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Rattle y Kissin para terminar el año

Mi despiste a la hora de localizar el canal de televisión vía satélite me ha hecho perderme las dos primeras piezas, sendas danzas de Dvorák y Grieg, que abría el concierto de San Silvestre de 2011 de la Filarmónica de Berlín, pero he llegado a tiempo para lo más interesante del mismo: la posibilidad de escuchar por fin el bellísimo Concierto para piano del compositor de Peer Gynt a ese inmenso genio del piano que es Yevgeny Kissin.

Por desgracia debo reconocer que los resultados no me han parecido a la altura de las expectativas. Obviamente el pianista ruso –qué lejos queda ya su fulgurante Primero de Tchaikovsky que ofreció con Karajan por estas mismas fechas– ha hecho gala de una técnica absolutamente portentosa y de una musicalidad fuera de serie, pero a mí me parece que no termina de comulgar con el espíritu de la obra, atendiendo mucho antes a los aspectos dramáticos –increíble, genial la cadenza del primer movimiento– que a los líricos, por los que pasa un tanto por encima. Incluso hay frases en las que el virtuosismo, en cualquier caso pasmoso, prima por encima de la poesía. La encendida y juvenil dirección de Sir Simon Rattle y la enorme sensibilidad de los músicos de la orquesta, con particular mención para el oboe de Albrecht Mayer (enlace), no logran paliar la sensación de que esta lectura, siendo notabilísima, no alcanza la excepcionalidad que las circunstancias demandaban.

La velada siguió con Ravel y su Alborada del gracioso: hubiera sido una gran versión de no ser porque Rattle, buscando el aplauso del público, ofreció un final ruidoso y precipitado. Sin reparos la Danza de los siete velos de Salomé, un verdadero prodigio de colorido, virtuosismo y brillantez. Vinos después el final –del ballet completo, no de alguna de las suites– de El pájaro de fuego, a partir de la Danza infernal, donde Rattle dejó una vez más en evidencia su gran sintonía con Stravinsky, y no solo con la faceta más aristada del compositor: la Berceuse fue sensualísima.

Danzas de Brahms y Dvorák –esta última de propina– interpretadas con gran convicción cerraron un programa precioso pero algo trillado. A ver si se edita en DVD.

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