martes, 31 de mayo de 2016

Zukerman en Murcia: gran Beethoven, decepcionante Brahms

Gracias a un cambio de última hora en la programación del Auditorio Víctor Villegas de Murcia he podido por fin cumplir mi sueño de escuchar a Pinchas Zukerman (Tel Aviv, 1948) en directo. Y además en su doble faceta de violinista y director, pues en el concierto del pasado sábado 28 se ponía al frente de la Royal Philharmonic Orchestra culminando una gira española que incluía programas diversos. Me tocó uno de los más interesantes: Concierto para violín de Beethoven y Cuarta sinfonía de Brahms. Por desgracia, las cosas funcionaron mejor en la primera parte que en la segunda.


Zukerman había grabado en dos ocasiones el concierto beethoveniano. La primera de ellas en 1977 para DG junto a un dramático e inspiradísimo Daniel Barenboim, con resultados excepcionales. La segunda en 1991 bajo la batuta de Zubin Mehta, recreación globalmente menos lograda a pesar de la concentración y la magia del Larghetto. Y aún hay otra grabación que podría comercializarse, la ofrecida hace tan solo unas semanas para celebrar el ochenta cumpleaños del maestro indio, que ha ofrecido el canal Arte sin que un servidor haya tenido aún la ocasión de verla.

La recreación que escuché en Murcia se parece bastante en lo conceptual a las dos editadas en compacto: ortodoxa en el mejor de los sentidos, diríamos que canónica, en una línea antes clásica que romántica. Esto no significa poco variada en lo expresivo o escasa de tensión, en modo alguno, sino perfectamente equilibrada entre expansión lírica, dramatismo y vitalidad; entre belleza sonora –extraordinaria– y contenido, entre el respeto a la forma y la subjetividad interpretativa. Por eso mismo, se podrán preferir otros enfoques más radicales y visionarios, como el que plasmó en compacto su íntimo amigo Itzhak Perlman asimismo con Barenboim en su registro de 1986, como también habrá quien eche de menos el humanismo increíble de Menuhin, pero en su línea resulta una referencia.

Dicho todo esto, hay que reconocer que el violín de Zukerman, aun espléndido, no ha estado en Murcia a la celestial altura de su lectura de 1977. Pero no tanto por las relativas imprecisiones técnicas que delatan su edad –algunos miembros de la orquesta agachaban la cabeza cuando el maestro metía la pata, aunque a mí y a la mayoría de los melómanos estas cosas nos importan tres pimientos–, como por algo que empezó a quedar patente hace ya bastante tiempo, que es una cierta pérdida de inspiración por parte del artista. Pérdida que se ha visto compensada por una ganancia no poco importante, que es su categoría como director: sin la personalidad poderosísima de un Barenboim, pero con más garra que Mehta, nuestro artista ofreció una dirección no ya inmaculada sino sencillamente espléndida, que en lugar de plantear la oposición entre orquesta y solista ahondando en el carácter más trágico de la música –como hacía el de Buenos Aires–, establecía un diálogo equilibrado y ajeno a claroscuros, más terrenal que trascendido –el segundo movimiento podía haber ofrecido aún más poesía– pero muy bien tensado, emotivo y de enorme belleza. Clasicismo es, nuevamente, el término apropiado. La orquesta, que incluía algunos espléndidos solistas, se mostró a muy buen nivel.

Menos bien la Cuarta de Brahms. Ya desde un arranque lineal, sin magia alguna, quedó en evidencia que Zukerman no sintoniza con la partitura. Pero que nadie piense que se trata de un violinista metido a director: sus espléndidas recreaciones de Haydn, o su filmación televisiva de la Sinfonía nº 5 de Mendelssohn, por no hablar de su reciente disco con música de Elgar y Vaughan Williams, nos hablan de un notable maestro. Simplemente, no posee afinidad con este repertorio al ponerse en el podio. Ni la orquesta le sonó a Brahms, ni la expresión sintonizó con ese particular lirismo agridulce, tierno y lleno de humanidad que caracteriza al compositor hamburgués. Tampoco se apreció mucha flexibilidad en la agógica, ni la suficiente atención al peso de los silencios. Sí que hubo decisión, garra dramática y mucha fuerza expresiva –en algunas frases los violonchelos parecían salir ardiendo–, además de un empuje dionisíaco muy interesante en el scherzo, pero en semejante obra maestro todo esto no es suficiente.

