Me fui media hora antes al Teatro de la Maestranza, porque las entradas en la Sala Manuel García no están numeradas y quería primera fila. Sí, ya sé allí la acústica no es la óptima, pero quería la máxima concentración y que nadie me despistara con toses y ruidos en una obra que me llega muy especialmente, la Sonata para viola de Dimitri Shostakovich de la que hablé en la anterior entrada. Lo que no podía imaginar es que la primera parte del recital de Joaquín Riquelme y Enrique Bagaría, dentro del ciclo Diálogos Concertantes por el que desfila el profesorado de la Fundación Barenboim-Said iba a gustarme tanto.
En la muy hermosa Oració al maig de Eduard Toldrà el violista murciano hizo gala de un sonido carnoso, francamente sólido, de mucha agilidad en la mano izquierda y, sobre todo, de una capacidad asombrosa para regular el sonido en colores y dinámicas. Si este es el nivel que hay que ser, como es él desde hace muchos años, viola en la Filarmónica de Berlín, no me extraña que la orquesta que hoy es de Kirill Petrenko haga gala de tan estratosférica calidad. ¡Qué barbaridad este señor!
Si hubo considerable intensidad en la obra de Toldrá, en las Siete canciones populares de Manuel de Falla desplegó no solo temperamento, sino también un salero, un garbo y un desgarro digamos que racial como pocas veces he escuchado a sopranos y mezzos, incluidas algunas españolas de enorme fama que se pasan de finas, por decirlo de alguna manera. Aquí no, Riquelme fue directo al huracán de emociones que propinen estas maravillosas piezas, desde lo más lírico al más dramático quejío gitano.
Si el pianista Enroque Bagaría se mantuvo hasta entonces en un correcto segundo plano, en Le Grand Tango de Astor Piazzolla llevó las riendas con un estilazo –ritmos sincopados y tal– y una garra prodigiosas. Riquelme no se quedó corto en apasionamiento; su visión podía haber sido más insinuante o sensual, pero así también se puede hacer esta música de manera maravillosa.
Queda Shostakovich. Enorme atrevimiento programar una obra no precisamente para todos los públicos, de esas que exigen concentración extrema no solo para los intérpretes, sino también para quien escucha. Atrevimiento mayor dejarla para la segunda parte. Querrá el lector saber qué me pareció después de realizar la discografía comparada que aquí presenté. Pues bueno, la parte de la viola se puede hacer más bella. También todo lo contrario, más seca. Se puede indagar más en el misterio. Es factible frasear con mayor vuelo lírico, como si se mirase a Tchaikovsky. Y también se puede, aunque probablemente sea un error, ofrecer menos siniestra y con final no excesivamente severo.
Lo que no se puede es interpretar la obra más a flor de piel, con tensiones más marcadas, hiriendo todo lo que hay que herir sin por ello perder concentración ni lógica a la hora de construir clímax, y apostando de manera decidida por lo grotesco en el segundo movimiento sin necesidad de cargar las tintas en el expresionismo. Como hizo Tabea Zimmermann en sus descomunales recreaciones, Joaquín Riquelme metió el dedo en la llaga, buceó en los malos recuerdos, chilló de desesperación en sus pasajes en solitario y abandonó la música –la vida, para entendernos– evitando lo quejumbroso. De paso, nos demostró cómo es posible adelgazar el sonido de la viola hasta el infinito y también obtener un volumen enorme de ella, así como de extraer texturas de lo más inquietante. Junto a él, un magnífico Bagaría hizo lo que tiene que hacer, intervenir con absoluta exactitud y limpieza, regular el sonido con enorme variedad –importantísima aquí la mano izquierda– y generar esas atmósferas tan propias de las últimas composiciones del compositor. Curiosamente, los compases finales –que dependen de él, no de la viola los hizo evitando el nihilismo. También el consuelo: sonaron secos y distantes. Un verdadero "hasta aquí hemos llegado"· Por eso mismo quizá sobraba la propina de Falla, aunque fuera magnífica y nos permitiera subir al Paseo de Colón poniendo un poco los pies en la tierra.
Fotos: Teatro de la Maestranza/Guillermo Mendo


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