2. Dagmar Baloghova. Ancerl/Filarmónica Checa (Supraphon, 1964). Dirección enérgica, con mucha garra y sabor a Prokofiev, siempre bien
controlada, con adecuados remansos líricos, aunque en general se cargan las
tintas sobre los aspectos poderosos, maquinistas y opresivos de la página. Muy
bien la pianista, en una línea poderosa, no del todo sutil ni imaginativa en
los pasajes más extrovertidos pero con mucha garra, y no carente de
introversión ni de emotividad lírica, como tampoco de concentración. Tremendos
los interrogantes casi al final de la obra. Lo menos conseguido por parte de
ambos es el segundo movimiento: podría ser más trepidante. Sonido mediocre. (8)

3. Béroff. Masur/Gewandhaus de
Leipzig (EMI, 1974). El joven pianista francés -aún no había
cumplido los veinticuatro- resulta sencillamente ideal para una obra como esta:
posee un toque percutivo y poderoso, también capaz de mostrarse muy delicado
sin perder densidad sonora, toca con una enorme limpieza digital y frasea con
toda la efervescencia que la música pide, aportando también su punto de ironía
ideal para Prokofiev y mirando con el rabillo del ojo a Stravinsky. Más aún, en
los momentos oportunos sabe bucear en los aspectos más misteriosos e
inquietantes de las notas haciendo gala de una concentración muy oportuna, si
bien es cierto que mostrarse lírico no es lo exactamente lo suyo. Masur dirige
mostrando sorprendente afinidad con el estilo y mucha implicación emocional,
aunque quizá viendo la obra desde un punto excesivamente unilateral: hay
pasajes que podrían estar más paladeados, mientras que en algún momento cae en la
brocha gorda y el efectismo. (9)

4. Ahskenazy. Previn/Sinfónica de
Londres (Decca, 1974). André Previn no posee en modo alguno
la personalidad ni la virulencia de Rozhdestvensky, pero conoce a la perfección
el estilo, trabaja con mucha precisión junto a la orquesta y logra, esto es lo
más importante, un alto grado de convicción atendiendo a los diferentes
aspectos expresivos de una obra con más caras de lo que en principio parece.
Por eso mismo es la suya una recreación que, sin ser genial, resulta por
completo irreprochable, ofreciendo así el respaldo ideal para que un Ashkenazy
con trece años más que los que tenía en el testimonio anterior ofrezca una
recreación más redonda y madura, poderosísima cuando debe, brillantísima
siempre, pero ahora más plagada de sutilezas, más rica en significaciones y, a
la postre, más emotiva. La toma es espléndida. (9)

5. Postnikova.
Rozhdestvensky/Ministerio de Cultura de la URSS (Melodiya, 1983). Acumulando una
considerable madurez interpretativa con respecto a aquel concierto con
Ashkenazy tan mal grabado –aun así, esta toma resulta chata en dinámica y relega
en exceso a la orquesta–, Rozhdestvensky firma la versión de referencia en lo
que a la parte del director se refiere. No es solo cuestión de sonoridad a
Prokofiev, que también, ni de implicación expresiva. Es la manera en la que
potencia los aspectos sarcásticos y grotescos de la partitura al tiempo que se
muestra atentísima tanto al misterio, las atmósferas y las texturas oníricas –primer movimiento– como a la pasión tempestuosa de corte digamos romántico que
se esconde tras las notas. Su señora esposa no posee un toque tan maravillosamente
variado como el de algunos de sus colegas, pero no solo se muestra sobrada en
lo que demanda fuerza y carácter percutivo, sino que también indaga en los
pliegues expresivos haciéndolo con tanta pasión como control. (10)

6. Horacio Gutiérrez.
Tennstedt/Filarmónica de Berlín (Testament, 1984). Pianista poderoso,
que puede con la obra, también sutil, apenas mecánico, pero cuyo acercamiento
es algo más romántico de la cuenta y no del todo variado en lo expresivo, sin toda
la garra posible. En la misma línea el director, que ofrece algún detalle
creativo interesante y se beneficia de la sonoridad oscura y carnosa de la
orquesta berlinesa. (8)

7. Vladimir Feltsman. Tilson
Thomas/Sinfónica de Londres (Sony, 1988). Acordando utilizar tempi de
apreciable lentitud y renunciando a la brillantez sonora, que no precisamente
al poderío de un piano que suena como una apisonadora, los dos artistas
realizan una lectura eminentemente introvertida, atmosférica, ambigua, que pone
de relieve la atmósfera turbia y el lirismo enrarecido de la partitura sin
fallar a la hora de ofrecer un idioma convincente. Pueden preferirse
aproximaciones más incisivas y expresionistas, también con mayor frescura
digamos “juvenil”, pero esta es de enorme interés. La toma sonora es extraña,
un poco turbia. (9)

