lunes, 29 de junio de 2009

Mehta dirige Haydn, Mozart y Schubert en Valencia

Entre entrega y entrega del segundo ciclo del Anillo –evento que espero comentar cuando se acabe-, tuvo la oportunidad Zubin Mehta de ofrecer un a concierto sinfónico en el auditorio del Palau de Les Arts, un espectacular espacio sobre la sala de representaciones operísticas que también cuenta con diseño de Calatrava.

Al final la cosa no fue para tirar cohetes en lo interpretativo, pero sirvió para confirmar el extraordinario nivel de la orquesta formada por Lorin Maazel para el teatro valenciano. Hacer Wagner es todo un reto, pero donde de verdad se calibran virtudes y limitaciones de una agrupación sinfónica es en el Clasicismo, y muy particularmente en Mozart, compositor que suele dejar "con el culo al aire" a orquesta, directores y -por descontado- cantantes.

La Orquesta de la Comunidad Valenciana superó la prueba con nota alta en esta velada del 26 de junio gracias a su sonido tan empastado como flexible y a la musicalidad de sus solistas. Maderas y cuerda grave me parecieron particularmente admirables. Que en algún momento hubiera algún desajuste no empaña el magnífico nivel de esta formación cuajada de intérpretes de primera. Helga Schmidt debería programar muchos más conciertos sinfónicos en las próximas temporadas. Eso sí, escogiendo bien obras e intérpretes, pues tener nombres de categoría no implica necesariamente calidad.

Mehta
Fue el caso del Concierto para piano nº 27 de Mozart, poco interesante por el planteamiento plano, distanciado y meramente "ornamental" de su aproximación. Todo sonó muy bien pero sin la menor fuerza dramática y sin apenas elevación poética. El joven pianista chino Jue Wang, nítido en la pulsación y agilísimo en el fraseo, anduvo siempre por su cuenta -qué manera tan digamos "peculiar" de medir el compás- y se quedó igualmente la superficie de la hermosísima partitura. Un muermo.

Sin embargo la Sinfonía nº 22 de Haydn, "el filósofo" -que abría la velada- estuvo muy bien planteada y expuesta por un director algo soso pero atento a todos los planos sonoros y al desarrollo horizontal del discurso. Fue una muy buena interpretación en la que, tratándose de Mehta, sorprendieron la moderación del vibrato en las cuerdas y la utilización de un clave para el bajo continuo.

Si irregular fue la primera parte de la velada no lo fue menos La Grande de Schubert que ocupó la segunda. Del maestro hindú conozco dos interpretaciones de la obra, una con la Filarmónica de Viena en Salzburgo de 1985, espléndida aunque menos satisfactoria en los dos movimientos iniciales que en los conclusivos, y otra con la Staatskapelle de Dresde de hace nada (toma radiofónica de 2008), muy basta y superficial. Esta de Valencia estuvo a medio camino entre ambas.

Fue muy correcto el primer movimiento, por cierto llevado siempre al mismo tempo (en las grabaciones referidas ofrece la introducción lenta, al modo tradicional). Flojo el Andante con moto, rígido y superficial, sin poesía en su desarrollo y sin garra dramática en un clímax que buscó impactar a través de la corpulencia y el decibelio. Notable el Scherzo, que incluso ofreció detalles creativos en el trío. Y esplendido el Allegro vivace conclusivo, dicho con entusiasmo y magníficamente desmenuzado por la batuta a pesar de esa rotundidad sonora que tanto le gusta.

En resumidas cuentas, una espléndida orquesta al servicio de un Mehta tan desigual como en su sobrevalorado Anillo. Esperemos que en el futuro (qué demacrado aparecía el maestro) haya muchas más posibilidades de apreciar la faceta más positiva del veterano director.

jueves, 25 de junio de 2009

¿Era Wagner un cabrón? Apuntes para su biografía

Esta breve introducción biográfica la escribí para acompañar el libreto de las representaciones de Tristán e Isolda que se ofrecieron en el sevillano Teatro de la Maestranza en mayo de 2009.
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Ningún compositor ha sido nunca tan negativamente valorado en lo que a su vida privada se refiere como Richard Wagner (Leipzig, 1813 – Venecia, 1883). No debería extrañarnos: un artista tan egocéntrico, tan megalómano, tan narcisista y -sobre todo- tan rematadamente genial tiene por fuerza que levantar pasiones. No sólo en contra, claro, pues no son pocos los admiradores que, dejándose arrastrar por la turbadora belleza de su creación, han querido justificar los aspectos más sombríos de su accidentada peripecia vital. Estos son los que en cualquier caso más han llamado la atención, y aquí los vamos a aprovechar para acercarnos a la biografía del artista.

