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Benedetti Michelangeli y Barenboim hacen Schumann

Me han regalado (¡gracias, Ángel!) el compacto que acaba de publicar Deutsche Grammophon en el que se lanza por vez primera el Concierto para piano de Schumann ofrecido por Arturo Bedenetti Michelangeli y Daniel Barenboim en la parisina Salle Pleyel en octubre de 1984. Todo un acontecimiento, pues no son precisamente abundantes los discos del mítico pianista italiano, y menos aún aquéllos en los que aparece junto a un director de categoría. Lo he disfrutado muchísimo.


Lo más asombroso es precisamente el trabajo del solista, quien armado de una técnica colosal -su pulsación no es muy poderosa, pero sí riquísima en matices- logra clarificar las líneas pianísticas como nadie lo habia hecho hasta ahora, paladeando cada uno de los pasajes no solo con esa elegancia que le caracteriza, sino también con una portentosa concentración que le permite mantener el pulso firme -con un fraseo natural y fluido, jamás mecánico- sin caer en blanduras narcisistas ni perder de vista la arquitectura global. Ha habido quizá pianistas que han llegado aún más lejos en lo que a poesía se refiere (pienso en Arrau o en el propio Barenboim), pero dudo que nadie haya alcanzado semejante equilibrio entre belleza sonora, arquitectura y expresividad.

Al frente de la Orquesta de París, el de Buenos Aires sorprende con una dirección elegante y controlada, muy alejada del las tensiones, la fogosidad y la negrura que le caracterizan. ¿Un Barenboim apolíneo? Pues sí, pero no por ello blando ni distanciado. Su lectura alcanza el punto justo de refinamiento, naturalidad y frescura que demanda la escritura schumanniana, atendiendo de manera irreprochable a la sensualidad de los timbres y al diálogo con el solista. Hace además gala de una concentración y de una efusividad lírica que el inflamable director no siempre conseguía en directo por aquellos años: ¡qué manera de hacer cantar a los violonchelos en el segundo movimiento!

El disco se completa con cuatro de las Images de Debussy (nº 1, 2, 4 y 6, más concretamente) registradas asimismo en París en marzo de 1982. Aquí no hay sorpresa posible: el prodigioso toque de Bedenetti Michelangeli -de increíble agilidad y limpieza-, su capacidad para matizar con el más fino trazo impresionista, su sensibilidad para el color y su capacidad para resultar comunicativo desde un enfoque principalmente asbtracto que pone de relieve la modernidad de la escritura, hacen de estas recreaciones auténticas referencias.

Total, un disco magnífico. Que la toma sonora del Schumann no esté a la altura de las mejores grabaciones digitales de aquellos años (la orquesta suena algo lejana y difusa, me aseguran que en parte debido a la acústica de la sala) no debe ser impedimento para que los buenos melómanos dejen de disfrutar las muchas bellezas aquí contenidas.

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