De la mano de su titular Santtu-Matias Rouvali ha llegado la Philharmonia Orchestra al Teatro de la Maestranza por tercera vez, después de las visitas con Giuseppe Sinopoli en 1993 y con Pedro Halffter en 2005. Hay que recordarlo: la orquesta de Karajan, Klemperer, Muti, Dohnányi y Salonen. La orquesta de multitud de grabaciones de referencia que atesoramos los discófilos. Una de las grandes europeas. Es necesario traerlo otra vez a la memoria porque llega en medio de la total indiferencia por parte de la prensa local, para la que semejante acontecimiento no parece motivo de celebración. Le estimula mucho más, con diferencia, el Festival de Música Antigua, o que la Orquesta de Cámara de Bormujos se pase a la kale barroka, esto es, a las maneras “históricamente informadas” del non-vibrato y del ñic-ñic non stop. Para eso, todos los parabienes habidos y por haber, a veces publicando su reseña en dos y hasta en tres (!) medios diferentes. No hay que extrañarse: son los mismos medios que mostraban su rechazo a que tuviéramos todos los años a uno de los más grandes músicos del último medio siglo, un tal Daniel Barenboim, o que reclamaban en tiempos del citado Halffter “menos cosas raras” (por lo del repertorio del primer tercio del XX) “y más zarzuela”. Me refiero a Diario de Sevilla y ABC respectivamente, por si alguien no capta “la indirecta”. Lo peor de todo es que el desinterés parece ser compartido por el público, que abarrotó las tres funciones de La Verbena de la Paloma y se dio tortas para escuchar a Anna Netrebko, pero que dejó a medio llenar a la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig, a Ismael Jordi y a una Philharmonia que, por si fuera poco, ha venido con otra gloria local: Javier Perianes. ¿De verdad que por ser de Nerva hay gente que no se ha enterado de que es uno de los mejores pianistas del mundo? Alucinante.
El Maestranza ha hecho muy bien en recuperar las grandes orquestas: no puede haber teatro con ciertas aspiraciones que no cuente de vez en cuando con alguna formación de primera fila, al igual que debe hacer producciones propias de ópera o recuperar patrimonio musical local con independencia de su calidad. Pero a nadie se le escapa que después de estas calvas en el patio de butacas el proyecto está condenado a su desaparición.
Me decía un amigo que al público no hay que reprocharle nada, que va a lo que quiere. Cierto. Que la crisis se da a nivel mundial. Pues también. Pero no es menos verdad que se podría hacer una labor de promoción que no se hace. Porque a algunos no les da la real gana, habría que añadir. ¿Acaso no es noticia que una orquesta de semejante categoría visite Sevilla? Y si no es ni mucho menos tan popular como la Wiener Philharmoniker o Ana Netrebko, ¿no habría que explicarle al previamente al personal que estamos ante algo de muchísimo interés o calidad? Parece que no. Y eso puede conducir –va a conducir: son los tiempos de la motosierra de Trump y Milei– al triunfo del pensamiento reaccionario. Si algo no interesa, las instituciones públicas no tienen por qué ofrecerlo. Quien quiera exquisiteces, que se las pague, y si no puede, que se conforme con escuchar los discos. No, no es broma: esto último se lo he leído a un crítico local. Abandonad toda esperanza, diríamos si nos pusiésemos en plan Dante, aunque como el Hospital de la Caridad está justo detrás del Maestranza (¡ahí sí que está el gran Barroco sevillano!), mejor lo hacemos a la manera de Miguel de Mañara: Finis Gloriae Mundi. En fin, vamos al concierto.
