martes, 3 de noviembre de 2026

Troppo caldo

No sé cuántas veces ya he escrito acerca de las temperaturas disparatadamente altas que afectan a muchos teatro y auditorios europeos. El pasado domingo 1 de noviembre he vuelto a pagar las consecuencias, esta vez en el Auditorium di Milano Fondazione Cariplo sede de la Sinfónica de Milán. De acuerdo en que me encontraba agotado después el vuelo a Malpensa y de mi breve visita a tierras suizas. De acuerdo también en que las cuatro de la tarde no es precisamente buena hora para concentrarse en La canción de la Tierra: ¿a quién se le ocurre programar a esta hora el concierto? Aun así, fue el calor dentro del patio de butacas lo que me las hizo pasar canutas durante la interpretación de la obra maestra de Gustav Mahler. Me había quitado el jersey, pero ahora entiendo que debería haber acudido al baño a prescindir asimismo de la camiseta interior. Tenía asiento en primera fila, así que en cuanto se encendieron los foco aquello fue un infierno. Solo pude disfrutar del primer número: en el resto, tuve que luchar continuamente contra el sopor. 

 

No se pueden ustedes imaginar la pena que me dio. Tenía muchísima ilusión puesta en este evento, segunda oportunidad en mi vida –la primera fue con Waltraud Meier en Valencia– de escuchar en directo esta página que adoro, y me quedé con las ganas. Solo cuando salí al aire libre y me sopló viento fresco en la cara empecé a vivir de nuevo. Por si fuera poco, me perdí una interpretación de altura. Lo menos bueno fue el trabajo de Tanja Ariane Baumgartner: voz oscura y adecuada, canto canónico y buen gusto, pero expresividad parca en sensualidad, en humanismo e incluso en matices. Más que notable el tenor Norbert Ernst, instrumento idóneo y canto muy sólido, sin apenas rastro de las habituales tiranteces, a lo que hay que sumar una expresión cálida y valiente. En cualquier caso, el gran triunfador fue el joven maestro –treinta y un años– Emmanuel Tjeknavorian. Lo de triunfo, literal: pocas veces he visto a público y orquesta aclamar con semejante entusiasmo a la batuta en un simple concierto de abono. Se ve que andan contentísimos con su titular. Morfeo me molestó muchísimo, pero no lo suficiente como para dejar de percibir que aquella dirección, aun lejos de lo genial, estuvo claramente por encima de la media tanto en el trabajo técnico como en la expresión. ¡Bravísimo por él!

En fin, próxima vez que escuche un concierto en Europa iré ligerísimo de ropa. Al final, la parte positiva del viaje que he realizado estos tres días libres la han puesto la belleza de Varese, Lugano y Como, por un lado, y de Pavía por otro. Permitan que les recomiende de manera especial esta última ciudad.

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