Si no se me siguen acumulando problemas, que haberlos los hay, espero estar este fin de semana no solo en el concierto de Barenboim en El Escorial, sino también en la apertura de la primera temporada de Kent Nagano como director de nuestros conjuntos de la OCNE. En los atriles, la Segunda de Mahler. ¿Qué sabemos del director californiano dirigiendo a este autor? Poquito, así que es el momento de acercarnos a dos de sus escasos testimonios, en ambos casos poniéndose al frente de la Sinfónica de Montreal. Lo hacemos empezando por La canción de la Tierra que grabó para Sony en 2009 con soberbia ingeniería de sonido.
Ya desde un rutilante arranque, deslumbra la dirección de un Nagano soberbio en el manejo de la paleta orquestal, que analiza y realza con mano maestra atendiendo al mismo tiempo a las ondulantes tensiones y distensiones del trazo horizontal –pura secesión vienesa–, a la fuerza de unos clímax en los que logra evitar saturaciones y a la magia poética que exigen los pasajes más delicados. Todo ello lo consigue con apreciable implicación emocional dentro de un estilo perfecto, cierto es que no desde la mayor visceralidad posible –no es su intención en esta lectura marcada por el equilibrio bien entendido–, pero sí desde la síntesis entre desgarro y aceptación que singulariza el espíritu de la página. Solo una pega a Nagano: el quinto movimiento, De la Belleza, le queda excesivamente frágil. Christian Gerhaher en todo momento hace gala de su condición de excelente liederista, pero solo en La despedida nos emociona como debe hacerlo. Muy bien, en cualquier caso, lo que no se puede decir de Klaus Florian Vogt, no ya por lo aflautado de su voz, sino por la extrema blandura expresiva que le afecta. ¡Menudo borrón en la que podía haber sido una de las mejores versiones recientes!
Saltamos a 2019 con un vídeo disponible en 2019 de la Sinfonía nº 5. Interesante, pero desequilibrada la aproximación de Nagano a esta página, realizada desde un clasicismo intemporal, por decirlo así, que parece renunciar a las diferentes líneas interpretativas consagradas por la tradición para aproximarse, para entendernos, a la posición de un Haitink. Lo malo es que, al contrario que el holandés, todo lo objetivo y equilibrado que ustedes quieran pero siempre atento a las tensiones internas, nuestro artista resulta excesivamente tímido, cuando no aséptico, amén de desconectado de las pulsiones interiores de los pentagramas. Así, el planteamiento distanciado y lírico convence en el primer movimiento, pero en el segundo, que tiene que funcionar con el anterior como un díptico contrastante, se evidencia la falta de fuelle, de garra dramática. No remonta la cosa en el Scherzo, muy hermoso y primorosamente expuesto –Nagano trabaja con pinceles finos– sin que se perciba nada más que notas.
Inesperadamente, el Adagietto es fabuloso: lento y estático, que no extático, por completo rebajado de azúcar y de autocomplacencia. La batuta lo entiende como epicentro de la partitura, circunstancia que queda muy clara cuando decide hacer una prolongada pausa antes del Finale, del que aquí no es prólogo. Muy bien el movimiento conclusivo, que sin ser en absoluto dionisíaco sabe ir de menos a más y alcanzar plenitud sin excesos. La orquesta, a despecho de algún gazapo puntual, funciona de manera satisfactoria.
¿Conclusiones? Vogt me impide recomendar la audición completa de Das Lied von der Erde, pero les animo a escuchar el último movimiento. La Quinta, siendo globalmente notable, no merece especialmente la pena. Ya veremos cómo le funciona la Resurrección.

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