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Achúcarro, Chopin a los ochenta y cinco

A sus ochenta y seis años de edad, regresa hoy lunes Joaquín Achúcarro al Teatro de la Maestranza. Lo hace con un programa que en la primera parte ofrece los veinticuatro Preludios de Chopin, precisamente el plato fuerte del disco que hace poco lanzó el sello La Dolce Volta recogiendo una grabación realizada en Oxford entre el 7 y el 8 de septiembre de 2017, cuando el pianista vasco contaba los ochenta y cinco. Espero acudir esta noche a Sevilla, pero antes he saciado mi curiosidad discográfica gracias a la plataforma Tidal, a la que una vez más les animo a suscribirse.


La grabación dura exactamente 42’02. Si acudimos a la lista con puntuaciones de Ángel Carrascosa (aquí) comprobamos que la audición no nos engaña: esta es una versión más bien lenta, solo superada en minutaje por Barenboim, Pogorelich y –sobre todo– Sokolov. Creo que la lentitud tiene que ver con la idea que el artista tiene de esta música, no con la dificultad para correr, aunque por otra parte sea cierto -ocultarlo sería no considerar al maestro como lo que realmente es, uno de los nombres de oro del piano- que a semejante edad Achúcarro no posee en modo alguno la agilidad ni la limpieza digital de otros grandes pianistas, independientemente del mayor o menos acierto expresivo de los mismos en esta fascinante obra. Porque una sola obra es, como afirma el maestro en la carpetilla, no una colección de pequeñas piezas. Y como tal la interpreta, siempre dentro de un concepto tan sensato como personal.

¿Y cuál es el referido concepto? Pues el propio de un señor de ochenta y cinco años que, desde una absoluta madurez expresiva, no necesita demostrar nada, va a la esencia de la música sin dejarse llevar por la tentación de seducir al personal con los aspectos más exteriores de la música y, además, se permite decir cosas nuevas. Cosas que solo puede ver quienes, después de haber experimentado la vida en toda su plenitud, ya están de vuelta de todo. Por eso mismo no encontraremos aquí, en absoluto, esa electricidad de una Argerich, ni esa creatividad extrema de un Pogorelich ni ese fulgor dramático, arrebatado y visionario, de la descomunal, incomparable grabación de Evgeny Kissin.

Pero tampoco se trata de una interpretación superficial, menos aún salonesca o decorativa, que busca la belleza sonora en sí misma. Es más bien una lectura honda y reflexiva, particularmente atenta a la atmósfera y al peso de los silencios, distanciada en el mejor de los sentidos, que bucea en el lirismo amargo que albergan los pentagramas sin dejar que el dolor llegue a alterar la sobriedad del acercamiento. Todo ello en los preludios más introvertidos, evidentemente, que son aquellos en los que Achúcarro alcanza un mayor nivel de sintonía expresiva; por ejemplo, en la trascendida nostalgia del n º 13 o en es hermosísimo nº 15, cuya excelsa elevación melódica no impide al maestro subrayar de manera particularmente ominosa los obsesivos acordes de la mano izquierda, planificados con enorme sentido orgánico para alcanzar picos de tensión llenos de desasosiego. En los preludios más extrovertidos, por el contrario, echamos de menos el fuego, las dinámicas extremas, la variedad en el colorido y el fulgor digital de otros pianistas, aunque bien es cierto que el sonido maravillosamente denso y musculado de nuestro artista (¡qué alivio, un Chopin sin excesivas delicadezas ni sonoridades perladas!), de poderosísimo registro grave, le viene de maravilla a la hora de plasmar la vertiente más heroica de esta partitura, que el bilbaíno recrea con ese temperamento viril que le caracteriza. Por no hablar, claro está, de la flexibilidad de su fraseo, la capacidad para hacer volar las melodías o la riqueza de matices por completo ajena a preciosismos: a estas alturas huelga insistir en que estamos ante un artista de enorme categoría.

Los complementos del disco son, a mi entender, lo más conseguido del disco desde el punto de vista interpretativo: los dos preludios adicionales de la serie, la Fantasía-Impromtu, el Nocturno op. 9 nº 2, el Nocturno nº 20 y la sublime Barcarola, dicha con una plasticidad y con un sentido del balanceo para derretirse. Aquí está el mejor Achúcarro posible, o al menos el mejor Achúcarro maduro: el de la íntima confesión personal, el de la poesía serena y acariciadora, el de la ternura sin amaneramientos, el de la reconciliación con el ser humano y con nosotros mismos a través de la aceptación de la vida con sus grandezas y con sus miserias. Dulzura y amargor. Intensidad y contención. Música.

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