Más o menos se sabía como iba a estar, porque hay testimonios fonográficos. Ya he comentado aquí cómo Javier Perianes se enfrenta al Concierto para piano nº 5, Egipcio, de Camille Saint-Saëns, a raíz de una pequeña comparativa discográfica que me ha permitido apreciar cuál es el peligro a la hora de interpretar esta música: trivializarla con un fraseo en exceso nervioso, toque en exceso aéreo y carácter excesivamente lúdico. Nuestro artista evita los tres, porque su toque sabe no perder densidad armónica y su discurso horizontal posee una concentración asombrosa, aunque debo advertir ahora que no ha sido “muy Perianes” al abordarlo. Más bien me ha recordado –nadie se escandalice por la comparación, el onubense es uno de los grandes– las maneras de hacer de Arthur Rubinstein, lo que implica una interesantísima mezcla entre elegancia, fuego tan intenso como controlado y hedonismo a la hora de gozar de melodías y colores. Combinación difícil, casi cuadratura del círculo, pero factible. ¿Un Saint-Saëns señorial? Algo así. Virilidad no reñida con delicadeza, intensidad alejada de los fuegos artificiales, hondura sin intención de perder la luminosidad del discurso, delectación melódica que sabe no ceder al narcisismo… y mucha, mucha belleza sonora. Todo ello servido con un toque particularmente variado y expuesto –puede haber alguna nota falsa, eso no alcanza la menos significación– con una facilidad insultante, como si se estuviera paseando por las teclas del piano. A veces al pianista miraba al patio de butacas con cara extraña, como si algo le inquietara, pero lo que allí se escuchaba trasmitía un enorme placer por hacer música, amén de una palpitación vital (¡qué tercer movimiento más sanguíneo!) fuera de lo común. Orquesta y director hicieron un trabajo no genial –en algún momento el piano tapó determinadas líneas de las maderas–, pero sí de alto nivel.
Tampoco el onubense fue “muy Perianes” en la primera propina, una Danza del fuego discutible, reveladora y quizá genial en la que dejó a un lado evocaciones atmosférica y subrayó con valentía ritmos y angulosidades –toque macizo, sin llegar a lo percutivo– para mirar cara a cara al universo de Bartók. En la segunda y última sí que fue él mismo: el célebre Nocturno de las Piezas líricas de Grieg. Ni a Gilels ni a Gavrilov, referencias en este repertorio, se lo he escuchado con semejante grado de inspiración. Pura magia sonora en la que una increíble capacidad para regular el sonido del instrumento se unía a una concentración que le permitía mantener las tensiones a pesar de la lentitud del tempo escogido. Un prodigio irrepetible.
Suite de El pájaro de fuego en la segunda parte. Versión 1945, habría que puntualizar: orquestación aligerada –y más barata–, inclusión del maravilloso pasaje del juego de las princesas con las manzanas de oro y acordes finales de la sección conclusiva muy recortados. El maestro finlandés ofreció lo mismo que en el disco aquí comentado, esto es, una de las posibles visiones de esta partitura particularmente poliédrica. Ni el romanticismo denso y voluptuoso de Colin Davis, ni el sentido narrativo del más temprano Ozawa, ni la electricidad del Boulez de los setenta. Menos aún la seca violencia del propio Igor Stravinsky. Santtu –con su nombre de pila le promociona la orquesta– miró al universo impresionista con una pincelada particularmente ligera y ágil mediante la cual las angulosidades de la escritura se transformaban en elegantísimas curvas, el tejido se aclaraba y la interpretación perdía carácter teatral para convertirse en un exquisito estudio de timbres y texturas. Fue una recreación aérea –por fortuna no excesivamente leve–, muy bella y en cierto modo abstracta que, efectivamente, miró al Impresionismo, pero entendiendo ese estilo no como evocación de atmósferas más o menos sensuales y misteriosas, sino como indagación en las cualidades expresivas de la pincelada, muy mirando hacia el futuro. Ya saben, lo que Boulez hacía cuando dirigía a Debussy y a Ravel pensando en sus propias Notations. No, no es casualidad de que a quien más me recordara ayer Santtu recreando El pájaro fuera al Boulez de su colaboración con Chicago.
Primera propina en la misma línea: esa tontería maravillosa que es la Circus Polka del propio Stravinsky en interpretación nuevamente refinadísima, delineada de manera meridiana, muchísimo más elegante que propiamente circense, en la que el juego virtuosístico de ritmos y colores quedaba maravillosamente expuesto. Todo un lucimiento, para eso la tocaron, por parte de metales y percusión de la orquesta londinense. Las maderas, siendo de calidad, me gustaron un poco menos a lo largo del concierto. ¿Y la cuerda? Para ella fue la segunda propina, una Danza húngara nº 1 de Brahms que, con independencia de determinadas decisiones de la batuta, nos hizo disfrutar de un empaste, una tersura y una redondez que nos dejó maravillados. Disfrutemos de lo escuchado: puede que tardemos lustros en escuchar una máquina de hacer música de semejante categoría en el Maestranza.
Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza
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