Tenía previsto entre hoy y mañana terminar una comparativa discográfica de la Italiana de Mendelssohn, pero después de un fallecimiento en la familia –una de mis tías– y pasar la tarde en el tanatorio no me apetece escuchar esa maravillosa música, así que dejaré la tarea para más adelante. Sí que quiero decir algo sobre Michael Tilson Thomas, que nos acaba de dejar después de que tan solo hace unas semanas su marido abandonara este mundo. Valgan las siguientes líneas extraídas de mi inconcluso libro sobre directores de orquesta –líneas que a su vez reelaboran lo escrito en la siguiente entrada– para rendir homenaje al maestro.
Las mayores dudas que hemos tenido a la hora de escoger un disco por director las hemos tenido en el caso de este maestro nacido en Los Ángeles. Sensacionales son sus recreaciones de La mer y los Nocturnos de Debussy. Espléndidos sus discos dedicados a Charles Ives. De muy alto nivel su Stravinsky, de manera particular La consagración de la Primavera. Acertadísima su larga selección de Romeo y Julieta de Prokofiev. De referencia la Quinta sinfonía de Shostakovich. Una revelación la Tercera sinfonía de Aaron Copland: ¡qué manera de descubrirnos esta música! Soberbio el compacto que dedicó a Villa-Lobos. Y una delicia, por su fuerza y swing irresistibles, el musical On the Town –Un día en Nueva York– de su maestro Leonard Bernstein.
El carácter ecléctico de sus hitos discográficos, centrados en el siglo XX sin que ello suponga exclusividad alguna, nos habla de un maestro que se mueve con absoluta comodidad en estilos y en ambientes expresivos muy distintos entre sí, así como de una técnica que tiene que ser de primerísimo nivel para salir airosa de la complejidad de todos los universos musicales citados. Los recreó con una sinceridad, una convicción y una capacidad comunicativa desbordantes, pero con bastante más autocontrol que el Bernstein juvenil y sin esa tendencia a enfatizar la brillantez sonora que acostumbramos a identificar con “lo norteamericano”.
Al final nos hemos decidido por el registro que hizo de la versión completa de El martirio de San Sebastián, de Claude Debussy. Primero, porque esta es una música absolutamente maravillosa que no muchos melómanos conocen: bellísima y evanescente, sensualísima y altamente espiritual al mismo tiempo –no es contradicción–, este “drama sacro” sobre textos de Gabriele d'Annunzio es la más perfecta traducción a la música de arte simbolista que se había extendido por Europa décadas atrás.
Segundo, porque en este registro de octubre de 1991 Tilson Thomas rozó el cielo, nunca mejor dicho. Con la absoluta complicidad de una orquesta a la que amó especialmente, la Sinfónica de Londres, así como de la ingeniería de sonido cortesía de Sony Classical, ofreció un Debussy de estilo absolutamente perfecto, en ese punto de equilibrio tan difícil de conseguir entre levedad y tensión sonora, entre claridad y atmósfera, dejando que la música fluya y respire con enorme holgura sin caer en el peligro de lo excesivamente estático y contemplativo. Sí que hay misterio, sugerencia y sentido de lo inquietante. También hedonismo, pero en el mejor sentido: el que le corresponde a una música que por sí misma, con independencia de cualquier circunstancia programática –en este caso, los cargantes textos de d'Annunzio–, está pensada para activar al cien por cien los sentidos, que no necesariamente la “emoción”. La soprano Sylvia McNair, a veces algo cursi, se mueve aquí como pez en el agua.
Hay una tercera razón por las que recomendamos especialmente este disco: las intervenciones de Leslie Caron. Sí, la protagonista de las películas Lilí y Gigí. Su recitado en francés resulta una experiencia embriagadora.

No hay comentarios:
Publicar un comentario