El primer gran reproche que se le ha realizado es su poca sensatez a la hora de administrar las fortunas propias y ajenas. Al principio Wagner, que procedía de una modesta familia sajona de clase media, no fue precisamente un hombre adinerado. Tras unos años juveniles de aprendizaje y tanteo en los que pasó de ser un aspirante a dramaturgo a convertirse en un compositor de formación en buena medida autodidacta -aunque recibió clases del Cantor de Santo Tomás Theodor Weingig-, vivió un período de auténtica penuria económica como director del coro del teatro de Wuzburgo, primero, del de Magdeburgo después, y finalmente de los de Köningsberg y Riga. Del calamitoso estreno en 1836 de La prohibición de amar apenas pudo obtener beneficio. Y hasta tal punto crecieron sus deudas que en 1839 decidió huir a Francia para no tener que hacer frente a sus acreedores. Su primera esposa, la actriz Minna Planer, le siguió en una tempestuosa travesía por el Báltico que le servirá de inspiración para la imaginería de El Holandés Errante.

En la capital francesa las cosas no fueron mejor. Las esperanzas de estrenar allí la ópera que se traía entre manos, Rienzi, se vieron pronto frustradas, y aunque respirar la atmósfera artística parisina sería saludable para su formación intelectual, Wagner y su esposa llegaron a pasar hambre durante estos tres años.

El problema es que una vez consagrado como creador gracias al triunfal estreno de Rienzi en Dresde en 1842, que fue seguido de la presentación de su mucho más personal Holandés Errante en 1843 y de Tannhäuser dos años después, los problemas económicos seguirían persistiendo. Y no sólo porque Wagner no estaba dispuesto renunciar a las mejores condiciones artísticas para las producciones de sus obras, sino también porque el compositor iba pronto a acomodarse a un estilo de vida burgués que sólo se vería consolidado cuando, mucho tiempo después, el joven rey Luis II de Baviera se aprestase a hacerse cargo de sus innumerables deudas.

En el plano político Richard Wagner ha recibido también numerosos ataques. Es precisamente este periodo de Dresde el que más se ha prestado a controversia. El compositor había sido nombrado segundo maestro de capilla vitalicio de la Corte Real de Sajonia, pero no dudó en arriesgar no su posición participando activamente en las algaradas que pusieron en jaque a diversas monarquías absolutas europeas entre 1848 y 1849. Se sabe que Wagner -cumplía treinta y seis años por entonces- no sólo repartió propaganda revolucionaria, sino que llegó a preparar y distribuir bombas de mano. Fue además amigo -y vecino- del mismísimo Mihail Bakunin, con quien pudo intercambiar numerosas experiencias filosóficas, estéticas y políticas.

Mientras el celebérrimo ideólogo anarquista iba a parar a un campo de concentración en Siberia, una orden de búsqueda y captura por parte de la policía sajona mantuvo a nuestro artista doce años en el exilio. Y sin embargo el autor de Lohengrin, obra que es estrenada en Weimar por su gran amigo Franz Liszt ante la forzada ausencia del compositor, no tendrá reparos más adelante en mostrarse como decidido partidario del absolutismo y en arrimarse a la sombra del citado Luis II.

¿Pura conveniencia? ¿Paulatina sustitución de los “impulsos juveniles” por el “pragmatismo de la madurez”? Quizá no deberíamos olvidar que nuestra actual división mental entre progresismo y conservadurismo no se corresponde con la del siglo XIX, y menos aún con la de una Alemania que aún aspiraba a la unificación y en la que los movimientos revolucionarios estaban mucho más marcados por las aspiraciones nacionalistas que por las reivindicaciones democráticas.

De Zúrich a Venecia, pasando por Bayreuth

Graves son las acusaciones de antisemitismo que ha recibido el compositor. Y resulta difícil rebatirlas puesto que su actitud queda bien patente en El judaísmo en la música (1850), uno de los diversos ensayos que va a tener la oportunidad de escribir durante su exilio en Zúrich. Incluso un músico tan entregado a la creación wagneriana como el argentino-judeo-español-palestino Daniel Barenboim ha llegado a afirmar que su carácter antisemita superaba con mucho a lo que era habitual en la época, y no tiene problemas en manifestar tanta admiración por el Wagner-compositor como desprecio por el Wagner-individuo.