Resumiré de la siguiente manera: un 9 para Beethoven, solo un 7 para Brahms. Pero yo he cumplido mi ilusión de ver a Zukerman, así que me doy por satisfecho.

domingo, 29 de mayo de 2016

Tchaikovsky (muy) decibélico con la Orquesta de Murcia

Aunque acudí a la ciudad del Segura para escuchar el concierto que ofreció ayer Pinchas Zukerman, aproveché para hacer dos noches y, además de seguir conociendo el patrimonio artístico de la zona, escuchar a la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia en su concierto de abono del viernes 27. Programa íntegramente balletístico integrado por obras de Stravinsky y Tchaikovsky bajo la dirección del para mí desconocido maestro norteamericano Dorian Wilson. Al llegar descubrí que acababa de empezar una charla con el artista. Ante un público escaso y de edad bastante avanzada, dijo algunas cosas muy interesantes sobre su experiencia con Bernstein y Barshai. Por ejemplo, que el primero se consideraba al nivel de los compositores a los que dirigía, y que por ende no tenía reparos en tomarse considerables libertades con las partituras; o que en sus ensayos –los de Lenny– eran fascinantes porque se hablaba de todo tipo de temas culturales y políticos. Pero sobre todo subrayó Wilson su deuda con Gustav Meier, director austríaco al que considera su verdadero mentor y que acababa de fallecer, qué coincidencia, justo un día antes.


En la primera parte hizo Wilson un fenomenal trabajo recreando el Divertimento basado en El beso del hada, alejándose de la sequedad con que con frecuencia se aborda al Stravinsky neoclásico –"neotchaikovskiano", en este caso– y ofreciendo vivacidad, sentido del ritmo y fuerza expresiva sin descuidar precisamente la claridad en las texturas, bien equilibradas y ricamente coloreadas. Otra cosa es que algunos pensemos que la partitura es un monumental ladrillo.

Lago de los cisnes y La bella durmiente sí que son dos verdaderas obras maestras, y escucharlas en directo, aunque sea en sus respectivas suites, resulta un verdadero placer. Pero aquí Wilson estuvo menos afortunado. De hecho, aún no sé si me convencieron sus interpretaciones. Me gustó que hiciera uso de tempi lentos que permitieron clarificar las texturas y dejar respirar a la música; también que apostara por el pathos, por la densidad sonora y por la profundidad dramática antes que por esa ligereza más o menos delicada y amable con que a veces se aborda este repertorio; y más aún que cantara las melodías con una naturalidad y una intensidad ejemplares, porque eso potenció lo mejor de esta música. Tampoco me dejó de complacer que su sentido del humor tuviera un punto de recochineo y sana rusticidad muy convenientes. Pero no me gustó que el fraseo fuera parco en matices, que se atendiese poquísimo a la variedad de la gama dinámica y, sobre todo, que se apostase de manera decidida no ya por el forte, sino por el "megafortísimo", hasta el punto de que la acumulación decibélica llegaba a molestar. Disfruté mucho a ratos, pero por momentos me sobresalté en mi asiento.

¿Y la orquesta? Pues verán, en otras ocasiones en las que la he escuchado aprecié limitaciones, pero la noche del viernes la encontré en una muy digna forma. Más que eso: los violines ofrecieron un empaste y una belleza sonora como a pocas formaciones españolas le haya escuchado yo nunca. Y solistas hay unos cuantos muy destacables: clarinete, trompeta y arpa me gustaron especialmente. Posiblemente haya sido Wilson quien hizo que diesen lo mejor de sí, porque los músicos le aplaudieron al final radiantes de felicidad.

jueves, 26 de mayo de 2016

Un gran cambio en mi vida... pero con menos música

Ayer miércoles a las 0:00 de la madrugada la web de la Junta de Andalucía publicaba los resultados definitivos de los concursos de traslado de los cuerpos docentes de mi comunidad autónoma. Los resultados me han llenado de alegría: por fin he conseguido desplazarme a mi Jerez de la Frontera natal. Concretamente paso al IES Padre Luis Coloma, un centro prestigioso y con muchísima solera en el que yo mismo tuve la oportunidad realizar mis estudios de secundaria entre 1984 y 1988 (¡cómo pasa el tiempo!). Hace ocho años estuve allí destinado de manera provisional, pero mi retorno ahora es con plaza estable.

