domingo, 6 de septiembre de 2020

Sinfonía nº 6 de Mahler: discografía comparada

La Sexta es mi favoritas de las sinfonías de Gustav Mahler. Quizá debería especificar. La primera me gusta y me aburre a ratos hasta llegar al último movimiento, que me parece un monumental ladrillo. En la Segunda me atrapan el primer y tercer movimiento; bastante menos el resto. La Tercera me parece vacía y cursi, pese a las bellezas que contiene. Me gustan mucho Cuarta y Quinta. La Séptima me parece que va de lo genial a lo insoportable. Bastante trabajo me cuesta escuchar la Octava. La Novena me interesa muchísimo y la Décima me fascina irremisiblemente. Luego está La canción de la Tierra, claro: para mí, una de las obras maestras absolutas de toda la Historia de la Música.

Pero entre las sinfonías oficiales creo que la Sexta es la mejor de todas, aquella en la que el despliegue de medios, enorme, no es un fin en sí mismo sino una manera de conseguir unos determinados fines expresivos que, al contrario que en otras páginas del autor, resultan por completos sinceros. La "Trágica" no resulta, ciertamente, menos extrema en sonoridades y en estados anínimos, menos teatral ni menos contrastada que la mayoría de las del autor, ni deja de situarse en ese universo en el que lo culto y lo popular, lo refinado y lo vulgar, lo apolíneo y lo grotesco, la vida y la muerte se integran en un todo único e inclasificable. Pero sí que lleva todo ello a la práctica de manera mucho más convincente.

De la cuestión del orden de los movimientos internos ya los expertos mahlerianos han hablado bastante. Personalmente prefiero el orden Andante Moderato-Scherzo, pero no me parece en absoluto desacertado hacer Scherzo-Andante Moderato, que es lo que deciden maestros no precisamente desconocedores de este universo musical como Bernstein o Chailly. Este último aporta una interesantísima reflexión: si el Scherzo se coloca después del Allegro inicial, hay que hacer desde el podio un importante esfuerzo para diferenciar el carácter de ambos movimientos, lo que significa que hay que hacerlo todavía más virulento y alucinado de lo que es. Es precisamente por eso por lo que el firmante de estas líneas se decanta por la otra opción, y también porque creo que así la obra adquiere mayor lógica interna: el carácter demoníaco del Scherzo, su feroz y nihilista rabia, no sería sino consecuencia del dolor que brota a borbotones del Andante Moderato.

Confío en que los lectores no me den mucho la murga con el "faltan esta versión y tal otra". Lo sé. No conozco mal la discografía mahleriana. En la estantería tengo sin escuchar las versiones que compré en su momento de Bertini y Ozawa, y en Qobuz he marcado las de Abbado/Chicago y Tennstedt/LPO en vivo. Pero mi tiempo es limitado y, por mucho que me guste esta obra, tengo otras muchas músicas a las que atender. Están invitados a comentar las que ustedes quieran, pero no me pregunten si las he escuchado, porque la respuesta sería negativa. Gracias.

 

1. Horenstein/Estocolmo (Unicorn, 1966). Una versión absolutamente idiomática y no exenta en absoluto de fuerza, garra y dramatismo, pero que sorprende porque la batuta se toma las cosas con calma, paladeando las melodías y desgranando con cuidado el entramado orquestal. En cualquier caso los dos primeros movimientos no llegan a ser magistrales. Sí lo es el Andante moderato, bellísimo y de desgarrador lirismo. El cuarto es impresionante, y aunque su clímax final pierde un poco de fuerza, su coda es particularmente terrorífica y abrumadora. Lástima que la orquesta se quede muy corta. (9)

 

2. Bernstein/Nueva York (Sony, 1967). Extrovertida, impetuosa y contrastada interpretación, muy alejada de lo decadente, que alcanza sus mejores momentos en un cálido y emocionante Andante moderato, pero que flaquea por un primer movimiento precipitado y con cierto tono festivo. Se echa de menos, además, un mejor análisis del entramado orquestal y mayor creatividad, así como una orquesta más segura. (7)




3. Barbirolli/New Philharmonia (Testament, 1967). Justo un día antes de meterse en el estudio de grabación, Barbirolli y la orquesta de Klemperer ofrecieron en los Proms su particular visión de la obra. Pese a que el arranque parece anunciar todo lo contrario, los tempi son en vivo bastante menos dilatados que los del registro oficial de EMI –diferencia de dos o tres minutos en cada movimiento–, pero el concepto es el mismo, asombrándonos la manera que tiene el maestro de combinar holgura en el fraseo y una extraordinaria cantabilidad –memorable el Andante Moderato, ubicado en segundo lugar– con la tensión dramática que necesita la obra, atendiendo no solamente a las explosiones sonoras sino también, y mucho, a las atmósferas y texturas genialmente desplegadas por el compositor, siempre desde esa óptica dramática, oscura y opresiva que es de esperar en el maestro británico en este y en otros repertorios. Eso sí, las imperfecciones de ejecución propias del directo y, sobre todo, la muy discreta toma sonora –circunstancia inevitable en los Proms, al menos por aquellos años– deja este registro reservado a los mahlerianos más acérrimos y a los especialmente interesados en el arte de Sir John. (10)