Claro que el mismo Barenboim tampoco dura a la hora de recordarnos que “en el siglo XIX, en Alemania el antisemitismo era casi una necesidad para los que eran nacionalistas cómo Wagner”. Además, diferentes investigadores han subrayado como el artista nunca rechazó la colaboración con destacadas personalidades del mundo hebreo, y que de hecho será un director judío, Hermann Levi, quien tendrá la oportunidad de estrenar su última obra.

Los asuntos de faldas dejaron también huella en su biografía. Lo cierto es que fue él el primer traicionado: Minna llegó a fugarse con otro hombre tan sólo unos meses después de la boda. Al final la pareja se reconcilió y, como apuntamos más arriba, ambos vivieron juntos la huída de Riga a París, pero la convivencia no iba a ser muy feliz desde entonces.

De hecho, lo que se le ha censurado a Wagner en el célebre affaire con Mathilde Wesendonck que marcó la etapa de exilio en Suiza no es que mantuviera relaciones extramatrimoniales (en 1850 había ya tenido una breve aventura con la joven Jessie Laussot), sino que lo hiciera con la bella esposa de quien tanta confianza había puesto en su persona: el rico comerciante Otto Wesendonck, que no sólo le había ofrecido su amistad y una vivienda (“El Asilo”), sino que además le había prestado un gran apoyo económico para solucionar sus elevadas deudas.

Si el apasionadísimo romance llegó a consumarse en lo físico nunca lo sabremos, pero lo cierto es que éste nos legó los Wesendonck lieder (1857-58) y empujó a Wagner a aparcar temporalmente la composición de su gigantesca tetralogía del Anillo del Nibelungo para consagrarse a Tristán e Isolda. La intervención de una encolerizada Minna obligará al compositor a terminar su nueva partitura alojado en Venecia en la más absoluta soledad y torturado por enfermedades diversas. Completaba la obra el seis de agosto de 1859.

Tras una breve estancia parisina donde conoce un fracaso histórico con la versión revisada de Tannhäuser, Wagner logra ser amnistiado por la policía alemana y se ve así libre para recorrer libremente Europa. Y en su periplo por todo el continente, desde Francia hasta Rusia, Wagner va a seguir mostrando una particular debilidad por el sexo femenino: rotas por completo las relaciones con Minna, Friederike Meyer en Francfort y Mathilde Maier en Maguncia van a ser sus aspiraciones para rellenar un hueco que al final ocupará la esposa de su más querido discípulo, el director de orquesta Hans von Bülow.

Ya buena amiga suya desde los tiempos de la Wesendonck (comparte con aquélla una gran diferencia de edad con su marido), la joven Cosima Liszt -hija natural del genial compositor y pianista- no va a dudar ni un momento a la hora de entregarse a Wagner: en solo cuatro años (1865-69) le da tres hijos, mientras von Bülow -que está al tanto de la situación- estrena finalmente su Tristán y una más reciente creación, Los Maestros Cantores de Núremberg. Sólo en 1870 Richard y Cosima formalizarán la relación uniéndose en matrimonio.

Aún queda una figura importante en su vida: la del citado rey Luis II. Que el monarca bávaro estaba platónicamente enamorado de Wagner -ya antes de conocerle en persona adoraba su música- es algo comúnmente aceptado por los historiadores. Que el compositor accediera a alimentar su pasión parece más improbable, aunque no faltan quienes sostienen que el autor de Lohengrin era un homosexual reprimido. Lo que sí es cierto es que nuestro artista se benefició de las circunstancias: en cuanto el joven Luis accede al trono en 1864 -tenía tan solo dieciocho años-, se ofrece inmediatamente a saldar las enormes deudas de Wagner, a ofrecerle un sueldo anual y a planificar el estreno de todas sus futuras obras.

El lujo del que Wagner empieza a vivir rodeado, las intrigas políticas en las que él mismo pretende participar y la por entonces escandalosa relación con Cosima -aún no divorciada de von Bülow- le hacen caer pronto en desgracia ante la corte, hasta el punto de que unos meses más tarde Luis II se ve obligado a hacerle abandonar Baviera e instalarse, junto a su pareja, en una villa en Lucerna. Allí compondrá, para celebrar el nacimiento de su cuarto hijo, el Idilio de Sigfrido.

