viernes, 22 de agosto de 2008

Entrevista a Pedro Halffter

Ahora que se rumorea que Pedro Halffter podría ir al Teatro Real -en realidad el rumor circula desde que Juan Carlos Marset llegó al INAEM-, parece un momento oportuno para traer aquí la entrevista que le hice al músico madrileño hace tres meses para la revista Ritmo.


Pedro Halffter (Madrid, 1971), nacido en una familia sobre cuya tradición musical no hace falta insistir, ha sido Principal Director Invitado de la Orquesta Sinfónica de Nuremberg y titular de la Orquesta de Jóvenes del Festival de Bayreuth. En la temporada 2004/05 se convierte en Director Artístico y Titular de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, y desde poco después compagina esta responsabilidad con la de Director Artístico del Teatro de la Maestranza y la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Mucho se ha hablado de su gestión al frente de las referidas instituciones, pero pocos se han interesado por el músico -director, compositor y apasionado melómano- que está detrás de su figura. En esta entrevista, realizada en Sevilla el pasado mes de mayo durante los ensayos de Una tragedia florentina y El enano, óperas de Zemlinsky finalmente interpretadas con rotundo éxito, intentamos acercarnos a esa faceta.

La próxima temporada lírica del Teatro de la Maestranza se abre nada menos que con Doktor Faust, de Busoni. Debe de ser una partitura muy difícil de dirigir.

Sí, es tremendamente complicada, muy exigente para todos: orquesta, coro, solistas… Por otra parte la puesta en escena, cuyo estreno tuve la suerte de presencial en Berlín, es una propuesta extraordinaria de Mussbach, que se ha presentado también en Salzburgo y en el Metropolitan. Programar esta ópera es una apuesta más del teatro por diseñar temporadas en el que el repertorio se entrelaza con apuestas por títulos nunca escuchados en Sevilla y en España. Se trata de un título extraordinariamente interesante, porque Busoni consigue un idioma propio utilizando recursos como el atonalismo, el dodecafonismo… Un idioma que se parece a todo y al mismo tiempo no se parece a nada.

La figura de Busoni se revaloriza con el tiempo.

Así es. Vivió en Berlín y tuvo contacto con todo lo que se estaba creando en aquel momento. Hay una correspondencia muy interesante entre él y Schönberg. Por otra parte tenía unas aspiraciones artísticas muy ambiciosas. En sus textos dejó muy claro qué es lo que deben ser la ópera, el compromiso artístico, el compositor, etc. En Doktor Faust se acerca a un mito muy complejo hacia el que habitualmente se realizan acercamientos parciales, empezando por el de Gounod, que ofrece una visión muy afrancesada y “moralista”. Pero si uno se acerca de una forma general al mito comprueba que tiene mucho que ver con Orfeo. Fausto es una “alemanización” de ese mito. Los dos personajes pactan con los infiernos. Cuando el compositor italiano se adentra en la figura de Fausto llega a interesantes conclusiones psicoanalíticas; por ejemplo, cuando aborda el embarazo de Margarita se acerca al mito que se denomina “del nonato”. Aparte está el asunto vocal. Generalmente tenemos la idea de Fausto como un tenor, pero en este caso es un barítono, mientras que Mefistófeles tiene la voz de tenor, que es más cercana y digamos “seductora”. El mal tiene que ser seductor. El pecado debe de ser algo que nos produzca algún tipo de placer.

¿Se considera usted antes director o compositor?

Las dos cosas a la vez. Son dos mundos que se complementan. Es una lástima que se haya perdido esa tradición del compositor intérprete, que ha sido tan fundamental en la historia de la música. Uno aprende a componer interpretando, y a interpretar componiendo. La necesidad de expresar a través de lenguajes adquiridos de otros compositores se ha dado en toda la historia de la música. Fijémonos por ejemplo en estas dos óperas de Zemlinsky que estamos interpretando. En Una tragedia florentina se ve directamente la influencia de Strauss, e incluso hay citas textuales de El caballero de la rosa. Hay también partes de Debussy, y más aún dentro de El enano, que es una obra que coge mucho más de otros compositores que la anterior. En esta última también hay una cercanía evidente al lenguaje de Puccini, e incluso en algunos momentos recuerda a Madama Butterfly. Hay muchos recursos de instrumentación similares a Salomé. Y hay partes que son muy parecidas a la Séptima de Mahler; de hecho hay un tema que es prácticamente igual que el del cuarto movimiento. Creo que Zemlinsky había interpretado -o al menos conocía perfectamente- esa Séptima, que además se estrenó en Praga cuando él ya trabajaba en el teatro de la ciudad. Los compositores tendemos a recoger la sabiduría que otros han utilizado. El mejor ejemplo es Wagner. Qué sería Wagner si no hubiera conocido la música de Liszt. Y qué sería de Liszt si no hubiera conocido la de Berlioz...

¿Qué es más importante para un compositor, comunicarse con el público o satisfacer sus propias inquietudes?

Lo más importante es el compromiso artístico, el compromiso creativo con la propia música y con lo que él cree que debe ser la creación. Nadie puede presumir de portar la antorcha de la verdadera evolución de la música. Miremos hacia atrás. Antes del año 1945 convivían y se admiraban mutuamente Mahler, Schönberg, Sibelius, Ravel, Stravinsky, etc. Alban Berg tenía una grandísima opinión sobre Puccini. Es verdad que también estaban los escritos de Stravinsky criticando a otros creadores, pero a la vez reflejando su admiración por músicos como Ravel. Debemos intentar buscar un lenguaje propio y autentico sin enarbolar ningún tipo de bandera. La postura de optar por una estética más “dura” es tan respetable como la que piensa que la comunicación con el público es parte fundamental de la música. La composición nunca debe ser excluyente; en realidad, cualquier tipo de creación artística nunca debe serlo, aunque a veces se perciba lo contrario. Todas las posturas tienen que convivir, igual que el público convive con esas músicas que se crean. El compositor debe ser no solamente creador, sino también parte del “escuchador”. La música no puede existir sin tres cosas: el compositor, el intérprete y el oyente. Si no hay alguien que la escuche, ese triángulo no se completa, porque no existe algo tan fundamental en la música como es la comunicación. Nosotros como músicos debemos ser capaces de estar en cualquiera de esas tres posiciones, entre ellas la de oyente, la de “disfrutador” de la música. A veces se nos olvida. A mí me encanta ir a conciertos.