Cuando tuve que abandonarlo –unos meses después de crear este blog– fue para venirme con destino defintivo al centro donde aún sigo, y seguiré hasta principios de septiembre, en plena Sierra de Segura. Con la excepción del curso pasado, en el que pude volver temporalmente a Jerez, he pasado todo este tiempo en una especie de, llamémosle así, "exilio dorado": disfrutando de una experiencia laboral globalmente muy positiva, maravillándome ante la naturaleza que me rodea –el campo me gusta muchísimo– y con la tranquilidad que supone vivir en un pueblo, pero también soportando temperaturas que encuentro muy frías, viviendo a demasiada distancia de toda la gente a la que quiero y teniendo que enfrentarme a largas horas al volante para desplazarme a cualquier sitio. Todo ello con mucha soledad, para lo bueno y para lo malo.
 

No hace falta enumerar las ventajas que va a tener regresar a Jerez, que son importantes y muy variadas. Claro que asimismo va a tener algunas desventajas, sobre todo en lo que a cuestiones musicales se refiere. Y es que desde la sierra segureña he podido desplazarme con cierta frecuencia a Madrid, Valencia y algunos otros lugares para disfrutar de buena música en directo, pero en mi tierra la cosa la cosa pinta mal. El Maestranza, a una hora en coche, está de capa caída por los conocidos motivos presupuestarios, mientras que el Villamarta a punto ha estado de extinguirse por completo. Aún no se sabe si para el curso que en unos meses comienza habrá una temporada de música clásica digna de tal nombre; si la hay, desde luego, será tan parca y escasamente atractiva como lo ha venido siendo en estos años de la crisis. Madrid queda muy lejos de Jerez y el tren resulta carísimo. De Valencia, ni hablemos: echaré muchísimo de menos esa ciudad.

Hay más. El pasado sábado tuve la oportunidad de ingresar –a la ceremonia corresponde la fotografía– en el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, un honor que me supone también un compromiso: dedicar más tiempo y constancia a la investigación en el campo en el que llevo trabajando un par de décadas, el de la arquitectura gótico-mudéjar. Por supuesto que me apetece muchísimo hacerlo, pero también es verdad que eso me va a suponer marginar un poco a "mi otro amor", la música. ¡No se puede estar en todo! En cualquier caso, aún rodeado de olivos, voy a aprovechar para ver en directo a alguno de los nombres más vistosos de los carteles de las próximas semanas: el violín y la batuta de Pinchas Zukerman, el órgano de Olivier Latry, la voz de Waltraud Meier... y los muy comentados atributos de Easy Rider, el bóvido de Moisés y Aarón.


miércoles, 25 de mayo de 2016

Juan Pérez Floristán: cantar desde el piano

Hacía años que tenía ganas de escuchar a Juan Pérez Floristán (Sevilla, 1993). Primero, porque es hijo del director de orquesta jerezano Juan Luis Pérez, una persona a la que admiro desde hace tiempo por su mezcla de honestidad, modestia, sabiduría y espíritu de trabajo. Segundo, porque las cosas que se venían diciendo del artista han sido siempre muy positivas. Por desgracia, los años en los que ha empezado a prodigarse en los escenarios han coincidido con los de mi exilio en la sierra segureña, así que me he quedado sin escucharle cosas que me apetecían una barbaridad por ser muy de mi gusto y, obviamente, del suyo propio, entre ellas conciertos de Prokofiev y Shostakovich.


