta en exceso flaca y por momentos frasea con timidez. En conjunto, una versión vistosa pero superficial. La toma sonora despliega una amplia dinámica. (7)



47. Thielemann/Filarmónica de Viena (DVD CMajor, 2008). A pesar de contar con la enorme baza de la belleza sonora y la musicalidad de la Filarmónica de Viena, Thielemann se pierde intentando ser original en una lectura que, siguiendo claramente la tradición con su amplitud y densidad, y optando por un enfoque mucho antes solemne que fresco o chispeante, está repleta de detalles que no solo rompen la continuidad de la arquitectura, sino que resultan rebuscados y por momentos de mal gusto. El resultado es deslavazado, incluso aburrido, con la excepción de un movimiento final sin mucha electricidad pero aun así bastante logrado. (7)



48. Jean-Philippe Tremblay/Orchestre de la Francophonie (Analekta, 2009). El hecho de que los movimientos extremos –sobre todo el último– carezcan del nervio, la tensión sonora y el carácter trepidante que la mayoría de los grandes maestros saben inyectar puede disculparse por resultar coherente por el planteamiento basado en la ligereza tanto sonora como expresiva del director canadiense. Lo que termina por resultar irritante de esta lectura es su terrible mojigatería, la cursi ingravidez con que el director hace sonar a la cuerda, su timidez a la hora de lanzarse a ofrecer contrastes tímbricos y dinámicos y, en fin, su generalizada asepsia e incapacidad por comunicar. Tampoco la orquesta es para tirar cohetes precisamente. (5)



49. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Decca, 2009). El milanés alcanzó aquí uno de los puntos más bajos de su tan pretenciosa como disparatada integral con una lectura precipitadísima, cuadriculada, convulsa, machacona, histérica incluso. No se respira en absoluto, tampoco hay sentido del humor, aunque los aspectos “combativos” de la obra sí que están expuestos… mediante unos metales excesivos y una percusión brutal. Lamentables los movimientos extremos. Admirables, eso sí, el virtuosismo de la orquesta y la claridad de las líneas. (3)



50. Barenboim/West-Eastern Divan Orchestra (Decca, 2011). Aun manteniendo el enfoque dionisíaco y vigoroso de su grabación de estudio, muy apoyado en los sonidos graves al tiempo que atento a las voces intermedias, Barenboim corrige los excesos de energía de los movimientos extremos y aporta una dosis mayor de encanto, desenfado y calidez, incluso de coquetería –sobran portamentos en el Allegretto scherzando– como también de humanismo –hay frases reveladoras en el último movimiento–, redondeando así una lectura cálida, comunicativa, de brío muy controlado e irreprochable sonido beethoveniano, a lo que no es precisamente ajena la calidad de una orquesta que en estos conciertos de Colonia dio lo mejor de sí misma. (10)



51. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (The Grand Tour y Glossa, 2011). Brüggen vuelve a demostrar que se puede optar por lo “históricamente informado” y al mismo tiempo ofrecer un Beethoven por completo tradicional en lo expresivo, vibrante y poderoso. Y lo hace sabiendo frasear con sensatez y musicalidad, sin los excesos de su antigua grabación para Philips y sabiendo no caer en la trampa del nerviosismo. En cualquier caso, el siempre austero maestro holandés no es precisamente el más adecuado para sacar al flote la calidez, la sensualidad y la picardía que también alberga esta música, ni su técnica resulta equiparable a la de los más grandes directores: en el cuarto movimiento hay alguna caída de tensión. La orquesta rinde bien en vivo, a despecho de algunas desigualdades en los metales. La edición en SACD mejora el sonido de la que originalmente lanzó la propia orquesta en disco compacto, aunque tampoco esta es nada del otro jueves. (8)