En cualquier caso las ayudas del monarca continuaron, y su intervención de última hora va a ser decisiva para completar las aportaciones de numerosos patrocinadores privados en la inauguración, en 1876, del Festival de Bayreuth, donde Wagner culmina el sueño imposible de cualquier compositor: un teatro consagrado en exclusiva a su obra. Allí precisamente podrá ofrecer en su integridad y con gran lujo artístico el Anillo, con Luis II y el káiser del recientemente creado Imperio Alemán entre los asistentes, además de Bruckner, Tchaikovsky, Saint-Saëns, Liszt y los Wesendonck. Y allí estrenará en 1882 su última y más depurada creación, Parsifal, compuesta con especial parsimonia por un artista que ha de que lidiar con las enormes deudas que arrastraba su festival y con una serie de fatigosas enfermedades que terminarían llevándole a la tumba, aunque aún tiene tiempo para un encendido romance epistolar -incluyendo algún encuentro personal de naturaleza sospechosa- con la escritora francesa Judith Gautier.

¿Fue Wagner una persona poco recomendable? No es el momento de realizar valoraciones morales. Lo que sí podemos es corroborar que, con todas sus grandezas y miserias, seguirá generando innumerables controversias la vida de quien debemos calificar, desde la perspectiva que nos otorga nuestro siglo XXI, como uno de los más geniales artistas que ha conocido la Historia de la Cultura Occidental. Richard Wagner falleció en Venecia, a donde había retornado buscando la luz del Mediterráneo, el 13 de febrero de 1883. Sus restos descansan hoy en el jardín de Wahnfried, su villa de Bayreuth.

martes, 23 de junio de 2009

El Oro del Rin: Karajan frente a Mehta

Vengo de Valencia decepcionado por el Oro del Rin (espero ver el ciclo del Anillo completo) que ofreció anoche Zubin Mehta en el Palau de Les Arts. El maestro hindú, haciendo uso de unos tempi más bien lentos y un pincel muy fino, intentó analizar y explicar pormenorizadamente cada uno de los recovecos de la genial partitura renunciando a la opulencia sonora, a los grandes contrastes dinámicos y a la más superficial brillantez orquestal. Si quisiésemos usar el manido y equívoco término, diríamos que Mehta procuró ofrecer un Wagner “camerístico”.

No le salió. El resultado fue, a mi modo de ver las cosas, una lectura flácida, deslavazada y aburrida de la obra wagneriana, carente por completo de tensión interna e indiferente a las diferentes situaciones dramáticas del libreto. No hubo en su trabajo de batuta la menor intención expresiva. La orquesta sonó maravillosamente, eso sí, y se escucharon muchos detalles que normalmente pasan desapercibidos, pero a costa de desnaturalizar la obra. Y es que para que estos “experimentos” salgan bien hay que tener un talento inmenso y ponerle muchísimas ganas… o llamarse Herbert von Karajan.

Karajan_Oro_Rin
Por eso mismo he querido traer hoy este DVD, cuya pista de audio recoge el Oro del Festival de Pascua de Salzburgo dirigido por el inolvidable maestro en 1973 junto a su Filarmónica de Berlín. Aunque los tempi son muy normales (noventa minutos, casi un cuarto de hora menos que Mehta), él sí consiguió llevar a la práctica lo que se ha intentado hacer en Valencia.

¿Karajan renunciando al decibelio y al narcisismo sonoro? Pues sí. Hay mucho de “camerístico” en este trabajo de disección orquestal admirable por sus texturas nítidas, riquísimo colorido y gama dinámica increíblemente matizada, que sólo en el final llega a esa acumulación de efes que tantísimo le gustaba al salzburgués. Pero rastro de amaneramiento, ni uno. Y la progresión dramática, la atención a retratar a los personajes y la adecuación entre el tratamiento de lo musical y las diferentes situaciones que se viven en escena son, al contrario que con Mehta, admirables. Se pueden preferir enfoques mucho más viscerales, como el de Barenboim recién comentado en este blog (enlace), pero lo de Karajan es impresionante.

El elenco está francamente bien. Thomas Stewart se queda algo corto en lo vocal pero es un Wotan capaz, Peter Schreier hace un magnífico Loge, Gerhard Stolze es un irreprochable Mime y la Fassbaender -aunque más lírica de la cuenta- luce una hermosísima línea como Fricka. El borrón es el Alberich de Zoltán Kelemen. Dioses, gigantes y ondinas están muy bien. La escena, del propio Karajan, no se filmó hasta 1978, siento este Oro lo único que se conserva en imágenes de su Ring salzburgués. Absolutamente fiel al libreto y a las convenciones de la tradición, sobre la escena debió de resultar muy convincente, pero visto desde la televisión y con una mentalidad de siglo XXI, este teatro de cartón piedra puede mover a la risa.