Semanas atrás me telefonea mi amigo Ángel Carrascosa para alertarme de que ha quedado maravillado al ver por televisión el Concierto para piano nº 2 de Rachmaninov que Pérez Floristán había hecho con la Orquesta de la RTVE y Pablo González, justamente la misma obra con la que había recibido el máximo galardón del pasado Concurso Internacional de Piano Paloma O'Shea. Busco la webstream (también hay una filmación del evento santanderino) y, efectivamente, me encuentro con un solista de sonido musculado y poderoso –ideal para el autor– y un enorme virtuosismo que no se deja llevar por la mera exhibición de agilidad que tienta a tantos pianistas. Al contrario, en el fraseo se muestra siempre sensible y musical dentro de un enfoque, eso sí, donde priman los aspectos más combativos y apasionados de la obra frente a los evocadores y sensuales. Con el tiempo podrá, sin duda, profundizar en determinados aspectos expresivos de la partitura, sobre todo en un segundo movimiento en el que quizá guarda demasiado las distancias, pero aun así el solista sevillano, a sus veintitrés años, me gusta bastante más que unos cuantos nombres muy famosos de la lista que presenté en una discografía comparada de este mismo blog.

Así las cosas, acudí el pasado domingo con enorme expectación a escuchar por fin al joven artista en directo, concretamente dentro de la XXVIII edición del Festival Internacional de Música y Danza de Úbeda. Programa de altísima calidad musical y sin concesiones: transcripción realizada por Liszt de A la amada lejana, Sonata nº 18 "La caza" del propio Beethoven y la tremenda Fantasía en do mayor de Schumann. Y me gustó mucho lo que escuché, aunque reconozco que el Rachmaninov me hizo forjar en mi mente una imagen del intérprete bien distinta a la que me encontré. Esperaba un ciclón del piano, una exhibición de temperamento, de fuerza expresiva y de sentido dramático, y lo que me encontré fue un pianista mayormente apolíneo, altamente interesado en la belleza sonora, en la elegancia y, sobre todo, en la cantabilidad.

De hecho, si tuviera que resaltar una virtud de Pérez Floristán por encima de otras sería la de su capacidad para hacer cantar a piano: con su legato extraordinario, con su fraseo sutilmente flexible, con su sonido cálido pero no excesivamente delicado, pareciera que en la transcripción del ciclo de lieder beethoveniano estuviéramos escuchando la voz humana que en ella falta. Su lectura de A la amada lejana fue, además, muy recogida y serena, platónica si se quiere, aunque por eso mismo se pueden preferir enfoques que pongan de relieve los aspectos más punzantes de la escritura del autor.

Esta última circunstancia se hizo más patente en la Sonata nº 18 del sordo genial. Interpretación hermosísima, dicha con elegancia y nobleza en el fraseo, sensualidad muy desarrollada y, de nuevo, enorme cantabilidad, como también con la agilidad y el entusiasmo que necesita esa especia de tarantella del movimiento final. Pero interpretación realizada desde una óptica que quien firma estas líneas, como mero aficionado, no termina de compartir. A mí me parece que, aun escribiendo aquí una obra más clásica que algunas de las sonatas que la preceden, Beethoven en esta época –1802, con la Heróica a punto de llegar– se encuentra ya en su primera madurez, y que por ello necesita una sonoridad más musculada, contrastes más marcados y picos de tensión más valientes. Cuestión de gustos, claro: igual que hay melómanos que toman como modelo el Beethoven de Backhaus o de Kempff, hay quienes preferimos -con mucho- el de Gilels y, sobre todo, el de Barenboim.

Pensé que el pianista digamos demoníaco, o al menos tempestuoso, que escuché en Rachmaninov, iba a aparecer en la Fantasía schumanniana de la segunda parte. Pues no: fue de nuevo una interpretación apolínea, lo que quiere decir que eché de menos tensión interna, fuego y carácter visionario en una obra que demanda en buena medida estos componentes. Lo que ocurre es que aquí, a cambio, el artista alcanzó una inspiración poética excelsa, rozando la genialidad, en los momentos más introspectivos de la partitura, que también son muchos. ¡Qué manera de frasear, tan lírica y natural! ¡Qué derroche de belleza en el sonido pianístico! ¡Qué manera de otorgar peso expresivo a los silencios! ¡Y qué embriagadora mezcla de sensualidad y elevación espiritual! Estuve escuchando en los días previos lo que con esta partitura hacen gente como Barenboim, Achúcarro y Kissin –este último en una de las más descomunales creaciones de su carrera, dicho sea de paso–, y puedo asegurar que Pérez Floristán logró descubrirme cosas nuevas en muchos pasajes. Además su Schumann sonó a eso, a Schumann, aunque más a Eusebio que a Florestán.