 

4. Barbirolli/New Philharmonia (EMI, agosto 1967). Ahora sí, en estudio y con una toma sonora de mucha altura para la época, Sir John logra plasmar perfectamente su concepto de la obra. Un concepto muy distinto a aquel del que hacía gala Bernstein en Nueva York tan solo unos meses atrás: frente a la espontaneidad, la frescura e incluso el goce de vivir, de escuchar y hasta de sufrir del que hacía gala Lenny en la primera –y menos madura– de sus aproximaciones discográficas, frente a aquél sensualísimo despliegue de hedonismo dionisíaco, aquí lo que nos encontramos es ante una aproximación despojada y rigurosa, sin rastro de emotividad pero cargadísima de tensión dramática ya desde un primer movimiento lento e implacable, voluntariamente alejado de la incandescencia épica, sin rastro de carácter festivo, lleno de malos presagios. El Andante moderato –ubicado por deseo expreso de Barbirolli en segundo lugar, aunque la primera edición en compacto hiciera caso omiso de esta voluntad– resulta tan intenso y lacerante como ajeno al humanismo panteísta de Bernstein. En el Scherzo se subrayan los aspectos expresionistas, sin cargar las tintas en la corrosividad y sin caer en la esquizofrenia: venir después del Andante moderato facilita las cosas en este sentido, pues no es imprescindible subrayar unos contrastes que de esta forma quedan bien marcados. El movimiento conclusivo, encendido, sin exhibicionismos y siempre bajo rigurosísimo control; implacables a más no poder, realmente escalofriantes, los redobles finales de timbal, que no dejan ni un solo ápice de esperanza. En cualquier caso, lo que más maravilla en esta lectura es el increíble trabajo de análisis orquestal que realiza el maestro: seguramente ni con Boulez se ha alcanzado grado semejante de claridad de líneas y de atención a las texturas como el que aquí realiza el maestro, siempre en perfecta complicidad con una orquesta en estado de gracia que suena en sus maderas (¡bien entrenadas por su titular Otto Klemperer!) y sus metales con una particular incisividad que, sin llegar a ser hiriente, no da lugar a concesiones ni a la belleza sonora ni a la brillantez más o menos retórica. En fin, una experiencia. La remasterización de 2020 es soberbia, pese a que evidencia el carácter algo metálico de la toma. (10)

 

5. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DG, 1968). No puede comenzar peor esta interpretación, no solo precipitada y nerviosa, sino también carente de fuerza. La sensación de amenaza y fatalismo que debe llegarnos ya en los primeros compases se ve sustituida por la histeria. Ni siquiera la naturalidad en el fraseo, la lógica constructiva que caracterizaba a ese gran director que fue Kubelik hace acto de presencia: todo el primer movimiento resulta atropellado y machacón, amén de escasamente matizado. A continuación viene el Scherzo: su carácter alucinado queda bien expuesto gracias a un soberbio tratamiento de las maderas, pero a la postre los problemas siguen siendo los mismos. Muchísimo mejor el Andante moderato: no se puede decir que resulte agónico ni visionario, pero aquí el maestro sí que puede desplegar su lirismo transparente, cálido y por completo ajeno a la afectación. En el Finale se alternan momentos francamente buenos con otros precipitados, incluso no del todo bien planificados: no se explica que al último gran clímax se llegue sin fuerza y tras él no se sienta el abismo. La orquesta, por su parte, lo pone todo en el asador, pero no puede disimular que su nivel -sobre todo el de los metales- no es en modo alguno el de hoy. Tampoco a la toma sonora, sensatamente restaurada en HD, logra ocultar sus deficiencias de origen. (7)

 

 

6. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1970). La ocasión ideal para que el maestro, totalmente en su salsa, hiciera rugir a la orquesta como nunca lo había hecho, lanzándose en plancha al caleidoscopio de ritmos y timbres propuestos por el compositor, acumulando decibelios sin el menor complejo, subrayando todas las aristas tímbricas posibles (¡virulentas a más no poder las maderas, increíbles los metales de la CSO!) y fraseando con una electricidad y una vehemencia implacables, todo ello con una furia y una ferocidad que convierten a esta obra más que nunca en una carrera al abismo. Ahora bien, que nadie se piense que esta es una interpretación lineal, plana o de trazo grueso, porque la flexibilidad en el fraseo y la riqueza de matices están garantizadas, por no hablar con la pasmosa claridad con que la batuta trata el complejísimo entramado orquestal. Tampoco anda escasa de concentración, porque aunque haya nervio en cantidad, Sir George sabe remansarse cuando debe, tanto en los pasajes líricos intercalados entre las grandes explosiones sonoras como en un Andante moderado –ubicado en tercer lugar– dicho con cantabilidad suprema e irresistible emotividad. Ni es una versión externa, porque la sinceridad de los sentimientos, arrebatadísimos, se pone por encima del deslumbrante espectáculo sonoro. Que un servidor, y probablemente la mayoría de la tribu mahleriana, nos quedemos con los logros irrepetibles de un Barbirolli o un Bernstein en esta partitura –ellos van con menos prisa, paladean mejor la música, atienden más a las atmósferas– no es menoscabo para que este registro sea un perfecto ejemplo del arte de un enorme maestro. (9)

