viernes, 31 de marzo de 2017

El sueño de una noche de verano por Klemperer

¿Puede una batuta de sonoridades graníticas obtener la agilidad y la ligereza que demanda la música mendelssohniana? ¿Puede un director rebosante de mala baba hacer justicia a la frescura, el encanto y el sentido del humor que desprende una partitura? ¿Puede el músico antirromántico por excelencia enfrentarse a una obra llena de melodías deliciosas, ternura, sensualidad y magia poética? Pues sí.

 
En su segunda grabación –la anterior es una toma radiofónica de 1955 con la Radio de Colonia– de esa música absolutamente genial que es El sueño de una noche de verano de Feliz Mendelssohn, la registrada por EMI en Abbey Road entre enero y febrero de 1960, Otto Klemperer no solo sale airoso del empeño, sino que consigue la cuadratura del círculo y alcanza cotas de inspiración a la que ningún otro director ha llegado. Con la excelencia de los resultados tiene mucho que ver el increíble vistuosismo de una Philharmonia que el maestro cincela con una claridad asombrosa, diríase que inimaginable (lo del Scherzo hay que escucharlo para creerlo), ofreciendo además ese tratamiento de las maderas tan particular suyo que desprende no poca socarronería y aporta una mirada sarcástica al drama shakesperiano, pero sin dejar de explayarse en el lirismo de “You spotted snakes” y en la embriagadora atmósfera del Nocturno; eso sí, sin que se le mueva un pelo. La Marcha nupcial posee grandeza sin retórica alguna, descubriendo el veterano director la increíble elevación melódica de su sección central. La admirable participación de Heather Harper, Janet Baker y el Philharmonia Chorus redondea una interpretación diríase que insuperable, si no fuera porque el maestro aún tendría que volver sobre el tema.


Efectivamente, el 23 de mayo de 1969, en un concierto en la Herkulessaal de Múnich, el maestro de Breslau deja un nuevo testimonio de su visión de la obra, esta vez al frente de una Sinfónica de la Radio Bávara que no posee el virtuosismo de la Philharmonia –hay desajustes evidentes–, como tampoco su particular sonoridad. Lo cierto es que Klemperer tampoco es exactamente el mismo. Cerca ya de cumplir los 84 años, parece que por fin el bloque de granito empieza a resquebrajarse. Ni que decir tiene que sus particulares maneras de ver las cosas siguen ahí –la planificación de las tensiones es increíble, su mezcla de músculo y agilidad no tiene parangón, la marcha fúnebre destila todo su sarcasmo y mala leche–, pero ahora hay más espacio para la delectación melódica, para la sensualidad, incluso para la ternura –sí, en Klemperer–, y hasta diríase que el sentido del humor ya no es necesariamente cáustico, sino que incluso puede ofrecer pinceladas de amabilidad y bonhomía.

El resultado es una lectura todavía más genial que la anterior, lentísima y maravillosamente paladeada sin rastro alguno de pesadez; quizá se haya perdido algo de vivacidad, y desde luego la claridad no es tan increíble como antes, pero ahora se profundiza como seguramente nunca nadie lo ha hecho en la mágica y embriagadora poesía de los pentagramas. Por si fuera poco, Edith Mathis y Brigitte Fassbaender –cantando en alemán– están maravillosas, particularmente la segunda.

¿Recomendaciones? Hay que escuchar las dos grabaciones, sin duda. El problema es que mientras de la primera hay numerosas ediciones en CD y además circula una soberbia remasterización en HD, la otra circula de manera muy restringida de forma pirata y en sonido estereofónico precario; EMI editó comercialmente la Escocesa del mismo concierto y los resultados técnicos fueron espectaculares, así que no puede sino lamentarse profundamente que no incluyeran ni este Midsummer ni la descomunal obertura de Las Hébridas que abrió la velada.