Como primera primera propina ofreció una transcripción propia de una bulería de Ricardo Núñez. Demostró con ella andar sobrado de dedos, cosa que después de tocar lo que había tocado no necesitaba en absoluto; pero también que posee esa cosa extraña llamada duende que todos sabemos lo que es y nadie logra definir. La segunda no fue menos interesante: un Gershwin sensual y curvilíneo que dejó bien claro que sus afinidades interpretativas no se limitan al repertorio más tradicional. Estoy deseando escucharle otros autores para confirmar mis primeras impresiones: nos hallamos ante un artista que va a dar muchísimo que hablar.


lunes, 23 de mayo de 2016

La Cuarta de Brahm por Carlos Kleiber y la Filarmónica de Viena

Sin ser la más grande interpretación discográfica de la Cuarta de Brahms, y sin olvidar tampoco que esta enorme obra maestra admite y hasta demanda enfoques más atentos al humanismo, la sensualidad y la ternura (¡enorme Giulini con la misma orquesta, también en DG!), este registro realizado en la Musikverein vienesa en marzo de 1980 es todo un hito que nos permite degustar las personalísimas maneras de hacer de un Carlos Kleiber que supo aunar como nadie esos dos conceptos antagónicos que son la electricidad y el refinamiento. Y lo hizo, además, con una asombrosa habilidad para ofrecer matices agógicos tan sutiles como efectivos –nada hay aquí de cuadriculado o machacón–, atendiendo en todo momento a la arquitectura global –trazada con decisión, sin contemplaciones más o menos otoñales– y haciendo que el ardor emocional, siempre controlado, logre que se inflamen las melodías sin que estas pierdan nunca el sentido de lo cantable.


En este sentido, la asombrosa belleza tímbrica y el sentido del legato de las cuerdas de la Filarmónica de Viena son toda una baza a favor del maestro, sin olvidar que es él quien, frente a un primer movimiento no todo lo memorable que podía haber sido, remansa su temperamento electrizante e incisivo para ofrecer un Andante Moderato de voluptuosidad abrumadura. Tenso, escarpado e implacable el Scherzo, que avanza con una fuerza arrolladora, aunque Kleiber se reserva lo mejor de sí mismo para el Finale: interpretación memorable, genial en grado extremo, de acentuadísmo carácter dramático y un fuego verdaderamente abrasador; pero fuego controlado por una batuta de virtuosismo extremo, capaz de pasar de una variación a la otra con una asombrosa capacidad para flexibilizar el tempo (¡qué fraseo más elástico y, al mismo tiempo, más natural!) y una increíble lógica expresiva.

Como curiosidad, les diré que esta fue la primera Cuarta de Brahms que tuve, aunque en mi colección duró poco tiempo: el vinilo estaba rayado y decidí devolverlo. Pronto me acostumbré a otra interpretación, la de Bernstein con la misma orquesta, y a la que ahora comento solo volví muchos años más tarde con su reedición en la serie The Originals. Esta última audición, que he realizado esta misma tarde, ha sido en Blu-ray Pure Audio: ¿es cosa mía, o no suena todo lo bien que debería? La verdad es que no he podido comparar con la edición en compacto. En cualquier caso, mensaje claro a quien no lo conozca: disco absolutamente imprescindible.

domingo, 22 de mayo de 2016

L'elisir d'amore vuelve a Sevilla

Ha vuelto El elixir de amor al Maestranza tras aquellas representaciones de 203 con Ismael Jordi, Mariella Devia y Pietro Spagnoli. Estuve en la última función de las cuatro ahora ofrecidas, la de ayer sábado 21 de mayo. Lo que más me llamó la atención fue el foso. He escuchado muchas sesiones de ópera en este teatro, y puedo asegurar que en pocas ocasiones la sección de cuerda de la Sinfónica de Sevilla ha sonado como lo hizo anoche, con un empaste tan terso y bello, con tan apreciable refinamiento, agilidad y capacidad para el matiz. Queda en evidencia que las irregularidades artísticas por las que pasa la orquesta, esa orquesta a la que nuestros políticos han decidido pegar bochornosos tijeretazos que ponen su continuidad en riesgo, pero también esa misma de la que he leído cosas en lo que al comportamiento de alguno de sus integrantes se refiere (ver aquí) que ponen muy en entredicho la buena voluntad de los mismos, no tienen que ver con su potencial. Un potencial que es enorme y que debe recibir por parte de las administraciones públicas el trato que le corresponde.


