domingo, 31 de mayo de 2026

Don Giovanni de Mozart: Giulini frente a Klemperer

Otoño de 1959 era el momento previsto por el productor Walter Legge para que Otto Klemperer se pusiera al frente de la gloriosa Orquesta Philharmonia y grabara Don Giovanni. El de Breslau se puso enfermo, así que hubo que recurrir a Carlo Maria Giulini, quien aunque ya había registrado Le nozze con un elenco similar, jamás había  dirigido musicalmente las aventuras del Burlador de Sevilla. Le salió muy bien, hasta el punto de que su registro nos ha servido a muchos para aprender a amar la magistral creación de Wolfgang Amadeus Mozart. Venturosamente, los productores Peter Andry y Suvi Raj Grubb le darían a Klemperer otra oportunidad entre junio y julio de 1966. El resultado fue de mucha altura, pero se sigue discutiendo cuál de las dos realizaciones hace mayor justicia a la obra. He querido volver a los dos registros, esta vez en los últimos y soberbios reprocesados en alta definición: globalmente me quedo con la segunda de las interpretaciones, pero hay cosas que están mejor en la primera de ellas.

Guilini ofrece una dirección modélica en estilo: natural y elegante en el fraseo, contrastada en su punto justo, fresca sin caer en nerviosismos ni perder la compostura, aunque también alejándose de pesadeces o excesivas densidades. A los amantes de la escuela historicista les parecerá su dirección en exceso tradicional, pero allá por 1959 no era así: el de Barletta estaba inyectando luz mediterránea a Mozart. Hay también concentración y cantabilidad extremas, como en un lentísimo Dalla sua pace o en el concertante de la aparición de las tres máscaras. A destacar igualmente la fuerza teatral que es capaz de imprimir el maestro cuando corresponde, justo lo que ocurre en un final del primer acto formidablemente planteado en su acumulación de tensiones. Por lo demás, realización de enorme depuración sonora y expresión en el punto justo entre "dramma" y "giocoso". Lógicamente, el melómano que busque una visión eminentemente romántica –digámoslo así– de la obra encontrará insuficiente la propuesta del italiano.

Ese melómano se encontrará mucho más a gusto con Klemperer, aunque tampoco se puede decir que este otro maestro "romantice" el asunto. No es la suya una visión de grandes pasiones amorosas, de desafíos a las convenciones sociales y de antihéroes condenados al infierno. Ni siquiera se puede acusar de densa o pesada a su realización, porque a pesar de la extrema lentitud de los tempi el pulso es implacable, y absoluta la transparencia del tejido orquestal. No, lo suyo no es "germanizar" más de la cuenta a Mozart. Klemperer va a lo suyo, que es muy inclasificable: analizar con extrema finura las tensiones de líneas, armonías y colores que propone el compositor, contándonos a la perfección cómo y por qué este escribió lo que escribió. Literalmente, nos hacer leer la partitura quienes no sabemos leer música. Un prodigio. Por descontado, las referidas tensiones alcanzan picos abrumadores cuando la dramaturgia se pone más agitada, culminando en una escena del Comendador para la historia. ¿Y lo giocoso? Pues lo esperable en Klemperer: humor sarcástico a tope, cuando no abiertamente negro. Este señor no hace concesiones al oyente burguesón que quiere entretenerse con la música. A sufrir, que es lo que nos merecemos. La ejecución es absolutamente descomunal: la Philharmonia está aún mejor que con Giulini, mereciendo mención especial unas maderas a las que el maestro concede la primacía que demandan en la escritura mozartiana.

Vamos con los cantantes, citando siempre en primer lugar a los de Giulini. Eberhard Wächter, a tenor de las fotografías y de los vídeos que se conservan del apuesto caballero, debió de ser un Don Giovanni por completo convincente en la escena. No tanto en el disco: ni la voz posee la pasta deseable ni su caracterización, aun siendo sólida y ofreciendo aquí y allá detalles de enorme clase, resulta completa. Tiene poco que hacer frente a Nicolai Ghiaurov, quizá el más redondo retrato del seductor junto con el inolvidable de Cesare Siepi. El búlgaro no destila la italianidad de este último, pero posee una materia prima excepcional, canta con imponente seguridad y matiza con especial acierto atendiendo a todos los recovecos del personaje, incluyendo los mefistofélicos y mucha rebeldía.