 

7. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1975-77). No creo que tenga nada que ver con las desigualdades de esta interpretación el hecho de estar grabada en dos años distintos, sino más bien con la personalidad artística de Karajan y su falta de sintonía con la música de Mahler. Ya el arranque nos pone en alerta: suena a banda sonora del Hollywood clásico. Efectivamente, el Allegro inicial resulta bajo la batuta del de Salzburgo, ante todo brillante y épico, por momentos luminoso e incluso triunfalista, también más rápido de la cuenta, en contraste con momentos líricos paladeados con esa placidez algo complaciente que tanto le gustaba al maestro. Pero de angustia y sentido de lo opresivo, nada de nada. El Scherzo se encuentra magníficamente tratado en sus aspectos más expresionistas, con virulencia e incisividad sin necesidad de caer y pintorescos de la página. El Andante moderato, siempre que se acepte un enfoque apolíneo, es espléndido: dicho con el tempo justo, enorme cantabilidad y subyugante belleza sonora, pero sin rastro del narcisismo, el amaneramiento o la languidez contemplativa que con semejante director podíamos esperar. El Finale es desconcertante a más no poder. Arranca sin suficiente fuerza, concluye sin negrura –aunque el “golpetazo” final es tremendo– y hacia el minuto 22 ofrece un clima épico de una brillantez exhibicionista completamente equivocada que recuerda al cuarto movimiento de la Primera sinfonía del autor; pero por medio hay tantos momentos de empuje, de tensión dramática, tratados con tal sentido del color y de las texturas, con pinceles tan exactos y capaces de toda clase de refinamientos bien entendidos, que uno no puede más que descubrirse ante el tremendo espectáculo sonoro propuesto por Karajan. (7)

 

8. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1976). Nueve años después de su grabación en Nueva York, Lenny repite al frente de una orquesta muy superior –y mahleriana al cien por cien– el mismo concepto. Es decir, un primer movimiento en exceso rápido –tanto como la otra vez: el resto de los movimientos se los toma con más calma– y con un punto festivo que no le conviene, pero globalmente una interpretación llena de extroversión y goce dionisíaco, apasionadísima, extremadamente sincera y comunicativa a más no poder, irresistible en el ritmo, riquísima en el colorido, capaz de ofrecer los contrastes expresivos extremos que pide la partitura sin caer en la esquizofrenia ni en el amaneramiento, atenta tanto al pasado romántico como al futuro expresionista, dicha de un solo trazo… Todo un huracán de emociones que alcanza su culmen en un memorable Andante moderato –en tercer lugar–, para después ofrecer un movimiento conclusivo que es puro fuego y no deja un momento de respiro: en su siguiente grabación con la misma orquesta lo dirá con mayor amplitud sin perder garra. En cualquier caso, lo que interesa es la posibilidad de ver a Bernstein en la que es una de las actuaciones escénicas –soberbia filmación en celuloide de Humphrey Burton– más memorables de su carrera. Ver cómo usa todo su cuerpo para explicar la obra –tremendo verle canturreando, al borde de la lágrima, en el Andante Moderato– es toda una experiencia. Por eso mismo, y aun viéndose lastrada por una toma sonora que no está a la altura, considero esta versión como la más recomendable para quien se acerque por vez primera a esta prodigiosa creación mahleriana. (9)



9. Kondrashin/Filarmónica de Leningrado (Melodyia, 1978). Lectura muy personal, viril y épica, ajena por completo a lo decadente pero algo superficial, no muy dramática. El primer movimiento es rápido e implacable, pero se le puede sacar bastante más partido. El scherzo resulta caprichoso en los tempi, en general precipitadísimos, y además carece de sarcasmo. El Andante moderato es emocionante, sin que termine de olerse la tragedia. El cuarto está bastante bien, pero los clímax no son todo lo desgarradores que debieran. La orquesta es espléndida, y la toma sonora bastante mejor de lo esperable. (7) 


10. Sinopoli/Philharmonia (DG, 1986). Armado de un refinadísimo sentido del color y de un fraseo efervescente que en principio podría resultar muy atractivo, el maestro veneciano ofrece una interpretación desconcertante y extremadamente irregular en la que parece empeñado en ser más original que nadie. Una retención de tiempo por aquí, un regulador por allá, unas trompetas –entiendo que de manera voluntaria– gritonas e incluso destempladas, contrastes y expresivos extremos… Su apuesta por un Mahler esquizofrénico tiene validez, pero Bernstein lo hacía –por los mismos años– con muchísima más sinceridad, coherencia y fuerza expresiva. Con Sinopoli la discontinuidad es patente, sobre todo en un primer movimiento más bien fallido. El Scherzo engancha a ratos, mientras que el Andante moderato –en tercer lugar– está llevado a tempo de Adagio (¡casi veinte minutos) y alterna pasajes de una cantabilidad y belleza conmovedoras con otros más bien lánguidos y narcisistas. Al final, y pese a su discutibilísimo arranque –violines amanerados seguidos de percusión desmadrada– el que sale mejor parado es el cuarto movimiento, sugestivo en su aristada tímbrica y dicho con refrescante comunicatividad; la lentísima coda se encuentra muy bien desmenuzada y resulta de lo más inquietante. Toma sonora portentosa. (7)