También me quedó claro el inmenso talento técnico del señor que se encargó de exprimir a la ROSS para que esta diera lo mejor de sí misma: Yves Abel. Ahora bien, una cosa es el impresionante virtuosismo de su batuta y otra muy distinta lo que hizo con el referido virtuosismo: hacer sonar a L'elisir con una suavidad, una ligereza y un carácter aéreo llevados hasta el límite. Y a mí esto no me termina de convencer. Cierto es que en este título me interesa mucho lo que hizo en su momento Richard Bonynge, que fue precisamente usar a la English Chamber, ofrecer unas sonoridades mucho menos espesas de lo acostumbrado y poner de relieve que la agilidad es uno de los componentes fundamentales de la escritura para orquesta del autor. Pero lo que el maestro canadiense ofrece en este título supone pasarse de la raya, recordándome un tanto al estilo del último Claudio Abbado. Así las cosas, la labor de Yves Abel me terminó resultando tan bella como aséptica, tan cuidadosa como parca en contrastes. Donizetti necesita más tensión, más claroscuros, más sal y pimienta Y también un puntito de rusticidad que apunte hacia ese primer Verdi que tantísimo debe al mundo donizettiano.

Triunfó el tenor Joshua Guerrero como Nemorino luciendo una voz asombrosamente bella, terciopelo puro en el timbre y tan luminosa como cálida en el agudo. Ahora bien, si quiere hacer la gran carrera que se merece no debe limitarse a lucir materia prima, sino también cuidar su técnica –la emisión se enturbió en el "Quanto è bella"– y aprender a hacer esas cosas que, con encomiable buen gusto, quiere hacer pero todavía no le salen del todo, como ocurriera en su aplaudida "Furtiva lagrima".

Tenía muchas ganas de escuchar a María José Moreno como Adina, después de que fuera sustituida en el rol por la mucho menos interesante Rocío Ignacio en la producción de Córdoba de 2004. Me pareció un tanto fría al principio, y lo cierto es que la voz no en todo momento parecía proyectarse por la sala como debía hacerlo. En el segundo acto la encontré no solo más convincente, sino por completo maravillosa. A mi entender, la voz no ha cambiado mucho desde aquellos tiempos en los que la soprano granadina empezó a despuntar. Lo que sí veo es que sus tiranteces en el sobreagudo han sido corregidas y que su dominio de la técnica belcantista es perfecto. Como su enorme musicalidad sigue ahí –nada de interpretar a la protagonista con ñoñería ni de hacerla redicha, sino aportando emotividad de altos vuelos–, el resultado ha sido espléndido. Que esta chica no haya recibido toda la atención que se merece por parte de nuestros teatros en los últimos años es una verdadera injusticia, y una muestra de lo mal que funcionan algunas cosas en ciertos ambientes.

Massimo Cavaletti fue un Belcore discreto sin más en lo vocal: sonoro pero muy tosco. Ni a eso llegó Kiril Manolov como Dulcamara, pero en este caso su orondo físico y su enorme talento como actor compensaron sus insuficiencias técnicas. Leonor Bonilla fue una deliciosa Gianetta: la joven sevillana parece prometer mucho, aunque debería vigilar las notas más agudas. Bien el Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza bajo la dirección de su titular Iñigo Sampil.

La producción escénica venía de Parma y corría a cargo de Víctor García Sierra, quien con la complicidad del escenógrafo Enrico Fontana de Rangoni integraba la dramaturgia original de Felice Romani en la serie El circo de Fernando Botero. La idea es simpática y está muy bien realizada, ofreciendo buenas soluciones dramáticas que agilizan el acartonamiento consustancial al belcantismo sin necesidad de marear al espectador, independientemente de que el final se parezca demasiado al del Barbero de Emilio Sagi. Ahora bien, el personalísimo mundo naif y no poco melancólico del pintor colombiano termina haciendo esta creación de Donizetti un punto todavía más bobalicona de lo que es en origen. Sí, ya sé que la intención es voluntaria por parte de los responsables escénicos, pero a mí me gustan propuestas menos complacientes y más gamberras a la hora de contar esta historia: pienso en la de Damiano Michieletto que pude ver en el Real.

