lunes, 19 de enero de 2026

Lírico y honesto Réquiem Alemán de Brahms por Josep Pons y la OCNE en Sevilla

No puedo empezar una reseña de una obra como el Réquiem Alemán de Johannes Brahms que se ofreció ayer domingo en el Teatro de la Maestranza sin hacer referencia a los cuarenta fallecidos en el accidente ferroviario que, no muy lejos de Sevilla, se ha cobrado la vida de cuarenta personas. La tragedia tuvo lugar veinte minutos antes de comenzar el evento. Al salir nos fueron llegando escalofriantes informaciones que, al elevarse de manera considerable la cifra de fallecidos, al despertar al día siguiente nos cortaron el cuerpo a todos. O a casi todos: mis alumnos de segundo de bachillerato entraban en clase felices, incluso radiantes, conocedores del suceso pero indiferentes ante lo ocurrido. Me dejó muy triste, pero no les culpo. La juventud suele permanecer ajena a la circunstancia de la muerte. La ven lejos. Piensa que eso no le va a suceder a ellos. Pero los adultos en España, sobre todo por aquí abajo en Andalucía, seguimos conmocionados. Quede la música en recuerdo de los que ayer nos dejaron.

Los conjunto de la Orquesta y Coros Nacionales de España venían de la mano de su antiguo titular, Josep Pons. Escuché al maestro catalán con regularidad en directo durante los años en que residí en la Sierra de Segura, y le tengo en mucha estima. Nunca me pareció un artista personal ni particularmente inspirado, de esos que hacen versiones de referencia. Tampoco recuerdo haberle escuchado ni una sola interpretación que no fuera digna. Lo suyo es el trabajo duro, la solidez, la buena voluntad y el entrenamiento serio de las formaciones cuya titularidad alcanza. Este concierto en el Maestranza se repite en Madrid esta misma semana, así que podría pensarse que lo de Sevilla iba a ser una especie de ensayo general de algo cogido por los pelos, pero mi sensación fue justa la contraria: aquello sonaba curradísimo.

Otra cosa es nivel de la formación que está a punto de pasar de las manos de David Afkam a las de Kent Nagano.  Siento mucho reconocerlo, pero aunque con Pons mejoró de manera apreciable –o así creí yo sentirlo año tras año–, nuestra Nacional no es la mejor al sur de los Pirineos, y tampoco está a la altura de otras europeas que no sean las consabidas de Berlín, Viena o Londres. Precisamente este fin de semana espero tener la oportunidad de escuchar a las dos que hay en Colonia, que me parecen muy superiores a esta madrileña. En comparación con la Sinfónica de Sevilla, creo que no hay una gran diferencia entre ambas, pero ciertamente en este Réquiem brahmsiano no aprecié las pifias ni la falta de agilidad de la Quinta de Mahler de la ROSS de la semana pasada bajo la batuta de Lucas Macías. En el estado actual de ambas formaciones, me quedo con Madrid.

Al Coro Nacional de España lo encontré en muy buena forma, aun sin ser para volverse locos. No nos engañemos, el coro vienés que usaba Karajan en sus grabaciones tampoco era el mejor de los posibles. Si uno quiere el no va más en esta partitura tiene que irse a esa gloria bendita de Margaret Hillis en Chicago, al Coro Monteverdi de Gardiner y cosas así.

La versión. De entrada, el maestro consiguió que la orquesta sonara a Brahms, cosa nada fácil. No se trata solo de colocar violonchelos detrás de las violas para conseguir un sonido profundo, cálido y redondo. Hay que tener muy claro qué se quiere conseguir y cuáles son los recursos para lograrlo. Pons lo hizo, porque tiene técnica y porque los conjuntos estaban por la labor. No puso la claridad de líneas como objetivo básico, sino el empaste, la tersura y el peso de la armonía sobre una sólida línea de sonoridades graves. Acierto pleno, así que bravo.

En el título de la entrada hablaba de lirismo y honestidad. Etiquetas vacías que usamos los críticos cuando no sabemos qué decir, pero intentaré explicarme. Fue la de Pons una versión lírica en el mismo sentido que usé esta etiqueta para, en la discografía comparada, referirme a las filmaciones de Colin Davis y Haitink. Pese a lo escrito unas líneas más arriba, no optó la batuta por una sonoridad masiva ni demasiado oscura. Más bien por un terciopelo sensual, denso solo en la medida de lo necesario, luminoso cuando parecía pertinente. Y el fraseo tampoco ofreció especial gravedad ni apostó por lo que comúnmente llamamos “gótico”. Los tempi hablaron claro: una hora y cinco minutos justos –hice uso del cronómetro– le duró el asunto a Josep Pons. Es decir, lo que la mayoría de las versiones historicistas, y claramente por encima de la media de las tradicionales. Lo interesante es que no se notó la rapidez, porque el maestro logró un fraseo de completa naturalidad. No sonó precipitado.

Fue una versión lirica también en el sentido de que la meditación reflexiva y el humanismo se pusieron por encima de otros aspectos de la partitura que asimismo están ahí. No fue la suya una versión escarpada, ni lacerante, ni llena de conflictos y desafíos. Adivinaron ustedes: el número dos (¡qué música genial, cielo santo, y cómo la hacía Klemperer!) fue el que menos bien le salió. Necesitaba una planificación agógica y dinámica más matizada en esos escalofriantes crescendos, como también mayor valentía por parte de Pons. Este, en cualquier caso, globalmente no se quedó corto en fuerza ni en tensión, alcanzando altísimas cotas de temperatura emocional en el sexto número, lo mejor de la noche gracias también a un coro entregadísimo. Tanto, que una señora gritó un molestísimo “¡bravo!” mucho antes de la pausa que daba paso a la fuga.

En cuanto a lo de la honestidad, fácil de explicar. A Pons le hubiera costado poco buscar sonoridades leves para fingir refinamiento, añadir portamentos para ofrecer falso lirismo, o bien destapar la caja de los truenos para epatar al personal.  Hubiera obtenido más aplausos, pero a costa de resultar insincero. Y su interpretación sí que sonó sincera. Otra cosa es que la poesía que se esconde dentro de los pentagramas no volase con la suficiente altura. Justo es reconocerlo.

Los solistas vocales elevaron el nivel. José Antonio López, holgado gracias a su buena voz de bajo-barítono, destacó por la sabiduría en el decir: con clase, autoridad y un punto de rebeldía, además de haciendo gala de una muy buena dicción. Katharina Konradi sorprendió con una voz de luminoso esmalte, emisión muy natural y expresión refinada sin acercarse a lo cursi, gran peligro de su tan breve como decisiva parte. Por cierto, grave error por parte del Maestranza no ofrecer sobretítulos con los textos cantados.

¿Consejo para los madrileños? Si pueden, acudan al auditorio Nacional este fin de semana. Muy sólida y más que correcta interpretación de una obra maravillosa que por los países mediterráneos no se hace todo lo que se merece. Aprovechen la oportunidad.


Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza.

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