Lo de asqueroso, literalmente, por obra y gracia de la regista Marta Eguilior. En Mozart y Da Ponte, Don Giovanni es un noble al mismo tiempo simpático y detestable que, merced a su egoísmo y nula empatía por los demás seres humanos, no duda en infligir daño a cuantos tiene alrededor, incluidos aquellos quienes le quieren de verdad, para obtener el mayor placer inmediato posible. Para la citada señora, se trata de un psycho killer que se pasa todo el tiempo violando, rebanando cuellos con un gigantesco cuchillo o –literalmente– comiéndose los intestinos de sus víctimas, algo que se muestra con explicitud en la escena del banquete. Leporello es un viejo al que su señor lleva atado con correa de perro y al que obliga a emitir ladridos y arrastrarse por el suelo a olfatear, como si fuera Alfredo Landa en Los santos inocentes. Don Ottavio es un monstruo que no duda en estrangular a Doña Ana, si bien Masetto tampoco se queda corto en animalidad. Las mujeres, claro, son las buenas de la función.
La señora Eguilior se pasa así por el forro toda la complejidad psicológica que está tanto en el libreto como en la música, y que convierte a esta ópera en una obra maestra, para ofrecer en su lugar una caricatura hiperviolenta, efectista a más no poder, dibujada con rotulador grueso y de execrable gusto, que no solo no aporta nada al original, sino que funciona en su contra. Un ejemplo: ¿recuerdan ustedes cómo Mozart ilustra de manera magistral en Là ci darem la mano la manera en que Don Giovanni pasa de seductor a seducido? Pues a Eguilior eso le da igual: en la sección Allegro no solo Zerlina no lleva la voz cantante –la “rusticidad” campesina se impone en la partitura–, sino que es agredida por unos señores vestidos de puppies que funcionan aquí como lacayos del protagonista. Toda sensualidad, toda picardía, toda complejidad de relaciones entre ellos y ellas se convierte aquí en grotesca y maniquea denuncia de la agresividad masculina hacia las mujeres.
Sumen a esto una deficiente resolución de las situaciones dramáticas –un desastre el final del primer acto–, coreografías estúpidas, caprichos “conceptuales” incomprensibles y la eliminación de un plumazo de toda la escena final mozartiana: aquí todo acaba con unos brazos que surgen del suelo para llevarse al burlador de Sevilla a los infiernos. ¿Algo positivo que señalar? Sí, una escenografía y una iluminación increíblemente bellas a cargo de la propia Eguilior. No se puede decir lo mismo del vestuario de Betitxe Saitua, que me ha parecido horroroso.
Dicho esto, el principal responsable del desastre de anoche no es Eguilior, sino el director del Teatro Villamarta, Carlos Granados de Dueñas. Se sabía que la producción era así, porque batió el récord de malas críticas: aquí van –cito por orden alfabético– las de La Nueva España, Ópera Actual, Ópera World, Platea y Scherzo. ¿Por qué la trae entonces a Jerez? Cabe la posibilidad de que a él le guste: mal asunto. Podría ser que haya primado la intención de subirse al carro del feminismo –del mal entendido– y del me too: peor aún. O quizá se trate de una cuestión de amistad con la regidora, o de intereses ocultos: ya sería el colmo.
Lo que me confirma que Granados debería
abandonar su puesto cuanto antes es la parte musical. Elena Salvatierra,
joven nacida aquí al lado en El Puerto de Santa María, defraudó seriamente el año pasado
el Réquiem del salzburgués con una dirección mortecina, falta de tensión
interna, de pulso vital, de contrastes y de sentido dramático. ¿Por qué invitarla
a repetir con una obra extremadamente peliaguda en la que se ha estrellado
hasta el mismísimo Barenboim? A la gente que comienza hay que darle tiempo, dejarla
madurar, no ponerla en compromisos imposibles de resolver. De la dirección de
anoche lo único positivo que puedo decir es que la chica evidenció muy buen gusto
en el fraseo y sentido de la cantabilidad. Por lo demás, línea “Marriner del
malo”, es decir, todo suavón y mortecino, y trufado de numerosos desajustes con
los cantantes. Soporífero. La notable Orquesta de Córdoba, eso sí, tocó
con seguridad y limpieza.
Así las cosas, agredidos seriamente desde la escena y sin ayuda suficiente por parte de la dirección musical, uno tiene que plantearse hasta qué punto los cantantes estuvieron menos que regular por culpa de sus propias limitaciones. El único número de la noche que me gustó mucho fue el Non mi dir de María Rey-Joly, problemática en el agudo pero Doña Ana de fuste. Berna Perles, voz interesantísima, ofreció muy buenos momentos –otros no tantos– como Doña Elvira. Y ahí acabó la cosa.
El chileno Ramiro Maturana ofreció un Don Giovanni insuficiente por voz y por caracterización. Ruben Amoretti, un señor que en otros tiempos –corría el año 2014– me parecía excelente cantante, me resultó insufrible por su tosquedad a pesar de que su tesitura vocal es la adecuada para Leporello. El tenor Julián Henao posee muy buena pasta vocal, pero la técnica me parece precaria: mal Il mio tesoro. Zerlina, Masetto y Comendador eran tres cantantes andaluces muy jóvenes que no se deberían haber metido en camisa de once varas: regular la primera, mal el segundo y literalmente inaudible -la voz no corría- el tercero. Prefiero no decir nombres.
El público aplaudió mucho, muchísimo, aunque mostró considerable frialdad con el equipo de la puesta en escena. Yo lo tengo claro: una de las peores noches de ópera de mi vida. ¿Lo peor de todo? No hay recambio para el director Carlos Granados. Ningún gestor con talento, experiencia y agenda de la que tirar –fundamental para hacer ópera– quiere hacerse responsable de un teatro en el que no hay presupuesto para otra cosa que no sea el flamenco. Lasciate ogne speranza.

1 comentario:
No se quien decía que el dinero publico no es de nadie...pues eso. Con dinero publico se hacen estas porquerias, mamarrachadas y productos infectos para mayor gloria de una seudo ideologia, que ademas desvirtúan la obra y la llevan al terreno de lo tendencioso. Una cosa es en la medida de lo posible hacer aportaciones, audacias, y otra es que la tradicion te la pases por el forro. Entonces da igual don giovanni que la tosca. Si tuviera que rendir cuentas por ese subproducto (a saber lo que ha costado...) quiza se lo pensaran dos veces.
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