52. Barenboim/WEDO (DVD Decca, 2012). Muy parecida a la de Colonia el año anterior, esta es una lectura que sabe ofrecer el músculo, la tensión sonora y la grandeza que tanto identificamos con el universo beethoveniano, pero aunando estos elementos con la sensualidad, la cantabilidad y hasta la ternura –maravilloso el Trío–, haciendo gala de un fraseo noble, natural y cálido a más no poder. Hay incluso, aun tratándose de una recreación que mira más al futuro que al pasado, una buena dosis de coquetería galante como guiño al mundo dioeciochesco; en este sentido, algún portamento del segundo movimiento sigue sobrando. (10)



53. Rattle/Filarmónica de Berlín (BP Bluy-ray Audio, 2015). No sé si se trata de una impresión propiciada por la sustitución del terciopelo de Viena por el músculo berlinés, o tal vez es que se imponga la poderosísima personalidad de la orquesta que fue de Karajan, pero lo cierto es que Sir Simon parece aquí bastante menos interesado por una sonoridad “HIP ma non troppo” –la cuerda berlinesa, aun moderándose, sí vibra como en ella de de esperar– y más por trazar correctamente las tensiones –no hay problemas ya en el primer movimiento–, ofreciendo así una notabilísima lectura que sabe ser tensa y combativa al tiempo que atiende los guiños clásicos de la página y a su peculiar sentido del humor. Es verdad que pincha con claridad el tercer movimiento, rígido y sin encanto, pero el asombroso virtuosismo y la portentosa musicalidad de la orquesta –increíbles todas sus familias– nos llevan a conceder el sobresaliente. (9)



54. Nelsons/Filarmónica de Viena (DG, 2017). En estos tiempos de historicismos y pseudohistoricismos, es un alivio escuchar una Octava así, planteada tan “a lo grande”, musculada y poderosa, ajena al del presunto “retorno al clasicismo” por parte del autor. Ahora bien, lo dicho no significa que sea esta una interpretación de pathos extremo, ni menos aún que esté dicha –Klemperer queda lejísimos– con el ceño fruncido y destilando mala leche. En absoluto: esta es una versión de verdadera plenitud espiritual, radiante y gozosa, pícara y no agria en su sentido del humor, dramática solo en su justa medida y siempre cargada de esa particular mezcla de sensualidad y de sentido humanista que hacen tan reconocible la música de Beethoven. Ni que decir tiene que la planificación es formidable tanto en la estructura global como en el detalle, y que la ejecución responde a los estándares exigibles a una orquesta como la Filarmónica de Viena. Se puede reprochar, en cualquier caso, la excesiva suavidad con que está dicha la frase final del primer movimiento, así como la que empaña algunos momentos del segundo. El tercero resulta admirable desde cualquier punto de vista, y posee un trío de virtuosismo como pocas veces se haya escuchado, mientras que el Finale es un prodigio en todos los sentidos. (10)
 

jueves, 19 de marzo de 2020

La Solemnis por Bernstein

Lo confieso: la Missa Solemnis de Beethoven es una obra que se me cuesta muchísimo escuchar. No es que no me guste, ni tampoco que dude de su carácter excepcional, sino que me exige muchísimo en concentración. Necesito una interpretación genial para que me enganche: la de Otto Klemperer, claro está, que comenté en su momento en este blog. Aunque no está nada mal la muy distinta de Leonard Bernstein con la Orquesta del Concertgebouw de 1978, disponible en DVD en Deutsche Grammophon y hace poco recuperada en audio por el mismo sello en una remasterización de alta definición francamente satisfactoria.


Se trata de una lectura dionisíaca a más no poder en la que un Lenny en estado de gracia se emborracha de colores, ritmos y sonidos. Nos entrega así una visión extrovertida, intensa y palpitante, por momentos muy arrebatada, pero ofreciendo al mismo tiempo reflexión, amplio aliento poético y –sobre todo– un gran sentido humanístico. Impresionante la mezcla de belleza sonora y angustia de un Agnus Dei que sabe ser espiritual y terrenal al mismo tiempo. Grande Bernstein.