8. Horacio Gutiérrez. Neeme
Järvi/Orquesta del Concertgebouw (Chandos, 1990). Seis años después de su
grabación en vivo con Tennstedt, el pianista de origen cubano alcanza un grado
mucho mayor de fuerza, de garra, de compromiso expresivo, pero sobre todo de
estilo, atendiendo con más acierto, y siempre bien respaldado por un toque
poderosísimo, a los aspectos más escarpados e incisivos de la partitura, aunque
sabiendo igualmente ofrecer pasajes oníricos tan curvilíneos como inquietantes.
Es muy probable que con esta sustancial mejora tenga que ver la dirección de un
Neeme Järvi tan tosco y vulgar como siempre, pero conocedor a la perfección del
idioma de Prokofiev y director muy adecuado para una obra como la presente por
su interés por los aspectos más rocosos y decibélicos del autor. En esta
ocasión, además, se muestra altamente comprometido en la expresión, aunque a
veces se recree en exceso en las grandes explosiones y descuide el
lirismo que también subyace en la partitura. Muy apropiada, por otra parte, la
manera en la que hace sonar a la formidable orquesta holandesa con un carácter
oscuro, escarpado e incluso áspero –tremendas las trompas– que en ella resulta
insólito. Desdichadamente, la toma sonora –que posee apreciable definición
tímbrica– deja a la misma en segundo plano. (9)

9. Bronfman. Mehta/Filarmónica de
Israel (Sony, 1993). Yefim Bronfman posee la fuerza, la intensidad y el sonido
ideales para la obra, haciendo gala además de apreciable agilidad y mucho
control interno, sin espacio para el nerviosismo ni para el espectáculo
gratuito. Eso sí, en comparación con lo que hicieron Ashkenazy y Postnikova, no
digamos con lo que hará Kissin, hay muchos matices por poner y unas cuantas
frases líricas que se le escapan. El músculo y el empuje que tanto le gustan a
Mehta le sientan estupendamente a la partitura, pero su dirección resulta mucho
antes artesanal que otra cosa. Lo mejor, la toma sonora. (8)

10. Yundi Li. Ozawa/Filarmónica de
Berlín (DG, 2007). El maestro oriental siempre ha sido un excelente recreador
de Prokofiev, aunque interpretándolo desde un punto de vista mucho antes lírico
que mordaz o incisivo. Por eso mismo su batuta resulta para decir cosas nuevas
sobre el primer movimiento, en cuyos misterios se adentra como pocos directores
lo han hecho al tiempo que releva líneas, colores y texturas que generalmente
pasan desapercibidas. En el resto de la obra, sin mostrarse personal ni
creativo, por ventura sabe atender al lado expresivo de la escritura orquestal
sin perder el trazo fino que caracteriza su arte. El músculo de la orquesta
berlinesa se revela ideal para la partitura. Yundi Li, en exceso promocionado
en su momento y hoy más certeramente valorado que antes, se muestra como lo que
realmente es, un virtuoso sin cosas especiales que decir. Sus dedos pueden con
la obra, sabe mostrarse incisivo sin recurrir a lo percutivo y matiza con
acierto, pero ahí se queda: en lo notable, no en lo excepcional. (9)

11. Kissin. Ashkenazy/Orquesta Philharmonia
(EMI, 2008). La dirección es de enorme solidez, atenta al idioma y procurando
resultar tan ágil como lírica y equilibrada, sin cargar nunca las tintas ni
caer en la brutalidad. Falta ese último punto de mordacidad y de carácter
opresivo que sabía Rozhdestvensky, pero da igual. Porque en una obra como esta
quien manda es el pianista, y aquí tenemos a un Kissin que, sin resultar
particularmente agresivo (¡aunque sí poderosísimo en su sonido!), ni aristado,
ni sarcástico, nos descubre con virtuosismo inigualable, infinita gama de
matices, enorme creatividad, musicalidad de primer orden y tremenda
concentración interior, todo lo que lleva esta partitura en su interior:
rebeldía, enormes tensiones y mucho conflicto, pero también vuelo lírico,
sutileza y emotividad. Una visión nueva, reveladora y genial. La toma se
realizó en vivo en el problemático Royal Festival Hall, pero es espléndida. (10)

12. Kempf. Litton/Filarmónica de Bergen (BIS, 2008). Aunque el pianista londinense toca de
manera admirable y el maestro neoyorquino parece dominar el idioma de Prokofiev
–excelente tratamiento de las maderas–, lo cierto es que no uno ni otro terminan
de profundizar en la obra, quizá porque no logran dotar de continuidad a la
misma –algo bien difícil– ni ofrecer la suficiente variedad de atmósferas
expresivas. Lo peor es el movimiento inicial, escaso de fuelle, de mordiente,
de garra. El segundo resulta poco más que una exhibición de virtuosismo. En el
tercero las explosiones sonoras son ante todo eso, decibelios, y no la
consecuencia de la rabia que se acumula en los pentagramas, mientras que se
echan de menos ambiente enrarecido y mala leche. El cuarto empieza francamente
bien, pero los pasajes líricos de la sección central están dichos un tanto de
pasada; poco más adelante, a la acumulación de efes le falta sinceridad
dramática. (7)