Algo que no les ocurre a muchos músicos…

Pues yo disfruto muchísimo y aprendo. Siempre me aportan algo como músico.

¿No tiene la sensación de que la creación musical de hoy día se encuentra girando en círculos, e incluso se fagocita a sí misma?

Creo que esa es una cuestión general dentro del arte. ¿En qué momento de su evolución está ahora mismo la pintura? También gira sobre sí misma. ¿Y el cine? Hay una evidente problemática creativa; ahí están los remakes, que se han convertido en un tanto por ciento muy elevado de la producción cinematográfica, porque hay una crisis de guiones y ya no se sabe qué más contar. ¿Qué es lo que ocurre con la filosofía? ¿Qué camino están recorriendo ahora los pensadores? Está desde la filosofía más ridícula de autoayuda que uno puede encontrar en los supermercados hasta… En fin, hay un peligro de involución en todos los sentidos. Hemos llegado hasta un punto y a partir de ahí parece como si estuviésemos “rebotando” hacia atrás. Y al fin y al cabo la música y los seres humanos que la crean somos parte de ese proceso.

¿No habría entonces una evolución lineal de la música?

Evidentemente hay una evolución en que es lineal, sobre todo en la música centroeuropea: Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Brahms, Strauss, Mahler, Dodecafonismo… Pero a lo mejor existe también una que no es lineal, por ejemplo en la música francesa. ¿Qué diferencias armónicas hay, por ejemplo, entre la obra de Debussy y la de Messiaen? Muy pocas. El propio Messiaen hablaba de Albéniz como su gran profesor de armonía. Si uno toma los acordes de Albéniz y luego las piezas para piano de Messiaen -lo que él llamaba las “cascadas de acordes”- encuentra que son muy parecidos; lo que hace Messiaen es sistematizar esa forma de trabajar a través del sistema de escalas que él crea.

La evolución del género operístico a veces ha sido más en espiral que lineal…

Hay una ópera que me parece fundamental dentro de la creación del siglo XX: Ariadna en Naxos. Se ha pasado por encima de ella sin darle la importancia que tiene. En un momento en el que cada vez la orquesta de ópera es más grande, pensemos en Wozzeck o Lulu, incluso en Ravel, de pronto Strauss escribe una ópera “de cámara”, ofreciendo un ejercicio de constricción, utilizando una amplia serie de elementos y metiéndolos en una orquesta para treinta y tantos músicos. Plantea un camino que después nadie sigue. A lo mejor lo hace Stravinsky un poco más tarde con The rake progress, pero creo que eso es otra cosa diferente. Ariadna es para mí una ópera ejemplar en todos los sentidos.

Más aún si se hace con El burgués gentilhombre.

Sí, digamos que El burgués… es el paralelo en la música sinfónica. Después de cosas como la Sinfonía Alpina, de repente vamos a hacer aquí algo distinto, de manera paralela hasta cierto punto con la Alborada del gracioso, Le toumbeau y obras en esa línea. Ese camino ha tenido más evolución en la música francesa, por ejemplo en las óperas de Milhaud o Poulenc: Les mamelles de Tirésias y La Voix Humanie tienen una orquesta bastante pequeña. Pero en la música alemana el legado de la Ariadna tarda mucho en recogerse, excepto en la música de Kurt Weil, si bien ese es otro camino. Hubiera sido muy interesante que compositores como Alban Berg hubieran hecho una ópera pequeña. ¿Y qué hubiera pasado si Anton Webern hubiera compuesto una ópera?

¿Qué le aporta su faceta de compositor a la de director?

Ante todo una profunda admiración hacia los grandes compositores. Cuando uno escribe para orquesta se da cuenta de la maestría de las obras que dirige, trátese de estas óperas de Zemlinsky, de una sinfonía de Mahler o incluso de la sinfonía de Korngold que acabamos de grabar en Las Palmas de Gran Canaria. Por ejemplo, tengo el facsímil en casa de la obertura de Maestros Cantores, y en ella asombra la pulcritud del autor: se puede dirigir la orquesta con el manuscrito de Wagner. Tengo también el de la Novena de Beethoven, pero ahí el asunto es muy distinto: admiro a la persona que pudo copiar esa obra, porque ahí se ve cómo el compositor iba tachando, borrando, manifestando su personalidad… Verdaderamente hay que sentarse a descifrar la escritura. Poder observar esas cosas es impresionante. Pero quizá lo más grande es Bach. Asombra la escritura de la Pasión según San Mateo: está escribiendo la que quizá sea la partitura más importante de la historia de la música, pero cuando termina el primer coral, en vez de dejar la página en blanco, escribe el primer recitativo justo abajo, en un espacio pequeño con una letra muy cuidada… Y todas las palabras de Jesús están escritas en rojo. Era extraordinariamente cuidadoso.

Su formación como director es básicamente centroeuropea.

Sí, antes de trabajar de una forma estable en España tuve la suerte de dirigir muchas orquestas alemanas, alrededor de unas treinta. Hay en allí una cosa muy positiva que es el respeto por la música en general, y el orgullo que sienten por su propia música en particular, que interpretan con una sabiduría y una forma propias. Ese orgullo lo debíamos transmitir a nuestros autores y a nuestra propia historia. Claro que, como ocurre con tantas cosas, hay un movimiento muy reivindicativo hacia la música española y otro que la desdeña: hay que conciliar esas dos posturas. Tenemos que sentirnos orgullosos de nuestro propio patrimonio, y de alguna manera ayudar a crear nuestro propio lenguaje.

¿Y cómo podremos conseguir eso?