De todas formas, la recomendación está clara. Karajan dirige de maravilla el Oro (ojo: del resto de la Tetralogía, que sólo conozco parcialmente, no hablo), así que hay que escuchar cómo lo hace. Y mejor hacerlo con imágenes y subtítulos que en la edición solo audio, aunque ésta tenga a un discutido Fischer-Dieskau como Wotan. Y en cuanto Mehta, ya daré cuenta de él cuando termine este Anillo del Turia.

lunes, 22 de junio de 2009

Sobre el próximo West-Eastern Divan 2009

Hoy lunes 22 se ponen a la venta las entradas para los dos espectáculos que ofrecerán Daniel Barenboim y su West-Eastern Divan Orchestra en el Teatro de la Maestranza. Dos, y no uno: las actuaciones en la comunidad autónoma que alberga y patrocina esta institución cultural (o sea, la que pone los billetes) hasta ahora se repartían entre dos ciudades distintas de su territorio.

El domingo 2 de agosto de 2009 se ofrecerá un programa sinfónico de enorme interés. De Les Préludes de Franz Liszt tiene Barenboim dos grabaciones, una en audio y otra en vídeo, y las dos son absolutamente sensacionales. En cuando al Preludio y Liebestod de Tristán e Isolda, no ha falta insistir en que el de Buenos Aires está ya, por fin, reconocido como el más grande intérprete de la genial partitura wagneriana desde tiempos de Furtwängler.

De la Sinfonía Fantástica, que por cierto Barenboim retoma este mes de junio con la Orquesta de La Scala tras años de ausencia en su repertorio, tiene tres grabaciones. La primera y la tercera, con las orquestas de París y Chicago respectivamente, ofrecen momentos muy arrebatados pero distan de ser interpretaciones redondas. La que realizó al frente de la Filarmónica de Berlín, por el contrario, es sencillamente fabulosa.

Barenboim_WEDO
El lunes 3 de agoto, como señalé en primicia en este blog (enlace), Fidelio en versión de concierto. Con un repartazo integrado por Simon O’Neill (grata sorpresa en el primer acto de Walkyria el pasado año), John Tomlinson, Peter Mattei y la mismísma Waltraud Meier, ya mayorcita pero Leonora descomunal (enlace). Barenboim, como ya demostró en su grabación discográfica con Domingo y la propia Meier, dirige la partitura con una densidad dramática insuperable. El Orfeón Donostiarra pone la guinda al pastel.

¿Bolos veraniegos con una orquesta de niños? A los indocumentados que siguen afirmando tal cosa habría que recordarles que esa orquesta contaba el año pasado con varios primeros atriles de la Filarmónica de Berlín y de la Radio Bávara, y que este mismo año los espectáculos que se verán en el Maestranza pasarán luego, con las entradas a precio de escándalo y casi agotadas a día de hoy, al Festival de Salzburgo, pasando seguidamente a Bayreuth y a los Proms, por señalar las citas más relevantes.

Ah, una cosita más. Dicen algunos listillos que Barenboim y la WEDO vienen a España “a hacer caja”. Habría que recordarles lo que Barenboim dijo -creo que con excesiva timidez- en rueda de prensa hace años: ni uno solo de los músicos que participan en el West-Eastern Divan recibe compensación económica alguna. La sustancial cifra que pone la Junta de Andalucía, más el dinero que luego pagan en Madrid o San Sebastián por la realización de los conciertos, se destina a sufragar los gastos, necesariamente elevados, que suponen la estancia de los artistas en nuestra tierra y sus posteriores desplazamientos, y en general a financiar todo el funcionamiento de la Fundación Barenboim-Said. Que conste.

sábado, 20 de junio de 2009

El Anillo de Kupfer y Barenboim, veinte años después

Este mes de junio se cumplen veinte años, ahí es nada, del estreno de la producción del Anillo wagneriano a cargo de Harry Kupfer y Daniel Barenboim -primer acercamiento de ambos a la Tetralogía- en el Festival de Bayreuth. La polémica estuvo servida en su momento. Hoy, con todo lo que ha llovido, las cosas se pueden analizar desde otro punto de vista.

Anillo_Barenboim_Kupfer

Hagamos un breve repaso sobre la grabación que conservamos en DVD, realizada -como es norma en la Colina Verde- en sesiones especiales sin público una vez ya rodada la producción: a 1991 pertenecen Das Rheingold y Götterdämmerung y al año siguiente corresponden Die Walküre y Siegfried. Se trató, por cierto, de la primera filmación operística realizada en alta definición y con auténtico sonido “surround” (es decir, con micrófonos en la sala para los canales traseros): su superioridad a otros registros de la época se deja notar.