Espléndida la orquesta, claro está, y soberbio su primer violín. El Grosser Rundfunkchor Hilversum se muestra tirante en el agudo. Regular de voz René Kollo; muy bien Edda Moser, Hanna Schwarz y Kurt Moll. Si les resulta posible, escuchen el audio en HD. Si no, de momento sigue en YouTube el vídeo. Merece la pena, se lo aseguro.

miércoles, 18 de marzo de 2020

La mala leche de Klemperer

Suele decirse que Otto Klemperer, al menos el personalísimo y extremadamente genial Klemperer de los diez o doce últimos años de su longeva carrera, fue ante todo un director antirromántico. Es verdad. Que entendía la música como un enorme edificio sonoro de perfecta solidez concebido no de manera orgánica –como ser con vida propia, a la manera de los directores “apasionados” de la línea centroeuropea– sino matemática, en el que lo primordial es analizar la estructura, subrayar las líneas de fuerza y exponer racionalmente las tensiones entre estas. No es menos cierto. Que acostumbraba a evitar todo lo que pudiese derivar en emotividad, sensualidad y vuelo lírico, incluso aunque tal decisión fuera en contra –tercer movimiento de la Novena de Beethoven– de lo que pide la partitura. Pues sí. Pero lo que no es cierto es que fuera un director “objetivo”, “frío” o remiso a emitir una “opinión” sobre la partitura. Porque Herr Klemperer sí que tenía ideas, sí que adoptaba una postura intelectual, humana y también política –en el sentido más amplio del término– a la hora de interpretar. Una postura a la que difícilmente le podríamos poner una etiqueta, pero que podemos resumir en un concepto tan complicado de explicar como fácil de entender: el de la mala leche.


Basta con leer en la Wikipedia la biografía de este señor: bipolar, maníaco depresivo, operado de un enorme tumor cerebral, progresivamente paralizado en su motricidad, fracasado en su faceta de compositor, rechazado en Estados Unidos por su ideología de izquierdas y por las orquestas por su temperamento, recluido en el manicomio y luego fugado para terminar entre rejas… También su pasión extrema por la música, de la que se dice solo se olvidaba cuando había faldas de por medio, momentos en los que se mostraba bastante atrevido. Quizá hoy fuera tachado de acosador, no sabemos. Pero sí conocemos un montón de anécdotas que dan buena cuenta no solo de su extrema inteligencia, sino también de su enorme sarcasmo, de su desinterés de las convenciones, de su desprecio por todos y por todo, de su escaso interés por “quedar bien”. Ese vídeo que circula por ahí diciendo que la principal diferencia entre Bruno Walter y él mismo a la hora de dirigir es que su colega “es un moralista, mientras que yo soy un inmoral” resulta impagable, porque la sentencia no puede ser más acertada: mientras Walter, sin duda enorme director, buscaba siempre el equilibrio entre pathos y belleza sonora, el de Breslau se olvidó de toda concesión al público y formuló, en esos últimos años de su vida, una manera completamente nueva de acercarse a la interpretación musical basada en una insólita mezcla –auténtica cuadratura del círculo– entre el análisis racional y una visión subjetiva y extremadamente negra del ser humano y de la existencia.

Todo esto viene a cuento porque un amigo me ha pasado el reciente reprocesado (¡a 192 KHz!) de Kleine Dreigroschenmusik, una suite que precisamente él animó a Kurt Weill a realizar sobre su célebre creación lírica, y que él mismo estrenó allá por 1929. Hacía muchos años que no la escuchaba. Y he quedado impactado. Por la increíble capacidad de análisis de la polifonía de la obertura. Por la cantabilidad con que frasea la canción de Polly sin bajar en absoluto la guardia. Por opresiva fuerza dramática que inyecta en el número final. Pero sobre todo por la incisividad, el sarcasmo y la mala baba que desprende su acercamiento, muy en particular en la “Kanonen-Song”, que no dudo en calificar como una de las cosas más reveladoras que le he escuchado a este señor. Toda una declaración de intenciones, y una proclama política de visceralidad extrema: para encontrar similar desprecio hacia ejércitos y guerras hay que acudir a la Sinfonía nº 9 de Shostakovich y cosas así. Tremendo.