martes, 28 de marzo de 2017

Levine retorna con Idomeneo

Convertido ahora en director emérito de la Metropolitan Opera, James Levine (Cincinati, 1943) ha logrado superar sus graves problemas de salud para volver a bajar al foso del teatro neoyorquino y dirigir a uno de los compositores que más ama: Wolfgang Amadeus Mozart. Concretamente su juvenil y ya genial Idomeneo, página de la que el maestro norteamericano nos dejara en 1982 una filmación protagonizada por Luciano Pavarotti en la misma producción que ahora se ha repuesto, la de Jean-Pierre Ponnelle. Como pudimos comprobar en la transmisión en directo que le vimos en los Cines Yelmo, Jimmy –así le llaman sus amigos– sigue siendo queridísimo en el Met, recibiéndole el público con una inmensa ovación a la que respondió visiblemente emocionado.



¿Hay para tanto? Soy de los que opinan que no. Le encuentro dos importantes virtudes: altísimo sentido teatral, lo que resulta más que conveniente para dirigir ópera, y un desarrollado sentido del humor. Barbero y Falstaff, por ejemplo, son títulos en los que brilla su arte. Pero me parece también un director muy tosco, poco detallista, amazacotado en las sonoridades. También un maestro tan obsesionado con la brillantez que con frecuencia cae en la retórica vacua, en el efectismo e incluso en la chabacanería. Y su elocuencia poética me parece más bien discreta, cuando no inexistente.

Dicho esto, Idomeneo no lo dirigió mal. Siempre dentro de una sonoridad densa y una articulación tradicional de las que espantan a los radicales del historicismo, Levine ofreció texturas menos claras de lo deseable y cierta desatención a los vientos, tan importantes en Mozart, pero supo inyectar vitalidad, brillantez y convicción a la partitura. Flojeó un tanto en los pasajes lentos del tercer acto –escena del sacrificio–, donde decididamente se le fue el pulso y la delectación melódica se convirtió en morosidad, pero el resultado global me pareció bastante digno. Y no hubo brutalidades ni salidas de tono, como sí ocurriera (escuchen este vídeo, si tienen valor: lo de la Behrens es también de juzgado de guardia) en la producción de 1982. La orquesta funcionó de manera satisfactoria, a despecho de algún desajuste, y el coro se mantuvo a buen nivel.


Notable Matthew Polenzani en el rol titular: una voz sólida –algo corta en el grave– manejada con exquisito gusto y mucho empuje dramático. Solo tuvo serios problemas, como tantos otros, en las agilidades de su tremenda aria del segundo acto; en el fragmento del YouTube que les dejo aquí arriba está fatal, pero les aseguro que en la función del pasado sábado no lo hizo ni mucho menos tan mal.

Idamente lo encarnaba Alice Coote. La mezzo empezó de manera mediocre, con la voz sin colocar, pero poco a poco se fue centrando y ofreció un canto dignísimo, ya que no muy sensual ni efusivo. En lo escénico supo encarnar convincentemente la masculinidad de su rol.


Una delicia Nadine Sierra como Ilia. Su voz no es personal ni particularmente atractiva, pero su canto resulta de una depuración y sensibilidad supremas. Se trata, además, de una chica de gran belleza que se mueve muy bien en escena. Claro que su personaje suele pasar desapercibido ante el huracán de emociones desplegado por Elettra, en esta ocasión una estupenda Elza van den Heever: de nuevo el YouTube, procedente del ensayo general, no da idea de la altura de su importante recreación.

 

Gastadísimo Alan Opie en el papel de Arbace, y sensacional Noah Baetge en su breve pero decisiva intervención como el Sumo Sacerdote.