11. Bernstein/Filarmónica de Viena (DG, 1988). A sus setenta años de edad, un prematuramente envejecido Bernstein –solo le quedaban dos más por vivir– ofrece su más madura, coherente y redonda interpretación, una salvajada de emociones extremas en la que, frente a una increíble Filarmónica de Viena que pasa en segundos de las más angulosas aristas a la mayor dulzura y belleza sonora, da una verdadera lección de batuta –por todo: planificación horizontal y vertical, sentido del color y de los contrastes, dominio de las dinámicas, estudio de las transiciones– para explicarnos la partitura desde su visión eminentemente dionisíaca, hedonista en el mejor de los sentidos, visceral a más no poder, capaz de transfigurar lo que de vulgar, grotesco, sentimental o terrorífico hay en esta música con una sinceridad extrema y una comunicatividad y un apasionamiento irresistibles. A destacar, con respecto a sus recreaciones anteriores, un primer movimiento no tan festivo, más claramente feroz, aun sin renunciar al júbilo en su sección final. El Scherzo es ahora particularmente imaginativo y personal, regodeándose en las múltiples posibilidades del mismo aun mirando con descaro hacia el universo expresionista. El Andante moderato convence un poco menos que antes por comenzar de manera quizá excesivamente extática y autocomplaciente, si bien las tensiones se acumulan hacia un clímax lleno de grandeza. El Finale es lo más impresionante por su fuerza bien controlada hasta llegar a un tercer golpe de martillo –sí, Lenny daba tres– implacable y a una coda lentísima y nigérrima. En fin, esta Sexta y la Quinta del año anterior son quizá los más grandes testimonios mahlerianos que dejó el maestro, lo que equivale a decir dos de los más grandes discos Mahler que existen. (10)


12. Chailly/Concertgebouw (Decca, 1989). Un Mahler no personal, pero sí de admirable ortodoxia, brillante siempre, decadente solo en su punto justo y dicho con apreciable garra dramática, en la que solo se echa de menos una dosis mayor de visceralidad e inmediatez en los dos primeros movimientos (Allegro energico-Scherzo), quizá porque el milanés decide tomarse las cosas con cierta calma para desmenuzar todo lo posible el entramado orquestal, que gracias a su batuta pero también a la asombrosa prestación de la Orquesta del Concertgebouw, suena con gran claridad, riquísimo colorido y la adecuada incisividad, esto último sin descuidar en modo alguno la tersura y la sensualidad imprescindibles. El Andante moderato es impresionante, emotivo a más no poder sin lugar a narcisismos, mientras que el Finale resulta, sin necesidad de cargar las tintas, verdaderamente demoledor. La toma de sonido es modélica. (9)

 

13. Boulez/Filarmónica de Viena (DG, 1994). Espléndida versión dentro de su estilo sobrio y directo, ajeno a amaneramientos y grandilocuencias, aunque también a trasfondos emocionales o filosóficos. Boulez en siempre Boulez, para lo bueno y para lo malo. En cualquier caso,  está formidablemente expuesta y se encuentra dicha con muchas ganas; incluso a veces –eso sí que es raro en el maestro– con cierto arrebato, aunque evitando todo desmelene. El estudio armónico, por su parte, resulta ejemplar. Ahora bien, la orquesta no suena tan bella, suntuosa y brillante como con Bernstein, e incluso en algún momento los violines decepcionan un tanto. (9)


14. Jansons/Sinfónica de Londres (LSO, 2002). El primer movimiento es tan correcto como rutinario e impersonal, echándose de menos garra y tensión interna. Sigue el Andante moderato, frío a pesar de que la batuta intenta aparentar pasión en el clímax, aunque al menos no es blando ni relamido. Al Scherzo le pasa lo mismo que el primero. El movimiento final es magnífico, atento a la claridad orquestal y sin efectismos, aunque pierde un poco de gas en la conclusión: los últimos compases deberían ser más cataclísmicos y siniestros. ¿Qué es lo que vieron tantas orquestas de primera en el bueno de Mariss Jansons? (7)

 

15. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 2004). Esta personal Sexta es un revelador muestrario de las admirables virtudes y los grandes defectos del Mahler de Abbado en la última etapa del maestro. El primer movimiento deslumbra por su asombrosa riqueza de colorido, su claridad, y su carácter comunicativo, pero se echan de menos densidad y carga trágica. La orquesta, aun tratándose de la que se trata, suena bastante menos densa de lo que suele debido a esa tendencia del maestro a aligerar tanto en lo sonoro como en lo expresivo, cosa que queda mucho más en evidencia en el arranque del Andante moderato, ingrávido, suavón y falto de carácter, aunque más adelante la temperatura se va caldeando y uno no puede resistirse a la gran cantabilidad con el que el maestro frasea las melodías: como recreación eminentemente apolínea del sublime movimiento puede valer, pero hubiera sido preferible sustituir el extremo refinamiento formal por una mayor intensidad expresiva. El Scherzo ofrece las mejores oportunidades de deslumbrar con una técnica de batuta portentosa, particularmente en lo que al sentido de las texturas se refiere. Lo mejor es el movimiento conclusivo, poderoso e implacable, además toda una exhibición de control sobre la orquesta, si bien su enfoque es antes combativo que nihilista: menos propensión a la aparatosidad y un sentido más desarrollado de la atmósfera fúnebre se hubieran bienvenido. La toma sonora impresiona en SACD por sus tremendos graves, pero hay que poner el volumen bien alto. (8)