Sólo se podrá crear trazando un camino que se pueda seguir, es decir, una tradición. Si no la empezamos a crear hoy nunca va a existir. Nuestro problema es que no tenemos Romanticismo. No tenemos ningún compositor que haya escrito una sinfonía realmente importante dentro del siglo XIX, aparte de la de Arriaga, fantástica pero poco representativa del periodo de Beethoven y Mendelssohn. Sólo existen intentos como las sinfonías de Bretón, por ejemplo; la segunda está incluso en la misma tonalidad de la Heroica, pero es muy posterior a ella. Lo mismo nos ocurre en la ópera. Hemos hecho un intento importante en el Maestranza recuperando La muerte de Tasse, de Manuel García, que tiene partes muy interesantes, sobre todo por la cercanía que tiene con Spontini, Cherubini o el primer Berlioz. Pero no encontramos ninguna Condenación de Fausto. Ahora bien, tenemos una música castiza en el mejor sentido, la zarzuela, que saca los sentimientos más populares de la música. Por eso creo que hay que tratar la zarzuela con el respeto que se merece, e intentar interpretarla lo mejor posible. Es un legado que nos puede gustar más o menos, pero que debe tratarse siempre de una manera digna.

¿Cuál es su acercamiento a una obra que se le pone por delante?

De una partitura existen millones de lecturas; unas podrán gustar más y otras menos, pero no creo que exista una interpretación absoluta y perfecta. Parto de la base de que, como decía Mahler, la partitura es un proyecto; en ella está todo lo importante menos lo esencial. Existe una lectura absoluta que es la que está en la cabeza del compositor, y de esa traslación del cerebro a la partitura hay una cierta traslación de imperfecciones, porque esa música absoluta es imposible de volcar en un papel. Y esa segunda traducción, que es la del intérprete, todavía tendrá más imperfecciones.

Traductor, traidor.

Exactamente. Lo que tenemos que intentar es leer, a través de lo que pone esa partitura, la intención original del compositor. Pero los absolutos no existen, igual que no existe la verdad absoluta. Lo propio absoluto está directamente relacionado con la no existencia. Luego las traducciones del intérprete pueden ser más o menos discutibles, y eso es muy interesante para el público. Mi profesor en Viena, Leopold Hager, me contaba que cuando iba a ver los ensayos de Karl Böhm tocando las sinfonías de Mozart con la Filarmónica no estaba de acuerdo para nada con lo que hacía, pero que a pesar de ello le parecía maravilloso. Hoy día uno escucha su Réquiem de Mozart y dice que ya no se interpreta así, pero no deja de encontrarlo extraordinario. Tiene una fuerza y un sentimiento realmente profundos. Otro caso es el de Furtwängler: cómo se acerca a la música, con qué una libertad. Pienso ahora en su Cuarta de Schumann, arrolladora, admirable, con esos cambios de tempo, esos crescendi... Hoy ya lógicamente nadie se atreve a interpretarla así. Hay una anécdota muy bonita que contaba un músico de la Filarmónica de Berlín: estaba ensayando con un director invitado, y de pronto, la orquesta empezó a sonar de una manera diferente y maravillosa. .. Furtwängler había entrado en la sala.

Hoy parece haber desaparecido esa figura del director mítico.

Estamos en una sociedad donde ya no se desarrolla ese tipo de mito: según se crea un mito, la sociedad se encarga de destruirlo. Es como si nos diera miedo crearlos. Esto es parte intrínseca de nuestra propia evolución. Pensemos en los actores de Hollywood. Los que admiramos son todos del pasado. La cuestión es saber si estos actores con los que convivimos hoy hubieran nacido en 1930 tendrían esa aura de prestigio. Lo mismo ocurre con los tenores. Bueno, está un Juan Diego Flórez, que lleva una evolución que puede convertirle en un mito. Pero aparte de él y lógicamente de Plácido Domingo, no hay mucho más. Me gustaría escuchar la opinión de los propios cantantes. Es curioso el caso Callas: se crea un mito cantando en un espacio de tiempo relativamente corto. Corelli también cantó poco, pero fue un mito absoluto. En cuanto a los directores, está claro que una orquesta del siglo XXI no permitiría unas actitudes a lo Toscanini, tan duras y enérgicas, tan discutible desde el punto de vista humano.

¿Qué diferencia encuentra entre las dos formaciones de la que es titular, la Filarmónica de Gran Canaria y la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla?

El lenguaje en el que se mueven las orquestas siempre se encuentra basado en los músicos muy diversos que las integran, así que, desde luego, cada una tiene su propia personalidad. Desde mi punto de vista las dos son de una calidad excelente, y lo digo absolutamente orgulloso de todos los componentes que las forman. Ahora bien, intento potenciar en las programaciones las virtudes de cada una, y de hecho repito muy pocas obras en una misma temporada. Con Gran Canaria hemos hecho mucho Strauss: Sinfonía Doméstica, Vida de Héroe, Sinfonía Alpina… Asimismo hemos continuado con una tradición anterior de traer directores invitados que hagan interpretaciones de corte más o menos historicista. En Sevilla en cambio hemos seguido una línea más mahleriana, así como más cercana a la música rusa, con Tchaikovsky, Rachmaninov, Shostakovich, etc. Y aquí hemos empezado una iniciativa este año de directores afines a la interpretación barroca con la Misa en Si menor de Bach. Es una línea interesante que aportado a la orquesta una forma de trabajar diferente, pero que aquí se había practicado pocas veces: vinieron hace tiempo Helmut Rilling, Robert King y poco más. Esta muy bien que existan esas interpretaciones con instrumentos originales, pero las orquestas sinfónicas comunes no deben abandonar ese repertorio. Y es interesante no sólo para ellas, sino también para el público.

¿Qué proyectos tiene para la Filarmónica de Gran Canaria?

Por ejemplo, deberíamos hacer un esfuerzo por hacer a medio plazo dos conciertos de abono por programa. En segundo lugar, la orquesta debería aumentar su número de músico para abarcar todos los ámbitos que ahora mismo hay en la isla, como son el Teatro Pérez Galdós, la Asociación de Amigos de la Ópera y lo que es la propia actividad sinfónica. Es necesario potenciar más la presencia dentro de Gran Canaria. Luego hay otra serie de cosas, como las giras internacionales y el tema de grabaciones, que creo que tenemos bien cubierto. El camino discográfico de la OFGC es importante y muy positivo. Por lo pronto pensamos continuar nuestro contrato con Warner, pero además hemos llegado también a un acuerdo con Decca para grabar una serie de cosas.