Absolutamente clásica en su concepto –pese a su ambientación en el siglo XVIII– y solo buena en lo que a la dirección de actores se refiere, la propuesta de Jean-Pierre Ponnelle convence por su sensatez, seduce por la belleza de su escenografía única –presidida por un gran rostro de Neptuno– y deslumbra con un vestuario increíblemente bello que también salió de las manos del llorado regista parisino. Total, una función de ópera que se disfrutó mucho.

sábado, 25 de marzo de 2017

Mis favoritos musicales (II): óperas

Comencé en agosto una serie sobre "mis favoritos musicales" que por fin tengo la oportunidad de continuar. Y lo hago con mis títulos de ópera preferidos. Pero antes debo realizar una seria advertencia. Esta no es una serie sobre "los mejores" sino, como dije antes, "mis favoritos". Que un nombre no aparezca en la lista no significa necesariamente que lo considere como menor o como sobrevalorado, y el que sí lo haga tampoco implica que lo ponga por encima de otros que no lo hace. No pretendo elaborar una lista de nombres para la eternidad: simplemente quiero retratarme en mis gustos para que los lectores sepan a qué atenerse. Y dicho esto, vamos a por las óperas.


Verdi y Wagner. Wagner y Verdi. Eso lo tengo muy claro. A mí son los que más me entusiasman, y seguro que a la gran mayoría de melómanos también. Puestos a escoger, ahí sí que puedo resultar un poco peculiar: Parsifal y Falstaff son mis títulos operísticos preferidos de todos los tiempos. Los últimos de sus autores. También los más particulares. Digamos que los más esenciales. El primero,  una comedia de desbordante ingenio musical sobre un libreto extraordinario, que por momentos se burla de las óperas tradicionales al tiempo que despliega las melodías más exquisitas. Un perfecto mecanismo de relojería. Y una en absoluto inocente reflexión sobre la condición humana que esconde bajo sus pliegues un poso de amargor. El segundo, una disgresión pseudo-religiosa que en cada compás de música niega lo que dice el libreto. Es decir, un monumento al erotismo y a la carnalidad que figne ser justamente lo contrario. Y de nuevo una tremenda meditación sobre el sufrimiento y la culpa, como también sobre la necesidad de asumir cuerpo y espíritu como partes indisolubles de la condición humana. Pero no me quedo ahí en estos dos autores, claro. Rigoletto, Traviata y Trovatore –sí, también esta última– me parecen verdaderas maravillas que reverdecen tras cada nueva audición. Y el Holandés. Y el Anillo. Y Tristán.

Dicen que Puccini es un pasteloso. Y lo dicen personajes muy sabios. Me importa un bledo: adoro sus óperas. Tosca sobre todo, de nuevo un mecanismo escénico calculado al milímetro que sin renunciar a la exhibición de la voz pone toda la música al servicio del drama. Bohème me hace saltar las lagrimas pese a sus irregularidades. De Butterfly no soy un estusiasta, y sin embargo creo que hay que revalorizar, aun estando menos lograda que las óperas citadas, a Fanciulla. Turandot, venturosamente, no necesita reivindicación alguna.

De Rossini una única ópera, pero que sin duda se encuentra entre mis cuatro preferidas junto a Parsifal, Falstaff y Tosca. Me refiero al Barbero, por descontado. Es imposible justar tanta inspiración en semejante número de notas: hasta el aria di sorbetto es una joya. Música maravillosa de principio a fin. No se puede disfrutar más con ninguna otra ópera: un torbellino de entusiasmo, de jovialidad, de ganas de vivir, de picardía, de emoción... Otra cosa es que interpretarla como se merece resulte harto difícil para batuta, cantantes y director de escena.

De Richard Strauss adoro Salomé, Elektra y Rosenkavalier. Las otras, no tanto.



Y Mozart, claro. Tengo que escoger dentro de la trilogía Da Ponte, pero no es fácil. Quizá me quede con Così, aunque es en Nozze donde está lo que considero la más bella música jamás compuesta para la voz humana: las dos arias de la Condesa.