La escena

Afirmaba Kupfer que quería conseguir un Anillo intemporal. Pues no es precisamente la mejor manera haciendo referencia, justo ante de que suenen las primeras notas, al accidente nuclear de Chernóbil (que había tenido lugar en 1986) de manera más o menos velada. Tampoco lo es presentarnos, mientras suena la sublime música del epílogo, a un grupo de televidentes contemplando con total indiferencia el fin del mundo en sus aparatos, por mucho que Barenboim afirme que el regista se adelantó a su tiempo con el 11-S. La presencia de los dos niños cogidos de la manita mientras suena el motivo de la redención y Alberich contempla la bajada del telón, moralina pura, sigue molestando muchísimo.

Visualmente es una producción fea, lo que no implica necesariamente que sea inadecuada. Por ejemplo, a los dos primeros actos de Sigfrido les viene muy bien esta estética de lo degradado. El final de esa misma ópera, sin embargo, o el del Oro del Rin, necesitan una vertiente visual mucho más poética y evocadora. Por otra parte, la utilización del láser ofrece buenísimos resultados para representar la superficie del rio.

Oro_Barenboim_Kupfer

El vestuario, lejos de resultar intemporal, queda muy anclado en ciertas estéticas centroeuropeas de los ochenta. Además es feo de narices. Las walkyrias van horrorosas. ¿Preferible esto a la estética naif de la producción de Otto Schenk para el Met, que por cierto se filmó por estas mismas fechas? No estoy del todo seguro.

De lo que sí estoy seguro es que que, pese a los reparos apuntados, la producción convence plenamente gracias a su excepcional dirección de actores. Kupfer, por lo general muy atento a la aparición de los diferentes leitmotivs, mueve a los personajes con enorme sentido dramático y proverbial lucidez (¡ese sombrío Hagen controlándolo todo desde su atalaya), y además trabaja minuciosamente la gestualidad de cada uno de los cantantes para que éstos den lo mejor de sí.

Hay cierta exageración en el primer acto de La Walkyria, con una tensión entre Siegmund y Hunding en exceso forzada, pero otros momentos son de infarto, como ocurre con todo el final de la referida ópera, que gracias a una Evans y -sobre todo- a un Tomlinson excepcionales en su faceta de actores, alcanza una altísima temperatura emocional.

Por lo demás, el tan criticado funambulismo que exige a la protagonistas del drama no parece fuera de lugar: será incómodo para el canto, pero se evita a cambio ese estatismo que tanto puede molestar a los ojos de un espectador de finales del siglo XX, acostumbrados a una acción escénica muy alejada de las convenciones decimonónicas.

Los cantantes

Presuntamente el equipo es de una aceptable medianía “para lo tiempos que corren”. Para mí, y reconociendo que no estas son las voces del Nuevo Bayreuth, es un elenco bastante notable. El punto negro es Tomlinson, un bajo que tuvo aquí cantar de bajo-barítono. El propio cantante reconoce en la entrevista que acompaña estos DVD que lo suyo son los Fafner, Hunding y Hagen, y que se incorporó el personaje por deseo expreso de Barenboim. ¿Resultado? Un Wotan tosco y artificial en el canto, muy incómodo en el prólogo y en la primera jornada, bastante menos -lógicamente- como Viandante, pero en cualquier caso voluntarioso en lo expresivo, amén -lo dije más arriba- de estupendo actor.

De Anne Evans se suele hablar mal, pero a mí me gusta. Y mucho. Desde luego no tiene la voz de Brunilda, pero esta señora matiza el personaje en todos sus recovecos, atendiendo por igual a la ternura con Wotan, a su perplejidad transforma en pasión con Sigfrido, a su terrible cólera de mujer despechada en el Ocaso y a su redentora entrega final. Quienes encuentren estrictamente necesarios agudos vibrantes, graves sólidos y todo un generoso despliegue de medios vocales, que busquen en otra parte.

Walkyria_Barenboim_Kupfer

Al resto del elenco, salvando el discreto Gunther de Bodo Brinkmann, es difícil ponerle grandes reparos. Jerusalem estaba en su mejor momento y ofrece un Sigfrido de gran nivel. Graham Clark, auténtico histrión, hace un Loge demasiado agrio en lo vocal -lo que por otra parte encaja con la ácida visión que del personaje ofrece Kupfer- para luego triunfar (en Sigfrido) con un Mime sensacional. Gran Alberich de Günter von Kannen. La Erda de Birgitta Svendén es estupenda. Poul Elming y Nadine Secunde son una muy correcta pareja de Welsungos. Mathias Hölle compone un muy temible Hunding. Philip Kang cumple como Fafner para luego hacer un sólido Hagen (lástima no haber tenido a Salminen). Y Waltraud Meier, finalmente, está fabulosa recreado a Waltraute en el Ocaso.