13. Bavouzet. Noseda/Filarmónica de la BBC (Chandos,
2013). El pianista toca con agilidad suficiente, frasea con flexibilidad –nada
de mecanicismo ni de carreras de cara a la galería– y ofrece una línea sensual
que resalta los aspectos más líricos y evocadores de esta página. En
contrapartida, pasa un tanto de largo ante los aspectos más siniestros y
dramáticos de la página y tampoco sintoniza con la peculiar ironía del autor;
en general, necesita mayor variedad de acentos, contrastes más marcados y una
dosis superior de chispa y garra. A la batuta, que descubre texturas muy
interesantes en el primer movimiento, le pasa algo parecido. (7)
14. Yuja Wang. Paavo Järvi/Filarmónica de Berlín
(Digital Concert Hall, 2015). Quizá sea esta la mejor de las
interpretaciones de Yuja Wang, como siempre fulgurante en cuanto a agilidad
digital, adecuadamente incisiva y muy certera a la hora de indagar en los
aspectos oníricos de la pieza, pero carente de un sonido lo suficientemente
denso y poco preocupada por los matices expresivos. La diferencia con respecto
a sus anteriores incursiones la marca la Filarmónica de Berlín, que de nuevo se
confirma como orquesta ideal para la obra por la robustez de la cuerda grave y,
sobre todo, la elevadísima musicalidad de sus solistas, muy bien dirigidos
todos por un Paavo Järvi no muy imaginativo no comprometido –ese nunca es su
fuerte–, pero sí muy certero en el sonido y la expresión –incisividad,
virulencia–, así como muy en sintonía con la solista a la hora de ofrecer
texturas mágicas y veladuras. (9)
15. Rana. Dima
Slobodeniouk/Sinfónica Nacional de la RAI (YouTube, 2014). La jovencísima
pianista italiana no solo satisface plenamente las terribles demandas de esta
partitura en lo que a potencia, densidad y agilidad se refiere. También atiende
con enorme acierto a la cargada atmósfera de la partitura, indaga en las
posibilidades expresivas de todos los pasajes, matiza de manera rica y variada,
demuestra apreciable sensibilidad lírica y, sobre todo, sabe poner de relieve
la mezcla de intensa melancolía, humor corrosivo e intensidad dramática que se
esconde detrás de las cascadas de notas y de las grandes explosiones sonoras. Muy
digna la dirección, a la que le falta un punto de garra e incisividad. La
orquesta se queda algo corta. (9)
16. Rana.
Pappano/Academia Nacional de Santa Cecilia (Warner, 2015). Si la pianista
repite su portentosa aproximación, Pappano demuestra una vez más su plena
sintonía con el idioma de Prokofiev –sonoridad incisiva al tiempo carnosa, gran
sentido del ritmo y gran cantabilidad– y atiende con el mismo acierto que la
solista a las diferentes facetas de la partitura, todo ello haciendo gala del
empuje y el entusiasmo diríamos que latino que caracterizan su batuta, además
de haciendo que la orquesta romana rinda al límite de sus posibilidades.
Lástima que la toma sonora no sea todo lo buena posible, ni siquiera en alta resolución.
(9)

17. Haochen Zhang. Slobodeniouk/Sinfónica de Lahti (BIS, 2018). Pletórico de recursos pianísticos, el artista chino procura indagar, ya desde
un arranque particularmente suave y misterioso, en ese lirismo onírico,
melancólico y agridulce tan identificativo del compositor. Y lo hace fraseando
con cantabilidad suprema, graduando las dinámicas con mano maestra, desplegando
los más sensibles colores y matizando con enorme riqueza expresiva. Por
descontado, hay también muchísima agilidad –sin mecanicismo– y gran potencia
sonora cuando la música lo requiere, aunque también es cierto que algunos
preferirán un toque más percutido y un enfoque más claramente encrespado. Dima
Slobodeniouk vuelve a demostrar una buena sintonía con la obra y consigue que
la orquesta suena claramente a Prokofiev, aunque no puede evitar que esta
evidencie sus limitaciones en los fortísimos. Excelente toma en alta resolución. (8)
18. Matsuev. Noseda/Sinfónica de
Londres (YouTube, 2019). El pianista favorito de Putin es, ante todo, un señor
dotado de un mecanismo asombroso, caracterizado fundamentalmente por una enorme
potencia sonora y una enorme limpieza digital cuando corresponde ir rápido.
Virtudes importantísimas en una página como esta, qué duda cabe, pero no
suficientes. Matsuev se limita a desplegar un enorme poderío sonoro –tremebunda
cadenza la del primer movimiento– y a correr por el teclado con facilidad
pasmosa, pero sin apenas transmitir ninguna clase de emoción. Ni siquiera las
grandes explosiones suenan cargadas de rabia: son acumulaciones decibélicas, y
punto. La ironía, el vuelo lírico y la emotividad también se quedaron en el
tintero. Gianandrea Noseda se deja contagiar y resulta algo más aparatoso de la
cuenta, tendiendo incluso al decibelio y descuidando las texturas; al menos, capta el estilo e inyecta electricidad. (7)
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