 

16. Iván Fischer/Festival de Budapest (Channel Classics, 2005). El maestro de Budapest, siempre sólido pero muy rara vez interesante, nos ofrece una lectura rápida, intensa y muy bien encaminada, ajena a efectismos y a lo decadente, dentro de una óptica que no termina de convencer por resultar antes épica que dramática o fatalista, pero en cualquier caso bien resuelta. Pierde un tanto por la calidad de la orquesta, por cierta precipitación y por su tendencia a emborronarse. (7)

 


17. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Euroarts, 2006). Abbado repite su interpretación berlinesa con una orquesta, la de Lucerna, que por esas fechas no era tan buena como lo es hoy, y quizá acentuando los defectos de entonces. Particularmente discutible el enfoque excesivamente jubiloso del final del primer movimiento, y muy molestos los amaneramientos del trío del Scherzo. A olvidar. (7)


 18. Haitink/Chicago (CSO, 2007). El veterano maestro, lejos de epatar con recursos fáciles de tan superficial como insincero apasionamiento, planifica la arquitectura de tensiones con minuciosidad para que el discurso sea mucho más unitario, efectivo e implacable. Está además muy atento a la gama de matices dinámicos, desde el más inaudible pianísimo hasta el forte más atronador, pasando por una amplísima gama intermedia perfectamente estudiada. Y organiza con sabiduría los diferentes planos orquestales no sólo para garantizar la claridad en una obra de tan denso tejido, sino para también obtener unas texturas ricas y sugerentes que pongan de relieve el riquísimo sentido del color de la partitura. Las intervenciones solistas están matizadas con cuidado y acertada intención expresiva. Puntualizando un poco, los dos primeros movimentos resultan en exceso distantes e impersonales. Hay que admirar cómo se plantea el Andante Moderato, ni agónico ni ensoñado, sino con un punto de serenidad agridulce, más no blanda, llena de belleza trascendida. Y el Finale abruma por su enorme carga dramática. (9)

 

19. Gergiev/Sinfónica de Londres (LSO, 2007). Una recreación tan vistosa y extrovertida como superficial, vulgar y hasta hortera. La batuta se precipita con frecuencia, no diferencia las dinámicas, no ofrece matices expresivos y resulta teatral en el peor de los sentidos. Todo suena muy alto de volumen y muy arrebatado, pero en realidad no hay tensión interna ni fuerza dramática, sino acumulación de masa orquestal y decibelios sin sentido de la arquitectura, del fraseo ni del color. Sólo se salva el Andante moderato, aquí en segundo lugar, que al menos se queda en lo rutinario e impersonal. La orquesta está desaprovechada, y por momentos suena regular. (4)

 


20. Haitink/Sinfónica de Chicago (YouTube, 2008). Como en su registro en CD un año anterior, los dos primeros son de una arquitectura inmejorable y permanecen completamente ajenos al efectismo, pero resultan excesivamente distanciados. El tercero, siempre manteniendo una línea objetiva, es sin embargo muy emocionante, alcanzando un vuelo lírico realmente insólito para semejante enfoque, mientras que el Finale, sin ser especialmente visceral, está lleno de garra, dramatismo y tensión. Salvando algún percance propio del directo, la ejecución es portentosa. (9)


21. Maazel/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray RCO, 2010). Armado de una técnica de batuta colosal que le permite ralentizar de manera considerable los tempi sin que la tensión se venga abajo, el anciano maestro deja a un lado el expresionismo para ofrecer una visión digamos que clásica, equilibrada, poco visceral, pero no por ello precisamente falta de comunicatividad ni de compromiso expresivo, porque toda la riqueza anímica propuesta por el compositor se encuentra aquí amalgamada en un universo sonoro perfectamente delineado tanto en la globalidad como en los detalles, y dicho con una belleza sonora que, siendo extraordinaria, no se cerca en ningún momento a la melifluidad o el preciosismo, ni deja de dar su espacio correspondiente a lo incisivo o a lo feísta. En cualquier caso, frente a una primera mitad en la que se puede echar de menos el nervio de otras aproximaciones, hay que destacar un Andante moderato –en tercer lugar– que alcanza un impresionante equilibrio entre elegancia, concentración e intensidad expresiva, y un Finale que, antes que cataclísmico, resulta particularmente sombrío y desprende un regusto muy amargo. (10)



22. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2011). Difícil ponerle alguna pega a esta soberbia interpretación: planificación perfecta tanto en la arquitectura global como en el detalle, tremendo dominio del ritmo, riqueza de color que se diría infinita –siempre con su punto de adecuada incisividad–, brillantez bien entendida… Y ganas, muchísimas ganas. Esta es una lectura incandescente, llena de verdad, de entusiasmo, de comunicatividad, pero sin que el ardor llegue al nerviosismo –todo está controlado al milímetro–, trabajando todo el espectro orquestal con trazo fino y sin deseos de epatar al personal por la vía rápida, como hacen otros directores famosos. Todo ello con una perfecta comprensión del la música del compositor, ofreciendo tragedia en grandes dosis, ciertamente, también sentido épico, pero atendiendo asimismo a su particular humor grotesco, a su aliento vital, a lo que de luminoso y de amor por la vida tiene también esta partitura, y al enorme vuelo lírico de un Andante moderato –en segundo lugar– emocionante a más no poder y solo con una pizca del decadentismo que necesita: de melifluidad, de narcisismo y de caídas en lo otoñal no hay ni rastro ni en este movimiento ni en el resto de la interpretación, que consigue un perfecto equilibrio entre todas las facetas del universo mahleriano con la absoluta complicidad de una orquesta en estado de gracia en la que cada una de las intervenciones solistas son una verdadera lección de virtuosismo y acierto expresivo. Solo hay que lamentar que la toma sonora no llegue a recoger toda la gama dinámica que la obra demanda. (10)

 

23. Pappano/Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia (EMI, 2011). Lo que distingue a esta interpretación es algo que quizá tenga que ver con la trayectoria del maestro como director de foso: su desarrolladísimo sentido de la cantabilidad, entendida ésta no solo como delectación melódica, sino también como una mezcla de sensualidad, vuelo lírico y apasionamiento. ¿Mahler va a la ópera? Algo así. A la ópera italiana, para concretar: Obviamente es en un Andante moderato –colocado en tercer lugar– dicho con gran vuelo poético, aunque poco agónico y no todo lo intenso que podía haber sido, donde esta circunstancia queda más en evidencia, pero no sólo en él. El maestro está atento a todos esos momentos de la partitura donde puede recrearse en la fuerza de la melodía, y lo hace sin caer en esos preciosismos ni esas ingravideces con que lo hacen otros directores. Muchos pasajes suenan casi nuevos. Hay otras virtudes importantes, como puede ser la atención a la atmósfera en el primer movimiento o el sentido del color de las maderas en el segundo, cuyo final está matizado en lo expresivo de manera original y muy acertada. Pero hay también dos graves limitaciones. Una es la discontinuidad del discurso: el primer movimiento está dicho con considerable (háganse una idea: 24'33 frente a los ya de por sí más bien lentos 21'20 de Barbirolli), y aunque eso le permite explorar mejor los referidos recovecos góticos, la arquitectura se ve lastrada por cierta discontinuidad. En el resto de la interpretación, también tendente a la lentitud, las cosas funcionan mejor en ese sentido, pero ahí salta el otro problema: las limitaciones de una orquesta que en el último movimiento se las ve y las desea para estar a la altura. En él tampoco Pappano está muy inspirado: comienza con algunos efectismos y finaliza sin la suficiente garra dramática, intentando entremedias inyectar la frescura y el fuego que usualmente le caracterizan, pero sin terminar de dar unidad a la página. Toma en vivo no muy allá, con abundantes toses. (8)

 

24. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (DVD Accentus, 2012). El maestro vuelve a acertar al abordar a Mahler en el punto exacto entre el decadentismo y el expresionismo, sin renunciar a los extremos pero también sin necesidad de caer en devaneos sonoros, aportando además una gran vitalidad, extroversión bien entendida y, sobre todo, un colorido increíblemente rico que apunta hacia la Segunda Escuela de Viena. Ahora bien, hay cambios que evidencian las nuevas maneras de hacer, en general a peor, del director milanés. Al imprimir mayor velocidad al movimiento inicial obtiene la inmediatez y garra que en la grabación de Ámsterdam no conseguía, pero a cambio pierde algo de carácter opresivo y no le da tiempo a diseccionar como antes el entramado orquestal. El Andante moderato, colocado esta vez en segundo lugar, está dicho con apreciable belleza sonora, pero no resulta tan intenso y sincero. El Scherzo es ahora muchísimo más rápido, adquiriendo un carácter demoníaco muy apropiado pero resultando más nervioso de la cuenta; la enorme flexibilidad de los tempi aporta un punto adicional de locura, pero le hace perder unidad. El director justifica tales decisiones en función del orden de los movimientos: al colocarlo en tercer lugar, hay que independizar sus tempi de los del primer movimiento y darle, a su vez, un carácter de danza macabra. En el Finale se alternan momentos extraordinarios con otros dichos de cara a la galería, como si Chailly buscase epatar con la opulencia sonora antes que con una minuciosa planificación de las tensiones, que aquí conocen serios altibajos. Incluso a veces la orquesta, espléndida sin llegar al nivel de la del Concertgebouw, suena con menos densidad de la apropiada, lo que es sin duda deseo de una batuta que en los últimos años anda en pos de la ligereza sin saber muy bien por qué. Imagen y sonido absolutamente sensacionales. (8)



