lunes, 19 de marzo de 2018

Rafał Blechacz , pianismo alado

Fue un brillante recital el de Rafał Blechacz anoche en el Maestranza. Un brillante recital que a mí no me convenció. El polaco es, sin la menor duda, un pianista grande: posee una técnica descomunal, tiene unas ideas claras sobre cómo quiere interpretar y sabe llevarlas perfectamente a la práctica, alejándose por completo de lo mecánico y de lo rutinario. Lo que ocurre es que esas ideas suyas no son de las que a mí me más gustan, y si en determinadas obras me parecen plausibles, las acepto y las puedo disfrutar, en otras me terminan incomodando.


La velada comenzó, tras una simpática introducción a cargo de la mismísima embajadora de Polonia –colaboraba y organizaba el evento el Instituto Polaco de Cultura de Madrid–, con el Rondó nº 3 en la menor, K. 511 de Mozart. Página de carácter no poco amargo, no en balde escrita en la misma tonalidad de la partitura que vino a continuación, la Sonata nº 8 de Wolfgang Amadeus cuya recreación a cargo de Emil Gilels tanto ensalcé en este mismo blog el pasado sábado. En ambas páginas Blechacz hizo lo contrario, exactamente lo contrario que el gigante de Odesa: en lugar apostar por una sonoridad tan densa y musculada como ascética en lo sonoro, de renunciar a la búsqueda de la belleza para potenciar en su lugar las tensiones armónicas y de decidirse en lo expresivo a explorar el lado más oscuro de las dos páginas, ofreció un pianismo ligero, efervescente, lleno de encanto, elegancia y luminosidad, incluso con un punto de coquetería. ¿Lo hizo con destreza técnica? Sí, superlativa: imposible pedirse más claridad en la articulación, mejor planificación de la arquitectura o más matizada atención a la dinámica, por muy limitada que fuera esta. ¿Resultó trivial, cursi o narcisista? No. ¿Fue quizá rígido o antimusical? Tampoco. Simplemente, Blechacz prefirió antes mirar al mundo rococó que subrayar los aspectos dolientes de la escritura mozartiana. Se puede hacer así: me olvidé de otras opciones y disfruté de lo que allí estaba sonando.

Pero hete aquí que llegó Beethoven. Su Sonata para piano nº 28, nada menos. Y ahí las cosas cambian. Estamos en 1816 y en la más visionaria etapa del de Bonn. Igual que ese otro sordo genial que fue Francisco de Goya, el autor de Fidelio rompe con el pasado y explora nuevas fronteras. Restar densidad, “brumas germánicas” y pathos trágico a estas obras finales no es “humanizar a Beethoven”, como pretenden algunos, ni situarle en el contexto de la época, ni limpiarlo de “contaminación wagneriana”. Es empequeñecerlo. Como si un pintor reprodujese en un lienzo Los fusilamientos de la Moncloa o el Saturno perfilando contornos, corrigiendo las proporciones de las figuras y usando la paleta de colores pastel de los cartones para tapices. Por eso en esta página no me pude olvidar de esas otras maneras de hacer, justo las que señalé en la última entrada. Y no disfruté, por muy increíblemente bien construido –tenso, clarísimo, lleno de fuerza, controlado con mano férrea– que estuvieran el Allegro conclusivo y todos sus pasajes fugados.

Sonata nº 2 de Robert Schumann para abrir la segunda parte. El pianismo alado y agilísimo de Blechacz en principio encaja a la perfección con esa imagen un tanto esquizofrénica que tenemos del autor de Genoveva. Pero creo que Blechacz se excedió a la hora de señalar las dualidades de su música, de tal modo que aquí Florestán no solo se dejó llevar por el arrebato temperamental, sino que también cayó en el nerviosismo y la precipitación, sin dejar respirar a las notas (¡el primer movimiento parecía un intento de alcanzar el récord mundial de teclas por minuto!), mientras que Eusebius se presentó como un soñador en exceso estático, contemplativo y falto de carácter, por no decir un tanto desmayado. Belleza sonora hubo a raudales, como también una absoluta limpieza a la hora de poner todas y cada una de las notas en su sitio, pero la verdadera convicción no asomó: fue una lectura vistosa, pero planteada muy de cara a la galería.

Lo mejor de la noche vino con las cuatro Mazurcas op. 24 de Chopin. Extrañamente, nuestro artista no hizo mucho uso ese particular rubato que enseguida asociamos al universo chopiniano. Menos sorprendió, habida cuenta de lo hasta entonces escuchado, que su recreación optara por sonoridades poco densas y dinámicas no muy acentuadas. Que la elegancia y la delectación melódica primaran sobre otras cuestiones. Sea como fuere, Blechacz hizo gala de una fluidez en el fraseo y una capacidad para el matiz de lo más certero. Por no hablar de la rítmica exacta que pide esta música, no precisamente la más profunda de su genial autor: quizá por eso se movió con semejante comodidad.

La celebérrima Polonesa heroica puso en pie a todo el respetable, y no es de extrañar porque fue interpretada con soberano virtuosismo y, ahora sí, una dinámica espectacular controlada con verdadera maestría. Otra cosa es que algunos echáramos de menos esas descargas de adrenalina con que Rubinstein y Pollini hacían irrumpir el tema principal; o una mayor diferenciación entre cada una de las secciones, algo más de sosiego a la hora de paladear la música, y también un carácter más propiamente heroico.

La propia brahmsiana fue recreada con una sonoridad suavona y una blandura expresiva para mi gusto seriamente censurables, y dejaron bien claro que Blechacz, de momento, es más un enorme virtuoso que otra cosa, lo que no quita que anoche hubiera muchísimas cosas que admirar en su pianismo. El enorme éxito entre el público así lo corrobora.

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