Este domingo 22 de marzo Michael Barenboim y Elena Bashkirova interpretan en el Teatro de la Maestranza, junto a otras cosas en las que se cuenta la Sonata Arpeggione, la Sonatina para violín y piano op. 137 nº 2 de Franz Schubert. ¿Obra menor? Decorativa, segurísimo que no: los dramáticos intervalos del arranque ya dejan claro que esta es una música para sentir y pensar. Hay belleza y hay emoción. Sacando el tiempo de donde no lo tengo, he realizado una pequeña comparativa que incluye una recreación de los mismos artistas que ofrecen la página en Sevilla.
1. Henryk Szeryng, Ingrid Haebler (Philips, 1974). Desde el mismo arranque,
pleno de cantabilidad y muy concentrado al tiempo que soberanamente conducido
hacia los primeros picos de tensión dramática, queda clara la
soberana inspiración que los dos artistas van a desplegar a lo largo de un
movimiento inicial que sabe conjugar las mejores esencias formales del
clasicismo con la hondura expresiva. No sale igual de bien el Andante: posee ese
carácter lacerante que la música demanda, pero aquí el fraseo no resulta tan
concentrado ni emana la tierna sensualidad que pide Schubert. Un severo
Menuetto da paso a un delicioso y hermosísimo Allegro moderato conclusivo.
Lástima que la toma no haga justicia al timbre del violinista. (9)
2. Jaap Schöder, Christopher Hogwood (Decca, 1980?). En esta
tempranísima interpretación historicista no hay escándalo alguno. Los
instrumentos son adecuados -a mí me gusta el sonido del fortepiano Georg
Haschka 1825 en esta obra-. Los tempi son amplios, de los que permiten a la
música respirar. La articulación se muestra sensata, ajena a asperezas e
incisividades, como también a cursilerías o trivialidades. Hay una clara
voluntad por parte de los dos artistas de ponerse al servicio de la música. El
problema no está en el planteamiento, pues, sino en algo muy distinto: la falta
de tensión interna y continuidad en el discurso, la flojera generalizada, amén
de la sosería de un planteamiento expresivo que confunde lo apolíneo con la
insipidez y la falta de contrastes. Un fiasco, pese a la irreprochable toma
analógica. (6)
3. Pinchas Zukerman, Marc Neikrug
(YouTube, 1984). He aquí justo lo que les faltaba a Schöder y
Hogwood: tensión dramática. La hay a raudales, pero no por ello se puede decir
que se trate de una versión romántica, ni nada parecido. Es clásica,
maravillosamente clásica y equilibrada, hermosa a más no poder, pero también intensa,
dotada de vida interior, de claroscuros en su punto justo, de sentido
dramático. De inspiración, en definitiva, al menos en lo que se refiere a un
Zukerman en la cima artística de su larga carrera. Neikrug acompaña con
sensatez y musicalidad, solo eso, aunque muestra una excepcional compenetración
con el violín a la hora de jugar con la agógica en un cuarto movimiento
memorable. Lástima que la calidad audiovisual -la toma se vuelve estéreo solo
en los últimos segundos, qué cosas- deje bastante que desear. (10)
4. Isaac Stern, Daniel Barenboim (Sony, 1987). Los dos artistas coinciden en
ofrecer un fraseo natural, ajeno a nerviosismos y muy cantable, pero por lo
demás se produce una extraña disociación. Isaac Stern, que no posee el sonido
más carnoso ni seguro posible -se muestra vacilante y no del todo afinado-
apuesta por el carácter apolíneo de la música, haciéndolo con exquisito gusto
-pese a pequeños portamentos que restan más que aportan- y mucha elegancia, pero
quedándose corto en tensión interna y sentido de los contrastes. Daniel
Barenboim, aun todavía lejos de evidenciar la sintonía con Schubert que alcanzaría
décadas más tarde, se muestra más rico en concepto al atender de manera más
clara a la tensiones, contrastes y variedad expresiva, mostrándose más intenso
en la expresión sin merma por ello de la belleza sonora, amén de ofrecer esa
seguridad y esa firmeza que se echa de menos en su compañero. Él es, sin duda,
el que lleva las riendas en esta desequilibrada interpretación. (8)
5. Michael Barenboim, Elena Bashkirova (Avi, junio 2008). El
por entonces joven Michael Barenboim -veinticuatro años- arranca
desconcertándonos con sus portamentos, pero pronto queda claro que su
recreación va más allá de la de otros colegas: es quien mejor plasma en esta
obra los contrastes entre dulzura y amargor, entre amplitud melódica e
incisividad, descubriéndonos acentos lacerantes incluso en el Trío del Menuetto
sin por ello perder elegancia. Su señora madre, más afín aquí a Schubert que
Barenboim senior, garantiza concentración en el fraseo, nobleza, sensibilidad
en el toque -magistral el arranque- y mucho equilibrio clásico. Estupenda la
toma en vivo. (9)
6. Julia Fischer, Martin Helmchen. (Pentatone, 2009). Bellísima
interpretación de corte marcadamente apolíneo, pero no por ello falta de
tensión interna ni de carácter, en la que junto a un violín de maravillosa
afinación y fraseo muy cantable sobresale un piano de enorme efusividad
poética, matizadísimo, muy rico en acentos y de enorme sensibilidad, ya que no
particularmente contrastado: Barenboim alcanzaba mayor vehemencia sin perder el
control, pero Martin Helmchen se muestra más afín con el universo schubertiano.
Los movimientos pares son memorables, de manera especial el segundo. Los otros
dos, no tanto. Sensacional la toma. (9)
7. Mihaela Martin, Elena Bashkirova (Avi, 2019). Curioso que Bashkirova realice su grabación de estudio no con su hijo, sino con una compañera de este en el Cuarteto Michelangelo: Mihaela Martin no se muestra tan extremo como Barenboim hijo, no es partidaria de hurgar tanto en la llaga y, por ende, no profundiza de la misma manera en la partitura, pero aventaja a su colega en firmeza del sonido, cantabilidad y efusividad lírica sin por ello perder de vista tensiones ni contrastes. Firma así, junto a la espléndida pianista, una interpretación modélica que, además, se encuentra grabada de manera formidable. (9)






No hay comentarios:
Publicar un comentario