lunes, 7 de mayo de 2018

Debussy por Barenboim en París: genial Iberia

Si todo ha salido bien, en este preciso momento estoy en la Musikverein de Viena escuchando a Daniel Barenboim, Marta Argerich y la Staatskapelle de Berlín en un programa todo Debussy que incluye, además de la infrecuente Fantasía para piano y orquesta, las Images completas –Gigues, Ibéria, Rondes de printemps– y el Preludio a la siesta de un fauno. Por eso quiero traer aquí este disco registrado por Deutsche Grammohon con excepcional toma sonora allá en 1981 en el que el de Buenos Aires dirigía a la Orquesta de París, de la que entonces era titular, estas mismas obras (con la excepción de la concertante). Lo tengo en mi estantería en formato CD desde hace muchos años –dos compactos distintos para el acoplamiento original en vinilo–, si bien antes de salir de viaje he vuelto a escucharlo para tomar notas.


La gran joya del disco es Iberia. Siendo cierto que por esta época su dominio del idioma impresionista no era todavía pleno –le falta un punto de sensualidad en el tratamiento del color, aunque la orquesta le ayuda en este sentido-, Barenboim ofrece aquí un logro mayúsculo basado en una lentitud admirablemente sostenida que le permite paladear la música con extrema holgura, en un sugestivo tratamiento de las texturas –clarísimas al tiempo que refinadas, sin el menor asomo de amaneramiento– y en el minucioso, sensible y clarividente tratamiento expresivo con que se plantean cada una de las frases musicales. Habrá quien pueda echar de menos el empuje y la incisividad que otros maestros otorgan a los movimientos extremos –bañados aquí por una luz menos directa, más dorada y poética que en otras ocasiones–, pero nadie puede dejar de asombrarse la manera en que quedan revelados mil y un detalles de Los perfumes de la noche al tiempo que se otorga pleno sentido expresivo –no tanto embriagador, que también, como inquietante– a toda esta sección central, planificada y tocada de manera insuperable. Solo a Sergiu Celibidache le he escuchado interpretaciones a la altura de la presente.

A nivel algo inferior Gigues y Rondes de printemps: interpretaciones lentas, muy atmosféricas y sensuales, paladeadas con mucho vuelo lírico, flexibles sin que decaiga el pulso, admirables en definitiva, pero aquí es cierto que, quizá por la lentitud, se puede echar de menos un punto de chispa y vivacidad. Lecturas de gran nivel, en cualquier caso.

Del Prélude à l’après-midi d’un faune guardaba un recuerdo no del todo positivo. He vuelto a él después de encadenar las recreaciones de Abbado/Sinfónica de Londres, Abbado Filarmónica de Berlín y Previn/Filarmónica de los Ángeles –extraordinaria la primera, no tanto estas otras dos–, para así modo realizar una valoración más atinada. Y lo cierto es que me ha parecido la de Barenboim y París una muy notable lectura, aunque solo eso. El maestro hace uno de un tempo lento –pero muy bien llevado–, obtiene una extraordinaria depuración sonora de la orquesta parisina, traza con enorme lógica la arquitectura global de ascenso y descenso hacia el clímax central y, en perfecta complicidad con esta, obtiene un sonido cien por cien Debussy, es decir, a subyugantes colores pastel y dotado de carácter aéreo en su punto justo, sin pasarse en ingravideces.

Dicho esto, y en comparación con las maravillas que se le he podido escuchar a Barenboim en esta obra en tiempos recientes, el resultado carece de toda la emotividad, la voluptuosidad y la poesía deseables: aquí sí que cae el de Buenos Aires en el tópico de “lo francés” y se mantiene más distanciado de la cuenta. El flautista Michel Debost, en perfecta sintonía con el planteamiento de la batuta. Sea como fuere, no se pierdan este disco: imprescindible conocer la Ibéria que contiene.

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