Anteriormente la orquesta había tenido presencia en algunos sellos baratos de importante difusión.

Cierto, pero es importante el salto cualitativo a sellos como Warner, que tiene una distribución mucho mayor, ofrece una toma de sonido más satisfactoria, hace campañas de promoción importantes y cuida mucho la presentación. Pensemos que el CD se está convirtiendo en un elemento de lujo. Si uno hace un disco tiene que tener una buena presentación, un bonito libreto y una buena carátula. Ha de ser una experiencia algo más global, en la que uno no sólo escucha sino también ve y lee. Esto también es bueno para la imagen de la orquesta.

Por cierto, algunas orquestas ya han optado por colgar sus grabaciones en Internet, unas de manera gratuita, como la Sinfónica de Chicago o la Filarmónica de Nueva York, y otras previo pago, como la Philharmonia.

Sí, precisamente cuando estuve el año pasado en la Philharmonia me pidieron permiso para ello. De hecho tengo la Cuarta de Beethoven que dirigí en el Queen Elisabeth Hall de Londres disponible dentro de su web. Es muy interesante, pero no es comparable con la experiencia de escuchar un disco. Yo me considero un discófilo. Me encanta comprar y escuchar discos. Y pienso que escuchando a través del ordenador no se pueden percibir todos los colores y todos los detalles. Cuando grabamos un CD en Gran Canaria no doy el visto bueno hasta que no lo pruebo en el aparato de música en mi casa, en el que estoy acostumbrado a escuchar todas las grabaciones. Esa es para mí la referencia. Como intérprete sí me resulta interesante acceder a una grabación de la Philharmonia o de la Sinfónica de Chicago, ver qué ha hecho tal maestro, qué tempi habrá cogido y todo eso, pero creo que el verdadero melómano y discófilo no va a poder evitar seguir comprando discos.
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Este artículo fue publicado en el nº 810, julio-agosto de 2008, de la revista Ritmo.

jueves, 21 de agosto de 2008

Comprar clásica en Lisboa

La prolongación de mis vacaciones con una estancia en la cutrísima, personalísima y fascinante capital portuguesa me ha permitido hacer algunas adquisiciones que me animan a escribir unas líneas que tal vez puedan servir de orientación a quien se acerque por allí con la intención de, entre otras cosas, engrosar su colección de discos. Pues bien, en Lisboa el mercado de la clásica parece encabezado por la FNAC. Existen dos sucursales, pero yo sólo conozco la que se encuentra en pleno centro turístico, en la Rua do Carmo, justo entre el Rossio y el Chiado. El fondo de catálogo es notable, similar al de Madrid, y los precios bastante parecidos a los de la tienda de la calle Preciados. En esta ocasión no he encontrado grandes ofertas, pero sí algunas promociones puntuales de cierto interés. Por ejemplo, unas buenas rebajas de cosas de Universal -me hice con varias- y de algunos lanzamientos de Jordi Savall. Se pueden localizar además algunas ediciones que no se encuentran con facilidad en España. Merece la pena echar un vistazo.

No muy grande pero bastante digna la selección de El Corte Inglés (grandes almacenes amadísimos por los lisboetas, dicho sea de paso). Las ofertas son menos jugosas que las del propio ECI en España, pero aún así se encuentran cositas apetecibles: pillé varios discos de Gothic Voices en una descatalogación de Hyperion. Fue allí donde por fin he podido encontrar los nuevos lanzamientos de la serie HM Gold, que hasta ahora, que yo sepa, no se pueden encontrar en las estanterías de España (seguramente lo harán dentro de poco, pero aun así me hice con los que me interesaban).

Lo más curioso del ECI de Lisboa fue ver algunos lanzamientos de DG en Japón -de Karajan concretamente-, por desgracia a unos precios de infarto, así como cierto número de LPs de nueva edición, seguramente también de procedencia nipona. Por cierto, me regalaron un sampler del Bizet de Minkowski del que me gustaría hablar algún día, cuando haya reunido valor para enfrentarme a la legión de seguidores de este director.

Hay un tercer punto de atención. Se trata de una tiendecita al lado de la FNAC, bajando por la calle Rua Nova de Almada, que vende únicamente Naxos y productos por ellos distribuidos. Los precios aquí son algo inferiores a los de las tiendas antes referidas, y tienen lanzamientos que difícilmente se pueden ver en España, como la colección de musicales de Naxos -me compré unos cuantos- o los lanzamientos editados por la propia London Philharmonic Orchestra -me hice con el interesantísimo Rachmaninov de Jurowski-. Total, que hay más motivos que los propiamente turísticos para darse una vuelta por Lisboa.

domingo, 10 de agosto de 2008

Comprar clásica en París

Como esto es un blog sobre música clásica no diré nada sobre mis andanzas por Beauvais, Amiens, Rouen, Caen, Bayeux, Evreux y Chartres en busca de Románico y Gótico, pero sí algo sobre las tiendas de París por si a alguien que se decida a acudir a la carísima capital francesa le puedo dar alguna pista. Pues bien, allí el terreno es sin duda de la cadena FNAC, que en sus principales tiendas (hablo de las del centro de la ciudad, claro está) ofrece un stock bastante amplio y algunas ofertas realmente apetecibles; por poner sólo un ejemplo, me compré la integral de sinfonías de Shostakovich por Kitajenko en SACD por sólo 28 euros. Claro que junto a cosas tentadoras había un montón de discos supuestamente rebajados que estaban a un precio muy similar al que tienen en España, así que hay que andar con ojo. 

