lunes, 22 de junio de 2026

Nueva producción de Aida en el Maestranza (y II): la escena

Cuando comenté la vertiente musical de esta Aida de Verdi que está ofreciendo el Teatro de la Maestranza ya indiqué lo difícil que es llevar esta ópera a escena en pleno 2026. A mi entender, la opción "tradicional" o "realista", como ustedes la quieran llamar, es inviable. Ni siquiera funciona cuando hay dinero de por medio: vean la producción del Met de toda la vida, la de Sonja Frissel, y muéranse de la risa. ¿Y qué demonios podemos hacer entonces? De acuerdo con que lo principal de esta título, mucho más intimista de lo que los desconocedores pueden pensar, se encuentra en el drama humano, y que por ende el asunto es trasladable a cualquier época, pero no es menos cierto que un porcentaje importante de tiempo se invierte en un numerito homenaje a la "grand opéra" con el que hay que lidiar. Miren ustedes, la ópera también es espectáculo, y hay gente que paga por ello. En esta nueva producción escénica Paco Azorín ha intentado llegar a un punto de encuentro entre estilización de lo tradicional y la novedad. Unas cosas le han funcionado y otras no, aunque a mi modo de ver el resultado global es medianamente satisfactorio.

 

Para empezar, esta es una de esas producciones que necesitan "guía de instrucciones". Por lo visto había que leer las notas al programa, pero ni yo ni –por lo que pude ver– la mayoría de los asistentes nos hicimos con él –es de pago–, así que no nos enteramos de nada cuando desde minutos antes de arrancar el Preludio apareció por allí un fonambulista que, además de ofrecer espeluznantes ejercicios acrobáticos en algunos de los más sublimes momentos de la partitura, ejerció de hilo conductor de la trama. David Marco se llamaba el chico: sensacional, increíble en su labor, pero entorpeciendo casi todo el tiempo. Por la crítica publicada en El País (leer aquí) me he enterado de qué iba el asunto. Me hubiera gustado que el Maestranza me hubiese hecho llegar al menos un PDF para facilitar mi labor, pero como no ha sido el caso, me veo obligado a copiar y pegar:

"(...) Odiseo, el eterno viajero, encarnado por el excelente funambulista David Marco. Habita un planeta desértico en el año 3001, donde encuentra el célebre monolito alienígena de la película de Kubrick, transformado aquí en un haz de luz blanca. Al tocarlo, comprende su misión: demostrar que el amor define lo más hondo del ser humano. Para cumplirla, retrocede hasta el esplendor del Antiguo Egipto, hacia 1500 antes de Cristo."

Vale, lo de los pilotillos rojos en el tocado de los sacerdotes como homenaje a Hal 9000 lo pillé. Resto cero. Casi mejor así, porque el punto de partida que acabo de transcribir me parece una chorrada monumental. A la postre es mejor prescindir de las explicaciones, borrar de la mente el funambulista, obviar también la secuencia final del pesaje de las almas –el valor del amor y tal– y pensar en lo que yo pensé, la película Stargate (Ronald Emmerich, 1994): una especie de imperio egipcio en el espacio. Y punto. Así funciona francamente bien, excepción hecha del ballet del segundo acto: Azorín ahí presentó una matanza de cautivos especialmente cruda y sanguinolenta que entró en absoluta contradicción con la música. Muy interesante, por otra parte, presentar en un mismo nivel visual al Rey y a Ramfis, que aparece aquí como el verdadero malo de la función junto con su equipo de sacerdotes-computadoras sin sentimiento alguno. Error de bulto presentar a Amonasro ante Radamés en la escena del Nilo mucho antes de lo que marcan libreto y partitura, y globalmente muy acertada a escena del juicio.

 

Por otra parte, la escena interesó mucho más desde el punto de vista visual que desde el dramático propiamente dicho, toda vez que la dirección de actores fue muy pobre. Ni siquiera había alguien que le dijera al pobre tenor cómo tenía que colocar los brazos. ¿Han visto a Bergonzi en el vídeo con Leyla Gencer? Pues eso mismo, solo que en 2026. Solo la mezzo Ketevan Kemoklidze actuó de manera profesional. ¡Y cómo!¡

Frente a esta pobreza, resultó de considerable interés la combinación entre el vestuario de Ana Garay, la videocreación de Pedro Chamizo y la iluminación del propio Paco Azorín. Todo ello muy estilizado, insisto. De particular inteligencia el uso de una serie de "espadas de luz" que lo mismo servían de armas para atravesar al enemigo que para construir pedestales o para representar –cambiando su color al verde– a la vegetación de rio Nilo en uno de los momentos más bellos de la noche.

 

No sé si el "final feliz" con la pareja protagonista escapando gracias al funambulista a través de un túnel del tiempo –o algo así– hasta un paisaje idílico pudo resultar algo cursi, aunque al menos esta aportación rimó con la partitura. Lo que sí puedo constatar es que la idea de proyectar una luz blanca y cegadora para representar el paso de la pareja protagonista a una dimensión alternativa ya la vi en la Aida de Stefano Poda en el Villamarta, que por cierto coincidía con esta en algunos otros aspectos conceptuales. 

¿Mi opinión? No atiendan al funambulista –cosa difícil–, no miren si les molesta la sangre y no hagan caso del mensajito moralizante final. Se lo pasarán mucho mejor. Creo que sería positivo que cuando esta producción se presente en los centros coproductores el señor Azorín eliminase lo que claramente le sobra, pero es seguro que no lo hará: la soberbia de los directores de escena –de todos ellos, me temo– es infinita. Al menos, que ponga a alguien que sepa dirigir a los cantantes como verdaderos actores.

 

Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza. 

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