Como esta noche Arcadi Volodos hace la obra en el Maestranza, improviso esta comparativa sin tiempo siquiera para hacer una introducción. Vamos allá.
1. Block (DG, 1960). Michel Block no logró ganar el prestigioso concurso Chopin de Varsovia en 1960, pero recibió un premio especial otorgado a voluntad del mismísimo Arthur Rubinstein. El sello dorado se aprestó a realizar allí mismo este registro que nos muestra a un pianista técnicamente admirable y muy apasionado, pero también algo nervioso en los dos primeros movimientos y sin toda la elegancia que esta música demanda. Lentísima la Marcha fúnebre, contrastando en exceso con su sección central, que suena más rápida de lo habitual y se encuentra fraseada con tendencia a lo salonesco, por no decir a lo trivial. (8)
2. Benedetti Michelangeli (Praga Digitals, 1960). Live
en el Rudolfinum Praga donde un virtuosismo descomunal no viene parejo con una
idea expresiva coherente de la obra. El primer movimiento ofrece ímpetu, pero
resulta en exceso nervioso. El segundo parece seguir la misma línea, pero todo
el Trío está dicho con delectación y verdadera exquisitez. La marcha fúnebre no
tiene nada de atmosférica ni de ominosa, resultando más bien seca, implacable,
tremendista e incluso machacona, pero de nuevo la sección central, paladeada de
manera exquisita y haciendo gala de un increíble dominio del fraseo, es de una
poesía insuperable. En el último movimiento solo parece preocuparle alcanzar la
mayor velocidad posible, dando un resultado expresivo seco y aséptico. Sonido
discreto en SACD. (7)
3. Rubinstein (RCA, 1961). Elegancia, nobleza y virilidad bien entendida son etiquetas que asociamos habitualmente al arte del gran Rubinstein. Queda bien de manifiesto no tanto en un primer movimiento planteado con adecuado espíritu anhelante, aunque sin nada especial que destacar, como en un Scherzo sensacional, lleno de empuje bien controlado, portentoso en el dominio de la dinámica y con maravillosos rubatos marca de la casa, destilando la más sublime poesía chopiniana en el hermosísimo Trío. La marcha fúnebre resulta antes solemne que ominosa o dramática; es su sección lírica central donde el maestro puede dar lo mejor de sí: sin resultar del todo acongojante, se muestra delicada en el mejor de los sentidos, ofrece incomparable belleza en la sonoridad y está paladeada por los dedos del anciano con verdadera exquisitez. Muy limpio el Presto conclusivo. (9)
4. Gilels (IDIS, 1961). Esta precaria toma en vivo realizada en Moscú nos permite acercarnos a las maneras de hacer de un pianista de similar altura a la de Rubinstein, pero muy distinto. La sonoridad del de Odessa es mucho más robusta y maciza, también más poderosa, pero en contrapartida pierde maleabilidad. Su temperamento es altamente severo y dramático. Con él no hay, pese a la enorme concentración de su fraseo, concesiones a la delectación lírica. Por eso mismo el movimiento inicial resulta mucho más ardiente en los dedos de Gilels, como también un Scherzo que sale perdiendo en el Trío con respecto a su colega. La marcha fúnebre se encuentra mucho más cargada de pathos con Giles, de enfoque apreciablemente tenso y rebelde; como era de esperar, en la sección central no vuela con toda la poesía posible, pero aun así esta recreación es toda una experiencia. Abstracto a más poder el Presto conclusivo. (9)
5. Rubinstein (YouTube, 1964). Otra
vez Rubinstein. O sea, la más maravillosa mezcla de apasionamiento, elegancia
señorial, cantabilidad, belleza sonora y poesía. Hay recreaciones más
personales, más atentas a unos aspectos de la partitura u a otros, pero pocas
tan redondas e inspiradas. Ni siquiera la suya tres años anterior llega a
semejante altura. Por lo demás, el sonido es suficiente -al parecer, la
afinación ha sido corregida con respecto a la edición comercial- y la imagen
nos permite ver al genio pasando por las notas como si aquello fuese de una
simplicidad extrema. (10)
