Aunque en líneas generales hayan traído libertad, igualdad y mucha fraternidad a cientos de miles de personas en el mundo occidental, se han cometido errores graves en el movimiento feminista y LGTB. Por ejemplo, el ridículo lenguaje presuntamente inclusivo del “los y las” que, además de ignorar esa regla básica del castellano según la cual el masculino es neutro, resulta un engorro para la lectura y un atentado a la sensibilidad. O el intento de prohibir en los institutos a determinados autores por ser más o menos marichulos al margen de la calidad de su obra; o de censurar cuentos infantiles porque se supone inculcan en los pequeños las ideas de la “sociedad heretopatriarcal”. O la imposición de diversidad “porque sí”, porque tiene que haber uno de esto, uno de lo otro y uno de lo de más allá.
Sin salir de la crítica musical, hay quien reclama una y
otra vez que se cambien los argumentos de las óperas “para adaptarlas a la
sensibilidad actual”, un disparate profundo que de paso demuestra hasta qué
punto se ignora la esencia rabiosamente reivindicativa de muchas óperas, de Don
Giovanni o Le nozze di Figaro (¡menuda bomba feminista la de Mozart
y Da Ponte!) a la mismísima Carmen. No debe extrañar que esas mismas
personas arremetan contra la última versión cinematográfica de Los cuatro
fantásticos porque “no ofrece diversidad”. Parece que a los ofendiditos de
esta supuesta izquierda, tan intolerantes como sus opuestos o como los que se
consideran a sí mismos como más devotos y sinceros creyentes en una
religión u otra, les molesta que la película narre la historia de un señor y
una señora que luchan por defender a su bebé de los malos, mientras que el
chico rubio se siente atraído por la guapa Silver Surfer. Si por lo menos este
hubiera tenido un rollito con La cosa…
La diversidad hay que reconocerla y visibilizarla, pero no
mediante la imposición. Hacer esto último supone a la larga la llegada de una
ola contraria que resulta mucho mucho más peligrosa. El rapidísimo ascenso
de la ultraderecha en nuestra civilización occidental, ese mismo que de momento
ha culminado con un presidente estadounidense secuestrando al repugnante
dictador de un país para dejar la dictadura intacta a cambio del petróleo, está
conduciendo a la merma de todos esos avances que, pese a los citados errores,
han conseguido dichos movimientos. Particularmente en lo que al colectivo LGTB
se refiere.
Ustedes ya saben a dónde quiero llegar: Yannick Nézet-Séguin y su concierto de Año Nuevo, del que he visto un trozo en RTVE Play. He sentido asco al leer mensajes en la red quejándose de su pintura de uñas y, sobre todo, del fugaz beso en el cuello a su marido. ¡Delante de todo el planeta, qué vergüenza! Según ha posteado el maestro (leer aquí), incorporar a su conyugue –que es viola en Montreal– en el final del concierto fue una sorpresa que le quiso dar la propia Filarmónica de Viena, que de paso borra de un plumazo aquel detestable machismo que con toda la razón se le achacaba. Aquello no estaba preparado.
Lo de que con pintura de uñas, ósculo y tal Nézet-Séguin rompía el protocolo y tal no
son más que vulgares excusas para esconder, por parte de quienes están realizando semejantes reproches, una profundísima homofobia.
Intolerancia pura y dura, aunque haya por ahí quien no se haya atrevido a
replicar tan repugnantes mensajes por miedo a perder lectores. Yo sí lo hago
desde aquí. Me importa un pito que homófobos, xenófobos, machistas y
partidarios de dictaturas dejen de leerme.
Miren ustedes, en nada, absolutamente en nada, ofende que un director de orquesta se pinte las uñas. Gustará más o menos, pero no puede ni debe ofender más que a aquellos que piensen que “un hombre de verdad no hace esas cosas”. Lo mismo digo del besito. Si al finalizar un concierto un director –pienso en Barenboim– reparte su ramo de flores entre las chicas de una orquesta, a nadie se le ocurriría –bueno, por lo visto alguien sí lo ha hecho– acusarle de machista, de buscar una exhibición de masculinidad o de perpetuar comportamientos heteropatriarcales. Pues esto lo mismo.
El maestro canadiense no ha querido imponer: ha querido visibilizar, haciéndolo con buen gusto, con naturalidad y sin llamar en exceso la atención. Otro director de la misma cita del 1 de enero, reconocido homosexual, no quiso visibilizar nada cuando tuvo la oportunidad porque su ideología no iba con ello. En su derecho estaba. Yannick sí lo ha hecho, buscando lo que cualquier persona con amor por el prójimo –el verdadero, no el de misa dominical y subasta de antigüedades “por los pobres”– tiene que hacer: aprovechar un concierto visto en todo el planeta para dar un pasito más en el reconocimiento de algo tan incuestionable como que el ser humano es diverso en todos los sentidos, y que solo la aceptación de esa diversidad, y por ende la no imposición de un comportamiento concreto por muy mayoritario que este resulte, puede conducir al fin último de toda sociedad que, decían los ilustrados del XVIII, no es otra cosa que la felicidad.
Por desgracia, nos arrastra la corriente contraria. La
homofobia ha salido del armario y hace gala de hombría siempre que puede, incluyendo agresiones físicas en número creciente. Del mismo armario, por cierto, están saliendo todos los partidarios de dictaduras que hasta ahora habían
disimulado sus preferencias. 2026 va a ser un año malo, pero que muy malo. Por
eso mismo escribo estas líneas: porque yo voy a seguir comprometiéndome con aquello en lo
que creo.



5 comentarios:
Suscribo en su integridad todo lo que ha expresado pero me llama la atención la expresión "El rapidísimo ascenso de la ultraderecha en nuestra civilización occidental, esa misma que de momento ha culminado con un presidente estadounidense secuestrando al repugnante dictador de un país para dejar la dictadura intacta a cambio del petróleo". Es más repugnante Maduro por supuestamente dictador que Trump por invasor? Se me ha columpiado con esa afirmación.
Muchas gracias. Personalmente siento la misma repugnancia por Trump y por Maduro, pero el primero me parece muchísimo más peligroso: tiene armas atómicas y cuenta con el apoyo de millones de estadounidenses.
En cuanto al pueblo venezolano, mi total solidaridad con él y profundos deseos de que consiga la libertad de verdad, que no es la chavista pero tampoco necesariamente la de una Corina Machado que, a tenor de sus últimas declaraciones (¡compartir el Nóbel de la paz con Trump!) no se sabe muy bien a dónde va. Qué pena. Sean de una ideología u otra, los venezolanos seguirán sufriendo.
Plenamente de acuerdo con ambos aspectos. El de la homofobia latente o mejor dicho patente, y el de hagamos más "moderno" los relatos, operas y biografías del pasado. Malos tiempos en general se avecinan. Hay que viajar más y escuchar más música. Feliz año
curioso que el cantarin e insoportable llade no sacara a relucir que era gay o que su marido estaba en la orquesta y le dio un somero beso,pero igual que si voy al museo del prado no me apetece encontrarme un cuadro de las costus ,para este espectáculo rancio y ultraconservador los elementos extramusicales están de mas
¡Pobre Martín Llade! No me cuento entre quienes le detestan, ni mucho menos, aunque es cierto que su verborrea le puede y que imita a Arteaga con excesivo descaro, cosa que me hace poca gracia. Y ninguna me hace que se ría de la música contemporánea calificándola de ruido y esas cosas. Aun así, parece claro que es un gran comunicador.
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