Junto a FNAC, Virgin Megastore ofrece asimismo un surtido de bastante variedad, aunque las ofertas allí nos han parecido mucho menos numerosas. En la tienda de los Campos Elíseos se podían encontrar numerosos CD japoneses de lo más apetitoso (clásicos del disco reeditados como debe ser, es decir, con su portada y acoplamiento originales y con el sonido mejorado); los precios, eso sí, son de aúpa. Al margen de estas dos, no es difícil encontrar tiendas de Harmonia Mundi muy completitas, no sólo por su fondo de catálogo propio sino también por los sellos que distribuye. La atención es personalizada y competente. Por desgracia esta cadena es la más cara vendiendo.

Claro que para quien no tiene mucho dinero y para los buscadores de tesoros el mayor interés está en la tiendas de segunda mano. Hay una muy interesante -y muy cutre- en la calle Saint Michel, la principal arteria del Barrio Latino; por desgracia no recuerdo el nombre, Pero la tienda más importante es la que, un poco más arriba de la misma calle, la cadena Gibert Joseph dedica a compactos y DVD. Allí hay de todo, incluyendo un notable fondo de primera mano (con algunas buenas ofertas) y otro no menos amplio de segunda. Los precios, eso sí, son muy variables, e incluso es posible encontrar la misma grabación, en ejemplares usados, con varios precios diferentes en distintos puntos de la tienda. Había cosas buenísimas por tres o cuatro euros, y ya se podían comprar DVDs de interés por diez o doce. Incluso se podían adquirir SACD de segunda mano por un precio más que decente: por sólo diez, creo recordar, me hice con Midnigh at Notre-Dame, un recital de Olivier Latry en DG, la misma tarde en que pude escuchar en directo al organista francés al frente de ese maravilloso instrumento que es el órgano (romántico, por supuesto) de la capital gala.

López Cobos destroza Idomeneo

Retomo este blog después de unas vacaciones en Francia que tuvieron como prólogo un par de representaciones de Idomeneo en el Real. Acudía al teatro madrileño atraído por la belleza del título -de lo mejor del catálogo lírico mozartiano al margen de la inalcanzable trilogía Da Ponte- y por la contrastada calidad de los dos elencos congregados: esta obra se hace poco y había que aprovechar la ocasión. Pero iba también con el temor de lo que podía hacer López Cobos, un director cuyo fracaso en el foso del Real ya es reconocido hasta por quienes en un principio le apoyaban: con el maestro zamorano no sólo la Sinfónica de Madrid no suena mejor que antes, sino que el teatro de la Plaza Isabel II ha entrado en una fase de sopor sólo animada por las ráfagas de algunos buenos directores que de vez en cuando la visitan.

Desdichadamente mis peores sospechas se vieron confirmadas, hasta el punto de que este Idomeneo ha sido lo peor que le he escuchado a López Cobos (Diálogos de Carmelitas es lo único realmente bueno que le recuerdo). Y que conste que el maestro no carece de técnica. Todo lo contrario, sabe conseguir perfectamente lo que quiere: un Mozart tímido, transparente y delicado cuyo presunto equilibrio y elegancia a muchos nos parece más bien flacidez, ausencia de contrastes, sosería expresiva y aburrimiento. Es verdad que hay otros directores españoles que hacen un Mozart operístico no menos tedioso (pienso ahora en Pons, en Víctor Pablo y en el reciente Ros Marbá de Don Giovanni, por no hablar de batuteros tipo Miquel Ortega), pero lo de López Cobos me ha resultado realmente inaguantable. Prefiero mil veces, a pesar de sus excesos y precipitaciones, la dirección vitalista, teatral y contrastada de Daniel Harding para el estreno de esta misma producción en Milán, que en su momento pude grabar de la televisión vía satélite.

Una producción, por cierto, más bien decepcionante, pues el otras veces espléndido Luc Bondy (magnífico el Cosí que le vimos hace años en el Maestranza) fracasa a la hora de ofrecer una dramaturgia desmitificadora e intemporal: lo que le sale es frío, aburrido e incoherente, pese a algunos aciertos parciales. Tampoco aportan mucho la escenografía del gran Erich Wonder ni el vestuario, más bien feo, de Rudy Sabounghi. Al menos eliminaron, con respecto a las funciones milanesas, el ridículo monstruo “de plástico” que vence Idamante y los espantosos pendientes de Elettra que pueden verse en la foto de Emma Bell adjunta.

Los dos elencos me gustaron bastante. Aunque ya algo gastado y con problemas en las agilidades, Kurt Streit volvió a demostrar que no sólo es un magnífico mozartiano por línea y estilo, sino que tiene la voz apropiada para Idomeneo; es además un magnífico actor. En el segundo reparto, Kobie van Rensburg se desenvolvió con bastante solvencia.

Adoro a Bernarda Fink, pero en esta ocasión la encontré un tanto tosca y me pareció bastante superada, en el otro elenco, por una Joyce DiDonato que si en Rossini es hoy toda una número uno, como el Idamante mozartiano sabe ser elegante y poderosa al mismo tiempo haciendo gala de una voz bellísima, de una técnica sin fisuras y de una excepcional musicalidad.

Me parecieron más cumplidoras que brillantes Cinzia Forte y María Bayo; a pesar de su habitual tendencia a la cursilería y de sus limitaciones en el agudo, quizá fuera un poco mejor la Ilia de la navarra por la calidad de su voz y por la mayor elegancia de su línea de canto. Muy distintas, y complementarias, las dos Elettras. Emma BelI fue un torbellino de pasión y desgarro, pero su grave es bastante pobre y su agudo deja que desear. Bastante menos intensa, Iano Tamar aportó un instrumento más consistente y un estilo más propiamente mozartiano.