Barenboim

Fue el de Barenboim -retransmisión radiofónica de 1992 de esta misma producción- mi primer Anillo completo. Me gustó muchísimo entonces, claro está. Ahora menos, porque le encuentro el mismo defecto que a su primer Tristán: la concentración en determinados puntos clave, que alcanzan una fuerza dramática verdaderamente extraordinaria, le lleva a olvidarse del arco global de las tensiones y a desatender otros pasajes no menos importantes (por ejemplo la introducción a la marcha fúnebre, que por las mismas fechas él mismo hacía mucho mejor en disco y en concierto).

Por el contrario, hay pasajes tan incandescentes que en ellos tiende a precipitarse, sin paladear del todo la partitura, e incluso por momentos puede resultar en exceso contundente. Como además Barenboim, ni que decir tiene, se mueve más a gusto en los momentos oscuros, trágicos y desgarrados que en los líricos, y además tiende a plantear la relación entre Sigfrido y Brunilda desde una óptica mucho más carnal que metafísica, la desigualdad está servida.

baren
Ahora bien, son muchas más las virtudes que las insuficiencias de su labor. El lenguaje wagneriano es inequívoco. El olfato para el color, especialmente para las sonoridades oscuras (¡tremebunda la escena de Fafner!), es portentoso. La renuncia al espectáculo epidérmico enfatizando metales y percusión (tipo Levine en el Met) se agradece muchísimo. La sinceridad, incluso visceralidad de su dirección, ofrece muchos momentos arrebatadores. Y el sentido trágico, terrible y nihilista del drama está perfectamente captado por un director que ha sabido cultivar como nadie -no me refiero al Anillo sino a la música en general- la herencia filosófica de Wilhelm Furtwängler

¿Haría hoy mejor Barenboim la Tetralogía? Sin duda. La comparación entre este relativamente flojo primer acto de Walkyria y el que ofreció en versión concierto en Sevilla el pasado verano, igualmente lírico pero mucho más emocionante, no deja lugar a dudas. Esperemos que su próximo acercamiento en Berlín y en La Scala, con Pape haciendo de Wotan, se lleve al DVD. En cualquier caso me permito recomendarle a todo buen aficionado que se deje de prejuicios y no se pierda este Anillo que, con dos décadas a sus espaldas, tiene todavía mucho que ofrecer.

viernes, 19 de junio de 2009

Romeo Villazón, Julieta Arteta

Gounod: Romeo y Julieta.
Ainhoa Arteta, Rolando Villazón, Carlos Marín, Stephano Palatchi, José Ruiz, Alfonso Echeverría, Alexandra Rivas, Soraya Chaves.
Coro de la Asociación Asturiana de Amigos de la Ópera. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Reynald Giovaninetti, director.
RTVE Música CD 651593
DDD
***Romeo_Julieta_Villazon_Arteta

He aquí un muy estimable live operístico Made in Spain, tomado en Oviedo el pasado enero. Paradójicamente, quien menos bien está es su razón de ser: la presencia de la muy comercial Ainhoa Arteta. Con un instrumento que ha ganado cuerpo y calidez al tiempo que perdido esmalte y homogeneidad, se muestra técnicamente insegura y tan escasamente creativa como suele, si bien ofrece momentos mucho más que dignos, curiosamente los más dramáticos.

El joven mexicano Rolando Villazón puede y debe mejorar su técnica, pero canta con tal arrojo y efusividad -nada que ver con el tópico de lo francés- que no ha de extrañar que Barenboim le haya escogido para ser el Alfredo de su primera Traviata. La decisiva intervención de magníficos secundarios como Alexandra Rivas, Carlos Marín y, sobre todo, Stephano Palatchi, redondea a la alza el nivel canoro.

Quien termina galvanizando el resultado es el veterano Reynald Giovaninetti. Al frente de una buena orquesta y un coro menos que discreto, se queda algo corto de brillantez en los conjuntos -flojo el primer acto-, pero sabe ser dramático sin resultar cargante y obtiene momentos de arrebatador lirismo en los números más inspirados de esta deslavazada partitura.
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Artículo publicado en el número de diciembre de 2002 de la revista Ritmo.