6. Ashkenazy (Medici TV, 1972). Armado de un sonido poderosísimo y de una agilidad digital pasmosa, como también de una formidable capacidad para el matiz, Ashkenazy nos entrega una interpretación que debe de impresionar al gran público por su vehemencia, su brillantez y su desarrolladísimo sentido de los claroscuros, pero que a la postre resulta un tanto “teatrera”, exagerada, de un apasionamiento excesivamente nervioso y postizo: a veces parece que está pensando en Rachmaninov, incluso en Prokofiev, más que en Chopin. Lo mejor terminan siendo el Trío del scherzo y la sección lírica de la Marcha fúnebre, cuando el de Gorki se remansa y logra dar salida a su sensibilidad poética. El movimiento conclusivo parece más virtuosismo que otra cosa. Correcto sonido monofónico, y buena filmación de Christopher Nupen. (7)
7. Perahia (CBS, 1973). Veintiséis
años contaba el pianista neoyorkino cuando realizó en Londres este registro. Se
entiende que su aproximación sea juvenil, fresca, poco interesada por la
gravedad o por las grandes densidades, aunque por ventura no cae en el error de
la trivialidad, como tampoco en el nerviosismo. Lo suyo es ofrecer virtuosismo
con sentido, apasionamiento controlado y comunicatividad, procurando no exigir
mucho al oyente sin por ello convertir la partitura en algo salonesco. Tampoco
en una cajita de música en los pasajes más íntimos, que nuestro artista recrea –Trío
del Scherzo– con particular inspiración poética e inconfundible sabor
chopiniano. (8)
8. Barenboim (EMI, 1974). No es
el sonido del pianista porteño, carnoso y robusto, el más chopiniano posible.
Tampoco su sentido de la brillantez –para que negarlo, una parte importante de
la personalidad chopiniana– el más desarrollado. Sin embargo, en los dos
primeros movimientos convence gracias a su admirable manera de combinar
apasionamiento y control, así como por su fraseo al mismo tiempo voluptuoso,
holgado y flexible. Triunfa por completo en una Marcha fúnebre lentísima,
concentrada a más no poder, cuya atmósfera particularmente lúgubre y llena de
congoja, aunque siempre sobria, da paso a una sección central de una belleza,
una emotividad –siempre amarga, por descontado– y una belleza humanística acongojantes;
la hondura reflexiva que sabe alcanzar en las notas está al alcance solo de los
más grandes genios del piano. Únicamente se queda algo corto en el Presto
conclusivo, poco adecuado por sus terribles exigencias en lo que agilidad
digital se refiere para las limitaciones del maestro en este terreno. Lástima
que la toma no sea mejor. (9)
9. Argerich (DG, 1974). Solo un mes después del registro de Barenboim, su paisana nos deja testimonio –con más satisfactoria toma sonora, realizada en la Herkulessaal de Múnich– de su visión de la partitura. No pueden ser más diferentes. Frente a las densidades sonoras y expresivas de Barenboim, su colega nos ofrece una lectura extrovertida, llena de garra, de electricidad y apasionamiento, brillante en el mejor de los sentidos, dicha con una agilidad y una fuerza comunicativa impresionantes, como también muy sutil en la agógica cuando ello es necesario. Eso sí, resulta algo irregular en su desarrollo, y quizá un punto superficial. Los dos primeros movimientos llegan con mayor inmediatez que los de su colega, pero el nerviosismo que caracteriza al toque de la pianista termina restándoles calidez al fraseo. La Marcha fúnebre, mucho más rápida que la de Barenboim, sustituye atmósfera por rabia y rebeldía, mientras que en la sección central, aun dicha con una concentración y una belleza sonora exquisitas, se echa de menos una dosis mayor de efusividad poética. En el brevísimo movimiento conclusivo, Argerich suaviza aristas y se centra en la variedad del color, ofreciendo así una visión protoimpresionista de lo más sugerente. (8)
10. Ts’ong (CBS, 1978?). Personal
e interesante, más que otra cosa, la del pianista de Shangai desaparecido en la
pandemia. Abundantes los juegos agógicos y dinámicos los de un primer
movimiento en el que, como tantos colegas, apuesta por el nervio para caer por
el nerviosismo; por momentos, incluso en la crispación. Gran agilidad y
brillantez la del segundo movimiento, cuyo Trío no funciona. Lentísima la
sección central de una Marcha fúnebre que se extiende hasta los nada menos que
10’27’’; en ella Fou Ts’ong toma algunas decisiones arriesgadas que la hacen
sonar muy impresionante, pero quizá también algo teatrera. El Finale es, más que
nunca, una verdadera miríada de notas. (7)