En el rol de Arbace, Charles Workman volvió a dejar claro que Mozart no es lo suyo (estuvo mucho mejor en el Makropulos) y Francisco Corujo apuntó buenas maneras, quedándose los dos un tanto a mitad de camino. En cualquier caso, dos elencos homogéneos y de alto nivel que podían haber dado mucho más de sí de haber contado con una batuta menos soporífera que la de López Cobos, que convirtió a estas dos funciones en algo insufrible. Claro que lo peor para mí no es eso, sino que si quiero disfrutar la próxima temporada de las estupendas voces congregadas para Un ballo in maschera y Tannhäuser, tengo que tragarme otra vez al maestro. Bufff.

miércoles, 23 de julio de 2008

Barenboim: el lado oscuro de la música

Antes de cerrar temporalmente este blog por vacaciones, traigo aquí -con mínimas modificaciones y alguna actualización- este artículo que escribí para Ritmo. Aunque es ya algo antiguo, creo que sigue vigente en su contenido. Barenboim estará con la West-Eastern Divan Orchestra en la Plaza Mayor de Madrid el 5 de agosto, en el Maestranza al día siguiente, en La Rábida el 7 y en Zaragoza el 8.


Este verano tendremos por aquí de nuevo a Daniel Barenboim. Con su presencia disfrutaremos, a buen seguro, de memorables veladas musicales. Pero también se suscitará una vez más cierta polémica, al menos en determinados sectores. Por ello hemos pensado que es un buen momento para intentar “racionalizar” algo tan irracional como es la siempre subjetiva percepción de la música y plantearnos, sin ocultar nuestra admiración por el artista pero procurando dejarla a un lado, los porqués de las pasiones que despierta. A su favor o en contra.

Eso sí, nos interesa hacerlo refiriéndonos a cuestiones puramente musicales. Apuntemos sólo de pasada que puede haber motivos menos confesables para adoptar una postura u otra, desde las simpatías o antipatías personales -nos consta de críticos que le ven como “un tipo siniestro” (sic) y de otros que llegan a sentir aversión hacia él- hasta determinadas circunstancias del mundillo de la prensa musical. Indagar en todo ello nos explicaría las razones ocultas de por qué se leen u oyen ciertas cosas por ahí, sobre todo en España.

Por otra parte, no debemos olvidar que la inmensa popularidad que ha adquirido en los últimos años puede generar en algunos aficionados cierto fastidio -y hasta hartazgo- ante la admiración que despierta: ya se sabe que la fama hace estragos. Sea como fuere, vamos a centrarnos en el terreno artístico.

Como se ha dicho en esta revista, Barenboim parte de una concepción muy concreta del hecho musical: la de que éste ha de plantear conflictos, antes que resolverlos. Conflictos sonoros y conflictos ideológicos, en el más amplio sentido del término. Conflictos que parten de una visión poco complaciente de la existencia humana, y que reclaman ante la misma una postura “política” a un tiempo reflexiva, rebelde y comprometida. Conflictos que generan la fuerza motriz de lo que él entiende que debe ser la interpretación: la tensión, una tensión de carácter orgánico que fluye y se desarrolla en función de la percepción subjetiva de cada instante en su contexto, que exige una planificación especialmente flexible del discurso, y que puede llevarse por delante no ya la ortodoxia interpretativa, sino también la propiedad estilística si ello es necesario. ¿Un intérprete “romántico”? Si no tuviéramos miedo de extrapolar conceptos, responderíamos que sí. La idea sometiendo a la forma. La emoción sirviéndose de la razón. La libertad frente a la aceptación de las convenciones.

Tenemos que reconocer que tiene sus limitaciones, al menos al acercarse a determinados repertorios. Rara vez exhibe un sentido del humor chispeante y frívolo, como el que reclama la música de la dinastía Strauss. Tampoco la elegancia indolente que suele considerarse propia de lo francés, o la irisada gama cromática del Impresionismo. Lo que habría que determinar es hasta qué punto semejante circunstancia se debe a la carencia de las citadas cualidades o, más bien, a la radicalización de su planteamiento expresivo. También habría que tener en cuenta la orquesta que tiene a su disposición en cada momento, así como la propia evolución de nuestro artista a lo largo de su dilatada carrera.

Sea como fuere, resulta evidente que a él le van más el humor negro y socarrón, la fogosidad emocional, la sensualidad agónica y las tonalidades sombrías. El lado oscuro de la música, por decirlo de modo simplista. Incluso resulta tentador calificarle como artista “gótico”, en la misma manera en que se puede aplicar este término a Vértigo de Hitchcock, memorable film en el que el leitmotiv fundamental es -como en el arte de Barenboim- la atracción del abismo.

Nuestro asiduo visitante entiende la música no como un mero entretenimiento o un placer más o menos distendido -aunque a veces pueda y deba serlo-, sino como una perturbación en el intérprete y en el oyente. Dicho de otra manera, y recurriendo a la socorrida terminología griega, da preferencia a sus aspectos dionisíacos frente a los apolíneos. Esta postura la asume con frecuencia -aunque no siempre, ni mucho menos- desde la radicalidad, apartándose de la mera delectación sonora.

Reparemos en la diferencia con respecto a otro intérprete igualmente subjetivo, apasionado y espontáneo como es Leonard Bernstein. Para el norteamericano el hedonismo, el puro goce sensual al margen de significaciones, es parte decisiva en el arte. Barenboim, lejos de llegar a un punto de equilibrio, no suele hacer muchas concesiones. Esto tampoco significa que haya que hacer música frunciendo el ceño y con la única intención de herir el alma, pero está claro que él va por otro camino.

¿Quizá el de Furtwängler? Polémicas aparte, nos parece acertado reconocer que es el inolvidable director alemán la principal referencia -que no modelo a imitar- para Barenboim. Su sonido empastado, denso y profundo, su inflamabilidad ante el contexto, su rechazo al hedonismo y a la belleza superficial, el planteamiento altamente creativo -y altamente arriesgado- con que aborda cada obra, y sobre todo el carácter conflictivo, atormentado e incluso sufriente de sus interpretaciones, son decisivos elementos en común. Otra cosa es que a veces no alcance su grado último de genialidad visionaria -tampoco sus cotas de descontrol en concierto-; o que suela ser más “carnal” que “metafísico”.


