Cuatro reparos le pongo. Los oles del arranque suenan con desafortunada rigidez germánica. La dicción de la israelí Rinat Shaham –buena voz de mezzo, adecuado estilo– resulta ininteligible en la primera de sus dos intervenciones. Hay algún momento aislado en la presuntamente dieciochesca Danza del corregidor –minuto 27:27– que roza la blandura. Y la enunciación de la melodía principal de la Jota parece algo encorsetada. Lo demás, todo lo demás, me parece un prodigio.
Por un lado, los Berliner Philharmoniker tocan con tal mezcla de depuración técnica, claridad y brillantez sonora que se ponen por delante de la Philharmonia con Frühbeck, de Boston con Ozawa, de Chicago con Barenboim e incluso de ellos mismos con Juanjo Mena en la filmación de 2016 disponible en esta misma plataforma, por citar las interpretaciones mejor tocadas hasta ahora. Y ojo que cuando uso el verbo “tocar” no me refiero solo a la precisión, sino también a la redondez y potencia del sonido.
En cuanto a la claridad de texturas, no hace falta decir que mitad es cosa de los músicos y mitad de un Rattle que no solo posee una espléndida técnica, sino que se esfuerza de manera especial –hay algún detalle que no comparto del todo– en clarificar las texturas. Lo consigue plenamente, y habría que añadir que lo hace sin caer en la pedantería de un Heras-Casado , quien presume en esta misma obra de descubrir nuevos mundos –lo hace– pero antepone lo renovador a lo más importante: la expresión rica, certera y sincera.
Por otro lado, hay que hablar precisamente de esto último, de la implicación expresiva. La interpretación con ese más que notable director que es –era, pobrecito mío– Juanjo Mena resultaba idiomática y de considerable altura, pero esta va más allá. Los solistas, todos ellos, demuestran una musicalidad, un sentido teatral y una creatividad aún superior, diría que muy superior, a la que suelen derrochar en sus conciertos semanales. De acuerdo, el inmenso Albrecht Mayer va un poquito por su cuenta y puede no convencer en alguna de sus intervenciones, pero todos los demás son para desmayarse: flauta, clarinete, trompa, piano… ¡Y cómo está el fagot de Stefan Schweigert, que lleva en los Berliner desde tiempos de Karajan! Para ponerle un monumento en la puerta de la Philharmonie ya mismo.
La cosa es que el mérito es compartido. Si todo suena más animado, teatral, rico en matices y variado en concepto que con Juanjo Mena, la única explicación posible es que la batuta de turno hace mucho más que ejercer de director de tráfico. Ya sabemos que Rattle es, con diferencia, quien tiene un más desarrollado sentido del humor –musicalmente hablando– de todos los directores famosos de la actualidad. Humor británico, aunque no en la línea gamberra sino en la más clásica que mezcla elegancia, picardía, sensualidad y un poquito de mala leche. Ideal para Haydn y para ciertas obras de Stravinsky en las que el de Liverpool es enorme intérprete. También para este ballet que Ansermet estrenara en el Alhambra Theatre de Londres allá por 1919. ¿Se ha escuchado alguna vez una interpretación aún más pícara, juguetona y sanamente extrovertida que esta? No. Las hay más stravinskianas e incisivas –imposible olvidar a Boulez–, también más temperamentales, como igualmente se las encuentra más atentas a la sensualidad, pero pocas veces se ha narrado la deliciosa historia de Pedro Antonio de Alarcón –he leído el libro– de manera tan adecuada, expresiva y comunicativa, aportando tan grandes dosis de “cachondeo” sin que se resientan la perfección técnica ni la belleza sonora. Un poquito más de ensoñación, de voluptuosidad incluso, no le hubiera venido mal. También se hubiera agradecido –lo dije al principio– una Jota menos trepidante y más paladeada, pero esta dirección me parece globalmente una de las mejores, más arrebatadora incluso que la de Frühbeck. Si añadimos que la mezzo está bien –solo eso– y que la ejecución –insisto porque hay que remacharlo– es superlativa, la conclusión me parece inevitable: versión de referencia, no tan perfectísima como la de maestro burgalés –que tenía unos “oles” maravillosos y a Victoria de Los Ángeles–, pero a la postre preferible por su muy superior calidad de sonido.
Claro, se me iba olvidando: además de imagen 4K, hay sonido Atmos que recoge con fidelidad –audibles toses y aplausos por detrás– la acústica verdadera de la Philharmonie berlinesa. Si no están suscritos a la plataforma, al menos compren este concierto. Que conste que yo he avisado.

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