La lírica barroca no es, con excepciones como Dido y Eneas, santo de mi devoción. Belcanto y verismo, con la excepción del citado Barbero, me interesan únicamente cuando hay grandes cantantes de por medio. De la ópera francesa solo me entusiasma Carmen. Janácek me fascina, sobre todo La zorrita astuta. Me gusta mucho El ángel de fuego, de Prokofiev. Reverencio Wozzeck y Lulu, sobre todo esta última. Las óperas del siglo XX en general me apetecen bastante; la última que me impactó fue La pasajera, de Weinberg.

jueves, 23 de marzo de 2017

Hommage à Boulez: dejad que los jóvenes se acerquen a él

Coincidiendo con la inauguración de la Pierre Boulez Saal en Berlín, Deutsche Grammohon edita este doble compacto en Hommage à Boulez protagonizado por Daniel Barenboim y los chicos de la West-Eastern Divan. Todo el material circulaba ya por la red y era conocido por quienes somos seguidores del músico de Buenos Aires, gran amigo del homenajeado y principal responsable de que este auditorio lleve su nombre.


Por un lado, se ofrece en su integridad el concierto conmemorativo del 85 cumpleaños del artista francés que tuvo lugar el 4 de abril en la Staatsoper berlinesa: Barenboim dirigió Messagesquisse al chelista Hassan Moataz El Molla y un conjunto de violonchelos, Michael Barenboim ofrecía en solitario –asistido por la electrónica en vivo del IRCAM– Anthèmes 2, y finalmente el propio Boulez se ponía al frente de seis miembros de la WEDO para dirigir Le Marteau sans Maître, en este caso con la complicidad de la contralto que protagonizara su último registro de la obra, Hilary Summers. La toma radiofónica sonaba muy bien, pero ahora lo hace mucho mejor.

Por otro lado, se incluyen interpretaciones registradas en los Proms de 2012 –aún circulan los correspondientes YouTubes– de la larguísima Dérive 2 y de la breve Mémoriale, en ambos casos con Barenboim dirigiendo y en el segundo de ellos con Guy Eshed como solista de flauta, más Dialogue de l'ombre double para el clarinete en solitario –con el IRCAM– de Jussef Eisa. De nuevo suena el CD mucho mejor que los vídeos televisivos, aunque aquí hemos de lamentar que no se incluyeran estas piezas acompañando edición en DVD de las sinfonías de Beethoven con las que originalmente se interpretaron. Pero no nos quejemos: un doble CD de la Deutsche Grammophon con este repertorio, magníficamente presentado y vendido a precio inferior al de un solo compacto, ya es un verdadero milagro en los tiempos que corren para la industria del disco.

Las interpretaciones me han parecido portentosas. Conviene recordar ahora lo que escribí aquí mismo cuando vi el vídeo de esta misma lectura de Dérive 2:
"El de Buenos Aires y los once chicos de la Orquesta del West-Eastern Divan interpretan la página como si les fuera la vida en ello, no solo con inapelable perfección técnica sino también con un enorme compromiso expresivo. La cuestión es: ¿se nota la mano de Barenboim? Yo diría que sí. La dirección del propio Boulez es más incisiva y –por descontado– analítica, y posee aún mayor virulencia; la del argentino, que no carece precisamente de tensión sonora, despliega un colorido más rico, cálido y sugerente, así como un mayor sentido de la atmósfera y –porqué no– de la emotividad, lo que en modo alguno debe ser confundido con un intento de romantizar esta música."
Pues bien, después de escuchar este doble CD y de realizar algunas comparaciones, ya no estoy tan seguro de que la extraordinaria comunicatividad que desprenden estas lecturas se deban fundamentalmente a Barenboim. Porque en El martillo sin dueño quien dirige es Boulez en persona, y me ha parecido que las cosas cambian un tanto con respecto a las dos grabaciones que conocía de la obra, la de CBS de 1985 y la de DG de 2002. Cierto es que los chicos de la WEDO no poseen el virtuosismo extremo de los componentes del Ensemble Intercontemporain, pero frente a la fría perfección de aquellos sus intervenciones parecen más frescas, más espontáneas, más ricas en la expresión, y sobre todo más atentas a la relación entre cada uno de los instrumentos. Como en Dérive 2, lo que aquí se aprecia no es un conjunto de músicos intentando dar las notas con la mayor exactitud posible, sino un grupo de artistas que dialogan entre sí, escuchándose atentamente y haciendo que cada una de sus intervenciones parezca una réplica a la anterior. Las herméticas y geniales partituras de Boulez, a estas alturas definitivamente clasificable como uno de los más grandes músicos del siglo XX, adquieren así una nueva dimensión.