PS. Este Romeo, grabado con deplorable toma de sonido por los ingenieros de RTVE Música en el Teatro Campoamor de Oviedo los días 15, 17 y 19 de enero de 2002, fue el primer registro comercial de Rolando Villazón. Conocía entonces su estreno la mediocre producción del título de Gounod realizada por el Villamarta, que hasta doce meses después no llegaría al teatro de Jerez (enlace).

Por aquél entonces Villazón no era famoso. El equipo jerezano participante en las funciones ovetenses venía hablando maravillas de él, pero su participación en el Villamarta quedaba descartada: el joven tenor ya tenia todas las fechas ocupadas en teatros de categoría. En 2004 llega el recital de arias italianas con Marcello Viotti en el sello Virgin que le da fama internacional. El resto es historia.

jueves, 18 de junio de 2009

Por qué "odio" a Villazón

Me acusa un buen amigo de profesar odio a Rolando Villazón -por algunos comentarios sarcásticos que he realizado en privado- y me pide explicaciones al respecto. Le respondo, desde este blog, que de odio nada de nada. Al contrario, como persona me cae estupendamente. Pero no puedo dejar de comentar, con toda la ironía que haga falta, cómo el cantante ha ido transformándose en una enorme pompa de jabón hasta estallar en plenas narices de sus apasionados seguidores.

Antes debo dejar bien clara una cosa: el tenor mexicano siempre me ha parecido un muy buen cantante, y algunas de las cosas que ha hecho me han gustado muchísimo, al mismo tiempo que -también desde siempre- le he visto limitaciones tanto en el plano técnico como en el expresivo. Sobre la cuestión ya escribí hace meses en otro lugar de la red, Forum Clásico, y allí remito (enlace) a quienes tengan curiosidad. Ahora lo que me corresponde es hablar no de Villazón como artista, sino como ejemplo de lo que no debería ser una carrera lírica.


El fenómeno Villazón tiene mucho de "Operación Triunfo", es decir, de la búsqueda del éxito y la fama inmediatos explotando al máximo un potencial preexistente -que puede ser, y en el caso del mexicano lo es, bastante importante- sin reparar en la falta de una base sólida y de una planificación sensata de la trayectoria. Por utilizar una expresión por completo ajena al mundo de la lírica pero bastante de moda, el cantante no ha tenido en cuenta el "desarrollo sostenible". No ha temido agotar sus recursos intentando, y son sus propias palabras, "tenerlo todo: éxito, diversión y actuar en todas partes". Ahora se arrepiente, cuando las consecuencias saltan a la vista.

Villazón cuenta (contaba) con una voz de gran calidad, un ardiente temperamento expresivo y una comunicatividad de la mejor ley. Los aplausos, a mi modo de ver justificadísimos, no le tardaron en llegar. El alicaído mundillo discográfico encontró un filón que explotar. El artista hizo caso a esos mortales cantos de sirena que son los elogios indiscriminados y se olvidó no sólo de algo tan importante como es la diferenciación de personajes y estilos, sino de lo más básico: tener una técnica suficiente para abordar repertorios muy variados (y no siempre adecuados para la naturaleza de su voz), así como para cantar con tanta frecuencia como ese fenómeno inimitable, pero por él claramente imitado, que es Plácido Domingo. El resultado está ahí: segunda retirada de Villazón. Y esta vez va para largo.

Si semejante actitud me irrita es, precisamente, porque ha echado a perder a un cantante que podía haber dado muchísimo de sí. Y porque sigue echando a perder a muchos artistas presas de semejante "star-system". Por no salir de España, ahí está Carlos Álvarez, al que se puede aplicar casi todo lo anteriormente dicho sobre el mexicano.

Otro caso, este mucho más cercano a quien suscribe, y salvando las distancias artísticas que se quieran, es el de mi paisano Ismael Jordi. De nuevo un enorme potencial en manos de un artista que se siente comodísimo entre los referidos cantos de sirena y que poco a poco pierde el contacto con la realidad para dejar la técnica a un lado, olvidarse de la expresión (Nemorino forever) y adentrarse en repertorios que definitivamente no le van; Ismael sigue en activo y con la voz en buena forma, pero la grabación radiofónica de su reciente Traviata en Amsterdam (¡qué cabaletta, cielo santo!) es de las que dejan a uno seriamente mosqueado.

¿He aclarado por qué "odio" a Villazón? Dicho esto, no niego cierta rechifla (del tipo "ya te lo decía yo") al confirmar lo que muchísimos aficionados decíamos de este tenor: como siga por este camino acabará mal. Pero es que todos somos humanos...

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