11. Pogorelich (YouTube, 1980).
Morbazo enorme este documento del concurso Chopin de Varsovia en el que Ivo “el
divo” fue eliminado, provocando aquella furiosa reacción de una Argerich que
proclamó a los cuatro vientos lo de “Pogorelich es un genio”. Visto desde la
distancia, parece incuestionable que su dominio del instrumento es apabullante:
el joven artista toca con una limpieza asombrosa, delinea una perfecta
arquitectura, despliega todos los colores y sabe descender a finísimos matices.
Otra cosa es la interpretación propiamente dicha, personal y libérrima. Los dos
primeros movimientos enganchan de principio a fin por ser una alucinante
demostración de cómo se pueden conseguir la máxima tensión y una arrolladora
fuerza expresiva sin perder lo más mínimo de control, aunque por momentos da la
sensación de que la fuerza que despliega resulta un poco aparatosa, como si no
se creyera la música a fondo. La impresión va a más en una marcha fúnebre que, decididamente,
no parece sincera: apabulla, pero no emociona. El cuarto movimiento nos deja
estupefactos: milagroso conseguir semejante claridad a tal velocidad. (8)
12. Pogorelich (DG, 1981). Poco
después de su discutidísimo y a la postre altamente beneficioso fracaso en
Varsovia, el sello amarillo se apresta a grabar con el joven rebelde esta Op.
35. Lo hace en la Herkulessaal de Múnich, justo en el mismo sitio donde la registró
Argerich, con una soberbia toma analógica que nos permite calibrar mucho mejor
que en testimonio televisivo ese sonido poderosísimo y macizo de un Pogorelich que
se decide a recortar las notas –las corcheas de la mano derecha, especifican
las notas de Gregor Willmes– en un primer movimiento que sigue siendo arrollador,
como también percibir en su justa medida la increíble planificación de las
dinámicas en la Marcha fúnebre o volver a caer rendidos de admiración por la
increíblemente minuciosa digitación del Presto conclusivo. Parafraseo a Pedro
González Mira: podrá no convencer, pero este señor toca demasiado bien como
para ignorar su trabajo. Hay que escucharlo. (8)
13. Ashkenazy (Decca, 1981). El
maestro ralentiza el tempo con respecto a la filmación con Nupen –pasa de
23’35’’ a 24’57’’– y ofrece ahora una Marcha fúnebre mucho más paladeada –de
8’02’’ se extiende hasta los 9’02’’– en cuya sección central consigue, por fin,
demostrar hasta qué punto puede sintonizar con el agridulce lirismo chopiniano.