¿Están los jóvenes, pues, más cualificados para interpretar este repertorio que quienes se criaron musicalmente con el propio compositor? Me parece que sí: el tiempo no pasa en balde y las nuevas generaciones no solo tienen el oído más "entrenado" para este tipo de partituras, sino que además pueden aprender de la experiencia interpretativa que se ha ido acumulando con el paso de los años. Por eso creo que quien ya tenga las mismas obras en otras versiones no perderá el tiempo al escuchar estos nuevos registros: apreciará cosas nuevas. Y quien no las tenga, que aproveche la oportunidad dada la relación calidad-precio del producto.

Dicho esto, se pueden apuntar algunos matices. Por ejemplo, que la interpretación de Dérive 2 que les escuché en Córdoba –coincidían solo seis músicos de la plantilla de once– me pareció aún más genial que esta de Londres. Que en Le Marteau Hilary Summers –sedoso registro grave– está bastante menos bien de voz que en la grabación oficial de 2002. O que en Messagesquisse se echan de menos la electricidad y la garra dramática de la grabación increíble de Queyras y el Ensemble Intercontemporain, aunque a cambio tengamos una buena dosis de atención a la atmósfera "made in Barenboim". Detalles menores: el nivel es altísimo.

Una cosa más. En el libretillo podemos leer los nombres de Cristina Gómez Godoy (corno inglés), Pedro Manuel Torrejón González (percusión), Alberto Martos Lozano (violonchelo) y Juan Antonio Jiménez (trompa). De este último solo he podido descubrir que es actualmente miembro de la ROSS. Los tres primeros proceden respectivamente de Linares, Isla Cristina y Granada. Y un no puede dejar de sentirse orgulloso de que sigan apareciendo en nuestra tierra músicos de semejante altura.

martes, 21 de marzo de 2017

Gran Schumann por Coin y Herreweghe

Negar la posibilidad de interpretar a Schumnann siguiendo parámetros historicistas resulta tan equivocado como decir que esta vía es más apropiada –por presuntamente rigurosa con respecto a la praxis de la época– que las maneras tradicionales. Aquí el gran Christophe Coin, a despecho de algunos rasgos propios de quienes trabajan con instrumentos originales que pueden resultar amanerados para quienes no están acostumbrado a estas sonoridades–, ofrece una verdadera lección de sensatez, de musicalidad y de sinceridad expresiva, tocando no solo con fluidez, holgura, virtuosismo y una admirable belleza, sino también apuntando al meollo expresivo de la música, a su particular mezcla de lirismo, elegancia, ternura y pasión al borde del desbordamiento, y haciéndolo con la mayor convicción posible, aun sin llegar –eso parece imposible– a esa especial comunión que con la obra mantenían Rostropovich y, sobre todo, Jacqueline Du Pré.


La gran sorpresa viene por parte de Herreweghe, aquí lejos aún de su tendencia a la blandura, la ingravidez y el amaneramiento (¡horrenda Cuarta de Mahler!) que ha ido desarrollando a lo largo de los últimos años, y dispuesto a aportar fuego, concentración y sentido de los contrastes a una dirección a la que quizá le falta un último punto de claridad. Gran trabajo, en cualquier caso, como el que hace con la Sinfonía nº 4: una versión acertadamente impetuosa y dramática a la que la rusticidad de los instrumentos originales le sienta de maravilla, como lo hacen también el equilibrio de planos sonoros que se deriva del planteamiento "históricamente informado".

