sábado, 16 de febrero de 2019

Daniele Rustioni rescata a Mozart (y a Schumann) en Sevilla

Hay que lamentar que la música de un autor tan asociado al nombre de Sevilla como es Wolfgang Amadeus Mozart haya caído en dicha ciudad en las garras de quienes se empeñan en imponer que ésta se interprete con formaciones de sonoridad raquítica, articulación en exceso recortada, fraseo a medio camino entre lo liviano y lo espasmódico, cursilería expresiva y efectismos varios que convierten en un carrusel para sensibilidades postmodernas –o sea, escasamente predispuestas a la concentración, a la reflexión y al esfuerzo intelectual– lo que es una genial y con frecuencia visionaria mezcla de elegancia y densidad, de luminosidad y de tensión dramática.


Por eso mismo la obertura de Don Giovanni que ayer viernes 15 ofreció Daniele Rustioni al frente de la ROSS supuso un verdadero soplo de aire fresco, un maravilloso respiro para los que aún creemos que Mozart, el Mozart “de verdad” en lo expresivo aunque no en lo arqueológico, es el de los Walter y Kubelik, Klemperer y Böhm, Krips y Barenboim: orquesta bien nutrida (¡loado sea el Cielo!) y de sonoridad densa en el mejor de los sentidos, fraseo amplio, redondez y hasta rotundidad en los clímax, sentido orgánico de la arquitectura y, sobre todo, un perfecto equilibrio entre lo dramático y lo giocoso, sabiendo mirar al futuro en la genial primera parte de la pieza –sin que sonara a Bruckner ni a Wagner– para seguidamente, en la sección rápida, no quedarse en combinar efervescencia, jovialidad y picardía, sino aportando igualmente una cierta dosis de mala leche y de sentido trágico que anuncia el destino del protagonista. Y todo ello lo hizo el aún joven director italiano (Milán, 1983) sin que decayeran las tensiones y trabajando correctamente los planos sonoros, demostrando que la densidad referida antes no está reñida con la claridad de las texturas.

El Concierto para violín nº 4 de Mozart estuvo igualmente bien sonado y supo mantener la tensión interna huyendo de blandenguerías y frivolidades varias, pero aquí el Andante cantabile lo encontré algo menos paladeado y poético de la cuenta. Quizá el maestro se quiso plegar, hasta cierto punto, al concepto de su señora esposa Francesca Dego, cuya actuación a mí no me convenció. Y no tanto porque su registro agudo, como pude comprobar previamente en algunas de sus grabaciones, me resulte un tanto molesto, ni porque combine ataques sin vibración alguna con frases vibradísimas sin que se encuentre una clara justificación expresiva; más bien porque su concepto del fraseo y de la ornamentación miraba demasiado al mundo rococó y poco a la sensualidad poética del mejor clasicismo. Tocar, eso sí, tocó divinamente. A continuación Dego triunfó por todo lo alto enseñoreándose con el Dies Irae de la Sonata para violín nº 2 de Ysaÿe. para luego dejarnos mal sabor de boca con otra propina –perdonen mi ignorancia, creo que era Paganini– en la que su principal interés parecía ser demostrarnos la rapidez de su mano izquierda.

Francamente bueno el Don Juan de Richard Strauss –la velada iba del mito sevillano por excelencia– que ofreció Rustioni abriendo la segunda parte. Interpretación vibrante pero en absoluto nerviosa ni precipitada; atenta a los aspectos dramáticos pero también ampliamente paladeada en la sublime sección central; y muy bien planificada y expuesta por la batuta de un director de incuestionable virtuosismo cuyos tremendos aspavientos en el podio podrían erróneamente hacer pensar en un descontrol que en absoluto es tal. No obstante, quien esto firma tiene algunos reparos. Hubiera deseado un toque de amargor más acentuado en la sección amorosa antes referida, como también mayor fulgor en la aparición del rutilante tema épico que Strauss ofrece después de la misma. Y, sobre todo, hubiera querido que la batuta hubiese controlado su tendencia al decibelio: a Rustioni a veces se le va la mano.

Este mismo reproche, el del exceso, se le puede hacer a lo que, en cualquier caso, me pareció una notable Sinfonía nº 1 de Robert Schumann. Me resultó muy interesante por parecidas razones a las de su Mozart: olvidarse de sonoridades livianas, de fraseos alados y gráciles y de ligerezas más o menos primaverales en una partitura que, pese a su sobrenombre, alberga también un músculo, claroscuros dramáticos, poesía agridulce y hasta una retranca que los más grandes directores han sabido ver, Klemperer a la cabeza de ellos. Rustioni, salvando las distancias, tuvo la valentía de plantear las cosas así, un Schumann “grande” y con pathos. Y se vio secundado por una Sinfónica de Sevilla mucho más motivada que en La tabernera del puerto en la que sobresalió el excelente hacer de trompa y flauta. El maestro parecía contentísimo con los resultados y los profesores de la ROSS estaban radiantes. El público respondió con justificado entusiasmo. Yo anotaría con letras mayúsculas el nombre de este señor en la lista de candidatos para relevar a John Axelrod.

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