¿Los vientos de la Philharmonia? Increíbles, como siempre. Y la toma sonora ahora se revela portentosa. Ah, se me olvidaba: el Merry Waltz del propio Klemperer que se incluye como complemento vale muy poco. No se puede ser grande en todo.

lunes, 16 de marzo de 2020

El Beethoven gótico de Sir Colin

“Te vas a hartar de escuchar música en tu casa”, me dijo un amigo cuando se declaró la cuarentena. Pues no. Salvando la mañana del sábado, que dediqué a hacer la compra y a poner un poco de orden en el piso, el resto del tiempo lo he dedicado casi por completo a cosas del instituto. Hay que trabajar, aunque sea telemáticamente. Porque la vida –en principio– continúa, y a mí me siguen –también en principio– pagando el sueldo. Así que me he dedicado a volver a instalar mi equipo de filmación abandonado desde hacía tiempo, a grabar vídeos introductorios sobre esta enseñanza virtual para cada uno de mis grupos, a crear chats y foros en la plataforma Moodle, a enviar correos a los padres anunciando el plan de trabajo, a ir haciendo acopio de materiales… Incluso he probado a grabar una clase completa, aunque en esto de momento no ha habido fortuna: son treinta y siete minutos y parece que YouTube pone ciertas condiciones para subir los vídeos que duran más de diez. Seguiré investigando.


Escuchar música, lo que se dice escucharla sin hacer otra cosa, lo he hecho relativamente poco: un par de versiones de la Octava de Beethoven, el disco Haendel de Bryn Terfel, un DVD –maravilloso– del Cuarteto Hagen con Sabine Meyer y el disco de oberturas de Beethoven que grabó Sir Colin Davis frente a la Sinfónica de la Radio Bávara en octubre de 1985 –de la que se había convertido en titular dos años atrás– para CBS. Este lo he escuchado esta misma tarde. Me apetece escribir algo sobre él, porque no es exactamente como me esperaba.

Yo imaginaba un Beethoven ante todo noble y elegante, clásico en el mejor de los sentidos, amplio en el fraseo y de elevada cantabilidad, pero también un punto flemático, no del todo comprometido en la expresión, y quizá más atento al pasado musical que al futuro. Y me he encontrado con interpretaciones que sí, que poseen todas las características citadas en primer lugar, pero que también resulta considerablemente “gótico”. Ya saben: tempi tendentes a la lentitud, silencios que pesan como losas, sonoridades oscuras y un punto masivas –que no pesadas–, gran atención a la atmósfera, sentido plenamente orgánico del fraseo… Aun sin la fuerza visionaria de un Furtwängler, el distanciamiento y la rocosidad de un Klemperer o el temperamento de un Barenboim, el director británico se mueve en unos parámetros no muy distintos al de los citados maestros. Mirando hacia delante, pues, y no hacia atrás.

La obertura de Las ruinas de Atenas recibe una interpretación más que notable que no solo explora las posibilidades “góticas” de la obra, sino que también sabe aportar su punto de picardía. La de Coriolano, muy oscura, suena por momentos “protobruckneriana”. En la Leonora I debemos aplaudir la flexibilidad del fraseo, aunque por otro lado se echa de menos una dosis mayor de incandescencia y nervio interno. Justo como ocurre en la Leonora III, en la que no obstante emociona el tratamiento de la parte que evoca el aria de Florestán y la plasticidad con que están tratadas las masas sonoras. Las criaturas de Prometeo permite a Sir Colin desplegar una enorme nobleza en la introducción, así como una encomiable depuración sonora en la sección rápida. Egmont arranca de manera algo apagada; en general necesita mayor electricidad, pero las virtudes de la batuta del maestro se hacen bien presentes. Cerrando el disco, Fidelio encuentra una modélica exposición y adecuada temperatura expresiva.