En cualquier caso, no es la de la sinfonía una versión redonda. Lo menos bueno es quizá el segundo movimiento, no del todo sensual ni emotivo, aunque la batuta sí que acierta con el regusto amargo que debe poseer. El resto es espléndido, aunque en general se podía pedir un punto más de flexibilidad en la agógica, también de depuración sonora, así como una transición entre los últimos movimientos con más sentido de la atmósfera y de la fuerza visionaria que alberga la genial partitura schumanniana. Soberbia la toma sonora.

sábado, 18 de marzo de 2017

¡Que viva España!

Es sábado por la noche. Paso por delante del televisor y descubro que están poniendo una película de Manolo Escobar. Canta ¡Que viva España! con imágenes de tablaos flamencos, corridas de toros, sardanas, playas y monumentos célebres de fondo. Y eso en La 1, nuestra principal cadena pública.

Sí, ya sé que a esta hora y en ese canal no van a poner la Octava de Bruckner por Karajan, pero me parece a mí que se podrían utilizar los fondos del estado para ofrecer un mínimo de calidad que compense hasta cierto punto las toneladas de telebasura que generan los canales privados. Incluso sería deseable (¡qué iluso!) utilizar este medio para culturizar un poquito a la población. Por ejemplo, para poner de vez en cuando algo de cine clásico y que los profesores no nos sonrojemos al descubrir –esta experiencia es real, de este mismo año y con alumnos adultos– que las nuevas generaciones jamás han oído hablar de Casablanca, Lo que el viento se llevó o Marlene Dietrich. Me temo que tendrán que conformarse con Manolo Escobar. Así nos va.

"La grande" de Schubert por Krips

En los comentarios de un post anterior decía que tenía pendiente escuchar "La Grande" de Schubert en la versión de Josef Krips y la Sinfónica de Londres registrada en el Kingsway Hall en mayo de 1958 por los ingenieros del sello Decca. Célebre interpretación en la que Arturo Reverter, en el extra La música sinfónica en disco de la revista Scherzo (año 1994, página 165), le ponía la máxima calificación posible y decía encontrar "lirismo, limpidez, arte cantabile, efusión en estado puro, sabia dosificación emocional y construcción rigurosa pero flexible en aras de un resplandeciente romanticismo". Bueno, pues ya la he escuchado.


A mí me ha parecido una interpretación no solo admirablemente tocada y estupendamente desmenuzada, sino también –lo que es más importante– decidida, directa, llena de vida y de comunicatividad. Ahora bien, creo que no está precisamente exenta de desigualdades. Así, tras una magnífica introducción., se echa de menos una transición al Allegro ma non troppo dicha con más fuerza visionaria; éste funciona globalmente bien, aunque sin mucho sentido del misterio ni del dolor oculto, mientras que el retorno final al tema de la introducción no me parece del todo bien resuelto.

Lo menos convincente de esta lectura es el Andante con moto es, dicho con ciertas prisas y más bien ayuno de poesía y efusividad, sobre todo en toda la última sección tras el gran clímax dramático. ¡Qué difícil es convencer en este movimiento! Ahí hay que escuchar sobre todo a Giulini –en sus dos extraordinarias grabaciones– para ver lo que puede dar de sí en lirismo, aunque si uno lo que quiere es "caña" tiene que acudir, por descontado, a Furtwängler y a Barenboim.

Los dos últimos movimientos de Krips están francamente bien, triunfando aquí el excelente control de los medios y la convicción expresiva del maestro austríaco, pero la comparación con la fuerza arrolladora del citado Furtwängler –que hacía sonar la obra con más músculo pero no menos sentido de la agilidad– deja claro que aún podía haber dado una vuelta de tuerca adicional. En fin, una interpretación globalmente notable que se disfruta bastante, pese a su antigüedad, gracias a su extraordinaria toma sonora, pero que me parece lejos de los grandes modelos arriba mencionados.

La canción de la Tierra, de Gustav Mahler: discografía comparada

Tenía muchas ganas de presentar una comparativa de la obra maestra absoluta de Gustav Mahler , un compositor que parece interesar bastante a...