La recreación de las Variaciones Enigma fascina por la increíble puesta en sonidos: es imposible tocar esta música con más exquisita depuración, con más perfecta planificación tanto horizontal como vertical, con mayor belleza en el tratamiento de timbres y planos, con un más amplio sentido melódico y con una redondez sonora más conseguida en los tutti, en los que no hay espacio para la ampulosidad ni el exceso. Dicho esto, se puede discrepar de las ideas expresivas de Petrenko. Yo he disfrutado mucho de las ocho primeras variaciones: aunque me hubiesen gustado con mayor intensidad y sentido de los contrastes, creo que la batuta acertó en el muy británico espíritu que recorre esta música. Al llegar al corazón de la página, Nimrod, el maestro nos seduce con la ilimitada hermosura de la exposición, pero no emociona, y a partir de ahí la timidez, la blandura e incluso el decadentismo mal entendido se terminan imponiendo. Sí, también en la decimocuarta y última variación. Algunos de los solistas –viola de Diyang Mei en la variación XI, violonchelo de Bruno Delepelaire en la variación XII– se contagian.
El Tchaikovsky de Kirill Petrenko tiene muy poco que ver con la rusticidad y el carácter electrizante de un Markevitch o un Mravinsky. También queda a distancia de la densidad y el pathos de un Celibidache o un Barenboim. Más bien enlaza con la mezcla de opulencia, refinamiento y hedonismo de un Karajan o, sobre todo, un Abbado. El Abbado de la última época, claro, justo el de su titularidad en Berlín. ¿Casualidades? No creo: el instrumento de un director de orquesta sí importa, y mucho. Cuando se tiene delante lo que se tiene, la tentación es grande. Y el nuevo titular se deja arrastrar por ella sin remordimiento alguno.
En cualquier caso, en esta Cuarta no se produce un descalabro como el de la Patética. Globalmente es una muy buena interpretación, increíblemente bien tocada y –como en el Elgar– planificada de manera milimétrica para que todo suene limpio, redondo, terso, empastado y brillante. Otra cosa es que, una vez más, las irregularidades de Petrenko vuelvan a quedar en evidencia. Notable el primer movimiento, muy atractivo por su mezcla de brillantez y control a pesar de algún punto muerto demasiado evidente por su timidez expresiva: el maestro suele confundir delicadeza con languidez. Y eso es justo lo que ocurre en un Andantino que a quien a ustedes se dirige le ha resultado difícil de soportar. Lo siento, un Tchaikovsky leve, blandito y cursi no es de recibo a estas alturas de la película, por muy suntuoso que sea el sonido de la cuerda.
En el peculiar Scherzo los pizzicati están impolutamente expuestos, pero se echa de menos sentido del humor. Sin embargo, en la sección central metales y –sobre todo– maderas me han parecido una cosa increíble tanto en lo técnico como en lo expresivo. Notabilísimo el Finale, vistoso en su punto justo y muy bien educado. Quizá en exceso: un acercamiento más a flor de piel, más sincero y de mayor carácter visionario, resulta preferible.

2 comentarios:
Muchas gracias por tu valoración de la apertura de temporada en Berlín por Kirill Petrenko.
Yo escuché el concierto en el directo y, la verdad, me quedé con una impresión todavía más crítica. No me pareció tampoco al comienzo de su versión de las Enigma que fuera una interpretación “distanciada”, tipo Boult, sino más fría aún; sí me pareció bastante obsesionado por mostrar el aspecto más camerístico de la escritura de Elgar y de escapar de cualquier grandeza. Lo de la variación 14 fue, en ese sentido, de lo más claro.
La Cuarta de Tchaikovsky fue mejor, pero más allá de lo que comentas, Fernando, a mí me disgustó el acelerón que hizo en la sección central, casi sin relación con las dos extremas.
Y respecto a lo que comentas sobre el potencial de Petrenko como director de ópera, tal vez te interese escuchar el Oro del Rin que hizo en Abril…, aunque ahí también hay que tener en cuenta la idiosincrasia del tipo de cantantes que estaban en el reparto (¡Gerhaher como Wotan!)…
Muchas gracias por compartir las impresiones.
A ver, quiero dejar claro que no creo que se trate de versiones malas, ni siquiera globalmente flojas. Sí que me parecen altamente desiguales, y desde luego muy por debajo de lo que hay que pedirle a un sucesor de Furtwängler y Karajan. No estoy para nada de acuerdo con la crítica ditirámbica que del mismo programa, en su presentación en Salzburgo, ha escrito Antonio Moral para Scherzo.
Lo de la idea camerística para Elgar es muy posible. Lo de la frialdad también. O quizá sea algo que mezcla un poco las dos cosas: timidez expresiva.
Ya me gustaría escuchar ese oro del Rin, pero desde hace algunos años me resulta casi imposible sacar dos horas seguidas para escuchar una ópera o ver una película. Por eso mismo he agradecido irme a Londres sin trabajo entre las manos y ver La Odisea en formato IMAX y pantalla absolutamente gigantesca. Eso sí, entre la una y las cuatro de la tarde, hora española.
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