¿Las mejores versiones posibles? En absoluto. Pero yo he disfrutado muchísimo. La toma sonora es modélica, así que no puedo más que recomendar la audición.

domingo, 15 de marzo de 2020

viernes, 13 de marzo de 2020

Streaming frente al coronavirus: enorme concierto de Rattle en Berlín

Hoy se ha declarado el estado de alarma en España y nos preparamos todos para afrontar una situación a la que no esperábamos enfrentarnos. Sinceramente, que los melómanos no podamos disfrutar de conciertos en directo no tiene la menor importancia frente a los problemas que nos vienen encima. En cualquier caso, las nuevas tecnologías nos permiten estar en contacto y, en el caso de la música, asistir a representaciones ofrecidas a puerta cerrada y retransmitidas vía streaming de manera gratuita a todo el planeta: la Sinfonía nº 2 de Mahler por Heras-Casado en homenaje a las víctimas del terrorismo, la nueva Carmen de Barenboim, la recuperación de Aquiles en Esciros en el Teatro Real… Iniciativas que me supongo serán costosas en lo económico, pero que permiten a los artistas ofrecernos trabajos que ya estaban preparados y, lo más importante, transmitir solidaridad y hacernos sentirnos más unidos en torno a la música en unos momentos en los que necesitamos precisamente eso, unidad y solidaridad.


La Filarmónica de Berlín ha sido una de las instituciones que han llevado adelante esta maravillosa acción ofreciendo en su Digital Concert Hall para todo el mundo, sin necesidad de estar abonado, el programa que estaba previsto para esta semana –la Philharmonie se encuentra cerrada al público– con Simon Rattle a su frente: Sinfonía de Berio y Concierto para orquesta de Bartók. Lo he seguido hoy viernes. Ha habido algún salto importante en la transmisión en el tercer movimiento de la primera obra, circunstancia entiendo que disculpable dada la elevada cantidad de público que debía de estar siguiendo el streaming, pero a pesar de ello he disfrutado muchísimo. Porque Sir Simon y su antigua orquesta han rozado el cielo.

Sinfonía de Berio es una obra que me fascina desde hace muchos años. Hace pocos días pude repasar las grabaciones de Boulez y Chailly. Soberbias ambas, en una línea muy virulenta e incisiva que me recuerda no poco al registro en vivo del propio autor con la Concertgebouw. Esta de Rattle ha sido diferente: menos combativa, también menos hermética, al tiempo que más atenta a la sensualidad y al misterio que asimismo alberga esta partitura que Rattle, probablemente con razón, etiqueta en su locución previa al concierto como una de las más geniales de la segunda mitad del siglo XX. Desde el punto de vista técnico, el maestro británico obra un verdadero prodigio, particularmente en esa increíble desconstrucción del Scherzo de la Segunda de Mahler que es el tercer movimiento: parece imposible que se escuchen tantísimas cosas en un tejido polifónico tan complicado como este, y si los magníficos Neue Vocalsolisten Stuttgart no parecen tan portentosos como otros grupos vocales que han registrado la obra, la Filarmónica de Berlín ofrece un nivel superlativo, diríase que insuperable.