Por lo expuesto hasta ahora, resulta fácil deducir a quiénes les ha de gustar Barenboim y a quiénes no. Hemos de evitar, claro está, caer en el reduccionismo de pensar que sus admiradores son -somos- unos incorregibles masoquistas, y sus detractores unos frívolos de la vida. Lo que sí es cierto es que un melómano tenderá a identificarse más con una u otra estética interpretativa en función de su sensibilidad y de quiénes hayan sido sus “maestros”. A quien se haya criado musicalmente escuchando a Brendel y la Pires, pongamos por caso, el Mozart de Barenboim le parecerá pesado y ajeno al estilo, mientras que el que haya crecido con el argentino puede considerar un tanto tópicos y triviales a aquéllos. A quien le vaya su Beethoven o el de Klemperer -tan diferente en la forma, tan cercano en el fondo-, seguramente distarán de convencerle el que hoy hacen Abbado o Rattle; y viceversa. Lógico y natural en quien tenga sus gustos definidos, aun pudiendo en ocasiones resultar las dos maneras de hacer música complementarias y enriquecedoras.

Se comprende, pues, que haya melómanos a los que Barenboim no les guste, e incluso les produzca rechazo, y que en consecuencia piensen que se trata de un intérprete sobrevalorado. Pero se entiende también por qué a otros muchos rara vez deje de entusiasmarnos en sus conciertos y grabaciones discográficas: porque partiendo de los planteamientos estéticos que más nos interesan, que son los que hemos venido explicando, alcanza en un repertorio asombrosamente amplio -sinfónico, pianístico, lírico y de cámara- un nivel de admirable altura.

Dicho esto, debemos reparar en aquellas ocasiones especialmente polémicas -no infrecuentes en la discografía de Barenboim- en las que se produce un choque frontal entre la subjetividad del intérprete y la presunta naturaleza de la obra. Cuando esto ocurre, se despertará la admiración de los que usualmente sintonicen con las propuestas barenboinianas; no sólo se sentirán cómodos en su universo estético, sino que se asombrarán por los hallazgos de quien, en su inconformista y arriesgada exploración sonora, logra descubrir nuevas posibilidades implícitas en la partitura. Los demás preferirán un acercamiento más ortodoxo, y encontrarán discutible, cuando no censurable, la labor de nuestro artista. Seguidamente se ofrecen algunos ejemplos.


DISCOGRAFÍA SELECCIONADA



Mozart: Fantasía en Do menor KV 475. Sonata en Do menor KV 457 (+ integral de sonatas y variaciones para piano). Daniel Barenboim. 8 CDs. EMI CZS5739152.

Las cuatro realizaciones aquí seleccionadas ilustran bien las maneras de hacer de Barenboim, y más concretamente su heterodoxia al enfrentarse a determinados pentagramas. Han generado, por ende, bastante controversia. Ello no significa que nos resulten decepcionantes. Al contrario, nunca las incluiríamos entre esas grabaciones -no muy numerosas a pesar de la extraordinaria amplitud de su discografía- en las que no da de sí todo lo que puede. Lo que sí es cierto es que no son platos para todos los paladares.

De su singular Mozart proponemos escuchar la Sonata en Do menor KV 457, de 1784, y la visionaria Fantasía KV 475 que compusiera al año siguiente (su momento “romántico” por excelencia) para precederla. Barenboim ofrece una recreación densa y grave, impregnada de pathos, en la que la atención al matiz nunca enturbia el discurso global, utiliza el silencio como recurso decisivo en el desarrollo de las tensiones y no tiene miedo de darle un buen pisotón al pedal cuando lo considera oportuno. Su objetivo, con Beethoven en el punto de mira, es poner de relieve los elementos más avanzados de la prodigiosa escritura mozartiana, que son precisamente los que le confieren su grandeza.

Para aclarar las ideas debemos conocer una realización en el polo opuesto. Por ejemplo, la que ofreciera para DG Maria Joao Pires, pianista no casualmente admiradísima por algunos de los que con más saña atacan a nuestro artista: una lectura dulce, ingrávida y delicada en su sonido, así como amable, hedonística y ajena a graves conflictos en su concepción, tan plagada de detalles de coquetería. Es decir,enmarcada en el Rococó. ¿Quién de los dos se equivoca? Ninguno. Reparemos en que a lo largo de muy pocas décadas se superponen movimientos como el antes citado, el Neoclasicismo y los primeros anuncios del Romanticismo, y que numerosos artistas van a explorar todas las tendencias sin que ello suponga contradicción alguna. Por otra parte, aplaudir a un pianista u otro es en última instancia una cuestión de gusto personal. Quien esto suscribe no oculta su escasa afinidad hacia el Mozart de la lisboeta, pero por fortuna cada uno es libre de disfrutar de la música interpretada como más le apetece.


Beethoven: Novena Sinfonía. Marc, Vermillion, Jerusalem, Struckmann. Staatsopernchor. Staatskapelle Berlin, Daniel Barenboim. Apex 0927495702.


Recién reeditada en serie barata, esta Novena de 1992 -superior a la que grabara siete años después para su integral- es un buen exponente del acercamiento de Barenboim a la obra de Beethoven, que el propio artista aclara en su libro de conversaciones con Edward Said Paralelismos y Paradojas, y que en el mismo texto utiliza también para definir el arte de su admirado Furtwängler. Se trata de una visión a partir del “elemento trágico de la música, trágico en el sentido mitológico del término”, apuntando la necesidad “de llegar hasta el mismo infierno antes de acceder a la catarsis”. Un viaje de las tinieblas a la luz, pues, como lo es la propia Sinfonía Coral.

Como se dijo en RITMO en su momento, lo que caracteriza esta reveladora versión -admirablemente trazada en su arquitectura de tensiones y distensiones- es su atmósfera a un tiempo lacerante y oscura, incluso siniestra, así como su dramatismo ajeno a la retórica y al triunfalismo, conociendo el Himno a la Alegría una lectura de una espiritualidad tan intensa como llena de interrogantes.