Una última cosa: al finalizar la función, todo el público del Maestranza se puso en pie y se aplaudió por sevillanas, algo habitual en Jerez pero bastante menos en tierra hispalense. La felicidad de los rostros a la salida dejaba bien claro que la gente salía contentísima. Éxito incuestionable, pues.



miércoles, 18 de mayo de 2016

Dos referencias para el concierto para violín de Brahms: Oistrakh/Klemperer y Szeryng/Haitink

A veces tardas demasiado en escuchar esas versiones unánimemente aclamadas de una obra, y cuando por fin llegas a ellas te causan tal conmoción que de inmediato se ponen a la cabeza de tus versiones favoritas. Es lo que me ha pasado con dos registros del concierto para violín de Brahms: el que grabaron David Oistrakh, Otto Klemperer y la Orquesta de la Radiodifusión francesa en 1960 para EMI y la que hicieron Henryk Szeryng, Bernard Haitink y su Orquesta del Concertgebouw en 1973 para Philips.


Lo del Oistrakh es descomunal. Asombra su sonido increíblemente sólido, de agudos brillantísimos –nada hirientes– y un grave robusto, siempre con absoluta homogeneidad y un virtuosismo tremendo, pero sin que se note en absoluto. Y es que el músico va directamente a la esencia de las notas, ofreciendo una recreación incandescente y de marcados acentos dramáticos, mucho antes que sensual o evocadora, sin que ello le impida paladear las melodías con lirismo intenso y un punto amargo, ni ofrecer garra y nervio bien entendido en el tercer movimiento.

No puede haber, para el concepto del enorme genio de Odesa, acompañamiento mejor que el de Klemperer, poderoso y rotundo pese a no tener a su orquesta habitual delante, de frase concentrado y cargado de pathos. Con el solista, él tampoco anda muy interesado precisamente por los aspectos más líricos de la pieza. El resultado es una interpretación viril, dramática, concentrada y poderosa, de trasfondo doliente pero también cargada de rebeldía, de empuje y de arrebato controlado. Lástima que la acústica de la sala Wagran sea un punto reverberante.


Muy distinto al de Oistrakh es el acercamiento de Szeryng.  Su sonido no es el más robusto posible, tampoco el más bello, ni su fraseo el más temperamental, pero el polaco captura mejor que ningún otro violinista que yo haya escuchado esa muy particular mezcla entre lirismo tierno y humanístico, por un lado, e intenso dolor por el otro, que singulariza el universo poético brahmsiano. Así las cosas, y tras un notabilísimo primer movimiento, nos ofrece un Adagio incomparable e irrepetible, de una congoja tan intensa que sería difícil de resistir emocionalmente si no fuera porque está revestida en lo sonoro de una cantabilidad, de un vuelo lírico y de un poso humanista que convierten la audición es una experiencia musical tan hermosa como profunda y emotiva. Que el maestro sabe también ofrecer brillantez, empuje y pirotecnia sonora lo demuestra en un movimiento conclusivo francamente bien recreado, siempre con la formidable ayuda de un joven Haitink que sabe dotar a su ya manifiesta objetividad de una decisión y de una fuerza expresiva admirables, además de hacer que su orquesta ofrezca una sonoridad netamente brahmsiana. Por si fuera poco, la toma sonora está por encima de la media de la época.

En fin, no quiero olvidar a violinistas como Perlman o la Mutter, ni la dirección de Giulini en los dos primeros movimientos o la de Barenboim en el último, pero tengo claro que estas dos grabaciones que ahora comento son quizá mis preferidas de esta partitura. Insisto en que he llegado muy tarde. Si ustedes han cometido el mismo error que yo, les animo a que pongan remedio cuanto antes.

Dos Fidelios reprocesados: Klemperer y Bernstein

He querido escuchar en un mismo día dos célebres grabaciones de Fidelio de Beethoven que se han beneficiado del trasvase a alta definición. ...