Notable el Leporello de Giuseppe Taddei, aunque a mi entender se pasa de rosca en lo bufo: siendo este un componente indispensable en el personaje, no se debe saturar al personal. Prefiero a Walter Berry, que matiza con más acierto –más sutil e irónico– y canta con enorme propiedad.

Elisabeth Schwarzkopf ha de ser, sobre el papel, la Doña Elvira de nuestros sueños.  La encarna de maravilla, claro está, no solo por su canto aristocrático sino también por la interpretación, destacando en este sentido la ferocidad que imprime a su primera escena. La evolución su personaje hasta la llegada del Comendador se encuentra plenamente atendida. Dicho esto, la señora esposa de Legge no puede ocultar que se queda bastante corta en el grave. La mezzo Christa Ludwig, nos cuentan Enrique Pérez Adrián y Fernando Fraga en su discutible Los mejores discos de ópera, baja su parte un tono para andar más cómoda. Su canto, como el de la Schwarzkopf, posee ese carácter distinguido que es propio del personaje, si bien en comparación con esta no posee suficiente teatralidad, resultando (¿quién lo diría?) un pelín sosa. O quizá se trate simplemente de una recreación más introvertida. Quizá me quede con la soprano. no estoy seguro.

La joven Joan Sutherland está estupenda con Giulini. Ya sé que no se le entiende nada, pero precisamente esa deficiente vocalización le sirve –le pasaba lo mismo a Caballé– para hacer más mórbida la línea de canto, cosa que en Mozart es fundamental. Y no, no está nada distante en la expresión: sus dos arias no solo desprenden apreciable emotividad, sino que además se encuentran perfectamente diferenciadas. Por lo demás, cuando llegan las agilidades del Non mi dir está "stupenda", nunca mejor dicho. Claire Watson en absoluto es mala cantante, pero no se muestra del todo cómoda en lo vocal ni implicada en la esencia de Doña Ana.

La hermosa Graziella Sciutti es la típica soubrette: pizpireta, fresca y con su punto de picardía, como también cursi y un poquito redicha. Una Zerlina anticuada, pues. Mucho más moderna, en todos los sentidos, la que ofrece con Klemperer Mirella Freni, pura palpitación erótica en una mujer madura –en el espíritu, no en la edad– y empoderada que toma a los hombres por las riendas. 

El Almaviva que en fechas cercanas grabó Luigi Alba junto a la Callas ha quedado muy vetusto. Creo que no pasa lo mismo con este Don Ottavio, cierto es que más amable que autoritario o resuelto, pero dotado de ternura, vuelo lírico y emotividad. Guilini le ayuda muchísimo, ciertamente. No necesita que le echen ninguna mano Nicolai Gedda, quien realiza una visión más completa del personaje merced a una voz más llena y un canto de enorme musicalidad: Mozart puro, efusivo a más no poder, sin dejar espacio para la blandura. 

Piero Cappuccilli es barítono, no bajo, y por ende resulta bastante pálido como Masetto a pesar de la calidad de su canto y la solidez del enfoque adoptado. A Paolo Montarsolo no le encuentro por ningún lado los problemas canoros a los que se refieren los dos críticos arriba referidos. De hecho, lo veo mucho más cómodo que a su colega, y si algo hay que discutir es esa escuela bufa que le hace exagerar un tanto su retrato.

Ni Gottlob Frick con Giulini ni Franz Crass con Klemperer terminan de convencer como el Comendador. Bastante mejor el segundo que el primero, en todo caso. Tampoco entusiasma el clavecinista, Henry Smith en las dos grabaciones: la escuela historicista nos ha enseñado que el bajo continuo se puede hacer muchísimo mejor.

¿Conclusión? Para quien comience en Don Giovanni, Giulini a pesar de sus desequilibrios. Para quienes quieren profundizar en la obra es preferible la grabación de Klemperer, globalmente maravillosa pero demasiado personal para no iniciados.

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