Nivel que se mantiene en el Concierto para orquesta de Bartók, hasta el punto de que me atrevo a afirmar que nunca he escuchado una interpretación tan increíblemente bien tocada como esta. Ni siquiera las de Solti con la Sinfónica de Chicago han llegado tan alto. De no dar crédito, lo juro. La batuta explora todos y cada uno de los recovecos de la partitura y los profesores de la orquesta, sin público en la sala, tocan como si les fuera la vida en ello. En cuanto a la interpretación propiamente dicha, resumo mi parecer de manera simple: a los movimientos primero y tercero, aun planteados con apreciable dramatismo, les falta un punto de densidad, atmósfera y concentración para llegar a lo más alto, mientras que el segundo, el cuarto y especialmente el quinto son los que más me gustan de cuantos he escuchado. Rattle se encuentra en su salsa desplegando desparpajo, ironía y sentido del humor, como también jovialidad y brillantez en grado superlativo, mientras que todos y cada uno de los solistas de la Filarmónica de Berlín –faltan muchas caras conocidas, pero da igual: los segundos de a bordo no son menos buenos– intervienen con absoluta implicación expresiva.

¿Hace falta decir más? Sí: mañana sábado día 13 se repite la transmisión. Ni se les ocurra perdérsela.

PS. Me entero hoy domingo que al final no se producirá el estreno a puerta cerrada de Aquiles en Esciros, debido a las excepcionales circunstancias que concurren en la capital de España. Al mismo tiempo, se incrementa el número de orquestas y teatros de ópera europeos y norteamericanos que anuncian streamings gratuitos de diferentes eventos.

martes, 10 de marzo de 2020

Trifonov concluye su viaje a Rachmaninov

Daniil Trifonov, Yannick Nézet-Séguin y la Orquesta de Filadelfia presentan el tercer y último volumen de su integral Rachmaninov. En este blog comentamos ya el primero y el segundo. Los conciertos para piano nº 1 y 3 son ahora protagonistas, grabaciones de 2016 y 2018 respectivamente. El nivel vuelte a ser alto, pero de nuevo evidenciando algunas irregularidades.

 
El Concierto para piano nº 1 es el que sale mejor parado. La sombra del propio Rachmaninov en su faceta de solista se encuentra bien presente en un Trifonov ágil, incisivo y brillante, efervescente y un tanto nervioso, pero que no llega a perder la concentración, desplegando ricos matices y sabiendo destilar un lirismo de la mejor ley en un Andante magníficamente paladeado por Nézet-Séguin. Este, a su vez, modela con los más adecuados colores a su fabuloso instrumento y sabe encontrar el punto perfecto de equilibrio entre voluptuosidad y fulgor orquestal. Soberbia la toma sonora, sin público.

Las cosas funcionan algo menos bien en el Concierto para piano nº 3, que se grabó con anterioridad a la lectura que el propio Trifonov firmó con Rattle en el Concierto de San Silvestre de la Filarmónica de Berlín de ese mismo 2018. A mi modo de ver, un Adagio no particularmente sensual ni impregnado de congoja, pero sí expuesto con concentración, sensibilidad, vuelo lírico y riqueza de matices es la gran baza de esta interpretación brillante en el buen sentido que se beneficia de un piano incisivo y con nervio, muy atento a los matices agógicos y –sobre todo– dinámicos, así como de una batuta que colorea con intensidad a la soberbia orquesta al tiempo que clarifica texturas y busca en todo momento la mayor comunicatividad. En cualquier caso, al primer movimiento le sobra cierto nerviosismo y le falta algo de atmósfera, mientras que en el tercero, vistoso a más no poder, el solista cae de vez en cuando en lo mecánico. La toma esta vez es en vivo, pero vuelve a ser magnífica a pesar de las toses.

De propina, transcripciones del propio Trifonov del primer movimiento de Las Campanas y de Vocalise, en preciosas interpretaciones registradas ya en 2019. Como gracias a las plataformas de streaming ya no es necesario comprar el disco, recomiendo escuchar al menos el nº 1 y las propinas. Merece verdaderamente la pena.

La canción de la Tierra, de Gustav Mahler: discografía comparada

Tenía muchas ganas de presentar una comparativa de la obra maestra absoluta de Gustav Mahler , un compositor que parece interesar bastante a...