Lo malo es que, a la postre, el problema sigue siendo el mismo: excesivo
nerviosismo y agresividad innecesaria, sobre todo en el segundo movimiento. La
toma, lógicamente, es muy superior. (8)
14. Pollini (DG, 1984). El
italiano ha pasado con justa fama por ser uno de los pianistas de digitación
más limpia de cuantos se han escuchado. Es cierto, y precisamente uno de los
grandes atractivos de esta grabación es percibir con total nitidez todo lo que
está escrito en la partitura, incluyendo los geniales garabatos del último
movimiento. Pero es que, además, en lugar de ese excesivo distanciamiento que
tantas veces encontramos en sus interpretaciones, hay aquí una perfecta
planificación de las tensiones armónicas y melódicas, valentía en los
contrastes sonoros, intensidad bajo el más absoluto control y mucha, mucha
convicción expresiva. Falta ese grado de sensualidad y de poesía íntima al que
el italiano siempre ajeno, como también un punto de espontaneidad que otorgaría
excepcionalidad a un registro en buena medida cerebral, pero aun así los
resultados son impresionantes. (9)
15. Uchida (Philips, 1987). Vehemente
y algo nerviosa –aunque sus tempi no se precipitan en absoluto– se muestra la
pianista oriental en dos primeros movimientos de la partitura, sin ofrecer una
especial riqueza en los matices ni de encontrar sintonía con el sonido y el
fraseo chopinianos; tal vez no sea casualidad que este sea su único disco
dedicado al polaco. Mejor el Trío del Scherzo y, sobre todo, la sección lírica
de la marcha fúnebre, en la que, aunque de nuevo sin terminar de encontrar el
estilo, sí que le es posible desplegar esa elegancia y ese lirismo apolíneo en
que suele brillar. Distanciado, incisivo y muy “moderno” el movimiento
conclusivo. (8)
16. Gavrilov (DG, 1991). La técnica de Gavrilov –no solo en lo que a dedos se refiere– es impresionante, pero la óptica expresiva no termina de convencer. Los dos primeros movimientos resultan en exceso angulosos, mientras que la Marcha fúnebre, increíblemente bien planificada en dinámicas y tensiones, no suena del todo atmosférica ni visionaria, como tampoco lo suficientemente emotiva en su bellísimamente tocada sección central. Al brevísimo Presto, dicho con insólita limpieza y subrayando aristas, le otorga un aire especialmente caleidoscópico que subraya su insultante modernidad. Soberbia la toma. (8)
17. Kissin (RCA, 1999). Desplegando un sonido y color riquísimos, ofreciendo una capacidad de matización infinita pero siempre sutil y evidenciando una concentración admirable, Kissin nos ofrece una absolutamente genial interpretación en la que se decide a subrayar el carácter visionario y alucinado de la página. El primer movimiento, en este sentido, ofrece es de una pasión tempestuosa sin perder –como le ocurre a otros– el control de la arquitectura. Decidido el segundo. Irrepetible el tercero, creativo a más no poder, terrorífico en las sonoridades, planteado con abrumadora y calculadísima tensión; emotividad, ternura y vuelo lírico infinitos en la sección central. El cuarto resulta más moderno que nunca. (10)
18. Grimaud (DG, 2004). Grimaud lo tiene todo: pulsación nítida a más no poder, sonido hermosísimo capaz de ir desde las más exquisitas sutilezas al fortísimo más atronador, fraseo extraordinariamente natural y cantable –aunque siempre tenso, sin laxitudes–, control soberbio de agógica y dinámica (¡qué increíble arranque el del cuarto movimiento!), enorme imaginación a la hora de aportar matices… En lo expresivo, su lectura sabe ser al mismo tiempo lírica y dramática, bella e intensa, delicada y valiente, conmovedora e intemporal. Cierto es que a la marcha fúnebre se le podría dar –en las tres secciones– una última vuelta de tuerca, pero globalmente el resultado es excepcional y se beneficia de una toma de verdadero lujo. (10)
19. Olejniczak (Narodowy, 2007). Janusz Olejniczak toca muy bien, extrayendo además ricos colores y una muy amplia gama dinámica del Erard de 1849, pero en los dos primeros movimientos, interpretados con un encomiable espíritu tempestuoso, el fraseo se ve lastrado en más de un momento por un exceso de nervio. Nada de eso ocurre en la Marcha fúnebre, concentrada y de asombrosa belleza lírica, más que dramática. En el breve Presto el instrumento ofrece unas texturas fascinantes. (8)