25. Harding/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). El maestro británico ofrece un magnífico primer movimiento, ofrecido con decisión, de un solo trazo y sin el menor devaneo sonoro, siempre con un tratamiento claro e incisivo de los colores orquestales. El Andante moderato está francamente bien, sobre todo por estar dicho con amplio vuelo lírico carente por completo de blandura o melifluidad, si bien aquí se echa de menos un plus de emotividad de intensidad dramática. El Scherzo es soberbio, grotesco sin cargar las tintas en sus aspectos demoníacos, virulento sin acentuar su carácter expresionista y con algunos detalles personales que cuentan con la complicidad de unas soberbias maderas que saben intervenir con la adecuada retranca. El Finale es irregular. El tema lírico con que se abre, que aparece varias veces después, está tratado con un punto de blandura que llega a disgustar: debería ser más intenso y lacerante. Luego se echa en falta una atmósfera fúnebre más densa, más cargada de malos presagios, aunque el tratamiento tímbrico que la batuta realiza de estos pasajes es refinadísimo y subraya las conexiones con la II Escuela de Viena, particularmente con Anton Webern; cuando hay que poner la orquesta en la quinta marcha Harding vuelve a demostrar un pleno dominio de los medios y hace saltar chispas en una Filarmónica de Berlín que está gloriosa: los solos del final son los de unos verdaderos portentos de la música. Lástima que la toma sonora no ofrezca toda la gama dinámica y el relieve posibles. (9)



26. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Esta lectura me ha gustado bastante menos que la de los mismos intérpretes siete años anterior. La orquesta toca de manera superlativa y el maestro la maneja con una extraordinaria plasticidad, muy especialmente en lo que al tratamiento de las texturas se refiere. También sabe levantar la arquitectura con suficiente unidad y sin que haya caídas de tensión –cosa bien difícil en una partitura como esta–, y ciertamente frasea la obra con riqueza de matices y atención al detalle, sin espacio para la rutina. Mis reparos llegan más bien desde el punto de vista expresivo. Porque esta Trágica mahleriana no es, precisamente, del todo trágica. Además, Rattle parece mirar antes al pasado romántico que a la Segunda Escuela de Viena, opción esta última que es la que a mí más me gusta y me parece que subraya de manera más adecuada los valores visionarios de esta música. Así, las secuencias dramáticas del primer movimiento están bien planteadas, resultando los pasajes líricos entre ellas algo más suaves de la cuenta: al maestro le gusta recrearse en la belleza sonora. El Andante Moderato se encuentra cantado con amplitud, calidez y emotivo humanismo, pero la visión de la batuta resulta mucho antes consoladora que doliente. El Scherzo me parece un error: en lugar de optar por la virulencia expresionista, Sir Simon busca una tímbrica más bien sensual –así lo hace a lo largo de toda la interpretación– y se recrea sin complejos en los aires de lander. Que en el tratamiento de las maderas plantee un humor claramente socarrón, que no ambiguo ni siniestro, sirve de poco. El Finale es quizá lo más logrado, porque aquí no hay problema conceptual alguno y la conjunción de la enorme técnica del maestro con la excelsitud de la que en ese momento era todavía su orquesta hace milagros. (8)

 


27. Currentzis/MusicAeterna (Sony, 2018). Esta es una lectura intensa, rabiosa y visceral, marcadamente expresionista y de acentuados efectos teatrales, en la que se subrayan los aspectos más angulosos y no se deja espacio a las languideces, ni a la blandura lírica ni a esos insoportables portamentos con que a veces se trufa esta música. El maestro griego traza el discurso de manera decidida, renunciando a preciosismos pero no con ello al detalle; porque equilibra bien los planos sonoros, despliega un colorido de enorme riqueza y da instrucciones para llenar de significado las intervenciones solistas. Le pongo un 9 al Allegro energico inicial: decidido y vehemente dentro de un enfoque que acierta al ser más trágico que épico. Se puede estar en desacuerdo en cómo están aprovechados algunos pasajes o en cómo se resuelven determinadas transiciones, pero el resultado es espléndido. Un 9'5 para el Scherzo que viene a continuación. Como apuntaba Chailly, ubicarlo en segundo lugar obliga a la batuta a marcar diferencias con el movimiento precedente, lo que solo se puede conseguir llevándolo con rapidez y subrayando sus aspectos virulentos, que es justo lo que hace un Currentzis como pez en el agua cuando se trata de combinar lo grotesco con lo angustioso y lo nihilista; impresionantes los solistas en sus onomatopéyicas y mordaces intervenciones, y un acierto dejar de lado los aspectos pintorescos y distendidos del landler. Un 8'5 para el sublime Andante moderato, al que se le podría pedir más sensualidad y una poesía aún más elevada, pero que acierta al olvidarse de hedonismos sonoros para intensificar la lacerante, no poco nihilista emoción que desprende. Y un 8 para el Finale, volcánico y lleno de rabia, pero a mi entender no del todo sincero, incluso un poco más ruidoso de la cuenta: aquí Currentzis no se muestra solo teatral, sino también  teatrero. ¿Un 9 como nota final? Lo dejo en un 8: los músicos de la orquesta tocan como si le fuera la vida en ello, pero pueden competir –la sección de metales no es la de Chicago precisamente– con los de las grandísimas formaciones que han registrado esta página. La toma ofrece claridad, cuerpo y relieve, mas no toda la gama dinámica posible, y además adolece de cierto tinte metálico que parece consecuencia de haber sufrido una ecualización en busca de mayor brillantez. (8)