No es de extrañar que algunos encuentren semejante aproximación parca en colorido, aliento épico y brillantez, y que por ende hayan aclamado hasta el delirio la Novena que Thielemann ofreciera Bayreuth y llegara aquí vía radiofónica; una lectura un tanto en el estilo de Karajan, tan retórico, tan poderoso, tan seductor. Otros le acusarán de aferrarse al pasado y no tener en cuenta aspectos que ignoran nuestros oídos, tan mediatizados por la tradición wagneriana, y que saca a relucir Rattle en su reciente integral. Seguramente tienen razón, pero a los que preferimos un Beethoven visionario, la propuesta del británico podrá parecernos un producto de estos tiempos en los que se sustituye el esfuerzo intelectual por la seducción de las apariencias, y se vende como necesaria renovación -en la música, en la moda, en el cine, en la televisión- lo que no son más que astutas maniobras de la sociedad de consumo. Una Novena como la del británico, tan pródiga en “efectos especiales” camuflados de “hallazgos”, puede autoproclamarse progresista y desmitificadora, pero sospechamos que la auténtica “rebeldía política” se esconde en otra parte.

Wagner: Los maestros cantores de Nuremberg. Holl, Schmidt, Seiffert, Magee, Wottrich, Svenden, Hölle. Orquesta y coro del Festival de Bayreuth. Daniel Barenboim. 2 DVDs Euroarts, 2072358.

Para explicar por qué en ciertos ámbitos se sigue poniendo en tela de juicio la valía de nuestro artista como intérprete de Wagner habría que tener en cuenta cuestiones ajenas a lo puramente musical, como pueden ser la particular idiosincrasia de buena parte de la parroquia wagneriana y, claro está, la propia figura de Barenboim, con todas sus connotaciones culturales e ideológicas. Seguramente no es coincidencia que sea en esos mismos círculos donde se aclame a Thielemann como único heredero de las grandes batutas de tal repertorio.

La grabación de sus Maestros cantores del Festival de Bayreuth de 1999 ha sido su realización wagneriana peor acogida, habiendo sufrido las comparaciones -a veces de una agresividad reveladora- con lo que desde el año siguiente ofreció el citado Thielemann al sustituirle al frente de la rancia aunque simpática producción escénica de Wolfgang Wagner. ¿Realmente lo hace mucho mejor el berlinés? Nos atrevemos a afirmar que no. En todo caso, le encontramos más ortodoxo e indiscutible en sus ciertamente admirables resultados. Porque a Barenboim le interesa antes indagar en el drama humano que atender a la brillantez de determinadas situaciones a las que pretende desmitificar de su presunto carácter “políticamente incorrecto”.

Dicho de otra manera: da lo mejor de sí mismo en los momentos líricos de la partitura (incandescente la escena entre Walther y Eva del II Acto, sensualísimo el quinteto), y por descontado en los más dramáticos (lacerante el preludio al Acto III), pero pasa de largo ante todo lo que suena a pompa y triunfalismo, dos conceptos que, ideológica y musicalmente, no le van en modo alguno. Además, y en complicidad con Andreas Schmidt -lo mejor, junto con Seiffert, del muy digno elenco vocal-, nos presenta a Beckmesser como un personaje mucho más serio que bufonesco, lo que no deja de acentuar su carácter siniestro.

Una propuesta con las ideas muy claras, pues, pero discutible a la luz de la tradición. En todo caso, recordemos las palabras de Hans Sachs: “Si queréis medir según reglas lo que no sigue el curso de las vuestras, olvidaos del propio rastro, buscad primero las reglas de éste”.

Tchaikovsky: El Cascanueces. Nadja Saidakova, Oliver Matz, Vladimir Malakhov. Ballet de la Deutsche Staatsoper, Patrice Bart. Staatskapelle Berlin. Daniel Barenboim. DVD. Arthaus 100118.

Un crítico y buen melómano amigo de quien suscribe ha declarado que este Cascanueces le resulta insípido, mastodóntico, falto de sentido del color, monótono y mucho antes bruckneriano que tchaikovskiano. Se comprenden sus apreciaciones, sin duda compartidas por otros melómanos. Lo que no se entiende es que ante esta realización barenboiniana -grabada en vivo durante las fiestas navideñas de 1999- algunos muestren indiferencia, o afirmen que se trata de una versión entre tantas. Sencillamente, porque es a todas luces una de las más personales, arriesgadas y creativas de nuestro artista.

En sintonía con la propuesta escénica “psicoanalítica” de Patrice Bart en la que Marie, traumatizada por el asesinato de su padre y el rapto de su madre, encuentra en el cascanueces la encarnación de sus anhelos, Barenboim transforma un amable cuento de hadas en la película Pesadilla antes de Navidad. Así, sustituye el colorido festivo por las tonalidades más oscuras y siniestras imaginables, la delicadeza por la tensión, la alegría por el humor negro, la sonrisa risueña por una mueca de sarcasmo. Todo ello matizando hasta el más mínimo detalle a su entregadísima orquesta berlinesa, cuajada de excelentes solistas, en la que obtiene un especial partido de la madera grave. Danzas tan célebres como la de los Mirlitones o la del Hada del Azúcar nos revelan así una insospechada cara oculta, mientras que las páginas de mayor vuelo lírico, como el bellísimo Paso a dos, alcanzan unas altísimas cotas de pasión ardiente y desesperada. ¿A la alemana? Es posible, pero no está de más recordar que fue un tal Mravinsky quien ofreció hace ya tiempo una memorable propuesta con muchos puntos en común.

Una visión nada inocente de la partitura, pues, y desde luego mucho antes sinfónica que balletística. Comprensiblemente ha de horrorizar a quienes busquen una lectura ortodoxa. A los que nos van este tipo de experimentos, por el contrario, nos parece de lo más atractiva y reveladora, así como toda una demostración de sólida técnica, portentosa creatividad y admirable valentía. Virtudes que, independientemente de que gusten o no sus personalísimas realizaciones, nadie debería regatearle a Barenboim. Y menos a estas alturas.
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Artículo publicado en el número 755, correspondiente a julio-agosto de 2003, de la revista Ritmo.

PS. Cuando apareció este artículo los Maestros Cantores estaban sólo en compacto. Como ya han aparecido en DVD, he modificado la ficha técnica y he colocado la carátula de esta edición, lógicamente preferible.

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