20. Barenboim (Blu-ray Accentus y CD DG, 2010). Haciendo
gala de un sonido cálido y musculado, de un toque poderoso mas no exento de los
más sutiles matices y de unos trinos asombrosos –nada mecánicos, llenos de
significado–, el de Buenos Aires ofrece una interpretación ortodoxa pero nada
salonesca, viril en el mejor de los sentidos, muy rotunda y valiente en el
segundo movimiento, sobria y llena de dignidad antes que desgarrada en la
marcha fúnebre. Lo más interesante es que, en lugar de subrayar los aspectos
más visionarios de esta música, se interesa por los paralelismos con Beethoven,
tanto en la sonoridad como en su hondo sentido trágico y filosófico. Sublime la
sección central del tercer movimiento y la enorme naturalidad, más “atmosférica”
que abstracta, del intrigante Presto conclusivo. La toma ofrece surround
auténtico y, por ende, recoge de maravilla la acústica de la sala, como también
los ricos armónicos del piano. (9)
21. Cho (DG, 2015). Es verdad eso de que hoy se toca mejor que nunca. El nivel del concurso Chopin lo deja claro: el flamante ganador de la edición de 2015, un Seong-Jin Cho de veintiún años, posee una técnica fuera de serie. Por todo, desde la belleza del sonido y su capacidad para modelarlo hasta el dominio de las dinámicas, pasando por limpieza digital, sentido del rubato y, muy particularmente, una regulación de la gama dinámica –no hablo de fortísimo y pianísimos, sino de todo lo que hay por medio– como pocas veces se haya escuchado. ¿Interpretación? De altura, pero irregular. Lo que menos convence es el primer movimiento: la agilidad y la efervescencia se ponen por delante de la elegancia, la nobleza y el carácter majestuoso que la música también necesita. Formidable el segundo, no solo porque la partitura encaja mejor con el temperamento electrizante del pianista surcoreano, sino también porque este se muestra más interesado por la evocación poética. Marcha fúnebre elegante más que densa, matizada con un sentido del “balanceo” muy atractivo; su sección lírica central vuelve a dar la oportunidad de que el joven artista demuestra su sintonía con el lirismo chopiniano. Soberbio el Presto conclusivo. Hay filmación paralela en YouTube con soberbia calidad de imagen. (8)
22. Perianes (Harmonia Mundi, 2021). Vale, de acuerdo con que una toma sonora sensacional, justo como la que luce este registro, puede hacer que una interpretación parezca mejor de lo que es, pero yo le escuché esta sonata a Javier pocos meses antes de la que la grabara y ya me dejó anonadado. Así que no, lo que hacen los ingenieros es que luzca en su esplendor una técnica pianística absolutamente descomunal, no ya en dedos sino en control del sonido, en capacidad para planificar, en respiración de los grandes arcos melódicos… Todo esto al servicio de una idea expresiva al mismo tiempo ortodoxa y valiente: respeto absoluto al estilo pero intentando conseguir al mismo tiempo el más alto grado de elegancia, equilibrio y belleza sonora sin que la pasión se resienta. Cuadratura del círculo. En este sentido, el primer movimiento es una lección magistral de cómo se puede jugar no ya con el rubato chopiniano, que también, sino con toda la agógica y la dinámica para matizar e incluso fragmentar aún más un discurso que ya de por sí es bastante quebradizo dando como resultado justo lo contrario, una interpretación que otorga absoluta lógica arquitectónica y expresiva a la página. En el Scherzo el de Nerva no se deja llevar por el temperamento; al contrario, permite que la música respire y se eleve con infinita poesía que sabe ser señorial, también íntima y evocadora, al tiempo que aclara las texturas de manera asombrosa merced a una prístina digitación. De antología la Marcha fúnebre: honda, atmosférica, reflexiva, pero en absoluto compungida o lastimera. El breve movimiento conclusivo me hubiera gustado más visionario. Perianes parece preferirlo ambiguo, también un punto sensual. Importa poco. Hay que decirlo, porque es verdad: versión de referencia junto con la de Kissin. (10)



















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