 

28. Kiril Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2020). Pocas lecturas podrán escucharse tan increíblemente bien expuestas como la presente. Y ello tiene que ver tanto con el nivel de una Berliner Philharmoniker en el mejor momento de su historia como con la soberbia técnica de batuta de un señor que se conecta a la perfección con la orquesta y se entrega al cien por cien para obtener lo mejor de la misma. A nivel técnico, insisto. Porque en el plano expresivo me ha parecido un bodrio. Ya desde los compases iniciales queda claro que "ahí pasa algo": en lugar de sonar amenazadores, resultan más bien frívolos. Y no solo por la considerable rapidez de los tempi que Petrenko adopta a lo largo de toda la partitura, sino también, y sobre todo, por su deseo de restar contenido trágico. El primer movimiento resulta bajo su batuta soleado, jovial e incluso risueño, cuando no abiertamente festivo. Tanta brillantez puede enganchar, pero se queda en la superficie. Petrenko se decide por ubicar el Andante Moderato en segundo lugar. Y triunfa a la hora de hacer que la página suena ligera, transparente y bonita. Nada de pathos, de emotividad, de ese peculiar sentido panteísta y agónico que albergan estos magistrales pentagramas. La cosa mejora en el Scherzo: virulento, feroz, implacable en la rítmica, hiriente en los timbres, acertadísimo en las intervenciones de los solistas. El sentido de lo grotesco y de lo vulgar, esencial en la música mahleriana, está perfectamente captado. Aunque también es verdad que resulta demasiado rápido. Petrenko atosiga más por el tempo que por la tensión interna. Y se escora hacia lo ligerito, por no decir lo repipi, cada vez que se le presenta la oportunidad. En el movimiento conclusivo (¡por fin!) sí que se apuesta por lo ominoso y por lo dramático.  El virtuosismo de la batuta obra prodigios, pero falta sinceridad. Se sienten los decibelios, no la rabia. Impactan los contrastes sonoros, mas no se genera la atmósfera ominosa y enrarecida que esta música necesita. Todo resulta agitado a más no poder, cuando debería ante todo ser inquietante, agónico y siniestro. También hay alguna frase en los violines de una blandenguería extrema, por no hablar de los excesos de un timbalero que se lo pasa en grande. (6)

8 comentarios:

Observador dijo...

Hola Fernando:

Me encantan tus discografías comparadas y demás posts sobre música, únicamente. Pero, por favor, no te lo tomes a mal. Desde hace unos días has cambiado el formato de tu blog. Me gustaba el formato original. Pero bueno, es tu blog. Te repito, no te lo tomes a mal.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

¡Cómo voy a enfadarme por algo así! Simplemente estoy probando formatos.

José Manuel dijo...

Siento disentir con el otro comentarista, ¡me encanta este nuevo formato! (Al menos en la versión para teléfono móvil). En cuanto a la sexta, no conozco la de Barbirolli. Creo que ya va siendo hora.
Un saludo y cuídese mucho en sus clases.

Observador dijo...

El gigante Barbirolli también cuenta con una extraordinaria versión en vivo con la gran Filarmónica de Berlín (13/01/66) y también publicada por Testament:

https://www.amazon.es/Sinfonia-6-John-Barbirolli/dp/B00016ZKQM/ref=sr_1_7?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&dchild=1&keywords=mahler+barbirolli&qid=1599500744&s=music&sr=1-7

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Como expliqué en la entrada, conozco la discografía de Mahler. Está en la red y en el libro de Arteaga.

Observador dijo...

A principio de los 90', leyendo un artículo de la Revista Clásica (editada en Argentina) referido a una entrevista realizada a Enzo Valenti Ferro, el anciano crítico musical sostuvo que Bruno Walter y Otto Klemperer jamás quisieron grabar la sexta de Mahler, ya que no deseaban "meterse en camisa de once varas" (¿?). Todavía hoy me sigo preguntando, ¿qué quiso decir don Enzo?

FURTHOVENXXI dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
FURTHOVENXXI dijo...

Estimado Fernando
coincido contigo respecto a que la sexta de Mahler es la mejor de sus sifonías y la que mas me gusta. Muy de acuerdo con tus puntuaciones también. Tengo las tres de Barbirolli y si tuviera que elegir una esa sería la de estudio, la calidad de sonido aunada a la dirección y al desempeño orquestal la hacen la mas original e impactante. Una que te recomiendo y me interesa especialmente tu parecer es la de Harold Farberman, que adquirí debido a la crítica muy positiva (y exagerada tal vez...)de Oido Fino. No conocía al director y debo confesar que la interpretación me pareció muy pero muy buena. no "la mejor" como dice el crítico Toledo. Aun no escuché la de Scherchen pero está en gateras para darle play en cualquier momento. A priori sospecho ha de ser una carrera desbocada al infierno como le gusta a Don Hermann jaja, ya veremos.
Cuidate mucho la salud y hasta pronto,
Saludos!


Julián

ps me ha corrido una lágrima con la historia de tu gato, un ser superior sin dudas.

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